El pasado 14 de agosto, mi querida María Emilia Chávez Lara presentó su examen de oposición para obtener el grado de Maestra en Letras Mexicanas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su jurado estuvo compuesto por universitarios a carta cabal: Blanca Estela Treviño, Eduardo Casar y Vicente Quirarte. Los ahí reunidos ratificamos lo dicho con entusiasmo por las tres doctas figuras. La tesis de María Emilia, “La canción del hada verde, el ajenjo en la literatura mexicana 1887-1902” es grandiosa, un excelente trabajo de investigación, un triunfo. Como un avance de su inminente publicación y a petición de los exploradores de los mundos feéricos, pedí a la autora su permiso para publicar en este blog la introducción de su estudio. Que lo disfruten.En 1997, el doctor Vicente Quirarte celebró el centenario del Drácula de Bram Stoker con un diplomado interdisciplinario en la División de Educación Continua de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Tuve la fortuna de ser alumna del doctor Quirarte durante el año que duró el curso, y quedé maravillada cuando, como parte de las actividades programadas, vi por primera vez la película Drácula de Francis Ford Coppola. Una escena en especial llamó mi atención. En ella, el conde Drácula ofrece a Mina Harker una misteriosa bebida al tiempo que le dice: “Absinthe is the aphrodisiac of the self. The green fairy who lives in the absinthe wants your soul. But… you are safe with me”.[1] El motivo de mi asombro fue que, tras releer varias veces la obra de Stoker, jamás encontré referencia alguna al extraño elixir. Comprendí que se trataba de una libertad del cineasta.
Años más tarde, mientras impartía un curso de literatura feérica en la Casa del Lago Juan José Arreola de la UNAM, leí sobre un hada gaélica llamada Lhiannan Shee quien busca a toda costa apoderarse de almas humanas y que –asunto curioso- vive en ciertas bebidas alcohólicas.
Casi al mismo tiempo que Lhiannan Shee se manifestó frente a mí, encontré en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional un poema que si bien, ya había sido rescatado y publicado en varios libros, descubrí en su contexto original. Se trata de “El hada verde” de Manuel Gutiérrez Nájera publicado por primera vez el 12 de junio de 1887 en El Partido Liberal.
Gracias a estas serendipias intuí que existía una literatura del ajenjo y que debía haber una literatura mexicana del ajenjo que mostraría otra faceta de la historia literaria de nuestro país. Me di a la tarea de buscar el corpus en la literatura de los años 1867 a 1915, es decir, de la República Restaurada a la prohibición del ajenjo. El tema se delimitó por sí mismo. Pese a la copiosa hemerografía revisada y a la gran popularidad de la bebida durante el siglo XIX, en México solo hay unos cuantos textos que se refieren al ajenjo. No encontré textos antes del poema de Gutiérrez Nájera ni después de 1902. Es decir que el corpus se limita a la época de la modernidad, definida por Belem Clark como el periodo que abarca de 1890 a 1910.
“Sea la música ante todo”, escribió Paul Verlaine en su “Arte poética”, y los artistas mexicanos lo siguieron. Música y poesía se convirtieron en elementos esenciales de la vida decimonónica finisecular. Si en Europa se escuchaba a Wagner y se criticaba a Offenbach, en México había que hacer lo mismo. Si allá se leía a los poetas malditos, nuestros poetas pretendían ser igual de nocivos y, al imitar, descubrieron nuevos caminos para el arte, crearon.
Cuando en 1858 se estrenó la opereta Orfeo en los Infiernos –una historia donde los dioses son tan inmorales como los hombres en un mundo falso y decadente–, lo que Offenbach hizo fue una sátira de la vida cotidiana del Segundo Imperio. No todos entendieron la ironía. La obra era un retrato grotesco de la sociedad y al mismo tiempo seducía al público “por medio de la representación ingeniosa de la degeneración. En los teatros la sociedad se divertía con damas ligeramente vestidas, flirteos lascivos y con el erotismo del cancán”.[2]
Partes de Orfeo y de una obra posterior de Offenbach –La vie parisienne (1866)–, fueron retomadas y arregladas por Manuel Rosenthal para el ballet Gaité parisienne [Alegría parisina]. El tema que clausura estentóreamente la composición es el cancán, el mismo que los mexicanos –con toda la atracción y repulsión que sentían hacia ese desenfreno– querían bailar.
Los cafés y cabarés proliferaron por la Ciudad de México a imitación de la sociedad francesa. Se dice que donde hay algo francés, hay ajenjo. Si se copiaba la moda de los cafés cantantes, había que beber también lo mismo que en Francia.
El primer capítulo de esta investigación es una cercamiento a los grandes acontecimientos ocurridos durante el siglo XIX y pretende dar una idea del ambiente que se respiraba en las últimas décadas. Sin embargo, hago la aclaración de que no es cronológico. A partir de 1887 juego con el tiempo hacia delante y hacia atrás.
Una rapsodia era, originalmente, un trozo de los poemas homéricos cantado por un rapsoda, especie de trovador que iba de pueblo en pueblo para recitar las obras de Homero. La rapsodia se convirtió en una pieza literaria o musical hecha con trozos de diversos materiales ajenos, una especie de popurrí. Felipe Pedrelle, en su Diccionario técnico de la música define: “Rapsodia. Dícese de los versos malos y de la mala prosa. Pieza de música compuesta de reminiscencias de melodías tradicionales de una nación. Es de forma libre. Liszt fue el creador de este género de composiciones. Sus rapsodias húngaras son la voz de un pueblo, su alma”. Una rapsodia termina por ser una poesía espiritual, casi un arrebato místico que los artistas del siglo XIX creían alcanzar al beber absenta.
En el Gran Teatro Nacional de México, en la calle de Vergara –la misma de los cabarés–, se estrenó, en 1900, La Bohème de Puccini, una semblanza de los artistas que viven sin dinero y que toman ajenjo. Los bohemios –aquellos artistas con los que Hispanoamérica se identificó– compartían algo con los dandis. Ambos alteraban la moda, la estética y el pensamiento. Comprendidos por pocos, como contrapuntos disonantes, volvían a cambiar sus ideas en cuanto adquirían uniformidad, en cuanto se convertían en melodías populares.
Tritono es el nombre con que se designaba un intervalo musical cuyo uso era severamente condenado en la Edad Media. El tritono fue poco comprendido por los oídos medievales, no acostumbrados a todos los sonidos, quienes lo satanizaron al grado de darle el título de diabolus in musica. La mujer modernista que comenzaba a mostrar autonomía fue clasificada como diabólica, al igual que las disonancias. Pero fue también, ésta mujer, identificada con lo dañino, con venenos y brebajes, la que dio a los artistas material de trabajo.
El músico de origen italiano, nacido en Sonora, Rodolfo Campodónico (1866-1926), compuso el vals Club Verde, título que adoptó de una agrupación política integrada en pleno Porfiriato y que, más tarde, dio nombre a una cantina en la Ciudad de México. Los escritores de la Revista Moderna frecuentaban este tipo de establecimientos. En ellos –cuenta Rubén M. Campos- se gestaron algunas obras delos modernistas.
Varios artistas mexicanos probaron con los llamados paraísos artificiales: uso de drogas, abuso en el consumo de alcohol y ajenjo –influencia de Baudelaire–. Se convirtieron en “vícitmas” del bar, en un período en el que, como afirma Vicente Quirarte, “beber se transformó en una ocupación estética”.
... una vez decidido el bebedor, su gula se saboreaba al ver el cristal transparente de la fina copa de Bohemia en la que caía el chorro líquido del coñac, el topacio del vino de Xerez, el granate del Cinzano, la esmeralda del Piper, el ópalo del absintio o el ámbar de la cerveza. Extraían de los cubos de hielo las ventrudas botellas de la champaña diademada de perlas, para preparar una copa helada y servirla en una cratera abierta anchamente como flor.[3]
Como es de esperar, tales excesos llevaron a la muerte a aquellos que los practicaban. No por obvio sobra recordarlo: las artes son imagen del tiempo y de los seres humanos, herramientas en la comprensión de fenómenos políticos, sociales y económicos.
La actividad cultural de los artistas es un reflejo del entorno en que ha surgido su obra. Sin embargo, pese a las influencias galas, los modernistas mexicanos lograron crear una estética propia, así lo demuestran los textos recopilados al final de esta investigación. Las traducciones que aparecen en este trabajo son mías, salvo cuando se señala lo contrario.
El ajenjo fue una bebida fascinante, identificada con lo femenino y consumida por bohemios y dandis. El camino que conducía a la creatividad y a la locura. Figura en la vida de artistas, recordados poco en nuestros días, pero que hicieron una contribución al arte. Un excelente pretexto para husmear en la estética y el pensamiento de fin de siglo.
María Emilia Chávez Lara.
[1] “Absenta es el afrodisíaco del yo. El hada verde que vive en el ajenjo quiere tu alma. Pero… estas a salvo conmigo”
[2] András Batta, Ópera, p. 427.
[3] Rubén M. Campos. El bar, p. 32.
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