jueves, 31 de enero de 2013

Dos elementos de estudio

Los cortometrajes que mencioné en mi entrada anterior, para su consideración.

Alive in Joburg (2006) de Neill Blomkamp

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Mamá (2008) de Andrés Muschietti

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miércoles, 30 de enero de 2013

¡Ay, Mamá!


Hay algo de lo que no tengo duda: la tenacidad y el talento abren las puertas. En el año 2006 el escritor y cineasta sudafricano-canadiense Neill Blomkamp nos presentó su cortometraje Alive in Joburg, un estupendo experimento, presentado como un reportaje noticioso, que daba cuenta de la llegada de inmensas naves extraterrestres al espacio aéreo sudafricano. Los aparatos eran tripulados por seres similares a insectos, que usaban unos exo esqueletos robóticos y pronto eran presa de la tiranía y la incomprensión humana. Clamaban, con toda justicia, que el Gobierno les proporcionara los mínimos recursos para sobrevivir. A través de esto el autor proponía serias reflexiones sobre las políticas segregacionistas en la era del Apartheid, los abusos a los que son sometidos los migrantes, la xenofobia y la incapacidad para enfrentar lo diferente. El trabajo atrajo la mirada del neozelandés Peter Jackson, quien propició que tres años después esos breves 6 minutos se transformaran en el largometraje Sector 9 (District 9, Neill Blomkamp, 2009), una lograda cinta que conservaba las intenciones de su fuente de procedencia.
Algo semejante le ocurrió cineasta argentino Andrés Muschietti, quien en 2008 escribió y dirigió un logrado cortometraje de producción española, que duraba escasamente un minuto, y que tituló sencillamente Mamá. Lo conocí hace un par de días gracias a mi querida Anabel Quirarte. En él dos niñas, Lili y Victoria (Victoria Harris y Berta Ros), recibían la nada placentera visita de “Mamá” (Irma Monroig). En un pulcro plano-secuencia (logrado a través de la edición digital), las dos menores se enfrentaban al horror más puro. Al igual que sucedió con Peter Jackson, el producto fascinó instantáneamente a nuestro compatriota Guillermo del Toro, quien abrazó el esfuerzo de Muschietti, al que calificó de “limpio y técnicamente perfecto”, y lo consideró un director “con estilo pero consciente de la narrativa”. Así, cobijado por uno de los grandes autores contemporáneos del género, el argentino brincó al mundo hollywoodense.
El resultado también se llama Mamá (2013), una coproducción española-canadiense dirigida por Muschietti y coescrita con su hermana Bárbara y Neil Cross. Su factura es impecable, con una lograda fotografía de Antonio Riestra y una buena partitura de Fernando Velázquez. Al producto en sí no puede reprochársele nada. Y sin embargo incurre en graves fallas que ponen en riesgo el conjunto. Si somos estrictos, el corto del que procede es una mini ficción, un efectivo micro cuento que sustenta su contundencia en todos sus espacios en blanco. ¿Quiénes son las dos niñas? ¿Por qué ningún adulto las acompaña? ¿Quién es la “mamá” a que tanto temen? ¿Por qué murió y se convirtió en un fantasma? ¿Por qué las persigue? ¿Cuál es su desenlace? Su guión parte de la anécdota primigenia y la expande. Ahora Victoria (Morgan McGarry) y Lily (Maya y Sierra Dawe), de 3 y 1 años respectivamente, son hijas del corredor de bolsa Jeffrey Desange (Nikolaj Coster-Waldau), quien asesinó a sus socios y esposa. Él toma a las niñas y escapa de la ley, refugiándose por accidente en una cabaña del bosque. Ahí la pequeña Victoria advierte algo perturbador. “Hay una mujer afuera. Sus pies no tocan la tierra”. Las niñas –y sólo las niñas- sobreviven en ese entorno, al más puro estilo del Mowgli del Libro de la Selva de Rudyard Kipling. Mientras tanto, su tío paterno Lucas (también Nikolaj Coster-Waldau) se empeña en descubrir el paradero de sus familiares. Y finalmente lo logra. 5 años después Victoria (Megan Charpentier) y Lily (Isabelle Nélisse) son dos pequeñas salvajes que regresan a casa con la ayuda del paidopsiquiatra Dr. Gerald Dreyfuss (Daniel Kash) y se enfrentan a la disputa judicial por su custodia que emprende su tía materna Jean (Jane Moffat). Lucas, su rockera pareja sentimental Annabel (Jessica Chastain, muy competente, a quien veremos en Zero Dark Thirty), y las niñas en rehabilitación se mudan a un hogar temporal. Ahí comienza un horror que se revela paulatinamente y encierra un terrible misterio del pasado. A continuación vemos, tengo que admitir que con una gran eficacia técnica, toda una serie de situaciones comunes que van desde las siluetas que se atraviesan por la pantalla, cosas ocultas bajo las camas o en el clóset, cámaras subjetivas y apariciones –mundanas y sobrenaturales- sorpresivas aderezadas por aumentos notables en el volumen de la banda sonora y otros ruidos inquietantes. He ahí el aspecto que muchos han celebrado, el susto efectista. No obstante hay otros que debo aplaudir, como las niñas jugando en su habitación con una cobija y el declarado homenaje a una de las mejores películas contemporáneas sobre fantasmas que he visto, El espinazo del Diablo (Guillermo del Toro, 2001), sobre todo en la definición del protagonista (“un fantasma es un hecho terrible condenado a repetirse una y otra vez”), su aspecto y la presencia de insectos.
Sobre su recepción, la crítica generalmente le ha dado opiniones favorables. Y ni qué decir del público, al que ha arrancado numerosos sustos (algunos reales y otros exagerados, como en la función a la que acudí) y muchísimo dinero. Su humilde presupuesto de 15 millones de dólares (insisto, humilde para una cinta de su tamaño) ha redituado hasta el momento más de 50, más lo que se acumule esta semana. Espero que eso no signifique el inicio de una franquicia. Sobre todo si su estudio sigue el pie de la letra lo dicho por del Toro, “un fantasma es un hecho terrible condenado a repetirse una y otra vez”. Y ahora que lo pienso, acabo de escribirlo de nuevo.

Piost scrptum. Sobre la cinta, mi buen amigo Arístides Castiglioni escribió lo siguiente: “para ser sincero creo que ya del Toro está entrando a la clásica formula de los “monstruos de closet”. Nomás abren una puerta y ya sabes que van a subir a tope el volumen y el de la música dará un trancazo a las teclas del piano junto con un close up a una jeta deforme para espantar”. 

martes, 29 de enero de 2013

Charros, vampiros y luchadores


El pasado Festival Mórbido, además de ofrecernos el banquete cinematográfico a que nos tiene acostumbrados, fue escenario de numerosas presentaciones editoriales. Ya hablé de una de ellas, Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara Juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. Ahora lo hago de una en la que estoy involucrado de muchas formas. La primera es el inmenso cariño que me une a la familia Curiel. La segunda es el especial aprecio que siento por el homenajeado y su obra, que nutrieron mi imaginación infantil. La tercera es porque una pequeña parcela de esta obra es de mi autoría.
Curiel, la nueva coedición del Instituto Mexicano de Cinematografía, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, editorial Sétis y Mórbido, es un compendio que trata de acercarnos a las obsesiones de un cineasta poco conocido y valorado en el panorama nacional, Federico Curiel Espinosa de los Monteros, mejor conocido como Pichirilo. Su obra, generalmente menospreciada por las altas esferas del séptimo arte, tiene muchas aristas que merecen ser analizadas. Todas emanan del carácter multifacético del cineasta, miembro de una estirpe poco frecuente. No sólo dirigía, sino tenía una prolífica carrera como guionista, compositor,  ilustrador –pues le debemos  los carteles de sus cintas y populares historietas de su tiempo- y actor. Era, como bien lo describió Pablo Guisa en su texto en el libro, “un charrito renacentista”. Y pese a que el tema –la fantasía y el horror- no domina la producción fílmica de Curiel, son sin duda los géneros por los que es mejor recordado. Diría, incluso, en los que lo percibo más cómodo. Sobre uno de sus trabajos que más aprecio, escribí en mi turno lo siguiente:
En los minutos iniciales de La maldición de Nostradamus (1959), el Profesor Durán (Domingo Soler), reputado académico y dirigente de una sociedad que combate la superstición, ofrece una recepción para celebrar la fiera conferencia que ofreció esa misma tarde. Por la vestimenta de los convidados, asumimos que nos encontramos a finales del siglo XIX o principios del XX. Tras unos minutos de charla banal, el tema se desvía hacia la cruzada del anfitrión, quien niega rotundamente la existencia de lo sobrenatutral, incluidos los vampiros humanos. En la siguiente escena, como una clara objeción a lo dicho por el sabio, vemos la perturbadora mirada del mítico Germán Robles, quien ganara el reconocimiento internacional en el papel del Conde Lavud en El vampiro (Fernando Méndez, 1957), como el malvado protagonista Nostradamus, descendiente –convertido en vampiro- del famoso matemático, astrólogo y profeta del siglo XVI. La postura de Durán resume el pensamiento del hombre moderno frente a lo que no puede comprender, ante la irrupción de lo extraño en el universo doméstico. Afortunadamente, este enfrentamiento ha producido obras memorables en las bellas artes. Afortunadamente Federico Curiel Espinosa de los Monteros –Pichirilo para sus más cercanos- fue uno de los pocos cineastas mexicanos que lo entendió muy bien.
Mi contribución sólo habla de uno de sus temas. De sus otros rostros, expertos y amigos hablan profusamente. Su hija, Rosana Curiel Defossé, nos ofrece, desde la emotividad consanguínea y su buen oficio de escritora, memorias desde la voz heredada. Su nieto, el cineasta Álvaro Curiel de Icaza, director de Acorazado (2012) hace un recuento de todas sus virtudes cinematográficas. El experto en cine de luchadores José Xavier Návar un vistazo a una de sus incursiones más recordadas, la que lo coloca en el “Olimpo del pancracio fílmico”. El crítico de cine Hugo Lara explora su faceta actoral. Armando Vega Gil, prolífico escritor y fundador de la mítica agrupación musical Botellita de Jerez, nos habla precisamente desde este campo, de sus “rancheras”. Mi cofrade Antonio Camarillo explora los finos lindes entre el horror y la comedia en el cine de Pichirilo. Gonzalo Rocha habla de uno de sus personajes más heroicos, el Látigo Negro, y de sus dotes como dibujante. Para finalizar, Rosana y Andrés Paniagua abren el baúl de los recuerdos, que contiene las fotografías, recortes de periódico, ilustraciones, documentos, páginas de guiones y demás materiales que embellecen este libro indispensable para recuperar figuras de nuestro cine.
Yo remato mi parcela, dedicada a sus vampiros tan queridos, con lo que creo resume el sentir de todos los involucrados:
Como Nostradamus exigía se honrara a su antepasado, los que aquí contribuimos buscamos se reconozca la vida y obra de Federico Curiel. Él, como Fernando Méndez, Juan Bustillo Oro, Chano Urueta, Alfredo B. Crevena, Alfonso Corona Blake, Rafael Baledón, la dinastía Cardona y Carlos Enrique Taboada, confió en las inmensas posibilidades del horror y la fantasía y reconoció el objetivo principal de la cinematografía: entretenernos más allá de academicismos. Su cine puede ser cuestionado y descalificado por muchos, pero sus carencias son compensadas con creces por su honestidad y pasión. Pichirilo –porque sus devotos nos ganamos el derecho de llamarlo así- y sus ilustres contemporáneos no sólo contribuyeron al esplendor y posterior supervivencia de una industria. Llegaron a lo más inocente y maravilloso que poseemos: nuestra imaginación y nuestra capacidad de asombro. Como sus vampiros, y por todos sus méritos, Federico Curiel es eterno.


Enorme orgullo


miércoles, 23 de enero de 2013

Porque recordar es volver a vivir (grandes pendientes del 2012 parte 2)


A principios de los noventas conocí, gracias a mi querido amigo y mentor Ricardo Bernal, una obra más de Phillip Kindred Dick, el popular autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), la maravillosa novela que inspiró Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Ricardo no sólo es una de las personas que más sabe de ciencia ficción que conozco –y de otros temas relacionados con el horror y la fantasía-, sino uno de los mayores conocedores de la obra del escritor norteamericano. También incluyó el relato en una maravillosa antología titulada Cuentos de ciencia ficción (Alfaguara, 1997). Sobre él escribió en su prólogo: “Por último, y para cerrar con broche de oro, Lo recordaremos por usted perfectamente de Phillip K. Dick, quien a partir de su muerte en 1982 se ha convertido en un autor de culto, a tal grado, que algunos críticos lo han llegado a considerar como el mejor escritor norteamericano del siglo XX. El insólito argumento de este cuento sirvió de base para el guión de la película El vengador del futuro (Total recall), aunque claro, el original supera con creces a la película”. Y es cierto. El relato es estupendo, contundente, en mi humilde opinión uno de los mejores de Dick. En la narración, en un futuro no distante en la ciudad de Chicago, el apocado empleado de migración Douglas Quail acariciaba el deseo de visitar Marte, planeta con el que soñaba constantemente. Al no tener los recursos para materializar el viaje, acudía a Recuerda, S.A. para que implantaran en su memoria la experiencia, con resultados inesperados. Sobre esta base, Ronald Shusett, Dan O´Bannon y Gary Goldman (los dos primeros mejor recordados por su trabajo en Alien de Ridley Scott y el segundo por adaptar al propio Dick en Minority report: sentencia previa de Steven Spielberg y Next, el vidente de Lee Tamahori) escribieron la ya mencionada El vengador del futuro, dirigida en 1990 por el holandés Paul Verhoeven, muy reputado en aquellos días por esa joya llamada Robocop (1987). La cinta era un vehículo para el lucimiento del fortachón Arnold Schwarzenegger, quien pese a sus limitadas capacidades actorales encajaba a la perfección para el papel de un obrero de la construcción que llevaba una vida que no era la suya. Si bien se alejaba –como muchas cintas- de su fuente de procedencia,  la buena mano del director, los logrados efectos visuales de Rob Bottin, la briosa partitura de Jerry Goldsmith y su competente reparto (Rachel Ticotin, Sharon Stone, Michael Ironside y Ronny Cox) la convirtieron en un éxito de taquilla bien recibido por la crítica especializada. El joven que fui y con el que mantengo un diálogo constante la disfrutó enormemente. Hace muy poco que me reencontré con la película volví a disfrutarla. Esto fue con el pretexto del estreno de su inevitable remake, a cargo ahora del buen artesano del cine de acción Len Wiseman y protagonizada por el irlandés Colin Farrel.
La cinta no fue en absoluto una decepción. Más que una nueva adaptación del cuento de Dick, el guión de Jon Povill y Kurt Wimmer toma la historia planteada por Sushett y O´Bannon con algunos cambios notables: la trama se desarrolla ahora en la Tierra, y no parcialmente en Marte como su predecesora. A finales del siglo XXI el planeta, asolado por guerras químicas, divide a la población superviviente en dos territorios, la Federación Unida de Britania y la Colonia, ubicada en el territorio que solía ocupar Australia. Para asegurar su supervivencia y realizar sus labores, obreros debían atravesar el globo terráqueo todos los días en un transporte conocido como La Caída. En este contexto el obrero Douglas Quaid (Farrell) tiene extraños sueños que su esposa Lori (Kate Beckinsale) trata de minimizar. Pero nada es lo que parece. Una visita a la empresa Rekall y la aparición de la bella Melina (Jessica Biel) se encargan de revelarle a su “otro yo” Carl Hauser, brazo derecho del malvado canciller Cohagen (Bryan Cranston, el papá de Malcolm el de en medio) convertido en parte de la resistencia contra una sociedad totalitaria liderada por Matthias (Bill Nighy). El vertiginoso espectáculo que sigue, plagado de persecuciones, peleas y tiroteos está diseñado para empalmar con la estética de otras adaptaciones al cine de relatos de Dick, desde las ya mencionadas Blade Runner y Minority report, a otros clásicos de la ciencia ficción como la reciente versión de Yo, Robot (Alex Proyas, 2004), con sus soldados artificiales. Aunque como dije prescinde de elementos de su antecesora, como el taxista robótico Johnny Cab, el líder insurgente marciano Kuato (Marshall Bell), la intención de ocultar ese gigantesco dispositivo para dar al planeta rojo una atmósfera y la ya inolvidable persecución en la glorieta del Metro Insurgentes –los de mi edad saben que se rodó en México-, conserva detalles que todos conocemos bien, como esa mujer obesa y pelirroja en la aduana, la prostituta mutante con tres senos, o el dispositivo de localización en el cuerpo del héroe, ahora transformado en teléfono celular implantado en la palma de su mano. El resultado es satisfactorio. Quizá innecesario, pero satisfactorio. 

martes, 15 de enero de 2013

Libros para devorar


Durante las dos últimas décadas, los zombis son personajes increíblemente arraigados en la cultura popular. Todos nos hemos angustiado ante el drama del grupo de sobrevivientes –que se parecen a ustedes y a mí- en la teleserie The Walking Dead. Ya he discutido su origen en el folklore afroantillano y sus brillantes representaciones en el séptimo arte, por lo que no les desgastaré recordándolos. Pero en el terreno de las letras contemporáneas es un monstruo poco visitado, salvo notables excepciones como Max Brooks –con su Guía de Sobrevivencia Zombi y su novela Guerra Mundial Z- y John Ajvide Lindqvist –con su perturbadora novela Descansa en paz-. Precisamente como una aportación notable se erige Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. A él tengo el placer de conocerlo desde hace varios años en su faceta de editor –hizo posibles las primeras publicaciones de mi buen amigo Rafael Aviña-, académico y biógrafo de nuestro mutuo amigo Vicente Quirarte (El Hombre Araña también escribe poesía, Porrúa, 2005). No sólo nos une una fascinación por la cultura criminal y el que los expertos llaman “cine truculento”. Publicó Crónica negra del crimen en México (Plaza y Janés, 2001), una espléndida y selecta recopilación de la nota roja nacional, desde Las Poquianchis hasta Los Narcosatánicos de Matamoros. Mi reencuentro con él ocurrió de manera inesperada: tuve el honor de presentarlo con pretexto de su nueva creación durante el último día del pasado Festival Mórbido, en la espléndida Biblioteca Publica Gertrudis Bocanegra de Pátzcuaro. Y el honor provino de dos fuentes.
Amor, zombis y otras desgracias es una estupenda novela juvenil, que no sólo es afortunada desde su ingenioso título, sino por abrevar de una cultura cinematográfica que todos los diletantes del horror pueden identificar, como lo demuestra su acertado corolario que incluye títulos indispensables en nuestra formación. A través de un lenguaje ágil, que no pierde el tiempo en detalles innecesarios, conocemos la historia de Jorge Antonio, un chico de 16 años que se muda de casa con madre, su padre Harry, y su insufrible hermanita, e ingresa a la secundaria Instituto Científico y Cultural de México. Ahí conoce a UV, uno de los más notables creyentes en teorías de conspiración que recuerdo, y a Alicia, una jovencita huraña y llena de pircings. El héroe vive los infortunios propios de la edad: está condenado a la marginalidad por sus extravagantes gustos, es víctima del abuso de sus compañeros y cae presa de un amor imposible –la bella y banal Bárbara-. Por si fuera poco, todo ocurre en medio del Apocalipsis zombi. Acertaron si en las líneas anteriores descubrieron una serie de homenajes, de la obra seminal de George Andrew Romero hasta la primera entrega de W. S. Anderson de su saga de acción sobrenatural.
Pero su atractivo no reside exclusivamente en lo anterior. La novela está narrada en una forma muy familiar para los adolescentes: mensajes de Twitter y Facebook, mensajes SMS de celular, videos de Youtube, entradas de blog y páginas de Internet, archivos adjuntos de correo electrónico, videograbaciones, recortes de periódico, comunicados de prensa y entradas de diario, al más puro estilo epistolar con el que Bram Stoker ensambló su creación más perdurable. Todo en un ambiente doméstico como la gran Ciudad de México, con episodios tan reconocibles por recientes -¿recuerdan la epidemia de Influenza AH1N1 con sus restricciones y la forma en que afectó la vida de la urbe?-. Al final nos recuerda las desventajas de la condición humana ante un evento extraordinario y nos plantea una pregunta inquietante: “¿conviene enamorarse ante el fin del mundo?”.
Su autor deja abiertos detalles que propiciarían una secuela. Me ha revelado incluso su próxima existencia, así que seguramente tendré el placer de presentarla en el próximo Festival. Por lo pronto el libro fue el primero que devoré en este naciente 2013. Un calificativo muy apropiado ante estas circunstancias.  

lunes, 14 de enero de 2013

Arrástralos al infierno


Entre 1998 y 1999, una efímera serie de televisión tuvo una exhibición comercial en Estados Unidos. Contó con sólo 13 episodios. Se titulaba Brimstone (algo así como Azufre), creada por Ethan Reiff y Cyrus Voris. Y por alguna razón, su tema musical resuena en mi cabeza desde esta mañana. Quizá porque lo compuso el talentosísimo Peter Gabriel, laureado cantautor y productor británico que admiro profundamente. La serie seguía la fuga de 113 de los más viles habitantes del Infierno. El Diablo (John Glover) recurría a Ezekiel "Zeke" Stone (Peter Horton), un alma torturada y otro de sus inquilinos, para llevarlos de nuevo al infierno. Stone era un condecorado detective de la Policía de Nueva York que asesinó al hombre que violó a su esposa y posteriormente fue muerto en el cumplimiento del deber. Con la promesa de redención, aceptó el ofrecimiento del Maligno. Para ello, debía disparar a los ojos de los fugitivos (“porque los ojos son el espejo del alma”) para devolverlos a dónde pertenecían. Cada mañana Stone despertaba con la misma indumentaria que vestía en el instante de su muerte, con la misma cantidad de dinero que llevaba en el bolsillo ($36.27 USD), su placa y su arma de cargo. Llevaba tatuados en su cuerpo, como el personaje que inspira Los Libros de Sangre de Clive Barker, los nombres de todas sus presas. La premisa sonaba interesante, en algún lugar entre el John Constantine de Alan Moore, las aventuras del John Silence de Algernon Blackwood, tantos pactos fáusticos como los descritos por Christopher Marlowe o Johann Wolfgang von Goethe o a Corazón satánico (1987) de Alan Parker. Pese a ello, nunca prosperó. En fin. Como dicen, recordar es volver a vivir. 

miércoles, 2 de enero de 2013

El regreso a lo básico


En mi primer escrito para este blog en el naciente 2013 decidí regresar a una de mis pasiones fundamentales. Los monstruos y Batman son los primeros romances de mi vida. Tengo la fortuna de mantener un diálogo constante con ellos desde entonces. Los abrazo todos los días. A horas de concluir el año pasado, me topé con una pequeña sorpresa: la adaptación animada de una de las historias que más entraño, El regreso del Caballero Oscuro. La dirigió en 2012, directamente para el video, Jay Oliva. Para mi inmensa frustración, la dividió en dos partes. La segunda estará disponible los últimos días de este mes. Pero volveré a ella más tarde.
El regreso del Caballero Oscuro fue la primera de cuatro historietas originalmente escritas e ilustradas por Frank Miller, entintadas por Klaus Janson y brillantemente coloreadas por Lynn Varley, publicadas en abril y junio de 1986. Le siguieron El Caballero Oscuro triunfante, La caza al Caballero Oscuro y La caída del Caballero Oscuro. Un año después fueron compiladas en un solo tomo, que recibió el título del primer relato. Todos los elogios que tengo para esta historia son pocos. El crítico y escritor Les Daniels la considera seminal para el universo de Batman. Forma parte de la mayor parte de las listas de las 10 mejores novelas gráficas de superhéroes que conozco. Por si fuera poco, la compilación cuenta con un lúcido ensayo introductorio de Alan Moore, autor de Watchmen, otra historia decisiva durante la década de los 80. Richard Reynolds, en Superheroes, a modern mithology, califica ambas como puntos decisivos de evolución de la historieta de superhéroes. El mensaje final de Moore, dirigido a quienes conocían por vez primera la historia, es certero: “para el resto de ustedes, que están a punto de entrar a un nuevo territorio, sólo puedo expresarles mi extrema envidia. Están a punto de encontrarse con un nuevo nivel de narración de historietas. Un nuevo mundo con nuevos placeres y dolores. Un nuevo héroe”.
 Inscrita en un universo alternativo (en el Multiverso DC, los expertos dicen que en la Tierra 31), la narración sigue a Bruce Wayne, quien tiene 55 años y está retirado de sus actividades como justiciero. Se ha enfrascado en su vida como multimillonario parrandero, adicto a las carreras de autos y al alcohol. Brinda con James Gordon, a punto de retirarse como Comisionado de Policía de Ciudad Gótica, por el décimo aniversario de la última aparición pública de Batman. Observa con fastidio la degradación en que se ha sumido la urbe, ahora dominada por una viciosa y sanguinaria banda conocida como Los Mutantes. Sigue atormentado por la muerte de sus padres y la de Jason Todd, el segundo Robin. También continúa obsesionado con la visión de un murciélago. Hastiado por la situación y por contener su verdadera esencia, decide regresar a la actividad a pesar de las objeciones de su fiel y anciano mayordomo Alfred. Su regreso causa todo tipo de reacciones, desde los que abiertamente lo apoyan (como Lana Lang, editora del diario El Planeta) hasta los que se oponen ferozmente (como el Dr. Bartholomew Wolper, el psiquiatra de Harvey Dent/Dos caras y el Guasón). Se enfrenta a ellos, al malvado Líder Mutante y a un antiguo y poderoso aliado, quien ahora se ha convertido en un sirviente del Imperio, auxiliado por sus enormes recursos (“no fue fácil sintetizarla, Clark. Tomó años y costó una fortuna. Por suerte tenía ambos”), su antiguo colega Oliver Queen (mejor conocido como Flecha Verde) y un nuevo Robin, la entusiasta jovencita Carrie Kelly, de 13 años.
En la narración es muy importante la enorme influencia de los medios de comunicación en la sociedad contemporánea, desde los debates televisivos sobre las nuevas correrías del héroe, el seguimiento noticioso a conflictos armados (como el de Corto Maltese, visto en el primer Batman de Tim Burton, quien le reconoce una gran influencia en la película que catapultó su carrera), la masacre del Guasón en un popular talk show nocturno conducido por alguien muy parecido a David Letterman o las apariciones triunfalistas de un colorido Presidente de los Estados Unidos que no deja de recordarnos a Ronald Reagan. Lo cual no deja de verificar lo dicho por el Dr. Emmet L. Brown (Christopher Lloyd) en Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985), que vi nuevamente estos días: “ahora entiendo por qué tienen un Presidente actor: para que se vea bien en televisión”.
Regresando a la versión animada, sólo puedo reprocharle la ausencia de los pensamientos de Batman, que dan un tono introspectivo al relato: “Debería ser una agonía. Debería ser una masa de músculos adoloridos, rotos, incapaces de moverse. Pero soy de nuevo un hombre de treinta, de veinte años. La lluvia en mi pecho es un bautizo. Volví a nacer” o “Este es el fin para ambos. Pudimos cambiar el mundo, pero míranos. Me he convertido en un botín político y tú en una broma. Quiero que recuerdes, en los años por venir, en tus momentos más íntimos, mi mano en tu garganta. Quiero que recuerdes al único hombre que te derrotó”.
Miller dio una tardía continuación a su historia, publicada entre 2000 y 2001 como El Caballero Oscuro ataca de nuevo, también conocida como DK2. La obra dividió la opinión de la crítica y los aficionados, pero de ninguna manera alcanzó el impacto y originalidad de su predecesora. Por eso me quedo con ella, ansioso por la segunda parte animada, que será un estupendo regalo de Reyes Magos.

Para todos ustedes mis mejores deseos en este naciente año. Háganlo más interesante y productivo que el anterior. Den el mejor sentido a su existencia y a la de las personas que los rodean.