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viernes, 25 de octubre de 2013

Fantasmas de la juventud

Hay historias que te cautivaron durante una época más sencilla de tu vida. Las atesoras en la mejor parte posible de tu memoria y corazón. Y sin embargo jamás escribes sobre ellas cuando tienes la posibilidad, al llegar a la vida adulta. Hoy pago esa deuda. Vi Los Cazafantasmas, el sexto largometraje que el checoslovaco canadiense Ivan Reitman nos entregó en 1984 a partir del guión de Dan Aykroyd y Harold Ramis, cuando tenía tiernos 11 años de edad, en el final de mi infancia y el inicio de mi adolescencia. No puedo describir la fascinación que causó en mí. Las hazañas de los parapsicólogos convertidos en exterminadores de espectros forman parte de mis mejores recuerdos. Los doctores Peter Venkman (Bill Murray), Ray Stantz (Aykroyd), Egon Spengler (Ramis), apoyados por su cuarto elemento Winston Zeddemore (Ernie Hudson), su fiel secretaria Janine Melnitz (Annie Potts), el pobrediablesco contador Louis Tully (Rick Moranis) y la atribulada concertista Dana Barrett (Sigourney Weaver) son los protagonistas de una comedia (sobrenatural) perfecta, plena de risas, acción y personajes y momentos memorables. Las imágenes del logotipo de la empresa, de la vieja estación de bomberos transformada en su base de operaciones, de su vehículo de emergencias Ecto 1, de sus equipos de protones, del glotón y malaleche fantasma verdoso Slimer (aquí lo bautizaron posteriormente como Pegajoso) acechando un lujoso hotel, del gigantesco perro infernal sobre el que arrojan un abrigo o del Dios sumerio Gozer el Gozeriano -convertido por la inocencia de Ray en el Muñeco de malvavisco Stay Puft- y el tema musical de Ray Parker, Jr., son simplemente inolvidables.
De ahí vino mi emoción cuando la extinta Imevisión (y viene un comentario digno del Abuelo Simpson, “porque hubo una época donde la televisión mexicana era buena”) anunció la exhibición de una caricatura titulada Los verdaderos Cazafantasmas. Su vínculo con la película, pese a las diferencias de aspecto de sus protagonistas pero confirmadas por su emblema y su música, fue refrescante considerando a la nefasta caricatura Los Cazafantasmas (donde salían dos tipos, un gorila con sombrero y un coche con cara) hecha por la productora Filmation, responsable del clásico He-man y los Amos del Universo, que pretendía lucrar con su buen nombre.
Hoy me entero que Los verdaderos Cazafantasmas vivió 7 temporadas y 147 episodios los cuales, al revisar los títulos de su listado, me trajeron los recuerdos más gratos. ¿Cómo olvidar a su primer gran enemigo El Espantaniños (el Boogieman, símil del Monstruo del Clóset), con su cabezota, su gran nariz y sus patas de macho cabrío? ¿Del Duende de los Sueños (el Sandman del folclore europeo), con su capucha y su saco de polvos para dormir? ¿O de la inocente viejecita Sra. Rogers, dueña de un canario y una casa terroríficos? ¿Del capítulo que retoma lo sucedido después de la película y cómo trabaron amistad con Pegajoso? ¿De la aparición del nefasto Walter Peck (interpretado en la cinta por William Atherton)? ¿Cuando conocieron al mezquino Ebenezer Scrooge de Charles Dickens? ¿Del enfrentamiento entre hombres lobos y vampiros en la aislada Lupusville? Y siempre estará mi favorito, el episodio nombrado El libro mágico (en inglés se llamaba La llamada por cobrar de Cathulhu), donde los héroes investigaban el robo del mítico Necronomicón de la Biblioteca Pública de Nueva York, viajaban a Akham, Massachusetts, pedían ayuda a la Profesora Alicia Derleth de la Universidad de Miscatonik, todo para detener el intento de una secta (su líder tiene el nombre de alguien del Círculo de Lovecfaft) para revivir a Cathulhu (así, con una “a”) y en el que viejos cómics les daban la clave para derrotarlo. Magia pura.
La película y la caricatura despertaron un auténtico furor que se extendió a la industria discográfica, los videjuegos, las historietas, una desigual secuela (en 1989) y otra caricatura, Los Cazafantasmas al extremo que tuvo una efímera existencia pese al intento por mantener viva una redituable franquicia y en la que un Egon cuarentón dirigía a una nueva generación de investigadores de lo paranormal.
Muy recientemente Akroyd y Ramis, artífices del éxito de la cinta y creadores de Los verdaderos Cazafantasmas, revelaron su tardío intento por realizar una tercera parte de la que Murray, el más exitoso miembro del ensamble, se deslinda completamente. Yo haría lo mismo. No es lo mismo los Tres Mosqueteros que 30 años después, diría mi abuela. Si el proyecto recibe luz verde será como esos desabridos reencuentros de populares grupos musicales sin su integrante más afamado y que hizo una exitosa carrera como solista. Prefiero quedarme con su gloriosa primera parte de la que no dudo algún brillante intente hacer un remake. No imagino a los comediantes del momento (seguramente egresados del longevo Saturday Night Live como Murray y Aykroyd) en una reelaboración. ¿Imaginan a Will Ferrell como Venkman, a Kevin James como Stanz, a Adam Sandler como Spengler y a Chris Rock como Winston? Horror auténtico. 

lunes, 8 de abril de 2013

Pide al tiempo que vuelva


Durante años, la empresa Eastman Kodak Company capitalizó una frase del dominio popular que es certera en muchas maneras: “recordar es volver a vivir”. Podemos transportarnos a otras épocas de incontables formas, como abrir un álbum de fotografías, escuchar una canción, reencontrar un libro o pulsar la tecla de un control remoto. La idea de retroceder en el tiempo es tentadora para todos, sea para volver a disfrutar otros momentos o corregir los errores del pasado. Ejemplos sobre el viaje en el tiempo sobran, desde antecedentes notables que nos ofrecieron Hans Christian Andersen, Mark Twain o Washington Irving, la novela fundacional del tema de Herbert George Wells (La máquina del tiempo, 1895), ejemplos televisivos notables como los intrépidos Tony Newman (James Darren) y Douglas Phillips (Robert Colbert) en El túnel del tiempo (1966-1967), los entrañables Marty McFly (Michael J. Fox) y Emmet Brown (Christopher Lloyd) de Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985), el cándido Hiro Nakamura (Masi Oka) de Héroes (2006-2010) y el caso que inspira estas líneas.
Ayer en un episodio de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales ví como invitado al actor estadounidense Scott Bakula, uno de los héroes de mi juventud. Y a pesar que lo he visto en otras teleseries desde entonces, no pude dejar de asombrarme por el paso del tiempo. Ahora es un maduro y respetable señor, que sólo me aventaja por unos años. Pareciera que fue ayer cuando encarnaba al Dr. Sam Beckett –ninguna relación con el dramaturgo- en la joya noventera Viajeros en el tiempo (Quantum leap), serie creada por Donald P. Bellisario que tuvo una vida de 1989 a 1993.
No alcanzo a describir los modos en que el programa cautivó –cautiva- mi imaginación. Las aventuras del Proyecto Salto Cuántico, su artífice accidentalmente condenado a vagar por el tiempo “corrigiendo lo que alguna vez salió mal”, su “consciencia” holográfica  Al Calavicci (Dean Stockwell), el operador Gooshie (Dennis Wolfberg) y la computadora Ziggy (heredera el Hal-900 de 2001, Odisea del Espacio) son parte importante de una época más simple que definió el adulto que soy. El brillo y sonido característicos que anuncian cada viaje de Sam viven indeleblemente en mi memoria al igual que el tema musical de Mike Post.
La variedad de temas que el programa tocó va de la opresión de las minorías, la pena de muerte, la violencia contra la mujer y la igualdad de derechos. Hubo tiempo también para misterios sin resolver (“Nave fantasma, 13 de agosto de 1956”), caer en un chimpancé (“Lo equivocado, 24 de enero de 1961”) y coquetear con la Historia, como la vez en que Sam cayó en el cuerpo de Elvis Presley (“Melodía de Memphis, 3 de julio de 1954”), conoce al joven Stephen King (“El coco, 31 de octubre de 1964”) o participa en los hechos que rodearon el asesinato del presidente John Fiztgerald Kennedy (“Lee Harvey Oswald, 5 de octubre de 1957- 22 de noviembre de 1963). En este último, en la percepción de su fracaso,  Al le revela que cumplió su misión. “En la historia original, Jackie fue asesinada también”.
En su episodio final (“Reflejo, 8 de agosto de 1953”) Sam regresó al día de su nacimiento –como él mismo-, se reencuentra con muchas personas cuya vida cambió positivamente y conoce a Al, el cantinero (Bruce McGill), el responsable de su aventura (Dios, el Destino o como quieran llamarle). Le reconoce todo el bien que ha hecho y le da la opción de regresar a casa. Elige continuar su labor, ayudando a alguien que lo merece: el propio Al, tras ser prisionero de guerra en Vietnam y ser creído muerto en acción, sufre el abandono de su amada esposa. Sam le advierte que su marido está vivo y está por regresar a casa. Las cámara se desplaza hasta posarse sobre una fotografía de Al, que comienza a resplandecer de la forma que bien conocemos. La serie finalizó con una leyenda agridulce: “Beth nunca volvió a casarse. Ella y Al tienen cuatro hijas y celebrarán su trigésimo noveno aniversario de bodas en junio. El Dr. Sam Beckett nuca regresó a casa”. Corregir la vida de su amigo, aún a costa de su propio bienestar, es el mejor ejemplo de entrega y heroísmo que recuerdo.  
El programa tocó a muchas personas, como hizo su protagonista. Se organizan convenciones a su alrededor y ha alcanzado un estado semejante al culto. Cuando lo comentábamos en Twitter, mi amigo Jorge Báez dijo algo muy cierto: “nadie quiere un remake de Automan, pero todos agradeceríamos uno de Quantum Leap”. Al menos uno digno, porque la serie da para mucho.