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lunes, 19 de mayo de 2014

Qué verde era mi monstruo

Las últimas semanas que he platicado con distinguidos amigos, cinéfilos irredentos, sobre las expectativas que les causaba el regreso de Godzilla a la pantalla grande, confirmé algo que presentía: la emoción que siento es un asunto generacional. Mis interlocutores –el más viejo de ellos no rebasa los 30 años de edad- no conocieron como yo al coloso verde, que me deslumbraba en aquellas sesiones televisivas matinales de mi infancia. No son tan cercanos a él. No lo vieron en esas matinés de películas de los nipones Estudios Toho, ni en la emblemática cinta de 1954 de Ishirō Honda. La referencia más inmediata para ellos es la versión estadounidense que Roland Emmerich dirigió en 1998. Y a pesar que a la distancia puedo reconocerle algunos méritos, el resultado no fue el más afortunado. Fue incapaz de acarrearle nuevos y devotos aficionados al monstruo. En mi caso concreto, me pregunto si ese encanto era producido por tratarse de una época más sencilla e ingenua, donde la magia se conseguía gracias a un hombre disfrazado en un incómodo traje de látex, avanzando con dificultad y destruyendo los edificios de una burda ciudad en miniatura. Y aunque ahora me encuentro con la versión más realista de ese cuadro, con una impresionante puesta en escena, con los más notables avances técnicos del séptimo arte, por alguna razón no logro trasladarme a mi tierna niñez. ¿Es una forma de resistencia a lo nuevo? ¿O simplemente Godzilla funciona mejor en el esquema en que lo conocí?
Este es quizá el principal obstáculo de este nuevo esfuerzo, dirigido por el británico Gareth Edwards, responsable de Monstruos, zona infectada (2010), antecedente que lo califica para la labor. Más que una estricta reelaboración –remake-, el Godzilla de 2014 es el intento de reiniciar una popular franquicia y presentarla a las nuevas audiencias, las de la era del Internet y los teléfonos inteligentes. El guión de Max Borenstein –en el que realmente intervinieron más manos- fue escrito bajo la mirada vigilante de los estudios Toho. Remonta los orígenes del monstruo a las pruebas nucleares tan populares en los años cincuenta, reforzando la gran metáfora de éste como una fuerza imparable de la naturaleza y cimentándolo como un hijo distinguido de la Era del Átomo. La historia tiene el tino de comenzar en Japón, donde Joe Brody (Bryan Cranston) es supervisor de la planta de energía nuclear de Janjira, cerca de Tokio. Ahí ocurre el primer aviso de una serie de eventos desafortunados. 15 años después, el vástago de Brody (Aaron Taylor-Johnson) es un soldado del Ejército de Estados Unidos, especialista en el manejo de artefactos peligrosos, y se involucra contra su voluntad en el combate a una amenaza que pone en peligro no sólo a su bella esposa Elle (Elizabeth Olsen) y a su hijito Sam (Carson Bolde), sino a la civilización como la conocemos. Pronto la Policía del Mundo, la benévola milicia gringa, advierte que se trata de un MUTO (Organismo Terrestre Masivo No Identificado, por sus siglas en inglés), y toma todas las medidas para contenerlo. Aunque como, frente a un desastre natural, poco tienen que hacer.
La película, con una poderosa partitura de Alexandre Desplat y una sobria fotografía de Seamus McGarvey –que en muchos momentos recuerda a Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013)-, no prescinde de guiños al conocedor, desde esa etiqueta en el contenedor en el hogar abandonado de los Brody o el sensacional seguimiento de los medios de comunicación televisivos. Lo curioso es que, como ahí se concluye, la película no retrata al Godzilla de su primera época, al que gustaba destruir todo a su paso. Lo revela más bien como un salvador encargado de restituir el balance –aunque no es otra cosa que un macho alfa-. Como un héroe. Lo hace políticamente correcto para soportar en sus hombros el peso de futuras secuelas.

Sobre el aspecto de Godzilla no polemizaré –es cierto que su estatura, complexión y estridencia han cambiado en sus sesenta años de vida-. Simplemente diré que se encuentra perfectamente a la altura de mis recuerdos. Su rugido, majestuoso e imponente, evoca sin el menor reproche esos tiempos asombrosos de los que hablaba. Verlo escupir su halo radioactivo –su “aliento atómico”- a sus enemigos, luego de que sus vértebras se iluminen de azul, es espectacular. Demuestra que hay lagarto gigante para rato.

jueves, 27 de febrero de 2014

El extraño caso del Señor Disney y la Señora Poppins

Lo primero que hay que aclarar es que la película El sueño de Walt Disney (2013), producción británica-australiana-estadounidense dirigida por John Lee Hancock a partir de un guión de Kelly Marcel y Sue Smith, se llama originalmente Salvando al Señor Banks. El título por el que la conocemos en nuestro país se debe sin duda al enorme peso de la figura del animador y empresario en la historia, aunque no es el protagonista. Esto me da pretexto para hablar del sentimiento amor-odio que tengo por él. Confieso que jugó un papel decisivo en mi interés por la fantasía desde temprana edad. Las visitas con mi madre al extinto Cine Continental de esta gloriosa y decadente Ciudad de México, recinto sagrado que está a meses de ser derrumbado, son parte de mi formación como amante del Séptimo Arte. Y lo mismo ocurrió a muchos, pese a que comúnmente se niegue. Gracias a esas películas, de Blanca Nieves (1937) a Bambi (1942), de Dumbo (1941) a Peter Pan (1953), de 20 mil leguas de viaje submarino (1954) a El gran ratón detective (1986), me interesé en conocer las versiones originales que las propiciaron. Ahí nació mi romance con la literatura y la razón que me hizo despreciar sus productos. Basta leer Cenicienta –en la versión de su preferencia, sea la escrita por Charles Perrault o los Hermanos Grimm- para darse cuenta de las enormes diferencias respecto a lo que conocimos en la pantalla grande: adaptaciones edulcoradas de relatos que nos ayudaban a lidiar con los temores de nuestra infancia en la transición a la adolescencia. En muchos modos no podemos culpar a Disney. Esa fue la fórmula que le permitió convertirse de un humilde dibujante en un magnate que conquistó todos los medios de comunicación. Supo beneficiarse de la fantasía de los niños y los bolsillos de sus padres para construir un gran negocio. Y eso no lo que me disgusta. Ya lo dijo el Guasón del difunto Heath Ledger: “si eres bueno en algo, nunca lo hagas gratis”. Lo que me causa serios conflictos es que lo comercial corrompa la esencia de las cosas. De ahí viene mi temor por su reciente adquisición de Marvel Comics y la franquicia Star Wars. Me indigna profundamente ver al robot R2-D2 (conocido como Arturito en estos rumbos) con unas orejitas de Mickey Mouse.
Pero regresemos a Salvando al Señor Banks. Es un recuento, que oscila entre el drama y la comedia, de los hechos que hicieron que la novelista británico-australiana Pamela Lyndon Travers (Emma Thompson) vendiera a Walt Disney (Tom Hanks) los derechos para trasladar al cine a su más popular creación –la niñera mágica Mary Poppins-, una negociación que se prolongó por veinte años y demostró una de dos cosas: el genuino anhelo de Disney por contar la historia (“es una promesa que hice a mis hijas”) o su convencimiento por su potencial económico. Si toda obra de arte posee rasgos autobiográficos, la de Travers –nacida como Helen Lyndon Goff- no es la excepción y relaciona terribles recuerdos de su infancia con el personaje que detona los acontecimientos de Mary Poppins, el rígido banquero George Banks. Esto la convirtió en una mujer absurdamente exigente que grababa en audio todas sus sesiones de trabajo de escritorio –cosa que acompaña los créditos finales- y despreciaba cualquier intento porque su texto –el primero de una serie- se convirtiera en un musical animado. Al final descubrimos que ambos, Disney y Travers, son perseguidos por demonios similares. Sólo que eligen exorcizarlos de maneras diferentes. Y de paso conocemos un poco de Disney, descripción que deliberadamente lo engrandece (“odia que lo llamen Señor Disney. Prefiere que le digan Walt”) como un individuo generoso, amable y tenaz pero evade profundizar en la especulación sobre los derechos autorales de la insignia de su Imperio. “El ratón es mi familia”. Era previsible que la Compañía Disney, parte obligada del proyecto por razones legales, solicitara que su fundador fuera interpretado por un actor reconocido, en este caso uno que ha ganado dos veces el codiciado Óscar y, como está más allá del bien y del mal, ha aparecido en la película de Los Simpson (“Hola, soy Tom Hanks. Como el Gobierno de Estados Unidos ha perdido su credibilidad, me ha pedido prestada la mía”) o bailando “El chicharito” en un programa de la cadena de televisión latina Univisión.

Salvando al Señor Banks es una película impecablemente realizada, con una muy competente fotografía de John Schwartzman, una gran recreación de época de Lauren E. Polizzi y Susan Benjamin, y una emotiva partitura de Thomas Newman. También cuenta con las actuaciones secundarias de Paul Giamatti, Bradley Whitford y Collin Farrell. En resumidas cuentas, es una buen biopic. No más, no menos. Sigo en espera de un filme que profundice en los claroscuros de Disney, el hombre. Porque en la vida real no todo es hermoso. Pero eso seguramente sería obstruido por una industria que protege y busca dar un aura de santidad a sus mitos porque, nos guste o no, Walt Disney lo es. 

viernes, 25 de octubre de 2013

Fantasmas de la juventud

Hay historias que te cautivaron durante una época más sencilla de tu vida. Las atesoras en la mejor parte posible de tu memoria y corazón. Y sin embargo jamás escribes sobre ellas cuando tienes la posibilidad, al llegar a la vida adulta. Hoy pago esa deuda. Vi Los Cazafantasmas, el sexto largometraje que el checoslovaco canadiense Ivan Reitman nos entregó en 1984 a partir del guión de Dan Aykroyd y Harold Ramis, cuando tenía tiernos 11 años de edad, en el final de mi infancia y el inicio de mi adolescencia. No puedo describir la fascinación que causó en mí. Las hazañas de los parapsicólogos convertidos en exterminadores de espectros forman parte de mis mejores recuerdos. Los doctores Peter Venkman (Bill Murray), Ray Stantz (Aykroyd), Egon Spengler (Ramis), apoyados por su cuarto elemento Winston Zeddemore (Ernie Hudson), su fiel secretaria Janine Melnitz (Annie Potts), el pobrediablesco contador Louis Tully (Rick Moranis) y la atribulada concertista Dana Barrett (Sigourney Weaver) son los protagonistas de una comedia (sobrenatural) perfecta, plena de risas, acción y personajes y momentos memorables. Las imágenes del logotipo de la empresa, de la vieja estación de bomberos transformada en su base de operaciones, de su vehículo de emergencias Ecto 1, de sus equipos de protones, del glotón y malaleche fantasma verdoso Slimer (aquí lo bautizaron posteriormente como Pegajoso) acechando un lujoso hotel, del gigantesco perro infernal sobre el que arrojan un abrigo o del Dios sumerio Gozer el Gozeriano -convertido por la inocencia de Ray en el Muñeco de malvavisco Stay Puft- y el tema musical de Ray Parker, Jr., son simplemente inolvidables.
De ahí vino mi emoción cuando la extinta Imevisión (y viene un comentario digno del Abuelo Simpson, “porque hubo una época donde la televisión mexicana era buena”) anunció la exhibición de una caricatura titulada Los verdaderos Cazafantasmas. Su vínculo con la película, pese a las diferencias de aspecto de sus protagonistas pero confirmadas por su emblema y su música, fue refrescante considerando a la nefasta caricatura Los Cazafantasmas (donde salían dos tipos, un gorila con sombrero y un coche con cara) hecha por la productora Filmation, responsable del clásico He-man y los Amos del Universo, que pretendía lucrar con su buen nombre.
Hoy me entero que Los verdaderos Cazafantasmas vivió 7 temporadas y 147 episodios los cuales, al revisar los títulos de su listado, me trajeron los recuerdos más gratos. ¿Cómo olvidar a su primer gran enemigo El Espantaniños (el Boogieman, símil del Monstruo del Clóset), con su cabezota, su gran nariz y sus patas de macho cabrío? ¿Del Duende de los Sueños (el Sandman del folclore europeo), con su capucha y su saco de polvos para dormir? ¿O de la inocente viejecita Sra. Rogers, dueña de un canario y una casa terroríficos? ¿Del capítulo que retoma lo sucedido después de la película y cómo trabaron amistad con Pegajoso? ¿De la aparición del nefasto Walter Peck (interpretado en la cinta por William Atherton)? ¿Cuando conocieron al mezquino Ebenezer Scrooge de Charles Dickens? ¿Del enfrentamiento entre hombres lobos y vampiros en la aislada Lupusville? Y siempre estará mi favorito, el episodio nombrado El libro mágico (en inglés se llamaba La llamada por cobrar de Cathulhu), donde los héroes investigaban el robo del mítico Necronomicón de la Biblioteca Pública de Nueva York, viajaban a Akham, Massachusetts, pedían ayuda a la Profesora Alicia Derleth de la Universidad de Miscatonik, todo para detener el intento de una secta (su líder tiene el nombre de alguien del Círculo de Lovecfaft) para revivir a Cathulhu (así, con una “a”) y en el que viejos cómics les daban la clave para derrotarlo. Magia pura.
La película y la caricatura despertaron un auténtico furor que se extendió a la industria discográfica, los videjuegos, las historietas, una desigual secuela (en 1989) y otra caricatura, Los Cazafantasmas al extremo que tuvo una efímera existencia pese al intento por mantener viva una redituable franquicia y en la que un Egon cuarentón dirigía a una nueva generación de investigadores de lo paranormal.
Muy recientemente Akroyd y Ramis, artífices del éxito de la cinta y creadores de Los verdaderos Cazafantasmas, revelaron su tardío intento por realizar una tercera parte de la que Murray, el más exitoso miembro del ensamble, se deslinda completamente. Yo haría lo mismo. No es lo mismo los Tres Mosqueteros que 30 años después, diría mi abuela. Si el proyecto recibe luz verde será como esos desabridos reencuentros de populares grupos musicales sin su integrante más afamado y que hizo una exitosa carrera como solista. Prefiero quedarme con su gloriosa primera parte de la que no dudo algún brillante intente hacer un remake. No imagino a los comediantes del momento (seguramente egresados del longevo Saturday Night Live como Murray y Aykroyd) en una reelaboración. ¿Imaginan a Will Ferrell como Venkman, a Kevin James como Stanz, a Adam Sandler como Spengler y a Chris Rock como Winston? Horror auténtico. 

martes, 3 de septiembre de 2013

Cuéntame una de fantasmas

Para 2001, con dos largometrajes en su haber y 37 años de edad, el cineasta mexicano Guillermo del Toro ya había definido 10 elementos esenciales en su obra:

1. Su fascinación y respeto por lo fantástico y los monstruos, seres incomprendidos como el aficionado a estos temas. El propio del Toro es un ser marginal, aplaudido en varios círculos pero menospreciado en muchos más.
2. Su conocimiento y cercanía con esto emanaba de su gran afición por la literatura, el cine, la televisión y los cómics, tal como el lector de este blog.
3. Su fascinación por los insectos, seres milenarios con incontables connotaciones.
4. Su fascinación por los engranes y la maquinaria de relojería, alegorías del avance inexorable del tiempo.
5. Los símbolos religiosos, sean ángeles envueltos en plástico, crucifijos o iglesias, muy presentes durante su primera educación. El director recuerda, divertido, los dos “exorcismos” que le practicó su abuela en su juventud.
6. Su visión internacional, como revela sus repartos multinacionales, un Centro Histórico plagado de señalización en chino o un sacerdote de la misma nacionalidad perseguido por sus cucarachas gigantes.
7. Personajes de la tercera edad, como el anticuario Jesús Gris o el millonario Dieter de la Guardia.
8. Personajes infantiles, grandes detentores de la inocencia y lo maravilloso que a menudo se exponen a horrores indecibles.
9. Situaciones familiares, como su gusto por los tríos y los boleros o las explosiones en la red subterránea de su natal Guadalajara de 1992.
10. Como consecuencia de lo anterior, las alcantarillas y los lugares oscuros, cosa que ya era visible desde uno de los episodios que dirigió en la antología televisiva Hora marcada, que involucraba a una niña y un ogro que habitaba en las cloacas citadinas. Se titulaba, obviamente, De ogros.

Lo anterior demuestra que toda obra de arte posee un carácter autobiográfico.
Su siguiente proyecto, una historia desarrollada durante la Revolución Mexicana –mi cofrade Antonio Camarillo leyó por ahí que ocurría en la Guerra Cristera- que, a pesar que lo presentaba un cineasta solvente y galardonado, no recibió apoyo ni financiamiento institucional. Y debido a su amarga y asfixiante experiencia en Hollywood, éste era un lugar al que no quería recurrir. El infame y eterno problema de la solvencia material. Así que del Toro decidió buscar lugares más amables. España era   un país que para esos momentos había demostrado una gran sensibilidad y respeto por sus temas –tanto en las letras como en el cine-, así que decidió emigrar en busca de mejor fortuna. Ahí obtuvo lo que tanto deseaba y merecía: Pedro Almodóvar, hombre de reputación en la que no necesito abundar, confió en él y acunó su talento.
El resultado, El espinazo del Diablo (2001), una co producción México-España, es su película más personal y sin duda mi favorita. Escrita por del Toro, Antonio Trashorras y David Muñoz, es un gran cuento en la mejor tradición que nos enseñaron autores victorianos como Montague Rhode James o Joseph Sheridan Le Fanu. Y la voz en off de Federico Luppi nos lo advierte desde el primer momento:
¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez. Un instante de dolor quizás. Algo muerto que parece por momentos vivo aún. Un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar.
España, 1939. En el final de la Guerra Civil Española, Carlos (Fernando Tielve), un niño de 12 años, es abandonado por sus padres en un orfanato distante –en medio de la nada- dirigido por la conservadora y mutilada Carmen (Marisa Paredes) y el bondadoso Profesor Casares (Luppi), quien secretamente está enamorado de ella y estudia fetos con la columna vertebral bífida –el espinazo del diablo del título-. Carlos entabla amistad con los demás huérfanos –no diferentes de los Niños perdidos de James Matthew Barrie- , como el rapaz Jaime (Íñigo Garcés), el líder de la manada. En el centro del patio principal del lugar, como una amenaza latente y un recordatorio terrible, yace una bomba inactiva y herrumbrosa arrojada por el ejército de Francisco Franco. Jacinto (Eduardo Noriega), el mozo del albergue, y Conchita (Irene Visedo), profesora de los menores –y su amante-, son el resto de los adultos que gobiernan ese pequeño y precario universo. Al poco tiempo, Carlos comienza a percibir cosas extrañas. Susurros y apariciones lo llevan a conocer la historia de Santi (Junio Valverde), un habitante del orfanato desaparecido misteriosamente la noche que cayó la bomba.
Siguen momentos hermosos, trágicos y verdaderamente escalofriantes, todos captados por la cámara de nuestro paisano Guillermo Navarro, plena de tonos sepia, en la que fue su segunda colaboración. Uno de sus aciertos es el aspecto de Santi, acuoso y brumoso, que tiene mucho que ver con su lugar de reposo. La trama nos recuerda que el fantasma no es la verdadera amenaza. Uno de los vivos es más temible que los muertos. Y esto saca lo peor de los niños, que hacia su desenlace no son diferentes de los protagonistas de El señor de las moscas de William Goding.
Su mínima ganancia económica es sólo proporcional al enorme prestigio que le valió a del Toro, alabado por el público y la crítica. Comparada a menudo con otra gran película estrenada ese año (Los Otros de Alejandro Amenábar), significó incontables nominaciones y premios internacionales para nuestro héroe –porque “El Gordo” es uno de mis héroes-. Esta película sin duda lo colocó en una posición en la que finalmente podría establecer sus términos. Y eso, para su fortuna y la nuestra, ocurrió muy pronto. 

lunes, 29 de julio de 2013

Las cabezas rodando se encuentran

Conocí el cuento La leyenda de Sleepy hollow (1820), del estadounidense Wasington Irving, muchos años después de maravillarme con su adaptación animada, cortesía de los estudios Walt Disney contenida en el díptico Las aventuras de Ichabod y Mr. Toad (James Algar, 1949). La historia hacía alarde del estupendo doblaje de Germán Valdés, Tin-Tán. Su advertencia, cantada originamente por Bing Crosby, ocupó mis temores infantiles: “En la noche de difuntos no hay que andar, ni hay que salir a caminar, fantasmas hay que nos dan horror, pero el Sin Cabeza es el peor”. La imagen del humilde, enamoradizo y comelón pedagogo Ichabod Crane cabalgando por su vida perseguido por el infernal jinete decapitado, es una de las más indelebles de mi memoria. Releer el relato y ver el cortometraje es un rito obligado de mis celebraciones mortuorias. El texto, presentado como un documento “encontrado entre los papeles del difunto Diedrick Knickerbocker”, tiene la verosimilitud del relato oral desde su mismo inicio. Nos ofrece una descripción, con precisión geográfica, del lugar donde habita su protagonista, el pueblo de Sleepy hollow a la orilla del Río Hudson. Como nos dijo el autor, Ichabod, oriundo de Connecticut, era “alto, pero considerablemente flaco, con hombros estrechos, largos brazos y piernas, manos que sobresalían una legua de sus mangas y pies que habrían podido servir de palas, y todas las partes de su cuerpo parecían haber sido unidas apresuradamente y de manera tanto precaria. Tenía la cabeza pequeña y más bien pana por arria, con unas orejas enormes, grandes ojos verdes un tanto vidriosos y una larga nariz guileña que, encaramada sobre su largo cuello, parecía una veleta siempre lista para indicar la dirección del viento”. En el otro extremo se encuentra el fantasmal Jinete sin cabeza, conocido también como “el Hesiano galopante”, espanto local que acosa la imaginación colectiva de los habitantes y es una de sus narraciones predilectas. Me sumo a todos ellos. Ahora que lo pienso, no sé por qué no he escrito con abundancia de él.
Tim Burton, cineasta dueño de mi admiración, dedicó en 1999 su octavo largometraje a la historia de Irving. Es una película impecable, visualmente espléndida, con una lóbrega fotografía de nuestro paisano Emmanuel Lubeski y un aspecto que rinde homenaje a las películas de la casa británica Hammer. La briosa partitura de Danny Elfman, la formidable puesta en escena de Rick Heinrichs y el fastuoso vestuario de Colleen Atwood están al servicio del inteligente guión de Andrew Kevin Walker, todo orquestado con gran destreza por Burton. Su acertado reparto se encuentra entre sus fortalezas, con Johnny Depp a la cabeza –en su tercera colaboración con Burton- que encarna a un Ichabod Crane muy distinto a su original. Y ese es uno de mis aspectos favoritos. De ser un miedoso maestro de escuela –sigue siendo miedoso-, se convirtió en un agente de la Policía de Nueva York (un “Condestable”). Su filosofía de trabajo sirve de ejemplo en mis clases de Criminalística, sobre todo porque representa el cambio del pensamiento del investigador de los delitos en la transición de un milenio (del siglo XVIII al XIX): “¿Cómo sabemos si no lo mataron antes de arrojarlo al agua?”, “¿soy el único que piensa que para resolver los delitos debemos utilizar la ciencia?” o “nunca deben mover el cadáver”. Su maletín de instrumentos para estudiar la escena de un crimen, con sus gafas de aumento y reactivos químicos, es alucinante.
Pero regreso al elenco. A Depp le acompañan Christina Ricci como la bella Katrina Van Tassel, Casper Van Dien como el bruto Brom Van Brunt, Michael Gambon como el cacique Baltus Van Tassel, Jeffrey Jones como el Reverendo Steenwyck, Richard Griffiths –el tío de Harry Potter- como el magistrado Philipse, Ian McDiarmid –el malvado Emperador de la Guerra de las Galaxias - como el Dr. Lancaster, Michael Gough –el Jonathan Harker de El horror de Drácula- como el notario Hardenbrook, Miranda Richardson como la nueva señora Van Tassel y Christopher Walken como el Jinete –con cabeza-. Todos forman parte de una conspiración sobrenatural de ambición y venganza. Coloco en un lugar especial las breves pero significativas apariciones de Martin Landau –el laureado Bela Lugosi de Ed Wood- como la segunda víctima del Jinete y de Sir Christopher Lee –en su primera colaboración con Burton- como el Juez que envía a Crane a investigar esos crímenes brutales y “llevar al responsable para enfrentar su buena Justicia”. Colocado por delante de una muy estadounidense águila en el tribunal, sus alas desplegadas hacen lucir a Lee como el gran vampiro que es. Y los momentos donde aparece el Jinete son espectaculares. Encarnado por el artemarcialista Ray Park –el Darth Maul del Episodio I de la Guerra de las Galaxias-, la producción tomó la decisión acerada de eliminar su cabeza digitalmente en lugar de la opción económica de emplear un efecto físico que siempre resultaría falso. El espíritu malvado es ágil con la espada y el hacha, y no hace distinciones en su matanza. Incluso se embolsa la cabeza de un niño. La sangre, espesa y de un color rojo vibrante, corre a raudales.
Las obsesiones de Burton están muy presentes, desde su característico espantapájaros –que no es otro que Jack Skellington-, su enjaulado cardenal –como en Batman inicia-, su doncella de hierro, la actuación especial de su entonces pareja Lisa Marie –a quien vimos en Ed Wood, Marcianos al ataque y El planeta de los simios- y el molino de viento de la escena final, que no sólo apareció en Frankestein (James Whale, 1931), Las novias de Drácula (Terence Fisher, 1960) y su propia Frankenweenie (1984 y 2012). Ese árbol torcido y siniestro, “el portal entre dos mundos”, es majestuoso.

El Jinete sin cabeza se niega a morir. Es visitado continuamente en el cómic, la literatura y la cultura musical. Lo enfrentaron Kolchack, el cazador nocturno y Los verdaderos Cazafantasmas. Ahora pretende revivir en la televisión gracias a los oficios de Alex Kurtzman y Roberto Orci, dupla de escritores de la que platicado en este espacio. Sus avances, visual y técnicamente prometedores, no dejan de plantearme dudas. En ellos enfrenta a dos oficiales de policía de nuestro tiempo. ¿Podrá el Jinete reiniciar su carrera en este milenio? Esa es una duda que nos hace a muchos perder la cabeza.

viernes, 26 de julio de 2013

Pixar y el maravilloso mundo de los monstruos

Monsters, Inc., la maravillosa película animada dirigida en 2001 por Pete Docter (en contubernio con Lee Unkrich y David Silverman) para los estudios Pixar –distribuída por la casa Disney-, es una obra cercana a la perfección. La historia del propio Docter, Jill Culton, Jeff Pidgeon y Ralph Eggleston nos presentó a dos personajes entrañables: el “asustador” profesional James T. Sullivan (voz en ingles de John Goodman) y su asistente ciclópeo Mike Wazowski (voz original de Billy Cristal), dupla que labora en una gran factoría –que da nombre a la cinta- y emplea tecnología que comunica su mundo con el nuestro a través de las puertas de los armarios de los dormitorios de los niños. Todas las noches las cruzan sigilosamente, y al aterrar a los inocentes habitantes del otro lado obtenían energía para su orbe, lo que hacía su labor indispensable para la supervivencia de su sociedad. El dilema surgía con la pequeña de dos años MaryBoo para los cuates-, quien cambió en más de una manera su percepción de la realidad. El resultado nos hace experimentar un sinfín de emociones –desde la risa más estridente, ternura y sobresalto- y nos permite comprobar la magia de ese territorio llamado infancia. Entre los méritos de su versión hablada en español destaca el logrado doblaje de Víctor Trujillo como Sullivan y Andrés Bustamante como Wazowski, comediantes fundamentales de mi adolescencia. Su anécdota y mensaje final –la risa es más poderosa que el miedo y no todo lo diferente es malo- son insuperables. El filme es un paquete muy bien cerrado que ofrecía pocas posibilidades de una secuela directa. Su inmenso éxito comercial –más de medio billón de dólares alrededor del mundo- hizo inevitable que Disney –hoy dueña de Pixar- pensara en otra película. El dinero manda. Y la verdad es que se tardó demasiado. Como era difícil ir hacia adelante, eligieron el camino obvio: ver hacia atrás.

Esa es la premisa de Monsters University (Dan Scanlon, 2013), una precuela impecable y deslumbrante, que hace alarde del avance de los recursos tecnológicos que no dispuso la primera aventura. El guión de Daniel Gerson, Robert L. Baird y Dan Scanlon se remonta a la infancia de Wasowski (voz nuevamente de Billy Cristal y Andrés Bustamante) y su resolución para convertirse en un “asustador” a pesar de su simpático aspecto. Al llegar a la adolescencia ingresa al recinto educativo que del título de la película, donde conoce al joven Sullivan (otra vez John Goodman y Víctor Trujillo), miembro de una popular familia de “asustadores”. Diametralmente opuestos, entablan una gran amistad que habrá de convertirlos en una de los más fructíferos dúos de su medio. La coincidencia se encuentra en las diferencias. El conjunto, si bien es divertidísimo y espectacular, no deja de hacerme sentir que es innecesario. No iguala remotamente a la contundencia de la primera película. La veo como un gran divertimento, como un producto realizado con la intención de arrastrar a las grandes multitudes de niños al cine, que sus padres les compren cuantas golosinas les permita su bolsillo, consuman “cajitas felices” en la hamburguesería de su preferencia y hagan filas para adquirir el DVD –o BluRay- cuando salga a la venta. La gracia de Monsters University radica en la curiosidad, en ese ensamble de inadaptados convocados por Wasowski, en la aparición del “pejelagarto” Randall Boggs (Steve Buscemi de nuevo), en ver enfundada en un uniforme de trabajo a la malhumorada Roz o en esa fotografía del pasado con Henry J. Waternoose III, otrora cabeza de la empresa que usaba un look similar al del pintor Bob Ross o los jugadores de los Harlem Globetrotters. E instalándonos en nuestros terrenos –el horror-, el susto final que ejecutan Wasowski y Sullivan en una cabaña con una vista semejante a la de Crystal Lake, es un momento estupendo. La gran moraleja, “puedes llegar tan alto como desees si verdaderamente te lo propones, sin importar tu origen o aptitudes”, entra en conflicto con otra que advertí, alarmado: “No importa una carrera universitaria o romper las reglas. Siempre puedes escalar posiciones desde abajo”. Rescatando lo mejor, la honestidad de Sullivan puede enseñar a los niños que todas las acciones tienen consecuencias. La conclusión de la cinta, el primer día de trabajo del par, es sólo el preámbulo a una experiencia mayor que resume el entusiasmo de Wasowski: “no puedo esperar”.

martes, 30 de abril de 2013

Mis niños favoritos


En su día, hablemos de dos niños ejemplares. En el imaginario popular siempre destacarán los cándidos juegos de Merlina (Wednesdy) y Pericles (Pugsley) Addams, quienes se regodeaban con venenos, se sometían en una silla eléctrica, jugaban con dinamita o una muñeca decapitada. Según su creador, Charles Addams, la niña dormía en una cama con una cabecera con un tenebroso pulpo labrado, que es imposible desligar del famoso Cthulhu creado por Howard Phillips Lovecraft. Su relación fue fielmente retratada más en el cine que en la serie televisiva que todos adoramos. En Los locos Addams (Barry Sonnenfeld, 1991), ambos representan un homenaje a Hamlet de William Shakespeare. Mientras se enfrentan con espadas, él (Jimmy Workman) le corta la muñeca. La sangre fluye a chorros y salpica a los espectadores. Como respuesta, ella (Christina Ricci) le corta el brazo, con el mismo efecto. Él da el estoque final, que rebana el cuello de la pequeña. Mientras desfallece y baña de rojo a la audiencia, recita: “¡Dulce olvido, abre tus brazos!” Los asistentes permanecen mudos, horrorizados. En contraste, la orgullosa familia les aplaude de pie. Uno de los mejores homenajes al grand guignol que he visto en los últimos años. Véanlo con sus propios ojos. Cuidado con las salpicaduras.



lunes, 6 de agosto de 2012

Oda de amor al horror



Así puedo definir a ParaNorman (Chris Butler y Sam Fell, 2012), una cinta que me recordó las raíces de mi fascinación por el que muchos consideran un género menor. Se inscribe también en la tradición de las mejores películas stop motion, técnica que se origina en los albores del cine y alcanzó momentos gloriosos a través de la obra de Ray Harryhausen, las aportaciones del cineasta checo Jan Švankmajer, y un grado de encanto y sofisticación con ejemplos entrañables como El extraño mundo de Jack (Henry Selick, 1993) o Coraline (Henry Selick, 2009). Precisamente el mismo estudio que produjo la anterior, Laika, es responsable de este nuevo logro.
Norman Babcock (voz en inglés de Kodi Smit-McPhee, protagonista del remake estadounidense de Déjame entrar) es un niño que vive en el ficticio pueblo de Blithe Hollow, Nueva Inglaterra, una comunidad reconocida –cual Salem, Massachusetts- por su historia ligada a la brujería. De hecho una terrible maldición se ha convertido en una atracción local, con docenas de tiendas, parafernalia de todo tipo y representaciones teatrales infantiles.
Norman es un chico retraído, de cabello rebelde, víctima de bullying y la incomprensión de su familia y comunidad. No sólo porque es fanático de las películas de horror –especialmente las de zombis- sino porque tiene un don particular: como el pequeño Cole (Haley Joel Osment) de Sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999), ve gente muerta. Lejos de asustarlo, es algo cotidiano para él. Conversa con su difunta abuela, saluda a los fantasmas con que se topa camino a su escuela –entre ellos una aviadora que me recuerda a Amelia Earhart, un gángster y un rebelde sin causa- e incluso juega con el perro muerto de su único amigo. Con la guía de su extravagante vecino el Sr. Prenderghast (voz en inglés de John Goodman), pronto utilizará su virtud para salvar al pueblo que tanto lo repudia.
Además de incontables homenajes al cine de serie B, la principal virtud de la cinta es la enseñanza del respeto hacia lo diferente, tan necesario en nuestro tiempo. La maldición sobre la que gira la historia se desató por miedo e incomprensión, combinación que ha generado algunos de los crímenes más aberrantes de la historia de la humanidad. Por lo que respecta a la parte técnica, la manufactura de la película es deslumbrante –vean la presentación al finalizar los créditos-, con una inspirada partitura de Jon Brion y sobre todo un guión eficiente del propio codirector Butler que huye de sentimentalismos y fórmulas de cintas similares para niños.  
A diferencia de Norman y muchos de mis amigos y alumnos, mis padres jamás censuraron mis gustos, por extraños que les parecían. Por el contrario, gracias a eso comparto estas líneas con ustedes y he obtenido incontables satisfacciones. Los aficionados al horror podemos sentir empatía con ese niño con pantuflas de zombi, una habitación tapizada con carteles de películas de miedo y que gruñe como monstruo al lavarse los dientes, porque todos hicimos eso en algún momento de nuestras vidas. En muchos sentidos, todos somos Norman

viernes, 13 de julio de 2012

Tenemos que hablar de “Tenemos que hablar de Kevin”


Este es un tema que debí tratar con Guadalupe Gutiérrez en el extinto Testigos del Crimen.
La cuarta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría o DSM-IV (cuyas siglas en inglés refieren al Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) habla, entre muchos, de trastornos que tienen su origen en la infancia, la niñez o la adolescencia, como los ocasionados por déficit de atención y comportamiento perturbador, que comprenden alteraciones de la conducta cuyas características son la desadaptación por impulsividad o hiperactividad, afectaciones del comportamiento (violación de derechos de otros, hostilidad, conducta desafiante). Todos son antecedentes claros del Trastorno antisocial de la personalidad, también conocido como sociopatía. Y aunque el documento prohíbe diagnosticarlo en menores (se recomienda detectarlo a partir de los 18 años), la historia documenta casos que contravienen esta premisa. Los niños también matan. Esto puede remitirnos al añejo debate si la maldad puede heredarse o sólo es un constructo de factores bio-psico-sociales. Los hechos son escalofriantes y hablan por sí solos.
Pensar en esto fue oportuno, inevitable, el otro día que vi un gran pendiente: la película Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin, Lynne Ramsay, 2011), la cual me comprueba que no es necesario recurrir a un fantasma o un vampiro para producir horror. En un gran flashback conocemos la trágica historia de Eva Katchadourian (Tilda Swinton), otrora brillante escritora de viajes y mujer cuya vida parece marcada por el color rojo (de la tradicional Tomatina valenciana a las manchas de la deshonra en su nueva casa). Ella y su eventual esposo Frank (John C. Reilly) son pronto “bendecidos” con un pequeño vástago, Kevin (Jasper Newell de niño, Ezra Miller de adolescente) quien desde sus primeros años tiene una conducta poco común –solapada por su padre- que rebasa peligrosamente los arranques propios de su edad y desencadenan en una masacre semejante a la cometida por Eric Harris y Dylan Klebold en la Escuela Preparatoria Columbine el 20 de abril de 1999. Eva vive –si a eso se llama vivir- en un entorno suburbano que la estigmatizó, está consumida por el alcohol, los antidepresivos y el remordimiento. No obstante la fuente de sus penas le da la única esperanza para seguir adelante.
La cinta me remite a una joya poco conocida, La mala semilla (Mervyn Le Roy, 1956), basada a su vez en la adaptación teatral de Maxwell Anderson a la novela de William March, donde la inocente Rhoda (Patty McCormack, interpretada en los escenarios nacionales por Angélica María) comete todo tipo de atrocidades que dejan en manifiesto que nació la maldad está en sus genes. O al episodio “Consciencia” de la sexta temporada de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales, donde el pequeño Jake O´Hara (Jordan Garrett) asesina a su condiscípulo, hijo de un prominente psiquiatra (Kyle MacLachlan). El profesional pronto cae en cuenta de su naturaleza. “Es un sociópata”. Acto seguido, toma el arma de un policía y dispara al menor. Tras ser enjuiciado y exonerado por el homicidio, el médico admite que lo mató con plena consciencia. “La diferencia es que él volvería a hacerlo. Yo no”.
Por lo anterior remato con una sugerencia: sean generosos cuando sus vecinitos les pidan “calaverita” el siguiente Día de Muertos.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Verdes recuerdos de la infancia

Uno de mis primeros encuentros con monstruos lo debo al Show de los Muppets. De producción británica a partir de las populares creaciones de Jim Henson, tuvo una exhibición regular entre 1976 y 1981. Entre sus invitados figuraron las principales estrellas de su momento: de Bob Hope a Tom Denver, de Roger Moore a Johnny Carson, de Mark Hamill a Vincent Price. El programa era, definitivamente, el mejor momento de muchos domingos en los que reinaba la euforia futbolística. Fue uno de los más gloriosos que transmitió el extinto Canal 13. Anunciaba el ocaso de día y el inicio de una nueva semana. Durante años los Muppets formaron parte de mi entorno inmediato, de mi familia. Por eso en mi memoria y afectos, aunque el nuevo doblaje se afane en llamarle por su nombre real, su líder siempre será la Rana René.
Muchos de los lectores de este espacio –los que pertenecen a mi generación- seguramente comparten mi opinión. Reconocer esta afición es necesario para disfrutar Los Muppets (James Bobin, 2011), cinta co escrita y protagonizada por Jason Segel quien, sin duda alguna, es un enorme admirador de estos entrañables personajes –su gozo es imposible de disimular-. La historia no es un derroche de creatividad, pues parte –como los mismos creadores reconocen- de un lugar común –salvar el teatro de los Muppets-, personajes y situaciones que conocemos ampliamente –un villano acartonado, un romance inequitativo, el anhelo vuelto realidad, el bien que triunfa sobre la maldad-. Pero su encanto recae en sus maravillosos títeres. La colorida truope que encabezaba el verde batracio ha caído en el olvido. Se ha disgregado de forma diversa. El oso Fozzie (Figaredo por estos rumbos) conduce un penoso espectáculo en Reno, Nevada, donde lucra con la popularidad que alguna vez tuvo; el Gran Gonzo es un magnate de los inodoros donde la gallina Camilla es su contadora; Miss Peggy (la Cochinita Pibil) es la editora de la versión francesa de Vogue, muy similar a Anna Wintour o a la Miranda Priestly de El diablo viste a la moda (David Frankel, 2006); el gerente Scooter (Ciriaco) trabaja en Google; el baterista Animal recibe terapia para el control de la ira donde su tutor es el comediante Jack Black. El entusiasmo del joven Walter, hermano menor de Segel y fan from hell del grupo, saca del retiro a sus ídolos para hacer un programa especial –un Muppetón- para reunir fondos para salvar su viejo hogar.
Como en el programa de televisión, los títeres gozan de una gran cantidad de actores invitados. Entre ellos están Mickey Rooney, Alan Arkin, Emily Blunt, Zach Galifianakis, Neill Patrick Harris, Whoopi Golberg y Selena Gómez, entre muchos otros. Adicionalmente posee un soundtrack robustecido por emblemáticos títulos ochenteros, en el que sobresale We built this city de Starship. Con ella de fondo construyen -reconstruyen- su sueño.
Si bien varios números musicales aletargan el relato –yo no deseaba ver a Chris Cooper, con todo y su Oscar, cantando- el efecto final se debe sin duda a la nostalgia. Los Muppets nos producen –como reconoce su protagonista- el tercer bien más preciado en la vida: alegría. Nos permiten recordar tiempos más simples y la cercanía a lo maravilloso que teníamos cuando éramos niños. Y este efecto no sólo lo causó en personas de mi edad. Los niños que poblaban la sala de cine estaban encantados. Al salir de su teatro, Los Muppets se encontraron no sólo con el reconocimiento que todos les debemos, sino con nuevas generaciones de admiradores.
La película gozó de una enorme aceptación –en la crítica y en la taquilla- en su estreno a pesar que muchos de sus artífices originales, como Frank Oz, la reprobaron. También se hizo merecedora de una posible censura por “retratar negativamente a la industria petrolera”. Como sea espero sinceramente que inyecte nuevos bríos a una popular y exitosa franquicia que posee ya un lugar en nuestro corazón.

lunes, 10 de enero de 2011

Día de Reyes tardío

El horror trata sobre la irrupción de lo extraño en el universo doméstico. También lo maravilloso, según Tsvetan Todorov. Los separa una fina línea auque se encuentran en extremos opuestos. Un ejemplo de lo maravilloso pude contemplarlo en toda su extensión el pasado jueves 6 de enero, fecha en que anualmente llegaron los Reyes Magos a esparcir felicidad a todos los niños. Las voces que provenían del exterior de mi casa, las de mis pequeños vecinos, estaban repletas del asombro más sincero: “¡No puedo creerlo! ¡No puedo creerlo!”, gritaban emocionados. Esta reacción es inherente de la infancia y todos la vivimos, en mayor o menor escala. Es propia de una época más simple donde las preocupaciones no poseen su dimensión real. Un momento definitorio de nuestras vidas. Así fue para el pequeño Rusty (Spencer Breslin), de ocho años, quien tiene el encuentro más insólito –casi borgiano- con su yo adulto Russ Duritz (Bruce Willis) y contempla con enfado que se convirtió en un frío y exitoso asesor de imagen. “¡Tenemos 40 años y no tenemos novia ni perro!”, se reclamó a sí mismo. Todo ocurre en la película Mi encuentro conmigo (John Turtletaub, 2000), que transmitió acertadamente la televisión abierta esa tarde. En el desenlace de la cinta el hombre se reconcilia con el niño que fue y el hombre utiliza su madurez para ayudar al niño a enfrentar un hecho terrible. Juntos descubren, maravillados, un privilegio que pocos tienen: “¡creceremos para ser pilotos!”. La cinta me tocó en lo más profundo –me confirma que conforme crecemos nos hacemos más chillones- y me sirvió para descubrir que siempre quise tener un perro. Con orgullo declaro que hoy soy amigo de dos magníficos cobradores dorados. Uno se llama Chester como tributo al anhelo del pequeño Rusty, a la magia que define –en los casos más afortunados - al país llamado infancia.
Bien. Ese fue un pequeño vistazo a lo maravilloso. Volvamos al horror cotidiano puesto que las escuelas volvieron a la actividad. ¿Cómo les fue hoy en sus trayectos a la oficina?

lunes, 27 de diciembre de 2010

Grandes pendientes 3. Cómo entrenar a tu dragón.

Al igual que el vampiro, los dragones son criaturas constantes en prácticamente todas las culturas del planeta. Vlad III, mejor conocido como Drácula, recibió su apellido por el honor que el Santo Emperador Segismundo confirió a su padre: la Orden del Dragón. Massimo Izzi dedica a estas criaturas varias páginas de su Diccionario Ilustrado de los Monstruos. Los dragones son seres familiares para todos. Disney –esa malvada multinacional, como la califica Bart Simpson- se encargó de posicionar su imagen en nuestro imaginario en ese maravilloso país llamado infancia. ¿Quién no recuerda a la iracunda Maléfica, convertida en un enorme dragón negro, combatir con el gallardo príncipe que pretendía salvar a la Bella Durmiente (Clyde Geromini, 1959)? ¿O a la diabólica y simpática Madame Mim, igualmente transmutada en un dragón –colorido, eso sí- escupir fuego sobre Merlín el encantador en La espada en la piedra (Wolfgang Reitherman, 1963)?
A memorables cintas sobre dragones, como El verdugo de dragones (Matthew Robins, 1981), Corazón de Dragón (Rob Cohen, 1996), El Reinado del Fuego (Rob Bowman, 2002) y Dragon Wars (Hyung-rae Shim, 2007) se une una delicia, destinada al público infantil, titulada Cómo entrenar a tu dragón  (Dean DeBois y Chris Sanders, 2010), adaptación del segundo libro de la serie escrita por la autora británica Cressinda Cowell.
La película fue una grata sorpresa. La vi la otra noche gracias a la generosidad y recomendación de mi amigo Benjamín Vidales. La historia sigue la estructura básica de un relato para niños, con moraleja incluida. El antiguo poblado vikingo de Perk es azotado por toda infinidad de dragones. Un enclenque muchacho llamado Hipo, hijo del recio líder del clan Estoico el Vasto –voz en inglés de Gerard Butler, el Leónidas de 300, quien ya interpretó al hijo del dragón en Drácula 2000- busca cumplir los ritos que le harán pertenecer a su comunidad y ser aprobado por su padre. Por accidente traba amistad con Chimuelo, un dragón de la variedad que los vikingos nombraron Furia Nocturna, el más temido y salvaje –según ellos-, “la cría maligna del Relámpago y la Muerte misma”, “del que es mejor esconderte y esperar que no te encuentre”. A esto le sigue un viaje iniciático en donde el héroe no sólo descubre el amor –de forma involuntaria-, obtiene el respeto y aprobación de su padre, demuestra que “todo lo que conocemos sobre dragones es incorrecto” y que estos seres pueden coexistir con los humanos, todo a costa de un sacrificio que experimenta, literalmente, en carne propia. Porque la filosofía vikinga de la película es similar a muchas contemporáneas: es mejor destruir lo que no comprendemos, lo diferente, a buscar formas de respetarlo y convivir con él. Esto lo comprueba la taxonomía de los dragones que los vikingos diseñaron con base en la ignorancia y el miedo.
El lazo especial entre Hipo y Chimuelo no deja de recordarme al del pequeño Eliot y su amiguito extraterrestre (Steven Spielberg, 1982) o al de la grandiosa Mi mascota es un monstruo (The Water Horse, Jay Russell, 2007), esa amistad improbable e imposible en apariencia con que soñamos de niños. El conflicto entre Hipo y su padre, por demás ancestral, es similar al de Chicken little (Mark Dindal, 2005) o al de Lluvia de hamburguesas (Phil Lord y Chris Miller, 2009), ambas flamantes ejemplos de arte digital. El resultado de Cómo entrenar a tu dragón es sorprendente, como lo es el pueblo vikingo de Perk. Porque como dijo Hipo “lo mejor de aquí son las mascotas. Mientras algunos tienen loros o ponys, aquí tenemos dragones”. 

lunes, 13 de diciembre de 2010

Horror para niños

“Nunca confíes en una persona que asegura haber tenido una infancia feliz”. –Stephen King.

Los cuentos de hadas, en su forma original, no son cosa de niños. Wilhelm y Jacob Grimm nos mostraron un universo plagado de mujeres perversas y ambiciosas, brujas caníbales, bestias terribles y todo tipo de atrocidades, muy lejanos de la versión edulcorada que construyó Walt Disney en sus películas. Y es que la infancia es un territorio fértil para el horror. Lo demuestran, mejor que nadie, los niños de la calle, las víctimas de los apetitos non sactos de algunos miembros de la Iglesia católica o el sicario preadolescente que tanto han seguido los medios de comunicación en tiempos recientes. Por los anteriores prefiero los territorios imaginarios de las historias que nos narraban nuestras madres antes de ir a dormir. El viernes pasado asistí a un homenaje a esta tradición, la obra para títeres Aullidos, presentada por la compañía española El Corsario. El espectáculo sobrepasó mis expectativas. Hizo soportables la demora, la desorganización y la falta de respeto en la distribución de lugares del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris. Pero regresaré a lo central. La historia, narrada con una depurada técnica de títeres, se nutre de los cuentos de hadas y de elementos del melodrama clásico que no deja de recordarnos algunas obras del Marqués de Sade: la madre de la pequeña Talía es asesinada por la Inquisición pues fue poseída por unos demonios burlones. Desamparada, la niña queda expuesta a la mendicidad y luego a los excesos y abusos de una poco escrupulosa aristócrata y la voracidad del Rey. Para salvarla de estas penurias, interviene el espectro de su progenitora pero cruza su camino con un niño que es, literalmente, bestializado. En el relato se reúne una interesante mixtura de personajes que todos reconocemos, desde el lobo feroz, el gigante de Juanito y el frijol mágico, la madrastra de la Cenicienta, la Bella Durmiente del bosque y una joven sirena –popular por la película de dibujos animados-. Todo con un toque perverso y brutal que no evita el humor negro y, para conmoción de muchos, escenas de sexo explícito. De ahí su advertencia: “Espectáculo de títeres para adultos”. La obra evita los excesos literarios –sólo recurre al diálogo en momentos esenciales- y emplea una musicalización instrumental precisa que evoca al medioevo. La parte frustrante de todo es que sólo se presentó en dos ocasiones –el viernes fue la última-.  Este esfuerzo, valioso e inteligente, confirma que la oscuridad está presente, incluso, en aquello que suponemos blanco e impoluto.
Los que no pudieron asistir tienen aún el consuelo que ofrece la página web de la agrupación, de donde provienen las imágenes que utilicé para ilustrar esta entrada.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Recuperar la magia

“Escribirán libros sobre Harry... todos los niños del mundo conocerán su nombre”.
Profesora Minerva McGonagall, Harry Potter y la piedra filosofal.

La aparición de un nuevo relato de Charles Dickens, durante la Inglaterra victoriana, se convertía en un auténtico fenómeno editorial. Según diversos recuentos, la gente permanecía formada horas enteras para hacerse de la más reciente obra del celebrado autor. Lo mismo sucedió con Arthur Conan Doyle y Oscar Wilde. Pocos han sido los escritores capaces de capturar la atención de la gente a esta escala, a nivel mundial. Los que vivimos en esta época tenemos a J.K. Rowling, creadora del popular Harry Potter. La magnitud del interés de los jóvenes por este mago es insólita en el panorama contemporáneo. Antecede a otros fenómenos de enorme impacto comercial, como los vampiros de Stephanie Meyer. Una popular cadena de librerías de esta ciudad, la que inicia con G y termina en andhi –para evitar comerciales-, organizó una venta nocturna, lecturas, talleres, y demás actividades en la víspera del lanzamiento en español de la última entrega de la saga, Harry Potter y las reliquias de la muerte. Lo mismo ocurrió en diversas partes del mundo, con asistentes disfrazados como los personajes del libro, parodiado incluso por la familia Simpson. Desde el tercer libro prefiero las ediciones en inglés de Scholastik por las estupendas ilustraciones de Mary GrandPre.
El alcance sociológico y mediático que Harry Potter ha alcanzado es inédito. “Harry superará la prueba del tiempo y permanecerá en el estante donde sólo se guardan los mejores. Estará junto a Alicia, Huck, Frodo y Dorothy”, piensa Stephen King. En el año 2004, el centro cultural Leer y escribir, con mi querido Enrique Alfaro Llarena a la cabeza, me pidió impartir el curso Un mundo de magia y mitología: introducción al universo fantástico de Harry Potter. Lo mejor de la experiencia fue que las jóvenes participantes –todas mujeres, curiosamente- eran conocedoras de la mitología clásica, las leyendas artúricas y asiduas lectoras de J.R.R. Tolkien y Michael Ende.
La calidad de la aportación de la señora Rowling ha dividido a la comunidad literaria. Yo, como Fernando Savater, creo que es valiosa. “El verdadero acto mágico, el auténtico milagro lo ha llevado a cabo el aprendiz de brujo Harry Potter. En esta sociedad audiovisual en la que, según algunos, los niños y los jóvenes ya se han olvidado de leer, ha despertado la vieja pasión en miles de neófitos”, dijo el autor de Criaturas del aire. Sus adaptaciones cinematográficas no han escapado de la crítica negativa –la del Vaticano es hilarante-. Hoy mismo la primera parte del desenlace de la historia acapara las salas de cine alrededor del mundo. De las películas debemos recordar que su intención es comercial: lucran con el fenómeno y lo complementan, son parte de un gran aparato de marketing. En lo personal las he seguido de cerca y disfrutado. Vi la más reciente la noche del miércoles, gracias al entusiasmo y generosidad de mi prima Nandyeli. Son cintas sin pretensiones artísticas ni académicas, con altísimos niveles de producción y un reparto completamente británico. Me recuerdan el poder de la palabra: J.K. Rowling dio, en todas, el visto bueno sobre la producción, el diseño de arte, actores y directores. Impidió que Steven Spielberg se posesionara de la historia, con Haley Joel Osment –el niño de Sexto sentido- como el personaje protagónico. Muchos creen que el relato se ha vuelto gradualmente más oscuro y pesimista. Esto es inevitable. Harry ha crecido junto con sus primeros lectores –como el vocabulario que emplea la señora Rowling-. También sus preocupaciones e inquietudes. Ya no está instalado en ese idílico y plácido territorio llamado infancia.
En una época donde la lectura no es un artículo de canasta básica, y donde la literatura compite con los videojuegos, el Internet y los mensajes de texto, es reconfortante que un personaje devuelva a las nuevas generaciones el deseo de leer. Sobre el mago, el Suplemento Literario del New York Times dijo en su momento, “estos libros no son inofensivos; si son peligrosos es porque la lectura hace pensar a los niños”.