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martes, 5 de noviembre de 2013
jueves, 23 de mayo de 2013
lunes, 8 de abril de 2013
Pide al tiempo que vuelva
Durante
años, la empresa Eastman Kodak Company
capitalizó una frase del dominio popular que es certera en muchas maneras:
“recordar es volver a vivir”. Podemos transportarnos a otras épocas de
incontables formas, como abrir un álbum de fotografías, escuchar una canción, reencontrar
un libro o pulsar la tecla de un control remoto. La idea de retroceder en el
tiempo es tentadora para todos, sea para volver a disfrutar otros momentos o
corregir los errores del pasado. Ejemplos sobre el viaje en el tiempo sobran, desde antecedentes notables que nos
ofrecieron Hans Christian Andersen, Mark Twain o Washington Irving, la novela fundacional del tema de Herbert George Wells (La máquina
del tiempo, 1895), ejemplos televisivos notables como los intrépidos Tony
Newman (James Darren) y Douglas Phillips (Robert Colbert) en
El
túnel del tiempo (1966-1967), los entrañables Marty McFly (Michael J. Fox) y Emmet Brown (Christopher Lloyd) de Volver
al futuro (Robert Zemeckis,
1985), el cándido Hiro Nakamura (Masi Oka)
de Héroes
(2006-2010) y el caso que inspira estas líneas.
Ayer en un
episodio de La Ley y el
Orden: Unidad de Víctimas Especiales ví como invitado al actor
estadounidense Scott Bakula, uno de
los héroes de mi juventud. Y a pesar que lo he visto en otras teleseries desde
entonces, no pude dejar de asombrarme por el paso del tiempo. Ahora es un
maduro y respetable señor, que sólo me aventaja por unos años. Pareciera que
fue ayer cuando encarnaba al Dr. Sam Beckett –ninguna relación
con el dramaturgo- en la joya noventera Viajeros en el tiempo (Quantum
leap), serie creada por Donald
P. Bellisario que tuvo una vida de 1989 a 1993.
No alcanzo
a describir los modos en que el programa cautivó –cautiva- mi imaginación. Las
aventuras del Proyecto Salto Cuántico, su artífice accidentalmente condenado
a vagar por el tiempo “corrigiendo lo que alguna vez salió mal”, su
“consciencia” holográfica Al
Calavicci (Dean Stockwell),
el operador Gooshie (Dennis Wolfberg)
y la computadora Ziggy (heredera el Hal-900 de 2001, Odisea del Espacio)
son parte importante de una época más simple que definió el adulto que soy. El
brillo y sonido característicos que anuncian cada viaje de Sam viven
indeleblemente en mi memoria al igual que el tema musical de Mike Post.
La variedad
de temas que el programa tocó va de la opresión de las minorías, la pena de muerte, la violencia
contra la mujer y la igualdad de derechos. Hubo tiempo también para misterios
sin resolver (“Nave fantasma, 13 de agosto de 1956” ), caer en un chimpancé (“Lo
equivocado, 24 de enero de 1961” )
y coquetear con la Historia ,
como la vez en que Sam cayó en el
cuerpo de Elvis Presley (“Melodía de
Memphis, 3 de julio de 1954” ),
conoce al joven Stephen King (“El
coco, 31 de octubre de 1964” )
o participa en los hechos que rodearon el asesinato del presidente John Fiztgerald Kennedy (“Lee Harvey Oswald, 5 de octubre de
1957- 22 de noviembre de 1963). En este último, en la percepción de su
fracaso, Al le revela que cumplió su misión. “En la historia original,
Jackie fue asesinada también”.
En su
episodio final (“Reflejo, 8 de agosto de 1953” ) Sam
regresó al día de su nacimiento –como él mismo-, se reencuentra con muchas
personas cuya vida cambió positivamente y conoce a Al, el cantinero (Bruce McGill), el responsable de su
aventura (Dios, el Destino o como quieran llamarle). Le reconoce todo el bien
que ha hecho y le da la opción de regresar a casa. Elige continuar su labor,
ayudando a alguien que lo merece: el propio Al,
tras ser prisionero de guerra en Vietnam y ser creído muerto en acción, sufre
el abandono de su amada esposa. Sam le
advierte que su marido está vivo y está por regresar a casa. Las cámara se desplaza hasta posarse sobre una fotografía de Al, que
comienza a resplandecer de la forma que bien conocemos. La serie finalizó con
una leyenda agridulce: “Beth nunca
volvió a casarse. Ella y Al tienen
cuatro hijas y celebrarán su trigésimo noveno aniversario de bodas en junio. El
Dr. Sam Beckett nuca regresó a casa”. Corregir la vida de su amigo, aún a costa
de su propio bienestar, es el mejor ejemplo de entrega y heroísmo que recuerdo.
El programa
tocó a muchas personas, como hizo su protagonista. Se organizan convenciones a su alrededor y ha alcanzado un estado semejante al culto. Cuando lo comentábamos en Twitter, mi
amigo Jorge Báez dijo algo muy
cierto: “nadie quiere un remake de Automan,
pero todos agradeceríamos uno de Quantum
Leap”. Al menos uno digno, porque la serie da para mucho.
martes, 29 de enero de 2013
Charros, vampiros y luchadores
El
pasado Festival Mórbido, además de ofrecernos el banquete cinematográfico a que
nos tiene acostumbrados, fue escenario de numerosas presentaciones editoriales.
Ya hablé de una de ellas, Amor, zombis y
otras desgracias (Alfaguara Juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. Ahora
lo hago de una en la que estoy involucrado de muchas formas. La primera es el
inmenso cariño que me une a la familia Curiel. La segunda es el especial
aprecio que siento por el homenajeado y su obra, que nutrieron mi imaginación
infantil. La tercera es porque una pequeña parcela de esta obra es de mi
autoría.
Curiel, la nueva
coedición del Instituto Mexicano de Cinematografía, el Consejo Nacional para la
Cultura y las Artes, editorial Sétis y Mórbido, es un compendio que trata de acercarnos
a las obsesiones de un cineasta poco conocido y valorado en el panorama
nacional, Federico Curiel Espinosa de los Monteros, mejor conocido como Pichirilo. Su obra, generalmente
menospreciada por las altas esferas del séptimo arte, tiene muchas aristas que
merecen ser analizadas. Todas emanan del carácter multifacético del cineasta,
miembro de una estirpe poco frecuente. No sólo dirigía, sino tenía una
prolífica carrera como guionista, compositor,
ilustrador –pues le debemos los
carteles de sus cintas y populares historietas de su tiempo- y actor. Era, como
bien lo describió Pablo Guisa en su texto en el libro, “un charrito
renacentista”. Y pese a que el tema –la fantasía y el horror- no domina la
producción fílmica de Curiel, son sin duda los géneros por los que es mejor recordado.
Diría, incluso, en los que lo percibo más cómodo. Sobre uno de sus trabajos que
más aprecio, escribí en mi turno lo siguiente:
En los minutos iniciales
de La maldición de Nostradamus
(1959), el Profesor Durán (Domingo
Soler), reputado académico y dirigente de una sociedad que combate la
superstición, ofrece una recepción para celebrar la fiera conferencia que
ofreció esa misma tarde. Por la vestimenta de los convidados, asumimos que nos
encontramos a finales del siglo XIX o principios del XX. Tras unos minutos de
charla banal, el tema se desvía hacia la cruzada del anfitrión, quien niega
rotundamente la existencia de lo sobrenatutral, incluidos los vampiros humanos.
En la siguiente escena, como una clara objeción a lo dicho por el sabio, vemos
la perturbadora mirada del mítico Germán Robles, quien ganara el reconocimiento
internacional en el papel del Conde Lavud
en El vampiro (Fernando Méndez,
1957), como el malvado protagonista Nostradamus,
descendiente –convertido en vampiro- del famoso matemático, astrólogo y profeta
del siglo XVI. La postura de Durán resume
el pensamiento del hombre moderno frente a lo que no puede comprender, ante la
irrupción de lo extraño en el universo doméstico. Afortunadamente, este
enfrentamiento ha producido obras memorables en las bellas artes.
Afortunadamente Federico Curiel Espinosa de los Monteros –Pichirilo para sus más cercanos- fue uno de los pocos cineastas
mexicanos que lo entendió muy bien.
Mi
contribución sólo habla de uno de sus temas. De sus otros rostros, expertos y
amigos hablan profusamente. Su hija, Rosana Curiel Defossé, nos ofrece, desde
la emotividad consanguínea y su buen oficio de escritora, memorias desde la voz
heredada. Su nieto, el cineasta Álvaro Curiel de Icaza, director de Acorazado (2012) hace un recuento de
todas sus virtudes cinematográficas. El experto en cine de luchadores José
Xavier Návar un vistazo a una de sus incursiones más recordadas, la que lo
coloca en el “Olimpo del pancracio fílmico”. El crítico de cine Hugo Lara
explora su faceta actoral. Armando Vega Gil, prolífico escritor y fundador de
la mítica agrupación musical Botellita de Jerez, nos habla precisamente desde
este campo, de sus “rancheras”. Mi cofrade Antonio Camarillo explora los finos
lindes entre el horror y la comedia en el cine de Pichirilo. Gonzalo Rocha
habla de uno de sus personajes más heroicos, el Látigo Negro, y de sus dotes como dibujante. Para finalizar, Rosana
y Andrés Paniagua abren el baúl de los recuerdos, que contiene las fotografías,
recortes de periódico, ilustraciones, documentos, páginas de guiones y demás
materiales que embellecen este libro indispensable para recuperar figuras de
nuestro cine.
Yo
remato mi parcela, dedicada a sus vampiros tan queridos, con lo que creo resume
el sentir de todos los involucrados:
Como Nostradamus exigía se honrara a su
antepasado, los que aquí contribuimos buscamos se reconozca la vida y obra de
Federico Curiel. Él, como Fernando Méndez, Juan Bustillo Oro, Chano Urueta,
Alfredo B. Crevena, Alfonso Corona Blake, Rafael Baledón, la dinastía Cardona y
Carlos Enrique Taboada, confió en las inmensas posibilidades
del horror y la fantasía y reconoció el objetivo principal de la
cinematografía: entretenernos más allá de academicismos. Su cine puede ser
cuestionado y descalificado por muchos, pero sus carencias son compensadas con
creces por su honestidad y pasión. Pichirilo
–porque sus devotos nos ganamos el derecho de llamarlo así- y sus ilustres
contemporáneos no sólo contribuyeron al esplendor y posterior supervivencia de
una industria. Llegaron a lo más inocente y maravilloso que poseemos: nuestra
imaginación y nuestra capacidad de asombro. Como sus vampiros, y por todos sus
méritos, Federico Curiel es eterno.
martes, 15 de enero de 2013
Libros para devorar
Durante las
dos últimas décadas, los zombis son personajes increíblemente arraigados en la
cultura popular. Todos nos hemos angustiado ante el drama del grupo de
sobrevivientes –que se parecen a ustedes y a mí- en la teleserie The
Walking Dead. Ya he discutido su origen en el folklore afroantillano y
sus brillantes representaciones en el séptimo arte, por lo que no les
desgastaré recordándolos. Pero en el terreno de las letras contemporáneas es un
monstruo poco visitado, salvo notables excepciones como Max Brooks –con su Guía de Sobrevivencia Zombi y su
novela Guerra Mundial Z- y John
Ajvide Lindqvist –con su perturbadora novela Descansa en paz-.
Precisamente como una aportación notable se erige Amor, zombis y otras desgracias
(Alfaguara juvenil, 2012) de José Luis
Trueba Lara. A él tengo el placer de conocerlo desde hace varios años en su
faceta de editor –hizo posibles las primeras publicaciones de mi buen amigo Rafael Aviña-, académico y biógrafo de
nuestro mutuo amigo Vicente Quirarte
(El Hombre Araña también escribe poesía,
Porrúa, 2005). No sólo nos une una fascinación por la cultura criminal y el que
los expertos llaman “cine truculento”. Publicó Crónica negra del crimen en
México (Plaza y Janés, 2001), una espléndida y selecta recopilación de
la nota roja nacional, desde Las
Poquianchis hasta Los Narcosatánicos
de Matamoros. Mi reencuentro con él ocurrió de manera inesperada: tuve el
honor de presentarlo con pretexto de su nueva creación durante el último día
del pasado Festival Mórbido, en la
espléndida Biblioteca Publica Gertrudis Bocanegra de Pátzcuaro. Y el honor
provino de dos fuentes.
Amor, zombis y otras
desgracias es
una estupenda novela juvenil, que no sólo es afortunada desde su ingenioso
título, sino por abrevar de una cultura cinematográfica que todos los
diletantes del horror pueden identificar, como lo demuestra su acertado
corolario que incluye títulos indispensables en nuestra formación. A través de
un lenguaje ágil, que no pierde el tiempo en detalles innecesarios, conocemos
la historia de Jorge Antonio, un chico de 16 años que se muda de casa con madre,
su padre Harry, y su insufrible hermanita, e ingresa a la secundaria
Instituto Científico y Cultural de México. Ahí conoce a UV, uno de los más
notables creyentes en teorías de conspiración que recuerdo, y a Alicia,
una jovencita huraña y llena de pircings.
El héroe vive los infortunios propios de la edad: está condenado a la
marginalidad por sus extravagantes gustos, es víctima del abuso de sus
compañeros y cae presa de un amor imposible –la bella y banal Bárbara-.
Por si fuera poco, todo ocurre en medio del Apocalipsis zombi. Acertaron si en
las líneas anteriores descubrieron una serie de homenajes, de la obra seminal
de George Andrew Romero hasta la
primera entrega de W. S. Anderson de
su saga de acción sobrenatural.
Pero su
atractivo no reside exclusivamente en lo anterior. La novela está narrada en
una forma muy familiar para los adolescentes: mensajes de Twitter y Facebook,
mensajes SMS de celular, videos de Youtube, entradas de blog y páginas de
Internet, archivos adjuntos de correo electrónico, videograbaciones, recortes
de periódico, comunicados de prensa y entradas de diario, al más puro estilo
epistolar con el que Bram Stoker
ensambló su creación más perdurable. Todo en un ambiente doméstico como la gran
Ciudad de México, con episodios tan reconocibles por recientes -¿recuerdan la
epidemia de Influenza AH1N1 con sus restricciones y la forma en que afectó la
vida de la urbe?-. Al final nos recuerda las desventajas de la condición humana
ante un evento extraordinario y nos plantea una pregunta inquietante:
“¿conviene enamorarse ante el fin del mundo?”.
Su autor deja
abiertos detalles que propiciarían una secuela. Me ha revelado incluso su
próxima existencia, así que seguramente tendré el placer de presentarla en el
próximo Festival. Por lo pronto el libro fue el primero que devoré en este
naciente 2013. Un calificativo muy apropiado ante estas circunstancias.
lunes, 29 de octubre de 2012
martes, 29 de noviembre de 2011
Retratos de oscuridad
En varias ocasiones he estado de acuerdo con populares canciones, pero pocas como la del compositor puertorriqueño Rafael Hernández: “Qué chula es Puebla”. Disfruto enormemente caminar por las calles de su Centro Histórico, de saborear su gastronomía y de encontrarme con entrañables amigos con quienes comparto estos placeres –el horror y la fantasía- que tanto defiendo. El sábado pasado ofrecí un taller dentro del X Congreso Internacional de Psicología Jurídica y Criminológica, en un espléndido salón de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ante un salón poblado mayormente por estudiantes de Psicología y Criminología, hablé de crímenes reales llevados al cine. Para este fin mi cofrade Antonio Camarillo, usando una pequeña parte de sus amplios conocimientos en edición, me ayudó a preparar un video con fragmentos de cintas desde Ned Kelly (Gregor Jordan 2003), Enemigos Públicos (Michael Mann, 2009), Capote (Bennet Miller, 2005), El encierro (An american crime, Tommy O'Haver, 2007), Hollywoodland (Allen Coulter, 2006) hasta Amores asesinos (Todd Robinson, 2007) y Monster, asesina en serie (Monster, Patty Jenkins, 2003). El organizador del evento, Renato Gallardo, me comprometió a ofrecer otra charla en su siguiente emisión. Mientras llega la ocasión, comparto con ustedes el inicio y conclusión de mi disertación. Que los disfruten.
--
Roberto Coria
Cuando los cineastas añaden la leyenda “basada en una historia real” al inicio de cualquier película, le dotan de un aura de misterio y la hacen casi irresistible. Primeramente porque despiertan la curiosidad –o morbo, si quieren llamarlo así- del espectador. Le permite convertirse en testigo y juzgador, trasponer la que la gente de teatro llama “la cuarta pared” y disfrutar, como el voyeurista, del drama que vivió otra persona. Posteriormente desde la perspectiva del deseoso de conocimiento porque, como dice la expresión popular, “el que no conoce la historia está condenado a repetirla”.
Hablar de cintas basadas en casos reales es un tema muy amplio. Si así fuera tendríamos que remitirnos a la Historia, desde los albores mismos de la cinematografía con El Acorazado Potemkin (1925) de Sergei Eisenstein, cinta!20que narra el motín!20del navío ruso del!20título hasta curiosidades como Presentando a Pancho Villa (Bruce Beresford, 2003), la cual relata los coqueteos del Centauro del Norte con la incipiente industria fílmica norteamericana. O a las biografías –bautizadas comobiopics- de importantes personalidades como Lawrence de Arabia(David Lean, 1962), Patton (Franklin J. Schaffner, 1970), Gandhi(Richard Attenborough, 1982), La Bamba (Luis Valdez, 1987), La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), Ed Wood (Tim Burton, 1994), El aviador (Martin Scorsese, 2004) hasta Red social (David Fincher, 2010) y El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010). Pero esas las haremos a un lado.
Haré lo mismo con los que se inscriben dentro delwestern, popular género del cine estadounidense, a pesar que muchos de sus especímenes se basan en las correrías de populares forajidos o guardianes de la ley, como Butch Cassidy y Sundance Kid (George!20Roy Hill, 1969), Los justicieros (George P. Cosmatos, 1993) o El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007). A esas tampoco las contemplaré en mi exposición.
Haré lo mismo con los que se inscriben dentro delwestern, popular género del cine estadounidense, a pesar que muchos de sus especímenes se basan en las correrías de populares forajidos o guardianes de la ley, como Butch Cassidy y Sundance Kid (George!20Roy Hill, 1969), Los justicieros (George P. Cosmatos, 1993) o El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007). A esas tampoco las contemplaré en mi exposición.
Nos queda pues el cine de tema criminal, el cual nos compete e interesa a todos los aquí reunidos. Del héroe de mi infancia aprendí una máxima: el crimen deja cicatrices en todo lo que toca. Esto, naturalmente, se extiende a las Bellas Artes y entre ellas, obligatoriamente, al cine. Es muchas maneras es algo inevitable. Recordemos que por encima de su carácter artístico, conceptual o estético, el cine es una forma de entretenimiento. Y como la conducta criminal es una constante de las sociedades, en todas las épocas, hemos aprendido a convivir con ella. Incluso, a disfrutarla. Ese goce puede provenir de múltiples razones:
- Por un placer culposo, como cuando contemplamos absortos el tabloide matinal. No olvidemos que éstos lucran con las dos pulsiones más importantes de la psique humana: eros y tanathos. ¿Qué incluye la portada y contraportada de estos periódicos? Al frente, el suceso más sangriento de la jornada. Al reverso, una mujer voluptuosa en una lúbrica semi desnudez. Thomas de Quincey, en su libro Del asesinato considerado como una de las bellas artes (1827), nos refiere a una sociedad de diletantes de la nota roja que se reunía periódicamente para discutir los más cruentos sucesos de la sociedad londinense de finales del siglo XIX, como los críticos que contemplan una pintura o una escultura. Disfrutar el cine de tema criminal puede generar malestar y remordimiento, especialmente en una época como ésta, dominada por la inseguridad, en donde el hallazgo de cadáveres y los políticos que se asesinan entre ellos es cosa de todos los días.
- Porque estamos imbuidos en el aparato de procuración de justicia, donde el hecho criminal es el pan de todos los días. Psicólogos, Criminólogos y Criminalistas devoran con apetito científico estas noticias. Son parte de su objeto de estudio. En ese sentido, el gremio tiene una disculpa evidente.
- Por una fatal aceptación de la realidad. En su novela La octava plaga (Ficción Zeta, 2011), el escritor Bernardo Esquinca reflexiona sobre las terribles acciones de los humanos. Uno de sus personajes, un veterano fotógrafo de nota roja, acepta con real pesimismo: “No cambiaremos, es nuestra naturaleza. La gran mayoría de los crímenes que cubrí no fueron realizados por asesinos fríos y meticulosos. Se trataba de personas comunes y corrientes, que cedieron a un arrebato de furia, provocado por celos, frustración o deseos de venganza. Cualquiera puede convertirse en asesino”.
Pero la maldad, el volverse al “lado oscuro”, no ocurre de la noche a la mañana. Es un viaje. O como diría un popular libro infantil, “una serie de eventos desafortunados”. Nadie se convierte en ladrón o asesino espontáneamente, se necesita de la confluencia de una gran cantidad de factores bio-psico-sociales. La conducta criminal es una escalada. Por ello examinaremos a diversos individuos por la modalidad delictiva que los caracterizaba. Hacerlo podría suponer un dilema por su relevancia o peligrosidad. Recordemos que todos los delitos son graves, sea el robo a transeúnte, el fraude o el homicidio. Su impacto social es aparte de la afectación que representa a quien lo padece.
¿Por qué disfrutar del cine de tema criminal? Decididamente no por hacer una apología del fenómeno, mucho menos por banalizarlo o glorificarlo. Las películas del tema son un retrato de nuestra sociedad. Dicen que la verdad duele e incomoda. Los criminales que acabamos de ver son personas comunes, como ustedes o yo. Los criminales son seres transgresores. No sólo de las leyes, sino de la moral, la ética y la religión. Representan nuestros sueños y nuestras pesadillas. Son un espejo donde todos, de una u otra manera, podemos reflejarnos.
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viernes, 29 de julio de 2011
Vampiros en Puebla.

¡Vampiros!
Impartido por Roberto Coria
Dirigido a: Público en general. Personas interesadas en adentrarse en los misterios del vampiro. Escritores, cineastas, sociólogos, público en general, aficionados de la literatura y cine de horror.
Objetivo: Proporcionar un vistazo a los orígenes, historia y evolución de la figura del vampiro en las bellas artes, especialmente en la literatura, a través del análisis de obras emblemáticas del tema.
Antecedentes: Hoy más que nunca estamos conscientes de que los vampiros están presentes entre nosotros y han constituido una subcultura que ha desplegado sus alas sobre prácticamente todas las manifestaciones culturales. Vicente Quirarte argumenta que su figura es algo cotidiano en nuestros días y forma parte de una mitología que aún los niños conocen, mientras Jorge Ibargüengoitia afirma que la gente común y corriente sabe más de estas criaturas que de los otomíes.
El vampiro se encuentra fuertemente posicionado en el imaginario colectivo de la humanidad y sus raíces yacen en el folklore de los pueblos. Podemos rastrear sus huellas en la tradición hebrea, en la antigua Grecia, en Roma, en China, en África, e incluso entre los Aztecas y los Mayas. Esto aseguró su trascendencia hacia la literatura, el teatro, el cine, los cómics y la televisión.
En los últimos tiempos, los artistas han buscado reinventar la estructura del monstruo, para asegurar su vigencia. El curso ¡Vampiros! es una invitación para que el lector novicio se interne en el mundo y los misterios del vampiro. Al mismo tiempo, pondrá a prueba los conocimientos del iniciado. Es un viaje, a vuelo de murciélago, a través de los orígenes del mito, sus múltiples connotaciones, sus referentes literarios y algunas de sus representaciones cinematográficas más significativas.
Contenido temático:
10:00 a 12:00 | | 1. Introducción. En el principio fue la sangre. Eros y tanatos, o de la fascinación por la sangre y la muerte. Inicio de las creencias en vampiros. 2. Drácula fue una mujer: el erotismo y el vampiro. Lilith, lamias y empusas, el vampiro alrededor del mundo. 3. Cazadores de vampiros. Fisiología, poderes y debilidades. 4. Vampiros en español: de Benito Jerónimo Feijoó al chupacabras. |
12:00 a 14:00 | | 5. El vampiro en la naturaleza y a la luz de la ciencia médica. El murciélago vampiro y sus parientes. 6. Enfermedades físicas. Catalepsia, rabia y porfiria. 7. El vampiro en la era de las epidemias. 8. Asesinos en serie, esquizofrénicos, hematófagos y otros monstruos. Erzebeth Bathory, John Haig, Jeffrey Dahmer y compañía. ¿Cómo investigarían las ciencias forenses un caso de vampirismo? |
14:00 a 15:00 | | Receso |
15:00 a 17:00 | | 9. El vampiro en la literatura. Definiendo géneros. Clasificación del relato de vampiros. Antes de Drácula, o los albores de la literatura vampírica. El relato gótico y los precursores. El vampiro de John William Polidori y Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu. 10. Bram Stoker, padre de Drácula. 11. Después de Drácula: los herederos de Bram Stoker. La renovación literaria del mito. Textos vampíricos 1950-2009, de Richard Matheson y Soy leyenda a Crepúsculo de Stephanie Meyer. La saga Nocturna de Guillermo del Toro y Chuck Hogan. |
Duración: 6 horas (1 sesión)
Bibliografía
1. Belford, Barbara. Bram Stoker, a biography of the author of Dracula. Da Capo Press. Nueva York, 1996.
2. Calmet, Agustin. Tratado sobre los vampiros. Mondadori , Madrid . 1991.
3. Coria, Roberto. El hombre que fue Drácula. Libros de Godot, México. 2007.
4. Gubern, Román. Las raíces el miedo. Antropología del cine de horror. Tusquets Editores, Barcelona . 1979.
5. -------------. Máscaras de la ficción. Anagrama, col. Los Argumentos, Valencia. 1998.
6. Märtin, Ralf-Peter. Los Drácula. Tusquets editors. España, 1983.
7. Mc Nally, Raymond; Florescu, Radu. In search of Dracula. Houghton Mifflin Company. Nueva York, 1994.
8. Melton, J. Gordon. The vampire book: The encyclopedia of the undead. Visible Ink Press. Minnesota , 1999.
9. Ramsland, Katherine. The science of vampires. Berkley Boulevard books. Nueva York, 2002.
10. Quirarte, Vicente. Del monstruo considerado como una de las bellas artes. Paidós. México, 2006.
11. Skaal, David J. V is for vampire. Penguin books. Nueva York, 1996.
12. Siruela, Jacobo (comp.) El vampiro. Ediciones Siruela, Madrid. 2001.
13. Stoker, Bram. Drácula. Traducción Manuel Núñez Nava. CONACULTA. México, 2002.
14. Wolf, Leonard. Dracula, the connoisseurs guide. Broadway books. Nueva York, 1997.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Bitácora de viaje, primera de dos partes.
La tarde del pasado 30 de octubre ofrecí una plática en la tercera emisión de Mórbido en el espacio conocido como La Cofradía, en el pueblo mágico de Tlalpujahua, Michoacán. Antes de comenzar rendí honor -o debo decir, horror- a quien honos merece: a Pablo Guisa Koestinger, a Miguel Ángel Marín, a Karyna Martínez, a Abraham Castillo, a Antonio Camarillo, a Andrea Quiroz, a Laura Rojas y a todo el estupendo staff del Festival por sus atenciones y por mentener vivo un espacio tan necesario en una época dominada por un horror que rebasa en de la oscuridad del cine. He aquí, en dos partes, lo que preparé para esa ocasión.
**
Máscaras de sanidad y otros horrores
Tercer Festival Mórbido, Tlalpujahua, Michoacán
Roberto Coria
Para Ana Luisa Campos y Casandra Vicario,
que tanto gozan del miedo que provocan las máscaras.
En un momento del metraje de la reelaboración para el nuevo milenio de La masacre de Texas (Niespel, 2005), el enorme asesino conocido como Leatherface fabrica una máscara con la piel de su víctima anterior. Cuando ha terminado, retira de su cabeza la máscara que usaba previamente para colocarse la nueva. Antes de ello observamos su tétrico rostro grisáceo, carcomido por una enfermedad de la piel. Esta exhibición fue severamente criticada por los aficionados de la cinta original. En ella, dirigida por Tobe Hooper en 1974, el homicida jamás muestra su cara. Y tal vez eso –y no su sierra de cadena- sea lo más aterrador. Para Hooper el mal no tiene rostro, adopta el del fruto de sus apetitos. El estudioso del horror sabe que la vocación costurera de Leatherface está inspirada en la del granjero Edward Theodore Gein, quien en 1957 conmocionó a la sociedad estadounidense tras ser expuesta su carrera como sastre, necrófilo y homicida. Gein sirvió de ejemplo también para que el escritor Robert Bloch escribiera su emblemática novela Psicosis –magistralmente llevada a la pantalla grande por Alfred Hitchcock- y para que Thomas Harris modelara al personaje de James Gumb, asesino serial y modista de medio tiempo, en su novela El silencio de los corderos, trasladada con maestría a la gran pantalla por Jonathan Demme en 1991.
***
“El que disimula no representa, sino que quiere hacerse invisible, pasar desapercibido, sin renunciar a su ser”, aseguraba Octavio Paz en El laberinto de la soledad. La máscara, en primera instancia, oculta la identidad y le ofrece anonimato y cierta libertad a quien la porta. Se han utilizado desde la antigüedad con propósitos ceremoniales y prácticos. Su raíz etimológica más inmediata proviene de la palabra francesa masque o de la italiana maschera, aunque puede remontarse a la expresión latina mascus. Su uso ceremonial data del antiguo Egipto, a Grecia, a Roma, a las culturas africanas y mesoamericanas. Los caballeros del medioevo contendían cubiertos tras ellas. El teatro clásico las emplea con fines lúdicos: dos máscaras –una sonriente y otra que llora- lo representan. Edgar Allan Poe (en 1842) le dio a la Muerte una máscara que semejaba “el semblante de un cadáver ya rígido”. Se les colocaban a los condenados para humillarlos públicamente, como dispositivo de tortura o punitivo corporal. Los verdugos la usan para cumplir una cuestionable forma de justicia. Se les realiza a algunos cadáveres recientes para asentar un registro permanente de su aspecto al sobrevenirle la muerte. Las usa el delincuente para evitar ser reconocido durante un robo. Han salvado la vida de los soldados en el campo de batalla. Están presentes en los cruceros, para divertirnos y recordarnos nuestra miseria y la corrupción de la clase política. Fueron –los cubrebocas- un elemento cotidiano durante la reciente epidemia de influenza. Pero posee incontables connotaciones, generalmente asociadas con el deseo del portador de asumir la identidad de otra persona, con los propósitos más variados. Por ejemplo, el Estado de Michoacán es reconocido internacionalmente por la tradicional “danza de los viejitos”. Doña Canda, una distinguida originaria del vecino pueblo de Ocuilán de Arteaga, recuerda que en la época de la Revolución, se untaba el rostro de las mujeres jóvenes con el agua donde cocían el nixtamal para que se arrugaran y lucieran poco atractivas y avejentadas para los bandoleros que acostumbraban robárselas. Oscar Wilde pensaba que “una máscara dice más que una cara”. Y a veces es muy cierto.
***
Como la máscara y sus representaciones en el cine de fantasía y horror es el protagonista de esta tercera emisión de Mórbido, y tal como observamos en su cartel promocional, debemos hacer un paréntesis para recordar el cine mexicano de luchadores, esas aventuras filmadas con “presupuestos irrisorios e historias tan ingenuas como delirantes” que lograron dar un carácter mítico a máscaras como las de El Huracán Ramírez, Blue Demon, Mil Máscaras, y la más admirable de todo el género, la de Rodolfo Guzmán Huerta, mejor conocido como El Santo, con una filmografía de 54 películas que ahora mismo descansan, en palabras de José Xavier Návar, “en el Olimpo del Pancracio fílmico”. A Návar, cinéfago voraz, debemos eruditos y lúdicos estudios sobre estos colosos cinematográficos. “Como todo género, el Cine de Luchadores tuvo un nacimiento convulso a principios de los cincuenta en el eterno devenir entre el bien y el mal cotizando tanto a enmascarados que actuaban sin ser actores, como a histriones que luchaban sin casi saber qué era un candado asesino o unas patadas a la filomena”, asegura el investigador. Y precisamente la máscara es herramienta para la resolución de ese ancestral conflicto –el del bien contra el mal-. “Muchos aventureros de la cultura popular han basado su atractivo en una doble personalidad secreta y contradictoria, como héroes bifrontes que parecen un eco de la imagen del dios Jano, que los romanos representaban siempre con dos caras opuestas”, recuerda el comunicólogo español Román Gubern. Esa dualidad produjo mitos basados en la doble identidad secreta, desde el Pimpinela Escarlata de la baronesa Emmuska Orczy hasta el justiciero enmascarado conocido como El Zorro, creación de Johnston McCulley, que bien puede considerarse como el antecedente de superhéroes que tienen en El Fantasma, de Lee Falk, en el Hombre Araña, de Stan Lee y Steve Ditko, en el anarquista enmascarado conocido como V, de Alan Moore y David Lloyd, en Rorschach, de Alan Moore y Dave Gibbons y en, mi favorito particular, Batman, de Bob Kane y Bill Finger, a algunos de sus más brillantes representantes. Deliberadamente omito al todopoderoso Supermán, creación de Joe Shuster y Jerry Siegel, porque él no porta una máscara –físicamente-. Pero, como acertadamente advierte el asesino Bill (David Carradine) en el segundo volumen del díptico dirigido por Quentin Tarantino, “Supermán no necesita una máscara. Clark Kent es su verdadero disfraz, con su actitud tímida, su traje de tres piezas y sus anteojos. Su verdadera identidad es la del héroe. Incluso su capa es la manta que lo arropó en su viaje a la tierra”. Con la protección de sus personalidades secretas los héroes pueden realizar las acciones más nobles y arriesgadas. Porque su heroísmo los coloca –a ellos y sus seres amados- en posiciones peligrosas. La máscara los protege. La máscara los hace libres.
***
Esta liberación no siempre es constructiva. En 1941 el psiquiatra estadounidense Hervey Milton Cleckley (1903-1984) acuñó el término “máscara de sanidad” para designar al disfraz que portan los psicópatas –o personas con trastorno antisocial de la personalidad- para aparentar normalidad y ser funcionales ante la sociedad. Clekley observó en ellos 16 signos inequívocos para identificarlos, que deben ser persistentes y no ocasionales:
1. Inexistencia de alucinaciones u otras manifestaciones de pensamiento irracional.
2. Ausencia de nerviosismo o de manifestaciones neuróticas.
3. Encanto externo y notable inteligencia.
4. Egocentrismo patológico e incapacidad de amar.
5. Gran pobreza de reacciones afectivas básicas.
6. Vida sexual impersonal, trivial y poco integrada.
7. Falta de sentimientos de culpa y de vergüenza.
8. Indigno de confianza.
9. Mentiras e hipocresía.
10. Pérdida específica de la intuición.
11. Incapacidad para seguir cualquier plan de vida.
12. Conducta antisocial sin aparente remordimiento.
13. Amenazas de suicidio raramente cumplidas.
14. Razonamiento insuficiente o falta de capacidad para aprender la experiencia vivida.
15. Irresponsabilidad en las relaciones interpersonales.
16. Comportamiento fantástico y poco regulable en el consumo de alcohol y drogas.
Con el referente del payaso, es especial el caso del delincuente sin nombre conocido como El Guasón, “un agente del caos” que utiliza maquillaje para vestir su deformidad y producir miedo en sus víctimas, del mismo modo que el malogrado Eric cubría su rostro con una careta para deambular por los sótanos de la Casa de la Ópera de Paris. Machine, el sádico asesino de la película 8mm. de Joel Schumacher, reúsa despojarse de la suya, aún cuando Nicholas Cage le apunta con una pistola a la cabeza. Y es que, como bien me hizo notar mi esposa, “Sin ella no es nadie; es un hombre ordinario. Un hijito de mami”. También en el terreno de la ficción, recordemos a Patrick Bateman –que en su apellido rinde homenaje a otro popular asesino de la ficción-, el yuppie hedonista, carismático, exitoso, melómano, adicto a la pornografía, al sexo violento y homicida que protagoniza la novela Psicópata americano de Brett Easton Ellis. En su traslación a la pantalla grande –dirigida en el año 2000 por Mary Harron-, el personaje (Christian Bale) reflexiona mientras se retira una mascarilla facial para mantener la lozanía de su rostro de 27 años: “Tengo todas las características de un ser humano, piel, sangre, cabello… pero ninguna emoción clara e identificable, salvo codicia y desprecio. Algo horrible está sucediendo dentro de mí y no sé por qué. Mi sed nocturna de sangre se ha desbordado a mis días. Me siento letal, al borde del furor. Creo que mi máscara de sanidad está por desaparecer”.
En la televisión brilla el caso de Dexter Morgan (Michael C. Hall) –personaje creado por el novelista Jeff Lindsay- , el amable analista de indicios hemáticos convertido en asesino serial –un asesino serial de asesinos, de hecho-. En uno de sus más brillantes episodios, justo antes de dejar caer la jaula sobre su siguiente víctima –un abusivo psiquiatra-, le realiza una liberadora confesión en medio de una sesión terapéutica: “soy un asesino en serie”. Es liberadora porque Dexter está conciente del peso de su necesidad de ser socialmente aceptado: mantiene una relación sentimental con una madre soltera, es confidente, apoyo incondicional y consejero de su hermana (“si pudiera sentir amor por alguien, sería por Debra”) y tiene una relación cordial con sus compañeros de trabajo –incluso participa en un equipo de boliche y bebe cervezas con ellos-, todo esto sin experimentar sentimiento o vínculo alguno. Tanto Bateman como Dexter, sin olvidar a sus pares de la vida real, usan máscaras de sanidad de las que se despojan a la menor provocación. Demuestran que el monstruo más terrible es el que encuentra a nuestro lado, el que no utiliza una máscara de hockey o una de halloween, el que vive dentro de nosotros. El que puede estar en el asiento contiguo.
**
Máscaras de sanidad y otros horrores
Tercer Festival Mórbido, Tlalpujahua, Michoacán
Roberto Coria
Para Ana Luisa Campos y Casandra Vicario,
que tanto gozan del miedo que provocan las máscaras.
¿A quién le importa el tipo de los sueños? El psicópata de la máscara de hockey es real.
--Linderman en Freddy vs. Jason (2003)
En un momento del metraje de la reelaboración para el nuevo milenio de La masacre de Texas (Niespel, 2005), el enorme asesino conocido como Leatherface fabrica una máscara con la piel de su víctima anterior. Cuando ha terminado, retira de su cabeza la máscara que usaba previamente para colocarse la nueva. Antes de ello observamos su tétrico rostro grisáceo, carcomido por una enfermedad de la piel. Esta exhibición fue severamente criticada por los aficionados de la cinta original. En ella, dirigida por Tobe Hooper en 1974, el homicida jamás muestra su cara. Y tal vez eso –y no su sierra de cadena- sea lo más aterrador. Para Hooper el mal no tiene rostro, adopta el del fruto de sus apetitos. El estudioso del horror sabe que la vocación costurera de Leatherface está inspirada en la del granjero Edward Theodore Gein, quien en 1957 conmocionó a la sociedad estadounidense tras ser expuesta su carrera como sastre, necrófilo y homicida. Gein sirvió de ejemplo también para que el escritor Robert Bloch escribiera su emblemática novela Psicosis –magistralmente llevada a la pantalla grande por Alfred Hitchcock- y para que Thomas Harris modelara al personaje de James Gumb, asesino serial y modista de medio tiempo, en su novela El silencio de los corderos, trasladada con maestría a la gran pantalla por Jonathan Demme en 1991.
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“El que disimula no representa, sino que quiere hacerse invisible, pasar desapercibido, sin renunciar a su ser”, aseguraba Octavio Paz en El laberinto de la soledad. La máscara, en primera instancia, oculta la identidad y le ofrece anonimato y cierta libertad a quien la porta. Se han utilizado desde la antigüedad con propósitos ceremoniales y prácticos. Su raíz etimológica más inmediata proviene de la palabra francesa masque o de la italiana maschera, aunque puede remontarse a la expresión latina mascus. Su uso ceremonial data del antiguo Egipto, a Grecia, a Roma, a las culturas africanas y mesoamericanas. Los caballeros del medioevo contendían cubiertos tras ellas. El teatro clásico las emplea con fines lúdicos: dos máscaras –una sonriente y otra que llora- lo representan. Edgar Allan Poe (en 1842) le dio a la Muerte una máscara que semejaba “el semblante de un cadáver ya rígido”. Se les colocaban a los condenados para humillarlos públicamente, como dispositivo de tortura o punitivo corporal. Los verdugos la usan para cumplir una cuestionable forma de justicia. Se les realiza a algunos cadáveres recientes para asentar un registro permanente de su aspecto al sobrevenirle la muerte. Las usa el delincuente para evitar ser reconocido durante un robo. Han salvado la vida de los soldados en el campo de batalla. Están presentes en los cruceros, para divertirnos y recordarnos nuestra miseria y la corrupción de la clase política. Fueron –los cubrebocas- un elemento cotidiano durante la reciente epidemia de influenza. Pero posee incontables connotaciones, generalmente asociadas con el deseo del portador de asumir la identidad de otra persona, con los propósitos más variados. Por ejemplo, el Estado de Michoacán es reconocido internacionalmente por la tradicional “danza de los viejitos”. Doña Canda, una distinguida originaria del vecino pueblo de Ocuilán de Arteaga, recuerda que en la época de la Revolución, se untaba el rostro de las mujeres jóvenes con el agua donde cocían el nixtamal para que se arrugaran y lucieran poco atractivas y avejentadas para los bandoleros que acostumbraban robárselas. Oscar Wilde pensaba que “una máscara dice más que una cara”. Y a veces es muy cierto.
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Como la máscara y sus representaciones en el cine de fantasía y horror es el protagonista de esta tercera emisión de Mórbido, y tal como observamos en su cartel promocional, debemos hacer un paréntesis para recordar el cine mexicano de luchadores, esas aventuras filmadas con “presupuestos irrisorios e historias tan ingenuas como delirantes” que lograron dar un carácter mítico a máscaras como las de El Huracán Ramírez, Blue Demon, Mil Máscaras, y la más admirable de todo el género, la de Rodolfo Guzmán Huerta, mejor conocido como El Santo, con una filmografía de 54 películas que ahora mismo descansan, en palabras de José Xavier Návar, “en el Olimpo del Pancracio fílmico”. A Návar, cinéfago voraz, debemos eruditos y lúdicos estudios sobre estos colosos cinematográficos. “Como todo género, el Cine de Luchadores tuvo un nacimiento convulso a principios de los cincuenta en el eterno devenir entre el bien y el mal cotizando tanto a enmascarados que actuaban sin ser actores, como a histriones que luchaban sin casi saber qué era un candado asesino o unas patadas a la filomena”, asegura el investigador. Y precisamente la máscara es herramienta para la resolución de ese ancestral conflicto –el del bien contra el mal-. “Muchos aventureros de la cultura popular han basado su atractivo en una doble personalidad secreta y contradictoria, como héroes bifrontes que parecen un eco de la imagen del dios Jano, que los romanos representaban siempre con dos caras opuestas”, recuerda el comunicólogo español Román Gubern. Esa dualidad produjo mitos basados en la doble identidad secreta, desde el Pimpinela Escarlata de la baronesa Emmuska Orczy hasta el justiciero enmascarado conocido como El Zorro, creación de Johnston McCulley, que bien puede considerarse como el antecedente de superhéroes que tienen en El Fantasma, de Lee Falk, en el Hombre Araña, de Stan Lee y Steve Ditko, en el anarquista enmascarado conocido como V, de Alan Moore y David Lloyd, en Rorschach, de Alan Moore y Dave Gibbons y en, mi favorito particular, Batman, de Bob Kane y Bill Finger, a algunos de sus más brillantes representantes. Deliberadamente omito al todopoderoso Supermán, creación de Joe Shuster y Jerry Siegel, porque él no porta una máscara –físicamente-. Pero, como acertadamente advierte el asesino Bill (David Carradine) en el segundo volumen del díptico dirigido por Quentin Tarantino, “Supermán no necesita una máscara. Clark Kent es su verdadero disfraz, con su actitud tímida, su traje de tres piezas y sus anteojos. Su verdadera identidad es la del héroe. Incluso su capa es la manta que lo arropó en su viaje a la tierra”. Con la protección de sus personalidades secretas los héroes pueden realizar las acciones más nobles y arriesgadas. Porque su heroísmo los coloca –a ellos y sus seres amados- en posiciones peligrosas. La máscara los protege. La máscara los hace libres.
***
Esta liberación no siempre es constructiva. En 1941 el psiquiatra estadounidense Hervey Milton Cleckley (1903-1984) acuñó el término “máscara de sanidad” para designar al disfraz que portan los psicópatas –o personas con trastorno antisocial de la personalidad- para aparentar normalidad y ser funcionales ante la sociedad. Clekley observó en ellos 16 signos inequívocos para identificarlos, que deben ser persistentes y no ocasionales:
1. Inexistencia de alucinaciones u otras manifestaciones de pensamiento irracional.
2. Ausencia de nerviosismo o de manifestaciones neuróticas.
3. Encanto externo y notable inteligencia.
4. Egocentrismo patológico e incapacidad de amar.
5. Gran pobreza de reacciones afectivas básicas.
6. Vida sexual impersonal, trivial y poco integrada.
7. Falta de sentimientos de culpa y de vergüenza.
8. Indigno de confianza.
9. Mentiras e hipocresía.
10. Pérdida específica de la intuición.
11. Incapacidad para seguir cualquier plan de vida.
12. Conducta antisocial sin aparente remordimiento.
13. Amenazas de suicidio raramente cumplidas.
14. Razonamiento insuficiente o falta de capacidad para aprender la experiencia vivida.
15. Irresponsabilidad en las relaciones interpersonales.
16. Comportamiento fantástico y poco regulable en el consumo de alcohol y drogas.
Los individuos que usan la máscara de sanidad que identifica Clekley no sufren pues una deformidad física, como aseguraba Cesare Lombroso (1835-1909) un siglo atrás, sino mental. Quienes cruzan la fina línea hacia el homicidio, denominados asesinos en serie, “no tienen moral ni escrúpulos. Su conciencia está muerta”, afirmó Richard Ramírez, bautizado por los medios como “el merodeador nocturno” por sus hábitos depredadores. Pero el aspecto del asesino serial no tiene que ser atemorizante, como el de Ramírez, con su mirada vacía, su sonrisa burlona y su cuerpo cubierto de tatuajes. Tras el amoroso y caritativo hombre de familia que pretendía ser John Wayne Gacy se ocultaba el homicida de 33 varones de entre 9 y 20 años de edad. Gacy no usaba una máscara para cometer sus crímenes, sino el maquillaje de un payaso como
herramienta de seducción y una forma de mimetizarse socialmente –incurren en un error frecuente los estudiosos que afirman que daba rienda suelta a su oficio carnicero ataviado de payaso, aunque la imagen es interesante por estremecedora-. Con el referente del payaso, es especial el caso del delincuente sin nombre conocido como El Guasón, “un agente del caos” que utiliza maquillaje para vestir su deformidad y producir miedo en sus víctimas, del mismo modo que el malogrado Eric cubría su rostro con una careta para deambular por los sótanos de la Casa de la Ópera de Paris. Machine, el sádico asesino de la película 8mm. de Joel Schumacher, reúsa despojarse de la suya, aún cuando Nicholas Cage le apunta con una pistola a la cabeza. Y es que, como bien me hizo notar mi esposa, “Sin ella no es nadie; es un hombre ordinario. Un hijito de mami”. También en el terreno de la ficción, recordemos a Patrick Bateman –que en su apellido rinde homenaje a otro popular asesino de la ficción-, el yuppie hedonista, carismático, exitoso, melómano, adicto a la pornografía, al sexo violento y homicida que protagoniza la novela Psicópata americano de Brett Easton Ellis. En su traslación a la pantalla grande –dirigida en el año 2000 por Mary Harron-, el personaje (Christian Bale) reflexiona mientras se retira una mascarilla facial para mantener la lozanía de su rostro de 27 años: “Tengo todas las características de un ser humano, piel, sangre, cabello… pero ninguna emoción clara e identificable, salvo codicia y desprecio. Algo horrible está sucediendo dentro de mí y no sé por qué. Mi sed nocturna de sangre se ha desbordado a mis días. Me siento letal, al borde del furor. Creo que mi máscara de sanidad está por desaparecer”.
En la televisión brilla el caso de Dexter Morgan (Michael C. Hall) –personaje creado por el novelista Jeff Lindsay- , el amable analista de indicios hemáticos convertido en asesino serial –un asesino serial de asesinos, de hecho-. En uno de sus más brillantes episodios, justo antes de dejar caer la jaula sobre su siguiente víctima –un abusivo psiquiatra-, le realiza una liberadora confesión en medio de una sesión terapéutica: “soy un asesino en serie”. Es liberadora porque Dexter está conciente del peso de su necesidad de ser socialmente aceptado: mantiene una relación sentimental con una madre soltera, es confidente, apoyo incondicional y consejero de su hermana (“si pudiera sentir amor por alguien, sería por Debra”) y tiene una relación cordial con sus compañeros de trabajo –incluso participa en un equipo de boliche y bebe cervezas con ellos-, todo esto sin experimentar sentimiento o vínculo alguno. Tanto Bateman como Dexter, sin olvidar a sus pares de la vida real, usan máscaras de sanidad de las que se despojan a la menor provocación. Demuestran que el monstruo más terrible es el que encuentra a nuestro lado, el que no utiliza una máscara de hockey o una de halloween, el que vive dentro de nosotros. El que puede estar en el asiento contiguo.
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viernes, 5 de noviembre de 2010
El viaje siempre posible
Una noche de julio de 1985 crucé el umbral, en compañía de mis padres, del desaparecido cine Dorado 70. Me llevaban a ver Volver al futuro, entusiasmado porque Steven Spielberg –mi ídolo entonces por Tiburón (1975) y E.T. (1982)- endosaba su nombre a la producción. Durante casi dos horas me reí, angustié, emocioné y comprobé –como el cinéfilo de 12 años que era- que el cine era una experiencia mágica. Hace unos días, gracias a un video que colocó en la red mi amigo Carlos del Río, cobré conciencia que habían pasado 25 años desde aquella velada inolvidable. En el video, extraído por algún devoto del celuloide, aparecieron los actores Michael J. Fox y Christopher Lloyd aceptando un Scream award, galardón otorgado por los seguidores del horror y la fantasía, por la trascendencia de la cinta. Y no puedo evitar confesar que ver a la dupla –el primero presa del terrible Mal de Parkinson-, la mezcla de la fabulosa partitura de Alan Silvestri y la música de Huey Lewis and the news acompañando segmentos notables de la película y el automóvil diseñado por Giorgetto Giugiaro para la De Lorean Motor Company, me conmovió profundamente, casi hasta las lágrimas.
Con el paso de los años pude descubrir la influencia de Julio Verne y H. G. Wells en el guión de Robert Zemeckis y Bob Gale, de la memorable imagen donde el actor de cine mudo Harold Lloyd cuelga de un reloj en la cinta ¡Por fin a salvo! (1923) y del cine de ciencia ficción y de serie B de los años cincuenta –parte importante de la trama es el más popular personaje de La Guerra de las Galaxias (Lucas, 1977)-.
Volver al futuro tuvo dos secuelas que, si bien son divertidas, no hacen justicia a su hermana mayor. Es inevitable reconocer la influencia que generó en series de televisión contemporáneas como Héroes o Fringe. La última hace referencia a un mundo paralelo al nuestro, donde la cinta es protagonizada por Eric Stoltz, el actor que originalmente iba a encarnar a Marty McFly.
La trama de Volver al futuro es conocida por todos. La programan continuamente en la televisión abierta y de paga. Forma parte de la colección de películas de casi todas las personas de mi generación. Por eso reproduciré la opinión autorizada de Ernesto Diezmartínez, justa y emotiva, aparecida esta mañana en la sección Primera fila del periódico Reforma, con motivo de su reestreno en los cines.
***
Recuerdos del porvenir
Ernesto Diezmartínez
El recuerdo es imborrable. Y apenas hoy, a 25 años, le hago justicia.
Me refiero a que la última imagen de Volver al futuro (Back to the future, EU, 1985) –el DeLorean volando en el aire- se grabó en mi memoria desde su estreno.
Pero, curiosamente, nunca había escrito al respecto, por más que sea una de mis películas favoritas de los 80. Ahora, ante el reestreno por los 25 años del filme, pago mi deuda.
El cuarto largometraje de Robert Zemeckis puede no ser el más influyente de su carrera –yo apostaría por la fusión de acción viva y animación de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988)- ni ha sido la más premiada –ese honor es de Forrest Gump (1994)-, pero sí es la más cercana a la perfección. Y, de lejos, la más divertida.
Parte inicial de una trilogía que se volvería farragosa en su segunda parte y encantadoramente autoparódica en su tercer episodio ubicado en el lejano oeste, Volver al futuro representa no sólo el mejor momento para Zemeckis, sino que terminó convertida en una película definitoria de todo su reparto, especialmente del protagonista Michael J. Fox.
Marty McFly, el adolecente encarnado por Fox, viaja accidentalmente al pasado, mediante una máquina del tiempo muy particular –el emblemático DeLorean- construida por su profesor de prepa, el científico-loco Doc Brown (Christopher Lloyd).
Así viaja a 1955, conoce a su destrampada mamá (Lea Thompson), a su perdedor papá George (Crispin Glover) y, sin quererlo, pone en peligro su propia existencia.
La cinta funciona como preciso mecanismo de relojería: casa diálogo o hecho que McFly escucha/dice/vive en 1985 tendrá relación con algo que sucederá en 1955 y viceversa.
Pero estamos lejos de una ciencia-ficción-rompe-cocos: las paradojas temporales de la cinta se resuelven con una livianidad y una gracia envidiables, a través de una mecánica perfecta del gag verval y visual, y un emocionante desenlace anacrónicamente griffithiano, con autosalvación de último minuto y con el reloj, implacable, avanzando. Una obra maestra.
***
Hoy, 25 años después, Volver al futuro se mantiene vigente y demuestra que el viaje en el tiempo sí es posible. Sólo se necesita de una bolsa de palomitas y la voluntad para presionar la tecla de un control remoto.
Con el paso de los años pude descubrir la influencia de Julio Verne y H. G. Wells en el guión de Robert Zemeckis y Bob Gale, de la memorable imagen donde el actor de cine mudo Harold Lloyd cuelga de un reloj en la cinta ¡Por fin a salvo! (1923) y del cine de ciencia ficción y de serie B de los años cincuenta –parte importante de la trama es el más popular personaje de La Guerra de las Galaxias (Lucas, 1977)-.
Volver al futuro tuvo dos secuelas que, si bien son divertidas, no hacen justicia a su hermana mayor. Es inevitable reconocer la influencia que generó en series de televisión contemporáneas como Héroes o Fringe. La última hace referencia a un mundo paralelo al nuestro, donde la cinta es protagonizada por Eric Stoltz, el actor que originalmente iba a encarnar a Marty McFly.
La trama de Volver al futuro es conocida por todos. La programan continuamente en la televisión abierta y de paga. Forma parte de la colección de películas de casi todas las personas de mi generación. Por eso reproduciré la opinión autorizada de Ernesto Diezmartínez, justa y emotiva, aparecida esta mañana en la sección Primera fila del periódico Reforma, con motivo de su reestreno en los cines.
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Recuerdos del porvenir
Ernesto Diezmartínez
El recuerdo es imborrable. Y apenas hoy, a 25 años, le hago justicia.
Me refiero a que la última imagen de Volver al futuro (Back to the future, EU, 1985) –el DeLorean volando en el aire- se grabó en mi memoria desde su estreno.
Pero, curiosamente, nunca había escrito al respecto, por más que sea una de mis películas favoritas de los 80. Ahora, ante el reestreno por los 25 años del filme, pago mi deuda.
El cuarto largometraje de Robert Zemeckis puede no ser el más influyente de su carrera –yo apostaría por la fusión de acción viva y animación de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988)- ni ha sido la más premiada –ese honor es de Forrest Gump (1994)-, pero sí es la más cercana a la perfección. Y, de lejos, la más divertida.
Parte inicial de una trilogía que se volvería farragosa en su segunda parte y encantadoramente autoparódica en su tercer episodio ubicado en el lejano oeste, Volver al futuro representa no sólo el mejor momento para Zemeckis, sino que terminó convertida en una película definitoria de todo su reparto, especialmente del protagonista Michael J. Fox.
Marty McFly, el adolecente encarnado por Fox, viaja accidentalmente al pasado, mediante una máquina del tiempo muy particular –el emblemático DeLorean- construida por su profesor de prepa, el científico-loco Doc Brown (Christopher Lloyd).
Así viaja a 1955, conoce a su destrampada mamá (Lea Thompson), a su perdedor papá George (Crispin Glover) y, sin quererlo, pone en peligro su propia existencia.
La cinta funciona como preciso mecanismo de relojería: casa diálogo o hecho que McFly escucha/dice/vive en 1985 tendrá relación con algo que sucederá en 1955 y viceversa.
Pero estamos lejos de una ciencia-ficción-rompe-cocos: las paradojas temporales de la cinta se resuelven con una livianidad y una gracia envidiables, a través de una mecánica perfecta del gag verval y visual, y un emocionante desenlace anacrónicamente griffithiano, con autosalvación de último minuto y con el reloj, implacable, avanzando. Una obra maestra.
***
Hoy, 25 años después, Volver al futuro se mantiene vigente y demuestra que el viaje en el tiempo sí es posible. Sólo se necesita de una bolsa de palomitas y la voluntad para presionar la tecla de un control remoto.
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viernes, 22 de octubre de 2010
El Santo siempre vive
Expectante por el Día de Muertos y mi viaje a Tlalpujahua, encontré una Revista de Revistas abandonada en mi oficina. Me pareció muy pertinente compartir con ustedes uno de sus artículos, dado el tema de la venidera emisión de Mórbido: las máscaras. El texto, de José Xavier Návar, rinde tributo a un verdadero género del cine nacional, el de luchadores (que está por cumplir sus primeros 60 años de vida), y a una de las figuras elementales para muchos de nosotros, Rodolfo Guzmán Huerta, mejor conocido como El Santo.
--
La estrategia de la máscara
José Xavier Návar
Aquellas aventuras filmadas con presupuestos irrisorios e historias tan ingenuas como delirantes lograron encumbrar a máscaras legendarias como las de Huracán Ramírez, que llegó a filmar cinco cintas; el Médico Asesino, que sumó tres apariciones; Blue Demon, que protagonizó nueve, más tres con el Plateado y una con el Profesor Zobeck. Mil Máscaras, que rodó 14 en plan estelar y otras cinco más en relevos australianos y, el más admirable de todo el género: El Santo con una filmografía de 54 películas, que ahora mismo descansan (a excepción del Multifaces, que todavía parece que tiene cuerda para andarse enfrentando a momias aztecas) en el Olimpo del Pancracio fílmico.
Como todo género, el Cine de Luchadores tuvo u nacimiento convulso a principios de los cincuenta en el eterno devenir entre el bien y el mal cotizando tanto a enmascarados que “actuaban” sin ser actores, como a histriones que “luchaban” sin casi saber qué era un candado asesino o unas patadas a la filomena. Pero que conste: la lucha se hacía y, desde entonces, ha habido de todo en el ring cinematográfico del señor, luego de saltar hace años de los estrenos en connotados cines de piojito a ser, todavía –y después de su paso por la televisión abierta- programación selecta y muy pedida de cable
Baste decir que uno de los platos fuertes –sino el que más- del canal “De Película” siguen siendo las películas de luchadores (sobre todo las de su llamada “Época de Oro” de los años cincuenta y sesenta) no obstante que muchas de ellas ya han alcanzado el conteo de las películas planas en DVD y, por consiguiente, su doble vida digital.
Luego de que el género que muchos dieron por muerto a consecuencia de agotamiento crónico a fines de los setenta, con la repetición del mismo soundtrack (el organito Lilt Ledy de la mayoría de las películas de El Santo que, dicho sea de paso, mantuvieron durante los años de crisis al cine mexicano, dándole trabajo al gremio) y los colores deslavados que sustituyeron al glorioso blanco y negro de las primeras películas, el Cine de Luchadores ha tenido el valor de seguir (aunque sea como un Frankenstein fuera de quirófano) hasta nuestros días.
Con una fauna de nuevos enmascarados (Octagón, Atlantis, Máscara Sangrada…) que, desde luego, no son de los tamaños ni de la estatura d la vida de El Santo (incluido su hijo y el junior de Blue Demon), se ha tratado de seguir el camino cinematográfico de muchas leyendas, que ya lo dieron todo, cuando el sentido común indica que es mejor volver atrás y comprobar que toda película de luchadores pasada fue mejor, con perdón hasta de los últimos intentos animados.
Por eso, aquí va una guía de algunas de las cumbres más sobresalientes del cine de luchadores, todavía muy disfrutables y, algunas, canonizadas por méritos propios o, aún si ellos, en la memoria colectiva de los aficionados del género:
1. El enmascarado de plata (1952). Disponible en DVD.
2. La bestia magnífica (1952). Pasa regularmente en la televisión.
3. El luchador fenómeno (1952).Copia de la tele a DVD.
4. Huracán Ramírez (1952). Disponible en DVD.
5. Ladrón de cadáveres (1956). Se encuentra en DVD Región 1.
6. La maldición de la momia azteca (1957). En DVD nacional y lujoso boxed internacional con las tres de la momia azteca.
7. Los tigres del ring (1957).
8. Santo contra las mujeres vampiro (1962). DVD en edición normal y conmemorativa.
9. Santo contra el espectro del estrangulador (1963). Disponible en DVD.
10. Santo contra la invasión de los marcianos (1966).
11. Santo y Blue Demon contra los monstruos (1969). Disponible en DVD.
12. Las momias de Guanajuato (1972). Disponible en DVD.
13. El misterio de las Bermudas (1977). Disponible en DVD Región 1.
14. La verdad de la lucha (1988). Disponible en DVD.
15. La leyenda de una máscara (1989). Disponible en DVD Región 1.
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Varias de las reseñadas por el experto forman parte de la programación de Mórbido. La última cerrará el festival. Así que es una buena excusa, entre muchas, para que se unan a la aventura.
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La estrategia de la máscara
José Xavier Návar
Aquellas aventuras filmadas con presupuestos irrisorios e historias tan ingenuas como delirantes lograron encumbrar a máscaras legendarias como las de Huracán Ramírez, que llegó a filmar cinco cintas; el Médico Asesino, que sumó tres apariciones; Blue Demon, que protagonizó nueve, más tres con el Plateado y una con el Profesor Zobeck. Mil Máscaras, que rodó 14 en plan estelar y otras cinco más en relevos australianos y, el más admirable de todo el género: El Santo con una filmografía de 54 películas, que ahora mismo descansan (a excepción del Multifaces, que todavía parece que tiene cuerda para andarse enfrentando a momias aztecas) en el Olimpo del Pancracio fílmico.
Como todo género, el Cine de Luchadores tuvo u nacimiento convulso a principios de los cincuenta en el eterno devenir entre el bien y el mal cotizando tanto a enmascarados que “actuaban” sin ser actores, como a histriones que “luchaban” sin casi saber qué era un candado asesino o unas patadas a la filomena. Pero que conste: la lucha se hacía y, desde entonces, ha habido de todo en el ring cinematográfico del señor, luego de saltar hace años de los estrenos en connotados cines de piojito a ser, todavía –y después de su paso por la televisión abierta- programación selecta y muy pedida de cable
Baste decir que uno de los platos fuertes –sino el que más- del canal “De Película” siguen siendo las películas de luchadores (sobre todo las de su llamada “Época de Oro” de los años cincuenta y sesenta) no obstante que muchas de ellas ya han alcanzado el conteo de las películas planas en DVD y, por consiguiente, su doble vida digital.
Luego de que el género que muchos dieron por muerto a consecuencia de agotamiento crónico a fines de los setenta, con la repetición del mismo soundtrack (el organito Lilt Ledy de la mayoría de las películas de El Santo que, dicho sea de paso, mantuvieron durante los años de crisis al cine mexicano, dándole trabajo al gremio) y los colores deslavados que sustituyeron al glorioso blanco y negro de las primeras películas, el Cine de Luchadores ha tenido el valor de seguir (aunque sea como un Frankenstein fuera de quirófano) hasta nuestros días.
Con una fauna de nuevos enmascarados (Octagón, Atlantis, Máscara Sangrada…) que, desde luego, no son de los tamaños ni de la estatura d la vida de El Santo (incluido su hijo y el junior de Blue Demon), se ha tratado de seguir el camino cinematográfico de muchas leyendas, que ya lo dieron todo, cuando el sentido común indica que es mejor volver atrás y comprobar que toda película de luchadores pasada fue mejor, con perdón hasta de los últimos intentos animados.
Por eso, aquí va una guía de algunas de las cumbres más sobresalientes del cine de luchadores, todavía muy disfrutables y, algunas, canonizadas por méritos propios o, aún si ellos, en la memoria colectiva de los aficionados del género:
1. El enmascarado de plata (1952). Disponible en DVD.
2. La bestia magnífica (1952). Pasa regularmente en la televisión.
3. El luchador fenómeno (1952).Copia de la tele a DVD.
4. Huracán Ramírez (1952). Disponible en DVD.
5. Ladrón de cadáveres (1956). Se encuentra en DVD Región 1.
6. La maldición de la momia azteca (1957). En DVD nacional y lujoso boxed internacional con las tres de la momia azteca.
7. Los tigres del ring (1957).
8. Santo contra las mujeres vampiro (1962). DVD en edición normal y conmemorativa.
9. Santo contra el espectro del estrangulador (1963). Disponible en DVD.
10. Santo contra la invasión de los marcianos (1966).
11. Santo y Blue Demon contra los monstruos (1969). Disponible en DVD.
12. Las momias de Guanajuato (1972). Disponible en DVD.
13. El misterio de las Bermudas (1977). Disponible en DVD Región 1.
14. La verdad de la lucha (1988). Disponible en DVD.
15. La leyenda de una máscara (1989). Disponible en DVD Región 1.
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Varias de las reseñadas por el experto forman parte de la programación de Mórbido. La última cerrará el festival. Así que es una buena excusa, entre muchas, para que se unan a la aventura.
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