Los vampiros son
mi primer romance literario. Son el tema con que más me he vinculado a través
de cursos, conferencias y obras de teatro. Aunque he estudiado otras figuras,
no puedo resistir el llamado de la sangre. Eso comprueba el embrujo que ejerce
en casi todos los aficionados del horror. Hoy escribo de él nuevamente por el
avance –trailer le dicen hoy- de la teleserie que la cadena estadounidense NBC
estrenará en breve. El proyecto es protagonizado por el irlandés Jonathan Rhys Meyers, mejor conocido
por interpretar al Rey Enrique VIII
en el drama The Tudors. Curioso.
Ahora tiene el difícil reto de encarnar al Rey de los Vampiros con digitad y
eficiencia. Las imágenes trazan un vínculo con el personaje histórico que
inspiró en parte a Bram Stoker para concebir su creación más perdurable, el príncipe
Vlad III, conocido como Drácula, Hijo del Dragón, por los
honores conquistados por su padre. El proyecto, pese al deslumbrante
espectáculo visual que promete, provoca mis más grandes reservas. No por las
capacidades del estelar, pues creo que Rhys Meyers es un actor competente, sino
por la aportación que haría al mito. No digiero a un vampiro haciéndose pasar
por un inventor estadounidense para infiltrarse en la sociedad británica y de paso llevarle la energía eléctrica, para
comenzar. El eje será, como en el guión que escribió James V. Hart para Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992), una
historia de amor y reencarnaciones. Y aunque la estatura e incontables méritos
de la cinta que dirigió uno de los mejores cineastas vivos me hace pasar por
alto esta licencia, Drácula no es una historia de amor. La insistencia me alarma
por la proximidad al fenómeno Crepúsculo. Ya conoceremos el resultado. Lo único
incuestionable es la perdurabilidad del vampiro. Vean y juzguen.
Mostrando entradas con la etiqueta beneficio de la duda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta beneficio de la duda. Mostrar todas las entradas
jueves, 23 de mayo de 2013
sábado, 2 de julio de 2011
jueves, 30 de diciembre de 2010
Grandes pendientes 4. Dejé mi corazón en Nueva York.
Esto es lo último que escribo en este blog en este año agonizante.
No puedo disimular mi luto. Aún sigo acongojado por el final de La Ley y el Orden, la serie policíaca que seguí durante 20 años de mi vida. Las últimas semanas he visto con esperazas el inicio de la quinta integrante de la franquicia que inauguró: La Ley y el Orden: Los Ángeles. No sé si mi duelo no me ha permitido disfrutar los episodios con plenitud, o si no deja de recordarme otra serie que no me fascina, CSI:Miami, o si sus personajes no lograron cautivarme. La ciudad californiana de Los Ángeles es una locación atractiva, multicultural, llena de contrastes, deslumbrante. También lo fue para otros populares seriales televisivos, desde Dragnet –con el memorable Jack Webb como Joe Friday-, Columbo –con el inolvidable Peter Falk-, El cazador –con el antiguo astro del fútbol Fred Dryer como el Sgto. Rick Hunter- o El escudo –The shield, con Michael Chiklis-. Adicionalmente el Departamento de Policía de Los Ángeles, la tercera fuerza de su tipo más grande en la unión americana, es una corporación envuelta en todo tipo de controversias y escándalos por brutalidad, corrupción y prepotencia desde su fundación en 1853. James Ellroy sitúa es su seno la intriga de Los Ágeles al desnudo (L.A. Confidential, 1990), su novela transformada en una flamante película (Curtis Hanson, 1997). Por sólo citar un ejemplo, mencionaré en caso de Christine Collins, cuyo hijo Walter desapareció el 10 de marzo de 1928. Cuando los medios de comunicación exhibieron los pobres esfuerzos de la agrupación por localizarlo, ésta anunció con bombo y platillo su éxito. Christine pudo así abrazar a su hijo, pero no pudo esconder su asombro e impotencia. “Este no es mi hijo”, declaró angustiada. “Claro que lo es. Los niños… cambian. Lléveselo a casa y pruébelo por unos días”, le pidieron. No sabían que un depredador, Graham Stewart Northcott, estaba tras bambalinas. El caso es la base de la cinta El sustituto (2008), dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Angelina Jolie. Es también tema del programa 176 de Testigos del Crimen. Y no hablemos de Rodney King –el afroamericano golpeado por los guardianes del orden que protagoniza un incendiario video- o de O. J. Simpson –caso tratado en el programa 155 de Testigos del crimen-. Esto demuestra que La Ley y el Orden: Los Ángeles tiene mucha tela de dónde cortar.
Mi primera gran objeción: el detective titular Rex Winters (Skeet Ulrich, villano de Scream de Wes Craven), antiguo marine en el inicio de sus 40s, no alcanza las cotas de sus homólogos neoyorkinos Max Greevey (George Dzunza), Phil Cerreta (Paul Sorvino), Joe Fontana (Dennis Farina), Ed Green (Jesse L. Martin) y, sobre todos ellos, Lennie Briscoe (Jerry Orbach). Y no estoy a disgusto con su juventud –yo mismo trabajo en el medio a mis 37 años-, pues el detective Cyrus Lupo (Jeremy Sisto), el último protagonista de la serie matriz, es miembro de esta nueva generación de policías. Para ocupar el lugar de Winters, los productores debieron elegir un actor que proyectara más experiencia y carisma, o que tuviera un currículum sólido que lo hiciera meritorio del puesto. El actor William Petersen, que encarnara al criminalista Gil Grissom en CSI, interpretó al perfilador Will Graham en la primera versión de El Dragón Rojo (Sabueso, 1986, Michael Mann), con todo y su look a la Richard Dreyfuss. Luego están los sagaces fiscales Ricardo Morales y Jonah Dekker, encarnados por los eficientes actores hollywoodenses Alfred Molina –Diego Rivera y el Dr. Pulpo- y Terrence Howard –el amigo de Ironman en su primera aventura-, quienes pretenden dar a la serie un aire fresco e itinerante pero no logran crear un vínculo con el espectador, como sucedió con Jack McCoy (Sam Waterston) o Michael Cutter (Linus Roache). Luego está el aspecto que le da cohesión a la franquicia: su distintivo formato y tema musical. Hasta el tercer episodio incorporaron la narración inicial hecha por Steven Zirnkilton, “En el sistema judicial, el pueblo está representado por dos grupos distintos e igualmente importantes: la policía que investiga los delitos y los fiscales de distrito que procesan a los infractores. Estas son sus historias”. Y luego está la ausencia de una cortinilla de entrada, la cara del programa. Pero no todo es malo. Peter Coyote, quien interpreta al jefe de todos, el Fiscal Jerry Hardin, es una estupenda elección.
La otra noche, antes que el fin de año plagara de incontables repeticiones (los llaman maratones) el panorama televisivo, vi el primer episodio que me gustó. La combinación entre terrorismo y una inminente amenaza a la ciudad, nunca falla. Los realizadores tienen un gran reto enfrente. Emular el resultado de la serie que redefinió el género, un programa ejemplar, debe ser difícil. Sólo nos queda esperar y cultivar la paciencia.
No puedo disimular mi luto. Aún sigo acongojado por el final de La Ley y el Orden, la serie policíaca que seguí durante 20 años de mi vida. Las últimas semanas he visto con esperazas el inicio de la quinta integrante de la franquicia que inauguró: La Ley y el Orden: Los Ángeles. No sé si mi duelo no me ha permitido disfrutar los episodios con plenitud, o si no deja de recordarme otra serie que no me fascina, CSI:Miami, o si sus personajes no lograron cautivarme. La ciudad californiana de Los Ángeles es una locación atractiva, multicultural, llena de contrastes, deslumbrante. También lo fue para otros populares seriales televisivos, desde Dragnet –con el memorable Jack Webb como Joe Friday-, Columbo –con el inolvidable Peter Falk-, El cazador –con el antiguo astro del fútbol Fred Dryer como el Sgto. Rick Hunter- o El escudo –The shield, con Michael Chiklis-. Adicionalmente el Departamento de Policía de Los Ángeles, la tercera fuerza de su tipo más grande en la unión americana, es una corporación envuelta en todo tipo de controversias y escándalos por brutalidad, corrupción y prepotencia desde su fundación en 1853. James Ellroy sitúa es su seno la intriga de Los Ágeles al desnudo (L.A. Confidential, 1990), su novela transformada en una flamante película (Curtis Hanson, 1997). Por sólo citar un ejemplo, mencionaré en caso de Christine Collins, cuyo hijo Walter desapareció el 10 de marzo de 1928. Cuando los medios de comunicación exhibieron los pobres esfuerzos de la agrupación por localizarlo, ésta anunció con bombo y platillo su éxito. Christine pudo así abrazar a su hijo, pero no pudo esconder su asombro e impotencia. “Este no es mi hijo”, declaró angustiada. “Claro que lo es. Los niños… cambian. Lléveselo a casa y pruébelo por unos días”, le pidieron. No sabían que un depredador, Graham Stewart Northcott, estaba tras bambalinas. El caso es la base de la cinta El sustituto (2008), dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Angelina Jolie. Es también tema del programa 176 de Testigos del Crimen. Y no hablemos de Rodney King –el afroamericano golpeado por los guardianes del orden que protagoniza un incendiario video- o de O. J. Simpson –caso tratado en el programa 155 de Testigos del crimen-. Esto demuestra que La Ley y el Orden: Los Ángeles tiene mucha tela de dónde cortar.
Mi primera gran objeción: el detective titular Rex Winters (Skeet Ulrich, villano de Scream de Wes Craven), antiguo marine en el inicio de sus 40s, no alcanza las cotas de sus homólogos neoyorkinos Max Greevey (George Dzunza), Phil Cerreta (Paul Sorvino), Joe Fontana (Dennis Farina), Ed Green (Jesse L. Martin) y, sobre todos ellos, Lennie Briscoe (Jerry Orbach). Y no estoy a disgusto con su juventud –yo mismo trabajo en el medio a mis 37 años-, pues el detective Cyrus Lupo (Jeremy Sisto), el último protagonista de la serie matriz, es miembro de esta nueva generación de policías. Para ocupar el lugar de Winters, los productores debieron elegir un actor que proyectara más experiencia y carisma, o que tuviera un currículum sólido que lo hiciera meritorio del puesto. El actor William Petersen, que encarnara al criminalista Gil Grissom en CSI, interpretó al perfilador Will Graham en la primera versión de El Dragón Rojo (Sabueso, 1986, Michael Mann), con todo y su look a la Richard Dreyfuss. Luego están los sagaces fiscales Ricardo Morales y Jonah Dekker, encarnados por los eficientes actores hollywoodenses Alfred Molina –Diego Rivera y el Dr. Pulpo- y Terrence Howard –el amigo de Ironman en su primera aventura-, quienes pretenden dar a la serie un aire fresco e itinerante pero no logran crear un vínculo con el espectador, como sucedió con Jack McCoy (Sam Waterston) o Michael Cutter (Linus Roache). Luego está el aspecto que le da cohesión a la franquicia: su distintivo formato y tema musical. Hasta el tercer episodio incorporaron la narración inicial hecha por Steven Zirnkilton, “En el sistema judicial, el pueblo está representado por dos grupos distintos e igualmente importantes: la policía que investiga los delitos y los fiscales de distrito que procesan a los infractores. Estas son sus historias”. Y luego está la ausencia de una cortinilla de entrada, la cara del programa. Pero no todo es malo. Peter Coyote, quien interpreta al jefe de todos, el Fiscal Jerry Hardin, es una estupenda elección.
La otra noche, antes que el fin de año plagara de incontables repeticiones (los llaman maratones) el panorama televisivo, vi el primer episodio que me gustó. La combinación entre terrorismo y una inminente amenaza a la ciudad, nunca falla. Los realizadores tienen un gran reto enfrente. Emular el resultado de la serie que redefinió el género, un programa ejemplar, debe ser difícil. Sólo nos queda esperar y cultivar la paciencia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)