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domingo, 2 de febrero de 2014

Frankenstein, héroe de acción

Pensaba derramar melcocha sanguinolenta las siguientes semanas, pero hago una pausa apremiante. Ahora que lo pienso, nunca he escrito en este blog –a plenitud- sobre Frankenstein, la novela indispensable que escribió en 1816 una jovencita inglesa de 17 años llamada Mary Wollstonecraft Godwin, conocida tras sus nupcias como Mary Shelley. He analizado a detalle el tema en otros espacios, como uno muy reciente en la Universidad Nacional. Dudo mucho que ella imaginara las dimensiones que su creación alcanzaría, un relato imperecedero con lecturas inagotables. “Es más una novela filosófica que fantacientífica”, piensa el comunicólogo español Román Gubern. Isaac Asimov, el admirado autor de Yo, robot, está de acuerdo con él y añade que “lo importante es que se trata del primer cuento en el que la vida se crea sin intervención divina, únicamente por medios materiales”. Vicente Quirarte asegura que “en tiempos de estudios de género, clonación e ingeniería genética, la novela de Mary Shelley dista de ser una ficción para el consumo efímero”. Esto es muy cierto. Desde su publicación en los primeros días de 1818, Frankenstein nunca ha estado fuera de circulación y se ha traducido a prácticamente todos los idiomas. Más allá, ha sido adaptada a todos los medios creados por el hombre: teatro, cine, historieta, series de televisión, Internet y videojuegos.
Precisamente la más reciente que nos ha entregado el séptimo arte es Yo, Frankenstein (2014), segundo largometraje del australiano Stuart Beattie, quien además es responsable del guión (también escribió los de Piratas del Caribe: la Maldición del Perla Negra, Colateral, 30 días de noche y G. I. Joe: el origen de Cobra). Se basa en la novela gráfica homónima de Kevin Grevioux. El caso de éste último es curioso. Es más recordado por interpretar a Raze, el enorme y fiero Lycan –el incondicional de Lucian- en Inframundo (Len Wiseman, 2003) e Inframundo: La rebelión de los Lycan (Patrick Tatopoulos, 2009) y es responsable de la idea original propició la saga. Desconocía su vasto currículum académico, su gran labor en el mundo de los cómics y que realizó el primer libreto del filme del que hoy hablo.
La película no pretende explorar –ni alcanzar- la profundidad ética, científica y moral de la obra que la inspira. Es un entretenimiento simple y llano, un espectáculo visual lleno de piruetas y combates que captura al espectador desde el inicio. Tras una versión muy libre del desenlace de la historia que conocemos, la Criatura (Aaron Eckhart) entierra el cadáver de su irresponsable padre (Aden Young), cuando un par de demonios pretenden capturarlo por órdenes de su superior. Acuden a su rescate Ophir (Caitlin Stasey) y Keziah (Mahesh Jadu), dos guerreros de la bondadosa y milenaria Orden de las Gárgolas, y lo llevan a una enorme Catedral –en una ciudad sin nombre- ante su Reina Leonore (Miranda Otto), quien prefiere llamarlo Adam, como el primer hombre según la creencia más difundida. Doscientos años después, los demonios reactivan sus planes. El malvadísimo Príncipe Naberius (Bill Nighy) y su malencarado guarura Dekar (el propio Grevioux), a través de su infame empresa y la inocente científica Terra (Yvonne Strahovski) pretenden duplicar los descubrimientos de Víctor Frankenstein, plasmados en un diario que no deja de recordarme el que Mel Brooks nos mostró en 1974 en El joven Frankenstein: “Cómo lo hice. Por Víctor Frankenstein”.
La combinación de gárgolas, demonios y ciencia parece difícil de asimilar. Pero como dije, la cinta no admite academicismos. Tampoco omite homenajes (“¡Está vivo! ¡Está vivo!”) e imágenes que remiten inmediatamente a las cintas de Inframundo, en una urbe donde estruendosas batallas pasan completamente desapercibidas. Y además, Beattie busca la excusa para mostrar el musculoso torso desnudo del protagonista, que incluso le valió la portada de la revista especializada Muscle and Fitness eso sí, lleno de cicatrices. Y finaliza con el obligado discurso heroico en la azotea de un edificio, con la Criatura asumiendo su nueva cruzada y el nombre por el que la conocemos y que, con justicia, le pertenece.

Dicho esto, considerando sus antecedentes, no me parece difícil que Frankenstein cruce su camino con el de la vampira Selene (Kate Beckinsale) de Inframundo. Si esto ocurre, la idea vino de aquí y merezco regalías por ello.

lunes, 29 de julio de 2013

Las cabezas rodando se encuentran

Conocí el cuento La leyenda de Sleepy hollow (1820), del estadounidense Wasington Irving, muchos años después de maravillarme con su adaptación animada, cortesía de los estudios Walt Disney contenida en el díptico Las aventuras de Ichabod y Mr. Toad (James Algar, 1949). La historia hacía alarde del estupendo doblaje de Germán Valdés, Tin-Tán. Su advertencia, cantada originamente por Bing Crosby, ocupó mis temores infantiles: “En la noche de difuntos no hay que andar, ni hay que salir a caminar, fantasmas hay que nos dan horror, pero el Sin Cabeza es el peor”. La imagen del humilde, enamoradizo y comelón pedagogo Ichabod Crane cabalgando por su vida perseguido por el infernal jinete decapitado, es una de las más indelebles de mi memoria. Releer el relato y ver el cortometraje es un rito obligado de mis celebraciones mortuorias. El texto, presentado como un documento “encontrado entre los papeles del difunto Diedrick Knickerbocker”, tiene la verosimilitud del relato oral desde su mismo inicio. Nos ofrece una descripción, con precisión geográfica, del lugar donde habita su protagonista, el pueblo de Sleepy hollow a la orilla del Río Hudson. Como nos dijo el autor, Ichabod, oriundo de Connecticut, era “alto, pero considerablemente flaco, con hombros estrechos, largos brazos y piernas, manos que sobresalían una legua de sus mangas y pies que habrían podido servir de palas, y todas las partes de su cuerpo parecían haber sido unidas apresuradamente y de manera tanto precaria. Tenía la cabeza pequeña y más bien pana por arria, con unas orejas enormes, grandes ojos verdes un tanto vidriosos y una larga nariz guileña que, encaramada sobre su largo cuello, parecía una veleta siempre lista para indicar la dirección del viento”. En el otro extremo se encuentra el fantasmal Jinete sin cabeza, conocido también como “el Hesiano galopante”, espanto local que acosa la imaginación colectiva de los habitantes y es una de sus narraciones predilectas. Me sumo a todos ellos. Ahora que lo pienso, no sé por qué no he escrito con abundancia de él.
Tim Burton, cineasta dueño de mi admiración, dedicó en 1999 su octavo largometraje a la historia de Irving. Es una película impecable, visualmente espléndida, con una lóbrega fotografía de nuestro paisano Emmanuel Lubeski y un aspecto que rinde homenaje a las películas de la casa británica Hammer. La briosa partitura de Danny Elfman, la formidable puesta en escena de Rick Heinrichs y el fastuoso vestuario de Colleen Atwood están al servicio del inteligente guión de Andrew Kevin Walker, todo orquestado con gran destreza por Burton. Su acertado reparto se encuentra entre sus fortalezas, con Johnny Depp a la cabeza –en su tercera colaboración con Burton- que encarna a un Ichabod Crane muy distinto a su original. Y ese es uno de mis aspectos favoritos. De ser un miedoso maestro de escuela –sigue siendo miedoso-, se convirtió en un agente de la Policía de Nueva York (un “Condestable”). Su filosofía de trabajo sirve de ejemplo en mis clases de Criminalística, sobre todo porque representa el cambio del pensamiento del investigador de los delitos en la transición de un milenio (del siglo XVIII al XIX): “¿Cómo sabemos si no lo mataron antes de arrojarlo al agua?”, “¿soy el único que piensa que para resolver los delitos debemos utilizar la ciencia?” o “nunca deben mover el cadáver”. Su maletín de instrumentos para estudiar la escena de un crimen, con sus gafas de aumento y reactivos químicos, es alucinante.
Pero regreso al elenco. A Depp le acompañan Christina Ricci como la bella Katrina Van Tassel, Casper Van Dien como el bruto Brom Van Brunt, Michael Gambon como el cacique Baltus Van Tassel, Jeffrey Jones como el Reverendo Steenwyck, Richard Griffiths –el tío de Harry Potter- como el magistrado Philipse, Ian McDiarmid –el malvado Emperador de la Guerra de las Galaxias - como el Dr. Lancaster, Michael Gough –el Jonathan Harker de El horror de Drácula- como el notario Hardenbrook, Miranda Richardson como la nueva señora Van Tassel y Christopher Walken como el Jinete –con cabeza-. Todos forman parte de una conspiración sobrenatural de ambición y venganza. Coloco en un lugar especial las breves pero significativas apariciones de Martin Landau –el laureado Bela Lugosi de Ed Wood- como la segunda víctima del Jinete y de Sir Christopher Lee –en su primera colaboración con Burton- como el Juez que envía a Crane a investigar esos crímenes brutales y “llevar al responsable para enfrentar su buena Justicia”. Colocado por delante de una muy estadounidense águila en el tribunal, sus alas desplegadas hacen lucir a Lee como el gran vampiro que es. Y los momentos donde aparece el Jinete son espectaculares. Encarnado por el artemarcialista Ray Park –el Darth Maul del Episodio I de la Guerra de las Galaxias-, la producción tomó la decisión acerada de eliminar su cabeza digitalmente en lugar de la opción económica de emplear un efecto físico que siempre resultaría falso. El espíritu malvado es ágil con la espada y el hacha, y no hace distinciones en su matanza. Incluso se embolsa la cabeza de un niño. La sangre, espesa y de un color rojo vibrante, corre a raudales.
Las obsesiones de Burton están muy presentes, desde su característico espantapájaros –que no es otro que Jack Skellington-, su enjaulado cardenal –como en Batman inicia-, su doncella de hierro, la actuación especial de su entonces pareja Lisa Marie –a quien vimos en Ed Wood, Marcianos al ataque y El planeta de los simios- y el molino de viento de la escena final, que no sólo apareció en Frankestein (James Whale, 1931), Las novias de Drácula (Terence Fisher, 1960) y su propia Frankenweenie (1984 y 2012). Ese árbol torcido y siniestro, “el portal entre dos mundos”, es majestuoso.

El Jinete sin cabeza se niega a morir. Es visitado continuamente en el cómic, la literatura y la cultura musical. Lo enfrentaron Kolchack, el cazador nocturno y Los verdaderos Cazafantasmas. Ahora pretende revivir en la televisión gracias a los oficios de Alex Kurtzman y Roberto Orci, dupla de escritores de la que platicado en este espacio. Sus avances, visual y técnicamente prometedores, no dejan de plantearme dudas. En ellos enfrenta a dos oficiales de policía de nuestro tiempo. ¿Podrá el Jinete reiniciar su carrera en este milenio? Esa es una duda que nos hace a muchos perder la cabeza.

martes, 9 de julio de 2013

Madre sólo hay una*

En distintos espacios he declarado mi fascinación por Psicosis, la obra maestra que Alfred Hitchcock dirigió en 1960 a partir de un guión de Joseph Stefano y de la estupenda novela de Robert Bloch, estelarizada por un ensamble actoral preciso: Janet Leigh, Vera Miles, John Gavin, Martin Balsam y, sobre todos, su soberbio estelar Anthony Perkins que personifica al desquiciado Norman Bates, figura fundadora de los asesinos slasher. Todos los elogios que pueda dedicarle son pocos. Sobre los detalles de su filmación, con pretexto de su 50 aniversario, dimos cuenta  en la versión podcast de Horroris causa. Muy recomendable es la lectura de Alfred Hitchcock and the making of Psycho (St. Martin's Griffin, 1990) de Stephen Rebello, libro que recientemente fue la base del biopic Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012). Pero no nos distraigamos. La figura del protagonista de Psicosis, pese a ser completamente diferente según lo imaginó Bloch, está indeleblemente ligada a la cándida y encantadora presencia de Perkins, cosa que el Mago del Suspenso utilizó intencionalmente en su favor para desconcertar a la audiencia. Norman Bates ha demostrado tener muchas vidas en el cine, la televisión y el imaginario popular. Hoy hablaré de una más de ellas.
Bates motel, la nueva serie desarrollada para la televisión estadounidense por Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano, se desprende directamente de la cinta de Hitchock. En algún punto entre la precuela y el reboot nos presenta de una muy buena manera los años formativos del adolescente Norman Bates (Freddie Highmore) y su relación con madre Norma (Vera Farmiga). Al primero lo conocimos como un tierno niño en Descubriendo el país de Nunca Jamás (Marc Foster, 2004) y Charlie y la fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005); a Farmiga como una víctima checa en 15 minutos (John Herzfeld, 2001) o como la psicóloga de Los infiltrados (Martin Scorsese, 2006). La pareja responde una pregunta que si bien Bloch aclaró en la parte final de su novela no deja de ser inquietante: ¿cómo inició todo? Tras la muerte de su padre, Norman y su madre emigran en busca de un nuevo comienzo en el pueblo ficticio de White Pine Bay, Oregon (a diferencia del Fairvale, California, de la película), una pacífica comunidad costera. Con la herencia, Norma compra una desvencijada casona que tiene un motel adjunto (idénticos a los de la cinta). Norman es un joven normal, con los impulsos comunes en un chico de su edad. Se siente atraído por sus compañeras de escuela y se comunica con ellas a través de mensajes de texto. Ahí entra su madre. Ya sus nombres anticipan todo, Norma y Norman. Su amor asfixiante y enfermizo comienza a manifestarse como una forma de manipulación que nos ofrecerá a uno de los psicópatas más famosos de la ficción. Aunque la historia se desarrolla en nuestros días, existen reminiscencias visuales que evocan a la época plasmada en el libro y la película.
Vale la pena mencionar que la idea ya había sido explotada en el muy competente telefilme Psicosis 4: el inicio (Mick Garris, 1990). Preocupado por su futuro legado y a punto de reiniciar su carrera homicida, un maduro Norman Bates (Anthony Perkins nuevamente) habla a un programa radiofónico nocturno donde discuten el tema del matricidio y revela –bajo un seudónimo- su atormentada adolescencia –en flashbacks-, donde Henry Thomas –el otrora Elliott de E. T. El extraterrestre- lo encarna con gran corrección. El papel de su madre corresponde a Olivia Hussey, coestrella del galardonado filme Romeo y Julieta (1968) de Franco Zeffirelli.
Y sobre el proyecto que hoy nos ocupa, un producto homónimo de 1987 –estrenado como una película para televisión- intentó convertirse en un programa donde un compañero de cautiverio (Bud Cort) de Norman Bates hereda el infame hostal tras la muerte de su dueño. Curiosidad prescindible.
No digo más sobre el nuevo Bates motel. Sea usted el que juzgue. El primer episodio nos presenta un programa prometedor, impecablemente realizado, elogiado por la crítica y muy en deuda con la euforia por otros asesinos en serie como Dexter Morgan o Hannibal Lecter. Veamos si sigue su ejemplo.

*Texto aparecido en la página web de Mórbido

jueves, 23 de mayo de 2013

Vampiros en la televisión contemporánea

Los vampiros son mi primer romance literario. Son el tema con que más me he vinculado a través de cursos, conferencias y obras de teatro. Aunque he estudiado otras figuras, no puedo resistir el llamado de la sangre. Eso comprueba el embrujo que ejerce en casi todos los aficionados del horror. Hoy escribo de él nuevamente por el avance –trailer le dicen hoy- de la teleserie que la cadena estadounidense NBC estrenará en breve. El proyecto es protagonizado por el irlandés Jonathan Rhys Meyers, mejor conocido por interpretar al Rey Enrique VIII en el drama The Tudors. Curioso. Ahora tiene el difícil reto de encarnar al Rey de los Vampiros con digitad y eficiencia. Las imágenes trazan un vínculo con el personaje histórico que inspiró en parte a Bram Stoker para concebir su creación más perdurable, el príncipe Vlad III, conocido como Drácula, Hijo del Dragón, por los honores conquistados por su padre. El proyecto, pese al deslumbrante espectáculo visual que promete, provoca mis más grandes reservas. No por las capacidades del estelar, pues creo que Rhys Meyers es un actor competente, sino por la aportación que haría al mito. No digiero a un vampiro haciéndose pasar por un inventor estadounidense para infiltrarse en la sociedad británica y de paso llevarle la energía eléctrica, para comenzar. El eje será, como en el guión que escribió James V. Hart para Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992), una historia de amor y reencarnaciones. Y aunque la estatura e incontables méritos de la cinta que dirigió uno de los mejores cineastas vivos me hace pasar por alto esta licencia, Drácula no es una historia de amor. La insistencia me alarma por la proximidad al fenómeno Crepúsculo. Ya conoceremos el resultado. Lo único incuestionable es la perdurabilidad del vampiro. Vean y juzguen. 


jueves, 11 de abril de 2013

Cuando el Diablo nos alcance (2)


Los remakes me provocan sentimientos encontrados, y la mayor parte de ellos los he discutido en este espacio. “Cada generación tiene el derecho a reinventar a sus clásicos”, digo con frecuencia. Pero el que se aventure a intentarlo debe ofrecer un resultado propositivo que se acerque al valor emotivo de la película que lo inspira. Cuando me reencuentro con Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985) deseo siempre que nunca se atrevan a hacer una nueva versión. No al menos como se rumoró en un momento, con la pop star Zack Efron como Marty McFly, papel con el que sólo puedo asociar al entrañable Michael J. Fox. Son infames, aborrecibles, cuando son irrespetuosos del material del cual proceden, son producidos por falta de creatividad o vil voracidad mercantilista. En algunos pocos casos –dignos de reconocimiento- el resultado, si bien no se equipara a la cinta original, no es decepcionante. Llega a ser incluso muy disfrutable.
Así me sucedió con Posesión infernal (2013), reelaboración de la película de culto Evil dead (1981), producida por el trinomio responsable de la primera versión: Sam Raimi (director y guionista), Bruce Campbell (protagonista) y Robert G. Tapert (productor). Ese puro hecho es prometedor. La dirigió y co escribió el uruguayo Fede Álvarez –junto con Rodo Sayagues- con la ayuda –sin crédito- de la galardonada guionista Diablo Cody. Las referencias son oportunas en este momento. Álvarez fue aplaudido por su cortometraje Ataque de pánico (2009); Cody ostenta como mejor tarjeta de presentación su trabajo en Juno (Jason Reitman, 2009). El director ha declarado que no debe considerarse necesariamente un remake, pues él la visualiza como otra historia dentro del universo creado por Raimi.
La opiómana Mia (Jane Levy) es llevada a una apartada cabaña en el bosque por su hermano David (Shiloh Fernandez) y sus amigos Eric (Lou Taylor Pucci) y la enfermera Olivia (Jessica Lucas) para ayudarla en su desintoxicación. Los acompaña Natalie (Elizabeth Blackmore), novia de David, y Abuelo, el perro de la familia.  Los sentidos de Mia, aguzados por la abstinencia, los llevan a detectar gatos muertos colgados en el sótano. Ahí encuentran también un envoltorio inquietante, asegurado con alambre de púas, que contiene el Naturom Demonto, libro maldito del que ya he hablado –convenientemente, seguro que por cuestiones de derechos, ha dejado de llamársele Necronioomicón-. Cuando Eric lee pasajes en voz alta, se desata el horror. 
Sigue un festín sanguinolento, más aún que la cinta de 1981, donde se deja ver la buena mano de Álvarez, una fotografía lóbrega de Aaron Morton, una correcta puesta en escena de Robert Gillies y una poderosa partitura de Roque Baños. Todo rinde tributo al estilo visual de Raimi, desde la cámara que viaja por el bosque a sus acercamientos frenéticos. El director ofrece una buena dosis de golpes, puñaladas, clavos y desmembramientos que dejarán satisfechos al diletante más exigente del cine gore. Dejemos a un lado las preguntas racionales. ¿Sería capaz una persona, luego de ser golpeada, apuñalada, atacada por una pistola que dispara clavos y que ha perdido mucha sangre, de ponerse de pie para defender a su amigo? El buen slasher –el horror en general- exige nuestra complicidad para pasar por alto esos detalles.
Hay también espacio para guiños al conocedor, como el protagonista con talento pictórico, el reloj de pie, la escena de la violación que comete el bosque, la aparición del Delta 88 Oldsmobile modelo 1973 de Ash (Campbell), automóvil de la juventud de Raimi y constante en todas sus películas –podemos verlo en Darkman (1990) o lo conduce el tío Ben (Cliff Robertson) en El hombre araña (2002), por sólo citar dos casos-, la clásica motosierra –y su hermana menor, un cuchillo eléctrico- o frases memorables, como el “vamos a atraparte” –que aparece sólo en los avances- o “puedo oler tu alma asquerosa”. Hay pequeños grandes premios para el que resista los créditos finales, como la grabación del Profesor Knowby (Bob Dorian) de la película de 1981 o la breve presencia de Bruce Campbell, exclamando su ya clásica línea “Groovy”.
Aunque Raimi ya ha confirmado una cuarta entrega de la serie, una secuela de El ejército de las tinieblas (1992), no se ha descartado que los caminos de Ash y Mia se unan. Eso sería deseable.
Y finalizo con mi dilema inicial. Abrazaré la posibilidad de un remake de Volver al futuro siempre y cuando trate con dignidad a su original y sea capaz de maravillarme como sigue haciendo hasta ahora. Ese es un reto mayor pues, como la original Evil dead, su estatura es inalcanzable.

miércoles, 23 de enero de 2013

Porque recordar es volver a vivir (grandes pendientes del 2012 parte 2)


A principios de los noventas conocí, gracias a mi querido amigo y mentor Ricardo Bernal, una obra más de Phillip Kindred Dick, el popular autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), la maravillosa novela que inspiró Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Ricardo no sólo es una de las personas que más sabe de ciencia ficción que conozco –y de otros temas relacionados con el horror y la fantasía-, sino uno de los mayores conocedores de la obra del escritor norteamericano. También incluyó el relato en una maravillosa antología titulada Cuentos de ciencia ficción (Alfaguara, 1997). Sobre él escribió en su prólogo: “Por último, y para cerrar con broche de oro, Lo recordaremos por usted perfectamente de Phillip K. Dick, quien a partir de su muerte en 1982 se ha convertido en un autor de culto, a tal grado, que algunos críticos lo han llegado a considerar como el mejor escritor norteamericano del siglo XX. El insólito argumento de este cuento sirvió de base para el guión de la película El vengador del futuro (Total recall), aunque claro, el original supera con creces a la película”. Y es cierto. El relato es estupendo, contundente, en mi humilde opinión uno de los mejores de Dick. En la narración, en un futuro no distante en la ciudad de Chicago, el apocado empleado de migración Douglas Quail acariciaba el deseo de visitar Marte, planeta con el que soñaba constantemente. Al no tener los recursos para materializar el viaje, acudía a Recuerda, S.A. para que implantaran en su memoria la experiencia, con resultados inesperados. Sobre esta base, Ronald Shusett, Dan O´Bannon y Gary Goldman (los dos primeros mejor recordados por su trabajo en Alien de Ridley Scott y el segundo por adaptar al propio Dick en Minority report: sentencia previa de Steven Spielberg y Next, el vidente de Lee Tamahori) escribieron la ya mencionada El vengador del futuro, dirigida en 1990 por el holandés Paul Verhoeven, muy reputado en aquellos días por esa joya llamada Robocop (1987). La cinta era un vehículo para el lucimiento del fortachón Arnold Schwarzenegger, quien pese a sus limitadas capacidades actorales encajaba a la perfección para el papel de un obrero de la construcción que llevaba una vida que no era la suya. Si bien se alejaba –como muchas cintas- de su fuente de procedencia,  la buena mano del director, los logrados efectos visuales de Rob Bottin, la briosa partitura de Jerry Goldsmith y su competente reparto (Rachel Ticotin, Sharon Stone, Michael Ironside y Ronny Cox) la convirtieron en un éxito de taquilla bien recibido por la crítica especializada. El joven que fui y con el que mantengo un diálogo constante la disfrutó enormemente. Hace muy poco que me reencontré con la película volví a disfrutarla. Esto fue con el pretexto del estreno de su inevitable remake, a cargo ahora del buen artesano del cine de acción Len Wiseman y protagonizada por el irlandés Colin Farrel.
La cinta no fue en absoluto una decepción. Más que una nueva adaptación del cuento de Dick, el guión de Jon Povill y Kurt Wimmer toma la historia planteada por Sushett y O´Bannon con algunos cambios notables: la trama se desarrolla ahora en la Tierra, y no parcialmente en Marte como su predecesora. A finales del siglo XXI el planeta, asolado por guerras químicas, divide a la población superviviente en dos territorios, la Federación Unida de Britania y la Colonia, ubicada en el territorio que solía ocupar Australia. Para asegurar su supervivencia y realizar sus labores, obreros debían atravesar el globo terráqueo todos los días en un transporte conocido como La Caída. En este contexto el obrero Douglas Quaid (Farrell) tiene extraños sueños que su esposa Lori (Kate Beckinsale) trata de minimizar. Pero nada es lo que parece. Una visita a la empresa Rekall y la aparición de la bella Melina (Jessica Biel) se encargan de revelarle a su “otro yo” Carl Hauser, brazo derecho del malvado canciller Cohagen (Bryan Cranston, el papá de Malcolm el de en medio) convertido en parte de la resistencia contra una sociedad totalitaria liderada por Matthias (Bill Nighy). El vertiginoso espectáculo que sigue, plagado de persecuciones, peleas y tiroteos está diseñado para empalmar con la estética de otras adaptaciones al cine de relatos de Dick, desde las ya mencionadas Blade Runner y Minority report, a otros clásicos de la ciencia ficción como la reciente versión de Yo, Robot (Alex Proyas, 2004), con sus soldados artificiales. Aunque como dije prescinde de elementos de su antecesora, como el taxista robótico Johnny Cab, el líder insurgente marciano Kuato (Marshall Bell), la intención de ocultar ese gigantesco dispositivo para dar al planeta rojo una atmósfera y la ya inolvidable persecución en la glorieta del Metro Insurgentes –los de mi edad saben que se rodó en México-, conserva detalles que todos conocemos bien, como esa mujer obesa y pelirroja en la aduana, la prostituta mutante con tres senos, o el dispositivo de localización en el cuerpo del héroe, ahora transformado en teléfono celular implantado en la palma de su mano. El resultado es satisfactorio. Quizá innecesario, pero satisfactorio. 

viernes, 31 de agosto de 2012

Abominable eternidad

"¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado? Sus miembros estaban bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos. ¡Hermosos! ¡Santo cielo! Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios". Mary Shelley. Frankenstein (1818).

miércoles, 11 de abril de 2012

Las sempiternas ratas

La terrorífica experiencia del descendiente de la familia Delapore (del que nunca conocemos su nombre) en su vetusta heredad Exham Priory, en Inglaterra, da cuerpo a uno de los mejores relatos de Howard Phillips Lovecraft, Las ratas en las paredes (1924). Es un cuento que, aunque conozcas previamente, siempre tiene la capacidad de arrancar escalofríos. Se renueva con cada reencuentro. El español Carles Torrens, director de la ingeniosísima Emergo (2010) la coloca dentro de sus cinco relatos favoritos del autor. Y es por algo. Sin duda su efecto se debe al temor primigenio de muchas personas por los roedores, “las escurridizas e insaciables ratas con su continuo ajetreo que no me deja conciliar el sueño”. Uno de los mejores cuentos de Cthulhu, una celebración a los mitos (Valdemar 2001), Jerusalem´s Lot de Stephen King, es un declarado homenaje. Más que una continuación, el autor traslada el horror primigenio a su natal Maine de la forma más eficaz.
Releí ambas historias la semana pasada que gracias a mis queridos amigos Samantha Patiño y Guillermo Benítez me encontré con No temas a la oscuridad (Troy Nixey, 2011) una competente película cuyo mayor mérito radica en el guión de Guillermo del Toro y Matthew Robbins. La dupla tomó una venerada película televisiva (Don't Be Afraid of the Dark, John Newland, 1973) y la trasladó al universo del tapatío –tan en deuda con el del estadounidense-, con inevitables referencias a Arthur Machen y Algernon Blackwood, maestros de ambos.
La historia es ya familiar, pero no deja de atraernos (o al menos así me pasa). El restaurador Alex Hirst (Guy Pearce) y su pareja Kim (Katie Holmes) compran y se mudan a la abandonada mansión Blackwood –primer homenaje- en Providence, Rhode Island –segundo homenaje-. Sobre el lugar pesa una infame memoria, relacionada con los terribles eventos que rodearon la desaparición de su dueño el pintor Emerson Blackwood (Garry McDonald) y su hijo. Con la pareja llega a vivir la pequeña Sally (Bailee Madison), hija del primero, presa de la separación de sus padres bajo tratamiento para la depresión. La niña, detentora de una imaginación desbordada y víctima propicia para los terribles seres que habitan en el subsuelo y las paredes de la edificación, no deja de guardar similitudes con Ofelia (Ivana Baqueiro), la protagonista de El laberinto del fauno (2006). Ambas enfrentan la pérdida, circunstancias terribles para todo infante. Inquietantes llamados, descubrimientos terribles (esos dientes en la chimenea), encuentros peligrosos (el del pobre trabajador) y revelaciones fatales anuncian a los verdaderos protagonistas de la historia, esa horda de pequeñas criaturas que están a medio camino entre las imaginadas por Lovecraft y las hadas de los dientes de Guillermo del Toro (Hellboy II, el Ejército Dorado, 2008).
La presencia de Katie Holmes -la objeción que muchos pueden hacer- es compensada por el espectáculo visual, porque nadie cuestiona su incapacidad actoral y que su papel pudo interpretarlo mejor cualquier actriz de mediano talento. Y aunque Del Toro coescribió el guión, tiene un entrañable lazo con su fuente de procedencia (la película televisiva), dio su consejo constante al director y –como su maestro Alfred Hitchcock- tiene una fugaz aparición, resulta curioso que no se haya animado a dirigirla. Creo que hizo bien, porque aunque la factura de la cinta es impecable el tapatío está destinado a proyectos más ambiciosos. Puede darse ya el lujo de endosar su buen nombre a otros proyectos. “Guillermo del Toro presenta” es ya un sello de calidad. 

miércoles, 8 de febrero de 2012

Julio Verne entre nosotros

Julio Verne entre nosotros

Vicente Quirarte


La primera vez que tuve conocimiento de la novela de Julio Verne Un drame au Mexique fue gracias a las pasiones de mi amigo Frédéric-Yves Jeannet. Nacido en Francia como Verne –aquél en Grenoble, éste en Nantes-, Frédéric ejerció desde muy joven el oficio de explorador del mundo, cristalizado en su primer libro, Lejos de ninguna parte. Como Phileas Fogg, esa pasión viajera lo condujo a encontrarse con la mujer de su vida, en México, y de manera más precisa, en Cuernavaca. A esa ciudad dirigió sus miras desde que devoró las páginas de Under the Volcano, la obra maestra donde Malcolm Lowry hace de Cuanáhuac un obligado sitio de peregrinación para los devotos de la geografía literaria. En las páginas de Lowry, Frédéric hizo un viaje virtual a Cuernavaca. Exploró sus cañadas, su magia, sus cantinas que son simbólica y concretamente, el umbral del paraíso y del infierno. Y fue en Cuernavaca, en la casa distante que allí han construido Frédéric, Angélica y mi ahijado Juan Ángel, donde conocí el texto que ahora Leslie Alger ha traducido y editado a partir de su edición original. Tuve la fortuna de leer la novelita en la reproducción facsimilar que los siempre sabios franceses han hecho de los Voyages Extraordinaires editados por Jules Hetzel, en los cuales se reproducen además las encuadernaciones originales, con sus flamantes rojos y dorados y sus ilustraciones en relieve. Me sorprendió como a muchos que Verne hubiera situado su narración en México, sin haber estado nunca en nuestro país, del mismo modo en que nos alucinaba encontrar aquellas líneas de otro devoto lector de Verne, Arthur Rimbaud, en unas líneas de su poema “Enfance”, perteneciente a las Illuminations: “Este ídolo, ojos negros y crin amarilla, sin padres ni corte, más noble que la fábula, mexicano y flamenco”.
Ahora, gracias a la investigación de Leslie Alger, sabemos que Un drama en México se llamó originalmente Los primeros navíos mexicanos, y que además de estar situada en nuestro país e incluir desde el título su nombre, fue propiamente su primera novela publicada, en 1851. El circuito de ese viaje nunca realizado pero siempre soñado y, por lo tanto, consumado, se cierra cuando la propia Leslie Alger nos informa que en 1910 apareció, como una de las obras póstumas de Verne, otra novela situada en México, titulada El eterno Adán. No me extenderé en la primera obra, pues corresponde ese honor a quien como Leslie Alger nos ha obligado a mirar esa pequeña y significativa obra con nuevos ojos y ha traído a Julio Verne hasta nosotros. Pero haré una última digresión biográfica y bibliográfica que incluye de nuevo, ustedes disculpen, a Frédéric-Yves Jeannet. Ante la cercanía de su cumpleaños número cuarenta, se me ocurrió la obsesiva idea de regalare una primera edición -en francés-  de Autor du monde en quatre-vingt jours. Tal decisión fue la llave que me permitió entrar con desplante y confianza a un paraíso que siempre había mirado con veneración y sólo por fuera. Se trata de una maravillosa librería llamada Monte Cristo, y que se encuentra en la calle Monsieur le Prince del Barrio Latino. Vende de exclusivamente libros de aventuras, de Emilio Salgari, Alexandre Dumas y por supuesto, Julio Verne. En el aparador lucen los volúmenes como si apenas hubieran sido impresos y encuadernados, alternados con juguetes de la época: el Nautilius del capitán Nemo, el globo de Phileas Fogg. Es atendida por dos caballeros, jóvenes y flemáticos, justamente orgullosos de su oficio. Cuando pedí el libro que necesitaba, me atendieron con diligencia y fría amabilidad. Me explicaron, por ejemplo, el misterioso motivo por el cual una encuadernación en keratol cuesta casi el doble que la encuadernada en tela. Sólo tenían La vuelta al mundo en la segunda presentación, que igualmente era un regalo digno. Mientras me envolvían el tesoro, les pregunté como al paso si tenían por casualidad Drame au Mexique. Desde la cima de su autoridad me respondieron que esa novela, naturalmente, jamás la había escrito Verne; que si no me refería, acaso a Un drama en los aires, como se llamó originalmente Cinco semanas en globo, que se convertiría en 1863, en el primero de los viajes extraordinarios.  Les dije que no y cómo la había leído en edición facsimilar. Entonces procedieron a buscar en los catálogos más autorizados. No la encontraban, y a punto de abandonar una búsqueda bibliográfica que para ellos ya se había convertido en cuestión de honor, les dije que no importaba, que me satisfacía haber contribuido mínimamente a ensanchar su horizonte y que me daba gusto que Verne hubiera dedicado su primera novela a un asunto histórico mexicano, aunque fuera de modo lateral. Por fin, se iluminó el rostro de uno de los caballeros al encontrar la ficha. Yo les había dado el dato incompleto, pues la novela se llama, naturalmente, no Drame au Mexique sino Un drame au Mexique.
La anécdota es ilustrativa de la actitud que los países colonialistas tuvieron sobre los otros y la manera en que nosotros quereos saber sobre ellos y acerca del modo en que nos miran. Es significativo que la segunda edición de la obra, ya hecha por Hetzel, haya aparecido en 1863, cuando México estaba ocupado por el ejército interventor de la patria de Verne. Como ha examinado Jean Chesneaux en su magnífico libro Una lectura política de Julio Verne, no obstante que nuestro autor tenía una visión burguesa de la vida, en sus novelas se notan luces de la utopía de Saint Simon así como la admiración del buen salvaje.
El eterno Adán es una narración dentro de otra narración. Un hombre del futuro, el zartog Sofr-Aï.Sr, vive en el Imperio de Los Siete Mares, en un momento cuando el mundo está convertido en una aldea global y ha alcanzado un alto grado de civilización y civilidad.  Un día encuentra un manuscrito escrito en un idioma para él desconocido. Dedica varios años a su desciframiento y finalmente lo ofrece a los ojos de nosotros, sus afortunados lectores. Y aquí comienza para nosotros la parte más intensa, pues se trata de un diario, escrito en primera persona, y situado a comienzos del siglo XX en la ciudad de Rosario, Sinaloa. Dice el personaje narrador: “Aquel día, el 24 de mayo, había reunido a algunos amigos en mi villa de Rosario. Rosario es, o más bien era, una ciudad de México, a orillas del Pacífico, un poco al sur del golfo de California. Me había instalado allí una decena de años antes para dirigir la explotación de una mina de plata que me pertenecía en propiedad. Mis negocios habían prosperado sorprendentemente. Era un hombre rico, muy rico incluso…, y proyectaba regresar dentro de poco tiempo a Francia, mi patria de origen. Mi villa, una de las más lujosas, estaba situada en el punto culminante de un enorme jardín que descendía en pendiente hacia el mar y terminaba de forma brusca en un acantilado cortado a pico, de más de cien metros de altura. Por la parte de atrás de mi villa, el terreno seguía subiendo y, a través de un sinuoso camino, podía alcanzarse la cresta de las montañas, cuya altitud superaba los mil quinientos metros. A menudo era un paseo agradable…varias veces había realizado la ascensión en mi automóvil, un soberbio y potente doble faetón de treinta y cinco caballos, de una de las mejores marcas francesas”.
A comienzos del siglo XX, La Ciudad Asilo del Rosario, antiguamente Real de Minas de Nuestra Señora del Rosario, en el estado de Sinaloa, distaba 5 kilómetros de las vías del ferrocarril del Pacífico. La riqueza mineral contenida en las entrañas sinaloenses había convertido a la población en una de las más activas de la zona, y había sido el origen de fortunas mexicanas y extranjeras. El hijo de una de ellas, Jesús E. Valenzuela, había dedicado parte de ese patrimonio a financiar las aventuras intelectuales de los escritores reunidos alrededor de la Revista Moderna
Punto de confluencia de empresarios y utopistas, de hombres de Dios y hombres sin ley, Rosario era una población alejada de la autoridad central pero bajo la vigilancia de Francisco Cañedo, que ocupó el escenario político sinaloense desde 1877 hasta 1909.  Las altas temperaturas de Rosario se mitigaban con la cercanía del mar y  el  paso generoso del río Baluarte. Verne no es preciso en su descripción de Rosario, pues no hay mar. El más próximo es Mazatlán, pero aquí, de nuevo, Verne logra que la naturaleza imite al arte. Gilberto Owen, nacido en Rosario en 1904, hará en su novela La llama fría, de 1925, un híbrido entre Rosario y Mazatlán. ¿Eligió Verne la palabra Rosario por su eufonía o por el conocimiento que pudo tener de esa población? Durante el siglo XIX, varios fueron los extranjeros que vinieron a México con el deliberado propósito de hacer un mapa de sus minas. El más célebre, por la obra que escribió fue Henry George Ward, que estuvo entre nosotros en 1827. Rosario fue un mineral de gran importancia desde la época virreinal, y aún a principios del siglo XX, los mineros se dieron el lujo de colocar en la parroquia un barandal de oro macizo. De ahí que la verosimilitud geográfica de Verne, para situar el principio de su novela, sea la correcta.
La situación idílica de la familia que habita Rosario se ve una noche brutalmente interrumpida por un terremoto. Con terror, al salir de la casa los personajes se dan cuenta de que el nivel del mar sube con rapidez inusitada. Suben al poderoso automóvil –en los tiempos de la muerte de Verne apenas comenzaba su imperio- y se dirigen a la parte más alta de Rosario. En el último minuto logran subirse a un barco, el Virginia, que venturosamente llegaba, y a bordo de él recorren lo que antes era tierra. El narrador debe de reconocer: “¡Qué cambio, en el espacio de una corta noche de primavera! Las montañas han desaparecido, todo México ha sido sumergido por las aguas. En su lugar sólo hay un desierto infinito, el árido desierto del mar.”  Posteriormente recorren todo el planeta para descubrir que han desaparecido todos los continentes y que ellos son los últimos sobrevivientes de la especie.  El mar, ese dominio libre y sin ataduras donde el capitán Nemo hallaba el paralelo para su espíritu anarquista, y donde encuentra el símbolo de la vida y de la eterna compañía de otras criaturas, más dignas que sus semejantes, se ha  transformado en inmenso sudario que cubre a los antiguos habitantes del planeta.
De los sobrevivientes, dos de ellos son dos sabios, un inglés llamado Bathusrts y un mexicano, el doctor Moreno. Asimismo, resalta la figura del señor Mendoza, “presidente del tribunal de Rosario, un hombre estimable de mente cultivada, un juez íntegro”.
Si en la novela es un  temblor de tierra el que altera la vida armónica de Rosario,  en otra historia, ésta de la vida real, ocurrida en 1913, un niño del mineral del Rosario llamado Gilberto Owen dice a su madre: “Creo que va a temblar”. Minutos después comienza un terremoto, venganza simbólica de una tierra vulnerada por varias generaciones de gambusinos, uno de los cuales era el padre del niño Gilberto.  A raíz del terremoto y de la Revolución, la familia Owen Estrada emigra, para iniciar la Odisea de uno de nuestros autores que hicieron del viaje uno de los temas fundamentales de su poesía y de su existencia. El terremoto de la novela de Verne –que es en realidad un maremoto de definitivas consecuencias- no puede dejar de evocarnos la pesadilla tangible del Tsunami que, como en la ficción de Verne, que a finales de 2004 borró territorios que apenas ayer estaban en nuestros mapas. Creyente en los poderes benéficos de la naturaleza, y en la capacidad humana para utilizarla en beneficio de la especie humana,  en la narración El eterno Adán ese poder generoso se transforma en maligno. Desde su primera novela, Cinco semanas en globo, Verne había dado nuestras de su desprecio a las que, fiel a las ideas de su tiempo, consideraba razas inferiores  y de su fe en el progreso como medio para llevar a otras tierras los principios de la civilización, que en la práctica eran los del colonialismo. Sin embargo, en todo momento Verne da un voto de confianza a todos aquellos que, sin importar su origen, su raza o su condición social, defienden los principios morales de la humanidad entera.  Como sucede con todo aquel que adquiere la unánime admiración de su especie, varias ciudades reclaman haber sido cuna de su nacimiento. Rosario no es la excepción. Los sinaloenses, y particularmente los nativos de Rosario, ostentan el orgullo de que Verne haya elegido Rosario para situar el principio de su novela apocalíptica. La profesora Schneider, que debe haber nacido cuando Verne ingresaba a la inmortalidad,  afirmaba, categórica y sabia, que el autor francés se carteaba con una mujer de Rosario. La anécdota da pie para un nuevo viaje extraordinario. Lo cierto es que el articular en su novela el nombre de la ciudad de Rosario, Verne nos da pie para conversar con él de otra manera y para establecer el principio de varias historias conjeturales. Posiblemente le gustaría saber que esa ciudad sinaloense fue la cuna de Pablo Villavicencio, mejor conocido por su seudónimo El Payo del Rosario, precursor de la Reforma y por lo tanto hermano del espíritu de la revolución de 1848 y la utopía libertaria abrazada por Verne; le hubiera divertido y estimulado saber que en esa villa sinaloense nació el periodista que, al igual que Lizardi, escribiría textos en los que se combinan la puntería crótica son la sátira despiadada, como es el caso de O se destruye el Congreso se lleva el diablo al reyno, de 1823, o uno de 1825 que bien hubiera suscrito Verne: Si no se van los ingleses hemos de ser sus esclavos. 
El utopista Saint Simon escribió: “Todo el vapor y la electricidad; sustituir la explotación del hombre por la explotación del globo por la humanidad”. En esta frase, señala Chesneaux, se resume el espíritu de los Viajes extraordinarios de Verne. Además de las novelas donde hace tal planteamiento, diseminado a lo largo de las aventuras que son el eje principal de sus obras, el autor resume sus ideas de anticipación social en el ensayo Une ville idéale (Una ciudad ideal), “leído en la sesión pública de la Academia de Amiens del 12 de diciembre de 1875. Y en Los 500 millones de la Bégum soñaba con una sociedad progresista pero advertía contra los peligros de la desaparición del latín y el griego en los liceos: “la instrucción es puramente científica, comercial e industrial”.
Al situar El eterno Adán en Rosario, donde el personaje narrador tiene una situación no solamente estable sino bonancible, Verne recuerda también el caso histórico del utopista e ingeniero Albert Kimsey Owen, que en 1872, a los 24 años de su edad, llega por primera ocasión a la bahía de Topolobampo.  Al apreciar la riqueza de recursos, la belleza del paisaje, la generosidad del clima, exclama: “si con la luz del amanecer aparece un canal hondo y seguro entre este mar interno y e Golfo de California, entonces éste sería el lugar perfecto para una gran ciudad metropolitana. En esas aguas, donde ahora no se ve embarcación alguna, un día acudirían barcos de todas las naciones. En estas planicies habitarán familias felices. Acudirán multitudes de asiáticos y australianos que serán recibidas por los europeos que llegaron a su vez desde las costas del Atlántico por el ferrocarril, cruzando las llanuras y las sierras”. La idea de Owen parecía tan descabellada como la de los ingenieros de Verne: crear un ferrocarril que constituiría la gran línea Asia a Europa vía México y Estados Unidos. Tras cabildeos y ardua labor con gobiernos y empresarios de México y Estados Unidos, en 1886 dio fin a su sueño: se tendieron las vías del ferrocarril y se establecieron los primeros colonos en Topolobampo. Luego enfermedades, hambrunas y descontentos, para 1893 la mayor parte de las familias habían regresado a su lugar de origen.
La destrucción del mundo por fuerzas de la naturaleza convierte a Verne en profeta de los nuevos tiempos. Si bien El eterno Adán no tiene la fuerza de sus obras mayores, ni la solidez de otros personajes, su visión apocalíptica, su ubicación en una población mexicana, aproximan su visión a la de otro profeta desencantado de nuestro tiempo, José Emilio Pacheco.


* Texto leído en la mesa redonda “Julio Verne, viajero virtual de México. En el centenario de su viaje más largo”, celebrada en la Biblioteca Nacional de México, el 17 de marzo de 2005.

El viaje inolvidable

El viaje inolvidable*
Roberto Coria 


En las primeras páginas de 20,000 leguas de viaje submarino, Julio Verne nos advierte, a través del profesor Pierre Aronnax, erudito del Museo de Historia Natural de Paris, de la existencia de un gigantesco monstruo marino que en el año de 1866 ataca y destruye embarcaciones a lo largo de los siete mares. Para darnos una idea de las dimensiones de esta criatura, Verne cita a un par de figuras terribles: el mítico Kraken y la ballena blanca Moby Dick. Esta última, como es bien sabido, es protagonista de la novela homónima de Herman Melville –publicada en 1851- y suele ser considerada el relato canónico de aventuras marinas. Durante muchos años me he adherido a esta opinión casi unánime, pero la relectura indispensable de la más memorable creación de Julio Verne ha puesto en duda mi sentir.
La historia de 20,000 leguas de viaje submarino –cuyo título inicial fue Viaje bajo las olas- inicia en 1866, el mismo año en que Verne comenzó a escribirla. Desde el verano de 1867, Jules Hetzel daba la primicia de su inminente publicación a los suscriptores del Magasin d´education et de récréation. Aseguraba orgulloso que sería“el más extraordinario libro de este minucioso y apasionante autor”. Su versión definitiva, la que Verne escribió después de romper un primer manuscrito, vio la luz el año de 1869 y se convirtió de inmediato en un éxito.
Como sucede en al menos 30 de sus Viajes extraordinarios, Verne utiliza el mar como escenario de esta formidable aventura. Narrada en primera persona por el profesor Aronnax a lo largo de 47 capítulos divididos en dos partes, relata la expedición emprendida por el gobierno norteamericano para dar caza a esa monstruosidad que hunde barcos. Aronnax se encuentra en Nueva York cuando en su calidad de experto –es autor del libro en cuatro tomos Los misterios de los grandes fondos submarinos- recibe una invitación para embarcarse en el USN Abraham Lincoln, capitaneado por el comandante Farragut.
Aronnax es el típico científico de las novelas de Verne. Curiosamente en las ilustraciones que Édouard Riou hace para la novela, ambos tienen un notable parecido. Es un hombre entrado en años, objetivo, cauteloso y apasionado por su campo de estudio, en este caso el mar y sus secretos.
El académico francés va acompañado de su aprendiz Conseil –Consejo en algunas traducciones a nuestro idioma-, joven flamenco que lleva diez años acompañándole en sus correrías y que ha desarrollado una gran capacidad para clasificar especies marinas.
A bordo del Abraham Lincoln también se encuentra el canadiense Ned Land -que Aronnax describe como la mejor arma del buque- conocido como el rey de los arponeros. Es un hombre de gran habilidad y sangre fría, de unos cuarenta años de edad, fuerza formidable, elevada estatura, colérico y poco comunicativo.
Después de semanas de infructuosa búsqueda encuentran finalmente al monstruo marino. Después de una emocionante persecución que seguramente está inspirada en el clásico de Melville, y que Peter Benchley retomó en su novela Tiburón, el monstruo termina por hundir al navío.
Solamente Aronnax, Conseil y Land sobreviven al naufragio. Al despertar descubren que se encuentran en las entrañas del monstruo y que no se trata de un ser viviente, sino de un ingenio mecánico: un submarino. Aparece entonces su anfitrión, un misterioso hombre que se hace llamar Capitán Nemo, quien de inmediato se convierte en el personaje principal de la novela y en el más fascinante y representativo de la obra de Verne. En muchas formas, es también el que mejor refleja sus aspiraciones adolescentes.
Nemo significa en latín Nadie, al igual que su anagrama Omen significa presagio y fatalidad. Es un hombre de nacionalidad desconocida –su origen se revela en otra obra de Verne- que ha roto todo vínculo con la humanidad y se ha lanzado al océano para alcanzar sus propósitos. El mar es su patria adoptiva. Allí ha encontrado la libertad que tanto anhelaba. Habla francés, inglés, alemán y latín sin denotar ningún acento. Estudió ingeniería en Londres, Paris y Nueva York. Es un apasionado de la pintura y la música. Posee una riqueza personal con la que “podría pagar sin problemas la deuda exterior de Francia, que asciende a 12 mil millones de francos”.
Nemo tiene un propósito poderoso: la venganza. Confiesa que alguna vez fue “habitante del país de los oprimidos”, y utiliza sus recursos para aliviar el pesar de los pobres y para vengar a las víctimas de la injusticia. Es para ello que con la ayuda de sus marineros –a quienes se refiere como sus hermanos, sus compatriotas- ha construido el prodigio tecnológico conocido como Nautilus, su hogar y medio de transporte, casi una extensión de sí mismo. Él lo ha diseñado y ensamblado secretamente en una isla con un lago submarino y un volcán apagado.
 Como afirma Fernando Savater, el Nautilus es el primero de los submarinos conocidos y el último que olvidaremos. A lo largo de tres capítulos, Nemo describe al asombrado Aronnax los detalles de su construcción y su funcionamiento. Le revela que la fuerza que lo impulsa es la electricidad, pero nunca despeja la duda del método por el cual la genera. ¿Podemos presumir que el Nautilus era un submarino nuclear? El sumergible es una suerte de arca de Noé de artificio, un museo-acuario que alberga una biblioteca conformada por 12,000 volúmenes –el 1% del acervo de esta Biblioteca Nacional- a los que califica como “su único lazo con la tierra”, una colección de arte de los más grandes maestros, la más amplia compilación de especimenes marinos y una infinidad de tesoros que ha recolectado en el fondo del mar. Pero a pesar de contener todas estas maravillas, el Nautilus es también un arma de destrucción, hecho que contraviene la visión optimista de la ciencia que Verne plasma en sus novelas.
Durante casi 10 meses –las 20,000 leguas del título-, los invitados-prisioneros de Nemo viven toda clase de aventuras: hacen una cacería en los fondos marinos, exploran embarcaciones hundidas, recolectan perlas en almejas gigantes, son atacados por nativos salvajes,  luchan por escapar de los hielos del Polo Norte, recorren el río Amazonas, se encuentran con ballenas, combaten tiburones sedientos de sangre, descubren la ciudad perdida de la Atlántida y luchan contra un grupo de calamares gigantes. Los detalles los pasaré por alto para invitar a la lectura –o relectura- de este clásico.
Los capitanes del Nautilus y del Pequod comparten muchas semejanzas. Los relatos que protagonizan son espléndidas narraciones donde sus autores, Julio Verne y Herman Melville, hacen gala de detalladas descripciones de la vida marítima y de las técnicas de navegación del siglo XIX. Nemo, al igual que Ahab, se ha lanzado al mar para llevar a cabo su venganza. Los dos sufrieron pérdidas terribles: Nemo la de su esposa e hijos; Ahab la mutilación de su propio cuerpo. La ballena blanca que persigue Nemo es la tiranía. Ambos se fortalecen por su odio, en la misma tradición de personajes como el joven capitán Edmundo Dantés que escapa de prisión para castigar a los culpables de su injusto encarcelamiento, o del millonario Bruce Wayne que adopta la figura de un murciélago para buscar otra forma de justicia.
Sin embargo Nemo no se ha sumergido por completo en la oscuridad. A pesar de los múltiples crímenes que comete, el lector desarrolla simpatía por él. Aronnax emplea adjetivos como extraordinario y fascinante para describirlo. Nemo arriesga su vida para salvar a sus hombres en muchas ocasiones, llora la muerte de sus camaradas de armas y se preocupa por la preservación de las especies marinas –“la voracidad de los pescadores algún día acabará por extinguir a la última ballena del océano”-.
El desenlace de la historia es tan súbito como impresionante. Pero es innegable que Nemo, ese arcángel del odio, ese terrible justiciero, ha alcanzado la gloria y la inmortalidad, al igual que el hombre que lo concibió.

De la novela a la pantalla de plata.

Un documental incluido en la edición especial del DVD de la película 20,000 leguas de viaje submarino (1954), producida por los estudios de Walt Disney, insiste en colocar en el mismo nivel al escritor francés y al cineasta norteamericano. Esto puede ser cuestionado en muchos aspectos, pero lo cierto es que tanto Verne como Disney fueron notables exploradores de los territorios fantásticos y se beneficiaron mutuamente, pues de la unión de sus talentos surgieron numerosas e interesantes adaptaciones cinematográficas.
20,000 leguas de viaje submarino fue el primer proyecto con actores reales de esta compañía y su primera incursión en la técnica de Cinemascope. Su reparto está conformado por Paul Lukas como el profesor Aronnax, Peter Lorre como Conseil, Kirk Douglas como Ned Land y James Mason como el Capitán Nemo, bajo la dirección de Richard Fleischer (quien era hijo del legendario Max Fleischer, acérrimo competidor de Disney y creador de las caricaturas animadas de Superman y Popeye el marino).
Ya desde su primera secuencia, en la que vemos un ejemplar bellamente encuadernado de la novela, la película afianza su relación con la creación de Verne. Sin embargo, este vínculo es bastante libre, como en casi toda novela adaptada para la pantalla grande. El personaje de Pierre Aronnax, que en muchos momentos del metraje sirve como narrador, pasa a un segundo término, mientras Ned Land y el Capitán Nemo acaparan los reflectores.
Los productores no fallan en aplicar el sello de la casa: incluyen un colorido número musical –The Whale of a Tale- para el lucimiento de Kirk Douglas -quien resulta ser más parlanchín que el descrito por Verne- y una amistosa foca llamada Esmeralda, heredera de la tradición de animalitos parlantes que caracteriza a Disney. Peter Lorre, célebre por sus actuaciones en cintas de horror como M el maldito, resulta mucho mayor de edad que el Conseil descrito por Verne. Curiosamente, el actor se quejaba que debió ser él quien interpretara al calamar gigante.
El guionista toma sólo algunos de los momentos más atrayentes y fáciles de realizar –con los avances técnicos disponibles- de la obra y descarta otros de mayores dimensiones. Por sólo citar un ejemplo, la escena climática del combate con el banco de calamares gigantes tuvo que reducirse a sólo uno de estos monstruos. La versión original se desarrollaba en un atardecer, pero los alambres que animaban los tentáculos de la criatura se veían a 20,000 leguas. Se dice que Walt Disney fue quien sugirió que la escena se rodara nuevamente en medio de una tormenta para ocultar los efectos. Hoy en día, la cinta es recordada por esa secuencia.
El resultado final es una película atrayente que cumple con su principal función: llevarnos a mundos fantásticos y cautivar nuestra imaginación.
Que la disfruten.  

*Texto leído en el coloquio Julio Verne, en el centenario de su viaje más largo, celebrado en la Biblioteca Nacional de México en el año 2005.