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martes, 9 de diciembre de 2014

Horrores a penique

Solían llamarse penny dreadfuls a las publicaciones periódicas que proliferaron en la Inglaterra del siglo XIX. Su baja calidad de impresión se reflejaba en su costo (el penique de su nombre) y eran dirigidas fundamentalmente a la clase trabajadora, ávida de una lectura de evasión acorde a sus magras posibilidades económicas. Sus temas eran mórbidos a todas luces: asesinatos arrancados de la nota roja, incestos, violaciones, accidentes ferroviarios, noticias de nacimientos de bebés deformes y demás tragedias. Uno de los más vendidos fue The string of pearls: A romance, aparecido entre 1846 y 1847 en The People's Periodical and Family Library. Daba cuenta del supuesto caso criminal, elevado a leyenda, de Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet. Traté el tema con Guadalupe Gutiérrez en el desaparecido podcast Testigosdel Crimen. Pero no nos desviemos. Todo era mayormente tomado de la realidad pero había cabida para la ficción. De la mano a los albores de la revolución industrial, los editores se dieron cuenta de su enorme potencial pues la lectura era considerada algo exclusivo de las clases acomodadas, quienes podían darse el “lujo” de comprar libros. Fue el momento donde se cobró consciencia del horror como un gran negocio.
El calificativo también da título a la serie de televisión coproducida por Estados Unidos e Inglaterra y creada por el laureado John Logan. El hombre es responsable de los guiones de Gladiador (Ridley Scott, 2000), La máquina del tiempo (Simon Wells y Gore Verbinski, 2002), El Aviador (Martin Scorsese, 2004), Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet (Tim Burton, 2007), Hugo (Martin Scorsese, 2011), Operación Skyfall (Sam Mendes, 2012) y la venidera aventura del espía al Servicio de su Majestad, Spectre, que también será dirigida por Mendes. En muchas formas, el premiado cineasta es también responsable de estas líneas. Logan, un dramaturgo oriundo de San Diego, California, escribe una propuesta profundamente respetuosa al espíritu de la época que tanto adoro, un auténtico homenaje a los mitos básicos de la literatura de horror que los amalgama a la perfección, de manera orgánica, sin lucir como un pastiche forzado ni pretensioso. En lo que a mí respecta, a unos cuantos días de finalizar el año, Penny dreadful es la mejor teleserie de 2014.
Londres, 22 de septiembre de 1891. En un sombrío y humilde hogar victoriano, una madre y su hija son brutalmente masacradas por un ser que no vemos a cuadro, mientras en otro lugar, de manera casi frenética, la psíquica Vanessa Ives (Eva Green) reza a una cruz colgada en su pared. El hecho despierta la duda del regreso del célebre criminal conocido como Jack el destripador. A la mañana siguiente, Ives asiste al espectáculo del encantador y sobresaliente tirador estadounidense Ethan Chadler (Josh Hartnett), a quien recluta para una misteriosa misión. Esa misma noche se reúnen con el acaudalado expedicionario Sir Malcolm Murray (Timothy Dalton), con quien acuden a un fumadero de opio y enfrentan la otredad, un mundo oculto para el resto de los mortales. Su encuentro los lleva a consultar al arrogante Víctor Frankenstein (Harry Treadaway), joven médico obsesionado con el estudio del cuerpo humano que aporta información relacionada, como revela en excéntrico egiptólogo Ferdinand Lyle (Simon Russell Beale), con el Libro de los Muertos de la cultura egipcia y un extraño significado relacionado con la sangre. Él invita a Sir Malcolm y Vanessa a una suntuosa reunión donde conocen al intrigante Dorian Gray (Reeve Carney) y a la espiritista Madame Kali (Helen McCrory), quien ayuda a abrir puertas que no deben ser cruzadas. Todos poseen demonios internos que inevitablemente saldrán a la luz.
En ocho episodios, el programa nos presenta con habilidad las principales preocupaciones de una época y la imaginación poderosa y perdurable de algunos de sus autores más sobresalientes, como Mary ShelleyBram Stoker y Oscar Wilde, además de hacer alusiones a brillantes poetas románticos como Percy Shelley, William Wordsworth y John Keats. Y ni qué decir del Paraíso perdido de John Milton o de la poderosa presencia de William Shakespeare, inevitable dados los inicios creativos de Logan. Al bondadoso Vincent Brand (Alun Armstrong), cabeza de una compañía de Grand Guignol, debo una de las líneas que más me conmovió de la serie. Y está dirigida a uno de los seres más inocentes e incomprendidos de la literatura: “Hay un lugar donde los malformados consiguen gracia. Donde los feos pueden ser hermosos. Donde lo extraño no es rechazado, sino celebrado. Ese lugar es el teatro”.

Un elenco preciso –en el que sobresale la inquietante belleza de Green-, espléndidas locaciones en la ciudad irlandesa de Dublín, una elegante fotografía de Xani Gimenez, una briosa partitura de Abel Korzeniowski y la dirección alternada de talentos como Juan Antonio Bayona –responsable de dirigir El Orfanato-, Dearbhla Walsh, Coky Giedroyc y James Hawes complementan de gran manera el talento de Logan. Su gran recepción, entre el público y la crítica, le valió automáticamente el mérito de una segunda temporada que sin duda todos los nuestros –los que amamos estos territorios- esperamos con ansia. Porque yo, como Ives, creo en maldiciones, creo en demonios y creo en monstruos. ¿Y tú? Las posibilidades de Penny dreadful son inmensas.

martes, 30 de septiembre de 2014

La gran paradoja

En tiempos recientes, las películas o series televisivas que se basan en materiales que se crearon originalmente en otros medios (literatura o videojuegos, fundamentalmente) han demostrado que no necesariamente tienen un gran apego a su fuente de procedencia. En algunos aspectos, no las culpo. Ya he reconocido que lo que funciona bien en la página impresa no necesariamente lo hace al trasladarse a la imagen en movimiento. Ejemplos sobran. Ayer se estrenó –en Latinoamérica- uno más de ellos, Gotham, programa desarrollado por Bruno Heller a partir de “personajes publicados por DC Comics”. Y esa forma de decirlo fue la más correcta. Hubiera deseado que apareciera la leyenda “basada en personajes creados por Bill Finger y Bob Kane”, lo que rectificaría una injusticia creativa de 75 años. Y vindicaría a Finger, quien dio nombre a la caótica urbe de su título. Pero en perspectiva, es lo más apropiado, pues sus productores han anunciado que aparecerán villanos como Víctor Fries, alias Mr. Freeze, ideado por David Wood, Sheldon Moldoff y Kane o su tocayo el psicópata Víctor Zsasz, creación de Alan Grant y Norm Breyfogle. Pero que Kane –sin restarle mérito- no haya recibido toda la gloria, es suficiente por el momento.
A primera vista, en lo referente a lo técnico, el programa es irreprochable. Fue filmado en Nueva York aunque hubiera preferido que se hiciera en Chicago, por exactitud histórica. Como se anunció, sigue los inicios de la carrera del Detective James Gordon (Ben McKenzie) en la corrupta y problemática Ciudad Gótica y el doble homicidio del acaudalado matrimonio Wayne, lo que marcará el inicio de nuestro futuro héroe. Todo presentado como una suerte de precuela que sin duda busca empatar con otros proyectos recientes de la empresa como Arrow y el venidero The Flash, y tratan de poner a DC a la par de su principal competidora, Marvel, en una pugna desigual en la que los segundos llevan una clara delantera. Pero pese a esto, otorgándole el beneficio de la duda, la serie me representa dos grandes paradojas. La primera, de triunfar el joven e idealista Gordon en su cruzada por erradicar el crimen y la corrupción en su ciudad, el surgimiento de Batman sería innecesario. Y la segunda, el crimen y la corrupción citadinos son indispensables para el nacimiento del héroe, así que somos testigos de una guerra perdida. Batman nunca sería necesario en un lugar donde sus instituciones son eficientes y se rigen por la legalidad. Y el hartazgo de Gordon lo convertirá en un futuro gran aliado, en un complemento, tal como ya nos lo demostraron Frank Miller y David Mazzucchelli en la indispensable Batman: Año Uno.
Las libertades son inevitables. El fiel seguidor de las hazañas del enmascarado en la historieta se divertirá encontrando una gran cantidad de guiños, que no comento ahora para no fortalecer la cultura del spoiler. Por lo pronto me sumo completamente al sentir de mi querido Raúl Camarena: “Al final del día es una reinvención del mito como pasó con Smallville o en cualquier película de superhéroes. No es igual el Batman de Nolan al de Burton y así. Siempre habrá puristas, pero la realidad es que si no se reinventa el mito, termina por agotarse, esa es la esencia de la adaptación. Y Gotham, sin ser perfecta, tiene mucho potencial para contar una historia de origen”.

Seguiremos informando...

martes, 5 de agosto de 2014

Divino caníbal, o sobre Hannibal Lecter (2)

Imagino que en sus días universitarios, el joven Thomas Harris no imaginaba que crearía a uno de los personajes más relevantes de la ficción contemporánea. Nació en Jackson, Tennessee, en abril de 1940, pero estudió en la Universidad Baylor de Waco, Texas. Tenía muy claro que tendría una carrera en el periodismo. Corrían los turbulentos años sesenta y ya tenía una modesta posición en el periódico local, el Waco Tribune-Herald, cubriendo las noticias policíacas. A finales de la década, migró a Nueva York, donde comenzó a trabajar para la Associated Press. Viajó por el mundo, como corresponsal. Se dio cuenta que todas sus vivencias le permitirían llevar su vocación al siguiente nivel: quería ser escritor de ficción. En ese momento advirtió lo que hace algún tiempo me dijo mi amigo Bernardo Fernández, Bef: “debes documentar bien tus mentiras si deseas que la gente las crea”. Publicó así en 1975 su primera novela, Domingo negro, una trepidante historia donde un grupo terrorista palestino planeaba realizar un atentado en suelo estadounidense empleando el ficticio dirigible Aldritch (en su adaptación fílmica de 1977, dirigida por John Frankenheimer, era el de la llantera Goodyear) que estallaría durante el Super Bowl, asesinando a cientos de inocentes. El libro, inspirado en la crisis de rehenes ocurrida durante la Olimpiada de Munich en 1972, tuvo un éxito moderado. Lo mismo ocurrió con su versión cinematográfica, pese a las altas expectativas que generó. Pero para el literato debutante era sólo el calentamiento.
Durante sus días como reportero policíaco, Harris se familiarizó con el trabajo de la recién nacida Unidad de Ciencias del Comportamiento del Buró Federal de Investigaciones, con sede en su academia de Quantico, Virginia. El organismo tenía el propósito de auxiliar a las corporaciones policiacas del país –y de otras naciones- a investigar las raíces de los crímenes violentos y aparentemente sin motivos, con el propósito de prevenirlos y detenerlos. Se entrevistó con uno de sus principales integrantes, el agente especial Robert Ressler, un antiguo militar que no sólo contribuyó en la cacería de algunos de los más infames homicidas de Estados Unidos, como Richard Trenton Chase –el vampiro de Sacramento- y Jeffrey Dahmer –el caníbal de Milwaukee-, sino que acuñó el calificativo que definió a todos los modernos monstruos de su clase, un término que es uno de los favoritos de muchos para identificar al Mal en su forma más pura y realista: asesinos en serie. Harris también se acercó a uno de los más notables colaboradores de Ressler, el agente especial John Douglas, quien interrogó en su cautiverio a decenas de terribles figuras como David Berkowitz –el Hijo de Sam-, Ted Bundy, Edmund Kemper, Dennis Rader –el asesino BTK- y Richard Speck, con la finalidad de obtener información que serviría en la captura de futuros delincuentes como ellos. Estos datos permitieron la creación del Programa para la Aprehensión de Criminales Violentos (ViCAP por sus siglas en inglés) y, sin duda, que Harris acopiara inspiración para escribir su siguiente novela. Pero sobre ella, y la saga que comenzó, hablaremos la siguiente semana.
Hoy, Harris es un hombre de 74 años de edad, alejado de la vida pública, amante de la buena cocina, que alterna su residencia entre el sur Florida y Nueva York. Es de los pocos autores vivos que pueden jactarse de que todas sus obras (5 novelas) se han llevado a la pantalla grande. Goza de la popularidad que le otorgó crear a uno de los más grandes villanos de los últimos tiempos. Y ni qué decir de las millonarias ganancias que esto supone. Su Hannibal Lecter, como las creaciones perdurables, posee vidas inagotables.

Las cuatro novelas que escribió Thomas Harris que tienen como constante a Hannibal Lecter, son un verdadero catálogo de enfermedades mentales, una suerte de torcido bestiario o un catálogo de perversiones. Dragón rojo (1981) nos presentó a Will Graham, un antiguo miembro de la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI que es sacado del retiro para atrapar al elusivo asesino en serie que los medios apodaron El hada de los dientes, un demente que masacra familias durante los ciclos de luna llena. Para ello, Will solicita ayuda al monstruo que estuvo a punto de matarlo, “el segundo psicópata que capturó”: el brillante psiquiatra y caníbal Hannibal Lecter. Aunque éste no es el antagonista de la novela y sólo aparece por breves momentos del relato en su celda en el Hospital Psiquiátrico de Baltimore, Maryland, el peso de Lecter en la trama es notable. El  verdadero villano es Francis Dolarhyde, y Harris lo describe así:Al cabo de cuatro horas la llevaron a la sala de partos, donde nació Francis Dolarhyde. El obstetra dijo que parecía «más un murciélago de nariz aplastada que un bebé», otra verdad. Nació con cortes bilaterales en su labio superior y en la parte anterior y posterior del paladar. La parte central de su boca no estaba sujeta y sobresalía. Su nariz era chata. […] Un cirujano del hospital municipal hizo todo lo que estaba dentro de sus posibilidades por Francis Dolarhyde, contrayendo en primer lugar la sección frontal de su boca con una banda elástica, luego cerrando las aberturas de su labio por medio de una técnica de superposición rectangular, hoy en día totalmente anticuada. El resultado de los cosméticos no fue satisfactorio.
Dolarhyde y Lecter no son los únicos psicópatas mencionados por el autor. También hay una pincelada de Garret Jacob Hobbs:
Garmon Evans, un ex asistente médico del Hospital Naval de Bethesda, dijo que Graham fue alojado en el pabellón de psiquiatría poco después de haber matado a Garrett Jacob Hobbs, el “Gavilán de Minnesota”. Graham dio muerte de un disparo a Hobbs en 1975, cerrando el octavo mes de reinado de terror de Hobbs en Minneápolis.
El actor Vladimir Jon Cubrt lo interpreta en la reciente serie televisiva.
Sobra decir que el libro fue un éxito de ventas. Fue llevado al cine en 1986 por el cineasta Michael Mann bajo el título de Manhunter –recuerdo que aquí le titularon Sabueso-, con Willian Petersen –con un look similar al que usaba Richard Dreyfuss en la época- como Graham –esto le valió que años después lo convocaran como el criminalista Gil Grissom en la serie CSI-, Tom Noonan como Dolarhyde, Dennis Farina como Jack Crawford y el británico Brian Cox como Hannibal Lektor –no lo escribí mal-. El furor que despertó la adaptación del posterior libro de Harris y el afán de sus productores –el talentoso Dino De Laurentiis- por no perder sus derechos propiciaron un remake en 2002 –titulado correctamente Dragón rojo-, dirigido por Brett Ratner, con Edward Norton como Graham, Ralph Fiennes como Dolarhyde, Harvey Keitel como Crawford y Sir Anthony Hopkins repitiendo por tercera ocasión el papel que le valió un Óscar.
Harris y sus editores tuvieron esto en cuenta para la segunda novela de lo que bautizaron La saga de Hannibal Lecter, El silencio de los corderos (1988), donde ahora la aspirante a agente del FBI Clarice Starling se da a la captura de un nuevo psicópata, Buffallo Bill. El nombre real del criminal es Jame Gumb, y Harris nos ofrece una descripción:
En la ducha se hallaba Jame Gumb, varón, de raza blanca, treinta y cuatro años, metro ochenta y cinco de estatura, noventa y dos kilos de peso, sin señales especiales que lo caractericen. Pronuncia su nombre de pila como James pero sin la s. Jame. Insiste en que se diga así.
Ya platicamos de la laureada película que el libro inspiró en 1991. Ahí lo interpretó el actor Ted Levine –todos lo recordamos bailando la canción Goodbye horses de Q Lazzarus-, así que me salto al siguiente.
La saga continuó en 1999 con la novela Hannibal, donde Harris mudó al divino caníbal  la ciudad de Florencia, Italia, donde se mueve como pez en el agua en medio de su bella arquitectura, sus paisajes y sus encantadoras cafeterías al aire libre. A través de Rinaldo Pazzi, codicioso policía italiano que descubre al Monstruo, nos enteramos de las andanzas del asesino conocido como Il Mostro:
“Il Mostro”, el monstruo de Florencia, había hecho estragos entre las parejas toscanas durante diecisiete años, en las décadas de los ochenta y los noventa. Asaltaba a los amantes en cualquiera de los muchos nidos de amor al aire libre de la región. Su pauta era matarlos con una pistola de pequeño calibre, formar con sus cuerpos un meticuloso cuadro adornado con flores y dejar al descubierto el seno izquierdo de la mujer. De sus composiciones se desprendía un aire extrañamente familiar, una sensación de “déjá vu”. […] El Monstruo se llevaba de la escena del crimen ciertos trofeos anatómicos, excepto la vez que asesinó a una pareja de melenudos homosexuales alemanes, al parecer por error.
Y el gran malvado del libro es el multimillonario heredero de un Imperio carnicero Mason Verger, pedófilo, antiguo paciente de Lecter y su segunda víctima sobreviviente, quien busca vengarse a toda costa de su victimario:
Mason Verger, sin labios ni nariz, sin tejido blando en el rostro, era todo dientes, como una criatura de las profundidades marinas. Acostumbrados como estamos a las máscaras, la conmoción ante semejante vista no es inmediata. La sacudida sólo llega cuando comprendemos que aquél es un rostro humano tras el cual hay un ser pensante. Nos produce escalofríos con sus movimientos, con la articulación de la mandíbula, con el girar del ojo para mirarnos. Para mirar una cara normal. […] El cabello de Mason Verger era hermoso y, sin embargo, era lo que más difícil resultaba de mirar. Moreno con mechones grises, estaba trenzado formando una cola de caballo lo bastante larga como para alcanzar el suelo si se la pasaran por detrás del almohadón. En ese momento estaba enroscada sobre su pecho encima del respirador en forma de caparazón de tortuga. Cabello humano creciendo de un cráneo arruinado, con las vueltas brillando como escamas superpuestas.
En la versión cinematográfica de la novela que Ridley Scott dirigió en 2001, lo interpretó –si crédito, seguramente a petición del actor- el inglés Gary Oldman. Antes que auto mutilara su rostro –con ayuda de Lecter-, según la reciente serie de televisión, es interpretado por Michel Pitt.
Una víctima de Verger –discriminada en la cinta de Scott- es su hermana Margot:
Vista de cerca, era evidente que se trataba de una mujer. Margot Verger le tendió la mano con el brazo rígido desde el hombro. Estaba claro que practicaba el culturismo. Bajo el cuello nervudo, los hombros y los brazos macizos tensaban el tejido de su polo de tenis. Los ojos tenían un brillo seco y parecían irritados, como si padecieran escasez de lágrimas. Llevaba pantalones de montar de sarga y botas sin espuelas […] Los enormes muslos de Margot Verger hacían sisear la sarga de sus pantalones mientras subía la escalera. Su pelo trigueño era lo bastante ralo como para que Starling se preguntara si tomaría esteroides y tendría que sujetarse el clítoris con cinta adhesiva”.
En la serie televisiva la encarna la bella actriz canadiense Katherine Isabelle, aunque en palabras de Harris es más semejante a la entrenadora Shannon Beiste (Dot-Marie Jones) del programa musical Glee.
La más reciente novela de Harris, Hannibal, el origen del mal (2006) representa para mí un gran dilema. ¿Necesitaba Hannibal Lecter que su creador le diera un origen? No lo creo. Sé que una exigencia en la investigación criminal, requisito de la Criminología, es conocer los motivos que llevan a una persona a convertirse en asaltante o asesino. Esta necesidad ha sido tomada con entusiasmo por las bellas artes, sea como el legítimo medio para conocer mejor a un personaje o para aprovechar sus virtudes comerciales. Piénsenlo bien. ¿Alguien conoce cómo fue la infancia de la Malvada Reina de Blanca Nieves, o si el Capitán Garfio era un niño maltratado? No es necesario. Así me lo recuerda la muy reciente Maléfica. El mal existe y a veces sólo necesitamos saber eso. Bram Stoker nunca nos habló del origen de Drácula, ni de su relación con sus tres novias en su castillo. Se limitó a darle una vaga historia según la contó a Abraham Van Helsing “su amigo Armenius de la Universidad de Budapest”. Los grandes villanos no siempre requieren un origen. Los espacios en blanco y las interrogantes hacen trabajar la imaginación del lector, lo obligan a poner atención a los pequeños detalles que explican la personalidad del personaje. El exceso de datos no siempre se agradece. Prefiero quedarme con la biografía parcial que Harris nos ofreció en Dragón Rojo y El silencio de los corderos –su polidactilia, sus aficiones por el buen comer y las bellas artes, su historial criminal, la incapacidad de las herramientas psicológicas para penetrar en su mente-. No me gustan sus raíces como un noble lituano, que unos rapaces de la II Guerra Mundial hubieran devorado a su hermanita Mischa, su formación en artes marciales –habilidades nunca manifestadas en sus dos primeras aventuras- y el amor que casi terminó por redimirlo. Todo no hace más que debilitar el aura de misterio que lo rodeaba y lo hace –al menos para mi- menos atractivo. En fin. En gustos se rompen géneros ¿Ustedes qué opinan?

miércoles, 21 de mayo de 2014

Perder el rumbo

Existe algo que se llama libertad creativa, aunque adaptes material de otro medio. Eso lo entiendo, defiendo y respeto. Lo que funciona bien en la página impresa no necesariamente lo hace en la imagen en movimiento. Hay que considerar que hay situaciones o actitudes que son imposibles de sostener en épocas diferentes a la de su planteamiento original. Por ejemplo, cuando Arthur Conan Doyle, a finales del siglo XIX, proponía un nuevo misterio a su Sherlock Holmes, éste decía “es un problema de tres pipas”. Y lo hacía porque fumar era algo socialmente aceptado, políticamente correcto. Más de un siglo después su gran renovador televisivo, Steven Moffat, cambia el discurso del detective y lo trae con efectividad a la era de respeto al no fumador: “es un problema de tres parches (de nicotina). En la muy cuestionada adaptación de las aventuras de John Constantine (Constantine, Francis Lawrence, 2005), el investigador paranormal creado por Alan Moore contrae cáncer. No por eso modifica sus hábitos de diletante tabacalero. Al final, luego de atesorar la segunda oportunidad que recibió, pensamos que va a celebrar con un cigarro. En su lugar, masca un chicle de nicotina. Pero la esencia está ahí. Fumar forma parte de su naturaleza.
Licencias como éstas son comprensibles y necesarias. Pero hay otras que contravienen completamente lo planteado por un autor, que lejos de aportar algo, lo traicionan. En su momento vencí mi escepticismo y di una oportunidad a Elementary, la teleserie estadounidense de Robert Doherty que lucraba con la popularidad de Sherlock y la obra de Conan Doyle. Cuando escuché al protagonista Jonny Lee Miller decir “a veces odio tener razón”, la propuesta me perdió por completo. Sherlock Holmes nunca diría eso. La razón es su motivo de existir. Es su mayor orgullo. Se regodea mostrando a los demás sus errores.
Un canon es una regla inviolable, inamovible, que debe respetarse por sobre todas las cosas. Eso es algo que están perdiendo de vista muchas de las series de nuestros días. Comencemos por Bates Motel, desarrollada por Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano a partir de la inolvidable novela Psicosis de Robert Bloch y de la joya dirigida por Alfred Hitchcock La premisa del programa es el inicio de la relación enfermiza entre el joven Norman Bates (Freddie Highmore) y su madre Norma (Vera Farmiga). Por eso las innumerables historias secundarias (una red de tráfico de personas anunciada a través de un manga oculto, el medio hermano incómodo, homicidios, el cultivo masivo de mariguana, el comisario corrupto) distraen del objetivo principal, que es el nacimiento de un asesino en serie. ¿Cuáles son las posibilidades de que un rayo caiga varias veces en el mismo lugar? Los mejores momentos de Bates Motel, en mi humilde opinión, son los que se acercan más a lo ya descrito por Bloch.
Algo similar ocurre con Hannibal, la serie creada por Brian Fuller inspirada en las novelas de Thomas Harris. Siempre le reconoceré incontables méritos, comenzando por su protagonista Mads Mikkelsen, a quien el más célebre caníbal de la ficción le viene como un traje a la medida. Pero a mis ojos el programa se ha estancado, instalándose en una fórmula efectista que podríamos definir como “el asesino de la semana” y situaciones que rayan en lo absurdo –convirtieron a Jack Crawford (Laurence Fishbourne) en el jefe más crédulo e incompetente-. Pero ahora, lo inofensivo. Cambiaron el género del prestigiado psiquiatra Alan Bloom y del poco escrupuloso periodista Freddie Lounds y los hicieron mujeres. La primera se llama Alana Blooom y es el interés amoroso de Will Graham (Hugh Dancy). La segunda, Fredricka “Freddie” Lounds, es tan odiosa como su par literario y es un claro símil del bloguero Perez Hilton de la nota roja. Insisto, eso me parece válido. 
En el que imagino como un esfuerzo por recuperar el camino, los productores decidieron incluir a los torcidos hermanos Verger, figuras importantes de la tercera novela de la serie, Hannibal (1999). A diferencia de lo establecido por Harris, Margot Verger es interpretada por la bella actriz canadiense Katherine Isabelle, cuya sensual apariencia se aleja completamente de lo planteado por el escritor: “Vista de cerca, era evidente que se trataba de una mujer. Margot Verger le tendió la mano con el brazo rígido desde el hombro. Estaba claro que practicaba el culturismo. Bajo el cuello nervudo, los hombros y los brazos macizos tensaban el tejido de su polo de tenis. Los ojos tenían un brillo seco y parecían irritados, como si padecieran escasez de lágrimas. Llevaba pantalones de montar de sarga y botas sin espuelas […] Los enormes muslos de Margot Verger hacían sisear la sarga de sus pantalones mientras subía la escalera. Su pelo trigueño era lo bastante ralo como para que Starling se preguntara si tomaría esteroides y tendría que sujetarse el clítoris con cinta adhesiva”. Como ven, es más semejante a la entrenadora Shannon Beiste (Dot-Marie Jones) del programa musical Glee.
Una historia que toma como centro lo ya planteado en importantes obras (literarias y fílmicas) debe ceñirse estrictamente a los eventos que conocemos. Si no quieres hacerlo, es tu potestad como creador, pero entonces escribe algo completamente nuevo. O debes advertir que tu historia es una adaptación libre. No mates en una precuela a personajes cruciales en el futuro, porque eso creará inconsistencias imposibles de resolver. El sabio Emmet L. Brown (Christopher Lloyd) las llamaba “paradojas en el espacio-tiempo” sobre las que Homero Simpson, aún más sabio, temía. “Si Marge se casa con él, yo no voy a nacer”. 

martes, 1 de abril de 2014

¡Feliz Día de los Locos!

Hoy celebramos un día más del muy estadounidense April Fool´s Day, símil de nuestro Día de los Inocentes, fecha en que suelen gastarse todo tipo de bromas y conocida por algunos autores como el Día de los locos.
La ocasión es atractiva porque fue el día que eligieron el escritor norteamericano Grant Morrison y el talentoso ilustrador Dave McKean (mejor conocido por sus cubiertas para la serie Sandman) para ambientar su celebrada novela gráfica Arkham Asylum, a serious house on serious Earth (1989). La publicación, sin duda beneficiada por la muy reconocida película de Tim Burton, tuvo un éxito sin precedentes. Es un estudio de los mayores traumas de Batman, presentado por los autores como una construcción simbólica, vaga y sombría, y una poderosamente macabra reinterpretación de los personajes clásicos de la historieta. Esta es la trama: en un primero de abril, el Guasón lidera un motín en el conocido manicomio y obliga a Batman a adentrarse en él con la amenaza de sacar un ojo a una joven rehén. De forma paralela descubrimos la tortuosa historia del fundador de la institución, Amadeus Arkham, su descenso a la locura y su intento por contenerla.
Tal vez el elemento más atractivo de la historia es el Guasón, que sin duda da miedo. Según testimonios de personas cercanas, fue una de las inspiraciones que el desventurado Heath Ledger utilizó para construir su papel de Batman, el caballero de la noche.

Sin duda es una novela gráfica que debe estar en el librero de todo diletante de lo truculento.

lunes, 3 de marzo de 2014

Horrible inmortalidad (2)

El sábado pasado, en la trigésima quinta emisión de la fiesta de los libros y la imaginación que se celebra tradicionalmente en el Palacio de Minería, recinto brillante de mi Universidad Nacional, tuve el honor de acompañar a Alberto Cué, Bernardo Esquinca y Rafael Aviña en la presentación de su nuevo libro Orson Welles en Acapulco y el misterio de la Dalia Negra, un texto que converge tres veces –desde su título- en la mutilación: de la obra del cineasta, el lugar paradisíaco y la víctima a los que hace referencia. Este es el texto que preparé para la ocasión.
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Horrible inmortalidad
(Texto para la presentación de “Orson Welles en Acapulco”)
Roberto Coria

El cuerpo sin vida de la joven aspirante a actriz Elizabeth Short, bautizada por los medios de comunicación de su tiempo y conocida por la posteridad como la Dalia Negra, fue descubierto la mañana del 15 de enero de 1947 en un lote baldío en la intersección de las avenidas South Norton, Coliseo y Oeste 39, distrito de Leimert Park, en Los Ángeles, California. Si su cadáver no hubiera sido dispuesto de una forma tan brutal, posiblemente su caso no habría trascendido en la Historia del Crimen: desnuda, eviscerada y desangrada, partida en dos por la cintura, mutilada facialmente para simular una grotesca sonrisa. Omito deliberadamente más detalles. Éstos sólo nos envilecen como especie. La imagen perturbó la opinión pública de su época e incendió la imaginación de una innumerable cantidad de personas. Sobra decir que su asesino –o asesinos- nunca fue identificado.
Este es precisamente el punto del que parte el comunicador y crítico de cine Rafael Aviña en Orson Welles en Acapulco y el misterio de la Dalia Negra (CONACULTA, 2013), un libro inclasificable que transita con gracia entre el periodismo de investigación, la llamada non fiction novel, el ensayo, el guión cinematográfico y la biografía. Todo en su conjunto trata de dar solución al enigma, una teoría tan válida por los hallazgos que realiza el autor y van más allá de la mera coincidencia. Todos nos remiten a una de las más prestigiadas figuras del Séptimo Arte: Orson Welles, ese genio que en 1941 pasó a la historia por escribir, dirigir y protagonizar El ciudadano Kane, una joya indispensable para todo amante del cine.
Aviña, como el ficticio reportero Jerry Thompson (William Alland) que trata de descubrir el significado de las últimas palabras del magnate de los medios de comunicación Charles Foster Kane (Welles), escarba en el tiempo y nos traslada a un lugar inmediato y vinculado al crimen que a primera vista nos parecería improbable: el paradisíaco puerto de Acapulco de finales de los años cuarenta, un lugar belleza incomparable. Hace un vivo retrato de su historia –a través de una profusión de publicaciones y testimonios-, su  gente, sus grandes carencias, los afanes de los políticos por convertirlo en un punto obligado del turismo y la industria cinematográfica extranjera y nacional. Rafael no pierde a oportunidad de expresar su amor por el sitio, mismo que lo une irremediablemente con su querido Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo, el mítico Tin Tán, que hizo de Acapulco su segundo hogar, recorrió sus aguas a bordo de sus Tintaventos y realizó ahí en 1969 –escrita, dirigida y estelarizada por él- una de sus últimas películas, El capitán Mantarraya.
Rafael también nos presenta un viaje tras la filmación de una de las cintas más recordadas de Welles, espécimen fundamental del llamado Cine Noir –sobre el que nos da una verdadera cátedra en su doceavo capítulo: La dama de Shanghai (1947), escrita, dirigida y protagonizada por él y su entonces esposa Rita Hayworth. Precisamente su relación intermitente y contradictoria nos permite formarnos una imagen de Welles, el hombre: un individuo fuerte y corpulento que rebasaba los 1.85 metros de estatura, violento, irascible, misógino, taurópata, con un bajo umbral de tolerancia a la frustración, megalómano e increíblemente creativo. Aviña no lo señala gratuitamente como un sospechoso potencial. Estuvo en la mira del Departamento de Policía de la Ciudad de los Ángeles y del escrutinio de numerosas investigaciones como la de Mary Pacios, amiga entrañable de la infancia de Short que ha emprendido una cruzada por vindicar su imagen. ¿Welles pudo encontrarse tras el asesinato de la Dalia? Esa es una teoría más, tan probable como las muchas otras que a lo largo de los años se han producido. Si quieren corroborarlo, deberán comprar el libro.
Sólo me resta invitarlos a conocer el texto y agradecer a Rafael Aviña por esta carta de amor al cine, a uno de sus lugares extraordinarios y a la búsqueda de la verdad para dignificar a una trágica figura en un país y una época donde nuevas Dalias aparecen todos los días.

Finalizo mi participación dedicándola a la memoria de Elizabeth Short, como hizo Rafael en el principio de su libro. No imagino qué pasaba por su mente los días previos a ese fatídico 15 de enero de 1947. Sólo imaginarlo resume la esencia del horror y puede provocarnos las peores pesadillas. Sin embargo sus sueños –aunque no como los esperaba- se volvieron realidad. Cito a Aviña: “La figura bellísima de La Dalia Negra se mantiene incorruptible en el deseo, la fantasía y el tiempo. Su cuerpo, exánime y profanado, se convirtió en un cadáver exquisito en toda la extensión de la palabra, y su hermoso rostro, fascinante y perturbador, no supo jamás de los estragos de la vejez. El hecho relevante es que la Dalia no pudo rehuir a su destino. Si Elizabeth Short no hubiera sido sacrificada, hoy en día sería una respetable anciana de ochenta y nueve años”. 

viernes, 14 de febrero de 2014

Tercera caída

"Dígame, Watson: ¿no siente usted una especie de escalofrío o estremecimiento cuando mira las serpientes en el parque zoológico y ve esos bichos deslizantes, sinuosos, venenosos, con su mirada asesina y sus rostros malignos y achatados? A lo largo de mi carrera he tenido que vérmelas con cincuenta asesinos, pero ni el peor de todos ellos me ha inspirado la repulsión que siento por este individuo".-Sherlock Holmes en La aventura de Charles Augustus Milverton (1904) de Arthur Conn Doyle.

Han pasado varias semanas desde el final de la tercera temporada de la teleserie británica Sherlock, así que asumo que todos lo han visto y puedo escribir libremente. Su último voto (His last vow), cuyo guión es autoría del co creador del programa Steven Moffat, toma como base uno de los cuentos escritos por Arthur Conan Doyle sobre su personaje más prestigiado, La aventura de Charles Augustus Milverton, y juega con el título –y hace referencias- de su aparición final, Su último saludo al escenario (His last bow, 1917).
Para comenzar, muchos podrían cuestionar su desenlace. El mismo Holmes (Benedict Cumberbatch) aclara su posición. Dice a su enemigo “No soy un héroe. Soy un sociópata altamente funcional”, antes de hacer lo inesperado. Su decisión, pese a lo que nos aclara, es la de la persona que está dispuesta a sacrificarse, a mancharse las manos y renunciar a su esencia, en aras de lograr el bienestar de otros. ¿No es eso ser un héroe? El malo del capítulo es Charles Augustus Magnussen, encarnado por el actor danés Lars Mikkelsen (muchas seguramente le dirán cuñado, pues es hermano del muy famado Mads Mikkelsen, mejor conocido por ser el Hannibal Lecter televisivo). Su apellido original seguramente fue cambiado pues Milverton suena muy semejante a Middleton, la madre de un potencial heredero al trono de Inglaterra. De ser un tratante de arte –como lo describe Conan Doyle- se nos presenta como un magnate de los medios de comunicación, muy en deuda con William Randoph Hearst o Rupert Murdoch. Es un sujeto poderosísimo, frío, sin escrúpulos y vulgar que usa los secretos de los demás para beneficiarse. Un chantajista de altos vuelos, que opera ante la mirada impávida del Gobierno Británico. Es justo por ello que una de sus víctimas decide acudir a la Calle Baker. Conan Doyle seguramente tuvo en cuenta un caso de la vida real para escribir su historia: el del chantajista Charles Augustus Howell, muerto en condiciones misteriosas en 1890.
Otras referencias holmesianas no se hacen esperar, desde la adicción del protagonista, Los irregulares de la Calle Baker o la primera aparición literaria de la Señora Watson, con esas enigmáticas letras A. G. RA. Luego está la presentación de Holmes como un hombre de familia, la segunda aparición de sus papás (los veteranos actores Wanda Ventham y Timothy Carlton, verdaderos progenitores del protagonista) y la muestra del poder de Mycroft Holmes (Mark Gatiss). Los giros de la historia, que no dejan de recordarme a Señor y Señora Smith (Doug Liman, 2005), no me hacen del todo feliz pero son congruentes con la personalidad de Watson (Martin Freeman), adicto inconsciente a relacionase con personas conflictivas.
Los momentos finales del capítulo, el regreso inmediato del Viento del Este de su aparente exilio para enfrentar a su Némesis resucitado, no deja de causarme la más grande emoción y abre las puertas a un verdadero reto para Moffat y Gatiss: crear una historia completamente nueva, no basada inmediatamente en un texto de Conan Doyle. Porque desde un principio nunca visualicé a James Moriarty (Andrew Scott) como un criminal ávido de una presencia mediática. Mucho menos de intervenir todas las señales de televisión de un país entero para preguntar burlonamente “¿Me extrañaron?”.

Lo único cierto: “Inglaterra siempre necesitará a Sherlock Holmes” y “el juego nunca termina”. Pero para cerciorarnos tendrá que pasar –al menos- un largo año. Espero ansioso.

martes, 11 de febrero de 2014

Feliz primer siglo, Bill Finger

El pasado 8 de febrero, el mismo día que Julio Verne y Charles Dickens celebrarían sus onomásticos, el escritor estadounidense Milton Finger –quien firmaba sus obras como Bill Finger- cumplió su primer siglo de vida.
Su nombre ha quedado prácticamente sepultado en los anales de la historieta, más porque el mérito autoral del más popular de sus personajes –Batman- siempre ha sido atribuido únicamente al dibujante Bob Kane. Es cierto que allá por 1938 cuando los ejecutivos de National Publications –hoy DC Comics- se percataron del impresionante éxito económico del recién nacido Supermán, inmediatamente encargaron a este último la creación de un nuevo héroe que emulara sus pasos. A cambio de esto, recibió –además de sus honorarios- control y crédito absoluto sobre la historia. Finger se unió posteriormente al equipo creativo. Y antes de continuar debo que aclarar que no pretendo minimizar el mérito de Kane. La iniciativa fue suya, cierto, pero él –en palabras de Finger- visualizó a un justiciero muy diferente al que conocemos, “más semejante a Supermán, con leotardos rojos, sin guantes, con un pequeño antifaz, balanceándose en una cuerda con dos alas de murciélago y un gran anuncio que decía The Bat-Man”.
La intervención de Finger modificó dramáticamente la apariencia planeada por el dibujante, con un disfraz negro y gris, una máscara y unas enormes alas de murciélago, que pendía de una cuerda amagando a un delincuente, mientras sus cómplices contemplan el momento. Así lo muestra la ya mítica portada del número 27 de Detective comics, aparecida en mayo de 1939. Finger no sólo dio nombre a su problemática urbe –Ciudad Gótica-, creó al Comisionado James Gordon y muchos de sus más importantes aliados y enemigos –la del Guasón es una historia aparte-. Y su más valiosa aportación –además del nombre de su alter ego Bruce Wayne y decidir cambiar las alas por una capa-: fue el responsable de darle un trágico origen. Sin su colaboración, el personaje carecería de una motivación poderosa. Es por ello que se mantiene vigente y que el próximo mes de mayo cumplirá 75 años de vida.
El mismo Kane dijo en 1989, “Ahora que mi viejo amigo y colaborador se ha ido, tengo que admitir que Bill nunca recibió la fama y el reconocimiento que merecía. Él era un héroe anónimo. Nunca pensé en darle crédito y él nunca me lo pidió. A menudo le digo a mi esposa que si pudiera volver atrás quince años, antes que él muriera, me gustaría decirle voy a poner tu nombre al lado del mío. Te lo mereces”. No sé si alegrarme por su tardía declaración. Lo cierto es que debió llevarla a cabo cuando estaba vivo.
El reconocimiento que Finger alcanzó en las redes sociales por su centenario fue avasallador. Me enorgullece decir que aporté mi granito de arena. Uno de sus más fieros defensores es el Dr. Travis Langley, profesor de psicología forense en la Universidad Estatal Henderson en Arkadelphia, Arkansas, gran estudioso del Noveno Arte y autor de Batman and Psychology: A Dark and Stormy Knigh (Wilety, 2011). Él es parte de un proyecto documental, junto con Athena Finger –su única nieta-, el veterano editor Dennis O´Neill, el productor ejecutivo Michael Uslan, Marc Tyler Nobleman –autor de Bill the Boy Wonder: the secret co-creator of Batman- entre muchos otros por vindicar al escritor, titulado The Cape Creator: A Tribute to Bat-Maker Bill Finger. Y el mismo Langley es más que convincente:
“Es tiempo de hacer las cosas bien. Si amas a Batman, a las historietas, a las películas pero si sobre todo amas la verdad, ayúdanos a celebrar la vida y obra de Bill Finger”.


domingo, 2 de febrero de 2014

Frankenstein, héroe de acción

Pensaba derramar melcocha sanguinolenta las siguientes semanas, pero hago una pausa apremiante. Ahora que lo pienso, nunca he escrito en este blog –a plenitud- sobre Frankenstein, la novela indispensable que escribió en 1816 una jovencita inglesa de 17 años llamada Mary Wollstonecraft Godwin, conocida tras sus nupcias como Mary Shelley. He analizado a detalle el tema en otros espacios, como uno muy reciente en la Universidad Nacional. Dudo mucho que ella imaginara las dimensiones que su creación alcanzaría, un relato imperecedero con lecturas inagotables. “Es más una novela filosófica que fantacientífica”, piensa el comunicólogo español Román Gubern. Isaac Asimov, el admirado autor de Yo, robot, está de acuerdo con él y añade que “lo importante es que se trata del primer cuento en el que la vida se crea sin intervención divina, únicamente por medios materiales”. Vicente Quirarte asegura que “en tiempos de estudios de género, clonación e ingeniería genética, la novela de Mary Shelley dista de ser una ficción para el consumo efímero”. Esto es muy cierto. Desde su publicación en los primeros días de 1818, Frankenstein nunca ha estado fuera de circulación y se ha traducido a prácticamente todos los idiomas. Más allá, ha sido adaptada a todos los medios creados por el hombre: teatro, cine, historieta, series de televisión, Internet y videojuegos.
Precisamente la más reciente que nos ha entregado el séptimo arte es Yo, Frankenstein (2014), segundo largometraje del australiano Stuart Beattie, quien además es responsable del guión (también escribió los de Piratas del Caribe: la Maldición del Perla Negra, Colateral, 30 días de noche y G. I. Joe: el origen de Cobra). Se basa en la novela gráfica homónima de Kevin Grevioux. El caso de éste último es curioso. Es más recordado por interpretar a Raze, el enorme y fiero Lycan –el incondicional de Lucian- en Inframundo (Len Wiseman, 2003) e Inframundo: La rebelión de los Lycan (Patrick Tatopoulos, 2009) y es responsable de la idea original propició la saga. Desconocía su vasto currículum académico, su gran labor en el mundo de los cómics y que realizó el primer libreto del filme del que hoy hablo.
La película no pretende explorar –ni alcanzar- la profundidad ética, científica y moral de la obra que la inspira. Es un entretenimiento simple y llano, un espectáculo visual lleno de piruetas y combates que captura al espectador desde el inicio. Tras una versión muy libre del desenlace de la historia que conocemos, la Criatura (Aaron Eckhart) entierra el cadáver de su irresponsable padre (Aden Young), cuando un par de demonios pretenden capturarlo por órdenes de su superior. Acuden a su rescate Ophir (Caitlin Stasey) y Keziah (Mahesh Jadu), dos guerreros de la bondadosa y milenaria Orden de las Gárgolas, y lo llevan a una enorme Catedral –en una ciudad sin nombre- ante su Reina Leonore (Miranda Otto), quien prefiere llamarlo Adam, como el primer hombre según la creencia más difundida. Doscientos años después, los demonios reactivan sus planes. El malvadísimo Príncipe Naberius (Bill Nighy) y su malencarado guarura Dekar (el propio Grevioux), a través de su infame empresa y la inocente científica Terra (Yvonne Strahovski) pretenden duplicar los descubrimientos de Víctor Frankenstein, plasmados en un diario que no deja de recordarme el que Mel Brooks nos mostró en 1974 en El joven Frankenstein: “Cómo lo hice. Por Víctor Frankenstein”.
La combinación de gárgolas, demonios y ciencia parece difícil de asimilar. Pero como dije, la cinta no admite academicismos. Tampoco omite homenajes (“¡Está vivo! ¡Está vivo!”) e imágenes que remiten inmediatamente a las cintas de Inframundo, en una urbe donde estruendosas batallas pasan completamente desapercibidas. Y además, Beattie busca la excusa para mostrar el musculoso torso desnudo del protagonista, que incluso le valió la portada de la revista especializada Muscle and Fitness eso sí, lleno de cicatrices. Y finaliza con el obligado discurso heroico en la azotea de un edificio, con la Criatura asumiendo su nueva cruzada y el nombre por el que la conocemos y que, con justicia, le pertenece.

Dicho esto, considerando sus antecedentes, no me parece difícil que Frankenstein cruce su camino con el de la vampira Selene (Kate Beckinsale) de Inframundo. Si esto ocurre, la idea vino de aquí y merezco regalías por ello.

lunes, 27 de enero de 2014

El ejemplo de José Emilio Pacheco

Ayer dejó de existir físicamente el laureado poeta, narrador, ensayista y traductor José Emilio Pacheco. Su aportación a las letras nacionales es invaluable y sólo aumenta el pesar por su partida. Uno de sus alumnos más aventajados y uno de sus amigos más entrañables es Vicente Quirarte, figura indispensable en este blog. Con su amable permiso reproduzco este retrato, como un humilde tributo a su genio y grandeza. Hace un rato escuché decir en la radio a su amada Cristina "me cuesta trabajo hablar en pasado de alguien tan presente en mi vida". Lo mismo podemos decir todos, aunque su legad es imperecedero.


El ejemplo de José Emilio Pacheco
Vicente Quirarte

En la página 45 de Las batallas en el desierto, uno de nuestros escasos libros clásicos que gozan de fama pero además de numerosos y cada vez más jóvenes lectores, José Emilio Pacheco hace el retrato de Carlos, ese niño héroe que se atreve a entrar en el más solitario de los combates. Cuando el psiquiatra lo interroga sobre aquello que más detesta, el personaje responde: “La crueldad con la gente y con los animales, la violencia, los gritos, la presunción, los abusos de los hermanos mayores, la aritmética, que haya quienes no tienen para comer mientras otros se quedan con todo; encontrar dientes de ajo en el arroz o en los guisados; que poden los árboles o los destruyan; ver que tiren el pan a la basura.”
Quien conoce la obra de José Emilio Pacheco o ha gozado el privilegio de su cercanía, puede hallar en las características anteriores un retrato del autor. La personalidad de Carlos, el niño que en su edad adulta tiene el valor de recordar, es un resumen de los valores defendidos por José Emilio Pacheco, esos que lo han llevado a construir una escritura que admite varias fraternidades pero al final nos deja con la sensación de estar ante un estilo que, por diversos motivos, hacemos inmediatamente nuestro. Mis alumnos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que para el curso Historia  y Literatura leyeron Las Batallas en el desierto, me agradecieron haber compartido con ellos la odisea de Carlos y no haber necesitado acudir a diccionario para descifrarla. Para un miembro del Colegio Nacional, que pertenece a tan alta institución por el modo cimero en que utiliza el lenguaje, semejante opinión parecería una ofensa. En el caso de José Emilio se trata de un elogio y un agradecimiento. Elogio, porque la limpieza de su sintaxis es fruto de una intensa lucha con el lenguaje; agradecimiento, porque pocos ejemplos tenemos en nuestras letras de una correspondencia tan fiel entre las palabras y las cosas.
El altruismo y las buenas intenciones no bastan para hacer literatura. En un amplio espectro que va de John Donne a Mafalda, José Emilio Pacheco sufre auténticamente como si cada una de las dolencias del mundo fueran la suya. Lo admirable es que, con base en las rebeliones inmediatas que todo ser sensible experimenta ante los desequilibrios de la creación, él haya podido construir una obra unánimemente admirada por su compleja sencillez, por su envidiable claridad, por su honestidad avasallante, por su maestría para borrar la primera persona del singular y fundirla, imperceptible y permanentemente, con la primera persona del plural. José Emilio Pacheco ha logrado, con sus letras articuladas en los diversos géneros, el triunfo del nosotros considerado como obra de arte. La familiaridad de los lectores con su escritura ha llegado a ser tan próxima que ha logrado, en nuestro imaginario, perder su apellido para ganar el más próximo y cálido de José Emilio.
Existen los escritores que construyen la gran obra y después guardan silencio. Y existen los que piensan que no basta romper el cerco individual, sino que es necesario volver a decir de otro modo lo mismo. En 1956, un muchacho de diecisiete años publica “Tríptico del gato” en la revista Estaciones. El texto parece obra de un autor experimentado: la cuidadosa disección del animal doméstico y siniestro está realizada con la maestría de Durero al reproducir cada uno de los detalles en la armadura natural del rinoceronte; con el buril seguro y obsesivo  de un maestro mexicano de José Emilio, Juan José Arreola, que trazó cada una de las criaturas de su Bestiario.  Más que el hallazgo metafórico, la idea que modela el concepto; más que el retrato lírico, el ensayo que es conceptualidad musculada, sabiduría esencial.  Todo parecía anunciar, en “Tríptico del gato”, que ese joven autor, lector tanto de Jules Renard como de tratados de zoología, era de la estirpe de aquellos que labran libros perfectos. Más de medio siglo después, José Emilio Pacheco es el hermano más fiel de ese joven: aún es el niño grande, rebelde ante los entuertos del mundo.  Ahora es también el maestro que enseña sin pontificar, que ilumina sin querer deslumbrar, que rescata sin exigir una recompensa ni siquiera nominal. “En defensa del anonimato”, título de uno de sus poemas, es una fe de vida y uno de los principales emblemas de su quehacer.
Entre 1963 y 1967, el joven José Emilio Pacheco publicó tres libros perfectos, articulados en diferentes géneros: los cuentos de El viento distante, los poemas de  Los elementos de la noche y la novela  Morirás lejos. Tradición y vanguardia, clasicismo y experimentación se dan la mano en los trabajos de un autor que parecía haber nacido hecho. Sus temas y obsesiones pasan en esas obras lista de presente: la solidaridad con los condenados de la tierra, el huracán implacable de la Historia, la materia en constante transformación, la infancia como territorio del descubrimiento y anticipo del futuro desastre. Sin embargo, nunca los concibió como obras terminadas. Sus libros son, como la obra maestra de Michael Ende, la historia interminable y, en su perfecto mecanismo, cada una de sus piezas narrativas es un ejemplo del género. En sus homenajes a la pulp fiction, José Emilio es nuestro Tarantino; en sus magistrales cuentos de fantasmas, no olvida el consejo de Montague Rhode James en el sentido de dejar la puerta abierta con objeto de permitir, mínimamente, la explicación racional. En Morirás lejos obliga a replantear las estructuras narrativas tradicionales, en una novela que aún hoy mantiene su vigor formal y su peso moral.
Maestro en todos los géneros literarios que cultiva, José Emilio dejó de apostar todas sus cartas a la idea de El Libro, para emprender, mediante textos breves e intensos, un combate contra la ignorancia, la indiferencia y el olvido. Con sus ediciones, prólogos, notas e inventarios, José Emilio es uno de los más importantes historiadores y críticos de la literatura mexicana, uno de nuestros auténticos educadores. Su importancia proviene no solo de su fecundidad  sino de su preocupación por aventurar nuevos juicios o por corregir rumbos trillados.  El gran escritor se adelanta en la práctica a los teóricos literarios. La intertextualidad, la deconstrucción, la escritura del desastre son constantes en los textos de José Emilio, siempre de manera activa, nunca como ejercicios de retórica. A él no se le ocurriría llamarse historiador de las mentalidades, pero sus inventarios constituyen, en conjunto, un Tratado de la Vida Privada como no lo ha hecho ninguno de nuestros historiadores, sobre todo de un siglo contra cuyas calamidades no ha dejado de advertirnos y cuyos esplendores ha celebrado.
En la feria de vanidades de nuestra República Literaria, José Emilio Pacheco escapa a toda clasificación. La versatilidad de su trabajo lo hace indefinible; no concede entrevistas, casi nunca  presenta sus libros, se niega rotunda y valientemente a responder encuestas sobre temas de los que se espera que el escritor sepa todo.  La modestia es su principal enemiga pero también el arma que se vuelve contra quienes, en busca de elementos para criticarlo, lo quisieran más mundano, más débil, más expuesto a las mezquindades de nuestro a veces tan innoble oficio.
José Emilio es uno de nuestros grandes escritores porque es el más inseguro de todos. Su exigencia es uno de las lecciones que nunca agradeceremos suficientemente. No se trata sólo de que todo lo hace bien, sino que en cada una de sus actividades propone caminos nuevos. Sus intentos, en su opinión modestos, y que son auténticos logros, siempre trascienden la  primera intensión. A fuerza de huir la originalidad, es uno de nuestros escritores más originales. De ahí que cada vez sea más común la frase “yo quisiera hacer esto como lo hace José Emilio”.
En un fin de siglo donde la palabra libro pretende ser sustituida por el término soporte papel, José Emilio ha sido fiel al texto impreso, en una que es literalmente, columna de la cultura mexicana, de la cultura desde México. Pocos espacios nuestros gozan del horizonte de expectación de Inventario, palabra que, de acuerdo con María Moliner, significa “Lista de lo encontrado. Lista de cosas valorables”. En cualquiera que lo practica, el oficio es motivo de gratitud. Si quien lo firma es el monograma JEP, es digno de nuestro homenaje. José Emilio descubre, pero nos hace creer que está encontrando y, más aún, que nosotros con él somos responsables y partícipes de la iluminación. Quiere ser el cronista en su más original sentido: la conciencia de la tribu, el encargado de mantener viva la llama de la historia. Edmundo Valadés, en un volumen que reúne colaboraciones de su columna Excerpta, escribió la siguiente dedicatoria: “A José Emilio Pacheco que lo hace mejor.” ¿Por qué cada Inventario es leído, disfrutado y atesorado, más allá de la intención pragmática y presente para la cual fue escrito? Difícilmente habrá un lector suyo que no conserve alguno de esos Inventarios donde el autor reinventa el término donde todo cabe: la agudeza  de José Emilio, su amor a la verdad, su huida del lugar común lo obligan en cada una de sus jornadas a dar fe de las cosas como si por primera vez ocurrieran. Para citar una de sus obsesiones más caras, aquellos textos donde habla de temas familiares son como el naufragio del Titanic: aunque todos conocemos las líneas generales de la historia, siempre queremos que nos la vuelvan a contar. Si quien nos la dice se llama José Emilio Pacheco, entonces no dudamos. De Nahui Ollin a la anatomía de la torta, de las diversas hipótesis sobre el asesinato de Álvaro Obregón al silencio de Jean-Arthur Rimbaud, de la indagación sobre el murciélago a los innumerables y siempre nuevos retratos del mar, José Emilio no propone ni dispone: expone. Sus lectores no tenemos más remedio que aceptar las conclusiones del más dotado de nuestros Sherlock Holmes, que siempre deja atrás a los numerosos Lestrade que firman y cobran en la nómina de nuestra academia. Visionario y erudito, detective y juez, José Emilio tiene una especial habilidad para encontrar misterios donde otros miran soluciones fáciles.
El trabajo de José Emilio Pacheco que convencionalmente llamamos periodístico, tiene en la tradición mexicana una genealogía definida. De Luis de la Rosa a Francisco Zarco, de Ignacio Manuel Altamirano a Manuel Gutiérrez Nájera, de Amado Nervo a Martín Luis Guzmán, José Emilio pertenece a la estirpe de autores que pudieron haberse dado el lujo de labrar la obra maestra, como lo hicieron, pero además cumplieron el deber de registrar en la página efímera el momento que pasa. Escritores profesionales, trascendieron el qué para insertarse en la herencia más vasta del cómo. José Emilio escribe sobre todo y sobre todos, pero siempre para hallar la nota nueva o señalar el camino para el futuro investigador, para el poeta o el novelista en ciernes.
Hablar sobre José Emilio Pacheco conduce de manera casi inevitable a recordar a Alfonso Reyes. Talento, poligrafía y preocupación universal son cualidades que evidentemente los hermanan, pero es justo establecer también sus diferencias. Alfonso Reyes decía que publicar era una forma de limpiar de papeles el escritorio. Con todo, Reyes creía en la transformación de lo periódico en permanente: la odisea no siempre afortunada de la página diaria a la del libro que enfrentará los vientos del futuro. En este sentido, José Emilio es el peor enemigo del interesado en su obra. Al mismo tiempo, y por tal motivo, su mejor aliado. En alguna  ocasión, Ediciones Era y la UNAM proyectaron publicar íntegramente los Inventarios. El trabajo de recopilación lo había realizado, paciente y apasionadamente, sin becas ni estipendios institucionales, Carlos Muciño, de ocupación lector de José Emilio y uno de sus mejores geógrafos. Con ejemplar obstinación, cortés y convincente, José Emilio se negó hasta que los editores desistimos del intento. Su principal argumento: la palabra, fulgurante en el momento de la articulación, se pierde en esa forma de cárcel que es el libro consagratorio y a veces amedrentador. Los libros que leímos, ávidos y vírgenes, pobres y felices, en ediciones baratas durante nuestra adolescencia, pierden su frescura en los volúmenes marmóreos.
Ser poeta y ser inteligente es una de las dualidades más difíciles de sobrellevar. José Emilio nació con ambas alas, y si su obra tiene esa tensión esencial es porque su actividad primordial es la poesía. José Emilio nunca emociona a su poesía: por eso nos emociona. Si sus dos primeros libros lo muestran continuador de la gran tradición de la poesía como fiesta del intelecto, a partir de No me preguntes cómo pasa el tiempo da un giro radical. Sin abandonar su preocupación por lo mexicano, José Emilio mira la tierra, sus devastaciones, sus ruinas, pero también sus treguas y epifanías. Su poesía se convierte en un inventario del paso de los días, donde no cuenta el testimonio personal sino se privilegia la voz del poeta. En sus libros de expresión cada vez más depurada,  dentro de su difícil sencillez, José Emilio brinda una constante lección del maestro, un permanente examen de la vista.
No hay lenguaje unívoco, y menos en la poesía, pero José Emilio ha logrado, a fuerza de perfeccionar su estilo, una claridad semántica que no excluye la emoción, una emoción desapasionada donde el yo se vuelve un nosotros, una conciencia crítica que, tras convencerse y convencernos de la brutalidad del mundo, nos obliga a apreciar mejor sus fugaces bellezas. Las correspondencias entre sus temas y las repeticiones deliberadas son frecuentes, y en el cuerpo de la poesía reunida se complementan y amplifican, borran sus costuras para dejarnos frente a la integridad y la congruencia de su discurso. Baste citar tres de sus temas mayores: el mar, la niñez, la ciudad, que reaparecen con distinto ropaje en cada libro y son compañeros de la obra narrativa de José Emilio, tan breve como intensa, tan necesaria como su poesía. La primera sección de La arena errante -metáfora de la niñez y el futuro desastre- acompaña la aventura del niño que narra su iniciación vital en “El principio de placer”.     
José Emilio es un poeta de poemas, pero también de series que por su unidad integran momentos inolvidables de nuestra tradición: si la “Elegía del retorno” es el mejor poema extenso escrito sobre el terremoto de 1985, es porque en él historia y poesía se funden para construir un poema épico. Sus poemas dedicados a los animales alcanzan la categoría de grabados verbales por el vigor y la objetividad con que el poeta los burila. Una serie como “Circo de noche” es memorable porque en cada poema José Emilio combina, sin que se noten, la rabia y la ternura, la compasión y la objetividad.
Víctor Hugo, uno de los escritores más citados y admirados por José Emilio Pacheco, cubrió con su genio la segunda mitad del siglo XIX. También lo hizo Guillermo Prieto, quien creyó en el dogma romántico y liberal de que la educación es el arma para conquistar el presente y pensar en un incierto futuro. Polígrafo como ambos, José Emilio Pacheco ha construido un monumento verbal que es entre nosotros el más completo testimonio del siglo XX con sus héroes y canallas, sus desiertos y oasis, y de un siglo XXI en que da a la luz sus poemas más luminosamente oscuros.  Un libro clásico se equipara a este trabajo ejemplar: De rerum natura de Lucrecio. Como él, José Emilio Pacheco ha elegido la humilde y difícil labor de recordar a sus hermanos de planeta la naturaleza de las cosas, la conciencia de navegar acompañados en “esta molécula de esplendor y miseria que llamamos la Tierra.”