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martes, 5 de noviembre de 2013

En los martes consagrados al horror

Algunos rituales son importantes. De eso saben muy bien nuestros vecinos del país norte, que han convertido en una verdadera tradición el Monday nigth football, una reunión obligada frente al televisor donde los espectadores se emocionan con las contiendas entre sus equipos favoritos, devoran botanas de todo tipo y mucha (mucha) cerveza.
En el México de mi infancia eso se trasladaba a los domingos, donde observar las hazañas futboleras de mi tío consumía el día y luego las tardes entre los programas de la televisora privada y estatal de la era. Eso afirmó mi desprecio por el que muchos llaman el juego del hombre (hoy es más un espectáculo que un deporte) y afianzó mi amor por el horror.

Los últimos años he visto con satisfacción que la televisión por cable transmite al menos dos programas (The walking dead y American horror story) relacionados con el género en horario estelar. Y mejor, hace alarde de esto. Así que me pregunto, ¿no podemos institucionalizar un Tuesday night horror? Quien me conoce sabe que detesto el abuso de los anglicismos, pero en este caso es necesario para emular el sentido de la idea que desprende la iniciativa.

jueves, 31 de octubre de 2013

Un hijo distinguido del Halloween

Para acercarse a Ray Bradbury*
Roberto Coria

Ray Douglas Bradbury dejó de respirar la mañana del martes 5 de junio de 2012, a los 91 años de edad. Me enteré del hecho cuando me encontraba en un congreso de ciencias forenses, a través del mensaje que me envió mi amigo Bernardo Esquinca, otro de sus devotos y discípulos. No puedo evitar decir que esto me produjo un profundo pesar. Aunque nunca lo conocí físicamente, lo hice desde mi infancia a través de su talento e incontables creaciones que incendiaron mi imaginación. A pesar de las complicaciones propias de su edad, Bradbury partió de la mejor manera posible: en su hogar de California, rodeado de sus seres amados, con el orgullo de saberse uno de los autores más importantes de la narrativa estadounidense del siglo XX. El presidente de su país, Barak Obama, hizo una declaración oficial tras su deceso:
Para muchos estadounidenses, la noticia de la muerte de Ray Bradbury evocó inmediatamente imágenes de su obra, grabada en nuestras mentes desde una edad temprana. Su talento como narrador modificó nuestra cultura y amplió nuestro mundo. Ray entendió que nuestra imaginación podría ser utilizada como herramienta para una mejor comprensión, un vehículo para el cambio y una expresión de nuestros valores más preciados. No hay duda de que Ray Bradbury seguirá inspirando a muchas generaciones con su escritura. Nuestros pensamientos y oraciones están con su familia y amigos.

Que esta charla se lleve a cabo el 31 de octubre, fecha de la festividad celta que marcaba el final de las cosechas y el inicio del inverno, ocasión celebrada entre las culturas paganas europeas hasta la irrupción del cristianismo es especialmente relevante si leemos dos de sus textos fundamentales. Uno es su tercera publicación, El país de octubre (1955), una maravillosa antología de cuentos macabros que honran a esta festividad. El otro relato es su novela de 1972 El árbol de las brujas. No peco al decir que la parada final del viaje casi antropológico de 8 niños se encuentra en un lugar que casi todos conocemos:
Estaban suspendidos sobre una isla en ese lago de México.
Allá abajo oyeron ladridos de perros en la noche.
En el lago iluminado por la luna vieron unos pocos botes que se movían como insectos acuáticos. Oyeron tocar una guitarra y un hombre cantó con una voz melancólica y aguda.



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*Extracto te de lo que leeré hoy en Fiction for the masses, homenaje a Ray Bradbury en la FES Acatlán. 

jueves, 24 de octubre de 2013

Esperando a la Gran Calabaza

Al dibujante estadounidense Charles Monroe Schulz debemos algunas de las creaciones que marcaron nuestra infancia. Su mérito radicó en retratar con humor a los grupos que todos formamos durante nuestros primeros días de conciencia –somos animales gregarios-, amistades que giraban en torno a un afable y divertido perro blanco con complejo de aviador. Su tercer especial televisivo, Es la Gran Calabaza, Charlie Brown se transmitió la noche del 27 de octubre de 1966 e instantáneamente se convirtió en un clásico que veo rigurosamente todos los días de muertos, ocasión que inminentemente se acerca. En este punto podríamos discutir la vieja rivalidad entre países y fiestas, arrojarnos salvajemente calabazas de diferentes tipos y procedencias. Se piensa, en un sentido nacionalista recalcitrante, que automáticamente debemos depreciar toda fiesta que provenga de otras latitudes. Yo, aunque soy un gran defensor de nuestras raíces y celebraciones, no peco al confesar que me atrae el colorido y la parafernalia del Halloween. Abrazar esta ocasión no te hace menos mexicano, del mismo modo que despreciar a nuestra selección nacional de fútbol por sus penosos logros no te vuelve un traidor a la Patria. Pero no nos desviemos. En el programa que inspira estas líneas, el pequeño Linus van Pelt escribe su anual carta a la Gran Calabaza, entidad rectora del Halloween que –en su inocente entender- trae regalos a los niños todas las noches del 31 de octubre. Ante la incredulidad de sus amigos decide pasar toda la noche en un sembradío de estas  cucurbitáceas –a esa familia vegetal pertenecen- en espera de su visita.
Sin saberlo, Linus rendía homenaje a Samhain, la festividad celta que marcaba el final de las cosechas y el inicio del inverno, ocasión celebrada entre las llamadas culturas paganas europeas hasta la irrupción del cristianismo. En occidente generalmente se asocia a la figura de Jack-o'-lantern (Jack el de la lámpara), la antigua costumbre –presumiblemente originaria de Irlanda y las Tierras Altas de Escocia- de ahuecar vegetales e introducir velas en ellos para alumbrarse en la noche.

Samhain no es pues una entidad corpórea. Sin embargo Los verdaderos Cazafantasmas, héroes de mi infancia, lo enfrentaron en varias ocasiones –recuerdo tres-. Desde su primera aparición, el episodio Cuando la Noche de Brujas se prologó, el villano escapó de su encierro en un milenario reloj que era llevado a Nueva York y perseguía que la Noche de Brujas –la Noche de Halloween- fuera eterna y perpetuar sus poderes. Y cómo juzgarlo. Yo, como mi amada y el pequeño Linus, estoy convencido que en unos días llegará la Gran Calabaza. Si por algún motivo no lo hiciese, siempre estará el año venidero. Mientras tanto, esperaré.