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lunes, 24 de octubre de 2011

El triunfo de los zombis

Más allá de cualquier malestar por la desorganización del Hallow Fest, triunfa mi felicidad por haber conocido a George Andrew Romero, el hombre que redefinió la imagen del zombi cinematográfico. Roger Corman dijo alguna vez que “los hombres capaces de proyectar los mayores horrores suelen ser las mejores personas”. Romero lo confirma. Amable y receptivo al entusiasmo de sus seguidores, se toma tiempo para hablar con ellos, apenarse por las alabanzas que le dedican e incluso para avisar cuando el flash de la cámara no se activó en la obligada fotografía. Es un hombre dos veces grande. En mi encuentro con él pude reconocerle, en un torpe inglés debido al nerviosismo, que su película me enseñó que el horror puede ser respetable. Me refería –por supuesto- a La noche de los muertos vivientes (1968), cinta que creció hasta convertirse en objeto de culto, estudiada por eruditos de la Historia, la Sociología, las Ciencias Políticas, la Comunicación y la Medicina, parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Una obra maestra del horror, en resumidas cuentas. Muchos se afanan en minimizar la trascendencia de la película y el talento de su artífice, pero a ellos puedo responder: el creador de una historia capaz de sobrevivir el paso del tiempo, que se puede estudiar desde tantas aristas, es un gran cineasta. Y lo curioso es que Romero no imaginaba el alcance de la cinta. Imagino su rodaje muy similar al del grupo de niños de Súper 8 (J. J. Abrams, 2011), alimentados por el entusiasmo y la magia del séptimo arte, conscientes del poder de la fantasía y el horror. Coincidentemente –gracias a mis queridos Samantha Patiño y Guillermo Benítez- pude ver esa misma noche El diario de los muertos (2007), quinta entrega de la saga zombi del Maestro Romero. Si el desconocimiento de las causas del despertar de los muertos era una de las principales angustias de los protagonistas de la primera cinta –y uno de sus principales aciertos-, la abundancia de información no es de mucha ayuda en esta ocasión. El Internet –con sus miles de blogs, el Facebook y el Youtube-, con sus numerosas voces, sólo contribuye al caos. El mismo caos que reinó en el Hallow Fest, del que se quejan docenas de devotos. Romero seguro se sintió en los zapatos de los personajes –no zombis- de sus películas. Ello me obliga a reprochar que una figura de su tamaño haya sido el centro de una actividad que tanto decepcionó a muchos. Si el evento hubiera estado en mis manos habría reunido a un panel de expertos –desde cinéfilos hasta epidemiólogos- para disertar sobre su obra. El zombi debió ser pues el protagonista del festival, no vampiros –charla a la que fui convocado- ni asesinos en serie. Espero que esto no ahuyente al padre de los zombis modernos y confío –como dice la canción- que habrá tiempos mejores, porque aún hay George Romero para rato. 

miércoles, 18 de mayo de 2011

Vida pirata

La de un pirata es la vida mejor,
es siempre muy divertido,
Vivimos borrachos
y somos muy machos,
y no nos preocupa la vida.
Canción entonada por la tripulación del Jolly Roger en Peter Pan.
Regresé, tras algunos dramas informáticos. Este texto no es un tributo a los taxistas no registrados en esta Cuidad de México, o a los comerciantes que se benefician, desde la ilegalidad, de la precariedad de los bolsillos de los consumidores y de su falta de respeto por el trabajo intelectual. Mucho menos a un equipo de fútbol americano. Se debe más bien a un inminente estreno cinematográfico y a la fascinación que causan en muchos de nosotros los piratas, corsarios y demás aventureros marítimos.
En una entrada anterior hablé de las adaptaciones cinematográficas y accidentalmente omití una categoría que usa como inspiración juegos mecánicos o esparcimientos similares. Esta es una vertiente cinematográfica que afortunadamente no ha prosperado: si lo hubiera hecho, tendríamos una franquicia en honor al “ratón loco”, “la montaña rusa”, “las tazas giratorias” o “La cabaña del Tío Chueco”. En el caso que nos compete, la idea surgió cuando algún ejecutivo de Disney –esa malvada multinacional, como asegura Bart Simpson- se preguntó: ¿y si hacemos una película basada en una de las más populares atracciones de nuestro parque de diversiones?
Los  Piratas del Caribe fue uno de los últimos paseos en que Walt Disney se involucró en su creación, y desde su inauguración en 1967 se convirtió en uno de los espacios predilectos de los vacacionistas, con versiones en el resto de sus parques alrededor del mundo. Sus artífices supieron explotar bien la fascinación de las personas por los piratas, esos individuos –heroicos en apariencia pero criminales fundamentalmente- que se popularizaron en los siglos XV y XVI. La historia documenta casos célebres, como el de Bartholomew Roberts (apodado Bart el negro), Edward Teach (el legendario Barbanegra), el amable Stede Bonnet (el Caballero Pirata), el famoso William Kidd (cuyo mítico tesoro descubrió Don Gato y su pandilla) y Francis Drake, nombrado Caballero del Imperio Británico en  1581 por la Reina Elizabeth I de Inglaterra por sus incontables servicios a la corona. Un homicida con un título nobiliario no deja de recordarme a un psicópata aplaudido por la Cámara de Diputados o a un protector de pederastas beatificado por la Iglesia. Pero esa es otra historia.
Los Piratas del Caribe (la atracción) aprovechaba también la cultura cinematográfica de sus visitantes, desde cintas como El Pirata Negro (Albert Parker, 1926) con el grandioso Douglas Fairbanks o El Capitán Sangre (Michael Curtis, 1935) con el también formidable Errol Flynn, hasta divertidas extravagancias como Abbot y Costello contra el Capitán Kidd (Charles Lamont , 1952) y Los Muppets en La Isla del Tesoro (Brian Henson, 1996). Toda esta enorme cauda de películas tiene cimientos sólidos en la literatura. Son famosas las aventuras marinas de Julio Verne, con su Capitán Nemo y su prodigioso Nautilus, por ejemplo. La mayoría de los escritores victorianos no resistieron la interesante figura del pirata, y los relatos de Robert Louis Stevenson, William Hope Hogdson, Arthur Conan Doyle y J. M. Barrie popularizaron y glorificaron sus andanzas.
Y finalmente llegamos al 2003, a Los Piratas del Caribe de Gore Verbinski. A mí la cinta nunca dejó de recordarme al videojuego Monkey Islad de Lucas Arts, que consumió mis tardes adolescentes en casa de mi amigo René Soria. El primer mérito que le reconozco es dar nueva vida a una vertiente olvidada del cine de aventuras, con un personaje, el Capitán Jack Sparrow (Johnny Depp), cínico, pobrediablesco pero heroico e intrépido pirata que arranca suspiros de las mujeres y despierta la simpatía de los varones. El guión de Ted Elliot y Terry Rosso, deslumbrantemente producido por el especialista en pirotecnias fílmicas Jerry Bruckheimer, se apoyaba además en un elenco solvente: Geoffrey Rush (a él sí deberían nombrarlo Sir) como el Capitán Hector Barbossa (personaje tomado de la atracción de Disneylandia), Orlando Bloom como el gallardo Will Turner, la bella Keira Knightley como la damisela en desgracia Elizabeth Swann y Jonathan Pryce como el Gobernador Swann, el mal necesario (un político, obviamente). Sobra decir que la cinta se convirtió en un fenómeno que arrojó ganancias multimillonarias. Y es aquí donde las cosas se descompusieron. Como sucedió a muchas otras cintas, el éxito económico propició que sus creadores la convirtieren en una saga. Tenemos desafortunados ejemplos de que esto no siempre resulta, como la trilogía Matrix (Hermanos Wachowski, 1999) o la española REC (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2005) de la que viene una tercera y cuarta entrega. Los Piratas del Caribe, la cinta, fue concebida como un producto unitario. La ambición la convirtió en una franquicia.
Las secuelas que pretendían concluir la historia, Los Piratas del Caribe: El cofre de la muerte (2006) y Los Piratas del Caribe: En el fin del mundo (2007), fueron cintas entretenidas con notables efectos visuales pero por momentos confusas y tediosas, pese a la incorporación del mítico barco fantasma El Holandés Errante (leyenda marítima que floreció en los siglos XVI y XVII), su ficticio Capitán Davy Jones (Bill Nighy, brillante como su doblaje al español a cargo de Germán Robles) y su tripulación maldita, ritos vudú y mitos griegos como el Kraken y Calypso. La batalla climática entre Jack Sparrow y Davy Jones en el mástil del Holandés Errante es memorable, tanto como la aparición de Keith Richards, bajista de los Rolling Stones y modelo de Depp para su papel, como el padre del Sparrow. En el sentido opuesto hay posibilidades dramáticas y personajes desaprovechados, como ese combate final entre el Perla Negra y la marina británica (¿para qué estaba ese enorme ejército de galeones pirata?), o el Señor Pirata Sao Feng que interpretaba Chow Yun-Fat.
En unos días se estrenará su cuarta entrega Los Piratas del Caribe: En mareas misteriosas (Joe Johnston, 2011). Seguramente será un éxito de taquilla. Y es porque la gente la consumirá, porque para muchos los piratas representan la rebelión, la vida al margen de los cánones impuestos por el hombre civilizado. Si los productores de la cinta cumplen su amenaza, podemos esperar dos entregas más. Los Piratas del Caribe se rehúsan a morir como sus pares de la vida real en Somalia, verdaderos piratas para este nuevo milenio.