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jueves, 5 de diciembre de 2013

Daryl Dixon y la supremacía de las minorías

Es muy propio de la naturaleza humana juzgar negativamente lo diferente. Más si consideramos que es inferior a lo que nosotros representamos. Lo demuestra todos los días ese fenómeno tan negativo –y en alarmante crecimiento- llamado bullying –o abuso escolar- o nos lo topamos de frente cotidianamente en casi todos los ámbitos de la sociedad: la mujer indígena a la que se le niegan servicios médicos, el discreto oficinista –ahora les dicen despectivamente Godínez- que es menospreciado por sus compañeros de trabajo o el trato despótico que da un funcionario a una persona común y corriente que acude a denunciar un delito. Debemos tener conciencia que todos nosotros, los que disfrutamos del horror y la fantasía, somos parte de una minoría. ¿Cuántas veces no fuimos cuestionados –por nuestra familia y amigos- por nuestros excéntricos gustos? ¿Cuántas veces no fuimos tildados de satánicos o asesinos en potencia porque reconocemos las luces y las sombras del hombre? Acabo de ver cómo mi buen amigo Jorge Grajales, creador de los maratones nocturnos de cine culto que mensualmente se llevaban a cabo en el Centro Cultural José Martí –operado por la Secretaría de Cultura de esta ciudad-, tras casi 14 años de vida, sufrió la incomprensión y pobres miras institucionales. La mamá de una querida amiga, al más puro estilo de la progenitora de Carrie White, rociaba sus libros de terror con agua bendita. La abuelita de Guillermo del Toro, cuando él era joven, le practicó dos exorcismos. Ser diferente es doloroso y, en muchos casos, heroico. Ser fiel a tus obsesiones más elementales es un acto de convicción y congruencia. La alternativa es la alienación, el ceñirnos a las creencias de otros. No porque estas sean malas: simplemente se oponen a lo que tenemos en la cabeza.
La anterior es una de tantas invitaciones a la reflexión que nos ofrece el horror. En la cultura estadounidense es curioso –y a la vez comprensible- que sus bondadosos protagonistas sean los conocidos como White Anglo Saxon Protestants –protestantes blancos anglosajones-, personas de la mejor posición social, casi siempre con raíces británicas, defensores de las buenas costumbres que rechazan influencias externas a su cultura. Howard Phillips Lovecraft sabía muy bien de este tema. Pero no quiero desviarme. George Andrew Romero, en su indispensable Noche de los muertos vivientes (1968) introdujo una variante notable a esa idea: un héroe negro. Ben (Duane Jones), hombre afro americano –estamos en la era de la corrección- no sólo era el responsable de asegurar la supervivencia de un grupo de personas enfrentadas al apocalipsis zombi, sino tenía que oponerse a una amenaza mayor que estaba en el interior de su refugio: el irracional hombre blanco Harry Cooper (Karl Hardman). En su desenlace, irónico y trágico, el orden era restaurado por otros hombres blancos, que sólo representaban la ignorancia e insensibilidad de nuestra especie. En su respetuoso remake (Tom Savini, 1990) colgaban a los muertos reanimados de los árboles y los usaban como blancos para practicar tiro, o los ponían a pelear en un redil para su diversión.
Los salvadores son llamados desdeñosamente Rednecks, granjeros blancos con un bajo nivel cultural y, por consiguiente, casi siempre irracionales. La televisión moderna ha retratado su vida -con gran éxito- en reality shows como Llegó Honey Boo-Boo y, con más notoriedad, gracias a Cletus Spuckler en la amarillenta familia Simpson. De este grupo surge uno de los personajes más interesantes de tiempos recientes, uno que ha despertado la fascinación de innumerables mujeres –casi todas mis amigas desfallecen por él- y que sin duda compite en aceptación con el protagonista de la serie. Ya he hablado de Daryl Dixon (Norman Reedus) –y de su malvado pero reivindicado hermano Merle (Michael Rooker)-, un ilustre Redneck que ocupa una de las posiciones más privilegiadas del popular programa televisivo The Walking Dead. Sobre él dije en el pasado:
En el caso de Daryl, es curiosa su creciente popularidad entre los espectadores. En Internet leí comentarios que iban desde “Daryl, hazme tuya” a “Daryl, quiero ser la madre de tus hijos”. Cuando concluyó la primera parte de la temporada, quedó en un riesgo grave. Pude entonces percibir una auténtica preocupación que tenía tiempo no atestiguaba. El atractivo del personaje radica en valores que se fortificaron en el transcurso de la trama, como la entrega, la solidaridad, la fortaleza y la integridad.

Hoy por hoy es Daryl quien me hará ver el resto de su cuarta temporada. A diferencia de lo que algunos han especulado, no creo que se convierta en el líder del clan. Su gran papel en el drama es del soldado eficiente, leal y, cuando la situación lo amerita, el del fiero guerrero. Es quien siempre salva el día. Escuché –sentí- la más sincera emoción en los últimos momentos del final capítulo, y más de una persona me reveló su angustian cuando un zombi lo sorprendió por la espalda. ¿Qué le depara el destino? Sólo podemos esperar. Lo descubriremos en febrero.

martes, 2 de julio de 2013

De cómo el mundo casi terminó (a causa de los zombis), segunda parte

***Advertencia. Lo que sigue contiene información que puede estropear el goce de la película a la que alude el texto. Se recomienda discreción al lector***.
Hace tres años elaboré una clasificación de las películas de desastre, y Guerra Mundial Z (Marc Foster, 2013) puede ubicarse sin problemas en el punto 2.1.1 de mi escala, el que reservo para aquellos causados por el hombre en su modalidad de desastres químicos y epidemias (perdón por el plagio deliberado, Dr. Michael Stone). El póster que presento, que incluye al héroe, su familia, muchísimos zombis y una ciudad en llamas lo anticipa. Esto demuestra que el guión de Matthew Michael Carnahan, Drew Goddard y Damon Lindelof reproduce una fórmula que ha demostrado su efectividad. E insisto, como tal es disfrutable y no me causó ningún tipo de molestia. Lo recuerdo a continuación:
                                                                                                            

  1. La presentación. Los protagonistas, uno por uno, se presentan ante nosotros, con sus conflictos personales, manías y fobias, con el fin de ganar nuestra simpatía o despertar nuestra más profunda aversión. En este caso, conocemos a Gerry Lane (Brad Pitt), quien desayuna apaciblemente con su esposa Karin (Mireille Enos) y sus hijitas Rachel (Abigail Hargrove) y  Constance (Sterling Jerins) en su hogar suburbano en Philadelphia.
  2. Los avisos. El fenómeno destructor, causado o no por el hombre, comienza a anticipar su llegada. Los protagonistas pasan por alto estas advertencias. Aquí la familia Lane se entera de epidemias que se piensa son causadas por rabia en varios países. Naturalmente hacen caso omiso. Está apurados para pasar el día en la ciudad.
  3. El desastre. Se desata la destrucción. Vemos muchas muertes. Nuestros protagonistas emprenden un peregrinar lleno de riesgos para asegurar su supervivencia. La escena que vimos desde los avances, donde reina el caos. Los Lane escapan milagrosamente y buscan refugio y medicinas para su hija asmática. Gerry contacta a un viejo amigo del trabajo Thierry Umutoni (Fana Mokoena), quien resulta ser el Secretario General Adjunto de la las Naciones Unidas. El amoroso padre de familia fue un “martillo” de la Organización y es obligado a salir del retiro.
  4. La depuración. Varios de nuestros protagonistas mueren. Algunos heroicamente, otros por azares del destino, unos pocos porque lo merecen (según el espectador). El rescate en helicóptero (que también conocemos en los avaces), donde un joven personaje se suma como causa de la necedad.
  5. La resolución. El ánimo de los protagonistas parece desmoronarse, pero sacan fuerza de flaqueza. Están resueltos a sobrevivir. Desde la seguridad del océano, se reconoce la magnitud y peligro del fenómeno (que también vemos en los cortos) y se inicia una estrategia para enfrentarlo.
  6. La inyección de emoción. Para aumentar la tensión, el fenómeno destructor ataca de nuevo (una réplica de terremoto, la segunda erupción de un volcán, o un nuevo ataque extraterrestre, por ejemplo), pero nuestros héroes siguen adelante, facilitada su odisea con el costo humano de un valiente. Gerry, un epidemiólogo (sólo uno) y un pequeño comando militar inicia un viaje alrededor del mundo, de Corea del Sur a Israel, “siguiendo las migajas”. Hay peligros al por mayor, muchas bajas y amputaciones.
  7. La luz al final del túnel. Luego de la tormenta viene la calma. Nuestros héroes –los sobrevivientes- recuperan la paz que el fenómeno destructor les arrebató. Casi siempre resuelven sus dramas individuales (conflictos de pareja, filiales o de trabajo) gracias a la experiencia. Gerry y una militar sobreviviente logran llegar milagrosamente a un laboratorio en Inglaterra, donde hace un sesudo descubrimiento –como en una película de M. Night Shyamalan- que salvará el día. Se reúne con su familia y la armonía en el clan se reestablece, pese a que “sólo han obtenido tiempo adicional”. 

lunes, 1 de julio de 2013

De cómo el mundo casi terminó (a causa de los zombis)

Seamos estrictos. La cinta Guerra Mundial Z (Marc Foster, 2013) sólo comparte el título con la estupenda novela que la desprende. Guerra Mundial Z: Una historia oral de la guerra zombi, autoría del estadounidense Max Brooks (Almuzara, 2011) es propiciada a su vez por otro texto indispensable del autor, Guía de supervivencia zombi: protección completa contra los muertos vivientes (Berenice, 2008). Si estos monstruos carecen de un relato canónico, ambos textos son lo que más se aproxima a esto. Ponen en un contexto realista, terriblemente contemporáneo, a una figura que se ha integrado por incontables méritos al imaginario colectivo. El libro en que se basa la película, como indica su título, es una gran colección de entrevistas que realiza un relator de la Organización de las Naciones Unidas –su nombre nunca se menciona, acaso es el propio Brooks- que te captura desde el primer párrafo. “Le dan muchos nombres: La Crisis, Los Años Oscuros, La Plaga que Camina, y también nombres más nuevos y de moda como Guerra Mundial Z o Primera Guerra Z. En lo personal me disgusta ese último título, pues sugiere una inevitable Segunda Guerra Z. Para mí, siempre será La Guerra Zombi, y aunque algunas personas pueden discutir acerca de la exactitud científica de la palabra zombi, me gustaría invitarlos a encontrar otro término que tenga una aceptación tan universal para las criaturas que estuvieron a punto de provocar nuestra extinción. Zombi sigue siendo una palabra devastadora, con un poder sin igual para conjurar un sinfín de recuerdos y emociones, y son precisamente esos recuerdos y emociones los que forman el tema principal de este libro”. Apoyado por un “ejército de intérpretes” y su “pequeño pero invaluable aparato de transcripción activado por voz”, el narrador recorre el mundo –de Estados Unidos a Cuba, del Tíbet a Grecia, de Brasil a Barbados- recolectando testimonios, 10 años después de concluido el conflicto, de personas de todos los enfoques y procedencias –científicos, políticos, militares, ciudadanos de a pie y demás-. A los ojos de los jefes del cronista, el documento es “demasiado personal” –y largo, evidentemente- y le sugieren que mejor escriba un libro. Brooks aprovecha para ofrecer un detallado recuento de las implicaciones políticas, culturales, religiosas y ambientales del acontecimiento que casi llevó a la especie humana a la extinción. La ineptitud de la clase gobernante, la ineficacia de las estrategias militares y sanitarias para enfrentar el desastre y la incertidumbre son temas dominantes en la trama. Todo esto brilla por su ausencia en la versión cinematográfica. Surge de un material tan extenso que sólo podría resolverse satisfactoriamente en una serie de televisión –o en una extinta mini serie-. Sin embargo, si separamos el resultado que nos ofrece Foster –siempre atesoraré sus filmes Descubriendo el País de Nunca Jamás y Más extraño que la ficción- nos encontraremos ante una película disfrutable. Eso sí, con muchos aspectos a considerar.
El primero de ellos: es un gran espectáculo diseñado para el lucimiento de su protagonista, Brad Pitt. Su compañía productora, Plan B Entertainment, compró los derechos del libro cinco años atrás con la intención de llevarlo a la pantalla. No sabía que se metía en camisa de once varas. Demoras, cambios de locación y la triple re escritura del guión hicieron su producción muy atropellada. El libreto de Matthew Michael Carnahan, Drew Goddard y Damon Lindelof repite un esquema que hemos visto en incontables películas de desastre, donde un héroe intrépido (Pitt, obviamente) es el encargado de salvar el día. Omite grandes momentos del libro, como la gran ofensiva en Yonkers, Nueva York, el dispositivo lobotomizador –su nombre oficial es “Herramienta Estándar para Infantería de Trincheras”, pero fue bautizado cariñosamente como Lobo-, la migración masiva de ciudadanos de Estados Unidos a Cuba o a los territorios al norte del continente –“ya que los muertos vivientes se congelan por completo, el frío extremo era nuestra única posibilidad”-, con nefastas consecuencias, los no muertos aún activos en el suelo marino. Y luego viene la parte incómoda: “Cuba ganó la Guerra Zombi; quizá no es una declaración muy humilde, teniendo en cuenta lo que pasó en los demás países, pero tan sólo mire cómo estábamos hace veinte años y cómo estamos hoy”. Y omitieron algo que adoré porque tiene que ver con los perros que tanto amo, héroes anónimos en toda conflagración. “Los perros rastreadores los encontraban [a los zombis] y sus entrenadores los despachaban con armas silenciadas”. O esa emotiva entrevista al hombre que dirige una granja para perros veteranos de guerra en Nebraska.
Lo atractivo es ver a una gran estrella, corriendo por todo el mundo para salvarlo. De paso mostrar una gran pirotecnia de efectos especiales –libre de todo elemento gore, para evitar la censura-. Y sobre esto, los aficionados pueden quejarse. Los zombis de la cinta corren, atacan como una gran e incontrolable turba de linchamiento, muy opuesta a la masa lenta y torpe que nos presentó George Romero, a quien Brooks reconoce al final del libro. Muestran también una mediana capacidad de organización al trepar uno sobre otro para forman una inmensa escalera mortuoria y escalar muros. Esto no me desagrada –lo de los zombis corredores-, especialmente si tomamos en cuenta que es la evolución natural del monstruo –como la inauguró Danny Boyle en Exterminio- para conservar su capacidad de atemorizarnos.
El resultado es grandilocuente, pero no inolvidable. Sólo debo reconocerle que el final –que pudo deducir cualquier epidemiólogo con mediana capacidad- no es en absoluto feliz. “Sólo compramos un poco de tiempo adicional”, lo que sin duda –como demuestra su éxito de taquilla- asegurará secuelas.


                                                                       

lunes, 15 de abril de 2013

De juguetes y zombis


En los últimos días he leído sobre la interacción que Robert Kirkman -creador de la popular historieta The Walking Dead y productor ejecutivo de su versión televisiva- tuvo con seguidores del programa, donde le hacían notar las similitudes con la trilogía fílmica Toy Story. Divertido, declaró lo siguiente:
Hay muchas coincidencias. Toy Story es una gran producción, es un honor ser comparado con ella, pero sí que es verdad que algunas similitudes son muy forzadas. He visto las tres películas (Toy Story) y es emocionante ver esos juguetes antropomórficos y su relación con los niños a los que pertenecen, pero no creo que haya ningún tipo de inspiración extraída para The Walking Dead.
Y como era de esperarse, casi al instante comenzaron a aparecer materiales en la red. Uno de los mejor logrados es una versión de sus créditos iniciales con los juguetes que bien conocemos, aderezado con el inquietante tema musical de Bear McCreary. Advierto. Causa adicción.


jueves, 4 de abril de 2013

Los muertos caminan, tercer acto.


Una advertencia: si no ha visto la serie, absténgase de leer lo siguiente.
Casi siempre las elevadas esperanzas restan brillo a cualquier experiencia. Al menos así me sucedió con el desenlace de la tercera temporada de la teleserie The Walking Dead, a la que me he referido ampliamente en el pasado. El resultado no fue malo en absoluto, pero el momento final del capítulo previo, desolador y terrible, los anuncios de su protagonista Andrew Lincoln en redes sociales –“en el episodio morirán 27 personas”- y los pronósticos de muchos de sus seguidores me hicieron esperar una conclusión espectacular. En general fue una buena temporada, mejor que la anterior y menor que la primera, en la que encuentro cuatro aspectos dignos de elogio:

1. El reencuentro de los hermanos Dixon, Daryl (Norman Reedus) y Merle (Michael Rooker), el primero convertido en una pieza esencial del grupo de supervivientes y el segundo en un villano al servicio de un grupo rival. En el caso de Daryl, es curiosa su creciente popularidad entre los espectadores. En Internet leí comentarios que iban desde “Daryl, hazme tuya” a “Daryl, quiero ser la madre de tus hijos”. Cuando concluyó la primera parte de la temporada, quedó en un riesgo grave. Pude entonces percibir una auténtica preocupación que tenía tiempo no atestiguaba. El atractivo del personaje radica en valores que se fortificaron en el transcurso de la trama, como la entrega, la solidaridad, la fortaleza y la integridad. Todas contrastaban desde su inicio con la personalidad de su hermano, cínico, poco escrupuloso. Un personaje repelente, al que se podía odiar. Él mismo hizo evidente su necesidad: “siempre se requiere alguien capaz de hacer el trabajo sucio”, de mancharse las manos –la mano-, de realzar la nobleza del héroe o evitar que la comprometa. Irónicamente Michonne (Danai Gurira) le dice que lo asume como una carga, lo que desnuda su esencia bondadosa. De acuerdo el planteamiento televisivo –los Dixon no tienen raíces en el cómic-, Merle crió a su hermano menor tras la muerte de su madre y lo protegió de su padre alcohólico y violento. De manera que algo bueno debió tener para transmitir valores tan sólidos a Daryl. Por eso su villanía se transforma al final en la más genuina empatía. Su destino, lamentable luego de su reivindicación, no dejó de provocarme pesar.
2. Phillip Blake (David Morrissey), nombrado respetuosamente por sus protegidos en el pueblo de Woodbury como El Gobernador.  Personaje carismático a primera vista, tiene una vocación secreta y una oscuridad que lo vuelven un peligro más grande que las hordas de zombis que caminan por la tierra. Luego de la segunda muerte de su amada hija, se transforma en un ser sediento de venganza, irracional y terrible como el mítico Capitán Ahab de Hermann Melville. Como él, está dos veces mutilado. “En este nuevo mundo, matas o mueres. O mueres y matas”, dice a su otrora vasallo Milton (Dallas Roberts) mientras le propina una golpiza. Su aspecto en las historietas, que me recuerda más a la imagen del actor Danny Trejo que al físico sajón de Morrissey, lo hace más amenazante. Perverso y sin remordimientos, era capaz de matar a sus propios defendidos cuando no obedecían sus deseos o mantener en cautiverio s sus enemigos, degradándolos física y psicológicamente (en su versión original es peor). Por esto fue lamentable que al final se convirtiera en un cliché, en un malvado de caricatura que perdiera el atractivo que confirma una certeza cotidiana: “temo más a los vivos que a los muertos”.
3. Carl Grimmes (Chandler Riggs), hijo de Rick (Lincoln) y Lori (Sarah Wayne Callies), chico que perdió su infancia al mismo tiempo que iniciara el Apocalipsis zombi. No sólo tuvo que dar una muerte piadosa a su progenitora, sino tomó un camino sin retorno. Mi amigo Jorge Báez lo resume bien: “el final de temporada de The Walking Dead me dio escalofríos, no por la muerte de algunos personajes. El episodio me golpeó emocionalmente porque fui testigo de la completa pérdida de inocencia de Carl, un niño de 11 años cuya realidad lo ha forzado a crecer demasiado rápido, a vivir en un mundo donde sobrevivir significa matar o dejar morir. Carl asesinó a un adolescente sin motivo. Al jalar el gatillo, no hubo duda en sus ojos. Este niño se puede convertir en algo peor que el Gobernador, la amenaza zombi ha dejado de ser importante”. Todo muy cierto. Ante la ausencia de una figura materna, con un padre anulado, el niño llega a la adolescencia en un mundo cruel y sin futuro. Lo que sucederá con él seguramente será importante en el desarrollo del relato.
4. Más zombis, más sangre y más acción. Los diletantes de lo sanguinolento se pudieron regocijar con la aguerrida Michonnee rebanando cabezas a diestra y siniestra con su ya famosa espada katana, con los héroes atravesando cráneos con varillas a través del enrejado o con Glenn (Steven Yeun) cortando dedos en busca de un anillo de compromiso. Lo mejor es que los zombis son un pretexto para hacer evidentes las virtudes y carencias de la naturaleza humana, sea el enfrentarlos por divertimento, el brindar refugio de ellos, el utilizarlos como un arma contra los oponentes o como una forma para aferrarse a la esperanza: el Gobernador mantiene secretamente a su hija reanimada, Milton hace estudios para tratar de devolver la racionalidad a los muertos. Todo es en vano.
La muerte de dos personajes principales (a los que no extrañaré), algunos secundarios y la inclusión de algunos nuevos sirven como anticipación de una cuarte temporada. Gale Anne Hurd, productora ejecutiva y co creadora del programa, confirmó esto y lanzó una advertencia: “la serie no terminará bien para todos”.

lunes, 11 de marzo de 2013

Texto para la presentación de Amor, zombis y otras desgracias


Esto es lo que leí el pasado 2 de marzo, para seguir a tono con los zombis. 
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Durante las dos últimas décadas, los zombis son personajes increíblemente arraigados en la cultura popular. Todos nos hemos angustiado, desde la seguridad de nuestros asientos, ante el drama del grupo de sobrevivientes –que se parecen a ustedes y a mí- en la teleserie The Walking Dead o pasado interminables horas aniquilándolos en la serie de videojuegos Resident evil. No discutiré en este momento sobre su origen en el folclor afroantillano y sus brillantes representaciones en el séptimo arte, me quedo por hoy en la literatura. En el terreno de las letras contemporáneas es un monstruo poco visitado, salvo notables excepciones como Max Brooks –con su Guía de Sobrevivencia Zombi y su novela Guerra Mundial Z-, John Ajvide Lindqvist –con su perturbadora novela Descansa en paz- o Seth Grahame-Smith –con su curiosa Orgullo y prejuicio y zombis-. Precisamente como una aportación notable se erige Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. A él tengo el placer de conocerlo desde hace varios años en su faceta de editor –hizo posibles las primeras publicaciones de mi buen amigo Rafael Aviña-, académico y biógrafo de nuestro mutuo amigo Vicente Quirarte (El Hombre Araña también escribe poesía, Porrúa, 2005). No sólo nos une una fascinación por la cultura criminal y el que los expertos llaman “cine truculento”. Publicó Crónica negra del crimen en México (Plaza y Janés, 2001), una espléndida y selecta recopilación de la nota roja nacional. Mi reencuentro con él ocurrió de manera inesperada: tuve el honor de presentarlo con pretexto de su nueva creación durante el pasado Festival Mórbido, en la espléndida Biblioteca Publica Gertrudis Bocanegra de Pátzcuaro.
Sobre el motivo de que estemos reunidos esta tarde sólo puedo decir que Amor, zombis y otras desgracias es una estupenda novela juvenil, que no sólo es afortunada desde su ingenioso título, sino por abrevar de una cultura cinematográfica que todos los diletantes del horror pueden identificar. A través de un lenguaje ágil, que no pierde el tiempo en detalles innecesarios y alterna las voces narrativas, conocemos la historia de Jorge Antonio, un chico de 16 años que se muda de casa con madre, su padre Harry, y su insufrible hermanita, e ingresa a la secundaria Instituto Científico y Cultural de México. Ahí conoce a UV, uno de los más notables creyentes en teorías de conspiración que recuerdo, y a Alicia, una jovencita huraña y llena de pircings. El héroe vive los infortunios propios de la edad, esos que casi todos conocimos: está condenado a la marginalidad por sus extravagantes gustos, es víctima del abuso de sus compañeros –hoy le llamamos bullying- y cae presa de un amor imposible –la bella y banal Bárbara-. Por si fuera poco, todo ocurre en medio del Apocalipsis zombi. Acertaron si descubrieron en lo que dije una serie de homenajes, de la obra seminal de George Andrew Romero hasta la primera entrega de la saga de acción sobrenatural W. S. Anderson.
Pero su atractivo no reside exclusivamente en lo anterior. La novela está narrada en una forma muy familiar para los adolescentes: mensajes de Twitter y Facebook, mensajes SMS de celular, videos de Youtube, entradas de blog y páginas de Internet, archivos adjuntos de correo electrónico, videograbaciones, recortes de periódico, comunicados de prensa y entradas de diario, al más puro estilo epistolar con el que Bram Stoker ensambló su creación más perdurable. Todo en un ambiente doméstico como la gran Ciudad de México, con episodios tan reconocibles por recientes -¿recuerdan la epidemia de Influenza AH1N1 con sus restricciones y la forma en que afectó la vida de la urbe?-.

Hay dos cosas que debo agradecer a Amor, zombis y otras desgracias:

1. Se trata de una historia de zombis a la vieja usanza, respetuosa del monstruo como nos lo ha presentado el séptimo arte. Existe una tendencia a la innovación, a desligarse del canon, donde nuestros personajes son llamados “caminantes”, o cosas similares. Es cierto que otros calificativos pueden ser apropiados, como “infectados”. Pero yo, como Max Brooks, siempre los llamaré zombis. Y abre su maravillosa novela Guerra Mundial Z afirmándolo:        
Para mí, siempre será “La Guerra Zombie,” y aunque algunas personas pueden discutir acerca de la exactitud científica de la palabra zombie, me gustaría invitarlos a encontrar otro término que tenga una aceptación tan universal para las criaturas que estuvieron a punto de provocar nuestra extinción. Zombie sigue siendo una palabra devastadora, con un poder sin igual para conjurar un sinfín de recuerdos y emociones, y son precisamente esos recuerdos y emociones los que forman el tema principal de este libro.
Esto lo demuestran sus consejos prácticos para enfrentar una invasión zombi, contenidos en su capítulo IV de la segunda parte del texto, en la más pura escuela del señor Brooks o el Manual de combate zombi, de Roger Ma. En lo personal, prefiero la brevedad de Trueba Lara.
Y sobre la cultura cinematográfica, su afortunada filmografía pone a prueba los conocimientos del lector y lo invita a hacer descubrimientos afortunados. El autor incluye títulos que parecerían ajenos al tema, como Hombres de negro (Barry Sonnenfeld, 1997). Uno podría preguntarse por qué el autor sugiere una cinta de extraterrestres. La respuesta es simple: el Agente J (Will Smith) pregunta a su mentor K (Tommy Lee Jones) si busca información sobre el caso que indagan. Por respuesta éste se dirige hacia el puesto de periódicos más cercano. Toma tres tabloides que tienen los encabezados más extravagantes e irrisorios –aquí sería el Alarma o el Semanario de lo insólito-. El novato le cuestiona sobre la seriedad de esos impresos. “Son el mejor periodismo de investigación”, responde el veterano. “Lee el New York Times si quieres. A veces aciertan”. La cultura del sospechosismo, dirían algunos.

2. Los zombis, como en toda buena historia de su clase, ponen en manifiesto lo mejor y lo peor de las personas. El drama de supervivencia de sus protagonistas es el que nosotros podríamos vivir en una circunstancia semejante. La valentía, la solidaridad y la nobleza son virtudes que nuestros héroes ponen a prueba en todo momento, sea para recorrer los siniestros túneles del metro –arriesgándose por partida doble- o para acompañar a su amiga en el “arresto domiciliario” al que la castiga su madre. El autor también hace evidente la incapacidad de las autoridades para enfrentar la contingencia, con sus soldados temerosos cuyo jefe ordenaba disparar “a la jeta” a los enemigos o el maquillaje mediático. Al final nos recuerda las desventajas de la condición humana ante un evento extraordinario y nos plantea una pregunta inquietante: “¿conviene enamorarse ante el fin del mundo?”.

Su autor deja abiertos detalles que propiciarían una secuela. Si mi razonamiento es acertado, espero que se presente en la edición XXXV de esta Feria de Minería. Por lo pronto el libro fue el primero que devoré en este 2013. Un calificativo muy apropiado ante estas circunstancias.  

martes, 5 de marzo de 2013

Presentar zombis


El sábado pasado, Alfaguara Infantil me invitó a presentar la novela Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara, 2012) de José Luis Trueba Lara, obra a la que me referí anteriormente. Acompañé al autor y al crítico de cine Rafael Aviña, figura importante en este espacio y en mi formación. Por los dos siento el más genuino respeto y aprecio personal y profesional, cosa que me hizo disfrutar la ocasión por partido doble. El acto, celebrado en la edición XXXIV de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en orgulloso territorio de mi Universidad, contó con un público –mayormente integrado por jóvenes- que colmó el Salón de la Academia de Ingeniería. Es comprensible por la reciente efervescencia del fenómeno zombi, un monstruo que invita a las más variadas interpretaciones. De todos sus terribles colegas, es el más correcto. A un zombi no le importa si eres rico o pobre, feo o hermoso, lees la Revista de la Universidad o TV y Novelas, escuchas a Metallica y Jenny Rivera: tu carne es igualmente suculenta que la de cualquier persona. Comprometí a Rafael para compartir en este blog el texto que preparó para la actividad, por lo que lo reproduzco con su amable autorización. Que lo disfruten.
***    
AMOR, ZOMBIS Y OTRAS DESGRACIAS de José Luis Trueba Lara
Rafael Aviña

Conocí a José Luis Trueba Lara hacia el año de 1980, cuando ambos coincidimos como alumnos en el primer semestre de la UAM Xochimilco en el turno vespertino, un tronco común, en el que la UAM mezclaba en una suerte de cacerola experimental a aspirantes a Diseño Gráfico, Biología, Comunicación, Sociología, Arquitectura, Agronomía, Economía y más. José Luis iba para Sociólogo y yo para Comunicador Social y sobrevivimos a esa experiencia. Fue tal la empatía que tuvimos y la sana competencia que establecimos, que decidimos trabajar en equipo en los dos semestres que compartimos. Parte de nuestra afinidad tenía que ver con ese gusto por platicar y desmenuzar toda clase de películas enfermizas, sangrientas y delirantes y sus correspondencias con la vida cotidiana.
Basta decir que de ese gusto mutuo, varios años después, José Luis, en su faceta como editor, avaló algunos de mis primeros libros como: El cine oscuro,  el placer criminal y El cine de la paranoia, que publicó bajo el sello de su propia editorial Times Editores. José Luis es académico, promotor cultural, ensayista, periodista, ha estudiado varias carreras y desarrollado cargos públicos relacionados con el área editorial y cultural y además de ello, no ha dejado de escribir. Más sorprendente aún, es que se trata de un autor que igual puede narrar la historia de un policía capitalino, contar las vicisitudes de los chinos en Sonora o de la huelga de Cananea en 1906, y a la vez, escribir una novela sobre muertos vivientes quinceañeros. Su capacidad de trabajo y su obra publicada resulta asombrosa y lo digo con gusto y admiración.
Una de aquellas tantas tardes de 1980 en la UAM Xochimilco, nuestro profesor nunca llegó, entonces José Luis y un servidor iniciamos una larga plática que se extendió hasta entrada la noche cuyo tema era una película en particular considerada un parteagüas cultural del cine de horror y sobre un tópico que hoy en día ha conseguido crear un enorme embeleso y veneración. Me refiero a La noche de los muertos vivientes dirigida en 1968 por George A. Romero, director que ha seguido realizando una serie de eclécticas y fascinantes secuelas sobre el mismo tema y generado múltiples filmes que rinden homenaje a su trabajo. En éste, su nuevo libro, Amor, zombis y otras desgracias, editado por Alfaguara juvenil, el personaje protagónico se llama Jorge Antonio Romero (es decir: George A. Romero), a quien José Luis rodea de una serie de personajes y situaciones que van del humor negro al horror más desolador. Si algo tiene José Luis Trueba Lara además de incansable talento, es que es dueño de un humor despiadado que aplica aquí de manera brillante. Veamos.
El personaje de UV el mejor amigo de Jorge Antonio a quien conoce en la nueva escuela secundaria a donde se cambia, se llama así porque es albino. En otra parte, Jorge Antonio le pregunta a su amigo si su mamá se volvió a casar. El responde: “¿Tu te casarías con ella?” y es habría que aclarar que la mujer es casi albina, se pinta el cabello color rosa pálido, se maquilla como geisha y es una cosmetóloga que carece de cejas. Lo mismo sucede con la anécdota de ese jabón con feromonas llamado quita calzón que el protagonista compra en el mercado y que puede convertirse en una fallida arma biológica.
José Luis Trueba pasa revista a un universo adolescente que en un principio puede parecernos un lugar común desde el punto de vista adulto. No obstante, sería bueno que los adultos regresaran a los años de adolescencia para recordar esa sensación de estar cubiertos de espinillas, flacuchos, hablando como el Gallo Claudio y enfrentando al típico gandalla  golpeador de toda secundaria y al mismo tiempo, a la atracción física hacia chicas que se desarrollan mucho más rápido que los jóvenes. Es justo ahí donde encaja Jorge Antonio, un chavo solitario que lleva un diario escrito, con una media hermana pequeñita, un padrastro bueno pero anodino y una madre cariñosa. UV, el albino que vive con su madre ídem, fanático de las teorías de las conspiraciones los blogs de ese mismo tema y de películas como Resident Evil, La facultad, La noche de los muertos vivientes, El exorcista, Usurpadores de cuerpos o Diabólica tentación y que además, tiene en su casa un chihuahua disecado y cree en suplantaciones alienígenas, lavados de cerebro y bacterias extraterrestres. O Alicia, la chica solitaria cuya madre la acosa y acusa todo el tiempo, cubierta de piercings y que se desahoga a través de una cámara de video. Chavos segregados y auto marginados que bien podrían tener cabida en la película Cuenta conmigo escrita por Stephen King, Por cierto, los personajes de Trueba, se adelantaron a los de Paranorman y Frankenwinie, donde cabe también la chica fanática del maquillaje, los antros, la ropa de moda, Camila y Justin Bieber, llamada Bárbara como Barbie.
Amor, zombis y otras desgracias, está etiquetada como novela juvenil, ya que transcurre en ambientes adolecentes. Lo curioso, es que en realidad se trata de una obra que al mismo tiempo debieran de leer los padres de los chavos a los que está dirigida. En su novela, la familia nuclear no existe. Los chicos protagonistas o han sido abandonados por el padre, o son hijos de divorciados, pero sobre todo, los adultos se localizan a años luz de los sentimientos de sus hijos, lo que también da pie a reflexiones crudas. En la pag. 164, Alicia habla consigo misma a través de una cámara refiriéndose a su mamá y dice: “cuando le comenté que teníamos que platicar de algo muy importante, ella, como siempre, entendió otra cosa. Se me quedó viendo muy feo. En ese momento, supe que para no variar, estaba pensando en cosas que no son, ya sabes: que me fui de zorra, que estoy esperando un bebé, que me había metido algo, que ya me habían reprobado o que me habían pegado una enfermedad de esas que no se puede hablar sin vergüenza. A veces cuando se pone así, pienso en ella y en mi papá, en un matrimonio a la carrera y en una niña prematura, esa soy yo…en que mi mamá tal vez no quiere que sea como ella, pero nunca se ha querido dar cuenta, que definitivamente, yo no soy ella”.
José Luis hace referencia a personajes del cine de horror contemporáneo como Stephen King, Robert Rodríguez, o Romero, sin embargo, atiende las premisas de aquellos relatos de horror de los años 40 y 50, cuyos personajes sufrían terribles mutaciones que no eran otra cosa que alegorías de las transformaciones hormonal adolescente y sus horrores inconfesables, como sucede en La marca de la pantera, Yo fui un hombre lobo adolescente, El hombre caimán o La mancha voraz,  mismas que a su vez, encontraron eco en la década de los 70 con cintas de culto como Martin de George A. Romero, Carrie de Brian De Palma o Parásitos asesinos y Rabia, dirigidas por David Cronenberg. En ellas, los vómitos, las evisceraciones eran metáforas de la bulimia, anorexia, dermatitis o automutilaciones adolescentes y a su vez, alegorías sexuales sobre los cambios hormonales de adolescentes que despiertan al mundo.
Por supuesto, el cine mexicano de la época no se quedó atrás para hablar de los jóvenes, personajes que parecían invisibles como hoy se sienten hoy los chavos. Así, perdidos entre charros, gángsters, chinas poblanas, rumberas, pecadoras o madres abnegadas, jóvenes como Martita Mijares, Marta Elena Cervantes, Maricruz Olivier, Tere Velázquez, Olivia Michel, Luz María Aguilar o Chachita, Fredy Fernández el Pichi, Alfonso Mejía, René Cardona Junior, o Fernando Luján, jamás se convirtieron en panteras, caimanes, o lobos. No obstante, para los realizadores y argumentistas de aquel cine mexicano adolescente, nuestros jóvenes eran unos verdaderos monstruos con acné y tobilleras, culpables de todo tipo de desviaciones como el rocanrol, el cigarro, las chamarras de cuero y el despertar a la sexualidad. Jóvenes inconformes y rebeldes como deben ser los jóvenes, pero por ello, para nuestro cine: regañables, sermoneados, rechazados e incomprendidos en películas cuyos títulos hablan por sí mismos de sus “aberraciones” adolescentes: La edad de la tentación ¿...Y mañana serán mujeres!, Ellas también son rebeldes, ¿Con quién andan nuestras hijas?, Juventud desenfrenada, ¿A dónde van nuestros hijos? o Estos años violentos.
Si Drácula de Bram Stoker se construía con materiales como cartas, diarios, recortes de periódicos y un narrador omnisciente. En la novela de José Luis además del narrador ese “alguien del que quizá nunca sabremos quien cuenta lo que pasa” en la obra, nos encontramos con mensajes de twitter, de celular de facebook, videos de youtube, confesiones a cámara, diarios escritos, entradas de blogs y páginas de Internet, correos electrónicos, notas de periódico, comunicados de prensa y más, para contar no sólo una historia que pasa del humor negro a un asunto cada vez más ominoso y sangriento, con caminantes o muertos vivientes que salen de los túneles del Metro y de hombres topos que viven en las cloacas y en los recovecos de esas mismas estaciones, muy similares por desgracia a los indigentes marginados, teporochos y adolescentes pachecos que corrieron de la calle de Humboldt y que ahora deambulan entre la calle de Independencia y el Metro Juárez.
En el fondo, esta historia de muertos que caminan, de una terrible pandemia que mucho tiene que ver con aquella que asoló nuestra ciudad en abril de 2009, de jovencitos armados con decenas de dvds de horror Serie B, paranoias y conspiraciones, se trata sobre todo, de un relato de sobrevivencia emocional y hormonal adolescente: su relación con el mundo, con los adultos, la experiencia del amor, el valor de la amistad, la forma en que los chavos intentan enfrentar la soledad, la ausencia de sus padres y las burlas de sus compañeros, con un escenario zombie apocalíptico como alegoría.
Por encima de todo ello, Amor, zombis y otras desgracias, retrata el dolor de crecer. El abandonar las fantasías de la infancia y esa burbuja en que solemos crecer, para ver la realidad: la forma en que conviven de manera cotidiana fealdad y belleza, el horror, la corrupción, o la apatía, con el esfuerzo, el optimismo y el trabajo verdadero. Ahí, donde, el enamorarse es sólo otra faceta de ese proceso que es el tormento de crecer. Y es que crecer duele, duele mucho. Pregúntenle a sus hijos adolescentes y verán, o más bien, preguntémonos a nosotros mismos. Es ahí donde el epígrafe de José Emilio Pacheco de El principio del placer que José Luis refiere, adquiere sentido. Cito: “Si, en opinión de mi mamá, ésta que vivo es la “etapa más feliz de la vida”, como estarán las otras, carajo”.
Muchas gracias.

viernes, 27 de abril de 2012

La peor de mis bodas


Es cierto que [REC] (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007) no aportaba nada nuevo al género. Su premisa –el videoreportaje de un suceso aterrador- fue ya explotada previamente, pero era increíblemente eficaz y fue capaz de crear en mi mente verdaderos momentos de horror. El encuentro con la otredad de la entrevistadora Ángela Vidal (Manuela Velasco), su camarógrafo Pablo, una dotación de bomberos, un par de policías y el varopinto grupo de inquilinos de un viejo edificio de Barcelona se convirtió en un objeto de culto instantáneo. La cinta, como dijo Rafael Aviña, generó “no sólo un remake estadounidense (Cuarentena, 2008), sino una insólita continuación que arranca minutos después del desenlace de la película original, y cuya oferta argumental aporta un nuevo giro a la trama primigenia”. Y aunque la [REC]2 (2009) no fue de mi entero agrado –pues no se ajustaba a mis expectativas- debo concederle estupendos momentos. Sobre todo respetar su estilo –la videograbación- de una manera lógica y aceptable, ahora por el grupo especial de la policía que ingresó en el lugar y un trío de jovencitos imprudentes. Sobre ella sigue Aviña: “A pesar de algunos momentos en verdad espeluznantes, en el que caben niños, coplas españolas, sacerdotes y pasadizos, [REC] 2 se distrae con escenas shock, algunos sustos muy burdos, ciertos problemas para unir sus subtramas y otorgarle credibilidad al tema demoniaco. A todo ello se suma un humor involuntario que se desprende del maquillaje, y, sobre todo, de los modismos locales. “Tíos”, “gilipollas”, “coño”, “puñeteros”, “hostias”... y más”. Fue, sin duda alguna, una continuación innecesaria, decepcionante si la comparamos con su fuente de procedencia.
Ayer, a pesar de mis instintos, me aventuré a ver [REC]3 (Paco Plaza, 2012), alentado por algunas recomendaciones y por curiosidad –de ella murió el gato-. No sólo salí indignado del cine por los anuncios previos de un parasitario partido político, o por ver accidentalmente –por pruebas del proyeccionista- el desenlace de Los Vengadores (Joss Wedddon, 2012), sino por la película misma. El guión de Paco Plaza y Luis Berdejo muestra una propuesta agotada, previsible, que se debate entre la auto parodia, el slapstick, excesos que se le dan mejor a Sam Raimi y su saga del Despertar del diablo (Evil dead, 1981) o a Peter Jackson en Tu mamá se comió a mi perro (Dead alive, 1992), personajes que pretendían ser hilarantes (como el padrino mujeriego, esa abuelita santurrona o John Esponja) y la intención de dar unidad a la franquicia a través de las fugaces apariciones de la terrible niña Medeiros. Lo que definía a las cintas -la cámara en mano, por eso el REC del título- es desechado a la mitad del metraje y sustituido por tomas y ángulos convencionales, con lo que se traiciona la intención original. Los “homenajes”, del Resplandor de Kubrick al Kill Bill de Tarantino, o a  las ya mencionadas, son irrisorios. Inesperada, cierto. Terrible, sin duda. Lo que hubiera rematado el número serían zombis bailando la tradicional víbora de la mar o el payaso del rodeo, desfiguros acostumbrados en las bodas mexicanas. 

lunes, 9 de abril de 2012

Otros resucitados

Terminó otra Semana Santa y es hora de volver al trajín cotidiano. Hablemos pues de otro tipo de revinientes. Hace un par de semanas terminó la segunda temporada (dividida en dos partes) de The walking dead, serial del que he escrito mucho en este espacio. Era un entusiasta del programa, incluso lo defendí ante la crítica voraz de los devotos de su fuente de procedencia, pero debo confesar no me encantó como esperaba. Esa no es una sensación agradable. Lo mismo me ocurrió después de la primera temporada de Héroes (2006-2010), la popular historia de Tim Kring. Comprendo en parte su destino: no debe ser fácil sustentar un relato de largo aliento con un gran nivel argumental. Posteriormente podemos sumar las presiones provenientes del éxito y las altas expectativas que crea en sus seguidores (como me ocurrió), por no decir de la crítica y sus productores, ávidos de exprimir su potencial económico. A diferencia de grandes amigos y estudiosos del tema, que mantuvieron su fe en la galardonada serie, detecté las que creo son fallas terribles:

1. La historia se estancó, no sólo en su escenario (una granja de Georgia) sino en las emociones de sus personajes. Frank Darabont, su artífice televisivo, apostó por colocar a personas ordinarias ante una situación extraordinaria para emanar el conflicto que todo melodrama requiere. Ese era el encanto del programa, pero terminó por dominarlo. Estaba claro que los zombis no eran los protagonistas, sino los seres humanos (con sus virtudes y defectos), pero sus situaciones llegaron a rayar en lo telenovelesco, con el embarazo de Lori (¿quién en su sano juicio se atrevería a procrear en ese mundo con tan pocas esperanzas?) y el dilema sobre la paternidad del producto. El resorte de la temporada, el extravío de la pequeña Sophia (Madison Lintz) y la herida de bala de Carl (Chandler Riggs) se prolongaron más tiempo del necesario y no tuvieron consecuencias en la trama, salvo brindar al grupo un pretexto para detenerse y gozar de un poco de la paz y seguridad que los acontecimientos les arrebataron.
2. ¿Qué sucedió con los sentimientos de frustración de Glenn (Steven Yeun) por ser considerado desechable? ¿O la sensación de T-Dog (IronE Singleton) al considerarse un cero a la izquierda en el grupo? ¿O con la rabia reprimida de Daryl (Norman Reedus) contra las personas que provocaron que su hermano Merle (Michael Rooker) se mutilara y le dispararon (por error) cuando se arriesgó por tratar de encontrar a Sophia? ¿O la devastación de Carol (Melissa McBride) al perder a su hija? ¿O los conflictos religiosos/morales de Hershell (Scott Wilson) por la masacre de los inquilinos de su “granero prohibido? ¿O los otros sobrevivientes cuyos miembros fueron asesinados (en defensa propia, eso sí) por nuestros héroes? Muchos pueden argumentar que todos decidieron seguir adelante, y eso sería lo que dictan el instinto de supervivencia y el sentido común, pero lidiar con esa carga no debe ser fácil.
3. Toda ficción exige que el espectador suspenda su juicio racional para que la historia surta efecto. Más en el caso de una serie de horror (una de zombis, concretamente). Por momentos las acciones de sus personajes rayaron en el absurdo. ¿Ustedes se irían a tomar un trago, por el instinto básico de supervivencia al que ya me referí, a una cantina desierta en medio del apocalipsis zombi? ¿A salvar a un extraño que acaba de tratar de matarlos para llevarlo a su refugio, poniendo en riesgo a sus seres amados? ¿A reprochar a su esposo asesinar en legítima defensa a alguien, por más que en el pasado le hubiera ayudado (o hubieran tenido una relación sentimental/física? Esa reacción de Lori (Sarah Wayne Callies) y el pequeño Carl me pareció insoportable y me recordó cuando Bart Simpson/David mató a Nelson/Goliath.
4. Sinceramente no recordaba al tal Jimmy (me dijeron que era hijo de Hershell), que murió en la casa rodante a causa del ataque de zombis.
5. La fatal revelación del final de la primera temporada, esa que susurró el derrotado científico del Centro de Control de Enfermedades a Rick pudo tener más trascendencia en la historia, dar a los sobrevivientes motivos para seguir o perderse en el inevitable destino. Al final –sólo al final- tuvo sentido.
Pero para ser justo debo reconocerle líneas afortunadas. Hersell, buen católico, dice decepcionado “esperaba la resurrección de los muertos, pero no creía que sería de este modo”. O la final de Rick, “ésta ya no es una democracia”, resolución tardía pues la colectividad lo colocó en una posición dificilísima –la del líder del clan- que era cuestionada a cada paso.
Esta serie provocó una diferencia de diagnósticos con mi distinguido y apreciado colega Antonio Camarillo. Ese es uno de los aspectos que adoro del género, que genere las más variadas interpretaciones. Por el momento termino con la esperanza de que The walking dead pueda volver a deslumbrarme, porque ya se ha anunciado una tercera temporada.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Devolver la humanidad a los muertos

La cultura popular nos ha enseñado que un zombi, en solitario, no representa una gran amenaza, pues un hombre en plenitud de sus capacidades puede enfrentarlo fácilmente. La historia es diferente cuando se trata de varias decenas. Ahí radica el elemento más perturbador de este monstruo: una multitud de ellos significa una muerte segura. Son el equivalente a una turba de linchamiento, irracional, con quién no se puede entablar diálogo alguno. “No somos machos, pero somos muchos”, dice la expresión popular. Y estamos acostumbrados a percibir la amenaza zombi como una masa informe, sin personalidad. Acaso es curioso ver sus atuendos. “Mira, la zombi enfermera”. “Mira, el zombi trajeado”. “Mira, el niño zombi”. Sin olvidar la obligada zombi desnuda, tal como nos la presentó George Romero en La noche de los muertos vivientes en 1968.
Pero hace unos días descubrí, gracias a mi amigo Israel Rodríguez, un estupendo cortometraje que devuelve su identidad a los muertos. Se titula “Everything dies”. Este es parte del fenómeno The walking dead, la teleserie creada por Frank Darabont a partir de los cómics de Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard. Si ustedes la han seguido, recordarán que en su primer episodio el asistente de comisario Rick Grimes (Andrew Lincoln), al salir del coma y encontrarse con un escenario apocalíptico descubre, arrastrándose lastimeramente en el pasto, a una zombi partida por la mitad, en avanzado estado de descomposición. La escena le impacta profundamente. Posteriormente Rick regresa y le dispara a la cabeza como un acto de misericordia, “poniendo fin a su sufrimiento”. Bajo la dirección de Greg Nicotero, brillante artista de maquillaje  convertido en productor y cineasta, el guión de John Esposito nos presenta a Hannah (Lilli Bridsell), un ama de casa común que lucha por sobrevivir –junto a su esposo e hijos- al despertar de los muertos. El trágico fin de sus días marca su breve aparición en la odisea de Rick. Su historia parecería irrelevante a simple vista, pero es un recordatorio de su paso por este mundo. Porque tendemos a olvidar que todos esos zombis que tanto nos aterrorizan en la pantalla –chica o grande- fueron personas, hijos de alguien, padres de alguien, esposos de alguien. Eso cobra relevancia en un momento donde el discurso oficial y mediático se afana en etiquetar a las víctimas de la atrocidad como “las muertas de Juárez” o “las bajas de la guerra contra el narco”. En sus últimos momentos al lado de sus seres amados, Hannah enfrenta la verdad inevitable que da nombre al corto: “todo muere”.
Ve "Everything dies"       

miércoles, 26 de octubre de 2011

Documentar el fin del mundo

Terminó el drama, y ¿por qué no se adelanta nadie al proscenio a saludar? Porque sólo hubo uno que sobrevivió al naufragio.
-Herman Mellville, Moby Dick (1851)

El relato canónico de las aventuras marinas, que cité hace un instante, nos enseñó que el que sobrevive lo hace para contar la historia. Cuando analizas la obsesión del cineasta en ciernes Jason Creed (Joshua Close) por documentar el despertar de los muertos en Diario de los muertos (George A. Romero, 2008), comprendes los afanes –con un desenlace trágico- del yuppie Hudson Platt (T. J. Miller) en Cloverfield (Matthew Reeves, 2008) por videograbar el ataque de un colosal monstruo a la “ciudad que nunca duerme”: si no está en cinta, no existe. Esa es una de las premisas de la quinta aventura de la saga del hombre que redefinió la imagen cinematográfica del zombi. Al encontrarse en el centro de un suceso sin precedentes, la cabeza de un equipo de estudiantes de cine emprende su documentación sin otro propósito que dejar un testimonio de los hechos, “para ayudar a otros a sobrevivir”. Creed busca incluso, al primer respiro, un modo de conectarse a Internet para subir sus imágenes a la red, con más de 70 mil visitantes en menos de 8 minutos. Al final, su esfuerzo es vano.
La cinta de Romero puede compararse a primera vista con la estupenda [Rec] (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2007), ejercicio minimalista filmado cámara en mano que da verosimilitud periodística a la repentina y desafortunada experiencia de la reportera Ángela Vidal (Manuela Velasco). Ya insistí que descartemos su secuela –por amor al zombi-. Las dos cintas son muy diferentes, pese a sus coincidencias. Mientras [Rec] sigue las acciones de un destacamento de bomberos, la cinta de Romero a un grupo de jóvenes cineastas –muy similar al mismo crew que filmó La noche de los Muertos Vivientes en 1968 o a los niños de Súper 8 (J. J. Abrams, 2011)- que pretenden hacer una B-movie sobre una momia que persigue a una bella joven. En ambos casos –en [Rec] y El diario de los muertos- se topan con la irrupción de lo extraño en su universo doméstico. Esto modifica la forma de percibir la realidad de sus personajes. Pero en la segunda historia, grabar todo –hacerlo patente al mundo- se convierte en un motivo de supervivencia. Siempre he reconocido a las películas donde sus escenas son tomas continuas y de largo aliento por toda la planeación que implican. Las dos son impecables a ese respecto. Sólo por ello merecen mi respeto.  
Mientras en La noche de los Muertos Vivientes la tecnología falla y la ausencia de información certera es uno más de los factores que causan angustia en sus personajes, en Diario de los muertos la facilidad de acceso a éstas no ayudan demasiado. Tantas voces –mensajes de texto, blogs, Youtube, Facebook y demás- no hacen más que acrecentar el caos.
Romero está más que conciente de las lecturas socio-políticas de sus historias. En la que precedió a la cinta que reseño, La tierra de los muertos (2005), los zombis no son más que una metáfora de los inmigrantes centroamericanos que buscan llegar a la Tierra Prometida, atraídos por su brillo y aparente oferta de bienestar, una amenaza para la clase acomodada, instalada en su paraíso de artificio. El “zombi jefe” (Eugene Clark) es el trabajador clasemediero común, ataviado con overol y que guarda recuerdos –como en El día de los muertos (1985).- de su ocupación mundana.
En su desenlace nos enfrentamos, como en toda buena película de zombis, a un futuro pesimista. Y como advierte Robert Kirkman en su serie de cómics The walking dead –creada en contubernio con Tony Moore y Charlie Adlard, que acabo de conocer gracias a mi amigo Wilbert Dzul-, aunque llegues a un final aparente, siempre deseas más. A Diario de los muertos sigue La supervivencia de los muertos (2010), que me daré a la tarea de buscar. ¿Alguien la ha visto?


lunes, 24 de octubre de 2011

El triunfo de los zombis

Más allá de cualquier malestar por la desorganización del Hallow Fest, triunfa mi felicidad por haber conocido a George Andrew Romero, el hombre que redefinió la imagen del zombi cinematográfico. Roger Corman dijo alguna vez que “los hombres capaces de proyectar los mayores horrores suelen ser las mejores personas”. Romero lo confirma. Amable y receptivo al entusiasmo de sus seguidores, se toma tiempo para hablar con ellos, apenarse por las alabanzas que le dedican e incluso para avisar cuando el flash de la cámara no se activó en la obligada fotografía. Es un hombre dos veces grande. En mi encuentro con él pude reconocerle, en un torpe inglés debido al nerviosismo, que su película me enseñó que el horror puede ser respetable. Me refería –por supuesto- a La noche de los muertos vivientes (1968), cinta que creció hasta convertirse en objeto de culto, estudiada por eruditos de la Historia, la Sociología, las Ciencias Políticas, la Comunicación y la Medicina, parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Una obra maestra del horror, en resumidas cuentas. Muchos se afanan en minimizar la trascendencia de la película y el talento de su artífice, pero a ellos puedo responder: el creador de una historia capaz de sobrevivir el paso del tiempo, que se puede estudiar desde tantas aristas, es un gran cineasta. Y lo curioso es que Romero no imaginaba el alcance de la cinta. Imagino su rodaje muy similar al del grupo de niños de Súper 8 (J. J. Abrams, 2011), alimentados por el entusiasmo y la magia del séptimo arte, conscientes del poder de la fantasía y el horror. Coincidentemente –gracias a mis queridos Samantha Patiño y Guillermo Benítez- pude ver esa misma noche El diario de los muertos (2007), quinta entrega de la saga zombi del Maestro Romero. Si el desconocimiento de las causas del despertar de los muertos era una de las principales angustias de los protagonistas de la primera cinta –y uno de sus principales aciertos-, la abundancia de información no es de mucha ayuda en esta ocasión. El Internet –con sus miles de blogs, el Facebook y el Youtube-, con sus numerosas voces, sólo contribuye al caos. El mismo caos que reinó en el Hallow Fest, del que se quejan docenas de devotos. Romero seguro se sintió en los zapatos de los personajes –no zombis- de sus películas. Ello me obliga a reprochar que una figura de su tamaño haya sido el centro de una actividad que tanto decepcionó a muchos. Si el evento hubiera estado en mis manos habría reunido a un panel de expertos –desde cinéfilos hasta epidemiólogos- para disertar sobre su obra. El zombi debió ser pues el protagonista del festival, no vampiros –charla a la que fui convocado- ni asesinos en serie. Espero que esto no ahuyente al padre de los zombis modernos y confío –como dice la canción- que habrá tiempos mejores, porque aún hay George Romero para rato. 

miércoles, 19 de octubre de 2011

Un drama de supervivencia a la vieja usanza

Ayer inició la segunda temporada de The walking dead, la teleserie creada por Frank Darabont a partir de la serie de cómics de Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard. Esto se convirtió en un evento debido a que el zombi ha demostrado su rentabilidad como personaje de ficción. Aquí he hablado extensamente de las razones de su atractivo. El programa ha sido nominado a numerosos premios y recibido alabanzas de la crítica especializada. Muchos pueden cuestionar esto pues, básicamente, se trata de una historia que hemos visto en incontables ocasiones. Es un drama de supervivencia mil veces narrado y al que estamos familiarizados por contemplar cientos de películas de desastres. Precisamente he ahí su encanto.
La historia sigue a Rick Grimes (Andrew Lincoln) un asistente del comisario de King County, Georgia (en los cómics es del pequeño pueblo de Chyntiana, Kentucky, pero eso es lo de menos),  que es herido en cumplimiento del deber y entra en estado de coma. Meses después despierta y se encuentra con un escenario apocalíptico. Los muertos caminan. Emprende entonces la búsqueda de su esposa (Sarah Wayne Callies) e hijo (Chandler Riggs), y en el camino se convierte en la cabeza de un variopinto grupo de supervivientes. Su lucha por escapar de las garras de los caminantes (¿por qué no les llaman zombis, si la cultura popular es tan poderosa?) se convierte en el eje de la trama. Una mujer dependiente de su hermana, un anciano ávido de compañía, una mujer golpeada por su marido, un par de hermanos con tendencias criminales, un nerd oriental y un triángulo amoroso crean el verdadero conflicto del programa. Los zombis (caminantes, perdón) son una amenaza siempre presente, pero sus desencuentros sólo vuelven más vulnerables a los desafortunados personajes. ¿No es esa la naturaleza humana? La serie aporta poco a la figura del zombi moderno tal como la estableció George A. Romero en 1968 y se encuentra muy en deuda con Exterminio (28 days later, 2002, Danny Boyle). De hecho podría leerse como lo sucedido en Estados Unidos en el momento del brote de esa película. Acaso puede ser fresca la idea de embarrarse con vísceras de muerto para mimetizarse entre la horda de zombis. Pero ya vimos eso en Mimic (Guillermo del Toro, 1997). Algo digno de reconocérsele es romper estereotipos. Los que parecieran desalmados vándalos hispanos son sólo otros humanos que luchan por sobrevivir. En el último episodio de su primera temporada logran llegar a las instalaciones del Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, Georgia, y ahí enfrentan su desalentador futuro. No obstante Rick y su grupo deciden seguir adelante. Nuevamente, naturaleza humana.
En las siguientes semanas les acompañaremos en su odisea. Es curioso que escriba esto a días de conocer al mismo George Romero en el Hallow Fest 2011 y de enterarme que Zombieland, la popular película de 2009, se convertirá en una serie de televisión que pretende beneficiarse del fenómeno. Y es que, literalmente, hay zombis para todos.