En el panorama cinematográfico actual, dominado por “vampiros” que declaran su buen amor a jovencitas insulsas frente a un altar, las bocanadas de sangre fresca se agradecen. Esa fue la principal virtud de la maravilla sueca titulada Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) o de la reelaboración de La hora del espanto (Craig Gillespie, 2011), cinta sin pretensiones que devuelve dignidad y malevolencia a los hijos de la noche. En esa misma línea se mueve Tierra de vampiros (Stake land, Jim Mickle, 2010), cinta post apocalíptica donde los monstruos del título son lo de menos. Fue inevitable que me hiciera recordar la muy reciente El último camino (John Hillcoat, 2009), adaptación de la novela de Cormac McCarthy y protagonizada muy eficazmente por Viggo Mortensen.
En una primera lectura, muchos de los espectadores de Tierra de vampiros podrían decir “esto ya lo he visto”. Tienen razón en cierta medida. Pero ya lo dije antes, “escribir un buen relato de horror es tan delicado como concebir un poema de amor. El éxito se logra al utilizar adecuada e innovadoramente las convenciones del género, cuando el autor es capaz de ensamblar dichos elementos, capturar la imaginación del lector y sorprenderlo”. En un futuro no lejano, muy en deuda con el de la novela canónica de Richard Matheson (no hace falta decir su título), los vampiros se han convertido en una abrumadora mayoría que lleva al colapso de las sociedades civilizadas. Los sobrevivientes se vuelven nómadas que sólo buscan su precaria subsistencia. Martin (Connor Paolo) es uno de ellos. El joven viaja con su familia hasta que una noche su destino cambia abruptamente. Tras el brutal asesinato de sus seres amados, queda bajo el cuidado de su inesperado salvador a quien sólo se refiere como el Señor (Nick Damici ), rudo cazador de vampiros que le enseña cómo mantenerse con vida en ese nuevo mundo. Ambos buscan llegar al Nuevo Edén, tierra prometida cuya existencia nadie ha comprobado. Ello demuestra una máxima: la esperanza muere al último y en la adversidad es el único alimento para seguir adelante. En su peregrinar el dúo –a quien se les une paulatinamente un variopinto grupo de personas- no sólo se enfrentan a peligros sobrenaturales sino, lo que es peor, a la maldad natural del hombre encarnada en el demente predicador Jebedia Loven (Michael Cerveris).
El guión del director Mickle y del mismo co estelar Damici tiene muchos aciertos. Toma la estructura básica del road movie, con escenarios que no son muy comunes en una película de este subgénero. Sus vampiros, muy semejantes a los zombis, tienen una notable cercanía con los que describe el folclore de la Europa central. No son seres lindos ni carismáticos. No les afectan los símbolos sagrados. Han perdido su identidad y capacidad de razonamiento, son increíblemente brutales y obedecen a un instinto primario: alimentarse. La dupla escritural propone algunas curiosidades, como que los colmillos de los vampiros son una suerte de moneda de cambio en el nuevo orden o que se pueden clasificar según la dificultad que supone exterminarlos. Al final la historia plantea un viaje iniciático, donde su joven protagonista evoluciona por la atroz experiencia. Un elenco de desconocidos (sólo en los créditos me enteré de la aparición de la otrora atractiva Kelly McGillis, interés amoroso de Tom Cruise en Top gun), efectos de maquillaje competentes pero limitados y una puesta en escena austera dan gran decoro a un relato que, espero, no genere una secuela. Porque mi amigo Miguel Ángel Arellano, en la obligatoria discusión posterior a la proyección, citó a Francis Ford Coppola en relación a la voracidad de los estudios, “hoy en día muchas películas se realizan en espera de generar franquicias”. El desenlace de Tierra de vampiros, con una vaga nota de esperanza, fue el oportuno. Ni más ni menos.
La cinta se estrenará de forma limitada en algunas salas comerciales este fin de semana, distribuida por la recién nacida Caníbal. Deseo prosperidad a la compañía y le auguro fortuna por confiar en propuestas inteligentes. Corran la voz.
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miércoles, 7 de diciembre de 2011
miércoles, 26 de octubre de 2011
Documentar el fin del mundo
Terminó el drama, y ¿por qué no se adelanta nadie al proscenio a saludar? Porque sólo hubo uno que sobrevivió al naufragio.
-Herman Mellville, Moby Dick (1851)
El relato canónico de las aventuras marinas, que cité hace un instante, nos enseñó que el que sobrevive lo hace para contar la historia. Cuando analizas la obsesión del cineasta en ciernes Jason Creed (Joshua Close) por documentar el despertar de los muertos en Diario de los muertos (George A. Romero, 2008), comprendes los afanes –con un desenlace trágico- del yuppie Hudson Platt (T. J. Miller) en Cloverfield (Matthew Reeves, 2008) por videograbar el ataque de un colosal monstruo a la “ciudad que nunca duerme”: si no está en cinta, no existe. Esa es una de las premisas de la quinta aventura de la saga del hombre que redefinió la imagen cinematográfica del zombi. Al encontrarse en el centro de un suceso sin precedentes, la cabeza de un equipo de estudiantes de cine emprende su documentación sin otro propósito que dejar un testimonio de los hechos, “para ayudar a otros a sobrevivir”. Creed busca incluso, al primer respiro, un modo de conectarse a Internet para subir sus imágenes a la red, con más de 70 mil visitantes en menos de 8 minutos. Al final, su esfuerzo es vano.
La cinta de Romero puede compararse a primera vista con la estupenda [Rec] (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2007), ejercicio minimalista filmado cámara en mano que da verosimilitud periodística a la repentina y desafortunada experiencia de la reportera Ángela Vidal (Manuela Velasco). Ya insistí que descartemos su secuela –por amor al zombi-. Las dos cintas son muy diferentes, pese a sus coincidencias. Mientras [Rec] sigue las acciones de un destacamento de bomberos, la cinta de Romero a un grupo de jóvenes cineastas –muy similar al mismo crew que filmó La noche de los Muertos Vivientes en 1968 o a los niños de Súper 8 (J. J. Abrams, 2011)- que pretenden hacer una B-movie sobre una momia que persigue a una bella joven. En ambos casos –en [Rec] y El diario de los muertos- se topan con la irrupción de lo extraño en su universo doméstico. Esto modifica la forma de percibir la realidad de sus personajes. Pero en la segunda historia, grabar todo –hacerlo patente al mundo- se convierte en un motivo de supervivencia. Siempre he reconocido a las películas donde sus escenas son tomas continuas y de largo aliento por toda la planeación que implican. Las dos son impecables a ese respecto. Sólo por ello merecen mi respeto.
Mientras en La noche de los Muertos Vivientes la tecnología falla y la ausencia de información certera es uno más de los factores que causan angustia en sus personajes, en Diario de los muertos la facilidad de acceso a éstas no ayudan demasiado. Tantas voces –mensajes de texto, blogs, Youtube, Facebook y demás- no hacen más que acrecentar el caos.
Romero está más que conciente de las lecturas socio-políticas de sus historias. En la que precedió a la cinta que reseño, La tierra de los muertos (2005), los zombis no son más que una metáfora de los inmigrantes centroamericanos que buscan llegar a la Tierra Prometida , atraídos por su brillo y aparente oferta de bienestar, una amenaza para la clase acomodada, instalada en su paraíso de artificio. El “zombi jefe” (Eugene Clark) es el trabajador clasemediero común, ataviado con overol y que guarda recuerdos –como en El día de los muertos (1985).- de su ocupación mundana.
En su desenlace nos enfrentamos, como en toda buena película de zombis, a un futuro pesimista. Y como advierte Robert Kirkman en su serie de cómics The walking dead –creada en contubernio con Tony Moore y Charlie Adlard, que acabo de conocer gracias a mi amigo Wilbert Dzul-, aunque llegues a un final aparente, siempre deseas más. A Diario de los muertos sigue La supervivencia de los muertos (2010), que me daré a la tarea de buscar. ¿Alguien la ha visto?
lunes, 24 de octubre de 2011
El triunfo de los zombis
Más allá de cualquier malestar por la desorganización del Hallow Fest, triunfa mi felicidad por haber conocido a George Andrew Romero, el hombre que redefinió la imagen del zombi cinematográfico. Roger Corman dijo alguna vez que “los hombres capaces de proyectar los mayores horrores suelen ser las mejores personas”. Romero lo confirma. Amable y receptivo al entusiasmo de sus seguidores, se toma tiempo para hablar con ellos, apenarse por las alabanzas que le dedican e incluso para avisar cuando el flash de la cámara no se activó en la obligada fotografía. Es un hombre dos veces grande. En mi encuentro con él pude reconocerle, en un torpe inglés debido al nerviosismo, que su película me enseñó que el horror puede ser respetable. Me refería –por supuesto- a La noche de los muertos vivientes (1968), cinta que creció hasta convertirse en objeto de culto, estudiada por eruditos de la Historia , la Sociología , las Ciencias Políticas, la Comunicación y la Medicina , parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Una obra maestra del horror, en resumidas cuentas. Muchos se afanan en minimizar la trascendencia de la película y el talento de su artífice, pero a ellos puedo responder: el creador de una historia capaz de sobrevivir el paso del tiempo, que se puede estudiar desde tantas aristas, es un gran cineasta. Y lo curioso es que Romero no imaginaba el alcance de la cinta. Imagino su rodaje muy similar al del grupo de niños de Súper 8 (J. J. Abrams, 2011), alimentados por el entusiasmo y la magia del séptimo arte, conscientes del poder de la fantasía y el horror. Coincidentemente –gracias a mis queridos Samantha Patiño y Guillermo Benítez- pude ver esa misma noche El diario de los muertos (2007), quinta entrega de la saga zombi del Maestro Romero. Si el desconocimiento de las causas del despertar de los muertos era una de las principales angustias de los protagonistas de la primera cinta –y uno de sus principales aciertos-, la abundancia de información no es de mucha ayuda en esta ocasión. El Internet –con sus miles de blogs, el Facebook y el Youtube-, con sus numerosas voces, sólo contribuye al caos. El mismo caos que reinó en el Hallow Fest, del que se quejan docenas de devotos. Romero seguro se sintió en los zapatos de los personajes –no zombis- de sus películas. Ello me obliga a reprochar que una figura de su tamaño haya sido el centro de una actividad que tanto decepcionó a muchos. Si el evento hubiera estado en mis manos habría reunido a un panel de expertos –desde cinéfilos hasta epidemiólogos- para disertar sobre su obra. El zombi debió ser pues el protagonista del festival, no vampiros –charla a la que fui convocado- ni asesinos en serie. Espero que esto no ahuyente al padre de los zombis modernos y confío –como dice la canción- que habrá tiempos mejores, porque aún hay George Romero para rato.
martes, 20 de septiembre de 2011
La visión de los vencidos
La emoción inunda el aire. Hoy inicio mi nuevo curso sobre vampiros en el Centro Nacional de las Artes. Pero aún hay tiempo de finiquitar asuntos pendientes.
El reinicio –o reboot- de una franquicia cinematográfica se debe a dos razones fundamentales: porque en otro momento demostró ser un negocio redituable para los grandes estudios o porque cayó en desgracia (y de la gracia del público). En ese sentido es una especie de deslinde de responsabilidades, como ocurrió con la fallidísima Spiderman 3 (Sam Raimi, 2007). En el mejor de los casos porque su historia tiene lecturas inagotables, dignas de explorarse en la época actual. Así sucede con la espléndida novela del francés Pierre Boullé, El Planeta de los Simios (1963), la cual fue llevada con maestría –aunque estaba muy lejana del relato original- por Franklin J. Schaffner en 1968. Sobra decir que la cinta es indispensable para todos los amantes de la ciencia ficción (que desprendió secuelas, series de televisión y un remake) y un referente en la cultural popular que ha sido homenajeada –incluso- por la familia Simpson. La obra de Boullé critica notablemente la estructura de la sociedad occidental a través de una especie muy semejante al hombre (los primates del título), del mismo modo que George Orwell lo hiciera años antes en Rebelión en la Granja (1945). Tras su colorida alegoría, realiza una sentencia que tiene mucho sentido (lamentablemente) para la especie animal: “todo lo que camina sobre dos pies, es enemigo”.
Esto podría aplicarse a El Planeta de los Simios: (R)evolución (Rise of the planet of the Apes, Rupert Wyatt, 2011). La cinta puede leerse como una precuela de la historia (fílmica) original, pero a la vez es un reinicio. Narra el drama de Will Rodman (James Franco, más lúcido que en la pasada entrega del Oscar), un científico de la farmacéutica Gen-Sys quien trata de desarrollar una cura contra el Mal de Alzheimer (de la cual se beneficiaría su propio padre). Pero no todo es noble. El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, dice siempre un querido amigo. Como sucede en el desarrollo de muchos medicamentos y productos para el consumo humano, las compañías realizan pruebas preliminares en animales, en este caso en chimpancés. Luego de administrar el fármaco en la bella Ojos Brillantes, Rodman advierte un prodigioso aumento en su inteligencia. Pero súbitamente la chimpancé entra en un frenesí que obliga a sus captores a sacrificarla y terminar la investigación. Luego Rodman advierte la causa del arrebato: sólo quería proteger a su cría, un pequeño chimpancé al que el científico bautiza como César y que, en apariencia por remordimiento pero más maravillado porque su madre le transmitió su intelecto superdesarrollado, toma bajo su protección. César crece y advierte las enormes diferencias entre él y los humanos. “¿Soy una mascota?”, le pregunta a Will, su “padre”. La incomprensión del hombre lo lleva al encierro. Ahí se da cuenta de la opresión de que su especie es objeto, como el maltrato del malvado cuidador Dodge (Tom Felton, alias Draco Malfoy en la saga de Harry Potter). “Simios estúpidos”, le dice a César el sabio orangután Maurice (en lenguaje de señas) al ver el sin sentido en que viven sus congéneres. Se da cuenta del poder que pueden tener si están unidos, y lo demuestra con lo difícil que es romper un puñado de ramas. Así, César les administra la droga y comienza la revolución.
Uno de tantos aciertos del libreto de Rick Joffa y Amanda Silver es hacer evidente que los simios (al igual que ningún animal) no son malos. Ese sentimiento es exclusivo del hombre. César no busca vengarse, sino rescatar a los suyos del zoológico de San Francisco y del laboratorio para refugiarse en un santuario. Cuando un gorila está a punto de atacar a un policía indefenso, César lo detiene, a pesar de que éstos tienen órdenes de matarlos. Minutos después el mismo gorila da su vida para proteger a su líder, acto genuino de lealtad y heroísmo. Los simios no buscan diseminar la droga (que tiene efectos mortales en los humanos) que eventualmente asegurará su lugar como la especie dominante del planeta.
La cinta tiene muchos guiños para los aficionados. No sólo el protagonista principal (que de ninguna manera es James Franco) tiene el mismo nombre que llevara Roddy McDowall en La conquista del planeta de los Simios (J. Lee Thompson, 1972) y Batalla por el Planeta de los Simios (Arthur P. Jacobs, 1973), hijo de Cornelius (el mismo McDowall) y Zira (Kim Hunter), personajes fundamentales de la cinta original (la de 1968). César aparece armando un modelo a escala de la Estatua de la Libertad. Conocemos también una noticia televisiva sobre el viaje espacial de la nave Icarus (la misma de Charlton Heston). Y el guiño más notable: la línea “¡Quítame las garras de encima, simio inmundo!” ahora en voz de Felton, cuyo destino debió tener su más notorio papel. Y hay más. La escena donde el poco escrupuloso Jacobs (David Oyelowo) entra a su compañía, no dejó de recordarme a Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock.
En apariencia el primer aspecto que brilla en la película son los elaborados efectos de Weta digital, la compañía de Peter Jackson. De hecho es la primera cinta de la serie que los usa (en todas sus anteriores los simios fueron encarnados por actores maquillados). De ellos el más notable es César, al que da vida el actor Andy Serkis (el mismo que hiciera al Gollum en El Señor de los Anillos y al gigantesco King Kong, ambas del propio Jackson) gracias a la técnica llamada Motion capture. Se habla incluso de una nominación al Oscar para Serkis por su excepcional trabajo. A pesar de lo sorprendentes que resultan, los efectos están al servicio de la historia, no son su sustento.
Más allá, la historia tiene relevancia en una época en que por más que se defiendan los derechos de los animales continúan ocurriendo grandes atrocidades. Es inevitable ligar a esto una lectura política, de opresión y, por qué no, un mensaje sobre la paternidad responsable. Al igual que la criatura de Frankenstein, César no pidió ser dotado de intelecto y conciencia. Al final triunfa la irracionalidad del hombre y ésta lo conduce irremediablemente a su exterminio. Todo lo anterior, como dijo alguna vez mi amigo Rafael Aviña, en una cinta deslumbrante de principio a fin.
De esta cinta seguiré hablando en la versión podcast de Horroris causa con mis cofrades Pablo Guisa, Antonio Camarillo y mi buen amigo Carlos del Río. Ahí nos escuchamos.
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lunes, 12 de septiembre de 2011
La pesadilla interminable
No tenía intención de escribir sobre el tema, pero no puedo evitarlo. Prácticamente todo el pasado fin de semana, la televisión revivió los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. El recuerdo es imborrable. Todos podemos relatar lo que hacíamos en ese momento al enterarnos de la noticia (yo acababa de llegar a mi entonces oficina en los Servicios Periciales de Iztapalapa cuando José Gutiérrez Vivó dio la nota en el desaparecido noticiero Monitor). A lo largo de los años hemos visto cientos de veces las imágenes de los dos aviones estrellándose contra las torres del World Trade Center. Hemos visto idénticas ocasiones el espectacular incendio que causó en ellas, con docenas de personas arrojándose al vacío desde los pisos superiores para escapar de las llamas. Hemos visto los dos edificios colapsarse en medio de una gigantesca nube de polvo y escombros. Conocemos, gracias a la impresionante cobertura que los medios informativos dieron al suceso, los testimonios de cientos de testigos y víctimas. Pero el hecho no deja de ser sobrecogedor. En un momento donde las noticias terribles se han convertido en algo cotidiano en nuestra sociedad y donde la historia nos demuestra que tal vez no es la mayor tragedia que ha conocido la raza humana, los efectos en la memoria y sentir de la sociedad occidental son no tienen precedentes. Esa es la esencia del auténtico horror. Lo que más me impresionó fueron los videos tomados por transeúntes donde los bomberos de la Ciudad de Nueva York contemplaban, con miedo e incredulidad evidentes en sus rostros, las dimensiones de la conflagración y a pesar de ello se internaron en el infierno en busca de ayudar a las víctimas. Eran –porque muchos no sobrevivieron- hombres con familias y sueños, con motivos para vivir. Mayor expresión de heroísmo, imposible.
Con orgullo, el Presidente de Estados Unidos anunció hace unos meses la muerte del responsable intelectual de la masacre, Osama Bin Laden, líder de la organización terrorista Al Qaeda que, irónicamente, gozó del apoyo de anteriores administraciones estadounidenses. Por ello se han hecho las más variadas teorías de conspiración gubernamental. No discutiré sobre su posibilidad o imposibilidad (de los Gobiernos puedo esperar todo), ni si el pueblo estadounidense merecía el atentado tras cientos de años de abusos contra otras culturas, ni compararé la magnitud del hecho respecto a otras desgracias, como la que actualmente vivimos en nuestro país. Las muertes sin sentido son abominables aquí, en cualquier época, en cualquier lugar.
Inevitablemente las bellas artes se nutrieron del suceso, sea como un tributo a las víctimas o como un homenaje póstumo a los cientos de héroes que la enfrentaron. El cine trató de capturar el episodio en cintas como Vuelo 93 (Paul Greengrass, 2006) y Las torres gemelas (Oliver Stone, 2006). Pero mucho antes de estas cintas, el complejo de edificios ocupó un lugar importante en la industria fílmica estadounidense como símbolo y representante de la más grande de sus ciudades, de la capital del Imperio. Las escaló un gigantesco y popular gorila en King Kong (John Guillermin, 1976), fueron vistas en Los Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984) y destruidas por invasores extraterrestres en Día de la Independencia (Roland Emmerich, 1996), las visitó el insoportable Kevin McAllister (Macauley Culkin) en Mi pobre angelito 2, perdido en Nueva York (Chris Columbus, 1992) e incluso usadas por El Hombre Araña (Sam Raimi, 2002) para tender una red que atrapara un helicóptero piloteado por asaltabancos, en un trailer que se suprimió tras los atentados.
El lugar que ocuparan las Torres, conocido como la Zona Cero , fue elegido por Guillermo del Toro y Chuck Hogan en su novela Nocturna como guarida y nido del Amo, el malvado vampiro Jusef Sardú. Cuando su protagonista, el epidemiólogo Ephraim Goodweather, preguntó a su guía y mentor Abraham Setrakian por qué había elegido ese lugar, el anciano respondió: “Porque se sintió atraído. Los topos construyen sus madrigueras en los troncos muertos de los árboles caídos. La gangrena nace en las heridas. Sus orígenes están en la tragedia y el dolor”.
Pero el momento que mejor captura el deseo del pueblo estadounidense –que la desgracia nunca hubiera ocurrido- ocurre la escena final de la primera temporada de la teleserie Fringe. La agente Olivia Dunham (Anna Torv) discute con William Bell (Leonard Nimoy), fundador y propietario de la siniestra Massive Dynamics y éste le pregunta si tiene conciencia dónde se encuentra. La cámara se aleja y revela que ocupan una oficina en la Torre Sur del World Trade Center. Evidentemente se trata de un universo paralelo, eje central del programa. Pero no estamos en otro lugar. Aún cuando así fuera, estoy seguro que habría desgracias de otro tipo.
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viernes, 21 de enero de 2011
A colgarse de la capa del vampiro

En tiempos recientes, los vampiros han demostrado su rentabilidad como personajes en diferentes medios. Lo demuestra la saga literaria, convertida en películas, de Stephanie Meyer, o las series de televisión True blood –basada en los libros de Charlaine Harris- o The vampire diaries –basada en las novelas de Lisa Jane Smith-. Infame fue resultado de la “secuela oficial” de la novela canónica, que supuestamente escribió un descendiente de Bram Stoker. Lo único que hizo fue lucrar con el buen nombre de su ancestro.
El vampiro es remunerable por innumerables razones: representa nuestros anhelos y temores, la sensualidad desatada, el matrimonio del instinto y la razón y la promesa de la eternidad en una época donde la juventud es un valor. Si no lo creen, pregunten a los púberes empacadores del supermercado que gusten: Una costumbre que tengo, signo de respeto y cortesía, es decirles “señor”. En varias ocasiones me han corregido “¿Cómo que señor? Si tengo apenas 15, ¿o tan viejo me veo?”. Sobra decir que los resultados no siempre son afortunados y ello contribuye a la decepción de muchos de sus admiradores. Y ni qué decir de los estudiosos. Mi amigo Ricardo Bernal piensa que “distraen la atención de otros temas más atractivos del horror”, mientras que Julio Patán cree que es un monstruo que se ha agotado, “símbolo de nuestra vejez”. Un clavo en el ataúd es el plan que el actor y empresario teatral Fred Roldán –cuya infame versión de Pinocho fui obligado a ver en mi infancia- anunció ayer en la radio: llevar nuevamente a escena Drácula, “la verdadera historia de amor que concibió Bram Stoker”. Mi indignación no se hizo esperar. No me queda duda que el hombre sólo ha visto la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola (1992) y como en el título y cartel decía Bram Stoker´s Drácula, “love never dies”, dio por cierto que esa era la línea de la novela. Esto hace obvio que nunca ha leído el libro de Stoker, ni siquiera una de sus dignísimas versiones para niños. Es cierto que en medio de las tragedias nacionales esta es irrelevante, pero de que causa horror, causa horror. Y más porque es un musical. Roldán presumió, con gran satisfacción, algunos temas que se usarán en la obra, pésimos todos. Al menos mi amigo Benjamín Vidales me hizo ver el lado bueno: esto lo obligará a dejar su disfraz de Peter Pan –que teñirá de negro- y seguramente usará el mismo arnés para volar sobre el escenario. La fortuna del conde transilvano en el teatro mexicano es cuestionable. ¿Alguien recuerda la ópera gótica del grupo Cristal y acero? Pero hay esperanzas para el vampiro, al menos en otros territorios. Me hace recuperarla la novela Oscura (Suma de letras, 2010), segunda parte de una trilogía escrita por el tapatío Guillermo del Toro y Chuck Hogan. Estoy a unas páginas de terminarla. La comentaré ampliamente en otra ocasión.
viernes, 9 de julio de 2010
It´s the end of the world as we know it

http://www.eluniversal.com.mx/articulos/59131.html
jueves, 24 de junio de 2010
Hacia una clasificación de las películas de desastre y una receta para escribir una

1. DESASTRES NATURALES. No hay fuerza más inclemente y poderosa que la naturaleza. Frente a ella, a pesar de nuestros portentosos avances tecnológicos, sólo podemos sentir respeto y humildad. No obstante, la indiferencia, ignorancia y codicia del ser humano han atentado indiscriminadamente contra ella. He aquí su venganza.
1.1. Desastres ambientales. Son dramas de supervivencia donde grupos humanos, grandes o pequeños, sufren diferentes embates de la naturaleza. Pueden ser:
1.1.1. Avalanchas. La película homónima de 1978 (Avalancha, Corey Allen) es la representante ideal.
1.1.2. Terremotos. Terremoto (Mark Robson, 1974) es un gran ejemplo. La Ciudad de México ha vivido las consecuencias de éstas catástrofes, como bien recuerdan las personas de mi generación. Hablo de terremotos causados por la naturaleza, no de los provocados por explosiones atómicas o dispositivos arrancados de películas de espionaje, como la bomba atómica que Lex Luthor detonó en Superman (Richard Donner, 1978).
1.1.3. Meteoros. Una de las primeras películas que vi en esos monstruosos reproductores betamax, en mi tierna infancia, fue precisamente Meteoro (Roland Neame, 1979), estelarizada por Sean Connery. Otra película que se toma en serio el tema, con todo y su absurdo cómico y sus impresionantes efectos especiales –para la fecha-, es Armageddon (Michael Bay, 1998). No olvidemos Impacto profundo (Mimi Leder, 1998).

1.1.5. Inundaciones y olas devastadoras. Retratos de hechos de la vida real, como el terrible tsunami –o surimi, según una voluptuosa “cantante” y “actriz”- que destruyó buena parte de Tailandia.
1.1.6. El mar todopoderoso. Una tormenta perfecta (Wolfgang Petersen, 2000) muestra claramente el poder absoluto del inquilino más grande de este planeta –ocupa do terceras partes de él-. En este sentido, algunas películas de desastres de transportación náutica se colocan en esta categoría.
1.1.7. Calentamiento global. Sus efectos sitúan este fenómeno en esta categoría, pero me parece más adecuado ubicarlas los desastres causados por el hombre.
1.1.8. Tornados. Claramente ilustrados en la película homónima (Tornado, Jan DeBon, 1996).
1.2. Incendios. Cuando el fuego es causado por causas naturales (un rayo que inicia un incendio que devasta una gran área boscosa, por ejemplo). De no ser así, son iniciados por hombre.
1.3. Animales y plantas. Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock y su curioso homenaje El fin de los tiempos (Shyamalan, 2008) demuestran cómo la naturaleza puede cansarse de nosotros. Tarántula (Jack Arnold, 1955), Enjambre (Irwin Allen, 1978) Piraña (Joe Dante, 1978) y Aracnofobia (Frank Marshall, 1990) son ejemplos notables del pavor ancestral a ciertas especies animales.
1.4. Monstruos. Los producidos por la naturaleza, como muchos de los que aparecen en la obra del inglés William Hope Hogdson. En Terror profundo (Stephen Sommers, 1998) unos malvados monstruos marinos hacen estragos sobre un moderno trasatlántico.
1.5. Epidemias. Tienen que ser por causas naturales, como la influencia H1M1 (¿fue natural?). Si no, entran en las producidas por el hombre.
1.6. Desastres espaciales. Nuevamente, tienen que ser ocasionados por la naturaleza, no por extraterrestres ni alienígenas. Si no, los debemos al hombre.

2.1. Materiales peligrosos
2.1.1. Desastres químicos y epidemias. Exterminio (Danny Boyle, 2002) da cuenta de un desastre epidemiológico –iniciado por ambientalistas recalcitrantes que liberan monos infectados- que diezma a casi toda la población del archipiélago británico en los 28 días del título original. Junto con REC (Plaza y Balagueró, 2007) es uno de los mejores especimenes de cine de zombis –sin utilizar el apelativo- del nuevo milenio. La Amenaza de Andómeda (1971 y remake televisivo de 2008), basada en la novela de Michael Crichton, Epidemia (Wolfgang Peetersen, 1995) y Soy Leyenda (Francis Lawrence, 2008) pertenecen a esta corriente.
2.1.2. La rebelión de las máquinas. Terminator (James Cameron, 1984) y la trilogía Matrix (hermanos Wachowski, 1999 y 2003) son los mejores exponentes de esta corriente. Ambas abrevan de la imaginación de Phillip K. Dick, William Gibson y algunos de los mejores representantes de la ciencia ficción literaria. Las máquinas, creadas por el hombre para facilitar su existencia, alcanzan un gran nivel de desarrollo, toman conciencia de su superioridad y resuelven que la humanidad es un peligro para su supervivencia y el entorno. Por ello deciden aniquilarnos o nutrirse de nosotros. Cría cuervos…

2.1.4. Incendios. Un título lo resume todo: Infierno en la torre (John Guillermin e Irwin Allen, 1974).
2.1.5. Calentamiento global. En El día después de mañana (Roland Emmerich, 2004) todo tipo de desgracias, desde enormes marejadas hasta una anticipada glaciación, son producto de la alteración del clima causada por el calentamiento global. Lo mejor de la película: al final, los países subdesarrollados son la salvación del primer mundo.
2.1.6. Monstruos gigantes. Godzilla (Ishiro Honda, 1954), en esencia, es un común y


2.2. Desastres de transportación. Las cosas a veces salen mal.
2.2.1. Aeroplanos. De ¡Viven! (Frank Marhall, 1993) al popular serial televisivo Lost, las desgracias aéreas son un prólogo excelente para todo tipo de aventuras. Presagio (Alex Proyas, 2009) muestra una excelente secuencia de un avión que se estrella. Las torres gemelas (Oliver Stone, 2006) y Vuelo 93 (Paul Greengrass, 2006) reviven un caso tomado de la horrible realidad –pues ésta supera a la ficción-, donde un conocido grupo

2.2.2. Automóviles y camiones. Máxima velocidad (Jan DeBon, 1994) suele considerarse dentro de este rubro, pero no olvidemos que es un maniático (Dennis Hooper, que en paz descanse) quien instaló una bomba en el autobús manejado heroicamente por Keanu Reeves y la hoy laureada Sandra Bullock.

2.2.4. Naves espaciales. Ejemplo claro: Apolo 13 (Ron Howard, 1995). La desgracia de esta nave, tomada de la vida real, se debió íntegramente a causas mecánicas, no a meteoros ni a criaturas alienígenas.
2.2.5. Trenes. Un desastre ferroviario es mostrado en El protegido (Shyamalan, 2000). Debemos a nuestro cine otro espécimen, La bestia negra (Gabriel Soria, 1939).


3.1. La ira de Dios. Si el Creador contempla el desastre en que hemos convertido su obra, debe sentirse muy molesto. Por ello desata las más variadas formas de destrucción, desde sus hordas angelicales (Legión de ángeles, Scott Stewart, 2009) hasta plagas apocalípticas (Prueba de fe, Stephen Hopkins, 2007).
3.2. Por intervención extraterrestre. Representada por la trama planteada en pleno periodo victoriano por H. G. Wells y sus

3.3. Monstruos. Cuando el origen de estos seres obedece a razones sobrenaturales.
Si analizamos todas las anteriores, podemos establecer una receta argumental.
- La presentación. Los protagonistas, uno por uno, se presentan ante nosotros, con sus conflictos personales, manías y fobias, con el fin de ganar nuestra simpatía o despertar nuestra más profunda aversión.
- Los avisos. El fenómeno destructor, causado o no por el hombre, comienza a anticipar su llegada. Los protagonistas pasan por alto estas advertencias. Algunos las perciben con suspicacia y otros advierten al mundo del inminente caos, pero son tachados de locos, como López Obrador.
- El desastre. Se desata la destrucción. Vemos muchas muertes. Nuestros protagonistas emprenden un peregrinar lleno de riesgos para asegurar su supervivencia. Se someten a los más increíbles peligros.
- La depuración. Varios de nuestros protagonistas mueren. Algunos heroicamente, otros por azares del destino, unos pocos porque lo merecen (según el espectador).
- La resolución. El ánimo de los protagonistas parece desmoronarse, pero sacan fuerza de flaqueza. Están resueltos a sobrevivir.
- La inyección de emoción. Para aumentar la tensión, el fenómeno destructor ataca de nuevo (una réplica de terremoto, la segunda erupción de un volcán, o un nuevo ataque extraterrestre, por ejemplo), pero nuestros héroes siguen adelante, facilitada su odisea con el costo humano de un valiente.
- La luz al final del túnel. Luego de la tormenta viene la calma. Nuestros héroes –los sobrevivientes- recuperan la paz que el fenómeno destructor les arrebató. Casi siempre resuelven sus dramas individuales (conflictos de pareja, filiales o de trabajo) gracias a la experiencia.
Esta fue mi humilde clasificación y la receta que identifiqué para escribir una película de desastres. Depende de ustedes renovar la fórmula.
lunes, 21 de junio de 2010
El mundo se va a acabar…

Cuando observo los efectos del calentamiento global, el derrame petrolero en el Golfo de México, las especies animales que aniquilamos sin misericordia y cosas aparentemente irrelevantes en medio de la tragedia nacional –porque la crisis económica, la indolencia de la Suprema Corte de Justicia y la guerra contra el narcotráfico se cuecen aparte-, como el hermoso parque cercano a mi casa, donde la muchas personas arrojan indiferentemente todo tipo de desperdicios –desde botellas de cerveza hasta condones usados-, no puedo evitar un fatal sentimiento: el ser humano, como especie, no merece existir. Es cierto que habemos unos pocos locos que tenemos cierto nivel de conciencia y que el hombre ha creado las más sublimes expresiones artísticas, pero todos esos triunfos palidecen frente a nuestra naturaleza predadora sin sentido. Una película protagonizada por Jamie Lee Curtis (Virus, John Bruno, 1999) ya lo dijo: el hombre es un virus. Los virus destruyen a su huésped y se multiplican.
Uno de los temas más recurrentes de la ciencia ficción es el fin del mundo. Desde maravillosas y terribles películas setenteras como Cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973) hasta impresionantes pirotecnias contemporáneas como 2012 (Roland Emmerich, 2009), el fin de la civilización ha exaltado la imaginación de escritores y cineastas y ha servido como una forma de sacudir nuestra conciencia sobre la manera en que tratamos a nuestro planeta.
Escribo esto no porque la reciente derrota de potencias futbolísticas sea una señal del fin del mundo, sino porque vi la película El último camino (John Hillcoat, 2009), basada en la novela The road, de Cormac McCarthy, autor de otro libro que ya ha sido llevado a la pantalla grande, Sin lugar para los débiles (hermanos Cohen, 2006). El eficiente guión de Joe Penhall narra la historia de un hombre ordinario (Viggo Mortensen) y su hijo (Kodi Smith-McPhee), quienes viven un drama de supervivencia en un planeta tierra devastado, donde las condiciones de vida han llevado a todas las especies animales a la extinción, a las vegetales al borde de la misma y los pocos sobrevivientes humanos están en una continua búsqueda de alimento, la cual lleva a muchos al canibalismo. La supervivencia del más apto, anunciaba Charles Darwin. El resignado padre lucha no sólo por su vida, sino por mantener alejado a su vástago de estos horrores (“nosotros nunca nos comeremos a alguien”). La cinta no pierde tiempo en profundizar en las causas que condujeron al mundo a la tragedia –no sabemos si fue por una guerra mundial, el calentamiento global o un virus asesino-, lo que le importa son las consecuencias. La trama está plagada de flashbacks, el preludio funesto a su aventura, donde el hombre recuerda su vida pasada al lado de su esposa (la sudafricana Charlize Theron), quien no resiste la inminente tormenta. A lo largo de su desventura, nuestro héroe contempla el suicidio en más de una ocasión, pero el instinto de conservación se impone junto con la necesidad de preparar a su hijo para seguir adelante cuando ya no se encuentre en este mundo, angustia inherente de todo buen padre. La desgracia despierta lo mejor de la naturaleza humana –recordemos el sismo de 1985 o el terremoto de Haití-, pero también lo más vil –rapiña, robos, instintos violentos- y los protagonistas lo descubren en carne propia. También encuentran placer en las cosas pequeñas, como el hallazgo de una simple lata de refresco. Destaca la modesta producción de la película –que no precisa de efectos por computadora-, apoyada de una eficaz fotografía de Javier Aguirresarobe, cuya paleta está dominada por tonos grises, y las breves apariciones de Robert Duvall y Guy Pearce. El desenlace, pese a una nota esperanzadora a través de la limpia mirada de un perro, anuncia la fatalidad a la que nos dirigimos. Una película depresiva, cierto, pero inquietantemente relevante.
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