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martes, 6 de noviembre de 2012

Justicia para la Malvada Reina


Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva Reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía sufrir que nadie la aventajase en hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?".
Blanca Nieves (1812), Jacob y Wilhelm Grimm.

En los albores del siglo XIX, Jacob y Wilhelm Grimm, reputados lingüistas y folkloristas alemanes, recorrieron Europa recolectando historias que circulaban en la tradición oral. La mayor parte de ellas se han integrado ya al imaginario colectivo de la cultura occidental e inspirado obras inolvidables para muchos de nosotros. Una de las más reconocidas es la de Blanca Nieves, la bella princesa blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y cabello negro como la madera de ébano. Su figura ha sido perpetuada a lo largo de generaciones por la más variopinta galería de artistas, pero pocas revisiones con tan recordadas como la que Walt Disney nos presentara en 1937 bajo el título de Blanca Nieves y los siete enanos. En ella, posicionada indeleblemente en la memoria de todos, brilla la presencia de su antagonista, la Malvada Reina (con voz en inglés de Lucille La Verne y en español de Rosario Muñoz Ledo, como me aclaró mi querido Arístides Castiglioni). Siempre me pregunté, siendo un imberbe niño, qué hacía al gallardo Príncipe fijarse más en la pálida jovencita y ni siquiera mirar a la madura e interesante mujer. Ella poseía una personalidad más poderosa, una elegancia incomparable y una voz que imponía. Y además, era una bruja. ¿Ella debía en realidad tener celos de la belleza de su hijastra? Por eso nunca comprendí su inseguridad. En Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Bruno Bettleheim pretende dar una explicación: “El miedo de la Reina a que Blancanieves la supere es el tema central del cuento de hadas, que lleva, erróneamente, el nombre de la niña, al igual que el mito de Edipo. Por lo tanto, puede ser útil considerar brevemente este famoso mito que, a través de los estudios psicoanalíticos, se ha convertido en la metáfora con la que nos referimos a una relación emocional concreta dentro de la familia, que puede dar lugar a grandes obstáculos en el camino hacia la madurez y la plena integración de una persona, mientras es, por otra parte, el origen potencial del desarrollo más completo de la personalidad”. Con el paso de los años descubrí a la que podía ser una de sus más notables inspiraciones: la noble húngara Erzsébet Báthory, de quien ya he hablado en este espacio. Ella es recordada porque temía la vejez y, cual tratamiento de belleza, se daba baños en la sangre de inocentes doncellas para detener el inclemente paso del tiempo.
Pero regresemos al cuento. En el cine y le televisión, la soberana ha sido interpretada por un gran número de actrices que hacen justicia –bueno, la mayor parte de ellas- a la dimensión del personaje, desde Ruth Richie (en la versión muda de 1916), Gena Rowlands, Joan Collins, Vanessa Redgrave, Miranda Richardson, Monica Bellucci (en mi opinión, de las más dignas), Lana Parrilla (en la reciente teleserie Once upon a time), Julia Roberts (ella nunca me ha gustado, y menos como la Reina) y, la que propicia estas líneas, la sudafricana Charlize Theron en Blanca Nieves y el cazador (Rupert Sanders, 2012).
Prejuicios me hicieron despreciar la cinta por meses. El mayor provenía de que el espejo –que se supone siempre dice la verdad- dijera a Charlize que Kristen Stewart, que da vida a Blanca Nieves, era más bella. Eso me parecía una gran mentira, una infamia. Pero como en gustos se rompen géneros, me aventuré a ir más allá de los cortos y fragmentos que vi en la televisión. 
La película fue justo lo que esperaba. Pese a sus deslumbrantes efectos digitales, apariciones emblemáticas, y una muy vistosa puesta en escena, no pude evitar pensar que abrevaba del clásico de Disney, de la saga de El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001, 2002 y 2003), de 300 (Zack Snyder, 2006) y Juana de Arco (Luc Besson, 1999). La historia no aporta nada nuevo al mito, acaso profundizar en el pasado del cazador (Chris Hemsworth, alias Thor, el Dios del Rayo), demostrar que Blanca Nieves puede blandir una espada, revelar que la Malvada Reina (Ravenna aquí) puede convertirse en una parvada de cuervos, tiene un Malvado –e inepto- Hermano y que el ingenuo padre de Blanca Nieves no era su primera víctima. Sobre  las participaciones, Bob Hoskins (el detective Eddie Valiant de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?), Ray Winstone (el Sr. French de Los infiltrados, Nick Frost (el insoportable Ed de Shaun of the dead), Eddie Marsan (el reciente Inspector Lestrade de Sherlock Holmes) y Toby Jones (el Dr. Zola de El Capitán América, el primer Vengador) son algunos de los siete enanos. Lo malo es que todos pasan desapercibidos.
Todo es parte de una especie de necesidad de revivir a los clásicos, dándoles nueva vida para los nuevos consumidores. Algo semejante me enseñó la muy fallida La chica de la capa roja (Catherine Hardwicke, 2011), la efervescencia de series de televisión como Grimm o la citada Once upon a time y el venidero filme Maléfica (Robert Stromberg, a estrenarse en 2014), donde Angelina Jolie personificará al tormento de La Bella Durmiente. Al menos Theron y Jolie si capturan la belleza de sus personajes.

Mi agradecimiento enorme al ya mencionado Aris Castiglioni, a Jorge Báez, Josué Vargas Estrada, Luis Reséndiz ‏y Pepe Carrera por su ayuda en la resolución del misterio sobre la voz en español de la Reina..

lunes, 13 de diciembre de 2010

Horror para niños

“Nunca confíes en una persona que asegura haber tenido una infancia feliz”. –Stephen King.

Los cuentos de hadas, en su forma original, no son cosa de niños. Wilhelm y Jacob Grimm nos mostraron un universo plagado de mujeres perversas y ambiciosas, brujas caníbales, bestias terribles y todo tipo de atrocidades, muy lejanos de la versión edulcorada que construyó Walt Disney en sus películas. Y es que la infancia es un territorio fértil para el horror. Lo demuestran, mejor que nadie, los niños de la calle, las víctimas de los apetitos non sactos de algunos miembros de la Iglesia católica o el sicario preadolescente que tanto han seguido los medios de comunicación en tiempos recientes. Por los anteriores prefiero los territorios imaginarios de las historias que nos narraban nuestras madres antes de ir a dormir. El viernes pasado asistí a un homenaje a esta tradición, la obra para títeres Aullidos, presentada por la compañía española El Corsario. El espectáculo sobrepasó mis expectativas. Hizo soportables la demora, la desorganización y la falta de respeto en la distribución de lugares del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris. Pero regresaré a lo central. La historia, narrada con una depurada técnica de títeres, se nutre de los cuentos de hadas y de elementos del melodrama clásico que no deja de recordarnos algunas obras del Marqués de Sade: la madre de la pequeña Talía es asesinada por la Inquisición pues fue poseída por unos demonios burlones. Desamparada, la niña queda expuesta a la mendicidad y luego a los excesos y abusos de una poco escrupulosa aristócrata y la voracidad del Rey. Para salvarla de estas penurias, interviene el espectro de su progenitora pero cruza su camino con un niño que es, literalmente, bestializado. En el relato se reúne una interesante mixtura de personajes que todos reconocemos, desde el lobo feroz, el gigante de Juanito y el frijol mágico, la madrastra de la Cenicienta, la Bella Durmiente del bosque y una joven sirena –popular por la película de dibujos animados-. Todo con un toque perverso y brutal que no evita el humor negro y, para conmoción de muchos, escenas de sexo explícito. De ahí su advertencia: “Espectáculo de títeres para adultos”. La obra evita los excesos literarios –sólo recurre al diálogo en momentos esenciales- y emplea una musicalización instrumental precisa que evoca al medioevo. La parte frustrante de todo es que sólo se presentó en dos ocasiones –el viernes fue la última-.  Este esfuerzo, valioso e inteligente, confirma que la oscuridad está presente, incluso, en aquello que suponemos blanco e impoluto.
Los que no pudieron asistir tienen aún el consuelo que ofrece la página web de la agrupación, de donde provienen las imágenes que utilicé para ilustrar esta entrada.