Uno de mis primeros encuentros con monstruos lo debo al Show de los Muppets. De producción británica a partir de las populares creaciones de Jim Henson, tuvo una exhibición regular entre 1976 y 1981. Entre sus invitados figuraron las principales estrellas de su momento: de Bob Hope a Tom Denver, de Roger Moore a Johnny Carson, de Mark Hamill a Vincent Price. El programa era, definitivamente, el mejor momento de muchos domingos en los que reinaba la euforia futbolística. Fue uno de los más gloriosos que transmitió el extinto Canal 13. Anunciaba el ocaso de día y el inicio de una nueva semana. Durante años los Muppets formaron parte de mi entorno inmediato, de mi familia. Por eso en mi memoria y afectos, aunque el nuevo doblaje se afane en llamarle por su nombre real, su líder siempre será la Rana René.
Muchos de los lectores de este espacio –los que pertenecen a mi generación- seguramente comparten mi opinión. Reconocer esta afición es necesario para disfrutar Los Muppets (James Bobin, 2011), cinta co escrita y protagonizada por Jason Segel quien, sin duda alguna, es un enorme admirador de estos entrañables personajes –su gozo es imposible de disimular-. La historia no es un derroche de creatividad, pues parte –como los mismos creadores reconocen- de un lugar común –salvar el teatro de los Muppets-, personajes y situaciones que conocemos ampliamente –un villano acartonado, un romance inequitativo, el anhelo vuelto realidad, el bien que triunfa sobre la maldad-. Pero su encanto recae en sus maravillosos títeres. La colorida truope que encabezaba el verde batracio ha caído en el olvido. Se ha disgregado de forma diversa. El oso Fozzie (Figaredo por estos rumbos) conduce un penoso espectáculo en Reno, Nevada, donde lucra con la popularidad que alguna vez tuvo; el Gran Gonzo es un magnate de los inodoros donde la gallina Camilla es su contadora; Miss Peggy (la Cochinita Pibil) es la editora de la versión francesa de Vogue, muy similar a Anna Wintour o a la Miranda Priestly de El diablo viste a la moda (David Frankel, 2006); el gerente Scooter (Ciriaco) trabaja en Google; el baterista Animal recibe terapia para el control de la ira donde su tutor es el comediante Jack Black. El entusiasmo del joven Walter, hermano menor de Segel y fan from hell del grupo, saca del retiro a sus ídolos para hacer un programa especial –un Muppetón- para reunir fondos para salvar su viejo hogar.
Como en el programa de televisión, los títeres gozan de una gran cantidad de actores invitados. Entre ellos están Mickey Rooney, Alan Arkin, Emily Blunt, Zach Galifianakis, Neill Patrick Harris, Whoopi Golberg y Selena Gómez, entre muchos otros. Adicionalmente posee un soundtrack robustecido por emblemáticos títulos ochenteros, en el que sobresale We built this city de Starship. Con ella de fondo construyen -reconstruyen- su sueño.
Si bien varios números musicales aletargan el relato –yo no deseaba ver a Chris Cooper, con todo y su Oscar, cantando- el efecto final se debe sin duda a la nostalgia. Los Muppets nos producen –como reconoce su protagonista- el tercer bien más preciado en la vida: alegría. Nos permiten recordar tiempos más simples y la cercanía a lo maravilloso que teníamos cuando éramos niños. Y este efecto no sólo lo causó en personas de mi edad. Los niños que poblaban la sala de cine estaban encantados. Al salir de su teatro, Los Muppets se encontraron no sólo con el reconocimiento que todos les debemos, sino con nuevas generaciones de admiradores.
La película gozó de una enorme aceptación –en la crítica y en la taquilla- en su estreno a pesar que muchos de sus artífices originales, como Frank Oz, la reprobaron. También se hizo merecedora de una posible censura por “retratar negativamente a la industria petrolera”. Como sea espero sinceramente que inyecte nuevos bríos a una popular y exitosa franquicia que posee ya un lugar en nuestro corazón.
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lunes, 12 de diciembre de 2011
lunes, 13 de diciembre de 2010
Horror para niños
“Nunca confíes en una persona que asegura haber tenido una infancia feliz”. –Stephen King.
Los cuentos de hadas, en su forma original, no son cosa de niños. Wilhelm y Jacob Grimm nos mostraron un universo plagado de mujeres perversas y ambiciosas, brujas caníbales, bestias terribles y todo tipo de atrocidades, muy lejanos de la versión edulcorada que construyó Walt Disney en sus películas. Y es que la infancia es un territorio fértil para el horror. Lo demuestran, mejor que nadie, los niños de la calle, las víctimas de los apetitos non sactos de algunos miembros de la Iglesia católica o el sicario preadolescente que tanto han seguido los medios de comunicación en tiempos recientes. Por los anteriores prefiero los territorios imaginarios de las historias que nos narraban nuestras madres antes de ir a dormir. El viernes pasado asistí a un homenaje a esta tradición, la obra para títeres Aullidos, presentada por la compañía española El Corsario. El espectáculo sobrepasó mis expectativas. Hizo soportables la demora, la desorganización y la falta de respeto en la distribución de lugares del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris. Pero regresaré a lo central. La historia, narrada con una depurada técnica de títeres, se nutre de los cuentos de hadas y de elementos del melodrama clásico que no deja de recordarnos algunas obras del Marqués de Sade: la madre de la pequeña Talía es asesinada por la Inquisición pues fue poseída por unos demonios burlones. Desamparada, la niña queda expuesta a la mendicidad y luego a los excesos y abusos de una poco escrupulosa aristócrata y la voracidad del Rey. Para salvarla de estas penurias, interviene el espectro de su progenitora pero cruza su camino con un niño que es, literalmente, bestializado. En el relato se reúne una interesante mixtura de personajes que todos reconocemos, desde el lobo feroz, el gigante de Juanito y el frijol mágico, la madrastra de la Cenicienta, la Bella Durmiente del bosque y una joven sirena –popular por la película de dibujos animados-. Todo con un toque perverso y brutal que no evita el humor negro y, para conmoción de muchos, escenas de sexo explícito. De ahí su advertencia: “Espectáculo de títeres para adultos”. La obra evita los excesos literarios –sólo recurre al diálogo en momentos esenciales- y emplea una musicalización instrumental precisa que evoca al medioevo. La parte frustrante de todo es que sólo se presentó en dos ocasiones –el viernes fue la última-. Este esfuerzo, valioso e inteligente, confirma que la oscuridad está presente, incluso, en aquello que suponemos blanco e impoluto.
Los que no pudieron asistir tienen aún el consuelo que ofrece la página web de la agrupación, de donde provienen las imágenes que utilicé para ilustrar esta entrada.
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