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martes, 11 de febrero de 2014

Feliz primer siglo, Bill Finger

El pasado 8 de febrero, el mismo día que Julio Verne y Charles Dickens celebrarían sus onomásticos, el escritor estadounidense Milton Finger –quien firmaba sus obras como Bill Finger- cumplió su primer siglo de vida.
Su nombre ha quedado prácticamente sepultado en los anales de la historieta, más porque el mérito autoral del más popular de sus personajes –Batman- siempre ha sido atribuido únicamente al dibujante Bob Kane. Es cierto que allá por 1938 cuando los ejecutivos de National Publications –hoy DC Comics- se percataron del impresionante éxito económico del recién nacido Supermán, inmediatamente encargaron a este último la creación de un nuevo héroe que emulara sus pasos. A cambio de esto, recibió –además de sus honorarios- control y crédito absoluto sobre la historia. Finger se unió posteriormente al equipo creativo. Y antes de continuar debo que aclarar que no pretendo minimizar el mérito de Kane. La iniciativa fue suya, cierto, pero él –en palabras de Finger- visualizó a un justiciero muy diferente al que conocemos, “más semejante a Supermán, con leotardos rojos, sin guantes, con un pequeño antifaz, balanceándose en una cuerda con dos alas de murciélago y un gran anuncio que decía The Bat-Man”.
La intervención de Finger modificó dramáticamente la apariencia planeada por el dibujante, con un disfraz negro y gris, una máscara y unas enormes alas de murciélago, que pendía de una cuerda amagando a un delincuente, mientras sus cómplices contemplan el momento. Así lo muestra la ya mítica portada del número 27 de Detective comics, aparecida en mayo de 1939. Finger no sólo dio nombre a su problemática urbe –Ciudad Gótica-, creó al Comisionado James Gordon y muchos de sus más importantes aliados y enemigos –la del Guasón es una historia aparte-. Y su más valiosa aportación –además del nombre de su alter ego Bruce Wayne y decidir cambiar las alas por una capa-: fue el responsable de darle un trágico origen. Sin su colaboración, el personaje carecería de una motivación poderosa. Es por ello que se mantiene vigente y que el próximo mes de mayo cumplirá 75 años de vida.
El mismo Kane dijo en 1989, “Ahora que mi viejo amigo y colaborador se ha ido, tengo que admitir que Bill nunca recibió la fama y el reconocimiento que merecía. Él era un héroe anónimo. Nunca pensé en darle crédito y él nunca me lo pidió. A menudo le digo a mi esposa que si pudiera volver atrás quince años, antes que él muriera, me gustaría decirle voy a poner tu nombre al lado del mío. Te lo mereces”. No sé si alegrarme por su tardía declaración. Lo cierto es que debió llevarla a cabo cuando estaba vivo.
El reconocimiento que Finger alcanzó en las redes sociales por su centenario fue avasallador. Me enorgullece decir que aporté mi granito de arena. Uno de sus más fieros defensores es el Dr. Travis Langley, profesor de psicología forense en la Universidad Estatal Henderson en Arkadelphia, Arkansas, gran estudioso del Noveno Arte y autor de Batman and Psychology: A Dark and Stormy Knigh (Wilety, 2011). Él es parte de un proyecto documental, junto con Athena Finger –su única nieta-, el veterano editor Dennis O´Neill, el productor ejecutivo Michael Uslan, Marc Tyler Nobleman –autor de Bill the Boy Wonder: the secret co-creator of Batman- entre muchos otros por vindicar al escritor, titulado The Cape Creator: A Tribute to Bat-Maker Bill Finger. Y el mismo Langley es más que convincente:
“Es tiempo de hacer las cosas bien. Si amas a Batman, a las historietas, a las películas pero si sobre todo amas la verdad, ayúdanos a celebrar la vida y obra de Bill Finger”.


viernes, 15 de julio de 2011

Injusticia reparada

Hablemos de horrores de la vida real.
Los más de dos mil peritos que laboramos en la Coordinación General de Servicios Periciales de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal cotidianamente proporcionamos elementos científicos para que el Ministerio Público establezca la probable responsabilidad de una persona en un hecho delictivo. En resumidas cuentas y en un sentido romántico, ayudamos a que los malos reciban su merecido. Este trabajo no es sencillo. Lidiamos con la mala reputación –a veces ganada a pulso- que muchos elementos y generaciones previas a la mía le han valido a la Institución. Aunque a lo largo de los años he tenido múltiples satisfacciones, todas son victorias vacías: nada resarce a una persona a la que han robado todos sus bienes, cura las cicatrices físicas y mentales a una mujer a la que han agredido sexualmente, devuelve a una madre a su hijo muerto. Ayer, por primera vez en 16 años, tuve el privilegio de ayudar a una persona inocente.
En septiembre de 2010 mis superiores me indicaron que una personalidad iba a solicitar mi experticia como Perito en Arte Forense. Era Rodolfo Félix Cárdenas, antiguo Procurador de Justicia del Distrito Federal. Él asumía la defensa de Silvano Tapia González de 68 años, albañil de la extracción más humilde, oriundo de Huajuapan de León, Oaxaca, quien había sido apresado por un delito que no cometió. Félix Cárdenas y su equipo se involucraron ad honorem y pro bono (por honor y para el bien público, como dicen los abogados) y reunieron a un equipo de expertos en Criminalística, Criminología, Medicina Forense, Psicología, Topografía, Antropología Social y mi especialidad para establecer la inocencia de su defendido. Y si la ciencia respaldaba, sin la menor duda, lo que la defensa exponía, el sentido común era doblemente contundente. Silvano enfrentaba una injusticia indignante, la deslealtad, ineficiencia y mala voluntad de los poderes del Estado. Era un chivo expiatorio. Una persona –seguramente pensaban ellos- que no valía un centavo y a la que podían victimizar sin que éste tuviera recursos para defenderse. Pero no fue así.
A lo largo de un juicio –en el nuevo sistema oral- que inició el pasado 4 de julio y duró 8 días, la defensa no sólo demostró más allá de cualquier cuestionamiento la inocencia de Silvano, sino puso en manifiesto la pobre calidad humana y profesional de quienes deberían procurar justicia a la sociedad. Todo el proceso representó lo peor y lo mejor del sistema. El veredicto era previsible.
Esta mañana, luego de una pesadilla de 14 meses, Silvano despertó en su cama, bajo su techo, rodeado de su familia. Lo que viví me obliga a preguntarme, no sin sentirme sobrecogido, cuántos casos similares no existirán actualmente en nuestro país. Por lo que a esto respecta, la justicia quedó servida. Caso cerrado.