Mostrando entradas con la etiqueta EL SUPERHÉROE MÁS GRANDE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EL SUPERHÉROE MÁS GRANDE. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de septiembre de 2014

La gran paradoja

En tiempos recientes, las películas o series televisivas que se basan en materiales que se crearon originalmente en otros medios (literatura o videojuegos, fundamentalmente) han demostrado que no necesariamente tienen un gran apego a su fuente de procedencia. En algunos aspectos, no las culpo. Ya he reconocido que lo que funciona bien en la página impresa no necesariamente lo hace al trasladarse a la imagen en movimiento. Ejemplos sobran. Ayer se estrenó –en Latinoamérica- uno más de ellos, Gotham, programa desarrollado por Bruno Heller a partir de “personajes publicados por DC Comics”. Y esa forma de decirlo fue la más correcta. Hubiera deseado que apareciera la leyenda “basada en personajes creados por Bill Finger y Bob Kane”, lo que rectificaría una injusticia creativa de 75 años. Y vindicaría a Finger, quien dio nombre a la caótica urbe de su título. Pero en perspectiva, es lo más apropiado, pues sus productores han anunciado que aparecerán villanos como Víctor Fries, alias Mr. Freeze, ideado por David Wood, Sheldon Moldoff y Kane o su tocayo el psicópata Víctor Zsasz, creación de Alan Grant y Norm Breyfogle. Pero que Kane –sin restarle mérito- no haya recibido toda la gloria, es suficiente por el momento.
A primera vista, en lo referente a lo técnico, el programa es irreprochable. Fue filmado en Nueva York aunque hubiera preferido que se hiciera en Chicago, por exactitud histórica. Como se anunció, sigue los inicios de la carrera del Detective James Gordon (Ben McKenzie) en la corrupta y problemática Ciudad Gótica y el doble homicidio del acaudalado matrimonio Wayne, lo que marcará el inicio de nuestro futuro héroe. Todo presentado como una suerte de precuela que sin duda busca empatar con otros proyectos recientes de la empresa como Arrow y el venidero The Flash, y tratan de poner a DC a la par de su principal competidora, Marvel, en una pugna desigual en la que los segundos llevan una clara delantera. Pero pese a esto, otorgándole el beneficio de la duda, la serie me representa dos grandes paradojas. La primera, de triunfar el joven e idealista Gordon en su cruzada por erradicar el crimen y la corrupción en su ciudad, el surgimiento de Batman sería innecesario. Y la segunda, el crimen y la corrupción citadinos son indispensables para el nacimiento del héroe, así que somos testigos de una guerra perdida. Batman nunca sería necesario en un lugar donde sus instituciones son eficientes y se rigen por la legalidad. Y el hartazgo de Gordon lo convertirá en un futuro gran aliado, en un complemento, tal como ya nos lo demostraron Frank Miller y David Mazzucchelli en la indispensable Batman: Año Uno.
Las libertades son inevitables. El fiel seguidor de las hazañas del enmascarado en la historieta se divertirá encontrando una gran cantidad de guiños, que no comento ahora para no fortalecer la cultura del spoiler. Por lo pronto me sumo completamente al sentir de mi querido Raúl Camarena: “Al final del día es una reinvención del mito como pasó con Smallville o en cualquier película de superhéroes. No es igual el Batman de Nolan al de Burton y así. Siempre habrá puristas, pero la realidad es que si no se reinventa el mito, termina por agotarse, esa es la esencia de la adaptación. Y Gotham, sin ser perfecta, tiene mucho potencial para contar una historia de origen”.

Seguiremos informando...

martes, 1 de abril de 2014

¡Feliz Día de los Locos!

Hoy celebramos un día más del muy estadounidense April Fool´s Day, símil de nuestro Día de los Inocentes, fecha en que suelen gastarse todo tipo de bromas y conocida por algunos autores como el Día de los locos.
La ocasión es atractiva porque fue el día que eligieron el escritor norteamericano Grant Morrison y el talentoso ilustrador Dave McKean (mejor conocido por sus cubiertas para la serie Sandman) para ambientar su celebrada novela gráfica Arkham Asylum, a serious house on serious Earth (1989). La publicación, sin duda beneficiada por la muy reconocida película de Tim Burton, tuvo un éxito sin precedentes. Es un estudio de los mayores traumas de Batman, presentado por los autores como una construcción simbólica, vaga y sombría, y una poderosamente macabra reinterpretación de los personajes clásicos de la historieta. Esta es la trama: en un primero de abril, el Guasón lidera un motín en el conocido manicomio y obliga a Batman a adentrarse en él con la amenaza de sacar un ojo a una joven rehén. De forma paralela descubrimos la tortuosa historia del fundador de la institución, Amadeus Arkham, su descenso a la locura y su intento por contenerla.
Tal vez el elemento más atractivo de la historia es el Guasón, que sin duda da miedo. Según testimonios de personas cercanas, fue una de las inspiraciones que el desventurado Heath Ledger utilizó para construir su papel de Batman, el caballero de la noche.

Sin duda es una novela gráfica que debe estar en el librero de todo diletante de lo truculento.

martes, 11 de febrero de 2014

Feliz primer siglo, Bill Finger

El pasado 8 de febrero, el mismo día que Julio Verne y Charles Dickens celebrarían sus onomásticos, el escritor estadounidense Milton Finger –quien firmaba sus obras como Bill Finger- cumplió su primer siglo de vida.
Su nombre ha quedado prácticamente sepultado en los anales de la historieta, más porque el mérito autoral del más popular de sus personajes –Batman- siempre ha sido atribuido únicamente al dibujante Bob Kane. Es cierto que allá por 1938 cuando los ejecutivos de National Publications –hoy DC Comics- se percataron del impresionante éxito económico del recién nacido Supermán, inmediatamente encargaron a este último la creación de un nuevo héroe que emulara sus pasos. A cambio de esto, recibió –además de sus honorarios- control y crédito absoluto sobre la historia. Finger se unió posteriormente al equipo creativo. Y antes de continuar debo que aclarar que no pretendo minimizar el mérito de Kane. La iniciativa fue suya, cierto, pero él –en palabras de Finger- visualizó a un justiciero muy diferente al que conocemos, “más semejante a Supermán, con leotardos rojos, sin guantes, con un pequeño antifaz, balanceándose en una cuerda con dos alas de murciélago y un gran anuncio que decía The Bat-Man”.
La intervención de Finger modificó dramáticamente la apariencia planeada por el dibujante, con un disfraz negro y gris, una máscara y unas enormes alas de murciélago, que pendía de una cuerda amagando a un delincuente, mientras sus cómplices contemplan el momento. Así lo muestra la ya mítica portada del número 27 de Detective comics, aparecida en mayo de 1939. Finger no sólo dio nombre a su problemática urbe –Ciudad Gótica-, creó al Comisionado James Gordon y muchos de sus más importantes aliados y enemigos –la del Guasón es una historia aparte-. Y su más valiosa aportación –además del nombre de su alter ego Bruce Wayne y decidir cambiar las alas por una capa-: fue el responsable de darle un trágico origen. Sin su colaboración, el personaje carecería de una motivación poderosa. Es por ello que se mantiene vigente y que el próximo mes de mayo cumplirá 75 años de vida.
El mismo Kane dijo en 1989, “Ahora que mi viejo amigo y colaborador se ha ido, tengo que admitir que Bill nunca recibió la fama y el reconocimiento que merecía. Él era un héroe anónimo. Nunca pensé en darle crédito y él nunca me lo pidió. A menudo le digo a mi esposa que si pudiera volver atrás quince años, antes que él muriera, me gustaría decirle voy a poner tu nombre al lado del mío. Te lo mereces”. No sé si alegrarme por su tardía declaración. Lo cierto es que debió llevarla a cabo cuando estaba vivo.
El reconocimiento que Finger alcanzó en las redes sociales por su centenario fue avasallador. Me enorgullece decir que aporté mi granito de arena. Uno de sus más fieros defensores es el Dr. Travis Langley, profesor de psicología forense en la Universidad Estatal Henderson en Arkadelphia, Arkansas, gran estudioso del Noveno Arte y autor de Batman and Psychology: A Dark and Stormy Knigh (Wilety, 2011). Él es parte de un proyecto documental, junto con Athena Finger –su única nieta-, el veterano editor Dennis O´Neill, el productor ejecutivo Michael Uslan, Marc Tyler Nobleman –autor de Bill the Boy Wonder: the secret co-creator of Batman- entre muchos otros por vindicar al escritor, titulado The Cape Creator: A Tribute to Bat-Maker Bill Finger. Y el mismo Langley es más que convincente:
“Es tiempo de hacer las cosas bien. Si amas a Batman, a las historietas, a las películas pero si sobre todo amas la verdad, ayúdanos a celebrar la vida y obra de Bill Finger”.


miércoles, 29 de enero de 2014

Amoríos prohibidos

Y así fue como terminó un escándalo que amenazaba afectar seriamente el reino de Bohemia. Y así fue también como los mejores planes de Sherlock Holmes fueron arruinados por el ingenio de una mujer. Antiguamente mi compañero acostumbraba burlarse mucho de la supuesta inteligencia femenina, pero no he oído que lo haga a últimas fechas. Y cuando habla de Irene Adler, o cuando se refiere a su fotografía, siempre lo hace bajo el honorable título de La Mujer. –Escándalo en Bohemia (1891), Arthur Conan Doyle.

El primer episodio de la segunda temporada de la teleserie británica Sherlock nos presenta la ambigua e inquietante relación entre el héroe que da título al programa (Benedict Cumberbatch) e Irene Adler (Lara Pulver), una dominatriz de altos vuelos que revive a la figura central de la novela Escándalo en Bohemia, escrita en 1891 por el escocés Arthur Conan Doyle. Ella es objeto del amor idílico –nunca admitido- de Holmes y un auténtico desafío intelectual. Pero la fascinación que siente por ella no compromete su posición.
Algo similar, con sus respectivas distancias, ocurre con la creación de Bob Kane y Bill Finger cuyo cumpleaños 75 celebramos este 2014. Y antes de continuar, una precisión. Mucho se ha bromeado sobre la orientación sexual de Batman. Ello es principalmente culpa del libro La seducción del inocente, escrito en 1954 por el psiquiatra germano estadounidense Fredric Wertham, conocido con justicia como “El Mayor Enemigo de los Superhéroes”. Su texto daba lecturas homosexaules y pedófilas a la relación entre el Hombre Murciélago y su joven asistente Dick Grayson. Y no ayudó mucho la colorida pero inolvidable serie de televisión de los años sesenta, con Adam West y Burt Ward. No aclaro esto porque piense que un justiciero gay sea algo malo, contrario a la Ley de Dios o cause huracanes (para eso están algunos miembros del clero y la clase política), sino porque simplemente no fue la intención que le dieron sus creadores. El texto de Wertham fortaleció la infame cacería de brujas que propició que el Congreso de Estados Unidos impusiera a la industria de las historietas la famosa Autoridad del Código de Cómics, o CCA por sus siglas en inglés. Pero regresemos a lo central.

Desde su primera aventura oficial, ocurrida en Batman # 1 en la primavera de 1940, la ladrona conocida como La Gata fue incluida como un interés romántico del héroe y un desafío físico e intelectual. Además, el enmascarado siempre enfrentaba el reto de redimirla. La inspiración de la dupla creativa Kane-Finger vino, evidentemente, de las glamorosas estrellas de cine de su época, como Jean Harlow –por ahí circula una historia que involucra a una prima de Kane-, y eventualmente fue rebautizada como La Mujer Gato (Catwoman) o Gatúbela (en estos rumbos). Desde entonces, el personaje ha tenido múltiples encarnaciones y ha estado en ambos lados de la Ley. Y aunque Batman ha tenido otros intereses sentimentales –algunos más poderosos-, Gatúbela –yo prefiero llamarla así- siempre será una presencia importantísima en sus aventuras, justo como Adler y Holmes.

viernes, 23 de agosto de 2013

Por qué Ben Affleck me causa las más grandes reservas para interpretar a Batman

Después de las incontables reacciones de ayer luego que se dio a conocer la noticia de que Ben Affleck interpretaría a Bruce Wayne/Batman en la venidera secuela de El Hombre de Acero (Zack Snyder, 2013), que iban de la más genuina indignación a la ira declarada –experiencia semejante a una turba de linchamiento virtual-, con la cabeza más fría, vale la pena hacer algunas consideraciones.
Diré para empezar que Affleck me cae bien. No es el mejor actor ni director, pero en lo general aprecio su trabajo. Pero pese a esto, a su buen aspecto, su carisma, sus facciones rectangulares que se ajustan al canon grecolatino de los superhéroes, y los reconocimientos que le ha valido su popular cinta Argo (2012), no me parece la elección más adecuada para interpretar al héroe de Ciudad Gótica. Si DC comics pretendía seguir el buen camino que tomó la cinta de Snyder –que e hizo respetar por vez primera al último hijo de Kripton-, el encomendar un papel que arrancaba las mayores expectativas a alguien tan popular y con tan malos recuerdos en contra, fue algo muy arriesgado. Me hace anticipar sus legítimos intereses comerciales. Más de uno de mis apreciados colegas me ha recordado la controversia que en sus momentos causaron las designaciones de Michael Keaton y Heath Ledger, cómo ambas son celebradas hoy en día y demostraron el error de la colectividad. Ambos tenían algo a su favor: el anonimato. Cierto, tanto Keaton como Ledger eran relativamente conocidos en su tiempo (más Ledger), pero la limitada noción de sus capacidades significaba un territorio lleno de posibilidades. Para ese momento, y a pesar de una carrera actoral de una década, las películas más notorias de Keaton eran las comedias Cuando papá se convirtió en mamá (Mr. Mom, Stan Dragoti, 1983) y Beetlejuice (Tim Burton, 1988). Ledger era un rostro un poco más familiar gracias a comedias románticas como 10 cosas que odio de ti (Gil Junger, 1999), dramas como Monster´s ball (Marc Forster, 2001) o extravagancias como Corazón de Caballero (Brian Helgeland, 2001). Los dos no tenían nada que perder y todo que ganar. El caso de Affleck es distinto. Es una figura reconocida. Muy reconocida, diría. El fanático de los comics tiene la mejor memoria. Y no perdona. El repudio a su encarnación del abogado ciego Matt Murdock en Daredevil (Mark Steven Johnson, 2003) es prácticamente unánime. A su favor recordaré su buena interpretación como George Reeves, quizá el más notable Supermán televisivo, en la película Hollywoodland (Allen Coulter, 2006), pero no sé si sea suficiente.
Me intriga el enfoque que Snyder dará a un encuentro que parecería imposible en la realidad. Por una parte tenemos a un extraterrestre. Por la otra a un millonario que se disfraza de murciélago. Uno pertenece enteramente al mundo de la ciencia ficción. El otro puede explicarse desde la realidad más abrumadora. El choque de ambos mundos debe ser el tema central de la película, cómo los dos campeones logran convertirse en poderosos aliados. Si bien Batman nunca ha aceptado del todo a Supermán –recordemos que le dice el boy scout-, respeta sus inmensas capacidades y reconoce su valor en la conformación de un grupo. Porque los esfuerzos fílmicos de DC apuntan a esto, a emular el éxito incuestionable que Marvel ha tenido con sus héroes.
Todo arranca mis más grandes reservas. Por el enorme aprecio que tengo al héroe, espero el resultado esté a su altura. Más porque el próximo año celebrarán sus primeros 75 años de vida. A esta altura es inútil objetar la decisión. Sólo diré que espera a alguien más del tipo de Josh Brolin para representarlo. Siempre he tenido presente al justiciero como lo dibujó en virtuoso Alex Ross, muy similar a un joven Gregory Peck. El personaje debe interpretarlo un gran actor, no necesariamente una estrella ni mucho menos una súper estrella. El actor de televisión Ray Stevenson logró dar más credibilidad al duro ex policía convertido en héroe Frank Castle en la poco conocida El Castigador: Zona de guerra (Lexi Alexander, 2008) que el desangelado Thomas Jane en la igualmente desangelada El Castigador (Jonathan Hensleigh, 2004). Henry Cavill, el nuevo Supermán, es un egresado de la pantalla chica. Es más recordado por su papel de Charles Brandon en el drama histórico Los Tudor. Creo que en el mismo espíritu los productores debieron considerar a alguien de perfil similar. Las burlas y las teorías de conspiración no se hicieron esperar. La que más me gusta es la de mi querido Aexis Patiño: “en un intento desesperado por hacer de Supermán un personaje más interesante, los productores dieron el papel de Batman a Affleck”. Lo único bueno, como lo han hecho notar este mañana, es que el nombramiento de Affleck como Batman significaría que Matt Damon sería el Robin obligado. Quién sabe. Tal vez el nuevo Batman me deslumbre. En verdad deseo tragarme todas mis palabras. Pero eso será hasta el 17 de julio de 2015.

viernes, 12 de julio de 2013

Porque todos los inicios duelen (incluso a Batman)

El estadounidense Les Daniels, autor que se mueve cómodamente en los mundos fantásticos, nos dice en Batman, the complete history: the life and times of the Dark Knight (Chronicle Books, 2004) que el año 1986 fue decisivo para casi todos los personajes de DC Comics. Y fue cierto. La conclusión de la serie conocida como Crisis en Tierras Infinitas trató de resolver los incontables problemas de continuidad surgidos a lo largo de los años y de los coqueteos de la empresa con universos paralelos. Uno de sus frutos fue la historia de cuatro episodios Batman: Año Uno, publicada de febrero a mayo de 1987, autoría del talentosísimo escritor Frank Miller –que gozaba por esos momentos de la fama por escribir y dibujar otra joya, El regreso del Caballero Oscuro- y el dibujante David Mazzucchelli, reunida posteriormente como una deslumbrante novela gráfica que ha tenido continuas reimpresiones desde la fecha. Todos los halagos que pueda ofrecerle son pocos. Su narrativa directa y en deuda con los grandes del relato policial, sus dibujos simples y contundentes y sus diálogos precisos la hacen indispensable para explicar la evolución del murciélago justiciero de. Por sólo itar un ejemplo de su influencia que ejerció en Christopher Nolan y su deslumbrante Batman inicia (2005). La trama de Batman: Año Uno narra de forma paralela el regreso de un joven Bruce Wayne y un idealista Teniente de Policía llamado James Gordon a una Ciudad Gótica dominada por la corrupción y la desesperanza. Ambos, desde sus respectivas trincheras, pretenden devolver a la urbe todo lo que el mal les ha arrebatado, a veces de forma torpe y dolorosa. La experiencia nos ha enseñado que todas las primeras veces duelen. Quien asegure haber hecho algo a la perfección en su primer intento es, casi siempre, un mentiroso. Aprendemos a prueba y error. Así lo descubrieron nuestros héroes, quienes perseguían los mismos objetivos y en el proceso forjaron una venturosa alianza. E el lado opuesto, el relato nos presenta también a una joven prostituta llamada Selina Kyle, quien se convertirá en la ladrona Gatúbela, que representa el empoderamiento de la mujer.

Hace muy poco me enteré de que la división de animaciones de Warner Brothers había producido una adaptación, Batman: Año Uno (Sam Liu y Lauren Montgomery, 2011), un deslumbrante festín de 64 minutos que retoma de la manera más fiel lo planteado 24 años atrás por Miller. El artista recibió los mismos honores, en dos partes, el año siguiente (Batman: El regreso del Caballero Nocturno, partes 1 y 2, Jay Oliva, 2012 y 2013), díptico del que di cuenta hace poco. En este caso celebro su agilidad, que no pierde el tiempo con añadidos y que si bien llega a omitir diálogos –como toda adaptación- conserva su esencia. Su momento final, con Gordon fumando su pipa en medio de una nevada en la azotea del edificio del Departamento de Policía de Ciudad Gótica, no deja de conmoverme. “Se vive un gran pánico en las calles. Alguien ha amenazado con envenenar la reserva de agua de la ciudad. Se hace llamar El Guasón. Tengo un amigo que debe poder ayudarnos. Debe llegar en cualquier minuto”.

martes, 18 de junio de 2013

Reto de héroes

No sin alarmarme leí lo anunciado en el Wall Street Journal y otros medios digitales, donde los ejecutivos de Warner Bros. Pictures, entusiasmados por el impresionante éxito de El hombre de acero (Zack Snyder, 2013) –que por cierto veré el jueves-, planean estrenar su secuela el siguiente año, seguida otro año después con el tan aplazado estreno de una versión de las aventuras del popular ensamble de héroes de DC Comics, la Liga de la Justicia. Las personas que tienen un mediano conocimiento de todo lo que implica la producción de una cinta podrán tachar –al menos- de arriesgada tal empresa, máxime por su dimensión. Los más sensatos, como una total locura. Si comparamos el intento con lo hecho por su acérrima rival, Marvel Comics,  ellos tuvieron el acierto de acreditar la reputación de cada uno de los integrantes del equipo –comenzando por El Hombre de Hierro en el 2008- antes de llegar a la tan deseada reunión –en el 2012, con Los Vengadores-. Les tomó 4 años y 5 películas dar el gran paso, y creo que por eso lo hicieron tan bien. Regresando a La Liga de la Justicia, hasta el momento sólo dos de sus miembros –Batman y Supermán- tienen asentada una reputación fílmica –reciente y en el pasado-. Y descartaría al Batman de Christopher Nolan, pues sus aventuras siempre tendieron a la individualidad y nuca a la integración de una agrupación, mucho menos con extraterrestres y amazonas, por lo que en el caso del murciélago deben comenzar desde cero. Ni hablar de que el cineasta negó cualquier participación futura. Sé que las personas que mueven los hilos en Warner no leen este blog, pero ojalá tengan un poco de claridad en sus mentes –y paciencia en sus bolsillos-: ofrecernos una película tan grande, con tantos personajes y con tan poco tiempo, es un reto que incluso el más poderoso no podría ganar. Esperemos. 

martes, 16 de abril de 2013

La ropa no hace al villano


Uno de los principales retos, al momento de trasladar al celuloide las aventuras de un personaje del cómic, es el que concierne a su aspecto. Las quejas más frecuentes de los aficionados “de hueso colorado” de estos mundos es que suelen omitirse, a veces completamente, aspectos que caracterizan a un héroe  o un villano. En Hombres X (Bryan Singer, 2000), cuando Wolverine (Hugh Jackman) se queja de su uniforme de batalla (un traje de piel negra), Cíclope (James Marsden) le pregunta tajantemente “¿Qué prefieres, spandex amarillo?”. Las cosas que funcionan bien en la página impresa, no necesariamente lo hacen al adaptarse a otros medios. Ahí se encuentra el éxito: lograr la fusión satisfactoria de ambos mundos. Sobre todo si se trata de un planteamiento realista. Christopher Nolan, en la segunda entrega de su trilogía sobre Batman (Batman, el Caballero de la Noche, 2008), a la hora de recrear al Guasón (Heath Ledger), se aparta de la historieta, con el villano que cae a un depósito de químicos que quita la pigmentación de su rostro y cabello, y le provoca una sonrisa permanente. En su lugar, rodea su boca de dos cicatrices, cubre su rostro de maquillaje y le tiñe el cabello, lo que le da un aspecto atemorizante, como el de un payaso salido del infierno. Conserva su vestimenta morada y verde, con la elegancia extravagante que le distingue. Algo similar hizo Sam Raimi con la apariencia de Otto Octavius (Alfred Molina), mejor conocido como el Dr. Pulpo en El Hombre Araña 2 (2004). En lugar de vestirlo con un disfraz verde y anteojos que parece pertenecieron a Elton John, se limita a una elemental gabardina verde olivo y gafas oscuras comunes y corrientes. Incluso podría perdonársele que se alejara tanto de la imagen tradicional del Duende Verde (Willem Dafoe) en El Hombre Araña (2002), con un resultado que parece un híbrido del malvado y C3-PO, o uno de los Power Rangers. Esto podría explicarse por su cercanía con la tecnología, como CEO de la enorme corporación Osborn. En una de tantas alucinantes historias que a lo largo de los años nos han ofrecido la familia Simpson, en una que recrea el origen de mi héroe favorito (creo que a estas alturas no necesito decir cuál es), un agonizante Homero le dice a Bart: “Véngame, hijo. De manera extravagante y poco práctica”.
Esta mañana me encontré con una de las primeras fotografías en locación del galardonado actor Jamie Foxx, que en la venidera secuela de El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012) encarnará al criminal Maxwell Dillon, alias Electro. De entrada la barrera racial se suponía poderosa, pues el actor afroamericano se pondrá los zapatos un personaje de raza blanca. La imagen lo muestra cubierto de un maquillaje azulado, que no deja de recordarme al Dr. Manhattan (Billy Crudup) de Watchmen (Zack Snyder, 2009), a Maxie Zeus en la novela gráfica Arham Asylum (1989) de Grant Morrison y Dave McKean o a las recientes –y de corta vida- aventuras animadas del arácnido que televisaba la cadena MTV. Creo que ese es el camino lógico: mostrarlo como un ser de energía eléctrica, no ataviarlo con un extraño disfraz verde con amarillo, con una gigantesca estrella cubriéndole el rostro. El mismo Foxx se negó a esta posibilidad.  Evidentemente los efectos por computadora complementarán su actuación. Comprobaremos el resultado, como anunciaron los Estudios Marvel, el 2 de mayo de 2014.  

jueves, 21 de marzo de 2013

El complemento ideal


Los primeros días de este año hablé de la grata sorpresa que me causó Batman: el regreso del Caballero Nocturno, parte 1 (Jay Oliva, 2012), película animada –lanzada directamente al video- basada en la emblemática novela gráfica que Frank Miller nos ofreció –por entregas- en 1986. Casi inmediatamente pregunté a sus distribuidores –por la magia del Twitter- cuándo estaría a la venta su segunda parte y conclusión. Me respondieron que en el mes de marzo. Sin esperarlo, el otro día que visité mi videoclub de confianza –Blockbuster domina el mercado, así que no me molestaré en ocultar su nombre- la vi, reluciente, en el mostrador. La idea de dividir el relato en dos partes, comercial a primera vista, tiene mucho sentido en aras de respetar todos los acontecimientos que describe.
Batman: el regreso del Caballero Nocturno, parte 2 (Jay Oliva, 2013) es estupenda, una digna conclusión que supera a su predecesora. No sólo es más fiel al estilo de su fuente original, sino que hace añadidos mínimos que refuerzan la acción, como el Guasón y esa taza de café previa a la matanza en el talk-show nocturno, la persecución en el parque de diversiones y, sobre todo, el combate climático entre dos colosos, opuestos perfectos si consideramos que uno es hijo del sol y el otro de la noche. Casi todos conocen la novela, así que no corro el riesgo de estropeársela a muchos. Cuando el aparentemente retirado Batman regresa a la actividad, el Gobierno de los Estados Unidos y su presidente que se parece mucho a Ronald Reagan piden a su servidor más poderoso que “lo vuelva a meter al redil”. El que Superman se haya vuelto un vasallo del Imperio no es difícil de digerir. De hecho lo ha sido en muchas formas desde su creación en 1938. El duelo, magnificado, me emocionó tanto como la primera vez que lo atestigüé. Los pensamientos del héroe, plasmados en didascalias en su fuente primaria, se convierten en diálogos muy afortunados. Y aunque reproduje en mi entrada anterior el mejor, lo repito porque es mi favorito: “Quiero que recuerdes, en los años por venir, en tus momentos más íntimos, mi mano en tu garganta. Quiero que recuerdes al único hombre que te derrotó”.
Acabo de enterarme que en unos días la exhibidora Cinemex, de forma limitada, proyectará el díptico para deleite de los fans de Batman, que somos muchos. Será un éxito. Lo comprueban sus localidades agotadas. No pierdo la esperanza de que, en un futuro, Warner Bros. tome la decisión de hacerla en live action

miércoles, 2 de enero de 2013

El regreso a lo básico


En mi primer escrito para este blog en el naciente 2013 decidí regresar a una de mis pasiones fundamentales. Los monstruos y Batman son los primeros romances de mi vida. Tengo la fortuna de mantener un diálogo constante con ellos desde entonces. Los abrazo todos los días. A horas de concluir el año pasado, me topé con una pequeña sorpresa: la adaptación animada de una de las historias que más entraño, El regreso del Caballero Oscuro. La dirigió en 2012, directamente para el video, Jay Oliva. Para mi inmensa frustración, la dividió en dos partes. La segunda estará disponible los últimos días de este mes. Pero volveré a ella más tarde.
El regreso del Caballero Oscuro fue la primera de cuatro historietas originalmente escritas e ilustradas por Frank Miller, entintadas por Klaus Janson y brillantemente coloreadas por Lynn Varley, publicadas en abril y junio de 1986. Le siguieron El Caballero Oscuro triunfante, La caza al Caballero Oscuro y La caída del Caballero Oscuro. Un año después fueron compiladas en un solo tomo, que recibió el título del primer relato. Todos los elogios que tengo para esta historia son pocos. El crítico y escritor Les Daniels la considera seminal para el universo de Batman. Forma parte de la mayor parte de las listas de las 10 mejores novelas gráficas de superhéroes que conozco. Por si fuera poco, la compilación cuenta con un lúcido ensayo introductorio de Alan Moore, autor de Watchmen, otra historia decisiva durante la década de los 80. Richard Reynolds, en Superheroes, a modern mithology, califica ambas como puntos decisivos de evolución de la historieta de superhéroes. El mensaje final de Moore, dirigido a quienes conocían por vez primera la historia, es certero: “para el resto de ustedes, que están a punto de entrar a un nuevo territorio, sólo puedo expresarles mi extrema envidia. Están a punto de encontrarse con un nuevo nivel de narración de historietas. Un nuevo mundo con nuevos placeres y dolores. Un nuevo héroe”.
 Inscrita en un universo alternativo (en el Multiverso DC, los expertos dicen que en la Tierra 31), la narración sigue a Bruce Wayne, quien tiene 55 años y está retirado de sus actividades como justiciero. Se ha enfrascado en su vida como multimillonario parrandero, adicto a las carreras de autos y al alcohol. Brinda con James Gordon, a punto de retirarse como Comisionado de Policía de Ciudad Gótica, por el décimo aniversario de la última aparición pública de Batman. Observa con fastidio la degradación en que se ha sumido la urbe, ahora dominada por una viciosa y sanguinaria banda conocida como Los Mutantes. Sigue atormentado por la muerte de sus padres y la de Jason Todd, el segundo Robin. También continúa obsesionado con la visión de un murciélago. Hastiado por la situación y por contener su verdadera esencia, decide regresar a la actividad a pesar de las objeciones de su fiel y anciano mayordomo Alfred. Su regreso causa todo tipo de reacciones, desde los que abiertamente lo apoyan (como Lana Lang, editora del diario El Planeta) hasta los que se oponen ferozmente (como el Dr. Bartholomew Wolper, el psiquiatra de Harvey Dent/Dos caras y el Guasón). Se enfrenta a ellos, al malvado Líder Mutante y a un antiguo y poderoso aliado, quien ahora se ha convertido en un sirviente del Imperio, auxiliado por sus enormes recursos (“no fue fácil sintetizarla, Clark. Tomó años y costó una fortuna. Por suerte tenía ambos”), su antiguo colega Oliver Queen (mejor conocido como Flecha Verde) y un nuevo Robin, la entusiasta jovencita Carrie Kelly, de 13 años.
En la narración es muy importante la enorme influencia de los medios de comunicación en la sociedad contemporánea, desde los debates televisivos sobre las nuevas correrías del héroe, el seguimiento noticioso a conflictos armados (como el de Corto Maltese, visto en el primer Batman de Tim Burton, quien le reconoce una gran influencia en la película que catapultó su carrera), la masacre del Guasón en un popular talk show nocturno conducido por alguien muy parecido a David Letterman o las apariciones triunfalistas de un colorido Presidente de los Estados Unidos que no deja de recordarnos a Ronald Reagan. Lo cual no deja de verificar lo dicho por el Dr. Emmet L. Brown (Christopher Lloyd) en Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985), que vi nuevamente estos días: “ahora entiendo por qué tienen un Presidente actor: para que se vea bien en televisión”.
Regresando a la versión animada, sólo puedo reprocharle la ausencia de los pensamientos de Batman, que dan un tono introspectivo al relato: “Debería ser una agonía. Debería ser una masa de músculos adoloridos, rotos, incapaces de moverse. Pero soy de nuevo un hombre de treinta, de veinte años. La lluvia en mi pecho es un bautizo. Volví a nacer” o “Este es el fin para ambos. Pudimos cambiar el mundo, pero míranos. Me he convertido en un botín político y tú en una broma. Quiero que recuerdes, en los años por venir, en tus momentos más íntimos, mi mano en tu garganta. Quiero que recuerdes al único hombre que te derrotó”.
Miller dio una tardía continuación a su historia, publicada entre 2000 y 2001 como El Caballero Oscuro ataca de nuevo, también conocida como DK2. La obra dividió la opinión de la crítica y los aficionados, pero de ninguna manera alcanzó el impacto y originalidad de su predecesora. Por eso me quedo con ella, ansioso por la segunda parte animada, que será un estupendo regalo de Reyes Magos.

Para todos ustedes mis mejores deseos en este naciente año. Háganlo más interesante y productivo que el anterior. Den el mejor sentido a su existencia y a la de las personas que los rodean.
                                                                                                              

jueves, 20 de diciembre de 2012

Batman y la ciencia de la detección



El sábado pasado, el día siguiente de la masacre ocurrida en la escuela preescolar Sandy Hook en Newtown, Connecticut, ofrecí una charla que palidece ante este suceso. En ese pueblo apacible, quien fue posteriormente identificado como Adam Peter Lanza, usó un rifle de asalto Bushmaster XM-15 y dos pistolas –una  Glock 20 SF de 10 mm y una SIG Sauer de 9 mm- para asesinar cobardemente a 27 personas, entre niños y adultos.  Posteriormente se quitó la vida. Ningún intento por racionalizar un hecho así es suficiente. Exige de la manera más urgente revisar la facilidad para acceder a armamento en el vecino país del norte. Esto, como establecieron los padres fundadores de esa nación, es un derecho consagrado en su Constitución. Pero los tiempos han cambiado. En la sociedad del siglo XVIII, donde las instituciones policíacas no estaban plenamente constituidas,  esto era necesario para que las personas pudieran defender su vida y su patrimonio. Hoy las cosas son diferentes. Y a pesar de ello, la barbarie, la falta de razón y el nulo respeto por la vida de muchos parecen ser una aterradora constante. Pero volvamos a mundos mejores. Mi querido Bernardo Esquinca dijo que la literatura nos salva de la locura. Por lo menos nos ayuda a olvidarla. Lo mismo ocurre con el cómic, el llamado Noveno Arte. Cada año reúne a sus devotos del orbe para celebrarlo en las convenciones más variadas en todos países. En México, La Mole es una de las más añejas y prestigiadas. Sus organizadores me invitaron para hablar de Batman, que como todos saben es una de mis pasiones, aprovechando la presencia del escritor Alan Grant y el dibujante Norm Breyfogle, dupla que no sólo es la responsable de las aventuras del héroe que más conocemos por estos rumbos, sino de algunas de las adiciones más interesantes al mito del personaje en décadas recientes. Fui, en el mejor sentido del término, su telonero. Eso me hace sentir increíblemente orgulloso. Sin mayor preámbulo, les dejo lo que leí aquél día.
--


Batman y la ciencia de la detección
(Un enfoque Criminalístico)
Roberto Coria Monter

Ofrecí una primera versión de esta charla en el Instituto Nacional de Ciencias Penales, órgano académico de la Procuraduría General de la República, el 11 de septiembre pasado, fecha de infame memoria. Esa tarde compartí con mi gremio una posición arriesgada para alguien de mi perfil. Eso emana del hecho que las personas dedicadas a las Ciencias Jurídicas y Forenses no suelen atender a expresiones artísticas como la historieta, a la que generalmente califican de menor. Adquirí valor a través del ejemplo de dos hombres que se mueven en ambos mundos: Gerardo Laveaga, antiguo Director del INACIPE, hombre de leyes y letras, que comparte la convicción de inculcar el hábito de la lectura de literatura policial entre los aspirantes a Agente del Ministerio Público de la Federación. Bajo su auspicio participé hace unos años en el coloquio Edgar Allan Poe y las ciencias forenses, en ese mismo instituto, organizado para celebrar el bicentenario de este autor indispensable. Y de Rafael Moreno González, pilar de la Criminalística en México, maestro de docenas generaciones de estos profesionistas, fundador de la Academia Mexicana de Criminalística e investigador emérito de esa casa académica. Entre sus incontables publicaciones figura una fundamental: Sherlock Holmes y la investigación criminalística, trabajo donde expone principios básicos de la materia a través de la más famosa creación de Arthur Conan Doyle. En el ya mencionado coloquio, el Dr. Moreno dijo algo que me conmovió y resume los aspectos que defiendo en mi vida profesional: “la razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia”. Que mi plática se llevara a cabo el auditorio que lleva el nombre del más reputado criminólogo que ha dado México, Alfonso Quiroz Cuarón, demuestra la vigencia de esta máxima.

1
Desde su primera aparición en mayo de 1939, en las postrimerías de la Gran Depresión Estadounidense y la Guerra Civil española y los albores de la Segunda Guerra Mundial, Batman –conocido en ese entonces como The Bat-man- ha demostrado tener vidas inagotables. Esto ha rebasado su fuente de procedencia y se ha realizado a través de sus encarnaciones en seriales cinematográficos y radiofónicos, televisión, caricaturas, películas y videojuegos. Les ruego que en los siguientes minutos olviden la divertida figura de Adam West, que en los años sesenta llevó a una popularidad sin precedentes al personaje y lo arraigó aún más al imaginario colectivo de la cultura occidental.
Tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina, Batman posee un especial significado en una época donde el crimen se ha convertido en parte de nuestra vida diaria. El diseño original del héroe, con su capa y máscara azules, su vestimenta gris, su cinturón amarillo y su característico emblema con forma de murciélago, son autoría del dibujante neoyorkino Bob Kane. A él suele atribuirse todo el mérito. Pero la labor del escritor Bill Finger fue crucial y no ha recibido el reconocimiento que merece. No sólo escribió algunas de sus aventuras más importantes, sino fue el encargado de darle un origen, lo que da sentido y trascendencia.
Rastrear la fascinación que sentimos por personajes como Batman exige que analicemos la trascendencia de la figura del héroe, especialmente apreciada en todas las culturas. Desde la mitología clásica hasta la tradición histórica, los héroes han sido fuente de inspiración para la gente de todas las épocas. Al igual que personajes como Hércules o Sansón, el cómic, hoy llamado con justicia Noveno Arte, nos ha suministrado de una nueva forma de figura mitológica que ha constituido todo un género: el superhéroe. Algunos de estos modernos titanes, de la misma manera que sus precursores clásicos, surgieron del matrimonio del cielo y la tierra. Como el Mesías de cualquier religión, Superman tiene un padre terreno (el Sr. Kent, de Smallville) y un padre celestial (Jor-El, de Kriptón), aunque estructuralmente su omnipotencia lo aproxime más a la figura de Zeus, soberano del cielo. Otros, por el contrario, proceden de la oscuridad. Al igual que Hades, señor del inframundo y de los diamantes, Batman se mueve en las tinieblas gracias al goce de la fortuna heredada por sus padres muertos. “Todo el mundo ama a los héroes”, dice en una estupenda película una anciana a su atribulado sobrino. “En cierta manera todos tenemos un héroe en nuestro interior. Nos ayuda a actuar con honestidad, nos da fortaleza, nos ennoblece y llegado el momento nos permite morir con dignidad, aun cuando a veces para mantener su firmeza tenga que renunciar a lo que más ama”.
Estéticamente, y como explica el comunicólogo español Román Gubern en su ensayo El discurso del cómic, los superhéroes se caracterizan por la perfección anatómica según los cánones grecolatinos. Pero más allá de su representación visual, estos personajes de ficción exaltan los valores más luminosos del ser humano: la templanza, la lealtad, la entrega, la compasión, el sacrificio, la sed de justicia y libertad. Precisamente ahí radica su aceptación entre los jóvenes, como afirman los investigadores Scott Vollum y Cary D. Adkinson del Colegio de Justicia Criminal de la Universidad Estatal Sam Houston de Texas. “El crimen prospera por la indulgencia de la sociedad”, dijo su mentor y eventual enemigo al héroe en su renacer cinematográfico. Lo cierto es que es una de las grandes constantes de la humanidad, un cáncer que deja secuelas físicas y mentales en todo lo que toca. “Envenena la mente y el alma. Trae pesar y muerte. Y al final, sólo deja desesperación”. Si lo definimos según los cánones vigentes, lo constituyen todas las acciones u omisiones que contravienen las leyes  y son meritorios de una sanción. En ese sentido, Batman propone dos reflexiones trascendentes: la repercusión y formas del fenómeno criminal en las sociedades contemporáneas y la efectividad del actuar de las corporaciones policíacas para combatirlo. Comencemos por la segunda. Desde tiempos antiguos, desde sus organizaciones más elementales, el hombre ha tenido la necesidad de organismos que persigan y sancionen las conductas que atenten contra la colectividad. El caso del criminal francés convertido en policía Eugène François Vidocq (1755-1857) es uno de los más notorios. En 1811 fundó la  Brigade de la Sûreté, uno de los primeros cuerpos policíacos civiles plenamente organizados del orbe y modelo más importante en la creación del Scotland Yard de Inglaterra o del Buró Federal de Investigaciones de los Estados Unidos. Si bien los métodos e integrantes de la Sûreté suelen ser cuestionados por su integridad ética y moral –eran antiguos compañeros presidiarios de Vidocq-, su esfuerzo inspiró el perfeccionamiento y evidenció la necesidad de este tipo de fuerzas –la figura de Vidocq influyó en las creaciones de literatos como Honoré de Balzac, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe-. En la actualidad la percepción popular de las fuerzas del orden no ha cambiado. La fama que les acarrean sus malos elementos trasciende sus incontables logros. Ese fue el sentido que los creadores de Batman trataron de dar a su ficticia Ciudad Gótica, una urbe de pesadilla, sumida en la corrupción y dominada por las clases criminales, más similar al Chicago de los años treinta que a la idílica Nueva York –esa es la Metrópolis de Supermán-, con sus rascacielos y su positivismo. Este es el escenario de las aventuras de un justiciero inusual, uno que responde a las necesidades apremiantes de la población. En sus primeras apariciones, Batman combatió a amenazas domésticas, como el crimen organizado, que no dejaba de tener en Alphonse Gabriel Capone (1899-1947) uno de sus principales estandartes. Delincuente carismático y brutal, Capone fue la principal figura de la era de los grandes gángsteres, de la Era de la Prohibición. Durante casi una década gobernó un imperio sustentado en el juego, el alcohol ilegal y la prostitución, mismo al que puso fin en 1931 la cruzada de Eliot Ness, agente del Departamento del Tesoro, y su grupo conocido por la posteridad como Los intocables. Para conocer más al respecto, recomiendo ampliamente la versión de los hechos del cineasta Brian de Palma (1987). En muchas formas, al igual que el Inspector Lestrade de las aventuras de Sherlock Holmes, Ness inspiró a la dupla Kane-Finger en la creación de James Gordon, cabeza del Departamento de Policía de Ciudad Gótica. En su primera aparición, paralela a la del protagonista, Gordon –detective en ese entonces- reprobaba sus correrías, porque en esencia Batman se encuentra al margen de la ley. En aras de conseguir un bien mayor, el enmascarado no duda en cometer delitos como daño en propiedad ajena o allanamiento de morada. “En su momento, Batman pagará por sus delitos”, aseguró el Fiscal de Distrito Harvey Dent en la segunda entrega de la saga de Christopher Nolan. Gordon atestiguó que si bien sus métodos eran diferentes, ambos compartían ideales. Desde ese entonces se convirtieron en fieles aliados. La imagen del policía –eventualmente convertido en Comisionado- encendiendo un potente reflector en la azotea del Departamento de Policía,  proyectando en el cielo nocturno la imagen de un murciélago, es memorable. A pesar de su cercanía, Gordon no conoce la verdadera identidad del justiciero. En cambio, todos contamos con ese privilegio. Batman es Bruce WayneBruno Díaz, según la traducción que todos conocemos-. Kane y Finger decidieron darle  un origen en Detective Comics No. 33 (noviembre de 1939). Lo idearon a los 8 años de edad. El pequeño Bruce asistió con sus acaudalados padres –el Dr. Thomas Wayne y su esposa Martha- al cine. Al salir fueron sorprendidos en un oscuro callejón por un ladrón –identificado años más tarde como Joe Chill- con pistola en mano. Al resistirse al asalto, los padres del pequeño fueron acribillados por el delincuente, mientras éste contempla la escena, aterrorizado. El delincuente huyó mientras el niño sollozaba sobre los cadáveres. Bruce creció bajo la custodia del fiel mayordomo de la familia Alfred Pennyworth. Estudió criminología, psicología, ciencias forenses, acrobacia y artes marciales. Se convirtió a sí mismo en un instrumento supremo de justicia: luchador, experto forense, amo de los disfraces y artista de las fugas a la altura de Harry Houdini. Al cumplir los 18 años utilizó su fortuna para viajar alrededor del mundo, en busca de quienes le pudieran enseñar cómo combatir al crimen. Al regresar años después a Ciudad Gótica, se da cuenta que sus habilidades no son suficientes. Es así como sucedió este famoso momento:
Un hombre joven, bien parecido, vestido con una elegante chaqueta, medita recorriendo las amplias habitaciones de su mansión ancestral, mientras las nubes ocultan a medias la luna.
El individuo musita. “Los delincuentes son un grupo supersticioso y cobarde, de manera que mi disfraz debe ser capaz de aterrorizarlos. Debe representar a una criatura nocturna, terrible, siniestra”.
Se escucha de pronto un estruendo, a la vez que se abre una ventana. Entra entonces volando un enorme murciélago en la habitación. “¡Un presagio! ¡Eso es!”, se entusiasma. “Me convertiré en un murciélago”.
Inicialmente, Kane tuvo varias inspiraciones para crear al personaje: en su niñez  se topó con un libro sobre Leonardo DaVinci, y quedó maravillado con la ilustración de una máquina voladora que el artista italiano había creado 500 años atrás. Esta mostraba a un individuo con unas enormes alas de murciélago y una inscripción que decía “su pájaro no debería tener otras alas que no fueran las de un murciélago”. Su segunda influencia fue –como dije- la película La marca del Zorro (1920), protagonizada por la leyenda del cine Douglas Fairbanks. El actor personificaba a un aburrido aristócrata durante el día, pero que por las noches se convertía en El Zorro. Ocultaba su rostro tras una máscara y salía de su cueva en su brioso caballo negro, para luchar a favor de los oprimidos. La tercera inspiración fue la sombría película Los susurros del Murciélago (1930) con Chester Morris, que interpretaba a un villano que vestía un disfraz de murciélago para cometer fechorías. También fue importante la atmósfera de otras famosas películas de la época, como Drácula (1931) de Tod Browning, estelarizada por Bela Lugosi. Kane también tuvo en cuenta el furor que despertaban héroes de la radio y de las novelas pulp, una forma literaria de gran popularidad en la década de los veintes y treintas. En estas, que recibieron su nombre por estar impresos en papel de baja calidad hecho con pulpa de madera, se desarrolló un género de gran popularidad, el relato detectivesco o hard boiled. Escritores como Raymond Chandler y Dashiell Hammet retrataron la sordidez del bajo mundo en historias donde sus duros detectives combaten el crimen en las calles, enfrentándose a la miseria, la corrupción y el vicio. Este género literario va a marcar el estilo del llamado Film Noir de los años cuarenta. Y en la línea detectivesca no podemos dejar de mencionar a Dick Tracy, el intrépido policía creado por el caricaturista Chester Gould, quien combatía a una grotesca galería de gángsteres empleando artefactos de alta tecnología, como su popular reloj de mano –este artefacto será llevado a notas altísimas en las películas del paladín y luchador de medio tiempo conocido como El Santo-. En el pulp también surgieron héroes como el aventurero Lamont Cranston, quien por las noches se convertía en La Sombra o Breet Reid, editor y dueño del periódico Sentinela, que por las noches se convertía en el Avispón Verde

2
El desdoblamiento de Bruce Wayne en Batman, si bien atractivo y emocionante, ejemplifica que el justiciero no se caracteriza por su sanidad mental. ¿Qué necesidad tiene una persona de su perfil –millonario, filántropo, parrandero empedernido- de cubrir su rostro para salir a enfrentar al fenómeno que marcó su infancia todas las noches, sometiéndose a todo tipo de riesgos? El psicólogo español Enrique Rojas  ha delimitado el que sería el perfil psicológico de una persona sana:
  1. Una persona madura y equilibrada debe ser consciente de sí misma desde un prisma de realismo. Esto es, conoce tanto sus actitudes como sus limitaciones.
  2. Cuenta con un modelo de identidad.
  3. Una persona equilibrada se comporta tal como es, procurando corregir los aspectos de su personalidad que no sean adecuados ni positivos para la convivencia.
  4. Cuenta con un proyecto de vida.
  5. Este proyecto de vida debe tener el menor número de contradicciones posibles.
  6. La estabilidad psicológica precisa conseguir una perfecta ecuación entre la vida afectiva y la intelectual.
  7. Es imprescindible contar con una organización temporal sana.
  8. Una persona equilibrada es dueña de sí misma, siendo capaz de resistir las presiones del ambiente y las circunstancias, sin perder por ello las riendas de su vida.
  9. En una persona madura, la sexualidad debe estar situada en un tercer o cuarto plano de interés.
  10. Se debe contar con una sana constitución temporal y psicológica.
Batman no posee una plena conciencia de sí mismo ni de sus acciones, y esto lo demuestra el hecho de que en muchas ocasiones extralimita sus capacidades en sus faenas diarias contra la delincuencia. Desde su infancia, Bruce Wayne sufrió la pérdida de sus padres, situación que le obligó a valerse por sí mismo –a pesar de los cuidados y las comodidades que le rodearon-  y crear un modelo de identidad propio –no tuvo a un padre o un hermano mayor como ejemplos-. Ni Bruce Wayne ni Batman poseen un modelo de vida, simplemente son arrastrados por las circunstancias y niegan la posibilidad de opciones al respecto. Batman se ocupa únicamente de su labor: acabar con el crimen en Ciudad Gótica y entiende esto como una responsabilidad que no puede rehusar. Batman no manifiesta ninguna ecuación entre su vida afectiva e intelectual. Se preocupa por el bienestar de quienes le rodean –como buen héroe- pero las relaciones interpersonales no son su principal preocupación. En él la parte dominante es la razón, aspecto que subsanó la carencia de afecto que sufrió desde la infancia.
Y si la psique de Batman no es la más saludable, la de sus adversarios de ninguna manera es mejor. Ese es precisamente su atractivo. La lucha del héroe contra la criminalidad no tendría el mismo impacto sin la colorida y variopinta galería de enemigos que desde hace décadas habitan las páginas de sus historias. Y no es que los gángsteres y demás delincuentes no sean menos peligrosos. Los villanos, tradicionalmente, son los que provocan el conflicto tan necesario en toda narración y resaltan las virtudes del héroe. “El bien no hace gran literatura”, dijo mi amigo Vicente Quirarte. Los villanos del detective oscuro tienen una gran deuda con los postulados del criminólogo italiano Cesare Lombroso (1835-1909), quien identificó al que llamaba delincuente loco moral, un individuo con personalidad antisocial dotado de una gran inteligencia, carente de sentimientos y remordimientos. Este tipo de sujetos fueron llamados posteriormente psicópatas y hoy, con más tiento, personas con trastorno social de la personalidad. Pero por lo que respecta a su apariencia, extravagante y casi monstruosa en muchos casos, se acerca a lo dicho por el erudito italiano: “los delincuentes representan una reversión a un tipo subhumano, caracterizados por un aspecto semejante a primates u hombres primitivos, como si se tratara de modernos salvajes cuyo comportamiento es contrario a las expectativas y reglar de la moderna sociedad civilizada”.  Esta tendencia fue explotada por Chester Gould en las ya mencionadas aventuras de Dick Tracy
Más allá de su apariencia, criminales de los tipos más variados son parte frecuente de las aventuras del héroe, casi todos contenidos en el Asilo Elizabeth Arkham para Criminales Dementes. Esta institución es muy semejante a incontables manicomios de la antigüedad, como el Asilo de Charenton o el hospital psiquiátrico de La Castañeda, que alojaron a Donatien Alphonse François, Marqués de Sade y a Gregorio Cárdenas Hernández, el estrangulador de Tacuba, respectivamente. Los contrincantes de Batman son dignos de pertenecer a un catálogo de enfermedades mentales: el megalómano Ra´s al Ghul; el Fiscal de Distrito convertido en criminal Harvey Dent, alias Dos caras; el pirómano Garfield Lynns, alias Luciérnaga; el especialista en fobias –y psicólogo- Jonathan Crane, alias El Espantapájaros; el obsesivo compulsivo Temple Fugate, alias El Relojero; o el esquizofrénico Jervis Tetch, alias El Sombrerero Loco. Tengo el honor de preceder a Alan Grant y Norm Breyfogle, creadores de algunas de las más interesantes adiciones a la mitología de Batman: el esquizofrénico Arnold Wesker apodado El Ventrílocuo; el gigantón con Síndrome de Klüver–Bucy Aaron Helzinger, alias Amygdala; el asesino serial con predilección por las armas punzocortantes Victor Zsasz; y el adolescente con tendencias anarquistas Lonnie Machin apodado, obviamente, Anarky, que no deja recordarme a la filosofía radical y violenta de Theodore John Kaczynski, mediáticamente conocido como el “Unabomber”.
Llegamos así al Guasón, tal vez el más emblemático villano de la historia del cómic. Enemigo natural de nuestro personaje, representa la antítesis de su naturaleza y métodos. Es un criminal psicópata, sádico e impredecible, que asesina a sus víctimas sólo por diversión. “Hay hombres que sólo quieren ver al mundo arder”, dice de nuevo Alfred. En su libro Los lenguajes del cómic, Daniel Barbieri dice: “el rostro caricaturesco del Guasón en las muy serias aventuras de Batman representa la abyección y la crueldad. Único rostro de caricatura en medio de figuras realistas, el Guasón se destaca por su absurdidad. Salpica de absurdo vicisitudes de otro modo demasiado previsibles. No por casualidad entre los coprotagonistas de la serie de Batman, el Guasón es desde siempre el que obtiene el mayor éxito, el enemigo preferido del lector”. El Guasón, creado por Kane y Finger, apareció por vez primera en Barman No. 1, en la primavera de 1940. Originalmente era un asesino con mucho humor que empleaba un veneno especial que aniquilaba a sus víctimas e imprimía en su rostro una macabra sonrisa. Estaba destinado a morir en su segunda aparición, pero los editores se dieron cuenta de su potencial y desde ese entonces se convirtió en una presencia frecuente en sus aventuras. Un par de años después paró de asesinar y se convirtió en un bromista que dejaba cáscaras de plátano en su escape para evitar ser capturado. Kane y Finger lo concibieron a partir de la imagen del actor alemán Conrad Veidt en la película expresionista El hombre que ríe (1928), adaptada de la novela de Víctor Hugo. Desde entonces, al igual que su enemigo, el Guasón ha tenido las más variadas encarnaciones, desde las más simpáticas hasta las más aterradoras y brutales. Entre las últimas –mi preferida- brilla la del malogrado actor Heath Ledger (1979-2008), quien el martes 22 de enero de 2008, aproximadamente a las 14:45 horas, tiempo local, fue encontrado muerto en su departamento del número 421 de Broome Street, en el barrio del Soho, en Manhattan, Nueva York. Se ha especulado incansablemente sobre las causas de su deceso. Depresión y suicidio son las más notables. Pero se mantendrá vivo gracias a su obra. Ledger recibió el prestigiado premio Oscar de manera póstuma por su interpretación como el Guasón en la segunda película de la saga de Christopher Nolan. Un alumno me preguntó si prefería al Guasón que encarnó Jack Nicholson (Tim Burton, 1989) o al del desaparecido Ledger, y sobre la validez de hacer nuevas versiones de una historia. Respondí que cada generación tiene el derecho de reinventar a sus clásicos y que son dos visiones actorales distintas sobre un personaje memorable, como igualmente entrañables son los Dráculas que personificaron Bela Lugosi, Christopher Lee y Gary Oldman. El crítico de cine Gustavo García describió al Guasón de Nicholson como un “vándalo estético”, más en deuda con la intención original de Kane y Finger y la oscuridad de los primeros años del señor Burton. El de Ledger se nutre del enfoque sombrío y profundamente psicológico de novelas gráficas como La broma asesina y El Asilo Arkham, pero sobre todo de la visión de un cineasta talentoso que apuesta por el realismo y por contextualizar las hazañas de un héroe del cómic a una época donde el crimen, la violencia interpersonal y la sed de justicia son preocupaciones de cada día. El Guasón de Ledger es un criminal despiadado, sin ataduras. “No tienes nada con qué amenazarme, nada que puedas hacerme con todas tus fuerzas”, advierte al héroe. Su único objetivo es el caos (“no se trata de dinero, sino de enviar un mensaje”) y poner en jaque a un gobierno que durante décadas alimentó al monstruo que ahora es incapaz de combatir. Eso me recuerda la interminable ola ejecuciones del narcotráfico reseñadas diariamente en los medios de comunicación. El Guasón de Ledger advierte algo aterrador por certero: “la locura es igual que la gravedad, sólo necesita un pequeño empujón”.

3
Ahora lo que nos reúne, mi afirmación sobre el vínculo entre Batman y la ciencia de la deducción. Como ya dije, el personaje es un ejemplo de tenacidad, disciplina y voluntad. Contra toda interpretación que haya podido dársele a lo largo de los años, la esencia del héroe es simple: desde una posición humana, combatir al fenómeno criminal con los recursos que ofrece la ciencia. Es cierto que el personaje pudo allegarse de estos medios gracias a su fortuna económica, pero la base de su esfuerzo puede explicarse desde un prisma de realismo. Es curioso que la Criminalística, disciplina en la que se apoya el detective, tenga raíces en la Francia donde vivió Eugene François Vidocq y posteriormente caminaría Alphonse Bertillon (1853-1914), el sabio francés que significó el matrimonio entre las ciencias exactas y la pesquisa criminal. En aquella época la Criminalística  era sólo un conjunto de técnicas y conocimientos sin ninguna sistematización clara, no muy comprobados ni verificables y, por consiguiente, falibles. Fue en 1894 en Graz, Austria, que el juez Hans Gross (1847-1915), hizo evidente la necesidad de una materia que pudiera erradicar la subjetividad y las falsas soluciones, conocimientos que plasmó en su Manual del Juez de Instrucción, Agentes de Policía y Policías Militares, cuyo objeto de estudio es el material sensible significativo localizado en la escena del crimen, también conocido como indicio, todo objeto, instrumento, huella, marca, rastro, señal o vestigio, que se usa y se produce respectivamente en la comisión de un hecho, sin importar cuán pequeño sea. Su estudio nos puede ayudar a establecer la identidad del perpetrador o la víctima de un hecho, a establecer la relación entre éstos y las circunstancias en que se consumó el crimen. El indicio es el más confiable testigo del crimen. Las personas mienten, los indicios no.
En su libro The forensic files of Batman, el escritor Doug Moench advierte adecuadamente la estrecha relación del detective con las ciencias forenses. Ya desde 1910 el criminólogo francés Edmond Locard observó que todo criminal deja una parte de sí en la víctima y la escena del delito, y se lleva algo consigo, deliberada o inadvertidamente. También descubrió que estos indicios pueden conducirnos a su identidad. El razonamiento lógico de Locard constituye hoy en día la piedra angular de la investigación científica de los crímenes y es conocido como principio de intercambio: “Es imposible que un criminal actúe, especialmente en la tensión del hecho criminal, sin dejar rastros de su presencia”. Locard, autor también de los siete volúmenes del Traité de Criminalistique, fundó el laboratorio de Criminalística de la ciudad de Lyon, Francia. Con un poco más de sofisticación que éste, Batman posee una base de operaciones – popularmente conocida como la Baticueva- dotada de todo tipo de equipo de laboratorio y cómputo, y lleva siempre consigo –en el que suele conocerse como baticinturón- instrumental para la búsqueda, localización, levantamiento y embalaje de indicios, los testigos mudos del crimen.
Moench habla en su libro de diversos tópicos, desde la Toxicología a la Balística, de los Incendios y Explosiones a los Indicios Dactilares. Documenta, por ejemplo, el primer encuentro de Batman con uno de sus contendientes más reconocidos. Una serie de muertes por afecciones cardiacas, hechos sin aparente conexión, llaman la atención del héroe. Todas las víctimas son hombres jóvenes, deportistas de la Universidad de Ciudad Gótica. El análisis de una mosca muerta en una escena del crimen le permite descubrir un potente alucinógeno que, eventualmente, le conduce a la identidad de su creador, el ya mencionado Jonathan Crane. El momento en que los dos oponentes se encontraron cara a cara por vez primera, uno vestido como un murciélago y el otro como un espantapájaros, resume la contundencia y posibilidades de la historieta de superhéroes.

4
No puedo evitar terminar esta plática con una de las más recientes encarnaciones del personaje, Batman: El Caballero de la Noche asciende (Christopher Nolan, 2012), una cinta que ha generado las opiniones más divididas. El sentir del crítico de cine Miguel Cane se ajusta muy bien a la situación: “Por lo tanto, la pregunta es, ¿conseguirá El Caballero de la Noche Asciende satisfacer la sed de perfección y mito? La respuesta es que semejante cosa no es posible. Y no porque la cinta no sea de calidad, que lo es, es simplemente que a estas alturas del poema, resulta imposible dar gusto a nadie. Habrá quienes la amen, habrán quienes la vilipendien, quienes se queden estupefactos, quienes se conmuevan hasta lo más hondo y no faltará quienes le encuentren defectos a todo. Es el precio de ser un filme tan anticipado, si bien está más allá del bien y del mal; no importa lo que se diga de ella, su leyenda la precede”. Cane tiene razón.  La dimensión del personaje se impone.
Acaso esa ocasión se vio verdaderamente opacada por los lamentables hechos ocurridos en el complejo de cines Century 16 en Aurora, Colorado, la noche del 20 de julio de este 2012. La matanza sin sentido que cometió el aspirante a Doctor en Neurociencias  James Eagan Holmes invita nuevamente al debate del tan popular fenómeno conocido como bullying y la facilidad de adquisición de armas de fuego en el vecino país del norte. Mientras cientos de espectadores observaban maravillados la película que esperaron por cuatro años, Holmes abrió fuego contra ellos utilizando un rifle Smith & Wesson M&P15, una escopeta Remington 870 Express y una pistola 2 Glock calibre 22. Recordemos por un momento a las 12 víctimas mortales:
1.      Alex Sullivan, que celebraba su cumpleaños 27
2.      John Larimer, miembro de 27 años de la marina estadounidense
3.      Jessica Redfield Ghawi, cronista deportiva de 24 años, quien antes sobrevivió un tiroteo en un centro comercial de Toronto
4.      Micayla Medek, joven de 23 años
5.      Jon Blunk, un joven de 26 años que sirvió de escudo a su novia, Jansen Young
6.      Alex Teves, de 24 años, quien recientemente obtuvo un grado de Maestría
7.      Alexander "AJ" Boik, de 18 años, quien recientemente se había graduado de la preparatoria
8.      Gordon Cowden, de 51 años y padre de dos
9.      Rebecca Wingo, de 32 años
10.  Matt McQuinn, de 27 años, quien protegía a su novia, Samantha Yowler
11.  Veronica Moser-Sullivan, una niña de 6 años, cuya madre Ashley Moser se encuentra en condición crítica
12.  Jesse Childress, sargento de 29 años de la Fuerza Aérea Estadounidense.
El calificativo víctima no sólo debe aplicarse a los caídos, sino a sus seres cercanos. Todos eran hijos de alguien, hermanos de alguien, esposos de alguien. Al menos dos murieron como héroes, sacrificaron sus vidas por el bienestar de otros. De las teorías de conspiración en torno a Holmes, su padre el Dr. Robert Holmes, el famoso escándalo Libor y la falta de cobertura de los medios informativos, hablaríamos en otro momento. El horror en que está envuelto es lo verdaderamente apremiante.

Como en la vida real, el héroe libra una guerra que sabe nunca podrá ganar del todo. Reconoce que son las pequeñas victorias las que le animan a seguir adelante. Hoy sigue enseñándome que los momentos de tragedia no nos definen tanto como las acciones que tomamos para lidiar con ellos. Es un hecho que nos sucederá a todos los presentes. Seguramente incendiará, como hace con nosotros desde nuestra infancia, la imaginación de sus hijos y nietos. En mayo próximo cumplirá 73 años de vida.  Pero Batman, al igual que los ideales que representa, es imperecedero. Así que sus años apenas comienzan.



Bibliografía
Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Fondo de Cultura Económica, México.
Jurgen, Thorwald. El siglo de la investigación criminal. Ed. Labor, México. 1966.
Langley, Travis. Batman and Psicologhy. A dark and stormy knight. John Wiley & sons, Nueva York. 2012.
Maldonado Aguirre, Alejandro. El delito y el arte. Instituto de Investigaciones Jurídicas. UNAM, México. 1994.
Moench, Doug. The forensic files of Batman. Ibooks, inc, Nueva York. 2004.
Moreno González, Rafael. Sherlock Holmes y la investigación criminalística. Instituto Nacional de Ciencias Penales, México. 2005.
Soderman, Harry; O´Cornnell, John J. Métodos modernos de Identificación Policíaca. 8ª edición. Ed. Limusa, México. 1986.
Symmons, Julian. Historia del relato policial. Bruguera, España. 1982.