Mostrando entradas con la etiqueta historietas indispensables. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historietas indispensables. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de febrero de 2014

Feliz primer siglo, Bill Finger

El pasado 8 de febrero, el mismo día que Julio Verne y Charles Dickens celebrarían sus onomásticos, el escritor estadounidense Milton Finger –quien firmaba sus obras como Bill Finger- cumplió su primer siglo de vida.
Su nombre ha quedado prácticamente sepultado en los anales de la historieta, más porque el mérito autoral del más popular de sus personajes –Batman- siempre ha sido atribuido únicamente al dibujante Bob Kane. Es cierto que allá por 1938 cuando los ejecutivos de National Publications –hoy DC Comics- se percataron del impresionante éxito económico del recién nacido Supermán, inmediatamente encargaron a este último la creación de un nuevo héroe que emulara sus pasos. A cambio de esto, recibió –además de sus honorarios- control y crédito absoluto sobre la historia. Finger se unió posteriormente al equipo creativo. Y antes de continuar debo que aclarar que no pretendo minimizar el mérito de Kane. La iniciativa fue suya, cierto, pero él –en palabras de Finger- visualizó a un justiciero muy diferente al que conocemos, “más semejante a Supermán, con leotardos rojos, sin guantes, con un pequeño antifaz, balanceándose en una cuerda con dos alas de murciélago y un gran anuncio que decía The Bat-Man”.
La intervención de Finger modificó dramáticamente la apariencia planeada por el dibujante, con un disfraz negro y gris, una máscara y unas enormes alas de murciélago, que pendía de una cuerda amagando a un delincuente, mientras sus cómplices contemplan el momento. Así lo muestra la ya mítica portada del número 27 de Detective comics, aparecida en mayo de 1939. Finger no sólo dio nombre a su problemática urbe –Ciudad Gótica-, creó al Comisionado James Gordon y muchos de sus más importantes aliados y enemigos –la del Guasón es una historia aparte-. Y su más valiosa aportación –además del nombre de su alter ego Bruce Wayne y decidir cambiar las alas por una capa-: fue el responsable de darle un trágico origen. Sin su colaboración, el personaje carecería de una motivación poderosa. Es por ello que se mantiene vigente y que el próximo mes de mayo cumplirá 75 años de vida.
El mismo Kane dijo en 1989, “Ahora que mi viejo amigo y colaborador se ha ido, tengo que admitir que Bill nunca recibió la fama y el reconocimiento que merecía. Él era un héroe anónimo. Nunca pensé en darle crédito y él nunca me lo pidió. A menudo le digo a mi esposa que si pudiera volver atrás quince años, antes que él muriera, me gustaría decirle voy a poner tu nombre al lado del mío. Te lo mereces”. No sé si alegrarme por su tardía declaración. Lo cierto es que debió llevarla a cabo cuando estaba vivo.
El reconocimiento que Finger alcanzó en las redes sociales por su centenario fue avasallador. Me enorgullece decir que aporté mi granito de arena. Uno de sus más fieros defensores es el Dr. Travis Langley, profesor de psicología forense en la Universidad Estatal Henderson en Arkadelphia, Arkansas, gran estudioso del Noveno Arte y autor de Batman and Psychology: A Dark and Stormy Knigh (Wilety, 2011). Él es parte de un proyecto documental, junto con Athena Finger –su única nieta-, el veterano editor Dennis O´Neill, el productor ejecutivo Michael Uslan, Marc Tyler Nobleman –autor de Bill the Boy Wonder: the secret co-creator of Batman- entre muchos otros por vindicar al escritor, titulado The Cape Creator: A Tribute to Bat-Maker Bill Finger. Y el mismo Langley es más que convincente:
“Es tiempo de hacer las cosas bien. Si amas a Batman, a las historietas, a las películas pero si sobre todo amas la verdad, ayúdanos a celebrar la vida y obra de Bill Finger”.


miércoles, 29 de enero de 2014

Amoríos prohibidos

Y así fue como terminó un escándalo que amenazaba afectar seriamente el reino de Bohemia. Y así fue también como los mejores planes de Sherlock Holmes fueron arruinados por el ingenio de una mujer. Antiguamente mi compañero acostumbraba burlarse mucho de la supuesta inteligencia femenina, pero no he oído que lo haga a últimas fechas. Y cuando habla de Irene Adler, o cuando se refiere a su fotografía, siempre lo hace bajo el honorable título de La Mujer. –Escándalo en Bohemia (1891), Arthur Conan Doyle.

El primer episodio de la segunda temporada de la teleserie británica Sherlock nos presenta la ambigua e inquietante relación entre el héroe que da título al programa (Benedict Cumberbatch) e Irene Adler (Lara Pulver), una dominatriz de altos vuelos que revive a la figura central de la novela Escándalo en Bohemia, escrita en 1891 por el escocés Arthur Conan Doyle. Ella es objeto del amor idílico –nunca admitido- de Holmes y un auténtico desafío intelectual. Pero la fascinación que siente por ella no compromete su posición.
Algo similar, con sus respectivas distancias, ocurre con la creación de Bob Kane y Bill Finger cuyo cumpleaños 75 celebramos este 2014. Y antes de continuar, una precisión. Mucho se ha bromeado sobre la orientación sexual de Batman. Ello es principalmente culpa del libro La seducción del inocente, escrito en 1954 por el psiquiatra germano estadounidense Fredric Wertham, conocido con justicia como “El Mayor Enemigo de los Superhéroes”. Su texto daba lecturas homosexaules y pedófilas a la relación entre el Hombre Murciélago y su joven asistente Dick Grayson. Y no ayudó mucho la colorida pero inolvidable serie de televisión de los años sesenta, con Adam West y Burt Ward. No aclaro esto porque piense que un justiciero gay sea algo malo, contrario a la Ley de Dios o cause huracanes (para eso están algunos miembros del clero y la clase política), sino porque simplemente no fue la intención que le dieron sus creadores. El texto de Wertham fortaleció la infame cacería de brujas que propició que el Congreso de Estados Unidos impusiera a la industria de las historietas la famosa Autoridad del Código de Cómics, o CCA por sus siglas en inglés. Pero regresemos a lo central.

Desde su primera aventura oficial, ocurrida en Batman # 1 en la primavera de 1940, la ladrona conocida como La Gata fue incluida como un interés romántico del héroe y un desafío físico e intelectual. Además, el enmascarado siempre enfrentaba el reto de redimirla. La inspiración de la dupla creativa Kane-Finger vino, evidentemente, de las glamorosas estrellas de cine de su época, como Jean Harlow –por ahí circula una historia que involucra a una prima de Kane-, y eventualmente fue rebautizada como La Mujer Gato (Catwoman) o Gatúbela (en estos rumbos). Desde entonces, el personaje ha tenido múltiples encarnaciones y ha estado en ambos lados de la Ley. Y aunque Batman ha tenido otros intereses sentimentales –algunos más poderosos-, Gatúbela –yo prefiero llamarla así- siempre será una presencia importantísima en sus aventuras, justo como Adler y Holmes.

viernes, 4 de octubre de 2013

En busca del niño infernal

Dice la anécdota que la primera vez que Guillermo del Toro vio a Ron Perlman caracterizado como Hellboy, conmovido, escaparon de sus ojos lágrimas de emoción. No es difícil comprender su sentimiento luego de ver hecho carne al héroe que adoró en la página impresa desde su juventud y que su creador Mike Mignola trabajaba con él hombro con hombro para llevarlo al cine. Casi puedo imaginar el nudo en su garganta, la ilusión del niño que sigue siendo. Su sueño largamente acariciado por fin se hacía posible, justo antes de cumplir 40 años de edad. Siempre he pensado que todo lo que hizo estuvo encaminado a esa cinta, crisol de sus obsesiones y madurez de su talento narrativo. Hellboy (2004) es el tipo de historia que adora y le encanta compartir con las personas como él.
Hellboy surgió en el año 1993 en un especial publicado por la Comic-Con de San Diego –esa fiesta para nosotros los extraños- y a partir de entonces ha gozado de una fructífera aunque discreta vida: crossovers entre compañías –conoció a Batman-, historietas unitarias compiladas como novelas gráficas –el volumen 1 de sus aventuras reunidas, Semilla de Destrucción, tiene un prólogo de Robert Bloch- , versiones animadas y dos largometrajes, ambos dirigidos por uno de sus admiradores más brillantes.
La historia que del Toro y Peter Briggs nos presentaron reúne elementos de todas sus correrías, magnificados muchos, incluso momentos tomados directamente de ellas: en 1944, en un intento por ganar la 2da. Guerra Mundial, científicos Nazis abren un portal entre dimensiones para convocar a los malvados Ogdru Jahad –seres completamente lovecraftianos- y poner la balanza de su lado. La operación es conducida por –el que se creía muerto- Grigori Efimovich Rasputin (Karel Roden), ayudado por su amante-asistente Ilsa Haupstein (Bridget Hodson) y el casi autómata Karl Ruprecht Kroenen (Ladislav Beran), letal arte marcialista, miembro de la oscurísima Sociedad Thule y asesino consentido del Führer. Antes de completar el rito, son interrumpidos por un comando de valientes soldados estadounidenses, asesorados por el Profesor Trevor Bruttenholm (un maravilloso John Hurt). Al más puro estilo de Rescatando al Soldado Ryan, sostienen un cruento enfrentamiento y dan por muerto a Rasputin, quien desaparece en el portal ante la mirada atónita de todos. Pero algo logró atravesar el umbral: Anung un Rama, el hijo del Diablo. Triunfantes, el grupo se toma la foto del recuerdo tal y como nos la presentó Mignola. El académico decide criar al niño demoníaco como suyo. “Ahí estábamos. Un padre no preparado para un hijo inesperado”. Y al final le puso el nombre que todos conocemos.
60 años después, en nuestra época, Hellboy es parte del ultra secreto Buró para la Investigación y Defensa de lo Paranormal, organización –creada en la cinta por el presidente Franklin Delano Roosevelt- asesorada por un moribundo Profesor Bruttenholm. Se une a ellos el joven John Thaddeus Myers (Rupert Evans), agente del FBI transferido a expresa petición del anciano. Su labor ser custodio de su hijo adoptivo, gigantón grosero con un apetito insaciable, amor por los gatos, sediento de fama y serios problemas con las figuras de autoridad, como bien sabe su posterior jefe Tom Manning (Jeffrey Tambor). Es parte del equipo el anfibio humanoide Abe Sapien (Doug Jones con voz de David Hyde Pierce) y posteriormente se les une la piroquinética Elizabeth Sherman (Selma Blair), amor secreto de nuestro héroe. Pero el peligro regresa. Rasputin y sus aliados pretenden retomar su empresa y someter a la humanidad a una nueva era de tinieblas. Y como dijo el sabio, “ante la ausencia de luz, la oscuridad prevalece”.
El quinto largometraje de del Toro es un agasajo de principio a fin, nuevamente musicalizado por Marco Beltrami, fotografiado por su leal Guillermo Navarro y con una fastuosa puesta en escena de Stephen Scott, quien logra que la cinta luzca más grande de los 60 millones de dólares que costó. Los momentos destacables son muchos, desde su fascinante prólogo, la resurrección del villano, el enfrentamiento con Sammael en el metro neoyrkino –que por cierto conduce Santiago Segura-, la visita guiada en el cementerio ruso, la guarida de Kroenen llena de mecanismos de relojería y el desenlace surgido de las pesadillas de Howard Phillips Lovecraft. Todo lo que fascina al director vuelve a reunirse: su cuadro actoral –del Toro defendió a capa y espada la participación de Perlman en el protagónico, pues el estudio quería dar el papel al bulto llamado Vin Diessel-, las alcantarillas, los insectos, los engranes, el conflicto con la figura paterna, las disertaciones sobre lo efímero del tiempo y, sobre todo, la interrogante planteada en el mismo inicio de la película. “Lo que define a un hombre son sus acciones”. El libreto también es increíblemente personal. Al igual que Hellboy, del Toro es un ser marginal que lucha por ser aceptado en una industria que cuando es necesario lo aplaude y abraza. Al final elige la fidelidad a su esencia. En algún lugar leí que el argumento que usó para pedir matrimonio a su amada Lorenza es el mismo con el que el héroe se desnudó ante su musa: “Hay dos cosas seguras: siempre seré así de guapo y que nunca dejaré de amarte”.

A pesar de todo, Hellboy tuvo una magra ganancia en taquilla. Eso era suficiente para sepultar la posibilidad de una continuación o truncar una carrera, pero eso afortunadamente no fue así. Lo mejor estaba por venir. 

viernes, 12 de julio de 2013

Porque todos los inicios duelen (incluso a Batman)

El estadounidense Les Daniels, autor que se mueve cómodamente en los mundos fantásticos, nos dice en Batman, the complete history: the life and times of the Dark Knight (Chronicle Books, 2004) que el año 1986 fue decisivo para casi todos los personajes de DC Comics. Y fue cierto. La conclusión de la serie conocida como Crisis en Tierras Infinitas trató de resolver los incontables problemas de continuidad surgidos a lo largo de los años y de los coqueteos de la empresa con universos paralelos. Uno de sus frutos fue la historia de cuatro episodios Batman: Año Uno, publicada de febrero a mayo de 1987, autoría del talentosísimo escritor Frank Miller –que gozaba por esos momentos de la fama por escribir y dibujar otra joya, El regreso del Caballero Oscuro- y el dibujante David Mazzucchelli, reunida posteriormente como una deslumbrante novela gráfica que ha tenido continuas reimpresiones desde la fecha. Todos los halagos que pueda ofrecerle son pocos. Su narrativa directa y en deuda con los grandes del relato policial, sus dibujos simples y contundentes y sus diálogos precisos la hacen indispensable para explicar la evolución del murciélago justiciero de. Por sólo itar un ejemplo de su influencia que ejerció en Christopher Nolan y su deslumbrante Batman inicia (2005). La trama de Batman: Año Uno narra de forma paralela el regreso de un joven Bruce Wayne y un idealista Teniente de Policía llamado James Gordon a una Ciudad Gótica dominada por la corrupción y la desesperanza. Ambos, desde sus respectivas trincheras, pretenden devolver a la urbe todo lo que el mal les ha arrebatado, a veces de forma torpe y dolorosa. La experiencia nos ha enseñado que todas las primeras veces duelen. Quien asegure haber hecho algo a la perfección en su primer intento es, casi siempre, un mentiroso. Aprendemos a prueba y error. Así lo descubrieron nuestros héroes, quienes perseguían los mismos objetivos y en el proceso forjaron una venturosa alianza. E el lado opuesto, el relato nos presenta también a una joven prostituta llamada Selina Kyle, quien se convertirá en la ladrona Gatúbela, que representa el empoderamiento de la mujer.

Hace muy poco me enteré de que la división de animaciones de Warner Brothers había producido una adaptación, Batman: Año Uno (Sam Liu y Lauren Montgomery, 2011), un deslumbrante festín de 64 minutos que retoma de la manera más fiel lo planteado 24 años atrás por Miller. El artista recibió los mismos honores, en dos partes, el año siguiente (Batman: El regreso del Caballero Nocturno, partes 1 y 2, Jay Oliva, 2012 y 2013), díptico del que di cuenta hace poco. En este caso celebro su agilidad, que no pierde el tiempo con añadidos y que si bien llega a omitir diálogos –como toda adaptación- conserva su esencia. Su momento final, con Gordon fumando su pipa en medio de una nevada en la azotea del edificio del Departamento de Policía de Ciudad Gótica, no deja de conmoverme. “Se vive un gran pánico en las calles. Alguien ha amenazado con envenenar la reserva de agua de la ciudad. Se hace llamar El Guasón. Tengo un amigo que debe poder ayudarnos. Debe llegar en cualquier minuto”.

lunes, 10 de junio de 2013

De cuervos, zombis y otros revinientes

Una observación que muchos aficionados al tema me han hecho es que El Cuervo, protagonista de la serie de cómics creada por el estadounidense James O´Barr en 1989, es un zombi por el hecho de haber regresado de la tumba. Nada más equivocado. Estos personajes –llámenles infectados, caminantes, mordedores o como quieran- se definen por la pérdida total del intelecto, la memoria y la individualidad. Únicamente obedecen a uno de los instintos más elementales de la naturaleza humana: alimentarse. En el caso de Eric, el rockero regresa a la vida luego de ser asesinado brutalmente junto con su amada Shelly. “Es un cuento de amor alimentado por uno de horror”, dijo O´Barr. Básicamente, se trata de una historia de venganza, de una justicia diferente a la que establecen los hombres. Irónicamente, el autor ideó el relato a inicios de los años ochenta como una forma de lidiar con la muerte de su entonces novia, arrollada por un conductor ebrio. En los primeros días de 1993, el director de video clips y comerciales australiano Alex Proyas inició el rodaje de su adaptación cinematográfica, a partir de un guión de David J. Schow y John Shirley y protagonizada por Brandon Lee, hijo de la leyenda de las artes marciales cuyo nombre no necesito mencionar. La accidentada filmación concluyó con la muerte de Lee. Tenía 28 años y su papel, sin duda, es el mejor de su carrera. La cinta también es la mejor de la filmografía de Proyas, con la que sus creaciones posteriores son inevitablemente comparadas. El resultado es una película visualmente deslumbrante, hermosa, impecable, con un tinte doblemente trágico. La enternecedora escena final, donde se reúnen los enamorados, debió ser similar al reencuentro de Edgar Allan Poe con su amada Virginia Clemm. Su humilde costo de poco más de 20 millones de dólares es superado ampliamente por los más de 140 que ha recaudado desde su estreno. Ha alcanzado una estatura de culto. Eso hace insoportables sus secuelas El Cuervo: Ciudad de Ángeles (Tim Pope, 1996), El Cuervo: Escalera al cielo (Bryce Zabel, 1998), El Cuervo: Salvación (Bharat Nalluri, 2000) y El Cuervo: Plegaria maldita (Lance Mungia, 2005), productos vergonzosos, de ínfima calidad. Desde hace 5 años se habla de un remake que, sin duda, tiene un antecedente poderoso, difícil de superar. Y como dice Eric en el cómic: "No es muerte si la rehúsas, lo es si la aceptas".  

jueves, 4 de abril de 2013

Los muertos caminan, tercer acto.


Una advertencia: si no ha visto la serie, absténgase de leer lo siguiente.
Casi siempre las elevadas esperanzas restan brillo a cualquier experiencia. Al menos así me sucedió con el desenlace de la tercera temporada de la teleserie The Walking Dead, a la que me he referido ampliamente en el pasado. El resultado no fue malo en absoluto, pero el momento final del capítulo previo, desolador y terrible, los anuncios de su protagonista Andrew Lincoln en redes sociales –“en el episodio morirán 27 personas”- y los pronósticos de muchos de sus seguidores me hicieron esperar una conclusión espectacular. En general fue una buena temporada, mejor que la anterior y menor que la primera, en la que encuentro cuatro aspectos dignos de elogio:

1. El reencuentro de los hermanos Dixon, Daryl (Norman Reedus) y Merle (Michael Rooker), el primero convertido en una pieza esencial del grupo de supervivientes y el segundo en un villano al servicio de un grupo rival. En el caso de Daryl, es curiosa su creciente popularidad entre los espectadores. En Internet leí comentarios que iban desde “Daryl, hazme tuya” a “Daryl, quiero ser la madre de tus hijos”. Cuando concluyó la primera parte de la temporada, quedó en un riesgo grave. Pude entonces percibir una auténtica preocupación que tenía tiempo no atestiguaba. El atractivo del personaje radica en valores que se fortificaron en el transcurso de la trama, como la entrega, la solidaridad, la fortaleza y la integridad. Todas contrastaban desde su inicio con la personalidad de su hermano, cínico, poco escrupuloso. Un personaje repelente, al que se podía odiar. Él mismo hizo evidente su necesidad: “siempre se requiere alguien capaz de hacer el trabajo sucio”, de mancharse las manos –la mano-, de realzar la nobleza del héroe o evitar que la comprometa. Irónicamente Michonne (Danai Gurira) le dice que lo asume como una carga, lo que desnuda su esencia bondadosa. De acuerdo el planteamiento televisivo –los Dixon no tienen raíces en el cómic-, Merle crió a su hermano menor tras la muerte de su madre y lo protegió de su padre alcohólico y violento. De manera que algo bueno debió tener para transmitir valores tan sólidos a Daryl. Por eso su villanía se transforma al final en la más genuina empatía. Su destino, lamentable luego de su reivindicación, no dejó de provocarme pesar.
2. Phillip Blake (David Morrissey), nombrado respetuosamente por sus protegidos en el pueblo de Woodbury como El Gobernador.  Personaje carismático a primera vista, tiene una vocación secreta y una oscuridad que lo vuelven un peligro más grande que las hordas de zombis que caminan por la tierra. Luego de la segunda muerte de su amada hija, se transforma en un ser sediento de venganza, irracional y terrible como el mítico Capitán Ahab de Hermann Melville. Como él, está dos veces mutilado. “En este nuevo mundo, matas o mueres. O mueres y matas”, dice a su otrora vasallo Milton (Dallas Roberts) mientras le propina una golpiza. Su aspecto en las historietas, que me recuerda más a la imagen del actor Danny Trejo que al físico sajón de Morrissey, lo hace más amenazante. Perverso y sin remordimientos, era capaz de matar a sus propios defendidos cuando no obedecían sus deseos o mantener en cautiverio s sus enemigos, degradándolos física y psicológicamente (en su versión original es peor). Por esto fue lamentable que al final se convirtiera en un cliché, en un malvado de caricatura que perdiera el atractivo que confirma una certeza cotidiana: “temo más a los vivos que a los muertos”.
3. Carl Grimmes (Chandler Riggs), hijo de Rick (Lincoln) y Lori (Sarah Wayne Callies), chico que perdió su infancia al mismo tiempo que iniciara el Apocalipsis zombi. No sólo tuvo que dar una muerte piadosa a su progenitora, sino tomó un camino sin retorno. Mi amigo Jorge Báez lo resume bien: “el final de temporada de The Walking Dead me dio escalofríos, no por la muerte de algunos personajes. El episodio me golpeó emocionalmente porque fui testigo de la completa pérdida de inocencia de Carl, un niño de 11 años cuya realidad lo ha forzado a crecer demasiado rápido, a vivir en un mundo donde sobrevivir significa matar o dejar morir. Carl asesinó a un adolescente sin motivo. Al jalar el gatillo, no hubo duda en sus ojos. Este niño se puede convertir en algo peor que el Gobernador, la amenaza zombi ha dejado de ser importante”. Todo muy cierto. Ante la ausencia de una figura materna, con un padre anulado, el niño llega a la adolescencia en un mundo cruel y sin futuro. Lo que sucederá con él seguramente será importante en el desarrollo del relato.
4. Más zombis, más sangre y más acción. Los diletantes de lo sanguinolento se pudieron regocijar con la aguerrida Michonnee rebanando cabezas a diestra y siniestra con su ya famosa espada katana, con los héroes atravesando cráneos con varillas a través del enrejado o con Glenn (Steven Yeun) cortando dedos en busca de un anillo de compromiso. Lo mejor es que los zombis son un pretexto para hacer evidentes las virtudes y carencias de la naturaleza humana, sea el enfrentarlos por divertimento, el brindar refugio de ellos, el utilizarlos como un arma contra los oponentes o como una forma para aferrarse a la esperanza: el Gobernador mantiene secretamente a su hija reanimada, Milton hace estudios para tratar de devolver la racionalidad a los muertos. Todo es en vano.
La muerte de dos personajes principales (a los que no extrañaré), algunos secundarios y la inclusión de algunos nuevos sirven como anticipación de una cuarte temporada. Gale Anne Hurd, productora ejecutiva y co creadora del programa, confirmó esto y lanzó una advertencia: “la serie no terminará bien para todos”.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Rostros de maldad o así luce Norman Bates*


En mi colaboración anterior les informé de dos venideros programas de televisión, adaptaciones de personajes literarios entrañables, que despiertan mis más altas expectativas: una nos presentará los días juveniles de Norman Bates, ideado por el escritor estadounidense Robert Bloch en su novela Psicosis; la otra la etapa previa a que el prestigiado psiquiatra Hannibal Lecter, protagonista de cuatro libros de Thomas Harris, fuera reconocido por sus aficiones homicidas y antropófagas. Resulta curioso que los autores nunca hayan abundado en la descripción física de ambos. Sólo nos ofrecen algunos rasgos, más bien escuetos, de su fisonomía. Sobre Bates, Bloch dice: “A Norman no le importaba; los cuarenta años de su vida habían transcurrido en aquella casa y era agradable y tranquilizador sentirse rodeado de cosas conocidas”, “La luz alumbraba su cara regordeta, se reflejaba en sus gafas de lentes montados al aire, y bañaba su rosado cuero cabelludo bajo el escaso cabello rubio, cuando se inclinó para proseguir su lectura”, o “Al ver la cara gorda con gafas y oír la voz suave y vacilante, Mary tomó una rápida decisión”. De Lecter, Harris nos ofrece un vago retrato en su segunda aventura, El silencio de los corderos (1988), a través de los ojos dela novata investigadora Clarice Starling: “Y al doctor Hannibal Lecter reclinado en su catre, absorto en la lectura de la edición italiana de Vogue. Sujetaba las páginas sueltas con la mano derecha y las iba poniendo una a una a su lado con la izquierda. El doctor Lecter tiene seis dedos en la mano izquierda”. Casi inmediatamente sigue “Clarice observó que era de baja estatura y aspecto pulcro; en las manos y brazos del doctor observó fuerza nervuda, como la suya. —Buenos días —dijo él como si hubiese salido a abrir la puerta. Su cultivada voz poseía una leve aspereza metálica, debida seguramente al desuso. Los ojos del doctor Lecter son de un castaño granate y reflejan la luz con destellos de rojo. A veces los puntos de luz parecen volar como chispas hacia el centro de la pupila. Esos ojos tenían presa a Starling por completo”.
Ha recaído en el cine la responsabilidad de ayudarnos a mentalizarlos. Curiosamente los actores que los encarnan se llaman Anthony; de apellidos Perkins y Hopkins, respectivamente. No hace falta ser eruditos para descubrir que se alejan, sobre todo el primero, de la imagen que sus creadores querían ofrecernos de ellos. Por ello, un ejercicio de ocio.
En muchos espacios he hablado de mi profesión diurna. Soy Perito en Arte Forense de la Procuraduría de Justicia capitalina. Alguna vez un catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM me calificó como “un hombre de arte que trabaja con policías”. Y me gustó. Entre mis obligaciones está elaborar los erróneamente conocidos como “retratos hablados” –su nombre correcto es “retratos compuestos”- relacionados con los probables responsables de hechos delictivos. En un principio, hace casi 18 años, empleaba el dibujo tradicional para ejecutarlos. Hoy en día, con los avances de la tecnología, utilizo programas de computación para manipulación fotográfica –entre ellos el Adobe Photoshop, tan recurrido para no evidenciar los estragos del tiempo en algunas celebridades-. Ello me lleva a imaginarme ¿cómo sería el rostro tantos personajes de ficción, como Norman Bates o Hannibal Lecter? Siguiendo el protocolo de trabajo en la realidad, los datos que Bloch y Harris ofrecen sobre ellos serían insuficientes para la labor. Acaso el primer caso es más viable. Y al no existir una interacción con el testigo, quien es el único que tuvo a la vista a su victimario y podría corroborar la similitud entre éste y mi trabajo, la interpretación es enteramente subjetiva. No obstante, he aquí un esfuerzo, basándome en el grupo racial del sujeto y la edad que nos da el autor. Y el resultado sería algo como esto.
























Muy lejano de lo que reconocemos, sin duda. Así de poderoso es el cine.

* Texto publicado en la sección "Tinta Negra" de morbido.com

miércoles, 2 de enero de 2013

El regreso a lo básico


En mi primer escrito para este blog en el naciente 2013 decidí regresar a una de mis pasiones fundamentales. Los monstruos y Batman son los primeros romances de mi vida. Tengo la fortuna de mantener un diálogo constante con ellos desde entonces. Los abrazo todos los días. A horas de concluir el año pasado, me topé con una pequeña sorpresa: la adaptación animada de una de las historias que más entraño, El regreso del Caballero Oscuro. La dirigió en 2012, directamente para el video, Jay Oliva. Para mi inmensa frustración, la dividió en dos partes. La segunda estará disponible los últimos días de este mes. Pero volveré a ella más tarde.
El regreso del Caballero Oscuro fue la primera de cuatro historietas originalmente escritas e ilustradas por Frank Miller, entintadas por Klaus Janson y brillantemente coloreadas por Lynn Varley, publicadas en abril y junio de 1986. Le siguieron El Caballero Oscuro triunfante, La caza al Caballero Oscuro y La caída del Caballero Oscuro. Un año después fueron compiladas en un solo tomo, que recibió el título del primer relato. Todos los elogios que tengo para esta historia son pocos. El crítico y escritor Les Daniels la considera seminal para el universo de Batman. Forma parte de la mayor parte de las listas de las 10 mejores novelas gráficas de superhéroes que conozco. Por si fuera poco, la compilación cuenta con un lúcido ensayo introductorio de Alan Moore, autor de Watchmen, otra historia decisiva durante la década de los 80. Richard Reynolds, en Superheroes, a modern mithology, califica ambas como puntos decisivos de evolución de la historieta de superhéroes. El mensaje final de Moore, dirigido a quienes conocían por vez primera la historia, es certero: “para el resto de ustedes, que están a punto de entrar a un nuevo territorio, sólo puedo expresarles mi extrema envidia. Están a punto de encontrarse con un nuevo nivel de narración de historietas. Un nuevo mundo con nuevos placeres y dolores. Un nuevo héroe”.
 Inscrita en un universo alternativo (en el Multiverso DC, los expertos dicen que en la Tierra 31), la narración sigue a Bruce Wayne, quien tiene 55 años y está retirado de sus actividades como justiciero. Se ha enfrascado en su vida como multimillonario parrandero, adicto a las carreras de autos y al alcohol. Brinda con James Gordon, a punto de retirarse como Comisionado de Policía de Ciudad Gótica, por el décimo aniversario de la última aparición pública de Batman. Observa con fastidio la degradación en que se ha sumido la urbe, ahora dominada por una viciosa y sanguinaria banda conocida como Los Mutantes. Sigue atormentado por la muerte de sus padres y la de Jason Todd, el segundo Robin. También continúa obsesionado con la visión de un murciélago. Hastiado por la situación y por contener su verdadera esencia, decide regresar a la actividad a pesar de las objeciones de su fiel y anciano mayordomo Alfred. Su regreso causa todo tipo de reacciones, desde los que abiertamente lo apoyan (como Lana Lang, editora del diario El Planeta) hasta los que se oponen ferozmente (como el Dr. Bartholomew Wolper, el psiquiatra de Harvey Dent/Dos caras y el Guasón). Se enfrenta a ellos, al malvado Líder Mutante y a un antiguo y poderoso aliado, quien ahora se ha convertido en un sirviente del Imperio, auxiliado por sus enormes recursos (“no fue fácil sintetizarla, Clark. Tomó años y costó una fortuna. Por suerte tenía ambos”), su antiguo colega Oliver Queen (mejor conocido como Flecha Verde) y un nuevo Robin, la entusiasta jovencita Carrie Kelly, de 13 años.
En la narración es muy importante la enorme influencia de los medios de comunicación en la sociedad contemporánea, desde los debates televisivos sobre las nuevas correrías del héroe, el seguimiento noticioso a conflictos armados (como el de Corto Maltese, visto en el primer Batman de Tim Burton, quien le reconoce una gran influencia en la película que catapultó su carrera), la masacre del Guasón en un popular talk show nocturno conducido por alguien muy parecido a David Letterman o las apariciones triunfalistas de un colorido Presidente de los Estados Unidos que no deja de recordarnos a Ronald Reagan. Lo cual no deja de verificar lo dicho por el Dr. Emmet L. Brown (Christopher Lloyd) en Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985), que vi nuevamente estos días: “ahora entiendo por qué tienen un Presidente actor: para que se vea bien en televisión”.
Regresando a la versión animada, sólo puedo reprocharle la ausencia de los pensamientos de Batman, que dan un tono introspectivo al relato: “Debería ser una agonía. Debería ser una masa de músculos adoloridos, rotos, incapaces de moverse. Pero soy de nuevo un hombre de treinta, de veinte años. La lluvia en mi pecho es un bautizo. Volví a nacer” o “Este es el fin para ambos. Pudimos cambiar el mundo, pero míranos. Me he convertido en un botín político y tú en una broma. Quiero que recuerdes, en los años por venir, en tus momentos más íntimos, mi mano en tu garganta. Quiero que recuerdes al único hombre que te derrotó”.
Miller dio una tardía continuación a su historia, publicada entre 2000 y 2001 como El Caballero Oscuro ataca de nuevo, también conocida como DK2. La obra dividió la opinión de la crítica y los aficionados, pero de ninguna manera alcanzó el impacto y originalidad de su predecesora. Por eso me quedo con ella, ansioso por la segunda parte animada, que será un estupendo regalo de Reyes Magos.

Para todos ustedes mis mejores deseos en este naciente año. Háganlo más interesante y productivo que el anterior. Den el mejor sentido a su existencia y a la de las personas que los rodean.
                                                                                                              

viernes, 28 de diciembre de 2012

Una araña renovada (o grandes pendientes del 2012, parte 1)


En septiembre de 2011 hablé del reinicio –o reboot- de una franquicia cinematográfica con pretexto de El Planeta de los Simios: (R)evolución (Rise of the planet of the Apes, Rupert Wyatt, 2011). Discutí las dos causas que identifico para que esto ocurra, y el caso que hoy nos compete se encuentra en la segunda. Fue propiciado por el estrepitoso fracaso –de crítica y taquilla- que significó El Hombre Araña 3 (Sam Raimi, 2007), una cinta lamentable, terrible si comparamos la fortuna de sus antecesoras, de la que ya he hablado anteriormente.
Los inicios de El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012) se encuentran en la idea trunca de Raimi por continuar la saga protagonizada por Tobey Maguire. De hecho su trama básica hubiera sido la cuarta entrega de la misma. Incluso se les da crédito a los guionistas Alvin Sargent y Steve Kloves, aunque el principal responsable es James Vanderbilt. Él se aparta del héroe tradicional como lo imaginaron Stan Lee y Steve Ditko y no sólo lo traen a este milenio de una forma con la que pueden identificarse los adolescentes de nuestros días (como ocurre en la serie de cómics Ultimate Spiderman), sino para empatar sus aventuras con el reciente universo fílmico de Marvel. Su Peter Parker (Andrew Garfield) es el nuevo nerd de este tiempo, muy alejado del apocado y tímido encarnado por Maguire: sigue siendo invisible a los ojos de sus condiscípulos y es víctima del bullying de Flash Thompson (Chris Zylka) cuando trata de defender a otra de sus presas, pero está instalado en una cómoda clase media donde usa lentes de contacto y tiene conexión a Internet en su habitación. De ahí provenían mis reservas. El Peter Parker con el que crecí conocía de cerca las carencias de la realidad. Afirma Vicente Quirarte, “Peter Parker tiene dos ventajas: el sentido del humor y la pobreza. Lo que podría hacer en su personalidad de araña –robar una casa, entrar en un banco- contradice la ética de su parte luminosa. Al igual que Babette, Parker puede afirmar, con mayor justicia que nadie: no hay héroe pobre”. Pero las sorpresas más gratas provienen de no tener ninguna expectativa, porque a pesar de tratarse de una nueva visita a una historia narrada recientemente, de sus errores e incontables lugares comunes, lo que vi ayer me gustó.
La película se remite a la infancia de Parker, con sus padres Richard (Campbell Scott) y Mary (Embeth Davidtz). Ambos lo dejan al cuidado de sus tíos Ben (Martin Sheen) y May (Sally Field) cuando tienen que huir abruptamente –él es un prestigiado científico- y posteriormente mueren en un accidente de aviación, en circunstancias misteriosas. Peter crece como un muchacho común. Se siente atraído por su bella compañera Gwen Stacy (Emma Stone), quien no sólo es hija de un capitán de la Policía neoyorkina (Denis Leary) sino pasante del genetista y herpetólogo mutilado Dr. Curt Connors (Rhys Ifans), posterior enemigo del paladín en ciernes. Siguen momentos por todos conocidos: la picadura de una araña radioactiva, el descubrimiento paulatino de sus poderes, el sabio consejo (“todo gran poder implica una gran responsabilidad”, pero dicho de una manera distinta), la muerte de la figura paterna, el desdoblamiento de la personalidad, el ascenso y reconocimiento del héroe. En el fondo de todo se encuentra la siniestra corporación dirigida por Norman Osborn, que está casi a la altura de Disney –dueños actuales del arácnido- o Walmart. Todo es aderezado con flamantes efectos digitales, que abrevan en muchos momentos de la cultura de los videojuegos (el araña trepando muros o columpiándose por Nueva York) y una inspirada partitura de James Horner.
La transformación de Connors en el malvado Hombre Lagarto sin duda nos remite a la del ilustre Henry Jekyll y su loable intento con consecuencias inesperadas. Entre las reacciones que sus colegas científicos –que abundan en el universo arácnido- pueden anticipar al ingerir una droga experimental, debería encontrarse “maldad extrema”. Y el combate con el monstruo ofrece momentos divertidos, desde la aparición obligada de Stan Lee a la recuperación de diálogos que nos recuerdan la acción entrecortada de las viñetas del cómic. Pero lo mejor es que Peter debe cumplir con sus tareas caseras, tal como lo hacía durante mi infancia. Después de salvar a la ciudad y restaurar la armonía, adolorido y lleno de raspones, abre su mochila y entrega a la tía May el cartón con huevos que le encargó.
Todos sus personajes están conectados de alguna manera. Son parte “de un universo más grande”, que incluye la ya institucional escena después de los créditos. Un universo que sin dudas tiene un potencial económico de dimensiones todavía no explotadas. Se han confirmado, por lo pronto, dos secuelas. El villano de la siguiente será el galardonado Jamie Foxx, que encarnará a Maxwell Dillon, alias Electro.  Así que hay araña para rato.


jueves, 20 de diciembre de 2012

Batman y la ciencia de la detección



El sábado pasado, el día siguiente de la masacre ocurrida en la escuela preescolar Sandy Hook en Newtown, Connecticut, ofrecí una charla que palidece ante este suceso. En ese pueblo apacible, quien fue posteriormente identificado como Adam Peter Lanza, usó un rifle de asalto Bushmaster XM-15 y dos pistolas –una  Glock 20 SF de 10 mm y una SIG Sauer de 9 mm- para asesinar cobardemente a 27 personas, entre niños y adultos.  Posteriormente se quitó la vida. Ningún intento por racionalizar un hecho así es suficiente. Exige de la manera más urgente revisar la facilidad para acceder a armamento en el vecino país del norte. Esto, como establecieron los padres fundadores de esa nación, es un derecho consagrado en su Constitución. Pero los tiempos han cambiado. En la sociedad del siglo XVIII, donde las instituciones policíacas no estaban plenamente constituidas,  esto era necesario para que las personas pudieran defender su vida y su patrimonio. Hoy las cosas son diferentes. Y a pesar de ello, la barbarie, la falta de razón y el nulo respeto por la vida de muchos parecen ser una aterradora constante. Pero volvamos a mundos mejores. Mi querido Bernardo Esquinca dijo que la literatura nos salva de la locura. Por lo menos nos ayuda a olvidarla. Lo mismo ocurre con el cómic, el llamado Noveno Arte. Cada año reúne a sus devotos del orbe para celebrarlo en las convenciones más variadas en todos países. En México, La Mole es una de las más añejas y prestigiadas. Sus organizadores me invitaron para hablar de Batman, que como todos saben es una de mis pasiones, aprovechando la presencia del escritor Alan Grant y el dibujante Norm Breyfogle, dupla que no sólo es la responsable de las aventuras del héroe que más conocemos por estos rumbos, sino de algunas de las adiciones más interesantes al mito del personaje en décadas recientes. Fui, en el mejor sentido del término, su telonero. Eso me hace sentir increíblemente orgulloso. Sin mayor preámbulo, les dejo lo que leí aquél día.
--


Batman y la ciencia de la detección
(Un enfoque Criminalístico)
Roberto Coria Monter

Ofrecí una primera versión de esta charla en el Instituto Nacional de Ciencias Penales, órgano académico de la Procuraduría General de la República, el 11 de septiembre pasado, fecha de infame memoria. Esa tarde compartí con mi gremio una posición arriesgada para alguien de mi perfil. Eso emana del hecho que las personas dedicadas a las Ciencias Jurídicas y Forenses no suelen atender a expresiones artísticas como la historieta, a la que generalmente califican de menor. Adquirí valor a través del ejemplo de dos hombres que se mueven en ambos mundos: Gerardo Laveaga, antiguo Director del INACIPE, hombre de leyes y letras, que comparte la convicción de inculcar el hábito de la lectura de literatura policial entre los aspirantes a Agente del Ministerio Público de la Federación. Bajo su auspicio participé hace unos años en el coloquio Edgar Allan Poe y las ciencias forenses, en ese mismo instituto, organizado para celebrar el bicentenario de este autor indispensable. Y de Rafael Moreno González, pilar de la Criminalística en México, maestro de docenas generaciones de estos profesionistas, fundador de la Academia Mexicana de Criminalística e investigador emérito de esa casa académica. Entre sus incontables publicaciones figura una fundamental: Sherlock Holmes y la investigación criminalística, trabajo donde expone principios básicos de la materia a través de la más famosa creación de Arthur Conan Doyle. En el ya mencionado coloquio, el Dr. Moreno dijo algo que me conmovió y resume los aspectos que defiendo en mi vida profesional: “la razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia”. Que mi plática se llevara a cabo el auditorio que lleva el nombre del más reputado criminólogo que ha dado México, Alfonso Quiroz Cuarón, demuestra la vigencia de esta máxima.

1
Desde su primera aparición en mayo de 1939, en las postrimerías de la Gran Depresión Estadounidense y la Guerra Civil española y los albores de la Segunda Guerra Mundial, Batman –conocido en ese entonces como The Bat-man- ha demostrado tener vidas inagotables. Esto ha rebasado su fuente de procedencia y se ha realizado a través de sus encarnaciones en seriales cinematográficos y radiofónicos, televisión, caricaturas, películas y videojuegos. Les ruego que en los siguientes minutos olviden la divertida figura de Adam West, que en los años sesenta llevó a una popularidad sin precedentes al personaje y lo arraigó aún más al imaginario colectivo de la cultura occidental.
Tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina, Batman posee un especial significado en una época donde el crimen se ha convertido en parte de nuestra vida diaria. El diseño original del héroe, con su capa y máscara azules, su vestimenta gris, su cinturón amarillo y su característico emblema con forma de murciélago, son autoría del dibujante neoyorkino Bob Kane. A él suele atribuirse todo el mérito. Pero la labor del escritor Bill Finger fue crucial y no ha recibido el reconocimiento que merece. No sólo escribió algunas de sus aventuras más importantes, sino fue el encargado de darle un origen, lo que da sentido y trascendencia.
Rastrear la fascinación que sentimos por personajes como Batman exige que analicemos la trascendencia de la figura del héroe, especialmente apreciada en todas las culturas. Desde la mitología clásica hasta la tradición histórica, los héroes han sido fuente de inspiración para la gente de todas las épocas. Al igual que personajes como Hércules o Sansón, el cómic, hoy llamado con justicia Noveno Arte, nos ha suministrado de una nueva forma de figura mitológica que ha constituido todo un género: el superhéroe. Algunos de estos modernos titanes, de la misma manera que sus precursores clásicos, surgieron del matrimonio del cielo y la tierra. Como el Mesías de cualquier religión, Superman tiene un padre terreno (el Sr. Kent, de Smallville) y un padre celestial (Jor-El, de Kriptón), aunque estructuralmente su omnipotencia lo aproxime más a la figura de Zeus, soberano del cielo. Otros, por el contrario, proceden de la oscuridad. Al igual que Hades, señor del inframundo y de los diamantes, Batman se mueve en las tinieblas gracias al goce de la fortuna heredada por sus padres muertos. “Todo el mundo ama a los héroes”, dice en una estupenda película una anciana a su atribulado sobrino. “En cierta manera todos tenemos un héroe en nuestro interior. Nos ayuda a actuar con honestidad, nos da fortaleza, nos ennoblece y llegado el momento nos permite morir con dignidad, aun cuando a veces para mantener su firmeza tenga que renunciar a lo que más ama”.
Estéticamente, y como explica el comunicólogo español Román Gubern en su ensayo El discurso del cómic, los superhéroes se caracterizan por la perfección anatómica según los cánones grecolatinos. Pero más allá de su representación visual, estos personajes de ficción exaltan los valores más luminosos del ser humano: la templanza, la lealtad, la entrega, la compasión, el sacrificio, la sed de justicia y libertad. Precisamente ahí radica su aceptación entre los jóvenes, como afirman los investigadores Scott Vollum y Cary D. Adkinson del Colegio de Justicia Criminal de la Universidad Estatal Sam Houston de Texas. “El crimen prospera por la indulgencia de la sociedad”, dijo su mentor y eventual enemigo al héroe en su renacer cinematográfico. Lo cierto es que es una de las grandes constantes de la humanidad, un cáncer que deja secuelas físicas y mentales en todo lo que toca. “Envenena la mente y el alma. Trae pesar y muerte. Y al final, sólo deja desesperación”. Si lo definimos según los cánones vigentes, lo constituyen todas las acciones u omisiones que contravienen las leyes  y son meritorios de una sanción. En ese sentido, Batman propone dos reflexiones trascendentes: la repercusión y formas del fenómeno criminal en las sociedades contemporáneas y la efectividad del actuar de las corporaciones policíacas para combatirlo. Comencemos por la segunda. Desde tiempos antiguos, desde sus organizaciones más elementales, el hombre ha tenido la necesidad de organismos que persigan y sancionen las conductas que atenten contra la colectividad. El caso del criminal francés convertido en policía Eugène François Vidocq (1755-1857) es uno de los más notorios. En 1811 fundó la  Brigade de la Sûreté, uno de los primeros cuerpos policíacos civiles plenamente organizados del orbe y modelo más importante en la creación del Scotland Yard de Inglaterra o del Buró Federal de Investigaciones de los Estados Unidos. Si bien los métodos e integrantes de la Sûreté suelen ser cuestionados por su integridad ética y moral –eran antiguos compañeros presidiarios de Vidocq-, su esfuerzo inspiró el perfeccionamiento y evidenció la necesidad de este tipo de fuerzas –la figura de Vidocq influyó en las creaciones de literatos como Honoré de Balzac, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe-. En la actualidad la percepción popular de las fuerzas del orden no ha cambiado. La fama que les acarrean sus malos elementos trasciende sus incontables logros. Ese fue el sentido que los creadores de Batman trataron de dar a su ficticia Ciudad Gótica, una urbe de pesadilla, sumida en la corrupción y dominada por las clases criminales, más similar al Chicago de los años treinta que a la idílica Nueva York –esa es la Metrópolis de Supermán-, con sus rascacielos y su positivismo. Este es el escenario de las aventuras de un justiciero inusual, uno que responde a las necesidades apremiantes de la población. En sus primeras apariciones, Batman combatió a amenazas domésticas, como el crimen organizado, que no dejaba de tener en Alphonse Gabriel Capone (1899-1947) uno de sus principales estandartes. Delincuente carismático y brutal, Capone fue la principal figura de la era de los grandes gángsteres, de la Era de la Prohibición. Durante casi una década gobernó un imperio sustentado en el juego, el alcohol ilegal y la prostitución, mismo al que puso fin en 1931 la cruzada de Eliot Ness, agente del Departamento del Tesoro, y su grupo conocido por la posteridad como Los intocables. Para conocer más al respecto, recomiendo ampliamente la versión de los hechos del cineasta Brian de Palma (1987). En muchas formas, al igual que el Inspector Lestrade de las aventuras de Sherlock Holmes, Ness inspiró a la dupla Kane-Finger en la creación de James Gordon, cabeza del Departamento de Policía de Ciudad Gótica. En su primera aparición, paralela a la del protagonista, Gordon –detective en ese entonces- reprobaba sus correrías, porque en esencia Batman se encuentra al margen de la ley. En aras de conseguir un bien mayor, el enmascarado no duda en cometer delitos como daño en propiedad ajena o allanamiento de morada. “En su momento, Batman pagará por sus delitos”, aseguró el Fiscal de Distrito Harvey Dent en la segunda entrega de la saga de Christopher Nolan. Gordon atestiguó que si bien sus métodos eran diferentes, ambos compartían ideales. Desde ese entonces se convirtieron en fieles aliados. La imagen del policía –eventualmente convertido en Comisionado- encendiendo un potente reflector en la azotea del Departamento de Policía,  proyectando en el cielo nocturno la imagen de un murciélago, es memorable. A pesar de su cercanía, Gordon no conoce la verdadera identidad del justiciero. En cambio, todos contamos con ese privilegio. Batman es Bruce WayneBruno Díaz, según la traducción que todos conocemos-. Kane y Finger decidieron darle  un origen en Detective Comics No. 33 (noviembre de 1939). Lo idearon a los 8 años de edad. El pequeño Bruce asistió con sus acaudalados padres –el Dr. Thomas Wayne y su esposa Martha- al cine. Al salir fueron sorprendidos en un oscuro callejón por un ladrón –identificado años más tarde como Joe Chill- con pistola en mano. Al resistirse al asalto, los padres del pequeño fueron acribillados por el delincuente, mientras éste contempla la escena, aterrorizado. El delincuente huyó mientras el niño sollozaba sobre los cadáveres. Bruce creció bajo la custodia del fiel mayordomo de la familia Alfred Pennyworth. Estudió criminología, psicología, ciencias forenses, acrobacia y artes marciales. Se convirtió a sí mismo en un instrumento supremo de justicia: luchador, experto forense, amo de los disfraces y artista de las fugas a la altura de Harry Houdini. Al cumplir los 18 años utilizó su fortuna para viajar alrededor del mundo, en busca de quienes le pudieran enseñar cómo combatir al crimen. Al regresar años después a Ciudad Gótica, se da cuenta que sus habilidades no son suficientes. Es así como sucedió este famoso momento:
Un hombre joven, bien parecido, vestido con una elegante chaqueta, medita recorriendo las amplias habitaciones de su mansión ancestral, mientras las nubes ocultan a medias la luna.
El individuo musita. “Los delincuentes son un grupo supersticioso y cobarde, de manera que mi disfraz debe ser capaz de aterrorizarlos. Debe representar a una criatura nocturna, terrible, siniestra”.
Se escucha de pronto un estruendo, a la vez que se abre una ventana. Entra entonces volando un enorme murciélago en la habitación. “¡Un presagio! ¡Eso es!”, se entusiasma. “Me convertiré en un murciélago”.
Inicialmente, Kane tuvo varias inspiraciones para crear al personaje: en su niñez  se topó con un libro sobre Leonardo DaVinci, y quedó maravillado con la ilustración de una máquina voladora que el artista italiano había creado 500 años atrás. Esta mostraba a un individuo con unas enormes alas de murciélago y una inscripción que decía “su pájaro no debería tener otras alas que no fueran las de un murciélago”. Su segunda influencia fue –como dije- la película La marca del Zorro (1920), protagonizada por la leyenda del cine Douglas Fairbanks. El actor personificaba a un aburrido aristócrata durante el día, pero que por las noches se convertía en El Zorro. Ocultaba su rostro tras una máscara y salía de su cueva en su brioso caballo negro, para luchar a favor de los oprimidos. La tercera inspiración fue la sombría película Los susurros del Murciélago (1930) con Chester Morris, que interpretaba a un villano que vestía un disfraz de murciélago para cometer fechorías. También fue importante la atmósfera de otras famosas películas de la época, como Drácula (1931) de Tod Browning, estelarizada por Bela Lugosi. Kane también tuvo en cuenta el furor que despertaban héroes de la radio y de las novelas pulp, una forma literaria de gran popularidad en la década de los veintes y treintas. En estas, que recibieron su nombre por estar impresos en papel de baja calidad hecho con pulpa de madera, se desarrolló un género de gran popularidad, el relato detectivesco o hard boiled. Escritores como Raymond Chandler y Dashiell Hammet retrataron la sordidez del bajo mundo en historias donde sus duros detectives combaten el crimen en las calles, enfrentándose a la miseria, la corrupción y el vicio. Este género literario va a marcar el estilo del llamado Film Noir de los años cuarenta. Y en la línea detectivesca no podemos dejar de mencionar a Dick Tracy, el intrépido policía creado por el caricaturista Chester Gould, quien combatía a una grotesca galería de gángsteres empleando artefactos de alta tecnología, como su popular reloj de mano –este artefacto será llevado a notas altísimas en las películas del paladín y luchador de medio tiempo conocido como El Santo-. En el pulp también surgieron héroes como el aventurero Lamont Cranston, quien por las noches se convertía en La Sombra o Breet Reid, editor y dueño del periódico Sentinela, que por las noches se convertía en el Avispón Verde

2
El desdoblamiento de Bruce Wayne en Batman, si bien atractivo y emocionante, ejemplifica que el justiciero no se caracteriza por su sanidad mental. ¿Qué necesidad tiene una persona de su perfil –millonario, filántropo, parrandero empedernido- de cubrir su rostro para salir a enfrentar al fenómeno que marcó su infancia todas las noches, sometiéndose a todo tipo de riesgos? El psicólogo español Enrique Rojas  ha delimitado el que sería el perfil psicológico de una persona sana:
  1. Una persona madura y equilibrada debe ser consciente de sí misma desde un prisma de realismo. Esto es, conoce tanto sus actitudes como sus limitaciones.
  2. Cuenta con un modelo de identidad.
  3. Una persona equilibrada se comporta tal como es, procurando corregir los aspectos de su personalidad que no sean adecuados ni positivos para la convivencia.
  4. Cuenta con un proyecto de vida.
  5. Este proyecto de vida debe tener el menor número de contradicciones posibles.
  6. La estabilidad psicológica precisa conseguir una perfecta ecuación entre la vida afectiva y la intelectual.
  7. Es imprescindible contar con una organización temporal sana.
  8. Una persona equilibrada es dueña de sí misma, siendo capaz de resistir las presiones del ambiente y las circunstancias, sin perder por ello las riendas de su vida.
  9. En una persona madura, la sexualidad debe estar situada en un tercer o cuarto plano de interés.
  10. Se debe contar con una sana constitución temporal y psicológica.
Batman no posee una plena conciencia de sí mismo ni de sus acciones, y esto lo demuestra el hecho de que en muchas ocasiones extralimita sus capacidades en sus faenas diarias contra la delincuencia. Desde su infancia, Bruce Wayne sufrió la pérdida de sus padres, situación que le obligó a valerse por sí mismo –a pesar de los cuidados y las comodidades que le rodearon-  y crear un modelo de identidad propio –no tuvo a un padre o un hermano mayor como ejemplos-. Ni Bruce Wayne ni Batman poseen un modelo de vida, simplemente son arrastrados por las circunstancias y niegan la posibilidad de opciones al respecto. Batman se ocupa únicamente de su labor: acabar con el crimen en Ciudad Gótica y entiende esto como una responsabilidad que no puede rehusar. Batman no manifiesta ninguna ecuación entre su vida afectiva e intelectual. Se preocupa por el bienestar de quienes le rodean –como buen héroe- pero las relaciones interpersonales no son su principal preocupación. En él la parte dominante es la razón, aspecto que subsanó la carencia de afecto que sufrió desde la infancia.
Y si la psique de Batman no es la más saludable, la de sus adversarios de ninguna manera es mejor. Ese es precisamente su atractivo. La lucha del héroe contra la criminalidad no tendría el mismo impacto sin la colorida y variopinta galería de enemigos que desde hace décadas habitan las páginas de sus historias. Y no es que los gángsteres y demás delincuentes no sean menos peligrosos. Los villanos, tradicionalmente, son los que provocan el conflicto tan necesario en toda narración y resaltan las virtudes del héroe. “El bien no hace gran literatura”, dijo mi amigo Vicente Quirarte. Los villanos del detective oscuro tienen una gran deuda con los postulados del criminólogo italiano Cesare Lombroso (1835-1909), quien identificó al que llamaba delincuente loco moral, un individuo con personalidad antisocial dotado de una gran inteligencia, carente de sentimientos y remordimientos. Este tipo de sujetos fueron llamados posteriormente psicópatas y hoy, con más tiento, personas con trastorno social de la personalidad. Pero por lo que respecta a su apariencia, extravagante y casi monstruosa en muchos casos, se acerca a lo dicho por el erudito italiano: “los delincuentes representan una reversión a un tipo subhumano, caracterizados por un aspecto semejante a primates u hombres primitivos, como si se tratara de modernos salvajes cuyo comportamiento es contrario a las expectativas y reglar de la moderna sociedad civilizada”.  Esta tendencia fue explotada por Chester Gould en las ya mencionadas aventuras de Dick Tracy
Más allá de su apariencia, criminales de los tipos más variados son parte frecuente de las aventuras del héroe, casi todos contenidos en el Asilo Elizabeth Arkham para Criminales Dementes. Esta institución es muy semejante a incontables manicomios de la antigüedad, como el Asilo de Charenton o el hospital psiquiátrico de La Castañeda, que alojaron a Donatien Alphonse François, Marqués de Sade y a Gregorio Cárdenas Hernández, el estrangulador de Tacuba, respectivamente. Los contrincantes de Batman son dignos de pertenecer a un catálogo de enfermedades mentales: el megalómano Ra´s al Ghul; el Fiscal de Distrito convertido en criminal Harvey Dent, alias Dos caras; el pirómano Garfield Lynns, alias Luciérnaga; el especialista en fobias –y psicólogo- Jonathan Crane, alias El Espantapájaros; el obsesivo compulsivo Temple Fugate, alias El Relojero; o el esquizofrénico Jervis Tetch, alias El Sombrerero Loco. Tengo el honor de preceder a Alan Grant y Norm Breyfogle, creadores de algunas de las más interesantes adiciones a la mitología de Batman: el esquizofrénico Arnold Wesker apodado El Ventrílocuo; el gigantón con Síndrome de Klüver–Bucy Aaron Helzinger, alias Amygdala; el asesino serial con predilección por las armas punzocortantes Victor Zsasz; y el adolescente con tendencias anarquistas Lonnie Machin apodado, obviamente, Anarky, que no deja recordarme a la filosofía radical y violenta de Theodore John Kaczynski, mediáticamente conocido como el “Unabomber”.
Llegamos así al Guasón, tal vez el más emblemático villano de la historia del cómic. Enemigo natural de nuestro personaje, representa la antítesis de su naturaleza y métodos. Es un criminal psicópata, sádico e impredecible, que asesina a sus víctimas sólo por diversión. “Hay hombres que sólo quieren ver al mundo arder”, dice de nuevo Alfred. En su libro Los lenguajes del cómic, Daniel Barbieri dice: “el rostro caricaturesco del Guasón en las muy serias aventuras de Batman representa la abyección y la crueldad. Único rostro de caricatura en medio de figuras realistas, el Guasón se destaca por su absurdidad. Salpica de absurdo vicisitudes de otro modo demasiado previsibles. No por casualidad entre los coprotagonistas de la serie de Batman, el Guasón es desde siempre el que obtiene el mayor éxito, el enemigo preferido del lector”. El Guasón, creado por Kane y Finger, apareció por vez primera en Barman No. 1, en la primavera de 1940. Originalmente era un asesino con mucho humor que empleaba un veneno especial que aniquilaba a sus víctimas e imprimía en su rostro una macabra sonrisa. Estaba destinado a morir en su segunda aparición, pero los editores se dieron cuenta de su potencial y desde ese entonces se convirtió en una presencia frecuente en sus aventuras. Un par de años después paró de asesinar y se convirtió en un bromista que dejaba cáscaras de plátano en su escape para evitar ser capturado. Kane y Finger lo concibieron a partir de la imagen del actor alemán Conrad Veidt en la película expresionista El hombre que ríe (1928), adaptada de la novela de Víctor Hugo. Desde entonces, al igual que su enemigo, el Guasón ha tenido las más variadas encarnaciones, desde las más simpáticas hasta las más aterradoras y brutales. Entre las últimas –mi preferida- brilla la del malogrado actor Heath Ledger (1979-2008), quien el martes 22 de enero de 2008, aproximadamente a las 14:45 horas, tiempo local, fue encontrado muerto en su departamento del número 421 de Broome Street, en el barrio del Soho, en Manhattan, Nueva York. Se ha especulado incansablemente sobre las causas de su deceso. Depresión y suicidio son las más notables. Pero se mantendrá vivo gracias a su obra. Ledger recibió el prestigiado premio Oscar de manera póstuma por su interpretación como el Guasón en la segunda película de la saga de Christopher Nolan. Un alumno me preguntó si prefería al Guasón que encarnó Jack Nicholson (Tim Burton, 1989) o al del desaparecido Ledger, y sobre la validez de hacer nuevas versiones de una historia. Respondí que cada generación tiene el derecho de reinventar a sus clásicos y que son dos visiones actorales distintas sobre un personaje memorable, como igualmente entrañables son los Dráculas que personificaron Bela Lugosi, Christopher Lee y Gary Oldman. El crítico de cine Gustavo García describió al Guasón de Nicholson como un “vándalo estético”, más en deuda con la intención original de Kane y Finger y la oscuridad de los primeros años del señor Burton. El de Ledger se nutre del enfoque sombrío y profundamente psicológico de novelas gráficas como La broma asesina y El Asilo Arkham, pero sobre todo de la visión de un cineasta talentoso que apuesta por el realismo y por contextualizar las hazañas de un héroe del cómic a una época donde el crimen, la violencia interpersonal y la sed de justicia son preocupaciones de cada día. El Guasón de Ledger es un criminal despiadado, sin ataduras. “No tienes nada con qué amenazarme, nada que puedas hacerme con todas tus fuerzas”, advierte al héroe. Su único objetivo es el caos (“no se trata de dinero, sino de enviar un mensaje”) y poner en jaque a un gobierno que durante décadas alimentó al monstruo que ahora es incapaz de combatir. Eso me recuerda la interminable ola ejecuciones del narcotráfico reseñadas diariamente en los medios de comunicación. El Guasón de Ledger advierte algo aterrador por certero: “la locura es igual que la gravedad, sólo necesita un pequeño empujón”.

3
Ahora lo que nos reúne, mi afirmación sobre el vínculo entre Batman y la ciencia de la deducción. Como ya dije, el personaje es un ejemplo de tenacidad, disciplina y voluntad. Contra toda interpretación que haya podido dársele a lo largo de los años, la esencia del héroe es simple: desde una posición humana, combatir al fenómeno criminal con los recursos que ofrece la ciencia. Es cierto que el personaje pudo allegarse de estos medios gracias a su fortuna económica, pero la base de su esfuerzo puede explicarse desde un prisma de realismo. Es curioso que la Criminalística, disciplina en la que se apoya el detective, tenga raíces en la Francia donde vivió Eugene François Vidocq y posteriormente caminaría Alphonse Bertillon (1853-1914), el sabio francés que significó el matrimonio entre las ciencias exactas y la pesquisa criminal. En aquella época la Criminalística  era sólo un conjunto de técnicas y conocimientos sin ninguna sistematización clara, no muy comprobados ni verificables y, por consiguiente, falibles. Fue en 1894 en Graz, Austria, que el juez Hans Gross (1847-1915), hizo evidente la necesidad de una materia que pudiera erradicar la subjetividad y las falsas soluciones, conocimientos que plasmó en su Manual del Juez de Instrucción, Agentes de Policía y Policías Militares, cuyo objeto de estudio es el material sensible significativo localizado en la escena del crimen, también conocido como indicio, todo objeto, instrumento, huella, marca, rastro, señal o vestigio, que se usa y se produce respectivamente en la comisión de un hecho, sin importar cuán pequeño sea. Su estudio nos puede ayudar a establecer la identidad del perpetrador o la víctima de un hecho, a establecer la relación entre éstos y las circunstancias en que se consumó el crimen. El indicio es el más confiable testigo del crimen. Las personas mienten, los indicios no.
En su libro The forensic files of Batman, el escritor Doug Moench advierte adecuadamente la estrecha relación del detective con las ciencias forenses. Ya desde 1910 el criminólogo francés Edmond Locard observó que todo criminal deja una parte de sí en la víctima y la escena del delito, y se lleva algo consigo, deliberada o inadvertidamente. También descubrió que estos indicios pueden conducirnos a su identidad. El razonamiento lógico de Locard constituye hoy en día la piedra angular de la investigación científica de los crímenes y es conocido como principio de intercambio: “Es imposible que un criminal actúe, especialmente en la tensión del hecho criminal, sin dejar rastros de su presencia”. Locard, autor también de los siete volúmenes del Traité de Criminalistique, fundó el laboratorio de Criminalística de la ciudad de Lyon, Francia. Con un poco más de sofisticación que éste, Batman posee una base de operaciones – popularmente conocida como la Baticueva- dotada de todo tipo de equipo de laboratorio y cómputo, y lleva siempre consigo –en el que suele conocerse como baticinturón- instrumental para la búsqueda, localización, levantamiento y embalaje de indicios, los testigos mudos del crimen.
Moench habla en su libro de diversos tópicos, desde la Toxicología a la Balística, de los Incendios y Explosiones a los Indicios Dactilares. Documenta, por ejemplo, el primer encuentro de Batman con uno de sus contendientes más reconocidos. Una serie de muertes por afecciones cardiacas, hechos sin aparente conexión, llaman la atención del héroe. Todas las víctimas son hombres jóvenes, deportistas de la Universidad de Ciudad Gótica. El análisis de una mosca muerta en una escena del crimen le permite descubrir un potente alucinógeno que, eventualmente, le conduce a la identidad de su creador, el ya mencionado Jonathan Crane. El momento en que los dos oponentes se encontraron cara a cara por vez primera, uno vestido como un murciélago y el otro como un espantapájaros, resume la contundencia y posibilidades de la historieta de superhéroes.

4
No puedo evitar terminar esta plática con una de las más recientes encarnaciones del personaje, Batman: El Caballero de la Noche asciende (Christopher Nolan, 2012), una cinta que ha generado las opiniones más divididas. El sentir del crítico de cine Miguel Cane se ajusta muy bien a la situación: “Por lo tanto, la pregunta es, ¿conseguirá El Caballero de la Noche Asciende satisfacer la sed de perfección y mito? La respuesta es que semejante cosa no es posible. Y no porque la cinta no sea de calidad, que lo es, es simplemente que a estas alturas del poema, resulta imposible dar gusto a nadie. Habrá quienes la amen, habrán quienes la vilipendien, quienes se queden estupefactos, quienes se conmuevan hasta lo más hondo y no faltará quienes le encuentren defectos a todo. Es el precio de ser un filme tan anticipado, si bien está más allá del bien y del mal; no importa lo que se diga de ella, su leyenda la precede”. Cane tiene razón.  La dimensión del personaje se impone.
Acaso esa ocasión se vio verdaderamente opacada por los lamentables hechos ocurridos en el complejo de cines Century 16 en Aurora, Colorado, la noche del 20 de julio de este 2012. La matanza sin sentido que cometió el aspirante a Doctor en Neurociencias  James Eagan Holmes invita nuevamente al debate del tan popular fenómeno conocido como bullying y la facilidad de adquisición de armas de fuego en el vecino país del norte. Mientras cientos de espectadores observaban maravillados la película que esperaron por cuatro años, Holmes abrió fuego contra ellos utilizando un rifle Smith & Wesson M&P15, una escopeta Remington 870 Express y una pistola 2 Glock calibre 22. Recordemos por un momento a las 12 víctimas mortales:
1.      Alex Sullivan, que celebraba su cumpleaños 27
2.      John Larimer, miembro de 27 años de la marina estadounidense
3.      Jessica Redfield Ghawi, cronista deportiva de 24 años, quien antes sobrevivió un tiroteo en un centro comercial de Toronto
4.      Micayla Medek, joven de 23 años
5.      Jon Blunk, un joven de 26 años que sirvió de escudo a su novia, Jansen Young
6.      Alex Teves, de 24 años, quien recientemente obtuvo un grado de Maestría
7.      Alexander "AJ" Boik, de 18 años, quien recientemente se había graduado de la preparatoria
8.      Gordon Cowden, de 51 años y padre de dos
9.      Rebecca Wingo, de 32 años
10.  Matt McQuinn, de 27 años, quien protegía a su novia, Samantha Yowler
11.  Veronica Moser-Sullivan, una niña de 6 años, cuya madre Ashley Moser se encuentra en condición crítica
12.  Jesse Childress, sargento de 29 años de la Fuerza Aérea Estadounidense.
El calificativo víctima no sólo debe aplicarse a los caídos, sino a sus seres cercanos. Todos eran hijos de alguien, hermanos de alguien, esposos de alguien. Al menos dos murieron como héroes, sacrificaron sus vidas por el bienestar de otros. De las teorías de conspiración en torno a Holmes, su padre el Dr. Robert Holmes, el famoso escándalo Libor y la falta de cobertura de los medios informativos, hablaríamos en otro momento. El horror en que está envuelto es lo verdaderamente apremiante.

Como en la vida real, el héroe libra una guerra que sabe nunca podrá ganar del todo. Reconoce que son las pequeñas victorias las que le animan a seguir adelante. Hoy sigue enseñándome que los momentos de tragedia no nos definen tanto como las acciones que tomamos para lidiar con ellos. Es un hecho que nos sucederá a todos los presentes. Seguramente incendiará, como hace con nosotros desde nuestra infancia, la imaginación de sus hijos y nietos. En mayo próximo cumplirá 73 años de vida.  Pero Batman, al igual que los ideales que representa, es imperecedero. Así que sus años apenas comienzan.



Bibliografía
Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Fondo de Cultura Económica, México.
Jurgen, Thorwald. El siglo de la investigación criminal. Ed. Labor, México. 1966.
Langley, Travis. Batman and Psicologhy. A dark and stormy knight. John Wiley & sons, Nueva York. 2012.
Maldonado Aguirre, Alejandro. El delito y el arte. Instituto de Investigaciones Jurídicas. UNAM, México. 1994.
Moench, Doug. The forensic files of Batman. Ibooks, inc, Nueva York. 2004.
Moreno González, Rafael. Sherlock Holmes y la investigación criminalística. Instituto Nacional de Ciencias Penales, México. 2005.
Soderman, Harry; O´Cornnell, John J. Métodos modernos de Identificación Policíaca. 8ª edición. Ed. Limusa, México. 1986.
Symmons, Julian. Historia del relato policial. Bruguera, España. 1982.