Hace meses hablé sobre los aspectos que definen a las malaspelículas de horror. Si superas la indignación, si logras suspender tu buen gusto y sensatez, puedes llegar a disfrutarlas. Debe tratarse de una suerte de placer morboso, del deseo de mofarse de los desaciertos del otro. Las situaciones inverosímiles y absurdas, las pésimas actuaciones o los malogrados efectos especiales siempre son motivo de mis más escandalosas risas. Aderezan una noche aburrida frente a la televisión o una mañana dominical. Estrictamente desde un punto de vista profesional, estas cintas pueden ser una experiencia educativa. El creativo inteligente aprenderá de los errores que debe evitar a toda costa. Conocimiento por oposición, dirían algunos.
Todo esto viene a colación porque el otro día me topé en el SyFy channel, ese semillero de películas penosas, con El ataque del tiburón de dos cabezas, dirigida por Christopher Douglas y Olen Ray para la productora The Asylum, estudio especializado en cintas de bajo presupuesto y generalmente destinadas al video. En ella Carmen Electra, Brooke Hogan (hija de Hulk Hogan, el antiguo astro de la lucha libre) y un grupo de “actores” desconocidos luchan por salvarse del anormal escualo del título. Los detalles, si bien son terribles, son increíblemente divertidos, del tipo de “escaparé a nado del monstruo”, o “no sé usar un soplete marino ni nadar, pero repararé el barco”. Su atractivo –si puede considerarse así- es mostrar chicas voluptuosas y sin cerebro, en diminutos bikinis –o sin ellos-, que serán devoradas por el fenómeno en cuestión. Y especímenes similares abundan: Megatiburón contra el Pulpo gigante (Jack Pérez, 2009), Megapiraña (Eric Forsberg, 2010) o Megapitón contra Gatoroide (Mary Lambert, 2011), por sólo citar algunos. Los títulos son ya una advertencia por sí mismos.
Siempre me he preguntado si los productores de estas películas lo hacen con plena convicción de que están realizando una aportación valiosa al género, o si sólo ofrecen un producto comercial, sin ambiciones, que será desechado pronto de la memoria del espectador. Me inclino por lo segundo.