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martes, 9 de diciembre de 2014

Horrores a penique

Solían llamarse penny dreadfuls a las publicaciones periódicas que proliferaron en la Inglaterra del siglo XIX. Su baja calidad de impresión se reflejaba en su costo (el penique de su nombre) y eran dirigidas fundamentalmente a la clase trabajadora, ávida de una lectura de evasión acorde a sus magras posibilidades económicas. Sus temas eran mórbidos a todas luces: asesinatos arrancados de la nota roja, incestos, violaciones, accidentes ferroviarios, noticias de nacimientos de bebés deformes y demás tragedias. Uno de los más vendidos fue The string of pearls: A romance, aparecido entre 1846 y 1847 en The People's Periodical and Family Library. Daba cuenta del supuesto caso criminal, elevado a leyenda, de Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet. Traté el tema con Guadalupe Gutiérrez en el desaparecido podcast Testigosdel Crimen. Pero no nos desviemos. Todo era mayormente tomado de la realidad pero había cabida para la ficción. De la mano a los albores de la revolución industrial, los editores se dieron cuenta de su enorme potencial pues la lectura era considerada algo exclusivo de las clases acomodadas, quienes podían darse el “lujo” de comprar libros. Fue el momento donde se cobró consciencia del horror como un gran negocio.
El calificativo también da título a la serie de televisión coproducida por Estados Unidos e Inglaterra y creada por el laureado John Logan. El hombre es responsable de los guiones de Gladiador (Ridley Scott, 2000), La máquina del tiempo (Simon Wells y Gore Verbinski, 2002), El Aviador (Martin Scorsese, 2004), Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet (Tim Burton, 2007), Hugo (Martin Scorsese, 2011), Operación Skyfall (Sam Mendes, 2012) y la venidera aventura del espía al Servicio de su Majestad, Spectre, que también será dirigida por Mendes. En muchas formas, el premiado cineasta es también responsable de estas líneas. Logan, un dramaturgo oriundo de San Diego, California, escribe una propuesta profundamente respetuosa al espíritu de la época que tanto adoro, un auténtico homenaje a los mitos básicos de la literatura de horror que los amalgama a la perfección, de manera orgánica, sin lucir como un pastiche forzado ni pretensioso. En lo que a mí respecta, a unos cuantos días de finalizar el año, Penny dreadful es la mejor teleserie de 2014.
Londres, 22 de septiembre de 1891. En un sombrío y humilde hogar victoriano, una madre y su hija son brutalmente masacradas por un ser que no vemos a cuadro, mientras en otro lugar, de manera casi frenética, la psíquica Vanessa Ives (Eva Green) reza a una cruz colgada en su pared. El hecho despierta la duda del regreso del célebre criminal conocido como Jack el destripador. A la mañana siguiente, Ives asiste al espectáculo del encantador y sobresaliente tirador estadounidense Ethan Chadler (Josh Hartnett), a quien recluta para una misteriosa misión. Esa misma noche se reúnen con el acaudalado expedicionario Sir Malcolm Murray (Timothy Dalton), con quien acuden a un fumadero de opio y enfrentan la otredad, un mundo oculto para el resto de los mortales. Su encuentro los lleva a consultar al arrogante Víctor Frankenstein (Harry Treadaway), joven médico obsesionado con el estudio del cuerpo humano que aporta información relacionada, como revela en excéntrico egiptólogo Ferdinand Lyle (Simon Russell Beale), con el Libro de los Muertos de la cultura egipcia y un extraño significado relacionado con la sangre. Él invita a Sir Malcolm y Vanessa a una suntuosa reunión donde conocen al intrigante Dorian Gray (Reeve Carney) y a la espiritista Madame Kali (Helen McCrory), quien ayuda a abrir puertas que no deben ser cruzadas. Todos poseen demonios internos que inevitablemente saldrán a la luz.
En ocho episodios, el programa nos presenta con habilidad las principales preocupaciones de una época y la imaginación poderosa y perdurable de algunos de sus autores más sobresalientes, como Mary ShelleyBram Stoker y Oscar Wilde, además de hacer alusiones a brillantes poetas románticos como Percy Shelley, William Wordsworth y John Keats. Y ni qué decir del Paraíso perdido de John Milton o de la poderosa presencia de William Shakespeare, inevitable dados los inicios creativos de Logan. Al bondadoso Vincent Brand (Alun Armstrong), cabeza de una compañía de Grand Guignol, debo una de las líneas que más me conmovió de la serie. Y está dirigida a uno de los seres más inocentes e incomprendidos de la literatura: “Hay un lugar donde los malformados consiguen gracia. Donde los feos pueden ser hermosos. Donde lo extraño no es rechazado, sino celebrado. Ese lugar es el teatro”.

Un elenco preciso –en el que sobresale la inquietante belleza de Green-, espléndidas locaciones en la ciudad irlandesa de Dublín, una elegante fotografía de Xani Gimenez, una briosa partitura de Abel Korzeniowski y la dirección alternada de talentos como Juan Antonio Bayona –responsable de dirigir El Orfanato-, Dearbhla Walsh, Coky Giedroyc y James Hawes complementan de gran manera el talento de Logan. Su gran recepción, entre el público y la crítica, le valió automáticamente el mérito de una segunda temporada que sin duda todos los nuestros –los que amamos estos territorios- esperamos con ansia. Porque yo, como Ives, creo en maldiciones, creo en demonios y creo en monstruos. ¿Y tú? Las posibilidades de Penny dreadful son inmensas.

martes, 14 de octubre de 2014

Virus y vampiros (sin spoilers)

Escribir sobre películas o series de televisión que la mayoría de tus correligionarios –porque el horror y los vampiros son nuestro credo- no han visto, me supone un gran dilema. Lo último que deseo es estropear la sorpresa a nadie, fomentar la cultura del llamado spoiler. No olvido cómo un joven Homero Simpson dijo a su futura esposa Marge, al salir de ver El Imperio Contraataca (Irvin Kershner, 1980) y ante furiosos aficionados, “quién hubiera pensado que Darth Vader era el padre de Luke”. Como nos lo enseñó el amarillento personaje, no todos los spoilers son intencionales. Por otra parte, está mi entusiasmo. Es cierto que las obligaciones cotidianas muchas veces te impiden mantenerte actualizado, pero vivimos en un mundo globalizado donde se puede acceder con gran facilidad a la información gracias a la tecnología. Por ello, a más de cinco años de su publicación, hablaré mayormente sobre la trilogía de novelas que propició la serie de televisión desarrollada por Carlton Cuse –el mismo de Bates motel- que se estrenará –en Latinoamérica- en unas horas.
Lo primero que diré es que The Strain es una historia que reivindica al vampiro clásico que me gusta: malvado, consciente que se encuentra a la cabeza de la cadena alimenticia. No brilla ni vive en los bosques como las hadas de Disney ni los engendros de Sthepanie Meyer. Su procedencia es completamente –al menos en un principio- explicable desde la arista de la ciencia y la racionalidad. Lo vemos desde su título, La Cepa, tomado del nombre que da la Biología o la Epidemiología a variantes taxonómicas de virus, bacterias u hongos. Escritos por nuestro paisano Guillermo del Toro y el autor de ficción Chuck Hogan, los libros son un verdadero examen para los devotos del cineasta. Su universo completo está ahí, desde referencias a situaciones y personajes que bien conocemos a través de sus películas y menciones a sus obsesiones y sus seres amados, desde su esposa Lorenza hasta su cinefotógrafo de cabecera Guillermo Navarro. La narración entera, plena de detalles e historias tangenciales, fue concebida para ser trasladada a la pantalla chica. Este medio es el que más le conviene. En su momento se habló de la intención del tapatío de llevarla al cine, pero esto la hubiera limitado terriblemente. Cada uno de los libros ofrece, por lo menos, material para una temporada completa.
Me animé a ver la serie, estrenada en Estados Unidos hace varias semanas, gracias al internet y a la falta de respuesta de sus exhibidores –el Canal FX de Latinoamérica- en las redes sociales ante mis insistentes preguntas sobre su fecha de estreno en nuestro país. Su inicio, en deuda indiscutible con Drácula de Bram Stoker, es inmediatamente prometedor: Un enorme avión Boeing 767, procedente de Berlín, aterriza en el aeropuerto internacional John F. Kennedy de la Ciudad de Nueva York e inmediatamente interrumpe comunicaciones con las autoridades. Apaga sus luces interiores y tiene sus ventanillas cerradas, excepto una. La paranoia posterior al 11 de septiembre pone en alerta inmediata a todas las corporaciones gubernamentales, entre ellas el Centro de Control de Enfermedades (CDC, en sus siglas en inglés), por las enormes posibilidades de un nuevo ataque terrorista. Luego de una tensa espera, ingresan en el aparato. El primero en hacerlo es el Dr. Ephraim Goodweather (Corey Stoll), cabeza del Proyecto Canario de la institución, un grupo especial de respuesta rápida a amenazas biológicas. Junto a su colega, la Dra. Nora Martínez (Mía Maestro), hace un terrible descubrimiento: sus 206 ocupantes –pasajeros y tripulación- están muertos y hay cuatro sobrevivientes. Este es el inicio de una pesadilla que amenaza con diezmar a la humanidad. “El fin de nuestra civilización es el inicio de la suya”, decía su publicidad. Esto llevará a los científicos a integrarse a un poco ortodoxo equipo de cazadores de vampiros: el ucraniano exterminador de ratas Vasiliy Fet (Kevin Durand) y el pandillero latino Agustín Elizalde (Miguel Gómez), todos dirigidos por el anciano Abraham Setrakian (David Bradley), sobreviviente del Holocausto Nazi que ha visto dos rostros de la verdadera maldad. Todo envuelve la llegada de Jusef Sardú, también conocido como El Amo (el gigantón Robert Maillet con la voz de Robin Atkin Downes), ayudado por su acólito Thomas Eichhorst (Richard Sammel) y la alianza profana que hizo con el moribundo magnate Eldritch Palmer (Jonathan Hyde), cabeza del siniestro Grupo Stoneheart y homenaje a la novela Los tres estigmas de Eldritch Palmer de Phillip K. Dick.
La factura del programa es impecable, desde su fotografía (debemos la de cuatro episodios al mexicano Gabriel Beristáin, quien ya colaboró con “El Gordo” en Blade 2) hasta su puesta en escena que da vida de forma convincente a los monstruos tal y como fueron concebidos por Del Toro y Hogan. También están sus guiños, desde la narración de Lance Henriksen, la fugaz aparición del mago del maquillaje Rick Baker hasta la de Doug Jones, a quienes recordarán como Abe Sapien en el –aún- díptico de Hellboy o como el Fauno en la más laureada de sus obras.
Y repito que todo está ahí, como sus tan queridos subterráneos. Su Goodweather no es otro que el epidemiólogo Peter Mann (Jeremy Northam) de Mimic (1997) o el malvado Palmer, ansioso por obtener la vida eterna, es sin duda el Dieter de la Guardia (Claudio Brook) de su ópera prima La invención de Cronos (1992) o el decadente vampiro Eli Damaskinos (Thomas Kretschmann) de Blade 2 (2002), con sus órganos corporales en frascos de vidrio. Los vampiros de la dupla provienen sin duda de la cepa bautizada como Reaper en Blade 2, calvos y con ese apéndice en sus bocas con el que beben la sangre de sus víctimas en lugar de los tradicionales colmillos.

Antes que la serie concluyera su primera temporada, por su gran aceptación entre el público y la crítica, sus productores anunciaron la realización de una segunda. Ya comentaremos más de ella en un futuro no lejano.

martes, 5 de agosto de 2014

Divino caníbal, o sobre Hannibal Lecter (2)

Imagino que en sus días universitarios, el joven Thomas Harris no imaginaba que crearía a uno de los personajes más relevantes de la ficción contemporánea. Nació en Jackson, Tennessee, en abril de 1940, pero estudió en la Universidad Baylor de Waco, Texas. Tenía muy claro que tendría una carrera en el periodismo. Corrían los turbulentos años sesenta y ya tenía una modesta posición en el periódico local, el Waco Tribune-Herald, cubriendo las noticias policíacas. A finales de la década, migró a Nueva York, donde comenzó a trabajar para la Associated Press. Viajó por el mundo, como corresponsal. Se dio cuenta que todas sus vivencias le permitirían llevar su vocación al siguiente nivel: quería ser escritor de ficción. En ese momento advirtió lo que hace algún tiempo me dijo mi amigo Bernardo Fernández, Bef: “debes documentar bien tus mentiras si deseas que la gente las crea”. Publicó así en 1975 su primera novela, Domingo negro, una trepidante historia donde un grupo terrorista palestino planeaba realizar un atentado en suelo estadounidense empleando el ficticio dirigible Aldritch (en su adaptación fílmica de 1977, dirigida por John Frankenheimer, era el de la llantera Goodyear) que estallaría durante el Super Bowl, asesinando a cientos de inocentes. El libro, inspirado en la crisis de rehenes ocurrida durante la Olimpiada de Munich en 1972, tuvo un éxito moderado. Lo mismo ocurrió con su versión cinematográfica, pese a las altas expectativas que generó. Pero para el literato debutante era sólo el calentamiento.
Durante sus días como reportero policíaco, Harris se familiarizó con el trabajo de la recién nacida Unidad de Ciencias del Comportamiento del Buró Federal de Investigaciones, con sede en su academia de Quantico, Virginia. El organismo tenía el propósito de auxiliar a las corporaciones policiacas del país –y de otras naciones- a investigar las raíces de los crímenes violentos y aparentemente sin motivos, con el propósito de prevenirlos y detenerlos. Se entrevistó con uno de sus principales integrantes, el agente especial Robert Ressler, un antiguo militar que no sólo contribuyó en la cacería de algunos de los más infames homicidas de Estados Unidos, como Richard Trenton Chase –el vampiro de Sacramento- y Jeffrey Dahmer –el caníbal de Milwaukee-, sino que acuñó el calificativo que definió a todos los modernos monstruos de su clase, un término que es uno de los favoritos de muchos para identificar al Mal en su forma más pura y realista: asesinos en serie. Harris también se acercó a uno de los más notables colaboradores de Ressler, el agente especial John Douglas, quien interrogó en su cautiverio a decenas de terribles figuras como David Berkowitz –el Hijo de Sam-, Ted Bundy, Edmund Kemper, Dennis Rader –el asesino BTK- y Richard Speck, con la finalidad de obtener información que serviría en la captura de futuros delincuentes como ellos. Estos datos permitieron la creación del Programa para la Aprehensión de Criminales Violentos (ViCAP por sus siglas en inglés) y, sin duda, que Harris acopiara inspiración para escribir su siguiente novela. Pero sobre ella, y la saga que comenzó, hablaremos la siguiente semana.
Hoy, Harris es un hombre de 74 años de edad, alejado de la vida pública, amante de la buena cocina, que alterna su residencia entre el sur Florida y Nueva York. Es de los pocos autores vivos que pueden jactarse de que todas sus obras (5 novelas) se han llevado a la pantalla grande. Goza de la popularidad que le otorgó crear a uno de los más grandes villanos de los últimos tiempos. Y ni qué decir de las millonarias ganancias que esto supone. Su Hannibal Lecter, como las creaciones perdurables, posee vidas inagotables.

Las cuatro novelas que escribió Thomas Harris que tienen como constante a Hannibal Lecter, son un verdadero catálogo de enfermedades mentales, una suerte de torcido bestiario o un catálogo de perversiones. Dragón rojo (1981) nos presentó a Will Graham, un antiguo miembro de la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI que es sacado del retiro para atrapar al elusivo asesino en serie que los medios apodaron El hada de los dientes, un demente que masacra familias durante los ciclos de luna llena. Para ello, Will solicita ayuda al monstruo que estuvo a punto de matarlo, “el segundo psicópata que capturó”: el brillante psiquiatra y caníbal Hannibal Lecter. Aunque éste no es el antagonista de la novela y sólo aparece por breves momentos del relato en su celda en el Hospital Psiquiátrico de Baltimore, Maryland, el peso de Lecter en la trama es notable. El  verdadero villano es Francis Dolarhyde, y Harris lo describe así:Al cabo de cuatro horas la llevaron a la sala de partos, donde nació Francis Dolarhyde. El obstetra dijo que parecía «más un murciélago de nariz aplastada que un bebé», otra verdad. Nació con cortes bilaterales en su labio superior y en la parte anterior y posterior del paladar. La parte central de su boca no estaba sujeta y sobresalía. Su nariz era chata. […] Un cirujano del hospital municipal hizo todo lo que estaba dentro de sus posibilidades por Francis Dolarhyde, contrayendo en primer lugar la sección frontal de su boca con una banda elástica, luego cerrando las aberturas de su labio por medio de una técnica de superposición rectangular, hoy en día totalmente anticuada. El resultado de los cosméticos no fue satisfactorio.
Dolarhyde y Lecter no son los únicos psicópatas mencionados por el autor. También hay una pincelada de Garret Jacob Hobbs:
Garmon Evans, un ex asistente médico del Hospital Naval de Bethesda, dijo que Graham fue alojado en el pabellón de psiquiatría poco después de haber matado a Garrett Jacob Hobbs, el “Gavilán de Minnesota”. Graham dio muerte de un disparo a Hobbs en 1975, cerrando el octavo mes de reinado de terror de Hobbs en Minneápolis.
El actor Vladimir Jon Cubrt lo interpreta en la reciente serie televisiva.
Sobra decir que el libro fue un éxito de ventas. Fue llevado al cine en 1986 por el cineasta Michael Mann bajo el título de Manhunter –recuerdo que aquí le titularon Sabueso-, con Willian Petersen –con un look similar al que usaba Richard Dreyfuss en la época- como Graham –esto le valió que años después lo convocaran como el criminalista Gil Grissom en la serie CSI-, Tom Noonan como Dolarhyde, Dennis Farina como Jack Crawford y el británico Brian Cox como Hannibal Lektor –no lo escribí mal-. El furor que despertó la adaptación del posterior libro de Harris y el afán de sus productores –el talentoso Dino De Laurentiis- por no perder sus derechos propiciaron un remake en 2002 –titulado correctamente Dragón rojo-, dirigido por Brett Ratner, con Edward Norton como Graham, Ralph Fiennes como Dolarhyde, Harvey Keitel como Crawford y Sir Anthony Hopkins repitiendo por tercera ocasión el papel que le valió un Óscar.
Harris y sus editores tuvieron esto en cuenta para la segunda novela de lo que bautizaron La saga de Hannibal Lecter, El silencio de los corderos (1988), donde ahora la aspirante a agente del FBI Clarice Starling se da a la captura de un nuevo psicópata, Buffallo Bill. El nombre real del criminal es Jame Gumb, y Harris nos ofrece una descripción:
En la ducha se hallaba Jame Gumb, varón, de raza blanca, treinta y cuatro años, metro ochenta y cinco de estatura, noventa y dos kilos de peso, sin señales especiales que lo caractericen. Pronuncia su nombre de pila como James pero sin la s. Jame. Insiste en que se diga así.
Ya platicamos de la laureada película que el libro inspiró en 1991. Ahí lo interpretó el actor Ted Levine –todos lo recordamos bailando la canción Goodbye horses de Q Lazzarus-, así que me salto al siguiente.
La saga continuó en 1999 con la novela Hannibal, donde Harris mudó al divino caníbal  la ciudad de Florencia, Italia, donde se mueve como pez en el agua en medio de su bella arquitectura, sus paisajes y sus encantadoras cafeterías al aire libre. A través de Rinaldo Pazzi, codicioso policía italiano que descubre al Monstruo, nos enteramos de las andanzas del asesino conocido como Il Mostro:
“Il Mostro”, el monstruo de Florencia, había hecho estragos entre las parejas toscanas durante diecisiete años, en las décadas de los ochenta y los noventa. Asaltaba a los amantes en cualquiera de los muchos nidos de amor al aire libre de la región. Su pauta era matarlos con una pistola de pequeño calibre, formar con sus cuerpos un meticuloso cuadro adornado con flores y dejar al descubierto el seno izquierdo de la mujer. De sus composiciones se desprendía un aire extrañamente familiar, una sensación de “déjá vu”. […] El Monstruo se llevaba de la escena del crimen ciertos trofeos anatómicos, excepto la vez que asesinó a una pareja de melenudos homosexuales alemanes, al parecer por error.
Y el gran malvado del libro es el multimillonario heredero de un Imperio carnicero Mason Verger, pedófilo, antiguo paciente de Lecter y su segunda víctima sobreviviente, quien busca vengarse a toda costa de su victimario:
Mason Verger, sin labios ni nariz, sin tejido blando en el rostro, era todo dientes, como una criatura de las profundidades marinas. Acostumbrados como estamos a las máscaras, la conmoción ante semejante vista no es inmediata. La sacudida sólo llega cuando comprendemos que aquél es un rostro humano tras el cual hay un ser pensante. Nos produce escalofríos con sus movimientos, con la articulación de la mandíbula, con el girar del ojo para mirarnos. Para mirar una cara normal. […] El cabello de Mason Verger era hermoso y, sin embargo, era lo que más difícil resultaba de mirar. Moreno con mechones grises, estaba trenzado formando una cola de caballo lo bastante larga como para alcanzar el suelo si se la pasaran por detrás del almohadón. En ese momento estaba enroscada sobre su pecho encima del respirador en forma de caparazón de tortuga. Cabello humano creciendo de un cráneo arruinado, con las vueltas brillando como escamas superpuestas.
En la versión cinematográfica de la novela que Ridley Scott dirigió en 2001, lo interpretó –si crédito, seguramente a petición del actor- el inglés Gary Oldman. Antes que auto mutilara su rostro –con ayuda de Lecter-, según la reciente serie de televisión, es interpretado por Michel Pitt.
Una víctima de Verger –discriminada en la cinta de Scott- es su hermana Margot:
Vista de cerca, era evidente que se trataba de una mujer. Margot Verger le tendió la mano con el brazo rígido desde el hombro. Estaba claro que practicaba el culturismo. Bajo el cuello nervudo, los hombros y los brazos macizos tensaban el tejido de su polo de tenis. Los ojos tenían un brillo seco y parecían irritados, como si padecieran escasez de lágrimas. Llevaba pantalones de montar de sarga y botas sin espuelas […] Los enormes muslos de Margot Verger hacían sisear la sarga de sus pantalones mientras subía la escalera. Su pelo trigueño era lo bastante ralo como para que Starling se preguntara si tomaría esteroides y tendría que sujetarse el clítoris con cinta adhesiva”.
En la serie televisiva la encarna la bella actriz canadiense Katherine Isabelle, aunque en palabras de Harris es más semejante a la entrenadora Shannon Beiste (Dot-Marie Jones) del programa musical Glee.
La más reciente novela de Harris, Hannibal, el origen del mal (2006) representa para mí un gran dilema. ¿Necesitaba Hannibal Lecter que su creador le diera un origen? No lo creo. Sé que una exigencia en la investigación criminal, requisito de la Criminología, es conocer los motivos que llevan a una persona a convertirse en asaltante o asesino. Esta necesidad ha sido tomada con entusiasmo por las bellas artes, sea como el legítimo medio para conocer mejor a un personaje o para aprovechar sus virtudes comerciales. Piénsenlo bien. ¿Alguien conoce cómo fue la infancia de la Malvada Reina de Blanca Nieves, o si el Capitán Garfio era un niño maltratado? No es necesario. Así me lo recuerda la muy reciente Maléfica. El mal existe y a veces sólo necesitamos saber eso. Bram Stoker nunca nos habló del origen de Drácula, ni de su relación con sus tres novias en su castillo. Se limitó a darle una vaga historia según la contó a Abraham Van Helsing “su amigo Armenius de la Universidad de Budapest”. Los grandes villanos no siempre requieren un origen. Los espacios en blanco y las interrogantes hacen trabajar la imaginación del lector, lo obligan a poner atención a los pequeños detalles que explican la personalidad del personaje. El exceso de datos no siempre se agradece. Prefiero quedarme con la biografía parcial que Harris nos ofreció en Dragón Rojo y El silencio de los corderos –su polidactilia, sus aficiones por el buen comer y las bellas artes, su historial criminal, la incapacidad de las herramientas psicológicas para penetrar en su mente-. No me gustan sus raíces como un noble lituano, que unos rapaces de la II Guerra Mundial hubieran devorado a su hermanita Mischa, su formación en artes marciales –habilidades nunca manifestadas en sus dos primeras aventuras- y el amor que casi terminó por redimirlo. Todo no hace más que debilitar el aura de misterio que lo rodeaba y lo hace –al menos para mi- menos atractivo. En fin. En gustos se rompen géneros ¿Ustedes qué opinan?

viernes, 1 de agosto de 2014

Divino caníbal, o sobre Hannibal Lecter (1)

Dos policías llevan su segunda cena a un hombre en el inicio de sus cincuentas, vestido de blanco y convenientemente encerrado en una amplia jaula. El prisionero está rodeado de sus libros y dibujos, y escucha afablemente Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach. El menú de la noche: chuletas de cordero, casi crudas, acompañadas de una guarnición de guisantes, granos de elote y una papa horneada. Los guardias, respetuosos pero precavidos, ordenan al custodiado ponerse contra los barrotes para esposarlo. Seguros de su inmobilidad, uno de los uniformados penetra en la jaula con el manjar, incluso procura no manchar los papeles que descansan en el escritorio. Antes de que puedan reaccionar, el hombre de blanco coloca las esposas al improvisado maître: se ha liberado con el alma de un bolígrafo que hábilmente escondió en su boca. Como un relámpago muerde el rostro del otro uniformado, luego le vacía su gas lacrimógeno antes de golpear repetidamente su cabeza contra la estructura metálica. El policía esposado grita de horror antes que el hombre de blanco, con el rostro ensangrentado y una expresión serena, le destroce el cráneo con su propio tolete. Los dos guardianes yacen inertes, en sendos charcos de sangre, mientras el homicida disfruta los últimos acordes su melodía. Su nombre, Hannibal Lecter. Su profesión, psiquiatra. Su naturaleza, asesino antropófago.
La anterior es una escena memorable de El silencio de los inocentes, adaptación cinematográfica de la novela homónima (se titula originalmente El silencio de los corderos) de Thomas Harris. Esta cinta valió a sus artífices, en 1991, incontables premios y el reconocimiento de la crítica y el público. Según la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, es una película perfecta: ganó su prestigiado premio Óscar como Mejor Película, al Mejor Director (para Jonathan Demme), Mejor Guión Adaptado (para Ted Tally), Mejor Actor (para Anthony Hopkins) y Mejor Actriz (para Jodie Foster). Más allá, legitima a “todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía”, como bien asegura el investigador y crítico de cine Rafael Aviña.
El silencio de los inocentes es una cinta, que a casi 25 años de distancia, no puedo evitar volver a ver cuando la transmiten por televisión. Y ese efecto –que comparto con muchos- lo advirtieron muy bien Mario Candia Gómez y la Cineteca Alameda de San Luis Potosí cuando decidieron programarla dentro de su ciclo de cine “Asesinos seriales”, que tuve el placer de clausurar el sábado anterior. Con una selección compuesta de especímenes de varias partes del mundo, la muestra presentó a los espectadores una visión panorámica de estos modernos monstruos trastocados en figuras admiradas en el nuevo milenio. Y de ello sabe un poco Stephen King, quien dijo que Hannibal Lecter es el Conde Drácula de la era de las computadoras y los teléfonos celulares.

Sin importar la admiración que le tengamos, no podemos evitar reconocer la terrible verdad: Hannibal Lecter es un psicópata. Encantador, refinado, inteligente y carismático, indudablemente, pero un psicópata más allá de toda redención. Por ejemplo, su reciente vida televisiva –de la que posteriormente hablaremos- hace alarde de sus destrezas culinarias. En lo personal, después de verlo en acción no puedo evitar sentir un gran apetito. Lo curioso es que poco nos importa su ingrediente principal: carne humana. Es un antropófago y un asesino en serie despiadado. A nuestros ojos, sus víctimas pueden merecer su fatal destino. Su infame naturaleza le brinda cierta justificación. Pedófilos, cazadores y funcionarios corruptos son algunas de sus presas predilectas. “Creo que hay personas socialmente inaceptables y tienen el derecho de morir”, se dice el Caníbal, quien odia la descortesía y la vulgaridad. Nosotros elegimos pasar por alto los pecados del criminal porque no nos encontramos entre sus potenciales corderos de sacrificio.
Ese es un claro efecto que buscan muchos especímenes de la ficción contemporánea: lograr que el público se identifique con sus personajes, antihéroes a todas luces, sin importar su vocación. Más allá, que se ponga de su lado y se preocupe por su suerte cada vez que está por caer sobre ellos el peso de la Justicia. Ocurre algo semejante con Dexter Morgan, el alegre hematólogo forense, padre de familia, leal hermano y asesino serial de medio tiempo creado por el novelista estadounidense Jeffrey Lindsay –e interpretado en la televisión por Michael C. Hall, de quien hablaremos en otro momento- o el apocado profesor de Química convertido en narcotraficante Walter White (Bryan Cranston) en la laureada teleserie Breaking bad. Ambos casos, el de Dexter y White, dejaron un hueco en la televisión de nuestros días, imposible de llenar.
No debe extrañarnos nuestra respuesta. Algunos héroes se mueven en la misma línea. En su primera aparición, paralela a la del protagonista, James Gordon –detective en ese entonces- reprobaba las correrías de Batman, porque en esencia se encontraba al margen de la ley. En aras de conseguir un bien mayor, el enmascarado no dudaba en cometer delitos como lesiones, amenazas, privación ilegal de la libertad, daño en propiedad ajena o allanamiento de morada. Y ni hablar del valor legal que tendrían las evidencias que vincularan a sus enemigos con actividades criminales. “En su momento, Batman pagará por sus delitos”, aseguró a los medios el Fiscal de Distrito Harvey Dent (Aaron Eckhart) en la segunda entrega de la saga de Christopher Nolan. Ambos –Gordon y Dent- atestiguaron que si bien sus métodos eran diferentes a los del hombre murciélago, compartían ideales. ¿El fin justifica entonces los medios?

Pero el moverse por encima de la Ley, sobrepasar las normas creadas por el hombre, ha permitido a Lecter posicionarse poderosamente en nuestros afectos. Más porque representa la oscuridad que todos llevamos dentro. ¿Quién, en algún momento de nuestras vidas, no ha deseado matar a alguien? Sea al abusador que nos victimiza todos los días en la escuela, a la persona que nos traicionó o rompió el corazón, al profesor que utiliza su posición para martirizarnos indebidamene, al jefe que abusa impunemente de su autoridad o al conductor de un vehículo de transporte público que casi nos provoca chocar en nuestro vehículo. Nos detenemos por muchas razones, llámenles moral, ética, religión o leyes. Lecter no tiene esas ataduras. Por eso es tan atrayente. Realiza lo que nosotros no. Al final, lo más prohibido es lo más deseado.

martes, 1 de abril de 2014

¡Feliz Día de los Locos!

Hoy celebramos un día más del muy estadounidense April Fool´s Day, símil de nuestro Día de los Inocentes, fecha en que suelen gastarse todo tipo de bromas y conocida por algunos autores como el Día de los locos.
La ocasión es atractiva porque fue el día que eligieron el escritor norteamericano Grant Morrison y el talentoso ilustrador Dave McKean (mejor conocido por sus cubiertas para la serie Sandman) para ambientar su celebrada novela gráfica Arkham Asylum, a serious house on serious Earth (1989). La publicación, sin duda beneficiada por la muy reconocida película de Tim Burton, tuvo un éxito sin precedentes. Es un estudio de los mayores traumas de Batman, presentado por los autores como una construcción simbólica, vaga y sombría, y una poderosamente macabra reinterpretación de los personajes clásicos de la historieta. Esta es la trama: en un primero de abril, el Guasón lidera un motín en el conocido manicomio y obliga a Batman a adentrarse en él con la amenaza de sacar un ojo a una joven rehén. De forma paralela descubrimos la tortuosa historia del fundador de la institución, Amadeus Arkham, su descenso a la locura y su intento por contenerla.
Tal vez el elemento más atractivo de la historia es el Guasón, que sin duda da miedo. Según testimonios de personas cercanas, fue una de las inspiraciones que el desventurado Heath Ledger utilizó para construir su papel de Batman, el caballero de la noche.

Sin duda es una novela gráfica que debe estar en el librero de todo diletante de lo truculento.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Exorcista de las cuatro décadas

Una noche como hoy, hace exactamente 40 años, cientos de personas observaron con alivio los últimos momentos de El Exorcista, el sexto largometraje del director estadounidense William Friedkin. Dudo que él imaginara la dimensión que alcanzaría su obra, que motivó un alud de cintas sobre posesiones demoníacas, desprendió dos desiguales secuelas, un par de precuelas (una hecha dos veces, en realidad), propició incontables parodias e imitaciones de diversas calidades. Costó poco más de 10 millones de dólares y ha recaudado, hasta la fecha, más de 440.
La novela homónima de William Peter Blatty, adaptada para la pantalla por él mismo, ofrece la materia prima perfecta para un clásico. Y le sigue sin duda su reparto afortunado y preciso: Ellen Burstyn como la atribulada actriz Chris McNeill, Jack MacGowran (el Profesor Abronsius de La danza de los vampiros) como el borrachín director de cine Burke Dennings, Max von Sydow como el experimentado Exorcista Lankster Merrin, Jason Miller como el atormentado sacerdote y psicólogo de medio tiempo Damien Karras, Lee J. Cobb como el cinéfilo y detective William Kinderman y, por supuesto, la entonces preadolescente Linda Blair como Regan McNeill, la desgraciada presa del demonio Pazuzu. Todo aderezado con las ya míticas Campanas tubulares de Mike Oldfield, tema musical que ha sido empleado en una variedad incontable de formas. Su horror contenido, que no necesita pilas de cadáveres o se sustenta en sus prodigiosos efectos especiales –innovadores para entonces-, es sobrecogedor hasta el final del metraje.
Todos conocemos su trama, y aun así volvemos a disfrutarla como el primer día cada vez que la reencontramos: la hija de padres divorciados que se establece con su madre en la ciudad de Georgestown, Washington, es poseída por una entidad malévola. Es sometida a una interminable, tortuosa e inútil serie de estudios médicos para descartar males físicos. La Psicología tampoco demuestra mucha eficacia y finalmente se llega al reconocimiento que la solución se encuentra en los territorios de la fe.

Alrededor suyo se tejieron toda serie de inquietantes leyendas que sólo contribuyeron a su incrementar su perdurabilidad: maldiciones, muertes misteriosas, sucesos sobrenaturales en los sets de filmación y sacerdotes llevados para bendecirlos (William O'Malley, que interpretaba al Padre Joseph Dyer, era reverendo en la vida real) y un destino funesto para sus actores. Si no lo creen, pregunten a Blair –hoy una mujer de 54 años-, cuya carrera actoral nunca despegó pese a su mítico personaje y se vio obligada a repetirlo en la poco agraciada El Exorcista II, el Hereje (John Boorman, 1977) o en la infame Reposeída (Bob Logan, 1990), comedia diseñada para el lucimiento del veterano Leslie Nielsen.

Sus escenas viven en las pesadillas de muchos, desde la aparición del demonio en el desértico Irak, las “ratas” que se pasean en el ático, el comportamiento perturbador de Regan, las apariciones fugaces –sólo para el espectador- en la oscuridad de su habitación, las cosas volando violentamente en el lugar, el vómito de sopa de chícharos, la cabeza giratoria de la chica, sus insultos (en la voz de Mercedes McCambridge), las alusiones sexuales y el estremecedor desenlace en las escaleras de la calle M de Georgestown, auténtico acto de lucidez, fortaleza y heroísmo.

El Exorcista se ganó con creces sus dos premios Óscar en 1974 (por Mejor mezcla de sonido y Mejor guión adaptado, aunque fue nominada a Mejor película, una auténtica hazaña para el género), su ingreso en 2010 al Registro Nacional de Películas de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos pero sobre todo su lugar inamovible en nuestra memoria y corazones. Me alegra pensar que la veré cumplir 50 años y, si me mantengo en buena forma, 75. Porque diferencia nuestra, la película no envejece. Hace un rato acabo de verla por enésima ocasión (la primera fue en el monstruoso reproductor Betamax de un tío, a escondidas, cuando tenía siete u ocho años) y debo reconocer que se mantiene tan vigente como entonces. Envidio a todos los que se asustaron en las salas de cine aquél 26 de diciembre de 1973. Significó el cierre de un gran año. 

martes, 1 de octubre de 2013

Sobre el final (final) de Dexter

No todas las relaciones humanas terminan de la mejor manera. Al final, con el beneficio de la distancia, podemos identificar los mejores momentos, valorarlos adecuadamente y atesorarlos. Lo cierto es que no siempre se obtiene la conclusión deseada. Lo digo porque ayer, luego de 7 años y 8 temporadas, vi el final (final, como diría el clásico No empujen) de Dexter. Desde su penúltimo episodio tengo sentimientos encontrados por situaciones que nunca podré asimilar del todo. Contradicen lo que hizo tan entrañable a un asesino en serie que siempre se distinguió por su frialdad, temple, eficiencia y capacidad analítica. “Dejaré al malo de malolandia atado al lado de un peligroso juego de cuchillos porque estoy seguro que no podrá llegar a ellos” o “Ya no quiero matar. Es más poderoso el amor”.
Como bien declaró la estrella del programa Michael C. Hall, el desenlace polarizará a los aficionados. Habrá quienes lo odien y quienes lo amen. Yo, como Marge Simpson, pienso que es un final y ya. Pero creo que nuestro héroe se merecía un mejor destino. Me hubiera gustado más verlo perderse definitivamente en su aliado el mar, en su Rebanada de vida y en medio de la tormenta, como el justiciero que parte hacia el ocaso. Y sin embargo eligió vivir en consecuencia a sus acciones, en una especie de purgatorio auto impuesto tal como hizo su honesta hermana, quien verdaderamente se merecía un final feliz.
La serie tuvo excelentes momentos. ¿Recuerdan a Dexter parando con un golpe en la frente (aquí en México le decimos sape)a una víctima que le lanzaba una maldición, sacando a un cadáver de un hotel –a la vista de todos- en un carrito de equipaje o presenciando el suicidio de un reo que cumplía cadena perpetua –frente a un autobús- y engañó a sus custodios sólo para saborear un helado que tanto disfrutaba en su infancia? O la aparición de Peter Weller, el añorado RoboCop, como un ex policía poco escrupuloso. También hubieron baches argumentales. ¿Cómo pudo Dexter bajar un cuerpo inerte desde la azotea de un rascacielos custodiado por policías o cómo evadió siempre la acción de la justicia cuando el cerco se cerraba inminentemente? Pero eso, como decía Arturo de Córdova, no tiene la menor importancia. Y no puedo evitar reconocer el atractivo de sus enemigos: el cazador de monstruos Frank Lundy (Keith Carradine), Arthur Mitchell el Asesino de la Trinidad (John Lithgow), el motivador asesino Jordan Chase (Jonny Lee Miller), James Gellar alias El Asesino del Juicio Final (Edward James Olmos) y su esbirro Travis Marshall (Colin Hanks), el mafioso ucraniano Isaak Sirko (Ray Stevenson), la bella envenenadora Hannah McKay (Yvonne Strahovski) y el malvado Neurocirujano Oliver Saxon (Darri Ingolfsson), reflejo perfecto de lo que nuestro paladín pudo ser sin el beneficio de un código de ética.
He ahí lo esencial, el siempre brillante eje de la historia. ¿Puede encausarse positivamente la energía destructiva de un psicópata? Y ahora viene la pregunta más grande de todas. ¿Será Dexter capaz de acallar a su Pasajero Oscuro? Esas urgencias no desaparecen fácilmente. Son como una adicción en la que irremediablemente se recae en algún momento. Pero eso ya no importa. El punto final se ha escrito. ¿O será que sus productores dejaron abierta la posibilidad de un regreso? Sinceramente espero que no.

Gracias Dexter por ofrecerme algunos de los momentos más gratos que he vivido en la pantalla chica contemporánea. Siempre podré regresar a ti en las incontables repeticiones que se harán de tus aventuras. Lo que sé es que la televisión no volverá a ser la misma sin ti. 

martes, 10 de septiembre de 2013

Sobre el final de temporada de Bates motel

Ayer concluyó en Latinoamérica la primera temporada de Bates motel, la teleserie desarrollada por Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano a partir de Psicosis, la inolvidable novela que Robert Bloch escribió en 1960. El resultado me causa opiniones encontradas, mayormente favorables. El programa parte de un par de actores precisos y eficientes: el otrora infante Freddie Highmore como el joven Norman Bates –en un papel que parece un traje a la medida- y Vera Farmiga como su abnegada madre Norma. A simple vista la sabia elección de reparto parecía suficiente, pero las cosas comenzaron a desviarse. Al tercer episodio comencé a pensar que un rayo nunca cae dos veces en el mismo lugar. ¿Cuáles son las posibilidades que el escenario del nacimiento de un futuro psicópata estuviera enmarcado por una historia de trata de blancas y narcotráfico? ¿Acaso la serie no debía girar en torno a la enfermiza relación de madre e hijo y cómo éste se convierte en un asesino travestido? Los personajes de apoyo –el hermanastro incómodo (Max Thieriot), el sheriff malaleche (Nestor Carbonell), su asistente calenturiento (Mike Vogel), la noviecita con la cabeza vacía (Nicola Peltz), la enamorada con fibrosis quística (Olivia Cooke)-, la promisoria carrera literaria de Norman y sus fallas argumentales son irrelevantes ante los mejores momentos de la serie, que son los que se acercan a la historia de Bloch: sus extravíos emocionales –blackouts les dicen también-, cuando Norman, en pleno arrebato de desamor, habla como su madre –incluso con su tono-, o su reacción al presenciar cómo un auto atropella al perrito que rescató de la calle. Mientras carga a su mascota inerte, exclama fuera de sí “debemos llevarlo con el papá de Emma. Él repara cosas muertas”. Evidentemente se refiere al oficio del señor Decody (Ian Hart) y a su futuro pasatiempo, la taxidermia.


La cereza en el pastel fue contemplar a su primera víctima –porque yo aún no me trago que fuera su padre-, esa desafortunada maestra asaltacunas (Keegan Connor Tracy). Su amable respuesta entre el público ha valido a la serie el beneficio de una segunda temporada, así que sabremos de los Bates muy pronto.

martes, 9 de julio de 2013

¿Qué destino le depara a Dexter?

Tengo sentimientos encontrados. La popular creación del dramaturgo y novelista estadounidense Jeff Lindsay, que ha cobrado una vida más perdurable gracias a su encarnación televisiva, llegará a su final después de 7 años, 8 temporadas y 96 episodios. Ayer, de forma discreta e inesperada, se transmitió en México el primer capítulo de su desenlace anunciado. No evito el reconocimiento y fascinación que Dexter Morgan (Michael C. Hall) me provoca, pero siempre he sido enfático al reconocer su naturaleza. Por más carismático, eficaz y justiciero que sea, es un criminal. No más, no menos. Esto puede parecer severo pues, acorde al reglamento que le marcó su padre, sólo asesina a personas que escaparon del imperfecto sistema judicial que crearon los hombres. Dexter es juez, jurado y ejecutor. ¿La mayor parte de las víctimas de Dexter merecían morir? Cierto. ¿Es esto correcto? En absoluto. A lo largo de su carrera nos ha demostrado que es capaz de equivocarse, sea asesinando de manera accidental o propiciando que otros maten en su nombre a personas que por más insoportables que nos parezcan sólo obedecían las reglas que nos separan de la barbarie. Ahí es cuando la cosa me disgusta. Una figura clave en el drama se transforma radicalmente por esto. Vive conscientemente en el Infierno como una forma de martirio. La aparición de la neuropsiquiatra Evelyn Vogel (Charlotte Rampling) pone a nuestro héroe en un riesgo inminente. “No puedes matarme, Dexter. No encajo en el Código de Harry”. ¿Logrará ella tener éxito donde falló el difunto Frank Lundy (Keith Carradine), el agente especial rock star? Más allá. ¿Qué final merece un personaje de su tipo? ¿Escapar felizmente? ¿Llegar a la vejez? ¿Ver crecer prósperamente a su retoño? ¿Suicidarse? ¿Ser atrapado y recibir una inyección letal? ¿Desaparecer y convertirse en un mito como Jack el destripador? Me inclino por lo último. Lo sabremos en unas semanas. Lo que estoy seguro es que lo extrañaremos y la televisión no será la misma. 

Madre sólo hay una*

En distintos espacios he declarado mi fascinación por Psicosis, la obra maestra que Alfred Hitchcock dirigió en 1960 a partir de un guión de Joseph Stefano y de la estupenda novela de Robert Bloch, estelarizada por un ensamble actoral preciso: Janet Leigh, Vera Miles, John Gavin, Martin Balsam y, sobre todos, su soberbio estelar Anthony Perkins que personifica al desquiciado Norman Bates, figura fundadora de los asesinos slasher. Todos los elogios que pueda dedicarle son pocos. Sobre los detalles de su filmación, con pretexto de su 50 aniversario, dimos cuenta  en la versión podcast de Horroris causa. Muy recomendable es la lectura de Alfred Hitchcock and the making of Psycho (St. Martin's Griffin, 1990) de Stephen Rebello, libro que recientemente fue la base del biopic Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012). Pero no nos distraigamos. La figura del protagonista de Psicosis, pese a ser completamente diferente según lo imaginó Bloch, está indeleblemente ligada a la cándida y encantadora presencia de Perkins, cosa que el Mago del Suspenso utilizó intencionalmente en su favor para desconcertar a la audiencia. Norman Bates ha demostrado tener muchas vidas en el cine, la televisión y el imaginario popular. Hoy hablaré de una más de ellas.
Bates motel, la nueva serie desarrollada para la televisión estadounidense por Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano, se desprende directamente de la cinta de Hitchock. En algún punto entre la precuela y el reboot nos presenta de una muy buena manera los años formativos del adolescente Norman Bates (Freddie Highmore) y su relación con madre Norma (Vera Farmiga). Al primero lo conocimos como un tierno niño en Descubriendo el país de Nunca Jamás (Marc Foster, 2004) y Charlie y la fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005); a Farmiga como una víctima checa en 15 minutos (John Herzfeld, 2001) o como la psicóloga de Los infiltrados (Martin Scorsese, 2006). La pareja responde una pregunta que si bien Bloch aclaró en la parte final de su novela no deja de ser inquietante: ¿cómo inició todo? Tras la muerte de su padre, Norman y su madre emigran en busca de un nuevo comienzo en el pueblo ficticio de White Pine Bay, Oregon (a diferencia del Fairvale, California, de la película), una pacífica comunidad costera. Con la herencia, Norma compra una desvencijada casona que tiene un motel adjunto (idénticos a los de la cinta). Norman es un joven normal, con los impulsos comunes en un chico de su edad. Se siente atraído por sus compañeras de escuela y se comunica con ellas a través de mensajes de texto. Ahí entra su madre. Ya sus nombres anticipan todo, Norma y Norman. Su amor asfixiante y enfermizo comienza a manifestarse como una forma de manipulación que nos ofrecerá a uno de los psicópatas más famosos de la ficción. Aunque la historia se desarrolla en nuestros días, existen reminiscencias visuales que evocan a la época plasmada en el libro y la película.
Vale la pena mencionar que la idea ya había sido explotada en el muy competente telefilme Psicosis 4: el inicio (Mick Garris, 1990). Preocupado por su futuro legado y a punto de reiniciar su carrera homicida, un maduro Norman Bates (Anthony Perkins nuevamente) habla a un programa radiofónico nocturno donde discuten el tema del matricidio y revela –bajo un seudónimo- su atormentada adolescencia –en flashbacks-, donde Henry Thomas –el otrora Elliott de E. T. El extraterrestre- lo encarna con gran corrección. El papel de su madre corresponde a Olivia Hussey, coestrella del galardonado filme Romeo y Julieta (1968) de Franco Zeffirelli.
Y sobre el proyecto que hoy nos ocupa, un producto homónimo de 1987 –estrenado como una película para televisión- intentó convertirse en un programa donde un compañero de cautiverio (Bud Cort) de Norman Bates hereda el infame hostal tras la muerte de su dueño. Curiosidad prescindible.
No digo más sobre el nuevo Bates motel. Sea usted el que juzgue. El primer episodio nos presenta un programa prometedor, impecablemente realizado, elogiado por la crítica y muy en deuda con la euforia por otros asesinos en serie como Dexter Morgan o Hannibal Lecter. Veamos si sigue su ejemplo.

*Texto aparecido en la página web de Mórbido

martes, 2 de julio de 2013

De cómo el mundo casi terminó (a causa de los zombis), segunda parte

***Advertencia. Lo que sigue contiene información que puede estropear el goce de la película a la que alude el texto. Se recomienda discreción al lector***.
Hace tres años elaboré una clasificación de las películas de desastre, y Guerra Mundial Z (Marc Foster, 2013) puede ubicarse sin problemas en el punto 2.1.1 de mi escala, el que reservo para aquellos causados por el hombre en su modalidad de desastres químicos y epidemias (perdón por el plagio deliberado, Dr. Michael Stone). El póster que presento, que incluye al héroe, su familia, muchísimos zombis y una ciudad en llamas lo anticipa. Esto demuestra que el guión de Matthew Michael Carnahan, Drew Goddard y Damon Lindelof reproduce una fórmula que ha demostrado su efectividad. E insisto, como tal es disfrutable y no me causó ningún tipo de molestia. Lo recuerdo a continuación:
                                                                                                            

  1. La presentación. Los protagonistas, uno por uno, se presentan ante nosotros, con sus conflictos personales, manías y fobias, con el fin de ganar nuestra simpatía o despertar nuestra más profunda aversión. En este caso, conocemos a Gerry Lane (Brad Pitt), quien desayuna apaciblemente con su esposa Karin (Mireille Enos) y sus hijitas Rachel (Abigail Hargrove) y  Constance (Sterling Jerins) en su hogar suburbano en Philadelphia.
  2. Los avisos. El fenómeno destructor, causado o no por el hombre, comienza a anticipar su llegada. Los protagonistas pasan por alto estas advertencias. Aquí la familia Lane se entera de epidemias que se piensa son causadas por rabia en varios países. Naturalmente hacen caso omiso. Está apurados para pasar el día en la ciudad.
  3. El desastre. Se desata la destrucción. Vemos muchas muertes. Nuestros protagonistas emprenden un peregrinar lleno de riesgos para asegurar su supervivencia. La escena que vimos desde los avances, donde reina el caos. Los Lane escapan milagrosamente y buscan refugio y medicinas para su hija asmática. Gerry contacta a un viejo amigo del trabajo Thierry Umutoni (Fana Mokoena), quien resulta ser el Secretario General Adjunto de la las Naciones Unidas. El amoroso padre de familia fue un “martillo” de la Organización y es obligado a salir del retiro.
  4. La depuración. Varios de nuestros protagonistas mueren. Algunos heroicamente, otros por azares del destino, unos pocos porque lo merecen (según el espectador). El rescate en helicóptero (que también conocemos en los avaces), donde un joven personaje se suma como causa de la necedad.
  5. La resolución. El ánimo de los protagonistas parece desmoronarse, pero sacan fuerza de flaqueza. Están resueltos a sobrevivir. Desde la seguridad del océano, se reconoce la magnitud y peligro del fenómeno (que también vemos en los cortos) y se inicia una estrategia para enfrentarlo.
  6. La inyección de emoción. Para aumentar la tensión, el fenómeno destructor ataca de nuevo (una réplica de terremoto, la segunda erupción de un volcán, o un nuevo ataque extraterrestre, por ejemplo), pero nuestros héroes siguen adelante, facilitada su odisea con el costo humano de un valiente. Gerry, un epidemiólogo (sólo uno) y un pequeño comando militar inicia un viaje alrededor del mundo, de Corea del Sur a Israel, “siguiendo las migajas”. Hay peligros al por mayor, muchas bajas y amputaciones.
  7. La luz al final del túnel. Luego de la tormenta viene la calma. Nuestros héroes –los sobrevivientes- recuperan la paz que el fenómeno destructor les arrebató. Casi siempre resuelven sus dramas individuales (conflictos de pareja, filiales o de trabajo) gracias a la experiencia. Gerry y una militar sobreviviente logran llegar milagrosamente a un laboratorio en Inglaterra, donde hace un sesudo descubrimiento –como en una película de M. Night Shyamalan- que salvará el día. Se reúne con su familia y la armonía en el clan se reestablece, pese a que “sólo han obtenido tiempo adicional”. 

lunes, 1 de julio de 2013

De cómo el mundo casi terminó (a causa de los zombis)

Seamos estrictos. La cinta Guerra Mundial Z (Marc Foster, 2013) sólo comparte el título con la estupenda novela que la desprende. Guerra Mundial Z: Una historia oral de la guerra zombi, autoría del estadounidense Max Brooks (Almuzara, 2011) es propiciada a su vez por otro texto indispensable del autor, Guía de supervivencia zombi: protección completa contra los muertos vivientes (Berenice, 2008). Si estos monstruos carecen de un relato canónico, ambos textos son lo que más se aproxima a esto. Ponen en un contexto realista, terriblemente contemporáneo, a una figura que se ha integrado por incontables méritos al imaginario colectivo. El libro en que se basa la película, como indica su título, es una gran colección de entrevistas que realiza un relator de la Organización de las Naciones Unidas –su nombre nunca se menciona, acaso es el propio Brooks- que te captura desde el primer párrafo. “Le dan muchos nombres: La Crisis, Los Años Oscuros, La Plaga que Camina, y también nombres más nuevos y de moda como Guerra Mundial Z o Primera Guerra Z. En lo personal me disgusta ese último título, pues sugiere una inevitable Segunda Guerra Z. Para mí, siempre será La Guerra Zombi, y aunque algunas personas pueden discutir acerca de la exactitud científica de la palabra zombi, me gustaría invitarlos a encontrar otro término que tenga una aceptación tan universal para las criaturas que estuvieron a punto de provocar nuestra extinción. Zombi sigue siendo una palabra devastadora, con un poder sin igual para conjurar un sinfín de recuerdos y emociones, y son precisamente esos recuerdos y emociones los que forman el tema principal de este libro”. Apoyado por un “ejército de intérpretes” y su “pequeño pero invaluable aparato de transcripción activado por voz”, el narrador recorre el mundo –de Estados Unidos a Cuba, del Tíbet a Grecia, de Brasil a Barbados- recolectando testimonios, 10 años después de concluido el conflicto, de personas de todos los enfoques y procedencias –científicos, políticos, militares, ciudadanos de a pie y demás-. A los ojos de los jefes del cronista, el documento es “demasiado personal” –y largo, evidentemente- y le sugieren que mejor escriba un libro. Brooks aprovecha para ofrecer un detallado recuento de las implicaciones políticas, culturales, religiosas y ambientales del acontecimiento que casi llevó a la especie humana a la extinción. La ineptitud de la clase gobernante, la ineficacia de las estrategias militares y sanitarias para enfrentar el desastre y la incertidumbre son temas dominantes en la trama. Todo esto brilla por su ausencia en la versión cinematográfica. Surge de un material tan extenso que sólo podría resolverse satisfactoriamente en una serie de televisión –o en una extinta mini serie-. Sin embargo, si separamos el resultado que nos ofrece Foster –siempre atesoraré sus filmes Descubriendo el País de Nunca Jamás y Más extraño que la ficción- nos encontraremos ante una película disfrutable. Eso sí, con muchos aspectos a considerar.
El primero de ellos: es un gran espectáculo diseñado para el lucimiento de su protagonista, Brad Pitt. Su compañía productora, Plan B Entertainment, compró los derechos del libro cinco años atrás con la intención de llevarlo a la pantalla. No sabía que se metía en camisa de once varas. Demoras, cambios de locación y la triple re escritura del guión hicieron su producción muy atropellada. El libreto de Matthew Michael Carnahan, Drew Goddard y Damon Lindelof repite un esquema que hemos visto en incontables películas de desastre, donde un héroe intrépido (Pitt, obviamente) es el encargado de salvar el día. Omite grandes momentos del libro, como la gran ofensiva en Yonkers, Nueva York, el dispositivo lobotomizador –su nombre oficial es “Herramienta Estándar para Infantería de Trincheras”, pero fue bautizado cariñosamente como Lobo-, la migración masiva de ciudadanos de Estados Unidos a Cuba o a los territorios al norte del continente –“ya que los muertos vivientes se congelan por completo, el frío extremo era nuestra única posibilidad”-, con nefastas consecuencias, los no muertos aún activos en el suelo marino. Y luego viene la parte incómoda: “Cuba ganó la Guerra Zombi; quizá no es una declaración muy humilde, teniendo en cuenta lo que pasó en los demás países, pero tan sólo mire cómo estábamos hace veinte años y cómo estamos hoy”. Y omitieron algo que adoré porque tiene que ver con los perros que tanto amo, héroes anónimos en toda conflagración. “Los perros rastreadores los encontraban [a los zombis] y sus entrenadores los despachaban con armas silenciadas”. O esa emotiva entrevista al hombre que dirige una granja para perros veteranos de guerra en Nebraska.
Lo atractivo es ver a una gran estrella, corriendo por todo el mundo para salvarlo. De paso mostrar una gran pirotecnia de efectos especiales –libre de todo elemento gore, para evitar la censura-. Y sobre esto, los aficionados pueden quejarse. Los zombis de la cinta corren, atacan como una gran e incontrolable turba de linchamiento, muy opuesta a la masa lenta y torpe que nos presentó George Romero, a quien Brooks reconoce al final del libro. Muestran también una mediana capacidad de organización al trepar uno sobre otro para forman una inmensa escalera mortuoria y escalar muros. Esto no me desagrada –lo de los zombis corredores-, especialmente si tomamos en cuenta que es la evolución natural del monstruo –como la inauguró Danny Boyle en Exterminio- para conservar su capacidad de atemorizarnos.
El resultado es grandilocuente, pero no inolvidable. Sólo debo reconocerle que el final –que pudo deducir cualquier epidemiólogo con mediana capacidad- no es en absoluto feliz. “Sólo compramos un poco de tiempo adicional”, lo que sin duda –como demuestra su éxito de taquilla- asegurará secuelas.