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martes, 9 de diciembre de 2014

Horrores a penique

Solían llamarse penny dreadfuls a las publicaciones periódicas que proliferaron en la Inglaterra del siglo XIX. Su baja calidad de impresión se reflejaba en su costo (el penique de su nombre) y eran dirigidas fundamentalmente a la clase trabajadora, ávida de una lectura de evasión acorde a sus magras posibilidades económicas. Sus temas eran mórbidos a todas luces: asesinatos arrancados de la nota roja, incestos, violaciones, accidentes ferroviarios, noticias de nacimientos de bebés deformes y demás tragedias. Uno de los más vendidos fue The string of pearls: A romance, aparecido entre 1846 y 1847 en The People's Periodical and Family Library. Daba cuenta del supuesto caso criminal, elevado a leyenda, de Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet. Traté el tema con Guadalupe Gutiérrez en el desaparecido podcast Testigosdel Crimen. Pero no nos desviemos. Todo era mayormente tomado de la realidad pero había cabida para la ficción. De la mano a los albores de la revolución industrial, los editores se dieron cuenta de su enorme potencial pues la lectura era considerada algo exclusivo de las clases acomodadas, quienes podían darse el “lujo” de comprar libros. Fue el momento donde se cobró consciencia del horror como un gran negocio.
El calificativo también da título a la serie de televisión coproducida por Estados Unidos e Inglaterra y creada por el laureado John Logan. El hombre es responsable de los guiones de Gladiador (Ridley Scott, 2000), La máquina del tiempo (Simon Wells y Gore Verbinski, 2002), El Aviador (Martin Scorsese, 2004), Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet (Tim Burton, 2007), Hugo (Martin Scorsese, 2011), Operación Skyfall (Sam Mendes, 2012) y la venidera aventura del espía al Servicio de su Majestad, Spectre, que también será dirigida por Mendes. En muchas formas, el premiado cineasta es también responsable de estas líneas. Logan, un dramaturgo oriundo de San Diego, California, escribe una propuesta profundamente respetuosa al espíritu de la época que tanto adoro, un auténtico homenaje a los mitos básicos de la literatura de horror que los amalgama a la perfección, de manera orgánica, sin lucir como un pastiche forzado ni pretensioso. En lo que a mí respecta, a unos cuantos días de finalizar el año, Penny dreadful es la mejor teleserie de 2014.
Londres, 22 de septiembre de 1891. En un sombrío y humilde hogar victoriano, una madre y su hija son brutalmente masacradas por un ser que no vemos a cuadro, mientras en otro lugar, de manera casi frenética, la psíquica Vanessa Ives (Eva Green) reza a una cruz colgada en su pared. El hecho despierta la duda del regreso del célebre criminal conocido como Jack el destripador. A la mañana siguiente, Ives asiste al espectáculo del encantador y sobresaliente tirador estadounidense Ethan Chadler (Josh Hartnett), a quien recluta para una misteriosa misión. Esa misma noche se reúnen con el acaudalado expedicionario Sir Malcolm Murray (Timothy Dalton), con quien acuden a un fumadero de opio y enfrentan la otredad, un mundo oculto para el resto de los mortales. Su encuentro los lleva a consultar al arrogante Víctor Frankenstein (Harry Treadaway), joven médico obsesionado con el estudio del cuerpo humano que aporta información relacionada, como revela en excéntrico egiptólogo Ferdinand Lyle (Simon Russell Beale), con el Libro de los Muertos de la cultura egipcia y un extraño significado relacionado con la sangre. Él invita a Sir Malcolm y Vanessa a una suntuosa reunión donde conocen al intrigante Dorian Gray (Reeve Carney) y a la espiritista Madame Kali (Helen McCrory), quien ayuda a abrir puertas que no deben ser cruzadas. Todos poseen demonios internos que inevitablemente saldrán a la luz.
En ocho episodios, el programa nos presenta con habilidad las principales preocupaciones de una época y la imaginación poderosa y perdurable de algunos de sus autores más sobresalientes, como Mary ShelleyBram Stoker y Oscar Wilde, además de hacer alusiones a brillantes poetas románticos como Percy Shelley, William Wordsworth y John Keats. Y ni qué decir del Paraíso perdido de John Milton o de la poderosa presencia de William Shakespeare, inevitable dados los inicios creativos de Logan. Al bondadoso Vincent Brand (Alun Armstrong), cabeza de una compañía de Grand Guignol, debo una de las líneas que más me conmovió de la serie. Y está dirigida a uno de los seres más inocentes e incomprendidos de la literatura: “Hay un lugar donde los malformados consiguen gracia. Donde los feos pueden ser hermosos. Donde lo extraño no es rechazado, sino celebrado. Ese lugar es el teatro”.

Un elenco preciso –en el que sobresale la inquietante belleza de Green-, espléndidas locaciones en la ciudad irlandesa de Dublín, una elegante fotografía de Xani Gimenez, una briosa partitura de Abel Korzeniowski y la dirección alternada de talentos como Juan Antonio Bayona –responsable de dirigir El Orfanato-, Dearbhla Walsh, Coky Giedroyc y James Hawes complementan de gran manera el talento de Logan. Su gran recepción, entre el público y la crítica, le valió automáticamente el mérito de una segunda temporada que sin duda todos los nuestros –los que amamos estos territorios- esperamos con ansia. Porque yo, como Ives, creo en maldiciones, creo en demonios y creo en monstruos. ¿Y tú? Las posibilidades de Penny dreadful son inmensas.

lunes, 19 de mayo de 2014

Qué verde era mi monstruo

Las últimas semanas que he platicado con distinguidos amigos, cinéfilos irredentos, sobre las expectativas que les causaba el regreso de Godzilla a la pantalla grande, confirmé algo que presentía: la emoción que siento es un asunto generacional. Mis interlocutores –el más viejo de ellos no rebasa los 30 años de edad- no conocieron como yo al coloso verde, que me deslumbraba en aquellas sesiones televisivas matinales de mi infancia. No son tan cercanos a él. No lo vieron en esas matinés de películas de los nipones Estudios Toho, ni en la emblemática cinta de 1954 de Ishirō Honda. La referencia más inmediata para ellos es la versión estadounidense que Roland Emmerich dirigió en 1998. Y a pesar que a la distancia puedo reconocerle algunos méritos, el resultado no fue el más afortunado. Fue incapaz de acarrearle nuevos y devotos aficionados al monstruo. En mi caso concreto, me pregunto si ese encanto era producido por tratarse de una época más sencilla e ingenua, donde la magia se conseguía gracias a un hombre disfrazado en un incómodo traje de látex, avanzando con dificultad y destruyendo los edificios de una burda ciudad en miniatura. Y aunque ahora me encuentro con la versión más realista de ese cuadro, con una impresionante puesta en escena, con los más notables avances técnicos del séptimo arte, por alguna razón no logro trasladarme a mi tierna niñez. ¿Es una forma de resistencia a lo nuevo? ¿O simplemente Godzilla funciona mejor en el esquema en que lo conocí?
Este es quizá el principal obstáculo de este nuevo esfuerzo, dirigido por el británico Gareth Edwards, responsable de Monstruos, zona infectada (2010), antecedente que lo califica para la labor. Más que una estricta reelaboración –remake-, el Godzilla de 2014 es el intento de reiniciar una popular franquicia y presentarla a las nuevas audiencias, las de la era del Internet y los teléfonos inteligentes. El guión de Max Borenstein –en el que realmente intervinieron más manos- fue escrito bajo la mirada vigilante de los estudios Toho. Remonta los orígenes del monstruo a las pruebas nucleares tan populares en los años cincuenta, reforzando la gran metáfora de éste como una fuerza imparable de la naturaleza y cimentándolo como un hijo distinguido de la Era del Átomo. La historia tiene el tino de comenzar en Japón, donde Joe Brody (Bryan Cranston) es supervisor de la planta de energía nuclear de Janjira, cerca de Tokio. Ahí ocurre el primer aviso de una serie de eventos desafortunados. 15 años después, el vástago de Brody (Aaron Taylor-Johnson) es un soldado del Ejército de Estados Unidos, especialista en el manejo de artefactos peligrosos, y se involucra contra su voluntad en el combate a una amenaza que pone en peligro no sólo a su bella esposa Elle (Elizabeth Olsen) y a su hijito Sam (Carson Bolde), sino a la civilización como la conocemos. Pronto la Policía del Mundo, la benévola milicia gringa, advierte que se trata de un MUTO (Organismo Terrestre Masivo No Identificado, por sus siglas en inglés), y toma todas las medidas para contenerlo. Aunque como, frente a un desastre natural, poco tienen que hacer.
La película, con una poderosa partitura de Alexandre Desplat y una sobria fotografía de Seamus McGarvey –que en muchos momentos recuerda a Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013)-, no prescinde de guiños al conocedor, desde esa etiqueta en el contenedor en el hogar abandonado de los Brody o el sensacional seguimiento de los medios de comunicación televisivos. Lo curioso es que, como ahí se concluye, la película no retrata al Godzilla de su primera época, al que gustaba destruir todo a su paso. Lo revela más bien como un salvador encargado de restituir el balance –aunque no es otra cosa que un macho alfa-. Como un héroe. Lo hace políticamente correcto para soportar en sus hombros el peso de futuras secuelas.

Sobre el aspecto de Godzilla no polemizaré –es cierto que su estatura, complexión y estridencia han cambiado en sus sesenta años de vida-. Simplemente diré que se encuentra perfectamente a la altura de mis recuerdos. Su rugido, majestuoso e imponente, evoca sin el menor reproche esos tiempos asombrosos de los que hablaba. Verlo escupir su halo radioactivo –su “aliento atómico”- a sus enemigos, luego de que sus vértebras se iluminen de azul, es espectacular. Demuestra que hay lagarto gigante para rato.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Horrores subterráneos para antes de terminar el mes.

Este no es un comercial. En la televisión de paga mexicana, pocas opciones son tan sensibles y respetuosas del género horrorífico como el Canal Space. Ha programado muchas películas populares, y eso se agradece. Pero más especiales son sus rarezas, como ese delicioso serial de largometrajes para televisión Películas para no dormir, inspirados en los viejos programas españoles Historias para no dormir, de ese genio poco reconocido en nuestro país llamado Narciso Ibáñez Serrador. Pero esa será otra historia. Las últimas semanas han transmitido una cinta que en estas latitudes fue lanzada directamente en video, seguramente por su “alto” contenido sanguinolento y porque no superó la mojigatería de la censura: Masacre en el tren de la muerte (The midnight meat train, Ryhuei Kitamura, 2008), basada en el estupendo cuento de Clive Barker. Este relato es parte de sus Libros de Sangre, indispensable antología para todos los diletantes del horror. Parte esencial de la historia es Mahogany, “un cazador nocturno: como Jack el Destripador, Gilles de Rais, una encarnación viviente de la muerte, un espectro con cara humana. Atormentaba los sueños y provocaba terrores”. En la adaptación fue interpretado por el actor británico Vinnie Jones, a quien recordamos –como decía Troy McClure- en películas como X-men, la batalla final (Brett Rattner, 2006), Swordfish, acceso autorizado (Dominic Sena, 2001), 60 segundos (Dominic Sena, 2000), Snatch, cerdos y diamantes (Guy Ritchie, 2000), Swordfish, acceso autorizado (Dominic Sena, 2001), 60 segundos (Dominic Sena, 2000) y Juegos, trampas y dos armas humeantes (Guy Ritchie, 1998),  o como presentador del reality Vinnie Jones´ toughest cops , o como invitado en la comedia de espionaje Chuck o en la poco afortunada serie La Capa. Su rostro inexpresivo y presencia amenazante le viene al carnicero como anillo al dedo. Para los dos Mahogany, el del cuento y el de la película, las costumbres son muy importantes. “Llevaba su sobrio traje habitual con la corbata marrón bien anudada, los gemelos de plata (regalo de su primera esposa) puestos en las mangas de su camisa inmaculadamente planchada, el pelo, fino, reluciente de brillantina, las uñas cortadas y limadas y la cara lavada con colonia. Su bolsa estaba a punto. Las toallas, los instrumentos y su delantal de mallas”. Por fortuna, al cerrar el libro o apagar el reproductor, ambos se quedan ahí. El personaje me resulta particularmente aterrador porque las víctimas de mi perfil le son atractivas. “Muy pronto saldría la riada del teatro. Siempre proporcionaba uno o dos cuerpos robustos. La intelectualidad bien alimentada, sosteniendo los resguardos de sus billetes y opinando sobre los entretenimientos del arte; sí, habría algo ahí”. El testimonio de un inesperado testigo –Leon Kaufman - describe muy bien las acciones de Mahogeny: “El cadáver más cercano a él eran los restos del joven cubierto de espinillas que había visto en el vagón número uno. El cuerpo colgaba cabeza abajo, meciéndose adelante y atrás al ritmo del tren al unísono con sus tres compañeros; una obscena danza macabra. Sus brazos se columpiaban, fláccidos, de las articulaciones de los hombros, en las que se habían practicado cuchilladas de una pulgada o dos de profundidad para que los cuerpos se balancearan con más elegancia”.
La cinta añade personajes y situaciones a la historia original (una pareja sentimental, un amigo homosexual, una oscura obsesión), como sucede muy a menudo, pero el guión de Jeff Buhler trata con gran respeto la imaginería oscura de Barker –de hecho la cinta se confeccionó con su mirada vigilante como productor-. La fotografía de Jonathan Sela no sólo captura adecuadamente los sombríos túneles del sistema subterráneo neoyorkino, sino transmite una sensación de angustia al espectador, como lo demuestra esa cámara que se mueve por las habitaciones del refugio del cazador, ese fatal golpe al desafortunado ejecutivo (Ted Raimi, hermano de Sam Raimi, como una aparición especial) o los vertiginosos desplazamientos por los vagones del metro en sus escenas finales.
Pero lo mejor de todo es, al menos para mí, la terrible figura de Mahogany, quien se coloca dignamente al lado de monstruos clásicos. Porque los instrumentos cortantes –y quien los usa- siempre provocarán pavor al respetable.
¿Suelen usar el metro cotidianamente, en especial a altas horas de la noche?
Feliz viaje.
     

sábado, 14 de agosto de 2010

Cuando el tamaño importa...

Recientemente hablé de los enfrentamientos cinematográficos y mencioné a King Kong contra Godzilla (Ishiro Honda, 1962) como un ejemplo de ellos. Pero si nos atenemos a las reinterpretaciones para el nuevo milenio de Roland Emmerich (Godzilla, 1998) y Peter Jackson (King Kong, 2005), vean ustedes de qué cuero salen más correas. La imagen es cortesía del ocio y el Internet.

jueves, 12 de agosto de 2010

En esta esquina…

Una costumbre curiosa, casi morbosa, del ser humano es preguntarnos quién triunfaría en un combate entre dos conocidos, cuando más disímiles, mejor. Eso explica la proliferación de programas de la televisión cultural norteamericana donde, por ejemplo, un tiburón blanco se enfrenta a un cocodrilo, o donde un gladiador romano se bate en duelo contra un guerrero samurai, situaciones por demás imposibles. ¿Ocioso? Si duda. ¿Divertido? Indiscutiblemente.
Pensé en eso el otro día en que vi nuevamente –en la televisión- el encuentro entre dos monstruos indispensables de la década de los ochenta. Alien contra Depredador (Paul S. W. Anderson, 2004) se anunció desde la segunda entrega del cazador alienígeno (Depredador 2, Renny Harlin, 1990), cuando en los momentos finales de la cinta Danny Glover descubre el muro de trofeos del protagonista donde, en un lugar privilegiado, descansaba un cráneo del alien diseñado por Hans Rudi Giger para la película de Ridley Scott (1979).
Esto de los enfrentamientos, crossovers, o como quieran llamarle no es nada nuevo. Ya en 1943, en el ocaso de la llamada “época de oro” de las películas de horror, los ejecutivos de Universal Pictures decidieron reunir a dos de sus creaciones más famosas. El resultado fue Frankenstein contra el hombre lobo (Roy William Neill), donde sin duda el mejor elemento fue la espléndida historia de Curt Siodmak donde narraba un capítulo más de las aventuras del desafortunado licántropo Larry Talbot (Lon Chaney, Jr.), quien escuchó que un doctor de apellido Frankenstein podía librarlo de su maldición. En su lugar se encontró con su furioso hijo armado con partes de cadáveres. La fortuna económica que representó esta idea a los productores fue efímera, pues sólo aseguró el desgaste un género que tuvo que ceder su lugar a otro tipo de horror: el de la era atómica, representado en las dos bombas nucleares que los aliados arrojaron sobre Japón para terminar la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el pueblo nipón, como un reflejo del episodio, tradujo al cine esta catástrofe en la forma de un reptil gigante llamado GojiraGodzilla para los cuates y las audiencias norteamericanas- (Ishiro Honda, 1954) que devastaba sin misericordia a las grandes ciudades del archipiélago y diezmaba a sus valerosos ejércitos. Esto significó el nacimiento de un popular subgénero que llamaron Kajigu eiga –o de monstruos gigantes- que prosperó y ganó una infinidad de adeptos. Pronto la idea de enfrentas a este coloso a su par occidental, con King Kong contra Godzilla (Honda, 1962) como fruto. Los voluminosos disfraces de látex son entrañables. Godzilla también se enfrentó a la polilla gigante Mothra en Godzilla contra Mothra (Honda, 1964). A ellos les siguieron un casi interminable desfile de monstruos del que seguramente podría dar mejor cuenta mi amigo Jorge Grajales, experto en cine oriental, pero haré mi mejor esfuerzo. Destaca la tortuga gigante Gamera, quien se enfrentó a una gran variedad de enemigos como en Gamera contra Gyasou (Noriaki Yuasa, 1967) o Gamera contra Guillon (Yuasa, 1969). Ya en el nuevo milenio debemos recordar el esperado combate entre Freddy Krueger y Jason Voorhies, estrellas de dos de las más populares franquicias de los años ochenta en Freddy contra Jason (Ronny Yu, 2003), batalla que no deja de recordaros a las películas de Bud Spencer y Terence Hill o a las caricaturas de Bugs Bunny.Más recientemente disfrutamos Monstruos contra aliens (Rob Letterman y Corad Vernon, 2009), delicia animada que rinde homenaje a clásicos como El mostruo de la laguna negra (Jack Arnold, 1954), La mosca (Kurt Neumann, 1958), La mancha voraz (Irvin S. Yeaworth Jr., 1958) y El ataque de la mujer de 50 pies (Nathan Juran, 1958).
En nuestro país brilla esa joya del incomprendido Juan Orol –el Ed Wood del cine nacional- titulada Charros contra Gángters (1948), donde insólitamente podía verse el Monumento a la Revolución Mexicana durante una persecución por las supuestas calles de Chicago. Mejor forma de recordar el centenario de esta gesta, imposible.