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lunes, 24 de junio de 2013

De héroes y boletos mágicos



El actor austríaco Rainier Wolfcastle es el prototipo del héroe de acción. En su variopinta carrera destaca el papel que lo hace más reconocido, McBain, estrella de un kilométrico serial de películas en las que encarna a un duro policía que no conoce límites y tiene el claro objetivo de erradicar la maldad. Esto, por supuesto, en las amarillentas aventuras televisivas de la familia Simpson. Wolfcastle es una evidente parodia de una figura de la vida real, el fisicoculturista-actor-político Arnold Schwarzenegger, quien en las décadas de los ochenta y noventa conoció la gloria al protagonizar exitosas cintas, algunas de culto, como Terminator (James Cameron, 1984) o Depredador (John McTiernan, 1987). Sobre su talento, inteligencia o calidad moral no emitiré ningún juicio. Sólo diré que es el intérprete apropiado para un tipo de cine cargado de testosterona, adrenalina, acción desenfrenada e historias no necesariamente coherentes o verosímiles. Una de sus apariciones más cuestionadas, incomprendidas y que no fue el éxito de taquilla que sus productores esperaban, fue El último héroe de acción (John McTiernan, 1993). Es un traje hecho a la medida de su estelar. Híbrido de dos géneros que parecerían irreconciliables, el policial y la fantasía, explora y satiriza todas las convenciones de una época que encumbró a famosas sagas como la iniciada por Arma Mortal (Richard Donner, 1987) y Duro de matar (John McTiernan, 1988).

Puedo resumir así su trama: el hijo de padres divorciados Danny Madigan (Austin O'Brien) encuentra un oasis para sus cotidianas vicisitudes en una vieja sala de cine, donde observa fascinado una y otra vez las aventuras de su héroe, el policía Jack Slater (Schwarzenegger). La noche previa al estreno de su siguiente cinta, el proyeccionista Nick (Robert Prosky) hace a Danny un regalo extraordinario: un boleto mágico que durante su infancia le obsequió Harry Houdini y le permite cruzar la pantalla e interactuar en el universo del justiciero. La pareja se enfrenta a todo tipo de peligros y  malhechores liderados por el mafioso italiano Tony Vivaldi (Anthony Quinn) y su malvado sicario en jefe Benedict (Charles Dance), e incluso al sanguinario Destripador (Tom Noonan), uno de los antiguos oponentes de Slater. Es Benedict el enemigo a vencer, pues advierte el riesgo potencial del boleto. “Imaginen llevar al mundo real a King Kong, al Conde Drácula o una cena con Hannibal Lecter”.

A lo largo del metraje vemos todo tipo de guiños atractivos, desde apariciones especiales (como las de Sharon Stone, Robert Patrick, Jean Claude Van Damme, Tina Turner, Chevy Chase, James Belushi y Timothy Dalton), el anuncio en el video club donde Sylvester Stallone protagoniza Terminator 2, ese gato detective al más puro estilo ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y, mi favorito de todos, Ian McKellen como La Muerte de El séptimo sello (1957) de Ingmar Bergman.

Y mención honorífica merece su soundtrack, integrado por temas rudos de Cypress Hill, Alice in chains, AC/DC, Megadeth, Anthrax, Aerosmith y Def Leppard con su muy fresa "Two steps behind".

Al verla nuevamente no pude evitar pensar que, al ocurrir la muerte de Arnold (no es algo que desee, pero es la inevitable ley de la vida), varios segmentos serán utilizados en el homenaje in memoriam que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos le hará en su entrega anual de los premios Oscar. Porque la odisea del joven Danny es a la que se entrega voluntariamente el espectador al ingresar a una sala de cine: cruza a otros mundos, posiblemente mejores que el nuestro, para maravillarse y vivir experiencias mágicas.

Ahora si, espero ver en la noche El hombre de acero.

lunes, 14 de enero de 2013

Arrástralos al infierno


Entre 1998 y 1999, una efímera serie de televisión tuvo una exhibición comercial en Estados Unidos. Contó con sólo 13 episodios. Se titulaba Brimstone (algo así como Azufre), creada por Ethan Reiff y Cyrus Voris. Y por alguna razón, su tema musical resuena en mi cabeza desde esta mañana. Quizá porque lo compuso el talentosísimo Peter Gabriel, laureado cantautor y productor británico que admiro profundamente. La serie seguía la fuga de 113 de los más viles habitantes del Infierno. El Diablo (John Glover) recurría a Ezekiel "Zeke" Stone (Peter Horton), un alma torturada y otro de sus inquilinos, para llevarlos de nuevo al infierno. Stone era un condecorado detective de la Policía de Nueva York que asesinó al hombre que violó a su esposa y posteriormente fue muerto en el cumplimiento del deber. Con la promesa de redención, aceptó el ofrecimiento del Maligno. Para ello, debía disparar a los ojos de los fugitivos (“porque los ojos son el espejo del alma”) para devolverlos a dónde pertenecían. Cada mañana Stone despertaba con la misma indumentaria que vestía en el instante de su muerte, con la misma cantidad de dinero que llevaba en el bolsillo ($36.27 USD), su placa y su arma de cargo. Llevaba tatuados en su cuerpo, como el personaje que inspira Los Libros de Sangre de Clive Barker, los nombres de todas sus presas. La premisa sonaba interesante, en algún lugar entre el John Constantine de Alan Moore, las aventuras del John Silence de Algernon Blackwood, tantos pactos fáusticos como los descritos por Christopher Marlowe o Johann Wolfgang von Goethe o a Corazón satánico (1987) de Alan Parker. Pese a ello, nunca prosperó. En fin. Como dicen, recordar es volver a vivir.