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jueves, 26 de diciembre de 2013

Exorcista de las cuatro décadas

Una noche como hoy, hace exactamente 40 años, cientos de personas observaron con alivio los últimos momentos de El Exorcista, el sexto largometraje del director estadounidense William Friedkin. Dudo que él imaginara la dimensión que alcanzaría su obra, que motivó un alud de cintas sobre posesiones demoníacas, desprendió dos desiguales secuelas, un par de precuelas (una hecha dos veces, en realidad), propició incontables parodias e imitaciones de diversas calidades. Costó poco más de 10 millones de dólares y ha recaudado, hasta la fecha, más de 440.
La novela homónima de William Peter Blatty, adaptada para la pantalla por él mismo, ofrece la materia prima perfecta para un clásico. Y le sigue sin duda su reparto afortunado y preciso: Ellen Burstyn como la atribulada actriz Chris McNeill, Jack MacGowran (el Profesor Abronsius de La danza de los vampiros) como el borrachín director de cine Burke Dennings, Max von Sydow como el experimentado Exorcista Lankster Merrin, Jason Miller como el atormentado sacerdote y psicólogo de medio tiempo Damien Karras, Lee J. Cobb como el cinéfilo y detective William Kinderman y, por supuesto, la entonces preadolescente Linda Blair como Regan McNeill, la desgraciada presa del demonio Pazuzu. Todo aderezado con las ya míticas Campanas tubulares de Mike Oldfield, tema musical que ha sido empleado en una variedad incontable de formas. Su horror contenido, que no necesita pilas de cadáveres o se sustenta en sus prodigiosos efectos especiales –innovadores para entonces-, es sobrecogedor hasta el final del metraje.
Todos conocemos su trama, y aun así volvemos a disfrutarla como el primer día cada vez que la reencontramos: la hija de padres divorciados que se establece con su madre en la ciudad de Georgestown, Washington, es poseída por una entidad malévola. Es sometida a una interminable, tortuosa e inútil serie de estudios médicos para descartar males físicos. La Psicología tampoco demuestra mucha eficacia y finalmente se llega al reconocimiento que la solución se encuentra en los territorios de la fe.

Alrededor suyo se tejieron toda serie de inquietantes leyendas que sólo contribuyeron a su incrementar su perdurabilidad: maldiciones, muertes misteriosas, sucesos sobrenaturales en los sets de filmación y sacerdotes llevados para bendecirlos (William O'Malley, que interpretaba al Padre Joseph Dyer, era reverendo en la vida real) y un destino funesto para sus actores. Si no lo creen, pregunten a Blair –hoy una mujer de 54 años-, cuya carrera actoral nunca despegó pese a su mítico personaje y se vio obligada a repetirlo en la poco agraciada El Exorcista II, el Hereje (John Boorman, 1977) o en la infame Reposeída (Bob Logan, 1990), comedia diseñada para el lucimiento del veterano Leslie Nielsen.

Sus escenas viven en las pesadillas de muchos, desde la aparición del demonio en el desértico Irak, las “ratas” que se pasean en el ático, el comportamiento perturbador de Regan, las apariciones fugaces –sólo para el espectador- en la oscuridad de su habitación, las cosas volando violentamente en el lugar, el vómito de sopa de chícharos, la cabeza giratoria de la chica, sus insultos (en la voz de Mercedes McCambridge), las alusiones sexuales y el estremecedor desenlace en las escaleras de la calle M de Georgestown, auténtico acto de lucidez, fortaleza y heroísmo.

El Exorcista se ganó con creces sus dos premios Óscar en 1974 (por Mejor mezcla de sonido y Mejor guión adaptado, aunque fue nominada a Mejor película, una auténtica hazaña para el género), su ingreso en 2010 al Registro Nacional de Películas de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos pero sobre todo su lugar inamovible en nuestra memoria y corazones. Me alegra pensar que la veré cumplir 50 años y, si me mantengo en buena forma, 75. Porque diferencia nuestra, la película no envejece. Hace un rato acabo de verla por enésima ocasión (la primera fue en el monstruoso reproductor Betamax de un tío, a escondidas, cuando tenía siete u ocho años) y debo reconocer que se mantiene tan vigente como entonces. Envidio a todos los que se asustaron en las salas de cine aquél 26 de diciembre de 1973. Significó el cierre de un gran año. 

viernes, 4 de octubre de 2013

En busca del niño infernal

Dice la anécdota que la primera vez que Guillermo del Toro vio a Ron Perlman caracterizado como Hellboy, conmovido, escaparon de sus ojos lágrimas de emoción. No es difícil comprender su sentimiento luego de ver hecho carne al héroe que adoró en la página impresa desde su juventud y que su creador Mike Mignola trabajaba con él hombro con hombro para llevarlo al cine. Casi puedo imaginar el nudo en su garganta, la ilusión del niño que sigue siendo. Su sueño largamente acariciado por fin se hacía posible, justo antes de cumplir 40 años de edad. Siempre he pensado que todo lo que hizo estuvo encaminado a esa cinta, crisol de sus obsesiones y madurez de su talento narrativo. Hellboy (2004) es el tipo de historia que adora y le encanta compartir con las personas como él.
Hellboy surgió en el año 1993 en un especial publicado por la Comic-Con de San Diego –esa fiesta para nosotros los extraños- y a partir de entonces ha gozado de una fructífera aunque discreta vida: crossovers entre compañías –conoció a Batman-, historietas unitarias compiladas como novelas gráficas –el volumen 1 de sus aventuras reunidas, Semilla de Destrucción, tiene un prólogo de Robert Bloch- , versiones animadas y dos largometrajes, ambos dirigidos por uno de sus admiradores más brillantes.
La historia que del Toro y Peter Briggs nos presentaron reúne elementos de todas sus correrías, magnificados muchos, incluso momentos tomados directamente de ellas: en 1944, en un intento por ganar la 2da. Guerra Mundial, científicos Nazis abren un portal entre dimensiones para convocar a los malvados Ogdru Jahad –seres completamente lovecraftianos- y poner la balanza de su lado. La operación es conducida por –el que se creía muerto- Grigori Efimovich Rasputin (Karel Roden), ayudado por su amante-asistente Ilsa Haupstein (Bridget Hodson) y el casi autómata Karl Ruprecht Kroenen (Ladislav Beran), letal arte marcialista, miembro de la oscurísima Sociedad Thule y asesino consentido del Führer. Antes de completar el rito, son interrumpidos por un comando de valientes soldados estadounidenses, asesorados por el Profesor Trevor Bruttenholm (un maravilloso John Hurt). Al más puro estilo de Rescatando al Soldado Ryan, sostienen un cruento enfrentamiento y dan por muerto a Rasputin, quien desaparece en el portal ante la mirada atónita de todos. Pero algo logró atravesar el umbral: Anung un Rama, el hijo del Diablo. Triunfantes, el grupo se toma la foto del recuerdo tal y como nos la presentó Mignola. El académico decide criar al niño demoníaco como suyo. “Ahí estábamos. Un padre no preparado para un hijo inesperado”. Y al final le puso el nombre que todos conocemos.
60 años después, en nuestra época, Hellboy es parte del ultra secreto Buró para la Investigación y Defensa de lo Paranormal, organización –creada en la cinta por el presidente Franklin Delano Roosevelt- asesorada por un moribundo Profesor Bruttenholm. Se une a ellos el joven John Thaddeus Myers (Rupert Evans), agente del FBI transferido a expresa petición del anciano. Su labor ser custodio de su hijo adoptivo, gigantón grosero con un apetito insaciable, amor por los gatos, sediento de fama y serios problemas con las figuras de autoridad, como bien sabe su posterior jefe Tom Manning (Jeffrey Tambor). Es parte del equipo el anfibio humanoide Abe Sapien (Doug Jones con voz de David Hyde Pierce) y posteriormente se les une la piroquinética Elizabeth Sherman (Selma Blair), amor secreto de nuestro héroe. Pero el peligro regresa. Rasputin y sus aliados pretenden retomar su empresa y someter a la humanidad a una nueva era de tinieblas. Y como dijo el sabio, “ante la ausencia de luz, la oscuridad prevalece”.
El quinto largometraje de del Toro es un agasajo de principio a fin, nuevamente musicalizado por Marco Beltrami, fotografiado por su leal Guillermo Navarro y con una fastuosa puesta en escena de Stephen Scott, quien logra que la cinta luzca más grande de los 60 millones de dólares que costó. Los momentos destacables son muchos, desde su fascinante prólogo, la resurrección del villano, el enfrentamiento con Sammael en el metro neoyrkino –que por cierto conduce Santiago Segura-, la visita guiada en el cementerio ruso, la guarida de Kroenen llena de mecanismos de relojería y el desenlace surgido de las pesadillas de Howard Phillips Lovecraft. Todo lo que fascina al director vuelve a reunirse: su cuadro actoral –del Toro defendió a capa y espada la participación de Perlman en el protagónico, pues el estudio quería dar el papel al bulto llamado Vin Diessel-, las alcantarillas, los insectos, los engranes, el conflicto con la figura paterna, las disertaciones sobre lo efímero del tiempo y, sobre todo, la interrogante planteada en el mismo inicio de la película. “Lo que define a un hombre son sus acciones”. El libreto también es increíblemente personal. Al igual que Hellboy, del Toro es un ser marginal que lucha por ser aceptado en una industria que cuando es necesario lo aplaude y abraza. Al final elige la fidelidad a su esencia. En algún lugar leí que el argumento que usó para pedir matrimonio a su amada Lorenza es el mismo con el que el héroe se desnudó ante su musa: “Hay dos cosas seguras: siempre seré así de guapo y que nunca dejaré de amarte”.

A pesar de todo, Hellboy tuvo una magra ganancia en taquilla. Eso era suficiente para sepultar la posibilidad de una continuación o truncar una carrera, pero eso afortunadamente no fue así. Lo mejor estaba por venir. 

lunes, 14 de enero de 2013

Arrástralos al infierno


Entre 1998 y 1999, una efímera serie de televisión tuvo una exhibición comercial en Estados Unidos. Contó con sólo 13 episodios. Se titulaba Brimstone (algo así como Azufre), creada por Ethan Reiff y Cyrus Voris. Y por alguna razón, su tema musical resuena en mi cabeza desde esta mañana. Quizá porque lo compuso el talentosísimo Peter Gabriel, laureado cantautor y productor británico que admiro profundamente. La serie seguía la fuga de 113 de los más viles habitantes del Infierno. El Diablo (John Glover) recurría a Ezekiel "Zeke" Stone (Peter Horton), un alma torturada y otro de sus inquilinos, para llevarlos de nuevo al infierno. Stone era un condecorado detective de la Policía de Nueva York que asesinó al hombre que violó a su esposa y posteriormente fue muerto en el cumplimiento del deber. Con la promesa de redención, aceptó el ofrecimiento del Maligno. Para ello, debía disparar a los ojos de los fugitivos (“porque los ojos son el espejo del alma”) para devolverlos a dónde pertenecían. Cada mañana Stone despertaba con la misma indumentaria que vestía en el instante de su muerte, con la misma cantidad de dinero que llevaba en el bolsillo ($36.27 USD), su placa y su arma de cargo. Llevaba tatuados en su cuerpo, como el personaje que inspira Los Libros de Sangre de Clive Barker, los nombres de todas sus presas. La premisa sonaba interesante, en algún lugar entre el John Constantine de Alan Moore, las aventuras del John Silence de Algernon Blackwood, tantos pactos fáusticos como los descritos por Christopher Marlowe o Johann Wolfgang von Goethe o a Corazón satánico (1987) de Alan Parker. Pese a ello, nunca prosperó. En fin. Como dicen, recordar es volver a vivir.