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jueves, 5 de diciembre de 2013

Daryl Dixon y la supremacía de las minorías

Es muy propio de la naturaleza humana juzgar negativamente lo diferente. Más si consideramos que es inferior a lo que nosotros representamos. Lo demuestra todos los días ese fenómeno tan negativo –y en alarmante crecimiento- llamado bullying –o abuso escolar- o nos lo topamos de frente cotidianamente en casi todos los ámbitos de la sociedad: la mujer indígena a la que se le niegan servicios médicos, el discreto oficinista –ahora les dicen despectivamente Godínez- que es menospreciado por sus compañeros de trabajo o el trato despótico que da un funcionario a una persona común y corriente que acude a denunciar un delito. Debemos tener conciencia que todos nosotros, los que disfrutamos del horror y la fantasía, somos parte de una minoría. ¿Cuántas veces no fuimos cuestionados –por nuestra familia y amigos- por nuestros excéntricos gustos? ¿Cuántas veces no fuimos tildados de satánicos o asesinos en potencia porque reconocemos las luces y las sombras del hombre? Acabo de ver cómo mi buen amigo Jorge Grajales, creador de los maratones nocturnos de cine culto que mensualmente se llevaban a cabo en el Centro Cultural José Martí –operado por la Secretaría de Cultura de esta ciudad-, tras casi 14 años de vida, sufrió la incomprensión y pobres miras institucionales. La mamá de una querida amiga, al más puro estilo de la progenitora de Carrie White, rociaba sus libros de terror con agua bendita. La abuelita de Guillermo del Toro, cuando él era joven, le practicó dos exorcismos. Ser diferente es doloroso y, en muchos casos, heroico. Ser fiel a tus obsesiones más elementales es un acto de convicción y congruencia. La alternativa es la alienación, el ceñirnos a las creencias de otros. No porque estas sean malas: simplemente se oponen a lo que tenemos en la cabeza.
La anterior es una de tantas invitaciones a la reflexión que nos ofrece el horror. En la cultura estadounidense es curioso –y a la vez comprensible- que sus bondadosos protagonistas sean los conocidos como White Anglo Saxon Protestants –protestantes blancos anglosajones-, personas de la mejor posición social, casi siempre con raíces británicas, defensores de las buenas costumbres que rechazan influencias externas a su cultura. Howard Phillips Lovecraft sabía muy bien de este tema. Pero no quiero desviarme. George Andrew Romero, en su indispensable Noche de los muertos vivientes (1968) introdujo una variante notable a esa idea: un héroe negro. Ben (Duane Jones), hombre afro americano –estamos en la era de la corrección- no sólo era el responsable de asegurar la supervivencia de un grupo de personas enfrentadas al apocalipsis zombi, sino tenía que oponerse a una amenaza mayor que estaba en el interior de su refugio: el irracional hombre blanco Harry Cooper (Karl Hardman). En su desenlace, irónico y trágico, el orden era restaurado por otros hombres blancos, que sólo representaban la ignorancia e insensibilidad de nuestra especie. En su respetuoso remake (Tom Savini, 1990) colgaban a los muertos reanimados de los árboles y los usaban como blancos para practicar tiro, o los ponían a pelear en un redil para su diversión.
Los salvadores son llamados desdeñosamente Rednecks, granjeros blancos con un bajo nivel cultural y, por consiguiente, casi siempre irracionales. La televisión moderna ha retratado su vida -con gran éxito- en reality shows como Llegó Honey Boo-Boo y, con más notoriedad, gracias a Cletus Spuckler en la amarillenta familia Simpson. De este grupo surge uno de los personajes más interesantes de tiempos recientes, uno que ha despertado la fascinación de innumerables mujeres –casi todas mis amigas desfallecen por él- y que sin duda compite en aceptación con el protagonista de la serie. Ya he hablado de Daryl Dixon (Norman Reedus) –y de su malvado pero reivindicado hermano Merle (Michael Rooker)-, un ilustre Redneck que ocupa una de las posiciones más privilegiadas del popular programa televisivo The Walking Dead. Sobre él dije en el pasado:
En el caso de Daryl, es curiosa su creciente popularidad entre los espectadores. En Internet leí comentarios que iban desde “Daryl, hazme tuya” a “Daryl, quiero ser la madre de tus hijos”. Cuando concluyó la primera parte de la temporada, quedó en un riesgo grave. Pude entonces percibir una auténtica preocupación que tenía tiempo no atestiguaba. El atractivo del personaje radica en valores que se fortificaron en el transcurso de la trama, como la entrega, la solidaridad, la fortaleza y la integridad.

Hoy por hoy es Daryl quien me hará ver el resto de su cuarta temporada. A diferencia de lo que algunos han especulado, no creo que se convierta en el líder del clan. Su gran papel en el drama es del soldado eficiente, leal y, cuando la situación lo amerita, el del fiero guerrero. Es quien siempre salva el día. Escuché –sentí- la más sincera emoción en los últimos momentos del final capítulo, y más de una persona me reveló su angustian cuando un zombi lo sorprendió por la espalda. ¿Qué le depara el destino? Sólo podemos esperar. Lo descubriremos en febrero.

lunes, 24 de junio de 2013

De héroes y boletos mágicos



El actor austríaco Rainier Wolfcastle es el prototipo del héroe de acción. En su variopinta carrera destaca el papel que lo hace más reconocido, McBain, estrella de un kilométrico serial de películas en las que encarna a un duro policía que no conoce límites y tiene el claro objetivo de erradicar la maldad. Esto, por supuesto, en las amarillentas aventuras televisivas de la familia Simpson. Wolfcastle es una evidente parodia de una figura de la vida real, el fisicoculturista-actor-político Arnold Schwarzenegger, quien en las décadas de los ochenta y noventa conoció la gloria al protagonizar exitosas cintas, algunas de culto, como Terminator (James Cameron, 1984) o Depredador (John McTiernan, 1987). Sobre su talento, inteligencia o calidad moral no emitiré ningún juicio. Sólo diré que es el intérprete apropiado para un tipo de cine cargado de testosterona, adrenalina, acción desenfrenada e historias no necesariamente coherentes o verosímiles. Una de sus apariciones más cuestionadas, incomprendidas y que no fue el éxito de taquilla que sus productores esperaban, fue El último héroe de acción (John McTiernan, 1993). Es un traje hecho a la medida de su estelar. Híbrido de dos géneros que parecerían irreconciliables, el policial y la fantasía, explora y satiriza todas las convenciones de una época que encumbró a famosas sagas como la iniciada por Arma Mortal (Richard Donner, 1987) y Duro de matar (John McTiernan, 1988).

Puedo resumir así su trama: el hijo de padres divorciados Danny Madigan (Austin O'Brien) encuentra un oasis para sus cotidianas vicisitudes en una vieja sala de cine, donde observa fascinado una y otra vez las aventuras de su héroe, el policía Jack Slater (Schwarzenegger). La noche previa al estreno de su siguiente cinta, el proyeccionista Nick (Robert Prosky) hace a Danny un regalo extraordinario: un boleto mágico que durante su infancia le obsequió Harry Houdini y le permite cruzar la pantalla e interactuar en el universo del justiciero. La pareja se enfrenta a todo tipo de peligros y  malhechores liderados por el mafioso italiano Tony Vivaldi (Anthony Quinn) y su malvado sicario en jefe Benedict (Charles Dance), e incluso al sanguinario Destripador (Tom Noonan), uno de los antiguos oponentes de Slater. Es Benedict el enemigo a vencer, pues advierte el riesgo potencial del boleto. “Imaginen llevar al mundo real a King Kong, al Conde Drácula o una cena con Hannibal Lecter”.

A lo largo del metraje vemos todo tipo de guiños atractivos, desde apariciones especiales (como las de Sharon Stone, Robert Patrick, Jean Claude Van Damme, Tina Turner, Chevy Chase, James Belushi y Timothy Dalton), el anuncio en el video club donde Sylvester Stallone protagoniza Terminator 2, ese gato detective al más puro estilo ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y, mi favorito de todos, Ian McKellen como La Muerte de El séptimo sello (1957) de Ingmar Bergman.

Y mención honorífica merece su soundtrack, integrado por temas rudos de Cypress Hill, Alice in chains, AC/DC, Megadeth, Anthrax, Aerosmith y Def Leppard con su muy fresa "Two steps behind".

Al verla nuevamente no pude evitar pensar que, al ocurrir la muerte de Arnold (no es algo que desee, pero es la inevitable ley de la vida), varios segmentos serán utilizados en el homenaje in memoriam que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos le hará en su entrega anual de los premios Oscar. Porque la odisea del joven Danny es a la que se entrega voluntariamente el espectador al ingresar a una sala de cine: cruza a otros mundos, posiblemente mejores que el nuestro, para maravillarse y vivir experiencias mágicas.

Ahora si, espero ver en la noche El hombre de acero.

lunes, 12 de septiembre de 2011

La pesadilla interminable

No tenía intención de escribir sobre el tema, pero no puedo evitarlo. Prácticamente todo el pasado fin de semana, la televisión revivió los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. El recuerdo es imborrable. Todos podemos relatar lo que hacíamos en ese momento al enterarnos de la noticia (yo acababa de llegar a mi entonces oficina en los Servicios Periciales de Iztapalapa cuando José Gutiérrez Vivó dio la nota en el desaparecido noticiero Monitor). A lo largo de los años hemos visto cientos de veces las imágenes de los dos aviones estrellándose contra las torres del World Trade Center. Hemos visto idénticas ocasiones el espectacular incendio que causó en ellas, con docenas de personas arrojándose al vacío desde los pisos superiores para escapar de las llamas. Hemos visto los dos edificios colapsarse en medio de una gigantesca nube de polvo y escombros. Conocemos, gracias a la impresionante cobertura que los medios informativos dieron al suceso, los testimonios de cientos de testigos y víctimas. Pero el hecho no deja de ser sobrecogedor. En un momento donde las noticias terribles se han convertido en algo cotidiano en nuestra sociedad y donde la historia nos demuestra que tal vez no es la mayor tragedia que ha conocido la raza humana, los efectos en la memoria y sentir de la sociedad occidental son no tienen  precedentes. Esa es la esencia del auténtico horror. Lo que más me impresionó fueron los videos tomados por transeúntes donde los bomberos de la Ciudad de Nueva York contemplaban, con miedo e incredulidad evidentes en sus rostros, las dimensiones de la conflagración y a pesar de ello se internaron en el infierno en busca de ayudar a las víctimas. Eran –porque muchos no sobrevivieron- hombres con familias y sueños, con motivos para vivir. Mayor expresión de heroísmo, imposible.
Con orgullo, el Presidente de Estados Unidos anunció hace unos meses la muerte del responsable intelectual de la masacre, Osama Bin Laden, líder de la organización terrorista Al Qaeda que, irónicamente, gozó del apoyo de anteriores administraciones estadounidenses. Por ello se han hecho las más variadas teorías de conspiración gubernamental. No discutiré sobre su posibilidad o imposibilidad (de los Gobiernos puedo esperar todo), ni si el pueblo estadounidense merecía el atentado tras cientos de años de abusos contra otras culturas, ni compararé la magnitud del hecho respecto a otras desgracias, como la que actualmente vivimos en nuestro país. Las muertes sin sentido son abominables aquí, en cualquier época, en cualquier lugar.
Inevitablemente las bellas artes se nutrieron del suceso, sea como un tributo a las víctimas o como un homenaje póstumo a los cientos de héroes que la enfrentaron. El cine trató de capturar el episodio en cintas como Vuelo 93 (Paul Greengrass, 2006) y Las torres gemelas (Oliver Stone, 2006). Pero mucho antes de estas cintas, el complejo de edificios ocupó un lugar importante en la industria fílmica estadounidense como símbolo y representante de la más grande de sus ciudades, de la capital del Imperio. Las escaló un gigantesco y popular gorila en King Kong (John Guillermin, 1976), fueron vistas en Los Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984) y destruidas por invasores extraterrestres en Día de la Independencia (Roland Emmerich, 1996), las visitó el insoportable Kevin McAllister (Macauley Culkin) en Mi pobre angelito 2, perdido en Nueva York (Chris Columbus, 1992) e incluso usadas por El Hombre Araña (Sam Raimi, 2002) para tender una red que atrapara un helicóptero piloteado por asaltabancos, en un trailer que se suprimió tras los atentados.
El lugar que ocuparan las Torres, conocido como la Zona Cero, fue elegido por Guillermo del Toro y Chuck Hogan en su novela Nocturna  como guarida y nido del Amo, el malvado vampiro Jusef Sardú. Cuando su protagonista, el epidemiólogo Ephraim Goodweather, preguntó a su guía y mentor Abraham Setrakian por qué había elegido ese lugar, el anciano respondió: “Porque se sintió atraído. Los topos construyen sus madrigueras en los troncos muertos de los árboles caídos. La gangrena nace en las heridas. Sus orígenes están en la tragedia y el dolor”.
Pero el momento que mejor captura el deseo del pueblo estadounidense –que la desgracia nunca hubiera ocurrido- ocurre la escena final de la primera temporada de la teleserie Fringe. La agente Olivia Dunham (Anna Torv) discute con William Bell (Leonard Nimoy), fundador y propietario de la siniestra Massive Dynamics y éste le pregunta si tiene conciencia dónde se encuentra. La cámara se aleja y revela que ocupan una oficina en la Torre Sur del World Trade Center. Evidentemente se trata de un universo paralelo, eje central del programa. Pero no estamos en otro lugar. Aún cuando así fuera, estoy seguro que habría desgracias de otro tipo.

viernes, 18 de marzo de 2011

¿Adaptar o no adaptar? Tercera de tres partes.

Caso 3. Radio y televisión, o los ricos también horrorizan.
Prácticamente todos conocemos al Avispón Verde, creación de George W. Trendle y Fran Striker, gracias a la popular serie de televisión de los años sesenta. Pocos saben que el justiciero tiene sus raíces en un serial radiofónico. Acabo de ver la reciente adaptación de Michel Gondry, y la crítica de Ernesto Diezmartínez –que reproduciré en este blog en un futuro no lejano- se quedó corta. Seth Rogen, el protagonista, un joven comediante bonachón, es un error de elección de reparto –o miscast, como dirían los angloparlantes- y la esencia del personaje, un héroe con reputación de villano, se pierde por completo. El héroe enmascarado, su ayudante Kato y su arsenal móvil La Belleza Negra, siguen esperando un cineasta que les haga justicia.
En la misma situación se encuentra la televisión, ese gran vampiro de la modernidad: está particularmente activa por las noches y tiene un poder hipnótico en aquellos que posan la mirada en su pantalla. A propósito, el cine de horror se ha alimentado en buena parte de ella, con resultados variopintos. En una primera instancia señalemos a sus propios artífices. Dan Curtis, creador de la memorable serie-telenovela Dark shadows, advirtió el éxito de la misma y no resistió llevarla al cine como La casa de las sombras tenebrosas (Dan Curtis, 1970), también con Jonathan Frid en el papel principal. En pre-producción se encuentra su revitalización a cargo de Tim Burton, ahora con su actor fetiche Johnny Depp como el vampiro Barnabas Collins. Por su parte Chris Carter, genio detrás de la serie de culto Los expedientes secretos X, decidió capitalizar su popularidad y llevarla al cine (Rob Bowman, 1998), no de manera excepcional, en mi humilde opinión. Una relativa sensación causó su tardía secuela Los expedientes X: quiero creer (Chris Carter, 2008), cinta impulsada por la nostalgia y donde el paso del tiempo –para nosotros y sus protagonistas- es evidente.
Un caso memorable es la adaptación de la clásica serie La Dimensión Desconocida (Joe Dante, John Landis, Steven Spielberg, 1983), que respeta no sólo la estructura creada por Rod Serling, sino recrea incluso uno de sus capítulos más célebres, Pesadilla a 10,000 pies, a partir de un cuento y guión de Richard Matheson. El encuentro funesto de un desafortunado pasajero de avión (John Lithgow) con la otredad es simplemente soberbio y ha sido parodiado, incluso, en un especial de noche de brujas de Los Simpson.

También existe el reverso de la historia, donde una película ha inspirado la creación de una serie de televisión. Viernes 13 y Pesadilla en la calle del infierno –la ochentena, no el remake- comprueban la existencia de esta tendencia. Pero particularmente me refiero a Buffy la cazavampiros (Fran Rubel Kuzui, 1992), una cinta mediana que propició que su guionista, Joss Whedon, creara una serie igualmente mediana pero que se convirtió en un verdadero suceso que derivó a su vez cómics, videojuegos y otra serie –o spin-off-, Angel. Considerando la originalidad de Hollywood, es probable que en unos años veamos un remake de las aventuras de la porrista y asesina de insepultos de medio tiempo.
Cerremos este punto con algo horroroso. Las adaptaciones de Los Picapiedra, Scooby-Doo, Garfield, Alvin y las ardillas, Marmaduke y el Oso Yogui, lindan con lo fantástico –por aquello de los animales que hablan- pero causan verdadero horror.

Caso 4. Cómics y más cómics.
Amedina, fiel lectora de este espacio, me comentó hace unos días lo dicho por Federico Fellini sobre su paisano Milo Manara, famoso y multipremiado historietista : "El cómic es el encanto espectral de esos muñecos de papel, de esas situaciones fijadas para siempre, inmóviles como marionetas sin hilos, y resulta incompatible con el cine, que tiene su seducción en el movimiento, en el ritmo, en la dinámica...El mundo del cómic podrá prestar generosamente al cine sus escenografías, personajes e historias, pero no su atractivo más secreto e inefable que es el de la fijeza, la inmovilidad de las mariposas clavadas con un alfiler". Interesante y sabia reflexión.
Una tendencia actual de la industria cinematográfica es mirar al mundo del cómic, el llamado Noveno Arte, en busca de temas atractivos para ser llevados a la pantalla grande. Esto ha asegurado la filmación de películas notables, de grandes infamias y de muchas más que permanecen en la medianía. El admirador de las historietas es, por lo general, un individuo receloso y difícil de complacer. Cuando su personaje favorito es adaptado al cine, exige –con razón- respeto y fidelidad a su espíritu y estética. Esto mismo, con más justicia, es un reclamo de los autores. Seamos realistas, no siempre son recompensados. El escritor inglés Alan Moore, brillante creador de Desde el infierno, La liga de los caballeros extraordinarios, V de venganza, Watchmen –todas llevadas al cine-, y un larguísimo etcétera, se sintió profundamente decepcionado luego de ver Desde el infierno (hermanos Hughes, 2001). Los cambios eran obvios y –en aras del efecto dramático- necesarios. Quienes han leído la magnífica novela gráfica que la origina, sabe la identidad de Jack el destripador desde el inicio. Esto es completamente anti-cinematográfico. No afecta el resultado en el terreno de la novela gráfica, pero repito: el cine tiene un lenguaje y necesidades propias. Lo mismo ocurrió a Moore tras ver el resultado de La liga extraordinaria (Steve Norrington, 2003). Lo entiendo parcialmente. La cinta se aleja en muchos sentidos de su obra –Alan Quatermain, creación de Henry Rider Haggard, no es el protagonista y es un drogadicto que tiene, incluso, relaciones sexuales con Mina Harker, que no es una vampira-, pero no es mala. Es un divertimento ligero y sin pretensiones que no deja de recordarme a Van Helsing (Stephen Sommers, 2004). Esto bastó a Moore, artista subversivo y extravagante, para desencantarse definitivamente y “divorciarse” de Hollywood, al grado de exigir se suprimieran completamente sus créditos en V de venganza (hermanos Wachowski, 2005) y Watchmen (Zack Snyder, 2009). Comprendo que un creador, quien en muchas ocasiones no tiene ingerencia sobre su obra cuando es adaptada a otro medio, decida desligarse para evitar se lucre con su buen nombre. Pero las dos últimas no son en ningún modo malas películas. Allá él. Finalmente me inquieta algo, ¿renunció también a sus ganancias como autor?
Hay especímenes ejemplares, desde aquellos que son una calca fiel, en impresionante movimiento, como Sin city (Robert Rodríguez, 2005) y 300 (Zack Snyder, 2006), ambas concebidas por el talentoso historietista estadounidense Frank Miller. Muchos momentos de ambas son reproducciones precisas, gracias a la magia de los efectos digitales, de las novelas gráficas que las propiciaron.
Para mí la mejor es, sin cuestionamiento y sin que medie mi emotividad hacia el personaje, Batman, el caballero de la noche (Christopher Nolan, 2007). De ella transcribí en este blog la opinión autorizada de mi amigo Rafael Aviña y suele señalarse como “El Padrino parte 2 del mundo de los cómics”. En el terreno de los superhéroes le seguiría sin duda Spiderman 2 (Sam Raimi, 2004). Raimi, gran admirador del arácnido, hizo mucho por el héroe. Por eso aún no comprendo cómo pudo condenarlo en su tercera entrega (Spiderman 3, 2007), al grado de propiciar un re-inicio de la franquicia, The Amazing Spiderman (que verá la oscuridad del cine en 2012), dirigida por el videoclipero Marc Webb. La verdad no tengo muchas esperanzas ni entusiasmo por ella. Crucemos los dedos.
Este es un tema amplio, y seguramente abundaré en el en futuras ocasiones. Por lo pronto, recomiendo ampliamente la lista que mi amigo Bernardo Esquinca hizo en su blog Sensacional D.

Caso 5. Videojuegos.
Un videojuego exitoso no siempre garantiza una gran película, mucho menos una redituable. Si lo dudan, recuerden Super Mario Brothers (Annabel Jankel y Rocky Morton, 1993) o Doom, la puerta al infierno (Andrzej Bartkowiak, 2005).  De la película de los famosos plomeros, debo decir que ni la presencia de Dennis Hooper como el malvado Rey Koopa logró dar dignidad alguna a la producción.
Aclaro con anticipación: no soy un gran aficionado de los videojuegos, mucho menos un jugador hábil. A pesar de ello, conozco muchos como observador de las proezas de mis amigos que sí son jugadores natos. Uno de los más populares de los últimos tiempos, Resident evil, ha sido trasladado a la pantalla en cuatro ocasiones, todas estelarizadas por la modelo Milla Jovovich. Si bien los productores se han tomado muchas libertades respecto a la historia, escenarios y personajes, el resultado final es aceptable, al menos en su primera parte. Recuerdo gratamente la escena donde un cadáver femenino flota en una habitación inundada y sellada para contener el Virus T –origen de todos los males- y repentinamente, cuando la protagonista se aleja, la mujer muerta abre los ojos y pone su mano en el cristal. Un momento simple y eficaz. La historia se degradó en sus subsecuentes entregas, donde la continuidad de eventos no guarda necesariamente una secuencia lógica. Para mí la menor es su cuarta parte, Resident evil: La resurrección (Paul W. S. Anderson, 2010), un espectáculo 3D -¿era necesario?- cargado de efectos visuales. Una mediana fortuna la tuvo las dos entregas de la aventurera Lara Croft: Tomb Raider, una versión femenina de Indiana Jones, y encuentro sus aciertos no en Angelina Jolie, sino en sus deslumbrantes locaciones y en la recreación del exotismo de los escenarios presentes en el videojuego.
Una cinta que recuerdo gratamente por su atmósfera que fluctuaba entre el sueño y la pesadilla es Silent Hill (Christophe Gans, 2006), basada en el juego de la compañía Konami. En mis limitados conocimientos de la materia, consigue transmitir la angustia que produce en el jugador deambular por las calles del siniestro pueblo que da nombre a la cinta (y al juego), con el peligro latente de un encuentro con sus terribles habitantes. Sobre Silent Hill abundará el experto Raúl Camarena en una venidera emisión de la versión en podcast de este blog.

El furor por las adaptaciones al cine nos sobrevivirá sin duda. Nos gusten o no, lo único que podemos hacer es criticarlas o disfrutarlas, según lo merezcan.
Por favor, no duden en compartir las adaptaciones que más han aplaudido y abucheado.

miércoles, 5 de enero de 2011

El avispón vuela de nuevo

Otro reto para El Avispón Verde, su ayudante Kato y su arsenal móvil la Belleza Negra. En los archivos policíacos, el Avispón aparece como criminal, pero es en realidad Britt Reid, dueño del periódico Centinela. Su doble identidad es conocida sólo por su secretaria y el Fiscal de Distrito. Ahora, para proteger los derechos y las vidas de los ciudadanos, aparece el Avispón Verde. –De la narración inicial de la serie de televisión El Avispón Verde, 1966.
En mi más tierna infancia, consideré al Avispón Verde como un héroe de segunda división. La percepción que tuve de él se definió por el éxito y el colorido de las repeticiones de la popular serie televisiva protagonizada por Adam West. Y es que quedé cautivado por los simpáticos combates del paladín de Ciudad Gótica, por sus grotescos y caricaturescos adversarios –que eran para mí lo mejor del programa-, por la vistosa y extensa parafernalia de la que disponía y por el candor del Departamento de Policía de esa imaginaria urbe –y de todos los personajes-. Todo contrastaba con los austeros y cotidianos escenarios en los que se movía el Avispón Verde, por más que fuera auxiliado por un hábil artemarcialista –que a la postre descubrí era el talentoso Bruce Lee-, tuviera una fortuna similar a la de Bruno Díaz –o Bruce Wayne, para ser correctos- y dispusiera de un lujoso sedán negro dotado de todo tipo de armas. La competencia era desleal. Así lo advirtió uno de sus creadores, Frank W. Trendle, cuando trató de impulsar el proyecto televisivo durante los años sesenta. Esto se reflejó en la breve vida del programa, de apenas un año. Ni el crossover entre ambas emisiones televisivas benefició al héroe de abrigo, sombrero y antifaz verde.
A la distancia, reconozco que el Avispón es un héroe menos atractivo que Batman, pero éste no existiría sin los cimientos que le ofreció el primero. De hecho, es un personaje muy digno. El Avispón apareció en enero de 1936, tres años antes que el Caballero Oscuro. Fue creado por el ya mencionado Trendle y Fran Striker y protagonizaba un serial radiofónico –el medio más popular de la era- y posteriormente uno cinematográfico. Todo en la época posterior a la Gran Depresión y en pleno esplendor de los grandes gángsteres. Era, como Batman, un paladín que la gente decente anhelaba. Era un justiciero que no se tentaba el corazón para perseguir a la maldad.  Estos elementos, su realismo y brutalidad, lo convirtieron en un éxito. Pero también fueron responsables de la pobre respuesta de su adaptación televisiva.
Una sorpresa fue descubrir, mientras hacía mis compras navideñas, el cartel de su nueva encarnación cinematográfica –de próximo estreno- dirigida por el francés Michel GondryEterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), La ciencia del sueño (2006)- y protagonizada por el actor –comediante, de hecho- y guionista canadiense Seth Rogen. Mi emoción se mezcló con escepticismo, pues de entrada los involucrados me parecen una elección insólita  para tal empresa. La incertidumbre sobre el tono de la película creció -¿sería una comedia, una parodia, algo onírico?- tras ver su avance. Dudo sobre la elección del protagonista, sobre todo cuando la imagen del actor Van Williams –su intérprete de la serie sesentera- está tan arraigada en el imaginario colectivo y cuando recuerdo a Rogen, joven gordito y bonachón que está por entrar en sus treintas. Personalmente hubiera preferido, como se contempló hace algunos años, a George Clooney. Pero concedamos el beneficio de la duda a los productores. En su momento el grueso de los fanáticos desconfió de que Heath Ledger interpretara al Guasón. Por lo demás, la película presume la participación de Tom Wilkinson, Christoph Waltz –el malvado Hans Landa de Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino, 2009)- y Cameron Díaz. En un par de semanas se disiparán las dudas. Un sitio de Internet recomienda verla con cautela, así que procedamos con precaución. Esperemos sea la primera película venturosa de este naciente año. Y a propósito, muy feliz 2011 a todos.