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lunes, 14 de enero de 2013

Arrástralos al infierno


Entre 1998 y 1999, una efímera serie de televisión tuvo una exhibición comercial en Estados Unidos. Contó con sólo 13 episodios. Se titulaba Brimstone (algo así como Azufre), creada por Ethan Reiff y Cyrus Voris. Y por alguna razón, su tema musical resuena en mi cabeza desde esta mañana. Quizá porque lo compuso el talentosísimo Peter Gabriel, laureado cantautor y productor británico que admiro profundamente. La serie seguía la fuga de 113 de los más viles habitantes del Infierno. El Diablo (John Glover) recurría a Ezekiel "Zeke" Stone (Peter Horton), un alma torturada y otro de sus inquilinos, para llevarlos de nuevo al infierno. Stone era un condecorado detective de la Policía de Nueva York que asesinó al hombre que violó a su esposa y posteriormente fue muerto en el cumplimiento del deber. Con la promesa de redención, aceptó el ofrecimiento del Maligno. Para ello, debía disparar a los ojos de los fugitivos (“porque los ojos son el espejo del alma”) para devolverlos a dónde pertenecían. Cada mañana Stone despertaba con la misma indumentaria que vestía en el instante de su muerte, con la misma cantidad de dinero que llevaba en el bolsillo ($36.27 USD), su placa y su arma de cargo. Llevaba tatuados en su cuerpo, como el personaje que inspira Los Libros de Sangre de Clive Barker, los nombres de todas sus presas. La premisa sonaba interesante, en algún lugar entre el John Constantine de Alan Moore, las aventuras del John Silence de Algernon Blackwood, tantos pactos fáusticos como los descritos por Christopher Marlowe o Johann Wolfgang von Goethe o a Corazón satánico (1987) de Alan Parker. Pese a ello, nunca prosperó. En fin. Como dicen, recordar es volver a vivir. 

jueves, 21 de julio de 2011

Relatos desde la parte luminosa de la abogacía.

Las últimas dos semanas de mi vida conviví con abogados las 24 horas del día. No es que sea extraño para mí. He trabajado con este gremio durante 16 años. Les he dado clases por diez. Como ellos, conozco el peso de ser etiquetado por las malas acciones de algunos. En El abogado del Diablo (Taylor Hackford, 1997), Lucifer/John Milton (Al Pacino) elige el mundo de las leyes para combatir a Dios en la antesala del nuevo milenio. “Los abogados son los ministros del Diablo”, asegura, y remata con una realidad innegable: “hay más estudiantes en las escuelas de Derecho que abogados litigantes en las calles”. La percepción negativa de la profesión permea del imaginario colectivo a las bellas artes. En Hook, el regreso del Capitán Garfio (Steven Spielberg, 1991), Peter Banning (Robin Williams), un exitoso y voraz abogado corporativo, dice un chiste sobre sus correligionarios en un evento de caridad: “hoy los científicos usan abogados en lugar de ratas en sus experimentos por dos razones: 1) Los científicos no se encariñan con los abogados y 2) Hay cosas que ni siquiera una rata haría”. Su abuela, Wendy Moira Angela Darling (Maggie Smith), está presente y guarda un gran secreto: Banning fue Peter Pan cuando era niño. Creció, porque la vida lo hizo crecer, para convertirse en el opuesto de su esencia inocente: “Peter, eres un pirata”, piensa ella. Con el paso de los años los abogados han asimilado –incluso disfrutan- esta mordaz forma de humor. “¡Robo, traición y cohecho¡ ¡Robo, traición y cohecho! ¡Que vivan los de Derecho!”, es el grito de guerra de los estudiantes de esta facultad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Por ello no es extraño que se haga escarnio de la profesión. Cuando en Blade 2 (Guillermo del Toro, 2001) el abogado del clan vampírico Karel Kounen (Karel Roden) se presenta ante el héroe (Wesley Snipes), éste le pregunta si es humano. Kounen le responde con cinismo “casi, soy abogado”.
Todo lo anterior proviene de que el 12 de julio pasado se celebró el Día del Abogado. Esta celebración, orgullosamente mexicana, fue oficializada en 1960 por el entonces presidente Adolfo López Mateos en conmemoración de la primera cátedra de Derecho ofrecida en la Nueva España (en 1539). Los abogados son personajes que todos conocemos. La familia promedio piensa que debe tener al menos uno entre sus integrantes.
Se puede alimentar el espíritu creador a partir las leyes. Así lo demuestran Gerardo Laveaga, abogado penalista y Director del Instituto Nacional de Ciencias Penales (“a los agentes del Ministerio Público Federal les hacemos leer obras de Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle”) o Diego Valadés, antiguo director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Una de las glorias de nuestra dramaturgia, Víctor Hugo Rascón Banda (1948-2008), nunca negó su procedencia y le rindió tributo en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en octubre de 2007. Su dignísimo sucesor, el dramaturgo Vicente Leñero, piensa que su dramaturgia ve “la vida como un delito, como una continua trasgresión del orden establecido”. Este matrimonio sí es posible. “La razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia”, afirmó con toda la razón del mundo el Criminalista Rafael Moreno.
Abogados distinguidos abundan en la ficción, desde Gabriel John Utterson (de la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, escrita por Robert Louis Stevenson en 1886), R. M. Renfield, Jonathan Harker y Abraham Van Helsing (que entre sus incontables grados posee el de Doctor en Derecho) de Drácula de Bram Stoker (1897), el fiscal convertido en villano Harvey Dent/Dos caras, el abogado ciego Matt Murdock/Daredevil, Tom Hagen (Robert Duvall de la saga cinematográfica El Padrino), Sebastian Stark (James Woods, de la teleserie Shark) hasta mi favorito de todos, Jack McCoy (Sam Waterston, de la recientemente extinta serie La Ley y el Orden). En su última aparición McCoy, en su posición de Fiscal de Distrito y excepcional ser humano, amenaza a un abogado de pobres miras que representa al Sindicato de Maestros y obstruye una investigación de vida o muerte (un maestro que está por cometer una matanza similar a la de la Escuela Preparatoria Columbine): “si permite que ocurra una masacre lo crucificaré, señor Kralik. Enjuiciaré a usted y al sindicato por homicidio por negligencia. Cuando los condenen, renunciaré a mi puesto y representaré a las familias de las víctimas en una demanda civil. Cuando termine estarán acabados. Así que mi consejo para usted es ¡apártese de mi camino!”.

Las últimas dos semanas de mi vida contemplé la parte más luminosa de la abogacía. Por eso, mi felicitación más sincera –aunque tardía- a todos los Abogados en su día. Esa mañana del 12 de julio pasado, la familia de un hombre inocente les cantó a mis compañeros abogados Las mañanitas con alegría, sinceridad y genuino agradecimiento. “Mejor recompensa, imposible”, dijo un festejado, sonriente.

martes, 8 de febrero de 2011

Cuatro motivos para no odiar a la BBC

El malestar que en muchos produjeron los comentarios de los conductores de un programa de la British Broadcasting Company es más grande de lo que pensé. El incidente, casi un conflicto internacional –Radio educación promovió un boicot al que renunció pues le eran indispensables muchos de sus contenidos-, me recuerda la tendencia que tenemos a generalizar. Las opiniones expresadas en Top Gear no representan a toda la cadena, mucho menos al pueblo inglés, en el mismo sentido que no todos los servidores públicos –pues como saben trabajo para el gobierno de esta ciudad- somos corruptos, ni todos los conductores del trasporte público son unos cafres descorteces. A la BBC, empresa pública fundada en 1922, siempre tendré una especial estima. Sus programas, todos de una producción impecable, están dirigidos a un público sensible e inteligente. En lo que nos concierne, la fantasía y el horror, mencionaré algunos ejemplos que bien pueden disminuir –incluso desaparecer- cualquier malestar.

1. La adaptación de El sabueso de los Baskerville (David Attwood, 2002), con Richard Roxburgh (el Drácula de Van Helsing y el Moriarty de La liga extraordinaria) como Sherlock Holmes, el príncipe de los detectives. Algo digno de celebrarse, es que la BBC ha adaptado incontables obras literarias inglesas, con respeto a la fuente original y los mejores valores de producción. A este esfuerzo siguió Sherlock Holmes y el caso de las medias de seda (Simon Cellan Jones, 2004), ahora con Rupert Everett (el amigo gay de Julia Roberts en La boda de mi mejor amigo) como Holmes. La aparición del actor Ian Hart (el profesor Quirrell de Harry Potter y la piedra filosofal) como el Dr. Watson os permite verlas como una serie. Esta película, escrita también por Alan Cubitt, no está basada directamente en un relato de Arthur Conan Doyle y contiene un detalle curioso: al detective le obsequian un ejemplar de Psicopathia sexualiis, el libro canónico sobre desviaciones sexuales de Richard von Krafft-Ebing, pieza importante en la resolución del misterio.
2. La película El extraño caso de Sherlock Holmes y Arthur Conan Doyle (Cilla Ware, 2005), una historia conjetural sobre los eventos que llevaron a Arthur Conan Doyle (Douglas Henshall) –abrumado por la fama, la muerte de su padre, la enfermedad de su esposa y la necesidad de explorar otros territorios- a asesinar a su personaje más notable. Selden (Tim McInerry), un misterioso biógrafo, lo ayuda a enfrentar sus demonios y a sanar el hueco en su corazón, con el resultado más afortunado para todos: El sabueso de los Baskervilles, la resurrección de Sherlock Holmes. Uno de los muchos aciertos de la cinta es la aparición de Joseph Bell (Brian Cox, magnífico), mentor y maestro de Doyle en sus días de estudiante y modelo más fuerte en la creación de su personaje, y las continuas alusiones a Sydney Paget, ilustrador de cabecera de las mejores aventuras de Holmes.
3. La serie de televisión Jekyll (2007), escrita por Steven Moffat y basada en el clásico de Robert Louis Stevenson. En nuestros días, Tom Jackman (James Nesbitt, brillante) es un médico prominente, un feliz padre de familia y un descendiente directo del Dr. Henry Jekyll que no puede escapar de los lazos familiares. Tampoco de una malvada empresa de biotecnología (Klein and Utterson, en un homenaje a un importante personaje del relato original) que busca apoderarse de sus secreto. Lo más destacado es que, sin una pizca de maquillaje, el protagonista logra un desdoblamiento convincente, como lo hiciera en su momento John Barrymore en la adaptación silente de la novela. Y no pierdan de vista a un personaje importante en la trama: el propio Stevenson.
4. La serie de televisión Whitechapel (2009), una ingeniosa puesta al día de los crímenes de Jack el destripador. La historia de Ben Court y Caroline Ip pone en duda la capacidad de la policía contemporánea, con todos sus avances metodológicos y científicos, para atrapar a un asesino semejante. Acaba de estrenarse una segunda temporada, ahora basada en la carrera delictiva de los gemelos Reggie y Ronald Kray, dos figuras prominentes del mundo criminal de los años 60.

Lo mejor es que en unos días, como somos una sociedad sin memoria, todo se habrá olvidado. Y al final, al que le quede el saco, que se lo ponga.