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viernes, 1 de octubre de 2010

El país de octubre

... el país donde siempre está haciéndose tarde. El país donde las colinas son niebla y los ríos neblina; donde el mediodía pasa rápidamente, donde se demoran la oscuridad y el crepúsculo, y la medianoche no se mueve. El país que es principalmente sótanos, subsótanos, carboneras, armarios, altillos y despensas alejadas del sol. El país que habitan gentes de otoño, que sólo tienen pensamientos otoñales. Gentes que pasan por las aceras desiertas con un sonido de lluvia...
-Ray Bradbury (según la traducción de Francisco Abelenda, Minotauro, 1994)

viernes, 23 de julio de 2010

Donde todo inició, o cómo “descomponer” a un niño

Hoy este blog cumple un año de vida. Con casi un centenar de seguidores y más de seis mil visitas –desde que inicié la cuenta el pasado marzo-, esto es un motivo de enorme satisfacción. La ocasión no sólo me demuestra que no estoy solo, pues muchos comparten algunas de mis pasiones, también me invita a reflexionar sobre la génesis de mi fascinación por estos temas, el horror y la fantasía. Todo comenzó con los capítulos de Plaza Sésamo que veía, sentado en un pequeño sillón de hule espuma, al lado de mi hermano Quique. Éramos Enrique y Beto, colmo de las coincidencias. El hambriento lobo feroz, entrevistado por la rana René, y el obsesivo Conde Contar fueron dos de los primeros monstruos que me fascinaron. Luego vinieron los libros que me procuró mi madre y que me leía todas las noches. Siempre he dicho que ella es la responsable de que mi imaginación tenga alas de murciélago. Recuerdo cómo acudíamos religiosamente cada semana a la Comercial Mexicana de la colonia Pilares para comprar la nueva entrega de la bella colección de clásicos infantiles ilustrados, editados por José Emilio Pacheco –cuya grandeza no conocía a mis tiernos 5 años de vida-. Acompañaron a éstos otros libros que ella adquiría en su trabajo, adaptaciones de historias similares o de películas hoy clásicas de Walt Disney. En sus páginas conocí las historias de los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen, pobladas de ogros, brujas caníbales, niños abandonados y mujeres capaces de las acciones más viles. Paralelas fueron esas excursiones memorables al desaparecido cine Continental, la catedral de mi primera educación sentimental, con las obligadas carreras por su extenso pasillo, entre interminables hileras de butacas, hasta que llegaba el momento de sentarse y disfrutar la película. Hoy critico la manera en que Disney edulcoró esos cuentos terribles que me cautivaban, pero en ese momento eso era irrelevante. Maléfica transformada en un dragón negro que escupía fuego al gallardo príncipe, la humilde marioneta que deseaba ser un niño de verdad, el elefante subestimado que consiguió uno de los sueños más acariciados del hombre, o la bella y malvada Reina que bebía una pócima y se convertía en una horrible vieja dispuesta para dar una manzana envenenada a su enemiga, son algunas de las escenas más entrañables de mi niñez. Precisamente con Dumbo aprendí cuán cruel puede ser el hombre con lo diferente. Luego vinieron las sesiones vespertinas frente al televisor, muchas al lado de mi abuelo materno, a quien admiraba profundamente –y sigo admirando- porque cazaba monstruos en la vida real. Inevitables fueron Los Intocablescon Robert Stack como Eliot Ness- y la vieja versión de Batman con Adam West. Hoy reconozco que su espíritu kitch atenta contra la esencia del personaje, pero era increíblemente divertida en ese entonces. Desde ese momento se convirtió en mi héroe. Cuado fui capaz de leer conocí los cómics de Batman y el Hombre Araña, así como otros clásicos de la literatura, en versiones convenientemente abreviadas e ilustradas: El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Los tres Mosqueteros, El hombre de la Máscara de Hierro, Moby Dick, Frankenstein y, sobre todo, Drácula. Algo sucedió en mi interior al conocer esa novela. Fue una especie de amor a primera vista. Gracias a ese feliz encuentro puedo comprender el estremecimiento de Julio, el niño del cuento de Richard Matheson, al conocer por primera vez al chupasangre aristócrata. Aún hoy, aunque he estudiado otras figuras y temas, no puedo evitar una especial atracción por los vampiros. Aún conservo ese libro. Es el origen de muchos proyectos en que me he embarcado en tiempos recientes, de muchas satisfacciones e inmensas dichas. Me cuesta comprender cómo muchas madres de nuestros días censuran el deseo de sus hijos por leer obras como las que acabo de mencionar. Temen “descomponerlos”. Yo creo que, por el contrario, les beneficiarían. Les permitirían conocer, a través de metáforas, los dos lados de la moneda, el bien y el mal, elección natural que conforma nuestra personalidad y valores. ¿Cuántos de nosotros tenemos el privilegio de ser fieles a nuestras obsesiones infantiles? No permanecer en esa etapa, sino incorporar ese sentir en la vida adulta, conservar la magia y la inocencia, la capacidad de asombrarnos ante lo maravilloso. Ese es el antídoto perfecto para enfrentar los horrores cotidianos. Soy el niño que deseaba ser bombero y lo logró. Este blog es testimonio de ello.
Gracias por seguirme durante un año, por sus inteligentes comentarios que enriquecen este espacio. Espero contar con su compañía durante mucho tiempo porque, como decía la grandiosa Aretha Franklin, the best is yet to come.

jueves, 8 de julio de 2010

Internet interrumpido y la rebelión de las máquinas

El otro día les presenté una clasificación de las películas de desastre. En ella incluí un apartado que nombré La rebelión de las máquinas, y que describía a cintas como las sagas Terminator y Matrix. Este tema cobró una especial relevancia para mí a partir de la interrupción de una semana de mi servicio doméstico de Internet. Puede ser un pretexto superficial para muchos. Cientos de clientes Cablevisión en la ciudad de México sufren también de esto; mi amigo y maestro Ricardo Bernal me reveló ayer que se encuentra en similares circunstancias. En esta época, inmersos como estamos en una sociedad globalizada, nos hemos convertido en seres que dependen de la tecnología para realizar muchas de nuestras actividades cotidianas. Si extraviamos o nos roban nuestro teléfono celular sufrimos hasta lo indecible porque no recordamos los números telefónicos de nuestros seres queridos; si nuestra computadora falla y no tuvimos el cuidado de respaldar la información que contenía, significa un desastre de diferentes magnitudes; el viaje en transporte público de un adolescente promedio se vuelve infernal si olvida en casa su reproductor MP3. Si examinamos nuestro entorno, es raro el aspecto de nuestra vida en que no intervengan las máquinas. Las finanzas, registros gubernamentales, comunicaciones y suministros energéticos, están controlados por ellas. En muchos casos, el testimonio de nuestra existencia material se reduce a unos cuantos bytes. Por ello aprecio Duro de matar 4.0 (Len Wiseman, 2007). La película lucra con la nostalgia de todos los que apreciamos el cine de acción de los años ochenta y noventa, la época de los Schwarzeneggers, Stallones, Van Dammes y un larguísimo etcétera donde el argumento era lo de menos: lo que importaba eran las persecuciones, los balazos, las explosiones y la acción –muchas veces- sin sentido. La trama de la cuarta entrega de la popular serie tiene el acierto de utilizar el artículo que John Carlin publicó en la revista Wired, titulado Adiós a las armas. Su texto habla de esta dependencia de las computadoras, de la vulnerabilidad de Estados Unidos y expone que en caso de una guerra o un ataque terrorista, sería más eficaz inutilizar todos los recursos tecnológicos de una nación que un ataque armado. Y esto cobra sentido cuando sufres siete días sin Internet. La naturaleza no tiene que preocuparse por acabar con la humanidad, sólo debe darnos un poco de tiempo para que nosotros mismos lo hagamos.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Una segunda oportunidad para Drácula.

“Esa tarde de fines de mayo de 1897, mientras el té se enfriaba junto al sillón de lectura, Charlotte Stoker llegó, con el aliento entrecortado, a la última página de Drácula. Cerró el libro con doble satisfacción. En un lugar de los Cárpatos, el intrépido equipo internacional de cazadores de vampiros clavaba sus armas blancas -un cuchillo kukri y un bowie- en el cuerpo del Príncipe de las Tinieblas, y restauraba así la felicidad interrumpida de los personajes. Terminaba el horror creciente, mantenido a lo largo de las 390 páginas de la edición salida de las prensas de Archibald Constable and Company. La segunda razón del júbilo de la señora Stoker nacía de que el autor de la novela era Bram, el segundo de sus 7 hijos”, recuerda Vicente Quirarte en su ensayo Vivir con el vampiro.
Siempre pensé que el desenlace de la historia encerraba algo oculto, tal como lo he sostenido en mis clases a lo largo de los años. Para comenzar el aristócrata vampiro no murió por una estaca en el pecho o por decapitación, formas tradicionales que el señor Stoker canonizó en el capítulo 18 de la novela. Luego están las líneas climáticas extraídas del diario de Mina Harker: “En sus rojos y horribles ojos, que yo conocía muy bien, brillaba el deseo de venganza. Mientras lo contemplaba, sus ojos vieron que el sol desaparecía, y el odio se tornó en una expresión de triunfo”.
Si sumamos esto a la supresión del final alternativo que Barbara Belford descubrió entre los papeles del escritor irlandés, donde el castillo Drácula se reducía a escombros tras la destrucción de su propietario, la posibilidad de que Bram Stoker visualizara la continuación de su relato más popular se vuelve espléndidamente evidente.
Ayer me despertó la noticia que confirma mi sospecha.
Se ha anunciado que Dacre Stroker, bisnieto de Bram, –con la colaboración del historiador y guionista neoyorkino Ian Holt-, publicará la secuela oficial de la novela basándose en notas inéditas de su ancestro. Drácula, el no muerto (Roca Editorial, 2009) sitúa su acción 25 años después que el vampiro fuera aparentemente reducido a polvo. Parte de la amenaza del protagonista, eliminada de la edición original: “Cobraré mi venganza. La extenderé durante siglos. El tiempo está de mi lado”. Es el año de 1912. El matrimonio Harker se desmorona; Jonathan es alcohólico y Mina conserva su aspecto lozano y juvenil. Abraham Van Helsing, extravagante y demencial, es uno de los sospechosos de Scotland Yard tras los crímenes de Jack el destripador. Jack Seward es un adicto a la morfina y Arthur Holmwood es un hombre sombrío que vive un eterno duelo por la muerte de su amada Lucy. Todos son seres atormentados. Cuando ves al fondo del abismo, éste te devuelve la mirada. El retoño de los Harker, Quincey, es un joven que estudia Derecho en Paris por designios de su padre en oposición a sus aspiraciones teatrales. Ignora la terrorífica experiencia que vivieron sus padres, pero los misteriosos asesinatos de los responsables de la muerte del vampiro lo ponen al tanto de los hechos. Y la sangre llama a la sangre.
Las críticas que el proyecto ha generado –que aparecerá en España y Estados Unidos el 5 de octubre- entre sus lectores preliminares es favorable, una digna sucesión de los ambientes y situaciones que nos presentó el autor los últimos años del milenio antepasado. Se ha anunciado que será llevada a la pantalla grande. Pueden leer el prólogo (en inglés) en el sitio web oficial de la publicación.
Encargué el libro a un gran amigo que comparte mis obsesiones y se encuentra de viaje en tierras ibéricas.
¿Estará la imaginación de Dacre Stoker a la altura de la de su ilustre antepasado?
Sinceramente, no puedo esperar.