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lunes, 11 de abril de 2011

Auténtico horror

Mis 16 años como investigador de crímenes violentos y toda una vida como observador de la naturaleza humana, me han llevado a una fatal certidumbre: el hombre, como especie y a pesar de sus incontables virtudes, no merece existir. Ejercicios brutales como la galardonada Operación delfín (The cove, Louis Psihoyos, 2009), cinta que Ernesto Diezmartínez reseñó en la sección Primera Fila del diario Reforma el pasado viernes 8 de abril de 2011, me lo recuerda. Sobre la masacre sólo puedo decir una cosa: el karma existe y me comprueba que los horrores que exploro –en la literatura y el cine- son definitivamente mejores y más seguros que los de la realidad.
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Mares de sangre
Ernesto Diezmartínez
Hacia el final de Operación delfín (The cove, EU, 2009) las aguas de una alejada bahía de las costas del pueblito japonés de Taiji están enrojecidas. Acaba de suceder una masacre y nosotros la hemos atestiguado.
Es un momento de auténtico horror. Más aún cuando las razones para la susodicha masacre son francamente estúpidas.
Exhibida hace un año en Ambulante 2010, es la notable ópera prima del fotógrafo y conservacionista Louis Psihoyos. Estamos ante una cinta que es un tercio de bienintencionado filme documental, otro tercio emocionante thriller de acción y otro más de efectiva pieza de agitprop político-ecológica.
El centro dramático lo ocupa Ric O´Barry, un intenso hombre que carga una culpa desde hace tres décadas y lucha por su redención.
O´Barry, el hacedor tras bambalinas de la celebérrima teleserie Flipper (1964-1967), fue el responsable no sólo de entrenar a las cinco delfines hembra que interpretaron al heroico mamífero marino en ese programa televisivo, sino que él mismo capturó a los animales.
La convivencia con esos dientones, le enseñó que seres acuáticos como Cathy (su “Flipper” preferida) tienen un grado de conciencia de sí. Y si realmente entienden lo que está pasando, ¿cómo se siente él ahora que lo sabe?
En su última parte, la misión existencial de O´Barry se transforma en una suerte de Ocean´s Eleven de verdad. Así, para develar un sangriento secreto, junta un equipo con una pareja de buzos, un amante del peligro, un fotógrafo y conservacionista marítimo y un experto en maquetas que ha trabajado con George Lucas.
Así pues, todo el equipo se dará a la tarea de acercarse a una bahía nipona para tratar de mostrar lo que todos saben, pero todos niegan.
No agregaré más, pero apostaré a que no podrá ver otro episodio de Flipper sin evocar esta cinta.

viernes, 21 de enero de 2011

A colgarse de la capa del vampiro


En tiempos recientes, los vampiros han demostrado su rentabilidad como personajes en diferentes medios. Lo demuestra la saga literaria, convertida en películas, de Stephanie Meyer, o las series de televisión True blood –basada en los libros de Charlaine Harris- o The vampire diaries –basada en las novelas de Lisa Jane Smith-. Infame fue resultado de la “secuela oficial” de la novela canónica, que supuestamente escribió un descendiente de Bram Stoker. Lo único que hizo fue lucrar con el buen nombre de su ancestro.
El vampiro es remunerable por innumerables razones: representa nuestros anhelos y temores, la sensualidad desatada, el matrimonio del instinto y la razón y la promesa de la eternidad en una época donde la juventud es un valor. Si no lo creen, pregunten a los púberes empacadores del supermercado que gusten: Una costumbre que tengo, signo de respeto y cortesía, es decirles “señor”. En varias ocasiones me han corregido “¿Cómo que señor? Si tengo apenas 15, ¿o tan viejo me veo?”. Sobra decir que los resultados no siempre son afortunados y ello contribuye a la decepción de muchos de sus admiradores. Y ni qué decir de los estudiosos. Mi amigo Ricardo Bernal piensa que “distraen la atención de otros temas más atractivos del horror”, mientras que Julio Patán cree que es un monstruo que se ha agotado, “símbolo de nuestra vejez”. Un clavo en el ataúd es el plan que el actor y empresario teatral Fred Roldán –cuya infame versión de Pinocho fui obligado a ver en mi infancia- anunció ayer en la radio: llevar nuevamente a escena Drácula, “la verdadera historia de amor que concibió Bram Stoker”. Mi indignación no se hizo esperar. No me queda duda que el hombre sólo ha visto la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola (1992) y como en el título y cartel decía Bram Stoker´s Drácula, “love never dies”, dio por cierto que esa era la línea de la novela. Esto hace obvio que nunca ha leído el libro de Stoker, ni siquiera una de sus dignísimas versiones para niños. Es cierto que en medio de las tragedias nacionales esta es irrelevante, pero de que causa horror, causa horror. Y más porque es un musical. Roldán presumió, con gran satisfacción, algunos temas que se usarán en la obra, pésimos todos. Al menos mi amigo Benjamín Vidales me hizo ver el lado bueno: esto lo obligará a dejar su disfraz de Peter Pan –que teñirá de negro- y seguramente usará el mismo arnés para volar sobre el escenario. La fortuna del conde transilvano en el teatro mexicano es cuestionable. ¿Alguien recuerda la ópera gótica del grupo Cristal y acero? Pero hay esperanzas para el vampiro, al menos en otros territorios. Me hace recuperarla la novela Oscura (Suma de letras, 2010), segunda parte de una trilogía escrita por el tapatío Guillermo del Toro y Chuck Hogan. Estoy a unas páginas de terminarla. La comentaré ampliamente en otra ocasión.

jueves, 30 de septiembre de 2010

La cosecha de infamias nunca se acaba

En ocasiones previas hice un par dedicadas al cine de vampiros en México. Hoy, en el ocaso del mes del bicentenario, hago una adición a la segunda parte de mis textos, la dedicada a las infamias. Y es que toda figura del cine de horror, como el vampiro, vive con el riesgo latente de ser denigrado en aras de lucrar con su popularidad. Añado un ejemplo más, gracias a mi espíritu intrépido: la película Drácula mascafierro (Víctor Manuel "el Güero" Castro, 2002). Su premisa, insultante por sí misma, implica la persecución de un linaje de vampiros encabezado por Roberto “Flaco” Guzmán (quien ya interpretó a un vampiro la terrible Curados de espatos, que reseñé previamente) quienes transforman en homosexuales a las victimas de su mordida. Los valientes cazadores de monstruos (Gary Rivas y Jorge Aldama) , patéticos “machos” mexicanos, huyen de esta posibilidad como de la peste. Confieso, por salud mental, que sólo soporté 15 minutos de su metraje. El guión del propio Castro, adalid del cine de albures de los años ochenta, carece de la menor pizca de gracia, buen gusto e inteligencia. Lo prueban la insultante escena donde una celulítica devota del vampiro mayor pretende realizarle una felación, ese pene de plástico o los diálogos absurdos entre los heroicos e ignorantes protagonistas. Por favor, cuando la vean anunciada en la televisión de paga, evítenla.

jueves, 15 de julio de 2010

No es lo mismo películas de desastre que películas desastrosas

El otro día la televisión me recordó que hay ocasiones en que, deslumbrado por la fascinación por un material que cimentó sus obsesiones, un artista puede perder el rumbo al reinterpretar dicho trabajo (hagamos a un lado las terribles reinvenciones de clásicos de nuestro compatriota Carlos Enrique Taboada). Esto lo demuestra King Kong (2005). En ella el neozelandés Peter Jackson, a partir de un guión que coescribió con Fran Walsh y Phillipa Boyens, homenajeó a uno de los monstruos indispensables de la cinematografía y su infancia (Merian C. Cooper, 1933). Antes de continuar debo decir que King Kong no es una mala película y que la disfruté. Pero sí es un ejemplo de excesos visuales y metraje. Sin la larga secuencia donde el navío sortea los arrecifes, el enorme e interminable desfile de insectos gigantes o ese momento apacible en el nevado Central Park neoyorkino, que parece arrancado de un comercial de Coca cola, la cinta sería muy remake muy respetable. Bello es el momento en que se rompe la cámara de Jack Black: simboliza el fin de la obra de arte y el inicio del espectáculo. Sus aficionados agradecemos ese guiño en la bodega del barco: el extraño mono rata de Sumatra en una jaula (como lo vimos en Dead alive, 1992). Lo que le pasó a Jackson, quien demostró solvencia en sus previas aportaciones hollywoodenses, es que lo cegó su amor por el gorila gigante y violó una máxima que se aplica en casi todos los terrenos: menos es más. Algo similar le sucedió al talentoso director estadounidense Bryan Singer. A él debemos un par de cintas que redefinieron la manera de llevar a populares superhéroes a la pantalla grande. Sus mutantes –en Hombres X (2000) y secuela (2003)- adquirieron el sentido de otredad, rechazo y enfrentamiento de ideales que sus creadores Stan Lee y Jack Kirby les otorgaron en la estridente década de los sesenta. Sin estas obras no podríamos comprender joyas como El Hombre Araña 2 (Raimi, 2004) o Batman, el Caballero de la Noche (Nolan, 2008). Singer, en los cuernos de la luna por ser el parteaguas de la nueva época de un popular y redituable subgénero del cine fantástico, parecía ser la elección ideal para regresar a la vida al padre de los superhéroes, Supermán, personaje que amó desde su infancia. Grave error. Confieso que no soy aficionado a las aventuras del último hijo de Kripton pero Supermán regresa (2006), lejos de ser una aportación valiosa a la figura de un personaje icónico, la hace retroceder. Es una suerte de continuación de la serie que iniciara Richard Donner en 1978 y un homenaje al desaparecido Christopher Reeve, para muchos el mejor intérprete del heroico extraterrestre. El guión de Michael Dougherty y Dan Harris, a partir de una historia del mismo Singer, retoma lo sucedido tras la última aventura fílmica del héroe. Recordemos la trama, aunque asumo que todos la vieron: Supermán abandonó la Tierra en busca de vestigios de su extinto planeta nativo, para regresar años después y encontrarse con un mundo que ha perdido su fe en él, un viejo enemigo y un antiguo amor que le depara la máxima sorpresa: antes de partir la embarazó y ahora ¡es padre! Eso del superhijo fue un enorme e imperdonable error. El héroe representa por naturaleza al otro, al exiliado. Su cruzada le niega los beneficios y afectos del hombre común. Es el sacrificio que hace por el bienestar de los demás; por eso es un héroe y ese es su encanto. Cuando Peter ParkerSpiderman para los cuates- abrazó la paternidad en los cómics, los resultados fueron desastrosos. Es cierto, Supermán regresa lucra con la nostalgia. La secuencia de créditos inicial es idéntica a la de las películas originales, con todo y el tema musical de John Williams –siempre me recordó a un trabajo previo suyo, el tema de la Guerra de las Galaxias-, y resucita digitalmente a Marlon Brando, el Jor-El del filme de 1978. Tiene también deslumbrantes efectos especiales –la parte donde el encapotado evita una tragedia aérea es sobresaliente, pese a las lesiones cervicales que debió sufrir la damisela en desgracia- y un actor más que competente como villano –Kevin Spacey es Lex Luthor-, pero el producto final no convence. Es decepcionante y agotador. Demuestra que la pirotecnia visual no es suficiente para sustentar una película. Hay que tener una buena historia. Regresemos al plano actoral. Spacey, quien trabajó con Singer en 1995 en Los sospechosos comunes- está completamente desaprovechado y su interpretación –seguramente por órdenes del director- es caricaturesca, muy similar a la de Gene Hackman en las películas previas; su único momento de auténtica malevolencia es cuando confronta al héroe y le clava en el costado ese estoque de kriptonita, muy semejante a la lanza de Jesucristo en la crucifixión. Porque Supermán es una figura mesiánica, pero esa es otra historia. Parte del fracaso es la falta de carisma del desconocido Brandon Routh como el Hombre de Acero. La química amorosa que muestra con la un poco más conocida Kate Bosworth –quien encarna a Louis Lane- es prácticamente nula. En lo que cuenta para los estudios –el beneficio económico- Supermán regresa fue una decepción. Recuperó su exorbitante costo de 350 millones de dólares y ganó escasos 150 (millones) alrededor del mundo, una suma insignificante para una cinta de tan altas expectativas. En fin. La Warner Brothers, detentora de los derechos del héroe y productora de la cinta, ha declarado su intención de reparar el desaguisado en una nueva aventura. Sólo nos resta esperar. Finalizo con una observación que sobre esta película hizo mi amada Ana Luisa: al único superhéroe que le ha funcionado la paternidad es al Capitán Cavernícola.

jueves, 8 de julio de 2010

Internet interrumpido y la rebelión de las máquinas

El otro día les presenté una clasificación de las películas de desastre. En ella incluí un apartado que nombré La rebelión de las máquinas, y que describía a cintas como las sagas Terminator y Matrix. Este tema cobró una especial relevancia para mí a partir de la interrupción de una semana de mi servicio doméstico de Internet. Puede ser un pretexto superficial para muchos. Cientos de clientes Cablevisión en la ciudad de México sufren también de esto; mi amigo y maestro Ricardo Bernal me reveló ayer que se encuentra en similares circunstancias. En esta época, inmersos como estamos en una sociedad globalizada, nos hemos convertido en seres que dependen de la tecnología para realizar muchas de nuestras actividades cotidianas. Si extraviamos o nos roban nuestro teléfono celular sufrimos hasta lo indecible porque no recordamos los números telefónicos de nuestros seres queridos; si nuestra computadora falla y no tuvimos el cuidado de respaldar la información que contenía, significa un desastre de diferentes magnitudes; el viaje en transporte público de un adolescente promedio se vuelve infernal si olvida en casa su reproductor MP3. Si examinamos nuestro entorno, es raro el aspecto de nuestra vida en que no intervengan las máquinas. Las finanzas, registros gubernamentales, comunicaciones y suministros energéticos, están controlados por ellas. En muchos casos, el testimonio de nuestra existencia material se reduce a unos cuantos bytes. Por ello aprecio Duro de matar 4.0 (Len Wiseman, 2007). La película lucra con la nostalgia de todos los que apreciamos el cine de acción de los años ochenta y noventa, la época de los Schwarzeneggers, Stallones, Van Dammes y un larguísimo etcétera donde el argumento era lo de menos: lo que importaba eran las persecuciones, los balazos, las explosiones y la acción –muchas veces- sin sentido. La trama de la cuarta entrega de la popular serie tiene el acierto de utilizar el artículo que John Carlin publicó en la revista Wired, titulado Adiós a las armas. Su texto habla de esta dependencia de las computadoras, de la vulnerabilidad de Estados Unidos y expone que en caso de una guerra o un ataque terrorista, sería más eficaz inutilizar todos los recursos tecnológicos de una nación que un ataque armado. Y esto cobra sentido cuando sufres siete días sin Internet. La naturaleza no tiene que preocuparse por acabar con la humanidad, sólo debe darnos un poco de tiempo para que nosotros mismos lo hagamos.

sábado, 5 de junio de 2010

Voto de confianza

Charles Baudelaire y Fernando Savater, como tantos escritores, piensan que la literatura es la infancia recuperada a voluntad. Lo mismo puede decirse del cine. Muchos de los primeros recuerdos de mi vida están relacionados con aquellos viajes periódicos al desaparecido cine Continental, en la Ciudad de México. Mi madre, valiéndose de privilegios de su condición de empleada de la Procuraduría de Justicia, me llevaba los sábados a deleitarme con películas de Walt Disney, viejas o de reciente estreno. En ese sacrosanto recinto aprendí que la imaginación es uno de los aspectos más maravillosos de la condición humana. No puedo evitar recordar esto cuando veo en el Periférico espectaculares que anuncian el inminente estreno de la tercera parte de la serie Toy story, que iniciara en el año de 1995 bajo la dirección de John Lasseter, artífice e iniciador del imperio de animación por computadora Pixar, estudio continuador indiscutible de la tradición Disney y que ha conservado la delantera en el campo. Si Toy story demostró originalidad y frescura –la cual extendió a una exitosa secuela (Lasseter y Ash Brannon, 1999)- es tal vez inferior a sus hermanas mayores Ratatouille (Brad Bird, 2007), Wall-E (Andrew Stanton, 2008) y Up, una aventura de altura (Pete Docter, 2009). Y esto no sólo por los notables avances tecnológicos que la compañía alcanza entre cada cinta, sino por su depurada técnica narrativa, por lo atractivo de su historias –que pueden disfrutar por igual chicos y grandes- y por la profundidad de las mismas. Remy, la humilde rata con aspiraciones culinarias, reconoce su verdadera vocación en el momento más conmovedor de la cinta que protagoniza: “porque yo soy el chef”, asegura resuelto a su padre y hermano. Al final es recompensado. Es calificado como “el mejor chef de Francia” por su principal detractor y posterior admirador. Si la calidad que las historias de Pixar es similar en esta nueva incursión, auguro el mejor resultado para Toy story 3. Veamos si tengo razón al confiar.
Es irónico que hable de una película infantil en el día en que se cumple el primer aniversario del incendio que cobrara tantas víctimas. Porque no sólo son víctimas los 49 pequeños muertos en la guardería ABC, o las docenas de niños con afecciones crónicas. Lo son también las docenas de padres, abuelos y tíos que nunca aceptarán la pérdida de sus seres amados. Ojalá desde el Cielo, porque los inocentes no pueden estar en otro lugar, les envíen fuerza a sus deudos para aprender a vivir sin ellos. A pesar de la indolencia de los gobiernos, la justicia para ellos debe llegar.

sábado, 20 de marzo de 2010

Indignación

En esta urbe vialmente colapsada, todos los que tenemos la necesidad-infortunio-dicha de tener un automóvil hemos cometido una falta al reglamento de tránsito, sea al estacionarnos en doble fila -aunque sea momentáneamente-, invadir un paso peatonal o pasarnos la luz roja de un semáforo. Por ello no pretendo ser puritano.
Hoy sábado 20 de marzo de 2010, a las 15:34, en Géiser y la lateral de Periférico sur, una camioneta de TV Azteca, placas 982 SFP, rebasó impunemente el tráfico de la calle, pasó sobre la acera de la lateral de la vía -destinada a los peatones-, hizo lo mismo con el arroyo vehicular, saltó el camellón lateral y se incorporó a los carriles centrales de Periférico, todo por ahorrarse minutos valiosos bajo el rayo del potente sol vespertino.
¿Es esto relevante en una sociedad azotada por el crimen, políticos intolerantes e indolentes, cambios climáticos y demás? Definitivamente. Más cuando ese tipo de faltas atenta contra la civilidad y las comete un trabajador de una empresa que se dice socialmente responsable, que emite una "señal con valor", como reza su publicidad. Los vehículos de esta televisora, que yo sepa, no realizan labores de emergencia para verse forzados a hacer estas arriesgadas maniobras. Son medios de transporte de un negocio, simple y llanamente.
En verdad espero que, si bien no había ninguna autoridad de vialidad presente, haya algún tipo de sanción para el imprudente conductor del este vehículo. He aquí los testimonios fotográficos. Hablan por sí mismos.