viernes, 30 de abril de 2010

En el día de los niños macabros.

Hoy, gracias al presidente Álvaro Obregón, se celebra en México el Día del Niño, fecha dolorosa para las víctimas de la Guardería ABC o los deudos de los niños asesinados en la “cruzada” que libra este gobierno contra el narcotráfico.
Ante estos horrores tangibles prefiero festejar la Noche de Walpurgis, o Walpurgis Nacht, fiesta pagana celebrada en numerosas regiones de Europa del Este y el Centro, ocasión en que las potencias malignas deambulan libremente por el mundo de los vivos, como muchos niños hacen. Felicidades a todos ellos.

jueves, 29 de abril de 2010

Para todos los niños macabros en su día.

Edgar Allan Poe por Charles Addams.



























Hitchcock siempre vive...

El próximo martes 4 de mayo de 2010 a las 19:00 horas, en el noticiero cultural de canal 22, apareceré junto con un grupo de expertos-Leonardo García Tsao, Mauricio Matamoros, Rigoberto Castañeda y el talentoso Rafael Aviña- para discutir sobre el cine del "Mago del Suspenso". Será más bien una reunión de admiradores. No se lo pierdan. Para más detalles consulten su programación...

martes, 20 de abril de 2010

A propósito de la locura

Una de las influencias más notables de Tim Burton es sin duda la obra del caricaturista estadounidense Charles Samuel Addams (1912-1988), cuyos dibujos aparecieron en el semanario New Yorker (casa también de Truman Capote) de 1932 a 1987. Oscar Pálmer, en el estudio introductorio a la compilación de la obra de Addams, “La familia Addams y otras viñetas de humor negro”, publicada en 2004 por la distinguida Editorial Valdemar, recuerda el epitafio que emitió William Shawn, editor del New Yorker entre 1951 y 1987, tras la desaparición física del caricaturista: “The New Yorker no estuvo completo hasta que Charles Addams empezó a publicar en él”. Y es que el estilo de Addams, generalmente viñetas unitarias (o one-liners) que denotaban un humor ácido y retorcido que sofisticaban la línea editorial de la publicación, era increíblemente atractivo. Entre su producción brilla un insólito cartón, publicado por vez primera el 6 de agosto de 1938, crítica mordaz a la familia norteamericana, convertido en seriales televisivos, caricaturas, películas y obras de teatro. El clan Addams, integrado por los amorosos padres Morticia y Gómez (u Homero, según el clásico doblaje de Jorge Lavat), los pequeñines macabros Wednesday (Merlina) y Pugsley (Pericles), el tío Fétido (o Lucas, con la voz del maravilloso Jorge Arvizu), la Abuela y el fiel mayordomo Lurch (Largo), representan al clan burgués promedio. Contra la creencia popular, en la amplia obra de Charles Addams para el New Yorker, que comprende más de 1300 cartones, la familia sólo aparece en escasos treinta. Los Addams representan la otredad y nos recuerdan que “las cosas son según el cristal con que se miran”. Su noción de normalidad es una bofetada a la familia tradicional, esa que promueve la extrema derecha. Ejemplo de ello es la famosa viñeta en la que Gómez, Morticia y Luch se disponen a arrojar desde las alturas el contenido hirviente de un caldero a un grupo de niños que cantan villancicos frente a su mansión. Precisamente Lurch, barbado en su primera aparición, está inspirado en Boris Karloff, viejo conocido de todos y de este blog, concretamente en el mayordomo que encarnó en “The old dark house” (James Whale, 1932). El anecdotario documenta que el actor llamó a Charles Addams para agradecerle el halago.
Recuerdo a esta “familia muy normal” porque Tim Burton anunció recientemente que uno de sus siguientes proyectos será una reelaboración de la creación más popular de Charles Addams, con la promesa de ser fiel a la intención del autor y con el estilo y tecnología que usó en “El extraño mundo de Jack”, “Jim y el durazno gigante” y “El cadáver de la novia”. Suena prometedor. Ahora viene la tortuosa espera.

lunes, 19 de abril de 2010

Un avance Mórbido

Mi amigo Pablo Guisa Koestinger, entusiasta del cine de horror y creador del Festival Internacional de Cine de Terror y Fantasía Mórbido que se celebra en el pueblo mágico de Tlalpujahua, Michoacán, acaba de invitarme a participar en su tercera emisión, dedicada esta vez a las máscaras y sus incontables significados en las culturas del planeta. Mi intervención versará sobre el tema criminal, cosa extraña, y su matrimonio con el cine. He aquí un pequeño avance de mi futura disertación. Ojalá nos veamos allá.

Máscaras y muerte
Tercer Festival Mórbido, Tlalpujahua, Michoacán.
Roberto Coria.
Resumen. En un momento del metraje de la reelaboración para el nuevo milenio de “La masacre de Texas” (Niespel, 2005), el enorme asesino conocido como Leatherface manufactura una máscara con la piel de su víctima anterior. Cuando ha terminado, retira de su cabeza la máscara que usaba previamente y se coloca la nueva. Antes de ello observamos su tétrico rostro grisáceo, carcomido por una enfermedad de la piel. Esta exhibición fue severamente criticada por los aficionados de la cinta original. En ella, dirigida por Tobe Hooper en 1974, el homicida jamás muestra su cara. Y tal vez eso sea lo más aterrador. Para Hooper el mal no tiene rostro, adopta el del fruto de sus apetitos. La vocación costurera de Leatherface está inspirada en la del granjero Edward Theodore Gein, quien en 1957 conmocionó a la sociedad estadounidense tras ser expuesta su carrera como sastre, necrófilo y homicida.
La máscara, en primera instancia, oculta la identidad y le ofrece anonimato y cierta libertad a quien la porta. Esta liberación no siempre es constructiva. En 1941 el psiquiatra estadounidense Hervey Cleckley acuñó el término “máscara de sanidad” para designar al disfraz que portan los psicópatas –o personas con trastorno antisocial de la personalidad- para aparentar normalidad y ser funcionales ante la sociedad. No porque sufran una deformidad física, sino mental. Tras el amoroso y caritativo hombre de familia que pretendía ser John Wayne Gacy se ocultaba el asesino confeso de 33 varones de entre 9 y 20 años de edad. Gacy no usaba una máscara para cometer sus crímenes, sino el maquillaje de un payaso como herramienta de seducción y una forma de mimetizarse socialmente.
Menos sutiles han sido otros asesinos que el cine de horror ha engendrado, representantes del género y auténticos mitos contemporáneos: el sanguinario Michael Myers, con su máscara de noche de brujas, quien obedece doblemente el llamado de la sangre, o Jason Voorhies y su máscara de hockey, víctima convertido en un imponente asesino sobrenatural.
El uso de las máscaras es un recurso frecuente del cine de horror y se sustenta en uno de los miedos más elementales: tememos lo que no vemos. Demuestran, como sabiamente advirtió un niño a su aterrada niñera, que “no puedes matar al coco”.

viernes, 16 de abril de 2010

Burton y Carroll, o Carroll y Burton

Pocos autores (literatos o cineastas) han logrado provocar la creación de adjetivos para referirse a su obra. Decimos burtoniano para designar elementos fantásticos con profundas influencias del cine expresionista, un colorido delirante, tintes macabros y perspectivas imposibles. El hombre que lo ha inspirado, Tim Burton, es decididamente uno de los artistas más talentosos e imaginativos de nuestra era. Nació el 25 de agosto de 1958 en el suburbio de Burbank, California, y manifestó desde edad temprana una afinidad natural para las artes. Sin embargo era un chico extraño; arrancaba las cabezas a sus soldados de juguete y se divertía aterrorizando a sus vecinitos asegurándoles que los ovnis habían aterrizado para conquistar el planeta. Para sobrellevar la normalidad de su entorno suburbano, encontró refugio en los cines cercanos a su casa, donde pasaba horas viendo viejas películas de horror. Ingresó en su adolescencia al Instituto de Artes de California, cunero de animadores patrocinado por los Estudios Walt Disney, y se unió posteriormente a sus filas. Dirigió un par de originales cortometrajes, Vincent y Frankenweenie, estupendos ensayos fílmicos que son el preludio de una brillante carrera.
La filmografía de Tim Burton en conjunto es un estupendo cuerpo de trabajo cinematográfico. Sólido y consistente en sus temas (la marginalidad, la soledad, lo extraño, la dualidad de la condición humana, la belleza interior y los límites que establece la sociedad), personajes, actores (como Almodóvar reunió un ensamble actoral que bien podríamos llamar los Chicos Burton, entre quienes brillan Johnny Depp, Danny de Vito, Jack Nicholson, Michael Keaton, Christopher Walken, etc.), ambientes, estética y técnica narrativa, reúne los elementos para ser calificado como cine de autor si bien es inminentemente comercial. Su producción mantiene profundos lazos con la literatura. Por ello no es extraño que su décimo cuarto largometraje sea una nueva revisión de las novelas clásicas de Lewis Carroll. De hecho es la elección ideal.
Antes de continuar debo jugar al abogado del diablo. Soy un entusiasta admirador del señor Burton. Se bien que muchos opinan que se ha edulcorado y ha comprometido su visión artística. Yo creo que los cambios de enfoque en su producción son congruentes con su evolución personal. Son épocas. Por ejemplo, El Gran Pez (2003) coincide con la muerte física de su padre y su inminente paternidad. El cadáver de la novia (2005) y Charlie y la fábrica de chocolate (también de 2005) son regalos a sus hijos y medios para reencontrarse con sus obsesiones infantiles.
Lo anterior hace que tenga opiniones tan encontradas de Alicia en el país de las maravillas (2010), su regreso al estudio cinematográfico que lo vio nacer.
La primera crítica que harán los puristas de la obra de Carroll –entre los que me sumo- es que es una muy libre adaptación de sus dos novelas sobre la pequeña Alicia y sus viajes a otros mundos. De hecho el guión de Linda Woolverton es una suerte de secuela que toma elementos de ambos libros, más semejante a Regreso a Oz (Walter Murch, 1985) o a Hook, el regreso del Capitán Garfio (Spielberg, 1991) que a las incontables adaptaciones literales de los relatos.
La historia es la siguiente: Alicia Kingleigh (Mia Wasikowska), soñadora joven de 19 años, se encuentra en la víspera de un matrimonio concertado con un insípido Lord, como sucede en El cadáver de la novia y ocurría tan frecuentemente en la Inglaterra victoriana donde se ambienta la cinta. En parte atemorizada por la manera en que la sociedad le exige que actúe (“tienes casi 20 años y ese hermoso rostro no durará para siempre”), también curiosa por la insólita aparición de un Conejo Blanco (Michael Sheen), huye de su fiesta de compromiso. En la persecución del mamífero cae en un agujero que la lleva a un extraño mundo subterráneo, donde crece y se encoge recurrentemente, habitado por seres igualmente extraños como un Sombrerero (Johnny Depp), los obesos gemelos Tweedledee y Tweedledum (voz de Matt Lucas), la oruga azul Absolem (voz de Alan Rickman), el evanescente Gato de Cheshire (voz de Stephen Fry), el pájaro dodo Ulileam (voz de Michael Gough), el sabueso Bayard (voz de Timothy Spall) y gobernado por la cabezona Reina Iracebeth (Elena Bonham Carter de Burton), quien acostumbra ordenar decapitaciones a diestra y siniestra con la ayuda de su pusilánime servidor/amante Ilosovic Stayne (Crispin Glover), alias la Sota de Corazones. Todo le parece a Alicia parte de un sueño recurrente. Al final la joven descubre que se trata de un recuerdo reprimido porque visitó el lugar cuando niña y se convierte en una suerte de Juana de Arco que tiene la misión de matar al monstruoso Jabberwocky (voz de Christopher Lee), terminar con el opresivo reinado de Iracebeth y restaurar a su hermana la Reina Blanca (Anne Hathaway) como legítima y benévola soberana.
El escenario parece el idóneo para que el señor Burton despliegue su imaginación, pero el resultado es una cinta convencional donde vemos muy poco del sello que distingue su obra; este aparece acaso en la playera de los gemelos, en la sonrisa del Gato de Cheshire y en algunos árboles del Inframundo. Parece que soy severo con una película que no es mala. Es incuestionable su flamante factura (le auguro numerosas nominaciones a importantes premios en rubros técnicos), con su delirante diseño de producción. También le agradezco algunas líneas brillantes (“algunas de las mejores personas están locas”). Pero por momentos parece que el Sombrerero de mister Depp, secundario en los relatos originales, creció argumentalmente para lucimiento del actor que lo interpreta (después de todo es el actor fetiche de Burton), con todo y un extravagante bailecito. No creo que todo sea culpa del director. Nos encontramos frente al producto de un estudio dispuesto a hacer todo tipo de concesiones en favor del éxito en taquilla, cosa que consiguió contundentemente. Irónico es que Walt Disney ya haya producido una versión animada del relato (Clyde Geronimi, 1951) que, según recuerdo, capturaba el onirismo y transmite al espectador la angustia del texto original. Lo decepcionante es que el señor Burton haya cedido a esta exigencia, más cuando tiene una reputación sólida y se encuentra en posición de imponer su visión creativa. Sobre todo porque el auténtico lector de Carroll, entre los que se encuentra el mismo Burton, aprecia el absurdo que caracteriza los libros, sus diálogos y situaciones sin sentido que son, como señaló André Bretón, cimientos del surrealismo y un auténtico festín para el psicoanálisis. En las obras originales, críticas claras a la razón y el rigor académico que dominaba el periodo victoriano, Lewis Carroll reflexionaba sobre los temores del niño en su transición a la pubertad, ese momento donde su persona aún no está definida, con sus incontables cambios corporales y anímicos. Ahora la Alicia Kingsleigh de Burton es una joven casadera que se reusa a abandonar la placidez de la juventud, con el temor implícito al inicio de la vida sexual, la sumisión a una figura masculina y la pérdida de su individualidad. El desenlace es el triunfo sobre los esquemas socialmente establecidos, donde aún hay lugar para lo maravilloso. Eso sin duda es lo más burtoniano de la cinta.
Terminaré diciendo que la película me gustó pero no me maravilló. Es difícil, pero debemos aceptar que al mejor cazador se le va la Liebre de Marzo.

jueves, 15 de abril de 2010

Plantón extraterrestre

Una vindicación necesaria, por aquello que dije que de Latinoamérica sólo les interesaba Brasil a los alienígenos por ser la futura sede de los juegos olímpicos. El martes pasado vi, en la flamante serie “V”, una nave extraterrestre posada sobre la bandera monumental en el Zócalo de la Ciudad de México. Hubiera sido divertido que fuera sobre el Museo Nómada, la pista de hielo o una manifestación de esas que ya forman parte del céntrico escenario. Lo irónico es que en la plancha del primer cuadro no había tanta gente como la que reúne Andrés Manuel López Obrador. Debe estar orgulloso por superar en poder de convocatoria a los lagartos de las estrellas.