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jueves, 31 de mayo de 2012

Asesina al pie de la letra


He encontrado las opiniones más variadas de El cuervo, guía para un asesino: quienes la abrazan y reconocen sus méritos, los que la odian (Vicente Quirarte la detestó, al grado de suplicarme no verla, y él conoce muy bien la vida y obra de Edgar Allan Poe) y personas como yo, que se encuentran en el punto medio pero que se inclinan a la segunda posición. Para contribuir a formarnos un criterio definitivo, reproduzco la opinión autorizada de mi amigo Rafael Aviña, que igualmente conoce y admira a Poe. Fue publicada por el periódico Reforma,  en su sección Primera fila, el viernes 18 de mayo de 2012.
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Asesina al pie de la letra
Rafael Aviña

Inspirado quizá y sin crédito alguno en la intrigante novela de Matthew Pearl, “La sombra de Poe” (Seix Barral, 2006) , el argumento de “El cuervo: guía para un asesino” (EU-Hungría-España, 2012) dirigida por ames McTeigue, intenta sumergirse en los últimos días de vida del escritor estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849), así como en su extraña y delirante personalidad.
Al mismo tiempo, pretende rastrear en la psicopatía criminal del siglo 19, en correspondencia a la torturada fantasía literaria del autor de relatos como “Los crímenes de la calla Morgue”.
Responsable de la fascinante “V de venganza” (2005), según la novela gráfica escrita por Alan Moore, Mc Teigue parece tomar como punto de partida otro filme que también adapta a este autor, “Desde el infierno” (Allen y Albert Hughes, 2001).
Al igual que ésta, todos los ingredientes del serial killer contemporáneo están presentes: brutales homicidios, presión de la opinión pública, la ciudad presa del morbo y el pánico, y la cacería de un asesino a través de métodos científicos novedosos, con un detective (Luke Evans) que utiliza recursos y deducciones modernas para atrapar a un psicópata que se inspira en los relatos de Poe para matar a sus víctimas.
Es así como la mismísima figura de Poe (John Cusack), muerto en circunstancias nunca aclaradas, toma relevancia al ser requerido por la policía, luego de que varias víctimas aparecen asesinadas siguiendo los métodos de historias como “La fosa y el péndulo”, “El caso del Sr. Valdemar”, “El cuervo” o “El corazón delator”.
No obstante, el asunto se torna más siniestro cuando la amada de Poe, Emily (Alice Eve), es secuestrada y enterrada viva por el asesino, retando al escritor a salvarla, a través de un relato original que lo satisfaga.
Esta historia de admiración psicótica al estilo de “El fanático” (Tony Scott, 1996)  o “El rey de la comedia” (Martin Scorsese, 1983) está más cerca de las actuales y estilizadas revisiones de personajes literarios del siglo 19 (Conan Doyle, Dickens, Verne) que de las anteriores adaptaciones del universo de Poe al cine (Corman, Malle, Fellini, Vadim).
La eficacia de Mc Teigue evidente, sin embargo hubiera alcanzado mayores alturas, apostando más por la obsesión criminal que por la trama romántica.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Cría cuervos...


No esperaba ver un documental de Discovery channel, ni un especial de Biography. Sabía perfectamente que asistía a una película que partía de hechos y personajes de la vida real y los entremezclaba con elementos de ficción. Hace unas semanas hablé sobre esta posibilidad como un recurso legítimo en las bellas artes. Pero creo que aprovecharse de la Historia exige que el juego de la imaginación pueda acoplarse de manera convincente a eventos que son casi del conocimiento popular. Eso es indispensable al tratarse de figuras como Edgar Allan Poe.
Salí con sentimientos encontrados de la sala de cine luego de ver El cuervo, guía para un asesino (James McTeigue, 2012). El guión de Ben Livingston y Hannah Shakespeare hace un recuento de los últimos días de vida del poeta maldito y, como si no bastara la tragedia en que se veía inmerso, cruza su camino con un asesino. Un asesino en serie, como dicen los periódicos en la cinta, aunque en esa época no se acuñara el término. Así Poe (John Cusack) es reclutado por el letrado Inspector Emmet Fields (Luke Evans) para detener a un imitador que acaba con sus víctimas según lo planteado por el artista en sus cuentos.
La premisa en sí no parece mala. Logró atraerme en primer momento. Del  resultado no estoy tan seguro. Encontré como primera barrera al protagonista, quien no captura la esencia melancólica y fatal de Poe y usa, además de todo, una “barba de candado” al más puro estilo de la de Robert Downey, Jr., en Ironman (y secuela) y Los Vengadores. Muchos podrían acusarme de purista o exagerado, pero creo que en proyectos semejantes el respeto por los pequeños detalles otorga credibilidad. En las escasas fotografías que se conocen de él, nunca utilizó un aspecto semejante.
Concedo que la fotografía de Danny Ruhlmann y el diseño de arte de Roger Ford son competentes. También la recreación de los crímenes de Poe que van de los cometidos en Los asesinatos de la Calle Morgue, El entierro prematuro, El Misterio de Marie Roget, La máscara de la Muerte Roja. Sin embargo el demente que roba su nombre artístico de su poema más memorable, El cuervo, y su historia romántica (porque Poe si iba a casarse antes de su misteriosas muerte) hicieron que la cinta no me cautivara como deseaba. Acaso lo mejor es que el libreto trata de darle sentido a la exigencia final del héroe (que trajeran ante sí a Reynolds) y que Griswold (en clara alusión a Rufus Griswold, detractor y parásito del Maestro) haya encontrado un fin terrible según lo imaginó en El pozo y el péndulo. Debió dolerle. Y me alegro.

martes, 19 de enero de 2010

Dos cumpleaños.

Sobra recordar que hoy, 19 de enero, cumplen años dos escritores elementales de mi formación sentimental. El primero es Edgar Allan Poe, de quien he hablado ampliamente en este blog. El segundo es un gran lector suyo, el austriaco Gustav Meyrink, a quien debemos, entre muchas obras, la novela "El Golem".

Hasta el más allá, mis mejores deseos y gratitud.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Para celebrar el Día de Muertos 2.

Bernardo Couto Castillo (1879?-1901) fue el escritor maldito del modernismo mexicano. Por una ocurrencia suya nació la tan famosa Revista Moderna. Murió a los 22 años, consumido por el alcohol, las drogas, las noches disipadas. Su obra completa fue publicada en el 2001 por la Factoría Ediciones, en su serie La Serpiente Emplumada, de donde se recoge este cuento.

LA ALEGRÍA DE LA MUERTE
Bernardo Couto Castillo
Para Jesús E. Valenzuela.



Nuestra Señora la Muerte sentíase profundamente malhumorada. Durante toda la noche había errado de un lado a otro del cementerio, paseando su manto blanco a lo largo de las avenidas, haciendo chocar los huesos de sus manos y mirando con sus miradas profundas y sin expresión las blancas filas de sepulturas. Se detenía ante los túmulos suntuosos, plegando sus labios secos con macábrico gesto, y los observaba sintiéndose llena de satisfacción al considerarse la dueña de todo lo creado, la soberna derramadora de lágrimas, el terror del pobre mundo, la grande, la Todopoderosa.
A lo lejos, de la ciudad se levantaba luminosa polvareda; la malhumorada la veía fríamente, preguntándose si todos cuantos la habitaban podrían fácilmente caber en su tenebroso dominio, y extendía su vista sobre los campos, pensando en reemplazar trigos y árboles por desnudas o labradas piedras y en apagar con paletadas de tierra el brillo de la ciudad.
Al amanecer se pudo en marcha, razonando silenciosa. Su descontento era en verdad bien grande: desde arriba no la ayudaban; los tiempos eran malos hasta el exceso; durante todo el año ninguna epidemia, ninguna guerra, ninguna de esas matanzas en grande que la regocijaban, llenándola de trabajo y librándola del roedor fastidio. Para alimentar a sus gusanos, pobres y débiles criaturas confiadas a su cuidado, para nutrir la voraz tierra, había tenido que ir de un lugar a otro, acechando, sitiando, poniendo el revólver o el veneno en las manos de los cansados, afligiendo madres, viéndose obligada a ahogar las súplicas y a apartar bruscamente los brazos defensores de las vidas queridas.
En su irritación, se proponía trabajar duro y poblar toda una avenida del camposanto, que en sus nocturnos paseos le disgustaba por hallarse virgen de despojos humanos.
En la primera casa que acertó a distinguir, penetró fieramente como Señora y Reina, encontrándose a un anciano, lo que la llenó de despecho, aumentando su criminal impaciencia y su fastidio. Los cabellos blancos le hacen pensar en la nieve y el frío de sus cementerios. Las arrugas, los rostros ajados, le recuerdan su existencia, vieja ya como el mundo. Ella busca, sobre todo, los rostros jóvenes, los cuerpos fuertes, los seres que harán falta, y sobre los que el llanto dejará su humedad.
El anciano sintió que en él pasaba algo de anormal; su cabeza y sus miembros se entorpecían, sus pies se enfriaban, se turbaba su vista y un inmenso terror le invadía; alarmado, pidió a gritos el auxilio de un médico. La Muerte, exasperada, ahogó el grito, rompió el hilo que a la vida lo sujetara y se alejó impávida.
-Decididamente –se decía al salir-, soy demasiado buena y por lo mismo demasiado estúpida. ¡Llevarme a un viejo que en unos meses más tarde hubiera ido por sí solo, librarlo de una vida que solo era un peso, un constante temblor, una ruina!... no, decididamente he sido demasiado buena a es preciso vengar mi torpeza.
Caminando, llamó su atención un poco más lejos, una casa en la que todo parecía sonreír; las hay así, casas que parecen rostros amables, con sus rejas recién pintadas, sus cortinas de colores muy claros, y sus enredaderas en los que hay prendidos ramilletes de flores; casas que detienen al transeúnte para hacerlo envidioso. “Bonito nido –murmuró la visitante- ya lo veremos dentro de una hora”, y haciendo chocar los huesos de sus manos, se entró recta hasta un cuarto en cuyo fondo, y elevado como un trono, aparecía el lecho.
La esposa dormía. La Muerte tocó sus brazos desnudos, haciéndola estremecer de frío, oprimió ligeramente el cuello para procurar un poco de ansiedad, le dio tiempo para llamar, vio con placer que todo el mundo se alarmaba, rió de las carreras, de los frascos traídos, prolongó sus frías caricias e hizo profunda reverencia acompañada de horrible mueca al médico que precipitadamente entraba. Volvió a oprimir con más fuerza, acercó su boca infecta para aspirar el aliento de su víctima, paseó sus dedos ásperos por el hermoso cuerpo, le estrujó el corazón, y cuando, después de haber jugado con esa vida como juega el gato con el ratón, se hubo cansado, la sacudió y alejó impasible, sonriendo al coro de lamentos que tras sí dejaba. Fue luego una larga sucesión de asesinatos; por donde quiera que pasaba, dejaba ventanas cerradas, casas donde las abandonadas se miraban con huraños ojos sin atreverse a hablar, largas letanías de rezos entrecortadas por sollozos- A las cuatro de la tarde, algo atormentada por tanto llorar, se introdujo en el cuarto de uno que la llamaba.
Ahí fue recibida como una Redentora; los dedos fríos, largos y duros como tenazas, parecieron suaves y blandos; el rostro ajado, el gesto espantoso, tomaron las formas de un rostro joven y piadoso, llegando como una amada a imprimir el beso sagrado; el manto húmedo, el sudario medio desgarrado, pareció ligera gasa velando un cuerpo muchas veces soñado y deseado en todas las horas de desfallecimiento.
Las bendiciones que allí recibió, de nuevo la disgustaron, y cuando buscaba a quién llevar consigo una vez más, tropezó con un médico.
¡Ah! ¡Señor Doctor! ¡Apresurados vamos!, sin duda será para arrebatarme algún pensionario. Vuestra ciencia es tan grande, prodigáis tanto la salud y la vida, que yo, pobre Muerte, necesito de vos. Y diciendo esto, maltrataba al sabio, que muy ocupado con la muerte de los otros, apenas si se ocupaba de la suya: con precipitación penetró a una botica, pidió agua y polvos, pero cuando se disponía a usarlos, la disgustada dueña del cementerio le ahogó de un seco y formidable manotazo.
En la noche, antes de volver a su dominio, una gran iluminación la atrajo y lentamente entró a un circo. Como a buen tirano, el goce de los otros la ofendía, le estorbaba, pareciéndole que de algo la despojaban; las luces, el brillo de los colores, la orquesta, la pusieron fuera de sí; consolóse, sin embargo, pensando que todos, absolutamente todos, le pertenecían; lo mismo los alegres que los fastidiados, los inteligentes que los estúpidos; los poderosos que los miserables; todos eran carne que engordaría a sus gusanos; con sólo extender su mano o dar fuerza a sus soplo, interrumpiría la risa y evitaría el aplauso, sin que nadie, absolutamente nadie, pudiera librarse de su yugo. “Adiós, pues, rostros jóvenes, rostros hermosos, corazones inflamados y seres que esperáis la ventura; ninguno de vosotros pensáis que sois míos; reflexionáis, os movéis, hacéis ruido, y vuestra vanidad, inflándose inmediatamente, os hace creeros libres y dueños de vosotros mismos: ¡ah!”
“¡Ah!, ¡pobres locos!, yo sola soy vuestro dueño; me pertenecéis desde el principio de los siglos y me perteneceréis hasta que mis huesos se rompen bajo las ruinas del Universo. Reíd, reíd, haced los movimientos que en mí causan espanto; el hilo de vuestra vida, pobres fantoches, está en mis manos; reíd, representad vuestra comedia hasta que el sostén se rompa y os deje caer sobre el tablado frío, enlutado escenario de silenciosa tragedia, que será el ataúd”.
Vino a interrumpirla en su amenazante monólogo la aparición de un payaso blanco como ella; hacía gestos irónicos parodiando el dolor de una pasión no correspondida; en su ancho traje de seda ostentaba, delicadamente bordadas, inmensas calaveras llorando por sus órbitas vacías. “¡Hola! –exclamó la fúnebre espectadora_, ¡hola!, conmigo juegas y el dolor parodias, amiguito mío; yo contendré tus risas y te haré no reír del dolor”, y saliendo fue derecho a la casa del clown.
“Bebé”, el niño que alegraba el hogar con lo sonoro de sus risas y la constante movilidad de su pequeño cuerpo, dormía descansando de sus innumerables carreras y su eterno charlar. Sobre su rostro caía el resplandor de una lámpara azul. “Bebé” dormía risueño, los diminutos puños cerrados y el aire satisfecho.
La criminal se detuvo un momento; aunque no quería confesárselo, sentía debilidad, algo así como un remordimiento de arrebatar un ángel tan hermoso, de cambiar sus facciones nunca quietas por las inalterables líneas, y su constante bullicio por el más completo silencio. Pensó en los besos y en las caricias que diariamente debía recibir, en las carcajadas que el padre tenía que arrancar a su humor no siempre riente, para rodear de cuidados al niño, y casi estuvo por retirarse. Su debilidad la detuvo; llevó un dedo a su frente y miró de nuevo al niño: “Vamos –se dijo-, ¿es que por casualidad me volveré compasiva? No, mi honor no lo permite”, y comenzó la obra.
Ésta, que al parecer era sencilla, no lo fue tanto. La madre abrazaba al niño, lo defendía, lo resguardaba, lo cubría son su cuerpo para evitar los abrazos de la cruel.
Cuando sentía que los pequeños miembros se helaban, ella les daba su calor y cuando la respiración era difícil, ella le daba su propio aliento.
Fueron horas de ansiedad; a veces los dedos fríos tocaban la piel fina, pero la madre removía a la criatura haciendo circular la sangre, y la vida volvía lenta, los pequeños ojos se abrían, la cabeza pálida encerrada en su marco de cabellos rubios, recobraba la vida, hasta que algunos minutos después los dedos tocaban de nuevo, y el frío volvía y la palidez era más grande.
La lucha duró varias horas, la madre no se cansaba nunca y la muerte se indignaba. Hubo un momento en que pensó llevarse también a la defensora, pero entonces no habría dolor y el triunfo no sería completo.
Al fin venció, cuando la madre se apartó un momento dejando al descubierto el cuerpecito.
El honor de la Muerte, estúpido como el honor de los hombres, había dado muerte a “Bebé”.
Al día siguiente, sus víctimas llegaron una después de otra. Ella las recibía ceremoniosamente, les rendía todos los honores, aceleraba a los sepultureros, hacía remover la tierra y sonar las campanas. Vino el ataúd de la desposada, cubierto de flores llenas de frescura y de vida: ironía propia de todo funeral. Vino el niño en su caja pequeña, blanca y acolchonada como un lecho; vinieron el viejo y el joven y los otros, siendo colocados a pequeñas distancias, en la avenida, un día antes desierta y llena ahora de flores. Vinieron los dolientes, rostros afligidos y sinceros, rostros indiferentes o imbéciles, rostros de ocasión, como los trajes que llevaban, como las palabras que decían. Las cajas desaparecieron, las flores murieron bajo las paletadas de tierra, las lágrimas se secaron, y de nuevo, sólo hubo silencio.
Esa noche, la Luna brilló con todo su esplendor. Cerca del cementerio los perros ladraban; a lo lejos, la ciudad mostraba sus millares de puntos luminosos brillando como estrellas en cielo oscuro, y el viento mecían las ramas que dan sombra a los lechos donde nunca llega el calor. La Muerte se paseó a lo largo de las tubas; abría las recién cubiertas y se alegraba viendo el cuerpo puro, el cuerpo joven de la desposada que un día antes dormía sobre brazos amados, amarillento, con manchas azuladas, siendo pasto de los gusanos, y observaba atenta los lugares donde más abundaban, animándolos en su obra iba al niño, desbarataba los cabellos que caían a lo largo de la cara color de cera, palpaba las manecitas que antes removieran todo; meneaba los cuerpos, se embriagaba en su olor, e indiferente se alejaba, acosada otra vez por el soberano fastidio.
Pero su gran satisfacción, su mayor goce, era pensar que si todos le pertenecían en cuerpo, por completo le pertenecían un mes, un año, dos años después, cuando el olvido los hubiera borrado de la memoria de los hombres. La muerte se retiró; su día no era del todo malo.

sábado, 10 de octubre de 2009

Querido Edgar Allan Poe.

Una de las personas que conoce más sobre la vida y obra de Edgar Allan Poe es mi amigo Vicente Quirarte, poeta, ensayista y dramaturgo mexicano. Él tuvo la visión y entusiasmo para fundar la Casa Poe, recinto enclavado en la Ciudad de México que tiene como cimiento su amor a las letras. También fue el inspirador de una serie de actividades que el colectivo Cadáver exquisito realizó en el bicentenario del nacimiento del Maestro Poe. En el 160 aniversario del ingreso a la inmortalidad, me permito reproducir la carta que Vicente escribió al autor del Corazón delator como un tributo a su genio imperecedero.

Querido Edgar Allan Poe:
Las cosas en el que fue su mundo han cambiado, pero aún permanece la barbarie del que todo lo quiere sin importar los medios. A ningún muerto le importa saber que vive en la memoria de quienes le sobreviven, pero desde donde Usted se encuentre debe sonreír, satisfecho por haber escrito “El extraño caso del señor Valdemar”: como él, nos habla desde un dominio que nuestras limitaciones nos obligan a llamar más allá. Usted lo supo mejor que nadie. Ser escritor es una victoria formada por una suma de fracasos. Como los boxeadores, usted vivió en un país y en un tiempo donde para mantenerse en la cúspide era necesario hacer a un lado la pasión del amateur que actúa porque quiere y no porque debe. Antes de Hawthorne y Melville, dos de sus grandes herederos, se atrevió a decir no y a escribir historias incomprensibles, ambiguas, laberínticas, cuyos lectores aún no nacían. Ahora las cosas son distintas y Usted tiene qué ver con todo y con todos: con el adolescente que en su ansia de vida se descubre entre el pozo y el péndulo antes de encender la televisión, esa caja del diablo que hubiera podido inventar el profesor Von Kempelen; con el proyecto de Alan Parson, quien tradujo al pentagrama no las anécdotas sino los climas de sus Tales of Mystery and Imagination; con los Beatles, que lo colocan en la portada de su Banda de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta; con Diamanda Galas y su desgarradora plegaria por la peste de este fin de siglo, tan devastadora como la muerte roja.

Usted nunca tuvo hijos, mas procreó una dinastía de descastados: el inmenso Charles Baudelaire, quien de no haber escrito nada, hubiera pasado a la Historia como el más generoso y eficaz agente literario, como el príncipe de los amigos en el más ingrato y solitario de los oficios; Horacio Quiroga, poseído por la fiebre diurna que azuzó los terrores de Arthur Gordon Pym; el torturado Howard Phillips Lovecraft, vagabundo en las calles de Providence, descubriendo en cada esquina que los monstruos nacen de las profundidades del corazón. Jorge Luis Borges, amante de los laberintos y la limpieza matemática de la prosa, nos enseñó a entrar con más cuidado en senderos de los que Usted fue pionero.

Ahora sus compatriotas –esos que en vida no lo merecieron- han alcanzado la Luna, como antes lo hizo el globo aerostático de su Hans Pfall. Las computadoras resuelven en segundos la criptografía que a los personajes de “El escarabajo de oro” les llevó una vida. El cine, desde la obviedad estremecedora de Vincent Price al lirismo de Louis Malle, se ha encargado de traducir, con mayor o menor fortuna, sus visiones. Marie Bonaparte, discípula de Sigmund Freud, lo tomó como modelo de laboratorio para ilustrar los abismos del alma. En fecha reciente, un ejemplar de Tamerlane, su libro de poemas, se vendió en una cantidad que sólo por vergüenza nos callamos.

El mal no termina, y para encontrar las fuerzas que lo mueven no bastan los tecnócratas: es necesaria la fuerza y la tenacidad de un August Dupin. El detective sigue siendo –por fortuna- un hombre común, víctima de sus iluminaciones y desastres. La literatura, tal y como Usted la concibió, sigue siendo un juego de inteligencia, de pasión domada: el azar es consuelo de los mediocres. El triángulo brevedad-intensidad-efecto que resolvió con limpidez de teorema en “La filosofía de la composición” está marcado a fuego en todo aquel que desea transladar la horrible realidad a la existencia incorruptible del texto perfecto.

Quien nace para vidente, intuye lo que vendrá, no obstante la imprecisión y vaguedad de las formas. Usted sabía todo esto. De ahí la ambigüedad de esa semisonrisa que lo caracteriza en la mayor parte de sus retratos. A 160 años de su partida, Usted, Edgar Allan Poe, es cada vez más joven. Si vuelve a morir, será por nuestra incapacidad para seguir mirando los fulgores de su exigente diamante. Lo afirman los más autorizados académicos; lo comprueba el niño que en mitad de la noche descubre que en su ropero se congregan los terrores del primer hombre, ése que en el cielo descubrió su miedo y con ello supo que, a pesar de todo, vivir es una aventura incomparable.

Vicente Quirarte.

martes, 6 de octubre de 2009

En el 160 aniversario luctuoso de Edgar Allan Poe.

Basta de vampiros (por ahora).
En el ensayo que Julio Cortázar dedica al mito literario llamado Edgar Allan Poe, da cuenta del testimonio hecho por el Dr. John Moran, el médico que asistió al poeta maldito en sus últimas horas: “Estaba ya perdido para el mundo, a solas en su particular infiero de vida, entregado definitivamente a sus visiones [...] El resto de sus fuerzas [...] se quemó en terribles alucinaciones, en luchar contra las enfermeras que lo sujetaban, en llamar desesperadamente a Reynolds, el explorador polar que había influido en la composición de Gordon Pym y que misteriosamente se convertía en el símbolo final de esas tierras del más allá que Edgar parecía estar viendo, así como Pym había entrevisto la gigantesca imagen de hielo en el último instante de la novela [...] Como le dijeran que estaba muy grave, rectificó: No quiero decir eso. Quiero saber si hay alguna esperanza para un miserable como yo. Murió a las tres de la madrugada del 7 de octubre de 1849. Que Dios ayude a mi pobre alma, fueron sus últimas palabras”.
La noche que murió Poe es la historia conjetural, en un acto, de lo ocurrido esa noche de otoño en la sombría habitación de un hospital de Baltimore. La escribí basándome en la vida y obra del poeta. Me permito reproducir la primera escena del texto como mi humilde homenaje en el 160 aniversario de su fallecimiento.

Escena 1
Edgar
Una sombría habitación en el Washington College Hospital. Se escuchan los ecos de lamentos y quejidos de otros pacientes. En el extremo derecho del cuarto yace postrado en una cama Edgar Allan Poe, cubierto por una sábana blanca que pretende hacer juego con la bata que viste. Se convulsiona en el lecho. Su cabello y bigote negros acentúan su tez mortalmente pálida. Está bañado en sudor, atormentado por terribles alucinaciones, en algún lugar entre el sueño y la conciencia. Se escucha repentinamente el tañer de las campanas de una iglesia cercana. Anuncian la medianoche.

Poe.- Escuchad las sonoras campanas. ¡Qué historia aterradora presagian excitadas! ¡Cómo llenan de histéricos aullidos el aturdido oído nocherniego! ¡Cómo rechinan, chocan y braman! ¡Cuánta desesperación derraman en el seno de aire palpitante! Pero el oído sin duda intuye, en el talán y el repicar, cómo el peligro crece o huye...
Silencio. Se escucha repentinamente un golpe en la puerta. Poe se sobresalta.
Poe.- ¿Quién llama a mi puerta? Acaso un visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más. Señor o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar, a llamar a la puerta de mi cuarto, que apenas pude creer que os oía. Ciertamente, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Dejad, pues, que vea lo que sucede allí, y así penetrar pueda en el misterio. Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio.
Se escucha una puerta que se azota y el aleteo y graznido de un cuervo. Poe sigue con su mirada, sobresaltado, su presencia invisible hasta el dintel de la puerta de la habitación.
Poe.- Aun con tu cresta cercenada y mocha, no serás un cobarde, hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- ¡Profeta! ¡Cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te imploro!
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- ¡Sea esa palabra nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! ¡Vuelve a la tempestad. No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira que profirió tu espíritu! Deja mi soledad intacta. Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta.
Voz en off.- Nunca más... nunca más... nunca más... nunca más... nunca más...
Poe.- (Se lleva las manos a la cara y comienza a gritar desesperado) Nunca más... nunca más... nunca más... ¡Reynolds! ¡Reynolds!
Entra en la habitación Miss Harold, la enfermera, alarmada por los gritos de Poe. Trata de controlarlo.
Miss Harold.- Señor Poe, cálmese, por favor. Tiene que calmarse.
Poe.- ¡Reynolds! ¡Necesito ver a Reynolds!
Miss Harold.- (Se sienta en la cama y lo sujeta) Aquí no hay nadie con ese nombre, señor Poe, se lo he dicho mil veces. Por favor tranquilícese o el doctor Moran ordenará que lo atemos de nuevo.
Poe.- Necesito hablar con Reynolds, es cuestión de vida o muerte. Mi alma inmortal depende de ello. ¡Reynolds! ¡Reynolds!
Miss Harold.- Cálmese ya. Todo fue un sueño.
Poe.- (La mira, desconcertado) ¿Un sueño? Ojalá mi vida joven fuera un sueño duradero, y mi espíritu durmiera hasta que el rayo certero de la eternidad anunciara el nuevo día (se tranquiliza).
Miss Harold.- En unas horas amanecerá y se sentirá mejor, ya lo verá.
Poe.- (Desconcertado) ¿Quién eres tú, ángel sereno, que ha venido a confortarme en estas horas aciagas? ¿Virginia? ¿Virginia, eres tú?
Miss Harold.- No, señor Poe. Soy Miss Harold, su enfermera. ¿No me recuerda?
Poe.- Por supuesto que la recuerdo. Sólo es que todo es tan... confuso. He perdido la noción el tiempo. No sé si es día o noche. Transito por un camino oscuro y yermo. Me siento cansado, muy cansado.
Miss Harold.- Duerma, duerma. Todo va a estar bien.
Poe se sume de nuevo en la inconsciencia, balbucea palabras ininteligibles. La enfermera toca su frente. Toma un recipiente con agua, moja un paño, y comienza a enjuagarle el sudor.
Miss Harold.- Pobre alma desdichada. Si tan sólo pudiéramos hacer algo para mitigar su sufrimiento.
Se abre la puerta. Entra el doctor John Moran. Es un hombre en sus cuarentas que viste bata blanca y lleva un expediente médico en la mano.
Dr. Moran.- ¿Alguna mejoría?
Miss Harold mueve la cabeza, negativamente.
Dr. Moran.- ¿Ha logrado retener alimentos?
Miss Harold vuelve a negar con la cabeza.
Dr. Moran.- No me sorprende. Mañana cumplirá aquí cuatro días y no responde al tratamiento. El deterioro es más avanzado de lo que esperé.
Miss Harold.- ¿Averiguó quién es ese Reynolds, a quien llama insistentemente?
Dr. Moran.- No. Esta mañana escribí un telegrama a su tía, una señora llamada María Clemm, y me respondió que no hay nadie con ese nombre entre sus familiares y amigos, que en realidad son muy pocos.
Poe.- (Como débiles susurros) Muddie, mi amada Muddie.
Miss Harold.- ¿Y en su trabajo?
Dr. Moran.- Nada. A decir verdad, el señor Poe no es un hombre muy apreciado en su gremio. Y no me sorprende. Su vicio y la agudeza de su pluma le han ganado varias enemistades.
Miss Harold.- ¿A qué se refiere?
Dr. Moran.- Un crítico literario, como lo es el señor Poe, siempre ofende susceptibilidades. Por sólo citar un ejemplo, me entrevisté con un señor Griswold, un editor que trabajó con él hace tiempo, quien sólo usa palabras como “ebrio”, “drogadicto” y “loco” para describirlo.
Miss Harold.- Qué terrible manera de expresarse de alguien.
Dr. Moran.- Y a decir verdad, su estado físico y la naturaleza de su obra parecen confirmarlo.
Miss Harold.- ¿Todo lo que se dice sobre él es cierto?
Dr. Moran.- Al menos la mayor parte. ¿Ha leído alguno de sus cuentos?
Miss Harold.- No.
Dr. Moran.- Y no se lo recomiendo.
Miss Harold.- ¿Es un mal escritor?
Dr. Moran.- Por el contrario. Creo que no me expresé correctamente. Es brillante, excepcional, mil millas por encima de otros autores que he leído. Me refería a sus temas, mórbidos, escandalosos, terribles. Créame, le provocarían pesadillas.
Miss Harold.- ¿Qué tuvo que sucederle a este hombre para llegar a este estado?
Dr. Moran.- ¿Estaba usted de guardia el día que lo internaron?
Miss Harold.- No.
Dr. Moran.- El Dr. Snodgrass recibió un mensaje de un caballero de apellido Walker. En la nota le informaba de un hombre que halló en la taberna de Ryan, al parecer completamente ebrio, que se encontraba mentalmente perturbado y precisaba asistencia médica urgente.
Miss Harold.- ¿Era el señor Poe?
Dr. Moran.- (Asiente con la cabeza) El Dr. Snodgrass acudió a la taberna de inmediato y comprobó la gravedad de su estado. Lo trajo al hospital y lo puso bajo mi cuidado. Debió haberlo visto. Su condición era alarmante, gritaba y forcejeaba con los enfermeros. Se necesitaron cinco personas para someterlo. En mi experiencia no había visto un caso igual.
Miss Harold.- Dios mío. ¿Y no había nadie más con él? ¿Algún compañero de borrachera?
Dr. Moran.- Nadie. Tampoco llevaba nada consigo, ni dinero, ni objetos de valor, ni identificación alguna. Hubiera pasado por un pobre indigente si no lo hubiera reconocido. Su aspecto era terrible, y no sólo en lo físico. Su ropa estaba en el peor estado, sucia, andrajosa. La única prenda en regular estado era esa capa negra (señala el ropaje en el perchero, al fondo de la habitación). Luchó como una fiera cuando tratamos de quitársela, así que optamos por dejarla cerca de él.
Miss Harold.- (Suspira) Pobre hombre. ¿Hay alguna esperanza para él?
Dr. Moran.- Hemos agotado todos nuestros recursos, y no parecen surtir efecto. Las alucinaciones y el delirium tremens son las fases más graves del alcoholismo. Pocos han sobrevivido a ellas. Su corazón y su cerebro están pagando las consecuencias de su vida disipada. Sólo podemos esperar un desenlace fatal.
Miss Harold.- ¿Entonces no queda nada más por hacer?
Dr. Moran.- Sólo hacer sus últimas horas lo más confortables que podamos.
Moran se dirige a la puerta.
Miss Harold.- Su tía.
Dr. Moran.- (Se detiene) ¿Si?
Miss Harold.- Acaba de mencionar a una tía. ¿No cree que debería estar a su lado, en el último momento?
Dr. Moran.- (Suspira) No le informé los detalles de la condición del señor Poe. Es una mujer de edad avanzada, enferma. Sufriría demasiado. Sería devastador para ella verle en este estado.
Miss Harold.- Nadie debería de morir así.
Dr. Moran.- Tiene razón, pero ya no está en nuestra manos.
Sale Moran. Miss Harold toma de la mano a Poe, se levanta y se dispone a apagar la lámpara de gas de la pared. Edgar la detiene.
Poe.- Por favor, no. Déjela encendida. No quiero que la oscuridad me devore.
Miss Harold obedece, le ofrece una sonrisa compasiva y sale de la habitación.
Poe.- No quiero transitar solo por ese camino oscuro y yermo que asolan ángeles enfermos, donde la Noche es el icono que reina erguido en su negro trono.
Transición a escena 2.

domingo, 26 de julio de 2009

Edgar Allan Poe y las ciencias forenses

El pasado 24 de marzo de 2009, el Instituto Nacional de Ciencias Penales, órgano académico de la Procuraduría General de la República, organizó el encuentro "Edgar Allan Poe y las ciencias forenses", como un homenaje en el bicentenario del natalicio del emblemático autor. Participaron el Dr. Rafael Moreno González -profesor e investigador emérito de la institución-, el Mtro. Gerardo Laveaga -Director del INACIPE-, el Dr. Anselmo Apodaca -Director de Criminalística de la PGJDF-, el escritor Alberto Chimal y su servidor. He aquí el texto que lei en mi intervención dentro de dicho acto.

***

Edgar Allan Poe y las ciencias forenses
LDG Paulo Roberto Coria Monter
Coordinación General de Servicios Periciales, PGJDF

A la memoria de Antonio Monter Núñez,
devoto de las letras, cazador de monstruos.

El analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente
en desenredar. Los crímenes de la calle Morgue, Edgar Allan Poe.

I

Si para el eminente criminalista mexicano Rafael Moreno González Sherlock Holmes[1] es el paradigma del detective literario e iniciador del modo de pensar del moderno investigador de los delitos, la técnica y espíritu de su método deductivo se encuentran fundadas en las hazañas del detective francés August Dupin[2], producto –como todos sabemos- de la imaginación de Edgar Allan Poe.

El 19 de enero de 2009 se cumplieron 200 años del nacimiento de Poe, creador de una revolucionaria teoría poética, crítico literario, prolífico cuentista y creador del relato policial. Su trascendencia invita a estudiar un sus relaciones con las ciencias forenses.
El propio Doyle[3] reconoció con el disfraz del desdén la importancia de Dupin en la concepción de su personaje como su más notable modelo. En Estudio en escarlata, el primer caso de Holmes, el Dr. John Watson ve cortado de tajo su entusiasmo al comparar a Holmes con Dupin.
–Sin duda cree usted halagarme estableciendo un paralelo con Dupin- apuntó. –Ahora bien, en mi opinión, Dupin era un tipo de poca monta. Ese expediente suyo de irrumpir en los pensamientos de un amigo con una frase oportuna, tras un cuarto de hora de silencio, tiene mucho de histriónico y superficial. No le niego, desde luego, talento analítico, pero dista infinitamente de ser el fenómeno que Poe parece haber supuesto-.

Más allá de su mérito artístico, los relatos detectivescos de Poe son anticipatorios en muchos sentidos. Tienen su origen en un momento en que el hombre reconoce la importancia de la razón y en los trabajos de grandes filósofos como Voltaire, en la imposibilidad de la resolución de los crímenes mediante confesiones forzadas o la mera intuición. Poe arrojó luz a un momento histórico donde los cuerpos policíacos no estaban plenamente constituidos y sus métodos eran por de más cuestionables, de la misma forma que los británicos Charles Dickens o William Godwin adviertieron las enormes fallas del sistema y las expresaron a través de sus letras.
Poe seguramente tuvo presente a Eugene Francois Vidocq (1775-1857), el delincuente convertido en policía que fundó la Sûreté, el primer cuerpo policíaco plenamente constituido de Francia. Aunque Vidocq tenía más de intuitivo y visceral que el analítico y metódico personaje creado por Poe, no podemos evitar reconocer sus méritos: empleó el disfraz como un medio para infiltrarse en la comunidad criminal, conformó un amplio archivo con los datos de todos los delincuentes que conocía, incluyendo su aspecto físico, sus sobrenombres y su mode operateur. Su autoridad, revocada en 1833 –ocho años antes de la primera aventura de Dupin, publicada el mes de abril de 1841 en la revista norteamericana Graham-, delimitó la llamada Era equívoca de la investigación policial. A pesar de ello es recordado como un héroe y fue interpretado en el cine por el más talentoso actor de Francia. Poe anticipó el espíritu de la llamada Era científica, representado en la figura del modesto funcionario administrativo Alphonse Bertillon (1854-1914)[4], quien creó en 1879 el método que suponía el matrimonio de la Antropología física y la pesquisa policial bautizado como Bertillonage. Sus contemporáneos consideraron la técnica como el invento más grande y genial que la ciencia de la investigación criminal efectuó en el siglo XIX. Tras el éxito de su procedimiento, Bertillon estableció el novedoso Service d´identification de la Prefectura de Policía y ganó el grado de Chevalier de la Legión de Honor de Francia.
Las ciencias forenses, como las conocemos hoy en día, iniciaron en la Francia donde Poe ambientó las andanzas de su detective. Pero el espíritu de la investigación criminal de finales del siglo XIX fue cristalizado en la disciplina conocida como Criminalística, término acuñado en 1894 por el juez de instrucción Hans Gross en la provincia de Graz, Austria. El juez Gross estaba convencido –como el Ichabod Crane de le película de Tim Burton- que la resolución de los crímenes debía realizarse mediante la intervención de los conocimientos científicos. El fruto de su razonamiento fue plasmado en su libro Manual del Juez de Instrucción, Agentes de Policía y Policías Militares.

II
La incipiente ciencia forense de la era de Dupin era sólo un conjunto de técnicas y conocimientos sin ninguna sistematización clara, no muy comprobados ni verificables y, por consiguiente, falibles. Aunque no debemos desestimar los primeros pasos dados por Bertillon, la incipiente ciencia forense no reunía los requisitos para resolver muchos casos que permanecen hasta la fecha como misterios. No olvidemos el caso de Mary Cecilia Rogers, la hermosa vendedora de cigarros cuyo cadáver fue descubierto flotando en el Río Hudson de Nueva York el 28 de julio de 1841. Sobra decir que las autoridades policiales fueron incapaces de hallar al culpable –o culpables- del crimen. Poe intentó dar coherencia a los hechos caóticos y una respuesta al enigma en la segunda aventura de Dupin, El misterio de Marie Roget, publicada en tres partes en el Ladies´ Companion, entre noviembre y diciembre de 1842 y febrero de 1843. Esto demuestra la máxima que enunció un gran poeta: el bien no hace gran literatura. El novelista norteamericano Irving Wallace especula con malicia que el autor de “El cuervo” conoció a la chica en la tienda de tabacos, se obsesionó enfermizamente con ella y su cuento es la descripción del crimen tal como lo cometió.

Si el objeto de estudio de la Criminalística es el material sensible significativo[5] dejado por el delincuente antes o después de cometer el ilícito, la observación es la principal herramienta del investigador. Reconocida por Moreno González como “la ciencia del pequeño detalle”, es objetivo de la Criminalística identificar estos vestigios sin importar lo diminutos que sean. La gente miente, los indicios no. Poe reconoce la importancia de saber qué se debe observar, pues –como sucede en La carta robada- lo obvio es lo más invisible. Para Poe y Dupin la observación es una necesidad. En 1910 el criminólogo francés Edmond Locard advirtió que es imposible que un individuo actúe, en la tensión de la acción criminal, sin dejar rastros de su presencia. También descubrió que estos indicios pueden conducirnos a su identidad. El razonamiento lógico de Locard constituye la piedra angular de la investigación científica de los crímenes y es conocido como principio de intercambio. En el ya citado cuento Los crímenes de la calle Morgue (1841), Dupin localiza elementos filamentosos en la mano de la difunta madame L´Espanaye, así como de “contusiones[6] negruzcas y profundas huellas de uñas” en la garganta de la víctima y de “una serie de manchas lívidas[7] que resultaban de la presión de unos dedos”, todos eventualmente son relacionados con el autor de los asesinatos –el enorme orangután de Borneo por todos conocido-.

Edgar Allan Poe puede ser relevante también en el ámbito de la Criminología moderna. John Douglas, uno de los más reconocidos estudiosos del asesinato serial en Norteamérica, quien entrevistó a algunos de los más notables asesinos de nuestra era como David Berkowitz y Charles Manson, reconoce a Poe como pionero del arte del perfilamiento, la técnica proactiva que ofrece información valiosa sobre un hecho delictivo a partir de una observación analítica y sistematizada. Poe escribe al respecto:
El analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.

El reconocimiento de la dualidad humana que Poe anuncia en su cuento William Wilson (1839) lo vuelven especialmente relevante en una época anterior al psicoanálisis de Sigmund Freud y a la aparición de dos obras mayores sobre el tema: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson y El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde.

III

Si la tragedia que envolvió su vida explica y define su obra, la muerte de Poe invita a la especulación y representa un misterio que sólo el chevalier Dupin sería capaz de resolver. Estudiosos alrededor del mundo han hablado de conspiraciones, rabia, sífilis, epilepsia, meningitis, de la tuberculosis que tanto le arrebató, pero sobre todo de alcoholismo y su alma torturada. El neurólogo Bruno Estañol afirma que el poeta murió de epilepsia. Ante la inexistencia de un historial clínico del internamiento de Poe en el Washington College Hospital de Baltimore, yo me adhiero al pensar de la Toxicología Forense. El alcoholismo, o intoxicación por etanol, es una enfermedad progresiva con repercusiones médicas y sociales. Desde el punto de vista psíquico, el alcoholismo se caracteriza por el deterioro mental con pérdida de memoria, temblores y alteración del juicio. Pueden originarse cuadros como el delirium tremens, amnesia y confusión; desde el punto de vista orgánico pueden observarse síntomas de desnutrición, trastornos del hígado, corazón y sistema nervioso. Si Poe bebió su primera copa hacia 1835, a los 24 años de edad, y fue una conducta crónica el resto de su vida –adquiriendo un giro autodestructivo después de la muerte de su amada esposa Virginia Clemm en 1847-, resulta fácil suponer las inevitables complicaciones. En un sentido romántico, podría decirse que murió del corazón.

Las tres últimas horas de vida de Poe son el objeto del nuevo planteamiento escénico de Teatro Gótico La noche que murió Poe, que espera ver la luz el año del bicentenario de su nacimiento. En el ensayo biográfico que Julio Cortázar dedica al poeta, da cuenta del testimonio hecho por el Dr. John Moran, el médico que lo asistió en sus últimas horas:

Estaba ya perdido para el mundo, a solas en su particular infiero de vida, entregado definitivamente a sus visiones [...] El resto de sus fuerzas [...] se quemó en terribles alucinaciones, en luchar contra las enfermeras que lo sujetaban, en llamar desesperadamente a Reynolds, el explorador polar que había influido en la composición de Gordon Pym y que misteriosamente se convertía en el símbolo final de esas tierras del más allá que Edgar parecía estar viendo, así como Pym había entrevisto la gigantesca imagen de hielo en el último instante de la novela [...] Como le dijeran que estaba muy grave, rectificó: No quiero decir eso. Quiero saber si hay alguna esperanza para un miserable como yo. Murió a las tres de la madrugada[8] del 7 de octubre de 1849. Que Dios ayude a mi pobre alma, fueron sus últimas palabras.

El creador trasciende a través de su obra, sin importar la manera en que vivió o abandonó el mundo físico. Si esto es cierto, Edgar Allan Poe se volvió inmortal aquella madrugada otoñal de 1849. Su vida mortal fue sólo una vasta cárcel que recorrió con la agitación febril de un ser creado para respirar en un mundo más elevado. Como aseguró Borges, creó mundos para eludir un mundo real. Pero los mundos que soñó perdurarán. El otro es apenas un sueño.


Bibliografía

  1. Conan Doyle, Arthur. Estudio en escarlata. Editorial Tomo, México. 2003.
  2. Coria, Roberto. El hombre que fue Drácula. Libros de Godot, México. 2008.
  3. Douglas, John; Olshaker, Mark. Mindhunter. Inside the FBI´s elite serial crime unit. Pocket books, Nueva York. 1995.
  4. Gubern, Román. Máscaras de la ficción. Anagrama, Barcelona. 2002.
    Jones, Stephen (compilador) Clive Barker´s A – Z of horror. Harper Prism, Nueva York. 1996.
  5. Martynkewicz, Wolfgang. Edgar Allan Poe. Editorial EDAF, México. 2003.
  6. Moreno González, Rafael. Manual de introducción a la Criminalística. Ed. Porrúa, México. 1986.
  7. --------------------------. Sherlock Holmes y la investigación criminalística. Instituto Nacional de Ciencias Penales, México. 2008.
  8. Poe, Edgar Allan. Cuentos completos (2 volúmenes). Traducción y estudio preliminar de Julio Cortázar. Alianza editorial, Madrid. 1992.
  9. --------------------. El cuervo y otros poemas. Grijalbo Mondadori, Madrid. 1998.
  10. Quirarte, Vicente. Del monstruo considerado como una de las bellas artes. Paidós, México. 2006.
  11. Quinn, Arthur Hobson. Edgar Allan Poe: A Critical Biography. Appleton-Century Company, Nueva York. 1941.
  12. Rosenblat, Rosa María. Lo fantástico y lo detectivesco. Monte Ávila Editores, Venezuela. 1997.
  13. Silverman, Kenneth. Edgar Allan Poe, mournful and never-ending remembrance. Harper Collins, Nueva York. 1992.
  14. Symmons, Julian. Historia del relato policial. Bruguera, España. 1982.
  15. Thorwald, Jürgen. El siglo de la investigación criminal. Ed. Labor, México. 1966.
  16. Vargas Alvarado, Eduardo. Medicina Legal. Trillas, México. 1991.
  17. Zavala, Lauro (comp.) Teorías del cuento (3 vols.) Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Difusión Cultural, México. 2008.
Notas:

[1] Popular creación del escocés Arthur Conan Doyle.
[2] Julio Cortázar señala a Dupin como el alter ego de Poe, expresión de su egotismo cada día más intenso, de su sed de infalibilidad y superioridad que tantas simpatías le enajenaba entre los mediocres.
[3] La obra de teatro El hombre que fue Drácula conjetura un encuentro entre Conan Doyle y Bram Stoker, donde el primero reconoce la influencia de Poe en la concepción de Holmes.
[4] Hijo del reputado antropólogo Louis Bertillon.
[5] También conocido como indicio.
[6] Traumatismos producidos por cuerpos romos.
[7] Manchas púrpuras en la piel, en las zonas que quedan en declive. También conocidas como livor mortis.
[8] Arthur Hobson Quinn, al igual que otros autores, sostiene que Poe murió a las 5 de la madrugada.