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viernes, 29 de noviembre de 2013
martes, 3 de septiembre de 2013
Cuéntame una de fantasmas
Para 2001, con dos largometrajes en su
haber y 37 años de edad, el cineasta mexicano Guillermo del Toro ya había definido 10 elementos esenciales en su obra:
1. Su fascinación y respeto por lo
fantástico y los monstruos, seres incomprendidos como el aficionado a estos
temas. El propio del Toro es un ser marginal, aplaudido en varios círculos pero
menospreciado en muchos más.
2. Su conocimiento y cercanía con esto emanaba
de su gran afición por la literatura, el cine, la televisión y los cómics, tal
como el lector de este blog.
3. Su fascinación por los insectos, seres
milenarios con incontables connotaciones.
4. Su fascinación por los engranes y la maquinaria de relojería, alegorías del avance inexorable del tiempo.
5. Los símbolos religiosos, sean ángeles envueltos en plástico, crucifijos o iglesias, muy presentes durante su primera educación. El director recuerda, divertido, los dos “exorcismos” que le practicó su abuela en su juventud.
6. Su visión internacional, como revela sus repartos multinacionales, un Centro Histórico plagado de señalización en chino o un sacerdote de la misma nacionalidad perseguido por sus cucarachas gigantes.
7. Personajes de la tercera edad, como el anticuario Jesús Gris o el millonario Dieter de la Guardia.
8. Personajes infantiles, grandes detentores de la inocencia y lo maravilloso que a menudo se exponen a horrores indecibles.
9. Situaciones familiares, como su gusto por los tríos y los boleros o las explosiones en la red subterránea de su natal Guadalajara de 1992.
10. Como consecuencia de lo anterior, las alcantarillas y los lugares oscuros, cosa que ya era visible desde uno de los episodios que dirigió en la antología televisiva Hora marcada, que involucraba a una niña y un ogro que habitaba en las cloacas citadinas. Se titulaba, obviamente, De ogros.
4. Su fascinación por los engranes y la maquinaria de relojería, alegorías del avance inexorable del tiempo.
5. Los símbolos religiosos, sean ángeles envueltos en plástico, crucifijos o iglesias, muy presentes durante su primera educación. El director recuerda, divertido, los dos “exorcismos” que le practicó su abuela en su juventud.
6. Su visión internacional, como revela sus repartos multinacionales, un Centro Histórico plagado de señalización en chino o un sacerdote de la misma nacionalidad perseguido por sus cucarachas gigantes.
7. Personajes de la tercera edad, como el anticuario Jesús Gris o el millonario Dieter de la Guardia.
8. Personajes infantiles, grandes detentores de la inocencia y lo maravilloso que a menudo se exponen a horrores indecibles.
9. Situaciones familiares, como su gusto por los tríos y los boleros o las explosiones en la red subterránea de su natal Guadalajara de 1992.
10. Como consecuencia de lo anterior, las alcantarillas y los lugares oscuros, cosa que ya era visible desde uno de los episodios que dirigió en la antología televisiva Hora marcada, que involucraba a una niña y un ogro que habitaba en las cloacas citadinas. Se titulaba, obviamente, De ogros.
Lo anterior demuestra que toda obra de
arte posee un carácter autobiográfico.
Su siguiente proyecto, una historia
desarrollada durante la Revolución Mexicana –mi cofrade Antonio Camarillo leyó por ahí que ocurría en la Guerra Cristera-
que, a pesar que lo presentaba un cineasta solvente y galardonado, no recibió
apoyo ni financiamiento institucional. Y debido a su amarga y asfixiante experiencia
en Hollywood, éste era un lugar al que no quería recurrir. El infame y eterno
problema de la solvencia material. Así que del Toro decidió buscar lugares más
amables. España era un país
que para esos momentos había demostrado una gran sensibilidad y respeto por sus
temas –tanto en las letras como en el cine-, así que decidió emigrar en busca
de mejor fortuna. Ahí obtuvo lo que tanto deseaba y merecía: Pedro Almodóvar, hombre de reputación
en la que no necesito abundar, confió en él y acunó su talento.
El resultado, El espinazo del Diablo
(2001), una co producción México-España, es su película más personal y sin duda
mi favorita. Escrita por del Toro, Antonio
Trashorras y David Muñoz, es un
gran cuento en la mejor tradición que nos enseñaron autores victorianos como Montague
Rhode James o Joseph Sheridan Le
Fanu. Y la voz en off de Federico Luppi nos lo advierte desde el
primer momento:
¿Qué
es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez. Un
instante de dolor quizás. Algo muerto que parece por momentos vivo aún. Un
sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un
insecto atrapado en ámbar.
España, 1939. En el final de la Guerra
Civil Española, Carlos (Fernando Tielve),
un niño de 12 años, es abandonado por sus padres en un orfanato distante –en
medio de la nada- dirigido por la conservadora y mutilada Carmen (Marisa Paredes) y el bondadoso Profesor
Casares (Luppi), quien secretamente está enamorado de ella y estudia
fetos con la columna vertebral bífida –el espinazo
del diablo del título-. Carlos
entabla amistad con los demás huérfanos –no diferentes de los Niños
perdidos de James Matthew Barrie-
, como el rapaz Jaime (Íñigo Garcés),
el líder de la manada. En el centro del patio principal del lugar, como una
amenaza latente y un recordatorio terrible, yace una bomba inactiva y
herrumbrosa arrojada por el ejército de Francisco Franco. Jacinto (Eduardo Noriega), el mozo del albergue,
y Conchita
(Irene Visedo), profesora de los
menores –y su amante-, son el resto de los adultos que gobiernan ese pequeño y
precario universo. Al poco tiempo, Carlos
comienza a percibir cosas extrañas. Susurros y apariciones lo llevan a conocer
la historia de Santi (Junio Valverde),
un habitante del orfanato desaparecido misteriosamente la noche que cayó la
bomba.
Siguen momentos hermosos, trágicos y
verdaderamente escalofriantes, todos captados por la cámara de nuestro paisano Guillermo Navarro, plena de tonos sepia,
en la que fue su segunda colaboración. Uno de sus aciertos es el aspecto de Santi, acuoso y brumoso, que tiene mucho
que ver con su lugar de reposo. La trama nos recuerda que el fantasma no es la
verdadera amenaza. Uno de los vivos es más temible que los muertos. Y esto saca
lo peor de los niños, que hacia su desenlace no son diferentes de los protagonistas
de El
señor de las moscas de William Goding.
Su mínima ganancia económica es sólo
proporcional al enorme prestigio que le valió a del Toro, alabado por el
público y la crítica. Comparada a menudo con otra gran película estrenada ese
año (Los
Otros de Alejandro Amenábar),
significó incontables nominaciones y premios internacionales para nuestro héroe
–porque “El Gordo” es uno de mis héroes-. Esta película sin duda lo colocó en
una posición en la que finalmente podría establecer sus términos. Y eso, para
su fortuna y la nuestra, ocurrió muy pronto.
jueves, 22 de agosto de 2013
Crónicas de un matrimonio muy normal*
Iba a seguir con la filmografía de
Guillermo del Toro, película por película, pero las circunstancias me hacen por
el momento cambiar de planes.
Hablar del matrimonio de Edward y Lorraine Warren, fundadores de
la Sociedad de Investigación Psíquica deNueva Inglaterra, así como de otras personas de su
gremio, es controversial. Primeramente por su objeto de trabajo y el
escepticismo natural que arrancan entre los no creyentes. Después por la
charlatanería –descarada muchas veces- en se mueven “investigadores serios” de
lo oculto. Todos los hemos visto aparecer en banales programas de chismes del
espectáculo o anunciarse en revistas similares. Una verdadera moda televisiva,
conocida como reality shows exhibidos en canales prestigiados como History channel y Discovery channel, sigue sus andanzas en programas como Ghost
hunters, Paranormal state, A Haunting, Paranormal witness o Psychic
kids. En el país gozamos (¿gozamos?) con la cosa llamada Extranormal
Si el más allá existe o no, no lo discutiré en este momento. Lo que es seguro
es que miles de personas, alrededor del mundo, han dado testimonios de su
encuentro con la otredad y devoran con avidez todo lo que tenga que ver con
ello. Asumiré una postura segura que escuché decir hace tiempo a mi abuela: “yo
no creo en esas cosas, pero de que existen, existen”. Regresando a los Warren, ambos
admiten las etiquetas que les han colocado. “Nos han dicho cazafantasmas, investigadores paranormales, locos”. Ed fue (murió el
23 de agosto de 2006) un demonólogo y Lorraine una clarividente y médium
afamada. Lo que no puede cuestionarse es su capacidad comercial. La pareja sacó
provecho de los más de 10 mil casos que aseguran haber investigado: publicaron
media docena de libros y han inspirado otros tantos (El Demonólogo, la
extraordinaria carrera de Ed y Lorraine Warren de
Gerald Brittle es el más popular), dan
conferencias a lo largo de su país, son consultores (ella que le sobrevive) en
televisión y crearon un Museo con
los artículos malditos que colectaron a lo largo de los años. Esto –el
mercantilismo- podría poner en duda lo legítimo de su cruzada. Creo que no
debemos juzgarlos a la ligera. Como también dice mi abuela, “hay que corretear
la chuleta”. Pero si son auténticos o un fraude, no es lo que me importa en
este momento. Las experiencias de esta pareja hecha en el cielo (¿o debo decir
el infierno?) ha propiciado un muy inteligente largometraje.
El Conjuro (James Wan, 2013) no se basa en la que
tal vez es la más sonora de sus intervenciones, la del Horror de Amityville, sino en la pesadilla que vivió la numerosa
familia Perron (integrada por papá,
mamá y cinco hijas) al mudarse a una vieja casa en in Harrisville, Rhode Island
en el año 1971. En muchos sentidos, siguen señales que hemos visto en otras
ocasiones: advertencias, niños que comienzan a tener amigos imaginarios, la aparición
de objetos misteriosos, relojes que se detienen a una hora maldita, objetos que
se mueven de su lugar original y apariciones fugaces. Posteriormente, el mal se
desata, y sólo dos personas pueden evitarlo. “Dios nos unió por una razón”.
Todo lo orquesta venturosamente el director Wan apoyado de una estupenda puesta
en escena ambientada en la época en que nací, sólidas actuaciones, una briosa e
inspirada partitura de Joseph Bishara
y una cámara ingeniosa de John R.
Leonetti en una película que evoca a un horror clásico, libre de
efectismos, como el que nos causó El exorcista (William Friedkin, 1973) o El horror de Amityville (Stuart Rosenberg, 1979). Lo he dicho en
el pasado: si no pretendes innovar, usa bien lo que ya existe. Pude ver cómo en
más de una ocasión el respetable, literalmente, saltaba de su butaca. Y eso se
debe a la habilidad del director de crear una atmósfera opresiva que tiene
momentos verdaderamente logrados. No digo cuáles para no estropear la sorpresa.
Vera Farmiga (la psicóloga de Los
infiltrados y muy recientemente la Señora Bates televisiva) y Patrick Wilson (el pedófilo de Niña
mala o Búho nocturno en Watchmen) encarnan de manera
convincente a los Warren, cuyo famoso caso Annabelle (una muñeca poseída)
sienta el precedente perfecto para un relato que te captura de principio a fin.
Su impresionante éxito comercial –y
entre la crítica- ha asegurado, por lo menos, una aventura más de los Warren. No
una secuela directa, porque la historia es un envoltorio perfectamente cerrado.
Por lo pronto Farmiga y Wilson han firmado ya un contrato para interpretarlos
de nueva cuenta. El matrimonio Warren –al menos el del celuloide- tiene en mí
un nuevo seguidor.
--
*Texto publicado por primera vez en la página web de Mórbido.
lunes, 29 de julio de 2013
Las cabezas rodando se encuentran
Conocí el cuento La leyenda de Sleepy
hollow (1820), del estadounidense Wasington
Irving, muchos años después de maravillarme con su adaptación animada,
cortesía de los estudios Walt Disney
contenida en el díptico Las aventuras de Ichabod y Mr. Toad
(James Algar, 1949). La historia hacía alarde del estupendo doblaje de Germán Valdés, Tin-Tán. Su advertencia,
cantada originamente por Bing Crosby,
ocupó mis temores infantiles: “En la noche de difuntos no hay que andar, ni hay
que salir a caminar, fantasmas hay que nos dan horror, pero el Sin Cabeza es el
peor”. La imagen del humilde, enamoradizo y comelón pedagogo Ichabod
Crane cabalgando por su vida perseguido por el infernal jinete
decapitado, es una de las más indelebles de mi memoria. Releer el relato y ver
el cortometraje es un rito obligado de mis celebraciones mortuorias. El texto,
presentado como un documento “encontrado entre los papeles del difunto Diedrick
Knickerbocker”, tiene la verosimilitud del relato oral desde su mismo inicio.
Nos ofrece una descripción, con precisión geográfica, del lugar donde habita su
protagonista, el pueblo de Sleepy hollow a la orilla del Río
Hudson. Como nos dijo el autor, Ichabod,
oriundo de Connecticut, era “alto, pero considerablemente flaco, con hombros
estrechos, largos brazos y piernas, manos que sobresalían una legua de sus
mangas y pies que habrían podido servir de palas, y todas las partes de su
cuerpo parecían haber sido unidas apresuradamente y de manera tanto precaria. Tenía
la cabeza pequeña y más bien pana por arria, con unas orejas enormes, grandes
ojos verdes un tanto vidriosos y una larga nariz guileña que, encaramada sobre
su largo cuello, parecía una veleta siempre lista para indicar la dirección del
viento”. En el otro extremo se encuentra el fantasmal Jinete sin cabeza, conocido también como “el Hesiano galopante”,
espanto local que acosa la imaginación colectiva de los habitantes y es una de
sus narraciones predilectas. Me sumo a todos ellos. Ahora que lo pienso, no sé
por qué no he escrito con abundancia de él.
Tim
Burton, cineasta dueño de mi admiración,
dedicó en 1999 su octavo largometraje a la historia de Irving. Es una película
impecable, visualmente espléndida, con una lóbrega fotografía de nuestro
paisano Emmanuel Lubeski y un
aspecto que rinde homenaje a las películas de la casa británica Hammer. La briosa partitura de Danny Elfman, la formidable puesta en
escena de Rick Heinrichs y el
fastuoso vestuario de Colleen Atwood
están al servicio del inteligente guión de Andrew
Kevin Walker, todo orquestado con gran destreza por Burton. Su acertado
reparto se encuentra entre sus fortalezas, con Johnny Depp a la cabeza –en su tercera colaboración con Burton- que
encarna a un Ichabod Crane muy
distinto a su original. Y ese es uno de mis aspectos favoritos. De ser un miedoso
maestro de escuela –sigue siendo miedoso-, se convirtió en un agente de la
Policía de Nueva York (un “Condestable”). Su filosofía de trabajo sirve de
ejemplo en mis clases de Criminalística,
sobre todo porque representa el cambio del pensamiento del investigador de los
delitos en la transición de un milenio (del siglo XVIII al XIX): “¿Cómo sabemos
si no lo mataron antes de arrojarlo al agua?”, “¿soy el único que piensa que
para resolver los delitos debemos utilizar la ciencia?” o “nunca deben mover el
cadáver”. Su maletín de instrumentos para estudiar la escena de un crimen, con
sus gafas de aumento y reactivos químicos, es alucinante.
Pero regreso al elenco. A Depp le
acompañan Christina Ricci como la
bella Katrina Van Tassel, Casper
Van Dien como el bruto Brom Van Brunt, Michael Gambon como el cacique Baltus Van Tassel, Jeffrey Jones como el Reverendo
Steenwyck, Richard Griffiths
–el tío de Harry Potter- como el magistrado Philipse, Ian McDiarmid –el malvado Emperador
de la Guerra de las Galaxias - como el Dr. Lancaster, Michael Gough –el Jonathan Harker de El
horror de Drácula- como el notario Hardenbrook, Miranda Richardson como la nueva señora
Van Tassel y Christopher Walken
como el Jinete –con cabeza-. Todos
forman parte de una conspiración sobrenatural de ambición y venganza. Coloco en
un lugar especial las breves pero significativas apariciones de Martin Landau –el laureado Bela Lugosi de Ed Wood- como la segunda
víctima del Jinete y de Sir Christopher
Lee –en su primera colaboración con Burton- como el Juez que envía a Crane a investigar esos crímenes
brutales y “llevar al responsable para enfrentar su buena Justicia”. Colocado
por delante de una muy estadounidense águila en el tribunal, sus alas
desplegadas hacen lucir a Lee como el gran vampiro que es. Y los momentos donde
aparece el Jinete son espectaculares. Encarnado por el artemarcialista Ray Park –el Darth Maul del Episodio I de la Guerra de las Galaxias-, la producción tomó la decisión acerada de
eliminar su cabeza digitalmente en lugar de la opción económica de emplear un
efecto físico que siempre resultaría falso. El espíritu malvado es ágil con la
espada y el hacha, y no hace distinciones en su matanza. Incluso se embolsa la
cabeza de un niño. La sangre, espesa y de un color rojo vibrante, corre a
raudales.
Las obsesiones de Burton están muy
presentes, desde su característico espantapájaros –que no es otro que Jack
Skellington-, su enjaulado cardenal –como en Batman inicia-, su
doncella de hierro, la actuación especial de su entonces pareja Lisa Marie –a quien vimos en Ed
Wood, Marcianos al ataque y El planeta de los simios- y el
molino de viento de la escena final, que no sólo apareció en Frankestein
(James Whale, 1931), Las
novias de Drácula (Terence
Fisher, 1960) y su propia Frankenweenie (1984 y 2012). Ese
árbol torcido y siniestro, “el portal entre dos mundos”, es majestuoso.
El Jinete sin cabeza se niega a morir.
Es visitado continuamente en el cómic, la literatura y la cultura musical. Lo
enfrentaron Kolchack, el cazador nocturno y Los verdaderos Cazafantasmas. Ahora pretende revivir en la
televisión gracias a los oficios de Alex
Kurtzman y Roberto Orci, dupla
de escritores de la que platicado en este espacio. Sus avances, visual y
técnicamente prometedores, no dejan de plantearme dudas. En ellos enfrenta a
dos oficiales de policía de nuestro tiempo. ¿Podrá el Jinete reiniciar su
carrera en este milenio? Esa es una duda que nos hace a muchos perder la
cabeza.
domingo, 30 de junio de 2013
miércoles, 30 de enero de 2013
¡Ay, Mamá!
Hay algo de
lo que no tengo duda: la tenacidad y el talento abren las puertas. En el año
2006 el escritor y cineasta sudafricano-canadiense Neill Blomkamp nos presentó su cortometraje Alive in Joburg, un
estupendo experimento, presentado como un reportaje noticioso, que daba cuenta
de la llegada de inmensas naves extraterrestres al espacio aéreo sudafricano. Los
aparatos eran tripulados por seres similares a insectos, que usaban unos exo esqueletos robóticos y pronto eran presa
de la tiranía y la incomprensión humana. Clamaban, con toda justicia, que el
Gobierno les proporcionara los mínimos recursos para sobrevivir. A través de
esto el autor proponía serias reflexiones sobre las políticas segregacionistas
en la era del Apartheid, los abusos a los que son sometidos los migrantes, la
xenofobia y la incapacidad para enfrentar lo diferente. El trabajo atrajo la
mirada del neozelandés Peter Jackson,
quien propició que tres años después esos breves 6 minutos se transformaran en
el largometraje Sector 9 (District 9,
Neill Blomkamp, 2009), una lograda cinta que conservaba las intenciones de su
fuente de procedencia.
Algo
semejante le ocurrió cineasta argentino Andrés
Muschietti, quien en 2008 escribió y dirigió un logrado cortometraje de
producción española, que duraba escasamente un minuto, y que tituló
sencillamente Mamá. Lo conocí hace un par de días gracias a mi querida Anabel Quirarte. En él dos niñas, Lili y Victoria (Victoria Harris y Berta Ros), recibían la nada placentera
visita de “Mamá” (Irma Monroig). En
un pulcro plano-secuencia (logrado a través de la edición digital), las dos
menores se enfrentaban al horror más puro. Al igual que sucedió con Peter
Jackson, el producto fascinó instantáneamente a nuestro compatriota Guillermo del Toro, quien abrazó el esfuerzo de Muschietti, al que calificó de “limpio y técnicamente
perfecto”, y lo consideró un director “con estilo pero consciente de la
narrativa”. Así, cobijado por uno de los grandes autores contemporáneos del
género, el argentino brincó al mundo hollywoodense.
El
resultado también se llama Mamá
(2013), una coproducción española-canadiense dirigida por Muschietti y coescrita
con su hermana Bárbara y Neil Cross. Su factura es impecable, con una lograda
fotografía de Antonio Riestra y una buena partitura de Fernando Velázquez. Al
producto en sí no puede reprochársele nada. Y sin embargo incurre en graves
fallas que ponen en riesgo el conjunto. Si somos estrictos, el corto del que
procede es una mini ficción, un efectivo micro cuento que sustenta su contundencia
en todos sus espacios en blanco. ¿Quiénes son las dos niñas? ¿Por qué ningún
adulto las acompaña? ¿Quién es la “mamá” a que tanto temen? ¿Por qué murió y se
convirtió en un fantasma? ¿Por qué las persigue? ¿Cuál es su desenlace? Su guión
parte de la anécdota primigenia y la expande. Ahora Victoria (Morgan McGarry) y Lily
(Maya y Sierra Dawe), de 3 y 1 años respectivamente, son hijas del corredor de
bolsa Jeffrey Desange (Nikolaj
Coster-Waldau), quien asesinó a sus socios y esposa. Él toma a las niñas y escapa
de la ley, refugiándose por accidente en una cabaña del bosque. Ahí la pequeña
Victoria advierte algo perturbador. “Hay una mujer afuera. Sus pies no tocan la
tierra”. Las niñas –y sólo las niñas- sobreviven en ese entorno, al más puro
estilo del Mowgli del Libro de la Selva de Rudyard Kipling. Mientras tanto, su tío paterno Lucas (también Nikolaj Coster-Waldau) se
empeña en descubrir el paradero de sus familiares. Y finalmente lo logra. 5
años después Victoria (Megan
Charpentier) y Lily (Isabelle Nélisse)
son dos pequeñas salvajes que regresan a casa con la ayuda del paidopsiquiatra Dr. Gerald Dreyfuss (Daniel Kash) y se
enfrentan a la disputa judicial por su custodia que emprende su tía materna Jean (Jane Moffat). Lucas, su rockera pareja sentimental Annabel (Jessica Chastain,
muy competente, a quien veremos en Zero Dark Thirty), y las niñas en
rehabilitación se mudan a un hogar temporal. Ahí comienza un horror que se
revela paulatinamente y encierra un terrible misterio del pasado. A continuación
vemos, tengo que admitir que con una gran eficacia técnica, toda una serie de situaciones
comunes que van desde las siluetas que se atraviesan por la pantalla, cosas
ocultas bajo las camas o en el clóset, cámaras subjetivas y apariciones –mundanas y
sobrenaturales- sorpresivas aderezadas por aumentos notables en el volumen de
la banda sonora y otros ruidos inquietantes. He ahí el aspecto que muchos han
celebrado, el susto efectista. No obstante hay otros que debo aplaudir, como
las niñas jugando en su habitación con una cobija y el declarado homenaje a una
de las mejores películas contemporáneas sobre fantasmas que he visto, El
espinazo del Diablo (Guillermo del Toro, 2001), sobre todo en la
definición del protagonista (“un fantasma es un hecho terrible condenado a
repetirse una y otra vez”), su aspecto y la presencia de insectos.
Sobre su
recepción, la crítica generalmente le ha dado opiniones favorables. Y ni
qué decir del público, al que ha arrancado numerosos sustos (algunos reales y
otros exagerados, como en la función a la que acudí) y muchísimo dinero. Su
humilde presupuesto de 15 millones de dólares (insisto, humilde para una cinta
de su tamaño) ha redituado hasta el momento más de 50, más lo que se acumule
esta semana. Espero que eso no signifique el inicio de una franquicia. Sobre
todo si su estudio sigue el pie de la letra lo dicho por del Toro, “un fantasma
es un hecho terrible condenado a repetirse una y otra vez”. Y ahora que lo
pienso, acabo de escribirlo de nuevo.
Piost scrptum. Sobre la cinta, mi buen amigo Arístides Castiglioni escribió lo
siguiente: “para ser sincero creo que ya del Toro está entrando a la clásica formula
de los “monstruos de closet”. Nomás abren una puerta y ya sabes que van a subir
a tope el volumen y el de la música dará un trancazo a las teclas del piano
junto con un close up a una jeta
deforme para espantar”.
domingo, 13 de noviembre de 2011
Dignificar el miedo
Mañana lunes 14 de noviembre seré invitado a participar en el Festival del Horror en las Bellas Artes de la UNAM. Primeramente, de 17 a 18 horas, ofreceré la charla inaugural del evento titulada "El miedo en las Bellas Artes". Posteriormente. de 18 a 20 horas, moderaré la mesa redonda "Criaturas de la Noche, el Monstruo en la Cultura", con mis queridos amigos la escritora Norma Lazo y Pablo Guisa , director del Festival Mórbido y co conductor de la versión en podcast de este blog. Será en el Salón de Usos Múltiples del Estadio Olímpico Universitario (Auditorio de recreación), costado sur, Estacionamiento 8 (al fondo). Espero verlos allá.
viernes, 30 de septiembre de 2011
¿Las segundas partes (literarias) pueden ser buenas?
Siempre he tenido opiniones enfrentadas por el trabajo de Stephen King. Su posición en el género horrorífico es indiscutible aunque a veces, como bien afirma mi querido amigo Ricardo Bernal, es “el equivalente a una Big Mac con queso”. Es autor de novelas entrañables (sobre todo en su primera época), como Carrie (1974), Salem´s Lot (1975, bautizada en estos rumbos como La hora del vampiro), Cujo (1981), Christine (1983) y El ciclo del hombre lobo (1983), entre muchísimas otras. Es también uno de los escritores más llevados al cine: entre los responsables de traducir sus pesadillas a la pantalla grande destacan nombres como Stanley Kubrick, Brian De Palma, Tobe Hooper y Frank Darabont, que de ninguna manera son novatos en su oficio. Lo que más disfruto en tiempos recientes son sus cuentos, contenidos en antologías como Pesadillas y alucinaciones (1993) y Todo es eventual (2003). Y siempre será digno de mi reconocimiento su ensayo Danza macabra (1981), un erudito estudio del tema en la cultura occidental, de la misma forma en que lo hiciera Howard Phillips Lovecraft en El Horror sobrenatural en la literatura (1927).
Ahora King anunció, durante la ceremonia en que la Universidad George Mason le entregaba un merecido reconocimiento, que actualmente escribe la secuela de una de sus novelas más populares, El resplandor (1977), obra que aglutina algunos de sus temas más recurrentes (el escritor como personaje, el niño con facultades paranormales, la presión que convierte a un hombre bueno en malvado, la familia promedio enfrentada a lo sobrenatural, los lugares –casas u hoteles- que poseen una infame memoria). De todos sus trabajos la novela es uno de mis favoritos. Como dije antes, Stanley Kubrick la llevó al cine en 1980 y Mick Garris la transformó en una miniserie en 1997. Stephen Jones y Kim Newman la colocan en el lugar 77 en su libro Horror 100 best books (Carrol & Graf, 1998). En él Peter Straub, talentosísimo escritor estadounidense y compañero de King en muchas batallas, califica la novela como “una obra maestra”. Y Peter Straub es digno de todo crédito.
Cuando reproduje la noticia en mi muro de Facebook recibí comentarios entusiastas. Otras personas, como yo, tienen serias dudas. La máxima “las segundas partes nunca son buenas” no se cumple todas las ocasiones. Lo confirman, en el terreno del cine, Francis Ford Coppola con El Padrino, parte 2 (1974) o Christopher Nolan con Batman, el Caballero de la Noche (2008). Sucede algo distinto en la literatura, donde los resultados suelen ser catastróficos. Así pasó, por ejemplo, con la abominable continuación Drácula, el no muerto (Dacre Stoker, 2008), donde el heredero del afamado autor irlandés traiciona la obra canónica del vampirismo.
Me asaltan algunas preguntas. ¿Stephen King decidió retomar una de sus historias más afamadas para capitalizar su éxito? ¿Todo es por voracidad mercantilista? ¿Obedeció a un genuino impulso creativo? ¿Será tan buena como la novela original? King reveló que el texto se centrará en Danny Torrance, ahora un adulto que conserva sus poderes psíquicos y lucha con el terrorífico recuerdo se su célebre estancia en el Hotel Overlook. También que se enfrentaría a vampiros. Sólo podemos esperar y desear lo mejor. Que King no comulgue con los vampiros de Crepúsculo, es un buen inicio.
lunes, 17 de enero de 2011
¿Qué define una mala película de horror? Segunda de tres partes.
5. El sexo no siempre vende. Si como pensaba Herschell Gordon Lewis, principal artífice del cine gore, que “el sexo y la muerte venden”, la combinación no siempre es afortunada. El pornógrafo convertido en director de algunas cintas de horror de culto aseguraba que como los hombres pagaban las entradas al cine, había que complacerlos con heroínas voluptuosas. Es cierto que Elisha Cuthbert, hija de Kiefer Sutterland en la extinta serie de televisión 24, es una chica muy atractiva. Pero su figura no aportó nada a la cinta El Sótano (Captivity, Roland Joffé, 2007). Y como éste podría nombrar innumerables casos.
6. El susto barato. El protagonista realiza alguna actividad cotidiana o explora un lugar peligroso. Abre, por ejemplo, la puerta con espejo del anaquel de un baño. Cuando la cierra descubre súbitamente atrás de él al monstruo en cuestión, o a algún amigo cuya presencia en el sitio es inesperada, con un aumento en el volumen o un acorde que altera el flujo de la banda sonora. Sigue a este susto repentino una estela de risas del auditorio. Muchas películas se ostentan como de horror abusando de este recurso. Esta clase de estremecimiento, fugaz y físico, es previsible en muchas ocasiones y siempre decepcionante.
7. Las secuelas innecesarias deben morir. Un hombre lobo americano en Paris (Anthony Walker, 1997) buscaba explotar el éxito de la cinta canónica de John Landis (Un hombre lobo americano en Londres, 1981). El resultado final, de ínfima calidad en todos los aspectos, la condenó al olvido. Igualmente sucedió con El Proyecto de la Bruja de Blair 2 (Joe Berlinger, 2000), secuela que se alejó diametralmente de su antecesora y no aportó nada a una premisa interesante. Menos horripilante fue la secuela de la estupenda REC (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2007), REC2 (2009), nuevamente dirigida por la dupla española. La cinta retoma la historia en el instante mismo de su aparente desenlace, pero le da un giro dramático al transformar lo que parecía ser una inteligente película de zombis en un relato de posesiones demoníacas, con todo y un sacerdote que no deja de recordarme al Padre Merrin (Max Von Sydow) de El Exorcista (William Friedkin, 1973). Este tipo de esfuerzos, realizados con voracidad comercial en muchos casos, no sólo traicionan historias ingeniosas sino que defrauda profundamente al cinéfilo.
8. Los remakes innecesarios también deben morir. Mi amigo Jorge Grajales, para calificar la nueva versión de Psicosis (Gus Van Sant, 1998), acuñó una frase que vive en mi memoria: “si no está roto, no lo compongas”. Sigo defendiendo la cinta como un ejercicio cinematográfico curioso y como un esfuerzo por traer a las nuevas generaciones una historia memorable. Van Sant dirigió una impecable calca, en vívido color y encuadre por encuadre, de la obra inmortal de Alfred Hitchcock. Infame sin duda fue La casa de cera (Jaumé Collet-Serra, 2005), actualización de la joya protagonizada por Vincent Price. Un guión irrisorio, una lluvia de “estrellas juveniles” y un villano inverosímil atormentan mis reducidos recuerdos de ella. La parte que no puedo olvidar –porque la celebré sinceramente- fue la muerte de la socialité Paris Hilton. El malvado pudo atravesarle el cráneo con facilidad con un tubo porque no había un cerebro que opusiera resistencia. Y de las mexicanas Hasta el viento tiene miedo (Gustavo Moheno, 2007) o El libro de piedra (Julio César Estrada, 2009), no vale la pena hablar.
9. Un videojuego exitoso no garantiza una gran película. La saga El huésped maldito se basa libremente, como sabemos, en el popular videojuego Resident evil. El purista de este medio puede obviar las diferencias por sus valores de producción, sus efectos especiales o por la presencia de Mila Jovovich. Pero otros intentos no han corrido con la misma suerte. La casa de los muertos (Uwe Boll, 2003), adaptación del videojuego de Sega, es funesta por el lado que se le vea. Cuando al villano le preguntaron para qué quería ser inmortal, respondió con gran contundencia: “para vivir para siempre”. Doom, la puerta al infierno (Andrzej Bartkowiak, 2005), con el astro de la lucha libre Duane“The Rock” Johnson, deja mucho qué desear. Muchos cineastas no comprenden que los videojuegos son un medio diferente al cine, con un lenguaje propio que en ocasiones sólo funciona bien en su forma original. Si muchos cineastas no lo entendieran, seguramente ya hace mucho se hubiera lanzado Pacman begins.
Dejo deliberadamente de lado el tema de las llamadas películas de culto. Glen o Glenda (1953), La novia del monstruo (1955) y Plan 9 del espacio exterior (1958), todas escritas y dirigidas por Edward D. Wood, Jr., son malísimas, pésele a quien le pese. Pero sus deficiencias, candor y la nostalgia las convirtieron, con el paso de los años, en objetos dignos de veneración y forman parte entrañable de las videotecas de muchos de nosotros. Quién sabe. A lo mejor los admiradores de muchas de las cintas que mencioné en esta serie de entradas aún no han nacido. O tal vez nunca existan. De lo que estoy seguro es que muchas no sobrevivirán el paso del tiempo.
6. El susto barato. El protagonista realiza alguna actividad cotidiana o explora un lugar peligroso. Abre, por ejemplo, la puerta con espejo del anaquel de un baño. Cuando la cierra descubre súbitamente atrás de él al monstruo en cuestión, o a algún amigo cuya presencia en el sitio es inesperada, con un aumento en el volumen o un acorde que altera el flujo de la banda sonora. Sigue a este susto repentino una estela de risas del auditorio. Muchas películas se ostentan como de horror abusando de este recurso. Esta clase de estremecimiento, fugaz y físico, es previsible en muchas ocasiones y siempre decepcionante.
7. Las secuelas innecesarias deben morir. Un hombre lobo americano en Paris (Anthony Walker, 1997) buscaba explotar el éxito de la cinta canónica de John Landis (Un hombre lobo americano en Londres, 1981). El resultado final, de ínfima calidad en todos los aspectos, la condenó al olvido. Igualmente sucedió con El Proyecto de la Bruja de Blair 2 (Joe Berlinger, 2000), secuela que se alejó diametralmente de su antecesora y no aportó nada a una premisa interesante. Menos horripilante fue la secuela de la estupenda REC (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2007), REC2 (2009), nuevamente dirigida por la dupla española. La cinta retoma la historia en el instante mismo de su aparente desenlace, pero le da un giro dramático al transformar lo que parecía ser una inteligente película de zombis en un relato de posesiones demoníacas, con todo y un sacerdote que no deja de recordarme al Padre Merrin (Max Von Sydow) de El Exorcista (William Friedkin, 1973). Este tipo de esfuerzos, realizados con voracidad comercial en muchos casos, no sólo traicionan historias ingeniosas sino que defrauda profundamente al cinéfilo.
8. Los remakes innecesarios también deben morir. Mi amigo Jorge Grajales, para calificar la nueva versión de Psicosis (Gus Van Sant, 1998), acuñó una frase que vive en mi memoria: “si no está roto, no lo compongas”. Sigo defendiendo la cinta como un ejercicio cinematográfico curioso y como un esfuerzo por traer a las nuevas generaciones una historia memorable. Van Sant dirigió una impecable calca, en vívido color y encuadre por encuadre, de la obra inmortal de Alfred Hitchcock. Infame sin duda fue La casa de cera (Jaumé Collet-Serra, 2005), actualización de la joya protagonizada por Vincent Price. Un guión irrisorio, una lluvia de “estrellas juveniles” y un villano inverosímil atormentan mis reducidos recuerdos de ella. La parte que no puedo olvidar –porque la celebré sinceramente- fue la muerte de la socialité Paris Hilton. El malvado pudo atravesarle el cráneo con facilidad con un tubo porque no había un cerebro que opusiera resistencia. Y de las mexicanas Hasta el viento tiene miedo (Gustavo Moheno, 2007) o El libro de piedra (Julio César Estrada, 2009), no vale la pena hablar.
9. Un videojuego exitoso no garantiza una gran película. La saga El huésped maldito se basa libremente, como sabemos, en el popular videojuego Resident evil. El purista de este medio puede obviar las diferencias por sus valores de producción, sus efectos especiales o por la presencia de Mila Jovovich. Pero otros intentos no han corrido con la misma suerte. La casa de los muertos (Uwe Boll, 2003), adaptación del videojuego de Sega, es funesta por el lado que se le vea. Cuando al villano le preguntaron para qué quería ser inmortal, respondió con gran contundencia: “para vivir para siempre”. Doom, la puerta al infierno (Andrzej Bartkowiak, 2005), con el astro de la lucha libre Duane“The Rock” Johnson, deja mucho qué desear. Muchos cineastas no comprenden que los videojuegos son un medio diferente al cine, con un lenguaje propio que en ocasiones sólo funciona bien en su forma original. Si muchos cineastas no lo entendieran, seguramente ya hace mucho se hubiera lanzado Pacman begins.
Dejo deliberadamente de lado el tema de las llamadas películas de culto. Glen o Glenda (1953), La novia del monstruo (1955) y Plan 9 del espacio exterior (1958), todas escritas y dirigidas por Edward D. Wood, Jr., son malísimas, pésele a quien le pese. Pero sus deficiencias, candor y la nostalgia las convirtieron, con el paso de los años, en objetos dignos de veneración y forman parte entrañable de las videotecas de muchos de nosotros. Quién sabe. A lo mejor los admiradores de muchas de las cintas que mencioné en esta serie de entradas aún no han nacido. O tal vez nunca existan. De lo que estoy seguro es que muchas no sobrevivirán el paso del tiempo.
jueves, 13 de enero de 2011
¿Qué define una mala película de horror? Primera de tres partes.
Me lo pregunté ayer cuando vi –por accidente- una buena parte de Todavía se lo que hicieron el verano pasado (Danny Cannon, 1998), placer culposo de una mañana de domingo de la que hablé con anterioridad. El diletante del cine de horror tiene en cuenta que por cada buen espécimen del género existen por lo menos diez malos. La experiencia nos enseña que aunque las intenciones algunas veces son buenas, los resultados son miserables. He aquí algunos de los elementos que condenan al fracaso a una película de horror.
1. ¡Un buen guión, por favor! La base de toda gran obra cinematográfica, a pesar que esté dirigida por el más afamado artesano o protagonizada por la estrella de moda, siempre será el argumento. Sin una buena historia el efecto en la memoria del espectador siempre será limitado. Nadie duda que Psicosis (1960) debe su lugar entre las cien mejores películas de todos los tiempos al genio de Alfred Hitchcock, pero gozaba de un muy buen guión, escrito por Joseph Stefano, basado en la novela de Robert Bloch, inspirada a su vez en los crímenes de Ed Gein. Sin esta materia prima, el mago del suspenso no hubiera concebido esta joya.
2. ¡Coherencia, por favor! El horror y lo fantástico necesitan la complicidad del espectador para que suspenda su juicio lógico y su noción de lo real y así cumplir su cometido. Pero la buena película de horror necesita sentar las bases para que esto se realice. Debe poseer un planteamiento lo suficientemente contundente para que la audiencia no se cuestione sobre su verosimilitud. En Las noches eróticas de los muertos vivientes (Joe D´Amato, 1979), una pareja huye desesperada de una horda de zombis través de un cementerio. A pesar que corren por sus vidas, se dan el tiempo para dar rienda suelta a su lujuria sobre una lápida –bueno, el título nos advierte la tónica de la cinta-. En The Gingerdead man (Chales Band, 2005) las cenizas de un asesino en serie caen –por un accidente que todos hemos tenido- en la mezcla para unas deliciosas galletas navideñas, con resultados sanguinarios.
3. Apostar al caballo ganador no siempre resulta. Por más escultural que sea una protagonista y sin importar cuántos galardones haya acumulado el apuesto héroe, ninguna presencia puede compensar una trama débil. Posiblemente convierta en un éxito de taquilla a la producción –que es lo que importa a los grandes estudios- pero su valor como aportación al género siempre será cuestionable. Naomi Watts era una virtual desconocida cuando protagonizó el remake estadounidense de El Aro (Gore Verbinski, 2003). Kate Hudson y Jennifer Conelly, en cambio, ya eran estrellas cuando actuaron el papel principal de La llave maestra (Iain Softley, 2005) o la versión gringa de Agua turbia (Walter Salles, 2005), respectivamente. Estas dos últimas fueron completamente prescindibles. Uno de los factores que elevaron a la categoría de culto a La noche de los muertos vivientes (George Romero, 1968) y a La masacre de Texas (Tobe Hooper, 1974) fue emplear un reparto de completos desconocidos. Lo mismo ocurrió con El Proyecto de la Bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) o la española REC (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2007).
4. Nada con exceso. Los efectos digitales han evolucionado notablemente y significan en muchas ocasiones un ahorro notable en el presupuesto de una película, sea en la construcción de fastuosos escenarios o en la ejecución de efectos físicos. El resultado puede ser espectacular, pero al final carece de sustancia. Lamentablemente muchas películas de horror abusan de ellos en la creencia que subsanarán baches actorales o argumentales. Una de las fallas que siempre criticaré de la mexicana Kilómetro 31 (Rigoberto Castañeda, 2006) es que la vistosidad de sus efectos –inéditos en el panorama nacional- y su impecable puesta en escena compensan un guión débil que desaprovecha la rica tradición sobrenatural del país y canibaliza convenciones ya desgastadas del cine de horror oriental.
1. ¡Un buen guión, por favor! La base de toda gran obra cinematográfica, a pesar que esté dirigida por el más afamado artesano o protagonizada por la estrella de moda, siempre será el argumento. Sin una buena historia el efecto en la memoria del espectador siempre será limitado. Nadie duda que Psicosis (1960) debe su lugar entre las cien mejores películas de todos los tiempos al genio de Alfred Hitchcock, pero gozaba de un muy buen guión, escrito por Joseph Stefano, basado en la novela de Robert Bloch, inspirada a su vez en los crímenes de Ed Gein. Sin esta materia prima, el mago del suspenso no hubiera concebido esta joya.
2. ¡Coherencia, por favor! El horror y lo fantástico necesitan la complicidad del espectador para que suspenda su juicio lógico y su noción de lo real y así cumplir su cometido. Pero la buena película de horror necesita sentar las bases para que esto se realice. Debe poseer un planteamiento lo suficientemente contundente para que la audiencia no se cuestione sobre su verosimilitud. En Las noches eróticas de los muertos vivientes (Joe D´Amato, 1979), una pareja huye desesperada de una horda de zombis través de un cementerio. A pesar que corren por sus vidas, se dan el tiempo para dar rienda suelta a su lujuria sobre una lápida –bueno, el título nos advierte la tónica de la cinta-. En The Gingerdead man (Chales Band, 2005) las cenizas de un asesino en serie caen –por un accidente que todos hemos tenido- en la mezcla para unas deliciosas galletas navideñas, con resultados sanguinarios.
3. Apostar al caballo ganador no siempre resulta. Por más escultural que sea una protagonista y sin importar cuántos galardones haya acumulado el apuesto héroe, ninguna presencia puede compensar una trama débil. Posiblemente convierta en un éxito de taquilla a la producción –que es lo que importa a los grandes estudios- pero su valor como aportación al género siempre será cuestionable. Naomi Watts era una virtual desconocida cuando protagonizó el remake estadounidense de El Aro (Gore Verbinski, 2003). Kate Hudson y Jennifer Conelly, en cambio, ya eran estrellas cuando actuaron el papel principal de La llave maestra (Iain Softley, 2005) o la versión gringa de Agua turbia (Walter Salles, 2005), respectivamente. Estas dos últimas fueron completamente prescindibles. Uno de los factores que elevaron a la categoría de culto a La noche de los muertos vivientes (George Romero, 1968) y a La masacre de Texas (Tobe Hooper, 1974) fue emplear un reparto de completos desconocidos. Lo mismo ocurrió con El Proyecto de la Bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) o la española REC (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2007).
4. Nada con exceso. Los efectos digitales han evolucionado notablemente y significan en muchas ocasiones un ahorro notable en el presupuesto de una película, sea en la construcción de fastuosos escenarios o en la ejecución de efectos físicos. El resultado puede ser espectacular, pero al final carece de sustancia. Lamentablemente muchas películas de horror abusan de ellos en la creencia que subsanarán baches actorales o argumentales. Una de las fallas que siempre criticaré de la mexicana Kilómetro 31 (Rigoberto Castañeda, 2006) es que la vistosidad de sus efectos –inéditos en el panorama nacional- y su impecable puesta en escena compensan un guión débil que desaprovecha la rica tradición sobrenatural del país y canibaliza convenciones ya desgastadas del cine de horror oriental.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Uno de los peores miedos
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. –El entierro prematuro. Edgar Allan Poe
En mis experiencias recientes dentro del enorme aparato que realiza resonancias magnéticas de mi cráneo, introducido en un reducido espacio en donde mi movilidad se limita, combato el tedio al recordar el cuento El entierro prematuro (1844) de Edgar Allan Poe. ¿Masoquismo? Tal vez. Me recuerda que esta preocupación es una de las más grandes del ser humano, desde tiempos ancestrales. Cuado preparé mis primeras clases sobre vampirismo, descubrí la costumbre de los siglos XVII y XIX, que consistía en la manufactura de ingeniosos ataúdes con un ducto para suministrar oxígeno al interior del mismo y una campana conectada al exterior, en el caso de que el ocupante no esté realmente muerto y pueda pedir auxilio. La historia de Poe documenta muchos casos de este tipo aunque, como sucede a menudo, muchos son magnificados por la supertstición, la ignorancia y el rumor. En nuestros días persiste la creencia de que el memorable comediante Joaquín Pardavé no estaba muerto cuando fue inhumado. Esto fue descubierto, presuntamente, cuando sus restos fueron trasladados a otra locación y se encontraron arañazos en el forro del ataúd, seña inequívoca de que el hombre aún vivía. Una querida amiga y alumna, empleada del Panteón Jardín de esta ciudad, lugar donde reposa el actor, me desmintió esto. Pero la creencia popular pervive.
Recordé todo lo anterior el otro día que vi uno de mis grandes pendientes, la película española Sepultado (Buried, 2010, Rodrigo Cortés). De ella conocía la trama a través de todo lo que leí en los periódicos y el Internet, y dudaba cómo el director podría sustentar una cinta de 90 minutos con un actor confinado en un espacio cerrado y sin las posibilidades del flashback –que permitiría al protagonista rememorar mejores tiempos y aliviar la sensación de encierro en el público- o de escenas paralelas realizadas en otra locación. Y ese es su primer acierto. El joven histrión Ryan Reynolds –egresado de la televisión y futura encarnación del héroe de cómics Linterna Verde- logra transmitir el miedo, la angustia, la desesperación y la impotencia que tendría una persona en esas circunstacias. Con una eficaz fotografía que emplea solamente la luz de la pantalla de un teléfono celular, un encendedor y lámparas de emergencia –de esas que se usan en campismo o espeleología-, somos partícipes del drama del protagonista y deseamos, tanto como él, salir del cine, estirar los brazos y respirar aire fresco. El resultado final es de sobra satisfactorio. Una experiencia de la que los claustrofóbicos deben abstenerse.
En mis experiencias recientes dentro del enorme aparato que realiza resonancias magnéticas de mi cráneo, introducido en un reducido espacio en donde mi movilidad se limita, combato el tedio al recordar el cuento El entierro prematuro (1844) de Edgar Allan Poe. ¿Masoquismo? Tal vez. Me recuerda que esta preocupación es una de las más grandes del ser humano, desde tiempos ancestrales. Cuado preparé mis primeras clases sobre vampirismo, descubrí la costumbre de los siglos XVII y XIX, que consistía en la manufactura de ingeniosos ataúdes con un ducto para suministrar oxígeno al interior del mismo y una campana conectada al exterior, en el caso de que el ocupante no esté realmente muerto y pueda pedir auxilio. La historia de Poe documenta muchos casos de este tipo aunque, como sucede a menudo, muchos son magnificados por la supertstición, la ignorancia y el rumor. En nuestros días persiste la creencia de que el memorable comediante Joaquín Pardavé no estaba muerto cuando fue inhumado. Esto fue descubierto, presuntamente, cuando sus restos fueron trasladados a otra locación y se encontraron arañazos en el forro del ataúd, seña inequívoca de que el hombre aún vivía. Una querida amiga y alumna, empleada del Panteón Jardín de esta ciudad, lugar donde reposa el actor, me desmintió esto. Pero la creencia popular pervive.
Recordé todo lo anterior el otro día que vi uno de mis grandes pendientes, la película española Sepultado (Buried, 2010, Rodrigo Cortés). De ella conocía la trama a través de todo lo que leí en los periódicos y el Internet, y dudaba cómo el director podría sustentar una cinta de 90 minutos con un actor confinado en un espacio cerrado y sin las posibilidades del flashback –que permitiría al protagonista rememorar mejores tiempos y aliviar la sensación de encierro en el público- o de escenas paralelas realizadas en otra locación. Y ese es su primer acierto. El joven histrión Ryan Reynolds –egresado de la televisión y futura encarnación del héroe de cómics Linterna Verde- logra transmitir el miedo, la angustia, la desesperación y la impotencia que tendría una persona en esas circunstacias. Con una eficaz fotografía que emplea solamente la luz de la pantalla de un teléfono celular, un encendedor y lámparas de emergencia –de esas que se usan en campismo o espeleología-, somos partícipes del drama del protagonista y deseamos, tanto como él, salir del cine, estirar los brazos y respirar aire fresco. El resultado final es de sobra satisfactorio. Una experiencia de la que los claustrofóbicos deben abstenerse.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Bitácora de viaje, segunda de dos partes.
Menos sutiles han sido otros asesinos que el cine de horror ha creado, representantes del género y auténticos mitos contemporáneos que han privado del sueño a más de una persona. “Uno de los acontecimientos más importantes el cine de los ochenta fue la proliferación de un subgénero que se abría paso entre charcos de sangre, despellejamientos y tripas al descubierto: el cine de horror gore y su versión splatter”, recuerda Rafael Aviña. Estos nuevos monstruos se mueven entre lo real y lo sobrenatural, advierten a la juventud desbocada –a punta de cuchillo y machete- sobre la moral y la sexualidad responsable en la era del VIH y las enfermedades de transmisión sexual, pero sobre todo representan la suma de nuestros miedos más elementales de la infacia –a la noche, a lo diferente, a quedarnos solos en una habitación a oscuras-. El claro precursor de esta deliciosa galería de personajes, el sanguinario Michael Myers, nació en el verano de 1978 gracias a la imaginación de John Carpenter y Debra Hill. Todos conocemos su historia: de niño toma –sin razón aparente- un cuchillo y masacra a su hermana mayor con un cuchillo carnicero la noche de Halloween. Años después escapa de la institución mental donde fue confinado y obedece el llamado de la sangre. En el libreto –originalmente titulado The babysitter murders- los autores se refieren al personaje como “The shape”. Michael Myers y sus herederos se convirtieron no sólo en espléndidas alegorías de la represión sexual, sino en presencias indestructibles, tanto en el celuloide como en el imaginario popular. Esto lo refuerza la fatal afirmación del pequeño Tommy: “tú no puedes matar al coco”.
En complemento está el caso de Jason Voorhees, víctima convertido en un imponente asesino sobrenatural que usaba una máscara de hockey –desde la tercera parte de la serie-, astro de la kilométrica saga de Viernes 13, que vio por primera vez la oscuridad de la sala de cine en 1980 –en México con el título Martes 13-, bajo la dirección de Sean S. Cunningham. Muchos vieron –y siguen viendo- en Jason una copia de Michael Myers. “Concebida como un plagio del Halloween de Carpenter, la pegajosa serie […] se convirtió en un hito del horror gore de bajo presupuesto con adolescentes de por medio”, insiste Rafael Aviña. “Sin embargo, lo más destacable fue sin duda, la aportación y el estrellato definitivo de Tom Savini, maquillador y creador de los más repugnantes efectos de destripamientos, mutilaciones y demás parafernalia splatter”.
El heredero incuestionable de estos homicidas –o al menos el más meritorio- es el asesino de Scream (1996), de Wes Craven. La película es de hecho una inteligente deconstrucción de este subgénero del cine de horror, con una protagonista (Drew Barrymore) despachada en los primeros minutos de la cinta (como Janeth Leigh en Psicosis), múltiples sospechosos, un asesino vicioso con cuchillo en mano y mucha, mucha sangre. La historia de Craven –a la que inicialmente iba a titular Scary movie- introduce a una de las figuras más emblemáticas del cine de horror de finales del siglo pasado: la del asesino con túnica negra y una máscara que nos recuerda a la pintura El Grito del artista noruego Edvard Munch.
El triunvirato sanguinario ha renacido en los últimos años –signo de agotamiento de la industria hollywoodense para muchos-, con desiguales resultados. Leatherface tuvo una fortuna aceptable de la mano de Marcus Niespel, al igual que Michael Myers –con su actualización a cargo de Rob Zombie en 2007-. En cambio, es infausto el regreso a la vida de Jason –irónicamente a cargo del mismo Niespel-. La película es el mejor ejemplo de la trivialización de un monstruo clásico, infestada de jóvenes actores de televisión y un argumento que si bien era promisorio –incluir como una suerte de prólogo a la desquiciada señora Voorhees fue un acierto- termina por agotar y decepcionar al diletante del cine de horror. El nuevo Jason se convirtió en un asesino incongruente y predecible que mantenía cautivas a algunas de sus víctimas –por motivos que aún ignoro- en su intrincada madriguera secreta. Su espíritu original era liquidarlas en el momento, sin la menor contemplación, y seguir adelante en busca de un nuevo cordero de sacrificio. Era una máquina de matar. Eso lo definía. De la serie Scream es inminente una nueva entrega, seguramente movida –como otras cintas- por la nostalgia y porque demostró ser un producto económicamente redituable. Mis expectativas son altas. Sólo nos queda esperar.
De sus incontables homenajes, clones, plagios y otros sacrilegios –el psicópata con máscara de lechuza en Aquarius (Michelle Soavi, 1986), el Pescador de Sé lo que hicieron el verano pasado (1997), el asesino de Leyenda Urbana (1998) o El coleccionista (2009)-, no digamos nada.
***
Algunos monstruos, como los vampiros –hoy tan de moda por voraces y desafortunadas sagas-, también usan máscaras. Y no como la que portó el Conde Drácula (Richard Roxburg) en ese baile en Van Helsing (Sommers, 2004). En el juego de rol que creó Mark Rein Hagen, Vampire, the masquerade, los seductores monstruos aparecen ante la sociedad como empresarios y dueños de medios de comunicación, disfraz que data de la época de la Inquisición y usan para pasar inadvertidos ante la raza humana. “La fuerza del vampiro radica en que nadie cree en él”, dijo un sabio. Y uno de los monstruos de Rein Hagen lo complementó: “Hemos pasado 5 siglos escenificando la que llamamos La Mascarada para ocultarnos de ustedes, pero al final todo se reduce a algo muy simple: los vampiros no queremos que los mortales sepan que estamos entre ustedes, del mismo modo que el lobo no desea que el cordero sepa que está merodeándolo”. En esta historia el crimen más penado para un vampiro es revelar este secreto, la base de su estructura social. Cosa similar sucede en Blade (Norrington, 1998), donde los vampiros han celebrado un pacto secreto con la clase política humana para coexistir “civilizadamente”. “Están en todas partes. Ellos controlan a la policía”, advierte el mentor del héroe a la damisela en desgracia. Pero el vampiro será objeto de veneración de una futura emisión de Mórbido.
***
El uso de las máscaras es un recurso frecuente del cine de horror y se sustenta en uno de los miedos más elementales: tememos lo que no vemos. Escuché hace muy poco que “los muros y las máscaras que hay que llevar, junto con la mentiras, son la raíz del mal que padece nuestra sociedad”. Así como el mal, las máscaras son una constante de la especie humana. Todos las usamos, de una u otra forma. ¿Qué hay detrás de la tuya?
Bibliografía
1. Aviña, Rafael. El cine de la paranoia. Times editores, México. 1999.
2. Clekley, Hervey. The Mask of Sanity: An Attempt to Clarify Some Issues About the So-Called Psychopathic Personality. Mosby Co. Georgia, 1988.
3. Douglas, John. Mindhunter: Inside the FBI's Elite Serial Crime Unit. Pocket books, Nueva York. 1996.
4. Gubern, Román. Máscaras de la ficción. Anagrama, Barcelona. 2002.
5. Jones, Stephen. Clive Barker´s A-Z of horror. Harper Prism, Nueva York. 1996.
6. Lardín, Rubén. Las diez caras del miedo. Midons editores, Valencia. 1996.
7. Plaza, Francisco. Asesinos de cine. Midons editores, Valencia. 1998.
8. Rein Hagen, Mark. Vampire,the masquerade. White Wolf Publising, California. 1998.
9. Ressler, Robert. Whoever Fights Monsters: My twenty years tracking serial killers for the FBI. St. Martin's Paperbacks, Nueva York. 1993.
10. -------------------. I Have Lived in the Monster: Inside the minds of the world's most notorious serial killers. St. Martin's True Crime Library, Nueva York. 1998.
11. Schechter, Harold. The A to Z encyclopedia of serial killers. Pocket books, Nueva York. 2001.
12. Valencia, Manuel. Guillot, Eduardo. Sangre, sudor y vísceras. Historia del cine Gore. Ediciones La Máscara, Valencia. 1996.
En complemento está el caso de Jason Voorhees, víctima convertido en un imponente asesino sobrenatural que usaba una máscara de hockey –desde la tercera parte de la serie-, astro de la kilométrica saga de Viernes 13, que vio por primera vez la oscuridad de la sala de cine en 1980 –en México con el título Martes 13-, bajo la dirección de Sean S. Cunningham. Muchos vieron –y siguen viendo- en Jason una copia de Michael Myers. “Concebida como un plagio del Halloween de Carpenter, la pegajosa serie […] se convirtió en un hito del horror gore de bajo presupuesto con adolescentes de por medio”, insiste Rafael Aviña. “Sin embargo, lo más destacable fue sin duda, la aportación y el estrellato definitivo de Tom Savini, maquillador y creador de los más repugnantes efectos de destripamientos, mutilaciones y demás parafernalia splatter”.
El heredero incuestionable de estos homicidas –o al menos el más meritorio- es el asesino de Scream (1996), de Wes Craven. La película es de hecho una inteligente deconstrucción de este subgénero del cine de horror, con una protagonista (Drew Barrymore) despachada en los primeros minutos de la cinta (como Janeth Leigh en Psicosis), múltiples sospechosos, un asesino vicioso con cuchillo en mano y mucha, mucha sangre. La historia de Craven –a la que inicialmente iba a titular Scary movie- introduce a una de las figuras más emblemáticas del cine de horror de finales del siglo pasado: la del asesino con túnica negra y una máscara que nos recuerda a la pintura El Grito del artista noruego Edvard Munch.
El triunvirato sanguinario ha renacido en los últimos años –signo de agotamiento de la industria hollywoodense para muchos-, con desiguales resultados. Leatherface tuvo una fortuna aceptable de la mano de Marcus Niespel, al igual que Michael Myers –con su actualización a cargo de Rob Zombie en 2007-. En cambio, es infausto el regreso a la vida de Jason –irónicamente a cargo del mismo Niespel-. La película es el mejor ejemplo de la trivialización de un monstruo clásico, infestada de jóvenes actores de televisión y un argumento que si bien era promisorio –incluir como una suerte de prólogo a la desquiciada señora Voorhees fue un acierto- termina por agotar y decepcionar al diletante del cine de horror. El nuevo Jason se convirtió en un asesino incongruente y predecible que mantenía cautivas a algunas de sus víctimas –por motivos que aún ignoro- en su intrincada madriguera secreta. Su espíritu original era liquidarlas en el momento, sin la menor contemplación, y seguir adelante en busca de un nuevo cordero de sacrificio. Era una máquina de matar. Eso lo definía. De la serie Scream es inminente una nueva entrega, seguramente movida –como otras cintas- por la nostalgia y porque demostró ser un producto económicamente redituable. Mis expectativas son altas. Sólo nos queda esperar.
De sus incontables homenajes, clones, plagios y otros sacrilegios –el psicópata con máscara de lechuza en Aquarius (Michelle Soavi, 1986), el Pescador de Sé lo que hicieron el verano pasado (1997), el asesino de Leyenda Urbana (1998) o El coleccionista (2009)-, no digamos nada.
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Algunos monstruos, como los vampiros –hoy tan de moda por voraces y desafortunadas sagas-, también usan máscaras. Y no como la que portó el Conde Drácula (Richard Roxburg) en ese baile en Van Helsing (Sommers, 2004). En el juego de rol que creó Mark Rein Hagen, Vampire, the masquerade, los seductores monstruos aparecen ante la sociedad como empresarios y dueños de medios de comunicación, disfraz que data de la época de la Inquisición y usan para pasar inadvertidos ante la raza humana. “La fuerza del vampiro radica en que nadie cree en él”, dijo un sabio. Y uno de los monstruos de Rein Hagen lo complementó: “Hemos pasado 5 siglos escenificando la que llamamos La Mascarada para ocultarnos de ustedes, pero al final todo se reduce a algo muy simple: los vampiros no queremos que los mortales sepan que estamos entre ustedes, del mismo modo que el lobo no desea que el cordero sepa que está merodeándolo”. En esta historia el crimen más penado para un vampiro es revelar este secreto, la base de su estructura social. Cosa similar sucede en Blade (Norrington, 1998), donde los vampiros han celebrado un pacto secreto con la clase política humana para coexistir “civilizadamente”. “Están en todas partes. Ellos controlan a la policía”, advierte el mentor del héroe a la damisela en desgracia. Pero el vampiro será objeto de veneración de una futura emisión de Mórbido.
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El uso de las máscaras es un recurso frecuente del cine de horror y se sustenta en uno de los miedos más elementales: tememos lo que no vemos. Escuché hace muy poco que “los muros y las máscaras que hay que llevar, junto con la mentiras, son la raíz del mal que padece nuestra sociedad”. Así como el mal, las máscaras son una constante de la especie humana. Todos las usamos, de una u otra forma. ¿Qué hay detrás de la tuya?
Bibliografía
1. Aviña, Rafael. El cine de la paranoia. Times editores, México. 1999.
2. Clekley, Hervey. The Mask of Sanity: An Attempt to Clarify Some Issues About the So-Called Psychopathic Personality. Mosby Co. Georgia, 1988.
3. Douglas, John. Mindhunter: Inside the FBI's Elite Serial Crime Unit. Pocket books, Nueva York. 1996.
4. Gubern, Román. Máscaras de la ficción. Anagrama, Barcelona. 2002.
5. Jones, Stephen. Clive Barker´s A-Z of horror. Harper Prism, Nueva York. 1996.
6. Lardín, Rubén. Las diez caras del miedo. Midons editores, Valencia. 1996.
7. Plaza, Francisco. Asesinos de cine. Midons editores, Valencia. 1998.
8. Rein Hagen, Mark. Vampire,the masquerade. White Wolf Publising, California. 1998.
9. Ressler, Robert. Whoever Fights Monsters: My twenty years tracking serial killers for the FBI. St. Martin's Paperbacks, Nueva York. 1993.
10. -------------------. I Have Lived in the Monster: Inside the minds of the world's most notorious serial killers. St. Martin's True Crime Library, Nueva York. 1998.
11. Schechter, Harold. The A to Z encyclopedia of serial killers. Pocket books, Nueva York. 2001.
12. Valencia, Manuel. Guillot, Eduardo. Sangre, sudor y vísceras. Historia del cine Gore. Ediciones La Máscara, Valencia. 1996.
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jueves, 23 de septiembre de 2010
¡Es el latido de su horrible corazón!


Y un comentario final. Como estudioso del género horrorífico, nunca dejaron de llamarme la atención diversos testimonios bibliográficos de personas afectadas durante las funciones de Drácula o Frankenstein en 1931. De hecho, como estrategia mercadológica, los exhibidores apostaban ambulancias en los accesos de los teatros para atender crisis nerviosas o desmayos causados por la película. Con la evolución del lenguaje cinematográfico, y gracias a nuestra cotidiana convivencia con la el horror y la sangre, pensaba que se trataban de exageraciones. Pero durante la función de Corazón delator, en la semi oscuridad, pude observar cómo un joven se esmeraba en sacar discretamente de la sala a su inconsciente acompañante, víctima de un desvanecimiento durante una de sus escenas más violentas. Esto fue sin duda un premio –para mí- y tal vez la mejor recomendación de una película disfrutable, si tienes espíritu intrépido y estómago blindado contra emociones fuertes.
sábado, 18 de septiembre de 2010
La invasión de los vampiros o disculpe usted, pero sus colmillos están en mi cuello bicentenario. Segunda de dos partes y conclusión

Parte del ciclo de todo mito cinematográfico que comienza a mostrar desgaste, como sucedió con las entrañables películas de horror de los estudios Universal, es coquetear con otros géneros. Lo mismo sucedió al vampiro nacional, que se sacrificó para el lucimiento de los cómicos del momento, del mismo modo que hicieron Bela Lugosi y Lon Chaney, Jr. en Abbot y Costello contra Frankenstein (Charles Barton, 1948). La primera de las cintas que lo demuestran, que incluye la participación fortuita del mismísimo Germán Robles en su momento de máxima gloria, porque en sus propias palabras accedió a aparecer en ella como un favor al

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Y todo mito no puede escapar de las infamias. En la industria occidental, por cada buena película de vampiros podemos


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¿Hacia dónde se dirige el vampiro nacional? Para muchos estudiosos dignos de todo mi respeto, como Julio Patán, es un monstruo que ha tocado fondo y se ha deslavado completamente. Yo creo, y no porque sea uno de sus grandes admiradores, que aún tiene mucho que ofrecernos, por más que populares sagas muestren lo contrario. Las letras pueden ser una buena manera de reconocer sus posibilidades. El cuento No se duerman en el metro, publicado en 1994 en una serie que Revista de revistas del periódico Excélsior dedicó a los hijos de la noche, es un gran ejemplo. Su autor, Mario Méndez Acosta, los traslada, con verosimilitud testimonial al calor de las copas, hasta los


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