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martes, 25 de febrero de 2014

Réquiem por Harold Ramis

El guionista, productor, actor y director Harold Allen Raimis dejó de respirar en su casa, la mañana del pasado lunes, debido a complicaciones de la vasculitis inflamatoria autoinmune con la que luchó por cuatro años. Acababa de cumplir 69.
En muchos sentidos fue un héroe anónimo. Inició su carrera como escritor en su natal Chicago, donde descubrió una afinidad natural por la comedia, género en el que se movió cómodamente por cuatro décadas y le permitió posicionarse en el negocio del espectáculo. Su labor cimentó populares programas de televisión como el canadiense Second City Television y Saturday Night Live, verdadera tradición estadounidense, donde se relacionó con celebridades de la comedia de la época como John Belushi, Rodney Dangerfield, Chevy Chase, John Candy, Rick Mornis, Martin Short, Dan Aykroyd y, tal vez el más popular de todos, Bill Murray. Sobra decir que Ramis tuvo una discreta participación actoral en muchos de ellos, pero el campo en el que recibió mayor reconocimiento fue la escritura y la dirección, que rebasó la televisión y lo instaló sólidamente en la industria cinematográfica. 
Le debemos hilarantes cintas como Caddyshack (creo que aquí la rebautizaron como Los locos del golf, 1980), los guiones de El pelotón chiflado (Stripes, Ivan Reitman, 1981), las películas desprendidas de la revista National Lampoon (Sátira nacional), Colegio de animales (National Lampoon´s Animal House, John Landis, 1978), Vacaciones (National Lampoon´s Vacation, dirigida también por él en1983), Mis otros yo (Multiplicity, 1996), Analízame (Analyze this, 1999), Al diablo con el diablo (Bedazzled, 2000) y, la mejor de todas, Hechizo del tiempo (Groundhog day 1993), aparente comedia romántica que resume la esencia del horror y lo fantástico.
Pero sin duda será mejor recordado por su papel del cerebral parapsicólogo Egon Spengler en Los Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984), filme que fusiona exitosamente la comedia y el horror a partir de un libreto del mismo Ramis y su colega Dan Aykroyd. Su éxito abrumador propició una dispareja pero entrañable secuela –en 1989- y un colorido serial de dibujos animados. Todos forman parte indispensable de mi educación sentimental. De ellos disertaré en un futuro no distante. Es una deuda de honor.
La partida de Ramis deja en la orfandad parcial un proyecto muchas veces aplazado: su idea de escribir con Aykroyd una tercera aventura de Los Cazafantasmas. Su iniciativa me parecía riesgosa en muchos sentidos. El propio Bill Murray, cuya carrera se benefició de su socarrón parapsicólogo Peter Venkman, negó en repetidas ocasiones cualquier vínculo con la producción. Seguramente advertía el inclemente paso del tiempo. Ramis, por su parte, debió estar convencido de la vigencia de los clásicos y del potencial económico de la nostalgia –pregunten si sirve a Sylvester Stallone-. Porque en apariencia su comedia parecería superada por lo escatológico, el cinismo y la vulgaridad que reina en nuestros días. No sé si veremos cristalizado su anhelo. Una parte de mí, en el fondo, lo desea.

Ramis fue al encuentro del mundo que exploró su personaje más popular. Su legado pervivirá sin duda alguna. Debió partir con la satisfacción del que gozó plenamente su oficio y conoció en vida, más allá de cualquier duda, las risas y la gratitud de su público y generaciones posteriores. Descanse en paz. 

viernes, 26 de julio de 2013

Pixar y el maravilloso mundo de los monstruos

Monsters, Inc., la maravillosa película animada dirigida en 2001 por Pete Docter (en contubernio con Lee Unkrich y David Silverman) para los estudios Pixar –distribuída por la casa Disney-, es una obra cercana a la perfección. La historia del propio Docter, Jill Culton, Jeff Pidgeon y Ralph Eggleston nos presentó a dos personajes entrañables: el “asustador” profesional James T. Sullivan (voz en ingles de John Goodman) y su asistente ciclópeo Mike Wazowski (voz original de Billy Cristal), dupla que labora en una gran factoría –que da nombre a la cinta- y emplea tecnología que comunica su mundo con el nuestro a través de las puertas de los armarios de los dormitorios de los niños. Todas las noches las cruzan sigilosamente, y al aterrar a los inocentes habitantes del otro lado obtenían energía para su orbe, lo que hacía su labor indispensable para la supervivencia de su sociedad. El dilema surgía con la pequeña de dos años MaryBoo para los cuates-, quien cambió en más de una manera su percepción de la realidad. El resultado nos hace experimentar un sinfín de emociones –desde la risa más estridente, ternura y sobresalto- y nos permite comprobar la magia de ese territorio llamado infancia. Entre los méritos de su versión hablada en español destaca el logrado doblaje de Víctor Trujillo como Sullivan y Andrés Bustamante como Wazowski, comediantes fundamentales de mi adolescencia. Su anécdota y mensaje final –la risa es más poderosa que el miedo y no todo lo diferente es malo- son insuperables. El filme es un paquete muy bien cerrado que ofrecía pocas posibilidades de una secuela directa. Su inmenso éxito comercial –más de medio billón de dólares alrededor del mundo- hizo inevitable que Disney –hoy dueña de Pixar- pensara en otra película. El dinero manda. Y la verdad es que se tardó demasiado. Como era difícil ir hacia adelante, eligieron el camino obvio: ver hacia atrás.

Esa es la premisa de Monsters University (Dan Scanlon, 2013), una precuela impecable y deslumbrante, que hace alarde del avance de los recursos tecnológicos que no dispuso la primera aventura. El guión de Daniel Gerson, Robert L. Baird y Dan Scanlon se remonta a la infancia de Wasowski (voz nuevamente de Billy Cristal y Andrés Bustamante) y su resolución para convertirse en un “asustador” a pesar de su simpático aspecto. Al llegar a la adolescencia ingresa al recinto educativo que del título de la película, donde conoce al joven Sullivan (otra vez John Goodman y Víctor Trujillo), miembro de una popular familia de “asustadores”. Diametralmente opuestos, entablan una gran amistad que habrá de convertirlos en una de los más fructíferos dúos de su medio. La coincidencia se encuentra en las diferencias. El conjunto, si bien es divertidísimo y espectacular, no deja de hacerme sentir que es innecesario. No iguala remotamente a la contundencia de la primera película. La veo como un gran divertimento, como un producto realizado con la intención de arrastrar a las grandes multitudes de niños al cine, que sus padres les compren cuantas golosinas les permita su bolsillo, consuman “cajitas felices” en la hamburguesería de su preferencia y hagan filas para adquirir el DVD –o BluRay- cuando salga a la venta. La gracia de Monsters University radica en la curiosidad, en ese ensamble de inadaptados convocados por Wasowski, en la aparición del “pejelagarto” Randall Boggs (Steve Buscemi de nuevo), en ver enfundada en un uniforme de trabajo a la malhumorada Roz o en esa fotografía del pasado con Henry J. Waternoose III, otrora cabeza de la empresa que usaba un look similar al del pintor Bob Ross o los jugadores de los Harlem Globetrotters. E instalándonos en nuestros terrenos –el horror-, el susto final que ejecutan Wasowski y Sullivan en una cabaña con una vista semejante a la de Crystal Lake, es un momento estupendo. La gran moraleja, “puedes llegar tan alto como desees si verdaderamente te lo propones, sin importar tu origen o aptitudes”, entra en conflicto con otra que advertí, alarmado: “No importa una carrera universitaria o romper las reglas. Siempre puedes escalar posiciones desde abajo”. Rescatando lo mejor, la honestidad de Sullivan puede enseñar a los niños que todas las acciones tienen consecuencias. La conclusión de la cinta, el primer día de trabajo del par, es sólo el preámbulo a una experiencia mayor que resume el entusiasmo de Wasowski: “no puedo esperar”.

lunes, 17 de enero de 2011

¿Qué define una mala película de horror? Segunda de tres partes.

5. El sexo no siempre vende. Si como pensaba Herschell Gordon Lewis, principal artífice del cine gore, que “el sexo y la muerte venden”, la combinación no siempre es afortunada. El pornógrafo convertido en director de algunas cintas de horror de culto aseguraba que como los hombres pagaban las entradas al cine, había que complacerlos con heroínas voluptuosas. Es cierto que Elisha Cuthbert, hija de Kiefer Sutterland en la extinta serie de televisión 24, es una chica muy atractiva. Pero su figura no aportó nada a la cinta El Sótano (Captivity, Roland Joffé, 2007). Y como éste podría nombrar innumerables casos.
6. El susto barato. El protagonista realiza alguna actividad cotidiana o explora un lugar peligroso. Abre, por ejemplo, la puerta con espejo del anaquel de un baño. Cuando la cierra descubre súbitamente atrás de él al monstruo en cuestión, o a algún amigo cuya presencia en el sitio es inesperada, con un aumento en el volumen o un acorde que altera el flujo de la banda sonora. Sigue a este susto repentino una estela de risas del auditorio. Muchas películas se ostentan como de horror abusando de este recurso. Esta clase de estremecimiento, fugaz y físico, es previsible en muchas ocasiones y siempre decepcionante.
7. Las secuelas innecesarias deben morir. Un hombre lobo americano en Paris (Anthony Walker, 1997) buscaba explotar el éxito de la cinta canónica de John Landis (Un hombre lobo americano en Londres, 1981). El resultado final, de ínfima calidad en todos los aspectos, la condenó al olvido. Igualmente sucedió con El Proyecto de la Bruja de Blair 2 (Joe Berlinger, 2000), secuela que se alejó diametralmente de su antecesora y no aportó nada a una premisa interesante. Menos horripilante fue la secuela de la estupenda REC (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2007), REC2 (2009), nuevamente dirigida por la dupla española. La cinta retoma la historia en el instante mismo de su aparente desenlace, pero le da un giro dramático al transformar lo que parecía ser una inteligente película de zombis en un relato de posesiones demoníacas, con todo y un sacerdote que no deja de recordarme al Padre Merrin (Max Von Sydow) de El Exorcista (William Friedkin, 1973). Este tipo de esfuerzos, realizados con voracidad comercial en muchos casos, no sólo traicionan historias ingeniosas sino que defrauda profundamente al cinéfilo.
8. Los remakes innecesarios también deben morir. Mi amigo Jorge Grajales, para calificar la nueva versión de Psicosis (Gus Van Sant, 1998), acuñó una frase que vive en mi memoria: “si no está roto, no lo compongas”. Sigo defendiendo la cinta como un ejercicio cinematográfico curioso y como un esfuerzo por traer a las nuevas generaciones una historia memorable. Van Sant dirigió una impecable calca, en vívido color y encuadre por encuadre, de la obra inmortal de Alfred Hitchcock. Infame sin duda fue La casa de cera (Jaumé Collet-Serra, 2005), actualización de la joya protagonizada por Vincent Price. Un guión irrisorio, una lluvia de “estrellas juveniles” y un villano inverosímil atormentan mis reducidos recuerdos de ella. La parte que no puedo olvidar –porque la celebré sinceramente- fue la muerte de la socialité Paris Hilton. El malvado pudo atravesarle el cráneo con facilidad con un tubo porque no había un cerebro que opusiera resistencia. Y de las mexicanas Hasta el viento tiene miedo (Gustavo Moheno, 2007) o El libro de piedra (Julio César Estrada, 2009), no vale la pena hablar.
9. Un videojuego exitoso no garantiza una gran película. La saga El huésped maldito se basa libremente, como sabemos, en el popular videojuego Resident evil. El purista de este medio puede obviar las diferencias por sus valores de producción, sus efectos especiales o por la presencia de Mila Jovovich. Pero otros intentos no han corrido con la misma suerte. La casa de los muertos (Uwe Boll, 2003), adaptación del videojuego de Sega, es funesta por el lado que se le vea. Cuando al villano le preguntaron para qué quería ser inmortal, respondió con gran contundencia: “para vivir para siempre”. Doom, la puerta al infierno (Andrzej Bartkowiak, 2005), con el astro de la lucha libre Duane“The Rock” Johnson, deja mucho qué desear. Muchos cineastas no comprenden que los videojuegos son un medio diferente al cine, con un lenguaje propio que en ocasiones sólo funciona bien en su forma original. Si muchos cineastas no lo entendieran, seguramente ya hace mucho se hubiera lanzado Pacman begins.

Dejo deliberadamente de lado el tema de las llamadas películas de culto. Glen o Glenda (1953), La novia del monstruo (1955) y Plan 9 del espacio exterior (1958), todas escritas y dirigidas por Edward D. Wood, Jr., son malísimas, pésele a quien le pese. Pero sus deficiencias, candor y la nostalgia las convirtieron, con el paso de los años, en objetos dignos de veneración y forman parte entrañable de las videotecas de muchos de nosotros. Quién sabe. A lo mejor los admiradores de muchas de las cintas que mencioné en esta serie de entradas aún no han nacido. O tal vez nunca existan. De lo que estoy seguro es que muchas no sobrevivirán el paso del tiempo.

lunes, 12 de julio de 2010

Ficción y realidad

El pulpo Paul habló. Ganó la selección española y el mundial de fútbol terminó.
Un lugar que parece común, al estudiar el tema que concierne a este blog que está por cumplir su primer año de vida –el horror y sus manifestaciones artísticas- es que la realidad supera a la ficción. Podemos comprobar esto cada vez que abrimos un periódico, con sus decapitaciones, la rampante crisis económica, los desastres naturales y la indolencia de la clase política, o cuando observamos la mirada vacía del niño que nos pide una moneda en un crucero. Esto me horroriza más que las historias de fantasmas, asesinos o vampiros –no los de la saga Crepúsculo- que tanto gozo. Puedo disfrutarlas con la seguridad de que al cerrar el libro o terminar la película el monstruo no podrá hacerme daño. Pero la realidad y la ficción a veces cruzan sus caminos. Lo pensé ayer que vi un capítulo del serial Cops, espécimen indispensable de la televisión noventera que abrió paso a numerosos programas de su tipo de nuestros días, como Las primeras 48 o Detectives médicos. Inolvidable fue su versión mexicana –Policías- por divertida e infame. Cops sigue -porque el programa continúa al aire- el patrullar de distintas corporaciones policíacas estadounidenses. La cámara documenta sus andanzas, con contundente realismo, desde riñas domésticas y robos hasta accidentes de tránsito y homicidios. Hago esta introducción pues esta emisión televisiva sirvió como vehículo a uno de los capítulos de la extinta serie de ficción Los Expedientes secretos X, otro popular hijo de los años noventa que todos recordamos. Para el anecdotario su creador, Chris Carter, es amigo íntimo de Matt Groening y Stephen King. Durante una noche los agentes federales Fox Mulder (David Duchovny) y Dana Scully (Gillian Anderson) seguían los pasos de un monstruo, en cuya descripción no se ponían de acuerdo los testigos, a través de las distintas llamadas de auxilio que atendían los heroicos miembros del departamento de policía de la localidad, que casualmente eran seguidos por Cops. El episodio, titulado apropiadamente X-Cops, seguía pues los avistamientos de la criatura, que eventualmente descubrimos es un ser que adopta la forma de los miedos de las personas, todo con la verosimilitud que le otorgaban los recursos narrativos del reality show. Este experimento no es nuevo. Conocemos muchos trabajos donde la pretensión de realismo nutre el juego de la fantasía. Hace unos meses hablé de la cinta Actividad paranormal (Oren Eli, 2007) y de sus antecedentes Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980), El Proyecto de la Bruja de Blair (Myrick y Sánchez, 1999) o la reciente Cloverfield (Reeves, 2008). Incluso el ya citado Matt Groening no resistió entrecruzar realidad y ficción cuando emuló los populares documentales Behind the music del canal musical VH1 y reelaboró la serie como Behind the laughter (Detrás de las risas). A través de ella narró la vida de su amarillenta familia Simpson, con sus excesos, virtudes, desencuentros y encuentros, justo como sucede en la vida real porque, afortunadamente, no todo es horror.

jueves, 17 de junio de 2010

¿Quién teme a los payasos?

Lon Chaney, el entrañable actor conocido como “El hombre de los mil rostros”, advirtió correctamente que el payaso, extrayéndolo de su entorno circense, inocente y doméstico, poseía una de las imágenes más aterradoras. En sintonía está Robert Bloch, discípulo de H. P. Lovecraft y autor de “Psicosis”, quien pensaba que representa la esencia del verdadero horror. Si reflexionamos a profundidad, el payaso es un agente de la anarquía y el caos. Su rostro maquillado, su nariz roja y sus ropas extravagantes son la antítesis de lo “normal”, un desafío descarado a todas las convenciones de la sociedad. Cuando acuden al circo, por gentileza de sus padres, los niños reaccionan de diversas formas ante los inocentes bufones: algunos sienten la más genuina simpatía por ellos, otros la más profunda aversión, incluso un terror indecible. Y digo terror –no horror- porque rechazan inmediatamente su aspecto físico. Es éste el que los atemoriza. Un payaso, en un callejón oscuro, a la medianoche, es capaz de asustar a cualquiera. Muchas veces la ficción se ha valido de la capacidad de estos personajes para aterrar a su público. Pennywise, el payaso que baila, villano alienígena de la novela “Eso” (1986) de Stephen King, se aprovecha de su colorido como arma de seducción para acercarse a sus víctimas. Esto tiene símil en la realidad, que siempre supera a la ficción. John Wayne Gacy, amable vecino del suburbio de Norwood Park en Chicago, hombre de familia, empresario y asesino en serie de medio tiempo, acostumbraba disfrazarse como Pogo el payaso para hacer las más nobles acciones comunitarias. En su otra identidad, la verdadera, asesinó a 33 chicos de entre 9 y 20 años. A diferencia de la creencia popular, Gacy nunca utilizaba su colorido disfraz para realizar sus faenas homicidas. El maquillaje era su “máscara de sanidad”, la forma de encajar en su entorno. El criminal fue ejecutado el año 1994 por sus acciones. Más reciente es la encarnación del malogrado actor Heath Ledger como el malvado Guasón, enemigo de Batman. En El Caballero de la Noche (Nolan, 2007), es un asesino despiadado que se reinventa con cada víctima, un hombre “que sólo quiere ver el mundo arder”. Su apariencia –establecida desde las historietas- es la de un payaso y sirve como contraste evidente con la personalidad sombría de su némesis. Su rostro está desfigurado por enormes cicatrices que cubre con maquillaje para adquirir el aspecto de un arlequín demoníaco e inspirar miedo. Y lo logra. Bob Kane, uno de los creadores de Batman –porque Bill Finger nuca ha recibido el reconocimiento adecuado-, se inspiró en el aspecto del actor alemán Conrad Veidt en la película El hombre que ríe (Paul Leni, 1928) para crear al criminal. Como el Guasón de Ledger, su sonrisa está marcada permanentemente en su rostro, lo cual demuestra que este gesto no siempre es divertido.

martes, 20 de abril de 2010

A propósito de la locura

Una de las influencias más notables de Tim Burton es sin duda la obra del caricaturista estadounidense Charles Samuel Addams (1912-1988), cuyos dibujos aparecieron en el semanario New Yorker (casa también de Truman Capote) de 1932 a 1987. Oscar Pálmer, en el estudio introductorio a la compilación de la obra de Addams, “La familia Addams y otras viñetas de humor negro”, publicada en 2004 por la distinguida Editorial Valdemar, recuerda el epitafio que emitió William Shawn, editor del New Yorker entre 1951 y 1987, tras la desaparición física del caricaturista: “The New Yorker no estuvo completo hasta que Charles Addams empezó a publicar en él”. Y es que el estilo de Addams, generalmente viñetas unitarias (o one-liners) que denotaban un humor ácido y retorcido que sofisticaban la línea editorial de la publicación, era increíblemente atractivo. Entre su producción brilla un insólito cartón, publicado por vez primera el 6 de agosto de 1938, crítica mordaz a la familia norteamericana, convertido en seriales televisivos, caricaturas, películas y obras de teatro. El clan Addams, integrado por los amorosos padres Morticia y Gómez (u Homero, según el clásico doblaje de Jorge Lavat), los pequeñines macabros Wednesday (Merlina) y Pugsley (Pericles), el tío Fétido (o Lucas, con la voz del maravilloso Jorge Arvizu), la Abuela y el fiel mayordomo Lurch (Largo), representan al clan burgués promedio. Contra la creencia popular, en la amplia obra de Charles Addams para el New Yorker, que comprende más de 1300 cartones, la familia sólo aparece en escasos treinta. Los Addams representan la otredad y nos recuerdan que “las cosas son según el cristal con que se miran”. Su noción de normalidad es una bofetada a la familia tradicional, esa que promueve la extrema derecha. Ejemplo de ello es la famosa viñeta en la que Gómez, Morticia y Luch se disponen a arrojar desde las alturas el contenido hirviente de un caldero a un grupo de niños que cantan villancicos frente a su mansión. Precisamente Lurch, barbado en su primera aparición, está inspirado en Boris Karloff, viejo conocido de todos y de este blog, concretamente en el mayordomo que encarnó en “The old dark house” (James Whale, 1932). El anecdotario documenta que el actor llamó a Charles Addams para agradecerle el halago.
Recuerdo a esta “familia muy normal” porque Tim Burton anunció recientemente que uno de sus siguientes proyectos será una reelaboración de la creación más popular de Charles Addams, con la promesa de ser fiel a la intención del autor y con el estilo y tecnología que usó en “El extraño mundo de Jack”, “Jim y el durazno gigante” y “El cadáver de la novia”. Suena prometedor. Ahora viene la tortuosa espera.

jueves, 11 de marzo de 2010

El horror en tiempos del Oscar

No todo el mundo quedó satisfecho, pero una de las sorpresas más gratas de la entrega 82 de los premios Oscar fue el tributo al horror, ese subgénero cinematográfico tan menospreciado y malentendido que ha demostrado –al paso de los años- ser un gran negocio. Irónico fue que lo presentaran dos astros de la saga Crepúsculo. Una asidua lectora de este blog, King VE, apunta correctamente que estas ni siquiera pueden aspirar a inscribirse en este género. Sin duda representaban la visión contemporánea y hollywoodense del tema, la que lo rebaja y pervierte, pero como diría una sabia mujer, “allá ellos y su mala cabeza”.
Si bien –y como era de esperarse- la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos inscribió este homenaje a películas de ese país –he hicieron a un lado joyas alemanas, británicas, japonesas o españolas-, se reunieron algunos de los personajes y cintas más entrañables del amante del cine de horror. No faltaron Bela Lugosi, Boris Karloff ni Lon Chaney, Jr., todos caracterizados como Jack Pierce los inmortalizara. Vimos escenas de “La mancha voraz” original, con Steve McQueen. Tampoco fue olvidado Alfred Hitchcock con su “Psicosis” o “Los pájaros”. El padre Karras se disponía a enfrentar al maligno. Jack Nicholson no omitió destrozar puertas con su hacha ni populares asesinos como Leatherface, Michael Myers, Jason Voorhies, Freddy Krueger, Pinhead o Chucky dejaron de atemorizarnos con sus filosas herramientas de matanza. Tres de sus herederos más contemporáneos, la bruja de Blair, Samara y Jigsaw, también estaban ahí.
Le antecedió a la compilación que reseño la parodia/homenaje que los anfitriones de la premiación –Steve Martin y Alec Baldwin- hicieron a la cinta independiente “Actividad paranormal” (Oren Eli, 2007), de la que hablé previamente. Si lo que sucede cuando dormimos es cierto, pobres de los que roncamos.
Bien por el horror fílmico y la Academia. Pero si verdaderamente desean sentir escalofríos, vean una sesión del Congreso.

martes, 2 de marzo de 2010

Hay pachuco para rato

Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo (1915-1973) –mejor conocido como “Tin Tán”- es, como bien asegura el investigador, guionista y crítico de cine Rafael Aviña, único e irrepetible. A Rafael debemos una erudita y accesible biografía del entrañable pachuco del cine nacional, titulada Aquí está su pachucote, ¡Nooo!, publicada por la Dirección de Publicaciones de CONACULTA y presentada el sábado pasado en la trigésimo primera Feria Internacional del Libro de Minería.
La dimensión del actor, independientemente de su perdurabilidad como fenómeno cultural, nos exige revisar sus incontables relaciones con la literatura y el folklore. En su filmografía encontraremos numerosas adaptaciones de relatos clásicos de los hermanos Grimm o Alejandro Dumas –“El ceniciento” (1951), “El gato sin botas” (1956), “El vizconde de Montecristo” (1954), “Los tres mosqueteros y medio” (1956)- y revisiones de personajes que se han integrado, como Tintán, al imaginario popular –“Simbad el mareado” (1950), “La marca del Zorrillo” (1950)-. En lo concerniente a este blog, el horror y la fantasía, debemos destacar cintas como “Hay muertos que no hacen ruido” (1946), ingeniosa comedia que linda con el thriller donde Tin Tán se involucra en un misterioso asesinato. En su incursión en lo sobrenatural no podemos olvidar “Dos fantasmas y una muchacha” (1958) y “Los fantasmas burlones” (1964). Recordemos su interacción con Lon Chaney, Jr., caracterizado como el licántropo que lo hiciera famoso, en “La casa del terror” (1959) o el maravilloso híbrido de comedia, horror y ciencia ficción “Locura de terror” (1960), que incluía a un malvado científico loco encarnado por Andrés Soler. Incluso en una de sus últimas cintas, “El capitán Mantarraya” (1969), escrita y dirigida por nuestro héroe, subyace un elemento fantástico en la forma de una misteriosa pasajera del navío del protagonista. Por último, pero no al final, sobresalen sus trabajos de doblaje en la versión de Walt Disney del clásico de Washington Irving “El jinete sin cabeza” (1951) o su memorable oso Balú en el “Libro de la selva” (1967), adaptación del clásico de Rudyard Kipling.
La presentación del libro de Rafael fue coronada por la certera intervención del crítico de cine Carlos Bonfil y la emotiva presencia de Ismael López, quien de niño utilizara el nombre artístico de “Poncianito” y apareciera al lado del actor en “El rey del barrio” (1949) y “Soy charro de levita” (1949).
Pero sin duda lo mejor del acto fue la reacción de un público –en el que predominaban jóvenes- que reían escandalosamente con escenas de sus películas, algo insólito en una época donde los conceptos de comedia e hilaridad están tan tristemente deformados.
Desde su actual residencia, seguramente Don Germán sonrió orgulloso al comprobar el efecto de su genio cómico en las nuevas generaciones.

domingo, 24 de enero de 2010

Ahora, otra de zombis

Los zombis son los monstruos que más me asustan. Significan la pérdida del intelecto, el espíritu y la individualidad. Son la alienación, el terror de las masas. Sobre la cinta canónica del tema, La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968), reproduje en este blog la Charla de Café que ofrecí en la Cineteca Nacional con motivo de su 35 aniversario. Por los zombis (y un fallido testimonio visual del que recién hablé) interrumpí mi euforia holmesiana, que retomaré en breve.
La otra película que vi el pasado fin de semana fue Tierra de zombis (Zombieland, 2009), ópera prima de Ruben Fleischer. Si bien ha quedado demostrado que las fases de cine de horror se caracterizan por el origen, desarrollo, desgaste y parodia de un tema, como sucedió con las series clásicas de los Estudios Universal, Tierra de zombis representa el matrimonio de géneros que mantiene vigente y fresco un subgénero muy popular de estas películas. Ya el talentoso Peter Jackson nos ofreció un ejemplo de las posibilidades de la comedia de zombis en 1992 con su sanguinolentamente divertida Dead alive (o Tu mamá se comió a mi perro, según los traductores españoles) o el británico Edgar Wright con su inteligente y graciosa Desesperar de los muertos (Shaun of the dead, 2004). La premisa de la película de Fleischer es la misma de incontables especímenes que hemos devorado en el pasado: un brote de zombis diezma a una nación entera (Estados Unidos en este caso), posiblemente al mundo entero. El origen del Apocalipsis es, ahora, una hamburguesa contaminada. Siempre pensé que McDonalds sería la perdición de la humanidad, pero la idea es abrumadora por posible si consideramos la penetración que esta multinacional tiene en el mundo entero y por los alarmantes índices de obesidad en el vecino país del norte (y en el propio México). El drama de supervivencia se centra en el antisocial universitario Columbus (Jesse Eisenberg), el socarrón y enternecedor Tallahassee (Woody Harrelson, espléndido) y las hermanas Wichita (Emma Stone) y Little Rock (Abigail Breslin, alias Pequeña Miss Sunshine), todos estratégicamente nombrados como ciudades para evitar crear lazos sentimentales. El éxito de la cinta no sólo reside en el guión de Paul Werrick y Rhett Reese, quienes utilizan hábil y respetuosamente las convenciones del cine de zombies –con todo y la obligada desnudista reviniente-, en su sólido elenco o en las hilarantes situaciones que plantea (la utilidad de abrocharse el cinturón de seguridad o la conveniencia de mantenerse en forma), sino en evitar el tinte paródico que resta a los monstruos seriedad y capacidad de aterrorizarnos. Los guionistas incorporan 33 reglas para sobrevivir en la Tierra de zombis del título, que guardan una evidente relación con las que Max Brooks enunciara en su libro La guía de sobrevivencia de zombis. Los objetivos que persigue este cuarteto de huérfanos (“todos somos huérfanos en la Tierra de zombis”) no sólo es el instinto básico de conservación: Columbus busca a sus padres perdidos, las hermanas llegar a un idílico parque de diversiones y Tallahassee encontrar y comerse el último twinkie en la tierra (“en México los llaman Los Submarinos”). La cereza en el pastel es la inesperada y efímera aparición de una popular figura y una emblemática comedia sobrenatural de la década de los ochenta. Tierra de zombis ha demostrado ser un éxito de crítica y taquilla, por lo que es de esperarse una secuela que, deseo, no tenga el miserable destino de otras franquicias. La fórmula aún no se agota, así que espero los productores no maten a la gallina de los huevos (o los zombis) de oro.
Recientemente hablé de zombies con pretexto de esta película con mis amigos Carlos del Río y Roberto Ortiz en su podcast Cinemanet. Nos acompañaron dos diletantes del cine oscuro: Antonio Camarillo y Diego Menéndez. Una verdadera sesión que no deben perderse.