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martes, 3 de julio de 2012
Feliz cumpleaños, Maestro Kafka
"Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto". -La metamorfosis. Franz Kafka.
viernes, 29 de junio de 2012
Feliz cumpleaños, Nosferatu.
Según el IMDB, el 4 de marzo de este año cumplió 90 años de vida Nosferatu de Friedrich Wilhelm Murnau, joya del expresionismo alemán, una obra maestra. He aquí el cartel que la Comic Con de San Diego le dedica...
viernes, 11 de noviembre de 2011
Ecos Mórbidos 1
¡Feliz primer siglo, Vincent Price!*
Roberto Coria
En enero de 1976 dos iconos de la cultura popular occidental se encontraron frente a frente. Uno fue un célebre títere de guante, el otro uno de los más memorables actores del cine de horror de todos los tiempos. En su calidad de anfitrión, la Rana René agradeció al invitado –en nombre propio y de todos los monstruos que conformaban el elenco del programa- su visita al Show de los Muppets. El huésped, Vincent Price, respondió con una sonrisa galante, serena: “nunca he conocido un monstruo que no me agrade”. El batracio le preguntó después sobre sus capacidades para convertirse en vampiro. “Es el epítome del arte dramático”, respondió el Mercader de la Amenaza y presumió un par de colmillos. Segundos después, René mostró unos caninos similares. “Algunos aprenden más rápido que otros”, reconoció Price. Luego el personaje se lanzó al cuello del actor, gracias a sus enseñanzas. Este diálogo anticipa el papel que Price –quien nunca antes se había puesto capa y colmillos- haría suyo pocos años después en The Monster Club (Roy Ward Baker, 1981), cinta que Mórbido seleccionó para honrarlo en el centenario de su natalicio.
Vincent Leonard Price nació el 27 de mayo de 1911 en un hogar acomodado de San Louis, Missouri. Su natural inclinación por las actuación y las artes lo llevó hasta el teatro y, posteriormente, al cine. Y le estamos agradecidos por ello. Recordar a Vincent Price es un deber para todos los diletantes del género. El actor poseía la capacidad de proyectar encanto y galantería, así como producir el más inquietante temor. Así lo demostró en entrañables películas como El museo de cera (Andre de Toth, 1953), La mosca (Kurt Neumann, 1958), La casa en la colina embrujada (William Castle, 1958) o El aguijón de la muerte (William Castle, 1959). En su enorme filmografía destaca el ciclo de adaptaciones de obras de Edgar Allan Poe, donde fue dirigido por Roger Corman. Ambos entablaron una amistad memorable. “Algunas de las mejores personas que conozco se distinguen por interpretar personajes monstruosos”, declaró Corman sobre él. Poseen un lugar especial en el corazón de muchos. La caída de la casa Usher (1960), El pozo y el péndulo (1961), El entierro prematuro (1962) y, la que para muchos es la mejor, La tumba de Ligeia (1964). La venganza fue algo que lo distinguió en su última época, sea como el músico desfigurado en El abominable Dr. Phibes (Robert Fuest, 1971) y su secuela El Dr. Phibes ataca de nuevo (Robert Fuest, 1972), o como el actor shakesperiano Edward Lionheart en El Teatro de sangre (Douglas Hickox,1973). De ella siempre atesoraré un parlamento que bien podría estar dirigida!20contra los detractores de la corriente cinematográfica que tanto amamos: “¿Qué saben los críticos de la sangre, el sudor y las lágrimas que se derraman en una puesta en escena? ¿Qué saben de la dedicación, de los esfuerzos, de los sacrificios de hombres y mujeres a la profesión más noble? ¿Qué pueden saber ellos, idiotas sin talento, que sólo escupen bilis sobre el esfuerzo de los demás, porque ellos mismos carecen de la capacidad de crear?”
Sus apariciones en otros medios fueron igualmente memorables. Comencemos por la televisión. No sólo enfrentó a Batman (Adam West) como el malvado Cascarón, sino protagonizó uno de los mejores episodios de Galería nocturna: una adaptación del cuento El regreso del brujo de Howard Phillips Lovecraft. También prestó su voz al cortometraje Vincent (1987), en el cual un joven cineasta llamado Tim Burton le declaraba su completa devoción. El protagonista Vincent Molloy, que no era otro sino el propio Burton, aseguraba que su más grande anhelo de la infancia era ser como Vincent Price. El cineasta continuó más tarde su admiración en El joven manos de tijera (Edward Scissorhands, 1990).
A diferencia de algunos de sus más brillantes personajes, Vincent encontró espacio para el amor: a la cultura prehispánica, a la pintura, a la escultura, a las letras, a la cocina, al buen beber y a tres mujeres con las que engendró dos hijos, Vincent y Victoria. Era, en el más estricto sentido del calificativo, un hombre renacentista. Por encima de ello están los afectos que cultivó, pues todos los que le rodearon afirman que era un gran ser humano.
El filme con el que Mórbido lo celebra es definitivamente una de sus más divertidos, un curioso guiño para todos los que gozamos la otredad que tan bien representó. En su parte más notable, Price hace un recuento histórico de las atrocidades que ha cometido el hombre –el mayor de todos los monstruos- antes de cantar The monster mash, famosa creación de Bobby Pickett que la agrupación que da título a la película adoptó. Mejor vínculo entre el miedo, la risa y la música, imposible.
Y sobre el tema de la presente emisión de Mórbido, finalicemos con un poco de nostalgia. Esta noche, de camino a casa, nos estremecerá su macabra carcajada, querido Maestro Price, con la que corona el video musical Thriller (John Landis, 1983). Este cortometraje, que está por cumplir su tercera década, pervive en nuestra memoria como un homenaje a su genio y como catapulta al éxito del también desaparecido Michael Jackson. Su risa sardónica, perturbadora, es imperecedera y seguramente fascinará a los cinéfilos dentro de 100 años más.
*Texto publicado en el catálogo de la cuarta emisión de Mórbido, Festival Internacional de Cine de Terror y Fantasía, celebrado en octubre de 2011 en Tlalpujahua, Michoacán.
martes, 30 de agosto de 2011
Feliz cumpleaños, Mary Shelley.
Hoy cumple 214 años, Señora Shelley, y sigue más joven que nunca. Su hijo más célebre nos recuerda cotidianamente la oscuridad que yace en el corazón de los hombres, sin importar cuán nobles sean sus intenciones.
jueves, 21 de julio de 2011
Relatos desde la parte luminosa de la abogacía.
Las últimas dos semanas de mi vida conviví con abogados las 24 horas del día. No es que sea extraño para mí. He trabajado con este gremio durante 16 años. Les he dado clases por diez. Como ellos, conozco el peso de ser etiquetado por las malas acciones de algunos. En El abogado del Diablo (Taylor Hackford, 1997), Lucifer/John Milton (Al Pacino) elige el mundo de las leyes para combatir a Dios en la antesala del nuevo milenio. “Los abogados son los ministros del Diablo”, asegura, y remata con una realidad innegable: “hay más estudiantes en las escuelas de Derecho que abogados litigantes en las calles”. La percepción negativa de la profesión permea del imaginario colectivo a las bellas artes. En Hook, el regreso del Capitán Garfio (Steven Spielberg, 1991), Peter Banning (Robin Williams), un exitoso y voraz abogado corporativo, dice un chiste sobre sus correligionarios en un evento de caridad: “hoy los científicos usan abogados en lugar de ratas en sus experimentos por dos razones: 1) Los científicos no se encariñan con los abogados y 2) Hay cosas que ni siquiera una rata haría”. Su abuela, Wendy Moira Angela Darling (Maggie Smith), está presente y guarda un gran secreto: Banning fue Peter Pan cuando era niño. Creció, porque la vida lo hizo crecer, para convertirse en el opuesto de su esencia inocente: “Peter, eres un pirata”, piensa ella. Con el paso de los años los abogados han asimilado –incluso disfrutan- esta mordaz forma de humor. “¡Robo, traición y cohecho¡ ¡Robo, traición y cohecho! ¡Que vivan los de Derecho!”, es el grito de guerra de los estudiantes de esta facultad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Por ello no es extraño que se haga escarnio de la profesión. Cuando en Blade 2 (Guillermo del Toro, 2001) el abogado del clan vampírico Karel Kounen (Karel Roden) se presenta ante el héroe (Wesley Snipes), éste le pregunta si es humano. Kounen le responde con cinismo “casi, soy abogado”.
Todo lo anterior proviene de que el 12 de julio pasado se celebró el Día del Abogado. Esta celebración, orgullosamente mexicana, fue oficializada en 1960 por el entonces presidente Adolfo López Mateos en conmemoración de la primera cátedra de Derecho ofrecida en la Nueva España (en 1539). Los abogados son personajes que todos conocemos. La familia promedio piensa que debe tener al menos uno entre sus integrantes.
Se puede alimentar el espíritu creador a partir las leyes. Así lo demuestran Gerardo Laveaga, abogado penalista y Director del Instituto Nacional de Ciencias Penales (“a los agentes del Ministerio Público Federal les hacemos leer obras de Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle”) o Diego Valadés, antiguo director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Una de las glorias de nuestra dramaturgia, Víctor Hugo Rascón Banda (1948-2008), nunca negó su procedencia y le rindió tributo en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en octubre de 2007. Su dignísimo sucesor, el dramaturgo Vicente Leñero, piensa que su dramaturgia ve “la vida como un delito, como una continua trasgresión del orden establecido”. Este matrimonio sí es posible. “La razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia”, afirmó con toda la razón del mundo el Criminalista Rafael Moreno.
Abogados distinguidos abundan en la ficción, desde Gabriel John Utterson (de la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, escrita por Robert Louis Stevenson en 1886), R. M. Renfield, Jonathan Harker y Abraham Van Helsing (que entre sus incontables grados posee el de Doctor en Derecho) de Drácula de Bram Stoker (1897), el fiscal convertido en villano Harvey Dent/Dos caras, el abogado ciego Matt Murdock/Daredevil, Tom Hagen (Robert Duvall de la saga cinematográfica El Padrino), Sebastian Stark (James Woods, de la teleserie Shark) hasta mi favorito de todos, Jack McCoy (Sam Waterston, de la recientemente extinta serie La Ley y el Orden). En su última aparición McCoy, en su posición de Fiscal de Distrito y excepcional ser humano, amenaza a un abogado de pobres miras que representa al Sindicato de Maestros y obstruye una investigación de vida o muerte (un maestro que está por cometer una matanza similar a la de la Escuela Preparatoria Columbine): “si permite que ocurra una masacre lo crucificaré, señor Kralik. Enjuiciaré a usted y al sindicato por homicidio por negligencia. Cuando los condenen, renunciaré a mi puesto y representaré a las familias de las víctimas en una demanda civil. Cuando termine estarán acabados. Así que mi consejo para usted es ¡apártese de mi camino!”.
Las últimas dos semanas de mi vida contemplé la parte más luminosa de la abogacía. Por eso, mi felicitación más sincera –aunque tardía- a todos los Abogados en su día. Esa mañana del 12 de julio pasado, la familia de un hombre inocente les cantó a mis compañeros abogados Las mañanitas con alegría, sinceridad y genuino agradecimiento. “Mejor recompensa, imposible”, dijo un festejado, sonriente.
martes, 19 de julio de 2011
Feliz cumpleaños, querido Vicente Quirarte.
Hoy es el cumpleaños de mi querido amigo Vicente Quirarte.
A él lo conocí, en mi época universitaria, cuando leí su Sintaxis del vampiro (Verdehalago, 1995) y me sentí inmediatamente fascinado por su erudición en el tema, la tersura de su prosa, la seriedad profunda con que examinaba mundos poco respetados por la mayoría. Su libro fue una influencia definitiva para que en 1998 ofreciera mi primera experiencia docente, El mito del vampiro en la literatura y el cine, en Casa del Lago de la Universidad Nacional Autónoma de México. Años después, en 2000, él impartió un curso de cuatro sesiones titulado Del monstruo considerado como una de las bellas artes en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica. Me inscribí sin pensarlo dos veces, a pesar que las distancias y mi horario de trabajo se interponían. Antes de iniciar, lo esperé al pie de las escaleras eléctricas del recinto. Lo reconocí, sin haberlo visto jamás, en cuanto lo vi aparecer. Llevaba un maletín que rendía homenaje al de Abraham Van Helsing. Me presenté torpemente, sin ocultar mi admiración. “He escuchado de usted y su curso en Casa del Lago. Lo felicito”, me respondió. Yo no podía creerlo. Con el paso de los años me he convertido en su amigo, sido testigo de sus innumerables triunfos y beneficiario de su talento, buen gusto y sabiduría. Caminar a su lado en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras o hacer fila en una sala de cine, es como acompañar a un rock star. Poeta, ensayista y dramaturgo, detentor de todos los logros académicos posibles, estudioso apasionado de la Historia de México y sus héroes, peatón inagotable del Centro de la Ciudad de México, explorador tenaz de territorios reales e imaginarios, admirador de la Familia Burrón y el Hombre Araña, lector voraz de Poe, Baudelaire, Pessoa, Lovecraft y Borges, anfitrión generoso, diletante del buen beber y comer, guía e inspiración constantes, Vicente nunca ha dejado de ser un habitante distinguido del país llamado infancia. En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua confesó, con especial dedicatoria a algunos iniciados, “un gran poder trae consigo una gran responsabilidad, aprendí de uno de los héroes de mi infancia. Cuando el hablante toma conciencia de su capacidad verbal, es el más poderoso de los seres. Nombra el mundo, lo bautiza como si con él naciera, porque con él nace. Sin embargo, cuando descubre que su vocación es entrar en el corazón de las palabras, hacer su anatomía, trasmutarlas en nuevas criaturas, comprende la tarea que su tribu le encomienda”.
En su vasta obra poética y ensayística, siempre tendré en especial estima su prólogo a la compilación Criaturas de la noche (Instituto Coahuilense de Cultura, 1998), Relatos de brujas, vampiros y hombres lobo (Readers Digest, 1998), la obra de teatro El fantasma del Hotel Alsace (Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 2001), los grandiosos prólogos a las ediciones de Drácula de Bram Stoker (Conaculta, 2002 y Porrúa, 2004) y Del monstruo considerado como una de las bellas artes (Paidós, 2005).
Gracias por existir, querido Vicente. Mi gratitud imperecedera a Don Martín y Doña Luz por traerte a este mundo. Gracias por tus insuperables enseñanzas, tus acertados consejos, tu apoyo constante, por hacer respetable un tema que nos hermana y sobre todo por tu enorme calidad humana, que es sin duda tu mayor virtud.
A todos los que deseen saber más sobre el festejado, les recomiendo la estupenda biografía (incompleta, porque todavía no hemos visto lo mejor de él) El Hombre Araña también escribe poesía de José Luis Trueba Lara (Porrúa, 2005).
miércoles, 1 de junio de 2011
Razones para celebrar el mes de mayo (y más el de 2011)
Una vez que termina mayo, el resto del año corre como hebra. En este mes recordé los natalicios de Sir Arthur Conan Doyle, Sigmund Freud, Orson Welles, Peter Cushing, Sir Christopher Lee y el primer centenario de Vincent Price; los decesos del escritor mexicano Bernardo Couto Castillo, del cineasta James Whale y de nuestra entrañable patita Kikina; celebré mi primer aniversario en los Servicios Periciales de Magdalena Contreras; festejé los cumpleaños de mis talentosas amigas Elena de Haro, Sandra Becerril y Gabriela Monticelli, de mi prima Nandyeli González, de mi hermano no consanguíneo René Soria y el natalicio de mi amada Ana Luisa Campos y la primera década de Chester, el mejor perro del mundo. Un mes ocupado, sin duda.
Las cerezas en el pastel fueron dos noticias que me hicieron profundamente feliz. Ambas tuvieron como protagonistas a entrañables amigos, objeto de mi admiración y respeto, en lo humano y lo profesional.
La primera fue la designación de Bernardo Fernández, mejor conocido como Bef, talentosísimo historietista, ilustrador y escritor, como ganador del primer premio de novela convocado por la Editorial Grijalbo con su obra Hielo negro, una historia que demuestra –como afirmó Thomas de Quincey en 1827- que el crimen también puede ser considerado como una de las bellas artes. Terminé de leerla en sólo dos días. Con un estilo desenfadado, preciso y ágil, Bef nos ofrece uno de los mejores especímenes de la narrativa policial mexicana contemporánea, con personajes y situaciones a la altura de los creados por Rafael Bernal o Paco Ignacio Taibo II. Un libro que sin dudas debe estar en las bibliotecas de todos.
Le siguió el anuncio de que mi queridísimo amigo Vicente Quirarte, poeta, ensayista y dramaturgo, ganó el Premio Iberoamericano de Poesía "Ramón López Velarde" 2011. Para no omitir detalles, reproduzco la nota informativa que emitió el Gobierno de Zacatecas, quien le otorgó la distinción.
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El premio Iberoamericano de Poesía “Ramón López Velarde” se otorga anualmente a quien ha dedicado sus afanes a la creación poética o al estudio y difusión de ella. En homenaje al nombre del poeta cuyo nombre lleva el premio, se espera que el autor reconocido haya dedicado parte de su actividad a recorrer los caminos del gran poeta mexicano.
En su edición correspondiente a 2011, el premio ha sido otorgado a Vicente Quirarte, por un jurado que integraron poetas que han obtenido el galardón en años anteriores, José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Eduardo Lizalde, Francisco Hernández, Marco Antonio Campos, Evodio Escalante.
Autor de numerosos libros de poesía, publicados en México, España, Colombia, Canadá y México, Premio Xavier Villaurrutia por El ángel es vampiro, Quirarte ha mantenido una estrecha relación con la vida y la obra de López Velarde desde que en 1971, cincuentenario de la publicación de “La Suave Patria ” y de la entrada de la inmortalidad del poeta, obtuvo el primer lugar en el Concurso “Ramón López Velarde” convocado por la Escuela Nacional Preparatoria. Posteriormente, el año 1988, centenario del natalicio del jerezano, tuvo una participación activa, desde la organización de las actividades que tuvieron lugar para celebrar a la una de la mañana el nacimiento del poeta, hasta la lectura de ponencias en las numerosas jornadas que tuvieron lugar ese año. Fruto de esos trabajos fueron los ensayos “El fantasma de la prima Águeda”, “Una mitología llamada Ramón López Velarde” y “Para decir la Suave Patria ”, incorporados posteriormente al libro Peces del aire altísimo. Los textos antes citados forman parte, además, del portal que la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha dedicado en fecha reciente a Ramón López Velarde, elaborado por el doctor Alfonso García Morales. En su libro Elogio de la calle. Biografía literaria de la ciudad de México, Quirarte dedica un capítulo a la vida del poeta en la capital, y en el libro de cuentos Una paraguas y una máquina de coser incluye historias conjeturales sobre las diferentes etapas del poeta. En la página electrónica de la Coordinación Nacional de Literatura puede verse la grabación del poema “La Suave Patria ”, en voz de Vicente Quirarte, así como la conferencia que dictó el año 2010 en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes dentro del ciclo “Grandes figuras literarias de la Independencia y la Revolución ”.
El Premio sera entregado por el gobernador de Zacatecas en una ceremonia que tendrá lugar el 19 de junio de 2011 en la ciudad de Jerez. La fecha conmemora los 90 años del tránsito terrestre de Ramón López Velarde y la publicación de su poema “La Suave Patria ”, tan urgente y necesario en estos nuevos tiempos de penuria. El 20 de mayo del presente, en la Casa del Poeta de la Ciudad de México tendrá lugar una conferencia de pensa en que se darana conocer detalles de las actividades que tedrán lugar en el estado de Zacatecas en torno a estas conmemoraciones.
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Para todos, mi más grande enhorabuena.
viernes, 5 de noviembre de 2010
El viaje siempre posible
Una noche de julio de 1985 crucé el umbral, en compañía de mis padres, del desaparecido cine Dorado 70. Me llevaban a ver Volver al futuro, entusiasmado porque Steven Spielberg –mi ídolo entonces por Tiburón (1975) y E.T. (1982)- endosaba su nombre a la producción. Durante casi dos horas me reí, angustié, emocioné y comprobé –como el cinéfilo de 12 años que era- que el cine era una experiencia mágica. Hace unos días, gracias a un video que colocó en la red mi amigo Carlos del Río, cobré conciencia que habían pasado 25 años desde aquella velada inolvidable. En el video, extraído por algún devoto del celuloide, aparecieron los actores Michael J. Fox y Christopher Lloyd aceptando un Scream award, galardón otorgado por los seguidores del horror y la fantasía, por la trascendencia de la cinta. Y no puedo evitar confesar que ver a la dupla –el primero presa del terrible Mal de Parkinson-, la mezcla de la fabulosa partitura de Alan Silvestri y la música de Huey Lewis and the news acompañando segmentos notables de la película y el automóvil diseñado por Giorgetto Giugiaro para la De Lorean Motor Company, me conmovió profundamente, casi hasta las lágrimas.
Con el paso de los años pude descubrir la influencia de Julio Verne y H. G. Wells en el guión de Robert Zemeckis y Bob Gale, de la memorable imagen donde el actor de cine mudo Harold Lloyd cuelga de un reloj en la cinta ¡Por fin a salvo! (1923) y del cine de ciencia ficción y de serie B de los años cincuenta –parte importante de la trama es el más popular personaje de La Guerra de las Galaxias (Lucas, 1977)-.
Volver al futuro tuvo dos secuelas que, si bien son divertidas, no hacen justicia a su hermana mayor. Es inevitable reconocer la influencia que generó en series de televisión contemporáneas como Héroes o Fringe. La última hace referencia a un mundo paralelo al nuestro, donde la cinta es protagonizada por Eric Stoltz, el actor que originalmente iba a encarnar a Marty McFly.
La trama de Volver al futuro es conocida por todos. La programan continuamente en la televisión abierta y de paga. Forma parte de la colección de películas de casi todas las personas de mi generación. Por eso reproduciré la opinión autorizada de Ernesto Diezmartínez, justa y emotiva, aparecida esta mañana en la sección Primera fila del periódico Reforma, con motivo de su reestreno en los cines.
***
Recuerdos del porvenir
Ernesto Diezmartínez
El recuerdo es imborrable. Y apenas hoy, a 25 años, le hago justicia.
Me refiero a que la última imagen de Volver al futuro (Back to the future, EU, 1985) –el DeLorean volando en el aire- se grabó en mi memoria desde su estreno.
Pero, curiosamente, nunca había escrito al respecto, por más que sea una de mis películas favoritas de los 80. Ahora, ante el reestreno por los 25 años del filme, pago mi deuda.
El cuarto largometraje de Robert Zemeckis puede no ser el más influyente de su carrera –yo apostaría por la fusión de acción viva y animación de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988)- ni ha sido la más premiada –ese honor es de Forrest Gump (1994)-, pero sí es la más cercana a la perfección. Y, de lejos, la más divertida.
Parte inicial de una trilogía que se volvería farragosa en su segunda parte y encantadoramente autoparódica en su tercer episodio ubicado en el lejano oeste, Volver al futuro representa no sólo el mejor momento para Zemeckis, sino que terminó convertida en una película definitoria de todo su reparto, especialmente del protagonista Michael J. Fox.
Marty McFly, el adolecente encarnado por Fox, viaja accidentalmente al pasado, mediante una máquina del tiempo muy particular –el emblemático DeLorean- construida por su profesor de prepa, el científico-loco Doc Brown (Christopher Lloyd).
Así viaja a 1955, conoce a su destrampada mamá (Lea Thompson), a su perdedor papá George (Crispin Glover) y, sin quererlo, pone en peligro su propia existencia.
La cinta funciona como preciso mecanismo de relojería: casa diálogo o hecho que McFly escucha/dice/vive en 1985 tendrá relación con algo que sucederá en 1955 y viceversa.
Pero estamos lejos de una ciencia-ficción-rompe-cocos: las paradojas temporales de la cinta se resuelven con una livianidad y una gracia envidiables, a través de una mecánica perfecta del gag verval y visual, y un emocionante desenlace anacrónicamente griffithiano, con autosalvación de último minuto y con el reloj, implacable, avanzando. Una obra maestra.
***
Hoy, 25 años después, Volver al futuro se mantiene vigente y demuestra que el viaje en el tiempo sí es posible. Sólo se necesita de una bolsa de palomitas y la voluntad para presionar la tecla de un control remoto.
Con el paso de los años pude descubrir la influencia de Julio Verne y H. G. Wells en el guión de Robert Zemeckis y Bob Gale, de la memorable imagen donde el actor de cine mudo Harold Lloyd cuelga de un reloj en la cinta ¡Por fin a salvo! (1923) y del cine de ciencia ficción y de serie B de los años cincuenta –parte importante de la trama es el más popular personaje de La Guerra de las Galaxias (Lucas, 1977)-.
Volver al futuro tuvo dos secuelas que, si bien son divertidas, no hacen justicia a su hermana mayor. Es inevitable reconocer la influencia que generó en series de televisión contemporáneas como Héroes o Fringe. La última hace referencia a un mundo paralelo al nuestro, donde la cinta es protagonizada por Eric Stoltz, el actor que originalmente iba a encarnar a Marty McFly.
La trama de Volver al futuro es conocida por todos. La programan continuamente en la televisión abierta y de paga. Forma parte de la colección de películas de casi todas las personas de mi generación. Por eso reproduciré la opinión autorizada de Ernesto Diezmartínez, justa y emotiva, aparecida esta mañana en la sección Primera fila del periódico Reforma, con motivo de su reestreno en los cines.
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Recuerdos del porvenir
Ernesto Diezmartínez
El recuerdo es imborrable. Y apenas hoy, a 25 años, le hago justicia.
Me refiero a que la última imagen de Volver al futuro (Back to the future, EU, 1985) –el DeLorean volando en el aire- se grabó en mi memoria desde su estreno.
Pero, curiosamente, nunca había escrito al respecto, por más que sea una de mis películas favoritas de los 80. Ahora, ante el reestreno por los 25 años del filme, pago mi deuda.
El cuarto largometraje de Robert Zemeckis puede no ser el más influyente de su carrera –yo apostaría por la fusión de acción viva y animación de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988)- ni ha sido la más premiada –ese honor es de Forrest Gump (1994)-, pero sí es la más cercana a la perfección. Y, de lejos, la más divertida.
Parte inicial de una trilogía que se volvería farragosa en su segunda parte y encantadoramente autoparódica en su tercer episodio ubicado en el lejano oeste, Volver al futuro representa no sólo el mejor momento para Zemeckis, sino que terminó convertida en una película definitoria de todo su reparto, especialmente del protagonista Michael J. Fox.
Marty McFly, el adolecente encarnado por Fox, viaja accidentalmente al pasado, mediante una máquina del tiempo muy particular –el emblemático DeLorean- construida por su profesor de prepa, el científico-loco Doc Brown (Christopher Lloyd).
Así viaja a 1955, conoce a su destrampada mamá (Lea Thompson), a su perdedor papá George (Crispin Glover) y, sin quererlo, pone en peligro su propia existencia.
La cinta funciona como preciso mecanismo de relojería: casa diálogo o hecho que McFly escucha/dice/vive en 1985 tendrá relación con algo que sucederá en 1955 y viceversa.
Pero estamos lejos de una ciencia-ficción-rompe-cocos: las paradojas temporales de la cinta se resuelven con una livianidad y una gracia envidiables, a través de una mecánica perfecta del gag verval y visual, y un emocionante desenlace anacrónicamente griffithiano, con autosalvación de último minuto y con el reloj, implacable, avanzando. Una obra maestra.
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Hoy, 25 años después, Volver al futuro se mantiene vigente y demuestra que el viaje en el tiempo sí es posible. Sólo se necesita de una bolsa de palomitas y la voluntad para presionar la tecla de un control remoto.
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domingo, 5 de septiembre de 2010
¿Festejar o no festejar?




También recordaremos el 2010 por las muertes físicas de Gabriel Vargas, Carlos Monsiváis y Germán Dehesa, pero todos ellos ocupan ya un lugar en la eternidad. Son doblemente inmortales.
jueves, 27 de mayo de 2010
Feliz cumpleaños, Maestro Lee


Reciba nuestra felicitación y afecto, Maestro Lee.
Feliz cumpleaños, Maestro Price

Hasta el inframundo, reciba un enorme abrazo de cumpleaños.
sábado, 22 de mayo de 2010
Feliz cumpleaños, Sir Arthur...

Escena 3. Elemental, mi querido Bram
Algún momento del inicio de 1895. Escenario del Teatro Lyceum. Entra un hombre robusto con un gran bigote, a la mitad de sus treintas, que fuma una pipa y se apoya en un bastón. Es Arthur Conan Doyle. Viste un traje de tres piezas y contempla el lugar con curiosidad. Entra Bram, quien se extraña con la presencia del hombre.
STOKER.- ¿Puedo ayudarle, caballero?
DOYLE.- Busco a Sir Henry Irving.
STOKER.- No se encuentra en este momento. Llegará en una hora.
DOYLE.- El señor Stoker, supongo.
STOKER.- (Se aproxima) Así es, ¿con quién tengo el gusto?
DOYLE.- (Le ofrece la mano) Arthur Conan Doyle.
STOKER.- (Sonríe y estrecha su mano) Doctor Doyle, es un privilegio. Sir Henry y todos en el Teatro estamos muy emocionados por su obra.
DOYLE.- La emoción es compartida, en ese caso.
STOKER.- ¿Sir Henry tiene noticias de su visita?
DOYLE.- Le envié un telegrama la tarde de ayer.
STOKER.- Entonces no debe tardar en llegar. Odia la impuntualidad.
DOYLE.- En realidad anticipé mi arribo. Quería conversar con usted unos minutos.
STOKER.- ¿Conmigo?
DOYLE.- Si no lo distraigo de sus obligaciones.
STOKER.- En absoluto, señor.
DOYLE.- (Saca un libro del bolsillo de su saco) Para comenzar, quisiera que me obsequiara una dedicatoria (entrega el libro a Bram).
STOKER.- (Sonríe, apenado) “El Monte Shasta”.
DOYLE.- Una gran novela romántica situada en un entorno salvaje.
STOKER.- La escribí hace casi un año. ¿Así que es usted una de las pocas personas que se tomó la molestia de comprarla? Pasó prácticamente desapercibida, tanto para la crítica como para las librerías.
DOYLE.- La disfruté enormemente. Incluso recorrí las librerías de Edimburgo buscando sus trabajos previos.
STOKER.- Me halaga, doctor Doyle, (abre el libro y escribe una dedicatoria) y también me avergüenza.
DOYLE.- ¿Por qué?
STOKER.- (Devuelve el libro a Conan Doyle) Una persona de su talento y prestigio, ofreciendo semejante cumplido a un humilde novato como yo...
DOYLE.- Mis palabras son sinceras, señor Stoker. Debo reconocer que su prosa es perfectible, pero la imaginación y la creatividad en ella son notables.
STOKER.- ¿En verdad lo cree?
DOYLE.- ¿Puedo llamarle Bram?
STOKER.- Por supuesto, doctor Doyle.
DOYLE.- Llámeme Arthur. Puedo reconocer muchas de las inseguridades que yo mismo padecí al inicio de mi carrera.
STOKER.- ¿Inseguridad? ¿Usted?
DOYLE.- (Asiente con la cabeza) Aunque no lo crea. La primera es que no tuve ninguna formación literaria. Estudié medicina y me entregué a su práctica antes de obedecer al llamado.
STOKER.- ¿Al llamado?
DOYLE.- De una musa superior, Bram. Creo que soy un buen médico, pero eso no era suficiente. Me sentía incompleto, extraviado. Una mañana, ocurrió la iluminación. Tomaba una taza de chocolate caliente cuando mi mirada fue atraída por un libro que alguien había olvidado en el asiento contiguo.
STOKER.- ¿Y era?
DOYLE.- “Los crímenes de la calle Morgue”, de Edgar Allan Poe. El autor había creado el matrimonio perfecto entre la técnica narrativa y el pensamiento lógico.
STOKER.- Y así creó a Sherlock Holmes.
DOYLE.- También me inspiré en un antiguo profesor de la universidad, el doctor Joseph Bell, de quien fui ayudante. El escritor escribe sobre lo que le rodea, Bram. Tiene la obligación de transcribir su mundo. El doctor Bell tenía la asombrosa cualidad de reconocer los males de sus pacientes mediante la observación de sus signos físicos. Como usted sabe, otorgué el mismo poder de deducción a mi personaje.
STOKER.- Brillante.
DOYLE.- ¿Escribe algo en este momento?
STOKER.- Así es, Arthur.
DOYLE.- ¿Puede satisfacer mi curiosidad?
STOKER.- Es un relato de vampiros. No estoy seguro si será bien recibido. Ya tengo malas experiencias con mis trabajos previos.
DOYLE.- No haga de eso un obstáculo, Bram. Cuando escribí “Estudio en Escarlata”...
STOKER.- El primer caso de Holmes.
DOYLE.- (Sonríe) ... no lo hice para recibir el reconocimiento de nadie. Sea libre. Auténtico. Lo demás llegará en su momento.
STOKER.- Gracias por el consejo.
DOYLE.- Gracias a usted.
STOKER.- ¿A mí?
DOYLE.- Sus historias me han dado el valor para reconocer otras aficiones que nunca me atreví a confesar.
STOKER.- ¿Cuáles?
DOYLE.- El espiritismo. Es una de las principales preocupaciones de este siglo que agoniza. Usted es irlandés. Yo soy escocés. No podemos negar la tradición ni el imaginario de nuestros pueblos. Los fantasmas, los duendes, las bestias sobrenaturales, las hadas, forman parte de nuestro pensar y sentir. ¿Sabe por qué maté a mi detective?
STOKER.- No, y sus lectores aún se lo reprochamos.
DOYLE.- Para ser libre. Como a Moriarty, mi creación me perseguía –me persigue- a dondequiera que voy. He ahí mi maldición. Usted está libre de ella, Bram. Siga adelante. Obedezca a su instinto, y nunca lo traicione.
STOKER.- Lo haré.
IRVING.- (En off) Bram, regresé. Di a Collinson que sirva el té en mi oficina. Espero al doctor Arthur Conan Doyle.
STOKER.- Se lo dije, odia la impuntualidad.
DOYLE.- Puedo verlo.
STOKER.- Sígame, Arthur.
DOYLE.- Y una última cosa.
STOKER.- ¿Sí?
DOYLE.- (Al oído de Bram, discretamente) Prefiero el chocolate caliente al té.
STOKER.- Me las arreglaré para ofrecerle una taza humeante. (Le señala la oficina de Irving) Por aquí...
Bram y Conan Doyle salen. Oscuro.
jueves, 28 de enero de 2010
El extraño caso del profesor Dodgson y el señor Carroll

Dodgson murió de afecciones respiratorias el 14 de enero de 1898 en el hogar de su hermana, a días de celebrar su cumpleaños 66. Pero él, como muchos de los autores que aquí he recordado, es eterno. Vive cada vez que abrimos sus libros y gozamos sus historias. Consiguió, al final, perdurar como el niño que siempre fue.
martes, 26 de enero de 2010
Feliz no cumpleaños, señor Carroll

jueves, 21 de enero de 2010
En complemento

La trama de la novela de Gustav Meyrink capturó la imaginación de la naciente industria cinematográfica alemana. En 1920 el director Paul Wegenner y el escritor Henrik Galeen la adaptaron en una película emblemática de la llamada corriente expresionista. Recientemente fue recreada en dibujos animados en un especial de noche de brujas de la familia Simpson.
En el siguiente comentario, Zombieland.
martes, 19 de enero de 2010
Dos cumpleaños.


Hasta el más allá, mis mejores deseos y gratitud.
viernes, 8 de enero de 2010
Feliz cumpleaños, señor Holmes.

Baring-Gould armó una biografía literaria del personaje a partir de las 4 novelas canónicas y los 56 cuentos que escribió Arthur Conan Doyle sobre su más popular personaje. Más allá, el libro pretende leer entre líneas y develar misterios sobre la vida personal del héroe y sus incondicionales. ¿Tuvo padres Sherlock Holmes? ¿Se casó más de una vez el Dr. Watson? ¿Por qué no siguió la pista a su contemporáneo, Jack el destripador, en lugar de quejarse tanto de que “ya no hay grandes crímenes”? ¿Acabó su relación con Irene Adler en “Un escándalo en Bohemia”? Son algunas de las preguntas que el autor trata de responder.
De acuerdo a la “Cronología holmesiana”, William Sherlock Scott Holmes nació el 6 de enero de 1854 en la Hacienda de Mycroft, en el North Riding de Yorkshire.
Por ello, en lugar de partir rosca de Reyes, propongo que a partir de hoy celebremos el natalicio del señor Holmes, un personaje que aún conserva su capacidad de asombrarnos y evidentemente nos sobrevivirá.
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sábado, 10 de octubre de 2009
Querido Edgar Allan Poe.

Querido Edgar Allan Poe:
Las cosas en el que fue su mundo han cambiado, pero aún permanece la barbarie del que todo lo quiere sin importar los medios. A ningún muerto le importa saber que vive en la memoria de quienes le sobreviven, pero desde donde Usted se encuentre debe sonreír, satisfecho por haber escrito “El extraño caso del señor Valdemar”: como él, nos habla desde un dominio que nuestras limitaciones nos obligan a llamar más allá. Usted lo supo mejor que nadie. Ser escritor es una victoria formada por una suma de fracasos. Como los boxeadores, usted vivió en un país y en un tiempo donde para mantenerse en la cúspide era necesario hacer a un lado la pasión del amateur que actúa porque quiere y no porque debe. Antes de Hawthorne y Melville, dos de sus grandes herederos, se atrevió a decir no y a escribir historias incomprensibles, ambiguas, laberínticas, cuyos lectores aún no nacían. Ahora las cosas son distintas y Usted tiene qué ver con todo y con todos: con el adolescente que en su ansia de vida se descubre entre el pozo y el péndulo antes de encender la televisión, esa caja del diablo que hubiera podido inventar el profesor Von Kempelen; con el proyecto de Alan Parson, quien tradujo al pentagrama no las anécdotas sino los climas de sus Tales of Mystery and Imagination; con los Beatles, que lo colocan en la portada de su Banda de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta; con Diamanda Galas y su desgarradora plegaria por la peste de este fin de siglo, tan devastadora como la muerte roja.
Usted nunca tuvo hijos, mas procreó una dinastía de descastados: el inmenso Charles Baudelaire, quien de no haber escrito nada, hubiera pasado a la Historia como el más generoso y eficaz agente literario, como el príncipe de los amigos en el más ingrato y solitario de los oficios; Horacio Quiroga, poseído por la fiebre diurna que azuzó los terrores de Arthur Gordon Pym; el torturado Howard Phillips Lovecraft, vagabundo en las calles de Providence, descubriendo en cada esquina que los monstruos nacen de las profundidades del corazón. Jorge Luis Borges, amante de los laberintos y la limpieza matemática de la prosa, nos enseñó a entrar con más cuidado en senderos de los que Usted fue pionero.
Ahora sus compatriotas –esos que en vida no lo merecieron- han alcanzado la Luna, como antes lo hizo el globo aerostático de su Hans Pfall. Las computadoras resuelven en segundos la criptografía que a los personajes de “El escarabajo de oro” les llevó una vida. El cine, desde la obviedad estremecedora de Vincent Price al lirismo de Louis Malle, se ha encargado de traducir, con mayor o menor fortuna, sus visiones. Marie Bonaparte, discípula de Sigmund Freud, lo tomó como modelo de laboratorio para ilustrar los abismos del alma. En fecha reciente, un ejemplar de Tamerlane, su libro de poemas, se vendió en una cantidad que sólo por vergüenza nos callamos.
El mal no termina, y para encontrar las fuerzas que lo mueven no bastan los tecnócratas: es necesaria la fuerza y la tenacidad de un August Dupin. El detective sigue siendo –por fortuna- un hombre común, víctima de sus iluminaciones y desastres. La literatura, tal y como Usted la concibió, sigue siendo un juego de inteligencia, de pasión domada: el azar es consuelo de los mediocres. El triángulo brevedad-intensidad-efecto que resolvió con limpidez de teorema en “La filosofía de la composición” está marcado a fuego en todo aquel que desea transladar la horrible realidad a la existencia incorruptible del texto perfecto.
Quien nace para vidente, intuye lo que vendrá, no obstante la imprecisión y vaguedad de las formas. Usted sabía todo esto. De ahí la ambigüedad de esa semisonrisa que lo caracteriza en la mayor parte de sus retratos. A 160 años de su partida, Usted, Edgar Allan Poe, es cada vez más joven. Si vuelve a morir, será por nuestra incapacidad para seguir mirando los fulgores de su exigente diamante. Lo afirman los más autorizados académicos; lo comprueba el niño que en mitad de la noche descubre que en su ropero se congregan los terrores del primer hombre, ése que en el cielo descubrió su miedo y con ello supo que, a pesar de todo, vivir es una aventura incomparable.
Vicente Quirarte.
miércoles, 7 de octubre de 2009
martes, 6 de octubre de 2009
En el 160 aniversario luctuoso de Edgar Allan Poe.

En el ensayo que Julio Cortázar dedica al mito literario llamado Edgar Allan Poe, da cuenta del testimonio hecho por el Dr. John Moran, el médico que asistió al poeta maldito en sus últimas horas: “Estaba ya perdido para el mundo, a solas en su particular infiero de vida, entregado definitivamente a sus visiones [...] El resto de sus fuerzas [...] se quemó en terribles alucinaciones, en luchar contra las enfermeras que lo sujetaban, en llamar desesperadamente a Reynolds, el explorador polar que había influido en la composición de Gordon Pym y que misteriosamente se convertía en el símbolo final de esas tierras del más allá que Edgar parecía estar viendo, así como Pym había entrevisto la gigantesca imagen de hielo en el último instante de la novela [...] Como le dijeran que estaba muy grave, rectificó: No quiero decir eso. Quiero saber si hay alguna esperanza para un miserable como yo. Murió a las tres de la madrugada del 7 de octubre de 1849. Que Dios ayude a mi pobre alma, fueron sus últimas palabras”.
La noche que murió Poe es la historia conjetural, en un acto, de lo ocurrido esa noche de otoño en la sombría habitación de un hospital de Baltimore. La escribí basándome en la vida y obra del poeta. Me permito reproducir la primera escena del texto como mi humilde homenaje en el 160 aniversario de su fallecimiento.
Escena 1
Edgar
Una sombría habitación en el Washington College Hospital. Se escuchan los ecos de lamentos y quejidos de otros pacientes. En el extremo derecho del cuarto yace postrado en una cama Edgar Allan Poe, cubierto por una sábana blanca que pretende hacer juego con la bata que viste. Se convulsiona en el lecho. Su cabello y bigote negros acentúan su tez mortalmente pálida. Está bañado en sudor, atormentado por terribles alucinaciones, en algún lugar entre el sueño y la conciencia. Se escucha repentinamente el tañer de las campanas de una iglesia cercana. Anuncian la medianoche.
Poe.- Escuchad las sonoras campanas. ¡Qué historia aterradora presagian excitadas! ¡Cómo llenan de histéricos aullidos el aturdido oído nocherniego! ¡Cómo rechinan, chocan y braman! ¡Cuánta desesperación derraman en el seno de aire palpitante! Pero el oído sin duda intuye, en el talán y el repicar, cómo el peligro crece o huye...
Silencio. Se escucha repentinamente un golpe en la puerta. Poe se sobresalta.
Poe.- ¿Quién llama a mi puerta? Acaso un visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más. Señor o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar, a llamar a la puerta de mi cuarto, que apenas pude creer que os oía. Ciertamente, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Dejad, pues, que vea lo que sucede allí, y así penetrar pueda en el misterio. Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio.
Se escucha una puerta que se azota y el aleteo y graznido de un cuervo. Poe sigue con su mirada, sobresaltado, su presencia invisible hasta el dintel de la puerta de la habitación.
Poe.- Aun con tu cresta cercenada y mocha, no serás un cobarde, hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- ¡Profeta! ¡Cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te imploro!
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- ¡Sea esa palabra nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! ¡Vuelve a la tempestad. No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira que profirió tu espíritu! Deja mi soledad intacta. Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta.
Voz en off.- Nunca más... nunca más... nunca más... nunca más... nunca más...
Poe.- (Se lleva las manos a la cara y comienza a gritar desesperado) Nunca más... nunca más... nunca más... ¡Reynolds! ¡Reynolds!
Entra en la habitación Miss Harold, la enfermera, alarmada por los gritos de Poe. Trata de controlarlo.
Miss Harold.- Señor Poe, cálmese, por favor. Tiene que calmarse.
Poe.- ¡Reynolds! ¡Necesito ver a Reynolds!
Miss Harold.- (Se sienta en la cama y lo sujeta) Aquí no hay nadie con ese nombre, señor Poe, se lo he dicho mil veces. Por favor tranquilícese o el doctor Moran ordenará que lo atemos de nuevo.
Poe.- Necesito hablar con Reynolds, es cuestión de vida o muerte. Mi alma inmortal depende de ello. ¡Reynolds! ¡Reynolds!
Miss Harold.- Cálmese ya. Todo fue un sueño.
Poe.- (La mira, desconcertado) ¿Un sueño? Ojalá mi vida joven fuera un sueño duradero, y mi espíritu durmiera hasta que el rayo certero de la eternidad anunciara el nuevo día (se tranquiliza).
Miss Harold.- En unas horas amanecerá y se sentirá mejor, ya lo verá.
Poe.- (Desconcertado) ¿Quién eres tú, ángel sereno, que ha venido a confortarme en estas horas aciagas? ¿Virginia? ¿Virginia, eres tú?
Miss Harold.- No, señor Poe. Soy Miss Harold, su enfermera. ¿No me recuerda?
Poe.- Por supuesto que la recuerdo. Sólo es que todo es tan... confuso. He perdido la noción el tiempo. No sé si es día o noche. Transito por un camino oscuro y yermo. Me siento cansado, muy cansado.
Miss Harold.- Duerma, duerma. Todo va a estar bien.
Poe se sume de nuevo en la inconsciencia, balbucea palabras ininteligibles. La enfermera toca su frente. Toma un recipiente con agua, moja un paño, y comienza a enjuagarle el sudor.
Miss Harold.- Pobre alma desdichada. Si tan sólo pudiéramos hacer algo para mitigar su sufrimiento.
Se abre la puerta. Entra el doctor John Moran. Es un hombre en sus cuarentas que viste bata blanca y lleva un expediente médico en la mano.
Dr. Moran.- ¿Alguna mejoría?
Miss Harold mueve la cabeza, negativamente.
Dr. Moran.- ¿Ha logrado retener alimentos?
Miss Harold vuelve a negar con la cabeza.
Dr. Moran.- No me sorprende. Mañana cumplirá aquí cuatro días y no responde al tratamiento. El deterioro es más avanzado de lo que esperé.
Miss Harold.- ¿Averiguó quién es ese Reynolds, a quien llama insistentemente?
Dr. Moran.- No. Esta mañana escribí un telegrama a su tía, una señora llamada María Clemm, y me respondió que no hay nadie con ese nombre entre sus familiares y amigos, que en realidad son muy pocos.
Poe.- (Como débiles susurros) Muddie, mi amada Muddie.
Miss Harold.- ¿Y en su trabajo?
Dr. Moran.- Nada. A decir verdad, el señor Poe no es un hombre muy apreciado en su gremio. Y no me sorprende. Su vicio y la agudeza de su pluma le han ganado varias enemistades.
Miss Harold.- ¿A qué se refiere?
Dr. Moran.- Un crítico literario, como lo es el señor Poe, siempre ofende susceptibilidades. Por sólo citar un ejemplo, me entrevisté con un señor Griswold, un editor que trabajó con él hace tiempo, quien sólo usa palabras como “ebrio”, “drogadicto” y “loco” para describirlo.
Miss Harold.- Qué terrible manera de expresarse de alguien.
Dr. Moran.- Y a decir verdad, su estado físico y la naturaleza de su obra parecen confirmarlo.
Miss Harold.- ¿Todo lo que se dice sobre él es cierto?
Dr. Moran.- Al menos la mayor parte. ¿Ha leído alguno de sus cuentos?
Miss Harold.- No.
Dr. Moran.- Y no se lo recomiendo.
Miss Harold.- ¿Es un mal escritor?
Dr. Moran.- Por el contrario. Creo que no me expresé correctamente. Es brillante, excepcional, mil millas por encima de otros autores que he leído. Me refería a sus temas, mórbidos, escandalosos, terribles. Créame, le provocarían pesadillas.
Miss Harold.- ¿Qué tuvo que sucederle a este hombre para llegar a este estado?
Dr. Moran.- ¿Estaba usted de guardia el día que lo internaron?
Miss Harold.- No.
Dr. Moran.- El Dr. Snodgrass recibió un mensaje de un caballero de apellido Walker. En la nota le informaba de un hombre que halló en la taberna de Ryan, al parecer completamente ebrio, que se encontraba mentalmente perturbado y precisaba asistencia médica urgente.
Miss Harold.- ¿Era el señor Poe?
Dr. Moran.- (Asiente con la cabeza) El Dr. Snodgrass acudió a la taberna de inmediato y comprobó la gravedad de su estado. Lo trajo al hospital y lo puso bajo mi cuidado. Debió haberlo visto. Su condición era alarmante, gritaba y forcejeaba con los enfermeros. Se necesitaron cinco personas para someterlo. En mi experiencia no había visto un caso igual.
Miss Harold.- Dios mío. ¿Y no había nadie más con él? ¿Algún compañero de borrachera?
Dr. Moran.- Nadie. Tampoco llevaba nada consigo, ni dinero, ni objetos de valor, ni identificación alguna. Hubiera pasado por un pobre indigente si no lo hubiera reconocido. Su aspecto era terrible, y no sólo en lo físico. Su ropa estaba en el peor estado, sucia, andrajosa. La única prenda en regular estado era esa capa negra (señala el ropaje en el perchero, al fondo de la habitación). Luchó como una fiera cuando tratamos de quitársela, así que optamos por dejarla cerca de él.
Miss Harold.- (Suspira) Pobre hombre. ¿Hay alguna esperanza para él?
Dr. Moran.- Hemos agotado todos nuestros recursos, y no parecen surtir efecto. Las alucinaciones y el delirium tremens son las fases más graves del alcoholismo. Pocos han sobrevivido a ellas. Su corazón y su cerebro están pagando las consecuencias de su vida disipada. Sólo podemos esperar un desenlace fatal.
Miss Harold.- ¿Entonces no queda nada más por hacer?
Dr. Moran.- Sólo hacer sus últimas horas lo más confortables que podamos.
Moran se dirige a la puerta.
Miss Harold.- Su tía.
Dr. Moran.- (Se detiene) ¿Si?
Miss Harold.- Acaba de mencionar a una tía. ¿No cree que debería estar a su lado, en el último momento?
Dr. Moran.- (Suspira) No le informé los detalles de la condición del señor Poe. Es una mujer de edad avanzada, enferma. Sufriría demasiado. Sería devastador para ella verle en este estado.
Miss Harold.- Nadie debería de morir así.
Dr. Moran.- Tiene razón, pero ya no está en nuestra manos.
Sale Moran. Miss Harold toma de la mano a Poe, se levanta y se dispone a apagar la lámpara de gas de la pared. Edgar la detiene.
Poe.- Por favor, no. Déjela encendida. No quiero que la oscuridad me devore.
Miss Harold obedece, le ofrece una sonrisa compasiva y sale de la habitación.
Poe.- No quiero transitar solo por ese camino oscuro y yermo que asolan ángeles enfermos, donde la Noche es el icono que reina erguido en su negro trono.
Poe.- Escuchad las sonoras campanas. ¡Qué historia aterradora presagian excitadas! ¡Cómo llenan de histéricos aullidos el aturdido oído nocherniego! ¡Cómo rechinan, chocan y braman! ¡Cuánta desesperación derraman en el seno de aire palpitante! Pero el oído sin duda intuye, en el talán y el repicar, cómo el peligro crece o huye...
Silencio. Se escucha repentinamente un golpe en la puerta. Poe se sobresalta.
Poe.- ¿Quién llama a mi puerta? Acaso un visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más. Señor o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar, a llamar a la puerta de mi cuarto, que apenas pude creer que os oía. Ciertamente, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Dejad, pues, que vea lo que sucede allí, y así penetrar pueda en el misterio. Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio.
Se escucha una puerta que se azota y el aleteo y graznido de un cuervo. Poe sigue con su mirada, sobresaltado, su presencia invisible hasta el dintel de la puerta de la habitación.
Poe.- Aun con tu cresta cercenada y mocha, no serás un cobarde, hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- ¡Profeta! ¡Cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te imploro!
Voz en off.- Nunca más.
Poe.- ¡Sea esa palabra nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! ¡Vuelve a la tempestad. No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira que profirió tu espíritu! Deja mi soledad intacta. Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta.
Voz en off.- Nunca más... nunca más... nunca más... nunca más... nunca más...
Poe.- (Se lleva las manos a la cara y comienza a gritar desesperado) Nunca más... nunca más... nunca más... ¡Reynolds! ¡Reynolds!
Entra en la habitación Miss Harold, la enfermera, alarmada por los gritos de Poe. Trata de controlarlo.
Miss Harold.- Señor Poe, cálmese, por favor. Tiene que calmarse.
Poe.- ¡Reynolds! ¡Necesito ver a Reynolds!
Miss Harold.- (Se sienta en la cama y lo sujeta) Aquí no hay nadie con ese nombre, señor Poe, se lo he dicho mil veces. Por favor tranquilícese o el doctor Moran ordenará que lo atemos de nuevo.
Poe.- Necesito hablar con Reynolds, es cuestión de vida o muerte. Mi alma inmortal depende de ello. ¡Reynolds! ¡Reynolds!
Miss Harold.- Cálmese ya. Todo fue un sueño.
Poe.- (La mira, desconcertado) ¿Un sueño? Ojalá mi vida joven fuera un sueño duradero, y mi espíritu durmiera hasta que el rayo certero de la eternidad anunciara el nuevo día (se tranquiliza).
Miss Harold.- En unas horas amanecerá y se sentirá mejor, ya lo verá.
Poe.- (Desconcertado) ¿Quién eres tú, ángel sereno, que ha venido a confortarme en estas horas aciagas? ¿Virginia? ¿Virginia, eres tú?
Miss Harold.- No, señor Poe. Soy Miss Harold, su enfermera. ¿No me recuerda?
Poe.- Por supuesto que la recuerdo. Sólo es que todo es tan... confuso. He perdido la noción el tiempo. No sé si es día o noche. Transito por un camino oscuro y yermo. Me siento cansado, muy cansado.
Miss Harold.- Duerma, duerma. Todo va a estar bien.
Poe se sume de nuevo en la inconsciencia, balbucea palabras ininteligibles. La enfermera toca su frente. Toma un recipiente con agua, moja un paño, y comienza a enjuagarle el sudor.
Miss Harold.- Pobre alma desdichada. Si tan sólo pudiéramos hacer algo para mitigar su sufrimiento.
Se abre la puerta. Entra el doctor John Moran. Es un hombre en sus cuarentas que viste bata blanca y lleva un expediente médico en la mano.
Dr. Moran.- ¿Alguna mejoría?
Miss Harold mueve la cabeza, negativamente.
Dr. Moran.- ¿Ha logrado retener alimentos?
Miss Harold vuelve a negar con la cabeza.
Dr. Moran.- No me sorprende. Mañana cumplirá aquí cuatro días y no responde al tratamiento. El deterioro es más avanzado de lo que esperé.
Miss Harold.- ¿Averiguó quién es ese Reynolds, a quien llama insistentemente?
Dr. Moran.- No. Esta mañana escribí un telegrama a su tía, una señora llamada María Clemm, y me respondió que no hay nadie con ese nombre entre sus familiares y amigos, que en realidad son muy pocos.
Poe.- (Como débiles susurros) Muddie, mi amada Muddie.
Miss Harold.- ¿Y en su trabajo?
Dr. Moran.- Nada. A decir verdad, el señor Poe no es un hombre muy apreciado en su gremio. Y no me sorprende. Su vicio y la agudeza de su pluma le han ganado varias enemistades.
Miss Harold.- ¿A qué se refiere?
Dr. Moran.- Un crítico literario, como lo es el señor Poe, siempre ofende susceptibilidades. Por sólo citar un ejemplo, me entrevisté con un señor Griswold, un editor que trabajó con él hace tiempo, quien sólo usa palabras como “ebrio”, “drogadicto” y “loco” para describirlo.
Miss Harold.- Qué terrible manera de expresarse de alguien.
Dr. Moran.- Y a decir verdad, su estado físico y la naturaleza de su obra parecen confirmarlo.
Miss Harold.- ¿Todo lo que se dice sobre él es cierto?
Dr. Moran.- Al menos la mayor parte. ¿Ha leído alguno de sus cuentos?
Miss Harold.- No.
Dr. Moran.- Y no se lo recomiendo.
Miss Harold.- ¿Es un mal escritor?
Dr. Moran.- Por el contrario. Creo que no me expresé correctamente. Es brillante, excepcional, mil millas por encima de otros autores que he leído. Me refería a sus temas, mórbidos, escandalosos, terribles. Créame, le provocarían pesadillas.
Miss Harold.- ¿Qué tuvo que sucederle a este hombre para llegar a este estado?
Dr. Moran.- ¿Estaba usted de guardia el día que lo internaron?
Miss Harold.- No.
Dr. Moran.- El Dr. Snodgrass recibió un mensaje de un caballero de apellido Walker. En la nota le informaba de un hombre que halló en la taberna de Ryan, al parecer completamente ebrio, que se encontraba mentalmente perturbado y precisaba asistencia médica urgente.
Miss Harold.- ¿Era el señor Poe?
Dr. Moran.- (Asiente con la cabeza) El Dr. Snodgrass acudió a la taberna de inmediato y comprobó la gravedad de su estado. Lo trajo al hospital y lo puso bajo mi cuidado. Debió haberlo visto. Su condición era alarmante, gritaba y forcejeaba con los enfermeros. Se necesitaron cinco personas para someterlo. En mi experiencia no había visto un caso igual.
Miss Harold.- Dios mío. ¿Y no había nadie más con él? ¿Algún compañero de borrachera?
Dr. Moran.- Nadie. Tampoco llevaba nada consigo, ni dinero, ni objetos de valor, ni identificación alguna. Hubiera pasado por un pobre indigente si no lo hubiera reconocido. Su aspecto era terrible, y no sólo en lo físico. Su ropa estaba en el peor estado, sucia, andrajosa. La única prenda en regular estado era esa capa negra (señala el ropaje en el perchero, al fondo de la habitación). Luchó como una fiera cuando tratamos de quitársela, así que optamos por dejarla cerca de él.
Miss Harold.- (Suspira) Pobre hombre. ¿Hay alguna esperanza para él?
Dr. Moran.- Hemos agotado todos nuestros recursos, y no parecen surtir efecto. Las alucinaciones y el delirium tremens son las fases más graves del alcoholismo. Pocos han sobrevivido a ellas. Su corazón y su cerebro están pagando las consecuencias de su vida disipada. Sólo podemos esperar un desenlace fatal.
Miss Harold.- ¿Entonces no queda nada más por hacer?
Dr. Moran.- Sólo hacer sus últimas horas lo más confortables que podamos.
Moran se dirige a la puerta.
Miss Harold.- Su tía.
Dr. Moran.- (Se detiene) ¿Si?
Miss Harold.- Acaba de mencionar a una tía. ¿No cree que debería estar a su lado, en el último momento?
Dr. Moran.- (Suspira) No le informé los detalles de la condición del señor Poe. Es una mujer de edad avanzada, enferma. Sufriría demasiado. Sería devastador para ella verle en este estado.
Miss Harold.- Nadie debería de morir así.
Dr. Moran.- Tiene razón, pero ya no está en nuestra manos.
Sale Moran. Miss Harold toma de la mano a Poe, se levanta y se dispone a apagar la lámpara de gas de la pared. Edgar la detiene.
Poe.- Por favor, no. Déjela encendida. No quiero que la oscuridad me devore.
Miss Harold obedece, le ofrece una sonrisa compasiva y sale de la habitación.
Poe.- No quiero transitar solo por ese camino oscuro y yermo que asolan ángeles enfermos, donde la Noche es el icono que reina erguido en su negro trono.
Transición a escena 2.
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