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viernes, 14 de febrero de 2014

Tercera caída

"Dígame, Watson: ¿no siente usted una especie de escalofrío o estremecimiento cuando mira las serpientes en el parque zoológico y ve esos bichos deslizantes, sinuosos, venenosos, con su mirada asesina y sus rostros malignos y achatados? A lo largo de mi carrera he tenido que vérmelas con cincuenta asesinos, pero ni el peor de todos ellos me ha inspirado la repulsión que siento por este individuo".-Sherlock Holmes en La aventura de Charles Augustus Milverton (1904) de Arthur Conn Doyle.

Han pasado varias semanas desde el final de la tercera temporada de la teleserie británica Sherlock, así que asumo que todos lo han visto y puedo escribir libremente. Su último voto (His last vow), cuyo guión es autoría del co creador del programa Steven Moffat, toma como base uno de los cuentos escritos por Arthur Conan Doyle sobre su personaje más prestigiado, La aventura de Charles Augustus Milverton, y juega con el título –y hace referencias- de su aparición final, Su último saludo al escenario (His last bow, 1917).
Para comenzar, muchos podrían cuestionar su desenlace. El mismo Holmes (Benedict Cumberbatch) aclara su posición. Dice a su enemigo “No soy un héroe. Soy un sociópata altamente funcional”, antes de hacer lo inesperado. Su decisión, pese a lo que nos aclara, es la de la persona que está dispuesta a sacrificarse, a mancharse las manos y renunciar a su esencia, en aras de lograr el bienestar de otros. ¿No es eso ser un héroe? El malo del capítulo es Charles Augustus Magnussen, encarnado por el actor danés Lars Mikkelsen (muchas seguramente le dirán cuñado, pues es hermano del muy famado Mads Mikkelsen, mejor conocido por ser el Hannibal Lecter televisivo). Su apellido original seguramente fue cambiado pues Milverton suena muy semejante a Middleton, la madre de un potencial heredero al trono de Inglaterra. De ser un tratante de arte –como lo describe Conan Doyle- se nos presenta como un magnate de los medios de comunicación, muy en deuda con William Randoph Hearst o Rupert Murdoch. Es un sujeto poderosísimo, frío, sin escrúpulos y vulgar que usa los secretos de los demás para beneficiarse. Un chantajista de altos vuelos, que opera ante la mirada impávida del Gobierno Británico. Es justo por ello que una de sus víctimas decide acudir a la Calle Baker. Conan Doyle seguramente tuvo en cuenta un caso de la vida real para escribir su historia: el del chantajista Charles Augustus Howell, muerto en condiciones misteriosas en 1890.
Otras referencias holmesianas no se hacen esperar, desde la adicción del protagonista, Los irregulares de la Calle Baker o la primera aparición literaria de la Señora Watson, con esas enigmáticas letras A. G. RA. Luego está la presentación de Holmes como un hombre de familia, la segunda aparición de sus papás (los veteranos actores Wanda Ventham y Timothy Carlton, verdaderos progenitores del protagonista) y la muestra del poder de Mycroft Holmes (Mark Gatiss). Los giros de la historia, que no dejan de recordarme a Señor y Señora Smith (Doug Liman, 2005), no me hacen del todo feliz pero son congruentes con la personalidad de Watson (Martin Freeman), adicto inconsciente a relacionase con personas conflictivas.
Los momentos finales del capítulo, el regreso inmediato del Viento del Este de su aparente exilio para enfrentar a su Némesis resucitado, no deja de causarme la más grande emoción y abre las puertas a un verdadero reto para Moffat y Gatiss: crear una historia completamente nueva, no basada inmediatamente en un texto de Conan Doyle. Porque desde un principio nunca visualicé a James Moriarty (Andrew Scott) como un criminal ávido de una presencia mediática. Mucho menos de intervenir todas las señales de televisión de un país entero para preguntar burlonamente “¿Me extrañaron?”.

Lo único cierto: “Inglaterra siempre necesitará a Sherlock Holmes” y “el juego nunca termina”. Pero para cerciorarnos tendrá que pasar –al menos- un largo año. Espero ansioso.

viernes, 31 de enero de 2014

La pareja ideal

Todavía extraño a la extinta teleserie Dexter. De ella he hablado en muchas ocasiones y creo que mi admiración por su carismático protagonista ha quedado más que patente. Su penúltima temporada nos presentó a su par emocional, la bella envenenadora Hannah McKay, interpretada por la australiana Yvonne Strahovski (que por cierto acabo de ver en Yo, Frankenstein). A diferencia de la manera en que Dexter (Michael C. Hall) se mostró a su eventual esposa Rita Bennett (Julie Benz), quien fungió como su máscara de sanidad pese a que desarrolló auténticos sentimientos por ella y sus críos, el asesino fue auténtico y libre ante McKay desde el principio. Y esto se debía a que se complementaban, justo como Bonnie Parker y Clyde Barrow o Martha Beck y Raymond Fernández, sólo dos de las parejas fraguadas en el infierno que ha registrado la Historia de la criminalidad. Hannah y Dexter, asesinos por naturaleza, se comprendían mutuamente. Conocían a plenitud sus obsesiones y angustias. Eran cómplices y amantes que nunca comprometieron su naturaleza pues tenían perfectamente claro que se ubicaban en el mismo lado de la Ley, cosa opuesta a Irene Adler y Sherlock Holmes o a Gatúbela y Batman.
Hannah Mc Kay era una chica provinciana que se involucró con el hombre equivocado, como hiciera en la realidad Caril Ann Fugate con el multihomicida Charles Starkweather: se embarcó en una serie de asesinatos cometidos por su entonces media naranja, Wayne Randall. Como no se comprobó plenamente su participación en los hechos, fue condenada por complicidad y confinada a un reformatorio, de donde salió al cumplir la mayoría de edad. A pesar de la notoriedad que le valió su carrera criminal, se embarcó en numerosas relaciones sentimentales que invariablemente concluyeron en homicidios no aclarados. Cuando Dexter decidió aplicarle su concepto de “justicia”, sucumbió ante sus encantos. Y esto le hizo pasar por alto su oficio. Hannah asesinó a un periodista que amenazaba con exponerla y casi lo hizo con su hermana Debra (Jennifer Carpenter), siempre con el refinamiento de los venenos. Situaciones que parecían imposibles de superar separaron al dúo, pero la atracción hizo lo suyo. Al final, a pesar de sus intentos, el suyo fue un amor no consumado.

Como se avecina un alud de melcocha por la celebración de los enamorados, seguiré hablando de pasiones que matan las siguientes ocasiones. 

miércoles, 29 de enero de 2014

Amoríos prohibidos

Y así fue como terminó un escándalo que amenazaba afectar seriamente el reino de Bohemia. Y así fue también como los mejores planes de Sherlock Holmes fueron arruinados por el ingenio de una mujer. Antiguamente mi compañero acostumbraba burlarse mucho de la supuesta inteligencia femenina, pero no he oído que lo haga a últimas fechas. Y cuando habla de Irene Adler, o cuando se refiere a su fotografía, siempre lo hace bajo el honorable título de La Mujer. –Escándalo en Bohemia (1891), Arthur Conan Doyle.

El primer episodio de la segunda temporada de la teleserie británica Sherlock nos presenta la ambigua e inquietante relación entre el héroe que da título al programa (Benedict Cumberbatch) e Irene Adler (Lara Pulver), una dominatriz de altos vuelos que revive a la figura central de la novela Escándalo en Bohemia, escrita en 1891 por el escocés Arthur Conan Doyle. Ella es objeto del amor idílico –nunca admitido- de Holmes y un auténtico desafío intelectual. Pero la fascinación que siente por ella no compromete su posición.
Algo similar, con sus respectivas distancias, ocurre con la creación de Bob Kane y Bill Finger cuyo cumpleaños 75 celebramos este 2014. Y antes de continuar, una precisión. Mucho se ha bromeado sobre la orientación sexual de Batman. Ello es principalmente culpa del libro La seducción del inocente, escrito en 1954 por el psiquiatra germano estadounidense Fredric Wertham, conocido con justicia como “El Mayor Enemigo de los Superhéroes”. Su texto daba lecturas homosexaules y pedófilas a la relación entre el Hombre Murciélago y su joven asistente Dick Grayson. Y no ayudó mucho la colorida pero inolvidable serie de televisión de los años sesenta, con Adam West y Burt Ward. No aclaro esto porque piense que un justiciero gay sea algo malo, contrario a la Ley de Dios o cause huracanes (para eso están algunos miembros del clero y la clase política), sino porque simplemente no fue la intención que le dieron sus creadores. El texto de Wertham fortaleció la infame cacería de brujas que propició que el Congreso de Estados Unidos impusiera a la industria de las historietas la famosa Autoridad del Código de Cómics, o CCA por sus siglas en inglés. Pero regresemos a lo central.

Desde su primera aventura oficial, ocurrida en Batman # 1 en la primavera de 1940, la ladrona conocida como La Gata fue incluida como un interés romántico del héroe y un desafío físico e intelectual. Además, el enmascarado siempre enfrentaba el reto de redimirla. La inspiración de la dupla creativa Kane-Finger vino, evidentemente, de las glamorosas estrellas de cine de su época, como Jean Harlow –por ahí circula una historia que involucra a una prima de Kane-, y eventualmente fue rebautizada como La Mujer Gato (Catwoman) o Gatúbela (en estos rumbos). Desde entonces, el personaje ha tenido múltiples encarnaciones y ha estado en ambos lados de la Ley. Y aunque Batman ha tenido otros intereses sentimentales –algunos más poderosos-, Gatúbela –yo prefiero llamarla así- siempre será una presencia importantísima en sus aventuras, justo como Adler y Holmes.

martes, 21 de enero de 2014

La mejor de mis bodas

Decir adiós es doloroso. Aunque popularmente se dice “de lo bueno, poco”, el esquema de la televisión inglesa es muy breve si consideramos la costumbre que nos inculcaron nuestros vecinos del norte. Con sólo 3 episodios de 80 minutos cada uno (aproximadamente) llegará este jueves (en Latinoamérica) a su fin la tercera –brevísima- temporada (los británicos les dicen series) de Sherlock, serie merecedora de toda mi admiración. Luego de 8 capítulos a los que no puedo reprochar nada, elegir un favorito es un verdadero reto. El que precedió a su conclusión, El signo de los tres, es simplemente uno de los mejores que conozco al detective. El guión de Mark Gatiss Steven Moffat y Stephen Thompson toma como base la segunda de las cuatro novelas que Arthur Conan Doyle dedicó al brillante inquilino de la Calle Baker, El sigo de los cuatro (1890). Todo ocurre durante la boda de John Watson (Martin Freeman) y Mary Mostan (Amanda Abbington), en la que por supuesto nuestro héroe (Benedict Cumerbatch) tiene la responsabilidad de ser el Padrino del evento. De forma inesperada convierte la ocasión en un anecdotario de las aventuras del par e involucra a los convidados en la resolución de uno de sus casos. Lo mejor del capítulo fue, sin duda, el intento de Holmes por descender del Olimpo de la Deducción al mundo de los hombres comunes y corrientes. El mejor momento fue un emotivo discurso cuya parte inicial destruye la institución del matrimonio, las creencias religiosas de las personas (“si Dios no fuera una fantasía”) y ataca las convenciones de la sociedad, ante la sorpresa y desaprobación de los congregados. Remata su exposición de la siguiente manera:
Lo que trato de decir es que soy el individuo más desagradable, grosero, ignorante y cretino que tendrán el infortunio de encontrarse en la calle. Desprecio lo virtuoso, soy incapaz de reconocer la belleza y no puedo percibir la felicidad. Por eso no comprendí por qué me pidieron ser Padrino, más porque nunca esperé ser el mejor amigo de nadie. Y ciertamente no del más valiente, bondadoso y sabio ser humano que jamás he tenido la fortuna de conocer. John, soy un hombre ridículo, redimido solamente por la calidez y constancia de tu amistad. Y como aparentemente soy tu mejor amigo, no puedo felicitarte por la compañera que elegiste. Pero de hecho sí puedo. Mary, cuando digo que te mereces a este hombre es el cumplido más grande que soy capaz de hacer. John, has sobrevivido la guerra, lesiones y trágicas pérdidas –de nuevo, lo siento por la más reciente- así que debes saber, hoy que estás sentado en medio de la mujer que has hecho tu esposa y del hombre que has salvado –en breve, las dos personas que más te aman en este mundo,- y sé que hablo por Mary, que nunca te decepcionaremos y tenemos una vida para demostrártelo.

Desde sus mesas, los invitados no pueden sentirse menos que conmovidos. La Señora Hudson (Una Stubbs) rompe en llanto. Al ver las reacciones, desconcertado, Holmes pregunta:
¿En qué me equivoqué? ¿Qué pasó? ¿Por qué hacen eso? ¿John? ¿Qué hice mal?
Y Watson se pone de pie y abraza a su asociado, emocionado.
Si no se conmovieron, tienen hielo en las venas. O es que, como digo, cuando envejeces te haces más llorón.

La solución final, el descubrimiento del “signo de los tres”, modificará definitivamente las futuras aventuras de nuestro paladín. Todo terminará en un par de días. Al menos por un largo año (como mínimo). Moffat, co creador y productor ejecutivo del programa, ha revelado que una cuarta temporada se encuentra en planeación. Eso es sin duda una fortuna. La espera, aunque cruel, valdrá la pena. 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Batman es un Criminalista (parte 1)


He abandonado este blog las últimas semanas,  por motivos poderosos (de los que hablaré en breve). Uno de ellos fue la conferencia que ofrecí ayer en el Instituto Nacional de Ciencias Penales, reto y anhelo que legitima una cruzada de años, pero sobre todo significa el matrimonio de dos aspectos importantísimos de mi vida. Ante un Auditorio Alfonso Quiroz Cuarón completamente lleno, hablé del héroe de mi infancia por más de una hora y posteriormente tuve una nutrida sesión de preguntas y respuestas con personas de las más distintas procedencias. La que más me entusiasmó fue una Maestra de secundaria preocupada por vincular a sus alumnos con la lectura y la historieta como medio de acercamiento al conocimiento. Por ello reproduzco (en dos partes) el texto que preparé para la ocasión. Que lo disfruten. 
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Batman es un Criminalista
(Locura, crimen, justicia y ciencias forenses)
Roberto Coria Monter
Coordinación General de Servicios Periciales, PGJDF


Mil gracias a Álvaro Vizcaíno y Citlali Marroquín, Secretario Académico y Secretaria General de Extensión de este Instituto Nacional de Ciencias Penales y a todo su espléndido personal, por abrirme las puertas de su casa. Gracias a todos por estar aquí.
Hoy, 11 de septiembre, es una fecha con una infame memoria. Exorcicémosla explorando territorios más amables. Mis mejores pensamientos para las víctimas de los hechos que todos conocemos.

Esta tarde compartiré con ustedes una posición arriesgada para alguien de mi perfil. Esto emana del hecho que las personas dedicadas a las Ciencias Jurídicas y Forenses no suelen atender a manifestaciones artísticas como la historieta, a la que suele calificarse de una expresión menor, sin mucho valor académico. Adquiero valor a través del ejemplo de dos personas afines a ellas: Gerardo Laveaga, anterior Director de este INACIPE, hombre de leyes y letras, que comparte la convicción de inculcar el hábito de la lectura de literatura policial entre los aspirantes a Agente del Ministerio Público de la Federación. Bajo su generoso auspicio participé hace unos años en el coloquio Edgar Allan Poe y las ciencias forenses, en este mismo instituto, organizado para celebrar el bicentenario de este autor indispensable. Y de Rafael Moreno González, pilar de la Criminalística en México, maestro de docenas generaciones de estos profesionistas e investigador emérito de esta casa académica. Entre sus incontables publicaciones figura una fundamental: Sherlock Holmes y la investigación criminalística –editada por esta misma institución-, trabajo donde expone principios básicos de la materia a través de la más famosa creación de Arthur Conan Doyle. En el ya mencionado coloquio, el Dr. Moreno dijo algo que resume muchos de los aspectos que defiendo en mi actividad profesional: “la razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia”. El que esta plática se lleve a cabo el un auditorio que tiene el nombre del más reputado criminólogo que ha dado México demuestra esta máxima.

I
Desde su primera aparición en mayo de 1939, en las postrimerías de la Gran Depresión Estadounidense y la Guerra Civil española y los albores de la Segunda Guerra Mundial, Batman –conocido en ese entonces como The Bat-man- ha demostrado tener vidas inagotables. Esto ha rebasado su fuente de procedencia y se ha realizado a través de sus encarnaciones en seriales cinematográficos y radiofónicos, televisión, caricaturas, películas y videojuegos. Les ruego que en los siguientes minutos olviden la divertida figura de Adam West, que en los años sesenta llevó a una popularidad sin precedentes al personaje y lo arraigó aún más al imaginario colectivo de la cultura occidental.
Tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina, Batman posee un especial significado en una época donde el crimen se ha convertido en parte de nuestra experiencia cotidiana. El diseño original del héroe, con su capa y máscara azules, su vestimenta gris, su cinturón amarillo y su característico emblema con forma de murciélago, son autoría del dibujante neoyorkino Bob Kane. A él suele atribuirse todo el mérito. Pero la labor del escritor Bill Finger fue crucial y no ha recibido el reconocimiento que merece. No sólo escribió algunas de sus aventuras más importantes, sino fue el encargado de darle un origen, lo que da sentido y trascendencia.
Rastrear la fascinación que sentimos por personajes como Batman exige que analicemos la trascendencia de la figura del héroe, especialmente apreciada en todas las culturas. Desde la mitología clásica hasta la tradición histórica, los héroes han sido fuente de inspiración para la gente de todas las épocas. Al igual que personajes como Hércules o Sansón, el cómic –hoy llamado Noveno Arte- nos ha suministrado de una nueva forma de figura mitológica que ha constituido todo un género: el superhéroe. Algunos de estos modernos titanes, de la misma manera que sus precursores clásicos, surgieron del matrimonio del cielo y la tierra: como el Mesías de cualquier religión, Superman tiene un padre terreno (el Sr. Kent, de Smallville) y un padre celestial (Jor-El, de Kriptón), aunque estructuralmente su omnipotencia lo aproxime más a la figura de Zeus, soberano del cielo. Otros, por el contrario, proceden de la oscuridad: al igual que Hades, señor del inframundo y los diamantes, Batman se mueve en las tinieblas gracias al goce de la fortuna heredada por sus padres muertos. “Todo el mundo ama a los héroes”, dice en una estupenda película una anciana a su atribulado sobrino. “En cierta manera todos tenemos un héroe en nuestro interior. Nos ayuda a actuar con honestidad, nos da fortaleza, nos ennoblece y llegado el momento nos permite morir con dignidad, aun cuando a veces para mantener su firmeza tenga que renunciar a lo que más quiere”.
Estéticamente, y como explica el comunicólogo español Román Gubern en su ensayo El discurso del cómic, los superhéroes se caracterizan por la perfección anatómica según los cánones grecolatinos. Pero más allá de su representación visual, estos personajes de ficción exaltan los valores más luminosos del ser humano: la templanza, la lealtad, la entrega, la compasión, el sacrificio, la sed de justicia y libertad. Precisamente ahí radica su aceptación entre los jóvenes, como afirman los investigadores Scott Vollum y Cary D. Adkinson del Colegio de Justicia Criminal de la Universidad Estatal Sam Houston de Texas. “El crimen prospera por la indulgencia de la sociedad”, dijo su mentor y eventual enemigo al héroe en su renacer cinematográfico. Lo cierto es que es una de las grandes constantes de la humanidad, un cáncer que deja secuelas físicas y mentales en todo lo que toca. “Envenena la mente y el alma. Trae pesar y muerte. Y al final, sólo deja desesperación”. Si lo definimos según los cánones vigentes, lo constituyen todas las acciones u omisiones que contravienen las leyes  y son meritorios de una sanción. En ese sentido, Batman propone dos reflexiones trascendentes: la repercusión y formas del fenómeno criminal en las sociedades contemporáneas y la efectividad de las corporaciones policíacas para combatirlo. Comencemos por la segunda. Desde tiempos antiguos, desde sus organizaciones más elementales, el hombre ha tenido la necesidad de organismos que persigan y sancionen las conductas que atenten contra la colectividad. El caso del criminal francés convertido en policía Eugène François Vidocq (1755-1857) es uno de los más notorios. En 1811 fundó la  Brigade de la Sûreté, uno de los primeros cuerpos policíacos civiles plenamente organizados del orbe y modelo más importante en la creación del Scotland Yard de Inglaterra o del Buró Federal de Investigaciones de los Estados Unidos. Si bien los métodos e integrantes de la Sûreté suelen ser cuestionados por su integridad ética y moral –eran antiguos compañeros presidiarios de Vidocq-, su esfuerzo inspiró el perfeccionamiento y evidenció la necesidad de este tipo de fuerzas –la figura de Vidocq influyó en las creaciones de literatos como Honoré de Balzac, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe-. En la actualidad la percepción popular de las fuerzas del orden no ha cambiado. La fama que les acarrean sus malos elementos trasciende sus incontables logros. Ese fue el sentido que los creadores de Batman trataron de dar a su ficticia Ciudad Gótica, una urbe de pesadilla, sumida en la corrupción y dominada por las clases criminales, más similar al Chicago de los años treinta que a la idílica Nueva York –esa es la Metrópolis de Supermán-, con sus rascacielos y su positivismo. Este es el escenario de las aventuras de un justiciero inusual, uno que responde a las necesidades apremiantes de la población. En sus primeras apariciones, Batman combatió amenazas domésticas, como el crimen organizado, que no dejaba de tener en Alphonse Gabriel Capone (1899-1947) uno de sus principales estandartes. Delincuente carismático y brutal, Capone fue la principal figura de la era de los grandes gángsteres, de la Era de la Prohibición. Durante casi una década gobernó un imperio sustentado en el juego, el alcohol ilegal y la prostitución, mismo al que puso fin en 1931 la cruzada de Eliot Ness, agente del Departamento del Tesoro, y su grupo conocido por la posteridad como Los intocables. Para conocer más al respecto, recomiendo ampliamente la versión de los hechos del cineasta Brian de Palma (1987). En muchas formas, al igual que el Inspector Lestrade de las aventuras de Sherlock Holmes, Ness inspiró a la dupla Kane-Finger en la creación de James Gordon, cabeza del Departamento de Policía de Ciudad Gótica. En su primera aparición, paralela a la del protagonista, Gordon reprobaba sus correrías, porque en esencia Batman se encuentra al margen de la ley. En aras de conseguir un bien mayor, el enmascarado no duda en cometer delitos como daño en propiedad ajena o allanamiento de morada. “En su momento, Batman pagará por sus delitos”, aseguró el Fiscal de Distrito Harvey Dent en la segunda entrega de la saga de Christopher Nolan. Gordon atestiguó que si bien sus métodos eran diferentes, ambos compartían ideales. Desde ese entonces se convirtieron en fieles aliados. La imagen del policía –eventualmente convertido en Comisionado- encendiendo un potente reflector en la azotea del Departamento de Policía,  proyectando en el cielo nocturno la imagen de un murciélago, es memorable. A pesar de su cercanía, Gordon no conoce la verdadera identidad del justiciero. En cambio, todos contamos con ese privilegio. 
Batman es Bruce WayneBruno Díaz, según la traducción que todos conocemos-. Kane y Finger decidieron darle  un origen en Detective Comics No. 33 (noviembre de 1939). Lo idearon a los 8 años de edad. El pequeño Bruce asistió con sus acaudalados padres –el Dr. Thomas Wayne y su esposa Martha- al cine. Al salir fueron sorprendidos en un oscuro callejón por un ladrón –identificado años más tarde como Joe Chill- con pistola en mano. Al resistirse al asalto, los padres del pequeño fueron acribillados por el delincuente, mientras éste contempla la escena, aterrorizado. El delincuente huyó mientras el niño sollozaba sobre los cadáveres. Bruce creció bajo la custodia del fiel mayordomo de la familia Alfred Pennyworth. Estudió criminología, psicología, ciencias forenses, acrobacia y artes marciales. Se convirtió a sí mismo en un instrumento supremo de justicia: luchador, experto forense, amo de los disfraces y artista de las fugas a la altura de Harry Houdini. Al cumplir los 18 años utilizó su fortuna para viajar alrededor del mundo, en busca de quienes le pudieran enseñar cómo combatir al crimen. Al regresar años después a Ciudad Gótica, se dio cuenta que sus habilidades no eran suficientes. Es así como sucedió este famoso momento:
Un hombre joven, bien parecido, vestido con una elegante chaqueta, cavila recorriendo las amplias habitaciones de su mansión ancestral, mientras las nubes ocultan a medias la luna.
El individuo musita. “Los delincuentes son un grupo supersticioso y cobarde, de manera que mi disfraz debe ser capaz de aterrorizarlos. Debe representar a una criatura nocturna, terrible, siniestra”.
Se escucha de pronto un estruendo, a la vez que se abre una ventana. Entra entonces volando un enorme murciélago en la habitación. “¡Un presagio! ¡Eso es!”, se entusiasma. “Me convertiré en un murciélago”.

Inicialmente, Kane tuvo varias inspiraciones para crear al personaje: en su niñez  se topó con un libro sobre Leonardo DaVinci, y quedó maravillado con la ilustración de una máquina voladora que el artista italiano había creado 500 años atrás. Esta mostraba a un individuo con unas enormes alas de murciélago y una inscripción que decía “su pájaro no debería tener otras alas que no fueran las de un murciélago”. Su segunda influencia fue –como dije- la película La marca del Zorro (1920), protagonizada por la leyenda del cine Douglas Fairbanks. El actor personificaba a un aburrido aristócrata durante el día, pero que por las noches se convertía en El Zorro. Ocultaba su rostro tras una máscara y salía de su cueva en su brioso caballo negro, para luchar a favor de los oprimidos. La tercera inspiración fue la sombría película Los susurros del Murciélago (1930) con Chester Morris, que interpretaba a un villano que vestía un disfraz de murciélago para cometer fechorías. También fue importante la atmósfera de otras famosas películas de la época, como Drácula (1931) de Tod Browning, estelarizada por Bela Lugosi. Kane también tuvo en cuenta el furor que despertaban héroes de la radio y de las novelas pulp, una forma literaria de gran popularidad en la década de los veintes y treintas. En estas, que recibieron su nombre por estar impresas en papel de baja calidad hecho con pulpa de madera, se desarrolló un género de gran popularidad, el relato detectivesco o hard boiled. Escritores como Raymond Chandler y Dashiell Hammet retrataron la sordidez del bajo mundo en historias donde sus duros detectives combaten el crimen en las calles, enfrentándose a la miseria, la corrupción y el vicio. Este género literario va a marcar el estilo del llamado Film Noir de los años cuarenta. Y en la línea detectivesca no podemos dejar de mencionar a Dick Tracy, el intrépido policía creado por el caricaturista Chester Gould, quien combatía a una grotesca galería de gángsteres empleando artefactos de alta tecnología, como su popular reloj de mano –este artefacto será llevado a notas altísimas en las películas del paladín y luchador de medio tiempo conocido como El Santo-. En el pulp también surgieron héroes como el aventurero Lamont Cranston, quien por las noches se convertía en La Sombra o Breet Reid, editor y dueño del periódico Sentinela, que por las noches se convertía en el Avispón Verde.

II
El crimen, pues, creó a  Batman. Él mismo reconoce: “En mis momentos oscuros, me acosa la noción de que el asesinato de mis padres fue lo mejor que me ha pasado. Pienso con cinismo que eso le dio un sentido a mi vida y los medios para realizarlo”.
El desdoblamiento de Bruce Wayne en Batman, si bien atractivo y emocionante, ejemplifica que éste no se caracteriza por su sanidad mental. ¿Qué necesidad tiene una persona de su perfil –millonario, filántropo, parrandero empedernido- de cubrir su rostro para salir a enfrentar al fenómeno que marcó su infancia todas las noches, sometiéndose a todo tipo de riesgos? El psicólogo español Enrique Rojas  ha delimitado en un decálogo el que sería el perfil psicológico de una persona sana:
  1. Una persona madura y equilibrada debe ser consciente de sí misma desde un prisma de realismo. Esto es, conoce tanto sus actitudes como sus limitaciones.
  2. Cuenta con un modelo de identidad.
  3. Una persona equilibrada se comporta tal como es, procurando corregir los aspectos de su personalidad que no sean adecuados ni positivos para la convivencia.
  4. Cuenta con un proyecto de vida.
  5. Este proyecto de vida debe tener el menor número de contradicciones posibles.
  6. La estabilidad psicológica precisa conseguir una perfecta ecuación entre la vida afectiva y la intelectual.
  7. Es imprescindible contar con una organización temporal sana.
  8. Una persona equilibrada es dueña de sí misma, siendo capaz de resistir las presiones del ambiente y las circunstancias, sin perder por ello las riendas de su vida.
  9. En una persona madura, la sexualidad debe estar situada en un tercer o cuarto plano de interés.
  10. Se debe contar con una sana constitución temporal y psicológica.
Batman no posee una plena conciencia de sí mismo ni de sus acciones, y esto lo demuestra el hecho de que en muchas ocasiones extralimita sus capacidades en sus faenas diarias contra la delincuencia. Desde su infancia, Bruce Wayne sufrió la pérdida de sus padres, situación que le obligó a valerse por sí mismo –a pesar de los cuidados y las comodidades que le rodearon-  y crear un modelo de identidad propio –no tuvo a un padre o un hermano mayor como ejemplos-. Ni Bruce Wayne ni Batman poseen un modelo de vida, simplemente son arrastrados por las circunstancias y niegan la posibilidad de opciones al respecto. Batman se ocupa únicamente de su labor: acabar con el crimen en Ciudad Gótica y entiende esto como una responsabilidad que no puede rehusar. Batman no manifiesta ninguna ecuación entre su vida afectiva e intelectual. Le interesa el bienestar de quienes le rodean –como buen héroe- pero las relaciones interpersonales no son su principal preocupación. En él la parte dominante es la razón, aspecto que subsanó la carencia de afecto que sufrió desde la infancia.
Y si la psique de Batman no es la más saludable, la de sus adversarios de ninguna manera es mejor. Ese es precisamente su atractivo. La lucha del héroe contra la criminalidad no tendría el mismo impacto sin la colorida y variopinta galería de enemigos que desde hace décadas habitan las páginas de sus historias. Y no es que los gángsteres y demás delincuentes no sean menos peligrosos. Los villanos, tradicionalmente, son los que provocan el conflicto tan necesario en toda narración y resaltan las virtudes del héroe. “El bien no hace gran literatura”, dice mi amigo Vicente Quirarte. Los villanos del detective oscuro tienen una gran deuda con los postulados del criminólogo italiano Cesare Lombroso (1835-1909), quien identificó al que llamaba delincuente loco moral, un individuo con personalidad antisocial dotado de una gran inteligencia, carente de sentimientos y remordimientos. Este tipo de sujetos fueron llamados posteriormente psicópatas y hoy, con más tiento, personas con trastorno antisocial de la personalidad. Pero por lo que respecta a su apariencia, extravagante y casi monstruosa en muchos casos, se acerca a lo dicho por el erudito italiano: “los delincuentes representan una reversión a un tipo subhumano, caracterizados por un aspecto semejante a primates u hombres primitivos, como si se tratara de modernos salvajes cuyo comportamiento es contrario a las expectativas y reglas de la moderna sociedad civilizada”.  Esta tendencia fue explotada por Chester Gould en las ya mencionadas aventuras de Dick Tracy. Más allá de su apariencia, criminales de los tipos más variados son parte frecuente de las aventuras del héroe, dignos todos de pertenecer a un catálogo de enfermedades mentales e inquilinos alguna vez del Asilo Elizabeth Arkham para Criminales Dementes. Creado por el escritor Dennis O'Neil en 1974, es un espacio indispensable para contener a delincuentes que rebasaban lo común –para estos últimos se encuentra la Penitenciaría de Blackgate-. Concebidos en tiempos medievales como refugios –del griego antiguo asylum, que significa refugio-, las instituciones de esta naturaleza admitían a las personas con perturbaciones mentales que no encajaban con la sociedad. Las condiciones en que operaban eran inhumanas, pero con el transcurso de los años evolucionaron hasta emplear tratamientos más civilizados. Durante la Revolución Francesa brilla, por ejemplo, el Asilo de Charenton, donde fuera huésped distinguido Donatien Alphonse François, Marqués de Sade (1740-1814) o en tiempos más recientes el célebre manicomio de La Castañeda, hogar temporal de criminales y otros genios, entre los que destaca el conocido Gregorio Cárdenas Hernández (1915-1999), conocido como El estrangulador de Tacuba. Pero en lo que concierne a territorios más inofensivos, entre los enemigos de Batman  destacan las personalidades más variadas: el megalómano Ra´s al Ghul; el esquizofrénico Arnold Wesker apodado El Ventrílocuo; el trágico Fiscal de Distrito Harvey Dent apodado posteriormente Dos caras; el pirómano Garfield Lynns, alias Luciérnaga; el obsesivo compulsivo Temple Fugate, alias El Relojero; el esquizofrénico paranoide Jervis Tetch, que es conocido como El Sombrerero.
Llegamos así al Guasón, tal vez el más emblemático villano de la historia del cómic. Enemigo natural de nuestro personaje, representa la antítesis de su naturaleza y métodos. Es un criminal psicópata, sádico e impredecible, que asesina sólo por diversión. “Hay hombres que sólo quieren ver al mundo arder”, dice de nuevo Alfred. En su libro Los lenguajes del cómic, Daniel Barbieri dice: “el rostro caricaturesco del Guasón en las muy serias aventuras de Batman representa la abyección y la crueldad. Único rostro de caricatura en medio de figuras realistas, el Guasón se destaca por su absurdidad. Salpica de absurdo vicisitudes de otro modo demasiado previsibles. No por casualidad entre los coprotagonistas de la serie de Batman, el Guasón es desde siempre el que obtiene el mayor éxito, el enemigo preferido del lector”. El Guasón, creado por Kane y Finger, apareció por vez primera en Barman No. 1, en la primavera de 1940. Originalmente era un asesino con mucho humor que empleaba un veneno especial que aniquilaba a sus víctimas e imprimía en su rostro una macabra sonrisa. Estaba destinado a morir en su segunda aparición, pero los editores se dieron cuenta de su potencial y desde ese entonces se convirtió en una presencia frecuente en sus aventuras. Un par de años después paró de asesinar y se convirtió en un bromista que dejaba cáscaras de plátano en su escape para evitar ser capturado. Kane y Finger lo concibieron a partir de la imagen del actor alemán Conrad Veidt en la película expresionista El hombre que ríe (1928), adaptada de la novela de Víctor Hugo. Desde entonces, al igual que su enemigo, el Guasón ha tenido las más variadas encarnaciones, desde las más simpáticas hasta las más aterradoras y brutales. 
Entre las últimas –mis preferidas- brilla la del malogrado actor Heath Ledger (1979-2008), quien el martes 22 de enero de 2008, aproximadamente a las 14:45 horas, tiempo local, fue encontrado muerto en su departamento del número 421 de Broome Street, en el barrio del Soho, en Manhattan, Nueva York. Se ha especulado incansablemente sobre las causas de su deceso. Depresión y suicidio son las más notables. Pero se mantendrá vivo gracias a su obra. Recibió el prestigiado premio Oscar de manera póstuma por su interpretación como el Guasón en la segunda película de la saga de Christopher Nolan. Un alumno me preguntó si prefería al Guasón que encarnó Jack Nicholson (Tim Burton, 1989) o al del desaparecido Ledger, y sobre la validez de hacer nuevas versiones de una historia. Respondí que cada generación tiene el derecho de reinventar a sus clásicos y que son dos visiones actorales distintas sobre un personaje memorable, como igualmente entrañables son los Dráculas que personificaron Bela Lugosi, Christopher Lee y Gary Oldman. El crítico de cine Gustavo García describió al Guasón de Nicholson como un “vándalo estético”, más en deuda con la intención original de Kane y Finger y la oscuridad de los primeros años de Burton. El de Ledger se nutre del enfoque sombrío y profundamente psicológico de novelas gráficas como La broma asesina y El Asilo Arkham, pero sobre todo de la visión de un cineasta talentoso que apuesta por el realismo y por contextualizar las hazañas de un héroe del cómic a una época donde el crimen, la violencia interpersonal y la sed de justicia son preocupaciones de cada día. El Guasón de Ledger es un criminal despiadado, sin ataduras. “No tienes nada con qué amenazarme”, advierte al héroe. Su único objetivo es el caos y poner en jaque a un gobierno que durante décadas alimentó al monstruo que ahora es incapaz de combatir. “No se trata de dinero, sino de enviar un mensaje”, reconoce. Eso me recuerda la interminable ola ejecuciones del narcotráfico reseñadas diariamente en los medios de comunicación. El Guasón de Ledger advierte algo aterrador por certero: “la locura es igual que la gravedad, sólo necesita un pequeño empujón”.


martes, 8 de febrero de 2011

Cuatro motivos para no odiar a la BBC

El malestar que en muchos produjeron los comentarios de los conductores de un programa de la British Broadcasting Company es más grande de lo que pensé. El incidente, casi un conflicto internacional –Radio educación promovió un boicot al que renunció pues le eran indispensables muchos de sus contenidos-, me recuerda la tendencia que tenemos a generalizar. Las opiniones expresadas en Top Gear no representan a toda la cadena, mucho menos al pueblo inglés, en el mismo sentido que no todos los servidores públicos –pues como saben trabajo para el gobierno de esta ciudad- somos corruptos, ni todos los conductores del trasporte público son unos cafres descorteces. A la BBC, empresa pública fundada en 1922, siempre tendré una especial estima. Sus programas, todos de una producción impecable, están dirigidos a un público sensible e inteligente. En lo que nos concierne, la fantasía y el horror, mencionaré algunos ejemplos que bien pueden disminuir –incluso desaparecer- cualquier malestar.

1. La adaptación de El sabueso de los Baskerville (David Attwood, 2002), con Richard Roxburgh (el Drácula de Van Helsing y el Moriarty de La liga extraordinaria) como Sherlock Holmes, el príncipe de los detectives. Algo digno de celebrarse, es que la BBC ha adaptado incontables obras literarias inglesas, con respeto a la fuente original y los mejores valores de producción. A este esfuerzo siguió Sherlock Holmes y el caso de las medias de seda (Simon Cellan Jones, 2004), ahora con Rupert Everett (el amigo gay de Julia Roberts en La boda de mi mejor amigo) como Holmes. La aparición del actor Ian Hart (el profesor Quirrell de Harry Potter y la piedra filosofal) como el Dr. Watson os permite verlas como una serie. Esta película, escrita también por Alan Cubitt, no está basada directamente en un relato de Arthur Conan Doyle y contiene un detalle curioso: al detective le obsequian un ejemplar de Psicopathia sexualiis, el libro canónico sobre desviaciones sexuales de Richard von Krafft-Ebing, pieza importante en la resolución del misterio.
2. La película El extraño caso de Sherlock Holmes y Arthur Conan Doyle (Cilla Ware, 2005), una historia conjetural sobre los eventos que llevaron a Arthur Conan Doyle (Douglas Henshall) –abrumado por la fama, la muerte de su padre, la enfermedad de su esposa y la necesidad de explorar otros territorios- a asesinar a su personaje más notable. Selden (Tim McInerry), un misterioso biógrafo, lo ayuda a enfrentar sus demonios y a sanar el hueco en su corazón, con el resultado más afortunado para todos: El sabueso de los Baskervilles, la resurrección de Sherlock Holmes. Uno de los muchos aciertos de la cinta es la aparición de Joseph Bell (Brian Cox, magnífico), mentor y maestro de Doyle en sus días de estudiante y modelo más fuerte en la creación de su personaje, y las continuas alusiones a Sydney Paget, ilustrador de cabecera de las mejores aventuras de Holmes.
3. La serie de televisión Jekyll (2007), escrita por Steven Moffat y basada en el clásico de Robert Louis Stevenson. En nuestros días, Tom Jackman (James Nesbitt, brillante) es un médico prominente, un feliz padre de familia y un descendiente directo del Dr. Henry Jekyll que no puede escapar de los lazos familiares. Tampoco de una malvada empresa de biotecnología (Klein and Utterson, en un homenaje a un importante personaje del relato original) que busca apoderarse de sus secreto. Lo más destacado es que, sin una pizca de maquillaje, el protagonista logra un desdoblamiento convincente, como lo hiciera en su momento John Barrymore en la adaptación silente de la novela. Y no pierdan de vista a un personaje importante en la trama: el propio Stevenson.
4. La serie de televisión Whitechapel (2009), una ingeniosa puesta al día de los crímenes de Jack el destripador. La historia de Ben Court y Caroline Ip pone en duda la capacidad de la policía contemporánea, con todos sus avances metodológicos y científicos, para atrapar a un asesino semejante. Acaba de estrenarse una segunda temporada, ahora basada en la carrera delictiva de los gemelos Reggie y Ronald Kray, dos figuras prominentes del mundo criminal de los años 60.

Lo mejor es que en unos días, como somos una sociedad sin memoria, todo se habrá olvidado. Y al final, al que le quede el saco, que se lo ponga.

lunes, 12 de julio de 2010

Ficción y realidad

El pulpo Paul habló. Ganó la selección española y el mundial de fútbol terminó.
Un lugar que parece común, al estudiar el tema que concierne a este blog que está por cumplir su primer año de vida –el horror y sus manifestaciones artísticas- es que la realidad supera a la ficción. Podemos comprobar esto cada vez que abrimos un periódico, con sus decapitaciones, la rampante crisis económica, los desastres naturales y la indolencia de la clase política, o cuando observamos la mirada vacía del niño que nos pide una moneda en un crucero. Esto me horroriza más que las historias de fantasmas, asesinos o vampiros –no los de la saga Crepúsculo- que tanto gozo. Puedo disfrutarlas con la seguridad de que al cerrar el libro o terminar la película el monstruo no podrá hacerme daño. Pero la realidad y la ficción a veces cruzan sus caminos. Lo pensé ayer que vi un capítulo del serial Cops, espécimen indispensable de la televisión noventera que abrió paso a numerosos programas de su tipo de nuestros días, como Las primeras 48 o Detectives médicos. Inolvidable fue su versión mexicana –Policías- por divertida e infame. Cops sigue -porque el programa continúa al aire- el patrullar de distintas corporaciones policíacas estadounidenses. La cámara documenta sus andanzas, con contundente realismo, desde riñas domésticas y robos hasta accidentes de tránsito y homicidios. Hago esta introducción pues esta emisión televisiva sirvió como vehículo a uno de los capítulos de la extinta serie de ficción Los Expedientes secretos X, otro popular hijo de los años noventa que todos recordamos. Para el anecdotario su creador, Chris Carter, es amigo íntimo de Matt Groening y Stephen King. Durante una noche los agentes federales Fox Mulder (David Duchovny) y Dana Scully (Gillian Anderson) seguían los pasos de un monstruo, en cuya descripción no se ponían de acuerdo los testigos, a través de las distintas llamadas de auxilio que atendían los heroicos miembros del departamento de policía de la localidad, que casualmente eran seguidos por Cops. El episodio, titulado apropiadamente X-Cops, seguía pues los avistamientos de la criatura, que eventualmente descubrimos es un ser que adopta la forma de los miedos de las personas, todo con la verosimilitud que le otorgaban los recursos narrativos del reality show. Este experimento no es nuevo. Conocemos muchos trabajos donde la pretensión de realismo nutre el juego de la fantasía. Hace unos meses hablé de la cinta Actividad paranormal (Oren Eli, 2007) y de sus antecedentes Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980), El Proyecto de la Bruja de Blair (Myrick y Sánchez, 1999) o la reciente Cloverfield (Reeves, 2008). Incluso el ya citado Matt Groening no resistió entrecruzar realidad y ficción cuando emuló los populares documentales Behind the music del canal musical VH1 y reelaboró la serie como Behind the laughter (Detrás de las risas). A través de ella narró la vida de su amarillenta familia Simpson, con sus excesos, virtudes, desencuentros y encuentros, justo como sucede en la vida real porque, afortunadamente, no todo es horror.

viernes, 26 de marzo de 2010

Loco como un sombrerero 2

Uno de los personajes más atractivos de las dos novelas sobre la pequeña Alicia, además de su protagonista, es sin duda el Sombrerero, calificado cómodamente de loco por la cultura popular. Esto no se debe a su más reciente encarnación, el astro norteamericano Johnny Depp, por quien todas las chicas –y algunos hombres- suspiran. Su forma de percepción de la realidad resume el absurdo y la crítica al espíritu lógico del hombre victoriano de las obras de Lewis Carroll.
El Sombrerero ha permeado a otras manifestaciones culturales. La historieta (o comic, si lo prefrieren) es una de ellas. Y no sólo me refiero a incontables adaptaciones de las novelas clásicas, sino al popular género de los superhéroes.
Los aficionados de Batman tienen presente a uno de sus más torcidos contrincantes, Jervis Tetch, el simpático obsesivo de los sombreros y la literatura victoriana –que apareció por vez primera en octubre de 1948 gracias a la imaginación de Bob Kane y Bill Finger- que evolucionó en un peligroso esquizofrénico paranoico que domina el control mental en tiempos recientes. Grant Morrison especula en su novela “Arkham Asylum, a serious house on serious earth” (1989) con su implicación en actos de pedofilia, acusaciones que persiguieron en su época –y siguen acechando- al propio Lewis Carroll.
Tetch es tal vez uno de los adversarios menos formidables del detective oscuro, pero ha demostrado ser uno de los más visitados y reinventados, tanto en novelas gráficas y videojuegos como en una popular, divertida e infame versión televisiva –la de Adam West- y sucesivos seriales de dibujos animados. Fue encarnado por el actor David Wayne en cuatro episodios en la década de los sesenta y su aspecto –pelirrojo, con unas espesas cejas negras y un bigote victoriano- reproducía el del impostor que suplantó la identidad de Tetch en el mundo de los comics por aquella época. Durante los noventas utilizó la voz del actor Roddy McDowell –el malvado Bibliófilo de la serie de los sesenta- en Batman, la serie animada y Las nuevas aventuras de Batman.
¿Podría ser el Sombrerero Loco un posible adversario de la tercera entrega de la revitalizada franquicia de Batman? ¿Los hermanos Nolan lo considerarían suficientemente atractivo para enfrentarlo a nuestro héroe? Si alguien lo sabe, responda mis dudas. Si no, echemos a volar la imaginación y hagamos predicciones…

sábado, 16 de enero de 2010

Elemental, Dr. Freud

Continúo con mi revitalizada euforia por Sherlock Holmes a pesar del reciente estreno de Zombieland (de la que hablaré posteriormente) y de los trágicos eventos en Haití. Los horrores de la ficción son más inofensivos que los de la vida real.
Hace muy poco releí la novela La solución al siete por ciento, escrita por Nicholas Meyer en 1975. Ediciones G. P., con el auspicio de Plaza y Janés, la publicó en 1978 bajo el título Elemental, Dr. Freud. La historia, alternativa a todas luces y presentada como un manuscrito inédito de John H. Watson, narra el encuentro de estos dos exploradores de las zonas oscuras del hombre, Holmes y Freud, y la lucha del primero por librarse de la terrible adicción que inició como un inocuo alivio contra el tedio y prácticamente lo ha consumido. En el proceso los dos personajes unen sus mentes y fuerzas para resolver un caso criminal. Sólo puedo etiquetar el texto de maravilloso, un homenaje respetuosísimo al estilo y vigor de Arthur Conan Doyle. Dicha historia fue trasladada al cine en 1976 con similar resultado por Herbert Ross, con Nicol Williamson como Holmes, Robert Duvall como Watson, sir Laurence Olivier como el profesor Moriarty y Alan Arkin como Sigmund Freud. Hace un par de años, como un ejercicio dramático (también de ocio), adapté la historia en un intento -hasta ahora- nunca llevado a cabo de trasladarla a los escenarios. He aquí un fragmento, ejemplo de la forma en que la ficción nutrió a la realidad y modificó para siempre la percepción sobre el ser humano.
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Escena 4. Transición. Viena, Suiza. El ladrido de Toby, un sabueso, que corre agitado. Sherlock Holmes lo lleva por la correa. Les sigue el Dr. Watson.

Holmes.- ¡Bien hecho, Toby, muchacho! ¡Eso es, sigue así! Nunca dejará de sorprenderme la capacidad olfatoria de nuestro amigo, Watson.
Watson.- Cierto, Holmes. Sus lectores le adoran.
Holmes.- Nunca perdió el rastro. Ni en el ferrocarril, ni en el vapor, ni en el carruaje.
Toby se detiene frente a una casa y ladra insistentemente.
Holmes.- ¿Es aquí, muchacho?
Más ladridos.
Holmes.- La paciencia rinde frutos Watson. Encontramos a nuestra presa.
Watson.- ¿Aquí se esconde Moriarty?
Holmes.- Es el lugar ideal para una mente criminal de su calibre. Un edificio pequeño, discreto, pero atractivo.
Watson.- ¿Y ahora qué hacemos?
Holmes.- Lo mejor es siempre la acción frontal. Llamemos a la puerta.
Holmes hace sonar una campanilla. Un instante después abre la puerta una doncella.
Doncella.- A sus órdenes.
Holmes.- Somos los señores Sherlock Holmes y John Watson. Buscamos al profesor Moriarty.
Doncella.- Síganme por favor, caballeros. Permítanme encargarme de su mascota. Le daré de comer y beber.
Watson.- Gracias.
Holmes.- Bien, Watson. ¿Qué piensas de esto?
Watson.- No pienso nada.
Holmes.- Y sin embargo es obvio, obvio, aunque increíblemente diabólico. ¿Tomaste precauciones?
Watson.- Traigo mi pistola aquí mismo, Holmes.
Holmes.- Bien, mantente alerta. Es posible que la necesitemos.
Doncella.- Pasen al estudio, por favor. El doctor les recibirá en un momento.
Ambos entran a un estudio. Unos instantes después aparece un hombre con barba, que viste un traje oscuro con una cadena dorada que pende de su chaleco.
Freud.- Buenos días, Herr Holmes. Los estaba esperando.
Holmes.- Puede quitarse esa barba ridícula, Moriarty. Y no use ese acento de cómico de opereta. Se lo advierto, es mejor que confiese o le irá muy mal. ¡El juego ha terminado!
Freud.- No me llamo Moriarty. Mi nombre es Sigmund Freud.
Holmes.- (Enmudece, incrédulo) ¿Usted no es el profesor Moriarty? Pero él estuvo aquí. Toby nunca se equivoca. ¿Dónde está ahora?
Freud.- En un hotel, creo.
Holmes.- (Medita un instante y se vuelve hacia Watson) Tú. ¡Judas! Me has entregado a mis enemigos. Espero que te recompensen bien por todas las molestias que te he causado.
Watson.- (Molesto) ¡Holmes, cómo se atreve siquiera a insinuar eso!
Holmes.- Soy yo y no tú el que debe indignarse. Sin embargo, no seamos tan sutiles. Reconocí tus huellas la otra noche frente a la casa de Moriarty, y me di cuenta que llevabas una maleta pesada, como si fueras a salir de viaje, por largo tiempo. Sólo quiero saber qué planeas hacer ahora, que me tienes en tu poder.
Freud.- Si me permite una palabra, Herr Holmes, creo que está cometiendo una grave injusticia con su amigo. Él no lo trajo hasta aquí para causarle ningún daño. Y en lo que respecta al profesor Moriarty, el doctor Watson y su hermano Mycroft le pagaron una considerable suma para que viajara hasta aquí, con la esperanza de que usted lo siguiera hasta mi puerta.
Holmes.- ¿Y por qué hicieron tal cosa?
Freud.- Porque estaban seguros de que era la única manera en la que podían inducirlo a que me viera.
Holmes.- ¿Y por qué estaban tan ansiosos de que eso ocurriera?
Freud.- ¿Qué razón se le ocurre a usted? Vamos, soy un devoto lector de sus casos y acabo de ver una pequeña muestra de sus sorprendentes facultades. ¿Quién soy? ¿Y por qué están tan ansiosos sus amigos de que nos conociéramos?
Holmes.- Además del hecho de que usted es un brillante médico judío nacido en Hungría, que estudió durante algún tiempo en Paris, y de que algunas teorías suyas, muy radicales, han alienado a la respetable comunidad médica a tal punto que usted ha llegado a cortar relaciones con varios hospitales y sociedades, además del hecho de que como resultado ha dejado de ejercer su profesión, poco puedo deducir. Está casado, posee sentido del honor, le gusta jugar a las cartas, leer a Shakespeare y a un autor ruso cuyo nombre no soy capaz de pronunciar. Poco puedo decir que sea de interés.
Freud.- ¡Magnífico!
Holmes.- Nada fuera de lo común. Sigo esperando una explicación por este intolerable ardid, si es que fue un ardid. El doctor Watson le puede decir que es muy peligroso que me aleje de Londres. Mi ausencia genera en las clases criminales una excitación poco saludable.
Freud.- Sin embargo, me gustaría saber cómo adivinó esos detalles de mi vida con una exactitud tan sorprendente.
Holmes.- Yo nunca adivino. Es un hábito terrible que destruye la capacidad lógica. Un estudio privado es el lugar ideal para observar las facetas del carácter de un hombre. Que el estudio le pertenece, exclusivamente, es evidente por el polvo. Ni siquiera se le permite entrar a la doncella, o no se habría atrevido a dejar que se llegara a ese punto.
Freud.- Fascinante. Siga, por favor.
Holmes.- Cuando a un hombre le interesa la religión, y posee una muy buena biblioteca, por lo general guarda todos los libros sobre el tema en un solo lugar. Sin embargo, sus ediciones del Corán, la Biblia en la edición del Rey Jaime, el Libro de los Mormones, y varias otras obras de naturaleza similar están separadas -del otro lado, en realidad-, de sus elegantes ediciones del Talmud y la Biblia en hebreo. Éstas, por lo tanto, no son parte de sus estudios simplemente, sino que tienen alguna importancia especial. ¿Y cuál podría ser, excepto que usted es de la fe judía? El candelabro de nueve brazos sobre su escritorio confirma mi interpretación. Se llama Menorah, ¿no? Ahora bien. Sus estudios en Francia se infieren por la gran cantidad de obras médicas que posee en francés, incluyendo un número importante de alguien llamado Charcot. La Medicina ya es compleja por sí misma para que se estudie en un idioma extranjero por diversión. Además, el hecho de que estos volúmenes estén gastados habla claramente de las muchas horas que ha pasado leyéndolos. ¿Y adónde más podría un estudiante alemán leer textos de Medicina en francés, si no en Francia? Es más aventurado, pero el hecho de que estén tan gastadas esas obras de Charcot –cuyo nombre parece contemporáneo- me hace sugerir que él fue su propio mentor; o si no, sus libros tienen una atracción especial, relacionada con el desarrollo de sus propias ideas. Puede darse por sentado que sólo una mente brillante podría penetrar los misterios de la Medicina en una lengua extranjera, para no decir nada del hecho de que se ocupe de tal amplitud de temas, como demuestran los libros de esta biblioteca. Que lee a Shakespeare se deduce del hecho de que el libro haya sido puesto al revés. Es imposible no notarlo en medio de la literatura inglesa, pero el que no lo haya arreglado me hace pensar que sin duda intenta volver a sacarlo en un futuro cercano, lo que me lleva a pensar que le gusta leerlo. Debe sentirse halagado Watson, aquí hay varios de sus libros –Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, El sabueso de los Baskerville-. Y con respecto al autor ruso...
Freud.- Dostoievski.
Holmes.- Dostoievski... la falta de polvo en el libro, que también falta en Shakespeare, incidentalmente, proclama su interés por él. Que es médico es obvio, ya que veo su diploma en aquella pared. Que ya no ejerce la Medicina es evidente por su presencia aquí en casa en la mitad del día, y no hay aparente ansiedad de su parte por cumplir un horario. Su separación de varias sociedades está indicada por esos espacios en la pared, que claramente están destinados a exhibir otros certificados. El color de la pintura allí es algo más oscuro, en pequeños rectángulos, y una silueta trazada por el polvo revela que estaban ocupados. Ahora bien, ¿qué puede obligar a un hombre a quitar los testimonios de sus éxitos? Creo que el que haya dejado de estar afiliado con todas esas sociedades. ¿Y por qué hacerlo, ya que alguna vez se molestó en relacionarse con ellas? Es posible que se haya desengañado de una o dos, pero no probable que se haya decepcionado de todas, y al mismo tiempo. Por lo tanto, llego a la conclusión de que fueron ellas quienes se desengañaron de usted, doctor, y le pidieron que renunciara como miembro. ¿Y por qué iban a hacer tal cosa, y simultáneamente, según atestigua la pared? Usted sigue viviendo plácidamente en la misma ciudad donde todo esto ha sucedido, por lo que alguna posición que ha tomado usted –evidentemente profesional- lo ha desacreditado ante sus ojos y como reacción ellas –y todas ellas- le han pedido que se vaya. ¿Cuál puede ser esta posición? No tengo idea, pero su biblioteca, como hice notar anteriormente, evidencia una mente de gran alcance, inquisitiva y brillante. Por eso me tomo la libertad de postular alguna especie de teoría radical, demasiado avanzada o escandalosa para ser aceptada de inmediato por el pensamiento médico actual. Posiblemente la teoría está relacionada con la obra de Monsieur Charcot, que parece haberlo influenciado. Aunque eso no es seguro. Su matrimonio sí lo es. Está claramente proclamado por el anillo de su mano izquierda, y su acento balcánico sugiere Hungría o Moravia. No sé si he omitido algo de importancia en mis conclusiones.
Freud.- Dijo que poseía sentido del honor.
Holmes.- Espero que lo posea. Lo inferí del hecho de que se preocupara en quitar las placas y testimonios de esas sociedades que han dejado de reconocerlo. En privado, en su propia casa, podría haber permitido que siguieran en el mismo lugar.
Freud.- ¿Y mi amor por los naipes?
Holmes.- Ah, ese es un punto que requiere mayor sutileza, pero no voy a insultar su intelecto describiendo cómo llegué a esa conclusión. Ahora, le pido que me diga por qué he tenido que venir hasta aquí para verlo. No fue simplemente para una demostración tan elemental como la que acabo de hacer.
Freud.- Le pregunté antes qué pensaba usted que lo había causado.
Holmes.- No tengo la menor idea. Si está en dificultades, dígalo, y haré lo que pueda para ayudarlo.
Freud.- Entonces es usted el que está siendo ilógico. Como ha deducido tan hábilmente, yo no estoy en dificultades. Y como ha señalado también, el método que se usó para traerlo no fue nada ortodoxo. Está claro que no creíamos que usted viniera por propia voluntad. ¿No le sugiere nada eso?
Holmes.- Que yo no hubiera querido venir.
Freud.- Precisamente. ¿Y por qué? No porque temiera que le causáramos algún mal. Yo podría ser su enemigo, incluso el profesor Moriarty podría serlo también. Incluso, perdóneme, el doctor Watson. ¿Pero es probable que su hermano se uniera a nosotros? ¿Es probable que todos estemos unidos en contra de usted? ¿Con qué propósito? Si no es para hacerle mal, tal vez sea para hacerle bien. ¿No había pensado en eso?
Holmes.- ¿Y qué bien podría ser?
Freud.- ¿No se lo imagina?
Holmes.- Nunca imagino nada. Y no puedo pensar ahora.
Freud.- ¿No? Entonces, es usted quien no está siendo sincero, Herr Holmes. Porque usted padece un abominable vicio, y prefiere insultar a sus amigos, que se han unido para ayudarlo a que se libere de ese yugo, antes de admitir su propia responsabilidad. Me decepciona, señor. ¿Éste es el Sherlock Holmes de quien tanto he leído? ¿El hombre que he llegado a admirar no sólo por su cerebro sino también por su caballerosidad principesca, su pasión por la justicia, su compasión por el que sufre? No puedo creer que esté tan sojuzgado por el poder de la droga que, en el fondo de su corazón, se niegue a reconocer su dificultad al mismo tiempo que su hipocresía al condenar a sus fieles amigos que, sólo por el amor a usted y su preocupación por su bienestar, se han molestado tanto.
Holmes.- (Guarda silencio, luego su voz se quiebra) Soy culpable de ello. No tengo excusa. Pero en lo que se refiere a ayuda, deben olvidarse de ello. Estoy en las garras de esta enfermedad diabólica, y debo consumirme. No traten de convencerme. No deben hacerlo. He recurrido a toda mi fuerza de voluntad para liberarme de este horrible hábito, y no he podido hacerlo. Y si yo, utilizando toda mi resolución, no puedo triunfar, ¿qué posibilidad tiene usted? Una vez que un hombre da un paso en falso, sus pies se encaminan para siempre por el sendero de la destrucción.
Freud.- Sus pies no se encaminan inexorablemente por ese camino. Un hombre puede darse vuelta y abandonar ese sendero, aunque eso requiere ayuda. El primer paso no es necesariamente fatal.
Holmes.- Siempre lo es. Ningún hombre ha hecho lo que dice usted.
Freud.- Yo lo hice.
Holmes.- ¿Usted?
Freud.- He tomado cocaína y estoy libre de su poder. Si me permite, lo ayudaré a liberarse también.
Holmes.- No puede hacerlo...
Freud.- Puedo hacerlo.
Holmes.- ¿Cómo?
Freud.- Llevará tiempo, y no será fácil. He dispuesto que se queden en mi casa, como mis huéspedes, mientras dure su recuperación. ¿Le agrada eso?
Holmes.- ¡Es inútil! ¡En este momento me domina la horrenda compulsión!
Freud.- Puedo detener esa ansiedad... por un tiempo. Siéntese, por favor. ¿Sabe algo acerca del hipnotismo?
Holmes.- Algo. ¿Se propone hacerme ladrar como un perro y que me arrastre a cuatro patas?
Freud.- (Ríe) Si coopera, si confía en mí, puedo disminuir sus deseos por la droga por un tiempo. La próxima vez que se ejerza su atracción, lo volveré a hipnotizar. De esta forma, reduciremos de manera artificial su necesidad hasta que la química de su cuerpo complete el proceso. ¿Está de acuerdo?
Holmes.- (Asiente con un gesto)
Freud.- Bien. (Se coloca frente a él, saca el reloj de su chaleco y comienza a balancearlo ante los ojos de Holmes) Quiero que se siente derecho y mire fijamente el reloj.
Unos instantes después, Holmes queda dormido. Freud se vuelve inmediatamente hacia Watson.
Freud.- ¡Rápido! Debemos revisar todas sus pertenencias.

Transición.