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viernes, 20 de abril de 2012

Hundimiento y resurrección de Bram Stoker

Hoy se cumplen 100 años de la entrada a la inmortalidad de Bram Stoker. Entre muchas ficciones interesantes, ensayos de interpretación histórica, su labor en la escena teatral de su tiempo, brilla su obra más reconocida, Drácula (1897), novela a la que debo mucho y que forma ya parte de los clásicos de la literatura universal. La Revista de la Universidad de México, dignamente encabezada por Ignacio Solares, dedica una parte de su número 98 -el de abril de este año- al autor irlandés. La publicación me ofreció el honor de ser parte de este homenaje con un par de escenas de El hombre que fue Drácula, al lado de mi amigo y mentor Vicente Quirarte, quien me dio el permiso para reproducir su tributo a uno de tantos escritores cuya admiración nos hermana. Que lo disfruten.
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Hundimiento y resurrección de Bram Stoker

Vicente Quirarte

  

…el ingenioso Bram Stoker, quien creó varias impactantes concepciones horroríficas en una serie de novelas cuya pobre técnica tristemente disminuye su efecto real. La madriguera del gusano blanco, sobre una gigantesca entidad primitiva que acecha en la cripta de un viejo castillo,  arruina una magnífica idea debido a un desarrollo casi infantil. La joya de las siete estrellas, que trata acerca de una extraña resurrección egipcia, está escrita con mejor estilo. Pero la mejor de todas es Drácula, que se ha convertido casi en modelo de explotación moderna del temible mito del vampiro. El Conde Drácula, un vampiro, acecha en un horrible castillo de los Cárpatos, pero finalmente emigra a Inglaterra con la intención de poblar el país de otros vampiros. La manera en que un caballero inglés se enfrenta al horror de Drácula, y cómo el mortal plan de dominación es finalmente derrotado, son elementos que se unen para formar una historia que actualmente tiene un lugar justamente ganado en las letras inglesas.
Howard Phillips Lovecraft

Casi la medianoche del domingo 14 de abril de 1912 en el Océano Atlántico. Sobre un mar de  tranquilidad inverosímil, la criatura movible más grande creada por el hombre impactó lateralmente contra un témpano. En diez segundos, ese otro gigante que había tardado siglos para formarse y tres meses en llegar desde Groenlandia a la inesperada cita, hirió de muerte al Titanic. Su rápido, majestuoso y trágico hundimiento en que se pusieron a prueba virtudes y defectos de la especie humana, daba comienzo a una suma de historias que este 2012 alcanzan un siglo de existencia.
Al igual que otros lectores conmocionados por el hecho, Florence Balcombe entró a la habitación de enfermo de su esposo, Bram Stoker, para comunicarle la noticia que habría de ocupar las páginas de los periódicos de un mundo que reducía sus distancias gracias al cable trasatlántico. Los diarios mexicanos, que dedicaban sus titulares a los encarnizados combates entre zapatistas y tropas federales, recibieron la noticia a las 7:15 de la noche del 15 de abril. En su edición del día siguiente, El Imparcial publica en la parte inferior izquierda: “Una inmensa catástrofe marítima llena de luto al mundo entero”. Y el 17, a ocho columnas: “El naufragio del Titanic es el más espantoso que registra la Historia”.
El 20 de abril, una semana después del hundimiento, Bram Stoker se sumergía en otra forma del sueño. El certificado médico proporcionaba tres causas de muerte: “Ataxia locomotora de seis meses, riñón contraído. Fatiga”. Otras versiones dicen que de sífilis terciaria. Si así hubiera sido, la naturaleza hubiera imitado nuevamente al arte. Los enfermos de ese mal veían sus dientes adelgazarse, particularmente los caninos, razón por la cual Stoker hubiera tenido un aspecto físico semejante al monstruo que le concedió, como al Titanic, una forma de inmortalidad.
Así como el discípulo supera y a veces termina por borrar al maestro, las grandes creaciones adquieren vida más autónoma y perdurable que la de su creador. Sucede con Don Quijote, Moby Dick o Frankenstein, y así ocurre en el caso del irlandés Bram Stoker. Autor de casi 16 libros de ficción, biografía, estudios folklóricos e interpretación histórica, la posteridad lo conoce como el autor de Drácula, aunque en el instante de su muerte no lo señalaron así los obituarios. La mayor parte de ellos ensalzaba el noble trabajo llevado a cabo por el ejemplar gerente del Lyceum en beneficio del teatro. El Times trazó una ligera pincelada del Stoker más familiar para sus futuros lectores al subrayar que era “el maestro de una particularmente fantástica y aterradora forma de ficción”.
Del mismo modo en que su contemporáneo Arthur Conan Doyle debe su prestigio a las aventuras de Sherlock Holmes y no a las obras históricas por las cuales quería pasar a la posteridad, la fama de Stoker proviene de haber sido el hombre que escribió Drácula, expresión formulada por uno de sus primeros biógrafos.[1] Desde su publicación en 1897, la novela nunca ha dejado de estar en circulación y se suceden nuevas ediciones. Sin embargo, sólo hasta 1983 abandonaría el terreno marginal de la literatura sensacionalista para ingresar en los clásicos de la Universidad de Oxford.
Abraham Stoker, tercer hijo de una familia de siete hermanos, nació el 8 de noviembre de 1847 en Clontarf, población costera cinco kilómetros al norte de Dublín, y donde el rey Brian Boru se enfrentó y venció a los invasores daneses en 1014. La familia se había trasladado allí para huir de las emanaciones malsanas de la capital irlandesa. De su padre Abraham, servidor público en el castillo de Dublín, el niño Stoker heredaría la mística por el trabajo administrativo y el amor al teatro. De su madre, Charlotte, la tenacidad y la pasión por las tradiciones irlandesas: además de criar una numerosa familia de siete hijos, se dio tiempo para realizar una labor social impresionante: apoyó escuelas para sordomudos, bajo el argumento de que las había en otros países europeos; defendió a las mujeres trabajadoras y el derecho que tenían a ser capacitadas.       
El año de la llegada de Bram al mundo fue en muchos sentidos dramático. Una serie de misteriosas fiebres atacaron a la niñez, y nuestro futuro autor fue uno de los más afectados. Hasta los siete años, permaneció la mayor parte del tiempo en cama, mirando a través de la ventana el mar y los navíos que habrían de desempeñar un papel fundamental en su obra. Por otro lado, escuchaba constantemente hablar sobre dos enemigos que se cernían sobre su país: el cólera y el hambre. El futuro autor de Drácula  nació en medio de una crisis agrícola sin precedentes, circunstancia que llevó a numerosos irlandeses a buscar fortuna en América. Varios de esos emigrantes formarían el Batallón de San Patricio, que combatió y murió del lado mexicano en la guerra contra Estados Unidos, de 1846 a 1847, año este último del nacimiento de Bram.
Sus largas permanencias en cama eran compensadas por leyendas y sucesos reales contados por su madre. Charlotte tenía 14 años cuando atestiguó la epidemia de cólera que diezmó a la población del Oeste de Irlanda. Tales experiencias, que Bram solicitó a su madre por escrito, fueron el germen de su historia “The Invisible Giant” y posteriormente de algunas de las páginas más dramáticas de Drácula.  Las vivencias del cólera deben haber impresionado al niño y después al adulto, que indirectamente las trasladó a su novela mayor. La angustia de la población por vencer a la plaga recuerda la de los personajes de Stoker para enfrentarse al mal inoculado por el vampiro.
La llegada del cólera como una enfermedad letal e imprevisible, el temor anyte ante ese mal que hizo retroceder a la orgullosa Europa en proceso de industrialización a las tinieblas de la Edad Media, traen a la mente la llegada del Demeter, sobre todo en los Nosferatu de  Murnau y Werner Herzog, cuando el velero –siniestramente silencioso en ambas películas- llega a Occidente con su  carga de muerte para fecundar a los fantasmas tangibles del horror:

En los días de mi temprana juventud, el mundo se vio seriamente conmovido ante el terror de una nueva y terrible plaga, la cual iba sembrando desolación en todos aquellos lugares por los que pasaba. Mostraba tal regularidad en sus avances, que la gente podía muy bien decir dónde iba a aparecer luego y hasta casi el día en que era de esperársele…Contribuían a acentuar sus horrores lo extraño y misterioso de su contacto, así como el anhelo del hombre de contar con la experiencia o el conocimiento acerca de su naturaleza, cuando no la mejor forma de resistir sus ataques.

De tal manera, los primeros años de Bram estuvieron marcados por fantasmas  y supersticiones. Pero también por el pasado heroico de la historia irlandesa, en el cual siempre creyó y cuya huella es perceptible en varios de los libros por él escritos. Como si su naturaleza se rebelara contra la debilidad de los primeros años, el Bram que entra en la pubertad alcanza un desarrollo físico impresionante. Ingresa a Trinity College, donde también habrá de estudiar Oscar Wilde, participa en actividades estudiantiles, es un magnífico nadador, un gran caminante, jugador de rugby, y obtiene medallas en historia y composición. Así se describe en su juventud: “Mido seis pies y dos pulgadas…soy feo pero fuerte y determinado y tengo una gran protuberancia encima de las cejas. Tengo una mandíbula sólida, boca grande y labios gruesos, nariz sensitiva y pelo fuerte”.
Comienza a cortejar a Florence Balcombe, considerada por muchos “la mujer más hermosa de su tiempo”. Wilde fue uno de sus pretendientes. Florence eligió finalmente a Bram, por considerar que su talento literario lo llevaría más lejos. La amistad entre Wilde y Stoker fue intensa y duradera. De acuerdo con un testimonio, el primero recibió su visita y su ayuda económica cuando vivía, olvidado de todos y bajo  un nombre falso -Melmoth- en el ajado Hotel Alsace de París, donde moriría en 1900. Casi al mismo tiempo que su relación con Florence, Stoker conoció a otra de las figuras capitales de su vida. Admirador permanente del teatro, comenzó a escribir reseñas. Una de las más entusiastas fue la dedicada al actor Henry Irving (1838-1905), quien quedó gratamente impresionado y quiso conocer al joven. El primer encuentro tuvo lugar en el Hotel Shelbourne de Dublín. Sin saberlo entonces el crítico, daba inicio una vampirización que duraría hasta la muerte del actor. Irving era un hombre de personalidad arrolladora, y su intención era lograr que el teatro fuera tan importante y respetable como el Derecho o la Medicina. Para lograrlo necesitaba a una persona joven, emprendedora y organizada, que pudiera llevar sus asuntos. El candidato ideal era Stoker. Al igual que el futuro Drácula encuentra en Jonathan Harker el vehículo para apoderarse del escenario llamado Inglaterra,  el actor reconoció en el joven a quien podía acompañarlo en su aventura: tener su propio teatro. Stoker fue administrador del célebre Lyceum, secretario fiel, confidente. Había ocasiones en que contestaba hasta cincuenta cartas diarias a los admiradores del maestro. Otra semejanza con la futura ficción: el vampiro ordenará a Harker el contenido de las cartas que debe mandar a sus destinatarios. Escribe no lo que quiere sino aquello a lo que se ve obligado. Es entonces cuando el segundo hace uno de sus descubrimientos más aterradores: el castillo de Drácula es una prisión y Harker es su prisionero.
La anterior es una entre muchas analogías. Florence y Bram contraen finalmente matrimonio. Al anunciar su deseo de ir en viaje de bodas, el todopoderoso se niega. La escena de la vida real evoca otra de Drácula: cuando las tres mujeres que junto con el vampiro habitan el castillo atacan a Harker, aquél las aleja con el grito, revelador y multívoco: “Este hombre me pertenece.”
Una de las representaciones más exitosas de Irving fue la que hizo de Mefistófeles en Fausto de Goethe. Tenía más de 250 actores en escena, efectos especiales y decorados bajo la supervisión personal de Stoker. Lo anterior, aunado al hecho de que el actor principal utilizara un traje rojo para su personaje, hicieron de la obra uno de los grandes acontecimientos del escenario inglés. De las fotografías de semejante representación, se conserva una de Irving en la cual tiene un extraordinario parecido con Bela Lugosi, el actor húngaro que, 19 años tras la muerte de Stoker, y con la supervisión personal de su viuda, habría de personificar a Drácula, primero en la obra teatral y luego en la más conocida versión fílmica dirigida por Tod Browning.
En 1887, Stoker acompaña a Irving en una exitosa gira por Estados Unidos. Al año siguiente, mientras en Londres tienen lugar las actuaciones del asesino de mujeres que firmaba Jack el Destripador, Irving estrena Macbeth, una de sus actuaciones memorables. El papel de Lady Macbeth será desempeñado por Ellen Terry, otra de las grandes figuras del escenario inglés.
Luego de la función, Irving continuaba siendo la figura central: en la parte posterior del teatro Lyceum estaba el Beefsteak Room, donde era obligatorio, para todo caballero que se preciara de serlo, haber estado alguna vez. Fue allí, de acuerdo con la leyenda, donde el profesor Arminius Vambery, de la Universidad de Budapest, reveló a Stoker algunos de los misterios de los vampiros que desde tiempos ancestrales existían en su natal Transilvania, que nuestro autor habría de transformar en emblema de la geografía literaria. Etimológicamente, la palabra significa “tras la selva”. Stoker nunca estuvo allí, pero su capacidad de soñador y de investigador lo llevó a conocer Transilvania con profundidad, sobre todo tras la lectura atenta del libro The Land Beyond the Forest de Emily Gerard. Todo parecía conducir a la novela que pensaba escribir sobre un vampiro, y que inicialmente llevaba el título The Un-Dead. (El No Muerto). Por fortuna, en el último momento su autor tuvo la lucidez para cambiarlo al siniestro y breve nombre propio Drácula, como habría de aparecer en 1897. 
Irving muere en 1905, tras una representación –al igual que Molière- colmado de gloria, pero arruinado económicamente.  Stoker lo veló con una lealtad sólo semejante a la del perro Fussie, el ser que gozaba de los mayores cuidados del gran solitario que fue Irving. Sus restos fueron depositados en la Abadía de Westminster,  espacio que el imperio destina a sus poetas, sus monarcas y sus guerreros. Stoker le sobrevive hasta 1912. Sus últimos años fueron difíciles. Su salud física y económica eran precarias y su temperamento se volvió más melancólico. Después de Drácula escribió otros diez libros. Uno de los más notables, por lo que dice lateralmente sobre su vida y su amo, fue Personal Reminiscences of Henry Irving.
En su libro sobre la vida Bram Stoker, el más actualizado y completo que existe, Barbara Belford[2] propone una lectura psicológica de la novela y la manera cómo el autor proyecta sus obsesiones y personajes. Desde su punto de vista, existen las siguientes correspondencias entre la ficción y la realidad: Drácula sería una representación del omipotente Henry Irving;  Van Helsing, que lleva el mismo nombre del padre de Bram, la figura protectora, sabia y generosa; Lucy Westenra, la belleza y la superficialidad de su esposa, Florence Balcombe; Jonathan Harker, el propio Stoker; Mina Harker, autónoma, pensante, una imagen de Charlotte, madre de Stoker.
Así como Drácula es el arquetipo del vampiro como príncipe de las tinieblas, Van Helsing, su Némesis, su antagonista, reúne las características completas del cazador de vampiros: sus armas no serán exclusivamente la estaca de madera y el martillo, herramientas tan ampliamente difundidas por el cine, sino una cultura amplia y profunda que le permita delimitar los alcances del vampiro y los modos de combatirlo. Doctor en numerosas disciplinas, con Van Helsing surge la figura del detective psíquico, oficio que habrá de lleva a su forma más completa Algernon Blackwood en su personaje John Silence, investigador de lo oculto.[3] El capítulo 18 de Drácula es uno de los más importantes porque en él Van Helsing revela a sus compañeros qué y quién es el enemigo contra el cual deben oponer sus respectivas armas. Como gran orquestador de la aventura, Van Helsing intuye que la debilidad del vampiro se halla en su soledad, así como su fuerza reside en que nadie cree en él.
Tanto los lectores contemporáneos como los posteriores han censurado a Stoker el excesivo sentimentalismo, las lágrimas y ayes que abundan en el libro. Cierto. El autor debía ser concesivo con el gusto de su tiempo. La reina Victoria llegó al trono cuando aún no cumplía los 20 años, y su gobierno se caracterizó por la entrega, la prudencia y la fuerza que utilizó con los suyos. Eran tiempos contradictorios, de esplendor y miseria, de nobleza e hipocresía. Los victorianos creían en los beneficios de la revolución industrial y los logros de la ciencia y la técnica, pero también, ante el ocaso de la religión, fueron devotos de lo oculto. En 1888, un rosacruz masón llamado William Wyne Wescott fundó la Sociedad Secreta The Golden Dawn, a la que no perteneció formalmente Stoker, aunque estaba al tanto de sus trabajos. Sí lo hicieron, en cambio, Constance Wilde, William Butler Yeats y Arthur Conan Doyle.  
Uno de los instantes más altos en la confrontación de los humanos con el vampiro -el otro, el ajeno, el exiliado- es que sólo la fraternidad y la unión son capaces de vencer al demonio. Sólo el amor vence al mal y sólo mediante él será posible “cruzar las aguas amargas antes de llegar a las dulces”. Para tal objeto, continúa Van Helsing, es preciso ser “valientes de corazón y despojarse de egoísmo”, porque la egolatría es el arma suprema y la perdición del vampiro. Lo anterior permite comprender que de la condición de amenazador pasa a la de amenazado. Van Helsing y sus aliados vencen al vampiro y demuestran, en la novela de Stoker, que el vampiro puede ser destruido. Lo vence, finalmente, el poder de las letras. Lo vence la mano de Mina Harker, que mediante la taquigrafía y la máquina de escribir –nuevas armas del imperio- reúne las piezas sueltas del discurso alucinante donde se arma la anatomía del vampiro. La mano femenina y frágil halla su brazo armado en Jonathan Harker, que hunde su cuchillo kukri –usado por el ejército británico en sus guerras colonialistas, inclusive en las Malvinas- en el cuerpo del ofensor de su honra.  
En términos generales, y teóricos, el vampiro es inmortal. Fiel a tal precepto, Stoker escribió una novela que pareciera tener semejante destino. El efecto que produce en sucesivos lectores e intérpretes es tan poderoso como la mirada del vampiro, capaz de dominar a sus víctimas inclusive a la luz del día y cuando yace en su ataúd.
Drácula es una obra para la inquietante lectura y para los eruditos que no dejan de hallar en ella nuevos significados. Una de sus virtudes mayores es que admite la relectura y no obstante el conocimiento del desarrollo y final de la trama, podemos volver a ella con sucesivos y nuevos estremecimientos. El lector que tiene la suerte de aventurarse por primera vez en la novela puede estar seguro de dos cosas: no podrá soltar el libro ni se atreverá a incorporarse de la cama para apagar la luz. El que emprende un nuevo viaje en compañía de Jonathan Harker, dotado de un arsenal intertextual y proveído de diversos códigos culturales, no se sentirá defraudado. Drácula fue escrita por Bram Stoker en un instante cuando el contenido latente era más poderoso que el contenido manifiesto. Sus enigmas son los de siempre: la muerte y las formas de retardarla. O de vencerla.
Afirma José Emilio Pacheco que todos conocemos la historia del Titanic pero todos queremos que nos la vuelvan a contar. De igual manera, podemos enumerar, aun sin haber leído la novela, las características generales de Drácula. De cada nueva historia o película de vampiros exigimos que nos cause un estremecimiento inédito o descubra un rincón desconocido de nuestros miedos. El Titanic no termina de hundirse, aunque se encuentre sumergido en las profundidades del Atlántico. Bram Stoker, al igual que su vampiro, no acaba de morir.
 




[1] Daniel Farson. The Man who wrote Dracula: A Biography of Bram Stoker. London, Michael Joseph, 1975.
[2] Belford, Barbara. Bram Stoker. A Biography of the Author of Dracula. New York, Alfred A. Knopf, 1996. A la misma autora se debe una biografía sobre Oscar Wilde. 
[3] Algernon Blackwood. John Silence, investigador de lo oculto. Traducción de Francisco Torres Oliver, Santiago García y Javier Sánchez García-Gutiérrez. Madrid, Valdemar, 2002. Para una evolución de la figura del cazador de vampiros, puede verse el libro de Peter Haining The Vampire Hunter´s Casebook. London, Warner Books, 1996.

domingo, 10 de octubre de 2010

Siete engranajes para accionar un mecanismo

La semana pasada tuve el privilegio de presentar el nuevo libro de Norma Lazo, El mecanismo del miedo. Ella, humilde en exceso y reticente a hablar ante sus admiradores, preparó este texto que nunca llegó a oídos de los asistentes al acto. Como una exclusiva, con el generoso permiso de la autora, helo aquí para todos ustedes. Constituye un vistazo a la génesis del libro. Que lo disfruten.
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Siete engranajes para accionar un mecanismo
Norma Lazo
  1. Una vieja casona digna de un escenario gótico. Cuando tenía seis años mi familia y yo nos mudamos a vivir a casa de mi abuela. Nadie nos dijo las razones detrás de esa decisión. Al parecer los negocios no andaban bien aunque en ese momento nos lo comunicaron como si se tratara de un juego. La vieja casona de mi abuela inflamó mi imaginación desde el primer día. Era una casa antigua con seis recámaras, techos altos —imposibles de ser alcanzados— y un palomar que se descascaraba con el tiempo. De esa etapa de mi vida empiezan mis primeros recuerdos de querer ser escritora. No tenía claro lo que significaba dedicarse a esta profesión, pero de manera instintiva lo convertí en algo ritual y en un secreto que no podría compartir con nadie más. En aquel momento sólo deseaba parecerme a los personajes que descubrí en las solapas de los libros que leía y que poco a poco me seducirían por completo.
  2. Una caja de libros sui generis. Antes de que mi familia llegara a vivir a casa de mi abuela ella tuvo una pensión para ayudarse económicamente. Para cuando nosotros llegamos solamente quedaba un pensionado que apenas veíamos: un hombre extraño que usaba los pantalones hasta el inicio de su diafragma. Pero no fue el único inquilino que pasó por ahí. En la recámara que fue de alguno de ellos encontré una caja de libros. Todos los títulos eran de literatura de horror. La caja de libros estaba destinada a la basura. Yo me empeciné en que debía ser mía. Después de hacer las clásicas promesas que hacen los niños para jamás cumplirlas después—me voy a portar bien, no pelearé con mis hermanos, haré mi tarea temprano, etcétera— me permitieron conservarlos. Pero no conté con que los libros acendrarían ciertos rasgos míos que más tarde me llevarían a constantes enfrentamientos con mis padres.
  3. Una lectura prohibida. Mis padres no tardaron en atar cabos entre mis pánicos nocturnos y aquella caja de libros. Sintieron curiosidad y los hojearon. En ese momento decidieron que no se trataba de una lectura para una niña de mi edad y amenazaron con tirarlos a la basura. Volví a hacer promesas falsas. Les dije que si ellos no los botaban yo ya no los leería. Me creyeron nuevamente. Así que la lectura se convirtió en algo prohibido. Nadie en la casa sabía que de noche, cuando ya todos dormían, yo continuaba abrevando de las historias macabras —y si no lograba dormir no importaba: siempre podía saltar a la cama de alguno de mis hermanos mayores que me hacían un espacio a su lado sin cuestionarme. Así terminé de leer los libros de aquella caja, por las noches, con la luz tenue de una lámpara y muerta de miedo.
  4. Un primer amor. El primer autor que me marcó y motivó mi vocación de escritora fue Edgar Allan Poe. Recuerdo un retrato suyo en la solapa de Historias Extraordinarias. Llevaba puesta una levita y yo pensé que se trataba de una capa. Fue entonces que decidí amarrarme una toalla en el cuello para parecerme a él. Me sentaba a trabajar en la Olivetti gris que mi madre acababa de comprar, con una jarra de té de manzanilla recién hecho al lado. No sé de dónde saqué semejante idea, pero como estaba segura de que Poe era oriundo de Inglaterra —y por lo tanto debía tomar té como hacen los ingleses— entonces yo también tenía que tomarlo para poder parecerme a él. Dejé el té y volví al café después de descubrir que Poe era estadounidense.
  5. La nostalgia por los temores infantiles. En esta época en la que los sucesos de violencia me rebasan y la realidad me duele cada vez más, empecé a extrañar las cosas fantásticas a las que les temía de niña: un habitante inesperado bajo la cama, cosas que burbujean en los armarios, juguetes que por las noches adquieren vida propia. Todas las noches sentía miedo. Debía dejar la luz prendida o tomar a mi abuela de la mano hasta quedarme dormida, como lo hacía Poe con Muddy, su nana. Pero siempre sabía que llegaría el amanecer y, con la luz del sol, todo volvería a la normalidad, así que mis temores desaparecían hasta que la noche llegaba nuevamente. Extraño aquella certeza que tenía de niña de que el sol iba a salir.
  6. La fascinación por el otro que es diferente, en este caso, el monstruo. Con los monstruos siempre tuve una relación ambivalente: me asustaban al mismo tiempo que me encantaban. Creo que no podía evitar ver en sus vidas un filo de la tragedia humana y rasgos de mí misma. Sin tener claro por qué, había algo que me hacía sentir compasión por algunos y admiración por otros. Si bien los monstruos me atrajeron de manera instintiva, hoy me atraen más porque siempre serán un comentario sobre la otredad, sobre aquello que nos es ajeno y, por lo tanto, tiene algo de nosotros mismos. Nuestro espejo. Nuestra sombras. Nuestros monstruos.
  7. Un ejercicio de memoria. Escribir El mecanismo del miedo también significó un ejercicio de memoria, que, como todos, está reconstruido con fantasías, mentiras, exageraciones y omisiones, aunque estemos seguros de que todo lo que decimos sea verdad. La caja de libros que hallé en casa de mi abuela se convirtió en una biblioteca enorme y especializada. Mi abuela, una mujer sencilla de creencias santeras que nunca terminó la primaria, se convirtió en una abuela culta que restauraba primeras ediciones de libros que se convirtieron en clásicos de terror. Mis temores abstractos de niña se volvieron recreaciones fieles de pasajes de libros que en aquella época consideré de lo más aterradores. La Olivetti nueva de mi madre se transformó en una vieja Olivetti portátil. Escribir es imaginar y echar mano de la memoria: somos lo que recordamos y un montón de espejos rotos que intentamos unir.

miércoles, 6 de octubre de 2010

El mecanismo se alimentó

Ayer por la noche tuve el gusto de ser uno de los “padrinos de presentación” del nuevo “hijo” de mi querida Norma Lazo. El escenario del acto fue el cine Lido del Centro Cultural Condesa y los testigos casi una centena de lúcidos lectores. Para todos los que no pudieron asistir, he aquí el texto que preparé para la ocasión.

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Alimentar el miedo
Roberto Coria

Compartir esta ocasión al lado de entrañables amigos que admiro en lo personal y profesional –Bernardo Fernández BEF y Alberto Chimal- y con todos ustedes, devotos de la literatura, escuchar la dramatización que hace unos momentos hizo la maravillosa Elena de Haro, son motivos de incontables satisfacciones. Como ya saben nos reúne la presentación oficial de la nueva novela de Norma Lazo, El mecanismo del miedo (Mondadori, 2010). Que su artífice me haya invitado para comentarla me llena de felicidad, no sólo porque nos hermanen obsesiones ni porque la aprecie profundamente, sino porque el libro es un triunfo para la imaginación y una valiosa aportación para todo el que se atreva a internarse en los territorios fantásticos. Si la literatura es la infancia recuperada a voluntad, como decía Baudelaire, la historia permite al lector retroceder a una época plena de inocencia donde lo maravilloso es posible. La vasta biblioteca de Doña Eduviges Berenguer –y a ella rindo toda la veneración del mundo- contiene títulos esenciales de mi primer educación sentimental con quienes inicié un romance que se fortalece día con día –El castillo de Otranto de Horace Walpole, El monje de Matthew Gregory Lewis, Frankenstein de Mary Shelley, La caída de la casa Usher de Edgar Allan Poe, El vampiro de John William Polidori, Drácula de Bram Stoker, Las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, Thanatopia de Rubén Darío y un enorme etcétera-. Entre sus volúmenes destaca, y tiene un lugar privilegiado en la trama, El Horla de Guy de Maupassant, estupendo descenso epistolar a la locura y el miedo. Si esta última, como aseguraba Howard Phillips Lovecraft, –cuya aportación al género la autora reconoce y celebra- es “la primera y más poderosa de las emociones humanas”, la autora plantea una clara división de las razones que lo producen en el individuo. En la dedicatoria que me ofreciste cuando me entregaste el libro, Norma, mencionaste la importancia del “miedo bueno en una época plagada de miedo malo”. El mecanismo del miedo tiene la virtud de disertar sobre esta urgencia en un momento donde decapitaciones, secuestros, ejecuciones y demás masacres dominan los titulares de los medios de comunicación y amenazan con insensibilizarnos. El miedo que produce la página impresa, al igual que el cine, la televisión o los videojuegos, nos permite experimentarlo de una forma sana y segura y, por qué no, disfrutarlo. En el libro este miedo asegura el equilibrio en nuestro universo y demuestra que el escritor de horror es tan importante, necesario y digno como un médico o un abogado. Como lúcidamente se preguntó Clive Barker, “¿por qué susurrar su nombre (del miedo)? Abracémoslo”.

La novela El mecanismo del miedo, ambientada en una época y un lugar reconocibles –he ahí otro de sus aciertos-, nos habla de la incapacidad de muchas personas para convivir con lo diferente, de los discursos de odio de figuras que deberían promover la convivencia armónica, de las atrocidades que históricamente se han cometido contra personas cuya única culpa era respetar su entorno. Todos debemos defender nuestra libertad de leer obras aunque muchos las asocien con la perversidad y la ignorancia. Podemos hacerlo con la certeza de que son metáforas que nos enseñan sobre la condición humana. El libro de Norma nos demuestra, como dijo un sabio, que “la razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia”. También nos habla sobre la congruencia y el respeto, sobre ser fieles a nuestra esencia. Confiesa la protagonista: “nunca me avergoncé de ser una bruja, ni renegué ni le di la espalda a mi linaje”. El suyo sin duda es un ejemplo a seguir.

Gracias, Norma Lazo, por escribir El mecanismo del miedo. Una entrañable amiga –que se encuentra en esta sala-, mujer madura y sensible que devoró el texto, me dijo que una noche, durante la lectura, escuchó los mismos ruidos que inquietaron a la heroína del libro, reunió valor para mirar debajo de su cama y al no conseguirlo tuvo que ir a dormir con su mamá por el miedo que le produjo. Sin duda éste no es sólo el mejor halago a tu creación, sino una ofrenda que tranquilizó a las sombras que viven del otro lado del espejo.
Remato con una pregunta inevitable: ¿cuándo entregarás a tus admiradores –entre quienes me sumo- una secuela?
Muchas gracias.

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Post scriptum

En su intervención, Bernardo Fernández BEF alabó la forma en que la novela atrapa a sus lectores, “los niños de la generación Wii no toleran un mal primer párrafo” y celebró el encanto del relato de horror: “los niños tienen el derecho inalienable de asustarse con lo que son capaces de imaginar”. Alberto Chimal recordó un pasaje de la historia donde una turba de padres iracundos reclama a la abuela de la protagonista por inducir a sus pupilos a leer relatos de miedo, “la imaginación no nos hace la vida más fácil, nos hace más humanos”. En la obligatoria ronda de preguntas y respuestas la autora habló de la evolución de los miedos del niño. Su resorte dramático fue un artículo periodístico, publicado cuatro años atrás, que revelaba que el principal temor de los infantes encuestados era ser secuestrados. A este respecto, y sobre aquello del “miedo bueno y miedo malo”, El mecanismo del miedo se permite incluir una subtrama que habla muy bien de la verdadera maldad y de la incomprensión de las personas hacia lo que no comprenden.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Para cerrar bien el mes

Una noticia afortunada para concluir satisfactoriamente el mes patrio: el próximo martes 5 de octubre de 2010, a las 19:00 horas, tendré el orgullo de presentar la nueva novela de mi amiga Norma Lazo, titulada El mecanismo del miedo. Compartiré ese honor con Bernardo Fernández BEF y Alberto Chimal, amigos, cofrades y entusiastas de la literatura fantástica. La cita será en la Librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económoca, en Tamaulipas 202 esquina Benjamín Hill, colonia Hipódromo Condesa, aquí en la Ciudad de México. La maravillosa Elena de Haro dramatizará epidosios del texto y habrá vino de honor. ¿Cómo resistirse? Allá nos vemos.