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lunes, 27 de enero de 2014

El ejemplo de José Emilio Pacheco

Ayer dejó de existir físicamente el laureado poeta, narrador, ensayista y traductor José Emilio Pacheco. Su aportación a las letras nacionales es invaluable y sólo aumenta el pesar por su partida. Uno de sus alumnos más aventajados y uno de sus amigos más entrañables es Vicente Quirarte, figura indispensable en este blog. Con su amable permiso reproduzco este retrato, como un humilde tributo a su genio y grandeza. Hace un rato escuché decir en la radio a su amada Cristina "me cuesta trabajo hablar en pasado de alguien tan presente en mi vida". Lo mismo podemos decir todos, aunque su legad es imperecedero.


El ejemplo de José Emilio Pacheco
Vicente Quirarte

En la página 45 de Las batallas en el desierto, uno de nuestros escasos libros clásicos que gozan de fama pero además de numerosos y cada vez más jóvenes lectores, José Emilio Pacheco hace el retrato de Carlos, ese niño héroe que se atreve a entrar en el más solitario de los combates. Cuando el psiquiatra lo interroga sobre aquello que más detesta, el personaje responde: “La crueldad con la gente y con los animales, la violencia, los gritos, la presunción, los abusos de los hermanos mayores, la aritmética, que haya quienes no tienen para comer mientras otros se quedan con todo; encontrar dientes de ajo en el arroz o en los guisados; que poden los árboles o los destruyan; ver que tiren el pan a la basura.”
Quien conoce la obra de José Emilio Pacheco o ha gozado el privilegio de su cercanía, puede hallar en las características anteriores un retrato del autor. La personalidad de Carlos, el niño que en su edad adulta tiene el valor de recordar, es un resumen de los valores defendidos por José Emilio Pacheco, esos que lo han llevado a construir una escritura que admite varias fraternidades pero al final nos deja con la sensación de estar ante un estilo que, por diversos motivos, hacemos inmediatamente nuestro. Mis alumnos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que para el curso Historia  y Literatura leyeron Las Batallas en el desierto, me agradecieron haber compartido con ellos la odisea de Carlos y no haber necesitado acudir a diccionario para descifrarla. Para un miembro del Colegio Nacional, que pertenece a tan alta institución por el modo cimero en que utiliza el lenguaje, semejante opinión parecería una ofensa. En el caso de José Emilio se trata de un elogio y un agradecimiento. Elogio, porque la limpieza de su sintaxis es fruto de una intensa lucha con el lenguaje; agradecimiento, porque pocos ejemplos tenemos en nuestras letras de una correspondencia tan fiel entre las palabras y las cosas.
El altruismo y las buenas intenciones no bastan para hacer literatura. En un amplio espectro que va de John Donne a Mafalda, José Emilio Pacheco sufre auténticamente como si cada una de las dolencias del mundo fueran la suya. Lo admirable es que, con base en las rebeliones inmediatas que todo ser sensible experimenta ante los desequilibrios de la creación, él haya podido construir una obra unánimemente admirada por su compleja sencillez, por su envidiable claridad, por su honestidad avasallante, por su maestría para borrar la primera persona del singular y fundirla, imperceptible y permanentemente, con la primera persona del plural. José Emilio Pacheco ha logrado, con sus letras articuladas en los diversos géneros, el triunfo del nosotros considerado como obra de arte. La familiaridad de los lectores con su escritura ha llegado a ser tan próxima que ha logrado, en nuestro imaginario, perder su apellido para ganar el más próximo y cálido de José Emilio.
Existen los escritores que construyen la gran obra y después guardan silencio. Y existen los que piensan que no basta romper el cerco individual, sino que es necesario volver a decir de otro modo lo mismo. En 1956, un muchacho de diecisiete años publica “Tríptico del gato” en la revista Estaciones. El texto parece obra de un autor experimentado: la cuidadosa disección del animal doméstico y siniestro está realizada con la maestría de Durero al reproducir cada uno de los detalles en la armadura natural del rinoceronte; con el buril seguro y obsesivo  de un maestro mexicano de José Emilio, Juan José Arreola, que trazó cada una de las criaturas de su Bestiario.  Más que el hallazgo metafórico, la idea que modela el concepto; más que el retrato lírico, el ensayo que es conceptualidad musculada, sabiduría esencial.  Todo parecía anunciar, en “Tríptico del gato”, que ese joven autor, lector tanto de Jules Renard como de tratados de zoología, era de la estirpe de aquellos que labran libros perfectos. Más de medio siglo después, José Emilio Pacheco es el hermano más fiel de ese joven: aún es el niño grande, rebelde ante los entuertos del mundo.  Ahora es también el maestro que enseña sin pontificar, que ilumina sin querer deslumbrar, que rescata sin exigir una recompensa ni siquiera nominal. “En defensa del anonimato”, título de uno de sus poemas, es una fe de vida y uno de los principales emblemas de su quehacer.
Entre 1963 y 1967, el joven José Emilio Pacheco publicó tres libros perfectos, articulados en diferentes géneros: los cuentos de El viento distante, los poemas de  Los elementos de la noche y la novela  Morirás lejos. Tradición y vanguardia, clasicismo y experimentación se dan la mano en los trabajos de un autor que parecía haber nacido hecho. Sus temas y obsesiones pasan en esas obras lista de presente: la solidaridad con los condenados de la tierra, el huracán implacable de la Historia, la materia en constante transformación, la infancia como territorio del descubrimiento y anticipo del futuro desastre. Sin embargo, nunca los concibió como obras terminadas. Sus libros son, como la obra maestra de Michael Ende, la historia interminable y, en su perfecto mecanismo, cada una de sus piezas narrativas es un ejemplo del género. En sus homenajes a la pulp fiction, José Emilio es nuestro Tarantino; en sus magistrales cuentos de fantasmas, no olvida el consejo de Montague Rhode James en el sentido de dejar la puerta abierta con objeto de permitir, mínimamente, la explicación racional. En Morirás lejos obliga a replantear las estructuras narrativas tradicionales, en una novela que aún hoy mantiene su vigor formal y su peso moral.
Maestro en todos los géneros literarios que cultiva, José Emilio dejó de apostar todas sus cartas a la idea de El Libro, para emprender, mediante textos breves e intensos, un combate contra la ignorancia, la indiferencia y el olvido. Con sus ediciones, prólogos, notas e inventarios, José Emilio es uno de los más importantes historiadores y críticos de la literatura mexicana, uno de nuestros auténticos educadores. Su importancia proviene no solo de su fecundidad  sino de su preocupación por aventurar nuevos juicios o por corregir rumbos trillados.  El gran escritor se adelanta en la práctica a los teóricos literarios. La intertextualidad, la deconstrucción, la escritura del desastre son constantes en los textos de José Emilio, siempre de manera activa, nunca como ejercicios de retórica. A él no se le ocurriría llamarse historiador de las mentalidades, pero sus inventarios constituyen, en conjunto, un Tratado de la Vida Privada como no lo ha hecho ninguno de nuestros historiadores, sobre todo de un siglo contra cuyas calamidades no ha dejado de advertirnos y cuyos esplendores ha celebrado.
En la feria de vanidades de nuestra República Literaria, José Emilio Pacheco escapa a toda clasificación. La versatilidad de su trabajo lo hace indefinible; no concede entrevistas, casi nunca  presenta sus libros, se niega rotunda y valientemente a responder encuestas sobre temas de los que se espera que el escritor sepa todo.  La modestia es su principal enemiga pero también el arma que se vuelve contra quienes, en busca de elementos para criticarlo, lo quisieran más mundano, más débil, más expuesto a las mezquindades de nuestro a veces tan innoble oficio.
José Emilio es uno de nuestros grandes escritores porque es el más inseguro de todos. Su exigencia es uno de las lecciones que nunca agradeceremos suficientemente. No se trata sólo de que todo lo hace bien, sino que en cada una de sus actividades propone caminos nuevos. Sus intentos, en su opinión modestos, y que son auténticos logros, siempre trascienden la  primera intensión. A fuerza de huir la originalidad, es uno de nuestros escritores más originales. De ahí que cada vez sea más común la frase “yo quisiera hacer esto como lo hace José Emilio”.
En un fin de siglo donde la palabra libro pretende ser sustituida por el término soporte papel, José Emilio ha sido fiel al texto impreso, en una que es literalmente, columna de la cultura mexicana, de la cultura desde México. Pocos espacios nuestros gozan del horizonte de expectación de Inventario, palabra que, de acuerdo con María Moliner, significa “Lista de lo encontrado. Lista de cosas valorables”. En cualquiera que lo practica, el oficio es motivo de gratitud. Si quien lo firma es el monograma JEP, es digno de nuestro homenaje. José Emilio descubre, pero nos hace creer que está encontrando y, más aún, que nosotros con él somos responsables y partícipes de la iluminación. Quiere ser el cronista en su más original sentido: la conciencia de la tribu, el encargado de mantener viva la llama de la historia. Edmundo Valadés, en un volumen que reúne colaboraciones de su columna Excerpta, escribió la siguiente dedicatoria: “A José Emilio Pacheco que lo hace mejor.” ¿Por qué cada Inventario es leído, disfrutado y atesorado, más allá de la intención pragmática y presente para la cual fue escrito? Difícilmente habrá un lector suyo que no conserve alguno de esos Inventarios donde el autor reinventa el término donde todo cabe: la agudeza  de José Emilio, su amor a la verdad, su huida del lugar común lo obligan en cada una de sus jornadas a dar fe de las cosas como si por primera vez ocurrieran. Para citar una de sus obsesiones más caras, aquellos textos donde habla de temas familiares son como el naufragio del Titanic: aunque todos conocemos las líneas generales de la historia, siempre queremos que nos la vuelvan a contar. Si quien nos la dice se llama José Emilio Pacheco, entonces no dudamos. De Nahui Ollin a la anatomía de la torta, de las diversas hipótesis sobre el asesinato de Álvaro Obregón al silencio de Jean-Arthur Rimbaud, de la indagación sobre el murciélago a los innumerables y siempre nuevos retratos del mar, José Emilio no propone ni dispone: expone. Sus lectores no tenemos más remedio que aceptar las conclusiones del más dotado de nuestros Sherlock Holmes, que siempre deja atrás a los numerosos Lestrade que firman y cobran en la nómina de nuestra academia. Visionario y erudito, detective y juez, José Emilio tiene una especial habilidad para encontrar misterios donde otros miran soluciones fáciles.
El trabajo de José Emilio Pacheco que convencionalmente llamamos periodístico, tiene en la tradición mexicana una genealogía definida. De Luis de la Rosa a Francisco Zarco, de Ignacio Manuel Altamirano a Manuel Gutiérrez Nájera, de Amado Nervo a Martín Luis Guzmán, José Emilio pertenece a la estirpe de autores que pudieron haberse dado el lujo de labrar la obra maestra, como lo hicieron, pero además cumplieron el deber de registrar en la página efímera el momento que pasa. Escritores profesionales, trascendieron el qué para insertarse en la herencia más vasta del cómo. José Emilio escribe sobre todo y sobre todos, pero siempre para hallar la nota nueva o señalar el camino para el futuro investigador, para el poeta o el novelista en ciernes.
Hablar sobre José Emilio Pacheco conduce de manera casi inevitable a recordar a Alfonso Reyes. Talento, poligrafía y preocupación universal son cualidades que evidentemente los hermanan, pero es justo establecer también sus diferencias. Alfonso Reyes decía que publicar era una forma de limpiar de papeles el escritorio. Con todo, Reyes creía en la transformación de lo periódico en permanente: la odisea no siempre afortunada de la página diaria a la del libro que enfrentará los vientos del futuro. En este sentido, José Emilio es el peor enemigo del interesado en su obra. Al mismo tiempo, y por tal motivo, su mejor aliado. En alguna  ocasión, Ediciones Era y la UNAM proyectaron publicar íntegramente los Inventarios. El trabajo de recopilación lo había realizado, paciente y apasionadamente, sin becas ni estipendios institucionales, Carlos Muciño, de ocupación lector de José Emilio y uno de sus mejores geógrafos. Con ejemplar obstinación, cortés y convincente, José Emilio se negó hasta que los editores desistimos del intento. Su principal argumento: la palabra, fulgurante en el momento de la articulación, se pierde en esa forma de cárcel que es el libro consagratorio y a veces amedrentador. Los libros que leímos, ávidos y vírgenes, pobres y felices, en ediciones baratas durante nuestra adolescencia, pierden su frescura en los volúmenes marmóreos.
Ser poeta y ser inteligente es una de las dualidades más difíciles de sobrellevar. José Emilio nació con ambas alas, y si su obra tiene esa tensión esencial es porque su actividad primordial es la poesía. José Emilio nunca emociona a su poesía: por eso nos emociona. Si sus dos primeros libros lo muestran continuador de la gran tradición de la poesía como fiesta del intelecto, a partir de No me preguntes cómo pasa el tiempo da un giro radical. Sin abandonar su preocupación por lo mexicano, José Emilio mira la tierra, sus devastaciones, sus ruinas, pero también sus treguas y epifanías. Su poesía se convierte en un inventario del paso de los días, donde no cuenta el testimonio personal sino se privilegia la voz del poeta. En sus libros de expresión cada vez más depurada,  dentro de su difícil sencillez, José Emilio brinda una constante lección del maestro, un permanente examen de la vista.
No hay lenguaje unívoco, y menos en la poesía, pero José Emilio ha logrado, a fuerza de perfeccionar su estilo, una claridad semántica que no excluye la emoción, una emoción desapasionada donde el yo se vuelve un nosotros, una conciencia crítica que, tras convencerse y convencernos de la brutalidad del mundo, nos obliga a apreciar mejor sus fugaces bellezas. Las correspondencias entre sus temas y las repeticiones deliberadas son frecuentes, y en el cuerpo de la poesía reunida se complementan y amplifican, borran sus costuras para dejarnos frente a la integridad y la congruencia de su discurso. Baste citar tres de sus temas mayores: el mar, la niñez, la ciudad, que reaparecen con distinto ropaje en cada libro y son compañeros de la obra narrativa de José Emilio, tan breve como intensa, tan necesaria como su poesía. La primera sección de La arena errante -metáfora de la niñez y el futuro desastre- acompaña la aventura del niño que narra su iniciación vital en “El principio de placer”.     
José Emilio es un poeta de poemas, pero también de series que por su unidad integran momentos inolvidables de nuestra tradición: si la “Elegía del retorno” es el mejor poema extenso escrito sobre el terremoto de 1985, es porque en él historia y poesía se funden para construir un poema épico. Sus poemas dedicados a los animales alcanzan la categoría de grabados verbales por el vigor y la objetividad con que el poeta los burila. Una serie como “Circo de noche” es memorable porque en cada poema José Emilio combina, sin que se noten, la rabia y la ternura, la compasión y la objetividad.
Víctor Hugo, uno de los escritores más citados y admirados por José Emilio Pacheco, cubrió con su genio la segunda mitad del siglo XIX. También lo hizo Guillermo Prieto, quien creyó en el dogma romántico y liberal de que la educación es el arma para conquistar el presente y pensar en un incierto futuro. Polígrafo como ambos, José Emilio Pacheco ha construido un monumento verbal que es entre nosotros el más completo testimonio del siglo XX con sus héroes y canallas, sus desiertos y oasis, y de un siglo XXI en que da a la luz sus poemas más luminosamente oscuros.  Un libro clásico se equipara a este trabajo ejemplar: De rerum natura de Lucrecio. Como él, José Emilio Pacheco ha elegido la humilde y difícil labor de recordar a sus hermanos de planeta la naturaleza de las cosas, la conciencia de navegar acompañados en “esta molécula de esplendor y miseria que llamamos la Tierra.”

sábado, 25 de enero de 2014

Sabias palabras para decirse en una boda

Palabras dichas por Sherlock Holmes (Benedict Cumberbatch) en el banquete de bodas de Mary Mostan (Amanda Abbingtony John Watson (Martin Freeman), tomadas del guión de Mark Gatiss Steven Moffat y Stephen Thompson para El signo de los tres, segundo episodio de la tercera temporada de la teleserie británica Sherlock:

Todas las emociones, y en particular el amor, se oponen a la razón pura y fría que defiendo por sobre todas las cosas. Una boda es, en mi ponderada opinión, nada menos que una celebración de todo lo que es falso, engañoso, ilógico y sentimental en este mundo enfermo y moralmente comprometido. Hoy honramos la ruina de la sociedad y, eventualmente –estoy seguro- de toda nuestra especie.
Pero igualmente hablemos de John. Si durante mis aventuras me he allegado de su ayuda, no me alejo del sentimentalismo o del capricho cuando digo que tiene muy buenas cualidades propias además de su obsesión por mí. En efecto, cualquier reputación sobre mi agudeza mental, en verdad, proviene del extraordinario contraste que John ofrece de manera desinteresada. De hecho, creo que las novias tienden a elegir damas de honor excepcionalmente planas en su gran día. Hay cierta analogía aquí. Y el contraste es, después de todo, el plan de Dios para realzar la belleza de su creación, o lo sería si Dios no fuera una fantasía ridícula diseñada para dar una oportunidad de empleo al idiota de la familia.
Lo que trato de decir es que soy el individuo más desagradable, grosero, ignorante y cretino que tendrán el infortunio de encontrarse en la calle. Desprecio lo virtuoso, soy incapaz de reconocer la belleza y no puedo comprender la felicidad. Por eso no entendí por qué me pidieron ser Padrino, más porque nunca esperé ser el mejor amigo de nadie. Y ciertamente no del más valiente, bondadoso y sabio ser humano que jamás he tenido la fortuna de conocer. John, soy un hombre ridículo, redimido solamente por la calidez y constancia de tu amistad. Y como aparentemente soy tu mejor amigo, no puedo felicitarte por la compañera que elegiste. Pero de hecho sí puedo. Mary, cuando digo que te mereces a este hombre es el cumplido más grande que soy capaz de hacer. John, has sobrevivido la guerra, lesiones y trágicas pérdidas –de nuevo, lo siento por la más reciente- así que debes saber, hoy que estás sentado en medio de la mujer que has hecho tu esposa y del hombre que has salvado –en breve, las dos personas que más te aman en este mundo,- y sé que hablo por Mary, cuando digo que nunca te decepcionaremos y tenemos una vida para demostrártelo.


martes, 20 de agosto de 2013

Fue su primera vez

La expresión latina opera prima se usa para designar al primer trabajo oficial de un artista. Cuando se trata de un cineasta, este esfuerzo le sirve como una tarjeta de presentación. Hace evidente su estilo y capacidades, y nos permite atisbar –con un alto grado de precisión- cómo serán sus obras posteriores. De haberlas, por supuesto. En el medio musical estadounidense, hay algo que se conoce como one hit wonder. Es una suerte de examen profesional. En el caso del tapatío Guillermo del Toro, las altas expectativas que ocasionó aquél año 1993 fueron satisfechas con creces. Yo era apenas un tierno muchacho de 20 años. Instalado en la sala de cine, rodeado por pocos pero entusiastas cinéfilos, el resultado me sorprendió. 
Su debut cinematográfico, La invención de Cronos, es afortunado e insólito en muchos sentidos. Por una parte es un espléndido espécimen de géneros olvidados para ese entonces en el panorama fílmico nacional y que conocieron días de gloria y bonanza: el horror y la fantasía. Por otra, revela a un narrador eficiente –recordemos que la escribió y dirigió- y fiel a obsesiones poco reconocidas: el horror y la fantasía (conste que lo repetí a propósito). Y finalmente tiene altísimos valores de producción pese a su magro presupuesto. Con tan sólo 29 años de edad, del Toro ingresaba a un medio difícil –hostil a veces- donde luchaba contra ideas anquilosadas y todos los prejuicios del mundo. Hoy, 20 años después, sus miles de seguidores alrededor del mundo podemos decir que fuimos testigos del inicio de una de las carreras más venturosas en tiempos recientes. Cronos –así le decimos sus devotos- es una cinta cercana a la perfección. Aporta sangre nueva a uno de mis monstruos preferidos –el vampiro, claro está- de una manera inteligente y original. Es una de mis películas favoritas y lo confieso con orgullo en todos los espacios donde el tema sale a colación. Y, colmo de las ironías, por primera vez escribo sobre ella. Lo hago con pretexto de su más reciente largometraje, del que ya hablé con anterioridad, y seguramente seguiré con el resto de su filmografía.
Los inicios de Guillermo del Toro no son distintos de los nuestros. Por encima de todo, es un gran cinéfilo, devorador por igual de cintas de horror mexicanas como estadounidenses, italianas y japonesas. Era, como dijo el crítico de cine Leonardo García Tsao en el prólogo al guión (publicado por ediciones El Milagro en 1995), “un chavo imberbe de Guadalajara que le gustaban los cómics y las películas de horror”. Su vocación lo llevó a realizar rudimentarios cortometrajes –su madre misma protagonizó bajo sus órdenes Matilde y Geometría- y posteriormente evolucionó al terreno de los comerciales y la televisión, donde desempeñó los más diversos roles, desde asistente de director, maquillista, realizador de efectos especiales y artista de story boards. Por esos momentos comenzó a fraguar dos historias –proyectos de tesis para la Universidad de Guadalajara- tituladas El vampiro de Aurora Gris y El espinazo del diablo (a ella llegaré en un futuro no distante). Posteriormente realizó sus “pininos” en el semillero televisivo titulado Hora marcada (1986-1989), serial episódico donde realizó algunos memorables capítulos. Fundó una firma especializada en efectos llamada Necropia, en la que conoció a la que sería su esposa, Lorenza. Conoció al que habría de convertirse en su cinefotógrafo de cabecera, Humberto Navarro, quien le presentó a su hermana Bertha Navarro. Ella, como la buena productora que era, le orientó para hacer realidad uno de sus sueños. Y le estamos muy agradecidos por ello.
Todo aficionado de estos temas conoce muy bien La invención de Cronos, pero recordémosla. En un maravilloso prólogo ambientado en 1536 y narrado por Jorge Martínez de Hoyos, el alquimista Uberto Fulcanelli (Mario Iván Martínez) escapa de la Inquisición y se establece en Veracruz. Está obsesionado por conseguir la vida eterna. Posteriormente viajamos 400 años después, hasta un edificio colapsado. Entre escombros, con el pecho mortalmente atravesado por un madero, con el rostro pálido y deformado, yace el alquimista que pronuncia sus últimas palabras, “suo tempore”. La cámara recorre la casa del difunto, tal como hicieron las autoridades de la época. Ahí pende un cadáver que se desangra sobre cuencos y vasijas. El alquimista consiguió su objetivo a través de un ingenioso dispositivo conocido como La invención de Cronos, que reposa secretamente en el interior de la estatua de un ángel.
Inicia una historia de amor y horror, con maravillosos momentos de comedia –el embalsamador encarnado por Daniel Giménez Cacho es estupendo- y drama, con incontables alegorías a la religión, al tiempo que avanza inmisericorde, a la eternidad, a la inocencia y el sacrificio. El anticuario Jesús Gris (Federico Luppi) y su esposa Mercedes (Margarita Isabel) crían a su nieta Aurora (Tamara Shanath), luego de que sus padres mueren en un accidente. El anciano, gris como su apellido, cruza su camino con Ángel de la Guardia (Ron Perlman), sobrino del decadente y moribundo millonario Diether de la Guardia (Claudio Brook, maravilloso), quien le ordena comprar estatuas de ángeles a cualquier costo. En una de ellas, accidentalmente  revelado por los insectos tan queridos por “El Gordo”, el viejo y la niña descubren lo que ansiosamente desea de la Guadia: el dispositivo del título, diseñado por el talentoso José Fors. La razón es simple. Al igual el alquimista, el industrial desea la inmortalidad. Sin desearlo, Gris la obtiene. A un altísimo costo.
Con una belleza poética –la niña arropando a su abuelo vampiro en un ataúd improvisado en su baúl de juguetes o los ángeles envueltos en plástico en la guarida del villano- y heroica –“lo mío es nada más dolor”-, la película es indispensable en todos los sentidos. Deja muy en claro aspectos que van a coincidir y definir el trabajo del director: los insectos, los engranes y la maquinaria de relojería, la infancia, los dilemas no resueltos con la figura paterna y su noción de lo monstruoso. Porque algo que defiende el tapatío es que el monstruo no necesariamente es malo. Es más terrible el personaje de Ron Perlman, obsesionado con el aspecto de su nariz y su ambición desmedida por la fortuna de su pariente, que el personaje ficticio más feo. Y las principales aportaciones de del Toro al mito son dos: su protagonista es un anciano decadente que lame incluso la sangre del piso de un baño y un proceso de vampirización –libre de colmillos- donde un insecto milenario, atrapado en un dispositivo a medio camino entre un juguete de cuerda y un Huevo de Fabergé, es el gran dador de un don deseado y cuestionado por todos.

Al finalizar su introducción al texto, García Tsao tuvo dones proféticos. “No he visto aún la película terminada, pero el guión de La invención de Cronos es un anticipo de lo que quizá resulte ser el mejor espécimen del cine de horror nacional. Su cuidadosa elaboración, sus versiones pensadas y repensadas a lo largo de los años, me hacen suponer una victoria fácil sobre los átomos malignos que suelen acechar cualquier intento de cine fantástico en México”. No sé si es “el mejor espécimen del cine de horror nacional”, pero sin dudarlo es uno de sus mejores representantes en los últimos 30 años. Casi inmediatamente pudo comprobarse cuánta razón tenía el crítico. Su airoso paso por festivales nacionales e internacionales, sus incontables premios y la respuesta de los espectadores demuestran lo que comprobamos desde la butaca y el remate de García. “Este chavo imberbe de Guadalajara tiene talento”.

martes, 5 de marzo de 2013

Presentar zombis


El sábado pasado, Alfaguara Infantil me invitó a presentar la novela Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara, 2012) de José Luis Trueba Lara, obra a la que me referí anteriormente. Acompañé al autor y al crítico de cine Rafael Aviña, figura importante en este espacio y en mi formación. Por los dos siento el más genuino respeto y aprecio personal y profesional, cosa que me hizo disfrutar la ocasión por partido doble. El acto, celebrado en la edición XXXIV de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en orgulloso territorio de mi Universidad, contó con un público –mayormente integrado por jóvenes- que colmó el Salón de la Academia de Ingeniería. Es comprensible por la reciente efervescencia del fenómeno zombi, un monstruo que invita a las más variadas interpretaciones. De todos sus terribles colegas, es el más correcto. A un zombi no le importa si eres rico o pobre, feo o hermoso, lees la Revista de la Universidad o TV y Novelas, escuchas a Metallica y Jenny Rivera: tu carne es igualmente suculenta que la de cualquier persona. Comprometí a Rafael para compartir en este blog el texto que preparó para la actividad, por lo que lo reproduzco con su amable autorización. Que lo disfruten.
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AMOR, ZOMBIS Y OTRAS DESGRACIAS de José Luis Trueba Lara
Rafael Aviña

Conocí a José Luis Trueba Lara hacia el año de 1980, cuando ambos coincidimos como alumnos en el primer semestre de la UAM Xochimilco en el turno vespertino, un tronco común, en el que la UAM mezclaba en una suerte de cacerola experimental a aspirantes a Diseño Gráfico, Biología, Comunicación, Sociología, Arquitectura, Agronomía, Economía y más. José Luis iba para Sociólogo y yo para Comunicador Social y sobrevivimos a esa experiencia. Fue tal la empatía que tuvimos y la sana competencia que establecimos, que decidimos trabajar en equipo en los dos semestres que compartimos. Parte de nuestra afinidad tenía que ver con ese gusto por platicar y desmenuzar toda clase de películas enfermizas, sangrientas y delirantes y sus correspondencias con la vida cotidiana.
Basta decir que de ese gusto mutuo, varios años después, José Luis, en su faceta como editor, avaló algunos de mis primeros libros como: El cine oscuro,  el placer criminal y El cine de la paranoia, que publicó bajo el sello de su propia editorial Times Editores. José Luis es académico, promotor cultural, ensayista, periodista, ha estudiado varias carreras y desarrollado cargos públicos relacionados con el área editorial y cultural y además de ello, no ha dejado de escribir. Más sorprendente aún, es que se trata de un autor que igual puede narrar la historia de un policía capitalino, contar las vicisitudes de los chinos en Sonora o de la huelga de Cananea en 1906, y a la vez, escribir una novela sobre muertos vivientes quinceañeros. Su capacidad de trabajo y su obra publicada resulta asombrosa y lo digo con gusto y admiración.
Una de aquellas tantas tardes de 1980 en la UAM Xochimilco, nuestro profesor nunca llegó, entonces José Luis y un servidor iniciamos una larga plática que se extendió hasta entrada la noche cuyo tema era una película en particular considerada un parteagüas cultural del cine de horror y sobre un tópico que hoy en día ha conseguido crear un enorme embeleso y veneración. Me refiero a La noche de los muertos vivientes dirigida en 1968 por George A. Romero, director que ha seguido realizando una serie de eclécticas y fascinantes secuelas sobre el mismo tema y generado múltiples filmes que rinden homenaje a su trabajo. En éste, su nuevo libro, Amor, zombis y otras desgracias, editado por Alfaguara juvenil, el personaje protagónico se llama Jorge Antonio Romero (es decir: George A. Romero), a quien José Luis rodea de una serie de personajes y situaciones que van del humor negro al horror más desolador. Si algo tiene José Luis Trueba Lara además de incansable talento, es que es dueño de un humor despiadado que aplica aquí de manera brillante. Veamos.
El personaje de UV el mejor amigo de Jorge Antonio a quien conoce en la nueva escuela secundaria a donde se cambia, se llama así porque es albino. En otra parte, Jorge Antonio le pregunta a su amigo si su mamá se volvió a casar. El responde: “¿Tu te casarías con ella?” y es habría que aclarar que la mujer es casi albina, se pinta el cabello color rosa pálido, se maquilla como geisha y es una cosmetóloga que carece de cejas. Lo mismo sucede con la anécdota de ese jabón con feromonas llamado quita calzón que el protagonista compra en el mercado y que puede convertirse en una fallida arma biológica.
José Luis Trueba pasa revista a un universo adolescente que en un principio puede parecernos un lugar común desde el punto de vista adulto. No obstante, sería bueno que los adultos regresaran a los años de adolescencia para recordar esa sensación de estar cubiertos de espinillas, flacuchos, hablando como el Gallo Claudio y enfrentando al típico gandalla  golpeador de toda secundaria y al mismo tiempo, a la atracción física hacia chicas que se desarrollan mucho más rápido que los jóvenes. Es justo ahí donde encaja Jorge Antonio, un chavo solitario que lleva un diario escrito, con una media hermana pequeñita, un padrastro bueno pero anodino y una madre cariñosa. UV, el albino que vive con su madre ídem, fanático de las teorías de las conspiraciones los blogs de ese mismo tema y de películas como Resident Evil, La facultad, La noche de los muertos vivientes, El exorcista, Usurpadores de cuerpos o Diabólica tentación y que además, tiene en su casa un chihuahua disecado y cree en suplantaciones alienígenas, lavados de cerebro y bacterias extraterrestres. O Alicia, la chica solitaria cuya madre la acosa y acusa todo el tiempo, cubierta de piercings y que se desahoga a través de una cámara de video. Chavos segregados y auto marginados que bien podrían tener cabida en la película Cuenta conmigo escrita por Stephen King, Por cierto, los personajes de Trueba, se adelantaron a los de Paranorman y Frankenwinie, donde cabe también la chica fanática del maquillaje, los antros, la ropa de moda, Camila y Justin Bieber, llamada Bárbara como Barbie.
Amor, zombis y otras desgracias, está etiquetada como novela juvenil, ya que transcurre en ambientes adolecentes. Lo curioso, es que en realidad se trata de una obra que al mismo tiempo debieran de leer los padres de los chavos a los que está dirigida. En su novela, la familia nuclear no existe. Los chicos protagonistas o han sido abandonados por el padre, o son hijos de divorciados, pero sobre todo, los adultos se localizan a años luz de los sentimientos de sus hijos, lo que también da pie a reflexiones crudas. En la pag. 164, Alicia habla consigo misma a través de una cámara refiriéndose a su mamá y dice: “cuando le comenté que teníamos que platicar de algo muy importante, ella, como siempre, entendió otra cosa. Se me quedó viendo muy feo. En ese momento, supe que para no variar, estaba pensando en cosas que no son, ya sabes: que me fui de zorra, que estoy esperando un bebé, que me había metido algo, que ya me habían reprobado o que me habían pegado una enfermedad de esas que no se puede hablar sin vergüenza. A veces cuando se pone así, pienso en ella y en mi papá, en un matrimonio a la carrera y en una niña prematura, esa soy yo…en que mi mamá tal vez no quiere que sea como ella, pero nunca se ha querido dar cuenta, que definitivamente, yo no soy ella”.
José Luis hace referencia a personajes del cine de horror contemporáneo como Stephen King, Robert Rodríguez, o Romero, sin embargo, atiende las premisas de aquellos relatos de horror de los años 40 y 50, cuyos personajes sufrían terribles mutaciones que no eran otra cosa que alegorías de las transformaciones hormonal adolescente y sus horrores inconfesables, como sucede en La marca de la pantera, Yo fui un hombre lobo adolescente, El hombre caimán o La mancha voraz,  mismas que a su vez, encontraron eco en la década de los 70 con cintas de culto como Martin de George A. Romero, Carrie de Brian De Palma o Parásitos asesinos y Rabia, dirigidas por David Cronenberg. En ellas, los vómitos, las evisceraciones eran metáforas de la bulimia, anorexia, dermatitis o automutilaciones adolescentes y a su vez, alegorías sexuales sobre los cambios hormonales de adolescentes que despiertan al mundo.
Por supuesto, el cine mexicano de la época no se quedó atrás para hablar de los jóvenes, personajes que parecían invisibles como hoy se sienten hoy los chavos. Así, perdidos entre charros, gángsters, chinas poblanas, rumberas, pecadoras o madres abnegadas, jóvenes como Martita Mijares, Marta Elena Cervantes, Maricruz Olivier, Tere Velázquez, Olivia Michel, Luz María Aguilar o Chachita, Fredy Fernández el Pichi, Alfonso Mejía, René Cardona Junior, o Fernando Luján, jamás se convirtieron en panteras, caimanes, o lobos. No obstante, para los realizadores y argumentistas de aquel cine mexicano adolescente, nuestros jóvenes eran unos verdaderos monstruos con acné y tobilleras, culpables de todo tipo de desviaciones como el rocanrol, el cigarro, las chamarras de cuero y el despertar a la sexualidad. Jóvenes inconformes y rebeldes como deben ser los jóvenes, pero por ello, para nuestro cine: regañables, sermoneados, rechazados e incomprendidos en películas cuyos títulos hablan por sí mismos de sus “aberraciones” adolescentes: La edad de la tentación ¿...Y mañana serán mujeres!, Ellas también son rebeldes, ¿Con quién andan nuestras hijas?, Juventud desenfrenada, ¿A dónde van nuestros hijos? o Estos años violentos.
Si Drácula de Bram Stoker se construía con materiales como cartas, diarios, recortes de periódicos y un narrador omnisciente. En la novela de José Luis además del narrador ese “alguien del que quizá nunca sabremos quien cuenta lo que pasa” en la obra, nos encontramos con mensajes de twitter, de celular de facebook, videos de youtube, confesiones a cámara, diarios escritos, entradas de blogs y páginas de Internet, correos electrónicos, notas de periódico, comunicados de prensa y más, para contar no sólo una historia que pasa del humor negro a un asunto cada vez más ominoso y sangriento, con caminantes o muertos vivientes que salen de los túneles del Metro y de hombres topos que viven en las cloacas y en los recovecos de esas mismas estaciones, muy similares por desgracia a los indigentes marginados, teporochos y adolescentes pachecos que corrieron de la calle de Humboldt y que ahora deambulan entre la calle de Independencia y el Metro Juárez.
En el fondo, esta historia de muertos que caminan, de una terrible pandemia que mucho tiene que ver con aquella que asoló nuestra ciudad en abril de 2009, de jovencitos armados con decenas de dvds de horror Serie B, paranoias y conspiraciones, se trata sobre todo, de un relato de sobrevivencia emocional y hormonal adolescente: su relación con el mundo, con los adultos, la experiencia del amor, el valor de la amistad, la forma en que los chavos intentan enfrentar la soledad, la ausencia de sus padres y las burlas de sus compañeros, con un escenario zombie apocalíptico como alegoría.
Por encima de todo ello, Amor, zombis y otras desgracias, retrata el dolor de crecer. El abandonar las fantasías de la infancia y esa burbuja en que solemos crecer, para ver la realidad: la forma en que conviven de manera cotidiana fealdad y belleza, el horror, la corrupción, o la apatía, con el esfuerzo, el optimismo y el trabajo verdadero. Ahí, donde, el enamorarse es sólo otra faceta de ese proceso que es el tormento de crecer. Y es que crecer duele, duele mucho. Pregúntenle a sus hijos adolescentes y verán, o más bien, preguntémonos a nosotros mismos. Es ahí donde el epígrafe de José Emilio Pacheco de El principio del placer que José Luis refiere, adquiere sentido. Cito: “Si, en opinión de mi mamá, ésta que vivo es la “etapa más feliz de la vida”, como estarán las otras, carajo”.
Muchas gracias.

jueves, 21 de febrero de 2013

Una llorona que sí asusta


Dejaré de hablar, por ahora, de Gein, Bloch e Hitchcocock. Regreso a horrores mejores, esos que se quedan en la narración oral, en las páginas de un libro o son exorcizados al presionar la tecla de un control remoto. Estrenada el mismo día que Hitchcock (Sacha Gervais, 2012), Mamá (Andrés Muschietti, 2013) sigue en cartelera. Esto es fácil de comprender porque, como dije antes, es una película con la capacidad de arrastrar a los grandes públicos al cine y asustarlos. Ese viernes 1 de febrero, mi amigo Rafael Aviña publicó –como es regular- su opinión sobre ella, aparecida en la sección Primera Fila del diario Reforma.
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Una llorona que sí asusta
Rafael Aviña

El impresionante éxito de Mamá (España-Canadá, 2013), que se colocó en el primer lugar de taquilla en su estreno en Estados Unidos, se debe en buena medida a la magnética presencia de Jessica Chastain, una guapa actriz capaz de desenvolverse con eficacia en cualquier terreno.
Pero, sobre todo, el éxito se debe a la destreza del debutante cineasta argentino Andrés Muschietti para construir un relato de horror sobrenatural a la antigua, con varios y logrados momentos de tensión que provocan sustos y emociones encontradas en el espectador a partir de un tópico en apariencia inofensivo: el amor maternal.
Un corto de 3 minutos del mismo nombre, rodado en una vieja casona de Barcelona en 2008, fue motivo para emocionar a ese generoso cinéfilo que es Guillermo del Toro, quien como productor ejecutivo ha sido capaz de trasladar sus obsesiones y universos a una micro historia inquietante y terrorífica que carecía de explicación alguna.
Las presencias sobrenaturales del pasado, los seres fantasmagóricos que vagan sin descanso, las amenazas que acechan en las tinieblas y protegen a los menores de edad –en particular las polillas- y las pulsiones de venganza caben aquí.  
A una historia confusa y desarticulada que tiene problemas severos para integrar a los hombres adultos (los motivos del padre no son claros, el tío aparece y desaparece como en las telenovelas, el personaje del psiquiatra pierde fuerza y consistencia), se contraponen varios elementos.
Destaca el trabajo atmosférico, ominoso y perturbador, una eficaz inventiva visual –el ente de Mamá es fascinante-, un diseño sonoro y de producción poderoso y, en especial, una muy lograda labor histriónica de Chastain, una rockera dark que debe hacerse cargo de dos niñas que han vivido abandonadas en un estado semi salvaje por cinco años luego de la muerte violenta de sus padres (las pequeñas Charpentiere Isabelle Nélisse, estupendas).
Lo que inicia como una perversa reelaboración de los cuentos de hadas fantásticos, termina por convertirse en una suerte de oblicua puesta al día del tema de La Llorona.
En este caso, la historia de una joven del siglo 19 a la que le intentan arrancar a su bebé, mismo que pierde en una situación trágica y violenta, lo que da pie a una hipnótica escena onírica y a escenas escalofriantes. Mamá es una película muy entretenida que lanza a un director que promete.

martes, 13 de noviembre de 2012

¿Tiene vida el cine de zombis?


En las dos últimas décadas el zombi ha demostrado su rentabilidad gracias al cómic, los videojuegos, el cine y la televisión (vean el fenómeno The walking dead o las Zombie Walk alrededor del mundo). Esto se debe en parte al agotamiento de otras fórmulas y monstruos, como los vampiros, que han sido visitados casi hasta el hartazgo. Esa es una de las posibles explicaciones para la trivialización que estos seres han alcanzado gracias a Stephanie Meyer en su exitosísima saga literaria Crepúsculo, convertida –como todos saben- en un fenómeno cinematográfico. Me siento profundamente preocupado porque ese mismo sendero parece seguir el cine de zombis. Ese fue un sentimiento instintivo al enterarme del filme Mi novio es un zombi, dirigida por Jonathan Levine, a estrenarse en febrero de 2013. Esto lo confirmé al ver las primeras imágenes, con el adolescente Nicholas Hoult (que vimos al lado de Hugh Grant en Un gran chico o como el joven Hank McCoy/Bestia en Hombres X, primera generación), como el cadavérico protagonista de la cinta. El propio director Levine escribió el guión de la cinta a partir de la novela Warm bodies de Isaac Marion, que básicamente describe un romance imposible entre un zombi y una adolescente en un Estados Unidos post apocalíptico. La idea de un zombi enamorado es arriesgada y contradictoria si no olvidamos las características que definen tal como lo conocemos gracias a George Romero:

  1. Un zombi es un cadáver reanimado.
  2. Un zombi pierde su memoria, sus capacidades intelectuales y afectivas.
  3. El zombi obedece a instintos primarios (alimentarse).
  4. El zombi es un ser gregario, por eso representa el terror de las masas.
  5. Todo aquél que es mordido por un zombi, al morir, se convierte en uno.
Ya esta ruta había sido tomada, en un tono que oscilaba entre la comedia y la farsa, en Fido, mi mascota es un zombi (Andrew Currie, 2006). En una sociedad igualmente post apocalíptica con notables reminiscencias de los idílicos años cincuenta, los humanos sometieron y domesticaron a los zombis, convirtiéndolos en sus sirvientes. Pero un no-muerto (Billy Connolly)“sale del redil” y corresponde los afectos de su oprimida ama (Carrie-Anne Moss).
Pero de regreso a Mi novio es un zombi, el trailer de la cinta ha despertado una curiosidad inesperada en personas dignas de todo mi respeto. Jorge Grajales opina que “Warm Bodies será la sorpresa del año en cuanto a cine de zombies se refiere. La novela se deja leer muy bien y el director ha realizado buenas películas. Y el trailer que salió también ayer deja entrever que el filme no se toma tan en serio (vean esa referencia de lo que debe ser un zombie ejemplificado con el blu-ray del Zombie de Fulci) e incluso aporta ideas noveles al género: ¿qué pasa con los zombies cuando se cae toda su carne putrefacta?”. Al avance concedo los méritos de una buena factura y la aparición de John Malkovich, quien está a punto de ir más allá del bien y del mal. Lo que no deja de inquietarme es que Summit Entertainment, los estudios responsables de la saga Crepúsculo, se encuentran detrás de todo. Por lo demás, sólo queda esperar.
En oposición, Grajales desaprueba el trailer de Guerra Mundial Z, la adaptación de la novela homónima de Max Brooks, también a estrenarse en unos meses: “Estoy de acuerdo con el inevitable fin de las películas de zombies, pero no por Warm Bodies, sino por la "adaptación" de Guerra Mundial Z que se asemeja más a La Guerra de Los Mundos de Spielberg que a lo que brillantemente escribió Max Brooks, y esos zombies son más parecidos a los lemmings. Y no, no a los verdaderos lemmings, a los lemmings del videojuego tan famoso en los 90”. Precisamente ese aspecto fue uno de los que más me atrajo del trailer: los zombis vistos como una gran masa informe, amenazadora, que pese a obedecer a la necesidad de alimentarse tienen una especie de conciencia colectiva, cosa que socialmente hemos perdido. Pero ya escribiré sobre ella en su momento.
Creo que la supervivencia del subgénero puede residir en especímenes como la inteligentísima El desesperar de los muertos (Shaun of the dead, Edgar Wright, 2004), cuya gracia se encuentra en abordar el tema con toda la seriedad y el respeto que exige y lo utiliza como fondo de situaciones hilarantes. El protagonista Shaun (Simon Pegg) es un empleado sumido en una mediocridad que le impide ver los signos del Apocalipsis zombi, sea porque no presta atención a las noticias en la televisión (padece zapping) o porque sale a comprar un refresco y no se percata de las manchas de manos ensangrentadas en el vidrio del refrigerador de la tienda. Curiosamente el libro que desprende Mi novio es un zombi ha recibido elogios tanto de Stephanie Meyer como de Simon Pegg, coescritor de Shaun of the dead. Estos últimos sin duda le merecen el beneficio de la duda.
Y ahora, vámonos a Mórbido.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Hugo Gutiérrez Vega y el triunfo de todos.

El martes pasado, Hugo Gutiérrez Vega (Guadalajara, 1934 ), brillante poeta y ensayista mexicano, ingresó como Miembro de Número a la Academia Mexicana de la Lengua. Ocupa la silla XXXVII, que pertenecía a otro grande, Don Alí Chumacero. La labor de Gutiérrez Vega, aparentemente alejada de los temas de este blog, tiene una gran cercanía con ellos. Entre sus incontables méritos intelectuales, fue un devoto e incansable colaborador del Teatro Gótico de Eduardo Ruiz Saviñón, con quien tiene una gran amistad. Lo vi hace años en la Casa del Lago Juan José Arreola de la UNAM actuando en una adaptación de Los perros de Tíndalos de Howard Phillips Lovecraft
Del muro de Facebook de Eduardo, tomo una fotografía donde aparecen ambos, acompañados de otro grande, Juan López Moctezuma. Hace unos años, Don Hugo dedicó unas amables palabras, en La Jornada Semanal, a mi obra de teatro El hombre que fue Drácula. Dio su autorización para que fueran incluidas en la segunda edición del texto, publicado por Libros de Godot. Las reproduzco como un homenaje a su genio. Porque el más reciente logro -su ingreso a la Academia- es más que merecido. Todos los que lo admiramos estamos de fiesta. 
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IRVING, STOKER Y DRÁCULA
Hugo Gutiérrez Vega


Sir Henry Irving fue el patriarca de una familia teatral. Se llamaba John Brodribb y, por sus indiscutibles meritos, se le permitió usar el nombre de Henry I. En 1895 fue nombrado caballero del Imperio Británico (fue el primero de la profesión cómica que recibió tamaña distinción) y recibió doctorados Honoris causa por las universidades de Dublin, Cambridge y Glasgow. En su tiempo se le comparaba con Mounet-Sully, el gran actor francés, y sus composiciones de personajes hacían que algunos críticos recordarán a Kean y a Garrick, los geniales actores británicos. 
Sir Henry pertenece a esa raza de hombres de teatro en el sentido más estricto del término. Siguieron su camino, algunos años más tarde, sus hijos y nietos, así como actores como Richardson, Guiness, Olivier, Gielgud, O' Toole, Burton, Finney y Bates entre otros maestros de la escena londinense. La vida de Sir Henry estuvo ligada al hermoso Lyceum, teatro que pereció en un incendio horriblemente real. Ahí representó sus personajes shakesperianos, el Jingle en la adaptación teatral del Pickwick, de Dickens, el protagonista de esa curiosidad que es Una historia de Waterloo , la única pieza teatral de Sir Arthur Conan Doyle, así como varias obras de Sardou, de Merivale y la adaptación de Wills al Fausto de Goethe. 
Pienso que estos datos no son ociosos y, en cambio, son necesarios para ubicar el hermoso texto de Roberto Coria, editado por Vicente Quirarte y llevado a escena por Eduardo Ruiz Saviñón con el título de El hombre que fue Drácula . Y así lo pienso por la sencilla razón de que esta pieza contiene una serie de profundas reflexiones sobre la profesión teatral y sobre el cotidiano milagro artístico de cada puesta en escena. 
Coria imagina a Bram Stoker, el genio irlandés, autor de Drácula trabajando para Sir Henry Irving en el Lyceum. Desde que se abre el telón, el director reúne en su personaje colgado en lo más alto del escenario del Ruiz de Alarcón, a Sir Henry con Drácula y, ya en el suelo del escenario, con Ricardo III y su monólogo que, en la traducción de Coria, nos habla del “invierno de nuestro infortunio”.  
Bram Stoker, su Drácula-Henry I, Ellen Terry, Florence, esposa de Bram, Sir Arthur Conan Doyle y Armenius Vámbery, también Van Helsing, son los personajes de esta historia de vampiros y de grandes divos que tienen, en su ánimo, muchos aspectos vampíricos. 
La dirección de Eduardo Ruiz Saviñón es exacta y llena de matices que dan variedad a una temática que va desde la idea del teatro sobre el teatro hasta los mundos especiales de lo gótico. 
Nicolás Núñez es un Henry I insuflado y prepotente y un Drácula emboscado en un Ricardo III contrahecho, malvado y lamentable. Nicolás nos descubre todos los matices y contradicciones de su personaje y profundiza en el alma de un actor que dedicó su vida entera a los escenarios. Eduardo Von es un Stoker decidido a cumplir su vocación literaria, tímido, pero seguro de la futura grandeza de su obra. Elena de Haro brilla, en compañía de un disciplinado perro lanudo, en el papel de la gran diva de la escena londinense, Ellen Terry; Priscila Pomeroy nos sorprende con su buena personificación de Florence y de Lucy Westenra; Guillermo Henry es un Conan Doyle con abrigo de Holmes y Antonio Monroi hace un Van Helsing afiebrado y persistente. Notables son la escenografía y la iluminación de Sergio Villegas. Todos ellos actualizan el texto de Coria y aportan una nueva muestra al Teatro Gótico mexicano que los vampiros honorarios Saviñón-Quirarte han venido plasmando en los últimos años de nuestro panorama teatral.
Henry I-Drácula, su empleado y víctima Bram Stoker y el eterno Conde descrito por Van Helsing, el perseguidor de vampiros, son el marco en el que se mueve una serie de observaciones sobre la esencia del teatro. No en balde Quirarte nos dice que esta obra es “un homenaje al teatro y al actor”. Henry I-Drácula-Ricardo III penden de una cuerda en lo alto del escenario y, por arte de magia teatral, caen al suelo y son, al mismo tiempo, vampiro, lobo, conjunto de ratas, pero, sobre todo, seres que se mueven en un constante “invierno de nuestro infortunio” y en la magia total de la puesta en escena.

lunes, 23 de julio de 2012

Final de altura


Sigo abatido tras leer detalles de las víctimas de la hoy bautizada como La masacre de Aurora. Al menos dos de ellas, Jon Blunk y Matt McQuinn, perecieron como héroes. Dieron sus vidas a cambio de las de sus amadas. Hace unos momentos la Policía de Denver presentó ante los medios de comunicación a su verdugo, James Holmes, un joven con la mirada extraviada y el cabello teñido de color naranja. La aparición del agresor nos recuerda tragedias similares y despierta el viejo debate sobre la validez de la pena de muerte. Los estatutos pueden hacerlo un candidato ideal para la sanción, pero una vida en reclusión sería un castigo justo, si acaso alguna medida puede considerarse así ante un hecho tan devastador. El juicio de Holmes comenzará la siguiente semana, así que el circo legal y mediático apenas está por comenzar. Mientras tanto, reproduzco la opinión autorizada de mi amigo Rafael Aviña –quien ya vio la película, para envidia de muchos-, publicada en la sección Primera fila del periódico Reforma y que apareció al mismo tiempo que los medios daban cuenta de la tragedia por la que será recordada la película, el viernes 20 de julo pasado. Y es que James Holmes no sólo arruinó la vida de docenas de personas, sino manchó por siempre el aura que rodeaba el acontecimiento que muchos hemos esperado por casi 4 años. Y eso, en el enorme orden de las cosas, es lo de menos. 
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Final de altura
Rafael Aviña
Cineasta atípico y portentoso, Christopher Nolan es uno de esos casos extraños que consiguen combinar arte y espectáculo a niveles poderosos.
Sus temas son siempre los mismos: sentimiento de culpa, obsesión de personajes que se mueven entre la luz y la sombra, ambigüedad de la justicia y el miedo como motor.
Nadie mejor para hacerse cargo de una figura de patología compleja y obcecación como Batman, en gran protagonista de DC Comics creado por Bob Kane.
Y con Batman: El Caballero de la Noche asciende (EU-Gran Bretaña, 2012) cumple lñas expectativas al clausurar la excepcional trilogía heroica de Ciudad Gótica.
Más allá de su posición como evidente mega-blockbuster, se encuentra el trabajo de Nolan y sus coguionistas, responsables de una saga de pavor criminal donde la frontera entre el crimen y la legalidad ha perdido toda razón de ser.
Batman: El Caballero de la Noche asciende no es tanto una oscura continuación de la película anterior, por el contrario, se conecta de manera directa con la primera, Batman inicia (2005), para mostrar la ascensión del héroe: sus traumas, su lado violento y su reconversión espiritual en una cárcel/cueva donde aprenderá a diferenciar entre justicia y venganza.
Desde la impáctate secuencia inicial: la captura del avión en pleno vuelo, se establece el tono de caos y vértigo que permea el relato de 164 minutos de acción constante, al que le siguen momentos espectaculares como la secuencia del estadio, o el asalto a la casa de bolsa donde reaparece Batman, a quien se culpa de la muerte del fiscal Harvey Dent.
Y es que Bruce Wayne ha vivido oculto y alejado de la sociedad, sin embargo se ve obligado a regresar con la aparición de una hermosa ladrona fascinada por las armas de fuego: Gatúbela, que pone el toque sensual y los diálogos más corrosivos. Pero sobre todo por la presencia de Bane, que ha creado un ejército clandestino y transformado una poderosa fuente de energía en una bomba nuclear.
En oposición a su predecesora, se trata de una épica-espectáculo que intenta suplir la carencia de un magistral villano sicópata y carismático como lo era el Guasón. Bane, en cambio, es una máquina de muerte, un brutal torturador sin personalidad, eso sí, muy superior al mantecoso Bane de Batman y Robin (Joel Schumacher, 1997) y su ciudad Gótica convertida en Disneylandia.

lunes, 16 de julio de 2012

Aventuras para el Hombre Araña


Se encuentra actualmente en cartelera El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012), cinta que, según los avances que he visto, es un alarde tecnológico. Ese es un aspecto que me repele, más porque en la mayoría de los cines se exhibe en 3D, técnica que -como saben- anatemizo. El otro es que la imagen de Andrew Garfield como Peter Parker se aleja notablemente de la intención que Stan Lee y Steve Ditko dieron al personaje en los años sesenta y que Tobey McGuire captó muy bien en la saga dirigida por Sam Raimi. Podría decirse que el nuevo Spiderman es un héroe para esta generación. Como dije la película no me atrae, pero la veré inevitablemente para poder criticarla como se merece. Mientras eso sucede -porque mi atención la acapara el próximo ascenso de Batman- reproduzco el estracto que el periódico La Jornada publicó el 9 de agosto de 2003 del estupendo libro de ensayos Del monstruo considerado como una de las bellas artes (Paidós, 2006) de mi querido amigo Vicente Quirarte, uno de los más grandes admiradores del arácnido que conozco.
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Aventuras para el Hombre Araña
Vicente Quirarte


El primer enemigo del Hombre Araña fue mi padre. Ambos fueron los mejores amigos de mi infancia. No teníamos televisión pero sí muchos libros. Después sabríamos que esos objetos impresos y sin imágenes contenían potencialmente más aventuras que las salidas del aparato congregador de nuestros envidiables, afortunados vecinos, en cuya casa buscábamos refugio. Debido a que mi padre anatematizaba tanto la televisión como los dibujos animados en revistas, la prohibición nos condujo a la pasión. Su trabajo, como historiador, consistía en descifrar y desmitificar la vida de los héroes. Sus hijos nos afanábamos en explorar y mitificar las vidas ejemplares de los superhéroes. Mi padre intentaba convencernos -y a veces tenía éxito- de la resistencia de José María Iglesias, la abnegación de Santos Degollado, las desventuras de la familia Juárez. Pero a nosotros nos decían más los naufragios y comentarios de un adolescente transformado por una araña radiactiva o a las dudas existenciales del abogado ciego que decide convertirse en paladín de otra clase de justicia.
Nacieron con mi infancia y no pasaba un mes sin que surgiera un superhéroe con nuevos y sorprendentes poderes. El escenario era una ciudad reconocible, Nueva York, lo cual contribuía a la verosimilitud de las historias que modificaban la rutina de mi diario camino a la escuela. En el primer número de Diabólico (Daredevil), el nuevo paladín hace su debut con un recorrido por encima de las calles neoyorkinas. Dos comunes mortales lo descubren y el primero dice: "¿Qué es eso? Ah, otro superhéroe", a lo cual su acompañante responde: ''En esta ciudad no puedes dar la vuelta sin tropezarte con uno de ellos''. Sobrevivíamos la semana sólo gracias a la ilusión del siguiente capítulo. Al mismo tiempo, la emergencia de cada villano era un examen al cual los lectores sometíamos a los creadores de la historia. Cuando era un acierto, el resultado se aproximaba a la hipérbole del gastrónomo Anthelme Brillat-Savarin cuando afirmaba que el descubrimiento de un nuevo platillo era tan importante como el descubrimiento de un nuevo planeta.
[...]¿Qué hace tan intenso e inolvidable al Hombre Araña? ¿Qué lo distingue del resto de los héroes supervivientes y necesarios en un mundo de canallas? Todos hemos querido ser Supermán, pero todos hemos sido el Hombre Araña. Aunque la muerte física del primero echó por tierra el mito de la inmortalidad, el estudiante y periodista gráfico Peter Parker tiene sobre Clark Kent una superioridad emotiva que lo convierte en el último de los románticos y en el primero de los héroes enmascarados. Una imagen frecuente en sus aventuras es la meditación en la azotea -ese lugar tan alejado de los hombre como cercano al cielo-, en la contemplación de la capital del mundo globalizado. Lleva, como Supermán, los colores del imperio, pero no es un vasallo del imperio.
Quien alguna época de su vida haya sido el Hombre Araña conoce la grandeza de la tortura y las delicias de la victoria. Batman tiene escudero, mayordomo y fortuna económica que lo curen de los fracasos parciales; Supermán tiene su retiro en el Polo Norte, donde recuerda su planeta natal y puede vivir en el mejor de los mundos imposibles. El Araña está soberbiamente solo, como un adolescente. Sobre sus ilustres antecesores, Peter Parker tiene dos ventajas: el sentido del humor y la pobreza. Lo que podría hacer en su personalidad de araña -robar una casa, entrar en un banco- contradice la ética de su parte luminosa. Al igual que Babette, Parker puede afirmar, con mayor justicia que nadie: no hay héroe pobre. Como respuesta a la pregunta retórica que formulé antes, dejemos la palabra a Stan Lee, el padre de los héroes -dioses y monstruos- que forjaron nuestra primera y definitiva educación: ''Creo que Spidey ha dejado una huella tan duradera porque quizá sea el superhéroe más humano de todos. Nunca tiene suficiente dinero, siempre lo acucian los problemas personales y no se puede decir precisamente que el mundo aplauda sus acciones... En suma, se parece mucho a ustedes y a mí".

viernes, 22 de junio de 2012

Oscura perfección

Alien (1979), el segundo largometraje de Sir Ridley Scott (porque ya se ganó un título nobiliario) es una película cercana a la perfección. No sólo es considerada la séptima mejor película de ciencia ficción de todos los tiempos por el American Film Institute, sino que representa el matrimonio perfecto con otro género considerado menor por muchos: el horror. Es también la primera incursión del cineasta en el tema y, por mucho, una de sus mejores obras. Alien atrae las miradas nuevamente por el estreno de Prometeo (2012), y las comparaciones son inevitables. Ya dije que la segunda no alcanza la dimensión de su hermana mayor pese a su espectacular puesta en escena, pero puede disfrutarse como el digno inicio de una saga desigual e increíblemente lucrativa. 
El principal atractivo de Alien es su horrendo protagonista, surgido de las pesadillas del artista visual suizo Hans Rudi Giger, un ser fascinante, alabado por su naturaleza e integrante ya de la cultura popular de occidente. Mi amigo y mentor Ricardo Bernal siempre destaca su ausencia de ojos como un elemento clave para infundir miedo. Así como generaciones previas se aterraron y maravillaron por las creaciones de Bela Lugosi, Boris Karloff y compañía, el Alien es uno de los monstruos favoritos de nuestra era. Es el centro de una de mis cintas favoritas. Sobre ella se ha escrito y dicho mucho. La entrada que Pedro Duque le dedica en Arañas de Marte, videoguía de invasiones alienígenas (Glenat, 1998) la describe muy bien, por eso reproduzco el texto:
Alien, el octavo pasajero es indudablemente una de las mejores películas de ciencia-ficción de todos los tiempos. No sólo fue una inflexión en el género, sino que también le dio al aficionado a las monster movies  lo que le venían prometiendo durante más de tres décadas y casi nunca se cumplió: un monstruo auténticamente terrorífico, abundante gore y emociones que congelaban las palomitas en las tripas. Y no es que el argumento de Dan O´Bannon (basado en un relato firmado por él mismo y Ronald Shusett) fuera precisamente novedoso; It! The terror beyond space (1958) o Queen of blood contaban prácticamente la misma historia, pero con unos valores de producción mínimos y una ingenuidad formal que las aleja del perverso terror gótico que supura esta pesadilla extremadamente vívida.
Por otro lado, el inolvidable diseño de producción recrea un futuro totalmente opuesto a la asepsia de 2001: una odisea en el espacio y otras cándidas visiones del espacio, como un lugar limpio y controlado. En el futuro del Nostromo las naves son sucias, oscuras y húmedas, propiedad absoluta de una mefistofélica compañía comercial y tripuladas por navegantes más parecidos a soldados de fortuna que a cadetes dl espacio. Mención aparte merece la visión enferma y genial de H. R. Giger, creador de los decorados satánicamente orgánicos y del mítico Alien –animado por Carlo Rambaldi y su equipo-, directamente salido de la fangosa imaginación de H. P. Lovecraft, una despiadada forma de vida que ya forma parte de las pesadillas contemporáneas.