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lunes, 27 de enero de 2014
sábado, 25 de enero de 2014
Sabias palabras para decirse en una boda
Palabras dichas por Sherlock Holmes (Benedict Cumberbatch) en el
banquete de bodas de Mary Mostan (Amanda
Abbington) y John Watson (Martin Freeman), tomadas del
guión de Mark Gatiss Steven Moffat y Stephen Thompson para El signo de los tres, segundo episodio
de la tercera temporada de la teleserie británica Sherlock:
Todas
las emociones, y en particular el amor, se oponen a la razón pura y fría que
defiendo por sobre todas las cosas. Una boda es, en mi ponderada opinión, nada
menos que una celebración de todo lo que es falso, engañoso, ilógico y
sentimental en este mundo enfermo y moralmente comprometido. Hoy honramos la ruina
de la sociedad y, eventualmente –estoy seguro- de toda nuestra especie.
Pero
igualmente hablemos de John. Si durante mis aventuras me he allegado de su ayuda,
no me alejo del sentimentalismo o del capricho cuando digo que tiene muy buenas
cualidades propias además de su obsesión por mí. En efecto, cualquier
reputación sobre mi agudeza mental, en verdad, proviene del extraordinario contraste
que John ofrece de manera desinteresada. De hecho, creo que las novias tienden
a elegir damas de honor excepcionalmente planas en su gran día. Hay cierta
analogía aquí. Y el contraste es, después de todo, el plan de Dios para realzar
la belleza de su creación, o lo sería si Dios no fuera una fantasía ridícula
diseñada para dar una oportunidad de empleo al idiota de la familia.
Lo
que trato de decir es que soy el individuo más desagradable, grosero, ignorante
y cretino que tendrán el infortunio de encontrarse en la calle. Desprecio lo
virtuoso, soy incapaz de reconocer la belleza y no puedo comprender la
felicidad. Por eso no entendí por qué me pidieron ser Padrino, más porque nunca
esperé ser el mejor amigo de nadie. Y ciertamente no del más valiente,
bondadoso y sabio ser humano que jamás he tenido la fortuna de conocer. John,
soy un hombre ridículo, redimido solamente por la calidez y constancia de tu
amistad. Y como aparentemente soy tu mejor amigo, no puedo felicitarte por la
compañera que elegiste. Pero de hecho sí puedo. Mary, cuando digo que te
mereces a este hombre es el cumplido más grande que soy capaz de hacer. John,
has sobrevivido la guerra, lesiones y trágicas pérdidas –de nuevo, lo siento
por la más reciente- así que debes saber, hoy que estás sentado en medio de la
mujer que has hecho tu esposa y del hombre que has salvado –en breve, las dos
personas que más te aman en este mundo,- y sé que hablo por Mary, cuando digo que
nunca te decepcionaremos y tenemos una vida para demostrártelo.
martes, 20 de agosto de 2013
Fue su primera vez
La expresión latina opera prima se usa para
designar al primer trabajo oficial de un artista. Cuando se trata de un
cineasta, este esfuerzo le sirve como una tarjeta de presentación. Hace
evidente su estilo y capacidades, y nos permite atisbar –con un alto grado de
precisión- cómo serán sus obras posteriores. De haberlas, por supuesto. En el
medio musical estadounidense, hay algo que se conoce como one hit wonder. Es una suerte de examen profesional. En el caso del
tapatío Guillermo del Toro, las
altas expectativas que ocasionó aquél año 1993 fueron satisfechas
con creces. Yo era apenas un tierno muchacho de 20 años. Instalado en la sala de cine, rodeado por pocos pero entusiastas cinéfilos, el resultado me sorprendió.
Su debut cinematográfico, La invención de Cronos, es afortunado e
insólito en muchos sentidos. Por una parte es un espléndido espécimen de géneros
olvidados para ese entonces en el panorama fílmico nacional y que conocieron
días de gloria y bonanza: el horror y la fantasía. Por otra, revela a un
narrador eficiente –recordemos que la escribió y dirigió- y fiel a obsesiones
poco reconocidas: el horror y la fantasía (conste que lo repetí a propósito). Y
finalmente tiene altísimos valores de producción pese a su magro presupuesto. Con
tan sólo 29 años de edad, del Toro ingresaba a un medio difícil –hostil a
veces- donde luchaba contra ideas anquilosadas y todos los prejuicios del
mundo. Hoy, 20 años después, sus miles de seguidores alrededor del mundo
podemos decir que fuimos testigos del inicio de una de las carreras más venturosas
en tiempos recientes. Cronos –así le decimos sus devotos-
es una cinta cercana a la perfección. Aporta sangre nueva a uno de mis
monstruos preferidos –el vampiro,
claro está- de una manera inteligente y original. Es una de mis películas
favoritas y lo confieso con orgullo en todos los espacios donde el tema sale a
colación. Y, colmo de las ironías, por primera vez escribo sobre ella. Lo hago
con pretexto de su más reciente largometraje, del que ya hablé con anterioridad,
y seguramente seguiré con el resto de su filmografía.
Los inicios de Guillermo del Toro no son
distintos de los nuestros. Por encima de todo, es un gran cinéfilo, devorador
por igual de cintas de horror mexicanas como estadounidenses, italianas y japonesas.
Era, como dijo el crítico de cine Leonardo
García Tsao en el prólogo al guión (publicado por ediciones El Milagro en
1995), “un chavo imberbe de Guadalajara que le gustaban los cómics y las
películas de horror”. Su vocación lo llevó a realizar rudimentarios
cortometrajes –su madre misma protagonizó bajo sus órdenes Matilde y Geometría-
y posteriormente evolucionó al terreno de los comerciales y la televisión,
donde desempeñó los más diversos roles, desde asistente de director, maquillista,
realizador de efectos especiales y artista de story boards. Por esos
momentos comenzó a fraguar dos historias –proyectos de tesis para la
Universidad de Guadalajara- tituladas El vampiro de Aurora Gris y El
espinazo del diablo (a ella llegaré en un futuro no distante).
Posteriormente realizó sus “pininos” en el semillero televisivo titulado Hora
marcada (1986-1989), serial episódico donde realizó algunos memorables
capítulos. Fundó una firma especializada en efectos llamada Necropia, en la que conoció a la que
sería su esposa, Lorenza. Conoció al
que habría de convertirse en su cinefotógrafo de cabecera, Humberto Navarro, quien le presentó a su hermana Bertha Navarro. Ella, como la buena
productora que era, le orientó para hacer realidad uno de sus sueños. Y le
estamos muy agradecidos por ello.
Todo aficionado de estos temas conoce
muy bien La invención de Cronos, pero
recordémosla. En un maravilloso prólogo ambientado en 1536 y narrado por Jorge Martínez de Hoyos, el alquimista Uberto
Fulcanelli (Mario Iván Martínez)
escapa de la Inquisición y se establece en Veracruz. Está obsesionado por
conseguir la vida eterna. Posteriormente viajamos 400 años después, hasta un
edificio colapsado. Entre escombros, con el pecho mortalmente atravesado por un
madero, con el rostro pálido y deformado, yace el alquimista que pronuncia sus
últimas palabras, “suo tempore”. La
cámara recorre la casa del difunto, tal como hicieron las autoridades de la
época. Ahí pende un cadáver que se desangra sobre cuencos y vasijas. El
alquimista consiguió su objetivo a través de un ingenioso dispositivo conocido
como La invención de Cronos, que
reposa secretamente en el interior de la estatua de un ángel.
Inicia una historia de amor y horror,
con maravillosos momentos de comedia –el embalsamador encarnado por Daniel Giménez Cacho es estupendo- y
drama, con incontables alegorías a la religión, al tiempo que avanza
inmisericorde, a la eternidad, a la inocencia y el sacrificio. El anticuario Jesús
Gris (Federico Luppi) y su
esposa Mercedes (Margarita
Isabel) crían a su nieta Aurora (Tamara Shanath), luego de que sus padres mueren en un accidente. El
anciano, gris como su apellido, cruza su camino con Ángel de la Guardia (Ron Perlman), sobrino del decadente y
moribundo millonario Diether de la Guardia (Claudio Brook, maravilloso), quien le
ordena comprar estatuas de ángeles a cualquier costo. En una de ellas,
accidentalmente revelado por los
insectos tan queridos por “El Gordo”, el viejo y la niña descubren lo que
ansiosamente desea de la Guadia: el
dispositivo del título, diseñado por el talentoso José Fors. La razón es simple. Al igual el alquimista, el
industrial desea la inmortalidad. Sin desearlo, Gris la obtiene. A un altísimo
costo.
Con una belleza poética –la niña
arropando a su abuelo vampiro en un ataúd improvisado en su baúl de juguetes o los ángeles envueltos en plástico en la guarida del villano- y
heroica –“lo mío es nada más dolor”-, la película es indispensable en todos los
sentidos. Deja muy en claro aspectos que van a coincidir y definir el trabajo
del director: los insectos, los engranes y la maquinaria de relojería, la
infancia, los dilemas no resueltos con la figura paterna y su noción de lo
monstruoso. Porque algo que defiende el tapatío es que el monstruo no
necesariamente es malo. Es más terrible el personaje de Ron Perlman, obsesionado
con el aspecto de su nariz y su ambición desmedida por la fortuna de su
pariente, que el personaje ficticio más feo. Y las principales aportaciones de
del Toro al mito son dos: su protagonista es un anciano decadente que lame
incluso la sangre del piso de un baño y un proceso de vampirización –libre de
colmillos- donde un insecto milenario, atrapado en un dispositivo a medio
camino entre un juguete de cuerda y un Huevo de Fabergé, es el gran dador de un
don deseado y cuestionado por todos.
Al finalizar su introducción al texto, García
Tsao tuvo dones proféticos. “No he visto aún la película terminada, pero el
guión de La invención de Cronos es un
anticipo de lo que quizá resulte ser el mejor espécimen del cine de horror
nacional. Su cuidadosa elaboración, sus versiones pensadas y repensadas a lo
largo de los años, me hacen suponer una victoria fácil sobre los átomos
malignos que suelen acechar cualquier intento de cine fantástico en México”. No
sé si es “el mejor espécimen del cine de horror nacional”, pero sin dudarlo es
uno de sus mejores representantes en los últimos 30 años. Casi inmediatamente
pudo comprobarse cuánta razón tenía el crítico. Su airoso paso por festivales nacionales
e internacionales, sus incontables premios y la respuesta de los espectadores
demuestran lo que comprobamos desde la butaca y el remate de García. “Este
chavo imberbe de Guadalajara tiene talento”.
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martes, 5 de marzo de 2013
Presentar zombis

El
sábado pasado, Alfaguara Infantil me
invitó a presentar la novela Amor, zombis y otras desgracias
(Alfaguara, 2012) de José Luis Trueba Lara, obra a la que me referí
anteriormente. Acompañé al autor y al crítico de cine Rafael Aviña, figura importante en este espacio y en mi formación.
Por los dos siento el más genuino respeto y aprecio personal y profesional, cosa que me hizo
disfrutar la ocasión por partido doble. El acto, celebrado en la edición XXXIV
de la Feria Internacional
del Libro del Palacio de Minería, en orgulloso territorio de mi Universidad, contó
con un público –mayormente integrado por jóvenes- que colmó el Salón de la Academia de Ingeniería.
Es comprensible por la reciente efervescencia del fenómeno zombi, un monstruo que
invita a las más variadas interpretaciones. De todos sus terribles colegas, es
el más correcto. A un zombi no le importa si eres rico o pobre, feo o hermoso, lees
la Revista de
la Universidad
o TV y Novelas, escuchas a Metallica y Jenny Rivera: tu carne es igualmente
suculenta que la de cualquier persona. Comprometí a Rafael para compartir en
este blog el texto que preparó para la actividad, por lo que lo reproduzco con
su amable autorización. Que lo disfruten.
***
AMOR, ZOMBIS Y OTRAS
DESGRACIAS de José Luis Trueba Lara
Rafael
Aviña
Conocí
a José Luis Trueba Lara hacia el año de 1980, cuando ambos coincidimos como
alumnos en el primer semestre de la UAM Xochimilco en el turno vespertino, un tronco
común, en el que la UAM
mezclaba en una suerte de cacerola experimental a aspirantes a Diseño Gráfico,
Biología, Comunicación, Sociología, Arquitectura, Agronomía, Economía y más.
José Luis iba para Sociólogo y yo para Comunicador Social y sobrevivimos a esa
experiencia. Fue tal la empatía que tuvimos y la sana competencia que
establecimos, que decidimos trabajar en equipo en los dos semestres que
compartimos. Parte de nuestra afinidad tenía que ver con ese gusto por platicar
y desmenuzar toda clase de películas enfermizas, sangrientas y delirantes y sus
correspondencias con la vida cotidiana.
Basta
decir que de ese gusto mutuo, varios años después, José Luis, en su faceta como
editor, avaló algunos de mis primeros libros como: El cine oscuro, el placer criminal y El cine de la paranoia, que publicó
bajo el sello de su propia editorial Times
Editores. José Luis es académico, promotor cultural, ensayista, periodista,
ha estudiado varias carreras y desarrollado cargos públicos relacionados con el
área editorial y cultural y además de ello, no ha dejado de escribir. Más
sorprendente aún, es que se trata de un autor que igual puede narrar la
historia de un policía capitalino, contar las vicisitudes de los chinos en
Sonora o de la huelga de Cananea en 1906, y a la vez, escribir una novela sobre
muertos vivientes quinceañeros. Su capacidad de trabajo y su obra publicada
resulta asombrosa y lo digo con gusto y admiración.
Una
de aquellas tantas tardes de 1980 en la UAM Xochimilco ,
nuestro profesor nunca llegó, entonces José Luis y un servidor iniciamos una
larga plática que se extendió hasta entrada la noche cuyo tema era una película
en particular considerada un parteagüas cultural del cine de horror y sobre un
tópico que hoy en día ha conseguido crear un enorme embeleso y veneración. Me
refiero a La noche de los muertos
vivientes dirigida en 1968 por George A. Romero, director que ha seguido
realizando una serie de eclécticas y fascinantes secuelas sobre el mismo tema y
generado múltiples filmes que rinden homenaje a su trabajo. En éste, su nuevo
libro, Amor, zombis y otras desgracias,
editado por Alfaguara juvenil, el personaje protagónico se llama Jorge Antonio Romero (es decir: George
A. Romero), a quien José Luis rodea de una serie de personajes y situaciones
que van del humor negro al horror más desolador. Si algo tiene José Luis Trueba
Lara además de incansable talento, es que es dueño de un humor despiadado que
aplica aquí de manera brillante. Veamos.
El
personaje de UV el mejor amigo de Jorge Antonio a quien conoce en la nueva
escuela secundaria a donde se cambia, se llama así porque es albino. En otra
parte, Jorge Antonio le pregunta a su
amigo si su mamá se volvió a casar. El responde: “¿Tu te casarías con ella?” y
es habría que aclarar que la mujer es casi albina, se pinta el cabello color
rosa pálido, se maquilla como geisha y es una cosmetóloga que carece de cejas.
Lo mismo sucede con la anécdota de ese jabón con feromonas llamado quita calzón que el protagonista compra
en el mercado y que puede convertirse en una fallida arma biológica.
José
Luis Trueba pasa revista a un universo adolescente que en un principio puede
parecernos un lugar común desde el punto de vista adulto. No obstante, sería
bueno que los adultos regresaran a los años de adolescencia para recordar esa
sensación de estar cubiertos de espinillas, flacuchos, hablando como el Gallo Claudio y enfrentando al típico
gandalla golpeador de toda secundaria y
al mismo tiempo, a la atracción física hacia chicas que se desarrollan mucho
más rápido que los jóvenes. Es justo ahí donde encaja Jorge Antonio, un chavo solitario que lleva un diario escrito, con
una media hermana pequeñita, un padrastro bueno pero anodino y una madre
cariñosa. UV, el albino que vive con
su madre ídem, fanático de las
teorías de las conspiraciones los blogs de
ese mismo tema y de películas como Resident
Evil, La facultad, La noche de los muertos vivientes, El exorcista, Usurpadores
de cuerpos o Diabólica tentación y que además, tiene en su casa un
chihuahua disecado y cree en suplantaciones alienígenas, lavados de cerebro y
bacterias extraterrestres. O Alicia,
la chica solitaria cuya madre la acosa y acusa todo el tiempo, cubierta de
piercings y que se desahoga a través de una cámara de video. Chavos segregados
y auto marginados que bien podrían tener cabida en la película Cuenta conmigo escrita por Stephen
King, Por cierto, los personajes de Trueba, se adelantaron a los de Paranorman y Frankenwinie, donde cabe también la chica fanática del maquillaje,
los antros, la ropa de moda, Camila y Justin Bieber, llamada Bárbara como Barbie.
Amor, zombis y otras
desgracias,
está etiquetada como novela juvenil, ya que transcurre en ambientes adolecentes.
Lo curioso, es que en realidad se trata de una obra que al mismo tiempo
debieran de leer los padres de los chavos a los que está dirigida. En su
novela, la familia nuclear no existe. Los chicos protagonistas o han sido
abandonados por el padre, o son hijos de divorciados, pero sobre todo, los
adultos se localizan a años luz de los sentimientos de sus hijos, lo que
también da pie a reflexiones crudas. En la pag. 164, Alicia habla consigo misma a través de una cámara refiriéndose a su
mamá y dice: “cuando le comenté que teníamos que platicar de algo muy
importante, ella, como siempre, entendió otra cosa. Se me quedó viendo muy feo.
En ese momento, supe que para no variar, estaba pensando en cosas que no son,
ya sabes: que me fui de zorra, que estoy esperando un bebé, que me había metido
algo, que ya me habían reprobado o que me habían pegado una enfermedad de esas
que no se puede hablar sin vergüenza. A veces cuando se pone así, pienso en
ella y en mi papá, en un matrimonio a la carrera y en una niña prematura, esa
soy yo…en que mi mamá tal vez no quiere que sea como ella, pero nunca se ha
querido dar cuenta, que definitivamente, yo no soy ella”.
José
Luis hace referencia a personajes del cine de horror contemporáneo como Stephen
King, Robert Rodríguez, o Romero, sin embargo, atiende las premisas de aquellos
relatos de horror de los años 40 y 50, cuyos personajes sufrían terribles
mutaciones que no eran otra cosa que alegorías de las transformaciones hormonal
adolescente y sus horrores inconfesables, como sucede en La marca de la pantera, Yo fui un hombre lobo adolescente, El hombre
caimán o La mancha voraz, mismas que a su vez, encontraron eco en la
década de los 70 con cintas de culto como Martin
de George A. Romero, Carrie de Brian
De Palma o Parásitos asesinos y Rabia, dirigidas por David Cronenberg.
En ellas, los vómitos, las evisceraciones eran metáforas de la bulimia,
anorexia, dermatitis o automutilaciones adolescentes y a su vez, alegorías
sexuales sobre los cambios hormonales de adolescentes que despiertan al mundo.
Por supuesto, el cine
mexicano de la época no se quedó atrás para hablar de los jóvenes, personajes
que parecían invisibles como hoy se sienten hoy los chavos. Así, perdidos entre
charros, gángsters, chinas poblanas, rumberas, pecadoras o madres abnegadas,
jóvenes como Martita Mijares, Marta Elena Cervantes, Maricruz Olivier, Tere
Velázquez, Olivia Michel, Luz María Aguilar o Chachita, Fredy Fernández el Pichi, Alfonso Mejía, René Cardona
Junior, o Fernando Luján, jamás se convirtieron en panteras, caimanes, o lobos.
No obstante, para los realizadores y argumentistas de aquel cine mexicano
adolescente, nuestros jóvenes eran unos verdaderos monstruos con acné y tobilleras,
culpables de todo tipo de desviaciones como el rocanrol, el cigarro, las
chamarras de cuero y el despertar a la sexualidad. Jóvenes inconformes y
rebeldes como deben ser los jóvenes, pero por ello, para nuestro cine:
regañables, sermoneados, rechazados e incomprendidos en películas cuyos títulos
hablan por sí mismos de sus “aberraciones” adolescentes: La edad de la tentación ¿...Y mañana serán mujeres!, Ellas también son
rebeldes, ¿Con quién andan nuestras hijas?, Juventud desenfrenada, ¿A dónde van nuestros hijos? o Estos años violentos.
Si Drácula de
Bram Stoker se construía con materiales como cartas, diarios, recortes de
periódicos y un narrador omnisciente. En la novela de José Luis además del
narrador ese “alguien del que quizá nunca sabremos quien cuenta lo que pasa” en
la obra, nos encontramos con mensajes de twitter, de
celular de facebook, videos de youtube, confesiones a cámara, diarios
escritos, entradas de blogs y páginas
de Internet, correos electrónicos, notas de periódico, comunicados de prensa y
más, para contar no sólo una historia que pasa del humor negro a un asunto cada
vez más ominoso y sangriento, con caminantes o muertos vivientes que salen de
los túneles del Metro y de hombres topos
que viven en las cloacas y en los recovecos de esas mismas estaciones, muy
similares por desgracia a los indigentes marginados, teporochos y adolescentes
pachecos que corrieron de la calle de Humboldt y que ahora deambulan entre la
calle de Independencia y el Metro Juárez.
En el fondo, esta historia de muertos que caminan,
de una terrible pandemia que mucho tiene que ver con aquella que asoló nuestra
ciudad en abril de 2009, de jovencitos armados con decenas de dvds de horror Serie B, paranoias y conspiraciones, se
trata sobre todo, de un relato de sobrevivencia emocional y hormonal
adolescente: su relación con el mundo, con los adultos, la experiencia del
amor, el valor de la amistad, la forma en que los chavos intentan enfrentar la
soledad, la ausencia de sus padres y las burlas de sus compañeros, con un
escenario zombie apocalíptico como alegoría.
Por encima de todo ello, Amor, zombis y otras desgracias, retrata el dolor de crecer. El
abandonar las fantasías de la infancia y esa burbuja en que solemos crecer,
para ver la realidad: la forma en que conviven de manera cotidiana fealdad y
belleza, el horror, la corrupción, o la apatía, con el esfuerzo, el optimismo y
el trabajo verdadero. Ahí, donde, el enamorarse es sólo otra faceta de ese
proceso que es el tormento de crecer. Y es que crecer duele, duele mucho.
Pregúntenle a sus hijos adolescentes y verán, o más bien, preguntémonos a
nosotros mismos. Es ahí donde el epígrafe de José Emilio Pacheco de El principio del placer que José Luis
refiere, adquiere sentido. Cito: “Si, en opinión de mi mamá, ésta que vivo es
la “etapa más feliz de la vida”, como estarán las otras, carajo”.
Muchas gracias.
jueves, 21 de febrero de 2013
Una llorona que sí asusta
Dejaré de
hablar, por ahora, de Gein, Bloch e Hitchcocock. Regreso a horrores mejores,
esos que se quedan en la narración oral, en las páginas de un libro o son
exorcizados al presionar la tecla de un control remoto. Estrenada el mismo día
que Hitchcock
(Sacha Gervais, 2012), Mamá (Andrés Muschietti, 2013) sigue
en cartelera. Esto es fácil de comprender porque, como dije antes, es una
película con la capacidad de arrastrar a los grandes públicos al cine y
asustarlos. Ese viernes 1 de febrero, mi amigo Rafael Aviña publicó –como es regular- su opinión sobre ella,
aparecida en la sección Primera Fila del diario Reforma.
***
Una llorona que sí asusta
Rafael Aviña
El
impresionante éxito de Mamá
(España-Canadá, 2013), que se colocó en el primer lugar de taquilla en su
estreno en Estados Unidos, se debe en buena medida a la magnética presencia de
Jessica Chastain, una guapa actriz capaz de desenvolverse con eficacia en
cualquier terreno.
Pero, sobre
todo, el éxito se debe a la destreza del debutante cineasta argentino Andrés
Muschietti para construir un relato de horror sobrenatural a la antigua, con
varios y logrados momentos de tensión que provocan sustos y emociones
encontradas en el espectador a partir de un tópico en apariencia inofensivo: el
amor maternal.
Un corto de
3 minutos del mismo nombre, rodado en una vieja casona de Barcelona en 2008,
fue motivo para emocionar a ese generoso cinéfilo que es Guillermo del Toro,
quien como productor ejecutivo ha sido capaz de trasladar sus obsesiones y
universos a una micro historia inquietante y terrorífica que carecía de
explicación alguna.
Las
presencias sobrenaturales del pasado, los seres fantasmagóricos que vagan sin
descanso, las amenazas que acechan en las tinieblas y protegen a los menores de
edad –en particular las polillas- y las pulsiones de venganza caben aquí.
A una
historia confusa y desarticulada que tiene problemas severos para integrar a
los hombres adultos (los motivos del padre no son claros, el tío aparece y
desaparece como en las telenovelas, el personaje del psiquiatra pierde fuerza y
consistencia), se contraponen varios elementos.
Destaca el
trabajo atmosférico, ominoso y perturbador, una eficaz inventiva visual –el ente
de Mamá es fascinante-, un diseño sonoro y de producción poderoso y, en
especial, una muy lograda labor histriónica de Chastain, una rockera dark que
debe hacerse cargo de dos niñas que han vivido abandonadas en un estado semi
salvaje por cinco años luego de la muerte violenta de sus padres (las pequeñas
Charpentiere Isabelle Nélisse, estupendas).
Lo que
inicia como una perversa reelaboración de los cuentos de hadas fantásticos,
termina por convertirse en una suerte de oblicua puesta al día del tema de La Llorona.
En este
caso, la historia de una joven del siglo 19 a la que le intentan arrancar a su bebé,
mismo que pierde en una situación trágica y violenta, lo que da pie a una hipnótica
escena onírica y a escenas escalofriantes. Mamá
es una película muy entretenida que lanza a un director que promete.
martes, 13 de noviembre de 2012
¿Tiene vida el cine de zombis?
En las dos
últimas décadas el zombi ha demostrado su rentabilidad gracias al cómic, los
videojuegos, el cine y la televisión (vean el fenómeno The walking dead o las Zombie Walk alrededor del mundo). Esto
se debe en parte al agotamiento de otras fórmulas y monstruos, como los vampiros,
que han sido visitados casi hasta el hartazgo. Esa es una de las posibles
explicaciones para la trivialización que estos seres han alcanzado gracias a
Stephanie Meyer en su exitosísima saga literaria Crepúsculo, convertida –como todos saben- en un fenómeno
cinematográfico. Me siento profundamente preocupado porque ese mismo sendero
parece seguir el cine de zombis. Ese fue un sentimiento instintivo al enterarme
del filme Mi novio es un zombi,
dirigida por Jonathan Levine, a estrenarse en febrero de 2013. Esto lo confirmé
al ver las primeras imágenes, con el adolescente Nicholas Hoult (que vimos al
lado de Hugh Grant en Un gran chico o como el joven Hank
McCoy/Bestia en Hombres X, primera generación), como
el cadavérico protagonista de la cinta. El propio director Levine escribió el
guión de la cinta a partir de la novela Warm
bodies de Isaac Marion, que básicamente describe un romance imposible entre
un zombi y una adolescente en un Estados Unidos post apocalíptico. La idea de
un zombi enamorado es arriesgada y contradictoria si no olvidamos las
características que definen tal como lo conocemos gracias a George Romero:
- Un zombi es un cadáver
reanimado.
- Un zombi pierde su memoria, sus
capacidades intelectuales y afectivas.
- El zombi obedece a instintos
primarios (alimentarse).
- El zombi es un ser gregario,
por eso representa el terror de las masas.
- Todo aquél que es mordido por
un zombi, al morir, se convierte en uno.
Ya esta
ruta había sido tomada, en un tono que oscilaba entre la comedia y la farsa, en
Fido,
mi mascota es un zombi (Andrew Currie, 2006). En una sociedad
igualmente post apocalíptica con notables reminiscencias de los idílicos años
cincuenta, los humanos sometieron y domesticaron a los zombis, convirtiéndolos
en sus sirvientes. Pero un no-muerto (Billy Connolly)“sale del redil” y
corresponde los afectos de su oprimida ama (Carrie-Anne Moss).
Pero de
regreso a Mi novio es un zombi, el
trailer de la cinta ha despertado una curiosidad inesperada en personas dignas
de todo mi respeto. Jorge Grajales
opina que “Warm Bodies será la
sorpresa del año en cuanto a cine de zombies se refiere. La novela se deja leer
muy bien y el director ha realizado buenas películas. Y el trailer que salió
también ayer deja entrever que el filme no se toma tan en serio (vean esa
referencia de lo que debe ser un zombie ejemplificado con el blu-ray del Zombie de Fulci) e incluso aporta ideas
noveles al género: ¿qué pasa con los zombies cuando se cae toda su carne
putrefacta?”. Al avance concedo los méritos de una buena factura y la aparición
de John Malkovich, quien está a
punto de ir más allá del bien y del mal. Lo que no deja de inquietarme es que Summit
Entertainment, los estudios responsables de la saga Crepúsculo, se encuentran detrás de todo. Por lo demás, sólo queda
esperar.
En
oposición, Grajales desaprueba el trailer de Guerra Mundial Z, la
adaptación de la novela homónima de Max Brooks, también a estrenarse en unos
meses: “Estoy de acuerdo con el inevitable fin de las películas de zombies, pero no
por Warm Bodies, sino por la
"adaptación" de Guerra Mundial
Z que se asemeja más a La Guerra de Los Mundos de Spielberg que a lo que
brillantemente escribió Max Brooks, y esos zombies son más parecidos a los
lemmings. Y no, no a los verdaderos lemmings, a los lemmings del videojuego tan
famoso en los 90” .
Precisamente ese aspecto fue uno de los que más me atrajo del trailer: los
zombis vistos como una gran masa informe, amenazadora, que pese a obedecer a la
necesidad de alimentarse tienen una especie de conciencia colectiva, cosa que
socialmente hemos perdido. Pero ya escribiré sobre ella en su momento.
Creo que la
supervivencia del subgénero puede residir en especímenes como la
inteligentísima El desesperar de los muertos (Shaun of the dead, Edgar Wright, 2004), cuya gracia se
encuentra en abordar el tema con toda la seriedad y el respeto que exige y lo
utiliza como fondo de situaciones hilarantes. El protagonista Shaun
(Simon Pegg) es un empleado sumido
en una mediocridad que le impide ver los signos del Apocalipsis zombi, sea
porque no presta atención a las noticias en la televisión (padece zapping) o porque sale a comprar un
refresco y no se percata de las manchas de manos ensangrentadas en el vidrio
del refrigerador de la tienda. Curiosamente el libro que desprende Mi novio es un zombi ha recibido elogios
tanto de Stephanie Meyer como de Simon Pegg, coescritor de Shaun of the dead. Estos últimos sin duda le merecen
el beneficio de la duda.
Y ahora, vámonos a Mórbido.
jueves, 13 de septiembre de 2012
Hugo Gutiérrez Vega y el triunfo de todos.
El martes pasado, Hugo Gutiérrez Vega (Guadalajara, 1934 ), brillante poeta y ensayista mexicano, ingresó como Miembro de Número a la Academia Mexicana de la Lengua. Ocupa la silla XXXVII, que pertenecía a otro grande, Don Alí Chumacero. La labor de Gutiérrez Vega, aparentemente alejada de los temas de este blog, tiene una gran cercanía con ellos. Entre sus incontables méritos intelectuales, fue un devoto e incansable colaborador del Teatro Gótico de Eduardo Ruiz Saviñón, con quien tiene una gran amistad. Lo vi hace años en la Casa del Lago Juan José Arreola de la UNAM actuando en una adaptación de Los perros de Tíndalos de Howard Phillips Lovecraft.
Del muro de Facebook de Eduardo, tomo una fotografía donde aparecen ambos, acompañados de otro grande, Juan López Moctezuma. Hace unos años, Don Hugo dedicó unas amables palabras, en La Jornada Semanal, a mi obra de teatro El hombre que fue Drácula. Dio su autorización para que fueran incluidas en la segunda edición del texto, publicado por Libros de Godot. Las reproduzco como un homenaje a su genio. Porque el más reciente logro -su ingreso a la Academia- es más que merecido. Todos los que lo admiramos estamos de fiesta.
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Del muro de Facebook de Eduardo, tomo una fotografía donde aparecen ambos, acompañados de otro grande, Juan López Moctezuma. Hace unos años, Don Hugo dedicó unas amables palabras, en La Jornada Semanal, a mi obra de teatro El hombre que fue Drácula. Dio su autorización para que fueran incluidas en la segunda edición del texto, publicado por Libros de Godot. Las reproduzco como un homenaje a su genio. Porque el más reciente logro -su ingreso a la Academia- es más que merecido. Todos los que lo admiramos estamos de fiesta.
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IRVING,
STOKER Y DRÁCULA
Hugo Gutiérrez Vega
Sir Henry Irving fue el patriarca de una familia teatral. Se
llamaba John Brodribb y, por sus indiscutibles meritos, se le permitió usar el
nombre de Henry I. En 1895 fue nombrado caballero del Imperio Británico (fue el
primero de la profesión cómica que recibió tamaña distinción) y recibió
doctorados Honoris causa por las universidades de Dublin, Cambridge y Glasgow.
En su tiempo se le comparaba con Mounet-Sully, el gran actor francés, y sus
composiciones de personajes hacían que algunos críticos recordarán a Kean y a
Garrick, los geniales actores británicos.
Sir Henry pertenece a esa raza de hombres de teatro en el
sentido más estricto del término. Siguieron su camino, algunos años más tarde,
sus hijos y nietos, así como actores como Richardson, Guiness, Olivier,
Gielgud, O' Toole, Burton, Finney y Bates entre otros maestros de la escena
londinense. La vida de Sir Henry estuvo ligada al hermoso Lyceum, teatro que
pereció en un incendio horriblemente real. Ahí representó sus personajes
shakesperianos, el Jingle en la adaptación teatral del Pickwick, de Dickens, el
protagonista de esa curiosidad que es Una historia de Waterloo , la única pieza
teatral de Sir Arthur Conan Doyle, así como varias obras de Sardou, de Merivale
y la adaptación de Wills al Fausto de Goethe.
Pienso que estos datos no son ociosos y, en cambio, son
necesarios para ubicar el hermoso texto de Roberto Coria, editado por Vicente
Quirarte y llevado a escena por Eduardo Ruiz Saviñón con el título de El hombre
que fue Drácula . Y así lo pienso por la sencilla razón de que esta pieza
contiene una serie de profundas reflexiones sobre la profesión teatral y sobre
el cotidiano milagro artístico de cada puesta en escena.
Coria imagina a Bram Stoker, el genio irlandés, autor de
Drácula trabajando para Sir Henry Irving en el Lyceum. Desde que se abre el
telón, el director reúne en su personaje colgado en lo más alto del escenario
del Ruiz de Alarcón, a Sir Henry con Drácula y, ya en el suelo del escenario,
con Ricardo III y su monólogo que, en la traducción de Coria, nos habla del
“invierno de nuestro infortunio”.
Bram Stoker, su Drácula-Henry I, Ellen Terry, Florence,
esposa de Bram, Sir Arthur Conan Doyle y Armenius Vámbery, también Van Helsing,
son los personajes de esta historia de vampiros y de grandes divos que tienen,
en su ánimo, muchos aspectos vampíricos.
La dirección de Eduardo Ruiz Saviñón es exacta y llena de
matices que dan variedad a una temática que va desde la idea del teatro sobre
el teatro hasta los mundos especiales de lo gótico.
Nicolás Núñez es un Henry I insuflado y prepotente y un
Drácula emboscado en un Ricardo III contrahecho, malvado y lamentable. Nicolás
nos descubre todos los matices y contradicciones de su personaje y profundiza
en el alma de un actor que dedicó su vida entera a los escenarios. Eduardo Von
es un Stoker decidido a cumplir su vocación literaria, tímido, pero seguro de
la futura grandeza de su obra. Elena de Haro brilla, en compañía de un
disciplinado perro lanudo, en el papel de la gran diva de la escena londinense,
Ellen Terry; Priscila Pomeroy nos sorprende con su buena personificación de
Florence y de Lucy Westenra; Guillermo Henry es un Conan Doyle con abrigo de
Holmes y Antonio Monroi hace un Van Helsing afiebrado y persistente. Notables
son la escenografía y la iluminación de Sergio Villegas. Todos ellos actualizan
el texto de Coria y aportan una nueva muestra al Teatro Gótico mexicano que los
vampiros honorarios Saviñón-Quirarte han venido plasmando en los últimos años
de nuestro panorama teatral.
Henry I-Drácula, su empleado y víctima Bram Stoker y el
eterno Conde descrito por Van Helsing, el perseguidor de vampiros, son el marco
en el que se mueve una serie de observaciones sobre la esencia del teatro. No
en balde Quirarte nos dice que esta obra es “un homenaje al teatro y al actor”.
Henry I-Drácula-Ricardo III penden de una cuerda en lo alto del escenario y,
por arte de magia teatral, caen al suelo y son, al mismo tiempo, vampiro, lobo,
conjunto de ratas, pero, sobre todo, seres que se mueven en un constante
“invierno de nuestro infortunio” y en la magia total de la puesta en escena.
lunes, 23 de julio de 2012
Final de altura
Sigo abatido tras leer detalles de las víctimas de la hoy
bautizada como La masacre de Aurora.
Al menos dos de ellas, Jon Blunk y Matt McQuinn, perecieron como héroes.
Dieron sus vidas a cambio de las de sus amadas. Hace unos momentos la Policía
de Denver presentó ante los medios de comunicación a su verdugo, James Holmes, un
joven con la mirada extraviada y el cabello teñido de color naranja. La aparición
del agresor nos recuerda tragedias similares y despierta el viejo debate sobre
la validez de la pena de muerte. Los estatutos pueden hacerlo un candidato ideal
para la sanción, pero una vida en reclusión sería un castigo justo, si acaso
alguna medida puede considerarse así ante un hecho tan devastador. El juicio de
Holmes comenzará la siguiente semana, así que el circo legal y mediático apenas
está por comenzar. Mientras tanto, reproduzco la opinión autorizada de mi amigo
Rafael Aviña –quien ya vio la
película, para envidia de muchos-, publicada en la sección Primera fila del
periódico Reforma y que apareció al mismo tiempo que los medios daban cuenta de
la tragedia por la que será recordada la película, el viernes 20 de julo pasado. Y es que James Holmes no
sólo arruinó la vida de docenas de personas, sino manchó por siempre el aura que rodeaba
el acontecimiento que muchos hemos esperado por casi 4 años. Y eso, en el enorme orden de las cosas, es lo de menos.
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Final de altura
Rafael Aviña
Cineasta atípico y portentoso, Christopher Nolan es uno de
esos casos extraños que consiguen combinar arte y espectáculo a niveles
poderosos.
Sus temas son siempre los mismos: sentimiento de culpa,
obsesión de personajes que se mueven entre la luz y la sombra, ambigüedad de la
justicia y el miedo como motor.
Nadie mejor para hacerse cargo de una figura de patología
compleja y obcecación como Batman, en gran protagonista de DC Comics creado por
Bob Kane.
Y con Batman: El Caballero
de la Noche asciende (EU-Gran Bretaña, 2012) cumple lñas expectativas al
clausurar la excepcional trilogía heroica de Ciudad Gótica.
Más allá de su posición como evidente mega-blockbuster, se
encuentra el trabajo de Nolan y sus coguionistas, responsables de una saga de
pavor criminal donde la frontera entre el crimen y la legalidad ha perdido toda
razón de ser.
Batman: El Caballero
de la Noche asciende no es tanto una oscura continuación de la película
anterior, por el contrario, se conecta de manera directa con la primera, Batman inicia (2005), para mostrar la ascensión
del héroe: sus traumas, su lado violento y su reconversión espiritual en una
cárcel/cueva donde aprenderá a diferenciar entre justicia y venganza.
Desde la impáctate secuencia inicial: la captura del avión
en pleno vuelo, se establece el tono de caos y vértigo que permea el relato de
164 minutos de acción constante, al que le siguen momentos espectaculares como
la secuencia del estadio, o el asalto a la casa de bolsa donde reaparece Batman,
a quien se culpa de la muerte del fiscal Harvey Dent.
Y es que Bruce Wayne ha vivido oculto y alejado de la
sociedad, sin embargo se ve obligado a regresar con la aparición de una hermosa
ladrona fascinada por las armas de fuego: Gatúbela, que pone el toque sensual y
los diálogos más corrosivos. Pero sobre todo por la presencia de Bane, que ha
creado un ejército clandestino y transformado una poderosa fuente de energía en
una bomba nuclear.
En oposición a su predecesora, se trata de una
épica-espectáculo que intenta suplir la carencia de un magistral villano sicópata
y carismático como lo era el Guasón. Bane, en cambio, es una máquina de muerte,
un brutal torturador sin personalidad, eso sí, muy superior al mantecoso Bane
de Batman y Robin (Joel Schumacher,
1997) y su ciudad Gótica convertida en Disneylandia.
lunes, 16 de julio de 2012
Aventuras para el Hombre Araña
Se encuentra actualmente en cartelera El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012), cinta que, según los avances que he visto, es un alarde tecnológico. Ese es un aspecto que me repele, más porque en la mayoría de los cines se exhibe en 3D, técnica que -como saben- anatemizo. El otro es que la imagen de Andrew Garfield como Peter Parker se aleja notablemente de la intención que Stan Lee y Steve Ditko dieron al personaje en los años sesenta y que Tobey McGuire captó muy bien en la saga dirigida por Sam Raimi. Podría decirse que el nuevo Spiderman es un héroe para esta generación. Como dije la película no me atrae, pero la veré inevitablemente para poder criticarla como se merece. Mientras eso sucede -porque mi atención la acapara el próximo ascenso de Batman- reproduzco el estracto que el periódico La Jornada publicó el 9 de agosto de 2003 del estupendo libro de ensayos Del monstruo considerado como una de las bellas artes (Paidós, 2006) de mi querido amigo Vicente Quirarte, uno de los más grandes admiradores del arácnido que conozco.
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Aventuras para el Hombre Araña
Vicente Quirarte
El primer enemigo del Hombre Araña fue mi padre. Ambos fueron los mejores amigos de mi infancia. No teníamos televisión pero sí muchos libros. Después sabríamos que esos objetos impresos y sin imágenes contenían potencialmente más aventuras que las salidas del aparato congregador de nuestros envidiables, afortunados vecinos, en cuya casa buscábamos refugio. Debido a que mi padre anatematizaba tanto la televisión como los dibujos animados en revistas, la prohibición nos condujo a la pasión. Su trabajo, como historiador, consistía en descifrar y desmitificar la vida de los héroes. Sus hijos nos afanábamos en explorar y mitificar las vidas ejemplares de los superhéroes. Mi padre intentaba convencernos -y a veces tenía éxito- de la resistencia de José María Iglesias, la abnegación de Santos Degollado, las desventuras de la familia Juárez. Pero a nosotros nos decían más los naufragios y comentarios de un adolescente transformado por una araña radiactiva o a las dudas existenciales del abogado ciego que decide convertirse en paladín de otra clase de justicia.
Nacieron con mi infancia y no pasaba un mes sin que surgiera un superhéroe con nuevos y sorprendentes poderes. El escenario era una ciudad reconocible, Nueva York, lo cual contribuía a la verosimilitud de las historias que modificaban la rutina de mi diario camino a la escuela. En el primer número de Diabólico (Daredevil), el nuevo paladín hace su debut con un recorrido por encima de las calles neoyorkinas. Dos comunes mortales lo descubren y el primero dice: "¿Qué es eso? Ah, otro superhéroe", a lo cual su acompañante responde: ''En esta ciudad no puedes dar la vuelta sin tropezarte con uno de ellos''. Sobrevivíamos la semana sólo gracias a la ilusión del siguiente capítulo. Al mismo tiempo, la emergencia de cada villano era un examen al cual los lectores sometíamos a los creadores de la historia. Cuando era un acierto, el resultado se aproximaba a la hipérbole del gastrónomo Anthelme Brillat-Savarin cuando afirmaba que el descubrimiento de un nuevo platillo era tan importante como el descubrimiento de un nuevo planeta.
[...]¿Qué hace tan intenso e inolvidable al Hombre Araña? ¿Qué lo distingue del resto de los héroes supervivientes y necesarios en un mundo de canallas? Todos hemos querido ser Supermán, pero todos hemos sido el Hombre Araña. Aunque la muerte física del primero echó por tierra el mito de la inmortalidad, el estudiante y periodista gráfico Peter Parker tiene sobre Clark Kent una superioridad emotiva que lo convierte en el último de los románticos y en el primero de los héroes enmascarados. Una imagen frecuente en sus aventuras es la meditación en la azotea -ese lugar tan alejado de los hombre como cercano al cielo-, en la contemplación de la capital del mundo globalizado. Lleva, como Supermán, los colores del imperio, pero no es un vasallo del imperio.
Quien alguna época de su vida haya sido el Hombre Araña conoce la grandeza de la tortura y las delicias de la victoria. Batman tiene escudero, mayordomo y fortuna económica que lo curen de los fracasos parciales; Supermán tiene su retiro en el Polo Norte, donde recuerda su planeta natal y puede vivir en el mejor de los mundos imposibles. El Araña está soberbiamente solo, como un adolescente. Sobre sus ilustres antecesores, Peter Parker tiene dos ventajas: el sentido del humor y la pobreza. Lo que podría hacer en su personalidad de araña -robar una casa, entrar en un banco- contradice la ética de su parte luminosa. Al igual que Babette, Parker puede afirmar, con mayor justicia que nadie: no hay héroe pobre. Como respuesta a la pregunta retórica que formulé antes, dejemos la palabra a Stan Lee, el padre de los héroes -dioses y monstruos- que forjaron nuestra primera y definitiva educación: ''Creo que Spidey ha dejado una huella tan duradera porque quizá sea el superhéroe más humano de todos. Nunca tiene suficiente dinero, siempre lo acucian los problemas personales y no se puede decir precisamente que el mundo aplauda sus acciones... En suma, se parece mucho a ustedes y a mí".
viernes, 22 de junio de 2012
Oscura perfección
Alien
(1979), el segundo largometraje de Sir Ridley
Scott (porque ya se ganó un título nobiliario) es una película cercana a la
perfección. No sólo es considerada la séptima mejor película de ciencia ficción
de todos los tiempos por el American
Film Institute, sino que representa el matrimonio perfecto con otro género
considerado menor por muchos: el horror. Es también la primera incursión del
cineasta en el tema y, por mucho, una de sus mejores obras. Alien atrae las miradas nuevamente por
el estreno de Prometeo (2012), y las comparaciones son inevitables. Ya dije
que la segunda no alcanza la dimensión de su hermana mayor pese a su
espectacular puesta en escena, pero puede disfrutarse como el digno inicio de
una saga desigual e increíblemente lucrativa.
El principal atractivo de Alien es su horrendo protagonista,
surgido de las pesadillas del artista visual suizo Hans Rudi Giger, un ser fascinante, alabado por su naturaleza e
integrante ya de la cultura popular de occidente. Mi amigo y mentor Ricardo Bernal siempre destaca su ausencia
de ojos como un elemento clave para infundir miedo. Así como generaciones
previas se aterraron y maravillaron por las creaciones de Bela Lugosi, Boris Karloff
y compañía, el Alien es uno de los
monstruos favoritos de nuestra era. Es el centro de una de mis cintas
favoritas. Sobre ella se ha escrito y dicho mucho. La entrada que Pedro Duque le dedica en Arañas
de Marte, videoguía de invasiones alienígenas (Glenat, 1998) la describe
muy bien, por eso reproduzco el texto:
Alien,
el octavo pasajero es indudablemente una de las
mejores películas de ciencia-ficción de todos los tiempos. No sólo fue una
inflexión en el género, sino que también le dio al aficionado a las monster movies lo que le venían prometiendo durante más de
tres décadas y casi nunca se cumplió: un monstruo auténticamente terrorífico,
abundante gore y emociones que
congelaban las palomitas en las tripas. Y no es que el argumento de Dan
O´Bannon (basado en un relato firmado por él mismo y Ronald Shusett) fuera
precisamente novedoso; It! The terror beyond space (1958) o
Queen
of blood contaban prácticamente la misma historia, pero con unos valores
de producción mínimos y una ingenuidad formal que las aleja del perverso terror
gótico que supura esta pesadilla extremadamente vívida.
Por
otro lado, el inolvidable diseño de producción recrea un futuro totalmente
opuesto a la asepsia de 2001: una odisea en el espacio y
otras cándidas visiones del espacio, como un lugar limpio y controlado. En el
futuro del Nostromo las naves son sucias, oscuras y húmedas, propiedad absoluta
de una mefistofélica compañía comercial y tripuladas por navegantes más
parecidos a soldados de fortuna que a cadetes dl espacio. Mención aparte merece
la visión enferma y genial de H. R. Giger, creador de los decorados
satánicamente orgánicos y del mítico Alien –animado por Carlo Rambaldi y su
equipo-, directamente salido de la fangosa imaginación de H. P. Lovecraft, una
despiadada forma de vida que ya forma parte de las pesadillas contemporáneas.
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