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martes, 27 de mayo de 2014

Sacudir la polilla

Una anécdota digna de la difunta revista Duda, publicación mexicana especializada en el misterio y la parapsicología, que tenía especial predilección por los Objetos Voladores No Identificados. Esa fascinación la compartimos muchos. Nuestro compatriota Guillermo del Toro ha confesado la enorme importancia que tuvo en su formación como explorador del horror y lo fantástico. En la misma línea vivió el periodista estadounidense John Keel (1930-2009), hombre que se consagró a investigar fenómenos extraños, inexplicables. Entre ellos se encontraban los avistamientos que realizó entre 1966 y 1967 en el pueblo de Point Pleasant, Virginia del Oeste. Las apariciones de un misterioso Hombre Polilla (Mothman) culminaron con el colapso del Puente Silver Bridge el 15 de diciembre de 1967, donde fallecieron 46 personas que lo recorrían en sus autos. Los cadáveres de dos de ellas nunca fueron localizados. Aunque investigaciones gubernamentales revelaron posteriormente que la desgracia se debió a una falla estructural y a falta de mantenimiento, la sombra de la investigación de Keel pervive, plasmado todo en el libro Las Profecías del Hombre Polilla (The Mothman Prophecies, Panther books, 1975). Esta curiosa mezcla de teorías vinculan al funesto ser –visto en la época por muchas personas de la localidad- con conspiraciones extraterrestres y presagios terribles. Acaso lo que le resta credibilidad es que los lugareños, como hicieron los pobladores de las Tierras Altas de Escocia, lo adoptaron como una atracción turística, de forma semejante al muy afamado Monstruo de Loch Ness. En el caso del Hombre Polilla, hay una celebración anual lo recuerda, estatua y Museo y Centro de Investigaciones (The Mothman Museum and Research Center) incluidos. Las paranoias de Keel son la base de El mensajero de la oscuridad (The Mothman Prophecies, Mark Pellington, 2002), cinta poco valorada con Richard Gere como John Klein (símil de Keel) un columnista que, junto con su esposa Mary (Debra Messing), se encuentra de frente con algo que no pueden explicar.
Pensé en el Hombre Polilla, quizá como una anunciación que me invitó a escribir esto, anoche que una versión mínima de estos insectos del orden Lepidoptera se posó en mi hombro. Muchas personas sienten un temor primitivo por estas criaturas y generalmente las asocian a terribles acontecimientos. Desde la antigüedad están asociadas a lo perverso por su naturaleza nocturna. Bram Stoker nos dijo que se encontraban entre las criaturas de la noche que el Conde Drácula dominaba.
También la nueva encarnación cinematográfica de Godzilla (Gareth Edwards, 2014) te obliga a recordarlas, sobre todo por esa pesera en el hogar abandonado de la familia Brody. Porque por más que quieran, ninguno de los contrincantes del lagarto gigante era Mohtra, quizá el segundo kaiju más popular, presentado en la película homónima de Ishirō Honda de 1961.
Alguna vez escuché decir a una señora, atemorizada, que las polillas provienen de los panteones, de los muertos. Y se persignó. Si así fuera, lugar más pacífico de procedencia no puede existir.

jueves, 21 de febrero de 2013

Una llorona que sí asusta


Dejaré de hablar, por ahora, de Gein, Bloch e Hitchcocock. Regreso a horrores mejores, esos que se quedan en la narración oral, en las páginas de un libro o son exorcizados al presionar la tecla de un control remoto. Estrenada el mismo día que Hitchcock (Sacha Gervais, 2012), Mamá (Andrés Muschietti, 2013) sigue en cartelera. Esto es fácil de comprender porque, como dije antes, es una película con la capacidad de arrastrar a los grandes públicos al cine y asustarlos. Ese viernes 1 de febrero, mi amigo Rafael Aviña publicó –como es regular- su opinión sobre ella, aparecida en la sección Primera Fila del diario Reforma.
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Una llorona que sí asusta
Rafael Aviña

El impresionante éxito de Mamá (España-Canadá, 2013), que se colocó en el primer lugar de taquilla en su estreno en Estados Unidos, se debe en buena medida a la magnética presencia de Jessica Chastain, una guapa actriz capaz de desenvolverse con eficacia en cualquier terreno.
Pero, sobre todo, el éxito se debe a la destreza del debutante cineasta argentino Andrés Muschietti para construir un relato de horror sobrenatural a la antigua, con varios y logrados momentos de tensión que provocan sustos y emociones encontradas en el espectador a partir de un tópico en apariencia inofensivo: el amor maternal.
Un corto de 3 minutos del mismo nombre, rodado en una vieja casona de Barcelona en 2008, fue motivo para emocionar a ese generoso cinéfilo que es Guillermo del Toro, quien como productor ejecutivo ha sido capaz de trasladar sus obsesiones y universos a una micro historia inquietante y terrorífica que carecía de explicación alguna.
Las presencias sobrenaturales del pasado, los seres fantasmagóricos que vagan sin descanso, las amenazas que acechan en las tinieblas y protegen a los menores de edad –en particular las polillas- y las pulsiones de venganza caben aquí.  
A una historia confusa y desarticulada que tiene problemas severos para integrar a los hombres adultos (los motivos del padre no son claros, el tío aparece y desaparece como en las telenovelas, el personaje del psiquiatra pierde fuerza y consistencia), se contraponen varios elementos.
Destaca el trabajo atmosférico, ominoso y perturbador, una eficaz inventiva visual –el ente de Mamá es fascinante-, un diseño sonoro y de producción poderoso y, en especial, una muy lograda labor histriónica de Chastain, una rockera dark que debe hacerse cargo de dos niñas que han vivido abandonadas en un estado semi salvaje por cinco años luego de la muerte violenta de sus padres (las pequeñas Charpentiere Isabelle Nélisse, estupendas).
Lo que inicia como una perversa reelaboración de los cuentos de hadas fantásticos, termina por convertirse en una suerte de oblicua puesta al día del tema de La Llorona.
En este caso, la historia de una joven del siglo 19 a la que le intentan arrancar a su bebé, mismo que pierde en una situación trágica y violenta, lo que da pie a una hipnótica escena onírica y a escenas escalofriantes. Mamá es una película muy entretenida que lanza a un director que promete.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Hugo Gutiérrez Vega y el triunfo de todos.

El martes pasado, Hugo Gutiérrez Vega (Guadalajara, 1934 ), brillante poeta y ensayista mexicano, ingresó como Miembro de Número a la Academia Mexicana de la Lengua. Ocupa la silla XXXVII, que pertenecía a otro grande, Don Alí Chumacero. La labor de Gutiérrez Vega, aparentemente alejada de los temas de este blog, tiene una gran cercanía con ellos. Entre sus incontables méritos intelectuales, fue un devoto e incansable colaborador del Teatro Gótico de Eduardo Ruiz Saviñón, con quien tiene una gran amistad. Lo vi hace años en la Casa del Lago Juan José Arreola de la UNAM actuando en una adaptación de Los perros de Tíndalos de Howard Phillips Lovecraft
Del muro de Facebook de Eduardo, tomo una fotografía donde aparecen ambos, acompañados de otro grande, Juan López Moctezuma. Hace unos años, Don Hugo dedicó unas amables palabras, en La Jornada Semanal, a mi obra de teatro El hombre que fue Drácula. Dio su autorización para que fueran incluidas en la segunda edición del texto, publicado por Libros de Godot. Las reproduzco como un homenaje a su genio. Porque el más reciente logro -su ingreso a la Academia- es más que merecido. Todos los que lo admiramos estamos de fiesta. 
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IRVING, STOKER Y DRÁCULA
Hugo Gutiérrez Vega


Sir Henry Irving fue el patriarca de una familia teatral. Se llamaba John Brodribb y, por sus indiscutibles meritos, se le permitió usar el nombre de Henry I. En 1895 fue nombrado caballero del Imperio Británico (fue el primero de la profesión cómica que recibió tamaña distinción) y recibió doctorados Honoris causa por las universidades de Dublin, Cambridge y Glasgow. En su tiempo se le comparaba con Mounet-Sully, el gran actor francés, y sus composiciones de personajes hacían que algunos críticos recordarán a Kean y a Garrick, los geniales actores británicos. 
Sir Henry pertenece a esa raza de hombres de teatro en el sentido más estricto del término. Siguieron su camino, algunos años más tarde, sus hijos y nietos, así como actores como Richardson, Guiness, Olivier, Gielgud, O' Toole, Burton, Finney y Bates entre otros maestros de la escena londinense. La vida de Sir Henry estuvo ligada al hermoso Lyceum, teatro que pereció en un incendio horriblemente real. Ahí representó sus personajes shakesperianos, el Jingle en la adaptación teatral del Pickwick, de Dickens, el protagonista de esa curiosidad que es Una historia de Waterloo , la única pieza teatral de Sir Arthur Conan Doyle, así como varias obras de Sardou, de Merivale y la adaptación de Wills al Fausto de Goethe. 
Pienso que estos datos no son ociosos y, en cambio, son necesarios para ubicar el hermoso texto de Roberto Coria, editado por Vicente Quirarte y llevado a escena por Eduardo Ruiz Saviñón con el título de El hombre que fue Drácula . Y así lo pienso por la sencilla razón de que esta pieza contiene una serie de profundas reflexiones sobre la profesión teatral y sobre el cotidiano milagro artístico de cada puesta en escena. 
Coria imagina a Bram Stoker, el genio irlandés, autor de Drácula trabajando para Sir Henry Irving en el Lyceum. Desde que se abre el telón, el director reúne en su personaje colgado en lo más alto del escenario del Ruiz de Alarcón, a Sir Henry con Drácula y, ya en el suelo del escenario, con Ricardo III y su monólogo que, en la traducción de Coria, nos habla del “invierno de nuestro infortunio”.  
Bram Stoker, su Drácula-Henry I, Ellen Terry, Florence, esposa de Bram, Sir Arthur Conan Doyle y Armenius Vámbery, también Van Helsing, son los personajes de esta historia de vampiros y de grandes divos que tienen, en su ánimo, muchos aspectos vampíricos. 
La dirección de Eduardo Ruiz Saviñón es exacta y llena de matices que dan variedad a una temática que va desde la idea del teatro sobre el teatro hasta los mundos especiales de lo gótico. 
Nicolás Núñez es un Henry I insuflado y prepotente y un Drácula emboscado en un Ricardo III contrahecho, malvado y lamentable. Nicolás nos descubre todos los matices y contradicciones de su personaje y profundiza en el alma de un actor que dedicó su vida entera a los escenarios. Eduardo Von es un Stoker decidido a cumplir su vocación literaria, tímido, pero seguro de la futura grandeza de su obra. Elena de Haro brilla, en compañía de un disciplinado perro lanudo, en el papel de la gran diva de la escena londinense, Ellen Terry; Priscila Pomeroy nos sorprende con su buena personificación de Florence y de Lucy Westenra; Guillermo Henry es un Conan Doyle con abrigo de Holmes y Antonio Monroi hace un Van Helsing afiebrado y persistente. Notables son la escenografía y la iluminación de Sergio Villegas. Todos ellos actualizan el texto de Coria y aportan una nueva muestra al Teatro Gótico mexicano que los vampiros honorarios Saviñón-Quirarte han venido plasmando en los últimos años de nuestro panorama teatral.
Henry I-Drácula, su empleado y víctima Bram Stoker y el eterno Conde descrito por Van Helsing, el perseguidor de vampiros, son el marco en el que se mueve una serie de observaciones sobre la esencia del teatro. No en balde Quirarte nos dice que esta obra es “un homenaje al teatro y al actor”. Henry I-Drácula-Ricardo III penden de una cuerda en lo alto del escenario y, por arte de magia teatral, caen al suelo y son, al mismo tiempo, vampiro, lobo, conjunto de ratas, pero, sobre todo, seres que se mueven en un constante “invierno de nuestro infortunio” y en la magia total de la puesta en escena.

lunes, 23 de julio de 2012

Final de altura


Sigo abatido tras leer detalles de las víctimas de la hoy bautizada como La masacre de Aurora. Al menos dos de ellas, Jon Blunk y Matt McQuinn, perecieron como héroes. Dieron sus vidas a cambio de las de sus amadas. Hace unos momentos la Policía de Denver presentó ante los medios de comunicación a su verdugo, James Holmes, un joven con la mirada extraviada y el cabello teñido de color naranja. La aparición del agresor nos recuerda tragedias similares y despierta el viejo debate sobre la validez de la pena de muerte. Los estatutos pueden hacerlo un candidato ideal para la sanción, pero una vida en reclusión sería un castigo justo, si acaso alguna medida puede considerarse así ante un hecho tan devastador. El juicio de Holmes comenzará la siguiente semana, así que el circo legal y mediático apenas está por comenzar. Mientras tanto, reproduzco la opinión autorizada de mi amigo Rafael Aviña –quien ya vio la película, para envidia de muchos-, publicada en la sección Primera fila del periódico Reforma y que apareció al mismo tiempo que los medios daban cuenta de la tragedia por la que será recordada la película, el viernes 20 de julo pasado. Y es que James Holmes no sólo arruinó la vida de docenas de personas, sino manchó por siempre el aura que rodeaba el acontecimiento que muchos hemos esperado por casi 4 años. Y eso, en el enorme orden de las cosas, es lo de menos. 
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Final de altura
Rafael Aviña
Cineasta atípico y portentoso, Christopher Nolan es uno de esos casos extraños que consiguen combinar arte y espectáculo a niveles poderosos.
Sus temas son siempre los mismos: sentimiento de culpa, obsesión de personajes que se mueven entre la luz y la sombra, ambigüedad de la justicia y el miedo como motor.
Nadie mejor para hacerse cargo de una figura de patología compleja y obcecación como Batman, en gran protagonista de DC Comics creado por Bob Kane.
Y con Batman: El Caballero de la Noche asciende (EU-Gran Bretaña, 2012) cumple lñas expectativas al clausurar la excepcional trilogía heroica de Ciudad Gótica.
Más allá de su posición como evidente mega-blockbuster, se encuentra el trabajo de Nolan y sus coguionistas, responsables de una saga de pavor criminal donde la frontera entre el crimen y la legalidad ha perdido toda razón de ser.
Batman: El Caballero de la Noche asciende no es tanto una oscura continuación de la película anterior, por el contrario, se conecta de manera directa con la primera, Batman inicia (2005), para mostrar la ascensión del héroe: sus traumas, su lado violento y su reconversión espiritual en una cárcel/cueva donde aprenderá a diferenciar entre justicia y venganza.
Desde la impáctate secuencia inicial: la captura del avión en pleno vuelo, se establece el tono de caos y vértigo que permea el relato de 164 minutos de acción constante, al que le siguen momentos espectaculares como la secuencia del estadio, o el asalto a la casa de bolsa donde reaparece Batman, a quien se culpa de la muerte del fiscal Harvey Dent.
Y es que Bruce Wayne ha vivido oculto y alejado de la sociedad, sin embargo se ve obligado a regresar con la aparición de una hermosa ladrona fascinada por las armas de fuego: Gatúbela, que pone el toque sensual y los diálogos más corrosivos. Pero sobre todo por la presencia de Bane, que ha creado un ejército clandestino y transformado una poderosa fuente de energía en una bomba nuclear.
En oposición a su predecesora, se trata de una épica-espectáculo que intenta suplir la carencia de un magistral villano sicópata y carismático como lo era el Guasón. Bane, en cambio, es una máquina de muerte, un brutal torturador sin personalidad, eso sí, muy superior al mantecoso Bane de Batman y Robin (Joel Schumacher, 1997) y su ciudad Gótica convertida en Disneylandia.

lunes, 16 de julio de 2012

Aventuras para el Hombre Araña


Se encuentra actualmente en cartelera El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012), cinta que, según los avances que he visto, es un alarde tecnológico. Ese es un aspecto que me repele, más porque en la mayoría de los cines se exhibe en 3D, técnica que -como saben- anatemizo. El otro es que la imagen de Andrew Garfield como Peter Parker se aleja notablemente de la intención que Stan Lee y Steve Ditko dieron al personaje en los años sesenta y que Tobey McGuire captó muy bien en la saga dirigida por Sam Raimi. Podría decirse que el nuevo Spiderman es un héroe para esta generación. Como dije la película no me atrae, pero la veré inevitablemente para poder criticarla como se merece. Mientras eso sucede -porque mi atención la acapara el próximo ascenso de Batman- reproduzco el estracto que el periódico La Jornada publicó el 9 de agosto de 2003 del estupendo libro de ensayos Del monstruo considerado como una de las bellas artes (Paidós, 2006) de mi querido amigo Vicente Quirarte, uno de los más grandes admiradores del arácnido que conozco.
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Aventuras para el Hombre Araña
Vicente Quirarte


El primer enemigo del Hombre Araña fue mi padre. Ambos fueron los mejores amigos de mi infancia. No teníamos televisión pero sí muchos libros. Después sabríamos que esos objetos impresos y sin imágenes contenían potencialmente más aventuras que las salidas del aparato congregador de nuestros envidiables, afortunados vecinos, en cuya casa buscábamos refugio. Debido a que mi padre anatematizaba tanto la televisión como los dibujos animados en revistas, la prohibición nos condujo a la pasión. Su trabajo, como historiador, consistía en descifrar y desmitificar la vida de los héroes. Sus hijos nos afanábamos en explorar y mitificar las vidas ejemplares de los superhéroes. Mi padre intentaba convencernos -y a veces tenía éxito- de la resistencia de José María Iglesias, la abnegación de Santos Degollado, las desventuras de la familia Juárez. Pero a nosotros nos decían más los naufragios y comentarios de un adolescente transformado por una araña radiactiva o a las dudas existenciales del abogado ciego que decide convertirse en paladín de otra clase de justicia.
Nacieron con mi infancia y no pasaba un mes sin que surgiera un superhéroe con nuevos y sorprendentes poderes. El escenario era una ciudad reconocible, Nueva York, lo cual contribuía a la verosimilitud de las historias que modificaban la rutina de mi diario camino a la escuela. En el primer número de Diabólico (Daredevil), el nuevo paladín hace su debut con un recorrido por encima de las calles neoyorkinas. Dos comunes mortales lo descubren y el primero dice: "¿Qué es eso? Ah, otro superhéroe", a lo cual su acompañante responde: ''En esta ciudad no puedes dar la vuelta sin tropezarte con uno de ellos''. Sobrevivíamos la semana sólo gracias a la ilusión del siguiente capítulo. Al mismo tiempo, la emergencia de cada villano era un examen al cual los lectores sometíamos a los creadores de la historia. Cuando era un acierto, el resultado se aproximaba a la hipérbole del gastrónomo Anthelme Brillat-Savarin cuando afirmaba que el descubrimiento de un nuevo platillo era tan importante como el descubrimiento de un nuevo planeta.
[...]¿Qué hace tan intenso e inolvidable al Hombre Araña? ¿Qué lo distingue del resto de los héroes supervivientes y necesarios en un mundo de canallas? Todos hemos querido ser Supermán, pero todos hemos sido el Hombre Araña. Aunque la muerte física del primero echó por tierra el mito de la inmortalidad, el estudiante y periodista gráfico Peter Parker tiene sobre Clark Kent una superioridad emotiva que lo convierte en el último de los románticos y en el primero de los héroes enmascarados. Una imagen frecuente en sus aventuras es la meditación en la azotea -ese lugar tan alejado de los hombre como cercano al cielo-, en la contemplación de la capital del mundo globalizado. Lleva, como Supermán, los colores del imperio, pero no es un vasallo del imperio.
Quien alguna época de su vida haya sido el Hombre Araña conoce la grandeza de la tortura y las delicias de la victoria. Batman tiene escudero, mayordomo y fortuna económica que lo curen de los fracasos parciales; Supermán tiene su retiro en el Polo Norte, donde recuerda su planeta natal y puede vivir en el mejor de los mundos imposibles. El Araña está soberbiamente solo, como un adolescente. Sobre sus ilustres antecesores, Peter Parker tiene dos ventajas: el sentido del humor y la pobreza. Lo que podría hacer en su personalidad de araña -robar una casa, entrar en un banco- contradice la ética de su parte luminosa. Al igual que Babette, Parker puede afirmar, con mayor justicia que nadie: no hay héroe pobre. Como respuesta a la pregunta retórica que formulé antes, dejemos la palabra a Stan Lee, el padre de los héroes -dioses y monstruos- que forjaron nuestra primera y definitiva educación: ''Creo que Spidey ha dejado una huella tan duradera porque quizá sea el superhéroe más humano de todos. Nunca tiene suficiente dinero, siempre lo acucian los problemas personales y no se puede decir precisamente que el mundo aplauda sus acciones... En suma, se parece mucho a ustedes y a mí".

lunes, 2 de julio de 2012

Más sombras


Para iniciar el mes, en medio de un panorama desalentador, hablemos de vampiros menos peligrosos que los de la vida real. Hace dos semanas se estrenó Sombras tenebrosas (Tim Burton, 2012). En muchos espacios he dicho que cumplió mis expectativas, que no es lo mejor del cineasta pero supera sus descalabros previos. Sólo me falta reproducir la opinión autorizada de Ernesto Diezmartínez, publicada en el diario Reforma en su sección Primera fila del viernes 22 de junio de 2012.
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Burton se pone sangrón
Ernesto Diezmartínez

La cosecha de freaks nunca se acaba: un vampiro resucitado que no se halla en los Estados Unidos de los años 70, una jovencita enviada a un manicomio porque habla con fantasmas, un niño que ve continuamente a su mamá muerta, una adolescente rebelde –usted disculpará el pleonasmo- que esconde un secreto, una bruja devota de su inagotable objeto de amor/odio eterno…
Claro, tratándose de una película de Tim Burton, toda esta galería de outsiders es apenas natural. Sombras tenebrosas (Dark Shadows, EU, 2012), el más reciente largometraje del director de Ed Wood (1994), reafirma la idea de que Mr. Burton no puede (o no sabe o no quiere) hacer otra cosa que lo que ha hecho siempre. Y a ratos le sigue saliendo bien, hasta eso.
Basada en una serie de televisión homónima que se produjo de 1966 a 1971 –y que por fortuna no conozco, pues los admiradores de la teleserie han aborrecido este filme-, he aquí que el vampiro Barnabas Collins (Johnny DEpp, ¿quién más?) reaparece en el pueblo costero de Collinsport, Maine, después de 200 años de estar encerrado y encadenado dentro de un ataúd.
La época en la que despierta Collins es 1972 y el desconcertado vampiro del siglo 18 encuentra que el emporio de su familia ya no existe, que sus descendientes están empobrecidos, que su archirrival Angelique (desatada Eva Green)sigue viva, que en EU hay greñudos por todos lados, que existen objetos extraños llamados televisores y que “una mujer muy fea” llamada Alice Cooper (él mismo en cameo) es cantante.
Burton se mueve con una gran soltura entre el horror camp y la parodia setentera, aunque termina en un tono acaso demasiado serio, con un desenlace que es digno de un melodrama de amor gótico-fantasmal.
En todo caso, si bien es cierto que la película de estar entre lo mejor de Burton –propongo Beetlejuice (1988)-, por lo menos se trata de un filme mucho más consciente que Alicia en el País de las Maravillas (2010).
Y, bueno, por ahí y por allá Burton deja ver chispazos de su talento, como en la escena del destructivo y apasionado coito entre Barnabas y Angelique, a ritmo de “You´re the First, the last, my Everything” de Barry White. Ya sé, ya sé: debería darme vergüenza. Pero qué quiere: crecí en los 70. Como Burton.  

jueves, 31 de mayo de 2012

Asesina al pie de la letra


He encontrado las opiniones más variadas de El cuervo, guía para un asesino: quienes la abrazan y reconocen sus méritos, los que la odian (Vicente Quirarte la detestó, al grado de suplicarme no verla, y él conoce muy bien la vida y obra de Edgar Allan Poe) y personas como yo, que se encuentran en el punto medio pero que se inclinan a la segunda posición. Para contribuir a formarnos un criterio definitivo, reproduzco la opinión autorizada de mi amigo Rafael Aviña, que igualmente conoce y admira a Poe. Fue publicada por el periódico Reforma,  en su sección Primera fila, el viernes 18 de mayo de 2012.
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Asesina al pie de la letra
Rafael Aviña

Inspirado quizá y sin crédito alguno en la intrigante novela de Matthew Pearl, “La sombra de Poe” (Seix Barral, 2006) , el argumento de “El cuervo: guía para un asesino” (EU-Hungría-España, 2012) dirigida por ames McTeigue, intenta sumergirse en los últimos días de vida del escritor estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849), así como en su extraña y delirante personalidad.
Al mismo tiempo, pretende rastrear en la psicopatía criminal del siglo 19, en correspondencia a la torturada fantasía literaria del autor de relatos como “Los crímenes de la calla Morgue”.
Responsable de la fascinante “V de venganza” (2005), según la novela gráfica escrita por Alan Moore, Mc Teigue parece tomar como punto de partida otro filme que también adapta a este autor, “Desde el infierno” (Allen y Albert Hughes, 2001).
Al igual que ésta, todos los ingredientes del serial killer contemporáneo están presentes: brutales homicidios, presión de la opinión pública, la ciudad presa del morbo y el pánico, y la cacería de un asesino a través de métodos científicos novedosos, con un detective (Luke Evans) que utiliza recursos y deducciones modernas para atrapar a un psicópata que se inspira en los relatos de Poe para matar a sus víctimas.
Es así como la mismísima figura de Poe (John Cusack), muerto en circunstancias nunca aclaradas, toma relevancia al ser requerido por la policía, luego de que varias víctimas aparecen asesinadas siguiendo los métodos de historias como “La fosa y el péndulo”, “El caso del Sr. Valdemar”, “El cuervo” o “El corazón delator”.
No obstante, el asunto se torna más siniestro cuando la amada de Poe, Emily (Alice Eve), es secuestrada y enterrada viva por el asesino, retando al escritor a salvarla, a través de un relato original que lo satisfaga.
Esta historia de admiración psicótica al estilo de “El fanático” (Tony Scott, 1996)  o “El rey de la comedia” (Martin Scorsese, 1983) está más cerca de las actuales y estilizadas revisiones de personajes literarios del siglo 19 (Conan Doyle, Dickens, Verne) que de las anteriores adaptaciones del universo de Poe al cine (Corman, Malle, Fellini, Vadim).
La eficacia de Mc Teigue evidente, sin embargo hubiera alcanzado mayores alturas, apostando más por la obsesión criminal que por la trama romántica.

jueves, 24 de mayo de 2012

De dioses y monstruos



Un aspecto que deliberadamente dejé de lado cuando escribí sobre la exitosísima cinta Los Vengadores (TheAvengers, JossWhedon, 2012) es sin duda uno de los que más aplaudo: el antagonista. En más de una ocasión he manifestado mi afición por los villanos (los de la ficción). Son los que ponen “sabor al caldo”, los personajes más atractivos no sólo porque ofrecen el conflicto indispensable en toda obra, sino porque resaltan las virtudes del héroe y se mueven fuera de sus normas. “Somos iguales, pero tú eres más aburrido”, le dijo JimMoriarty (Andrew Scott) a Sherlock Holmes (BenedictCumberblacht) en la traslación del detective al nuevo milenio. Pero regresemos aLoki, el Dios del Caos. Esta es la primera ocasión que es llevado a la pantalla grande. La encarnación de Tom Hiddlestone es estupenda, a la altura de los grandes villanos del cómic y de tiempos recientes en el cine. Observemos su diálogo con la Viuda Negra (Scarlett Johansson), por ejemplo, que –guardando las distancias- no deja de recordarme al de HannibalLecter (Anthony Hopkins) y ClariceStarling (Jodie Foster) en el hospital psiquiátrico en Baltimore. El Loki que vemos en un ser despiadado, que se regodea por los demonios personales de sus inferiores. Su patetismo original, debidamente retratado en la cuestionable Thor (Kenneth Brannagh, 2010) es aquí el que alimenta un genuino deseo de venganza y superioridad, al grado de hacer un pacto con el Diablo (los Chitauri) para conseguir sus propósitos.
El discurso de Loki no es distinto al de muchos personajes de la vida real. “Ustedes nacieron para ser gobernados” y “una hormiga no tiene problemas ante una bota”, piensa. Ese pensamiento tiene sin duda parecido con muchos penosos momentos de nuestro pasado, hoy tan en riesgo de repetirse dado el clima electoral. Como en las marchas de los últimos días –en distintas partes del país- y ese hombre entrado en años de la película, muchos no estamos dispuestos a arrodillarnos ante el poder corrompido. Pese a su posición divina, al final Hulk le recuerda su realidad tras unos buenos azotes. “Dios debilucho”, le dice. Y el malvado sólo deja escapar un gemido.
Pero basta de superhéroes por el momento. Recuperaré la crítica que mi buen amigo Rafael Aviña publicó sobre el filme el pasado viernes 27 de abril en la sección Primera Fila del diario Reforma. Nos vemos la siguiente semana. Tengo un “cuervito” que comerme.
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Lucha de egos
Rafael Aviña

TheAvengers: Los Vengadores (EU, 2012) representa sin duda la reunión más importante de héroes emblemáticos de Marvel. Y el responsable directo de este asombro es JossWhedon, un realizador con una filmografía de bajo perfil.
Guionista de Buffy, la cazavampiros y creador de la teleserie homónima, del filme de ciencia ficción serie B Serenity y coguionista de Toystory, consigue uno de los relatos más entretenidos y sólidos de esa amplia saga dedicada a los superhéroes de la historieta.
En colaboración con su coargumentistaZackPenn, Whedon evita las farragosas presentaciones de los personajes y se va directo al punto, tomando como partida el legendario relato aparecido en septiembre de 1963 firmado por Stan Lee y Jack Kirby.
La primera sorpresa es que coloca en el centro de la acción a un villano en realidad aterrador y perturbado, a la altura de los guardianes del bien que le harán frente.
Loki (Tom Hiddlestone) –nada que ver con su papel en la fallida Thor- con ayuda de una raza alienígena: los Chitauris, logra apoderarse del Tesseract, artefacto con una energía capaz de destruir a la Tierra y recluta contra su voluntad al eficaz arquero Halcón (Jeremy Brenner) en la espectacular secuencia de arranque.
Lo que sigue, es la inminente incorporación de héroes para colaborar por el restablecimiento del orden y la paz mundial que comanda Nick Fury (Samuel L. Jackson).
No obstante, los elegidos: Capitán América (Chris Evans), ItonMan (Robert Downey, Jr.), Thor (Chris Hemsworth), Dr. Banner/Hulk (Mark Ruffalo) y NatashaRomanoff “Viuda Negra” (Scarlett Johansson), tendrán quue lidiar primero con sus propias personalidades complejas y divididas para aprender a trabajar en equipo: una misión más complicada que su lucha contra Loki.
A pesar de un guión que repite una fórmula establecida y algunas secuencias donde se notan las costuras a los efectos, TheAvengers: Los Vengadoresequilibra de manera perfecta un gran diseño de propucción (el cvaos final en Nueva York), una notable banda sonora de Alan Silvestri, una acción brutal, rítmica y siempre en ascenso.
A esto se suma la química de las distintas personalidades y, sobre todo, un humor ácido y constante, con IronMan a la cabeza y como sorpresa final, Hulk acaba robándose a los espectadores. 

viernes, 20 de abril de 2012

Hundimiento y resurrección de Bram Stoker

Hoy se cumplen 100 años de la entrada a la inmortalidad de Bram Stoker. Entre muchas ficciones interesantes, ensayos de interpretación histórica, su labor en la escena teatral de su tiempo, brilla su obra más reconocida, Drácula (1897), novela a la que debo mucho y que forma ya parte de los clásicos de la literatura universal. La Revista de la Universidad de México, dignamente encabezada por Ignacio Solares, dedica una parte de su número 98 -el de abril de este año- al autor irlandés. La publicación me ofreció el honor de ser parte de este homenaje con un par de escenas de El hombre que fue Drácula, al lado de mi amigo y mentor Vicente Quirarte, quien me dio el permiso para reproducir su tributo a uno de tantos escritores cuya admiración nos hermana. Que lo disfruten.
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Hundimiento y resurrección de Bram Stoker

Vicente Quirarte

  

…el ingenioso Bram Stoker, quien creó varias impactantes concepciones horroríficas en una serie de novelas cuya pobre técnica tristemente disminuye su efecto real. La madriguera del gusano blanco, sobre una gigantesca entidad primitiva que acecha en la cripta de un viejo castillo,  arruina una magnífica idea debido a un desarrollo casi infantil. La joya de las siete estrellas, que trata acerca de una extraña resurrección egipcia, está escrita con mejor estilo. Pero la mejor de todas es Drácula, que se ha convertido casi en modelo de explotación moderna del temible mito del vampiro. El Conde Drácula, un vampiro, acecha en un horrible castillo de los Cárpatos, pero finalmente emigra a Inglaterra con la intención de poblar el país de otros vampiros. La manera en que un caballero inglés se enfrenta al horror de Drácula, y cómo el mortal plan de dominación es finalmente derrotado, son elementos que se unen para formar una historia que actualmente tiene un lugar justamente ganado en las letras inglesas.
Howard Phillips Lovecraft

Casi la medianoche del domingo 14 de abril de 1912 en el Océano Atlántico. Sobre un mar de  tranquilidad inverosímil, la criatura movible más grande creada por el hombre impactó lateralmente contra un témpano. En diez segundos, ese otro gigante que había tardado siglos para formarse y tres meses en llegar desde Groenlandia a la inesperada cita, hirió de muerte al Titanic. Su rápido, majestuoso y trágico hundimiento en que se pusieron a prueba virtudes y defectos de la especie humana, daba comienzo a una suma de historias que este 2012 alcanzan un siglo de existencia.
Al igual que otros lectores conmocionados por el hecho, Florence Balcombe entró a la habitación de enfermo de su esposo, Bram Stoker, para comunicarle la noticia que habría de ocupar las páginas de los periódicos de un mundo que reducía sus distancias gracias al cable trasatlántico. Los diarios mexicanos, que dedicaban sus titulares a los encarnizados combates entre zapatistas y tropas federales, recibieron la noticia a las 7:15 de la noche del 15 de abril. En su edición del día siguiente, El Imparcial publica en la parte inferior izquierda: “Una inmensa catástrofe marítima llena de luto al mundo entero”. Y el 17, a ocho columnas: “El naufragio del Titanic es el más espantoso que registra la Historia”.
El 20 de abril, una semana después del hundimiento, Bram Stoker se sumergía en otra forma del sueño. El certificado médico proporcionaba tres causas de muerte: “Ataxia locomotora de seis meses, riñón contraído. Fatiga”. Otras versiones dicen que de sífilis terciaria. Si así hubiera sido, la naturaleza hubiera imitado nuevamente al arte. Los enfermos de ese mal veían sus dientes adelgazarse, particularmente los caninos, razón por la cual Stoker hubiera tenido un aspecto físico semejante al monstruo que le concedió, como al Titanic, una forma de inmortalidad.
Así como el discípulo supera y a veces termina por borrar al maestro, las grandes creaciones adquieren vida más autónoma y perdurable que la de su creador. Sucede con Don Quijote, Moby Dick o Frankenstein, y así ocurre en el caso del irlandés Bram Stoker. Autor de casi 16 libros de ficción, biografía, estudios folklóricos e interpretación histórica, la posteridad lo conoce como el autor de Drácula, aunque en el instante de su muerte no lo señalaron así los obituarios. La mayor parte de ellos ensalzaba el noble trabajo llevado a cabo por el ejemplar gerente del Lyceum en beneficio del teatro. El Times trazó una ligera pincelada del Stoker más familiar para sus futuros lectores al subrayar que era “el maestro de una particularmente fantástica y aterradora forma de ficción”.
Del mismo modo en que su contemporáneo Arthur Conan Doyle debe su prestigio a las aventuras de Sherlock Holmes y no a las obras históricas por las cuales quería pasar a la posteridad, la fama de Stoker proviene de haber sido el hombre que escribió Drácula, expresión formulada por uno de sus primeros biógrafos.[1] Desde su publicación en 1897, la novela nunca ha dejado de estar en circulación y se suceden nuevas ediciones. Sin embargo, sólo hasta 1983 abandonaría el terreno marginal de la literatura sensacionalista para ingresar en los clásicos de la Universidad de Oxford.
Abraham Stoker, tercer hijo de una familia de siete hermanos, nació el 8 de noviembre de 1847 en Clontarf, población costera cinco kilómetros al norte de Dublín, y donde el rey Brian Boru se enfrentó y venció a los invasores daneses en 1014. La familia se había trasladado allí para huir de las emanaciones malsanas de la capital irlandesa. De su padre Abraham, servidor público en el castillo de Dublín, el niño Stoker heredaría la mística por el trabajo administrativo y el amor al teatro. De su madre, Charlotte, la tenacidad y la pasión por las tradiciones irlandesas: además de criar una numerosa familia de siete hijos, se dio tiempo para realizar una labor social impresionante: apoyó escuelas para sordomudos, bajo el argumento de que las había en otros países europeos; defendió a las mujeres trabajadoras y el derecho que tenían a ser capacitadas.       
El año de la llegada de Bram al mundo fue en muchos sentidos dramático. Una serie de misteriosas fiebres atacaron a la niñez, y nuestro futuro autor fue uno de los más afectados. Hasta los siete años, permaneció la mayor parte del tiempo en cama, mirando a través de la ventana el mar y los navíos que habrían de desempeñar un papel fundamental en su obra. Por otro lado, escuchaba constantemente hablar sobre dos enemigos que se cernían sobre su país: el cólera y el hambre. El futuro autor de Drácula  nació en medio de una crisis agrícola sin precedentes, circunstancia que llevó a numerosos irlandeses a buscar fortuna en América. Varios de esos emigrantes formarían el Batallón de San Patricio, que combatió y murió del lado mexicano en la guerra contra Estados Unidos, de 1846 a 1847, año este último del nacimiento de Bram.
Sus largas permanencias en cama eran compensadas por leyendas y sucesos reales contados por su madre. Charlotte tenía 14 años cuando atestiguó la epidemia de cólera que diezmó a la población del Oeste de Irlanda. Tales experiencias, que Bram solicitó a su madre por escrito, fueron el germen de su historia “The Invisible Giant” y posteriormente de algunas de las páginas más dramáticas de Drácula.  Las vivencias del cólera deben haber impresionado al niño y después al adulto, que indirectamente las trasladó a su novela mayor. La angustia de la población por vencer a la plaga recuerda la de los personajes de Stoker para enfrentarse al mal inoculado por el vampiro.
La llegada del cólera como una enfermedad letal e imprevisible, el temor anyte ante ese mal que hizo retroceder a la orgullosa Europa en proceso de industrialización a las tinieblas de la Edad Media, traen a la mente la llegada del Demeter, sobre todo en los Nosferatu de  Murnau y Werner Herzog, cuando el velero –siniestramente silencioso en ambas películas- llega a Occidente con su  carga de muerte para fecundar a los fantasmas tangibles del horror:

En los días de mi temprana juventud, el mundo se vio seriamente conmovido ante el terror de una nueva y terrible plaga, la cual iba sembrando desolación en todos aquellos lugares por los que pasaba. Mostraba tal regularidad en sus avances, que la gente podía muy bien decir dónde iba a aparecer luego y hasta casi el día en que era de esperársele…Contribuían a acentuar sus horrores lo extraño y misterioso de su contacto, así como el anhelo del hombre de contar con la experiencia o el conocimiento acerca de su naturaleza, cuando no la mejor forma de resistir sus ataques.

De tal manera, los primeros años de Bram estuvieron marcados por fantasmas  y supersticiones. Pero también por el pasado heroico de la historia irlandesa, en el cual siempre creyó y cuya huella es perceptible en varios de los libros por él escritos. Como si su naturaleza se rebelara contra la debilidad de los primeros años, el Bram que entra en la pubertad alcanza un desarrollo físico impresionante. Ingresa a Trinity College, donde también habrá de estudiar Oscar Wilde, participa en actividades estudiantiles, es un magnífico nadador, un gran caminante, jugador de rugby, y obtiene medallas en historia y composición. Así se describe en su juventud: “Mido seis pies y dos pulgadas…soy feo pero fuerte y determinado y tengo una gran protuberancia encima de las cejas. Tengo una mandíbula sólida, boca grande y labios gruesos, nariz sensitiva y pelo fuerte”.
Comienza a cortejar a Florence Balcombe, considerada por muchos “la mujer más hermosa de su tiempo”. Wilde fue uno de sus pretendientes. Florence eligió finalmente a Bram, por considerar que su talento literario lo llevaría más lejos. La amistad entre Wilde y Stoker fue intensa y duradera. De acuerdo con un testimonio, el primero recibió su visita y su ayuda económica cuando vivía, olvidado de todos y bajo  un nombre falso -Melmoth- en el ajado Hotel Alsace de París, donde moriría en 1900. Casi al mismo tiempo que su relación con Florence, Stoker conoció a otra de las figuras capitales de su vida. Admirador permanente del teatro, comenzó a escribir reseñas. Una de las más entusiastas fue la dedicada al actor Henry Irving (1838-1905), quien quedó gratamente impresionado y quiso conocer al joven. El primer encuentro tuvo lugar en el Hotel Shelbourne de Dublín. Sin saberlo entonces el crítico, daba inicio una vampirización que duraría hasta la muerte del actor. Irving era un hombre de personalidad arrolladora, y su intención era lograr que el teatro fuera tan importante y respetable como el Derecho o la Medicina. Para lograrlo necesitaba a una persona joven, emprendedora y organizada, que pudiera llevar sus asuntos. El candidato ideal era Stoker. Al igual que el futuro Drácula encuentra en Jonathan Harker el vehículo para apoderarse del escenario llamado Inglaterra,  el actor reconoció en el joven a quien podía acompañarlo en su aventura: tener su propio teatro. Stoker fue administrador del célebre Lyceum, secretario fiel, confidente. Había ocasiones en que contestaba hasta cincuenta cartas diarias a los admiradores del maestro. Otra semejanza con la futura ficción: el vampiro ordenará a Harker el contenido de las cartas que debe mandar a sus destinatarios. Escribe no lo que quiere sino aquello a lo que se ve obligado. Es entonces cuando el segundo hace uno de sus descubrimientos más aterradores: el castillo de Drácula es una prisión y Harker es su prisionero.
La anterior es una entre muchas analogías. Florence y Bram contraen finalmente matrimonio. Al anunciar su deseo de ir en viaje de bodas, el todopoderoso se niega. La escena de la vida real evoca otra de Drácula: cuando las tres mujeres que junto con el vampiro habitan el castillo atacan a Harker, aquél las aleja con el grito, revelador y multívoco: “Este hombre me pertenece.”
Una de las representaciones más exitosas de Irving fue la que hizo de Mefistófeles en Fausto de Goethe. Tenía más de 250 actores en escena, efectos especiales y decorados bajo la supervisión personal de Stoker. Lo anterior, aunado al hecho de que el actor principal utilizara un traje rojo para su personaje, hicieron de la obra uno de los grandes acontecimientos del escenario inglés. De las fotografías de semejante representación, se conserva una de Irving en la cual tiene un extraordinario parecido con Bela Lugosi, el actor húngaro que, 19 años tras la muerte de Stoker, y con la supervisión personal de su viuda, habría de personificar a Drácula, primero en la obra teatral y luego en la más conocida versión fílmica dirigida por Tod Browning.
En 1887, Stoker acompaña a Irving en una exitosa gira por Estados Unidos. Al año siguiente, mientras en Londres tienen lugar las actuaciones del asesino de mujeres que firmaba Jack el Destripador, Irving estrena Macbeth, una de sus actuaciones memorables. El papel de Lady Macbeth será desempeñado por Ellen Terry, otra de las grandes figuras del escenario inglés.
Luego de la función, Irving continuaba siendo la figura central: en la parte posterior del teatro Lyceum estaba el Beefsteak Room, donde era obligatorio, para todo caballero que se preciara de serlo, haber estado alguna vez. Fue allí, de acuerdo con la leyenda, donde el profesor Arminius Vambery, de la Universidad de Budapest, reveló a Stoker algunos de los misterios de los vampiros que desde tiempos ancestrales existían en su natal Transilvania, que nuestro autor habría de transformar en emblema de la geografía literaria. Etimológicamente, la palabra significa “tras la selva”. Stoker nunca estuvo allí, pero su capacidad de soñador y de investigador lo llevó a conocer Transilvania con profundidad, sobre todo tras la lectura atenta del libro The Land Beyond the Forest de Emily Gerard. Todo parecía conducir a la novela que pensaba escribir sobre un vampiro, y que inicialmente llevaba el título The Un-Dead. (El No Muerto). Por fortuna, en el último momento su autor tuvo la lucidez para cambiarlo al siniestro y breve nombre propio Drácula, como habría de aparecer en 1897. 
Irving muere en 1905, tras una representación –al igual que Molière- colmado de gloria, pero arruinado económicamente.  Stoker lo veló con una lealtad sólo semejante a la del perro Fussie, el ser que gozaba de los mayores cuidados del gran solitario que fue Irving. Sus restos fueron depositados en la Abadía de Westminster,  espacio que el imperio destina a sus poetas, sus monarcas y sus guerreros. Stoker le sobrevive hasta 1912. Sus últimos años fueron difíciles. Su salud física y económica eran precarias y su temperamento se volvió más melancólico. Después de Drácula escribió otros diez libros. Uno de los más notables, por lo que dice lateralmente sobre su vida y su amo, fue Personal Reminiscences of Henry Irving.
En su libro sobre la vida Bram Stoker, el más actualizado y completo que existe, Barbara Belford[2] propone una lectura psicológica de la novela y la manera cómo el autor proyecta sus obsesiones y personajes. Desde su punto de vista, existen las siguientes correspondencias entre la ficción y la realidad: Drácula sería una representación del omipotente Henry Irving;  Van Helsing, que lleva el mismo nombre del padre de Bram, la figura protectora, sabia y generosa; Lucy Westenra, la belleza y la superficialidad de su esposa, Florence Balcombe; Jonathan Harker, el propio Stoker; Mina Harker, autónoma, pensante, una imagen de Charlotte, madre de Stoker.
Así como Drácula es el arquetipo del vampiro como príncipe de las tinieblas, Van Helsing, su Némesis, su antagonista, reúne las características completas del cazador de vampiros: sus armas no serán exclusivamente la estaca de madera y el martillo, herramientas tan ampliamente difundidas por el cine, sino una cultura amplia y profunda que le permita delimitar los alcances del vampiro y los modos de combatirlo. Doctor en numerosas disciplinas, con Van Helsing surge la figura del detective psíquico, oficio que habrá de lleva a su forma más completa Algernon Blackwood en su personaje John Silence, investigador de lo oculto.[3] El capítulo 18 de Drácula es uno de los más importantes porque en él Van Helsing revela a sus compañeros qué y quién es el enemigo contra el cual deben oponer sus respectivas armas. Como gran orquestador de la aventura, Van Helsing intuye que la debilidad del vampiro se halla en su soledad, así como su fuerza reside en que nadie cree en él.
Tanto los lectores contemporáneos como los posteriores han censurado a Stoker el excesivo sentimentalismo, las lágrimas y ayes que abundan en el libro. Cierto. El autor debía ser concesivo con el gusto de su tiempo. La reina Victoria llegó al trono cuando aún no cumplía los 20 años, y su gobierno se caracterizó por la entrega, la prudencia y la fuerza que utilizó con los suyos. Eran tiempos contradictorios, de esplendor y miseria, de nobleza e hipocresía. Los victorianos creían en los beneficios de la revolución industrial y los logros de la ciencia y la técnica, pero también, ante el ocaso de la religión, fueron devotos de lo oculto. En 1888, un rosacruz masón llamado William Wyne Wescott fundó la Sociedad Secreta The Golden Dawn, a la que no perteneció formalmente Stoker, aunque estaba al tanto de sus trabajos. Sí lo hicieron, en cambio, Constance Wilde, William Butler Yeats y Arthur Conan Doyle.  
Uno de los instantes más altos en la confrontación de los humanos con el vampiro -el otro, el ajeno, el exiliado- es que sólo la fraternidad y la unión son capaces de vencer al demonio. Sólo el amor vence al mal y sólo mediante él será posible “cruzar las aguas amargas antes de llegar a las dulces”. Para tal objeto, continúa Van Helsing, es preciso ser “valientes de corazón y despojarse de egoísmo”, porque la egolatría es el arma suprema y la perdición del vampiro. Lo anterior permite comprender que de la condición de amenazador pasa a la de amenazado. Van Helsing y sus aliados vencen al vampiro y demuestran, en la novela de Stoker, que el vampiro puede ser destruido. Lo vence, finalmente, el poder de las letras. Lo vence la mano de Mina Harker, que mediante la taquigrafía y la máquina de escribir –nuevas armas del imperio- reúne las piezas sueltas del discurso alucinante donde se arma la anatomía del vampiro. La mano femenina y frágil halla su brazo armado en Jonathan Harker, que hunde su cuchillo kukri –usado por el ejército británico en sus guerras colonialistas, inclusive en las Malvinas- en el cuerpo del ofensor de su honra.  
En términos generales, y teóricos, el vampiro es inmortal. Fiel a tal precepto, Stoker escribió una novela que pareciera tener semejante destino. El efecto que produce en sucesivos lectores e intérpretes es tan poderoso como la mirada del vampiro, capaz de dominar a sus víctimas inclusive a la luz del día y cuando yace en su ataúd.
Drácula es una obra para la inquietante lectura y para los eruditos que no dejan de hallar en ella nuevos significados. Una de sus virtudes mayores es que admite la relectura y no obstante el conocimiento del desarrollo y final de la trama, podemos volver a ella con sucesivos y nuevos estremecimientos. El lector que tiene la suerte de aventurarse por primera vez en la novela puede estar seguro de dos cosas: no podrá soltar el libro ni se atreverá a incorporarse de la cama para apagar la luz. El que emprende un nuevo viaje en compañía de Jonathan Harker, dotado de un arsenal intertextual y proveído de diversos códigos culturales, no se sentirá defraudado. Drácula fue escrita por Bram Stoker en un instante cuando el contenido latente era más poderoso que el contenido manifiesto. Sus enigmas son los de siempre: la muerte y las formas de retardarla. O de vencerla.
Afirma José Emilio Pacheco que todos conocemos la historia del Titanic pero todos queremos que nos la vuelvan a contar. De igual manera, podemos enumerar, aun sin haber leído la novela, las características generales de Drácula. De cada nueva historia o película de vampiros exigimos que nos cause un estremecimiento inédito o descubra un rincón desconocido de nuestros miedos. El Titanic no termina de hundirse, aunque se encuentre sumergido en las profundidades del Atlántico. Bram Stoker, al igual que su vampiro, no acaba de morir.
 




[1] Daniel Farson. The Man who wrote Dracula: A Biography of Bram Stoker. London, Michael Joseph, 1975.
[2] Belford, Barbara. Bram Stoker. A Biography of the Author of Dracula. New York, Alfred A. Knopf, 1996. A la misma autora se debe una biografía sobre Oscar Wilde. 
[3] Algernon Blackwood. John Silence, investigador de lo oculto. Traducción de Francisco Torres Oliver, Santiago García y Javier Sánchez García-Gutiérrez. Madrid, Valdemar, 2002. Para una evolución de la figura del cazador de vampiros, puede verse el libro de Peter Haining The Vampire Hunter´s Casebook. London, Warner Books, 1996.

martes, 14 de febrero de 2012

La chica del remake innecesario

Le debo el título de esta entrada a Agustín Galván, fiel lector de este blog.
Karl Stig-Erland Larsson, periodista y escritor sueco conocido como Stieg Larsson, murió el  9 de noviembre de 2004.  Tenía 50 años de edad. Falleció de un ataque al corazón por  subir 7 pisos de escaleras, según la versión oficial. Esta dolencia fue causada por sus enemigos, piensan algunos, por su declarada afiliación comunista. Y he aquí lo que me parece verdaderamente triste: no vivió lo suficiente para ver publicadas su serie de novelas denominada “La trilogía Millenium” ni para comprobar el éxito rotundo en que se convirtieron. Mucho menos para ver cómo fueron llevadas a la pantalla grande en su país ni su cuestionable remake estadounidense. Pero ya llegaré a eso.
Aunque Larsson dio sus primeros pasos escriturales en el terreno de la ciencia ficción, ganó notoriedad en la literatura de tema criminal. No sólo porque la sangre vende y es un negocio redituable (pregunten a los editores de La Prensa o Metro), sino porque en su juventud atestiguó hechos terribles que implicaban violencia contra las mujeres en diferentes formas. Ese es el tema principal de su prestigiada trilogía. Muchos pueden cuestionar su estilo, su originalidad o su validez como aportación al género policíaco. Lo cierto es que utilizó todos los elementos que pueden convertir un texto en un best-seller. Y lo hizo sin esa intención.
Su primera novela, Los hombres que no amaban a las mujeres (2005, publicada en Estados Unidos como La chica del dragón tatuado), narra la historia del periodista de investigación Mikael Blomkvist, editor de la revista Millenium (equivalente a la Proceso de estos rumbos) que cae en desgracia legal y es contratado por el millonario Henrik Vanger para investigar un asesinato ocurrido 40 años atrás, un clásico misterio de habitación cerrada (sólo que la habitación es una isla). En el proceso Blomkvist une su camino con el de Lisbeth Salander, genio de computadoras, investigadora brillante de una empresa de seguridad, poseedora de memoria eidética, con su cuerpo cubierto de piercings y tatuajes (es la chica del dragón tatuado del título) y poseedora de oscuros secretos. Ella es una de tantas mujeres a que temen y odian los hombres comunes. Es una mujer fuerte, empoderada, por momentos víctima que decide asumir el papel opuesto. Tatúa –como El Zorro- en el abdomen de su tutor legal, el hombre que la brutalizó, la leyenda “Soy un cerdo sádico, un pervertido y un violador”, acto incuestionable de justicia. Ella es el personaje principal de la serie y, en definitiva, uno de los más más fascinantes que recuerdo en tiempos recientes. Juntos (Blomkvist y Salander) son una estupenda pareja de investigadores.
La trilogía fue llevada al cine en la natal Suecia de Larsson en 2009. La primera entrega bajo la dirección de Niels Arden Oplev, la segunda (La chica que jugaba con fuego, publicada como La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina) y la tercera (La chica que golpeaba avisperos, publicada como La reina en el palacio de las corrientes de aire) dirigidas por Daniel Alfredson, con la muy acertada actuación de la sueca Noomi Rapace –la gitana de Sherlock Holmes, juego de sombras- como Lis Salander. En México la primera fue estrenada comercialmente. Las dos restantes pueden verse en DVD.
Ello me lleva a hablar de la versión estadounidense de la primera aventura de Salander, dirigida por David Fincher.
Soy un declarado admirador de este cineasta, esteta del cine oscuro con profundas raíces en la cultura del video clip (como lo demuestran los créditos iniciales con ese cover de Led Zeppelin), desde su debut en Alien 3 (1992),  su indispensable Seven (1995), El juego (1997), El club de la pelea (1999), Zodiaco (2007), El curioso caso de Benjamin Button (2008) y Red social (2010). Por eso mis expectativas eran tan altas. Lo que vi fue a un Fincher al servicio de la voracidad de los grandes estudios (por aquello de hacer un remake de una película reciente). El guión de  Steven Zaillian trata de ser fiel a la historia de Larsson (incluso sucede en Suecia y retoma los nombres originales de sus personajes) pero desaprovecha sub tramas y añade aspectos que desdibujan a los héroes. Yo no concibo a Lis Salander (ahora Rooney Mara) preguntado “¿puedo matarlo?” o pidiendo que le acaricien la espalda. Le quita también importancia a sus demonios, los que la convierten en la chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Incluso le resta méritos en la investigación: hallazgos importantes que ella hace se le atribuyen a Blomkvist (ahora Daniel Craig) para el lucimiento del actual 007. Incluso recurre a situaciones desgastadas e innecesarias, como esa silueta amenazadora (con ruido tenebroso incluido) en los archivos de las Industrias Vanger mientras Lis realiza su pesquisa, o sus preparativos/shopping de los momentos finales. Y lo peor, Fincher no hizo suya la historia de Larsson, con sus crímenes del pasado y su violencia desmedida. El director es tímido –casi se autocensura- en la escena de la violación de Lis (importantísima en la trama) pero goza al mostrar su cuerpo desnudo o abundar en la sexualidad del personaje (su ligue en ese antro).
La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos la nominó para recibir cinco estatuillas en su próxima entrega del Oscar, incluida Rooney Mara como mejor actriz. La cinta fue bien recibida por la crítica. Su éxito en taquilla es cosa aparte. Pero no me crean. Juzguen por ustedes mismos. Para que tengan más elementos de juicio reproduzco la crítica que Ernesto Diezmartínez publicó en la sección Primera Fila del periódico Reforma el 20 de enero de 2012. Al final, lo único bueno: Zaillian y Fincher le evitaron la cárcel a Blomkvist.
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Con el sello de Fincher
Ernesto Diezmartínez

La tarea no era difícil.  El objetivo era mejorar estilísticamente la adaptación fílmica original del primer tomo de la trilogía Millenium, los hombres que no amaban a las mujeres (Arden Oplev, 2009).
Después de todo, la cinta sueca no es más que un telefilme bien tramado, con buenos actores y una actriz protagónica, Noomi Rampace, genuinamente hipnótica.
En manos del especialista en películas de serial-killers David Fincher (Se7en: Siete pecados capitales/1995, Zodiaco/2007) la trama escrita por Stieg Larsson tenía que verse mejor.
Y sí La chica del dragón tatuado (The Girl with the Dragon Tatoo, EU-Suecia-Alemania-GB, 2011), se ve mejor, desde la espectacular secuencia de créditos.
Por lo demás, la adaptación escrita por Steve Zaillian es fiel a la historia original, con todo y los secretos familiares escondidos, los nazis avejentados, los empresarios corruptos y nuestros dos protagonistas, el valiente periodista de izquierdas Mikael Blomkvist (Daniel Craig) y su asistente/amante/salvadora Lisbeth Salander (Rooney Mara), la solitaria vengadora gótica-hacker bisexual que es la auténtica heroína de la serie.
Fincher y su equipo de editores estructura la trama en una acezante narrativa paralela, de tal manera que Blomkvist y Salander se encuentran cuando ha pasado más de una hora de la cinta. Incluso después, Fincher los mantiene separados, pues las investigaciones que cada uno de ellos realiza son complementarias para descubrir la identidad de un asesino serial que se ha mantenido impune durante más de 40 años.
Ver este remake hollywoodense un par de años después de la cinta original resulta en un inevitable ejercicio formalista. ¿Qué le falta, qué le sobra, qué le suma, esta versión a la adaptación sueca? Un estilo visual más vigoroso y menos elíptico, una violencia más gráfica, una trepidante banda sonora de Reznor/Ross y una Lisbeth Salander más ligera, más joven y más sexualizada que la que encarnó la señorita Rampace.
Este último aspecto es problemático. En un filme dedicado a denunciar a esos despreciables cerdos –el tutor de Salander, el asesino serial en la sombra- que “no aman a las mujeres”, es curioso ver cómo Fincher explota visualmente la sensualidad y el físico de su joven actriz cuando ésta aparece desnuda. Sospecho que a la Salander no le gustaría.