Mostrando entradas con la etiqueta MÉXICO LINDO Y QUERIDO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MÉXICO LINDO Y QUERIDO. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de noviembre de 2013

Texto para la presentación de Desmodus, el vampiro

Muy buenas noches a todos. Gracias por estar aquí. Primeramente deseo agradecer a Editorial Terracota –a  Alejandro Villagrán y a Ximena Ruiz Rabasa por sus buenos oficios- por su amable invitación y la oportunidad de reencontrarme con mi querido Enrique Alfaro Llarena, incansable promotor de la cultura que en el pasado me demostró su confianza en los fulgores de lo oscuro.
Contrariamente a la percepción popular, existe un profundo arraigo de la figura del vampiro en nuestra cultura. Desde la deidad maya Tzotz hasta el Dios Tzinacán de la cultura náhuatl, el monstruo ha desplegado sus alas en prácticamente todas las manifestaciones culturales. Esto lo expresa muy bien el indispensable Jorge Ibargüengoitia en su divertido ensayo Vida de los vampiros: “la gente común y corriente sabe más de vampiros que de los otomíes”.
Debemos ejemplos que refuerzan lo dicho por el guanajuatense a autores como el hidalguense Efrén Rebolledo –con su poema romántico El Vampiro-, Amado Nervo –con su poema A Leonor-, Bernardo Couto Castillo –con su cuento Blanco y rojo-, Amparo Dávila –con el cuento El huésped- y a casos más recientes como Emiliano González –con el cuento La mantis-, Ricardo Bernal –con el cuento Los manuscritos del vampiro-, Sergio Santiago Madariaga –con su cuento Muerte veo en tus ojos-, Bernardo Fernández Bef –con el cuento Sólo salimos de noche- , Patricia Laurent Kullick –con el breve e hilarante cuento Se solicita sirvienta-, Mario Méndez Acosta –con el estremecedor relato No se duerman en el metro-, el poblano José Luis Zárate –con su prodigiosa novela La ruta del hielo y la sal-, Adriana Díaz Enciso –con la novela La sed- y Carlos Fuentes, con su novela corta Vlad, contenida en la antología Inquieta compañía.
Pero uno de los vínculos más profundos proviene de las raíces mismas del mito, con los avistamientos hechos por Hernán Cortés durante la conquista de la Nueva España: se percató cómo una variedad de murciélago, identificada posteriormente como Desmodus rotundus, una de las tres especies de quirópteros hematófagos presente desde México hasta el norte de Chile y Argentina, se alimentaban por las noches de sus caballos y las bestias de tiro. William López-Forment Conradt, autoridad en México sobre estos seres, señala que fueron los invasores los que llevaron esta noticia Europa, “donde poco tiempo después comenzaron a aparecer cuentos de vampiros humanos, especialmente en Europa Oriental, debido a su inaccesibilidad y desconocimiento que tenían de esa zona del Continente Americano los habitantes de la Europa Occidental. Los primeros europeos en reportar sobre estos animales, amén de equivocarse de especie, fueron de Oviedo y Valdés en 1526, y Benzoni en 1565”.
Precisamente es este animalito el responsable de dar el nombre al protagonista de la novela que hoy nos reúne, Desmodus el vampiro de José Carlos Vilchis Frausto. Y tengo ahora el reto de hablar del texto sin estropear su descubrimiento a los nuevos lectores. En un escenario reconocible, la Ciudad de México de nuestros días, el autor nos narra el descenso a las tinieblas de un nuevo vampiro, “Desmodus, el hambriento, el Paria, el maldito, el desterrado”. Esa dignidad es lo primero que debo agradecer a José Carlos: el alejar al monstruo de la fórmula vacía, contemporánea y comercial y presentarlo como es, un asesino en la cima de la cadena alimenticia.
Vilchis se da tiempo de citar a sus clásicos a lo largo de la narración: de Julio Cortázar a mi querido Vicente Quirarte, de William Shakespeare a Patrick Süskind. También dedica un capítulo al cineasta alemán Win Wenders, cuya visión está presente en la historia. Esto nunca para sonar pretensioso o que el lector diga con asombro: “Cuánto ha leído y conoce de cine este autor”. Lo hace para venerar a sus maestros y mostrar orgulloso la presencia de sus lecciones. En ese sentido, su estilo es moderno pero también muy generacional. El cine está presente no como referencia sino como manera de ver y captar la realidad, sea mediante la descripción de una espectacular persecución, de los inframundos del Centro Histórico de nuestra ciudad –no sabía de la existencia del Pervert lounge-, de sucios cuartos de hotel o de una lóbrega morgue con su refrigerador con el letrero “carnes frías”. Y es precisamente gracias a esta capacidad de observación, casi cinematográfica, que los detalles sumergen al lector en el relato.
Podría continuar, pero prefiero concluir aquí. Gracias, querido José Carlos, por esta disfrutable novela de vampiros, pues desde el título establece vínculos muy necesarios en nuestro tiempo. Donde yo me eduqué, el vampiro no brilla. Hablé antes de algunas de las virtudes de tu libro. Este ya pertenece a los lectores y navega con sus propios medios. Serán ellos quienes determinen su efecto y perdurabilidad. Espero que goce de la fortuna material de recientes sagas literarias. Si no fuere así, tu obra triunfa sobre ellas en muchos sentidos: posee el decoro y la autenticidad que los mayores éxitos sólo sueñan. Ello no es gratuito. Se debe, sobre todo, a tu talento y tu constancia. Toma estas palabras como una obligación para escribir novelas cada vez más sorprendentes y, por qué no, más oscuras.
Muchas gracias.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Píntalo de negro

Casi acaba el mes patrio. Antes de que eso ocurra debo platicar de una de las aportaciones, en el terreno de las letras mexicanas, más relevantes de este año. Se trata de la novela Hielo negro de mi buen amigo Bernardo Fernández Bef, compañero de muchas batallas y hombre con el que comparto muchas pasiones (la literatura, los cómics, la ciencia ficción, el cine de horror). Él me invitó a presentar el libro el pasado domingo en la Feria del Libro de Reforma. Fue especialmente significativo que nos encontráramos casi al pie del Ángel de la Independencia, porque leer –sea cual sea el tema que nos encante- nos hace libres.
“El bien no hace gran literatura”, afirma mi querido Vicente Quirarte. Lo compruebo cada mañana que las noticias me recuerdan hechos lamentablemente cotidianos como las ejecuciones en el norte del país, las decapitaciones, los entierros clandestinos, la corrupción en todos los niveles y, sobre todo, el narcotráfico. Precisamente en este submundo (que ya no es tan subterráneo) se sitúa la historia de Bef. El tema no ha sido indiferente para el quehacer artístico nacional, como demuestra la narrativa de Elmer Mendoza o el teatro de mi querido Alejandro Almazán. El mismo Bef ya lo había explorado en Tiempo de alacranes (Joaquín Mortiz, 2005), obra que no sólo obtuvo el reconocimiento del público, sino el Premio Nacional de Novela Otra vuelta de tuerca –convocado por el Instituto Queretano de Cultura y CONACULTA- y el Premio Memorial Silverio Cañada a Mejor Primera Novela Policíaca de la Semana Negra de Gijón en el 2006. Y ahora Hielo negro le valió el Primer Premio de Novela Grijalbo. Los tres premios son más que merecidos.
Desde sus primeros momentos –el asalto de un comando armado disfrazado de gorilas a una farmacéutica- el relato, muy cercano al cómic, al realismo mágico y a las películas de Robert Rodríguez, atrapa sin tregua al lector. Narra el choque de dos trenes a toda velocidad. Por una parte, en la cara luminosa de la moneda, se encuentra Andrea Mijangos, una ruda agente de la Policía Judicial capitalina. Ella es una mujer enorme, de facciones bellas, que anda en una motocicleta –en solitario, como todo gran héroe- y es muy mal hablada. En el otro extremo está Elizabeth “Lizzy” Zubiaga, líder del ficticio Cártel de Constanza, mujer atractiva –toda una femme fatale-, con aspiraciones artísticas y extremadamente peligrosa. Ella busca desarrollar el Hielo negro del título, el “Santo Grial de las anfetaminas”. Básicamente es una historia de venganza, ese “platillo que sabe mejor frío”, como decían los Klingon. En el proceso Bef –porque hizo su tarea- retrata lo mejor y lo peor de la Procuraduría de Justicia de la capital del país –y en general de las instituciones dedicadas a la impartición de justicia del país-, con sus deficiencias, sus vicios, su corrupción indignante, su lenguaje florido, pero sobre todo con la auténtica capacidad, honradez y vocación de muchos de sus elementos –que por fortuna los habemos-.
En el relato brillan personajes que se encuentran a la altura de los más destacables de El complot Mongol de Rafael Bernal, o a los que nos presenta Paco Ignacio Taibo II en la saga de Héctor Belascoarán Shayne: El Járcor, el compañero –o “pareja”- de Andrea; el Bwana, peligroso sicario y, mi favorito, El Médico, químico en jefe del Cártel de Constanza, auténtico sociópata que viste traje negro y usa sombrilla y bombín.
En víspera de la presentación leí una crítica que apareció en la Revista Letras Libres, injusta y severa, a diversos aspectos de la obra. Precisamente ellos, antes de recibir cualquier influencia, fueron los que me hicieron disfrutarla: la alternancia de las voces narrativas, su lenguaje desenfadado y que escuchamos todos los días o ese capítulo –el cuarto- que reproduce –fielmente- el frenesí de un adicto bajo los efectos de estimulantes del sistema nervioso central. Cuando dije que Bef hizo su tarea, lo hizo muy bien a este respecto.
Y remataré con aspectos personales, si atendemos a la máxima de que toda obra de arte posee un carácter autobiográfico. El hermano de Andrea es dibujante de cómics, como el mismo Bef, y es admirador de Linterna Verde, Batman y el Hombre Araña –como Bef-. Su fascinación por la cultura pop es evidente, como su afición por las novelas de Stephen King y piezas musicales que marcaron a muchos, desde Miguel Bosé y Joaquín Sabina a Metallica, Ministry y Tom Waits.
Sólo puedo concluir con mi más grande enhorabuena a Bef en espera que muchas personas comprueben cuanto he dicho y, sobre todo, que llegue pronto su próxima novela. Porque su mejor trabajo, estoy seguro, aún no ha sido publicado.

                                                                                                      

lunes, 29 de agosto de 2011

Asuntos vampíricos (nacionales) pendientes

Y ya que promociono mi nuevo curso en el Centro Nacional de las Artes, finiquitaré un asunto pendiente (antes de concluir el mes). El pasado 26 de julio ofrecí una plática en el Tercer Taller de Perfeccionamiento de Guión de Largometraje de Horror, convocado por el Instituto Mexicano de Cinematografía en la maravillosa casona que alberga a la Sociedad de Directores de México. Prometí a los participantes publicar en este blog el texto que sirvió de eje a mi exposición. Se trata de un tema al que regreso con frecuencia. Espero que ellos y ustedes, queridos lectores, lo disfruten.
--
La invasión de los vampiros o cómo puede renacer en el cine mexicano (en 9 tomas).
Roberto Coria
Tercer Taller de Perfeccionamiento de Guión de Largometraje de Horror. IMCINE.

Dicen que le tercera es la vencida. La primera ocasión que debí compartir con ustedes mis fascinación por el cine de vampiros, el 12 de julio pasado, debí atender compromisos imprevistos e impostergables. La segunda, el 19 de julio anterior, situaciones ajenas a mí me lo impidieron. Las dos fechas eran especialmente emblemáticas para el tema: en ellas se celebró el no-cumpleaños 131 de Tod Browning, el cineasta al que debemos la versión de Drácula (1931) protagonizada por Bela Lugosi, y el cumpleaños de mi querido amigo Vicente Quirarte, poeta, ensayista y enorme estudioso de los hijos de la noche, respectivamente. Pero heme aquí, finalmente. Hoy es una ocasión muy especial para mí. Me acompaña Bárbara Pérez Curiel, nieta del entrañable Federico Curiel, cineasta apasionado a quien debemos algunas de las mejores películas del Santo y artífice de una serie de joyas –muy pertinentes esta tarde- de las que hablaré posteriormente. Ella se encuentra en la antesala de ser aceptada en las filas del Centro de Capacitación Cinematográfica, así que tenemos a una cineasta en ciernes entre nosotros. Bienvenida, querida Bárbara, doblemente.

Toma 1
En los minutos iniciales de El vampiro (Fernando Méndez, 1957),  un hombre alto y delgado, elegantemente vestido con capa, medallón y frac –el grandioso Germán Robles-, observa con ojos depredadores la ventana de una hacienda surgida de una película del México rural de mediados del siglo XX. En un instante, envuelto por la neblina nocturna, el hombre se transforma en un murciélago y vuela hasta el interior del dormitorio de una bella mujer –Carmen Montejo-. Ella lo observa sorprendida, con horror, especialmente por sus afilados colmillos, antes que el intruso se le lance encima y corran los créditos de la película, enmarcados por la partitura inquietante de Gustavo César Carrión y un grito desgarrador. La escena rinde tributo a los mejores momentos de las cintas de horror de los estudios Universal –con una maravillosa escenografía de Gunther Gerzso- y nos recuerda a la figura de Don Juan: el hombre que entra furtivamente durante la noche en la recámara de la joven damisela para robar su virtud. También cobra vigencia en una época en la que el fenómeno Crepúsculo cautiva la imaginación –en las letras y la oscuridad de la sala de cine- de las quinceañeras ávidas de la inmortalidad y belleza eterna que puede obsequiarles la pasión del vampiro, de su sensualidad desbordada –incluso irresponsable- y el ansia de apropiarse de la noche y sus secretos.
“Al contrario de otras criaturas de la noche, cuya contemplación y cercanía nos provocan pánico inmediato, el vampiro es la más próxima a los humanos, tanto en lo que se refiere a sus características físicas como a la relación que mantiene con sus víctimas en potencia”, nos recuerda Vicente Quirarte. Es por ello que El vampiro se coloca por delante de otros especímenes del catálogo de cintas de horror producidas en nuestro país y hace brillar a Germán Robles como el gran monstruo del cine nacional. Robles es considerado por David J. Skaal, erudito del cine de horror, como “la respuesta mexicana a Bela Lugosi” y aparece en la portada de su libro V is for vampire. Definitivamente su imagen debe mucho a la que inmortalizara el actor rumano en 1931, pero su interpretación del Conde Karol de Lavud es memorable, antecedente indispensable para comprender el erotismo y bestialidad que transmitió Christopher Lee en las películas de la casa británica Hammer Films.  “Yo quería hacer a un vampiro cachondo”, declara Don Germán frecuentemente en entrevistas. Uno de los tantos aciertos de El vampiro, además de su ensamble actoral y la espléndida fotografía de Rosalío Solano, es la historia de Ramón Obón, que toma a un monstruo persistente en el folclore europeo y lo sitúa en un ambiente familiar y reconocible. Se permite sumar incluso leyendas de aparecidos y fantasmas, tan abundantes en la provincia mexicana.  Precisamente de este último beneficio adolece su secuela, El ataúd del vampiro (Méndez, 1958), traslación de todos los elementos anteriores a la gran ciudad. Demuestra, como bien nos advirtió H. P. Lovecraft, que “no está muerto lo que puede yacer eternamente”. Pese a ello posee momentos aterradores, como la persecución que la sombra del malvado protagonista hace a una desafortunada mujer por las calles desiertas de la ciudad –que no son otras que las de los Estudios Churubusco-. La mente detrás del éxito de las dos cintas –y de tantas otras-, el actor y productor Abel Salazar, proyectaba la realización de una tercera entrega. Robles, estigmatizado ya por el monstruo, declinó la oferta. “Esa la va a hacer tu madre”, sentenció. ¿Cómo hubiera sido una tercera parte de El vampiro? Eso nos brinda la posibilidad de la conjetura y el juego de la imaginación. 

Toma 2
A pesar de sus esfuerzos, Germán Robles nunca pudo escapar de la marca del vampiro. Prueba de ello son la estupenda serie de largometrajes dirigidos por Federico Curiel que comenzaron con La maldición de Nostradamus (1961) y fueron continuados por La sangre de Nostradamus (1962), Nostradamus, el destructor de monstruos (1962) y Nostradamus, el genio de las tinieblas (1962). Robles encarna a un descendiente del legendario profeta Michele de Notre-DameNostradamus, para los amigos-, quien es un vampiro ataviado con capa y bombín, que usa una barba “tipo candado” y tiene un ayudante jorobado, quien trata de convencer de la existencia de la otredad al escéptico Profesor Durán (Domingo Soler) y a su asistente Antonio (Julio Alemán) y al mismo tiempo revivir a su ancestro. Nostradamus hace fatales predicciones para todo el que se cruce en su camino. El serial cuenta con un inteligente guión de Alfredo Ruanova y Carlos Enrique Taboada. Esta historia fue la primera aproximación al tema fantástico del celebrado autor de Hasta el viento tiene miedo (1968) y El libro de piedra (1969). Las apariciones sorpresivas de Nostradamus, en rincones donde reina la oscuridad más profunda,  sin duda inspiraron a Guillermo del Toro para otorgárselas a Rasputin (Karel Roden) en Hellboy (2004).

Toma 3
El vampiro es la primera gran cinta del tema filmada en el país, pero de ninguna manera es la primera en habla hispana. Podemos ubicar al más notable antecedente en los albores mismos del cine de horror occidental como una gran industria. Cuando Carl Laemmle, Jr., quien decidía el rumbo de las creaciones de los Estudios Universal, emprendió la producción de la versión cinematográfica de la obra teatral de John Balderstone y Hamilton Deane –basada a su vez, como todos sabemos, en la novela de Bram Stoker- comprendió la necesidad de realizar versiones de sus películas para los mercados extranjeros, toda vez que la técnica del doblaje para las nacientes cintas habladas no estaba depurada. Por ello encargó a George Melford que rodara, de manera paralela al  equipo que encabezaba Tod Browning, una versión en habla hispana. Este ejercicio le permitiría reducir costos toda vez que empleaba el mismo guión y escenarios. Mataba dos vampiros con la misma estaca, podría decirse. Para el papel protagónico, el que interpretara Bela Lugosi en la producción estadounidense, eligieron al actor Carlos Villarias, a Eduardo Arozamena como el profesor Van Helsing, Pablo Álvarez Rubio como Renfield y a Lupita Tovar como EvaMina-, el oscuro deseo del vampiro. Ahora, un sacrilegio: me sumo al pensar de críticos como David J. Skaal y Leonard Wolf, quienes aseguran que la versión española de Drácula supera actoral y estilísticamente a la de Browning, a pesar de que fueron creadas a partir del mismo molde. Los movimientos de cámara, más ágiles y propositivos, el erotismo más evidente, las actuaciones más convincentes la hacen estremecedora y la colocan de la manera más digna junto a su hermana más célebre. Esta opinión no resta mérito de forma alguna a la dimensión del que Bela Lugosi convirtiera en su interpretación más memorable. Dos últimos vínculos: Eduardo Arozamena, originario de la Ciudad de México, fue un renombrado actor de reparto que conocimos en cintas inolvidables como Ahí está el detalle (Juan Bustillo Oro, 1940), Flor silvestre (Emilio Fernández, 1943) y Yo maté a Juan Charrasqueado (Chano Urueta, 1949); Lupita Tovar, nativa de Matías Romero, Oaxaca, ya encarnó a una hija de la noche en Santa (Antonio Moreno, 1932), adaptación de la novela homónima de Federico Gamboa y joya de los inicios de la cinematografía nacional. Ella sigue viva. Mañana, 27 de julio, cumplirá 101 años de edad. En entrevistas siempre defendió el esfuerzo de sus co-protagonistas. “Estábamos decididos a hacer una gran película”.

Toma 4
Si la sangre es la vida para el vampiro, los lazos que de ella emanan son sagrados. En El vampiro, el Conde Lavud viaja desde los bosques de Bakonia para consumar su venganza por la muerte de su vampiresco hermano a manos de los campesinos del ficticio pueblo de Sierra Negra –hay un volcán que se llama así en el estado de Puebla- restaurar su imperio del miedo y de paso reclamar la posesión de la hacienda Los Sicomoros. Es el cacique que busca mantener la supremacía territorial a toda costa. En la más reciente La invención de Cronos (1992), opera prima del tapatío Guillermo del Toro, conocemos la desafortunada historia del mercader de antigüedades Jesús Gris (Federico Lupi) y su viaje accidental a la oscuridad.  Transformado en un vampiro por el insecto que reposa en un ingenio mecánico, su nieta Aurora (Tamara Shanath) se convierte en su guardiana, la detentora de su secreto. Le prepara incluso un improvisado ataúd con su cajón de juguetes. En los momentos finales de la cinta, preso del ansia, el vampiro se encuentra a punto de saciar sus apetitos con la niña. Antes de hacerlo se detiene, gracias a la conciencia repentina del lazo que los une. Ella le permite recobrar la lucidez y su humanidad. La familia es importante para el vampiro, sea por los motivos más nobles o perversos, como sucede en el cuento La familia de los Vourdalak (1839) de Alexei Tolstoi donde Gorcha, el patriarca de un clan serbio, tras un viaje nocturno y su posible encuentro con vampiros locales, regresa a casa para acechar a sus hijos y nietos.

Toma 5
El vampiro genera devoción en sus sirvientes y sus admiradores. Por lo que respecta a los primeros, éstos le procuran su fidelidad sea por miedo o por la promesa de la vida eterna.  En El mundo de los vampiros (Alfonso Corona Blake, 1961), el Conde Sergio Subitai (Guillermo Murray), ataviado con la reglamentaria capa negra, frac y medallón, controla a una hueste de horribles vampiros con cara de papel maché por el embrujo de las notas de un piano. Su rival, Rodolfo Sabre (Mauricio Garcés), contraviene sus órdenes gracias a sus dotes musicales.  Pero una forma de lealtad más férrea es la que procura Frau Hildegarda (Bertha Moss) al Conde Sigfried von Frankenhausen (Carlos Agosti) en El vampiro sangriento (Miguel Morayta, 1962) y su continuación La invasión de los vampiros (Morayta, 1963), película que amablemente presta su título a este escrito. Más violento es Barraza (Yerye Beirute), criminal cuya voluntad es diezmada por el influjo del Conde Lavud en El ataúd del vampiro,  auténtico dolor de cabeza para el gallardo Dr. Enrique Saldívar (Abel Salazar) y  su bienintencionada lucha para exterminar al monstruoso protagonista.

Toma 6
A partir de la película seminal, la figura del vampiro nacional se transformó, del cadavérico pero encantador hombre alto, a figuras femeninas, sensuales y voluptuosas. En Santo contra las mujeres vampiro (Alfonso Corona Blake, 1962), Lorena Velázquez encarna a Thorina, lideresa de un clan de féminas de ultratumba que ponen en jaque al emblemático paladín de la justicia. De la cinta son conocidos algunos fotogramas, donde las vampiras exhiben una sensual desnudez, en una versión destinada a los públicos europeos.  En la secuela de la historia, Santo en la venganza de las mujeres vampiro, el rol protagónico es ahora de Gina Romand, la “rubia de categoría” como la Condesa Maya.  En 1978 Juan López Moctezuma, cineasta que nos entregó cintas extrañas, eróticas y desconcertantes, dirigió Alucarda, la hija de las tinieblas, interesante híbrido de las obras del Marqués de Sade y Carmilla, de Joseph Sheridan LeFanu. La historia sigue la reclusión en un convento de la joven Justine (Susana Kamini) y su relación con Alucarda (Tina Romero). Si bien la historia está cargada de elementos demoniacos y de un velado matiz vampírico, el mejor momento es sin duda el aquelarre que preside un macho cabrío y el surgimiento de Justine de un ataúd anegado de sangre. Pero sin duda el giro más inusual a la figura del vampiro lo dio Guillermo del Toro en La invención de Cronos. Su protagonista, gris como su apellido, es un anciano cuya vitalidad está menguada por el inevitable paso de los años, conduce un automóvil antiguo y atiende su negocio de reliquias. Ahí descubre por accidente el artefacto que le da nombre a la cinta, en el cual reposa un milenario insecto que le devuelve cuanto ha perdido, con fatales resultados.

Toma 7
Parte del ciclo de todo mito cinematográfico que comienza a mostrar desgaste, como sucedió con las entrañables películas de horror de los Estudios Universal, es coquetear con otros géneros. Lo mismo sucedió al vampiro nacional, que se sacrificó para el lucimiento de los cómicos del momento, del mismo modo que hicieron Bela Lugosi y Lon Chaney, Jr. en Abbot y Costello contra Frankenstein (Charles Barton, 1948). La primera de las cintas que lo demuestran, que incluye la participación fortuita del mismísimo Germán Robles en su momento de máxima gloria, porque en sus propias palabras accedió a aparecer en ella como un favor al protagonista cuando tomaba un descanso durante la filmación de El ataúd del vampiro, es El castillo de los monstruos (Julián Soler, 1958). Hilarante es el momento en que su astro, Antonio Espino “Clavillazo”, huye despavorido del vampiro favorito de todos. Luego tocó su turno a Eulalio González “Piporro” en La nave de los monstruos (Rogelio A. González, 1960), curioso híbrido de cine de ciencia-ficción, horror, comedia y estampa del México rural, donde el popular "Rey del taconazo" es seducido por los encantos de Lorena Velázquez que interpreta a la vampira alienígena Beta. También debemos recordar Échenme al vampiro (Alfredo B. Crevenna, 1961), una comedia de misterio tipo Scooby Doo, de tres episodios, que involucra a un grupo de codiciosos herederos y a un presunto vampiro interpretado por Yerye Beirute. De sirviente a vampiro, ascenso más que merecido.

Toma 8
Y todo mito no puede escapar de las infamias. En la industria occidental, por cada buena película de vampiros podemos contar, al menos, diez malas o pésimas. La primera que recuerdo es El imperio de Drácula (Federico Curiel, 1967) donde Erick del Castillo se pone la capa y encarna al vampiro Barón Draculstein, con todo y su recio acento ranchero. Inevitable es Chiquidrácula (Julio Aldama, 1984), que lucra con la fama del entonces niño maravilla Carlitos Espejel y su papel en una conocida serie de comedia del momento. Su trama es simple. Un niño de un barrio pauperizado se disfraza como un pequeño aristócrata vampiro para alejar del alcoholismo a su pariente Adalberto Martínez “Resortes”. Más reciente es El vampiro teporocho (Rafael Villaseñor Kuri, 1989), en la que Pedro Weber “Chatanuga” encarna a un desaliñado chupasangre que se coloca condones en los colmillos para evitar infecciones. Al menos esto puede leerse como una metáfora del sexo responsable en la era del VIH. Más aterradora –por mala- es Curado de espantos (Adolfo Martínez Solares, 1992), cuya insultante trama cruza el camino de un vampiro revivido en una excavación prehispánica y posterior dueño de un burdel de mala muerte (Roberto “Flaco” Guzmán) con dos curanderos albureros y lujuriosos (Alfonso Zayas y César Bono), su enano ayudante (René Ruiz “Tuntún”) y una voluptuosa arqueóloga (Lina Santos). Peor, imposible.
Para rematar añado un ejemplo más, gracias a mi espíritu intrépido: la película Drácula mascafierro (Víctor Manuel “El Güero” Castro, 2001). Su premisa, insultante por sí misma, implica la persecución de un linaje de vampiros encabezado por Roberto “Flaco” Guzmán (quien ya interpretó a un vampiro en la terrible Curados de espatos) quienes transforman en homosexuales a las victimas de su mordida. Los valientes cazadores de monstruos, patéticos “machos” mexicanos,  huyen de esta posibilidad como de la peste. Confieso, por salud mental, que sólo soporté 15 minutos de su metraje. El guión del propio Castro, adalid del cine de albures de los años ochenta, carece de la menor pizca de gracia, buen gusto e inteligencia. Lo prueban la insultante escena donde una celulítica devota del vampiro mayor pretende realizarle una felación, ese pene de plástico o los diálogos absurdos entre los heroicos e ignorantes protagonistas. Por favor, cuando la vean anunciada en la televisión de paga, evítenla.  

Toma 9
¿Hacia dónde se dirige el vampiro nacional? Para muchos estudiosos dignos de todo mi respeto, como Julio Patán, es un monstruo que ha tocado fondo y se ha deslavado completamente. Yo creo, y no porque sea uno de sus grandes admiradores, que aún tiene mucho que ofrecernos. Las letras pueden ser una buena manera de reconocer sus posibilidades. El cuento No se duerman en el metro, publicado en 1994 en una serie que Revista de revistas del periódico Excélsior dedicó a los hijos de la noche, es un gran ejemplo. Su autor, Mario Méndez Acosta, los traslada, con verosimilitud testimonial al calor de las copas, hasta los túneles del sistema de transporte colectivo de la capital mexicana. Concluye con una terrible advertencia: “¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”. Con mucho humor, a través de una breve comunicación epistolar, la escritora regiomontana Patricia Laurent Kulick lo aborda en Se solicita sirvienta, con el acierto de nunca mencionar la palabra “vampiro”. La misma autora emplea el mismo tono, con una pizca de malevolencia, en El invitado (Selecciones del Reader´s Digest, 1998), donde luego de divertirse como el gato hace con el ratón, el vampiro remata a su futura víctima con un sarcástico “querida, sin el beneficio del juego la eternidad sería mortalmente aburrida”. Pero mi historia favorita es La ruta del hielo y la sal (Ediciones Vid, 1998), recientemente nominada a los españoles premios Ignotus 2010 en la categoría de novela corta. Debemos este triunfo de la ficción nacional al poblano José Luis Zárate. Su relato es, en resumidas cuentas, el capítulo que omitió Bram Stoker en Drácula y que nos presentó brevemente en una bitácora de navegación, el del viaje de la goleta Démeter de Varna a Whitby. Su protagonista, el capitán del navío, lucha con sus propios demonios y con un misterioso polizón que diezma paulatinamente a su tripulación. Zárate rinde un respetuoso tributo a una novela a la que tanto debo sin siquiera nombrar su título ni al malévolo personaje que se lo proporciona. Otra posibilidad que puede dar nuevo impulso al vampiro es explorar cuanto lo asemeja al ser humano. No sus debilidades, sino sus carencias. Un regreso a su origen. Mi amigo José Francisco Macedo –apasionado y erudito de la figura del vampiro- bien lo dijo, “en mi época el vampiro era temido, no tímido”. El creador no debe repetir el esquema del Louis de Point du Lac de Anne Rice (Brad Pitt en la película de Neil Jordan), ni al delicado Conde Saint Germain de Chelsea Quinn Yarbro, mucho menos al insufrible Edward Cullen de la multicitada serie Crepúsculo (un vampiro “maricón”, según Paco Ignacio Taibo II, calificativo que no hace alusión en modo alguno a preferencias sexuales), es decir, al vampiro “sensiblero”, el que lamenta ser un vampiro. “Hace doscientos cuarenta años que no veo la luz del día, dice el vampiro que vi en la última película”, recuerda con ironía Jorge Ibargüengoitia en su divertido ensayo Vida de los vampiros. El monstruo que me gusta, como a Guillermo del Toro, es el que disfruta su posición en el pináculo de la cadena alimenticia, que acepta y se regocija en su otredad. Como dice sabiamente el vampiro Lestat de Anne Rice, “si estás condenado a vivir hasta el fin de los tiempos, mejor haz una fiesta de todo ello”. Ahora bien, en una época donde los adolescentes –y muchísimos adultos- consideran su juventud como un valor, no como una virtud efímera, el miedo a envejecer –a la corrupción del cuerpo, a la pérdida de la belleza y la plenitud- puede ser también una preocupación del vampiro. Así le sucedió a Narciso o al Dorian Grey de Oscar Wilde. “La vanidad, definitivamente mi pecado favorito”, fue la última línea de Al Pacino en El abogado del diablo (Taylor Hackford, 1997). Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Las adicciones, los desordenes alimenticios, las enfermedades de transmisión sexual, la soberbia que puede albergar al saberse casi omnipotente, su maridaje con otros géneros (¿se han imaginado a unos vampiros narcotraficantes?), son temas por explorar. Dejé a un lado sus cualidades como monstruo humano. Ayer vi un estupendo largometraje para televisión, con credibilidad documental, que rememoraba los crímenes de Richard Trenton Chase, apodado por el escenario de sus delitos y su vocación hematófaga como El vampiro de Sacramento. El arte imita a la realidad, aunque ésta siempre rebasará a la ficción. Todos lo anterior puede asegurar la inmortalidad del vampiro. En el cine nacional aún puede resurgir. No a través de un remake de El vampiro (ojalá eso nunca suceda), pues son lamentables los resultados de las reelaboraciones de Hasta el viento tiene miedo y El libro de piedra. La permanencia del vampiro reside en su capacidad de evolucionar, de adaptarse al entorno como hace el ser humano mismo. Después de todo, son nuestro reflejo.

jueves, 14 de octubre de 2010

El infierno está aquí

 El cartel promocional de El infierno (2010), la nueva película de Luis Estrada, atrajo mi atención por dos razones: un hombre que removía una pierna humana en un tambo metálico, cual cazo de carnitas, como seguramente lo hacía Santiago Meza López, mediáticamente conocido como “el pozolero del Teo”, quien disponía de los cadáveres (más de 300, en su propias palabras) que producían sus empleadores disolviéndolos en un cóctel de sosa cáustica (también me recordó a John Haigh, el vampiro de Londres). La otra fue un simpático perro que llevaba en su hocico una mano cercenada. Ambos en torno al actor Damián Alcázar, alegre, quien –ataviado como un narcotraficante del norte de la República- posaba su brazo sobre un anuncio gubernamental alusivo al bicentenario, complementado anárquicamente con la leyenda “nada que celebrar”.
Reticente por decepciones del pasado inmediato que me ha producido el cine nacional, que triste y generalmente adolece de buenos guiones, vi finalmente El infierno, y puedo decir que quedé gratamente sorprendido y, en exceso, horrorizado. Esto último no porque en muchos momentos se alimente del cine gore, sino porque es un crudo retrato de la realidad nacional y una crítica descarnada a la guerra contra el crimen organizado de que tanto se enorgullece la actual administración, con todo y su “vamos ganando, aunque no lo parezca”. Rafael Aviña, en la sección Primera fila del diario Reforma del 3 de septiembre de este año, la elogió profusamente:

¿Vivimos realmente en el caos y la condena eterna? Los 145 minutos que integran El infierno (México, 2010) lo confirman con creces, en un relato que cuestiona a su vez todas las absurdas celebraciones del bicentenario patrio.
¿Qué festejamos, nuestra derrota como País, barbarie, pérdida de valores? Benjamín García El Benny (Alcázar, soberbio), regresa a México tras 20 años de malvivir como indocumentado en los Estados Unidos y al igual que el protagonista de El bulto (Gabriel Retes, 1991) se encuentra con un País distinto donde reina la corrupción y al que tiene que adaptarse.
Al cineasta Luis Estrada le lleva levantar un nuevo proyecto más de cinco años y por fortuna, no ha caído en la tentación de irse a Hollywood. En ese sentido, Estrada ha demostrado no sólo talento explorando los terribles alcances de la sátira y la farsa, que de tan ácida se vuelve abrasiva y virulenta.
A su vez, ha enfrentado con valentía su responsabilidad histórica como creador, con su notable equipo en el que destacan su actor de cabecera Damián Alcázar y su coguionista Jaime Sampietro, al sumergirse en la realidad de una nación que cae a pedazos de tanta podredumbre, pobreza, ignorancia y brutalidad.
Estrada se ha mantenido al pie del cañón, documentando la estupidez y los engaños d los gobiernos del PRI y el PAN si temores ni autocensura, como lo muestra esa azarosa trilogía integrada por La ley de Herodes (1999), Un mundo maravilloso (2005) y ahora El infierno, en la que cabe la crítica social profunda y un humor negro e irónico que lo hereda de su progenitor: ese gran y poco valorado cineasta de ámbitos populares como lo fue José El Perro Estrada (Para servir a usted, Cayó de la gloria el diablo).
Pronto, El Benny se percata de que “aquí no haces lo que quieres, sino lo que puedes” y con el padrinazgo de un viejo amigo de la infancia, El Cohiloco (Cosío, extraordinario), se involucra en el negocio más rentable de este país: el narco y sus infiernos de venganza, muerte y dinero a manos llenas y la prosperidad le sonríe por vez primera, misma que comparte con su sensual cuñada (Elizabeth Cervantes) y su sobrino El Diablito (Kristian Ferrer), hijo de su hermano asesinado.
El problema es que se gana mucho pero se pierde en la misma proporción, como muestra el devastador final. “El infierno es aquí y ahora”.

Es curioso que la que tal vez sea la película mexicana más notable del año del bicentenario trate sobre un tema que tanto lacera a nuestra sociedad. Y eso nos lo recuerdan las fotografías que el gran narcotraficante Don José Reyes (Ernesto Gómez Cruz) ostenta en su despacho: aparece dando un efusivo abrazo a Miguel de la Madrid, sonriente al lado de Vicente Fox (y la infaltable Martita) y besando la mano al mismísimo Juan Pablo II. La fotografía de Damián García es estupenda y, en interiores (particularmente en la oficina del capo), no deja de recordarme la estética de El Padrino parte II (Coppola, 1974), con sus opacos tonos ocres.
El infierno, divertida por trágica y actual, se erige como una alegoría de nuestros tiempos, como lo confirma la ceremonia del grito de Independencia, ese podio con el escudo nacional manchado de sangre o su final pesimista. El Internet Movie Data Base la recomienda a la par de otros importantes títulos del cine sobre delincuencia organizada, como Buenos Muchachos y Los Infiltrados (Scorsese, 1990 y 2006). Sólo me queda una pregunta: ¿cómo es que una película tan incómoda para el régimen obtuvo apoyos gubernamentales para su factura?

martes, 12 de octubre de 2010

¿De qué manera vas a celebrar a tus muertos?

En la antesala de la celebración a los muertos es inevitable el viejo cuestionamiento sobre la legitimidad del Halloween, y más aún porque éste es el año del centenario y del bicentenario, donde una exacerbada emoción nacionalista se respira en el aire. El cimiento de esta fiesta estadounidense, como la nuestra, se encuentra en tradiciones paganas –según el cristianismo-. Por ello no creo que una sea mejor que la otra. Ambas pueden coexistir reconociéndoles su respectivo valor. A este respecto puede resultar clarificador uno de los últimos trabajos del desaparecido Germán Dehesa, escritor incisivo, dramaturgo, hijo pródigo de la Universidad Nacional, defensor del humor y cronista de nuestras tradiciones y cotidianeidad. Encontré este texto en el lugar más inesperado: en una revista de Sam´s club (octubre-noviembre 2010) olvidada en el escritorio de uno de mis compañeros de trabajo. Este hallazgo me demuestra que lo maravilloso es posible. Adornos de ambas fiestas visten mi casa desde los primeros días de octubre. Si la navidad comienza desde mediados de año (en los supermercados) y su colorido se extiende más de un mes (a veces más), ¿por qué no homenajear a los muertos desde ahora?
--
¿De qué manera vas a celebrar a tus muertos?
Germán Dehesa

Durante una cena con Fernando Savater, éste tenía un motivo adicional para documentar su desasosiego: en dos días regresaría a España y todavía no había comprado las calaveritas de azúcar que su esposa le había encargado de modo muy encarecido. Quienes habitan en el vulnerado paraíso conyugal, saben lo que les espera cuando incurren en el delito de no cumplir estas solicitudes-mandatos de su Penélope particular. ¡Una cosa que te encargo y no te da Dios licencia de tomarte la molestia!... no te lo hubiera encargado algún amigo tuyo, porque tarde se te habría hecho para cumplirle su gusto... pero, claro, yo ya sólo soy una costumbre que no merece ser tomada e cuenta… y mi terapeuta ya me lo había advertido… y mira que me prometí o llorar, pero estas cosas, estos detallitos, duelen. Olvídense. Es como una prosificación de Yerma en versión intensa. Piensen que de por sí las señoras ya están cabreadas porque no las llevaron al viaje. Pero volvamos a las calaveritas. Me llama la atención que la muy apreciable esposa de un maestro de ética español considere que estas edulcoradas artesanías, cuyo aprecio está a la baja entre los mexicanos, puedan ser para ella un objeto deseable (el oscuro objeto).
Año con año, la sociedad mexicana se craquela en el momento en que tiene que decidir de qué manera va a celebrar a sus muertos En los extremos están dos sectores fundamentalistas: los que ya trascendieron la calabaza en tacha, prefieren ir a Disneyworld que a Mixquic (donde hay más turistas que en Disneyworld) y sin el menor empacho (esto es un decir, porque a los niños que se zumban diez pelón pelorrico y veinte raciones de chilito Lucas se les tapona hasta las vías linfáticas), celbran en Halloween y se disfrazan de Homero Adams, Pinky y Cerebro y otras bizarras fantasías californianas. Otro sector de México se aferra a las recias tradiciones y decoran sus hogares con el tradicional cempasúchil (zempoalxóchitl) de Oregon. Esta variante tonifica mucho a las criaturas que contraen pulmonorrabia en el panteón mientras rezan el Rosario de veinte misterios y van siendo devorados por el lodo panteonero y las múltiples calaveras. Yo milito n el sector moderado y, aunque en lo personal, no celebro nada. Tampoco impido los audaces experimentos del secretismo mestizo. En casa tenemos ofrendas y Halloween y cada quien decide qué cara le pone a sus muertos. Probablemente voy a decir una herejía, pero he observado que los maravillosos chiquillos y chiquillas la pasan mejor y se divierten mucho más con el Halloween que con el dulce de calabaza que, dicho sea con todo respeto que se merecen las tradiciones, sabe como a Corega caduco (su única virtud apreciable es que les sella la boca durante dos horas porque la lengua se adhiera al paladar como diputado a la curul). De todo esto, lo único que concluyo es que el destino de México no está en juego y que cada quien es muy libre de celebrar del modo que les resulte más satisfactorio. Yo nomás me agacho, dejo pasar estos días y espero que la vida regrese. Sé muy bien que mis muertos van conmigo y que y que en mi genoma están en sesión permanente. En cuanto desaparecen los niños vestidos de Harry Potter, regreso a la calle a pasear en compañía de mis ancestros.

domingo, 10 de octubre de 2010

Siete engranajes para accionar un mecanismo

La semana pasada tuve el privilegio de presentar el nuevo libro de Norma Lazo, El mecanismo del miedo. Ella, humilde en exceso y reticente a hablar ante sus admiradores, preparó este texto que nunca llegó a oídos de los asistentes al acto. Como una exclusiva, con el generoso permiso de la autora, helo aquí para todos ustedes. Constituye un vistazo a la génesis del libro. Que lo disfruten.
--
Siete engranajes para accionar un mecanismo
Norma Lazo
  1. Una vieja casona digna de un escenario gótico. Cuando tenía seis años mi familia y yo nos mudamos a vivir a casa de mi abuela. Nadie nos dijo las razones detrás de esa decisión. Al parecer los negocios no andaban bien aunque en ese momento nos lo comunicaron como si se tratara de un juego. La vieja casona de mi abuela inflamó mi imaginación desde el primer día. Era una casa antigua con seis recámaras, techos altos —imposibles de ser alcanzados— y un palomar que se descascaraba con el tiempo. De esa etapa de mi vida empiezan mis primeros recuerdos de querer ser escritora. No tenía claro lo que significaba dedicarse a esta profesión, pero de manera instintiva lo convertí en algo ritual y en un secreto que no podría compartir con nadie más. En aquel momento sólo deseaba parecerme a los personajes que descubrí en las solapas de los libros que leía y que poco a poco me seducirían por completo.
  2. Una caja de libros sui generis. Antes de que mi familia llegara a vivir a casa de mi abuela ella tuvo una pensión para ayudarse económicamente. Para cuando nosotros llegamos solamente quedaba un pensionado que apenas veíamos: un hombre extraño que usaba los pantalones hasta el inicio de su diafragma. Pero no fue el único inquilino que pasó por ahí. En la recámara que fue de alguno de ellos encontré una caja de libros. Todos los títulos eran de literatura de horror. La caja de libros estaba destinada a la basura. Yo me empeciné en que debía ser mía. Después de hacer las clásicas promesas que hacen los niños para jamás cumplirlas después—me voy a portar bien, no pelearé con mis hermanos, haré mi tarea temprano, etcétera— me permitieron conservarlos. Pero no conté con que los libros acendrarían ciertos rasgos míos que más tarde me llevarían a constantes enfrentamientos con mis padres.
  3. Una lectura prohibida. Mis padres no tardaron en atar cabos entre mis pánicos nocturnos y aquella caja de libros. Sintieron curiosidad y los hojearon. En ese momento decidieron que no se trataba de una lectura para una niña de mi edad y amenazaron con tirarlos a la basura. Volví a hacer promesas falsas. Les dije que si ellos no los botaban yo ya no los leería. Me creyeron nuevamente. Así que la lectura se convirtió en algo prohibido. Nadie en la casa sabía que de noche, cuando ya todos dormían, yo continuaba abrevando de las historias macabras —y si no lograba dormir no importaba: siempre podía saltar a la cama de alguno de mis hermanos mayores que me hacían un espacio a su lado sin cuestionarme. Así terminé de leer los libros de aquella caja, por las noches, con la luz tenue de una lámpara y muerta de miedo.
  4. Un primer amor. El primer autor que me marcó y motivó mi vocación de escritora fue Edgar Allan Poe. Recuerdo un retrato suyo en la solapa de Historias Extraordinarias. Llevaba puesta una levita y yo pensé que se trataba de una capa. Fue entonces que decidí amarrarme una toalla en el cuello para parecerme a él. Me sentaba a trabajar en la Olivetti gris que mi madre acababa de comprar, con una jarra de té de manzanilla recién hecho al lado. No sé de dónde saqué semejante idea, pero como estaba segura de que Poe era oriundo de Inglaterra —y por lo tanto debía tomar té como hacen los ingleses— entonces yo también tenía que tomarlo para poder parecerme a él. Dejé el té y volví al café después de descubrir que Poe era estadounidense.
  5. La nostalgia por los temores infantiles. En esta época en la que los sucesos de violencia me rebasan y la realidad me duele cada vez más, empecé a extrañar las cosas fantásticas a las que les temía de niña: un habitante inesperado bajo la cama, cosas que burbujean en los armarios, juguetes que por las noches adquieren vida propia. Todas las noches sentía miedo. Debía dejar la luz prendida o tomar a mi abuela de la mano hasta quedarme dormida, como lo hacía Poe con Muddy, su nana. Pero siempre sabía que llegaría el amanecer y, con la luz del sol, todo volvería a la normalidad, así que mis temores desaparecían hasta que la noche llegaba nuevamente. Extraño aquella certeza que tenía de niña de que el sol iba a salir.
  6. La fascinación por el otro que es diferente, en este caso, el monstruo. Con los monstruos siempre tuve una relación ambivalente: me asustaban al mismo tiempo que me encantaban. Creo que no podía evitar ver en sus vidas un filo de la tragedia humana y rasgos de mí misma. Sin tener claro por qué, había algo que me hacía sentir compasión por algunos y admiración por otros. Si bien los monstruos me atrajeron de manera instintiva, hoy me atraen más porque siempre serán un comentario sobre la otredad, sobre aquello que nos es ajeno y, por lo tanto, tiene algo de nosotros mismos. Nuestro espejo. Nuestra sombras. Nuestros monstruos.
  7. Un ejercicio de memoria. Escribir El mecanismo del miedo también significó un ejercicio de memoria, que, como todos, está reconstruido con fantasías, mentiras, exageraciones y omisiones, aunque estemos seguros de que todo lo que decimos sea verdad. La caja de libros que hallé en casa de mi abuela se convirtió en una biblioteca enorme y especializada. Mi abuela, una mujer sencilla de creencias santeras que nunca terminó la primaria, se convirtió en una abuela culta que restauraba primeras ediciones de libros que se convirtieron en clásicos de terror. Mis temores abstractos de niña se volvieron recreaciones fieles de pasajes de libros que en aquella época consideré de lo más aterradores. La Olivetti nueva de mi madre se transformó en una vieja Olivetti portátil. Escribir es imaginar y echar mano de la memoria: somos lo que recordamos y un montón de espejos rotos que intentamos unir.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Desde Puebla con amor

Aún con resaca e indignación por los obscenos gastos de las celebraciones del bicentenario de la Independencia de México, pero todavía alegre por los primeros 100 años de la Universidad Nacional, continúo con mi búsqueda entusiasta por auténticas razones para festejar, y una muy buena la encontré la semana pasada cuando leí el blog de mi admirado Jose Luis Zárate (Puebla, 1966), donde anunciaba a sus adeptos la nominación de su novela La ruta del hielo y la sal (Ediciones Vid, 1998) a los españoles premios Ignotus 2010 en la categoría de novela corta –pues Zárate publicó la historia, junto con Xanto, novelucha libre y Del cielo oscuro y del abismo, en tierras ibéricas con Grupo Ajec y el título  La máscara del héroe-. Esto es ya un triunfo para la narrativa mexicana y un éxito para la fantasía y la imaginación. En mis clases siempre me refiero a la obra de Zárate como uno de los mejores especimenes contemporáneos sobre vampiros, un espléndido homenaje a un relato al que debo mucho, uno que ha cautivado a generaciones completas y ha permeado a prácticamente todas las manifestaciones artísticas. He aquí una probadita del texto, un fragmento de la bitácora de navegación del capitán del navío mercante Démeter, de Varna a Whitby, Inglaterra:

17 de julio

Ayer, Olgaren vino a mi camarote, y me dijo que había un hombre extraño a bordo.
Durante su guardia se protegió de la lluvia incesante en la camareta y, desde ahí, pudo ver a un hombre alto y delgado, que no era parte de la tripulación, salir de las escotillas, dirigirse sin prisa alguna hacia la proa y desaparecer.
Lo siguió, aferrando sus cuerdas contra las tormentas en una mano, único amuleto a su disposición, aparte del acero del cuchillo en su diestra.
Pensaba acorralarlo, un encuentro en medio del viento y la noche donde uno de los dos debería morir.
Era consciente de que ese encuentro con lo inesperado podía haberle sucedido a Petrofsky.
Por ello siguió al desconocido cuidando que no escapara por un costado, que no subiera el cordaje y lo emboscara desde lo alto del velamen.
Y, sin embargo, cuando llegó al otro extremo del barco, no había nada en las amuras.
Nada más que el mar al otro lado.
Un terror supersticioso le dominaba, y temo que cunda el pánico.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La invasión de los vampiros o disculpe usted, pero sus colmillos están en mi cuello bicentenario. Segunda de dos partes y conclusión

5
Parte del ciclo de todo mito cinematográfico que comienza a mostrar desgaste, como sucedió con las entrañables películas de horror de los estudios Universal, es coquetear con otros géneros. Lo mismo sucedió al vampiro nacional, que se sacrificó para el lucimiento de los cómicos del momento, del mismo modo que hicieron Bela Lugosi y Lon Chaney, Jr. en Abbot y Costello contra Frankenstein (Charles Barton, 1948). La primera de las cintas que lo demuestran, que incluye la participación fortuita del mismísimo Germán Robles en su momento de máxima gloria, porque en sus propias palabras accedió a aparecer en ella como un favor al protagonista cuando tomaba un descanso durante la filmación de El ataúd del vampiro, es El castillo de los monstruos (Julián Soler, 1958). Hilarante es el momento en que su astro, Antonio Espino “Clavillazo”, huye despavorido del vampiro favorito de todos. Luego tocó su turno a Eulalio González “Piporro” en La nave de los monstruos (Rogelio A. González, 1960), curioso híbrido de cine de ciencia-ficción, horror, comedia y estampa del México rural, donde el popular "Rey del taconazo" es seducido por los encantos de Lorena Velázquez que interpreta a la vampira alienígena Beta. También debemos recordar Échenme al vampiro (Alfredo B. Crevenna, 1961), una comedia de misterio tipo Scooby Doo, de tres episodios, que involucra a un grupo de codiciosos herederos y a un presunto vampiro interpretado por Yerye Beirute. De sirviente a vampiro, ascenso más que merecido.

6
Y todo mito no puede escapar de las infamias. En la industria occidental, por cada buena película de vampiros podemos contar, al menos, diez malas o pésimas. La primera que recuerdo es El imperio de Drácula (Federico Curiel, 1967) donde Erick del Castillo se pone la capa y encarna al vampiro Barón Draculstein, con todo y su recio acento ranchero. Inevitable es Chiquidrácula (Julio Aldama, 1984), que lucra con la fama del entonces niño maravilla Carlitos Espejel y su papel en una conocida serie de comedia del momento. Su trama es simple. Un niño de un barrio pauperizado se disfraza como un pequeño aristócrata vampiro para alejar del alcoholismo a su pariente Adalberto Martínez “Resortes”. Más reciente es El vampiro teporocho (Rafael Villaseñor Kuri, 1989), en la que Pedro Weber “Chatanuga” encarna a un desaliñado chupasangre que se coloca condones en los colmillos para evitar infecciones. Al menos esto puede leerse como una metáfora del sexo responsable en la era del VIH. Más aterradora es Curados de espantos (Adolfo Martínez Solares, 1992), cuya insultante trama cruza el camino de un vampiro revivido en una excavación prehispánica y posterior dueño de un burdel de mala muerte (Roberto “Flaco” Guzmán) con dos curanderos albureros y lujuriosos (Alfonso Zayas y César Bono), su enano ayudante (René Ruiz “Tuntún”) y una voluptuosa arqueóloga (Lina Santos). Peor, imposible.

7
¿Hacia dónde se dirige el vampiro nacional? Para muchos estudiosos dignos de todo mi respeto, como Julio Patán, es un monstruo que ha tocado fondo y se ha deslavado completamente. Yo creo, y no porque sea uno de sus grandes admiradores, que aún tiene mucho que ofrecernos, por más que populares sagas muestren lo contrario. Las letras pueden ser una buena manera de reconocer sus posibilidades. El cuento No se duerman en el metro, publicado en 1994 en una serie que Revista de revistas del periódico Excélsior dedicó a los hijos de la noche, es un gran ejemplo. Su autor, Mario Méndez Acosta, los traslada, con verosimilitud testimonial al calor de las copas, hasta los túneles del sistema de transporte colectivo de la capital mexicana. Concluye con una terrible advertencia: “¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”. Con mucho humor, a través de una breve comunicación epistolar, la escritora regiomontana Patricia Laurent Kulick lo aborda en Se solicita sirvienta, con el acierto de nunca mencionar la palabra “vampiro”. La autora emplea el mismo tono, con una pizca de malevolencia, en El invitado (Selecciones del Reader´s Digest, 1998), donde luego de divertirse como el gato hace con el ratón, el vampiro remata a su futura víctima con un sarcástico “querida, sin el beneficio del juego la eternidad sería mortalmente aburrida”. Pero mi historia favorita, referencia obligada en mis clases, es La ruta del hielo y la sal (Ediciones Vid, 1998), recientemente nominada a los españoles premios Ignotus 2010 en la categoría de novela corta. Debemos este triunfo de la ficción nacional al poblano Jose Luis Zárate. Su relato es, en resumidas cuentas, el capítulo que omitió Bram Stoker en Drácula y que nos presentó brevemente en una bitácora de navegación, el del viaje de la goleta Démeter de Varna a Whitby. Su protagonista, el capitán del navío, lucha con sus propios demonios y con un misterioso polizón que diezma paulatinamente a su tripulación. Zárate rinde un respetuoso tributo a una novela a la que tanto debo sin siquiera nombrar su título ni al malévolo personaje que se lo proporciona. Otra posibilidad que puede dar nuevo impulso al vampiro es explorar cuanto lo asemeja al ser humano. No sus debilidades, sino sus carencias. Un regreso a su origen. Mi amigo José Francisco Macedo bien lo dijo, “en mi época el vampiro era temido, no tímido”. El creador no debe repetir el esquema del Louis de Point du Lac de Anne Rice (Brad Pitt en la película de Neil Jordan), ni al delicado Conde Saint Germain de Chelsea Quinn Yarbro, mucho menos al insufrible Edward Cullen de la multicitada serie Crepúsculo (un vampiro “maricón”, según Paco Ignacio Taibo II, calificativo que no hace alusión en modo alguno a preferencias sexuales), es decir, al vampiro “sensiblero”, el que lamenta ser un vampiro. “Hace doscientos cuarenta años que no veo la luz del día, dice el vampiro que vi en la última película”, recuerda con ironía Jorge Ibargüengoitia en su divertido Vida de los vampiros. El monstruo que me gusta, como a Guillermo del Toro, es el que disfruta su posición en el pináculo de la cadena alimenticia, que acepta y se regocija en su otredad. Como dice sabiamente el vampiro Lestat de Anne Rice, “si estás condenado a vivir hasta el fin de los tiempos, mejor haz una fiesta de todo ello”. Eso ha permitido prosperar a muchos hombres de negocios, pasar por encima de otros sin el mayor miramiento y amasar las más cuantiosas fortunas. Codicia para muchos, naturaleza humana para mí. Ahora bien, en una época donde los adolescentes consideran su juventud como un valor, no como una virtud efímera, el miedo a envejecer, a la corrupción del cuerpo, puede ser también una preocupación del vampiro. Así le sucedió a Narciso o al Dorian Grey de Oscar Wilde. “La vanidad, definitivamente mi pecado favorito”, fue la última línea de Al Pacino en El abogado del diablo (Taylor Hackford, 1997). Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Las adicciones, los desordenes alimenticios, las enfermedades de transmisión sexual, la soberbia que puede albergar al saberse casi omnipotente, su maridaje con otros géneros (¿se han imaginado a unos vampiros narcotraficantes?), son temas por explorar. Todos pueden asegurar su inmortalidad. En el cine nacional aún puede resurgir. No a través de un remake de El vampiro (ojalá eso nunca suceda), pues son lamentables los resultados de las reelaboraciones de Hasta el viento tiene miedo y El libro de piedra. La permanencia del vampiro reside en su capacidad de evolucionar, de adaptarse al entorno como hace el ser humano mismo. Después de todo, son nuestro reflejo.

martes, 2 de marzo de 2010

Hay pachuco para rato

Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo (1915-1973) –mejor conocido como “Tin Tán”- es, como bien asegura el investigador, guionista y crítico de cine Rafael Aviña, único e irrepetible. A Rafael debemos una erudita y accesible biografía del entrañable pachuco del cine nacional, titulada Aquí está su pachucote, ¡Nooo!, publicada por la Dirección de Publicaciones de CONACULTA y presentada el sábado pasado en la trigésimo primera Feria Internacional del Libro de Minería.
La dimensión del actor, independientemente de su perdurabilidad como fenómeno cultural, nos exige revisar sus incontables relaciones con la literatura y el folklore. En su filmografía encontraremos numerosas adaptaciones de relatos clásicos de los hermanos Grimm o Alejandro Dumas –“El ceniciento” (1951), “El gato sin botas” (1956), “El vizconde de Montecristo” (1954), “Los tres mosqueteros y medio” (1956)- y revisiones de personajes que se han integrado, como Tintán, al imaginario popular –“Simbad el mareado” (1950), “La marca del Zorrillo” (1950)-. En lo concerniente a este blog, el horror y la fantasía, debemos destacar cintas como “Hay muertos que no hacen ruido” (1946), ingeniosa comedia que linda con el thriller donde Tin Tán se involucra en un misterioso asesinato. En su incursión en lo sobrenatural no podemos olvidar “Dos fantasmas y una muchacha” (1958) y “Los fantasmas burlones” (1964). Recordemos su interacción con Lon Chaney, Jr., caracterizado como el licántropo que lo hiciera famoso, en “La casa del terror” (1959) o el maravilloso híbrido de comedia, horror y ciencia ficción “Locura de terror” (1960), que incluía a un malvado científico loco encarnado por Andrés Soler. Incluso en una de sus últimas cintas, “El capitán Mantarraya” (1969), escrita y dirigida por nuestro héroe, subyace un elemento fantástico en la forma de una misteriosa pasajera del navío del protagonista. Por último, pero no al final, sobresalen sus trabajos de doblaje en la versión de Walt Disney del clásico de Washington Irving “El jinete sin cabeza” (1951) o su memorable oso Balú en el “Libro de la selva” (1967), adaptación del clásico de Rudyard Kipling.
La presentación del libro de Rafael fue coronada por la certera intervención del crítico de cine Carlos Bonfil y la emotiva presencia de Ismael López, quien de niño utilizara el nombre artístico de “Poncianito” y apareciera al lado del actor en “El rey del barrio” (1949) y “Soy charro de levita” (1949).
Pero sin duda lo mejor del acto fue la reacción de un público –en el que predominaban jóvenes- que reían escandalosamente con escenas de sus películas, algo insólito en una época donde los conceptos de comedia e hilaridad están tan tristemente deformados.
Desde su actual residencia, seguramente Don Germán sonrió orgulloso al comprobar el efecto de su genio cómico en las nuevas generaciones.