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jueves, 15 de julio de 2010

No es lo mismo películas de desastre que películas desastrosas

El otro día la televisión me recordó que hay ocasiones en que, deslumbrado por la fascinación por un material que cimentó sus obsesiones, un artista puede perder el rumbo al reinterpretar dicho trabajo (hagamos a un lado las terribles reinvenciones de clásicos de nuestro compatriota Carlos Enrique Taboada). Esto lo demuestra King Kong (2005). En ella el neozelandés Peter Jackson, a partir de un guión que coescribió con Fran Walsh y Phillipa Boyens, homenajeó a uno de los monstruos indispensables de la cinematografía y su infancia (Merian C. Cooper, 1933). Antes de continuar debo decir que King Kong no es una mala película y que la disfruté. Pero sí es un ejemplo de excesos visuales y metraje. Sin la larga secuencia donde el navío sortea los arrecifes, el enorme e interminable desfile de insectos gigantes o ese momento apacible en el nevado Central Park neoyorkino, que parece arrancado de un comercial de Coca cola, la cinta sería muy remake muy respetable. Bello es el momento en que se rompe la cámara de Jack Black: simboliza el fin de la obra de arte y el inicio del espectáculo. Sus aficionados agradecemos ese guiño en la bodega del barco: el extraño mono rata de Sumatra en una jaula (como lo vimos en Dead alive, 1992). Lo que le pasó a Jackson, quien demostró solvencia en sus previas aportaciones hollywoodenses, es que lo cegó su amor por el gorila gigante y violó una máxima que se aplica en casi todos los terrenos: menos es más. Algo similar le sucedió al talentoso director estadounidense Bryan Singer. A él debemos un par de cintas que redefinieron la manera de llevar a populares superhéroes a la pantalla grande. Sus mutantes –en Hombres X (2000) y secuela (2003)- adquirieron el sentido de otredad, rechazo y enfrentamiento de ideales que sus creadores Stan Lee y Jack Kirby les otorgaron en la estridente década de los sesenta. Sin estas obras no podríamos comprender joyas como El Hombre Araña 2 (Raimi, 2004) o Batman, el Caballero de la Noche (Nolan, 2008). Singer, en los cuernos de la luna por ser el parteaguas de la nueva época de un popular y redituable subgénero del cine fantástico, parecía ser la elección ideal para regresar a la vida al padre de los superhéroes, Supermán, personaje que amó desde su infancia. Grave error. Confieso que no soy aficionado a las aventuras del último hijo de Kripton pero Supermán regresa (2006), lejos de ser una aportación valiosa a la figura de un personaje icónico, la hace retroceder. Es una suerte de continuación de la serie que iniciara Richard Donner en 1978 y un homenaje al desaparecido Christopher Reeve, para muchos el mejor intérprete del heroico extraterrestre. El guión de Michael Dougherty y Dan Harris, a partir de una historia del mismo Singer, retoma lo sucedido tras la última aventura fílmica del héroe. Recordemos la trama, aunque asumo que todos la vieron: Supermán abandonó la Tierra en busca de vestigios de su extinto planeta nativo, para regresar años después y encontrarse con un mundo que ha perdido su fe en él, un viejo enemigo y un antiguo amor que le depara la máxima sorpresa: antes de partir la embarazó y ahora ¡es padre! Eso del superhijo fue un enorme e imperdonable error. El héroe representa por naturaleza al otro, al exiliado. Su cruzada le niega los beneficios y afectos del hombre común. Es el sacrificio que hace por el bienestar de los demás; por eso es un héroe y ese es su encanto. Cuando Peter ParkerSpiderman para los cuates- abrazó la paternidad en los cómics, los resultados fueron desastrosos. Es cierto, Supermán regresa lucra con la nostalgia. La secuencia de créditos inicial es idéntica a la de las películas originales, con todo y el tema musical de John Williams –siempre me recordó a un trabajo previo suyo, el tema de la Guerra de las Galaxias-, y resucita digitalmente a Marlon Brando, el Jor-El del filme de 1978. Tiene también deslumbrantes efectos especiales –la parte donde el encapotado evita una tragedia aérea es sobresaliente, pese a las lesiones cervicales que debió sufrir la damisela en desgracia- y un actor más que competente como villano –Kevin Spacey es Lex Luthor-, pero el producto final no convence. Es decepcionante y agotador. Demuestra que la pirotecnia visual no es suficiente para sustentar una película. Hay que tener una buena historia. Regresemos al plano actoral. Spacey, quien trabajó con Singer en 1995 en Los sospechosos comunes- está completamente desaprovechado y su interpretación –seguramente por órdenes del director- es caricaturesca, muy similar a la de Gene Hackman en las películas previas; su único momento de auténtica malevolencia es cuando confronta al héroe y le clava en el costado ese estoque de kriptonita, muy semejante a la lanza de Jesucristo en la crucifixión. Porque Supermán es una figura mesiánica, pero esa es otra historia. Parte del fracaso es la falta de carisma del desconocido Brandon Routh como el Hombre de Acero. La química amorosa que muestra con la un poco más conocida Kate Bosworth –quien encarna a Louis Lane- es prácticamente nula. En lo que cuenta para los estudios –el beneficio económico- Supermán regresa fue una decepción. Recuperó su exorbitante costo de 350 millones de dólares y ganó escasos 150 (millones) alrededor del mundo, una suma insignificante para una cinta de tan altas expectativas. En fin. La Warner Brothers, detentora de los derechos del héroe y productora de la cinta, ha declarado su intención de reparar el desaguisado en una nueva aventura. Sólo nos resta esperar. Finalizo con una observación que sobre esta película hizo mi amada Ana Luisa: al único superhéroe que le ha funcionado la paternidad es al Capitán Cavernícola.

lunes, 18 de enero de 2010

Flashback fantasmal

Ahora retrocedamos un poco y hablemos de fantasmas.
El pasado fin de semana vi un par de pendientes cinematográficos. El primero fue Actividad paranormal (Paranormal activity, 2007), una modesta e independiente cinta escrita y dirigida por Oren Eli que se ha erigido en un éxito de crítica y taquilla similar al Proyecto de la Bruja de Blair (Myrick y Sánchez, 1999). Precisamente de ella abreva recursos ya establecidos por el italiano Ruggero Deodato en su notable Holocausto caníbal (1980) y retomados con éxito por los españoles Paco Plaza y Jaumé Balagueró en la joya de 2007 [Rec] o en la pirotecnia fílmica Cloverfield (Reeves, 2008). Las intenciones de Actividad paranormal, buenas en principio, no logran cristalizar en una propuesta ágil y atractiva. La historia se centra en la pareja yuppie Katie y Micah, acechada en su hermosa casa californiana por una entidad sobrenatural (fantasma o demonio) y en la imprudente bitácora videográfica que el segundo hace. La falla y defectos de la película radican en el tedioso uso del testimonio visual, recurso que pretende ser original y luce desgastado cuando no se emplea creativamente. El desenlace, fatal y previsible, no impidió que la cinta recaudara más de 6 veces su “humilde” costo de 15 millones de dólares. Esto promete el inicio de una franquicia que espero no conozca la oscuridad de las salas de cines. Esa posibilidad en verdad me asusta.