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miércoles, 22 de enero de 2014

Fantasmas bajo la luz eléctrica inicia el 17 de febrero

Coordinación de Humanidades
Casa Universitaria del Libro

FANTASMAS BAJO LA LUZ ELÉCTRICA

Curso interdisciplinario
(Literatura, historia, cine y otros medios)

Coordinadores:

Vicente Quirarte
y
Paulo Roberto Coria Monter

17 de febrero a 30 de junio de 2014
Lunes de 17 a 20 horas


El verdadero amor es como  el fantasma: todo mundo habla de él pero pocos lo han visto
François, duc de La Rochefoucauld


Antecedentes. Al escribir de noche, Edgar Allan Poe lo hacía con luz de vela. No obstante ser artículo de apremiante necesidad, sobre todo para un poeta, su costo era elevado. Lo mismo sucedía con lámparas que utilizaban purísimo aceite de ballena, lo cual explica el apogeo que la cacería del Leviatán tuvo durante parte considerable del siglo XIX. Derivada del petróleo, la parafina contribuyó igualmente a la iluminación. Las velas adquirieron inusitada calidad mediante los descubrimientos del químico francés Michel Eugène Chevreul (1786-188), cuya longevidad de 103 años le permitió ser testigo de la electricidad y su actuación protagónica.
Poe fue plenamente leído y asimilado en nuestro país con la llegada de la luz eléctrica. En 1880 se instalaron 40 focos alimentados por la nueva energía en la Plaza Mayor de la Ciudad de México y en la arteria que al desembocar en ella con distintos nombres era la  más privilegiada de la urbe: Plateros, San Francisco, Corpus Christi.
Ante la irrupción de la intrusa que amenazaba clausurar el imperio de las sombras, las presencias cambiaron de armas y estrategias. El estudio científico de las complejidades del alma humana y la amplitud del espectro sensorial permitió a nuestros grandes torturados comprender la afirmación de Poe en el sentido de que sus cuentos no eran imitación de modelos alemanes sino nacían de las profundidades de su propio corazón.

Objetivos. Con la participación de académicos de varias instituciones y artistas de diferentes disciplinas, el presente curso aspira a hacer una anatomía del fantasma para tratar de responder al planteamiento formulado por Guillermo del Toro como epígrafe a su película El espinazo del diablo: “¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez. Un instante de dolor quizá, algo muerto que parece por momentos vivo, un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía dolorosa, como un insecto atrapado en ámbar”.

Temario

  • 17 de febrero de 2014, Historia natural de los cuentos de fantasmas. Por Paulo Roberto Coria Monter (ENAP, UNAM).
  • 24 de febrero de 2014, Poe entre nosotros. Por Vicente Quirarte (IIB, UNAM).
  • 3 de marzo de 2014, México heterodoxo. Por José Ricardo Chaves (IIFL, UNAM).
  • 10 de marzo de 2014, William Mumler y Laureana Wright, fotógrafo y cazadora de fantasmas. Novela con fantasma. Por Darío Jaramillo Argudelo.
  • 17 de marzo de 2014. No hay sesión. Día festivo.
  • 24 de marzo de 2014. Arthur Conan Doyle, cazador de fantasmas. Por José Luis Zárate.
  • 31 de marzo de 2014. Fantasmas finiseculares. Espectros de Henrik Ibsen. Por Víctor Grovas Hajj (Universidad del Claustro de Sor Juana).
  • 7 de abril de 2014. Fantasmas en la capital mexicana. Ciudad fantasma. Taller teórico-práctico. Por Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte.
  • 14 de abril de 2014. No hay sesión. Semana Santa.
  • 21 de abril de 2014.  Fantasmas, espectros y otros trapos sucios I. Por Jaime Alfonso Sandoval.
  • 28 de abril de 2014. Fantasmas, espectros y otros trapos sucios II. Taller de escritura. Por Jaime Alfonso Sandoval.
  • 5 de mayo de 2014. No hay sesión. Día festivo.
  • 12 de mayo de 2014. Fantasmas en el celuoide. Por Pablo Guisa (Festival Mórbido).
  • 19 de mayo de 2014. Proyección de El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001). Comentarios de Abraham Castillo (Instituto Ruso Mexicano Serguei Eisenstein y Festival Mórbido).
  • 26 de mayo de 2014. Fantasmas en el cine mexicano. Proyección de El escapulario (Servando González, 1968). Por Pablo Guisa (Festival Mórbido)
  • 2 de junio de 2014. El fantasma visto por el oriente. Por Jorge Grajales.
  • 9 de junio de 2014. Presencia de lo invisible. Los escritores y el ocultismo. Por Ignacio Solares.
  • 16 de junio de 2014. Parapsicología, o los verdaderos cazafantasmas. Mario Méndez Acosta. 
  • 23 de junio de 2014. Fantasmas en el teatro I. El fantasma del Hotel Alsace de Vicente Quirarte y sus hermanos: “El fantasma de Canterville” de Oscar Wilde, El fantasma de la ópera de Gastón Leroux. (Proyección del video de la obra preparado por TV UNAM). Por Vicente Quirarte y Eduardo Ruiz Saviñón.
  • 30 de junio de 2014. Fantasmas en el teatro II. Otra vuelta de tuerca de Henry James y su traslado al teatro en Los inocentes de William Archibald. Por Vicente Quirarte, Eduardo Ruiz Saviñón y Roberto Coria.

martes, 3 de septiembre de 2013

Cuéntame una de fantasmas

Para 2001, con dos largometrajes en su haber y 37 años de edad, el cineasta mexicano Guillermo del Toro ya había definido 10 elementos esenciales en su obra:

1. Su fascinación y respeto por lo fantástico y los monstruos, seres incomprendidos como el aficionado a estos temas. El propio del Toro es un ser marginal, aplaudido en varios círculos pero menospreciado en muchos más.
2. Su conocimiento y cercanía con esto emanaba de su gran afición por la literatura, el cine, la televisión y los cómics, tal como el lector de este blog.
3. Su fascinación por los insectos, seres milenarios con incontables connotaciones.
4. Su fascinación por los engranes y la maquinaria de relojería, alegorías del avance inexorable del tiempo.
5. Los símbolos religiosos, sean ángeles envueltos en plástico, crucifijos o iglesias, muy presentes durante su primera educación. El director recuerda, divertido, los dos “exorcismos” que le practicó su abuela en su juventud.
6. Su visión internacional, como revela sus repartos multinacionales, un Centro Histórico plagado de señalización en chino o un sacerdote de la misma nacionalidad perseguido por sus cucarachas gigantes.
7. Personajes de la tercera edad, como el anticuario Jesús Gris o el millonario Dieter de la Guardia.
8. Personajes infantiles, grandes detentores de la inocencia y lo maravilloso que a menudo se exponen a horrores indecibles.
9. Situaciones familiares, como su gusto por los tríos y los boleros o las explosiones en la red subterránea de su natal Guadalajara de 1992.
10. Como consecuencia de lo anterior, las alcantarillas y los lugares oscuros, cosa que ya era visible desde uno de los episodios que dirigió en la antología televisiva Hora marcada, que involucraba a una niña y un ogro que habitaba en las cloacas citadinas. Se titulaba, obviamente, De ogros.

Lo anterior demuestra que toda obra de arte posee un carácter autobiográfico.
Su siguiente proyecto, una historia desarrollada durante la Revolución Mexicana –mi cofrade Antonio Camarillo leyó por ahí que ocurría en la Guerra Cristera- que, a pesar que lo presentaba un cineasta solvente y galardonado, no recibió apoyo ni financiamiento institucional. Y debido a su amarga y asfixiante experiencia en Hollywood, éste era un lugar al que no quería recurrir. El infame y eterno problema de la solvencia material. Así que del Toro decidió buscar lugares más amables. España era   un país que para esos momentos había demostrado una gran sensibilidad y respeto por sus temas –tanto en las letras como en el cine-, así que decidió emigrar en busca de mejor fortuna. Ahí obtuvo lo que tanto deseaba y merecía: Pedro Almodóvar, hombre de reputación en la que no necesito abundar, confió en él y acunó su talento.
El resultado, El espinazo del Diablo (2001), una co producción México-España, es su película más personal y sin duda mi favorita. Escrita por del Toro, Antonio Trashorras y David Muñoz, es un gran cuento en la mejor tradición que nos enseñaron autores victorianos como Montague Rhode James o Joseph Sheridan Le Fanu. Y la voz en off de Federico Luppi nos lo advierte desde el primer momento:
¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez. Un instante de dolor quizás. Algo muerto que parece por momentos vivo aún. Un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar.
España, 1939. En el final de la Guerra Civil Española, Carlos (Fernando Tielve), un niño de 12 años, es abandonado por sus padres en un orfanato distante –en medio de la nada- dirigido por la conservadora y mutilada Carmen (Marisa Paredes) y el bondadoso Profesor Casares (Luppi), quien secretamente está enamorado de ella y estudia fetos con la columna vertebral bífida –el espinazo del diablo del título-. Carlos entabla amistad con los demás huérfanos –no diferentes de los Niños perdidos de James Matthew Barrie- , como el rapaz Jaime (Íñigo Garcés), el líder de la manada. En el centro del patio principal del lugar, como una amenaza latente y un recordatorio terrible, yace una bomba inactiva y herrumbrosa arrojada por el ejército de Francisco Franco. Jacinto (Eduardo Noriega), el mozo del albergue, y Conchita (Irene Visedo), profesora de los menores –y su amante-, son el resto de los adultos que gobiernan ese pequeño y precario universo. Al poco tiempo, Carlos comienza a percibir cosas extrañas. Susurros y apariciones lo llevan a conocer la historia de Santi (Junio Valverde), un habitante del orfanato desaparecido misteriosamente la noche que cayó la bomba.
Siguen momentos hermosos, trágicos y verdaderamente escalofriantes, todos captados por la cámara de nuestro paisano Guillermo Navarro, plena de tonos sepia, en la que fue su segunda colaboración. Uno de sus aciertos es el aspecto de Santi, acuoso y brumoso, que tiene mucho que ver con su lugar de reposo. La trama nos recuerda que el fantasma no es la verdadera amenaza. Uno de los vivos es más temible que los muertos. Y esto saca lo peor de los niños, que hacia su desenlace no son diferentes de los protagonistas de El señor de las moscas de William Goding.
Su mínima ganancia económica es sólo proporcional al enorme prestigio que le valió a del Toro, alabado por el público y la crítica. Comparada a menudo con otra gran película estrenada ese año (Los Otros de Alejandro Amenábar), significó incontables nominaciones y premios internacionales para nuestro héroe –porque “El Gordo” es uno de mis héroes-. Esta película sin duda lo colocó en una posición en la que finalmente podría establecer sus términos. Y eso, para su fortuna y la nuestra, ocurrió muy pronto. 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Horror a la americana


La última y nos vamos a Mórbido.
Las creencias en fantasmas y vida después de la muerte son tan antiguas como la humanidad misma. Uno de los primeros casos que recuerdo a este respecto es el del filósofo griego Atenodoro de Tarso (74 A.C.-7 D.C.), quien en su juventud alquiló una casa en Atenas, a un precio ínfimamente bajo en comparación a sus dimensiones. Una noche, mientras escribía, se le apareció un fantasma que arrastraba cadenas que lo guió hasta un punto en el jardín, donde desapareció. Una excavación en el lugar  reveló el cadáver de un hombre encadenado, al cual se le dio una apropiada sepultura, con lo cual cesaron las apariciones. Y así podríamos seguir indefinidamente, en todas las épocas y países. Sobre esta tradición los autores victorianos alcanzaron momentos sobresalientes gracias a las pluma de Montague Rhode James, Joseph Sheridan Le Fanu, Charlotte Riddell, Algernon Blackwood o Elizabeth Gaskell, entre otros, artífices del llamado Ghost story, respuesta de la era para enfrentar la angustia derivada del cambio, una forma de anclarse al pasado ante un presente aún no definido, una continuidad entre la vida y la muerte.
Si el fantasma era el elemento principal de estas historias, la locación donde aparecía era igualmente importante. Un personaje muy importante. Abadías abandonadas, cementerios, castillos, mansiones eran los lugares más frecuentados por los espíritus, todos tan elementales desde los albores de la literatura de horror, del relato gótico. Estos sitios se convirtieron en toda una institución en el imaginario colectivo de todos los países. Lugares de infame memoria, con una carga energética y emotiva desagradable. Los parques de diversiones los imitan para el entretenimiento (y los sustos) de las personas. De hecho todos recordamos una casa abandonada en la colonia donde vivíamos cuando éramos niños, ese lugar prohibido que incendiaba nuestra imaginación y despertaba nuestros miedos. Escritores contemporáneos han llevado esta idea a cimas muy altas. En La hora del vampiro (Salem´s Lot), Stephen King describe a la maldita Mansión Marsten, espacio recordado por los horrendos asesinatos cometidos ahí y seleccionado por el vampiro Kurt Barlow como lugar de descanso y base de operaciones:
“La casa miraba hacia el pueblo. Era enorme y parecía desdibujada y vencida. Las ventanas descuidadamente cerradas le daban ese aspecto siniestro de todas las casas viejas que han pasado vacías mucho tiempo. La pintura se había descascarado a la intemperie, y toda la casa tenía un aspecto uniformemente gris. Los temporales de viento habían arrancado muchas tejas, y y una densa nevada había hundido el ángulo oeste del techo principal, dejándolo vencido. A le derecha, un destartalado cartel clavado sobre un poste advertía: Prohibida la entrada”.
Más allá de esto, se ha preguntado usted ¿quién habitaba el edificio donde reside? o ¿quién durmió en la cama del cuarto de hotel donde se hospeda? o ¿es cierto que su escuela se construyó sobre un cementerio? Esas son respuestas que quizá no queremos saber.
Escribo todo esto como un gran pendiente desprendido de mi fascinación por la galardonada teleserie American horror story, creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk, que ha despertado todo tipo de comentarios entusiastas entre los aficionados y la crítica especializada. El proyecto de la dupla, responsable de la popular serie Glee, recibió luz verde al comprobarse el éxito del musical adolescente. Básicamente, American horror story es una historia de fantasmas ambientada en un contexto fácilmente reconocible, protagonizada por personas que se parecen a nosotros. La familia Harmon se muda de Boston y se instalan en la Mansión Montgomery, una enorme construcción gótica de la ciudad de Los Ángeles construida en 1922 por el prestigiado cirujano Charles Montgomery (Matt Ross). Los Harmon distan de ser una familia común. Como muchas, arrastran sus demonios: Ben (Dylan McDermott), el padre, es un psiquiatra que tuvo un romance extra marital con una de sus estudiantes (Kate Mara) y busca un nuevo comienzo; Vivien (Connie Britton), la madre, es una chelista retirada que lidia con el penoso recuerdo de la aventura de su esposo; Violet (Taissa Farmiga), la hija de ambos, es una adolescente que sufre bullying y tiene graves tendencias depresivas. Como si esto no fuera suficiente, los rodean extraños y atormentados personajes: su vecina Constance Langdon (Jessica Lange), su hija Adelaide (Jamie Brewer), su perturbado hijo Tate (Evan Peters), el deforme Larry Harvey (Denis O'Hare), la veterana ama de llaves Moira O'Hara (Frances Conroy) y su sensual doble (Alexandra Breckenridge), acompañados de los antiguos residentes de la casa, desde la pareja homosexual Chad y Patrick (Zachary Quinto y Teddy Sears), el mismo Dr. Montgomery y su esposa Nora (Lily Rabe), las víctimas del tiroteo en la Preparatoria Westfield, e incluso Elizabeth Short (Mena Suvari), conocida por la posteridad como La Dalia Negra. Todos guardan tortuosos secretos, acumulados al transcurrir los años, que se revelan paulatinamente.
Una atmósfera opresiva aderezada por un lóbrego tema musical de Charlie Clouser (su secuencia de créditos es perturbadora), fragmentos de la partitura que Wojciech Kilar compuso para Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992) y la presencia constante del terrible Hombre de Goma, personaje representativo del programa, completan un serial imposible de perderse. Muchas personas dignas de todo mi respeto se quejan del exceso de personajes (“parece la vecindad del Chavo del 8 con fantasmas”) y de su final feliz, que en realidad es una tragedia, porción menor de una historia cíclica, condenada a repetirse una y otra vez.
Ayer vi el tercer episodio de su segunda temporada, American horror story: Asylum, una nueva historia ambientada en el ficticio Hospital Psiquiátrico Briarcliff, un lugar inquietante por sí mismo en el que se reúnen una monja sádica, una periodista lesbiana, un médico loco, un psiquiatra progresista, un presunto asesino e incluso posesiones satánicas y elementos que lindan con la ciencia ficción. Muchos de los actores de su primera temporada aparecen nuevamente, sólo que interpretando papeles completamente distintos, sin relación con sus encarnaciones previas. La principal sigue siendo la laureada Jessica Lange, quien demuestra su camaleónica capacidad actoral, todo en una historia prometedora, digna de Los renglones torcidos de Dios (1979) de Torcuato Luca de Tena o Alguien voló sobre el nido del cuco (1962) de Ken Kesey, esta última convertida en la flamante cinta Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975), sólo que con la presencia de una maldad sobrenatural. Sobre su desenlace, escribiré cuando éste llegue.
Y ahora sí, vámonos a Mórbido.


miércoles, 15 de febrero de 2012

Hay vida después de Hogwarts

Prueba superada. La dama de negro (James Watkins, 2012) es una película que no decepciona a los apasionados del Ghost story victoriano. Es una historia sencilla –con un guión de Jane Goldman a partir de la novela de Susan Hill-, correctamente ejecutada, sin pretensiones, con una espléndida y opresiva fotografía de Tim Maurice-Jones, una eficiente partitura de Marco Beltrami y una muy eficaz actuación de Daniel Radcliffe, recién egresado de la Escuela de Magia y Hechicería Hogwarts. Sobre todo es fiel al espíritu de lo que plantearon autores entrañables que mencioné en una entrada previa. Y más cerca, a lo dicho por Guillermo del Toro en el prólogo a su estupenda cinta El espinazo del diablo (2001): “¿Qué es un fantasma? Un hecho terrible condenado a repetirse una y otra vez”.
Inglaterra, principios del XX. El joven abogado Arthur Kipps (Radcliffe), deprimido por la muerte de su esposa y agobiado por las deudas, es enviado al Noreste del país a resolver pendientes administrativos tras la muerte de Alice Drablow, cliente de su firma y dueña del vetusto caserón Eel Marsh, situado en un islote en medio de una marisma –término correcto según los expertos-, un territorio desolador al que sólo se puede llegar por un camino cuando lo permite la marea. A su arribo, Kipps –hombre de ciudad- se encuentra con el recelo y rechazo de los pobladores –muy característicos de los victorianos, aunque la película se sitúa en plena era eduardiana-, quienes temen a la Dama de Negro (Liz White) del título. Al principio el abogado atribuye todo a la ignorancia y la superstición –hombre de ciudad, de nuevo-. Pronto, a la mala, cambia su pensar. En el proceso descubre la causa del penar de la fantasmal mujer con un desenlace que, si bien bello, no deja de ser trágico.
Y ahora el joven Radcliffe. A pesar de lo que algunos han dicho, se desprendió por completo de la figura de Harry Potter y consigue llevar sobre sus hombros el peso del relato. Su corta edad no hace daño a su papel si consideramos que en esa época –y hoy en día- un joven de 22 años ya era un hombre con grandes responsabilidades. Proyecta sin problemas el dolor por la pérdida de su amada y el gran amor por su hijo Joseph (Misha Handley), el cual demostró ser el más poderoso de los afectos humanos.
La dama de negro fue realizada con un magro presupuesto de 13 millones de dólares (magro para los estándares de la época). Recaudó más de 20 el día de su estreno (hoy supera los 35), lo cual la convierte en la más redituable cinta producida por la casa británica Hammer (es una coproducción de Inglaterra, Canadá y Suiza, no “gringa” como dicen algunos). Espero que su buena fortuna incentive a los estudios para crear películas igualmente interesantes. Los fantasmas siempre tienen mucho que ofrecer.
                                                                                                 

jueves, 3 de noviembre de 2011

Los verdaderos cazafantasmas

Saber qué existe después de la muerte es una de las principales inquietudes de la raza humana. Han tratado de responder esta interrogante personas de las más variadas disciplinas, en todos los países, en todas las épocas. En la nuestra se han vuelto muy populares los llamados cazafantasmas, personas que han ocupado numerosos espacios en los medios de comunicación, publicado incontables libros y aparecido en igual número de programas televisivos, incluso en los dedicados a los espectáculos y “chismes” de los famosos. Sobra decir que la gran mayoría son charlatanes que investigan un fenómeno sin ningún rigor científico. Porque abordar un tema así, susceptible de la desconfianza, exige el rigor que ofrecen las ciencias exactas. Estos intrépidos personajes sólo se limitan a recorrer cementerios o casas abandonadas con una cámara con visión nocturna, haciendo evidente –a través de todo tipo de gemidos- su sobresalto en la búsqueda de lo desconocido.
Los cazafantasmas son precisamente los protagonistas de la ópera prima del joven cineasta español Carles Torrens, discípulo de su compatriota Rodrigo Cortés, a quien debemos Sepultado (2010), espléndido ejercicio de cinematografía en una sola locación –un ataúd-. Pero esa es otra historia. Carles presentó en el pasado Festival Mórbido su largometraje Emergo (2011), cinta que en un primer acercamiento rinde tributo a uno de los gimmics que popularizó William Castle en la década de los 50. La cinta se presentó en la pasada emisión del Festival de Sitges, donde fue tratada de forma desigual por críticos y la audiencia. Aquí en México fue electa como la favorita de los espectadores de Mórbido, lo que valió a su realizador el Golden Skull del festival. Y es por algo.
Con pesimismo evidente, mi querido Bernardo Esquinca dice –en labios de su personaje Casasola en su novela La Octava plaga (Ficción Zeta, 2011)- “todas las historias posibles ya están contadas; la gran condena de los literatos es que no pueden ser originales, por más que se lo propongan”. Si la intención no es innovar –en el cine de horror- la gracia de una propuesta radica en utilizar bien los elementos acotados. Así sucede en el caso de Emergo. Nos encontramos ante una historia de fantasmas, correctamente realizada sin mayores pretensiones que asustar a su audiencia. Lo logra sobradamente, hay que precisar. Su cercanía a otras películas como El proyecto de la Bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), Cloverfield (Matthew Reeves, 2008) y tantas otras le han merecido juicios injustos. La referencia más notable que suelen citar los detractores de Torrens es Actividad paranormal (Oren Peli, 2007), cinta que no acaba de convencerme por razones que he platicado en el pasado. En este caso –el de Emergo- no nos encontramos ante lo grabado por una pareja de yuppies, ni con un “video localizado” entre las pertenencias de alguien desaparecido, sino con el documento de un grupo de parapsicólogos, quienes descartan todo tipo de causas antes de aceptar la existencia de lo fantasmal. Emergo, a partir de un guión del propio Cortés, sigue pues las andanzas de tres parapsicólogos ante el llamado de auxilio de un viudo en cuyo hogar suceden todo tipo de fenómenos aterradores. Los investigadores usan la más variada tecnología –desde detectores de movimiento, sensores infrarrojos, luces estroboscópicas, termómetros, un aparato pixeleado y un larguísimo etcétera- y la acción está documentada con múltiples formas de videograbación. He ahí uno de sus aciertos. Luego están los rostros desconocidos de su reparto. Torrens reveló que Jeffrey Combs –estrella de Re-animator y actor fundamental del género- fue considerado para participar en la cinta. Esto hubiera sido emblemático, pero fue un beneficio sin duda alguna. El que no reconozcamos a los personajes otorga verosimilitud a un relato que puede ambientarse en cualquier lugar. No olvidemos parlamentos memorables: “huir de un fantasma es una gran descortesía, pues les cuesta muchísimo trabajo materializarse”. Al final, la presencia de lo extraño hace evidente la disfuncionalidad de una familia. Ahí reside justamente uno de los principales horrores que causa la cinta. Los momentos de genuino sobresalto, si bien se pueden anticipar, son estremecedores y efectivos. Me precio de no ser un novato en el tema, pero la película consiguió asustarme.
Emergo tendrá distribución comercial en nuestro país al inicio de 2012. Yo auguro a Torrens la mejor respuesta del público y en definitiva espero ver su siguiente proyecto, porque estoy seguro que no hemos visto su mejor trabajo.

miércoles, 24 de agosto de 2011

La vida después de Hogwarts

En la entrada anterior de este blog destaqué mi admiración por el reparto de la hoy extinta saga de Harry Potter. Sus actores de apoyo tienen una carrera sólida y una reputación bien establecida en el cine y el teatro, y ello me hace preguntarme sobre el futuro de sus jóvenes intérpretes. ¿Los grandes estudios piensan ocupar a Rupert Grint, Emma Watson o Tom Felton (Ron Weasley, Hermione Granger y Draco Malfoy, respectivamente)? Más allá, ¿ellos piensan continuar su carrera actoral? Por lo pronto el que más ha brillado es el protagonista de la serie, Daniel Radcliffe, quien se esfuerza por sacudirse del estigma del joven hechicero. Así lo ha demostrado su incursión en otros proyectos cinematográficos (Los chicos de diciembre, Rod Hardy, 2007) y en el teatro. En este rubro ha participado en las obras Equus y ¿Cómo tener éxito en los negocios sin realmente intentarlo?, por las cuales obtuvo el reconocimiento de la crítica especializada. Ahora tiene un reto formidable por delante.
La dama de negro es una novela escrita en 1983 por la autora británica Susan Hill. La historia se inscribe en la más pura tradición del ghost story victoriano, un subgénero del relato de horror que nos ha brindado especímenes ejemplares de las plumas de Joseph Sheridan Le Fanu, Montague Rhode James, Bram Stoker, Wilkie Collins, Arthur Conan Doyle, Robert Louis Stevenson, F. G. Loring y Algernon Blackwood, entre otros. En 1987 el dramaturgo Stephen Mallatratt decidió llevarla a los escenarios. Para ello empleó la idea de “teatro dentro del teatro”, donde el protagonista Arthur Kipps narra su encuentro con la otredad a un actor en busca de exorcizar los recuerdos tormentosos que le acosan.
La obra se montó en México en 1994, con éxito contundente. La mayor causa de ello fue, sin duda, la formidable actuación de Germán Robles, quien interpretaba 8 papeles diferentes en un montaje estremecedor, que no da al espectador oportunidad de respirar tranquilo hasta su terrible desenlace. Tuve el placer de ver la obra en cuatro ocasiones y en diferentes etapas, todas con el Maestro Robles. Años después tuve el gusto de conocerlo en la Universidad del Claustro de Sor Juana –las piernas me temblaban de emoción-, realizar algunos proyectos con él e, incluso, recibir sus consejos para hacer lecturas dramatizadas. Tras su salida de la obra, otros histriones han retomado la estafeta, como Rafael Sánchez Navarro, Juan Carlos Colombo, Odiseo Bichir y Alejandro Tomassi. No cuestiono sus capacidades, pues no los he visto en escena. Pero ninguno alcanzará, al menos en mi corazón, la dimensión del maravilloso protagonista de El vampiro (Fernando Méndez, 1957) y La maldición de Nostradamus (Federico Curiel, 1961).
En unos meses se estrenará una nueva versión cinematográfica de La dama de negro, dirigida por James Watkins a partir de un guión de Jane Goldman –ya se había hecho una en 1989-. A la espléndida fotografía de Tim Maurice-Jones –la cual es evidente en el tráiler que comenzó a circular en la red- se suma el valor emocional de ser producida por la casa británica Hammer, cuyo ilustre pasado admiramos todos los diletantes del cine de horror. Y destaca especialmente la presencia del joven Radcliffe, quien calzará los zapatos de Arthur Kipps. No oculto la emoción que el estreno de la cinta me produce. Conoceremos si existe vida después de Hogwarts.

lunes, 18 de enero de 2010

Flashback fantasmal

Ahora retrocedamos un poco y hablemos de fantasmas.
El pasado fin de semana vi un par de pendientes cinematográficos. El primero fue Actividad paranormal (Paranormal activity, 2007), una modesta e independiente cinta escrita y dirigida por Oren Eli que se ha erigido en un éxito de crítica y taquilla similar al Proyecto de la Bruja de Blair (Myrick y Sánchez, 1999). Precisamente de ella abreva recursos ya establecidos por el italiano Ruggero Deodato en su notable Holocausto caníbal (1980) y retomados con éxito por los españoles Paco Plaza y Jaumé Balagueró en la joya de 2007 [Rec] o en la pirotecnia fílmica Cloverfield (Reeves, 2008). Las intenciones de Actividad paranormal, buenas en principio, no logran cristalizar en una propuesta ágil y atractiva. La historia se centra en la pareja yuppie Katie y Micah, acechada en su hermosa casa californiana por una entidad sobrenatural (fantasma o demonio) y en la imprudente bitácora videográfica que el segundo hace. La falla y defectos de la película radican en el tedioso uso del testimonio visual, recurso que pretende ser original y luce desgastado cuando no se emplea creativamente. El desenlace, fatal y previsible, no impidió que la cinta recaudara más de 6 veces su “humilde” costo de 15 millones de dólares. Esto promete el inicio de una franquicia que espero no conozca la oscuridad de las salas de cines. Esa posibilidad en verdad me asusta.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Fantasmas en nuestra lengua.

Ajuar funerario (Páginas de espuma, 2004) es una ingeniosa antología del autor peruano –avecindado en España- Fernando Iwasaki. Contiene casi una centena de minificciones donde la muerte nos convida a un festín de fantasmas, vampiros, monjas antropófagas, grimorios maléficos, y otros monstruos. El relato que abre el volumen, y que reproduzco con el generoso permiso de su autor, no sólo es un estupendo ejemplo de economía narrativa, sino un digno heredero de la tradición del ghost story, ejemplo claro de la universalidad de las creencias en fantasmas y de la calidad de la producción en habla hispana del tema.

Día de difuntos
Fernando Iwasaki

Cuando llegué al tanatorio, encontré a mi madre enlutada en las escaleras.
-Pero mamá, tú estás muerta.
-Tú también, mi niño.
Y nos abrazamos desconsolados.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Ya viene la navidad.

Ahora que escribo sobre fantasmas, evité deliberadamente hablar de Charles Dickens (1812-1870) por dos razones. Primero, la inminente navidad. Después por la enésima adaptación cinematográfica de su obra, Los fantasmas de Scrooge (Robert Zemeckis, 2009), festín de animación por computadora diseñado para llevar a las grandes multitudes a los cines durante las fiestas. El relato que nos ocupa es uno de los primeros que tengo memoria de haber leído y, por tanto, uno de mis más entrañables.
“¡Mil bendiciones reciba su corazón bondadoso, Charles Dickens! Puede considerarse dichoso, pues su libro Canción de Navidad ha hecho más bien, ha alentado más buenos sentimientos y ha hecho nacer más actos positivos de caridad que los que pueden atribuirse a todos los púlpitos y confesionarios en esta Navidad de 1842”. Esto expresó la Cámara de los Comunes de Inglaterra al celebrado autor, y no sólo reflejaba la opinión de la nobleza y los intelectuales, sino la de cientos de lectores que admiraron este relato lleno de ternura, cuya fama se extendió eventualmente por todo el mundo.
A Christmas Carol, a ghost story for Christmas” apareció por vez primera el invierno de 1842, en una hermosa edición de Chapman & Hall con ilustraciones de John Leech, amigo íntimo de Dickens, y de inmediato estrujó el corazón de los lectores. También se convirtió en un éxito.
Era ya una tradición que las familias inglesas se sentaran frente a la chimenea la noche de navidad y leyeran relatos de fantasmas, como una forma de entretenimiento alterno al colorido y candor de las festividades.
La historia es conocida por todos. La ha protagonizado incluso Rico McPato y los Muppets de Jim Henson. Ebenezer Scrooge, anciano comerciante, mezquino, codicioso, disgustado con la vida, es visitado por el fantasma de su antiguo socio Jacob Marley. El espectro le advierte sobre “las pesadas cadenas que arrastra” y le anuncia la visita de tres apariciones más que buscarán redimirle: los fantasmas de las navidades pasada, presente y futura. En compañía de los espíritus, Scrooge rememora varios momentos de su vida y observa la miseria humana que vive y disemina entre sus semejantes, así como sus nefastas consecuencias. Al despertar, Scrooge comprende el verdadero significado de la navidad y se convierte en un hombre bondadoso y ejemplar: dona dinero para los desposeídos, se reconcilia con su sobrino Fred, convierte en su socio a su oprimido empleado Bob Crachit y ayuda para que su pequeño hijo Tim recupere la salud.
“Canción de Navidad” es, en la superficie, un relato de fantasmas. Dickens nos lo advierte en sus primeros párrafos:
La mención del entierro de Marley me hace retroceder al punto de partida. Es indudable que Marley había muerto. Esto debe ser perfectamente comprendido; si no, nada admirable se puede ver en la historia que voy a referir. Si no estuviéramos plenamente convencidos de que el padre de Hamlet murió antes de empezar la representación teatral, no habría en su paseo durante la noche, en medio del vendaval, por las murallas de su ciudad, nada más notable que lo que habría en ver a otro cualquier caballero de mediana edad temerariamente lanzado, después de obscurecer, en un recinto expuesto a los vientos -el cementerio de San Pablo, por ejemplo-, sencillamente para deslumbrar el débil espíritu de su hijo.
El aspecto del fantasma de Jacob Marley –que sin duda tiene en cuenta el caso del Fantasma de Atenodoro- se anticipa a los mejores ejemplos de su tipo:
El mismo rostro, el mismo. Marley con su cigarro, su chaleco de siempre, sus calzones y sus botas; tiesas las borlas de éstas, como su cigarro, como los faldones de su levita, como sus cabellos. La cadena que arrastraba la llevaba sujeta a la cintura. Era larga y se retorcía en torno suyo como una cola, y estaba formada por cajas de caudales, candados, libros mayores, escrituras y pesadas bolsas de acero. Su cuerpo era transparente, de modo que Scrooge podía ver, a través del chaleco, los dos botones de atrás de la levita.
Pero no podemos obviar la intención de su autor: invitar al hombre victoriano, ciego por el mundo material, a recuperar su humanidad y hacer de su vida, como dijo el poeta, una aventura formidable.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Humor y fantasmas.

El autor victoriano que irrumpió con mayor irreverencia en la tradición fantasmal es Oscar Wilde con su popular relato El fantasma de Canterville.
La historia es una mezcla de humor y una crítica al escepticismo de la época, representado en la familia norteamericana que no teme al fantasma de Sir Simon de Canterville, quien durante años ha asolado la aristocrática mansión que acaban de adquirir, aún cuando están enterados que ha causado la muerte de incontables y desafortunados huéspedes.
A pesar de la tenebrosa estampa del espectro, entablan diálogo con él. Los maliciosos gemelos le hacen bromas y toda clase de travesuras. Pero más allá de las situaciones humorísticas y espeluznantes, Wilde exhibe el lado otrora humano del fantasma, una vida solitaria que solo Virginia, la hija de la familia, es capaz de descubrir.
Wilde toma a la familia de mister Hiram B. Otis, primer ministro de América y digno representante de esta pujante nación, orgullosa de sus avances tecnológicos y su falta de respeto por el pasado, para mofarse de las convenciones del Ghost story y los temores ancestrales de Inglaterra. En el proceso obtiene un relato ejemplar en su construcción y a la vez respetuoso de las narraciones espectrales. La parte donde Washington Otis, hijo mayor del matrimonio, borra una sobrenatural mancha de sangre con un moderno líquido limpiador o cuando el ministro sugiere al fantasma engrasar sus cadenas con un producto orgullosamente manufacturado en Estados Unidos, son simplemente soberbias por hilarantes.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Más fantasmas.

Sigamos hablando de fantasmas.
Uno de los más grandes maestros de la literatura fantástica de todos los tiempos es el irlandés Joseph Sheridan Le Fanu. Contemporáneo de Charles Dickens, es mundialmente famoso por sus novelas de misterio, sus relatos de fantasmas y por ser el autor de Carmilla (1872), esa historia de vampiros que fue modelo e inspiración para otros escritores ampliamente mencionados en este blog.
Le Fanu nació en Dublín el 28 de agosto de 1814. Su padre, capellán de una academia militar, le inculcó una educación estrictamente religiosa. Su posterior trabajo literario puede interpretarse como una reacción ante los dogmas que aprendió en su tierna infancia.
En su juventud estudió en el prestigiado Trinity College, institución que años antes acunara a otro gran maestro, Charles Robert Maturin, y posteriormente a un joven llamado Bram Stoker. En la revista literaria del colegio publicó su primer cuento, El fantasma y el colocahuesos (1838), una fábula irlandesa con matices espectrales sobre un hombre que no conoce el miedo. Este ejercicio fue el primer paso de una carrera ascendente en el mundo de las letras que no sólo le valió una sólida reputación y estabilidad financiera, sino comprar la revista que le vio nacer y acciones de tres importantes periódicos. Entre estos se encontraba el Dublin Evening Mail, donde aparecieron las primeras críticas teatrales del hombre que años más tarde escribiría Drácula. Los inevitables vampiros.
Instalado en la prosperidad, contrajo matrimonio con Susan Bennet y se mudó a una hermosa casa victoriana en una lujosa zona de la ciudad. Pero la tragedia lo embargó con la muerte de su esposa en 1858, convirtiéndolo en un hombre taciturno y retraído que vivió como un ermitaño los últimos años de su vida. Le Fanu escribía en la oscuridad de su hogar, a partir de las dos de la madrugada pues, en sus propias palabras, los poderes oscuros eran más intensos y se abría una puerta en el inconsciente por donde podía percibir la esencia de la maldad. En este último periodo estaba convencido que entidades de ultratumba lo acechaban. Murió de agotamiento el 7 de febrero de 1873. Tenía 58 años.
Si Dickens –de quien hablaré posteriormente- dio los primeros pasos en lo fantasmagórico y M. R. James consolidó el llamado Ghost story, Le Fanu aglutinó los elementos que lo definen. Sus narraciones están ancladas en el contexto de la época, son abundantes en atmósferas opresivas y lo sobrenatural es algo cotidiano, incuestionable. Sus personajes, herederos de la tradición de la narración oral, relatan a atribulados escuchas –con quienes el lector se involucra inevitablemente- su fatal encuentro con la otredad.
Uno de los cuentos del señor Le Fanu que más me impresionío en la juventud es El fantasma de Madame Crowl (1870). Su trama es elemental en el contexto de esta narrativa, pero su resultado es contundente. Una anciana narra los hechos que presenció cuando era una joven sirvienta de la finca de Applewale House. La dueña de la propiedad, Arabella Crowl, era una vieja agonizante que balbuceó incoherencias y profirió gritos escalofriantes hasta que le sobrevino la muerte. Días después, la narradora presenció lo siguiente:
Y lo que vi, ¡Virgen Santa!, fue la aparición de la vieja bruja, adornado con sedas y terciopelos su cuerpo de muerta, sonriendo tontamente, los ojos tan abiertos como platos, y una cara como la del demonio mismo. Había una luz roja que salía de ella igual que un resplandor, como si sus vestidos estuvieran ardiendo. Venía derecho a mí con sus viejas manos sarmentosas engarfiadas lo mismo que si fuera a arañarme, pero pasó de largo, a mi lado, con una ráfaga de aire frío, y la vi llegar a la pared de enfrente, a la rinconera […], y allí en el fondo abrir una puerta y buscar a tientas con las manos algo que tenía que haber […]. Luego se volvió hacia mí, como girando sobre un eje, se puso a hacer visajes y, de repente, ya estaba otra vez toda la habitación a oscuras y yo de pie en el rincón más alejado de la cama.
Espero hayan leído esto en la soledad, con las luces de la habitación apagadas. Ahora miren por encima de su hombro derecho. Tal vez haya una macabra sorpresa.

sábado, 14 de noviembre de 2009

¡Fantasmas!

En este blog prometí hablar no sólo de vampiros y asesinos seriales, sino de otras presencias que acechan nuestras pesadillas. Los fantasmas, de todos estos macabros seres –si puede admitirse el término-, ocupan un lugar importantísimo en las creencias populares de prácticamente todas las culturas. Desde uno de los primeros casos documentados de la historia –el del fantasma de Atenodoro- hasta William Shakespeare y la tragedia isabelina o los populares programas contemporáneos de radio, los fantasmas han cautivado la imaginación de artistas de todas las épocas. Nuestro compatriota Guillermo del Toro, en su grandiosa cinta El espinazo del diablo, nos pregunta ¿qué es un fantasma? La respuesta es clara para todos, de una u otra forma.
La literatura de horror en habla inglesa aportó el llamado Ghost story, respuesta victoriana para enfrentar la angustia derivada del cambio, una forma de anclarse al pasado ante un presente aún no definido, una continuidad entre la vida y la muerte.
En esencia el Ghost story, como nos revela Montague Rhode James, principal artífice de la corriente, “es un tipo particular de relato corto con características únicas”. Las acciones de sus protagonistas fantasmales deben ser el tema central de la historia, por encima de los personajes vivos. Y también advierte “haciendo a un lado a las más grandes obras de la literatura, no hay nada más difícil que producir un cuento de fantasmas de primera clase”.
La historia de fantasmas exitosa, al igual que el relato detectivesco, se logra al utilizar las convenciones del género creativamente. El triunfo llega cuando el autor es capaz de suspender la incredulidad del lector con un enigma, habilidad técnica y capacidad consumada en la descripción de ambientes. El ritmo de la historia debe ser preciso y la energía narrativa estar en completo control del escritor. Los fantasmas más efectivos son los que se presentan gradual e insistentemente, son poco agradables y capaces de producir lo que Michael Sadlier llama “un estremecimiento placentero”.
Prácticamente todos los autores victorianos sucumbieron a la tentación de escribir un relato de fantasmas, pero los de M. R. James brillan entre todos. Como reconoce Louis Vax, “la obra de James da un paso adelante en la creación de relatos de horror, y al contrario de sus predecesores el lector ya ha olfateado la presencia del monstruo e incluso ha intercambiado con él signos de inteligencia. Sólo la víctima –el protagonista del relato- no sospecha nada. La angustia no está en ella, sino en el lector […] Esta técnica le permite a James conservar el suspenso hasta el último instante, en el que el horror se abete brutalmente contra la víctima, que al fin abre los ojos a la realidad”.
Volvamos a la pregunta formulada por Guillermo del Toro, ¿qué es un fantasma? Él mismo responde: “un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez. Un instante de dolor quizá. Algo muerto que parece por momentos vivo aún. Un momento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar”. La definición es incuestionable por certera.