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jueves, 5 de junio de 2014

Dulcificar la maldad

Desde principios del año 2011, comenzó a circular en Hollywood la noticia de la intención de los Estudios Disney de producir una película live action -o de acción en vivo- que volvía a narrar los eventos de su clásica cinta animada La bella durmiente (Clyde Geronimi, Les Clark, Eric Larson y Wolfgang Reitherman, 1959), pero desde la óptica de su antagonista, la malvada hada despechada Maléfica. Tim Burton, a quien todos conocemos, inicialmente recibió la encomienda del proyecto por su entonces renacida relación con la productora, pero finalmente lo abandonó y cedió el timón a Robert Stromberg, cuya experiencia como Director de Arte de Alicia en el País de las Maravillas (Burton, 2010) -que le mereció el prestigiado premio Óscar- y Oz, el Poderoso (Sam Raimi, 2013), lo hacía ideal -al menos en lo visual- para el reto. Cuando a mediados de 2012 se confirmó la participación de Angelina Jolie como la protagonista, más de uno quedó satisfecho.  Y es que siendo justo, el papel está hecho a su medida y resulta lo más atractivo de la película. Aunque Jolie ha participado en productos comerciales como 60 segudos (Dominic Sena, 2000) o el díptico Lara Croft: Tomb Raider (Simon West en 2001 y Jan de Bont en 2003), ha estelarizado películas interesantes donde ha demostrado verdadera capacidad actoral, como Inocencia interrumpida  (James Mangold, 1999) o El sustituto (Changeling, Clint Eastwood, 2008), que le han valido galardones y el reconocimiento de la crítica especializada. Este tipo de decisiones dan credibilidad a un personaje. Lo fortalecen. Un gran villano merece -debe- ser interpretado por un gran actor. Cuando en otoño de 2012 fue difundida la primera fotografía de Jolie caracterizada como la villana, el entusiasmo de todos creció. Incluido el mío, pese a mis enormes reservas. Mi recelo era justificado: se trataba, después de todo, de una película de Disney.
Ayer que vi la cinta, confirmé todos mis temores. Y no es que sea mala. Es espectacular, un derroche visual gracias a la sobria fotografía de Dean Semler. Cada dólar que se gastó en su realización se refleja en la pantalla. La culpa es del guión de Linda Woolverton, quien ya había hecho de las suyas en la Alicia de Tim Burton. Pero en el último de los casos, el resultado es responsabilidad de los estudios Disney, quienes históricamente han hecho muy clara su tendencia a edulcorar historias que conocimos en nuestra más tierna infancia, brutales en el fondo, en aras de satisfacer a las buenas conciencias y ganar millonadas en el proceso. La pobre Maléfica, la segunda villana más atractiva de la casa, es despojada de su terrible encanto y se convierte al final en una de sus princesas.
Visualizo tres errores fundamentales en una película que, siendo abrumadoramente realista, nunca debió existir. No aporta nada al personaje y, lejos de ello, traiciona su espíritu más elemental de la forma más infame:
1. Lo dije en el pasado: "El mal existe y a veces sólo necesitamos saber eso [...] Los grandes villanos no siempre requieren un origen. Los espacios en blanco y las interrogantes hacen trabajar la imaginación del lector, lo obligan a poner atención a los pequeños detalles que explican la personalidad del personaje. El exceso de datos no siempre se agradece". Ahora Maléfica (Ella Purnell) es una pequeña hada bondadosa,  virtuosa, fuerte y protectora de las criaturas mágicas con las que cohabita en el maravilloso reino de Los Páramos, con unas impresionantes y poderosas alas con las que cruza el firmamento. Sus vecinos, los insidiosos seres humanos, se encuentran en pugna permanente con ellos. Se enamora del joven Stefan (Michael Higgins), un plebeyo noble en apariencia pero increíblemente ambicioso. Al crecer, Maléfica (Jolie) derrota aparatosamente las intenciones invasoras de sus rivales y su moribundo Rey Henry (Kenneth Cranham) ofrece la sucesión de su corona a quien lo vengue. Así Stefan (Sharlto Copley) comete la traición más abominable, lo que da el pretexto perfecto para que nuestra heroína descienda a las tinieblas. Hasta ahí el asunto es tolerable. Insisto que es innecesario, pero es tolerable.
2. Una vez que te vuelves a la oscuridad, no hay marcha atrás. Si logras escapar de sus garras es por una razón poderosa, como sucedió a Darth Vader (David Prowse), luego de una profunda reflexión que duró toda la cinta, al ver en peligro de muerte a su hijo Luke (Mark Hamill) en el desenlace de El regreso del Jedi (Richard Marquand, 1983). La redención nunca se da por razones sensibleras, poco profundas, coronadas por lágrimas sinceras, que cortan de tajo las motivaciones de la malvada. La bella Aurora (Elle Fanning, radiante) siempre sería el recordatorio de la infamia y el mal de los que es capaz el hombre. Jamás podría inspirar la compasión de un personaje como Maléfica. Mucho menos a salvar su vida en más de una ocasión, desde sus primeros días. Si a esas vamos, Maléfica merecía su venganza.
3. Los excesos visuales, porque los avances tecnológicos no siempre se agradecen. Esos paisajes de ensueño y sus criaturas, mostrados hasta el hartazgo, no dejan de recordarme a las imágenes artificiales y coloridas de El Hobbit o a Las Crónicas de Narnia. Las tres hadas buenas Flora, Faura y Primavera (Imelda Staunton, Juno Temple y Lesley Manville), con su pequeño tamaño, rostros digitales y graciosas ocurrencias, tratan de dar momentos hilarantes al relato.  Y si Disney es partidario de los animales parlantes, ¿cuál fue la intención de transformar intermitentemente en humano al cuervo Diaval (Sam Riley)?
El filme se ha ganado con creces el desprecio de la crítica, incluido el mío. Pero en lo que a los estudios importa, su éxito comercial, ya ha recuperado su inversión y promete convertirse en un éxito contundente a nivel mundial. Lo peor de todo es que les impulsará a dar luz verde a una secuela. Y peor aún, a producciones similares donde harán lo mismo a célebres villanos como la Malvada Reina de Blanca Nieves o el Capitán Garfio de Peter Pan. Ya comenzaron de hecho, como lo anticipa ese teaser trailer de Cenicienta. Podemos esperar entonces películas donde la manzana envenenada inducía un estado letárgico a la pálida jovencita para ser tratada en el futuro por alguna enfermedad mortal, o a un pirata maltratado en su infancia que perseguía implacablemente al efebo que se rehusaba a crecer para prevenirlo de la maldad interna de sus Niños Perdidos. Porque según Disney todos los malos tienen, en lo más íntimo, un corazón de oro.

El futuro no es nada promisorio. 

lunes, 17 de junio de 2013

En defensa de Shyamalan

Mucho se ha criticado el cine del director y escritor indio estadounidense Manoj Nelliyattu Shyamalan, quien firma sus obras como M. Night Shyamalan. Esto proviene del gran reconocimiento que le mereció su primer largometraje popular –el tercero en realidad-, Sexto sentido (1999), impecable, minimalista y certero trabajo que propició la comparación inevitable con todas sus cintas posteriores. He escuchado a más de una persona decir que anticipaba el desenlace desde la primera mitad de la película, y si analizamos en perspectiva las señales son más que evidentes, pero el momento en que el Dr. Malcolm Crowe (Bruce Willis) observa a su dormida esposa Anna (Olivia Williams) dejar caer su anillo de bodas y escuchamos de nuevo al pequeño Cole Sear (Haley Joel Osment) hacer un recuento de lo que tuvimos a plena vista y pasó inadvertido ante nuestros ojos, es estremecedor. Sentó un precedente que todos esperábamos ver repetido y superado en su sucesiva filmografía. También definió un estilo: el twist ending, el simbolismo del color rojo, la influencia de clásicos televisivos como La dimensión desconocida y Hitchcock presenta, una cámara estática –mayormente la del cinefotógrafo Tak Fujimoto-, solventes partituras de James Newton Howard, una locación identificable –su tan amada Philadelphia, Pennsylvania- y sus cameos. Tenía un peso enorme en los hombros.
Su siguiente película, El protegido (Unbreakable, 2000), es uno de los mejores estudios sobre la figura del superhéroe que recuerdo. Willis nuevamente ocupaba el papel protagónico, ahora como el frustrado ex jugador fútbol convertido en guardia de seguridad David Dunn, quien junto con su hijo Joseph (Spencer Treat Clark) descubre su verdadero papel en la vida gracias al encuentro con el frágil Elijah Price (Samuel L. Jackson). “Me decían el Sr. Vidrio”. Su edición especial en DVD contiene ilustraciones que el talentoso Alex Ross hizo especialmente para la misma. Una maravilla.
Le siguió Señales (2002), un homenaje a La Guerra de los Mundos y La noche de los muertos vivientes que prescinde de explosiones y la gran parafernalia que supone una invasión extraterrestre para dar paso a un drama familiar y de reencuentro con la fe. La oveja descarriada Graham Hess (Mel Gibson) le pregunta a su atribulado hermano Merrill (Joaquin Phoenix) “¿eres de las personas que cree en milagros, que ve señales, o crees que la gente sólo tiene suerte? ¿Es posible que no existan las coincidencias?”. Pese a que muchos dicen que recurre a lo previsible, la cinta tiene momentos memorables y otros verdaderamente divertidos –los cascos tipo Kisses-. Pude comprobar dos veces cómo la audiencia brincaba de sus asientos –literalmente- al ver por unos instantes al alienígena videogranbado durante una fiesta infantil.
Las cosas comenzaron a desgastarse en La aldea (2005), cinta que no satisfizo mis expectativas pero no me disgustó. Salí del cine con la sensación de haber visto un capítulo televisivo –impecablemente filmado, eso sí- de 108 minutos. Su contundencia se volvió predecible. Después vino La dama del agua (2006), un cuento de hadas que disfruté enormemente –Paul Giamatti y Bryce Dallas Howard son estupendos- pero que tuvo un gravísimo error: de realizar una esperada aparición mínima, Shyamalan se adjudicó un papel importantísimo en la trama, casi mesiánico. Su público comenzó a abandonarlo y, por consiguiente, el entusiasmo de sus productores. Y ni mencionemos las críticas adversas que generó. La cinta costó 70 millones de dólares. Ganó poco más de 72. Fue un desastre que pavimentó su caída. Pareció redimirse con El fin de los tiempos (The happening, 2008), cinta que defino como una versión vegetal de Los pájaros de Hitchcock y que pudo ser más afortunada. Su principal defecto fue su protagonista Mark Wahlberg, quien no logró despertar la empatía que un hombre ordinario enfrentado a la otredad haría. Al menos no le fue tan mal en taquilla. De los 48 millones de dólares que costó, ganó 168. La crítica no la recibió tan bien. Los pocos que la defendieron dijeron que era una B-movie, y eso no es malo. Posteriormente se resignó a dirigir proyectos por encargo. La adaptación de la popular caricatura Avatar: el último Maestro del Aire (2010) –titulada únicamente El último Maestro del Aire, por aquello de evitar se relacionara equivocadamente con la cinta de James Cameron- fue una gran pirotecnia visual que apostaba por atraer a los grandes públicos a los cines. Y eso fue lo triste. Pasó de ser un cineasta autor –parece exagerada la etiqueta, pero o olvidemos que escribía sus guiones y tenía un estilo- que privilegiaba la historia y evitaba sustentar su trabajo en efectos especiales, a uno sometido a los designios de los estudios y que le entró al gran juego. Parece que ocurrirá lo mismo en Después de la Tierra (2013), cuyos espectaculares avances delatan que está diseñada para el lucimiento de Will Smith –y su hijo Jaden-. Hasta ayer no sabía que Shyamalan tuviera algo que ver con ella y la verdad no me atraía en lo más mínimo. Ahora la veré, porque el director es merecedor con creces del beneficio de la duda.

Yo creo que el M. Night Shyamalan que me gusta puede regresar. He sufrido grandes desencantos con Quentin TarantinoJackie Brown y A prueba de muerte-, Tim BurtonAlicia en el País de las Maravillas- y Christopher Nolan –sigo sin reponerme de su tercera Batman-, pero veré con entusiasmo sus siguientes películas. No pretendo compararlos. Como ellos, posee oficio y ha dejado en claro que, como nosotros, es un cinéfilo irredento. Debe volver a lo básico. Seguiré confiado en su potencial. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

¿Podrán renacer las slasher movies?


Mi reencuentro televisivo, accidental, con el remake de Viernes 13 (Marcus Nispel, 2009) confirmó lo que sentí cuando lo vi por vez primera: fue un esfuerzo inútil, insatisfactorio, casi irrespetuoso, por tratar de revivir una redituable franquicia. Sucedió algo similar con la intentona (que si tuvo una secuela) del músico y cineasta Rob Zombie por traer a los nuevos públicos la indispensable Halloween (en 2007). Un poco más afortunada fue la puesta al día de Pesadilla en la calle del infierno, rebautizada apropiadamente como Pesadilla en Elm Street (Samuel Bayer, 2010), y aún a pesar de sus aportaciones (abundar en el pasado pedófilo de Freddy Krueger) y su competente protagonista (Jackie Earle Haley) queda a deber al aficionado de la saga, al que añora tiempos sencillos y sanguinolentos. Pareciera que los aspectos que definieron a las slasher movies han quedado atrás. La ausencia de nuevos especímenes me lleva a preguntarme si es posible que haya un resurgimiento de este subgénero del cine de horror. El más atractivo en tiempos recientes fue Scream, grita antes de morir (Wes Craven, 1996). Lo terrible es que desde su estreno han pasado casi dos décadas. Su aportación consistió en deconstruir sus convenciones: el inteligente guión de Kevin Williamson nos presentaba a Randy Meeks (Jamie Kennedy), un joven como ustedes o yo (aunque ya no lo soy tanto) que adoraba las versiones originales de los títulos que mencioné y enunciaba una serie de reglas para sobrevivir en una historia de este tipo. En ellas definía sus elementos infaltables:
1. Una locación con personalidad propia, sea una entidad (el Estado de Texas), un campamento en el bosque (Crystal Lake) o una comunidad suburbana (Haddonfield, Illinois, Woodsboro, California, o Springwood, California, todas ficticias). Porque el villano, como muchos depredadores, es territorial.
2. Un asesino terrible, preferentemente enmascarado, con un pasado tortuoso que busca venganza y víctimas a cualquier costo, débala o no el desafortunado que se cruce en su camino.
3. Corderos de sacrificio, es decir jovencitos de diferente naturaleza, desde la chica virtuosa y virginal, el estudiante sensato e inteligente, el popular y atractivo atleta, el borrachito impertinente, la voluptuosa y casquivana porrista, el rebelde sin causa o el impopular nerd. Todos jugarán diversos papeles en la intriga. No todos sobrevivirán.
4. Sexo, actividad que el malvado castigará sin piedad. Todos recordamos a las parejitas que se encontraban en pleno fornicio y eran despachadas cruelmente por el homicida en turno. En muchas maneras el slasher era un guardián de las buenas costumbres y un vigilente de la sexualidad irresponsable en la era de Ronald Reagan, el SIDA y las enfermedades infecto contagiosas.
5. Mucha, mucha sangre, que incluso debe salpicar la cámara.

Casualmente todos confluyeron en la muy afortunada La cabaña del terror (The cabin in the woods, Drew Goddard, 2012). Esta es la luz de esperanza que busco. Así que los futuros cineastas tienen un gran reto por delante.

lunes, 4 de marzo de 2013

Unfollow the killer


Un poco de drama: pocas cosas son tan dolorosas como las expectativas no satisfechas. El entusiasmo que tuve –y manifesté aquí- sobre la recién nacida teleserie The Following se evaporó al ver a uno de los “admiradores” del catedrático homicida Joe Carroll (James Purefoy) ataviado con una máscara de látex de Edgar Alan Poe, como una versión barata de tantos memorables psicópatas enmascarados del cine de horror de los ochenta. Si su premisa (un policía caído en desgracia persiguiendo a los devotos de un multi asesino que propagó su nefasto ejemplo por Internet) era prometedora, el resultado se tornó fallido, convencional. Ese recurso funcionó bien en Punto de quiebra (Kathryn Bigelow, 1991), donde el difunto Patrick Swayze encabezaba a una eficiente banda de asalta bancos conocida como Los Expresidentes por su subversiva idea de cubrir sus rostros con máscaras de goma de Lyndon Johnson, Richard Nixon, James Carter y Ronald Reagan (¿ladrón que roba a ladrón?). Y sobre estos transgresores de la ley no me extenderé, aunque hay mucha tela de dónde cortar. Pero que el creador del programa en cuestión, Kevin Williamson, pretendiera usar la efigie de una de las cúspides de la imaginación, del artista que transformó el pensamiento creativo del hombre moderno, para disfrazar el rostro de vulgares imitadores me pareció francamente atroz, inaceptable. Hasta para matar se requiere originalidad. El concepto de un psicópata influenciado por la obra de Poe no era malo. Tampoco nuevo (El cuervo, guía para un asesino, James McTeigue, 2012). Pero todo terminó por desmoronarse, como la Casa Usher. Y el avance de su próximo episodio no ayuda mucho: ahora el trastornado en turno disfrazado como Poe rocía con gasolina a una persona y le prende fuego, como ocurrió en Dexter y sucede en la horrible realidad. La fascinación Carroll por Poe –que nunca debió ser el eje de la trama- se convirtió en un burdo pretexto, en algo con un tufo mercantilista que busca aprovecharse de la buena fama del escritor estadounidense. Es una lástima, en verdad. No me queda más que pulsar el botón virtual de “unfollow”.  

viernes, 26 de octubre de 2012

Elemental, mi querido Holmes


Siempre he defendido el derecho de las nuevas generaciones de reinventar a sus clásicos. Eso prolonga la vida de un personaje y le da nuevos bríos, manteniéndolo vigente en una época distinta a la de su creación. Pero creo que esa revisión debe ser respetuosa a la fuente original, aportar guiños inteligentes que pueda reconocer el lector riguroso –que seduzcan al nuevo espectador- y, sobre todo, significar una aportación novedosa, atractiva, que contribuya a acrecentar el mito que la propició. Así sucedió con Sherlock, teleserie de la BBC de la que ya he hablado ampliamente. Como su título advierte, es una puesta al día de las aventuras de Sherlock Holmes, la popular creación del escocés Arthur Conan Doyle. Son incontables los méritos que debo aplaudirle, comenzando por la exhaustiva investigación literaria detrás de los brillantes guiones de Steven Moffat, Mark Gatiss y Steve Thompson, los cuales han representado un gran éxito entre la crítica especializada y los aficionados. Como Holmes es ya parte del dominio público, es inevitable que otros quieran lucrar con su rentabilidad.
La serie Elementary, creada por Rob Doherty para la cadena estadounidense CBS, es un ejemplo de lo anterior (toma su título de la frase que el cine ha atribuido al héroe, “Elemental, mi querido Watson”). Ahora Holmes (Johnny Lee Miller) es un adicto en recuperación, lleno de tatuajes, antiguo consultor de Scotland Yard, que vive en Nueva York y brinda asesoría al Departamento de Policía local. Su padre paga los servicios de la Dra. Joan Watson (Lucy Liu, egresada de Los Ángeles de Charly), una cirujana que no ejerce su carrera por un evento traumático, para que lo acompañe en su tratamiento. De paso, resuelven un crimen (y así seguirán, por lo menos en siete capítulos venideros). La idea “innovadora” de que Watson sea una mujer ya había sido empleada antes. En la serie ochentena El regreso de Sherlock Holmes, Margaret Colin interpretó a Jane Watson, descendiente del galeno que despierta de un sueño criogénico al héroe. Pero eso no es lo criticable de Elementary. Su peor pecado es ser irrespetuosa e inconsistente con la esencia de su personaje principal. Sherlock Holmes nunca diría “odio tener razón”. La razón es su triunfo cotidiano, la columna vertebral de su existencia. Sherlock Holmes nunca “pierde el control”, y si lo hiciera, nunca lo admitiría.  La pobreza del guión de Doherty es sólo comparable a la falta de carisma de sus protagonistas y a las situaciones que empatan el programa con tantos dramas de misterio de la televisión de nuestros días. “No le den tantas vueltas: es The Mentalist en rehab”, me dijo mi querido Jorge Ornelas.
Pese al entusiasmo que su distribuidora en Latino América ha puesto al producto, le auguro una corta vida. Al menos agradezco que Lucy Liu, aprovechando sus dotes artemarcialistas, no hubiera arremetido a golpes contra los malos. Quizá eso sea para el segundo episodio.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Cría cuervos...


No esperaba ver un documental de Discovery channel, ni un especial de Biography. Sabía perfectamente que asistía a una película que partía de hechos y personajes de la vida real y los entremezclaba con elementos de ficción. Hace unas semanas hablé sobre esta posibilidad como un recurso legítimo en las bellas artes. Pero creo que aprovecharse de la Historia exige que el juego de la imaginación pueda acoplarse de manera convincente a eventos que son casi del conocimiento popular. Eso es indispensable al tratarse de figuras como Edgar Allan Poe.
Salí con sentimientos encontrados de la sala de cine luego de ver El cuervo, guía para un asesino (James McTeigue, 2012). El guión de Ben Livingston y Hannah Shakespeare hace un recuento de los últimos días de vida del poeta maldito y, como si no bastara la tragedia en que se veía inmerso, cruza su camino con un asesino. Un asesino en serie, como dicen los periódicos en la cinta, aunque en esa época no se acuñara el término. Así Poe (John Cusack) es reclutado por el letrado Inspector Emmet Fields (Luke Evans) para detener a un imitador que acaba con sus víctimas según lo planteado por el artista en sus cuentos.
La premisa en sí no parece mala. Logró atraerme en primer momento. Del  resultado no estoy tan seguro. Encontré como primera barrera al protagonista, quien no captura la esencia melancólica y fatal de Poe y usa, además de todo, una “barba de candado” al más puro estilo de la de Robert Downey, Jr., en Ironman (y secuela) y Los Vengadores. Muchos podrían acusarme de purista o exagerado, pero creo que en proyectos semejantes el respeto por los pequeños detalles otorga credibilidad. En las escasas fotografías que se conocen de él, nunca utilizó un aspecto semejante.
Concedo que la fotografía de Danny Ruhlmann y el diseño de arte de Roger Ford son competentes. También la recreación de los crímenes de Poe que van de los cometidos en Los asesinatos de la Calle Morgue, El entierro prematuro, El Misterio de Marie Roget, La máscara de la Muerte Roja. Sin embargo el demente que roba su nombre artístico de su poema más memorable, El cuervo, y su historia romántica (porque Poe si iba a casarse antes de su misteriosas muerte) hicieron que la cinta no me cautivara como deseaba. Acaso lo mejor es que el libreto trata de darle sentido a la exigencia final del héroe (que trajeran ante sí a Reynolds) y que Griswold (en clara alusión a Rufus Griswold, detractor y parásito del Maestro) haya encontrado un fin terrible según lo imaginó en El pozo y el péndulo. Debió dolerle. Y me alegro.

viernes, 27 de abril de 2012

La peor de mis bodas


Es cierto que [REC] (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007) no aportaba nada nuevo al género. Su premisa –el videoreportaje de un suceso aterrador- fue ya explotada previamente, pero era increíblemente eficaz y fue capaz de crear en mi mente verdaderos momentos de horror. El encuentro con la otredad de la entrevistadora Ángela Vidal (Manuela Velasco), su camarógrafo Pablo, una dotación de bomberos, un par de policías y el varopinto grupo de inquilinos de un viejo edificio de Barcelona se convirtió en un objeto de culto instantáneo. La cinta, como dijo Rafael Aviña, generó “no sólo un remake estadounidense (Cuarentena, 2008), sino una insólita continuación que arranca minutos después del desenlace de la película original, y cuya oferta argumental aporta un nuevo giro a la trama primigenia”. Y aunque la [REC]2 (2009) no fue de mi entero agrado –pues no se ajustaba a mis expectativas- debo concederle estupendos momentos. Sobre todo respetar su estilo –la videograbación- de una manera lógica y aceptable, ahora por el grupo especial de la policía que ingresó en el lugar y un trío de jovencitos imprudentes. Sobre ella sigue Aviña: “A pesar de algunos momentos en verdad espeluznantes, en el que caben niños, coplas españolas, sacerdotes y pasadizos, [REC] 2 se distrae con escenas shock, algunos sustos muy burdos, ciertos problemas para unir sus subtramas y otorgarle credibilidad al tema demoniaco. A todo ello se suma un humor involuntario que se desprende del maquillaje, y, sobre todo, de los modismos locales. “Tíos”, “gilipollas”, “coño”, “puñeteros”, “hostias”... y más”. Fue, sin duda alguna, una continuación innecesaria, decepcionante si la comparamos con su fuente de procedencia.
Ayer, a pesar de mis instintos, me aventuré a ver [REC]3 (Paco Plaza, 2012), alentado por algunas recomendaciones y por curiosidad –de ella murió el gato-. No sólo salí indignado del cine por los anuncios previos de un parasitario partido político, o por ver accidentalmente –por pruebas del proyeccionista- el desenlace de Los Vengadores (Joss Wedddon, 2012), sino por la película misma. El guión de Paco Plaza y Luis Berdejo muestra una propuesta agotada, previsible, que se debate entre la auto parodia, el slapstick, excesos que se le dan mejor a Sam Raimi y su saga del Despertar del diablo (Evil dead, 1981) o a Peter Jackson en Tu mamá se comió a mi perro (Dead alive, 1992), personajes que pretendían ser hilarantes (como el padrino mujeriego, esa abuelita santurrona o John Esponja) y la intención de dar unidad a la franquicia a través de las fugaces apariciones de la terrible niña Medeiros. Lo que definía a las cintas -la cámara en mano, por eso el REC del título- es desechado a la mitad del metraje y sustituido por tomas y ángulos convencionales, con lo que se traiciona la intención original. Los “homenajes”, del Resplandor de Kubrick al Kill Bill de Tarantino, o a  las ya mencionadas, son irrisorios. Inesperada, cierto. Terrible, sin duda. Lo que hubiera rematado el número serían zombis bailando la tradicional víbora de la mar o el payaso del rodeo, desfiguros acostumbrados en las bodas mexicanas. 

lunes, 9 de abril de 2012

Otros resucitados

Terminó otra Semana Santa y es hora de volver al trajín cotidiano. Hablemos pues de otro tipo de revinientes. Hace un par de semanas terminó la segunda temporada (dividida en dos partes) de The walking dead, serial del que he escrito mucho en este espacio. Era un entusiasta del programa, incluso lo defendí ante la crítica voraz de los devotos de su fuente de procedencia, pero debo confesar no me encantó como esperaba. Esa no es una sensación agradable. Lo mismo me ocurrió después de la primera temporada de Héroes (2006-2010), la popular historia de Tim Kring. Comprendo en parte su destino: no debe ser fácil sustentar un relato de largo aliento con un gran nivel argumental. Posteriormente podemos sumar las presiones provenientes del éxito y las altas expectativas que crea en sus seguidores (como me ocurrió), por no decir de la crítica y sus productores, ávidos de exprimir su potencial económico. A diferencia de grandes amigos y estudiosos del tema, que mantuvieron su fe en la galardonada serie, detecté las que creo son fallas terribles:

1. La historia se estancó, no sólo en su escenario (una granja de Georgia) sino en las emociones de sus personajes. Frank Darabont, su artífice televisivo, apostó por colocar a personas ordinarias ante una situación extraordinaria para emanar el conflicto que todo melodrama requiere. Ese era el encanto del programa, pero terminó por dominarlo. Estaba claro que los zombis no eran los protagonistas, sino los seres humanos (con sus virtudes y defectos), pero sus situaciones llegaron a rayar en lo telenovelesco, con el embarazo de Lori (¿quién en su sano juicio se atrevería a procrear en ese mundo con tan pocas esperanzas?) y el dilema sobre la paternidad del producto. El resorte de la temporada, el extravío de la pequeña Sophia (Madison Lintz) y la herida de bala de Carl (Chandler Riggs) se prolongaron más tiempo del necesario y no tuvieron consecuencias en la trama, salvo brindar al grupo un pretexto para detenerse y gozar de un poco de la paz y seguridad que los acontecimientos les arrebataron.
2. ¿Qué sucedió con los sentimientos de frustración de Glenn (Steven Yeun) por ser considerado desechable? ¿O la sensación de T-Dog (IronE Singleton) al considerarse un cero a la izquierda en el grupo? ¿O con la rabia reprimida de Daryl (Norman Reedus) contra las personas que provocaron que su hermano Merle (Michael Rooker) se mutilara y le dispararon (por error) cuando se arriesgó por tratar de encontrar a Sophia? ¿O la devastación de Carol (Melissa McBride) al perder a su hija? ¿O los conflictos religiosos/morales de Hershell (Scott Wilson) por la masacre de los inquilinos de su “granero prohibido? ¿O los otros sobrevivientes cuyos miembros fueron asesinados (en defensa propia, eso sí) por nuestros héroes? Muchos pueden argumentar que todos decidieron seguir adelante, y eso sería lo que dictan el instinto de supervivencia y el sentido común, pero lidiar con esa carga no debe ser fácil.
3. Toda ficción exige que el espectador suspenda su juicio racional para que la historia surta efecto. Más en el caso de una serie de horror (una de zombis, concretamente). Por momentos las acciones de sus personajes rayaron en el absurdo. ¿Ustedes se irían a tomar un trago, por el instinto básico de supervivencia al que ya me referí, a una cantina desierta en medio del apocalipsis zombi? ¿A salvar a un extraño que acaba de tratar de matarlos para llevarlo a su refugio, poniendo en riesgo a sus seres amados? ¿A reprochar a su esposo asesinar en legítima defensa a alguien, por más que en el pasado le hubiera ayudado (o hubieran tenido una relación sentimental/física? Esa reacción de Lori (Sarah Wayne Callies) y el pequeño Carl me pareció insoportable y me recordó cuando Bart Simpson/David mató a Nelson/Goliath.
4. Sinceramente no recordaba al tal Jimmy (me dijeron que era hijo de Hershell), que murió en la casa rodante a causa del ataque de zombis.
5. La fatal revelación del final de la primera temporada, esa que susurró el derrotado científico del Centro de Control de Enfermedades a Rick pudo tener más trascendencia en la historia, dar a los sobrevivientes motivos para seguir o perderse en el inevitable destino. Al final –sólo al final- tuvo sentido.
Pero para ser justo debo reconocerle líneas afortunadas. Hersell, buen católico, dice decepcionado “esperaba la resurrección de los muertos, pero no creía que sería de este modo”. O la final de Rick, “ésta ya no es una democracia”, resolución tardía pues la colectividad lo colocó en una posición dificilísima –la del líder del clan- que era cuestionada a cada paso.
Esta serie provocó una diferencia de diagnósticos con mi distinguido y apreciado colega Antonio Camarillo. Ese es uno de los aspectos que adoro del género, que genere las más variadas interpretaciones. Por el momento termino con la esperanza de que The walking dead pueda volver a deslumbrarme, porque ya se ha anunciado una tercera temporada.

viernes, 30 de marzo de 2012

Grandes decepciones

En el verano de 2007 asistí entusiasmado al estreno de El hombre araña 3, la nueva película de Sam Raimi en la que había depositado mis más altas expectativas. Ello porque su cinta previa (El hombre araña 2, 2004) es maravillosa. No sólo cuenta con un inteligente guión de Alvin Sargent –a partir de una historia de Alfred Gough, Miles Millar y Michael Chabon- pleno de momentos trepidantes y emotivos (el héroe  reconocido tras arriesgar su vida para salvar a los inocentes en el metro), un villano eficiente –Alfred Molina como el Dr. Pulpo-, reflexiones muy afortunadas  (“todo el mundo ama a los héroes”, “no moriré como un monstruo”) y un desenlace prometedor (“ve por ellos, Tigre”). Pero todo se disipó desde los primeros momentos la tercera entrega. Y la culpa es de la historia, el cimiento de toda película. Siempre he creído que buenas actuaciones –porque Thomas Haden Church como El hombre de arena fue una gran elección-, una buena puesta en escena y efectos especiales deslumbrantes no compensan a un guión débil, lleno de defectos y momentos absurdos. El libreto de los hermanos Raimi (Ivan y Sam) y Alvin Sargent asesinó a la gallina de los huevos de oro, pues fue responsable de que Columbia pictures decidiera reiniciar la franquicia, como lo veremos en unos meses. En mi experiencia reciente, a los únicos hermanos que les ha funcionado escribir a cuatro manos es a los Nolan (Christopher y Jonathan). Precisamente estos últimos tendrán la responsabilidad de romper el fatal destino de las terceras partes de los filmes de superhéroes en El caballero oscuro asciende, el verano de este 2012. Porque Superman 3 (Richard Lester, 1983) y Batman eternamente (Joel Schumacher, 1995)  son pésimas, y Hombres X 3, la batalla final (Brett Rattner, 2006) me dejó mucho a deber. Pero regresando a la tercera aventura del arácnido, la programan frecuentemente en la televisión de paga y el otro día decidí darle otra oportunidad. Por eso escribo estas líneas. Acabé nuevamente decepcionado y confirmé plenamente mi sentir. No obstante tiene muchos momentos dignos de reconocerle, más allá de su premisa (“disculpe usted, han pasado varios años, pero quien creíamos que asesinó a su tío no lo mató en realidad”), la escena del omellete entre Harry (James Franco) y Mary Jane (Kirsten Dunst), la inclusión forzada de Gwen Stacy (Bryce Dallas Howard) y su papá (James Cromwell), el fleco de Peter Parker (Tobey McGuire) para resaltar que es malo, el bailecito para provocar celos, el combate en relevos entre los técnicos (el Araña y el Duende Jr.) y los rudos (Venom y el Arenero) y su cobertura mediática en vivo,  o el antagonista transportado por el viento al ser aliviado por el perdón, todos insoportables. Entre esos aspectos positivos están:
1. Tras su transformación en el malvado Hombre de arena, Flint Marko recupera su forma humana al principio trabajosamente, luego con resolución gracias al poderoso recuerdo de su hija. La escena es bella, con una cámara que se desplaza desde lo más íntimo de su nueva forma, apoyada de la partitura de Deborah Lurie.
2. Entre 1982 y 1988, tras los eventos –en los cómics- denominados Guerras secretas, el héroe comenzó a vestir un disfraz negro. En su momento pensé que se trataba de una estrategia mercadológica para renovar su imagen, pero sus guionistas tenían motivos poderosos detrás: el traje era en realidad un ente alienígeno que poco a poco se apoderaba de la voluntad de su portador y lo arrastraba, como al adicto, a la oscuridad. Con ayuda de Los 4 fantásticos, el héroe se libraba de su victimario. En la cinta de Raimi no requirió del auxilio de sus colegas, pues descubrió que las vibraciones del tañer de la campana de una iglesia surtía el efecto deseado. Pero lo importante: las secuencias en que Peter lucha por librarse del disfraz son estupendas, todas cortesía de los gráficos computarizados.
3. Topher Grace como el malvado Eddie Brock, Jr./Venom no fue una mala elección, pese a que su complexión estaba muy alejada de su musculoso par de las historietas. El villano aquí es el opuesto de Peter Parker, incluso se le parece físicamente. Es el Araña desde el otro lado del espejo. Lo único malo fueron sus colmillos, tal vez incluidos para denotar que era muy malo.
Pese a todo, no puedo reprimir una pregunta: ¿cómo pudo, Mr. Raimi?

jueves, 22 de julio de 2010

Los remakes y la vejez

Cada generación tiene el derecho de reinventar a sus clásicos. Esta es a la vez su obligación, y nos ha entregado maravillosas e incontables reelaboraciones de obras clásicas de William Shakespeare, Joseph Conrad, Henry James o Arthur Conan Doyle. Desafortunadamente, en nuestra época el remake, –en el anglicismo original- se ha erigido como un signo de desgaste para los creativos, una falta de valor para experimentar con nuevas historias, “apostar por el caballo ganador”. También es señal inequívoca de nuestra propia vejez. Uno se vuelve conciente de su edad cuando comienzan a hacerse remakes de las películas que disfrutamos cuando niños. Acaba de estrenarse una nueva versión de Pesadilla en la calle Elm (aunque en el corazón de todos los aficionados siempre será Pesadilla en la calle del infierno), la cual conocí en su forma original en 1984 cuando tenía 11 tiernos años.

Este es el inicio de mi primera colaboración para la revista Eje central, donde elaboro una clasificación de los remakes cinematográficos. Pueden conseguir la publicación en su Samborns favorito. Comparto este avance con ustedes luego de ver, por culpa mis compañeros de trabajo, la reelaboración de un clásico de los años ochenta, El Karate Kid. Al terminar sólo pude pensar dos cosas: Jackie Chan no es Pat Morita y éste último debe estar revolcándose en su tumba.
El tema de los remakes y el debate sobre su validez será motivo de otra entrada de este blog.

jueves, 15 de julio de 2010

No es lo mismo películas de desastre que películas desastrosas

El otro día la televisión me recordó que hay ocasiones en que, deslumbrado por la fascinación por un material que cimentó sus obsesiones, un artista puede perder el rumbo al reinterpretar dicho trabajo (hagamos a un lado las terribles reinvenciones de clásicos de nuestro compatriota Carlos Enrique Taboada). Esto lo demuestra King Kong (2005). En ella el neozelandés Peter Jackson, a partir de un guión que coescribió con Fran Walsh y Phillipa Boyens, homenajeó a uno de los monstruos indispensables de la cinematografía y su infancia (Merian C. Cooper, 1933). Antes de continuar debo decir que King Kong no es una mala película y que la disfruté. Pero sí es un ejemplo de excesos visuales y metraje. Sin la larga secuencia donde el navío sortea los arrecifes, el enorme e interminable desfile de insectos gigantes o ese momento apacible en el nevado Central Park neoyorkino, que parece arrancado de un comercial de Coca cola, la cinta sería muy remake muy respetable. Bello es el momento en que se rompe la cámara de Jack Black: simboliza el fin de la obra de arte y el inicio del espectáculo. Sus aficionados agradecemos ese guiño en la bodega del barco: el extraño mono rata de Sumatra en una jaula (como lo vimos en Dead alive, 1992). Lo que le pasó a Jackson, quien demostró solvencia en sus previas aportaciones hollywoodenses, es que lo cegó su amor por el gorila gigante y violó una máxima que se aplica en casi todos los terrenos: menos es más. Algo similar le sucedió al talentoso director estadounidense Bryan Singer. A él debemos un par de cintas que redefinieron la manera de llevar a populares superhéroes a la pantalla grande. Sus mutantes –en Hombres X (2000) y secuela (2003)- adquirieron el sentido de otredad, rechazo y enfrentamiento de ideales que sus creadores Stan Lee y Jack Kirby les otorgaron en la estridente década de los sesenta. Sin estas obras no podríamos comprender joyas como El Hombre Araña 2 (Raimi, 2004) o Batman, el Caballero de la Noche (Nolan, 2008). Singer, en los cuernos de la luna por ser el parteaguas de la nueva época de un popular y redituable subgénero del cine fantástico, parecía ser la elección ideal para regresar a la vida al padre de los superhéroes, Supermán, personaje que amó desde su infancia. Grave error. Confieso que no soy aficionado a las aventuras del último hijo de Kripton pero Supermán regresa (2006), lejos de ser una aportación valiosa a la figura de un personaje icónico, la hace retroceder. Es una suerte de continuación de la serie que iniciara Richard Donner en 1978 y un homenaje al desaparecido Christopher Reeve, para muchos el mejor intérprete del heroico extraterrestre. El guión de Michael Dougherty y Dan Harris, a partir de una historia del mismo Singer, retoma lo sucedido tras la última aventura fílmica del héroe. Recordemos la trama, aunque asumo que todos la vieron: Supermán abandonó la Tierra en busca de vestigios de su extinto planeta nativo, para regresar años después y encontrarse con un mundo que ha perdido su fe en él, un viejo enemigo y un antiguo amor que le depara la máxima sorpresa: antes de partir la embarazó y ahora ¡es padre! Eso del superhijo fue un enorme e imperdonable error. El héroe representa por naturaleza al otro, al exiliado. Su cruzada le niega los beneficios y afectos del hombre común. Es el sacrificio que hace por el bienestar de los demás; por eso es un héroe y ese es su encanto. Cuando Peter ParkerSpiderman para los cuates- abrazó la paternidad en los cómics, los resultados fueron desastrosos. Es cierto, Supermán regresa lucra con la nostalgia. La secuencia de créditos inicial es idéntica a la de las películas originales, con todo y el tema musical de John Williams –siempre me recordó a un trabajo previo suyo, el tema de la Guerra de las Galaxias-, y resucita digitalmente a Marlon Brando, el Jor-El del filme de 1978. Tiene también deslumbrantes efectos especiales –la parte donde el encapotado evita una tragedia aérea es sobresaliente, pese a las lesiones cervicales que debió sufrir la damisela en desgracia- y un actor más que competente como villano –Kevin Spacey es Lex Luthor-, pero el producto final no convence. Es decepcionante y agotador. Demuestra que la pirotecnia visual no es suficiente para sustentar una película. Hay que tener una buena historia. Regresemos al plano actoral. Spacey, quien trabajó con Singer en 1995 en Los sospechosos comunes- está completamente desaprovechado y su interpretación –seguramente por órdenes del director- es caricaturesca, muy similar a la de Gene Hackman en las películas previas; su único momento de auténtica malevolencia es cuando confronta al héroe y le clava en el costado ese estoque de kriptonita, muy semejante a la lanza de Jesucristo en la crucifixión. Porque Supermán es una figura mesiánica, pero esa es otra historia. Parte del fracaso es la falta de carisma del desconocido Brandon Routh como el Hombre de Acero. La química amorosa que muestra con la un poco más conocida Kate Bosworth –quien encarna a Louis Lane- es prácticamente nula. En lo que cuenta para los estudios –el beneficio económico- Supermán regresa fue una decepción. Recuperó su exorbitante costo de 350 millones de dólares y ganó escasos 150 (millones) alrededor del mundo, una suma insignificante para una cinta de tan altas expectativas. En fin. La Warner Brothers, detentora de los derechos del héroe y productora de la cinta, ha declarado su intención de reparar el desaguisado en una nueva aventura. Sólo nos resta esperar. Finalizo con una observación que sobre esta película hizo mi amada Ana Luisa: al único superhéroe que le ha funcionado la paternidad es al Capitán Cavernícola.

lunes, 28 de junio de 2010

Una reflexión inevitable sobre el juego del hombre o para todos aquellos que desprecian la intensidad del fútbol

En una sociedad globalizada, abarcada en su totalidad por los medios de comunicación, es imposible abstraerse de la justa que se celebra en Sudáfrica. Los partidos se exhiben, incluso, en importantes complejos cinematográficos. El llamado “juego del hombre” despierta tantas pasiones como las manifestaciones artísticas. No soy admirador de este deporte. Lo fui, confieso. Crecí en estadios y conocí a las más afamadas figuras de la época –mi tío, Arturo Vázquez Ayala, fue seleccionado nacional, participó en varios mundiales y jugó en importantes equipos del país- pero mis aficiones se desviaron por otros caminos. ¿Por qué escribir sobre fútbol en un espacio dedicado al horror y la fantasía? No porque sea el tema del momento, sino porque descubrí que es un antídoto que inocula a las personas del horror cotidiano, sea la agobiante crisis económica o las decapitaciones tan espantosamente frecuentes de la nota roja diaria. Es una forma de evasión, como lo fueron las historietas durante la Segunda Guerra Mundial. La buena fortuna de muchos futbolistas, como bien me dijo una querida amiga, representa el “mexican dream”. Todos conocemos el caso de un talentoso jugador que nació en uno de los barrios más pauperizados de la ciudad y alcanzó la celebridad internacional y la riqueza. “No podemos vivir agobiados por la adversidad”, me dijo uno de mis compañeros en la Procuraduría de Justicia. El fútbol es, para muchos, un oasis en medio de la tragedia nacional. Lo malo es cuando distrae a la mente de esos horrores que pretende exorcizar, como el drama de los padres de los niños muertos en la guardería ABC o el derrame petrolero en el Golfo de México, o cuando la gente tacha de “traidores” y “apátridas” a quienes no apoyamos religiosamente a la selección nacional. El fútbol me indigna cuando el primer mandatario del país lo privilegia por encima de otros asuntos de mayor trascendencia: prefirió despedir a la selección que recibir a los padres de los niños muertos en la ya mencionada guardería ABC. Como la cultura, el horror y la fantasía no son artículos de canasta básica para este gobierno. El fútbol sí, además de ser un negocio multimillonario. El entusiasmo de muchos aficionados me recuerda también que somos una sociedad sin memoria: el inminente regreso a la presidencia del partido político que estuvo en el poder por 75 años –¿desaparecieron realmente sus viejos hábitos?- es similar a las continuas derrotas del equipo que representa a nuestro país. Pese a todo, la esperanza mantiene en pie a muchos. Sin nuestra confianza y capacidad de creer, todo estaría perdido. Ojala aplicáramos esta filosofía a todos los aspectos de nuestra vida. Hablé del fútbol y el horror. Que la selección mexicana podía haber ganado el mundial, es territorio de la fantasía.