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jueves, 9 de enero de 2014
Una carta del Sorprendente Hombre Araña a Nicolás Maduro.
Tal como la encontró Ana Luisa Campos en relación a lo dicho por el mandatario Venezolano. "Ese muchacho que a los 14 años carga una pistola de 9 milímetros tiene en el cerebro miles de horas de transmisión de series donde matan gente. En estos días nos pusimos a ver el Hombre Araña 3. Eso es candela, desde que empieza hasta que termina es muertos y más muertos. Y es una de las series que más les gusta a los niños chiquito".
lunes, 30 de diciembre de 2013
En busca del niño infernal, parte 2
Esta es la pieza del rompecabezas que me
faltaba. Lo mejor es que la encontré antes de que termine 2013. Desde su
estreno en 2004, y sin haber comprobado su éxito en taquilla, Guillermo del Toro habló abiertamente
de una secuela de Hellboy, el personaje de cómic credo por Mike Mignola Desafortunadamente, la desaparición de Revolution studios, su casa productora,
dejó el proyecto en la orfandad, a la espera de quien le diera apoyo. Por
fortuna, éste vino del mejor lugar posible: Estudios Universal “la casa de los grandes monstruos”. El resultado fue una cinta visualmente
exquisita, donde el tapatío se mueve cómodamente en un universo que conoce muy
bien.
Aunque volvió a trabajar hombro con
hombro con Mignola, Hellboy II, el Ejército Dorado (2008) no es la adaptación
directa de una de sus historietas o una continuación lineal de la primera aventura.
Es más bien un relato inscrito en los mundos de la fantasía que “El Gordo”
exploró estupendamente en El Laberinto del Fauno (2006). Más
que amenazas nazis o seres lovecraftianos –que esa no es la única línea
argumental de las correrías del demonio-, observamos una historia original con
mayor apego al folclor de las islas británicas o del centro de Europa. Desde su
deslumbrante prólogo, presentado como una animación en stop motion y narrado
durante su infancia –como una cuento para ir a dormir- al héroe (Montse Ribé) por su padre adoptivo Trevor
Bruttenholm (John Hurt) en
una base militar estadounidense la navidad de 1955, conocemos que en tiempos
antiguos la humanidad convivió en armonía con los seres mágicos, cosa que
fracturó la codicia del hombre. Fue así como el Rey Balor, aconsejado por su belicoso hijo el Príncipe Nuada, ordenó la
construcción de un Ejército Dorado, una portentosa e imparable armada mecánica con
la que puso fin al conflicto (a su favor). Atormentado al ver la masacre que
había cometido, Balor y los hombres
restauraron la paz, acordando que los primeros vivirían secreta y pacíficamente
en los bosques y los segundos en las ciudades. El soberano también dividió la
corona que controlaba a sus tropas en tres partes, ocultándolas para que no
volvieran a dañar a nadie. Nuada,
desilusionado, se autoexilió.
En nuestra época, en la que el hombre prácticamente
llevó a los bosques a su exterminio –y por consiguiente a las criaturas
mágicas-, el hijo beligerante (Luke Goss)
regresa para ajustar cuentas con sus adversarios, aún contra los deseos de su disminuido
padre (Roy Dotrice) y su bondadosa
hermana gemela Nuala (Anna Walton).
Naturalmente, el Buró para la Investigación y Defensa de lo Sobrenatural (BPRD,
por sus siglas en inglés) y su agente estrella Hellboy (Ron Perlman) se convierten en la última
línea de defensa de nuestro mundo. Todos sus integrantes regresan, desde la
piroquinética Liz Sherman (Selma Blair),
el psíquico anfibio Abe Sapien (Doug Jones,
ahora con su propia voz) a su quejumbroso jefe Tom Manning (Jeffrey Tambor). Incluso se adhieren
nuevos elementos, como el psíquico fantasmal Johann Kraus (los actores
John Alexander y James Dodd, con la voz de Seth MacFarlane) y un extraordinario
bestiario digno de la imaginación de Lewis
Carroll o de cintas memorables como El cristal encantado (The
Dark Cristal, Jim Henson,
1982) o Leyenda (Ridley Scott,
1985): las mortíferas hadas de los dientes, el monstruoso Mr.
Wink, la bestial devoradora de gatos Fragglewump, el mercader Cabeza
de Catedral, ese paseante de dos cabezas (“soy un tumor”), el duende
sin piernas Bethmoora y el terrible Ángel de la Muerte, sombrío personaje que no deja de
recordarme al Hombre Delgado de El
Laberinto del Fauno. La secuencia del Mercado Troll, lugar oscuro y
maravilloso ubicado bajo el neoyorquino Puente
de Brooklyn, no pide nada a esa cantina en el Puerto Espacial de Mos
Eisley, tal como nos la presentó George
Lucas en 1977, o al Callejón Diagon de la serie
literaria (llevada al cine) de J. K.
Rowing.
Hellboy
lidia además con las responsabilidades del niño que no está preparado para la vida
adulta, del hombre que ha decidido vivir en pareja. “Daría mi vida por ella,
pero quiere que lave los trastes”. Los conflictos con su explosiva pareja Liz no se hacen esperar. Y a decir
verdad, me pongo del lado de ella. Que tu cepillo de dientes esté en una lata
de alimento de gatos debe molestarte un poco. Por ello vienen grandes momentos
de desamor, como la borrachera con un paquete de cervezas Tecate en la que él y
Abe –también atormentado por el Amor- cantan, desde el fondo de sus ebrios
corazones, Can´t smile whitout you de Barry Manilow.
Las escenas de acción son trepidantes, con
un combate épico entre nuestros defensores y la impresionante Armada mecánica.
Le sigue un enfrentamiento entre los antagonistas, con un desenlace heroico y romántico. Y la verdad es que Nuada no es un villano. Es la voz llevada al extremo de todos los
que defendemos los mundos de la imaginación. Al final nuestro héroe demoníaco,
y sus extraños aliados, eligen –como los Fenómenos de Tod Browning, ser congruentes con su esencia, mientras Liz le hace ver su paternal equivocación.
Y volvemos a escuchar a Barry Manilow.
La película volvió a ser fotografiada
por su leal Humberto Navarro, y Marco Beltrami cedió su lugar en la
música al siempre eficaz Danny Elfman. Y por supuesto, volvemos a ver a Santiago Segura. Hellboy II duplicó su inversión. En
el esquema comercial, eso la hace viable para una continuación. Su principal
competidora, Batman, el Caballero de la Noche de Christopher Nolan. Del Toro, Mignola y Perlman han hablado separada
e intermitentemente de la posibilidad de una tercera entrega –el tapatío la ve
como una trilogía-, la cual espero se realice muy pronto –Perlman tiene 63
años-. Y creo que así piensan sus devotos, que somos casi todos. La tarde del
sábado –cuando comencé a escribir estas líneas-, subí a las redes sociales una
fotografía de Perlman y Del Toro en uno de los sets de la segunda parte –sin
indicarlo- y más de dos se emocionaron sobremanera al pensar que se trataba de la
esperada cinta. Mis temores son grandes, pues –en mi memoria y experiencia-
casi nunca las terceras partes de cintas de superhéroes son afortunadas. Pero
Del Toro tiene todos los elementos para demostrar que me equivoco. Así que sólo
podemos esperar. Lo haré con los dedos cruzados.
viernes, 20 de diciembre de 2013
Miren. Allá, arriba. En el cielo.
Esta es una de las cosas buenas que
trajo la navidad de 1978. Son varios los ingredientes que hacen memorable al
segundo largometraje de Richard Donner,
una adaptación de las aventuras de Supermán: una majestuosa e
imperecedera partitura del laureado John
Williams, un muy competente guión de Mario
Puzo que abrió las puertas a una secuela desde su estupendo prólogo y grandes
actuaciones, desde el desconocido en esos días Christopher
Reeve como el protagonista, la un poco más conocida Margot Kidder como la intrépida reportera Louise Lane, leyendas
como Jackie Cooper –como Perry
White, editor del diario El Planeta- y Glenn Ford –como Jonathan Kent, el padre adoptivo del
héroe- hasta grandes actores del momento, como Gene Hackman –el malvado villano Lex Luthor-, Terrence Stamp
–a quien sólo vemos brevemente como el también malvado General Zod, enemigo de
la continuación- y, sobre todos, la breve presencia de Marlon Brando como Jor-El, progenitor del último hijo
del planeta Kripton. Todo en conjunto es insuperable y rinde el mejor
homenaje al espíritu que los creadores del personaje, Joel Shuster y Jerry Siegel,
le dieron en abril de 1938, hace 75 años.
No abundaré en este momento sobre la
importancia que Supermán tuvo en el
posicionamiento de una poderosa industria –una verdadera fábrica de mitos- ni
estudiaré filosófica o culturalmente al personaje, simplemente reconoceré todos
sus méritos. En este caso concreto -la película de Donner-, aseguró el
romance de Hollywood con las historias de superhéroes.
Recupera el candor de una época muy bien retratada ya en la popular serie
televisiva estelarizada en los años cincuenta por George Reeves. El libreto de Puzo no prescinde de momentos que
todos vinculamos al personaje, desde su gran sentido del humor, que se detenga
a rescatar a un gatito de un árbol, de consejos moralizantes a sus defendidos,
del convoy militar que transporta un misil nuclear y se detiene a ayudar a una
voluptuosa mujer que tuvo un accidente vial - Valerie
Perrine como Eve Teschmacher,
asistente de Luthor- y luego lo vuelven a hacer para dar indicaciones viales a un par de
granjeros –Luthor y su tonto ayudante
Otis, encarnado por Ned Beatty- o del revelador momento
donde el genio del mal descubre sus planes al paladín.
Es cierto que para muchos este esquema
ha quedado rebasado por la narrativa contemporánea, por la reciente tendencia a
humanizar y agregar tintura negra a los coloridos disfraces de los héroes. En
favor de este argumento podemos recordar la muy fallida Supermán regresa (2006)
de Bryan Singer. Pero de ella hablé en el pasado. Irónicamente, la debemos al Supermán
de 1978. Tal fue la fascinación que causó en un talentoso cineasta. Esto
demuestra su vigencia y perdurabilidad. Y aunque muchos momentos de la cinta
puedan parecernos superados, debemos contextualizarla para así darle su
verdadero valor. El de un clásico.
Etiquetas:
actores indispensables,
cineastas indispensables,
películas de culto,
PELÍCULAS INDISPENSABLES,
recordar es volver a vivir,
SUPERHÉROES
lunes, 16 de diciembre de 2013
jueves, 12 de diciembre de 2013
En defensa de la Mujer Maravilla
Es oficial. Zack Snyder, director de la afortunada El Hombre de Acero
(2013), anunció que la incipiente actriz israelí Gal Gadot, de 28 años, será la Mujer
Maravilla en la venidera secuela de la cinta, Batman contra Supermán.
Las reacciones no se han hecho esperar. Negativas, por supuesto.
La creación del psicólogo estadounidense
William Moulton Marston es, esencialmente,
una Amazona, una guerrera que representa la igualdad sexual, el poder femenino,
la sensatez, la verdad –su Lazo Mágico no era otra cosa que el Polígrafo, o detector de mentiras, al que
Moulton hizo contribuciones definitivas- y la sensibilidad en un panorama dominado
por personajes varones en la incipiente industria de las historietas. Es un
símbolo contundente del feminismo y
una figura que ha tenido numerosas transformaciones desde su primera aparición
en 1941. También fue criticada por el psiquiatra germano estadounidense Fredric Wertham –el más grande enemigo
de los superhéroes-, quien aseguraba que fomentaba fantasías de dominación sádicas
y masoquistas. Pero no nos desviemos.
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Sin duda tiene un enorme disfraz que
llenar. Yo visualizo a la heroína de la forma en que la dibujó el artista
estadounidense Alex Ross, grande e
increíblemente hermosa, como una verdadera amenaza para la estructura
masculina. Por otra parte, la imagen televisiva de Linda Carter y sus volteretas es insuperable. El nombramiento de
Gadot me parece francamente pobre, más en deuda con afanes mercadológicos y los
cánones de belleza anoréxicos del Hollywood de nuestros días. En algo que Marvel Studios aventaja a DC Comics es en sus atinados repartos, que
incluyen a primeros actores –Edward
Norton, Samuel L. Jackson, Robert Downey, Jr. y Mark Ruffallo-, a promesas –Chris Evans, Tom Hiddleston, y Chris
Hemsworth- y a muy competentes actores de apoyo –Gwyneth Paltrow, Natalie
Portman, Mickey Rourke, Jeff Bridges, Sir Anthony Hopkins, Don Cheadle,
Scarlett Johansson, Guy Pearce, Sam Rockwell, Hugo Weaving,
Tommy Lee Jones, Sir Ben Kingsley, y Stellan
Skarsgård- para dar mayor altura a sus fastuosas producciones. DC carga
penosos recuerdos -¿vieron Linterna Verde
con Ryan Reynolds?- y sólo tiene a
su favor al competente Henry Cavill
como el último hijo de Kriptón. Hace
unos meses se anunció la controversial designación de Ben Affleck para interpretar al Justiciero de Ciudad Gótica. Y por mucho
que esto último me alarme, todo es superado por la joven Gadot.
Pero como dice la expresión popular, “ya
ni llorar es bueno”. Todas mis dudas se aclararán en 2015.
jueves, 26 de septiembre de 2013
Regreso triunfal a la Tierra de los Vampiros
Esta es una deuda de sangre. 2002 fue un
año decisivo en la carrera de Guillermo
del Toro. A punto de partir a España
a filmar El espinazo del diablo, ejecutivos hollywoodenses se
aproximaron a él para encargarle la dirección de Blade 2, la secuela directa de la cinta que Stephen Norrington realizara en 1998.
Era un candidato ideal para ellos, sin duda. Otros cineastas, deslumbrados por
el llamado al Olimpo, habrían
cancelado todos sus compromisos, sin cuestionar. Afortunadamente, el tapatío
supo darse su lugar. “Tendrán que esperar”, les dijo e hizo sus maletas. Al
regresar puso manos a la obra, apoyado de cerca por Peter Frankfurt, productor de la cinta, y por su mismísimo
protagonista Wesley Snipes. La
noticia por sí misma me emocionó profundamente. Por si fuera poco me enteré que
mi buen amigo Gabriel Beristáin
trabajaría en el proyecto como cinefotógrafo. Tres años atrás le ofrecí mis
conocimientos en ciencias forenses cuando realizó su debut como director, El
grito (1999), relato policiaco nunca estrenado en México y destinado,
por razones que no discutiré ahora, al mercado del video. Nuestra comunicación
por correo electrónico fue la experiencia más emocionante. Desde la República Checa, lugar del rodaje, me
enviaba fotografías que captaba in situ.
Mayor privilegio era imposible.
Pero primero lo primero. Blade,
creado por Marv Wolfman y Gene Colan en 1973, surgió como un
personaje de apoyo en la serie La tumba de Drácula, esfuerzo de Marvel comics por ofrecer a los devotos
del horror un producto atractivo. Y como sucedió a muchos héroes de su tipo,
creció hasta adquirir mayor importancia. Lo hacían notorio dos cosas: era negro
–afromericano, si atendemos la
corrección política- y además dhampiro,
híbrido de un ser humano y un hijo de las tinieblas, justo como Nada
–personaje de la novela La música de los vampiros de Poppy Z. Brite- o el paladín Vampire
Hunter D. De tal suerte poseía lo mejor de ambos mundos, “todos los
poderes de un vampiro y ninguna de sus debilidades”.
El resultado superó con creces a su predecesora.
No porque esta fuera mala, sino porque nuestro paisano logró imprimirle su
sello personal y le abrió las puertas, con ojos renovados, a un mercado del que
estaba desencantado. La obra tenía un estilo reconocible y consolidaba las
obsesiones del director. Fue, en muchas formas, un anticipo de lo que vino el
siguiente año y en el medio impreso en la primera década del nuevo milenio.
Después de lo ocurrido en su primera aventura, con información sacada a la
fuerza al vampiro Rush (Santiago Segura),
Blade (Snipes, en un papel hecho a la
medida) recorre Europa en busca de su amigo y mentor Abraham Whistler (Kris Kristofferson), quien no murió
tras intentar suicidarse y es cautivo de sus enemigos. Cual drogadicto, Whistler es rehabilitado por el héroe y
su nuevo armero Scud (Norman Reedus,
el Daryl de The walking dead). Es
contactado entonces por la Nación de Vampiros, a través de Nyssa (Leonor Varela), hija de su malvado
líder Eli Damaskinos (Thomas
Kretschmann) y su “casi humano” abogado Karel Kounen (Karel Roden), para combatir a una nueva
amenaza que pone en riesgo a los dos mundos: el virus Reaper –los vampiros de
los vampiros-, representada en su terrible paciente cero Jared Nomak (Luke Goss), tal como nos lo reveló el
estupendo prólogo del guión de David S.
Goyer, que tuvo que trabajar para incorporar la visión del tapatío. A
regañadientes, Blade es dotado de un
equipo de mercenarios (chupasangres, por supuesto) para enfrentar el reto, conocidos
como The
Bloodpack y conformado por Chupa (Matt Schulze), Asad (Danny John-Jules), Snowman (Donnie Yen), Verlaine (Marit Velle Kile), Priest (Tony Curran) y Reinhardt (Ron Perlman), mole prepotente con una gran aversión hacia Blade.
Continúa un festín de disparos, piruetas
y persecuciones en el que Del Toro se regodea al utilizar situaciones por la
que aprendimos a admirarlo. Está por ejemplo el dispositivo de acceso que
identifica a los vampiros por su tipo de sangre, que funciona como La invención
de Cronos; las partes anatómicas de Damaskinos,
que guarda en frascos cual Diether de la Guardia; los sucios alcantarillados
que vimos desde Mimic; las secuencias de combate que fusionan el más puro
estilo oriental y lo mejor de la lucha libre mexicana. Luego está la parte
estilística. Las imágenes que el director logró, trabajando hombro con hombro
con Gabriel, son un triunfo: “quiero que la noche se vea amarilla”, le pidió. Y
así fue. La cinta también representó la segunda colaboración del “gordo” con Marco Beltrami, quien compuso una
briosa partitura que no omite ritmos electrónicos, y la reunión de un cuadro
actoral ya común en la filmografía de Del Toro: Perlman, Reedus, y adiciones
como Goss, Roden y Segura. Y muy encima coloco el aspecto de los Reapers, giro completo a la visión
tradicional del vampiro. Calvos, increíblemente agresivos, con una mandíbula –tipo
Depredador- con la que se aferran a
su presa y una lengua retráctil –semejante a la de un camaleón-, son el mejor
esfuerzo por explicar al monstruo desde un punto de vista biológico. Así lo
demuestra la secuencia de necropsia,
brillante. O está esa piscina de sangre donde Damaskinos –cual Erszebeth
Bathory- recobra la vitalidad, y la sangre gelatinizada con la que se nutre.
“Jell-O para vampiros”, pensé.
Blade
2 es un divertimento total, eficiente a
más no poder. Recuerdo bien como el público en la sala de cine –y me incluyo,
por supuesto- aplaudió cuando el héroe, luego de derrotar a un pequeño ejército,
atrapó en el aire sus famosos anteojos negros y se los colocó, presto para la
confrontación final. La película triplicó su inversión, y no dudo que inmediatamente
los productores hayan pensado ofrecerle a nuestro paisano la realización de una
tercera –esa terminó dirigiéndola el propio Goyer-, pero ya estaba en otro
lugar. Se dirigía a uno mejor, para el bien de todos sus adeptos.
miércoles, 26 de junio de 2013
Crónicas del hombre de acero, segunda parte
La historia
es por todos conocida, pero un reinicio exige visitarla de nuevo. En el lejano
planeta Kripton, el científico Jor-El (Russell Crowe) y su esposa Lara Lor-Van (Ayelet Zurer) al borde de la destrucción de su mundo, envían a su
pequeño hijo Kal-El a la salvación. Ella tiene enormes reservas y anticipa
lo obvio. “Será un marginado”. Él la corrige. “Lo considerarán un Dios”. El
huérfano llega a la Tierra ,
a una pacífica comunidad rural (no recuerdo haber visto la palabra Smallville)
del estado estadounidense de Kansas. El niño crece y descubre paulatinamente
que es diferente al resto de sus compañeros. Sufre lo que hoy conocemos como bullying,
pero aún así muestra señales tempranas del heroismo que le caracterizará. Al
crecer, su padre adoptivo Jonathan Kent (Kevin Costner) le revela su origen y trata por todos los medios de
advertirle de los riesgos de exponer sus poderes al mundo, mientras su madre Martha
(Diane Lane) le inculca los mejores
valores posibles. Aquí está el primer atractivo de El hombre de acero (Zack Snyder, 2013). El guión de David S. Goyer, urdido en contubernio
con Christopher Nolan, incluye un
deslumbrante prólogo en el mundo nativo del héroe pero presenta su formación
terrestre en breves flashbacks, que
de inmediato evoca lo que la dupla hizo en la reciente trilogía de Batman.
Fue esto, junto con su impresionante éxito de crítica y taquilla, lo que abrió
las puertas al proyecto. Ambos se propusieron el reto de aplicar este mismo
enfoque a un personaje difícil de traer a nuestra realidad, sobre todo por el
tono optimista y cándido que tenían sus aventuras originales. Y el resultado me
dejó sorprendentemente satisfecho.
Al cumplir
33 años, como Jesucristo, Kal-El,
quien recibió el nombre terreno de Clark Kent (Henry Cavill), viaja alrededor del mundo en busca de respuestas y
en el proceso se da el tiempo para realizar hazañas extraordinarias. Llega al
ártico, donde descubre una estación aislada enviada por su civilización. Ahí
una proyección de su padre muerto le narra los últimos días de su raza y le advierte del malvado General Zod (Michael Shannon), un psicótico genocida aprisionado con sus seguidores -justo
antes del Apocalipsis- en la dimensión estéril conocida como La Zona Fantasma. También
conoce a la intrépida Lois Lane (Amy Adams), reportera del diario El Planeta, quien
acompaña al comando militar que hizo el descubrimiento. Y de paso su padre le
ofrece su icónico disfraz, un poco más oscuro de lo que conocemos y, como
escuché decir a alguien, “con los calzones por dentro”. Pero no todo es miel
sobre hojuelas. Zod escapa de su
destierro y rastrea a su paisano hasta nuestro planeta con la intención de
obtener información para reconstruir su mundo, literalmente, encima del
nuestro.

Los huecos
que tiene la historia pasan desapercibidos ante una producción impresionante,
un sólido e inspirado ensamble actoral, una estupenda fotografía de Amir Mokri, una briosa partitura de Hans Zimmer y sobre todo una dirección
precisa de Snyder, director que ganó mi simpatía por su buen desempeño en El
amanecer de los muertos (2004), 300 (2007) y la estupenda Watchmen
(2009). Visualmente deslumbrante, su trabajo me hizo respetar por vez primera a
un personaje que nunca capturó mi atención. Bautizado por los medios de
comunicación, su Supermán lucha con
la reputación que arrastra desde tiempos de Christopher Reeve, aunque no deja de rendirle cierto homenaje (como
vemos a un lado). Ahora no hay cabida para el buen humor. El único chiste lo
dice al final una militar.
El Supermán de Snyder es dos veces
huérfano. Para muchos esto parecerá cursi y contravendrá su naturaleza divina,
pero es su parte humana la que puede generar interés. Origen más noble no puede
tener: es hijo de un campesino. De ahí provienen sus valores. Cuando la milicia
le externa preocupación por el riesgo potencial que representa, responde “por
favor, General, crecí en Kansas”. Y su Némesis trata de señalar esto como una
debilidad, “yo me crié como un guerrero, me entrené toda la vida para educar
mis sentidos, tú lo hiciste en una granja”. También vindica a la figura
femenina. Lois Lane no es ya una
damisela en desgracia, es parte integral de la resolución del conflicto y
conoce desde el primer momento su identidad secreta. En el desenlace ocurre lo
obvio. Clark, sin ninguna formación periodística previa, se une a las filas de El Planeta. Pero lo sustancial está en
sus orígenes, en la imagen inocente de un niño que ata una sábana en su cuello
a manera de capa y corre al lado de su perro, mientras sus padres sonrientes lo
observan.
El guión
huye de lo esperado, como ocurrió al final de Batman inicia (Nolan,
2005) y Sherlock Holmes (Guy
Ritchie, 2009): insinuar quién será el villano de la siguiente cinta. Pero
eso es algo obvio para todos los conocedores del cómic. Se ha rumorado que la
primera elección de Snyder para encarnar al malvado Lex Luthor es el actor Mark Strong, quien personificara al
terrible Lord Blackwood en la ya mencionada aventura holmesiana. Si esto
ocurre será otro motivo para esperarla con ansiedad, como se ha anunciado, en
el 2014. Eso me parece apresurado, como ya dije, junto con la intención de una
aventura que pretende reunir al popular ensamble de héroes de DC Comics, la Liga de la Justicia. Creo que una empresa de este tamaño,
si tratan de emular los resultados de su rival Marvel Comics,
requiere más tiempo. Al menos de otra buena película sobre una parte sustantiva
del grupo, la Mujer Maravilla. El
realismo planteado por el propio Nolan en su serie de Batman me hacía pesar que el suyo y los mundos fantásticos eran
irreconciliables. Hoy ese matrimonio parece posible. Después de ver el
resultado, hay una luz de esperanza. Dicen que eso es lo que muere al último. ¿Después
de todo, no es ese el significado del símbolo –que siempre creí era una letra
S- que lleva en su pecho?
martes, 25 de junio de 2013
Crónicas del hombre de acero, primera parte
Antes de
comenzar quiero dejar algo muy claro: nunca he sido un gran aficionado de Supermán.
Quienes medianamente han seguido mi trayectoria saben que lo mío –lo mío- es Batman.
Y el murciélago, uno de los héroes más interesantes por su humanidad y trágico
pasado, nunca ha ocultado su desprecio por él, por más que se haya ganado su
respeto y formen parte de una agrupación. Le dice “el boy scout”. Para mi la creación de Joe Shuster y Jerry Siegel
fue concebida como un símbolo de Estados Unidos, defensor estricto del american way of life, que a pesar de
proceder de otro planeta llevaba en su uniforme los colores del imperio. “Dios
existe, y es estadounidense”, decía Alan
Moore sobre su versión del personaje –el Dr. Manhattan- que hoy
ocupa mi atención. El asesino Bill (David Carradine), en el díptico dirigido por Quentin Tarantino, resume bien su naturaleza: “Supermán no necesita una máscara. Clark Kent es su
verdadero disfraz, con su actitud tímida, su traje de tres piezas y sus
anteojos. Su verdadera identidad es la del héroe. Incluso su capa es la manta
que lo arropó en su viaje a la tierra”. “¡Demonios! ¡Ninguno de los que le
rodean se da cuenta! ¿Están todos ciegos?”, pensaba todo el tiempo desde mi
niñez. Sus aventuras, divertidas, ingenuas y optimistas, estaban siempre
marcadas por un sesgo tajante entre el “bien” y el “mal”, sin cabida para los
grises tan normales de la vida real. De la misma manera que sus precursores
clásicos, Supermán surgió del
matrimonio del cielo y la tierra. Como el Mesías de cualquier religión, Supermán tiene un padre terrenal (el Sr.
Kent, de Smallville) y uno celestial (Jor-El, de Kriptón).
El dios Loki (Tom Hiddlestone)
resume bien su posición. “Yo no tengo conflictos con ustedes, como una hormiga
no tiene conflictos con una bota”. Curiosamente es su omnipotencia la que lo
aleja del resto de los mortales. Ahí la necesidad de una kriptonita que lo haga
vulnerable. Pero por sobre todas las cosas estaban su buen humor, bondad y buena
voluntad para con sus protegidos. Detenía por igual a asaltabancos,
terroristas, catástrofes naturales, amenazas extraterrestres y se daba tiempo
para rescatar gatitos atrapados en lo alto de un árbol. Al final eso y su
naturaleza imperialista me hicieron repelerlo. En retrospectiva, veo que ese es
un juicio severo. Como otros héroes de su era defendió valores tan necesarios
para las personas durante tiempos oscuros –la Segunda
Guerra Mundial-
y sirvió de vehículo propagandístico e ideologizante como el Capitán
América. Y él no me caía –no me cae- tan mal. Sus inevitables saltos a
otras expresiones artísticas hicieron eco de esto, desde los populares seriales
radiofónicos, los cortometrajes que estelarizó, las caricaturas de los estudios
Fleischer, su paso a la televisión
–con el trágico George Reeves-, al
cine y los videojuegos. Todos son temas de la discusión más amplia. Vean por
ejemplo a la exitosa película –y sus inevitables continuaciones- protagonizada
por Christopher Reeve, a la que más
se liga al personaje. Su tono ligero –cómico en más de una ocasión- no da
cabida a la seriedad. La gente piensa que así debe ser el héroe. Ese fue el
principal error que cometió el cineasta Bryan
Singer en Supermán regresa (2006): repetir estilísticamente –incluido su
colorido disfraz y la partitura de John
Williams- lo iniciado por Richard
Donner en 1978. No puede llevarse a otros medios, al pie de la letra, lo
propuesto en las páginas del cómic. Un buen planteamiento, como nos enseñó el
propio Singer en Hombres X y Christopher
Nolan en su reinvención de Batman
–al menos e sus dos primeras películas-, exige llevar sus aventuras
convincentemente a la realidad, trasladar su universo al nuestro. Esa tendencia
es criticada por muchos, porque humaniza a titanes. Aunque admiramos sus
proezas, creo que es el lado humano lo que los acerca a nosotros. La tendencia
parece hacerlos más oscuros, agregar un poco de tintura negra a sus ropas y
esencia. Eso fue lo que me hizo respetar al huérfano de Kriptón por primera vez. Su
posición y méritos son incuestionables. Permitió la prosperidad y evolución del
noveno arte y nos marcó culturalmente. Si él no existiría Batman o el Hombre Araña. En el mes de junio que transcurre cumple sus primeros 75 años de vida, porque estoy seguro nos sucederá a todos.
Que el estudio que detenta sus derechos fílmicos y se ha beneficiado de él por
varias décadas, Warner Brothers,
haya decidido relanzarlo para celebrar la ocasión, con tal vigor y calidad, me
pareció apropiado y justo. Esa es la forma en que los mitos cobran nueva vida y
aseguran su vigencia. Pero sobre eso platicaré en breve.
martes, 18 de junio de 2013
Reto de héroes
No sin
alarmarme leí lo anunciado en el Wall
Street Journal y otros medios digitales, donde los ejecutivos de Warner Bros. Pictures, entusiasmados
por el impresionante éxito de El hombre de acero (Zack Snyder, 2013) –que por cierto veré
el jueves-, planean estrenar su secuela el siguiente año, seguida otro año
después con el tan aplazado estreno de una versión de las aventuras del popular
ensamble de héroes de DC Comics, la Liga de la Justicia. Las personas que tienen un mediano
conocimiento de todo lo que implica la producción de una cinta podrán tachar –al
menos- de arriesgada tal empresa, máxime por su dimensión. Los más sensatos,
como una total locura. Si comparamos el intento con lo hecho por su acérrima
rival, Marvel Comics, ellos
tuvieron el acierto de acreditar la reputación de cada uno de los integrantes
del equipo –comenzando por El Hombre de Hierro en el 2008-
antes de llegar a la tan deseada reunión –en el 2012, con Los Vengadores-. Les tomó
4 años y 5 películas dar el gran paso, y creo que por eso lo hicieron tan bien.
Regresando a La Liga de la Justicia , hasta el momento sólo dos de sus
miembros –Batman y Supermán- tienen asentada una
reputación fílmica –reciente y en el pasado-. Y descartaría al Batman de Christopher Nolan, pues sus aventuras siempre tendieron a la
individualidad y nuca a la integración de una agrupación, mucho menos con extraterrestres y amazonas, por lo que en el caso
del murciélago deben comenzar desde cero. Ni hablar de que el cineasta negó
cualquier participación futura. Sé que las personas que mueven los hilos en Warner
no leen este blog, pero ojalá tengan un poco de claridad en sus mentes –y
paciencia en sus bolsillos-: ofrecernos una película tan grande, con tantos
personajes y con tan poco tiempo, es un reto que incluso el más poderoso no
podría ganar. Esperemos.
martes, 16 de abril de 2013
La ropa no hace al villano
Uno de los principales
retos, al momento de trasladar al celuloide las aventuras de un personaje del
cómic, es el que concierne a su aspecto. Las quejas más frecuentes de los
aficionados “de hueso colorado” de estos mundos es que suelen omitirse, a veces
completamente, aspectos que caracterizan a un héroe o un villano. En Hombres X (Bryan Singer, 2000), cuando Wolverine
(Hugh Jackman) se queja de su
uniforme de batalla (un traje de piel negra), Cíclope (James Marsden) le pregunta tajantemente
“¿Qué prefieres, spandex amarillo?”. Las cosas que funcionan bien en la página
impresa, no necesariamente lo hacen al adaptarse a otros medios. Ahí se
encuentra el éxito: lograr la fusión satisfactoria de ambos mundos. Sobre todo si se
trata de un planteamiento realista. Christopher
Nolan, en la segunda entrega de su trilogía sobre Batman (Batman,
el Caballero de la Noche ,
2008), a la hora de recrear al Guasón (Heath Ledger), se aparta de la historieta, con el villano que cae a
un depósito de químicos que quita la pigmentación de su rostro y cabello, y le
provoca una sonrisa permanente. En su lugar, rodea su boca de dos cicatrices,
cubre su rostro de maquillaje y le tiñe el cabello, lo que le da un aspecto
atemorizante, como el de un payaso salido del infierno. Conserva su vestimenta
morada y verde, con la elegancia extravagante que le distingue. Algo similar hizo Sam Raimi con la apariencia de Otto
Octavius (Alfred Molina),
mejor conocido como el Dr. Pulpo en El Hombre Araña 2 (2004).
En lugar de vestirlo con un disfraz verde y anteojos que parece pertenecieron a
Elton John, se limita a una elemental gabardina verde olivo y gafas oscuras
comunes y corrientes. Incluso podría perdonársele que se alejara tanto de la
imagen tradicional del Duende Verde (Willem Dafoe) en El Hombre Araña (2002), con un
resultado que parece un híbrido del malvado y C3-PO, o uno de los Power Rangers. Esto podría explicarse
por su cercanía con la tecnología, como CEO de la enorme corporación Osborn.
En una de tantas alucinantes historias que a lo largo de los años nos han
ofrecido la familia Simpson, en una que recrea el origen de mi héroe favorito (creo
que a estas alturas no necesito decir cuál es), un agonizante Homero
le dice a Bart: “Véngame, hijo. De manera extravagante y poco práctica”.
Esta mañana
me encontré con una de las primeras fotografías en locación del galardonado actor
Jamie Foxx, que en la venidera
secuela de El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012) encarnará al
criminal Maxwell Dillon, alias Electro. De entrada la barrera
racial se suponía poderosa, pues el actor afroamericano se pondrá los zapatos
un personaje de raza blanca. La imagen lo muestra cubierto de un maquillaje
azulado, que no deja de recordarme al Dr. Manhattan (Billy Crudup) de Watchmen (Zack Snyder, 2009), a Maxie Zeus en la novela gráfica Arham
Asylum (1989) de Grant Morrison
y Dave McKean o a las recientes –y
de corta vida- aventuras animadas del arácnido que televisaba la cadena MTV.
Creo que ese es el camino lógico: mostrarlo como un ser de energía eléctrica,
no ataviarlo con un extraño disfraz verde con amarillo, con una gigantesca
estrella cubriéndole el rostro. El mismo Foxx se negó a esta posibilidad. Evidentemente los efectos por computadora
complementarán su actuación. Comprobaremos el resultado, como anunciaron los Estudios Marvel, el 2 de mayo de 2014.
viernes, 28 de diciembre de 2012
Una araña renovada (o grandes pendientes del 2012, parte 1)
En
septiembre de 2011 hablé del reinicio
–o reboot-
de una franquicia cinematográfica con pretexto de El Planeta de los Simios:
(R)evolución (Rise of the planet of the Apes,
Rupert Wyatt, 2011).
Discutí las dos causas que identifico para que esto ocurra, y el caso que hoy
nos compete se encuentra en la segunda. Fue propiciado por el estrepitoso
fracaso –de crítica y taquilla- que significó El Hombre Araña 3 (Sam Raimi,
2007), una cinta lamentable, terrible si comparamos la fortuna de sus
antecesoras, de la que ya he hablado anteriormente.
Los inicios de El sorprendente Hombre Araña
(Marc Webb, 2012) se encuentran en la idea trunca de Raimi por continuar la
saga protagonizada por Tobey Maguire.
De hecho su trama básica hubiera sido la cuarta entrega de la misma. Incluso se
les da crédito a los guionistas Alvin
Sargent y Steve Kloves, aunque el
principal responsable es James Vanderbilt. Él se aparta del héroe tradicional
como lo imaginaron Stan Lee y Steve Ditko y no sólo lo traen a este milenio de
una forma con la que pueden identificarse los adolescentes de nuestros días (como
ocurre en la serie de cómics Ultimate Spiderman), sino para
empatar sus aventuras con el reciente universo fílmico de Marvel. Su Peter Parker (Andrew Garfield) es el
nuevo nerd de este tiempo, muy alejado
del apocado y tímido encarnado por Maguire: sigue siendo invisible a los ojos
de sus condiscípulos y es víctima del bullying de Flash Thompson (Chris
Zylka) cuando trata de defender a otra de sus presas, pero está instalado en
una cómoda clase media donde usa lentes de contacto y tiene conexión a Internet
en su habitación. De ahí provenían mis reservas. El Peter Parker con el que crecí conocía de cerca las carencias de la
realidad. Afirma Vicente Quirarte, “Peter Parker tiene dos ventajas: el
sentido del humor y la pobreza. Lo que podría hacer en su personalidad de araña
–robar una casa, entrar en un banco- contradice la ética de su parte luminosa.
Al igual que Babette, Parker puede afirmar, con mayor justicia
que nadie: no hay héroe pobre”. Pero las sorpresas más gratas provienen de no
tener ninguna expectativa, porque a pesar de tratarse de una nueva visita a una
historia narrada recientemente, de sus errores e incontables lugares comunes, lo que vi
ayer me gustó.
La película se remite a la infancia de Parker, con sus padres Richard (Campbell Scott) y Mary (Embeth
Davidtz). Ambos lo dejan al cuidado de sus tíos Ben (Martin Sheen) y May (Sally Field) cuando tienen que huir abruptamente –él es un
prestigiado científico- y posteriormente mueren en un accidente de aviación, en
circunstancias misteriosas. Peter
crece como un muchacho común. Se siente atraído por su bella compañera Gwen
Stacy (Emma Stone), quien no
sólo es hija de un capitán de la
Policía neoyorkina (Denis
Leary) sino pasante del genetista y herpetólogo mutilado Dr.
Curt Connors (Rhys Ifans),
posterior enemigo del paladín en ciernes. Siguen momentos por todos conocidos:
la picadura de una araña radioactiva, el descubrimiento paulatino de sus
poderes, el sabio consejo (“todo gran poder implica una gran responsabilidad”,
pero dicho de una manera distinta), la muerte de la figura paterna, el
desdoblamiento de la personalidad, el ascenso y reconocimiento del héroe. En el
fondo de todo se encuentra la siniestra corporación dirigida por Norman
Osborn, que está casi a la altura de Disney –dueños actuales del arácnido- o Walmart. Todo es aderezado con flamantes efectos digitales, que
abrevan en muchos momentos de la cultura de los videojuegos (el araña trepando
muros o columpiándose por Nueva York) y una inspirada partitura de James Horner.
La transformación de Connors en el malvado Hombre Lagarto sin duda nos remite a
la del ilustre Henry Jekyll y su loable intento con consecuencias inesperadas.
Entre las reacciones que sus colegas científicos –que abundan en el
universo arácnido- pueden anticipar al ingerir una droga experimental, debería
encontrarse “maldad extrema”. Y el combate con el monstruo ofrece momentos
divertidos, desde la aparición obligada de Stan
Lee a la recuperación de diálogos que nos recuerdan la acción entrecortada
de las viñetas del cómic. Pero lo mejor es que Peter debe cumplir con sus tareas caseras, tal como lo hacía
durante mi infancia. Después de salvar a la ciudad y restaurar la armonía,
adolorido y lleno de raspones, abre su mochila y entrega a la tía May el cartón
con huevos que le encargó.
Todos sus personajes están conectados de alguna
manera. Son parte “de un universo más grande”, que incluye la ya institucional escena después de los créditos. Un universo que sin dudas tiene un
potencial económico de dimensiones todavía no explotadas. Se han confirmado, por lo
pronto, dos secuelas. El villano de la siguiente será el galardonado Jamie Foxx, que encarnará a Maxwell Dillon, alias Electro.
Así que hay araña para rato.
lunes, 16 de julio de 2012
Aventuras para el Hombre Araña
Se encuentra actualmente en cartelera El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012), cinta que, según los avances que he visto, es un alarde tecnológico. Ese es un aspecto que me repele, más porque en la mayoría de los cines se exhibe en 3D, técnica que -como saben- anatemizo. El otro es que la imagen de Andrew Garfield como Peter Parker se aleja notablemente de la intención que Stan Lee y Steve Ditko dieron al personaje en los años sesenta y que Tobey McGuire captó muy bien en la saga dirigida por Sam Raimi. Podría decirse que el nuevo Spiderman es un héroe para esta generación. Como dije la película no me atrae, pero la veré inevitablemente para poder criticarla como se merece. Mientras eso sucede -porque mi atención la acapara el próximo ascenso de Batman- reproduzco el estracto que el periódico La Jornada publicó el 9 de agosto de 2003 del estupendo libro de ensayos Del monstruo considerado como una de las bellas artes (Paidós, 2006) de mi querido amigo Vicente Quirarte, uno de los más grandes admiradores del arácnido que conozco.
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Aventuras para el Hombre Araña
Vicente Quirarte
El primer enemigo del Hombre Araña fue mi padre. Ambos fueron los mejores amigos de mi infancia. No teníamos televisión pero sí muchos libros. Después sabríamos que esos objetos impresos y sin imágenes contenían potencialmente más aventuras que las salidas del aparato congregador de nuestros envidiables, afortunados vecinos, en cuya casa buscábamos refugio. Debido a que mi padre anatematizaba tanto la televisión como los dibujos animados en revistas, la prohibición nos condujo a la pasión. Su trabajo, como historiador, consistía en descifrar y desmitificar la vida de los héroes. Sus hijos nos afanábamos en explorar y mitificar las vidas ejemplares de los superhéroes. Mi padre intentaba convencernos -y a veces tenía éxito- de la resistencia de José María Iglesias, la abnegación de Santos Degollado, las desventuras de la familia Juárez. Pero a nosotros nos decían más los naufragios y comentarios de un adolescente transformado por una araña radiactiva o a las dudas existenciales del abogado ciego que decide convertirse en paladín de otra clase de justicia.
Nacieron con mi infancia y no pasaba un mes sin que surgiera un superhéroe con nuevos y sorprendentes poderes. El escenario era una ciudad reconocible, Nueva York, lo cual contribuía a la verosimilitud de las historias que modificaban la rutina de mi diario camino a la escuela. En el primer número de Diabólico (Daredevil), el nuevo paladín hace su debut con un recorrido por encima de las calles neoyorkinas. Dos comunes mortales lo descubren y el primero dice: "¿Qué es eso? Ah, otro superhéroe", a lo cual su acompañante responde: ''En esta ciudad no puedes dar la vuelta sin tropezarte con uno de ellos''. Sobrevivíamos la semana sólo gracias a la ilusión del siguiente capítulo. Al mismo tiempo, la emergencia de cada villano era un examen al cual los lectores sometíamos a los creadores de la historia. Cuando era un acierto, el resultado se aproximaba a la hipérbole del gastrónomo Anthelme Brillat-Savarin cuando afirmaba que el descubrimiento de un nuevo platillo era tan importante como el descubrimiento de un nuevo planeta.
[...]¿Qué hace tan intenso e inolvidable al Hombre Araña? ¿Qué lo distingue del resto de los héroes supervivientes y necesarios en un mundo de canallas? Todos hemos querido ser Supermán, pero todos hemos sido el Hombre Araña. Aunque la muerte física del primero echó por tierra el mito de la inmortalidad, el estudiante y periodista gráfico Peter Parker tiene sobre Clark Kent una superioridad emotiva que lo convierte en el último de los románticos y en el primero de los héroes enmascarados. Una imagen frecuente en sus aventuras es la meditación en la azotea -ese lugar tan alejado de los hombre como cercano al cielo-, en la contemplación de la capital del mundo globalizado. Lleva, como Supermán, los colores del imperio, pero no es un vasallo del imperio.
Quien alguna época de su vida haya sido el Hombre Araña conoce la grandeza de la tortura y las delicias de la victoria. Batman tiene escudero, mayordomo y fortuna económica que lo curen de los fracasos parciales; Supermán tiene su retiro en el Polo Norte, donde recuerda su planeta natal y puede vivir en el mejor de los mundos imposibles. El Araña está soberbiamente solo, como un adolescente. Sobre sus ilustres antecesores, Peter Parker tiene dos ventajas: el sentido del humor y la pobreza. Lo que podría hacer en su personalidad de araña -robar una casa, entrar en un banco- contradice la ética de su parte luminosa. Al igual que Babette, Parker puede afirmar, con mayor justicia que nadie: no hay héroe pobre. Como respuesta a la pregunta retórica que formulé antes, dejemos la palabra a Stan Lee, el padre de los héroes -dioses y monstruos- que forjaron nuestra primera y definitiva educación: ''Creo que Spidey ha dejado una huella tan duradera porque quizá sea el superhéroe más humano de todos. Nunca tiene suficiente dinero, siempre lo acucian los problemas personales y no se puede decir precisamente que el mundo aplauda sus acciones... En suma, se parece mucho a ustedes y a mí".
viernes, 18 de mayo de 2012
A donde nos llevaron todos los caminos
Para Abel Cobos, quien también cree en los héroes.
Pese a que la Historia nos ha enseñado que basta que
dos personas (o naciones) se sienten frente a frente y firmen un papel, las
grandes alianzas no se forjan de la noche a la mañana. El respeto y la
confianza surgen a través de la convivencia, de comprobar la comunión de ideales
y objetivos. Por eso me parecieron infundadas algunas opiniones sobre Los
Vengadores (JossWhedon,
2012): “¿Qué mensaje nos dan, si nuestros
defensores se la pasan peleándose la primera parte de la película?”. Esto
era inevitable y comprensible si tenemos en cuenta que se trata del primer
encuentro de personajes con formaciones y procedencias tan diferentes, de
completos desconocidos. Hay quienes hablan de “amores a primera vista”, pero en
el mundo real las cosas no suelen ser tan fáciles.

Lo que más alabo del trabajo de los guionistas es la
manera en que logran equilibrar la presencia e importancia de tantos personajes
–tantos egos-, una de mis principales preocupaciones conforme se estrenaban las
aventuras individuales de cada héroe pues sabíamos que se encaminaban a un
encuentro. Las últimas entregas remataban (al final de los créditos, como en
cinta de James Bond 007) con la leyendas como “Thor
regresará en Los Vengadores”, o“El
Capitán América regresará en Los Vengadores”. Es innegable el peso de
Robert Downey, Jr. en el elenco. No sólo es el de mayor trayectoria y capacidad
actoral, sino que su carrera se encuentra en su mejor momento. Por eso su
figura se encuentra en primer plano en la publicidad del filme –por delante de
la del líder del grupo, el Capitán
América- y posee algunas de las
mejores líneas de la historia (“Dr.
Banner, soy un gran aficionado de su trabajo, sobre todo de la forma en que al
enojarse se transforma en un gigantesco monstruo verde”, “Si no logramos salvar a la Tierra, puedes
estar seguro que la vengaremos” o “¿Nadie
me besó?”). Ello no disminuye a sus compañeros. Todos tienen una presencia
justificada en la trama. El Capitán
demuestra sus dotes como estratega militar y símbolo en momentos difíciles, Thor como la mejor opción para enfrentar
a un igual y Hulk como la fuerza
bruta en una batalla que parecería imposible ganar (“mi secreto es que siempre estoy enojado”). Es él quien termina
robándose la cinta. En un principio objetaba, fiel a la idea de la continuidad,
que Edward Norton (quien encarnó al verdoso
en la aventura previa) fuera relevado por Ruffalo. Inmediatamente pensé que su
negativa a participar se debió a su reserva a compartir créditos con otro actor
talentoso como Downey, Jr, a no ocupar el centro del reflector. Esto lo
refuerzan las opiniones de sus coprotagonistas y directores de otras
producciones. Todos lo señalan como una persona conflictiva, difícil para
trabajar. Al final creo que el gran perdedor es el propio Norton pues esto
habría reactivado su carrera. Ruffalo dio grandes matices al personaje, como
esa aura de melancolía y tragedia que le dieron Stan Lee y Jack Kirbycuando
lo crearon en 1962.
En la ya tradicional escena final se nos revela al
nuevo enemigo: Thanos, equivalente de Darkseid del Universo DC. Y
posteriormente, en una secuencia no mostrada en Latinoamérica, los paladines –a
sugerencia de Stark- saborean un
delicioso shawarma, platillo árabe a base de carne de cordero, res, pollo o pavo con diferentes especias cocinados al carbón, muy
similar a nuestros locales tacos al pastor. Mejor modo de
celebrar una victoria, imposible.
viernes, 30 de marzo de 2012
Grandes decepciones
En el verano de 2007 asistí entusiasmado al estreno de El hombre araña 3, la nueva película de Sam Raimi en la que había depositado mis más altas expectativas. Ello porque su cinta previa (El hombre araña 2, 2004) es maravillosa. No sólo cuenta con un inteligente guión de Alvin Sargent –a partir de una historia de Alfred Gough, Miles Millar y Michael Chabon- pleno de momentos trepidantes y emotivos (el héroe reconocido tras arriesgar su vida para salvar a los inocentes en el metro), un villano eficiente –Alfred Molina como el Dr. Pulpo-, reflexiones muy afortunadas (“todo el mundo ama a los héroes”, “no moriré como un monstruo”) y un desenlace prometedor (“ve por ellos, Tigre”). Pero todo se disipó desde los primeros momentos la tercera entrega. Y la culpa es de la historia, el cimiento de toda película. Siempre he creído que buenas actuaciones –porque Thomas Haden Church como El hombre de arena fue una gran elección-, una buena puesta en escena y efectos especiales deslumbrantes no compensan a un guión débil, lleno de defectos y momentos absurdos. El libreto de los hermanos Raimi (Ivan y Sam) y Alvin Sargent asesinó a la gallina de los huevos de oro, pues fue responsable de que Columbia pictures decidiera reiniciar la franquicia, como lo veremos en unos meses. En mi experiencia reciente, a los únicos hermanos que les ha funcionado escribir a cuatro manos es a los Nolan (Christopher y Jonathan). Precisamente estos últimos tendrán la responsabilidad de romper el fatal destino de las terceras partes de los filmes de superhéroes en El caballero oscuro asciende, el verano de este 2012. Porque Superman 3 (Richard Lester, 1983) y Batman eternamente (Joel Schumacher, 1995) son pésimas, y Hombres X 3, la batalla final (Brett Rattner, 2006) me dejó mucho a deber. Pero regresando a la tercera aventura del arácnido, la programan frecuentemente en la televisión de paga y el otro día decidí darle otra oportunidad. Por eso escribo estas líneas. Acabé nuevamente decepcionado y confirmé plenamente mi sentir. No obstante tiene muchos momentos dignos de reconocerle, más allá de su premisa (“disculpe usted, han pasado varios años, pero quien creíamos que asesinó a su tío no lo mató en realidad”), la escena del omellete entre Harry (James Franco) y Mary Jane (Kirsten Dunst), la inclusión forzada de Gwen Stacy (Bryce Dallas Howard) y su papá (James Cromwell), el fleco de Peter Parker (Tobey McGuire) para resaltar que es malo, el bailecito para provocar celos, el combate en relevos entre los técnicos (el Araña y el Duende Jr.) y los rudos (Venom y el Arenero) y su cobertura mediática en vivo, o el antagonista transportado por el viento al ser aliviado por el perdón, todos insoportables. Entre esos aspectos positivos están:
1. Tras su transformación en el malvado Hombre de arena, Flint Marko recupera su forma humana al principio trabajosamente, luego con resolución gracias al poderoso recuerdo de su hija. La escena es bella, con una cámara que se desplaza desde lo más íntimo de su nueva forma, apoyada de la partitura de Deborah Lurie.
2. Entre 1982 y 1988, tras los eventos –en los cómics- denominados Guerras secretas, el héroe comenzó a vestir un disfraz negro. En su momento pensé que se trataba de una estrategia mercadológica para renovar su imagen, pero sus guionistas tenían motivos poderosos detrás: el traje era en realidad un ente alienígeno que poco a poco se apoderaba de la voluntad de su portador y lo arrastraba, como al adicto, a la oscuridad. Con ayuda de Los 4 fantásticos, el héroe se libraba de su victimario. En la cinta de Raimi no requirió del auxilio de sus colegas, pues descubrió que las vibraciones del tañer de la campana de una iglesia surtía el efecto deseado. Pero lo importante: las secuencias en que Peter lucha por librarse del disfraz son estupendas, todas cortesía de los gráficos computarizados.
3. Topher Grace como el malvado Eddie Brock, Jr./Venom no fue una mala elección, pese a que su complexión estaba muy alejada de su musculoso par de las historietas. El villano aquí es el opuesto de Peter Parker, incluso se le parece físicamente. Es el Araña desde el otro lado del espejo. Lo único malo fueron sus colmillos, tal vez incluidos para denotar que era muy malo.
Pese a todo, no puedo reprimir una pregunta: ¿cómo pudo, Mr. Raimi?
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