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jueves, 26 de septiembre de 2013

Regreso triunfal a la Tierra de los Vampiros

Esta es una deuda de sangre. 2002 fue un año decisivo en la carrera de Guillermo del Toro. A punto de partir a España a filmar El espinazo del diablo, ejecutivos hollywoodenses se aproximaron a él para encargarle la dirección de Blade 2, la secuela directa de la cinta que Stephen Norrington realizara en 1998. Era un candidato ideal para ellos, sin duda. Otros cineastas, deslumbrados por el llamado al Olimpo, habrían cancelado todos sus compromisos, sin cuestionar. Afortunadamente, el tapatío supo darse su lugar. “Tendrán que esperar”, les dijo e hizo sus maletas. Al regresar puso manos a la obra, apoyado de cerca por Peter Frankfurt, productor de la cinta, y por su mismísimo protagonista Wesley Snipes. La noticia por sí misma me emocionó profundamente. Por si fuera poco me enteré que mi buen amigo Gabriel Beristáin trabajaría en el proyecto como cinefotógrafo. Tres años atrás le ofrecí mis conocimientos en ciencias forenses cuando realizó su debut como director, El grito (1999), relato policiaco nunca estrenado en México y destinado, por razones que no discutiré ahora, al mercado del video. Nuestra comunicación por correo electrónico fue la experiencia más emocionante. Desde la República Checa, lugar del rodaje, me enviaba fotografías que captaba in situ. Mayor privilegio era imposible.
Pero primero lo primero. Blade, creado por Marv Wolfman y Gene Colan en 1973, surgió como un personaje de apoyo en la serie La tumba de Drácula, esfuerzo de Marvel comics por ofrecer a los devotos del horror un producto atractivo. Y como sucedió a muchos héroes de su tipo, creció hasta adquirir mayor importancia. Lo hacían notorio dos cosas: era negro –afromericano, si atendemos la corrección política- y además dhampiro, híbrido de un ser humano y un hijo de las tinieblas, justo como Nada –personaje de la novela La música de los vampiros de Poppy Z. Brite- o el paladín Vampire Hunter D. De tal suerte poseía lo mejor de ambos mundos, “todos los poderes de un vampiro y ninguna de sus debilidades”.
El resultado superó con creces a su predecesora. No porque esta fuera mala, sino porque nuestro paisano logró imprimirle su sello personal y le abrió las puertas, con ojos renovados, a un mercado del que estaba desencantado. La obra tenía un estilo reconocible y consolidaba las obsesiones del director. Fue, en muchas formas, un anticipo de lo que vino el siguiente año y en el medio impreso en la primera década del nuevo milenio. Después de lo ocurrido en su primera aventura, con información sacada a la fuerza al vampiro Rush (Santiago Segura), Blade (Snipes, en un papel hecho a la medida) recorre Europa en busca de su amigo y mentor Abraham Whistler (Kris Kristofferson), quien no murió tras intentar suicidarse y es cautivo de sus enemigos. Cual drogadicto, Whistler es rehabilitado por el héroe y su nuevo armero Scud (Norman Reedus, el Daryl de The walking dead). Es contactado entonces por la Nación de Vampiros, a través de Nyssa (Leonor Varela), hija de su malvado líder Eli Damaskinos (Thomas Kretschmann) y su “casi humano” abogado Karel Kounen (Karel Roden), para combatir a una nueva amenaza que pone en riesgo a los dos mundos: el virus Reaper –los vampiros de los vampiros-, representada en su terrible paciente cero Jared Nomak (Luke Goss), tal como nos lo reveló el estupendo prólogo del guión de David S. Goyer, que tuvo que trabajar para incorporar la visión del tapatío. A regañadientes, Blade es dotado de un equipo de mercenarios (chupasangres, por supuesto) para enfrentar el reto, conocidos como The Bloodpack y conformado por Chupa (Matt Schulze), Asad (Danny John-Jules), Snowman (Donnie Yen), Verlaine (Marit Velle Kile), Priest (Tony Curran) y Reinhardt (Ron Perlman), mole prepotente con una gran aversión hacia Blade.
Continúa un festín de disparos, piruetas y persecuciones en el que Del Toro se regodea al utilizar situaciones por la que aprendimos a admirarlo. Está por ejemplo el dispositivo de acceso que identifica a los vampiros por su tipo de sangre, que funciona como La invención de Cronos; las partes anatómicas de Damaskinos, que guarda en frascos cual Diether de la Guardia; los sucios alcantarillados que vimos desde Mimic; las secuencias de combate que fusionan el más puro estilo oriental y lo mejor de la lucha libre mexicana. Luego está la parte estilística. Las imágenes que el director logró, trabajando hombro con hombro con Gabriel, son un triunfo: “quiero que la noche se vea amarilla”, le pidió. Y así fue. La cinta también representó la segunda colaboración del “gordo” con Marco Beltrami, quien compuso una briosa partitura que no omite ritmos electrónicos, y la reunión de un cuadro actoral ya común en la filmografía de Del Toro: Perlman, Reedus, y adiciones como Goss, Roden y Segura. Y muy encima coloco el aspecto de los Reapers, giro completo a la visión tradicional del vampiro. Calvos, increíblemente agresivos, con una mandíbula –tipo Depredador- con la que se aferran a su presa y una lengua retráctil –semejante a la de un camaleón-, son el mejor esfuerzo por explicar al monstruo desde un punto de vista biológico. Así lo demuestra la secuencia de necropsia, brillante. O está esa piscina de sangre donde Damaskinos –cual Erszebeth Bathory- recobra la vitalidad, y la sangre gelatinizada con la que se nutre. “Jell-O para vampiros”, pensé.
Blade 2 es un divertimento total, eficiente a más no poder. Recuerdo bien como el público en la sala de cine –y me incluyo, por supuesto- aplaudió cuando el héroe, luego de derrotar a un pequeño ejército, atrapó en el aire sus famosos anteojos negros y se los colocó, presto para la confrontación final. La película triplicó su inversión, y no dudo que inmediatamente los productores hayan pensado ofrecerle a nuestro paisano la realización de una tercera –esa terminó dirigiéndola el propio Goyer-, pero ya estaba en otro lugar. Se dirigía a uno mejor, para el bien de todos sus adeptos. 

lunes, 19 de julio de 2010

Lovecraft, el cine y Guillermo del Toro

Una novedad dominical fue la noticia que Guillermo del Toro, tras abandonar la dirección de El Hobbit por falta de solvencia económica, se iba a abocar a la realización de un proyecto largamente acariciado: la adaptación cinematográfica de En las montañas de la locura, cuento largo o novela corta del escritor estadounidense Howard Phillips Lovecraft. Y esto es motivo de doble felicidad. Lovecraft nunca ha sido llevado con justicia a la pantalla grande y si hay una persona indicada para ello es nuestro compatriota, un hombre que cimentó su imaginería –entre otras fuentes- en el trabajo del creador del llamado “horror cósmico”. Siempre me sentí complacido de que Del Toro abandonara el relato de J.R.R. Tolkien: bajo la mirada estricta de Peter Jackson, el tapatío tendría la obligación de emular el estilo visual de la saga del Señor de los Anillos y esto limitaría, lo admita o no, su visión creativa. Esto es pues algo muy prometedor para todos los devotos de Lovecraft y de Del Toro. Antes de continuar debo confesar que hay casos honrosos que capturan la naturaleza lovecraftiana. El norteamericano Stuart Gordon, a quien debemos haber iniciado la serie Re-animator (basada en el cuento Herbert West, reanimador), realizó en España, con un magro presupuesto, Dagón (2001), fusión del cuento homónimo y de La sombra sobre Innsmouth que se permite guiños a los seguidores como esa sudadera de la Universidad de Miskatonic. John Carpenter escribió y dirigió en 1995 En la boca del terror. Protagonizada estupendamente por Sam Neill, la película incluye la aparición (disfrazado del malvado Sutter Crane) del mismo Lovecraft. Memorables fueron las adaptaciones de Aire frío o El modelo de Pickman que Rod Serling usó en su indispensable serial setentero Galería nocturna, pero ambos se toma la libertad de incluir personajes femeninos, el auténtico horror para el autor. El mismo Gordon dirigió con buena fortuna Sueños en la Casa de la Bruja para la reciente serie Masters of horror. Pero sin duda el mejor esfuerzo es La llamada de Cthulhu (2005), estupendo cortometraje estadounidense de Andrew Leman. El corto es un triunfo desde múltiples aristas: está filmado en glorioso blanco y negro con un presupuesto irrisorio, trata de emular la técnica del cine de principios de siglo XX, con ausencia total de diálogos, intertítulos, musicalización dramática de un piano y una rudimentaria animación stop-motion que nos recuerda a la de King Kong (Merian C. Cooper, 1933), respeta la estructura narrativa del relato original, conformada por cuatro capítulos, está actuado por actores completamente desconocidos y cuenta con el aval académico y seriedad de la H. P. Lovecraft Historical Society. El éxito del filme se debe principalmente a que respetó la brevedad de la obra de que se desprende. Como Edgar Allan Poe, Lovecraft funciona mejor en relato corto. Extenderlo, como necesitaría el largometraje, perjudicaría el resultado. Además su horror está salpicado por monstruos innombrables y amorfos que exigen de la complicidad de nuestra imaginación para tratar vagamente de darles sustancia. Esa es la base del horror lovecraftiano y algo que comprendió muy bien Ridley Scott en su Alien, el octavo pasajero (1979): salvo breves pinceladas, el monstruo nunca es mostrado del todo sino hasta el desenlace. Ese es uno de los aciertos de la ya mencionada cinta de Carpenter. Sólo hasta la escena climática, con febriles movimientos de cámara, las aberraciones sin nombre surgen desde el abismo de las letras y persiguen al aterrado protagonista. Pero regresemos al eje central de esta entrada, En las montañas de la locura. Creo que a Del Toro no le sucederá lo que a Peter Jackson y a Bryan Singer, fallas que señalé previamente, pues ha mostrado cuán respetuoso puede ser con un material que le obsesiona. Cuando filmó Hellboy (2004), además de dejar escapar efusivas lágrimas al ver caracterizado a Ron Perlman, se ciñó a la imaginería de Mike Mignola, creador del personaje. Es cierto, convirtió al nazi Karl Rupert Kroenen en un artemarcialista mortífero obsesionado con los relojes, pero esa es una prerrogativa del creador. En su secuela (Hellboy 2, el Ejército Dorado, 2008) se tomó la libertad de llevar al hijo del demonio a su mundo, uno que nos recuerda al del Laberinto del Fauno (2006) o al de su novela Nocturna (2009), con la bendición y tutela de Mignola. Es decir, no lo cegó su amor por el personaje. Y eso es algo muy bueno. Espero le suceda algo parecido con Lovecraft. El de ambos es un matrimonio forjado en el infierno.

jueves, 15 de julio de 2010

No es lo mismo películas de desastre que películas desastrosas

El otro día la televisión me recordó que hay ocasiones en que, deslumbrado por la fascinación por un material que cimentó sus obsesiones, un artista puede perder el rumbo al reinterpretar dicho trabajo (hagamos a un lado las terribles reinvenciones de clásicos de nuestro compatriota Carlos Enrique Taboada). Esto lo demuestra King Kong (2005). En ella el neozelandés Peter Jackson, a partir de un guión que coescribió con Fran Walsh y Phillipa Boyens, homenajeó a uno de los monstruos indispensables de la cinematografía y su infancia (Merian C. Cooper, 1933). Antes de continuar debo decir que King Kong no es una mala película y que la disfruté. Pero sí es un ejemplo de excesos visuales y metraje. Sin la larga secuencia donde el navío sortea los arrecifes, el enorme e interminable desfile de insectos gigantes o ese momento apacible en el nevado Central Park neoyorkino, que parece arrancado de un comercial de Coca cola, la cinta sería muy remake muy respetable. Bello es el momento en que se rompe la cámara de Jack Black: simboliza el fin de la obra de arte y el inicio del espectáculo. Sus aficionados agradecemos ese guiño en la bodega del barco: el extraño mono rata de Sumatra en una jaula (como lo vimos en Dead alive, 1992). Lo que le pasó a Jackson, quien demostró solvencia en sus previas aportaciones hollywoodenses, es que lo cegó su amor por el gorila gigante y violó una máxima que se aplica en casi todos los terrenos: menos es más. Algo similar le sucedió al talentoso director estadounidense Bryan Singer. A él debemos un par de cintas que redefinieron la manera de llevar a populares superhéroes a la pantalla grande. Sus mutantes –en Hombres X (2000) y secuela (2003)- adquirieron el sentido de otredad, rechazo y enfrentamiento de ideales que sus creadores Stan Lee y Jack Kirby les otorgaron en la estridente década de los sesenta. Sin estas obras no podríamos comprender joyas como El Hombre Araña 2 (Raimi, 2004) o Batman, el Caballero de la Noche (Nolan, 2008). Singer, en los cuernos de la luna por ser el parteaguas de la nueva época de un popular y redituable subgénero del cine fantástico, parecía ser la elección ideal para regresar a la vida al padre de los superhéroes, Supermán, personaje que amó desde su infancia. Grave error. Confieso que no soy aficionado a las aventuras del último hijo de Kripton pero Supermán regresa (2006), lejos de ser una aportación valiosa a la figura de un personaje icónico, la hace retroceder. Es una suerte de continuación de la serie que iniciara Richard Donner en 1978 y un homenaje al desaparecido Christopher Reeve, para muchos el mejor intérprete del heroico extraterrestre. El guión de Michael Dougherty y Dan Harris, a partir de una historia del mismo Singer, retoma lo sucedido tras la última aventura fílmica del héroe. Recordemos la trama, aunque asumo que todos la vieron: Supermán abandonó la Tierra en busca de vestigios de su extinto planeta nativo, para regresar años después y encontrarse con un mundo que ha perdido su fe en él, un viejo enemigo y un antiguo amor que le depara la máxima sorpresa: antes de partir la embarazó y ahora ¡es padre! Eso del superhijo fue un enorme e imperdonable error. El héroe representa por naturaleza al otro, al exiliado. Su cruzada le niega los beneficios y afectos del hombre común. Es el sacrificio que hace por el bienestar de los demás; por eso es un héroe y ese es su encanto. Cuando Peter ParkerSpiderman para los cuates- abrazó la paternidad en los cómics, los resultados fueron desastrosos. Es cierto, Supermán regresa lucra con la nostalgia. La secuencia de créditos inicial es idéntica a la de las películas originales, con todo y el tema musical de John Williams –siempre me recordó a un trabajo previo suyo, el tema de la Guerra de las Galaxias-, y resucita digitalmente a Marlon Brando, el Jor-El del filme de 1978. Tiene también deslumbrantes efectos especiales –la parte donde el encapotado evita una tragedia aérea es sobresaliente, pese a las lesiones cervicales que debió sufrir la damisela en desgracia- y un actor más que competente como villano –Kevin Spacey es Lex Luthor-, pero el producto final no convence. Es decepcionante y agotador. Demuestra que la pirotecnia visual no es suficiente para sustentar una película. Hay que tener una buena historia. Regresemos al plano actoral. Spacey, quien trabajó con Singer en 1995 en Los sospechosos comunes- está completamente desaprovechado y su interpretación –seguramente por órdenes del director- es caricaturesca, muy similar a la de Gene Hackman en las películas previas; su único momento de auténtica malevolencia es cuando confronta al héroe y le clava en el costado ese estoque de kriptonita, muy semejante a la lanza de Jesucristo en la crucifixión. Porque Supermán es una figura mesiánica, pero esa es otra historia. Parte del fracaso es la falta de carisma del desconocido Brandon Routh como el Hombre de Acero. La química amorosa que muestra con la un poco más conocida Kate Bosworth –quien encarna a Louis Lane- es prácticamente nula. En lo que cuenta para los estudios –el beneficio económico- Supermán regresa fue una decepción. Recuperó su exorbitante costo de 350 millones de dólares y ganó escasos 150 (millones) alrededor del mundo, una suma insignificante para una cinta de tan altas expectativas. En fin. La Warner Brothers, detentora de los derechos del héroe y productora de la cinta, ha declarado su intención de reparar el desaguisado en una nueva aventura. Sólo nos resta esperar. Finalizo con una observación que sobre esta película hizo mi amada Ana Luisa: al único superhéroe que le ha funcionado la paternidad es al Capitán Cavernícola.

jueves, 17 de junio de 2010

¿Quién teme a los payasos?

Lon Chaney, el entrañable actor conocido como “El hombre de los mil rostros”, advirtió correctamente que el payaso, extrayéndolo de su entorno circense, inocente y doméstico, poseía una de las imágenes más aterradoras. En sintonía está Robert Bloch, discípulo de H. P. Lovecraft y autor de “Psicosis”, quien pensaba que representa la esencia del verdadero horror. Si reflexionamos a profundidad, el payaso es un agente de la anarquía y el caos. Su rostro maquillado, su nariz roja y sus ropas extravagantes son la antítesis de lo “normal”, un desafío descarado a todas las convenciones de la sociedad. Cuando acuden al circo, por gentileza de sus padres, los niños reaccionan de diversas formas ante los inocentes bufones: algunos sienten la más genuina simpatía por ellos, otros la más profunda aversión, incluso un terror indecible. Y digo terror –no horror- porque rechazan inmediatamente su aspecto físico. Es éste el que los atemoriza. Un payaso, en un callejón oscuro, a la medianoche, es capaz de asustar a cualquiera. Muchas veces la ficción se ha valido de la capacidad de estos personajes para aterrar a su público. Pennywise, el payaso que baila, villano alienígena de la novela “Eso” (1986) de Stephen King, se aprovecha de su colorido como arma de seducción para acercarse a sus víctimas. Esto tiene símil en la realidad, que siempre supera a la ficción. John Wayne Gacy, amable vecino del suburbio de Norwood Park en Chicago, hombre de familia, empresario y asesino en serie de medio tiempo, acostumbraba disfrazarse como Pogo el payaso para hacer las más nobles acciones comunitarias. En su otra identidad, la verdadera, asesinó a 33 chicos de entre 9 y 20 años. A diferencia de la creencia popular, Gacy nunca utilizaba su colorido disfraz para realizar sus faenas homicidas. El maquillaje era su “máscara de sanidad”, la forma de encajar en su entorno. El criminal fue ejecutado el año 1994 por sus acciones. Más reciente es la encarnación del malogrado actor Heath Ledger como el malvado Guasón, enemigo de Batman. En El Caballero de la Noche (Nolan, 2007), es un asesino despiadado que se reinventa con cada víctima, un hombre “que sólo quiere ver el mundo arder”. Su apariencia –establecida desde las historietas- es la de un payaso y sirve como contraste evidente con la personalidad sombría de su némesis. Su rostro está desfigurado por enormes cicatrices que cubre con maquillaje para adquirir el aspecto de un arlequín demoníaco e inspirar miedo. Y lo logra. Bob Kane, uno de los creadores de Batman –porque Bill Finger nuca ha recibido el reconocimiento adecuado-, se inspiró en el aspecto del actor alemán Conrad Veidt en la película El hombre que ríe (Paul Leni, 1928) para crear al criminal. Como el Guasón de Ledger, su sonrisa está marcada permanentemente en su rostro, lo cual demuestra que este gesto no siempre es divertido.

viernes, 26 de marzo de 2010

Loco como un sombrerero 2

Uno de los personajes más atractivos de las dos novelas sobre la pequeña Alicia, además de su protagonista, es sin duda el Sombrerero, calificado cómodamente de loco por la cultura popular. Esto no se debe a su más reciente encarnación, el astro norteamericano Johnny Depp, por quien todas las chicas –y algunos hombres- suspiran. Su forma de percepción de la realidad resume el absurdo y la crítica al espíritu lógico del hombre victoriano de las obras de Lewis Carroll.
El Sombrerero ha permeado a otras manifestaciones culturales. La historieta (o comic, si lo prefrieren) es una de ellas. Y no sólo me refiero a incontables adaptaciones de las novelas clásicas, sino al popular género de los superhéroes.
Los aficionados de Batman tienen presente a uno de sus más torcidos contrincantes, Jervis Tetch, el simpático obsesivo de los sombreros y la literatura victoriana –que apareció por vez primera en octubre de 1948 gracias a la imaginación de Bob Kane y Bill Finger- que evolucionó en un peligroso esquizofrénico paranoico que domina el control mental en tiempos recientes. Grant Morrison especula en su novela “Arkham Asylum, a serious house on serious earth” (1989) con su implicación en actos de pedofilia, acusaciones que persiguieron en su época –y siguen acechando- al propio Lewis Carroll.
Tetch es tal vez uno de los adversarios menos formidables del detective oscuro, pero ha demostrado ser uno de los más visitados y reinventados, tanto en novelas gráficas y videojuegos como en una popular, divertida e infame versión televisiva –la de Adam West- y sucesivos seriales de dibujos animados. Fue encarnado por el actor David Wayne en cuatro episodios en la década de los sesenta y su aspecto –pelirrojo, con unas espesas cejas negras y un bigote victoriano- reproducía el del impostor que suplantó la identidad de Tetch en el mundo de los comics por aquella época. Durante los noventas utilizó la voz del actor Roddy McDowell –el malvado Bibliófilo de la serie de los sesenta- en Batman, la serie animada y Las nuevas aventuras de Batman.
¿Podría ser el Sombrerero Loco un posible adversario de la tercera entrega de la revitalizada franquicia de Batman? ¿Los hermanos Nolan lo considerarían suficientemente atractivo para enfrentarlo a nuestro héroe? Si alguien lo sabe, responda mis dudas. Si no, echemos a volar la imaginación y hagamos predicciones…

jueves, 10 de septiembre de 2009

De payasos criminales

Batman: ¿Qué hiciste?
Joker: Tomé al Caballero Blanco de Ciudad Gótica y lo rebajé a nuestro nivel. No fue difícil. La locura, como puedes ver, es igual que la gravedad. Sólo necesitas un pequeño…empujón.

-Del guión de Jonathan y Christopher Nolan para la película “The Dark Knight”.