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viernes, 27 de diciembre de 2013

Crónicas del Padre Merrin

El oficio de Lankester Merrin, hombre holandés (de madre estadounidense) nacido en 1892 y muerto en 1971 tras confrontar al Demonio Pazuzu, da nombre a la novela de William Peter Blatty y a la cinta homónima que propició, que ayer cumplió sus primeros 40 años de vida. Es difícil dimensionar su papel en los acontecimientos cuando la verdadera protagonista, tanto del libro como de la película, es la preadolescente Regan McNeill. Sin embargo tanto Merrin, como el Padre Demian Karras, compiten con ella en importancia y popularidad.
La carrera del arqueólogo y hombre de fe es extensa. Nunca dejó de recordarme al británico Howard Carter (1874-1939), quien encabezó la expedición que en 1922 descubrió la tumba del Emperador Tutankamón, en el Valle de los Reyes, frente a Luxor, Egipto. El hombre que le dio vida, el actor holandés Max Von Sydow, tenía 43 años al momento de aceptar el papel. El talentoso artista de maquillaje Dick Smith debió envejecerlo para aparentar ser un hombre de mayor edad.
Entre los antecedentes de Merrin, Blatty señala un encuentro previo con el Maligno, que ocurrió en África años antes de los acontecimientos que describe en la publicación. Ese esbozo fue materia ideal para la tardía precuela que Warner Brothers encargó en 2004 a los guionistas William Wisher y Caleb Carr (lo recordarán por su maravillosa novela El Alienista). Titulada Dominio, una recuela de El Exorcista y dirigida por Paul Schrader, la película fue desaprobada por el estudio quien, preocupado por su inversión, encomendó al director Renny Harlin reparar el desaguisado. El resultado de ambos casos tuvo una respuesta variada. La segunda sí tuvo una exhibición comercial, mientras la primera –hasta donde sé- fue directamente al video, como una curiosidad. En lo personal prefiero la película de Schrader. La de Harlin, reescrita por Alexi Hawley, se tituló El Exorcista, el inicio (nombre más comercial) y utilizó gran parte del metraje original de su predecesora, afortunadamente protagonizada por Stellan Skarsgård como el joven Padre Merrin, cuya fe está en crisis por sucesos terribles que presenció durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero sin importar la versión que elijan, la huella de Merrin es profunda. Para muestra, basta un botón. La llegada de Abraham Van Helsing (Sir Anthony Hopkins) en Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992) es un gran homenaje a la escena ideada por William Friedkin hace 40 años. Y ahora que lo pienso, tanto Merrin como Van Helsing, son holandeses: “Que conste en los registros que a partir de este momento yo, Abraham Van Helsing, me involucro personalmente en estos extraños eventos”.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Exorcista de las cuatro décadas

Una noche como hoy, hace exactamente 40 años, cientos de personas observaron con alivio los últimos momentos de El Exorcista, el sexto largometraje del director estadounidense William Friedkin. Dudo que él imaginara la dimensión que alcanzaría su obra, que motivó un alud de cintas sobre posesiones demoníacas, desprendió dos desiguales secuelas, un par de precuelas (una hecha dos veces, en realidad), propició incontables parodias e imitaciones de diversas calidades. Costó poco más de 10 millones de dólares y ha recaudado, hasta la fecha, más de 440.
La novela homónima de William Peter Blatty, adaptada para la pantalla por él mismo, ofrece la materia prima perfecta para un clásico. Y le sigue sin duda su reparto afortunado y preciso: Ellen Burstyn como la atribulada actriz Chris McNeill, Jack MacGowran (el Profesor Abronsius de La danza de los vampiros) como el borrachín director de cine Burke Dennings, Max von Sydow como el experimentado Exorcista Lankster Merrin, Jason Miller como el atormentado sacerdote y psicólogo de medio tiempo Damien Karras, Lee J. Cobb como el cinéfilo y detective William Kinderman y, por supuesto, la entonces preadolescente Linda Blair como Regan McNeill, la desgraciada presa del demonio Pazuzu. Todo aderezado con las ya míticas Campanas tubulares de Mike Oldfield, tema musical que ha sido empleado en una variedad incontable de formas. Su horror contenido, que no necesita pilas de cadáveres o se sustenta en sus prodigiosos efectos especiales –innovadores para entonces-, es sobrecogedor hasta el final del metraje.
Todos conocemos su trama, y aun así volvemos a disfrutarla como el primer día cada vez que la reencontramos: la hija de padres divorciados que se establece con su madre en la ciudad de Georgestown, Washington, es poseída por una entidad malévola. Es sometida a una interminable, tortuosa e inútil serie de estudios médicos para descartar males físicos. La Psicología tampoco demuestra mucha eficacia y finalmente se llega al reconocimiento que la solución se encuentra en los territorios de la fe.

Alrededor suyo se tejieron toda serie de inquietantes leyendas que sólo contribuyeron a su incrementar su perdurabilidad: maldiciones, muertes misteriosas, sucesos sobrenaturales en los sets de filmación y sacerdotes llevados para bendecirlos (William O'Malley, que interpretaba al Padre Joseph Dyer, era reverendo en la vida real) y un destino funesto para sus actores. Si no lo creen, pregunten a Blair –hoy una mujer de 54 años-, cuya carrera actoral nunca despegó pese a su mítico personaje y se vio obligada a repetirlo en la poco agraciada El Exorcista II, el Hereje (John Boorman, 1977) o en la infame Reposeída (Bob Logan, 1990), comedia diseñada para el lucimiento del veterano Leslie Nielsen.

Sus escenas viven en las pesadillas de muchos, desde la aparición del demonio en el desértico Irak, las “ratas” que se pasean en el ático, el comportamiento perturbador de Regan, las apariciones fugaces –sólo para el espectador- en la oscuridad de su habitación, las cosas volando violentamente en el lugar, el vómito de sopa de chícharos, la cabeza giratoria de la chica, sus insultos (en la voz de Mercedes McCambridge), las alusiones sexuales y el estremecedor desenlace en las escaleras de la calle M de Georgestown, auténtico acto de lucidez, fortaleza y heroísmo.

El Exorcista se ganó con creces sus dos premios Óscar en 1974 (por Mejor mezcla de sonido y Mejor guión adaptado, aunque fue nominada a Mejor película, una auténtica hazaña para el género), su ingreso en 2010 al Registro Nacional de Películas de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos pero sobre todo su lugar inamovible en nuestra memoria y corazones. Me alegra pensar que la veré cumplir 50 años y, si me mantengo en buena forma, 75. Porque diferencia nuestra, la película no envejece. Hace un rato acabo de verla por enésima ocasión (la primera fue en el monstruoso reproductor Betamax de un tío, a escondidas, cuando tenía siete u ocho años) y debo reconocer que se mantiene tan vigente como entonces. Envidio a todos los que se asustaron en las salas de cine aquél 26 de diciembre de 1973. Significó el cierre de un gran año. 

jueves, 5 de noviembre de 2009

Una de zombis y poseídos.

Aún grabando
Rafael Aviña

[REC] (2007) se convirtió de inmediato en una película de culto, generando no sólo un remake estadounidense (Cuarentena, 2008), sino una insólita continuación que arranca minutos después del desenlace de la película original, y cuya oferta argumental aporta un nuevo giro a la trama primigenia.
[REC] 2 (España, 2009), dirigida también por Jaume Balagueró y Paco Plaza, suma un nuevo tanto a esa atractiva corriente de nuevo cine de horror ibérico impulsada desde la década pasada y a la que pertenecen Alejandro Amenábar, Alex de la Iglesia, Nacho Cerda, Juan Antonio Bayona o Nacho Vigalondo, entre otros.
El tono de horror y suspenso costumbrista centrado en un variopinto grupo de inquilinos de un viejo edificio barcelonés, una reportera de televisión conductora de un programa nocturno en vivo (Manuela Velasco) y un equipo de bomberos a los que la cámara sigue en una noche de rutina, desaparece en esta continuación.
El claustrofóbico escenario que albergaba una trama de zombis hambrientos y enloquecidos, muy en deuda con Exterminio (Boyle, 2002), La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968), secuelas y homenajes, se trastoca en [REC] 2 en un literal reducto del infierno, más bien emparentado al cine de posesiones satánicas como El exorcista (Friedkin, 1973).
Es decir: aquí la infección viral transmitida por fluidos y sangre, cual metáfora del Sida, adquiere un carácter religioso bastante inquietante. A ello, se suma un estilo visual ultramoderno y un montaje frenético a partir de diversos puntos de vista que ofrecen todo tipo de cámaras digitales, ya sea aquellas que porta un equipo especial de la policía, la cámara misma de la reportera, o la handycam que un grupo de adolescentes introduce en el lugar irresponsablemente.
A pesar de algunos momentos en verdad espeluznantes, en el que caben niños, coplas españolas, sacerdotes y pasadizos, [REC] 2 se distrae con escenas shock, algunos sustos muy burdos, ciertos problemas para unir sus subtramas y otorgarle credibilidad al tema demoniaco. A todo ello se suma un humor involuntario que se desprende del maquillaje, y, sobre todo, de los modismos locales. “Tíos”, “gilipollas”, “coño”, “puñeteros”, “hostias”... y más.