Existen dos
percepciones comunes al rememorar el clásico Evil dead –aquí le
nombraron El despertar del Diablo, y me gustó que lo hicieran-, que en
1981 escribió y dirigió un joven de 22 años llamado Sam Raimi: que el libro maldito que desata el horror es el Necronomicon
imaginado por Howard Phillips Lovecraft
y que el tono general de la trilogía es el de su segunda entrega (Evil
dead 2: dead by dawn, Sam Raimi, 1987), una entretenida mixtura de
horror, humor negro, excesos y cubetadas de sangre. Las dos son erróneas. De la primera reproduciré un artículo que escribí para la página web de Mórbido. La segunda es el principal argumento de los detractores del remake que se estrena hoy
en las salas de México. “Según el corto, le quitaron todo el humor que le
caracterizaba”, dicen. Para verlo es importante no perder de vista que la
original era una cinta de horror, con las carencias de un presupuesto reducido
y las limitaciones tecnológicas de la época. Todo era compensado con la
honestidad de un realizador que creía fervientemente en el terreno en que se
movía, que aportó elementos interesantes (esa cámara subjetiva que recorría el
tenebroso bosque y sus acercamientos abruptos), respetuoso de sus clásicos
(como revela el cartel de Las colinas tienen ojos de Wes Craven colgado en el infame sótano)
y con el empuje del que desea ganarse una posición en el campo. Él no intuía la
talla que su obra alcanzaría. Evil dead
se convirtió en objeto de culto instantáneo y ha sido venerada por generaciones
de cinéfilos desde su estreno. Por eso la idea de una reelaboración parece tan
ultrajante para muchos. La película convirtió en una celebridad a su protagonista Bruce Campbell, amigo de la infancia de Raimi. Ambos fungen como
productores de la nueva versión. Campbell anticipó que era un producto
diferente a su original. Para comenzar, su personaje Ash fue descartado. Pidió
también a los fans que le den una oportunidad. Se la daré. En breve podré
juzgar el resultado. Deseo genuinamente que me sorprenda, o por lo menos no me
decepcione.
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viernes, 5 de abril de 2013
jueves, 5 de noviembre de 2009
Una de zombis y poseídos.

Rafael Aviña
[REC] (2007) se convirtió de inmediato en una película de culto, generando no sólo un remake estadounidense (Cuarentena, 2008), sino una insólita continuación que arranca minutos después del desenlace de la película original, y cuya oferta argumental aporta un nuevo giro a la trama primigenia.
[REC] 2 (España, 2009), dirigida también por Jaume Balagueró y Paco Plaza, suma un nuevo tanto a esa atractiva corriente de nuevo cine de horror ibérico impulsada desde la década pasada y a la que pertenecen Alejandro Amenábar, Alex de la Iglesia, Nacho Cerda, Juan Antonio Bayona o Nacho Vigalondo, entre otros.
El tono de horror y suspenso costumbrista centrado en un variopinto grupo de inquilinos de un viejo edificio barcelonés, una reportera de televisión conductora de un programa nocturno en vivo (Manuela Velasco) y un equipo de bomberos a los que la cámara sigue en una noche de rutina, desaparece en esta continuación.
El claustrofóbico escenario que albergaba una trama de zombis hambrientos y enloquecidos, muy en deuda con Exterminio (Boyle, 2002), La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968), secuelas y homenajes, se trastoca en [REC] 2 en un literal reducto del infierno, más bien emparentado al cine de posesiones satánicas como El exorcista (Friedkin, 1973).
Es decir: aquí la infección viral transmitida por fluidos y sangre, cual metáfora del Sida, adquiere un carácter religioso bastante inquietante. A ello, se suma un estilo visual ultramoderno y un montaje frenético a partir de diversos puntos de vista que ofrecen todo tipo de cámaras digitales, ya sea aquellas que porta un equipo especial de la policía, la cámara misma de la reportera, o la handycam que un grupo de adolescentes introduce en el lugar irresponsablemente.
A pesar de algunos momentos en verdad espeluznantes, en el que caben niños, coplas españolas, sacerdotes y pasadizos, [REC] 2 se distrae con escenas shock, algunos sustos muy burdos, ciertos problemas para unir sus subtramas y otorgarle credibilidad al tema demoniaco. A todo ello se suma un humor involuntario que se desprende del maquillaje, y, sobre todo, de los modismos locales. “Tíos”, “gilipollas”, “coño”, “puñeteros”, “hostias”... y más.
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