Mostrando entradas con la etiqueta ENSAYOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ENSAYOS. Mostrar todas las entradas
lunes, 16 de julio de 2012
Aventuras para el Hombre Araña
Se encuentra actualmente en cartelera El sorprendente Hombre Araña (Marc Webb, 2012), cinta que, según los avances que he visto, es un alarde tecnológico. Ese es un aspecto que me repele, más porque en la mayoría de los cines se exhibe en 3D, técnica que -como saben- anatemizo. El otro es que la imagen de Andrew Garfield como Peter Parker se aleja notablemente de la intención que Stan Lee y Steve Ditko dieron al personaje en los años sesenta y que Tobey McGuire captó muy bien en la saga dirigida por Sam Raimi. Podría decirse que el nuevo Spiderman es un héroe para esta generación. Como dije la película no me atrae, pero la veré inevitablemente para poder criticarla como se merece. Mientras eso sucede -porque mi atención la acapara el próximo ascenso de Batman- reproduzco el estracto que el periódico La Jornada publicó el 9 de agosto de 2003 del estupendo libro de ensayos Del monstruo considerado como una de las bellas artes (Paidós, 2006) de mi querido amigo Vicente Quirarte, uno de los más grandes admiradores del arácnido que conozco.
--
Aventuras para el Hombre Araña
Vicente Quirarte
El primer enemigo del Hombre Araña fue mi padre. Ambos fueron los mejores amigos de mi infancia. No teníamos televisión pero sí muchos libros. Después sabríamos que esos objetos impresos y sin imágenes contenían potencialmente más aventuras que las salidas del aparato congregador de nuestros envidiables, afortunados vecinos, en cuya casa buscábamos refugio. Debido a que mi padre anatematizaba tanto la televisión como los dibujos animados en revistas, la prohibición nos condujo a la pasión. Su trabajo, como historiador, consistía en descifrar y desmitificar la vida de los héroes. Sus hijos nos afanábamos en explorar y mitificar las vidas ejemplares de los superhéroes. Mi padre intentaba convencernos -y a veces tenía éxito- de la resistencia de José María Iglesias, la abnegación de Santos Degollado, las desventuras de la familia Juárez. Pero a nosotros nos decían más los naufragios y comentarios de un adolescente transformado por una araña radiactiva o a las dudas existenciales del abogado ciego que decide convertirse en paladín de otra clase de justicia.
Nacieron con mi infancia y no pasaba un mes sin que surgiera un superhéroe con nuevos y sorprendentes poderes. El escenario era una ciudad reconocible, Nueva York, lo cual contribuía a la verosimilitud de las historias que modificaban la rutina de mi diario camino a la escuela. En el primer número de Diabólico (Daredevil), el nuevo paladín hace su debut con un recorrido por encima de las calles neoyorkinas. Dos comunes mortales lo descubren y el primero dice: "¿Qué es eso? Ah, otro superhéroe", a lo cual su acompañante responde: ''En esta ciudad no puedes dar la vuelta sin tropezarte con uno de ellos''. Sobrevivíamos la semana sólo gracias a la ilusión del siguiente capítulo. Al mismo tiempo, la emergencia de cada villano era un examen al cual los lectores sometíamos a los creadores de la historia. Cuando era un acierto, el resultado se aproximaba a la hipérbole del gastrónomo Anthelme Brillat-Savarin cuando afirmaba que el descubrimiento de un nuevo platillo era tan importante como el descubrimiento de un nuevo planeta.
[...]¿Qué hace tan intenso e inolvidable al Hombre Araña? ¿Qué lo distingue del resto de los héroes supervivientes y necesarios en un mundo de canallas? Todos hemos querido ser Supermán, pero todos hemos sido el Hombre Araña. Aunque la muerte física del primero echó por tierra el mito de la inmortalidad, el estudiante y periodista gráfico Peter Parker tiene sobre Clark Kent una superioridad emotiva que lo convierte en el último de los románticos y en el primero de los héroes enmascarados. Una imagen frecuente en sus aventuras es la meditación en la azotea -ese lugar tan alejado de los hombre como cercano al cielo-, en la contemplación de la capital del mundo globalizado. Lleva, como Supermán, los colores del imperio, pero no es un vasallo del imperio.
Quien alguna época de su vida haya sido el Hombre Araña conoce la grandeza de la tortura y las delicias de la victoria. Batman tiene escudero, mayordomo y fortuna económica que lo curen de los fracasos parciales; Supermán tiene su retiro en el Polo Norte, donde recuerda su planeta natal y puede vivir en el mejor de los mundos imposibles. El Araña está soberbiamente solo, como un adolescente. Sobre sus ilustres antecesores, Peter Parker tiene dos ventajas: el sentido del humor y la pobreza. Lo que podría hacer en su personalidad de araña -robar una casa, entrar en un banco- contradice la ética de su parte luminosa. Al igual que Babette, Parker puede afirmar, con mayor justicia que nadie: no hay héroe pobre. Como respuesta a la pregunta retórica que formulé antes, dejemos la palabra a Stan Lee, el padre de los héroes -dioses y monstruos- que forjaron nuestra primera y definitiva educación: ''Creo que Spidey ha dejado una huella tan duradera porque quizá sea el superhéroe más humano de todos. Nunca tiene suficiente dinero, siempre lo acucian los problemas personales y no se puede decir precisamente que el mundo aplauda sus acciones... En suma, se parece mucho a ustedes y a mí".
martes, 19 de junio de 2012
Ciudad Bradbury
Su ausencia de días sólo hace más patente la pérdida, Maestro Ray Bradbury, aunque usted ya era eterno en muchas formas. Mi querido amigo Vicente Quirarte compartió conmigo un ensayo que otro de sus devotos, el talentoso poeta avecindado en Guadalajara Jorge Esquinca, le dedicó recientemente. Con el amable permiso de su autor, se lo presento a sus deudos como una manera de honrar su memoria. Porque como bien afirman muchos, usted no murió. Sólo regresó a casa.
Jorge Esquinca
--
Ciudad Bradbury
A Jorge
Aceves Azcárate, que me inició en su lectura.
Al salir de una infancia poblada por las desventuras de Robinson
Crusoe, el estrépito de las batallas en altamar de los piratas de Mompracem y
los viajes dentro y fuera de la tierra al mando del capitán Verne, estaba yo,
sin duda, listo para emprender la prodigiosa literatura de Ray Bradbury. El
adjetivo le conviene pues un prodigio, dice la RAE, es un “suceso extraño que
excede los límites regulares de la naturaleza”. Y probado está que el
territorio proyectado por el escritor de Illinois a lo largo de miles de
páginas no conoce otros límites que los de una imaginación que con frecuencia
crea y desborda sus propias fronteras.
Comencé, igual que muchos otros, con esa obra
maestra titulada Crónicas marcianas
-que sigue reimprimiéndose con el prólogo de Borges- y cuyo final aún nos
aguarda ya que la última de las historias está fechada en octubre del año 2026.
Seguí con El hombre ilustrado, esa
fascinante colección de relatos que cobran vida a partir de los dieciocho
tatuajes dibujados en la piel de un desconocido por una mujer del futuro: “Una
vieja bruja que en un momento parecía tener cien años y poco después no más de
veinte. Me dijo que ella podía viajar por el tiempo. Yo me reí. Pero ahora sé
que decía la verdad”. Vendría luego su imprescindible Farenheit 451 donde el “arte de la memoria” -expuesto por Giordano
Bruno en el siglo XVI- adquiere una importancia capital para salvaguardar las
obras del pensamiento y la imaginación en un mundo donde los libros han sido
prohibidos. Por cierto, Bruno postulaba la teoría heliocéntrica del cosmos y
creía en la existencia de infinitos universos. Condenado por la Inquisición,
terminó sus días en la hoguera, como los libros en la novela de Bradbury. A mediados del siglo pasado, Francois Truffaut
realizó una película que sigue muy de cerca el argumento de la novela y que,
vista hoy en día, resulta un nostálgico homenaje; no obstante su atmósfera
ineludiblemente sesentera, el film logra transmitir el culto al libro tan caro
a Bradbury, quien, luego de ver la película, celebró la puesta en escena de
Truffaut y no dudó en afirmar: “Cada uno de nosotros conserva una parte de
algún libro en su cabeza. Unos tienen buena memoria, en otros la memoria es más
pobre, pero todos tenemos recuerdos de un libro y de cómo cambió nuestras
vidas”. Novela emblemática, resulta particularmente significativo que su
autor la eligiera para el escueto epitafio de su lápida: Ray Bradbury. Author of Farenheit 451. Sin embargo, el mejor tributo
no explícito a su mente fabuladora se encuentra, me parece, en las dos únicas temporadas
(2004-2005) de la estupenda serie de televisión Carnivàle producida por HBO, la misma compañía que había llevado a
la pantalla chica The Ray Bradbury
Theater en los años ochenta.
Escritor visionario, Bradbury privilegiaba la
lectura de poesía. En un libro delicioso, poblado de páginas que destilan
bonhomía y sapiencia literaria, Zen en el
arte de escribir, recomienda: “Lea usted poesía todos los días. La poesía
es buena porque ejercita músculos que se usan poco. Expande los sentidos y los
mantiene en condiciones óptimas. Conserva la conciencia de la nariz, el ojo, la
oreja, la lengua y la mano. Y, sobretodo, la poesía es metáfora o símil
condensado. Como las flores de papel japonesas, a veces las metáforas se abren
a formas gigantescas. En los libros de poesía hay ideas por todas partes; no
obstante, qué pocos maestros del cuento recomiendan curiosearlos.” Habla
también de sus poetas predilectos y señala particularmente a dos de ellos,
Gerard Manley Hopkins y Dylan Thomas, considerados difíciles. Aun así, Bradbury alienta siempre al lector: “¿Dice que
no entiende a Dylan Thomas? Bueno, pero su ganglio sí lo entiende, y todos sus
hijos no nacidos.” Y añade esta frase espléndida que subrayo: Léalo con los ojos, como podría leer a un
caballo libre que galopa por un prado verde e interminable en un día de viento.
No conozco mejor invitación a la lectura del autor de Vision & Prayer y a la de cualquier otro poeta considerado
difícil. Una frase que me hace recordar al cineasta Andrei Tarkovski, quien
pedía a los espectadores de sus larguísimas películas que las vieran como quien
contempla el paisaje desde la ventanilla de un tren. Toda dificultad aquí se
disuelve y da paso al continnum de la
imaginación humana.
Aunque él mismo no se consideraba
estrictamente un escritor de ciencia ficción, la Era del Espacio –como solía
llamársele- rindió a Bradbury dos homenajes que deben haberle alegrado la vida.
En 1971 los astronautas de la misión
Apolo 15 bautizaron al Cráter Dandelion en honor de la novela Dandelion Wine (se tradujo como El vino del estío). Veinte años después el
proyecto Spacewatch de la Universidad de Arizona le dio el nombre de Bradbury al asteroide 9766 recién
descubierto. ¿Sería llevar demasiado lejos la imaginación al sugerir el nombre
de nuestro autor para la primera colonia que habrá de establecerse en el
planeta rojo algún día?
miércoles, 8 de febrero de 2012
Julio Verne entre nosotros
Julio Verne entre nosotros
Vicente Quirarte
La primera vez que tuve conocimiento de la novela de Julio Verne Un drame au Mexique fue gracias a las pasiones de mi amigo Frédéric-Yves Jeannet. Nacido en Francia como Verne –aquél en Grenoble, éste en Nantes-, Frédéric ejerció desde muy joven el oficio de explorador del mundo, cristalizado en su primer libro, Lejos de ninguna parte. Como Phileas Fogg, esa pasión viajera lo condujo a encontrarse con la mujer de su vida, en México, y de manera más precisa, en Cuernavaca. A esa ciudad dirigió sus miras desde que devoró las páginas de Under the Volcano, la obra maestra donde Malcolm Lowry hace de Cuanáhuac un obligado sitio de peregrinación para los devotos de la geografía literaria. En las páginas de Lowry, Frédéric hizo un viaje virtual a Cuernavaca. Exploró sus cañadas, su magia, sus cantinas que son simbólica y concretamente, el umbral del paraíso y del infierno. Y fue en Cuernavaca, en la casa distante que allí han construido Frédéric, Angélica y mi ahijado Juan Ángel, donde conocí el texto que ahora Leslie Alger ha traducido y editado a partir de su edición original. Tuve la fortuna de leer la novelita en la reproducción facsimilar que los siempre sabios franceses han hecho de los Voyages Extraordinaires editados por Jules Hetzel, en los cuales se reproducen además las encuadernaciones originales, con sus flamantes rojos y dorados y sus ilustraciones en relieve. Me sorprendió como a muchos que Verne hubiera situado su narración en México, sin haber estado nunca en nuestro país, del mismo modo en que nos alucinaba encontrar aquellas líneas de otro devoto lector de Verne, Arthur Rimbaud, en unas líneas de su poema “Enfance”, perteneciente a las Illuminations: “Este ídolo, ojos negros y crin amarilla, sin padres ni corte, más noble que la fábula, mexicano y flamenco”.
Ahora, gracias a la investigación de Leslie Alger, sabemos que Un drama en México se llamó originalmente Los primeros navíos mexicanos, y que además de estar situada en nuestro país e incluir desde el título su nombre, fue propiamente su primera novela publicada, en 1851. El circuito de ese viaje nunca realizado pero siempre soñado y, por lo tanto, consumado, se cierra cuando la propia Leslie Alger nos informa que en 1910 apareció, como una de las obras póstumas de Verne, otra novela situada en México, titulada El eterno Adán. No me extenderé en la primera obra, pues corresponde ese honor a quien como Leslie Alger nos ha obligado a mirar esa pequeña y significativa obra con nuevos ojos y ha traído a Julio Verne hasta nosotros. Pero haré una última digresión biográfica y bibliográfica que incluye de nuevo, ustedes disculpen, a Frédéric-Yves Jeannet. Ante la cercanía de su cumpleaños número cuarenta, se me ocurrió la obsesiva idea de regalare una primera edición -en francés- de Autor du monde en quatre-vingt jours. Tal decisión fue la llave que me permitió entrar con desplante y confianza a un paraíso que siempre había mirado con veneración y sólo por fuera. Se trata de una maravillosa librería llamada Monte Cristo, y que se encuentra en la calle Monsieur le Prince del Barrio Latino. Vende de exclusivamente libros de aventuras, de Emilio Salgari, Alexandre Dumas y por supuesto, Julio Verne. En el aparador lucen los volúmenes como si apenas hubieran sido impresos y encuadernados, alternados con juguetes de la época: el Nautilius del capitán Nemo, el globo de Phileas Fogg. Es atendida por dos caballeros, jóvenes y flemáticos, justamente orgullosos de su oficio. Cuando pedí el libro que necesitaba, me atendieron con diligencia y fría amabilidad. Me explicaron, por ejemplo, el misterioso motivo por el cual una encuadernación en keratol cuesta casi el doble que la encuadernada en tela. Sólo tenían La vuelta al mundo en la segunda presentación, que igualmente era un regalo digno. Mientras me envolvían el tesoro, les pregunté como al paso si tenían por casualidad Drame au Mexique. Desde la cima de su autoridad me respondieron que esa novela, naturalmente, jamás la había escrito Verne; que si no me refería, acaso a Un drama en los aires, como se llamó originalmente Cinco semanas en globo, que se convertiría en 1863, en el primero de los viajes extraordinarios. Les dije que no y cómo la había leído en edición facsimilar. Entonces procedieron a buscar en los catálogos más autorizados. No la encontraban, y a punto de abandonar una búsqueda bibliográfica que para ellos ya se había convertido en cuestión de honor, les dije que no importaba, que me satisfacía haber contribuido mínimamente a ensanchar su horizonte y que me daba gusto que Verne hubiera dedicado su primera novela a un asunto histórico mexicano, aunque fuera de modo lateral. Por fin, se iluminó el rostro de uno de los caballeros al encontrar la ficha. Yo les había dado el dato incompleto, pues la novela se llama, naturalmente, no Drame au Mexique sino Un drame au Mexique.
La anécdota es ilustrativa de la actitud que los países colonialistas tuvieron sobre los otros y la manera en que nosotros quereos saber sobre ellos y acerca del modo en que nos miran. Es significativo que la segunda edición de la obra, ya hecha por Hetzel, haya aparecido en 1863, cuando México estaba ocupado por el ejército interventor de la patria de Verne. Como ha examinado Jean Chesneaux en su magnífico libro Una lectura política de Julio Verne, no obstante que nuestro autor tenía una visión burguesa de la vida, en sus novelas se notan luces de la utopía de Saint Simon así como la admiración del buen salvaje.
El eterno Adán es una narración dentro de otra narración. Un hombre del futuro, el zartog Sofr-Aï.Sr, vive en el Imperio de Los Siete Mares, en un momento cuando el mundo está convertido en una aldea global y ha alcanzado un alto grado de civilización y civilidad. Un día encuentra un manuscrito escrito en un idioma para él desconocido. Dedica varios años a su desciframiento y finalmente lo ofrece a los ojos de nosotros, sus afortunados lectores. Y aquí comienza para nosotros la parte más intensa, pues se trata de un diario, escrito en primera persona, y situado a comienzos del siglo XX en la ciudad de Rosario, Sinaloa. Dice el personaje narrador: “Aquel día, el 24 de mayo, había reunido a algunos amigos en mi villa de Rosario. Rosario es, o más bien era, una ciudad de México, a orillas del Pacífico, un poco al sur del golfo de California. Me había instalado allí una decena de años antes para dirigir la explotación de una mina de plata que me pertenecía en propiedad. Mis negocios habían prosperado sorprendentemente. Era un hombre rico, muy rico incluso…, y proyectaba regresar dentro de poco tiempo a Francia, mi patria de origen. Mi villa, una de las más lujosas, estaba situada en el punto culminante de un enorme jardín que descendía en pendiente hacia el mar y terminaba de forma brusca en un acantilado cortado a pico, de más de cien metros de altura. Por la parte de atrás de mi villa, el terreno seguía subiendo y, a través de un sinuoso camino, podía alcanzarse la cresta de las montañas, cuya altitud superaba los mil quinientos metros. A menudo era un paseo agradable…varias veces había realizado la ascensión en mi automóvil, un soberbio y potente doble faetón de treinta y cinco caballos, de una de las mejores marcas francesas”.
A comienzos del siglo XX, La Ciudad Asilo del Rosario, antiguamente Real de Minas de Nuestra Señora del Rosario, en el estado de Sinaloa, distaba 5 kilómetros de las vías del ferrocarril del Pacífico. La riqueza mineral contenida en las entrañas sinaloenses había convertido a la población en una de las más activas de la zona, y había sido el origen de fortunas mexicanas y extranjeras. El hijo de una de ellas, Jesús E. Valenzuela, había dedicado parte de ese patrimonio a financiar las aventuras intelectuales de los escritores reunidos alrededor de la Revista Moderna.
Punto de confluencia de empresarios y utopistas, de hombres de Dios y hombres sin ley, Rosario era una población alejada de la autoridad central pero bajo la vigilancia de Francisco Cañedo, que ocupó el escenario político sinaloense desde 1877 hasta 1909. Las altas temperaturas de Rosario se mitigaban con la cercanía del mar y el paso generoso del río Baluarte. Verne no es preciso en su descripción de Rosario, pues no hay mar. El más próximo es Mazatlán, pero aquí, de nuevo, Verne logra que la naturaleza imite al arte. Gilberto Owen, nacido en Rosario en 1904, hará en su novela La llama fría, de 1925, un híbrido entre Rosario y Mazatlán. ¿Eligió Verne la palabra Rosario por su eufonía o por el conocimiento que pudo tener de esa población? Durante el siglo XIX, varios fueron los extranjeros que vinieron a México con el deliberado propósito de hacer un mapa de sus minas. El más célebre, por la obra que escribió fue Henry George Ward, que estuvo entre nosotros en 1827. Rosario fue un mineral de gran importancia desde la época virreinal, y aún a principios del siglo XX, los mineros se dieron el lujo de colocar en la parroquia un barandal de oro macizo. De ahí que la verosimilitud geográfica de Verne, para situar el principio de su novela, sea la correcta.
La situación idílica de la familia que habita Rosario se ve una noche brutalmente interrumpida por un terremoto. Con terror, al salir de la casa los personajes se dan cuenta de que el nivel del mar sube con rapidez inusitada. Suben al poderoso automóvil –en los tiempos de la muerte de Verne apenas comenzaba su imperio- y se dirigen a la parte más alta de Rosario. En el último minuto logran subirse a un barco, el Virginia, que venturosamente llegaba, y a bordo de él recorren lo que antes era tierra. El narrador debe de reconocer: “¡Qué cambio, en el espacio de una corta noche de primavera! Las montañas han desaparecido, todo México ha sido sumergido por las aguas. En su lugar sólo hay un desierto infinito, el árido desierto del mar.” Posteriormente recorren todo el planeta para descubrir que han desaparecido todos los continentes y que ellos son los últimos sobrevivientes de la especie. El mar, ese dominio libre y sin ataduras donde el capitán Nemo hallaba el paralelo para su espíritu anarquista, y donde encuentra el símbolo de la vida y de la eterna compañía de otras criaturas, más dignas que sus semejantes, se ha transformado en inmenso sudario que cubre a los antiguos habitantes del planeta.
De los sobrevivientes, dos de ellos son dos sabios, un inglés llamado Bathusrts y un mexicano, el doctor Moreno. Asimismo, resalta la figura del señor Mendoza, “presidente del tribunal de Rosario, un hombre estimable de mente cultivada, un juez íntegro”.
Si en la novela es un temblor de tierra el que altera la vida armónica de Rosario, en otra historia, ésta de la vida real, ocurrida en 1913, un niño del mineral del Rosario llamado Gilberto Owen dice a su madre: “Creo que va a temblar”. Minutos después comienza un terremoto, venganza simbólica de una tierra vulnerada por varias generaciones de gambusinos, uno de los cuales era el padre del niño Gilberto. A raíz del terremoto y de la Revolución, la familia Owen Estrada emigra, para iniciar la Odisea de uno de nuestros autores que hicieron del viaje uno de los temas fundamentales de su poesía y de su existencia. El terremoto de la novela de Verne –que es en realidad un maremoto de definitivas consecuencias- no puede dejar de evocarnos la pesadilla tangible del Tsunami que, como en la ficción de Verne, que a finales de 2004 borró territorios que apenas ayer estaban en nuestros mapas. Creyente en los poderes benéficos de la naturaleza, y en la capacidad humana para utilizarla en beneficio de la especie humana, en la narración El eterno Adán ese poder generoso se transforma en maligno. Desde su primera novela, Cinco semanas en globo, Verne había dado nuestras de su desprecio a las que, fiel a las ideas de su tiempo, consideraba razas inferiores y de su fe en el progreso como medio para llevar a otras tierras los principios de la civilización, que en la práctica eran los del colonialismo. Sin embargo, en todo momento Verne da un voto de confianza a todos aquellos que, sin importar su origen, su raza o su condición social, defienden los principios morales de la humanidad entera. Como sucede con todo aquel que adquiere la unánime admiración de su especie, varias ciudades reclaman haber sido cuna de su nacimiento. Rosario no es la excepción. Los sinaloenses, y particularmente los nativos de Rosario, ostentan el orgullo de que Verne haya elegido Rosario para situar el principio de su novela apocalíptica. La profesora Schneider, que debe haber nacido cuando Verne ingresaba a la inmortalidad, afirmaba, categórica y sabia, que el autor francés se carteaba con una mujer de Rosario. La anécdota da pie para un nuevo viaje extraordinario. Lo cierto es que el articular en su novela el nombre de la ciudad de Rosario, Verne nos da pie para conversar con él de otra manera y para establecer el principio de varias historias conjeturales. Posiblemente le gustaría saber que esa ciudad sinaloense fue la cuna de Pablo Villavicencio, mejor conocido por su seudónimo El Payo del Rosario, precursor de la Reforma y por lo tanto hermano del espíritu de la revolución de 1848 y la utopía libertaria abrazada por Verne; le hubiera divertido y estimulado saber que en esa villa sinaloense nació el periodista que, al igual que Lizardi, escribiría textos en los que se combinan la puntería crótica son la sátira despiadada, como es el caso de O se destruye el Congreso se lleva el diablo al reyno, de 1823, o uno de 1825 que bien hubiera suscrito Verne: Si no se van los ingleses hemos de ser sus esclavos.
El utopista Saint Simon escribió: “Todo el vapor y la electricidad; sustituir la explotación del hombre por la explotación del globo por la humanidad”. En esta frase, señala Chesneaux, se resume el espíritu de los Viajes extraordinarios de Verne. Además de las novelas donde hace tal planteamiento, diseminado a lo largo de las aventuras que son el eje principal de sus obras, el autor resume sus ideas de anticipación social en el ensayo Une ville idéale (Una ciudad ideal), “leído en la sesión pública de la Academia de Amiens del 12 de diciembre de 1875. Y en Los 500 millones de la Bégum soñaba con una sociedad progresista pero advertía contra los peligros de la desaparición del latín y el griego en los liceos: “la instrucción es puramente científica, comercial e industrial”.
Al situar El eterno Adán en Rosario, donde el personaje narrador tiene una situación no solamente estable sino bonancible, Verne recuerda también el caso histórico del utopista e ingeniero Albert Kimsey Owen, que en 1872, a los 24 años de su edad, llega por primera ocasión a la bahía de Topolobampo. Al apreciar la riqueza de recursos, la belleza del paisaje, la generosidad del clima, exclama: “si con la luz del amanecer aparece un canal hondo y seguro entre este mar interno y e Golfo de California, entonces éste sería el lugar perfecto para una gran ciudad metropolitana. En esas aguas, donde ahora no se ve embarcación alguna, un día acudirían barcos de todas las naciones. En estas planicies habitarán familias felices. Acudirán multitudes de asiáticos y australianos que serán recibidas por los europeos que llegaron a su vez desde las costas del Atlántico por el ferrocarril, cruzando las llanuras y las sierras”. La idea de Owen parecía tan descabellada como la de los ingenieros de Verne: crear un ferrocarril que constituiría la gran línea Asia a Europa vía México y Estados Unidos. Tras cabildeos y ardua labor con gobiernos y empresarios de México y Estados Unidos, en 1886 dio fin a su sueño: se tendieron las vías del ferrocarril y se establecieron los primeros colonos en Topolobampo. Luego enfermedades, hambrunas y descontentos, para 1893 la mayor parte de las familias habían regresado a su lugar de origen.
La destrucción del mundo por fuerzas de la naturaleza convierte a Verne en profeta de los nuevos tiempos. Si bien El eterno Adán no tiene la fuerza de sus obras mayores, ni la solidez de otros personajes, su visión apocalíptica, su ubicación en una población mexicana, aproximan su visión a la de otro profeta desencantado de nuestro tiempo, José Emilio Pacheco.
* Texto leído en la mesa redonda “Julio Verne, viajero virtual de México. En el centenario de su viaje más largo”, celebrada en la Biblioteca Nacional de México, el 17 de marzo de 2005.
El viaje inolvidable
El viaje inolvidable*
Roberto Coria
En las primeras páginas de 20,000 leguas de viaje submarino, Julio Verne nos advierte, a través del profesor Pierre Aronnax, erudito del Museo de Historia Natural de Paris, de la existencia de un gigantesco monstruo marino que en el año de 1866 ataca y destruye embarcaciones a lo largo de los siete mares. Para darnos una idea de las dimensiones de esta criatura, Verne cita a un par de figuras terribles: el mítico Kraken y la ballena blanca Moby Dick. Esta última, como es bien sabido, es protagonista de la novela homónima de Herman Melville –publicada en 1851- y suele ser considerada el relato canónico de aventuras marinas. Durante muchos años me he adherido a esta opinión casi unánime, pero la relectura indispensable de la más memorable creación de Julio Verne ha puesto en duda mi sentir.
La historia de 20,000 leguas de viaje submarino –cuyo título inicial fue Viaje bajo las olas- inicia en 1866, el mismo año en que Verne comenzó a escribirla. Desde el verano de 1867, Jules Hetzel daba la primicia de su inminente publicación a los suscriptores del Magasin d´education et de récréation. Aseguraba orgulloso que sería“el más extraordinario libro de este minucioso y apasionante autor”. Su versión definitiva, la que Verne escribió después de romper un primer manuscrito, vio la luz el año de 1869 y se convirtió de inmediato en un éxito.
Como sucede en al menos 30 de sus Viajes extraordinarios, Verne utiliza el mar como escenario de esta formidable aventura. Narrada en primera persona por el profesor Aronnax a lo largo de 47 capítulos divididos en dos partes, relata la expedición emprendida por el gobierno norteamericano para dar caza a esa monstruosidad que hunde barcos. Aronnax se encuentra en Nueva York cuando en su calidad de experto –es autor del libro en cuatro tomos Los misterios de los grandes fondos submarinos- recibe una invitación para embarcarse en el USN Abraham Lincoln, capitaneado por el comandante Farragut.
Aronnax es el típico científico de las novelas de Verne. Curiosamente en las ilustraciones que Édouard Riou hace para la novela, ambos tienen un notable parecido. Es un hombre entrado en años, objetivo, cauteloso y apasionado por su campo de estudio, en este caso el mar y sus secretos.
El académico francés va acompañado de su aprendiz Conseil –Consejo en algunas traducciones a nuestro idioma-, joven flamenco que lleva diez años acompañándole en sus correrías y que ha desarrollado una gran capacidad para clasificar especies marinas.
A bordo del Abraham Lincoln también se encuentra el canadiense Ned Land -que Aronnax describe como la mejor arma del buque- conocido como el rey de los arponeros. Es un hombre de gran habilidad y sangre fría, de unos cuarenta años de edad, fuerza formidable, elevada estatura, colérico y poco comunicativo.
Después de semanas de infructuosa búsqueda encuentran finalmente al monstruo marino. Después de una emocionante persecución que seguramente está inspirada en el clásico de Melville, y que Peter Benchley retomó en su novela Tiburón, el monstruo termina por hundir al navío.
Solamente Aronnax, Conseil y Land sobreviven al naufragio. Al despertar descubren que se encuentran en las entrañas del monstruo y que no se trata de un ser viviente, sino de un ingenio mecánico: un submarino. Aparece entonces su anfitrión, un misterioso hombre que se hace llamar Capitán Nemo, quien de inmediato se convierte en el personaje principal de la novela y en el más fascinante y representativo de la obra de Verne. En muchas formas, es también el que mejor refleja sus aspiraciones adolescentes.
Nemo significa en latín Nadie, al igual que su anagrama Omen significa presagio y fatalidad. Es un hombre de nacionalidad desconocida –su origen se revela en otra obra de Verne- que ha roto todo vínculo con la humanidad y se ha lanzado al océano para alcanzar sus propósitos. El mar es su patria adoptiva. Allí ha encontrado la libertad que tanto anhelaba. Habla francés, inglés, alemán y latín sin denotar ningún acento. Estudió ingeniería en Londres, Paris y Nueva York. Es un apasionado de la pintura y la música. Posee una riqueza personal con la que “podría pagar sin problemas la deuda exterior de Francia, que asciende a 12 mil millones de francos”.
Nemo tiene un propósito poderoso: la venganza. Confiesa que alguna vez fue “habitante del país de los oprimidos”, y utiliza sus recursos para aliviar el pesar de los pobres y para vengar a las víctimas de la injusticia. Es para ello que con la ayuda de sus marineros –a quienes se refiere como sus hermanos, sus compatriotas- ha construido el prodigio tecnológico conocido como Nautilus, su hogar y medio de transporte, casi una extensión de sí mismo. Él lo ha diseñado y ensamblado secretamente en una isla con un lago submarino y un volcán apagado.
Como afirma Fernando Savater, el Nautilus es el primero de los submarinos conocidos y el último que olvidaremos. A lo largo de tres capítulos, Nemo describe al asombrado Aronnax los detalles de su construcción y su funcionamiento. Le revela que la fuerza que lo impulsa es la electricidad, pero nunca despeja la duda del método por el cual la genera. ¿Podemos presumir que el Nautilus era un submarino nuclear? El sumergible es una suerte de arca de Noé de artificio, un museo-acuario que alberga una biblioteca conformada por 12,000 volúmenes –el 1% del acervo de esta Biblioteca Nacional- a los que califica como “su único lazo con la tierra”, una colección de arte de los más grandes maestros, la más amplia compilación de especimenes marinos y una infinidad de tesoros que ha recolectado en el fondo del mar. Pero a pesar de contener todas estas maravillas, el Nautilus es también un arma de destrucción, hecho que contraviene la visión optimista de la ciencia que Verne plasma en sus novelas.
Durante casi 10 meses –las 20,000 leguas del título-, los invitados-prisioneros de Nemo viven toda clase de aventuras: hacen una cacería en los fondos marinos, exploran embarcaciones hundidas, recolectan perlas en almejas gigantes, son atacados por nativos salvajes, luchan por escapar de los hielos del Polo Norte, recorren el río Amazonas, se encuentran con ballenas, combaten tiburones sedientos de sangre, descubren la ciudad perdida de la Atlántida y luchan contra un grupo de calamares gigantes. Los detalles los pasaré por alto para invitar a la lectura –o relectura- de este clásico.
Los capitanes del Nautilus y del Pequod comparten muchas semejanzas. Los relatos que protagonizan son espléndidas narraciones donde sus autores, Julio Verne y Herman Melville, hacen gala de detalladas descripciones de la vida marítima y de las técnicas de navegación del siglo XIX. Nemo, al igual que Ahab, se ha lanzado al mar para llevar a cabo su venganza. Los dos sufrieron pérdidas terribles: Nemo la de su esposa e hijos; Ahab la mutilación de su propio cuerpo. La ballena blanca que persigue Nemo es la tiranía. Ambos se fortalecen por su odio, en la misma tradición de personajes como el joven capitán Edmundo Dantés que escapa de prisión para castigar a los culpables de su injusto encarcelamiento, o del millonario Bruce Wayne que adopta la figura de un murciélago para buscar otra forma de justicia.
Sin embargo Nemo no se ha sumergido por completo en la oscuridad. A pesar de los múltiples crímenes que comete, el lector desarrolla simpatía por él. Aronnax emplea adjetivos como extraordinario y fascinante para describirlo. Nemo arriesga su vida para salvar a sus hombres en muchas ocasiones, llora la muerte de sus camaradas de armas y se preocupa por la preservación de las especies marinas –“la voracidad de los pescadores algún día acabará por extinguir a la última ballena del océano”-.
El desenlace de la historia es tan súbito como impresionante. Pero es innegable que Nemo, ese arcángel del odio, ese terrible justiciero, ha alcanzado la gloria y la inmortalidad, al igual que el hombre que lo concibió.
De la novela a la pantalla de plata.
Un documental incluido en la edición especial del DVD de la película 20,000 leguas de viaje submarino (1954), producida por los estudios de Walt Disney, insiste en colocar en el mismo nivel al escritor francés y al cineasta norteamericano. Esto puede ser cuestionado en muchos aspectos, pero lo cierto es que tanto Verne como Disney fueron notables exploradores de los territorios fantásticos y se beneficiaron mutuamente, pues de la unión de sus talentos surgieron numerosas e interesantes adaptaciones cinematográficas.
20,000 leguas de viaje submarino fue el primer proyecto con actores reales de esta compañía y su primera incursión en la técnica de Cinemascope. Su reparto está conformado por Paul Lukas como el profesor Aronnax, Peter Lorre como Conseil, Kirk Douglas como Ned Land y James Mason como el Capitán Nemo, bajo la dirección de Richard Fleischer (quien era hijo del legendario Max Fleischer, acérrimo competidor de Disney y creador de las caricaturas animadas de Superman y Popeye el marino).
Ya desde su primera secuencia, en la que vemos un ejemplar bellamente encuadernado de la novela, la película afianza su relación con la creación de Verne. Sin embargo, este vínculo es bastante libre, como en casi toda novela adaptada para la pantalla grande. El personaje de Pierre Aronnax, que en muchos momentos del metraje sirve como narrador, pasa a un segundo término, mientras Ned Land y el Capitán Nemo acaparan los reflectores.
Los productores no fallan en aplicar el sello de la casa: incluyen un colorido número musical –The Whale of a Tale- para el lucimiento de Kirk Douglas -quien resulta ser más parlanchín que el descrito por Verne- y una amistosa foca llamada Esmeralda, heredera de la tradición de animalitos parlantes que caracteriza a Disney. Peter Lorre, célebre por sus actuaciones en cintas de horror como M el maldito, resulta mucho mayor de edad que el Conseil descrito por Verne. Curiosamente, el actor se quejaba que debió ser él quien interpretara al calamar gigante.
El guionista toma sólo algunos de los momentos más atrayentes y fáciles de realizar –con los avances técnicos disponibles- de la obra y descarta otros de mayores dimensiones. Por sólo citar un ejemplo, la escena climática del combate con el banco de calamares gigantes tuvo que reducirse a sólo uno de estos monstruos. La versión original se desarrollaba en un atardecer, pero los alambres que animaban los tentáculos de la criatura se veían a 20,000 leguas. Se dice que Walt Disney fue quien sugirió que la escena se rodara nuevamente en medio de una tormenta para ocultar los efectos. Hoy en día, la cinta es recordada por esa secuencia.
El resultado final es una película atrayente que cumple con su principal función: llevarnos a mundos fantásticos y cautivar nuestra imaginación.
Que la disfruten.
*Texto leído en el coloquio Julio Verne, en el centenario de su viaje más largo, celebrado en la Biblioteca Nacional de México en el año 2005.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Divino fantasma
Memoria de un fantasma
Roberto Coria
Escribo estas palabras a 111 años de que Oscar Wilde, en la modesta habitación de un hotel parisino, exhalara su último aliento. Conocí uno de sus cuentos más populares, El príncipe feliz, cuando tenía 8 años, en una bella edición ilustrada que me procuró mi madre, editada y traducida al español por José Emilio Pacheco. Cuando crecí conocí y me estremecí por el genio inigualable del irlandés. Se convirtió así en uno de los autores que definieron mi amor por las letras y el arte dramático. En los albores del nuevo milenio, como un homenaje a Wilde en su centenario luctuoso, Vicente Quirarte escribió El fantasma del Hotel Alsace, obra que se montó con el auspicio de la Universidad Nacional bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón. Toda gran puesta en escena, al igual que una película o una serie de televisión, sustenta su efecto en una historia sólida y formidable. Así fue con el texto de Vicente, uno de los más bellos que he leído y presenciado. 11 años después, el talento y pasión de Abraham Feria le hicieron retomar la estafeta y nos presentó una obra solvente, que rendía tributo al planteamiento primigenio, pero que se movía con fuerza y personalidad propias. Para presenciarla había –literalmente- que descender al inframundo. En el sótano del Teatro Carlos Lazo, en un escenario austero, el director nos presentó a un Oscar Wilde decadente, con un negro sentido del humor (encarnado con gran eficacia por Gonzalo Blanco), conocedor de su desgracia pero que conservaba la vanidad del que se supo una vez “tan famoso como la Torre Eiffel”. Abraham supo explorar subtextos que el autor sugirió y lo hace de una forma agresiva y vigorosa: las preferencias sexuales y debilidades de Wilde. Su encuentro con el garçon (Diego Cuevas) representa la forma en que la sociedad victoriana –y aún en esta época- veía las relaciones homosexuales: como algo ilícito, un crimen que es mejor no mencionar. El Hada Verde del Ajenjo (Mirel García) fue en el nuevo montaje una dominatriz en diminuta ropa de cuero, que torturaba la lacerada alma y carnes del escritor. Guillermo Uribe interpretaba a un Bram Stoker sombrío, que rinde tributo a su creación más recordada, y que anuncia a su amigo el reconocimiento que está por venir. Cuestiona Wilde, “Ahora que el tiempo se me acaba”. Bram responde, “Ahora que el tiempo es todo tuyo. Ahora que el tiempo te pertenece”.
El trabajo de Abraham Feria es un decoroso homenaje a sus clásicos. Durante una mesa redonda, el joven director recordó la manera en que El fantasma orientó su vocación. Por eso, porque me siento completamente identificado con él, es un honor que haya puesto su mirada en un trabajo que yo mismo escribí, El hombre que fue Drácula. Como autor tengo la confianza que hará un trabajo espléndido con el que concebí como un homenaje al teatro y la amistad, y que el mismo Vicente Quirarte definió como “la aventura intelectual de un hombre que supo defender su insobornable vocación literaria a pesar de todos los obstáculos”.
Roberto Coria
Escribo estas palabras a 111 años de que Oscar Wilde, en la modesta habitación de un hotel parisino, exhalara su último aliento. Conocí uno de sus cuentos más populares, El príncipe feliz, cuando tenía 8 años, en una bella edición ilustrada que me procuró mi madre, editada y traducida al español por José Emilio Pacheco. Cuando crecí conocí y me estremecí por el genio inigualable del irlandés. Se convirtió así en uno de los autores que definieron mi amor por las letras y el arte dramático. En los albores del nuevo milenio, como un homenaje a Wilde en su centenario luctuoso, Vicente Quirarte escribió El fantasma del Hotel Alsace, obra que se montó con el auspicio de la Universidad Nacional bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón. Toda gran puesta en escena, al igual que una película o una serie de televisión, sustenta su efecto en una historia sólida y formidable. Así fue con el texto de Vicente, uno de los más bellos que he leído y presenciado. 11 años después, el talento y pasión de Abraham Feria le hicieron retomar la estafeta y nos presentó una obra solvente, que rendía tributo al planteamiento primigenio, pero que se movía con fuerza y personalidad propias. Para presenciarla había –literalmente- que descender al inframundo. En el sótano del Teatro Carlos Lazo, en un escenario austero, el director nos presentó a un Oscar Wilde decadente, con un negro sentido del humor (encarnado con gran eficacia por Gonzalo Blanco), conocedor de su desgracia pero que conservaba la vanidad del que se supo una vez “tan famoso como la Torre Eiffel”. Abraham supo explorar subtextos que el autor sugirió y lo hace de una forma agresiva y vigorosa: las preferencias sexuales y debilidades de Wilde. Su encuentro con el garçon (Diego Cuevas) representa la forma en que la sociedad victoriana –y aún en esta época- veía las relaciones homosexuales: como algo ilícito, un crimen que es mejor no mencionar. El Hada Verde del Ajenjo (Mirel García) fue en el nuevo montaje una dominatriz en diminuta ropa de cuero, que torturaba la lacerada alma y carnes del escritor. Guillermo Uribe interpretaba a un Bram Stoker sombrío, que rinde tributo a su creación más recordada, y que anuncia a su amigo el reconocimiento que está por venir. Cuestiona Wilde, “Ahora que el tiempo se me acaba”. Bram responde, “Ahora que el tiempo es todo tuyo. Ahora que el tiempo te pertenece”.
El trabajo de Abraham Feria es un decoroso homenaje a sus clásicos. Durante una mesa redonda, el joven director recordó la manera en que El fantasma orientó su vocación. Por eso, porque me siento completamente identificado con él, es un honor que haya puesto su mirada en un trabajo que yo mismo escribí, El hombre que fue Drácula. Como autor tengo la confianza que hará un trabajo espléndido con el que concebí como un homenaje al teatro y la amistad, y que el mismo Vicente Quirarte definió como “la aventura intelectual de un hombre que supo defender su insobornable vocación literaria a pesar de todos los obstáculos”.
martes, 29 de noviembre de 2011
Retratos de oscuridad
En varias ocasiones he estado de acuerdo con populares canciones, pero pocas como la del compositor puertorriqueño Rafael Hernández: “Qué chula es Puebla”. Disfruto enormemente caminar por las calles de su Centro Histórico, de saborear su gastronomía y de encontrarme con entrañables amigos con quienes comparto estos placeres –el horror y la fantasía- que tanto defiendo. El sábado pasado ofrecí un taller dentro del X Congreso Internacional de Psicología Jurídica y Criminológica, en un espléndido salón de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ante un salón poblado mayormente por estudiantes de Psicología y Criminología, hablé de crímenes reales llevados al cine. Para este fin mi cofrade Antonio Camarillo, usando una pequeña parte de sus amplios conocimientos en edición, me ayudó a preparar un video con fragmentos de cintas desde Ned Kelly (Gregor Jordan 2003), Enemigos Públicos (Michael Mann, 2009), Capote (Bennet Miller, 2005), El encierro (An american crime, Tommy O'Haver, 2007), Hollywoodland (Allen Coulter, 2006) hasta Amores asesinos (Todd Robinson, 2007) y Monster, asesina en serie (Monster, Patty Jenkins, 2003). El organizador del evento, Renato Gallardo, me comprometió a ofrecer otra charla en su siguiente emisión. Mientras llega la ocasión, comparto con ustedes el inicio y conclusión de mi disertación. Que los disfruten.
--
Roberto Coria
Cuando los cineastas añaden la leyenda “basada en una historia real” al inicio de cualquier película, le dotan de un aura de misterio y la hacen casi irresistible. Primeramente porque despiertan la curiosidad –o morbo, si quieren llamarlo así- del espectador. Le permite convertirse en testigo y juzgador, trasponer la que la gente de teatro llama “la cuarta pared” y disfrutar, como el voyeurista, del drama que vivió otra persona. Posteriormente desde la perspectiva del deseoso de conocimiento porque, como dice la expresión popular, “el que no conoce la historia está condenado a repetirla”.
Hablar de cintas basadas en casos reales es un tema muy amplio. Si así fuera tendríamos que remitirnos a la Historia, desde los albores mismos de la cinematografía con El Acorazado Potemkin (1925) de Sergei Eisenstein, cinta!20que narra el motín!20del navío ruso del!20título hasta curiosidades como Presentando a Pancho Villa (Bruce Beresford, 2003), la cual relata los coqueteos del Centauro del Norte con la incipiente industria fílmica norteamericana. O a las biografías –bautizadas comobiopics- de importantes personalidades como Lawrence de Arabia(David Lean, 1962), Patton (Franklin J. Schaffner, 1970), Gandhi(Richard Attenborough, 1982), La Bamba (Luis Valdez, 1987), La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), Ed Wood (Tim Burton, 1994), El aviador (Martin Scorsese, 2004) hasta Red social (David Fincher, 2010) y El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010). Pero esas las haremos a un lado.
Haré lo mismo con los que se inscriben dentro delwestern, popular género del cine estadounidense, a pesar que muchos de sus especímenes se basan en las correrías de populares forajidos o guardianes de la ley, como Butch Cassidy y Sundance Kid (George!20Roy Hill, 1969), Los justicieros (George P. Cosmatos, 1993) o El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007). A esas tampoco las contemplaré en mi exposición.
Haré lo mismo con los que se inscriben dentro delwestern, popular género del cine estadounidense, a pesar que muchos de sus especímenes se basan en las correrías de populares forajidos o guardianes de la ley, como Butch Cassidy y Sundance Kid (George!20Roy Hill, 1969), Los justicieros (George P. Cosmatos, 1993) o El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007). A esas tampoco las contemplaré en mi exposición.
Nos queda pues el cine de tema criminal, el cual nos compete e interesa a todos los aquí reunidos. Del héroe de mi infancia aprendí una máxima: el crimen deja cicatrices en todo lo que toca. Esto, naturalmente, se extiende a las Bellas Artes y entre ellas, obligatoriamente, al cine. Es muchas maneras es algo inevitable. Recordemos que por encima de su carácter artístico, conceptual o estético, el cine es una forma de entretenimiento. Y como la conducta criminal es una constante de las sociedades, en todas las épocas, hemos aprendido a convivir con ella. Incluso, a disfrutarla. Ese goce puede provenir de múltiples razones:
- Por un placer culposo, como cuando contemplamos absortos el tabloide matinal. No olvidemos que éstos lucran con las dos pulsiones más importantes de la psique humana: eros y tanathos. ¿Qué incluye la portada y contraportada de estos periódicos? Al frente, el suceso más sangriento de la jornada. Al reverso, una mujer voluptuosa en una lúbrica semi desnudez. Thomas de Quincey, en su libro Del asesinato considerado como una de las bellas artes (1827), nos refiere a una sociedad de diletantes de la nota roja que se reunía periódicamente para discutir los más cruentos sucesos de la sociedad londinense de finales del siglo XIX, como los críticos que contemplan una pintura o una escultura. Disfrutar el cine de tema criminal puede generar malestar y remordimiento, especialmente en una época como ésta, dominada por la inseguridad, en donde el hallazgo de cadáveres y los políticos que se asesinan entre ellos es cosa de todos los días.
- Porque estamos imbuidos en el aparato de procuración de justicia, donde el hecho criminal es el pan de todos los días. Psicólogos, Criminólogos y Criminalistas devoran con apetito científico estas noticias. Son parte de su objeto de estudio. En ese sentido, el gremio tiene una disculpa evidente.
- Por una fatal aceptación de la realidad. En su novela La octava plaga (Ficción Zeta, 2011), el escritor Bernardo Esquinca reflexiona sobre las terribles acciones de los humanos. Uno de sus personajes, un veterano fotógrafo de nota roja, acepta con real pesimismo: “No cambiaremos, es nuestra naturaleza. La gran mayoría de los crímenes que cubrí no fueron realizados por asesinos fríos y meticulosos. Se trataba de personas comunes y corrientes, que cedieron a un arrebato de furia, provocado por celos, frustración o deseos de venganza. Cualquiera puede convertirse en asesino”.
Pero la maldad, el volverse al “lado oscuro”, no ocurre de la noche a la mañana. Es un viaje. O como diría un popular libro infantil, “una serie de eventos desafortunados”. Nadie se convierte en ladrón o asesino espontáneamente, se necesita de la confluencia de una gran cantidad de factores bio-psico-sociales. La conducta criminal es una escalada. Por ello examinaremos a diversos individuos por la modalidad delictiva que los caracterizaba. Hacerlo podría suponer un dilema por su relevancia o peligrosidad. Recordemos que todos los delitos son graves, sea el robo a transeúnte, el fraude o el homicidio. Su impacto social es aparte de la afectación que representa a quien lo padece.
¿Por qué disfrutar del cine de tema criminal? Decididamente no por hacer una apología del fenómeno, mucho menos por banalizarlo o glorificarlo. Las películas del tema son un retrato de nuestra sociedad. Dicen que la verdad duele e incomoda. Los criminales que acabamos de ver son personas comunes, como ustedes o yo. Los criminales son seres transgresores. No sólo de las leyes, sino de la moral, la ética y la religión. Representan nuestros sueños y nuestras pesadillas. Son un espejo donde todos, de una u otra manera, podemos reflejarnos.
Etiquetas:
AUTORES INDISPENSABLES,
cineastas indispensables,
ENSAYOS,
NOVELAS INDISPENSABLES,
PELÍCULAS INDISPENSABLES,
próximamente,
Puebla,
viajes extraordinarios
viernes, 11 de noviembre de 2011
Ecos Mórbidos 1
¡Feliz primer siglo, Vincent Price!*
Roberto Coria
En enero de 1976 dos iconos de la cultura popular occidental se encontraron frente a frente. Uno fue un célebre títere de guante, el otro uno de los más memorables actores del cine de horror de todos los tiempos. En su calidad de anfitrión, la Rana René agradeció al invitado –en nombre propio y de todos los monstruos que conformaban el elenco del programa- su visita al Show de los Muppets. El huésped, Vincent Price, respondió con una sonrisa galante, serena: “nunca he conocido un monstruo que no me agrade”. El batracio le preguntó después sobre sus capacidades para convertirse en vampiro. “Es el epítome del arte dramático”, respondió el Mercader de la Amenaza y presumió un par de colmillos. Segundos después, René mostró unos caninos similares. “Algunos aprenden más rápido que otros”, reconoció Price. Luego el personaje se lanzó al cuello del actor, gracias a sus enseñanzas. Este diálogo anticipa el papel que Price –quien nunca antes se había puesto capa y colmillos- haría suyo pocos años después en The Monster Club (Roy Ward Baker, 1981), cinta que Mórbido seleccionó para honrarlo en el centenario de su natalicio.
Vincent Leonard Price nació el 27 de mayo de 1911 en un hogar acomodado de San Louis, Missouri. Su natural inclinación por las actuación y las artes lo llevó hasta el teatro y, posteriormente, al cine. Y le estamos agradecidos por ello. Recordar a Vincent Price es un deber para todos los diletantes del género. El actor poseía la capacidad de proyectar encanto y galantería, así como producir el más inquietante temor. Así lo demostró en entrañables películas como El museo de cera (Andre de Toth, 1953), La mosca (Kurt Neumann, 1958), La casa en la colina embrujada (William Castle, 1958) o El aguijón de la muerte (William Castle, 1959). En su enorme filmografía destaca el ciclo de adaptaciones de obras de Edgar Allan Poe, donde fue dirigido por Roger Corman. Ambos entablaron una amistad memorable. “Algunas de las mejores personas que conozco se distinguen por interpretar personajes monstruosos”, declaró Corman sobre él. Poseen un lugar especial en el corazón de muchos. La caída de la casa Usher (1960), El pozo y el péndulo (1961), El entierro prematuro (1962) y, la que para muchos es la mejor, La tumba de Ligeia (1964). La venganza fue algo que lo distinguió en su última época, sea como el músico desfigurado en El abominable Dr. Phibes (Robert Fuest, 1971) y su secuela El Dr. Phibes ataca de nuevo (Robert Fuest, 1972), o como el actor shakesperiano Edward Lionheart en El Teatro de sangre (Douglas Hickox,1973). De ella siempre atesoraré un parlamento que bien podría estar dirigida!20contra los detractores de la corriente cinematográfica que tanto amamos: “¿Qué saben los críticos de la sangre, el sudor y las lágrimas que se derraman en una puesta en escena? ¿Qué saben de la dedicación, de los esfuerzos, de los sacrificios de hombres y mujeres a la profesión más noble? ¿Qué pueden saber ellos, idiotas sin talento, que sólo escupen bilis sobre el esfuerzo de los demás, porque ellos mismos carecen de la capacidad de crear?”
Sus apariciones en otros medios fueron igualmente memorables. Comencemos por la televisión. No sólo enfrentó a Batman (Adam West) como el malvado Cascarón, sino protagonizó uno de los mejores episodios de Galería nocturna: una adaptación del cuento El regreso del brujo de Howard Phillips Lovecraft. También prestó su voz al cortometraje Vincent (1987), en el cual un joven cineasta llamado Tim Burton le declaraba su completa devoción. El protagonista Vincent Molloy, que no era otro sino el propio Burton, aseguraba que su más grande anhelo de la infancia era ser como Vincent Price. El cineasta continuó más tarde su admiración en El joven manos de tijera (Edward Scissorhands, 1990).
A diferencia de algunos de sus más brillantes personajes, Vincent encontró espacio para el amor: a la cultura prehispánica, a la pintura, a la escultura, a las letras, a la cocina, al buen beber y a tres mujeres con las que engendró dos hijos, Vincent y Victoria. Era, en el más estricto sentido del calificativo, un hombre renacentista. Por encima de ello están los afectos que cultivó, pues todos los que le rodearon afirman que era un gran ser humano.
El filme con el que Mórbido lo celebra es definitivamente una de sus más divertidos, un curioso guiño para todos los que gozamos la otredad que tan bien representó. En su parte más notable, Price hace un recuento histórico de las atrocidades que ha cometido el hombre –el mayor de todos los monstruos- antes de cantar The monster mash, famosa creación de Bobby Pickett que la agrupación que da título a la película adoptó. Mejor vínculo entre el miedo, la risa y la música, imposible.
Y sobre el tema de la presente emisión de Mórbido, finalicemos con un poco de nostalgia. Esta noche, de camino a casa, nos estremecerá su macabra carcajada, querido Maestro Price, con la que corona el video musical Thriller (John Landis, 1983). Este cortometraje, que está por cumplir su tercera década, pervive en nuestra memoria como un homenaje a su genio y como catapulta al éxito del también desaparecido Michael Jackson. Su risa sardónica, perturbadora, es imperecedera y seguramente fascinará a los cinéfilos dentro de 100 años más.
*Texto publicado en el catálogo de la cuarta emisión de Mórbido, Festival Internacional de Cine de Terror y Fantasía, celebrado en octubre de 2011 en Tlalpujahua, Michoacán.
lunes, 29 de agosto de 2011
Asuntos vampíricos (nacionales) pendientes
Y ya que promociono mi nuevo curso en el Centro Nacional de las Artes, finiquitaré un asunto pendiente (antes de concluir el mes). El pasado 26 de julio ofrecí una plática en el Tercer Taller de Perfeccionamiento de Guión de Largometraje de Horror, convocado por el Instituto Mexicano de Cinematografía en la maravillosa casona que alberga a la Sociedad de Directores de México. Prometí a los participantes publicar en este blog el texto que sirvió de eje a mi exposición. Se trata de un tema al que regreso con frecuencia. Espero que ellos y ustedes, queridos lectores, lo disfruten.
--
La invasión de los vampiros o cómo puede renacer en el cine mexicano (en 9 tomas).
Roberto Coria
Tercer Taller de Perfeccionamiento de Guión de Largometraje de Horror. IMCINE.
Dicen que le tercera es la vencida. La primera ocasión que debí compartir con ustedes mis fascinación por el cine de vampiros, el 12 de julio pasado, debí atender compromisos imprevistos e impostergables. La segunda, el 19 de julio anterior, situaciones ajenas a mí me lo impidieron. Las dos fechas eran especialmente emblemáticas para el tema: en ellas se celebró el no-cumpleaños 131 de Tod Browning, el cineasta al que debemos la versión de Drácula (1931) protagonizada por Bela Lugosi, y el cumpleaños de mi querido amigo Vicente Quirarte, poeta, ensayista y enorme estudioso de los hijos de la noche, respectivamente. Pero heme aquí, finalmente. Hoy es una ocasión muy especial para mí. Me acompaña Bárbara Pérez Curiel, nieta del entrañable Federico Curiel, cineasta apasionado a quien debemos algunas de las mejores películas del Santo y artífice de una serie de joyas –muy pertinentes esta tarde- de las que hablaré posteriormente. Ella se encuentra en la antesala de ser aceptada en las filas del Centro de Capacitación Cinematográfica, así que tenemos a una cineasta en ciernes entre nosotros. Bienvenida, querida Bárbara, doblemente.
Toma 1
En los minutos iniciales de El vampiro (Fernando Méndez, 1957), un hombre alto y delgado, elegantemente vestido con capa, medallón y frac –el grandioso Germán Robles-, observa con ojos depredadores la ventana de una hacienda surgida de una película del México rural de mediados del siglo XX. En un instante, envuelto por la neblina nocturna, el hombre se transforma en un murciélago y vuela hasta el interior del dormitorio de una bella mujer –Carmen Montejo-. Ella lo observa sorprendida, con horror, especialmente por sus afilados colmillos, antes que el intruso se le lance encima y corran los créditos de la película, enmarcados por la partitura inquietante de Gustavo César Carrión y un grito desgarrador. La escena rinde tributo a los mejores momentos de las cintas de horror de los estudios Universal –con una maravillosa escenografía de Gunther Gerzso- y nos recuerda a la figura de Don Juan: el hombre que entra furtivamente durante la noche en la recámara de la joven damisela para robar su virtud. También cobra vigencia en una época en la que el fenómeno Crepúsculo cautiva la imaginación –en las letras y la oscuridad de la sala de cine- de las quinceañeras ávidas de la inmortalidad y belleza eterna que puede obsequiarles la pasión del vampiro, de su sensualidad desbordada –incluso irresponsable- y el ansia de apropiarse de la noche y sus secretos.
“Al contrario de otras criaturas de la noche, cuya contemplación y cercanía nos provocan pánico inmediato, el vampiro es la más próxima a los humanos, tanto en lo que se refiere a sus características físicas como a la relación que mantiene con sus víctimas en potencia”, nos recuerda Vicente Quirarte. Es por ello que El vampiro se coloca por delante de otros especímenes del catálogo de cintas de horror producidas en nuestro país y hace brillar a Germán Robles como el gran monstruo del cine nacional. Robles es considerado por David J. Skaal, erudito del cine de horror, como “la respuesta mexicana a Bela Lugosi” y aparece en la portada de su libro V is for vampire. Definitivamente su imagen debe mucho a la que inmortalizara el actor rumano en 1931, pero su interpretación del Conde Karol de Lavud es memorable, antecedente indispensable para comprender el erotismo y bestialidad que transmitió Christopher Lee en las películas de la casa británica Hammer Films. “Yo quería hacer a un vampiro cachondo”, declara Don Germán frecuentemente en entrevistas. Uno de los tantos aciertos de El vampiro, además de su ensamble actoral y la espléndida fotografía de Rosalío Solano, es la historia de Ramón Obón, que toma a un monstruo persistente en el folclore europeo y lo sitúa en un ambiente familiar y reconocible. Se permite sumar incluso leyendas de aparecidos y fantasmas, tan abundantes en la provincia mexicana. Precisamente de este último beneficio adolece su secuela, El ataúd del vampiro (Méndez, 1958), traslación de todos los elementos anteriores a la gran ciudad. Demuestra, como bien nos advirtió H. P. Lovecraft, que “no está muerto lo que puede yacer eternamente”. Pese a ello posee momentos aterradores, como la persecución que la sombra del malvado protagonista hace a una desafortunada mujer por las calles desiertas de la ciudad –que no son otras que las de los Estudios Churubusco-. La mente detrás del éxito de las dos cintas –y de tantas otras-, el actor y productor Abel Salazar, proyectaba la realización de una tercera entrega. Robles, estigmatizado ya por el monstruo, declinó la oferta. “Esa la va a hacer tu madre”, sentenció. ¿Cómo hubiera sido una tercera parte de El vampiro? Eso nos brinda la posibilidad de la conjetura y el juego de la imaginación.
Toma 2
A pesar de sus esfuerzos, Germán Robles nunca pudo escapar de la marca del vampiro. Prueba de ello son la estupenda serie de largometrajes dirigidos por Federico Curiel que comenzaron con La maldición de Nostradamus (1961) y fueron continuados por La sangre de Nostradamus (1962), Nostradamus, el destructor de monstruos (1962) y Nostradamus, el genio de las tinieblas (1962). Robles encarna a un descendiente del legendario profeta Michele de Notre-Dame –Nostradamus, para los amigos-, quien es un vampiro ataviado con capa y bombín, que usa una barba “tipo candado” y tiene un ayudante jorobado, quien trata de convencer de la existencia de la otredad al escéptico Profesor Durán (Domingo Soler) y a su asistente Antonio (Julio Alemán) y al mismo tiempo revivir a su ancestro. Nostradamus hace fatales predicciones para todo el que se cruce en su camino. El serial cuenta con un inteligente guión de Alfredo Ruanova y Carlos Enrique Taboada. Esta historia fue la primera aproximación al tema fantástico del celebrado autor de Hasta el viento tiene miedo (1968) y El libro de piedra (1969). Las apariciones sorpresivas de Nostradamus, en rincones donde reina la oscuridad más profunda, sin duda inspiraron a Guillermo del Toro para otorgárselas a Rasputin (Karel Roden) en Hellboy (2004).
Toma 3
El vampiro es la primera gran cinta del tema filmada en el país, pero de ninguna manera es la primera en habla hispana. Podemos ubicar al más notable antecedente en los albores mismos del cine de horror occidental como una gran industria. Cuando Carl Laemmle, Jr., quien decidía el rumbo de las creaciones de los Estudios Universal, emprendió la producción de la versión cinematográfica de la obra teatral de John Balderstone y Hamilton Deane –basada a su vez, como todos sabemos, en la novela de Bram Stoker- comprendió la necesidad de realizar versiones de sus películas para los mercados extranjeros, toda vez que la técnica del doblaje para las nacientes cintas habladas no estaba depurada. Por ello encargó a George Melford que rodara, de manera paralela al equipo que encabezaba Tod Browning, una versión en habla hispana. Este ejercicio le permitiría reducir costos toda vez que empleaba el mismo guión y escenarios. Mataba dos vampiros con la misma estaca, podría decirse. Para el papel protagónico, el que interpretara Bela Lugosi en la producción estadounidense, eligieron al actor Carlos Villarias, a Eduardo Arozamena como el profesor Van Helsing, Pablo Álvarez Rubio como Renfield y a Lupita Tovar como Eva –Mina-, el oscuro deseo del vampiro. Ahora, un sacrilegio: me sumo al pensar de críticos como David J. Skaal y Leonard Wolf, quienes aseguran que la versión española de Drácula supera actoral y estilísticamente a la de Browning, a pesar de que fueron creadas a partir del mismo molde. Los movimientos de cámara, más ágiles y propositivos, el erotismo más evidente, las actuaciones más convincentes la hacen estremecedora y la colocan de la manera más digna junto a su hermana más célebre. Esta opinión no resta mérito de forma alguna a la dimensión del que Bela Lugosi convirtiera en su interpretación más memorable. Dos últimos vínculos: Eduardo Arozamena, originario de la Ciudad de México, fue un renombrado actor de reparto que conocimos en cintas inolvidables como Ahí está el detalle (Juan Bustillo Oro, 1940), Flor silvestre (Emilio Fernández, 1943) y Yo maté a Juan Charrasqueado (Chano Urueta, 1949); Lupita Tovar, nativa de Matías Romero, Oaxaca, ya encarnó a una hija de la noche en Santa (Antonio Moreno, 1932), adaptación de la novela homónima de Federico Gamboa y joya de los inicios de la cinematografía nacional. Ella sigue viva. Mañana, 27 de julio, cumplirá 101 años de edad. En entrevistas siempre defendió el esfuerzo de sus co-protagonistas. “Estábamos decididos a hacer una gran película”.
Toma 4
Si la sangre es la vida para el vampiro, los lazos que de ella emanan son sagrados. En El vampiro, el Conde Lavud viaja desde los bosques de Bakonia para consumar su venganza por la muerte de su vampiresco hermano a manos de los campesinos del ficticio pueblo de Sierra Negra –hay un volcán que se llama así en el estado de Puebla- restaurar su imperio del miedo y de paso reclamar la posesión de la hacienda Los Sicomoros. Es el cacique que busca mantener la supremacía territorial a toda costa. En la más reciente La invención de Cronos (1992), opera prima del tapatío Guillermo del Toro, conocemos la desafortunada historia del mercader de antigüedades Jesús Gris (Federico Lupi) y su viaje accidental a la oscuridad. Transformado en un vampiro por el insecto que reposa en un ingenio mecánico, su nieta Aurora (Tamara Shanath) se convierte en su guardiana, la detentora de su secreto. Le prepara incluso un improvisado ataúd con su cajón de juguetes. En los momentos finales de la cinta, preso del ansia, el vampiro se encuentra a punto de saciar sus apetitos con la niña. Antes de hacerlo se detiene, gracias a la conciencia repentina del lazo que los une. Ella le permite recobrar la lucidez y su humanidad. La familia es importante para el vampiro, sea por los motivos más nobles o perversos, como sucede en el cuento La familia de los Vourdalak (1839) de Alexei Tolstoi donde Gorcha, el patriarca de un clan serbio, tras un viaje nocturno y su posible encuentro con vampiros locales, regresa a casa para acechar a sus hijos y nietos.
Toma 5
El vampiro genera devoción en sus sirvientes y sus admiradores. Por lo que respecta a los primeros, éstos le procuran su fidelidad sea por miedo o por la promesa de la vida eterna. En El mundo de los vampiros (Alfonso Corona Blake, 1961), el Conde Sergio Subitai (Guillermo Murray), ataviado con la reglamentaria capa negra, frac y medallón, controla a una hueste de horribles vampiros con cara de papel maché por el embrujo de las notas de un piano. Su rival, Rodolfo Sabre (Mauricio Garcés), contraviene sus órdenes gracias a sus dotes musicales. Pero una forma de lealtad más férrea es la que procura Frau Hildegarda (Bertha Moss) al Conde Sigfried von Frankenhausen (Carlos Agosti) en El vampiro sangriento (Miguel Morayta, 1962) y su continuación La invasión de los vampiros (Morayta, 1963), película que amablemente presta su título a este escrito. Más violento es Barraza (Yerye Beirute), criminal cuya voluntad es diezmada por el influjo del Conde Lavud en El ataúd del vampiro, auténtico dolor de cabeza para el gallardo Dr. Enrique Saldívar (Abel Salazar) y su bienintencionada lucha para exterminar al monstruoso protagonista.
Toma 6
A partir de la película seminal, la figura del vampiro nacional se transformó, del cadavérico pero encantador hombre alto, a figuras femeninas, sensuales y voluptuosas. En Santo contra las mujeres vampiro (Alfonso Corona Blake, 1962), Lorena Velázquez encarna a Thorina, lideresa de un clan de féminas de ultratumba que ponen en jaque al emblemático paladín de la justicia. De la cinta son conocidos algunos fotogramas, donde las vampiras exhiben una sensual desnudez, en una versión destinada a los públicos europeos. En la secuela de la historia, Santo en la venganza de las mujeres vampiro, el rol protagónico es ahora de Gina Romand, la “rubia de categoría” como la Condesa Maya. En 1978 Juan López Moctezuma, cineasta que nos entregó cintas extrañas, eróticas y desconcertantes, dirigió Alucarda, la hija de las tinieblas, interesante híbrido de las obras del Marqués de Sade y Carmilla, de Joseph Sheridan LeFanu. La historia sigue la reclusión en un convento de la joven Justine (Susana Kamini) y su relación con Alucarda (Tina Romero). Si bien la historia está cargada de elementos demoniacos y de un velado matiz vampírico, el mejor momento es sin duda el aquelarre que preside un macho cabrío y el surgimiento de Justine de un ataúd anegado de sangre. Pero sin duda el giro más inusual a la figura del vampiro lo dio Guillermo del Toro en La invención de Cronos. Su protagonista, gris como su apellido, es un anciano cuya vitalidad está menguada por el inevitable paso de los años, conduce un automóvil antiguo y atiende su negocio de reliquias. Ahí descubre por accidente el artefacto que le da nombre a la cinta, en el cual reposa un milenario insecto que le devuelve cuanto ha perdido, con fatales resultados.
Toma 7
Parte del ciclo de todo mito cinematográfico que comienza a mostrar desgaste, como sucedió con las entrañables películas de horror de los Estudios Universal, es coquetear con otros géneros. Lo mismo sucedió al vampiro nacional, que se sacrificó para el lucimiento de los cómicos del momento, del mismo modo que hicieron Bela Lugosi y Lon Chaney, Jr. en Abbot y Costello contra Frankenstein (Charles Barton, 1948). La primera de las cintas que lo demuestran, que incluye la participación fortuita del mismísimo Germán Robles en su momento de máxima gloria, porque en sus propias palabras accedió a aparecer en ella como un favor al protagonista cuando tomaba un descanso durante la filmación de El ataúd del vampiro, es El castillo de los monstruos (Julián Soler, 1958). Hilarante es el momento en que su astro, Antonio Espino “Clavillazo”, huye despavorido del vampiro favorito de todos. Luego tocó su turno a Eulalio González “Piporro” en La nave de los monstruos (Rogelio A. González, 1960), curioso híbrido de cine de ciencia-ficción, horror, comedia y estampa del México rural, donde el popular "Rey del taconazo" es seducido por los encantos de Lorena Velázquez que interpreta a la vampira alienígena Beta. También debemos recordar Échenme al vampiro (Alfredo B. Crevenna, 1961), una comedia de misterio tipo Scooby Doo, de tres episodios, que involucra a un grupo de codiciosos herederos y a un presunto vampiro interpretado por Yerye Beirute. De sirviente a vampiro, ascenso más que merecido.
Toma 8
Y todo mito no puede escapar de las infamias. En la industria occidental, por cada buena película de vampiros podemos contar, al menos, diez malas o pésimas. La primera que recuerdo es El imperio de Drácula (Federico Curiel, 1967) donde Erick del Castillo se pone la capa y encarna al vampiro Barón Draculstein, con todo y su recio acento ranchero. Inevitable es Chiquidrácula (Julio Aldama, 1984), que lucra con la fama del entonces niño maravilla Carlitos Espejel y su papel en una conocida serie de comedia del momento. Su trama es simple. Un niño de un barrio pauperizado se disfraza como un pequeño aristócrata vampiro para alejar del alcoholismo a su pariente Adalberto Martínez “Resortes”. Más reciente es El vampiro teporocho (Rafael Villaseñor Kuri, 1989), en la que Pedro Weber “Chatanuga” encarna a un desaliñado chupasangre que se coloca condones en los colmillos para evitar infecciones. Al menos esto puede leerse como una metáfora del sexo responsable en la era del VIH. Más aterradora –por mala- es Curado de espantos (Adolfo Martínez Solares, 1992), cuya insultante trama cruza el camino de un vampiro revivido en una excavación prehispánica y posterior dueño de un burdel de mala muerte (Roberto “Flaco” Guzmán) con dos curanderos albureros y lujuriosos (Alfonso Zayas y César Bono), su enano ayudante (René Ruiz “Tuntún”) y una voluptuosa arqueóloga (Lina Santos). Peor, imposible.
Para rematar añado un ejemplo más, gracias a mi espíritu intrépido: la película Drácula mascafierro (Víctor Manuel “El Güero” Castro, 2001). Su premisa, insultante por sí misma, implica la persecución de un linaje de vampiros encabezado por Roberto “Flaco” Guzmán (quien ya interpretó a un vampiro en la terrible Curados de espatos) quienes transforman en homosexuales a las victimas de su mordida. Los valientes cazadores de monstruos, patéticos “machos” mexicanos, huyen de esta posibilidad como de la peste. Confieso, por salud mental, que sólo soporté 15 minutos de su metraje. El guión del propio Castro, adalid del cine de albures de los años ochenta, carece de la menor pizca de gracia, buen gusto e inteligencia. Lo prueban la insultante escena donde una celulítica devota del vampiro mayor pretende realizarle una felación, ese pene de plástico o los diálogos absurdos entre los heroicos e ignorantes protagonistas. Por favor, cuando la vean anunciada en la televisión de paga, evítenla.
Toma 9
¿Hacia dónde se dirige el vampiro nacional? Para muchos estudiosos dignos de todo mi respeto, como Julio Patán, es un monstruo que ha tocado fondo y se ha deslavado completamente. Yo creo, y no porque sea uno de sus grandes admiradores, que aún tiene mucho que ofrecernos. Las letras pueden ser una buena manera de reconocer sus posibilidades. El cuento No se duerman en el metro, publicado en 1994 en una serie que Revista de revistas del periódico Excélsior dedicó a los hijos de la noche, es un gran ejemplo. Su autor, Mario Méndez Acosta, los traslada, con verosimilitud testimonial al calor de las copas, hasta los túneles del sistema de transporte colectivo de la capital mexicana. Concluye con una terrible advertencia: “¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”. Con mucho humor, a través de una breve comunicación epistolar, la escritora regiomontana Patricia Laurent Kulick lo aborda en Se solicita sirvienta, con el acierto de nunca mencionar la palabra “vampiro”. La misma autora emplea el mismo tono, con una pizca de malevolencia, en El invitado (Selecciones del Reader´s Digest, 1998), donde luego de divertirse como el gato hace con el ratón, el vampiro remata a su futura víctima con un sarcástico “querida, sin el beneficio del juego la eternidad sería mortalmente aburrida”. Pero mi historia favorita es La ruta del hielo y la sal (Ediciones Vid, 1998), recientemente nominada a los españoles premios Ignotus 2010 en la categoría de novela corta. Debemos este triunfo de la ficción nacional al poblano José Luis Zárate. Su relato es, en resumidas cuentas, el capítulo que omitió Bram Stoker en Drácula y que nos presentó brevemente en una bitácora de navegación, el del viaje de la goleta Démeter de Varna a Whitby. Su protagonista, el capitán del navío, lucha con sus propios demonios y con un misterioso polizón que diezma paulatinamente a su tripulación. Zárate rinde un respetuoso tributo a una novela a la que tanto debo sin siquiera nombrar su título ni al malévolo personaje que se lo proporciona. Otra posibilidad que puede dar nuevo impulso al vampiro es explorar cuanto lo asemeja al ser humano. No sus debilidades, sino sus carencias. Un regreso a su origen. Mi amigo José Francisco Macedo –apasionado y erudito de la figura del vampiro- bien lo dijo, “en mi época el vampiro era temido, no tímido”. El creador no debe repetir el esquema del Louis de Point du Lac de Anne Rice (Brad Pitt en la película de Neil Jordan), ni al delicado Conde Saint Germain de Chelsea Quinn Yarbro, mucho menos al insufrible Edward Cullen de la multicitada serie Crepúsculo (un vampiro “maricón”, según Paco Ignacio Taibo II, calificativo que no hace alusión en modo alguno a preferencias sexuales), es decir, al vampiro “sensiblero”, el que lamenta ser un vampiro. “Hace doscientos cuarenta años que no veo la luz del día, dice el vampiro que vi en la última película”, recuerda con ironía Jorge Ibargüengoitia en su divertido ensayo Vida de los vampiros. El monstruo que me gusta, como a Guillermo del Toro, es el que disfruta su posición en el pináculo de la cadena alimenticia, que acepta y se regocija en su otredad. Como dice sabiamente el vampiro Lestat de Anne Rice, “si estás condenado a vivir hasta el fin de los tiempos, mejor haz una fiesta de todo ello”. Ahora bien, en una época donde los adolescentes –y muchísimos adultos- consideran su juventud como un valor, no como una virtud efímera, el miedo a envejecer –a la corrupción del cuerpo, a la pérdida de la belleza y la plenitud- puede ser también una preocupación del vampiro. Así le sucedió a Narciso o al Dorian Grey de Oscar Wilde. “La vanidad, definitivamente mi pecado favorito”, fue la última línea de Al Pacino en El abogado del diablo (Taylor Hackford, 1997). Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Las adicciones, los desordenes alimenticios, las enfermedades de transmisión sexual, la soberbia que puede albergar al saberse casi omnipotente, su maridaje con otros géneros (¿se han imaginado a unos vampiros narcotraficantes?), son temas por explorar. Dejé a un lado sus cualidades como monstruo humano. Ayer vi un estupendo largometraje para televisión, con credibilidad documental, que rememoraba los crímenes de Richard Trenton Chase, apodado por el escenario de sus delitos y su vocación hematófaga como El vampiro de Sacramento. El arte imita a la realidad, aunque ésta siempre rebasará a la ficción. Todos lo anterior puede asegurar la inmortalidad del vampiro. En el cine nacional aún puede resurgir. No a través de un remake de El vampiro (ojalá eso nunca suceda), pues son lamentables los resultados de las reelaboraciones de Hasta el viento tiene miedo y El libro de piedra. La permanencia del vampiro reside en su capacidad de evolucionar, de adaptarse al entorno como hace el ser humano mismo. Después de todo, son nuestro reflejo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)