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lunes, 11 de marzo de 2013

Texto para la presentación de Amor, zombis y otras desgracias


Esto es lo que leí el pasado 2 de marzo, para seguir a tono con los zombis. 
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Durante las dos últimas décadas, los zombis son personajes increíblemente arraigados en la cultura popular. Todos nos hemos angustiado, desde la seguridad de nuestros asientos, ante el drama del grupo de sobrevivientes –que se parecen a ustedes y a mí- en la teleserie The Walking Dead o pasado interminables horas aniquilándolos en la serie de videojuegos Resident evil. No discutiré en este momento sobre su origen en el folclor afroantillano y sus brillantes representaciones en el séptimo arte, me quedo por hoy en la literatura. En el terreno de las letras contemporáneas es un monstruo poco visitado, salvo notables excepciones como Max Brooks –con su Guía de Sobrevivencia Zombi y su novela Guerra Mundial Z-, John Ajvide Lindqvist –con su perturbadora novela Descansa en paz- o Seth Grahame-Smith –con su curiosa Orgullo y prejuicio y zombis-. Precisamente como una aportación notable se erige Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. A él tengo el placer de conocerlo desde hace varios años en su faceta de editor –hizo posibles las primeras publicaciones de mi buen amigo Rafael Aviña-, académico y biógrafo de nuestro mutuo amigo Vicente Quirarte (El Hombre Araña también escribe poesía, Porrúa, 2005). No sólo nos une una fascinación por la cultura criminal y el que los expertos llaman “cine truculento”. Publicó Crónica negra del crimen en México (Plaza y Janés, 2001), una espléndida y selecta recopilación de la nota roja nacional. Mi reencuentro con él ocurrió de manera inesperada: tuve el honor de presentarlo con pretexto de su nueva creación durante el pasado Festival Mórbido, en la espléndida Biblioteca Publica Gertrudis Bocanegra de Pátzcuaro.
Sobre el motivo de que estemos reunidos esta tarde sólo puedo decir que Amor, zombis y otras desgracias es una estupenda novela juvenil, que no sólo es afortunada desde su ingenioso título, sino por abrevar de una cultura cinematográfica que todos los diletantes del horror pueden identificar. A través de un lenguaje ágil, que no pierde el tiempo en detalles innecesarios y alterna las voces narrativas, conocemos la historia de Jorge Antonio, un chico de 16 años que se muda de casa con madre, su padre Harry, y su insufrible hermanita, e ingresa a la secundaria Instituto Científico y Cultural de México. Ahí conoce a UV, uno de los más notables creyentes en teorías de conspiración que recuerdo, y a Alicia, una jovencita huraña y llena de pircings. El héroe vive los infortunios propios de la edad, esos que casi todos conocimos: está condenado a la marginalidad por sus extravagantes gustos, es víctima del abuso de sus compañeros –hoy le llamamos bullying- y cae presa de un amor imposible –la bella y banal Bárbara-. Por si fuera poco, todo ocurre en medio del Apocalipsis zombi. Acertaron si descubrieron en lo que dije una serie de homenajes, de la obra seminal de George Andrew Romero hasta la primera entrega de la saga de acción sobrenatural W. S. Anderson.
Pero su atractivo no reside exclusivamente en lo anterior. La novela está narrada en una forma muy familiar para los adolescentes: mensajes de Twitter y Facebook, mensajes SMS de celular, videos de Youtube, entradas de blog y páginas de Internet, archivos adjuntos de correo electrónico, videograbaciones, recortes de periódico, comunicados de prensa y entradas de diario, al más puro estilo epistolar con el que Bram Stoker ensambló su creación más perdurable. Todo en un ambiente doméstico como la gran Ciudad de México, con episodios tan reconocibles por recientes -¿recuerdan la epidemia de Influenza AH1N1 con sus restricciones y la forma en que afectó la vida de la urbe?-.

Hay dos cosas que debo agradecer a Amor, zombis y otras desgracias:

1. Se trata de una historia de zombis a la vieja usanza, respetuosa del monstruo como nos lo ha presentado el séptimo arte. Existe una tendencia a la innovación, a desligarse del canon, donde nuestros personajes son llamados “caminantes”, o cosas similares. Es cierto que otros calificativos pueden ser apropiados, como “infectados”. Pero yo, como Max Brooks, siempre los llamaré zombis. Y abre su maravillosa novela Guerra Mundial Z afirmándolo:        
Para mí, siempre será “La Guerra Zombie,” y aunque algunas personas pueden discutir acerca de la exactitud científica de la palabra zombie, me gustaría invitarlos a encontrar otro término que tenga una aceptación tan universal para las criaturas que estuvieron a punto de provocar nuestra extinción. Zombie sigue siendo una palabra devastadora, con un poder sin igual para conjurar un sinfín de recuerdos y emociones, y son precisamente esos recuerdos y emociones los que forman el tema principal de este libro.
Esto lo demuestran sus consejos prácticos para enfrentar una invasión zombi, contenidos en su capítulo IV de la segunda parte del texto, en la más pura escuela del señor Brooks o el Manual de combate zombi, de Roger Ma. En lo personal, prefiero la brevedad de Trueba Lara.
Y sobre la cultura cinematográfica, su afortunada filmografía pone a prueba los conocimientos del lector y lo invita a hacer descubrimientos afortunados. El autor incluye títulos que parecerían ajenos al tema, como Hombres de negro (Barry Sonnenfeld, 1997). Uno podría preguntarse por qué el autor sugiere una cinta de extraterrestres. La respuesta es simple: el Agente J (Will Smith) pregunta a su mentor K (Tommy Lee Jones) si busca información sobre el caso que indagan. Por respuesta éste se dirige hacia el puesto de periódicos más cercano. Toma tres tabloides que tienen los encabezados más extravagantes e irrisorios –aquí sería el Alarma o el Semanario de lo insólito-. El novato le cuestiona sobre la seriedad de esos impresos. “Son el mejor periodismo de investigación”, responde el veterano. “Lee el New York Times si quieres. A veces aciertan”. La cultura del sospechosismo, dirían algunos.

2. Los zombis, como en toda buena historia de su clase, ponen en manifiesto lo mejor y lo peor de las personas. El drama de supervivencia de sus protagonistas es el que nosotros podríamos vivir en una circunstancia semejante. La valentía, la solidaridad y la nobleza son virtudes que nuestros héroes ponen a prueba en todo momento, sea para recorrer los siniestros túneles del metro –arriesgándose por partida doble- o para acompañar a su amiga en el “arresto domiciliario” al que la castiga su madre. El autor también hace evidente la incapacidad de las autoridades para enfrentar la contingencia, con sus soldados temerosos cuyo jefe ordenaba disparar “a la jeta” a los enemigos o el maquillaje mediático. Al final nos recuerda las desventajas de la condición humana ante un evento extraordinario y nos plantea una pregunta inquietante: “¿conviene enamorarse ante el fin del mundo?”.

Su autor deja abiertos detalles que propiciarían una secuela. Si mi razonamiento es acertado, espero que se presente en la edición XXXV de esta Feria de Minería. Por lo pronto el libro fue el primero que devoré en este 2013. Un calificativo muy apropiado ante estas circunstancias.  

martes, 5 de marzo de 2013

Presentar zombis


El sábado pasado, Alfaguara Infantil me invitó a presentar la novela Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara, 2012) de José Luis Trueba Lara, obra a la que me referí anteriormente. Acompañé al autor y al crítico de cine Rafael Aviña, figura importante en este espacio y en mi formación. Por los dos siento el más genuino respeto y aprecio personal y profesional, cosa que me hizo disfrutar la ocasión por partido doble. El acto, celebrado en la edición XXXIV de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en orgulloso territorio de mi Universidad, contó con un público –mayormente integrado por jóvenes- que colmó el Salón de la Academia de Ingeniería. Es comprensible por la reciente efervescencia del fenómeno zombi, un monstruo que invita a las más variadas interpretaciones. De todos sus terribles colegas, es el más correcto. A un zombi no le importa si eres rico o pobre, feo o hermoso, lees la Revista de la Universidad o TV y Novelas, escuchas a Metallica y Jenny Rivera: tu carne es igualmente suculenta que la de cualquier persona. Comprometí a Rafael para compartir en este blog el texto que preparó para la actividad, por lo que lo reproduzco con su amable autorización. Que lo disfruten.
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AMOR, ZOMBIS Y OTRAS DESGRACIAS de José Luis Trueba Lara
Rafael Aviña

Conocí a José Luis Trueba Lara hacia el año de 1980, cuando ambos coincidimos como alumnos en el primer semestre de la UAM Xochimilco en el turno vespertino, un tronco común, en el que la UAM mezclaba en una suerte de cacerola experimental a aspirantes a Diseño Gráfico, Biología, Comunicación, Sociología, Arquitectura, Agronomía, Economía y más. José Luis iba para Sociólogo y yo para Comunicador Social y sobrevivimos a esa experiencia. Fue tal la empatía que tuvimos y la sana competencia que establecimos, que decidimos trabajar en equipo en los dos semestres que compartimos. Parte de nuestra afinidad tenía que ver con ese gusto por platicar y desmenuzar toda clase de películas enfermizas, sangrientas y delirantes y sus correspondencias con la vida cotidiana.
Basta decir que de ese gusto mutuo, varios años después, José Luis, en su faceta como editor, avaló algunos de mis primeros libros como: El cine oscuro,  el placer criminal y El cine de la paranoia, que publicó bajo el sello de su propia editorial Times Editores. José Luis es académico, promotor cultural, ensayista, periodista, ha estudiado varias carreras y desarrollado cargos públicos relacionados con el área editorial y cultural y además de ello, no ha dejado de escribir. Más sorprendente aún, es que se trata de un autor que igual puede narrar la historia de un policía capitalino, contar las vicisitudes de los chinos en Sonora o de la huelga de Cananea en 1906, y a la vez, escribir una novela sobre muertos vivientes quinceañeros. Su capacidad de trabajo y su obra publicada resulta asombrosa y lo digo con gusto y admiración.
Una de aquellas tantas tardes de 1980 en la UAM Xochimilco, nuestro profesor nunca llegó, entonces José Luis y un servidor iniciamos una larga plática que se extendió hasta entrada la noche cuyo tema era una película en particular considerada un parteagüas cultural del cine de horror y sobre un tópico que hoy en día ha conseguido crear un enorme embeleso y veneración. Me refiero a La noche de los muertos vivientes dirigida en 1968 por George A. Romero, director que ha seguido realizando una serie de eclécticas y fascinantes secuelas sobre el mismo tema y generado múltiples filmes que rinden homenaje a su trabajo. En éste, su nuevo libro, Amor, zombis y otras desgracias, editado por Alfaguara juvenil, el personaje protagónico se llama Jorge Antonio Romero (es decir: George A. Romero), a quien José Luis rodea de una serie de personajes y situaciones que van del humor negro al horror más desolador. Si algo tiene José Luis Trueba Lara además de incansable talento, es que es dueño de un humor despiadado que aplica aquí de manera brillante. Veamos.
El personaje de UV el mejor amigo de Jorge Antonio a quien conoce en la nueva escuela secundaria a donde se cambia, se llama así porque es albino. En otra parte, Jorge Antonio le pregunta a su amigo si su mamá se volvió a casar. El responde: “¿Tu te casarías con ella?” y es habría que aclarar que la mujer es casi albina, se pinta el cabello color rosa pálido, se maquilla como geisha y es una cosmetóloga que carece de cejas. Lo mismo sucede con la anécdota de ese jabón con feromonas llamado quita calzón que el protagonista compra en el mercado y que puede convertirse en una fallida arma biológica.
José Luis Trueba pasa revista a un universo adolescente que en un principio puede parecernos un lugar común desde el punto de vista adulto. No obstante, sería bueno que los adultos regresaran a los años de adolescencia para recordar esa sensación de estar cubiertos de espinillas, flacuchos, hablando como el Gallo Claudio y enfrentando al típico gandalla  golpeador de toda secundaria y al mismo tiempo, a la atracción física hacia chicas que se desarrollan mucho más rápido que los jóvenes. Es justo ahí donde encaja Jorge Antonio, un chavo solitario que lleva un diario escrito, con una media hermana pequeñita, un padrastro bueno pero anodino y una madre cariñosa. UV, el albino que vive con su madre ídem, fanático de las teorías de las conspiraciones los blogs de ese mismo tema y de películas como Resident Evil, La facultad, La noche de los muertos vivientes, El exorcista, Usurpadores de cuerpos o Diabólica tentación y que además, tiene en su casa un chihuahua disecado y cree en suplantaciones alienígenas, lavados de cerebro y bacterias extraterrestres. O Alicia, la chica solitaria cuya madre la acosa y acusa todo el tiempo, cubierta de piercings y que se desahoga a través de una cámara de video. Chavos segregados y auto marginados que bien podrían tener cabida en la película Cuenta conmigo escrita por Stephen King, Por cierto, los personajes de Trueba, se adelantaron a los de Paranorman y Frankenwinie, donde cabe también la chica fanática del maquillaje, los antros, la ropa de moda, Camila y Justin Bieber, llamada Bárbara como Barbie.
Amor, zombis y otras desgracias, está etiquetada como novela juvenil, ya que transcurre en ambientes adolecentes. Lo curioso, es que en realidad se trata de una obra que al mismo tiempo debieran de leer los padres de los chavos a los que está dirigida. En su novela, la familia nuclear no existe. Los chicos protagonistas o han sido abandonados por el padre, o son hijos de divorciados, pero sobre todo, los adultos se localizan a años luz de los sentimientos de sus hijos, lo que también da pie a reflexiones crudas. En la pag. 164, Alicia habla consigo misma a través de una cámara refiriéndose a su mamá y dice: “cuando le comenté que teníamos que platicar de algo muy importante, ella, como siempre, entendió otra cosa. Se me quedó viendo muy feo. En ese momento, supe que para no variar, estaba pensando en cosas que no son, ya sabes: que me fui de zorra, que estoy esperando un bebé, que me había metido algo, que ya me habían reprobado o que me habían pegado una enfermedad de esas que no se puede hablar sin vergüenza. A veces cuando se pone así, pienso en ella y en mi papá, en un matrimonio a la carrera y en una niña prematura, esa soy yo…en que mi mamá tal vez no quiere que sea como ella, pero nunca se ha querido dar cuenta, que definitivamente, yo no soy ella”.
José Luis hace referencia a personajes del cine de horror contemporáneo como Stephen King, Robert Rodríguez, o Romero, sin embargo, atiende las premisas de aquellos relatos de horror de los años 40 y 50, cuyos personajes sufrían terribles mutaciones que no eran otra cosa que alegorías de las transformaciones hormonal adolescente y sus horrores inconfesables, como sucede en La marca de la pantera, Yo fui un hombre lobo adolescente, El hombre caimán o La mancha voraz,  mismas que a su vez, encontraron eco en la década de los 70 con cintas de culto como Martin de George A. Romero, Carrie de Brian De Palma o Parásitos asesinos y Rabia, dirigidas por David Cronenberg. En ellas, los vómitos, las evisceraciones eran metáforas de la bulimia, anorexia, dermatitis o automutilaciones adolescentes y a su vez, alegorías sexuales sobre los cambios hormonales de adolescentes que despiertan al mundo.
Por supuesto, el cine mexicano de la época no se quedó atrás para hablar de los jóvenes, personajes que parecían invisibles como hoy se sienten hoy los chavos. Así, perdidos entre charros, gángsters, chinas poblanas, rumberas, pecadoras o madres abnegadas, jóvenes como Martita Mijares, Marta Elena Cervantes, Maricruz Olivier, Tere Velázquez, Olivia Michel, Luz María Aguilar o Chachita, Fredy Fernández el Pichi, Alfonso Mejía, René Cardona Junior, o Fernando Luján, jamás se convirtieron en panteras, caimanes, o lobos. No obstante, para los realizadores y argumentistas de aquel cine mexicano adolescente, nuestros jóvenes eran unos verdaderos monstruos con acné y tobilleras, culpables de todo tipo de desviaciones como el rocanrol, el cigarro, las chamarras de cuero y el despertar a la sexualidad. Jóvenes inconformes y rebeldes como deben ser los jóvenes, pero por ello, para nuestro cine: regañables, sermoneados, rechazados e incomprendidos en películas cuyos títulos hablan por sí mismos de sus “aberraciones” adolescentes: La edad de la tentación ¿...Y mañana serán mujeres!, Ellas también son rebeldes, ¿Con quién andan nuestras hijas?, Juventud desenfrenada, ¿A dónde van nuestros hijos? o Estos años violentos.
Si Drácula de Bram Stoker se construía con materiales como cartas, diarios, recortes de periódicos y un narrador omnisciente. En la novela de José Luis además del narrador ese “alguien del que quizá nunca sabremos quien cuenta lo que pasa” en la obra, nos encontramos con mensajes de twitter, de celular de facebook, videos de youtube, confesiones a cámara, diarios escritos, entradas de blogs y páginas de Internet, correos electrónicos, notas de periódico, comunicados de prensa y más, para contar no sólo una historia que pasa del humor negro a un asunto cada vez más ominoso y sangriento, con caminantes o muertos vivientes que salen de los túneles del Metro y de hombres topos que viven en las cloacas y en los recovecos de esas mismas estaciones, muy similares por desgracia a los indigentes marginados, teporochos y adolescentes pachecos que corrieron de la calle de Humboldt y que ahora deambulan entre la calle de Independencia y el Metro Juárez.
En el fondo, esta historia de muertos que caminan, de una terrible pandemia que mucho tiene que ver con aquella que asoló nuestra ciudad en abril de 2009, de jovencitos armados con decenas de dvds de horror Serie B, paranoias y conspiraciones, se trata sobre todo, de un relato de sobrevivencia emocional y hormonal adolescente: su relación con el mundo, con los adultos, la experiencia del amor, el valor de la amistad, la forma en que los chavos intentan enfrentar la soledad, la ausencia de sus padres y las burlas de sus compañeros, con un escenario zombie apocalíptico como alegoría.
Por encima de todo ello, Amor, zombis y otras desgracias, retrata el dolor de crecer. El abandonar las fantasías de la infancia y esa burbuja en que solemos crecer, para ver la realidad: la forma en que conviven de manera cotidiana fealdad y belleza, el horror, la corrupción, o la apatía, con el esfuerzo, el optimismo y el trabajo verdadero. Ahí, donde, el enamorarse es sólo otra faceta de ese proceso que es el tormento de crecer. Y es que crecer duele, duele mucho. Pregúntenle a sus hijos adolescentes y verán, o más bien, preguntémonos a nosotros mismos. Es ahí donde el epígrafe de José Emilio Pacheco de El principio del placer que José Luis refiere, adquiere sentido. Cito: “Si, en opinión de mi mamá, ésta que vivo es la “etapa más feliz de la vida”, como estarán las otras, carajo”.
Muchas gracias.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Devolver la humanidad a los muertos

La cultura popular nos ha enseñado que un zombi, en solitario, no representa una gran amenaza, pues un hombre en plenitud de sus capacidades puede enfrentarlo fácilmente. La historia es diferente cuando se trata de varias decenas. Ahí radica el elemento más perturbador de este monstruo: una multitud de ellos significa una muerte segura. Son el equivalente a una turba de linchamiento, irracional, con quién no se puede entablar diálogo alguno. “No somos machos, pero somos muchos”, dice la expresión popular. Y estamos acostumbrados a percibir la amenaza zombi como una masa informe, sin personalidad. Acaso es curioso ver sus atuendos. “Mira, la zombi enfermera”. “Mira, el zombi trajeado”. “Mira, el niño zombi”. Sin olvidar la obligada zombi desnuda, tal como nos la presentó George Romero en La noche de los muertos vivientes en 1968.
Pero hace unos días descubrí, gracias a mi amigo Israel Rodríguez, un estupendo cortometraje que devuelve su identidad a los muertos. Se titula “Everything dies”. Este es parte del fenómeno The walking dead, la teleserie creada por Frank Darabont a partir de los cómics de Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard. Si ustedes la han seguido, recordarán que en su primer episodio el asistente de comisario Rick Grimes (Andrew Lincoln), al salir del coma y encontrarse con un escenario apocalíptico descubre, arrastrándose lastimeramente en el pasto, a una zombi partida por la mitad, en avanzado estado de descomposición. La escena le impacta profundamente. Posteriormente Rick regresa y le dispara a la cabeza como un acto de misericordia, “poniendo fin a su sufrimiento”. Bajo la dirección de Greg Nicotero, brillante artista de maquillaje  convertido en productor y cineasta, el guión de John Esposito nos presenta a Hannah (Lilli Bridsell), un ama de casa común que lucha por sobrevivir –junto a su esposo e hijos- al despertar de los muertos. El trágico fin de sus días marca su breve aparición en la odisea de Rick. Su historia parecería irrelevante a simple vista, pero es un recordatorio de su paso por este mundo. Porque tendemos a olvidar que todos esos zombis que tanto nos aterrorizan en la pantalla –chica o grande- fueron personas, hijos de alguien, padres de alguien, esposos de alguien. Eso cobra relevancia en un momento donde el discurso oficial y mediático se afana en etiquetar a las víctimas de la atrocidad como “las muertas de Juárez” o “las bajas de la guerra contra el narco”. En sus últimos momentos al lado de sus seres amados, Hannah enfrenta la verdad inevitable que da nombre al corto: “todo muere”.
Ve "Everything dies"       

martes, 27 de julio de 2010

La noche de los muertos vivientes en el nuevo milenio

Una de las películas que nunca dejo de ver cada vez que me topo con ella en la televisión es La noche de los muertos vivientes (George Romero, 1968). Es una de las obras que más cautivaron mi imaginación adolescente, una metáfora terrible a la que he dedicado mi atención adulta a través de textos (en Amor al terror, 2008, Ediciones Shamra) y disertaciones públicas (en 2003 recordé su 35 aniversario en las desaparecidas Charlas de Café de la Cineteca Nacional). Más allá de academicismos, el zombi es uno de mis monstruos favoritos, uno que conserva su capacidad de atemorizarme, uno que me habla de un miedo fundamental: perder mi intelecto e identidad, convertirme en uno del montón.
El sábado por la noche me encontré casualmente con su reelaboración, que no suelen pasar en televisión, uno de los pocos remakes que no corrieron con la miserable suerte de otras cintas que pretendían actualizar obras clásicas del cine de horror. En esta ocasión se trató de la revisión que Tom Savini hizo en 1990, con la bendición del propio Romero y su coescritor John Russo, de La noche de los muertos vivientes. Savini era la elección ideal para esta labor. No sólo se encargó, en su faceta de habilidoso artesano de efectos especiales, del maquillaje de la saga zombi de Romero desde su segunda entrega –de hecho, desde Martin (1977)-, sino ha demostrado una gran sensibilidad –sanguinolenta- para explorar a éstos seres, desde su aparición especial en otras reelaboraciones (El amanecer de los muertos, Zack Snyder, 2004), divertimentos (Planeta terror, Robert Rodríguez, 2007) e infamias (Los hijos de los muertos vivientes, Tor Ramsey, 2001). Respetuosamente, Savini trae el drama de supervivencia por todos conocido para las nuevas generaciones. Sólo que lo hace de manera más vigorosa e impactante, en flamante technicolor, gracias a los avances técnicos y beneficiado por un mayor presupuesto que los autores originales. Uno de sus aciertos fue que Bárbara cobrara un papel más activo en su propia supervivencia. De ser una chica casi catatónica al toparse abruptamente con el horror (en 1968), se convirtió en una mujer aguerrida, dispuesta a defenderse y acabar por mano propia con más de un zombi (en 1990). Vindica el rol femenino en las cintas de horror. Abrió el paso a una nueva generación de mujeres combativas, como una Milla Jovovich que patea muertos al por mayor en la adaptación de un conocido videojuego. La invitación a la reflexión sigue intacta. Perviven los conflictos raciales, la familia disfuncional, la desconfianza sobre nuestra clase gobernante y la crítica a la sociedad de consumo. Lo más importante también: los “seres humanos” no somos diferentes de nuestros pares reanimados. “Ellos son nosotros y nosotros somos ellos”, acepta fatalmente la superviviente en los momentos finales de la película. Cobró sentido la otra noche que uno de mis vecinos golpeó con una escoba a un perro de la calle que buscaba cobijo de la fría lluvia. Por eso, como decía Emilio García Riera, “el cine es mejor que la vida”. Al menos los zombis sólo tienen poder en la oscuridad. Los verdaderos monstruos viven en la puerta de al lado.

lunes, 17 de mayo de 2010

Freddy regresa, parte 1 de 2.

Para las personas de mi generación, el pederasta y asesino sobrenatural Frederick Charles Krueger –o Freddy para los amigos- es el equivalente al Conde Drácula o a la criatura de Frankenstein: es un monstruo al que vimos nacer y crecer prósperamente como el protagonista de una kilométrica franquicia. Tenía 11 tiernos años cuando le vi por vez primera masacrar a la víctima en turno. Es una de las primeras figuras que me fascinó y aterró al mismo tiempo. El Instituto Americano de Cinematografía (AFI) le otorgó el lugar 40 entre los villanos más importantes del cine del siglo XX. Es objeto de múltiples interpretaciones y estudios –Testigos del Crimen le dedicó su programa 138-. El actor y escritor británico Doug Bradley –quien diera vida al célebre Pinhead en la saga Hellraiser- lo incluyó en la parte final de su libro Monstruos sagrados (Nuer, 1996). “Freddy es una creación maravillosa: medio payaso, medio monstruo. Ese jersey de rayas, robado directamente a un personaje de dibujos animados, y el sombrero de ala ancha, siempre inclinado en el más inverosímil de los ángulos, nos sugieren una cosa; los rasgos retorcidos y las cicatrices, el amenazante mohín y las cuchillas del guante nos prometen otra. Y algo que, precisamente, no nos va a hacer reír”, apunta Bradley. La Pesadilla en la calle del infierno (porque a pesar de su título original siempre la recordaremos así) de 1984 apuntaló la reputación como escritor y director de Wes Craven, hizo despegar la carrera de un muy joven Johnny Depp y aseguró el éxito financiero de New Line Cinema. “El sexo adolescente como tabú y castigo, la estrecha barrera que separa la realidad de la fantasía, el poder criminal y desconocido de los sueños, así como el imperceptible paso entre la vigilia y el sueño son los temas fundamentales de este notable recuento de terror sicológico que convirtió en mito pop de los 80 al terrible y cacarizo Freddy […], quien a la postre se convirtió en el principal atractivo de una serie tan repetitiva como la de Jason [Voorhies], con algunos apuntes inquietantes sobre la violación de la intimidad de la mente”, apunta Rafael Aviña en El cine de la paranoia (Times editores, 1999). Es, en resumen, una cinta entrañable en su economía, época y efecto. Hoy también es señal de mi propia vejez, pues acaba de estrenarse su reelaboración cinematográfica, producida por Michael Bay, hombre al que debemos numerosas pirotecnias y divertimentos frívolos –el díptico Dos policías rebeldes (1995 y 2003), La Roca (1996), Armageddon (1998), Pearl Harbor (2001), Transformers y secuela (2007 y 2009), etc.-, algunos respetables remakes de cintas de horror –La masacre de Texas (Marcus Niespel, 2003) y El horror de Amityville (Andrew Douglas, 2005)- y el decepcionante retorno de Jason Voorhies en Viernes 13 (también Niespel, 2009). Freddy regresa pues para las nuevas generaciones y, de paso, llenar de dinero los bolsillos del señor Bay, algo en que se especializa. Para muchos significa el agotamiento creativo de la industria hollywoodense y nos remite a la vieja pregunta, “¿era necesario?”.
Esta vez el maquillaje de Freddy lo usa el competente actor de carácter Jackie Earle Haley, a quien viéramos como un pedófilo en Secretos íntimos (Todd Field, 2006), como el héroe marginal Rorschach en Watchmen (Zack Snyder, 2009) y como un pirómano en La isla siniestra (Martin Scorsese, 2010). Su experiencia habla por sí misma. Tiene un peso enorme en sus hombros, pues su colega y antecesor Robert Englund se convirtió en un actor de culto y asociamos invariablemente su rostro con el homicida onírico. Aún recubierto de látex, era capaz de transmitirnos el retorcido placer de su venganza. Era una especie de bufón diabólico capaz de cortarse los dedos, arrancarse el rostro en medio de estridentes carcajadas o transformarse en voluptuosas enfermeras. De hecho, en mi memoria y afectos, Freddy Krueger siempre será Robert Englund.
Esas fueron las principales dificultades que anticipé para Pesadilla en la calle Elm (Samuel Bayer, 2010).
Tradicionalmente los remakes de cintas clásicas de horror no suelen ser muy afortunados. Recordemos la nueva versión de Psicosis que hizo Gus Van Sant en 1998. Citaré nuevamente a Viernes 13 (2009), ejemplo de la trivialización de un monstruo clásico para la generación Next, infestada de jóvenes actores de televisión y un argumento que si bien era promisorio –incluir como una suerte de prólogo a la desquiciada señora Voorhies fue un acierto- termina por agotar y decepcionar al diletante del cine de horror. La película es ínfimamente menor que el esfuerzo previo de su director el señor Niespel. Lo primero que agradecí de su renovación de La masacre de Texas (2003) fue que se desarrollara en los años setenta, época en que transcurre su predecesora, un elenco competente formado mayormente por desconocidos –con excepción de Jessica Biel y R. Lee Ermey-, que vindicara el papel femenino de la cinta de horror tradicional –donde la heroína es una víctima más que sólo sabe gritar- y que respetara el eje de la historia que Tobe Hooper y Kim Henkel popularizaron en 1974, incluida su intención documental. Las estrellas de ambas cintas, Jason y Leatherface, no variaron dramáticamente su apariencia física gracias a que, afortunadamente, ambos usan máscaras para cometer sus carnicerías –de este tema hablaré en la tercera emisión del Festival Mórbido-. Pero el nuevo Jason se convirtió en un asesino incongruente y predecible que mantenía cautivas a algunas de sus víctimas –por motivos que aún ignoro- en su intrincada madriguera secreta. Su espíritu original era liquidarlas en el momento y seguir adelante en busca del siguiente cordero de sacrificio. Eso lo definía.

viernes, 2 de abril de 2010

Un rostro más del horror

Antes de iniciar, una aclaración: no pretendo insultar sus creencias ni herir susceptibilidades.
El verdadero horror, según Clive Barker, se encuentra sangrante en un altar por la redención de nuestros pecados. Cuando era niño, siempre me impresionó la imagen crucificada de Jesucristo, con su expresión agonizante y esos enormes clavos en sus manos y pies. Lo mismo le sucedió a John George Haig, el popular asesino serial británico conocido como “El vampiro de Londres”. Haig confesó antes de acudir a la horca en 1949, “de noche, en la cama, cerraba los ojos y volvía a ver el Cristo torturado sobre la cruz. Miraba el crucifijo en la iglesia, y a veces veía la cabeza coronada de espinas, a veces el cuerpo entero de Cristo, de cuyas heridas brotaba copiosamente la sangre. Me sentía horrorizado”. En tiempos recientes, el actor y cineasta australiano Mel Gibson nos brindó su visión de los hechos que culminaron en la muerte del Mesías en “La Pasión” (Italia-Estados Unidos, 2004), cinta que inauguraría un subgénero del cine de horror que podríamos llamar “biblical gore”. Y es que la crucifixión, suplicio que se remonta hasta las culturas egipcia y hebrea, buscaba no sólo la profanación del cuerpo y eventual muerte del condenado, sino su humillación definitiva, el total envilecimiento. “En Roma, en Grecia, pero también en Oriente, el condenado a muerte, previamente azotado, debía cargar la cruz hasta el lugar de su ejecución”, nos recuerda Martin Monestier en su libro “Penas de muerte” (Planeta, 1994). “O, más exactamente, estaba obligado a cargar el patibulum; es decir, el larguero superior de la cruz, pues el larguero vertical, el poste, estaba ya plantado a la llegada del condenado y de los verdugos […] En el lugar del suplicio, el condenado era atado al instrumento de muerte mediante cuerdas, y por lo general con clavos […] En los casos en que era clavado, se obraba de la misma manera, clavándole previamente las manos al ajusticiado sobre el patibulum y, una vez que estaba suspendido, se le clavaban los pies […] Los clavos nunca se clavaban en el hueco de la mano, pues el peso el cuerpo habría podido desgarrar la palma y liberar el miembro. Siempre se fijaba a las muñecas, a partir de dos procedimientos. Si el verdugo tenía alguna experiencia, hundía el largo clavo a través de un estrecho espacio rodeado de huesos, llamado el espacio de Destrot por los anatomistas modernos. La punta ensanchaba este espacio sin romper nada, a no ser que el nervio mediano resultara seccionado, lo que tenía como efecto crispar el pulgar hacia el hueco de la mano. Si el verdugo era menos hábil, se conformaba con hundir el clavo en la muñeca, entre el radio y el cúbito. Pero en los dos casos, la ligadura se revelaba sumamente resistente. En cuanto a los pies, éstos se clavaban según diferentes maneras, Podían serlo uno junto al otro, cada uno fijado por su clavo, o superpuesto uno a otro, o incluso con las piernas separadas como en las crucifixiones cuadrangulares”.
Doloroso en extremo, sin duda. Ejemplo claro del ingenio del hombre para infligir dolor y humillación al otro, pero también de su incapacidad para convivir con las creencias que se oponen a las suyas. ¿Les suena conocido?

domingo, 24 de enero de 2010

Ahora, otra de zombis

Los zombis son los monstruos que más me asustan. Significan la pérdida del intelecto, el espíritu y la individualidad. Son la alienación, el terror de las masas. Sobre la cinta canónica del tema, La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968), reproduje en este blog la Charla de Café que ofrecí en la Cineteca Nacional con motivo de su 35 aniversario. Por los zombis (y un fallido testimonio visual del que recién hablé) interrumpí mi euforia holmesiana, que retomaré en breve.
La otra película que vi el pasado fin de semana fue Tierra de zombis (Zombieland, 2009), ópera prima de Ruben Fleischer. Si bien ha quedado demostrado que las fases de cine de horror se caracterizan por el origen, desarrollo, desgaste y parodia de un tema, como sucedió con las series clásicas de los Estudios Universal, Tierra de zombis representa el matrimonio de géneros que mantiene vigente y fresco un subgénero muy popular de estas películas. Ya el talentoso Peter Jackson nos ofreció un ejemplo de las posibilidades de la comedia de zombis en 1992 con su sanguinolentamente divertida Dead alive (o Tu mamá se comió a mi perro, según los traductores españoles) o el británico Edgar Wright con su inteligente y graciosa Desesperar de los muertos (Shaun of the dead, 2004). La premisa de la película de Fleischer es la misma de incontables especímenes que hemos devorado en el pasado: un brote de zombis diezma a una nación entera (Estados Unidos en este caso), posiblemente al mundo entero. El origen del Apocalipsis es, ahora, una hamburguesa contaminada. Siempre pensé que McDonalds sería la perdición de la humanidad, pero la idea es abrumadora por posible si consideramos la penetración que esta multinacional tiene en el mundo entero y por los alarmantes índices de obesidad en el vecino país del norte (y en el propio México). El drama de supervivencia se centra en el antisocial universitario Columbus (Jesse Eisenberg), el socarrón y enternecedor Tallahassee (Woody Harrelson, espléndido) y las hermanas Wichita (Emma Stone) y Little Rock (Abigail Breslin, alias Pequeña Miss Sunshine), todos estratégicamente nombrados como ciudades para evitar crear lazos sentimentales. El éxito de la cinta no sólo reside en el guión de Paul Werrick y Rhett Reese, quienes utilizan hábil y respetuosamente las convenciones del cine de zombies –con todo y la obligada desnudista reviniente-, en su sólido elenco o en las hilarantes situaciones que plantea (la utilidad de abrocharse el cinturón de seguridad o la conveniencia de mantenerse en forma), sino en evitar el tinte paródico que resta a los monstruos seriedad y capacidad de aterrorizarnos. Los guionistas incorporan 33 reglas para sobrevivir en la Tierra de zombis del título, que guardan una evidente relación con las que Max Brooks enunciara en su libro La guía de sobrevivencia de zombis. Los objetivos que persigue este cuarteto de huérfanos (“todos somos huérfanos en la Tierra de zombis”) no sólo es el instinto básico de conservación: Columbus busca a sus padres perdidos, las hermanas llegar a un idílico parque de diversiones y Tallahassee encontrar y comerse el último twinkie en la tierra (“en México los llaman Los Submarinos”). La cereza en el pastel es la inesperada y efímera aparición de una popular figura y una emblemática comedia sobrenatural de la década de los ochenta. Tierra de zombis ha demostrado ser un éxito de crítica y taquilla, por lo que es de esperarse una secuela que, deseo, no tenga el miserable destino de otras franquicias. La fórmula aún no se agota, así que espero los productores no maten a la gallina de los huevos (o los zombis) de oro.
Recientemente hablé de zombies con pretexto de esta película con mis amigos Carlos del Río y Roberto Ortiz en su podcast Cinemanet. Nos acompañaron dos diletantes del cine oscuro: Antonio Camarillo y Diego Menéndez. Una verdadera sesión que no deben perderse.

jueves, 5 de noviembre de 2009

*Programa triple*

El pasado martes, recuperado de las festividades de muertos, presenté la película Nosferatu, sinfonía de horror (F. W. Murnau, 1922), la cual dio inicio al ciclo de cine “Los monstruos llegaron ya”, que organiza la Casa Universitaria del Libro, la Coordinación de Humanidades y la Filmoteca de la UNAM.
Ante un público pequeño pero entusiasta, expuse aspectos que admiro de la mencionada cinta, uno de los especímenes menos apegados a las convenciones del expresionismo alemán y una de las primeras adaptaciones cinematográficas conocidas del Drácula de Bram Stoker.
Todos conocemos el aspecto repulsivo del vampiro Conde Orlock, el cual se aleja diametralmente del fascinante aristócrata transilvano encarnado unos años después por Bela Lugosi. Ese es sólo uno de los aspectos que vuelven inolvidable al filme, un auténtico festín para todo admirador del cine de horror.
Días atrás vi una secuela que esperaba con ansiedad. Se trata de [REC] 2, continuación de la maravilla española [REC] (Paco Plaza y Jaumé Balagueró, 2007), una eficiente y novedosa cinta que, gracias a la piratería, se convirtió en objeto de culto en nuestro país antes de su estreno comercial. Este experimento emplea la movilidad natural de la cámara y actores desconocidos para dotar de verosimilitud periodística a un drama de supervivencia mil veces narrado. Una auténtica maravilla que se disfruta mejor en la pantalla chica pues su formato es el de un reportaje televisivo.
Debo decir que, a diferencia de muchas personas con quien he comentado la película, ésta no me desilusionó del todo. Simplemente no fue lo que esperaba. Contiene los elementos esperados de una segunda parte y algunos momentos inteligentes (los dos relatos paralelos que se unen en un momento), pero el efecto que causó su antecesora se diluyó del todo.
Sobre ambas cintas –Nosferatu y [REC] 2- reproduciré a continuación lo que el periodista Naief Yehya publicó el pasado julio en la edición impresa de Milenio y la crítica que mi buen amigo Rafael Aviña hizo a la secuela española en Primera Fila de Reforma.
Prohibido asustarse.

Una de vampiros.

El genio detrás de Nosferatu
Naief Yehya

En 1922 Friedrich Wilhelm Plumpe terminó su adaptación fílmica de la novela Drácula de Bram Stoker. Los herederos de Stoker demandaron al director germano y las autoridades lo obligaron a destruir todas las copias de la película Nosferatu. De no ser porque sobrevivieron clandestinamente copias pirata, hoy Plumpe, mejor conocido por su nombre artístico F.W. Murnau (dic. 1888-mar. 1931), difícilmente sería parte del panteón de los más grandes directores de todos los tiempos. Esto es irónico si se considera que aparte de Nosferatu, Murnau realizó una filmografía fabulosa.
Si en algún lugar los vampiros han alcanzado la inmortalidad es en el cine; aparecieron por primera vez en The vampire, de Robert G. Vignola, de 1913, y desde entonces son presencias permanentes en la pantalla. Pero entre todas las encarnaciones de estos seres, desde Bela Lugosi en Drácula (Tod Browning, 1931) hasta Robert Pattinson, en Twilight (Catherine Hardwicke, 08), siempre destaca Max Schreck, el aterrador conde Orlock de Nosferatu. Éste es un filme de una enorme importancia, ya que no solamente se trata de una obra maestra en términos estilísticos, técnicos y poéticos, sino que es una cinta visionaria que refleja de manera prodigiosa la Zeitgeist de Alemania tras la Primera Guerra Mundial (un conflicto en el que Murnau combatió como piloto) y anticipa el advenimiento de la “plaga” (Nosferatu puede ser traducido del griego como portador de la plaga) del nazismo. Nosferatu ha logrado eclipsar al resto de la filmografía de uno de los directores más representativos de la era del cine mudo, un autor que se valió de innovadores (y “dramáticos”, como él los llamaba) ángulos de cámara, películas de diferentes colores, cámaras móviles, escenografías alucinantes y una vertiginosa edición para dar forma a un cine expresionista que sería intensamente imitado. Murnau filmaba continuamente en locaciones, las cuales lograba integrar como expresiones del ánimo y carácter de sus personajes.
Kino Internacional ha lanzado una excelente selección de obras de Murnau en un set de seis DVD que incluye El castillo embrujado (1921), Nosferatu (1922), Las finanzas del Gran Duque (1924), La última carcajada (1924), Fausto (1926) y Tartufo, el hipócrita (1926, la única de estas cintas que fue estrenada en México en la década de los veinte). Estos filmes, en versiones restauradas, son un invaluable testimonio del genio de Murnau, de la variedad de registros de su obra, la cual va de la comedia ligera de Las finanzas…, que narra los aprietos del benévolo dictador de la diminuta isla-imperio de Ábaco, hasta el terror espectral de Nosferatu, pasando por La última carcajada, la desoladora historia del portero de un lujoso hotel que pierde su empleo y con esto su vida se desmorona. Esta obra, estelarizada por el legendario Emil Jannings, es en particular notable por el uso de la cámara para presentar el punto de vista del personaje, además de que no emplea intertítulos. Así mismo, aquí Murnau echa mano de una variedad de recursos y estilos, de movimientos de cámaras (paneos, travelings, tracking shots y zooms) hasta entonces poco usados. La última… se aleja un poco del expresionismo que caracteriza la obra de este realizador, ya que se trata de un filme Kammerspiel (cine de cámara), es decir, que tiene un estilo más austero, claustrofóbico y formalmente limitado, además de que aborda una temática social.
El Fausto de Murnau fue una gigantesca producción que le ganó su invitación a Hollywood y es otra joya del cine mudo, que combina elementos del relato tradicional de Fausto con las versiones literarias de Goethe y Marlowe. En ella Jannings aparece como un inquietante Mefistófeles que ofrece a Fausto (el sueco Gosta Eckman) la oportunidad de revivir su juventud a cambio de su alma. Nuevamente aquí el director crea un universo altamente estilizado e irreal, que si bien parece sacado de un cuadro de Pieter Brueghel súbitamente se torna dolorosamente realista. Fausto es un filme sobrecogedor, un intenso torbellino de una belleza espectacular, una obra maestra de la dirección artística, repleta de apariciones fantásticas y momentos de humor que permiten una reflexión seria en torno a la naturaleza del mal: “Si el diablo puede corromper a un solo hombre, Fausto, entonces toda la tierra será suya”.
La adaptación del Tartufo, de Molière, filmada por Murnau, sigue la fórmula del filme dentro de un filme, de manera que la historia se sitúa en los años veinte. El ama de llaves de un anciano logra convencerlo de dejarle toda su fortuna y despojar a su nieto. Este último se hace pasar por proyeccionista itinerante de cine, con lo que convence a la desconfiada ama de llaves de dejarlo entrar a la casa del abuelo. El filme que elige para mostrarle es precisamente el Tartufo. Éste es otro filme de cámara, íntimo, con pocos personajes y, sin duda, narrativamente menos complejo que sus obras más conocidas, sin embargo es una notable muestra de su talento como director de actores y su genio en el uso del close up. Esto ha hecho que se le considere un filme menor. Murnau dirigió esta película a petición de Jannings, quien interpreta el papel del hipócrita del título. Lo que es admirable es que entre el director y su guionista, Carl Meyer, lograron traducir el humor en alejandrinos de Molière a imágenes, chistes visuales, humor físico, gestos en close up extremo y otros recursos.
Murnau murió precozmente a los 43 años. Es conveniente regresar a sus películas, a sus obras de arte para redescubrir a un cineasta que erróneamente creíamos conocer.

Una de zombis y poseídos.

Aún grabando
Rafael Aviña

[REC] (2007) se convirtió de inmediato en una película de culto, generando no sólo un remake estadounidense (Cuarentena, 2008), sino una insólita continuación que arranca minutos después del desenlace de la película original, y cuya oferta argumental aporta un nuevo giro a la trama primigenia.
[REC] 2 (España, 2009), dirigida también por Jaume Balagueró y Paco Plaza, suma un nuevo tanto a esa atractiva corriente de nuevo cine de horror ibérico impulsada desde la década pasada y a la que pertenecen Alejandro Amenábar, Alex de la Iglesia, Nacho Cerda, Juan Antonio Bayona o Nacho Vigalondo, entre otros.
El tono de horror y suspenso costumbrista centrado en un variopinto grupo de inquilinos de un viejo edificio barcelonés, una reportera de televisión conductora de un programa nocturno en vivo (Manuela Velasco) y un equipo de bomberos a los que la cámara sigue en una noche de rutina, desaparece en esta continuación.
El claustrofóbico escenario que albergaba una trama de zombis hambrientos y enloquecidos, muy en deuda con Exterminio (Boyle, 2002), La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968), secuelas y homenajes, se trastoca en [REC] 2 en un literal reducto del infierno, más bien emparentado al cine de posesiones satánicas como El exorcista (Friedkin, 1973).
Es decir: aquí la infección viral transmitida por fluidos y sangre, cual metáfora del Sida, adquiere un carácter religioso bastante inquietante. A ello, se suma un estilo visual ultramoderno y un montaje frenético a partir de diversos puntos de vista que ofrecen todo tipo de cámaras digitales, ya sea aquellas que porta un equipo especial de la policía, la cámara misma de la reportera, o la handycam que un grupo de adolescentes introduce en el lugar irresponsablemente.
A pesar de algunos momentos en verdad espeluznantes, en el que caben niños, coplas españolas, sacerdotes y pasadizos, [REC] 2 se distrae con escenas shock, algunos sustos muy burdos, ciertos problemas para unir sus subtramas y otorgarle credibilidad al tema demoniaco. A todo ello se suma un humor involuntario que se desprende del maquillaje, y, sobre todo, de los modismos locales. “Tíos”, “gilipollas”, “coño”, “puñeteros”, “hostias”... y más.

domingo, 18 de octubre de 2009

Sorprenden 'zombies' al DF

Alberto Cuenca
Domingo 18 de octubre de 2009
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De los cuerpos y de la boca de algunos goteaba sangre fresca que simulaban haber tomado de la última víctima.
Casi todos dejaban ver llagas en la piel descompuesta, o pústulas a las que les faltaba poco para reventar.
Con ellos venían niños que, como los adultos, exhibían las huellas de la decadencia en los ojos, en el color de la piel y en sus ropas.
Caminaron así por las calles del Centro Histórico, enfilándose hacia el Zócalo capitalino como lo hacen muchas otras marchas.
Pero esta no era una manifestación contra la desaparición de Luz y Fuerza del Centro; no demandaban vivienda y mucho menos exigían que una comisión fuera recibida por autoridades.
El contingente avanzaba lentamente por avenida Juárez. "A paso zombie, caminemos a paso zombie", decían ellos mismos, aunque cuando pasaban frente a un bar o restaurante se abalanzaban presurosos sobre los capitalinos que los miraban sorprendidos detrás del cristal.
Frente a la Alameda Central, el paisaje de un tradicional fin de semana se vio interrumpido por unos 300 muertos vivientes que conmemoraron la tercera edición de la "marcha zombie" en el Distrito Federal.
Disfrazados, maquillados, algunos con máscaras y ropas desgarradas, jóvenes de las diferentes subculturas y tribus urbanas caminaron del Monumento a la Revolución hacia el Zócalo capitalino, como parte de un evento a través del cual se le rinde tributo al género de terror, en particular a la cultura zombie e inspirados por películas como la Noche de los Muertos Vivientes y Resident Evil.
Así, le rinden también homenaje al director, escritor y actor de cine estadounidense, creador del arquetipo zombie, George A. Romero.
"La marcha zombie es una crítica de la realidad actual, donde el zombie refleja la deshumanización de la sociedad, la falta de valores y la masa consumista en la que nos hemos vuelto" , decía el zombie líder y organizador de esta marcha.
La primera marcha zombie se realizó en agosto de 2001 en Sacramento California, pero actualmente se realizan manifestaciones de este tipo en Amsterdam, Atlanta, Detroit, Londres, Sao Paolo, entre muchas otras ciudades de América y Europa.
Lo cierto es que este sábado al mediodía, en su camino hacia el Centro Histórico, la marcha zombie convocaba a la diversión, porque los jóvenes que participaban jugueteaban entre ellos y con la gente los observaba. Con un ánimo desenfadado estos zombies tomaban iconos, símbolos y aspectos de la realidad actual para expresarse, como cartulinas en las que se leía: "Jesucristo regresó de la muerte. Era zombie" o "Esto no es influenza, es el virus T" en referencia a la trama de la película Resident Evil.