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viernes, 27 de agosto de 2010

Lectura obligatoria

La nueva creación de mi amiga Norma Lazo se titula El mecanismo del miedo. Ella es una notable exploradora de las zonas oscuras de la mente humana y una talentosa escritora. Sin que medie el enorme aprecio que siento por ella, habiendo devorado más de la mitad del texto, puedo decir que es una gran novela, una apología a lo fantástico y a la necesidad de experimentar un "miedo bueno es una época dominada por el miedo malo". Sin afán comercial, está disponible en todas las librerías. Ya lo comentaremos y les informaré de su inminente presentación oficial.
Por cierto, su página web es grandiosa.

lunes, 12 de abril de 2010

¿A dónde vas, vampiro?

El pasado domingo 7 de marzo, antes que los medios canibalizaran el caso Paulette, el semanario Día Siete publicó este ensayo del escritor y divulgador de la cultura Julio Patán. En él reflexiona sobre el camino del vampiro, personaje tan recurrente de este blog. Helo aquí para su consideración. Podrán reconocer títulos y personajes recurrentes.

La vejez y los vampiros
Julio Patán

El hombre lobo tiene al menos una virtud, la de la incorrección política. En tiempos del calentamiento global y –peor todavía- Avatar es la única criatura que se atreve a recordarnos que la naturaleza no es dulce, armónica y ñoñamente humana, sino incómoda, aguerrida y amoral. Esa cualidad, si no otra, es bien visible en la reciente adaptación de Joe Johnston, la de Anthony Hopkins y Benicio del Toro.
El vampiro, en cambio, clama por la jubilación. Ya se que los críticos se me van a tirar a la yugular, con eso de que los mitos no nacen ni mueren, sólo se transforman, o con aquello de que los gringos están descerebrados, pero hay una película sueca brillantísima (no la vi, pero el escritor Alberto Chimal la recomienda y le creo). El hecho es que, al margen de estos cantos del cisne escandinavo, con los vampiros lo que se percibe es desesperación por exprimir unos millones más a los agotados hijos de la noche. La prueba es que a últimas fechas se han convertido en iconos adolescentes, y ya se sabe que donde empieza la adolescencia, con la inevitable trivialidad de sus conflictos, termina la civilización.
La decadencia de Drácula y sus herederos es larga. Sobre el entendido de que los tradicionales aristócratas de los infiernos –ya se sabe: pálidos, con acento británico, anémicos- tienen poco que comunicar a la época proletaria-burguesa que nos tocó en suerte, hecha de jeans y comida chatarra, con La danza de los vampiros, de 1967; Joel Schumacher en delincuentes juveniles, con Los muchachos perdidos, de 1987 (a Kiefer Sutherland aún no se le botaba la panza); el irlandés Neil Jordan, otras veces talentoso –véanse En compañía de lobos, ya que hablamos de licantropía y naturaleza-, en una aburrida cuadrilla de drag Queens ultrarrefinados, esto en la famosa Entrevista con el vampiro, de 1994; y Stephen Norrington, con Blade, en una suerte de modelos de ropa interior que están provistos de colmillos, son aficionados a raves donde ofrecen hemoglobina en vez de tachas –la peli es de 1998- y se ven perseguidos por Wesley Snipes, un mestizo de humano y vampiro al que, más terrenalmente, sólo pudo derrotar el fisco, por sus veleidades evasoras.
¿Qué nos queda? O vampiros de a pie que estudian high scholl entre amores atormentados perspectivas de bullying y comida chatarrra, según la versión de Stephanie Meyer, es decir ¡una mormona!, o ver a Megan Fox con un hilito de sangre en la comisura y un vestido de porrista. Y esto, de plano, arde. Arde menos por la mueca de vació de la Fox, irritante como es, que por el hecho de verte sorprendido porque ni su minifalda ni su gesto de calentura, no digamos el hilito de sangre, son capaces de moverte las hormonas. Lo cual, evidentemente, significa que has envejecido como el vampiro.

martes, 16 de marzo de 2010

La isla siniestra

El jueves mi amigo Pablo Guisa, organizador del Festival Mórbido y entusiasta del cine de horror, me invitó a la premier de “La isla siniestra” (Shutter Island, 2010), el vigésimo primer largometraje del talentoso Martin Scorsese y su cuarta colaboración con su nuevo actor fetiche Leonardo DiCaprio.
¿Por qué dedicarle minutos valiosos frente al teclado si el tema de este blog es el horror y lo fantástico? Porque logró causarme una sensación de opresión durante casi todo el metraje. ¿Y no es ese uno de los efectos del buen relato de horror?
Lo primero que debo decir es que la película no alcanza el virtuosismo del Scorsese que dirigió Toro salvaje o Los infiltrados, pero demuestra su buen oficio. Es una “película alimenticia”, de eso no hay duda, y como decía con sabiduría la abuela Coria, "hay que corretear la chuleta".
Este thriller psicológico escrito por Laeta Kalogridis, que inevitablemente me recordó El gabinete del Dr. Caligari (Wiene, 1921), está basado en la novela homónima del académico y escritor Dennis Lehane, autor –entre muchos otros trabajos- de la novela que inspiró la película Río Místico. La trama es la siguiente: En 1954 los alguaciles federales Edward Daniels (DiCaprio) y su compañero Chuck Aule (Mark Ruffalo), acuden a la inexpugnable Isla Shutter del título para investigar la desaparición de una paciente del Hospital Psiquiátrico Ashcliff para criminales dementes –que no deja de recordarnos al Asilo Arkham de Batman-, dirigido por el misterioso Dr. John Cawley (Ben Kingsley). Lo que sigue es un viaje –onírico a veces, pesadillesco en otras- donde nuestro héroe enfrenta sus fantasmas y trata de desentrañar un misterio, salpicado por la paranoia anti comunista de la época, donde no todo es lo que parece.
No mencionaré más del desenlace para no estropeárselos. Lo que sí diré es que en la historia convergen homicidas, pirómanos, filicidas y la población clásica de un manicomio. Destaca el caso de la mujer, corazón del enigma, que asesinó a sus tres hijos ahogándolos en un río y luego los sentó a la mesa, evocación clara de nuestra Llorona y del caso de Claudia Mijangos Arzac, la reina de belleza queretana que aniquiló a sus vástagos en 1989.
“La isla siniestra”, si bien es una cinta de fórmula, es un entretenimiento eficaz que no decepciona a pesar que el devorador del cine de horror puede argumentar que es una historia que ya ha visto antes. DiCaprio, muy alejado del joven bello y con talento limitado que odié en el inicio de su carrera, convence en su papel de un alguacil al borde del precipicio. Completan el cuadro las breves e intensas apariciones de Max Von Sydow -el mismísimo Padre Merrin-, Elias Koteas y Jackie Earle Haley, el nuevo rostro de Freddy Krueger.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Vampiros en habla hispana

En el pasado reciente hablé de la estupenda antología Ajuar funerario (Páginas de espuma, 2004) del escritor peruano Fernando Iwasaki. Del libro les presento, con la amable autorización del autor, su aportación a la literatura vampírica, ejemplo de la minificción en habla hispana. Confirma una máxima: la historia de vampiros de calidad no requiere imprescindiblemente de etiquetas para referirse al monstruo.
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Monsieur le revenant
Fernando Iwasaki

Todo comenzó viendo televisión hasta la medianoche, en uno de esos canales por cable que sólo pasan películas de terror de bajo presupuesto. Luego vinieron el desasosiego y los bares de mala muerte, las borracheras vertiginosas y las cofradías siniestras de la madrugada. Por eso perdí mi trabajo, porque dormía de día hasta resucitar en la noche, insomne y hambriento.
No es fácil convertirse en un trasnochador cuando toda la vida has disfrutado del sol y de los horarios comerciales, pero la noche tiene sus propias leyes y también sus negocios. Así caí en aquella mafia de hombres decadentes y mujeres fatales. Malditos sean.
Siempre regreso temeroso de las primeras luces del alba para desmoronarme en la cama, donde despierto anochecido y avergonzado sobre vómitos coagulados. Tengo mala cara. Me veo en el espejo y me provoca llorar. Lo del espejo es mentira. Lo de los crucifijos también.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Memoria vampírica

El pasado 20 de noviembre el diario Reforma publicó una sección especial en su suplemento Primera Fila con motivo del estreno de Luna nueva, la secuela del fenómeno Crepúsculo. Una de las personas tras la idea de vindicar al vampiro fue Mario Abner Colina, quien platicó con numerosos conocedores del tema y amablemente compartió conmigo -y ustedes- su exhaustiva investigación. Vale mucho la pena. Hela aquí.


Son leyenda
Mario Abner Colina

"¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad", invitó el Conde Drácula a Jonathan Harker.
Atemorizado, el joven notario inglés traspasó el umbral del oscuro castillo transilvánico en Drácula, la novela de Bram Stoker. Y como él, millones de lectores, temerosos y excitados, por propia voluntad, han aceptado y siguen aceptando la tenebrosa invitación que los vampiros literarios les hacen. ¿Pero por qué?
"El vampiro transmite la idea de la juventud eterna, de la no corrupción de la carne, salir de cacería, y de, básicamente, pasarla bien de noche. Eso resulta atractivo más allá de las épocas y más allá de la literatura", señala el crítico y escritor argentino Rodrigo Fresán.
Inmortal más allá de todo rayo de sol, crucifico, estaca o agua bendita con que se le combata, el vampiro hizo su aparición en el folclor de distintas civilizaciones europeas, asiáticas y americanas, gracias a mitos como el de lilith, los súcubos o las lamias.
Su poder, incluso, logró hacerse de un espacio en mentes como Voltaire, Rousseau, o el benedictino Dom Augustine Calmet, quien aventuró un tratado sobre los vampiros. ¿Meras superticiones?
"Los vampiros existen para quienes creemos en ellos", señala Vicente Quirarte, autor del ensayo de culto Sintaxis del vampiro. "El vampiro se alimenta de nuestra imaginación y nosotros de su mito poderoso y creciente".
El siglo 19 fue el siglo del estallido de la sed vampírica. Primero con poemas como El gaiour (1813) de Lord Byron, y después, en prosa, con El vampiro (1819) de John William Polidori, asistente a la legendaria reunión de escritores en Villa Diodati, donde también nacieron seres como Frankenstein, de Mary Shelley.
"Con Polidori el vampiro adquiere el aire de seductor. Fríos ojos grises, fascinante, terrible", apunta el especialista en literatura de horror Roberto Coria.
Varney, el vampiro (1845-1847), atribuido a James Malcolm Rymer, inauguró la imagen del vampiro introduciéndose en la habitación de la doncella. Y el erótico Carmilla (1872), de Joseph Sheridan Le Fanu, hizo de una mujer, por vez primera, la asesina sedienta de sangre.
Pero apenas eran bosquejos del terror. A punto de que muriera el siglo 19, fue un irlandés de nombre Bram Stoker quien dio vida al punto de referencia para siempre, Drácula (1897).
Argumentaciones científicas, trama ubicada en fechas contemporáneas, e inspiración en el personaje histórico real Vlad Tepes, fueron algunos de los elementos que hicieron del libro, aún hoy, el más imitado y el más admirado.
"Es una novela reflexiva, con voces cruzadas. Además, en Drácula el Conde aparece muy poco. Es el mal presente siempre ausente. No sé si fue una idea meditada de Stoker o una genialidad casual", se pregunta Fresán.
No obstante, a pesar de su éxito, la capa del Conde no podía cubrirlo todo, y en el siglo 20, los vampiros comenzaron a mutar. En los 20, H.P. Lovecraft revitalizó al no muerto con relatos como "La casa maldita", con un monstruo que se alimenta de energía. Otro norteamericano, Fritz R. Leiber, crea en "La chica de los ojos hambrientos" (1949) una vampiresa de hermosura indescriptible que absorbe recuerdos de sus víctimas.
Sin embargo, una de las más grandes vueltas de tuerca del género llega en 1954 con Soy leyenda. La novela de Richard Matheson propone un mundo donde una plaga ha convertido a todos en vampiros —que no necesariamente temen a la cruz—, y hay un único sobreviviente humano.
"El mensaje es muy interesante. Neville, el protagonista, es el único humano en un mundo de vampiros. Entonces, es el anormal. Es el monstruo", comenta Coria, autor de la pieza teatral El hombre que fue Drácula.
Los 70 fueron un caldo de cultivo para obras de potencia. Con el libro La voz de Drácula (1975) de Fred Saberhagen, Drácula tuvo su revancha: el Conde hace una apología de los eventos de la novela de Stoker y despotrica contra quienes lo combatían.
El joven Stephen King, por su parte, luego de hacer sudar de miedo a todo Estados Unidos con Carrie, propuso en Salem's Lot (1975) una historia de vampiros de aires stokerianos en que Barlow, un tenebroso ser, invadía un pequeño pueblo de la Costa Este.
"A algunos les molesta que Stephen King sea un bestseller, pero este libro es maestro, una gran pesadilla sin concesiones", dice el escritor Bernardo Ruiz, autor de Antes y después de Drácula.
Una escritora de Nueva Orleans, firmando como Anne Rice, publicó en 1976 Entrevista con el vampiro, una irreverente historia de la vida privada y la psicología de los vampiros, con elementos sexuales y homoeróticos.
"Anne Rice dice que Lestat lleva el signo de la cruz en el cofre de su auto. Sus vampiros adaptan su esencia a cada época para conservar su casi omnipotencia", anota Coria.
Con novelas como El tapiz del vampiro (1980) de Suzy McKee Charnas, sobre un vampiro hecho pasar en la sociedad como un brillante antropólogo, El ansia (1981) de Whitley Striber, con una tesis que plantea que los vampiros son una especie paralela al humano con anomalías en la sangre, sagas como Necroscopio (1986) de Brian Lumley, sobre un necromante al servicio del Imperio británico que combate vampiros, o la trilogía iniciada con El año de Drácula (1992) de Kim Newman, donde un Drácula victorioso es príncipe consorte de la Reina Victoria y ha vampirizado Inglaterra, finaliza el siglo 20. Y con pocas obras a destacar, según algunos.
"El siglo 20 es abundante en el tema, pero es redundante. ¿Qué le da una nueva fuerza al mito?", se pregunta Ruiz.
En 2003, luego de esconderse brevemente en sus ataúdes, salieron a la luz. Charlaine Harris planteó comedia con Southern Vampire Mysteries, donde los vampiros conviven con los humanos y beben sangre artificial.
Déjame entrar, del sueco John Ajvide Lindqvist, cimbró en 2004 los países nórdicos con Eli, una niña vampira de 200 años que se relaciona con un adolescente de 12 objeto de burlas en un suburbio de Estocolmo.
Pero el verdadero boom estaba por llegar. Un año después, en 2005, mientras Elizabeth Kostova y La historiadora buscaban la verdad detrás de Vlad Tepes, Crepúsculo de Stephanie Meyer, una narradora que aseguraba tener miedo de leer Drácula, apasionó a millones con Bella, una chica que se enamora de Edward, miembro de una familia de vampiros que no caza humanos.
Con una mezcla de elementos de Shakespeare o Jane Austen, Meyer, en clave vampírica, planteó temas como el despertar sexual a una audiencia que había crecido leyendo las aventuras de Harry Potter y necesitaba un objeto de deseo acorde a su edad: chupadores de sangre hermosos.
La trama se convirtió en una tetralogía que vendió 70 millones de ejemplares. ¿El resultado? Libros de vampiros para adolescentes por todas partes. Vampirismo literario más que literatura de vampiros, considera Fresán.
"Quizás vivamos una edad de oro vampírica porque están de moda, pero por calidad me parece más bien una edad de plomo".
Avivados por el fenómeno, este 2009 y en tiempos de influenza, Guillermo del Toro y Chuck Hogan publicaron Nocturna, un relato que rechaza la idea romántica de los vampiros: son enfermos, horribles, y muy, muy virales.
Y, recientemente, un sobrino bisnieto de Bram Stoker, Dacre, junto con el especialista Ian Holt, revivieron a Drácula con una secuela autorizada por la familia del escritor irlandés: Drácula, el no muerto.
Los puristas ponen el grito en el cielo, mientras que las nuevas generaciones, con la emoción de la primera mordida, hacen suyo el mito sin ver demasiado hacia atrás. Pero sin importar quién tenga razón, es el vampiro el que triunfa. Ha caído la noche y los colmillos asoman, sentencia Vicente Quirarte.
"Aunque el resultado sea malo, todo texto añade un elemento por mínimo que sea. El vampiro confirma su inmortalidad".