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viernes, 8 de enero de 2010

Feliz cumpleaños, señor Holmes.

En espera de ver la nueva aparición de Sherlock Holmes en el cine, conviene recordar que el pasado 6 de enero se celebró el cumpleaños 156 del más célebre detective de todos los tiempos. La fecha la provee William S. Baring-Gould en su erudita investigación de 1962 “Sherlock Holmes de Baker Street”, publicada en español por la benemérita editorial Valdemar en su colección El Club Diógenes.
Baring-Gould armó una biografía literaria del personaje a partir de las 4 novelas canónicas y los 56 cuentos que escribió Arthur Conan Doyle sobre su más popular personaje. Más allá, el libro pretende leer entre líneas y develar misterios sobre la vida personal del héroe y sus incondicionales. ¿Tuvo padres Sherlock Holmes? ¿Se casó más de una vez el Dr. Watson? ¿Por qué no siguió la pista a su contemporáneo, Jack el destripador, en lugar de quejarse tanto de que “ya no hay grandes crímenes”? ¿Acabó su relación con Irene Adler en “Un escándalo en Bohemia”? Son algunas de las preguntas que el autor trata de responder.
De acuerdo a la “Cronología holmesiana”, William Sherlock Scott Holmes nació el 6 de enero de 1854 en la Hacienda de Mycroft, en el North Riding de Yorkshire.
Por ello, en lugar de partir rosca de Reyes, propongo que a partir de hoy celebremos el natalicio del señor Holmes, un personaje que aún conserva su capacidad de asombrarnos y evidentemente nos sobrevivirá.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Sherlock Holmes, héroe de acción

Se que este tema es más propio de Testigos del Crimen, pero me tomaré la licencia. El pasado lunes 21 de diciembre apareció en la sección Kiosko del periódico El Universal este artículo de Nicolás Alvarado que puede constituir un estupendo entremés para ver la reinterpretación que el cineasta británico Guy Ritchie ha hecho del memorable detective creado por Arthur Conan Doyle. La cinta se estrenará el primer día de 2010. Tal vez sea una forma interesante de iniciar el año.
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Sherlock Holmes, héroe de acción
Nicolás Alvarado

LONDRES.— La idea misma se antoja perturbadora, si no es que absurda. Porque, cuando imaginamos a Sherlock Holmes, nos lo figuramos en interiores, y ocupado en la práctica del violín o entregado a complejas (y estáticas) cavilaciones. Porque su vestuario emblemático —el pesado abrigo a cuadros y esa gorra con visera que en inglés lleva el nombre de deerstalker ya sólo porque su función sería la protección de la cabeza del cazador de venados— parece poco propicio a movimientos bruscos, no digamos atléticos. Y porque su hábitat natural —el Londres aristocrático de la Inglaterra victoriana— se antoja más conducente a la ingesta de té con scones que a despliegues de acción heroicos. Cierto: Holmes sale a la calle con mayor frecuencia que Hercule Poirot o que Miss Marple, los sedentarios héroes de las más bien pedestres tramas detectivescas de Agatha Christie. Pero también es cierto que lo visualizamos más afín a ellos que a Sam Spade o a Philip Marlowe, los rudos paradigmáticos de la posterior novela negra estadounidense.
He aquí, sin embargo, que, de acuerdo a la literatura propagada por Warner Brothers en ocasión del próximo estreno de su versión fílmica de las aventuras del detective creado por Arthur Conan Doyle en 1887 —dirigida por Guy Ritchie y estelarizada por Robert Downey Jr.—, el Holmes literario sería, antes que nada, un hombre de acción (un experto en artes marciales y en boxeo, un conocedor del gran mundo pero también de los bajos fondos) y la cinta buscaría no tanto dinamitar el mito holmesiano originario como restituirlo al espíritu que le sería propio.
En la conferencia de prensa para la presentación de la película celebrada en Londres, a la que tuve oportunidad de asistir, el productor Joel Silver se esforzaría en culpar de la perversión del mito de Holmes a las versiones cinematográficas previas, particularmente al ciclo de 14 películas protagonizadas por Basil Rathbone entre 1939 y 1946, las más populares. De acuerdo a Silver, fueron estas cintas, y no las cuatro novelas y los 56 relatos canónicos de Conan Doyle, las que confinaron a Holmes a un mundo de salas de estar y drawing rooms, las que le dieron la apariencia de un señorito inglés hipoactivo, las que hicieron de su secuaz Watson (interpretado por el mofletudo y atildado Nigel Bruce, tan distante del Jude Law alerta y, sí, sexy al que Ritchie asignara el papel) una suerte de niño grande y torpe.
Tiene razón pero sólo a medias. Una relectura de Conan Doyle me lleva a concluir que los creadores de esta novísima Sherlock Holmes han hecho una interpretación correcta pero convenenciera del material. Si bien es cierto que todos los elementos que citan para apuntalar la identidad de Holmes como hombre de acción (y la de Watson como un aliado, si no brillante, cuando menos competente) están ahí desde un principio, lo cierto es que no constituyen sino ingredientes menores en la composición del personaje y en el atractivo de sus aventuras. ¿Holmes boxeador? En efecto, hay una mención de ello en Estudio en escarlata… pero apresurada y notablemente forzada. ¿Holmes bohemio? Watson menciona dos o tres veces, de pasada, una cierta tendencia a la extravagancia vestimentaria y un cierto desdén por el orden doméstico, pero rara vez se detiene en un asunto en modo alguno consustancial a la caracterización del héroe. ¿Holmes callejero y aventurero? Algo hay de eso en algunos de los relatos pero lo cierto es que lo que recordamos de Holmes —y lo único para lo que se antoja dotado ese Conan Doyle que no es sino un escritor mediocre— es su inteligencia deductiva y la deslumbrante (y a veces un pelín tramposa) aplicación que hace de ella. Por mucho (o más bien poco) que afane su cuerpo, el Sherlock Holmes de los libros es, ante todo, un hombre de palabras; así, se antoja, de entrada, particularmente poco susceptible de viajar con facilidad al cine, ese mundo de imágenes y, sobre todo, de hechos (es decir de acción). Las películas protagonizadas por Rathbone son, en efecto, mediocres: productos de serie B, con la apariencia de haber resultado anticuadas incluso en su tiempo. (O, como me dice el propio Silver en entrevista, “hace ya rato que Sherlock Holmes parecía algo manido: incluso cuando se filmaron las películas de los años 40, el material era ya percibido como viejo”.) Sin embargo, la calidad igualmente inocua de las aventuras literarias del detective —“Sherlock Holmes es, a fin de cuentas, sobre todo una actitud y algunas docenas de parlamentos inolvidables” sería la sentencia lapidaria de Raymond Chandler— hace del personaje y sus premisas materias singularmente adecuadas a la reinvención profana pero eficaz. En 1970, el subversivo Billy Wilder exploró, en La vida privada de Sherlock Holmes, las posibilidades cómicas de su neurosis obsesiva y el halo marginal de sus coqueteos con la cocaína y acaso con la homosexualidad (y es que su relación con Watson se antoja aún menos convencionalmente fraternal que la de Batman y Robin). En 1976, Herbert Ross llevó a la pantalla La solución del siete por ciento, que añade a los señalamientos incómodos de Wilder una osada intervención psicoanalítica —¡a manos de Sigmund Freud!—, de acuerdo a la cual el afán justiciero del detective derivaría (¡cómo no!) de un trauma infantil. Así, no debe escandalizar, y menos sorprender, que Guy Ritchie ofrezca ahora una visión cuando menos revisionista del mito y que, aunque parezca regodearse en la inclusión de detalles literarios marginales, termine por convertir a Holmes y a Watson en personajes en gran medida apartados de su identidad canónica.
Ritchie parecería una elección osada, si no es que incongruente, para la dirección de una película de época de gran presupuesto: la mayoría de sus cintas son historias íntimas del submundo londinense contemporáneo, filmadas con poco dinero, henchidas de posmodernidad y editadas al ritmo trepidante del videoclip. Sin embargo, al revisitar Lock, Stock and Two Smoking Barrels, Snatch y Rock’n Rolla antes de ver su Sherlock Holmes no podré sino concluir que conoce bien el mundo del crimen que es también el de Holmes y que su mezcla de atletismo e intelectualismo parece propicia a la reconversión del detective cerebral en héroe de acción (su recurso frecuente a la edición rápida combinada con cámara lenta se presta notablemente a la ilustración dinámica de los procesos mentales del detective). Una vez que haya yo visto la película, sin embargo, terminaré por pensar no sólo que Ritchie es bueno para Holmes sino que Holmes es buena —es decir a un tiempo congruente y liberadora— para Ritchie.

La fascinación por los detectives
Una de las películas menos conocidas de este director —pero acaso su mejor— es Revólver, cinta que parte de su habitual premisa gangsteril para exponer una compleja teoría sobre la voluntad y el control mental, influida no sólo por su práctica entonces vigente de la Cábala sino por el psicoanálisis. En Revólver Ritchie hace mutar su universo posmo / cockney / hyper de mero entretenimiento en metáfora metafísica. Y he aquí que en Sherlock Holmes, aun si bajo los ostentosos aparejos de la superproducción hollywoodense, nos ofrece el exacto reverso de la moneda. La cinta, que en lugar de adaptar alguno de los relatos holmesianos toma elementos de varios —“Sentimos que necesitábamos desarrollar una nueva trama para dar a la película el rango que necesitaba”, me confesará Susan Downey, coproductora de la película y esposa de su protagonista—, postula como antagonista de Holmes a Lord Blackwood (Mark Strong), un villano acaso redolente del universo de James Bond (su objetivo, como el de Blofeld bondiano, es sabotear el imperio británico y dominar el mundo) pero que echa mano de la superstición y la magia para obrar sus maldades. Su derrota, entonces, equivaldrá a la de la superchería y, para sorpresa de los seguidores de Ritchie, al triunfo de la razón.
Suponiendo que el cambio de cosmovisión obedecería a su divorcio de Madonna —Ritchie ha abandonado las prácticas cabalísticas tras ser abandonado él mismo por su esposa—, cuestiono al director al respecto. Su respuesta, sin embargo, se revela más compleja y rica, asaz reveladora de su verdadera visión artística. “No creo que Sherlock Holmes y Revolver sean películas necesariamente antitéticas”, me dirá. “En cierto sentido, funcionan como Watson y Holmes: una representa la mente racional y la otra la mente, digamos, salvaje… Aunque Holmes es percibido como el gran empiricista, cuando la lógica queda fuera de contexto se desmorona —deja de ser lógica en el sentido primigenio del término— y de ahí deriva una gran cantidad de preguntas filosóficas. El hecho de que nos atraigan tanto los detectives parece apuntar a algo que bulle en nuestro interior y que busca aprehender las grandes verdades o los grandes misterios que conforman la vida o la razón. Ignoro cuál sea la manera de acceder a esa verdad, pero creo que el hecho mismo de que nos planteemos preguntas nos hace interesantes; así, el hecho de que Sherlock Holmes tenga una mente inquisitiva produce una resonancia en cualquiera”. Puesto en palabras llanas, Sherlock Holmes se insertaría en la filmografía del director como otra manera de plantear(se) preguntas que acaso no tengan respuesta pero que estimulan no sólo su creatividad sino nuestro interés.
Esto no es sino mero subtexto. Iconoclasta y entretenidísima, Sherlock Holmes funciona, sobre todo, en sus propios términos, es decir como divertimento masivo pero inteligente, enriquecido no sólo por las actuaciones competentes de Downey, Law y Strong sino por su magnetismo estelar. No hay gorra con visera ni “Elemental, mi querido Watson”, no hay largos monólogos explicativos ni (demasiada) flema británica. Lo que hay, para regresar a Chandler, es “la aventura de un hombre en busca de una verdad oculta, que no sería aventura si el hombre en cuestión no fuera, en esencia, un hombre de aventura”. Eso es buena literatura detectivesca, dice Chandler. Y buen cine de acción, digo yo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Una segunda oportunidad para Drácula, tercera y última parte.

Si es indignante que te califiquen como plagiario (cuando no lo eres), es doblemente ofensivo que cuestionen tu capacidad literaria en un planteamiento de ficción. Y en todos los ámbitos. Así hicieron Dacre Stoker e Ian Holt en la secuela oficial de Drácula, cuando refirieron que Bram Stoker simplemente llevó a la letra impresa la narración que Abraham Van Helsing le hizo como un intento de alcanzar la inmortalidad y prevenir al mundo de la existencia de los no muertos –en un principio los autores lanzaron la pista que apuntaba a un alcoholizado y seguramente drogado Jack Seward-. Bram Stoker no tiene la talla de otros escritores de su época, pero es un eficaz narrador de historias de horror que nos ofreció obras ejemplares del género. Su amor por el pasado, el folklore y la historia de su país son evidentes en las exhaustivas investigaciones que cimentaron su creatividad. Alguna vez escuché que toda obra maestra es autoría de un escritor formidable. Nada más justo en el caso del señor Stoker. Su narrativa es muy superior en calidad e ingenio a un producto comercial que busca aprovechar un poco del fenómeno Crepúsculo. Concluí mi lectura de Drácula, el no muerto por dos razones: persistencia y hacerme de elementos críticos para establecer si es una aportación valiosa al subgénero.
El crítico gastronómico Anton Ego, personaje de la entrañable cinta Ratatouille, dijo: “no cualquiera es un gran artista, pero un gran artista puede provenir de los lugares más insospechados”. Dacre Stoker no es un escritor profesional, es un maestro de educación física. Y no lo digo despectivamente. No percibo un auténtico interés artístico detrás de su obra, simplemente aprovechó su apellido y el legado de su ancestro, con resultados pobres, irrespetuosos e indignantes. Pero sin duda los económicos serán abundantes.
Sobre el previsible y decepcionante desenlace de la novela –que incluye romances inconclusos, líneas memorables de una popular space opera y el trágico viaje de un afamado trasatlántico- evito revelar detalles. Drácula, el no muerto sería remotamente disfrutable si se leyera como una historia alternativa, no como una secuela. A este respecto son mil veces más interesantes Drácula desencadenado de Brian Aldiss y El año de Drácula de Kim Newman.
Me acompaña la edición de Conaculta de la novela canónica mientras escribo estas líneas. Iniciaré mi enésima relectura como una forma de purificación y un tributo a la memoria de un autor al que debo tanto.
Una pregunta para poner punto final a este tópico: ¿alguien sabe si la secuela oficial de Peter Pan sufrió el mismo miserable destino?

lunes, 7 de diciembre de 2009

Memoria vampírica

El pasado 20 de noviembre el diario Reforma publicó una sección especial en su suplemento Primera Fila con motivo del estreno de Luna nueva, la secuela del fenómeno Crepúsculo. Una de las personas tras la idea de vindicar al vampiro fue Mario Abner Colina, quien platicó con numerosos conocedores del tema y amablemente compartió conmigo -y ustedes- su exhaustiva investigación. Vale mucho la pena. Hela aquí.


Son leyenda
Mario Abner Colina

"¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad", invitó el Conde Drácula a Jonathan Harker.
Atemorizado, el joven notario inglés traspasó el umbral del oscuro castillo transilvánico en Drácula, la novela de Bram Stoker. Y como él, millones de lectores, temerosos y excitados, por propia voluntad, han aceptado y siguen aceptando la tenebrosa invitación que los vampiros literarios les hacen. ¿Pero por qué?
"El vampiro transmite la idea de la juventud eterna, de la no corrupción de la carne, salir de cacería, y de, básicamente, pasarla bien de noche. Eso resulta atractivo más allá de las épocas y más allá de la literatura", señala el crítico y escritor argentino Rodrigo Fresán.
Inmortal más allá de todo rayo de sol, crucifico, estaca o agua bendita con que se le combata, el vampiro hizo su aparición en el folclor de distintas civilizaciones europeas, asiáticas y americanas, gracias a mitos como el de lilith, los súcubos o las lamias.
Su poder, incluso, logró hacerse de un espacio en mentes como Voltaire, Rousseau, o el benedictino Dom Augustine Calmet, quien aventuró un tratado sobre los vampiros. ¿Meras superticiones?
"Los vampiros existen para quienes creemos en ellos", señala Vicente Quirarte, autor del ensayo de culto Sintaxis del vampiro. "El vampiro se alimenta de nuestra imaginación y nosotros de su mito poderoso y creciente".
El siglo 19 fue el siglo del estallido de la sed vampírica. Primero con poemas como El gaiour (1813) de Lord Byron, y después, en prosa, con El vampiro (1819) de John William Polidori, asistente a la legendaria reunión de escritores en Villa Diodati, donde también nacieron seres como Frankenstein, de Mary Shelley.
"Con Polidori el vampiro adquiere el aire de seductor. Fríos ojos grises, fascinante, terrible", apunta el especialista en literatura de horror Roberto Coria.
Varney, el vampiro (1845-1847), atribuido a James Malcolm Rymer, inauguró la imagen del vampiro introduciéndose en la habitación de la doncella. Y el erótico Carmilla (1872), de Joseph Sheridan Le Fanu, hizo de una mujer, por vez primera, la asesina sedienta de sangre.
Pero apenas eran bosquejos del terror. A punto de que muriera el siglo 19, fue un irlandés de nombre Bram Stoker quien dio vida al punto de referencia para siempre, Drácula (1897).
Argumentaciones científicas, trama ubicada en fechas contemporáneas, e inspiración en el personaje histórico real Vlad Tepes, fueron algunos de los elementos que hicieron del libro, aún hoy, el más imitado y el más admirado.
"Es una novela reflexiva, con voces cruzadas. Además, en Drácula el Conde aparece muy poco. Es el mal presente siempre ausente. No sé si fue una idea meditada de Stoker o una genialidad casual", se pregunta Fresán.
No obstante, a pesar de su éxito, la capa del Conde no podía cubrirlo todo, y en el siglo 20, los vampiros comenzaron a mutar. En los 20, H.P. Lovecraft revitalizó al no muerto con relatos como "La casa maldita", con un monstruo que se alimenta de energía. Otro norteamericano, Fritz R. Leiber, crea en "La chica de los ojos hambrientos" (1949) una vampiresa de hermosura indescriptible que absorbe recuerdos de sus víctimas.
Sin embargo, una de las más grandes vueltas de tuerca del género llega en 1954 con Soy leyenda. La novela de Richard Matheson propone un mundo donde una plaga ha convertido a todos en vampiros —que no necesariamente temen a la cruz—, y hay un único sobreviviente humano.
"El mensaje es muy interesante. Neville, el protagonista, es el único humano en un mundo de vampiros. Entonces, es el anormal. Es el monstruo", comenta Coria, autor de la pieza teatral El hombre que fue Drácula.
Los 70 fueron un caldo de cultivo para obras de potencia. Con el libro La voz de Drácula (1975) de Fred Saberhagen, Drácula tuvo su revancha: el Conde hace una apología de los eventos de la novela de Stoker y despotrica contra quienes lo combatían.
El joven Stephen King, por su parte, luego de hacer sudar de miedo a todo Estados Unidos con Carrie, propuso en Salem's Lot (1975) una historia de vampiros de aires stokerianos en que Barlow, un tenebroso ser, invadía un pequeño pueblo de la Costa Este.
"A algunos les molesta que Stephen King sea un bestseller, pero este libro es maestro, una gran pesadilla sin concesiones", dice el escritor Bernardo Ruiz, autor de Antes y después de Drácula.
Una escritora de Nueva Orleans, firmando como Anne Rice, publicó en 1976 Entrevista con el vampiro, una irreverente historia de la vida privada y la psicología de los vampiros, con elementos sexuales y homoeróticos.
"Anne Rice dice que Lestat lleva el signo de la cruz en el cofre de su auto. Sus vampiros adaptan su esencia a cada época para conservar su casi omnipotencia", anota Coria.
Con novelas como El tapiz del vampiro (1980) de Suzy McKee Charnas, sobre un vampiro hecho pasar en la sociedad como un brillante antropólogo, El ansia (1981) de Whitley Striber, con una tesis que plantea que los vampiros son una especie paralela al humano con anomalías en la sangre, sagas como Necroscopio (1986) de Brian Lumley, sobre un necromante al servicio del Imperio británico que combate vampiros, o la trilogía iniciada con El año de Drácula (1992) de Kim Newman, donde un Drácula victorioso es príncipe consorte de la Reina Victoria y ha vampirizado Inglaterra, finaliza el siglo 20. Y con pocas obras a destacar, según algunos.
"El siglo 20 es abundante en el tema, pero es redundante. ¿Qué le da una nueva fuerza al mito?", se pregunta Ruiz.
En 2003, luego de esconderse brevemente en sus ataúdes, salieron a la luz. Charlaine Harris planteó comedia con Southern Vampire Mysteries, donde los vampiros conviven con los humanos y beben sangre artificial.
Déjame entrar, del sueco John Ajvide Lindqvist, cimbró en 2004 los países nórdicos con Eli, una niña vampira de 200 años que se relaciona con un adolescente de 12 objeto de burlas en un suburbio de Estocolmo.
Pero el verdadero boom estaba por llegar. Un año después, en 2005, mientras Elizabeth Kostova y La historiadora buscaban la verdad detrás de Vlad Tepes, Crepúsculo de Stephanie Meyer, una narradora que aseguraba tener miedo de leer Drácula, apasionó a millones con Bella, una chica que se enamora de Edward, miembro de una familia de vampiros que no caza humanos.
Con una mezcla de elementos de Shakespeare o Jane Austen, Meyer, en clave vampírica, planteó temas como el despertar sexual a una audiencia que había crecido leyendo las aventuras de Harry Potter y necesitaba un objeto de deseo acorde a su edad: chupadores de sangre hermosos.
La trama se convirtió en una tetralogía que vendió 70 millones de ejemplares. ¿El resultado? Libros de vampiros para adolescentes por todas partes. Vampirismo literario más que literatura de vampiros, considera Fresán.
"Quizás vivamos una edad de oro vampírica porque están de moda, pero por calidad me parece más bien una edad de plomo".
Avivados por el fenómeno, este 2009 y en tiempos de influenza, Guillermo del Toro y Chuck Hogan publicaron Nocturna, un relato que rechaza la idea romántica de los vampiros: son enfermos, horribles, y muy, muy virales.
Y, recientemente, un sobrino bisnieto de Bram Stoker, Dacre, junto con el especialista Ian Holt, revivieron a Drácula con una secuela autorizada por la familia del escritor irlandés: Drácula, el no muerto.
Los puristas ponen el grito en el cielo, mientras que las nuevas generaciones, con la emoción de la primera mordida, hacen suyo el mito sin ver demasiado hacia atrás. Pero sin importar quién tenga razón, es el vampiro el que triunfa. Ha caído la noche y los colmillos asoman, sentencia Vicente Quirarte.
"Aunque el resultado sea malo, todo texto añade un elemento por mínimo que sea. El vampiro confirma su inmortalidad".

lunes, 30 de noviembre de 2009

Una segunda oportunidad para Drácula, segunda parte.

Basta por ahora de fantasmas. Volveremos a ellos intermitentemente. Regresemos a la familiaridad de los vampiros. Las circunstancias me lo exigen.
2009 ha sido un año de desilusiones artísticas. El pasado mes de octubre manifesté mi entusiasmo por la secuela de Drácula, obra seminal de mi educación sentimental. La empresa fue asumida por un descendiente del autor, Darce Stoker, y el guionista Ian Holt. Hoy, que leí la tercera parte de la novela, puedo decir que se extinguió por completo cualquier expectativa que pude tener por Drácula, el no muerto (Roca, 2009). Se que no puede juzgarse un texto sin haber completado su lectura. Tampoco pretendo erigirme como el detentor de la verdad y la corrección del tema. Pero si las 177 páginas que devoré son el síntoma del resultado general, el pronóstico es poco alentador. Por ello escribo estas líneas. Como un ejercicio de análisis, enunciaré sus virtudes. Luego sus defectos. Juzguen por sí mismos. Quienes no hayan leído la novela, por favor absténganse. Revelaré detalles esenciales.

Virtudes de Drácula, el no muerto
  1. La premisa de su trama, sustentada en la posibilidad de supervivencia del protagonista y situada 25 años después de la conclusión de la novela original.
  2. Retomar personajes suprimidos en los manuscritos originales de Bram Stoker, como el Inspector Cotford, en quien puede verse una clara influencia de Arthur Conan Doyle y su creación más perdurable.
  3. Una lectura ágil, en gran medida por las expectativas que el relato puede generar entre los seguidores del texto canónico.
  4. Retomar un personaje emblemático y presentarlo a un público juvenil sin memoria. Edward Cullen –con todo y los suspiros que arranca entre las adolescentes- no es, por mucho, una aportación novedosa a la figura vampírica. ¿Alguien sabe por qué brilla como diamante?
  5. Los eventos no presentados en el texto original, como el flechazo amoroso entre los Harker o el primer encuentro entre Jonathan y Jack Seward. Curiosidad morbosa.
Defectos de Drácula, el no muerto
  1. La adición de Erzebeth Báthory. Si bien Bram dejó entrever el vínculo de su villano con el personaje histórico, la referencia es lo suficientemente ambigua para generar interés y propiciar el misterio. La Condesa Sangrienta es, en esencia, un vampiro atormentado y con sed de venganza por su traumático pasado humano. Personalmente me es poco atractivo el vampiro que lamenta su condición. Como asegura Suzy McKee Charnas, el depredador no puede permitirse el remordimiento ni la melancolía. Dacre Stoker e Ian Holt presentan, con lujo de detalle, la vida mortal de la Báthory y la explican como víctima convertida en victimario. El éxito en Drácula radica en que Bram Stoker nunca lo hizo. No sabemos el origen del vampiro, ni necesitamos saberlo.
  2. El estilo fragmentario de la novela original –conformado por cartas, entradas de diario, narraciones periodísticas y grabaciones fonográficas- se ha diluido en una narración lineal con fuerte influencia cinematográfica –con todo y frecuentes flashbacks-, tal vez por su inminente traslación a la pantalla grande. Concedo que tal vez este recurso no hubiera funcionado nuevamente, pero es innegable que fue parte fundamental del efecto de su predecesora.
  3. La interacción entre la realidad y la ficción. El propio Bram Stoker ocupa un papel importante en el relato. También Hamilton Deane –adaptador de la versión teatral de la novela-. Los dos nunca se conocieron, como demuestran Barbara Belford y J. Gordon Melton en sus eruditas investigaciones. La puesta en escena no se produjo hasta 1924 y Bram murió 12 años antes. La novela se desarrolla meses antes de su deceso, periodo en que su salud física y mental estaban severamente minadas. Muchos pueden apelar a la libertad creativa –que es incuestionable- que nos permite jugar con las situaciones y las épocas. Pero si los autores decidieron anclar su relato en personajes y situaciones históricamente verificables, debieron ser precisos e ingeniosos para que los eventos documentados empataran con la propuesta de ficción. Vicente Quirarte usó la posibilidad de que Bram Stoker se encontrara en París con su amigo Oscar Wilde en sus últimos en El fantasma del Hotel Alsace. Yo mismo conjeturé un encuentro entre los padres de Drácula y Sherlock Holmes en El hombre que fue Drácula. En ambos casos los hechos permitían el juego de la imaginación.
  4. La inclusión del caso de Jack el destripador es forzada e innecesaria. Abraham Van Helsing y su equipo de héroes se convierten, 25 años después, en sospechosos potenciales de los asesinatos. Si bien los autores usan a Frederick Abberline –el personaje histórico que codujo la investigación, retomado por Alan Moore en su novela gráfica Desde el infierno-, el vínculo que establece su ficticio pupilo Cotford entre la decapitación de Lucy y las 5 prostitutas mutiladas por el Destripador haría quedar en ridículo al investigador más torpe. Su método deductivo es cuestionable, por agudo y brillante que parezca en la superficie. Mi experiencia laboral me ha enseñado algo del tema.
Lo anterior es lo que llevo hasta el momento. Bien, ahora que desahogué mi pecho y estropeé la ilusión de muchos, completaré mi lectura. Un experto dijo: “aunque el resultado sea malo, quien triunfa es el vampiro”. Completamente cierto. Me aferraré a ello. Sólo algo más…
¿Alguien quiere que le arruine el desenlace del séptimo libro de Harry Potter?