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lunes, 27 de septiembre de 2010

Desde Puebla con amor

Aún con resaca e indignación por los obscenos gastos de las celebraciones del bicentenario de la Independencia de México, pero todavía alegre por los primeros 100 años de la Universidad Nacional, continúo con mi búsqueda entusiasta por auténticas razones para festejar, y una muy buena la encontré la semana pasada cuando leí el blog de mi admirado Jose Luis Zárate (Puebla, 1966), donde anunciaba a sus adeptos la nominación de su novela La ruta del hielo y la sal (Ediciones Vid, 1998) a los españoles premios Ignotus 2010 en la categoría de novela corta –pues Zárate publicó la historia, junto con Xanto, novelucha libre y Del cielo oscuro y del abismo, en tierras ibéricas con Grupo Ajec y el título  La máscara del héroe-. Esto es ya un triunfo para la narrativa mexicana y un éxito para la fantasía y la imaginación. En mis clases siempre me refiero a la obra de Zárate como uno de los mejores especimenes contemporáneos sobre vampiros, un espléndido homenaje a un relato al que debo mucho, uno que ha cautivado a generaciones completas y ha permeado a prácticamente todas las manifestaciones artísticas. He aquí una probadita del texto, un fragmento de la bitácora de navegación del capitán del navío mercante Démeter, de Varna a Whitby, Inglaterra:

17 de julio

Ayer, Olgaren vino a mi camarote, y me dijo que había un hombre extraño a bordo.
Durante su guardia se protegió de la lluvia incesante en la camareta y, desde ahí, pudo ver a un hombre alto y delgado, que no era parte de la tripulación, salir de las escotillas, dirigirse sin prisa alguna hacia la proa y desaparecer.
Lo siguió, aferrando sus cuerdas contra las tormentas en una mano, único amuleto a su disposición, aparte del acero del cuchillo en su diestra.
Pensaba acorralarlo, un encuentro en medio del viento y la noche donde uno de los dos debería morir.
Era consciente de que ese encuentro con lo inesperado podía haberle sucedido a Petrofsky.
Por ello siguió al desconocido cuidando que no escapara por un costado, que no subiera el cordaje y lo emboscara desde lo alto del velamen.
Y, sin embargo, cuando llegó al otro extremo del barco, no había nada en las amuras.
Nada más que el mar al otro lado.
Un terror supersticioso le dominaba, y temo que cunda el pánico.

domingo, 5 de septiembre de 2010

¿Festejar o no festejar?

Estamos instalados en el mes de la Patria. A riesgo de ser tachado de miserable, traidor o descalificativos similares, creo que no hay mucho que festejar por los inminentes bicentenario de la Independencia y centenario de la Revolución mexicanos. La crisis económica, la indolencia de la clase política, la violencia rampante que cunde por el país, el discurso de odio que enarbolan importantes figuras religiosas, restan lustre a estas fiestas tan publicitadas por los medios. El régimen, orgulloso de sus "logros", ha hecho llegar a nuestras casas un libro que conmemora estos episodios de nuestra historia, producido una canción alusiva a las fechas -a la que luego despojaron de reconocimiento oficial- y enviado banderitas tricolores por correo. Las autoridades pregonan que debemos festejar a bombo y platillo y han destinado a ello cantidades obscenas de dinero. Hasta anunciaron la edificación de monumento cuya construcción estará completada hasta el próximo año. Yo creo que no se debe festejar por el simple pretexto de la ocasión. Los ideales que inspiraron a los próceres -legítimos, vigentes y más que necesarios- están corrompidos por los poderes fácticos de la nación. Pero a final de cuentas, como dijo un "terrorista" de la ficción, para vislumbrar a los verdaderos culpables sólo debemos mirarnos al espejo. Aclaro que no soy mezquino, como ha calificado el Secretario de Educación a todos los que no compartimos su visión artificialmente optimista. Prefiero considerarme realista, y a veces la realidad es terrible.
Porque afortunadamente no todo es malo, celebro la pasión, el entusiasmo y la creatividad de cientos de mexicanos que a lo largo de la historia nos han legado las más diversas e importantes aportaciones a la cultura, a la imaginación y a la inteligencia. Celebro la erudición y la sencillez de mi amigo Vicente Quirarte y sus indispensables ensayos Sintaxis del vampiro, Del monstruo considerado como una de las bellas artes y de la obra de teatro El fantasma del Hotel Alsace. A mi maestro y amigo Ricardo Bernal, la persona que me enseñó que el horror y la fantasía adquieren respetabilidad cuando los estudias de manera seria. A mi también amigo Rafael Aviña, explorador incansable de oscuridades que rebasan las de la sala del cine. A Doris Camarena, creadora e investigadora de las zonas más espeluznantes de la mente humana. Al teatro de Eduardo Ruiz Saviñón, quien me enseñó que "el miedo es otra forma de purificación". A los maravillosos Elena de Haro, Luis Miguel Lombana, Mauricio Davison, Nicolás Núñez, Guillermo Henry, Homero Matturano, Lourdes Garza, Miguel Solórzano, José Roberto Hill, Antonio Monroi, José Montini y Pilar Flores del Valle -con una mención especial para el perro Fedor- actores que hicieron tangibles muchas de mis pesadillas. A Rosina Larrañaga y Horacio Merchan, corazón y alma de la compañía Titirimundi. Al desaparecido Manuel Núñez Nava, por su sensibilidad y sus estupendas traducciones de Drácula y La joya de las siete estrellas. A Alberto Chimal, quien muy recientemente completó Policiano, la obra de teatro que dejara inconclusa Edgar Allan Poe. A Norma Lazo y su Mecanismo del miedo, brillante apología de la literatura de horror enfrentada a la incomprensión. A Bernardo Fernández BEF y su Llanto de los niños muertos. A Bernardo Esquinca y sus Niños de paja. A José Luis Zárate y su Ruta del hielo y la sal. A mi amada Ana Luisa Campos con su Niño Juárez y El niño que soñó con Poe, obras de teatro que rinden homenaje a ese maravilloso país llamado infancia. A las enseñanzas del criminalista Rafael Moreno, quien advierte sabiamente que "la razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia". A la constancia de Pablo Guisa, por creer en el miedo y dedicarle un festival de cine. De todos sólo menciono algunos de sus incontables logros. Y omito a muchos otros brillantes mexicanos sin restarles mérito alguno. Entre ellos destacan Bernardo Couto, Juan Rulfo, Francisco Tario, Jorge Ibargüengoitia, Octavio Paz, Emiliano González, Amparo Dávila, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Carlos Enrique Taboada, José Emilio Pacheco y Guillermo del Toro, todos hijos de este país que posee una capacidad inmensa de brillar. Y sobre todo celebro a ustedes, los lectores de este blog, que demuestran con cada palabra que devoran que ese género menospreciado llamado horror puede hablar de nuestra naturaleza y acercarnos a lo maravilloso.
También recordaremos el 2010 por las muertes físicas de Gabriel Vargas, Carlos Monsiváis y Germán Dehesa, pero todos ellos ocupan ya un lugar en la eternidad. Son doblemente inmortales.

viernes, 26 de marzo de 2010

Loco como un sombrerero 2

Uno de los personajes más atractivos de las dos novelas sobre la pequeña Alicia, además de su protagonista, es sin duda el Sombrerero, calificado cómodamente de loco por la cultura popular. Esto no se debe a su más reciente encarnación, el astro norteamericano Johnny Depp, por quien todas las chicas –y algunos hombres- suspiran. Su forma de percepción de la realidad resume el absurdo y la crítica al espíritu lógico del hombre victoriano de las obras de Lewis Carroll.
El Sombrerero ha permeado a otras manifestaciones culturales. La historieta (o comic, si lo prefrieren) es una de ellas. Y no sólo me refiero a incontables adaptaciones de las novelas clásicas, sino al popular género de los superhéroes.
Los aficionados de Batman tienen presente a uno de sus más torcidos contrincantes, Jervis Tetch, el simpático obsesivo de los sombreros y la literatura victoriana –que apareció por vez primera en octubre de 1948 gracias a la imaginación de Bob Kane y Bill Finger- que evolucionó en un peligroso esquizofrénico paranoico que domina el control mental en tiempos recientes. Grant Morrison especula en su novela “Arkham Asylum, a serious house on serious earth” (1989) con su implicación en actos de pedofilia, acusaciones que persiguieron en su época –y siguen acechando- al propio Lewis Carroll.
Tetch es tal vez uno de los adversarios menos formidables del detective oscuro, pero ha demostrado ser uno de los más visitados y reinventados, tanto en novelas gráficas y videojuegos como en una popular, divertida e infame versión televisiva –la de Adam West- y sucesivos seriales de dibujos animados. Fue encarnado por el actor David Wayne en cuatro episodios en la década de los sesenta y su aspecto –pelirrojo, con unas espesas cejas negras y un bigote victoriano- reproducía el del impostor que suplantó la identidad de Tetch en el mundo de los comics por aquella época. Durante los noventas utilizó la voz del actor Roddy McDowell –el malvado Bibliófilo de la serie de los sesenta- en Batman, la serie animada y Las nuevas aventuras de Batman.
¿Podría ser el Sombrerero Loco un posible adversario de la tercera entrega de la revitalizada franquicia de Batman? ¿Los hermanos Nolan lo considerarían suficientemente atractivo para enfrentarlo a nuestro héroe? Si alguien lo sabe, responda mis dudas. Si no, echemos a volar la imaginación y hagamos predicciones…

domingo, 31 de enero de 2010

¿La Reina Victoria es la pluma tras Alicia?

Es impensable comprender “Las aventuras de Alicia en el País de las maravillas” sin contextualizarla históricamente. Todos sabemos que es uno de los mejores especímenes de la literatura fantástica victoriana, ese período de bonanza económica, científica y cultural del Reino Unido, mismo que recibió el nombre de su soberana Alejandrina Victoria, quien en 1837 asumió las riendas de su país y en 1887 añadió a su título monárquico el grado de “Emperatriz de la India”. También sabemos que el reinado de Victoria se caracterizó por su puritanismo extremo, la observancia de las buenas costumbres (la hora del té, los juegos de mesa y demás) y la represión de los instintos humanos en todas sus formas. Por ello resulta curiosa la hipótesis que ha formulado una computadora en California –como apunta el apéndice a la edición de El barco de Papel (Madrid, 2000) del libro- que señaló que, por las similitudes en su redacción, “Las aventuras de Alicia en el País de las maravillas” fue escrita por la mismísima Reina Victoria, y que Charles Dodgson/Lewis Carroll no es más que un prestanombres. A pesar de comprender las incontables circunstancias tras la composición de “Alicia”, si analizamos cuidadosamente la biografía de Dodgson/Carroll, la idea no deja de ser intrigante pues la historia puede leerse como una crítica a las costumbres sociales y políticas de su era (el parlamento, sus juegos, la ceremonia del té, etcétera). La similitud más notable, la Reina de Corazones (no confundir con la Reina Roja de “Alicia a través del espejo”) es la soberana a quien se atribuye la escritura del texto, ansiosa de cortar cabezas como Victoria cortaba tajantemente muchas de sus conversaciones, disfrutaba del cricket y la hora del té.
¿Sería capaz Victoria de un ejercicio de autocrítica disfrazado del humor –aparentemente inocente- de un libro para niños? En lo personal, no lo creo. Ustedes decidan.

viernes, 8 de enero de 2010

Feliz cumpleaños, señor Holmes.

En espera de ver la nueva aparición de Sherlock Holmes en el cine, conviene recordar que el pasado 6 de enero se celebró el cumpleaños 156 del más célebre detective de todos los tiempos. La fecha la provee William S. Baring-Gould en su erudita investigación de 1962 “Sherlock Holmes de Baker Street”, publicada en español por la benemérita editorial Valdemar en su colección El Club Diógenes.
Baring-Gould armó una biografía literaria del personaje a partir de las 4 novelas canónicas y los 56 cuentos que escribió Arthur Conan Doyle sobre su más popular personaje. Más allá, el libro pretende leer entre líneas y develar misterios sobre la vida personal del héroe y sus incondicionales. ¿Tuvo padres Sherlock Holmes? ¿Se casó más de una vez el Dr. Watson? ¿Por qué no siguió la pista a su contemporáneo, Jack el destripador, en lugar de quejarse tanto de que “ya no hay grandes crímenes”? ¿Acabó su relación con Irene Adler en “Un escándalo en Bohemia”? Son algunas de las preguntas que el autor trata de responder.
De acuerdo a la “Cronología holmesiana”, William Sherlock Scott Holmes nació el 6 de enero de 1854 en la Hacienda de Mycroft, en el North Riding de Yorkshire.
Por ello, en lugar de partir rosca de Reyes, propongo que a partir de hoy celebremos el natalicio del señor Holmes, un personaje que aún conserva su capacidad de asombrarnos y evidentemente nos sobrevivirá.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Sherlock Holmes, héroe de acción

Se que este tema es más propio de Testigos del Crimen, pero me tomaré la licencia. El pasado lunes 21 de diciembre apareció en la sección Kiosko del periódico El Universal este artículo de Nicolás Alvarado que puede constituir un estupendo entremés para ver la reinterpretación que el cineasta británico Guy Ritchie ha hecho del memorable detective creado por Arthur Conan Doyle. La cinta se estrenará el primer día de 2010. Tal vez sea una forma interesante de iniciar el año.
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Sherlock Holmes, héroe de acción
Nicolás Alvarado

LONDRES.— La idea misma se antoja perturbadora, si no es que absurda. Porque, cuando imaginamos a Sherlock Holmes, nos lo figuramos en interiores, y ocupado en la práctica del violín o entregado a complejas (y estáticas) cavilaciones. Porque su vestuario emblemático —el pesado abrigo a cuadros y esa gorra con visera que en inglés lleva el nombre de deerstalker ya sólo porque su función sería la protección de la cabeza del cazador de venados— parece poco propicio a movimientos bruscos, no digamos atléticos. Y porque su hábitat natural —el Londres aristocrático de la Inglaterra victoriana— se antoja más conducente a la ingesta de té con scones que a despliegues de acción heroicos. Cierto: Holmes sale a la calle con mayor frecuencia que Hercule Poirot o que Miss Marple, los sedentarios héroes de las más bien pedestres tramas detectivescas de Agatha Christie. Pero también es cierto que lo visualizamos más afín a ellos que a Sam Spade o a Philip Marlowe, los rudos paradigmáticos de la posterior novela negra estadounidense.
He aquí, sin embargo, que, de acuerdo a la literatura propagada por Warner Brothers en ocasión del próximo estreno de su versión fílmica de las aventuras del detective creado por Arthur Conan Doyle en 1887 —dirigida por Guy Ritchie y estelarizada por Robert Downey Jr.—, el Holmes literario sería, antes que nada, un hombre de acción (un experto en artes marciales y en boxeo, un conocedor del gran mundo pero también de los bajos fondos) y la cinta buscaría no tanto dinamitar el mito holmesiano originario como restituirlo al espíritu que le sería propio.
En la conferencia de prensa para la presentación de la película celebrada en Londres, a la que tuve oportunidad de asistir, el productor Joel Silver se esforzaría en culpar de la perversión del mito de Holmes a las versiones cinematográficas previas, particularmente al ciclo de 14 películas protagonizadas por Basil Rathbone entre 1939 y 1946, las más populares. De acuerdo a Silver, fueron estas cintas, y no las cuatro novelas y los 56 relatos canónicos de Conan Doyle, las que confinaron a Holmes a un mundo de salas de estar y drawing rooms, las que le dieron la apariencia de un señorito inglés hipoactivo, las que hicieron de su secuaz Watson (interpretado por el mofletudo y atildado Nigel Bruce, tan distante del Jude Law alerta y, sí, sexy al que Ritchie asignara el papel) una suerte de niño grande y torpe.
Tiene razón pero sólo a medias. Una relectura de Conan Doyle me lleva a concluir que los creadores de esta novísima Sherlock Holmes han hecho una interpretación correcta pero convenenciera del material. Si bien es cierto que todos los elementos que citan para apuntalar la identidad de Holmes como hombre de acción (y la de Watson como un aliado, si no brillante, cuando menos competente) están ahí desde un principio, lo cierto es que no constituyen sino ingredientes menores en la composición del personaje y en el atractivo de sus aventuras. ¿Holmes boxeador? En efecto, hay una mención de ello en Estudio en escarlata… pero apresurada y notablemente forzada. ¿Holmes bohemio? Watson menciona dos o tres veces, de pasada, una cierta tendencia a la extravagancia vestimentaria y un cierto desdén por el orden doméstico, pero rara vez se detiene en un asunto en modo alguno consustancial a la caracterización del héroe. ¿Holmes callejero y aventurero? Algo hay de eso en algunos de los relatos pero lo cierto es que lo que recordamos de Holmes —y lo único para lo que se antoja dotado ese Conan Doyle que no es sino un escritor mediocre— es su inteligencia deductiva y la deslumbrante (y a veces un pelín tramposa) aplicación que hace de ella. Por mucho (o más bien poco) que afane su cuerpo, el Sherlock Holmes de los libros es, ante todo, un hombre de palabras; así, se antoja, de entrada, particularmente poco susceptible de viajar con facilidad al cine, ese mundo de imágenes y, sobre todo, de hechos (es decir de acción). Las películas protagonizadas por Rathbone son, en efecto, mediocres: productos de serie B, con la apariencia de haber resultado anticuadas incluso en su tiempo. (O, como me dice el propio Silver en entrevista, “hace ya rato que Sherlock Holmes parecía algo manido: incluso cuando se filmaron las películas de los años 40, el material era ya percibido como viejo”.) Sin embargo, la calidad igualmente inocua de las aventuras literarias del detective —“Sherlock Holmes es, a fin de cuentas, sobre todo una actitud y algunas docenas de parlamentos inolvidables” sería la sentencia lapidaria de Raymond Chandler— hace del personaje y sus premisas materias singularmente adecuadas a la reinvención profana pero eficaz. En 1970, el subversivo Billy Wilder exploró, en La vida privada de Sherlock Holmes, las posibilidades cómicas de su neurosis obsesiva y el halo marginal de sus coqueteos con la cocaína y acaso con la homosexualidad (y es que su relación con Watson se antoja aún menos convencionalmente fraternal que la de Batman y Robin). En 1976, Herbert Ross llevó a la pantalla La solución del siete por ciento, que añade a los señalamientos incómodos de Wilder una osada intervención psicoanalítica —¡a manos de Sigmund Freud!—, de acuerdo a la cual el afán justiciero del detective derivaría (¡cómo no!) de un trauma infantil. Así, no debe escandalizar, y menos sorprender, que Guy Ritchie ofrezca ahora una visión cuando menos revisionista del mito y que, aunque parezca regodearse en la inclusión de detalles literarios marginales, termine por convertir a Holmes y a Watson en personajes en gran medida apartados de su identidad canónica.
Ritchie parecería una elección osada, si no es que incongruente, para la dirección de una película de época de gran presupuesto: la mayoría de sus cintas son historias íntimas del submundo londinense contemporáneo, filmadas con poco dinero, henchidas de posmodernidad y editadas al ritmo trepidante del videoclip. Sin embargo, al revisitar Lock, Stock and Two Smoking Barrels, Snatch y Rock’n Rolla antes de ver su Sherlock Holmes no podré sino concluir que conoce bien el mundo del crimen que es también el de Holmes y que su mezcla de atletismo e intelectualismo parece propicia a la reconversión del detective cerebral en héroe de acción (su recurso frecuente a la edición rápida combinada con cámara lenta se presta notablemente a la ilustración dinámica de los procesos mentales del detective). Una vez que haya yo visto la película, sin embargo, terminaré por pensar no sólo que Ritchie es bueno para Holmes sino que Holmes es buena —es decir a un tiempo congruente y liberadora— para Ritchie.

La fascinación por los detectives
Una de las películas menos conocidas de este director —pero acaso su mejor— es Revólver, cinta que parte de su habitual premisa gangsteril para exponer una compleja teoría sobre la voluntad y el control mental, influida no sólo por su práctica entonces vigente de la Cábala sino por el psicoanálisis. En Revólver Ritchie hace mutar su universo posmo / cockney / hyper de mero entretenimiento en metáfora metafísica. Y he aquí que en Sherlock Holmes, aun si bajo los ostentosos aparejos de la superproducción hollywoodense, nos ofrece el exacto reverso de la moneda. La cinta, que en lugar de adaptar alguno de los relatos holmesianos toma elementos de varios —“Sentimos que necesitábamos desarrollar una nueva trama para dar a la película el rango que necesitaba”, me confesará Susan Downey, coproductora de la película y esposa de su protagonista—, postula como antagonista de Holmes a Lord Blackwood (Mark Strong), un villano acaso redolente del universo de James Bond (su objetivo, como el de Blofeld bondiano, es sabotear el imperio británico y dominar el mundo) pero que echa mano de la superstición y la magia para obrar sus maldades. Su derrota, entonces, equivaldrá a la de la superchería y, para sorpresa de los seguidores de Ritchie, al triunfo de la razón.
Suponiendo que el cambio de cosmovisión obedecería a su divorcio de Madonna —Ritchie ha abandonado las prácticas cabalísticas tras ser abandonado él mismo por su esposa—, cuestiono al director al respecto. Su respuesta, sin embargo, se revela más compleja y rica, asaz reveladora de su verdadera visión artística. “No creo que Sherlock Holmes y Revolver sean películas necesariamente antitéticas”, me dirá. “En cierto sentido, funcionan como Watson y Holmes: una representa la mente racional y la otra la mente, digamos, salvaje… Aunque Holmes es percibido como el gran empiricista, cuando la lógica queda fuera de contexto se desmorona —deja de ser lógica en el sentido primigenio del término— y de ahí deriva una gran cantidad de preguntas filosóficas. El hecho de que nos atraigan tanto los detectives parece apuntar a algo que bulle en nuestro interior y que busca aprehender las grandes verdades o los grandes misterios que conforman la vida o la razón. Ignoro cuál sea la manera de acceder a esa verdad, pero creo que el hecho mismo de que nos planteemos preguntas nos hace interesantes; así, el hecho de que Sherlock Holmes tenga una mente inquisitiva produce una resonancia en cualquiera”. Puesto en palabras llanas, Sherlock Holmes se insertaría en la filmografía del director como otra manera de plantear(se) preguntas que acaso no tengan respuesta pero que estimulan no sólo su creatividad sino nuestro interés.
Esto no es sino mero subtexto. Iconoclasta y entretenidísima, Sherlock Holmes funciona, sobre todo, en sus propios términos, es decir como divertimento masivo pero inteligente, enriquecido no sólo por las actuaciones competentes de Downey, Law y Strong sino por su magnetismo estelar. No hay gorra con visera ni “Elemental, mi querido Watson”, no hay largos monólogos explicativos ni (demasiada) flema británica. Lo que hay, para regresar a Chandler, es “la aventura de un hombre en busca de una verdad oculta, que no sería aventura si el hombre en cuestión no fuera, en esencia, un hombre de aventura”. Eso es buena literatura detectivesca, dice Chandler. Y buen cine de acción, digo yo.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Vampiros en habla hispana

En el pasado reciente hablé de la estupenda antología Ajuar funerario (Páginas de espuma, 2004) del escritor peruano Fernando Iwasaki. Del libro les presento, con la amable autorización del autor, su aportación a la literatura vampírica, ejemplo de la minificción en habla hispana. Confirma una máxima: la historia de vampiros de calidad no requiere imprescindiblemente de etiquetas para referirse al monstruo.
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Monsieur le revenant
Fernando Iwasaki

Todo comenzó viendo televisión hasta la medianoche, en uno de esos canales por cable que sólo pasan películas de terror de bajo presupuesto. Luego vinieron el desasosiego y los bares de mala muerte, las borracheras vertiginosas y las cofradías siniestras de la madrugada. Por eso perdí mi trabajo, porque dormía de día hasta resucitar en la noche, insomne y hambriento.
No es fácil convertirse en un trasnochador cuando toda la vida has disfrutado del sol y de los horarios comerciales, pero la noche tiene sus propias leyes y también sus negocios. Así caí en aquella mafia de hombres decadentes y mujeres fatales. Malditos sean.
Siempre regreso temeroso de las primeras luces del alba para desmoronarme en la cama, donde despierto anochecido y avergonzado sobre vómitos coagulados. Tengo mala cara. Me veo en el espejo y me provoca llorar. Lo del espejo es mentira. Lo de los crucifijos también.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Una segunda oportunidad para Drácula, tercera y última parte.

Si es indignante que te califiquen como plagiario (cuando no lo eres), es doblemente ofensivo que cuestionen tu capacidad literaria en un planteamiento de ficción. Y en todos los ámbitos. Así hicieron Dacre Stoker e Ian Holt en la secuela oficial de Drácula, cuando refirieron que Bram Stoker simplemente llevó a la letra impresa la narración que Abraham Van Helsing le hizo como un intento de alcanzar la inmortalidad y prevenir al mundo de la existencia de los no muertos –en un principio los autores lanzaron la pista que apuntaba a un alcoholizado y seguramente drogado Jack Seward-. Bram Stoker no tiene la talla de otros escritores de su época, pero es un eficaz narrador de historias de horror que nos ofreció obras ejemplares del género. Su amor por el pasado, el folklore y la historia de su país son evidentes en las exhaustivas investigaciones que cimentaron su creatividad. Alguna vez escuché que toda obra maestra es autoría de un escritor formidable. Nada más justo en el caso del señor Stoker. Su narrativa es muy superior en calidad e ingenio a un producto comercial que busca aprovechar un poco del fenómeno Crepúsculo. Concluí mi lectura de Drácula, el no muerto por dos razones: persistencia y hacerme de elementos críticos para establecer si es una aportación valiosa al subgénero.
El crítico gastronómico Anton Ego, personaje de la entrañable cinta Ratatouille, dijo: “no cualquiera es un gran artista, pero un gran artista puede provenir de los lugares más insospechados”. Dacre Stoker no es un escritor profesional, es un maestro de educación física. Y no lo digo despectivamente. No percibo un auténtico interés artístico detrás de su obra, simplemente aprovechó su apellido y el legado de su ancestro, con resultados pobres, irrespetuosos e indignantes. Pero sin duda los económicos serán abundantes.
Sobre el previsible y decepcionante desenlace de la novela –que incluye romances inconclusos, líneas memorables de una popular space opera y el trágico viaje de un afamado trasatlántico- evito revelar detalles. Drácula, el no muerto sería remotamente disfrutable si se leyera como una historia alternativa, no como una secuela. A este respecto son mil veces más interesantes Drácula desencadenado de Brian Aldiss y El año de Drácula de Kim Newman.
Me acompaña la edición de Conaculta de la novela canónica mientras escribo estas líneas. Iniciaré mi enésima relectura como una forma de purificación y un tributo a la memoria de un autor al que debo tanto.
Una pregunta para poner punto final a este tópico: ¿alguien sabe si la secuela oficial de Peter Pan sufrió el mismo miserable destino?

jueves, 12 de noviembre de 2009

Feliz cumpleaños, Plaza Sésamo.

El 10 de noviembre de 1969 se transmitió el primer episodio de Plaza Sésamo, la popular serie de televisión educativa que ha llegado prácticamente a todos los países del orbe. Forma parte de la primera educación sentimental de muchos de nosotros. Más allá de sus virtudes pedagógicas, mercadotécnicas y culturales, constituyó nuestro primer acercamiento hacia lo monstruoso. ¿Quién no recuerda la canción “yo quiero un monstruo que sea mi amigo”, antecedente claro de los videos musicales? ¿O quién no continúa maravillándose con las ocurrencias del monstruo come galletas? El doblaje del entrañable Jorge Arvizu a este voraz ser azul es memorable.
Particularmente, el primer vampiro que conocí y marcó las obsesiones de mi vida adulta fue el Conde Contar, conocido originalmente como The Count en su espléndido doble significado, personaje creado en 1972 e inspirado en el inolvidable Bela Lugosi, como lo demuestran la voz y acento que le proveen en su idioma original.
La semana pasada el popular buscador web Google recordó los primeros 40 años de vida de Plaza Sésamo con gráficos conmemorativos. Reproduzco dos a continuación.
Sólo me resta desearle a Plaza Sésamo un feliz cumpleaños y una larga vida, con mi más sincera gratitud.









miércoles, 14 de octubre de 2009

Viaje al país de Lovecraft.

La Universidad Nacional Autónoma de México, casa generosa y siempre abierta a la inteligencia tolerante, recibirá el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en escasos días. Uno más de sus orgullos es la Revista de la Universidad de México, que acertadamente dirige Ignacio Solares. En su edición de marzo de 2009 apareció un ensayo que mi amigo Vicente Quirarte dedicó a uno de los autores de su primera educación sentimental: Howard Phillips Lovecraft. A continuación reproduzco el texto tal como fue publicado en la página web de la revista. Además de ser una espléndida guía para todo el que tiene el poder económico para visitar Priovidence, es un emotivo homenaje para el hombre que sabe soñar despierto. Que lo disfrutren.

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Viaje al país de Lovecraft
Vicente Quirarte

A medio camino entre la guía turística y la arqueología fantástica, Vicente Quirarte nos sumerge en el espacio tiempo de Providence, la mítica ciudad de Howard Phillips Lovecraft. No es exagerado preguntarse si quien ha visitado ese país es el mismo que ha salido de él. Para quienes hemos leído su obra inquietante, esta pequeña crónica ya forma parte del ciclo mitológico del gran escritor estadounidense.



¿Gobernar? ¿Quién gobierna en el mundo de los sueños?
¿Cuándo llegará el día en que gobiernen los lacayos?
Ésa es su vida, y trata fielmente de vivirla:
Que le dejen vivirla. No en la ciudad, el nido
Ya está sobre las cimas nevadas de las sierras
Más altas de su reino. Carretela, trineo,
Por las sendas: flotilla nívea, por los ríos y lagos,
Le esperan siempre, prestos a levantarle
Adonde vive su reino verdadero, que no es de este mundo:
Donde el sueño le espera, donde la soledad le aguarda,
Donde la soledad y el sueño le ciñen su única corona.
Luis Cernuda


Para Antonio Toca

En estos primeros años del siglo XXI aún es recomendable tomar el tren más lento que existe para llegar a la ciudad de Providence, en Rhode Island. De preferencia por la mañana, cuando apenas despierta la propia Pennsylvania Station de Nueva York, la ciudad parece recién nacida, aún cómplice de la noche, y presenta el aspecto que amenazaba a Howard Phillips Lovecraft. Al igual que otros seres sensibles, profundamente arraigados a su ciudad natal, que eligieron viajar más en el alma que en el cuerpo, la Ciudad Imperio resultó para él una desilusión y una tortura: “al buscar la maravilla y la inspiración entre los atestados laberintos de antiguas callejuelas que serpentean sin fin entre patios olvidados, plazas y muelles, en dirección a más patios, plazas y muelles igualmente olvidados, y en las modernas torres ciclópeas y pináculos que se yerguen tenebrosos y babilónicos bajo unas lunas menguantes, no había encontrado más que una sensación de espanto y opresión que amenazaba con someterme, paralizarme y aniquilarme”. Las palabras anteriores fueron escritas en 1925 por un escritor que deseaba apasionadamente serlo. Para lograr ese objetivo le dijeron que debía estar en Nueva York, lugar donde todo sucedía. Se disciplinó y aceptó hacerlo, aunque de inmediato ansiara volver a la ciudad donde aprendió a soñar y donde moriría soñando.
En el instante de su muerte, ocurrida a los cuarenta y siete años de edad en la ciudad que lo vio nacer, Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) era conocido por escasos aunque brillantes y lúcidos lectores, así como por la cofradía de discípulos que supo provocar y proteger. Él, que nunca tuvo más poder que el de su pluma, ejercería un hechizo de alcances inimaginables. Con el paso de los años su figura fue creciendo hasta convertirse en un clásico, y tanto su vida como su obra han merecido la admiración y el reconocimiento de sucesivas generaciones. Se cuestionan su estilo, sus reiteraciones, sus desenlaces previsibles. Lo que nadie pone en duda es que logró acuñar un adjetivo del que pocos autores pueden vanagloriarse: decimos lovecraftiano para definir lo indefinible, para nombrar lo innombrable. Ya en el siglo XXI, ha tenido lugar una nueva consagración. En su país natal, The Library of America lo incluyó, en 2005, en el catálogo de autores que integran el canon de la literatura en lengua inglesa, en una colección que se precia de preservar la mejor y más significativa escritura de Estados Unidos, en bellos y durables volúmenes, con textos autorizados. De manera significativa y re veladora, aunque se consigna que la selección de la obra fue llevada a cabo por un devoto de la literatura de horror como lo es Peter Straub, el libro carece de un estudio crítico que otorgue al escritor y a su obra el lugar de honor que merece al lado de Herman Melville o William Faulkner. Para su país de origen, Lovecraft es todavía el raro y el excéntrico al que la Academia norteamericana y el Olimpo literario se niegan a admitir con todos sus honores en sus selectas filas. Marginalidad es motivo de admiración, particularmente entre los jóvenes. Otra ha sido la fortuna del escritor en nuestra lengua. En España, la benemérita Editorial Valdemar —refugio de los devotos que saben que la oscuridad es otra luz— ha publicado en 2007 el segundo volumen de la Narrativa completa de Lovecraft ,preparada por José Antonio Molina Foix: una edición crítica y prolijamente anotada como no existe en la tierra natal del escritor. En este tren casi tan lento como el utilizado por Lovecraft es posible recorrer la costa este de Estados Unidos con la misma parsimonia con que lo hacía el escritor en los frecuentes tránsitos que hacía entre la ciudad imperio y Providence. Por el camino se tocan puntos que su pluma transformó para siempre e incorporó a una mitología que crece y se fecunda con el paso de los años: Arkham, Dunwich, Miskatonic son ciudades invisibles cuyas características reales es posible reconocer en paisajes que aún hoy se conservan, como sucede en las narraciones de William Faulkner o Juan Rulfo.

Llegar a la ciudad y no tomar un taxi. Tampoco preguntar. Tratar de adivinar “las callejas limpias de Nueva Inglaterra, por donde circula la fragante brisa marina del atardecer”. Mirar la estructura esbelta del Hotel Biltmore, que se levanta allí desde 1922 y es por lo tanto contemporáneo moderno de la juventud de Lovecraft, y en esa primera visión panorámica de la ciudad, es el único edificio de su tiempo. Lo demás está ocupado por nuevas estructuras que impiden ver de inmediato la perspectiva de la ciudad, y en las cuales resaltan los iconos de un mundo globalizado que hubiera horrorizado al conservador caballero de Rhode Island, lo mismo que los corredores, ciclistas y patinadores que a lo largo del río, bronceados y fornidos, practican su deporte maquillados y vestidos como si fueran a una fiesta. Como bien señala el polémico poeta y novelista francés Michel Houlebecq, en su libro H.P. Lovecraft, contra el mundo, contra la vida: “los escritores de literatura fantástica son, por regla general, reaccionarios, por la sencilla razón de que son especial, podríamos decir profesionalmente conscientes de la existencia del mal”. Sin embargo, una vez que se transpone el puente de acero y el río Providence, la ciudad del escritor se despliega en una fotografía fuera del tiempo. Las cúpulas de las numerosas iglesias, las casas georgianas van reafirmando la cartografía trazada por Lovecraft en sus relatos y explican por qué él, animal bípedo por excelencia, amaba llegar a la estación del tren o el autobús y hacer a pie el trayecto hacia su casa. En una de las páginas de El caso de Charles Dexter Ward, uno de sus múltiples alter ego, consuma su devoción por la ciudad que lo vio nacer:
La entrada en Providence por las amplias avenidas de Reservoir y Elwood le dejó sin respiración… En la plaza donde confluyen las calles Broad, Weybosset y Empire
vio extenderse ante él a la luz del crepúsculo las casas y las cúpulas, las agujas y los chapiteles del barrio antiguo, ese paisaje tan bello y que tanto recordaba. Sintió también una extraña sensación mientras el vehículo avanzaba hasta la terminal situada atrás del Biltmore revelando a su paso la gran cúpula y la verdura suave, salpicada de tejados, de la vieja colina situada más allá del río y la esbelta torre colonial de la iglesia Baptista cuya silueta rosada destacaba a la mágica luz del atardecer sobre el verde fresco y primaveral del escarpado fondo.

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El Hotel que he reservado a través de la red se llama, por supuesto, Providence, y ocupa el local donde antes estuvo una tienda departamental. La generosidad de Dore Ashton, que me ha permitido estar una semana entera en su casa de Nueva York, logra pagar una noche en este lugar impoluto, pequeño, conservador, lujoso. Como joya de su corona ostenta el restaurante L’Epicurio. Frente a mi ventana se levantan una iglesia de ladrillo rojo, y aunque sepa que se llama Grace Church, como lector y devoto lovecraftiano decido que sea la misma donde tiene lugar su aterrador, inolvidable cuento The Haunter of the Dark. Alrededor de la iglesia pulula esa fauna común al viejo núcleo de las viejas ciudades, y cuyo carácter siniestro nace de que parecen nacidos con la ciudad misma, desde su fundación. Hombres solos y temibles, valientes pero tímidos, que han borrado su biografía y viven y ostentan su soledad en medio de la multitud.

Ciudad de colinas y estudiantes, Providence ofrece de inmediato los edificios que amaba la curiosidad intelectual de Lovecraft. En la biblioteca John Hay de la Universidad de Brown, a la que el joven Howard no pudo ingresar debido a la profunda depresión en la que cayó tras concluir el bachillerato, se encuentran custodiados actualmente sus papeles con el mismo celo con que se guardaba bajo llave el pavoroso Necronomicon. Uno de los viejos edificios que sale de inmediato al paso es la biblioteca del Atheneum, amada particularmente por Lovecraft porque era un sitio frecuentado por Edgar Allan Poe y donde conoció a Sarah Whitman, última mujer a la que públicamente cortejara. Además de la admiración natural que le despertaba el maestro, Lovecraft opinaba, como él, en palabras de Baudelaire, “que la mayor desgracia de su país consistía en no tener aristocracia de raza, atendido, según decía, que en todo pueblo que carece de ella no puede menos de corromperse el culto de lo bello, disminuir y desaparecer”. Para mi desilusión, no se encuentran en los hermosos anaqueles de esa acogedora biblioteca las primeras ediciones del escritor de Providence. Pero sí está una obra cuya lectura modifica de manera radical su biografía: Lord of a Visible World. An Autobiography in Letters, donde J.T. Joshi y David E. Schultz proporcionan, a través de las palabras del escritor, la vida de un niño poseedor de una de las infancias más plenas, imaginativas y felices de las que pueda darse noticia. La química, la astronomía, el periodismo, la bicicleta y la investigación detectivesca hicieron de Lovecraft un niño que en Providence halló, vivió y agotó el paraíso en la tierra. El libro es una selección de las setenta y cinco mil cartas, mensajes y postales que Howard escribió a lo largo de sus cuarenta y cinco años de existencia. Sorprende en la cantidad, la calidad y la penetración que tienen, la manera en que el escritor supo hacer de sí mismo su mejor creación y equipararse, subraya Joshi, a otros maestros del arte epistolar como Cicerón, Horace Walpole o Voltaire. En reivindación a la biografía de Sprague de Camp, que además de haber sido durante muchos años la única, Joshi ha publicado una nueva vida de Lovecraft, que combate la leyenda negra y maniquea establecida por el primer biógrafo. Considerado con justicia, como el mayor erudito de Lovecraft en lengua inglesa, Joshi es además autor de una enciclopedia lovecraftiana y una edición anotada del extenso ensayo “Supernatural horror in literature”, una de cuyas mejores y primeras traducciones al español fue hecha por Jorge Velasco y publicada hace más de tres décadas en esta misma Revista de la Universidad de México.

Inglaterra ha tenido la afortunada idea de honrar a Sir Arthur Conan Doyle no con una estatua suya sino mediante una escultura a su creación más memorable. En Edimburgo primero y más recientemente en Londres, a la salida de la estación Baker Street, sendas esculturas de Sherlock Holmes lo ponen otra vez en la calle, su coto de caza predilecto. En Providence no hay, por fortuna, para recordar a Lovecraft una escultura de las criaturas abominables y amorfas nacidas de su imaginación. En cambio, la ciudad ha tenido el buen gusto de colocar en un prado a las afueras de la biblioteca una placa donde figura la ya célebre e icónica silueta que representa el perfil del escritor, y cuyo origen fue tan humilde como pasajero: la mandó hacer, junto con las de los amigos que lo acompañaban, en el parque de diversiones de Coney Island. En la placa conmemorativa no se habla de él como escritor de obras fantásticas, sino se rinde homenaje a su amor a la ciudad en una estrofa de uno de sus poemas dedicados a ella.

En el restaurante L’Epicurio del Hotel Providence todo es lujoso pero falso. Prefiero salir a recorrer la ciudad de noche para recordar solidariamente a Lovecraft que, como los niños, comía helados y odiaba los maravillosos mariscos que sólo se dan en sus mares fríos. De vuelta a mi cuarto de hotel, mientras consumo mis magras raciones, condimentadas por el hambre y la fatiga, miro a través de la ventana: los solitarios de Grace Church se disponen a resistir la noche. A lo largo de ella, en los cuartos vecinos hay lamentos y ruidos extraños. Es la imaginación exaltada por Lovecraft, me digo. Más tarde, mi amigo Gilberto Prado Galán me dirá que en su visita a Providence se enterará de que en la ciudad está prohibida la prostitución, pero que los hoteles de todas las categorías la permiten y la propician entre cuatro paredes.

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Amanecer en la ciudad. El mapa turístico de Providence amable, superficial, inofensivo, no incluye por supuesto el cementerio. Tengo que acudir al libro Lovecraft’s Providence de Henry L. Beckwith Jr., que mi amigo Pablo Soler Frost, explorador de esta ciudad en años previos, tuvo la generosidad de regalarme. No hay escala en el mapa que conduce al cementerio de Swan Point, pero calculo que debe estar a unos tres kilómetros del centro. Imposible abandonar Providence sin hacer una visita a ese lugar donde Lovecraft fue al encuentro de la verdadera sombra. Me pongo los tenis y corro a lo largo de Angell Street, en cuyo número 454 nació Lovecraft, aunque la casa ya no existe. Permanece la que se levanta en el número598, a uno de cuyos departamentos se cambió la familia tras la muerte del padre. Remonto esa calle de ortografía particular —llamada así en honor de Thomas Angell— como la recorrió Lovecraft, con la certeza y el solo privilegio que tienen los auténticos solitarios de encontrar una emoción distinta en cada caminata. En el trayecto encuentro el Hospital Butler, donde estuvo interno primero el padre y posteriormente la madre de Lovecraft. Continúo por Blackwood Road, que luego se transforma en Blackstone Boulevard, una amplia avenida con camellón. El camino es más largo de lo que suponía pero cinco kilómetros después encuentro el majestuoso Swan Point Cemetery, Serving New England since 1847, es decir, el año en que la bandera de las barras y las estrellas ondeó para nuestra vergüenza sobre Palacio Nacional. Silencioso, ordenado, pulcro hasta el exceso, como suelen ser los cementerios de Estados Unidos, y particularmente de Nueva Inglaterra. Aunque llevo apuntada la fecha del sepelio de Lovecraft, para localizar su tumba no hay necesidad de que tenga contacto alguno con la raza humana. Antes de entrar en la oficina a preguntar informes, me sale al paso una máquina que me ordena, silenciosamente, que oprima sus teclas. Me proporciona la localización de la tumba y tomo un mapa para guiarme. Las instrucciones parecen precisas: caminar a lo largo de la Holly Avenue, cruzar el Alfred Stone Memorial, el estanque con una enorme roca en el centro y desembocar en la sección 281 de Hemlock Avenue. Llego al lote indicado pero tras media hora de búsqueda no encuentro a mi escritor. Ninguna persona a la cual preguntar. Ningún panteonero fiel, con su cubeta estridente y servicial como los que brotan como hongos en nuestros camposantos. Como no he traído cámara al cementerio, tengo pretexto para decir a mis amigos que lo son también de Lovecraft que sí hallé la tumba pero que no pude fotografiarla. ¿Me creerían Luis Chumacero, Roberto Coria, Antonio Toca, Mauricio Molina, Francisco de León? Si yo fuera ellos, no. Paso por enésima vez frente a la tumba de la familia Potter, cuyo apellido, por razones obvias, es el que más resalta entre sus vecinos. El cielo comienza a encapotarse de manera extraña para estos días de abril. Sopla un viento semejante al de la película The Omen y siento, como debe de ser, miedo, la primera y más antigua de las emociones humanas, como escribe el maestro. A punto de abandonar la búsqueda, paso otra vez por la monumental cripta de los Potter y miro hacia abajo: tres mínimas placas ostentan los nombres de la familia Lovecraft. He aquí la paz final, maestro, amigo. Para grandeza de su discreción y su elegancia, no hay flechas que lleven a su tumba. Sólo el viento que limpia y renueva la vida en este lugar donde habita la muerte. Sólo el apellido familiar que usted honró con resultados que jamás pudo haber imaginado. Estoico y cortés ante la enfermedad, fue paciente ejemplar para médicos y enfermeras que trataron de hacer lo más tolerable posible su cáncer estomacal. La última de las cartas que escribió revela no al hombre hosco y solitario que el sensacionalismo ha querido ofrecernos, sino a un caballero preocupado por las enormes minucias de los otros.

Peregrinación cumplida. Para volver al mundo de los vivos, salgo corriendo del cementerio. Me sale al paso una mujer policía más grande y negra que su patrulla y me asesta un categórico: “This is no place for jogging”.Tiene razón. Salgo, humillado y ofendido, con paso lento, a recorrer la distancia que me separa de la puerta del cementerio. Las palabras de la policía son un insulto —como resultan serlo mi sudor, mis pantalones cortos— pero también un homenaje a Lovecraft, un llamado al respeto, articulado por la representante de una de las razas que él detestaba. Escuchemos otra vez a Houlebecq:
Así que ya no se trata del racismo bien educado de los WASP, sino del odio brutal del animal que ha caído en una trampa, que se ve obligado a compartir la jaula con animales de especies diferentes y temibles.

De vuelta en el centro de la ciudad, desemboco en el río y subo hasta el parque Crescent, paseo predilecto de Lovecraft. A lo largo de estas balaustradas caminaba, en sus bancas leía o se abstraía en la contemplación de una ciudad que nunca lo cansaba y donde seguramente aceptó la declaración de amor de Sarah Green, la única mujer con la que tuvo intimidad y que sería su esposa durante dos años. Al igual que los grandes solitarios que no encuentran en una pareja convencional la correspondencia para su sed de vida, Providence devolvió a Howard con creces sus caminatas y retornos, su anclaje en calles y edificios que le recordaban tiempos mejores, acaso míticos e imposibles. Aquí fue feliz porque aquí decidió descubrir su máquina del tiempo. No inventar sino descubrir. Como Hawthorne y Melville, quiso encontrar un país de nunca jamás en tierras y en tiempos donde se adoraba casi exclusivamente al becerro de oro. ¿Para qué hacer infiernos en este paraíso? Tal vez para apreciar mejor lo que destruimos. Los monstruos de Lovecraft tienen nombres y rostros, pero en una de las múltiples lecturas que su obra permite, esas entidades que amenazan a la especie humana y le reclamaban su lugar en el planeta que llamamos las Tierra son las guerras, los huracanes, los tsunami, la peste negra aparecida en el siglo XX, contra la cual no hay cura y que convierte en realidad algunas de las metáforas más fuertes y amenazadoras de “El horror de Dunwich”.

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Para despedirse mejor de la ciudad de Lovecraft es conveniente hacerlo en una librería de segunda mano. Cellar Stories se ostenta como el más grande negocio de libros raros y usados de Rhode Island. No hay aparador. Para llegar a ella hay que subir unos escalones desvencijados que conducen a un segundo piso donde se exhibe, en ordenado caos, un arsenal bibliográfico que va de lo desechable a lo maravilloso. No tienen por desgracia –y también por fortuna- la primera edición de Al Azif, escrito hacia 730 d.C., en Damasco, por el árabe loco Abdul Alhazred, traducido al griego en 950 como el Necronomicon por Theodorus Phileras, pero la sección de grabados de la tienda es casi tan ordenada, selecta y sorprendente como la colección de libros de vampiros. En la parte dedicada a Lovecraft, tengo la fortuna de hallar un ejemplar de una edición de 1944 preparada por August Derleth, amigo, colaborador y el cierto modo albacea del maestro: un libro de pasta dura honra a quien nunca ocupó la portada de las revistas donde colaboraba, y cuyo único libro alcanzó doscientos ejemplares. Sin embargo, lo más lovecraftiano es encontrar libros que ostentan el nombre de Brett Rutherford, su dueño original: una biografía de Vlad Tepes, una colección de relatos de Algernon Blackwood y The Natural History of the Vampire de Anthony Masters. Las ediciones, todas en pasta dura, están asombrosamente bien cuidadas: el lomo intacto, los discretos y escasos subrayados siempre a lápiz. Cada volumen ostenta su orgulloso ex libris, cuidadosamente pegado: un cráneo, un sapo a punto de dar un salto, y el nombre del antiguo dueño en prolija caligrafía. Cuando pregunto al encargado de la librería quién era esa persona, responde que un hombre joven, estudiante de la Universidad, que tuvo que abandonar sus estudios y vender sus libros. Su filiación corresponde impecablemente a la de los personajes de los cuentos de Lovecraft: jóvenes solitarios, apasionados, sedientos de un prohibido y peligroso conocimiento. Nunca sabemos qué comen o si sudan, ni de qué color es su camisa. Sólo que van el encuentro del horror. Por eso el mejor personaje de Lovecraft es el lector de Lovecraft. Mejor si es joven y cree que el miedo en la página es una forma de purificación. Naturalmente, nunca aman ni tienen una pareja sentimental, porque, como bien dice Houlebecq, “en el universo de Lovecraft, la crueldad no es un refinamiento intelectual; es una pulsación bestial, que se asocia a la perfección con la más lóbrega estupidez. Y los individuos corteses, refinados, de maneras delicadas…son las víctimas ideales”.

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En el tren de vuelta a Nueva York reviso la pesca bibliográfica de la jornada, a la luz luminosa del maestro Lovecraft. Vuelven a pasar lista los libros por él leídos. El libro de Joshi recoge la última carta escrita por nuestro autor, donde aparece un hombre valeroso, con una gran deferencia hacia la dignidad propia y por ende hacia la dignidad de los otros.
En el volumen de los cuentos de Lovecraft preparados por Joyce Carol Oates, brilla el fragmento indeleble de una carta del maestro, que es la mejor despedida para la ciudad de sus sueños. Los que vivió con los ojos cerrados y aquéllos que conjuró, con más frecuencia, en ese país de sombras largas llamado la vigilia:

Para todos los intentos y propósitos estoy por naturaleza más aislado de la humanidad que el propio Nathaniel Hawthorne, quien vagaba solitario en medio de las multitudes…la gente de un lugar no me importa en absoluto sino como un componente del paisaje general y el escenario…mi vida se encuentra no entre la gente sino en escenas. Mis afectos locales no son personales sino topográficos y arquitectónicos…Lo mío es la Nueva Inglaterra, de una forma o de otra. Providence es parte de mí. Yo soy Providence.


sábado, 10 de octubre de 2009

Querido Edgar Allan Poe.

Una de las personas que conoce más sobre la vida y obra de Edgar Allan Poe es mi amigo Vicente Quirarte, poeta, ensayista y dramaturgo mexicano. Él tuvo la visión y entusiasmo para fundar la Casa Poe, recinto enclavado en la Ciudad de México que tiene como cimiento su amor a las letras. También fue el inspirador de una serie de actividades que el colectivo Cadáver exquisito realizó en el bicentenario del nacimiento del Maestro Poe. En el 160 aniversario del ingreso a la inmortalidad, me permito reproducir la carta que Vicente escribió al autor del Corazón delator como un tributo a su genio imperecedero.

Querido Edgar Allan Poe:
Las cosas en el que fue su mundo han cambiado, pero aún permanece la barbarie del que todo lo quiere sin importar los medios. A ningún muerto le importa saber que vive en la memoria de quienes le sobreviven, pero desde donde Usted se encuentre debe sonreír, satisfecho por haber escrito “El extraño caso del señor Valdemar”: como él, nos habla desde un dominio que nuestras limitaciones nos obligan a llamar más allá. Usted lo supo mejor que nadie. Ser escritor es una victoria formada por una suma de fracasos. Como los boxeadores, usted vivió en un país y en un tiempo donde para mantenerse en la cúspide era necesario hacer a un lado la pasión del amateur que actúa porque quiere y no porque debe. Antes de Hawthorne y Melville, dos de sus grandes herederos, se atrevió a decir no y a escribir historias incomprensibles, ambiguas, laberínticas, cuyos lectores aún no nacían. Ahora las cosas son distintas y Usted tiene qué ver con todo y con todos: con el adolescente que en su ansia de vida se descubre entre el pozo y el péndulo antes de encender la televisión, esa caja del diablo que hubiera podido inventar el profesor Von Kempelen; con el proyecto de Alan Parson, quien tradujo al pentagrama no las anécdotas sino los climas de sus Tales of Mystery and Imagination; con los Beatles, que lo colocan en la portada de su Banda de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta; con Diamanda Galas y su desgarradora plegaria por la peste de este fin de siglo, tan devastadora como la muerte roja.

Usted nunca tuvo hijos, mas procreó una dinastía de descastados: el inmenso Charles Baudelaire, quien de no haber escrito nada, hubiera pasado a la Historia como el más generoso y eficaz agente literario, como el príncipe de los amigos en el más ingrato y solitario de los oficios; Horacio Quiroga, poseído por la fiebre diurna que azuzó los terrores de Arthur Gordon Pym; el torturado Howard Phillips Lovecraft, vagabundo en las calles de Providence, descubriendo en cada esquina que los monstruos nacen de las profundidades del corazón. Jorge Luis Borges, amante de los laberintos y la limpieza matemática de la prosa, nos enseñó a entrar con más cuidado en senderos de los que Usted fue pionero.

Ahora sus compatriotas –esos que en vida no lo merecieron- han alcanzado la Luna, como antes lo hizo el globo aerostático de su Hans Pfall. Las computadoras resuelven en segundos la criptografía que a los personajes de “El escarabajo de oro” les llevó una vida. El cine, desde la obviedad estremecedora de Vincent Price al lirismo de Louis Malle, se ha encargado de traducir, con mayor o menor fortuna, sus visiones. Marie Bonaparte, discípula de Sigmund Freud, lo tomó como modelo de laboratorio para ilustrar los abismos del alma. En fecha reciente, un ejemplar de Tamerlane, su libro de poemas, se vendió en una cantidad que sólo por vergüenza nos callamos.

El mal no termina, y para encontrar las fuerzas que lo mueven no bastan los tecnócratas: es necesaria la fuerza y la tenacidad de un August Dupin. El detective sigue siendo –por fortuna- un hombre común, víctima de sus iluminaciones y desastres. La literatura, tal y como Usted la concibió, sigue siendo un juego de inteligencia, de pasión domada: el azar es consuelo de los mediocres. El triángulo brevedad-intensidad-efecto que resolvió con limpidez de teorema en “La filosofía de la composición” está marcado a fuego en todo aquel que desea transladar la horrible realidad a la existencia incorruptible del texto perfecto.

Quien nace para vidente, intuye lo que vendrá, no obstante la imprecisión y vaguedad de las formas. Usted sabía todo esto. De ahí la ambigüedad de esa semisonrisa que lo caracteriza en la mayor parte de sus retratos. A 160 años de su partida, Usted, Edgar Allan Poe, es cada vez más joven. Si vuelve a morir, será por nuestra incapacidad para seguir mirando los fulgores de su exigente diamante. Lo afirman los más autorizados académicos; lo comprueba el niño que en mitad de la noche descubre que en su ropero se congregan los terrores del primer hombre, ése que en el cielo descubrió su miedo y con ello supo que, a pesar de todo, vivir es una aventura incomparable.

Vicente Quirarte.