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viernes, 8 de febrero de 2013
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Horror a la americana
La última y
nos vamos a Mórbido.
Las
creencias en fantasmas y vida después de la muerte son tan antiguas como la
humanidad misma. Uno de los primeros casos que recuerdo a este respecto es el
del filósofo griego Atenodoro de Tarso
(74 A .C.-7
D.C.), quien en su juventud alquiló una casa en Atenas, a un precio ínfimamente
bajo en comparación a sus dimensiones. Una noche, mientras escribía, se le
apareció un fantasma que arrastraba cadenas que lo guió hasta un punto en el
jardín, donde desapareció. Una excavación en el lugar reveló el cadáver de un hombre encadenado, al
cual se le dio una apropiada sepultura, con lo cual cesaron las apariciones. Y
así podríamos seguir indefinidamente, en todas las épocas y países. Sobre esta
tradición los autores victorianos
alcanzaron momentos sobresalientes gracias a las pluma de Montague Rhode James, Joseph
Sheridan Le Fanu, Charlotte Riddell,
Algernon Blackwood o Elizabeth Gaskell, entre otros,
artífices del llamado Ghost story, respuesta de la era
para enfrentar la angustia derivada del cambio, una forma de anclarse al pasado
ante un presente aún no definido, una continuidad entre la vida y la muerte.
Si el
fantasma era el elemento principal de estas historias, la locación donde
aparecía era igualmente importante. Un personaje muy importante. Abadías abandonadas, cementerios,
castillos, mansiones eran los lugares más frecuentados por los espíritus, todos
tan elementales desde los albores de la literatura de horror, del relato gótico. Estos sitios se
convirtieron en toda una institución en el imaginario colectivo de todos los
países. Lugares de infame memoria, con una carga energética y emotiva
desagradable. Los parques de diversiones los imitan para el entretenimiento (y
los sustos) de las personas. De hecho todos recordamos una casa abandonada en
la colonia donde vivíamos cuando éramos niños, ese lugar prohibido que
incendiaba nuestra imaginación y despertaba nuestros miedos. Escritores
contemporáneos han llevado esta idea a cimas muy altas. En La hora del vampiro (Salem´s
Lot), Stephen King describe
a la maldita Mansión Marsten, espacio recordado por los horrendos asesinatos
cometidos ahí y seleccionado por el vampiro Kurt Barlow como lugar de
descanso y base de operaciones:
“La casa miraba hacia el pueblo. Era enorme y
parecía desdibujada y vencida. Las ventanas descuidadamente cerradas le daban
ese aspecto siniestro de todas las casas viejas que han pasado vacías mucho
tiempo. La pintura se había descascarado a la intemperie, y toda la casa tenía
un aspecto uniformemente gris. Los temporales de viento habían arrancado muchas
tejas, y y una densa nevada había hundido el ángulo oeste del techo principal,
dejándolo vencido. A le derecha, un destartalado cartel clavado sobre un poste
advertía: Prohibida la entrada”.
Más allá de
esto, se ha preguntado usted ¿quién habitaba el edificio donde reside? o ¿quién
durmió en la cama del cuarto de hotel donde se hospeda? o ¿es cierto que su
escuela se construyó sobre un cementerio? Esas son respuestas que quizá no
queremos saber.
Escribo
todo esto como un gran pendiente desprendido de mi fascinación por la
galardonada teleserie American horror story, creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk, que ha despertado todo tipo de comentarios
entusiastas entre los aficionados y la crítica especializada. El proyecto de la dupla,
responsable de la popular serie Glee, recibió luz verde al
comprobarse el éxito del musical adolescente. Básicamente, American horror story es una historia de fantasmas ambientada en un
contexto fácilmente reconocible, protagonizada por personas que se parecen a
nosotros. La familia Harmon se muda de Boston y se
instalan en la Mansión
Montgomery , una enorme construcción gótica de la
ciudad de Los Ángeles construida en 1922 por el prestigiado cirujano Charles
Montgomery (Matt Ross). Los Harmon
distan de ser una familia común. Como muchas, arrastran sus demonios: Ben
(Dylan McDermott), el padre, es un
psiquiatra que tuvo un romance extra marital con una de sus estudiantes (Kate
Mara) y busca un nuevo comienzo; Vivien (Connie Britton), la madre, es una chelista retirada que lidia con
el penoso recuerdo de la aventura de su esposo; Violet (Taissa Farmiga), la hija de ambos, es
una adolescente que sufre bullying y
tiene graves tendencias depresivas. Como si esto no fuera suficiente, los
rodean extraños y atormentados personajes: su vecina Constance Langdon (Jessica Lange), su hija Adelaide
(Jamie Brewer), su perturbado hijo Tate (Evan Peters), el deforme Larry
Harvey (Denis O'Hare), la veterana
ama de llaves Moira O'Hara (Frances
Conroy) y su sensual doble (Alexandra
Breckenridge), acompañados de los antiguos residentes de la casa, desde la
pareja homosexual Chad y Patrick (Zachary
Quinto y Teddy Sears), el mismo Dr.
Montgomery y su esposa Nora (Lily Rabe), las víctimas del tiroteo en la Preparatoria Westfield , e incluso Elizabeth Short (Mena Suvari),
conocida por la posteridad como La Dalia Negra. Todos guardan tortuosos secretos, acumulados al transcurrir los años, que se
revelan paulatinamente.
Una
atmósfera opresiva aderezada por un lóbrego tema musical de Charlie Clouser (su
secuencia de créditos es perturbadora), fragmentos de la partitura que Wojciech Kilar compuso para Drácula
de Bram Stoker (Francis Ford
Coppola, 1992) y la presencia constante del terrible Hombre de Goma, personaje
representativo del programa, completan un serial imposible de perderse. Muchas
personas dignas de todo mi respeto se quejan del exceso de personajes (“parece
la vecindad del Chavo del 8 con
fantasmas”) y de su final feliz, que en realidad es una tragedia, porción menor
de una historia cíclica, condenada a repetirse una y otra vez.
Ayer vi el
tercer episodio de su segunda temporada, American horror story: Asylum, una
nueva historia ambientada en el ficticio Hospital Psiquiátrico Briarcliff, un
lugar inquietante por sí mismo en el que se reúnen una monja sádica, una
periodista lesbiana, un médico loco, un psiquiatra progresista, un presunto
asesino e incluso posesiones satánicas y elementos que lindan con la ciencia
ficción. Muchos de los actores de su primera
temporada aparecen nuevamente, sólo que interpretando papeles completamente
distintos, sin relación con sus encarnaciones previas. La principal sigue
siendo la laureada Jessica Lange,
quien demuestra su camaleónica capacidad actoral, todo en una historia
prometedora, digna de Los renglones torcidos de Dios (1979)
de Torcuato Luca de Tena o Alguien
voló sobre el nido del cuco (1962) de Ken Kesey, esta última convertida
en la flamante cinta Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975), sólo que con la presencia
de una maldad sobrenatural. Sobre su desenlace, escribiré cuando éste llegue.
Y ahora sí,
vámonos a Mórbido.
miércoles, 17 de octubre de 2012
Cuando los clichés tienen sentido
Uno de los
aspectos que suelen quitar mérito al cine de horror son situaciones que rayan en lo
absurdo e inverosímil, fórmulas que abusan de convenciones efectistas (el
espejo de un gabinete que al cerrarse revela que hay alguien detrás del protagonista,
personas que aparecen de repente, siluetas que cruzan la pantalla inadvertidas por
los héroes), y personajes trillados que retan a la lógica y el sentido común: la
casquivana, el atleta, el tonto, el intelectual y la virgen. Uno a uno suelen ser
despachados por la amenaza en turno. “Escondámonos del monstruo que nos
persigue en esa cabaña abandonada y tenebrosa”, “nademos desnudos en ese lago
donde fueron asesinadas esas jovencitas y luego forniquemos”, “tomemos ese
camino tenebroso y solitario, debe ser muy seguro”, son sólo algunos penosos
ejemplos. Ya el inteligente guión que Kevin
Williamson escribió para la exitosa Scream, grita antes de morir (Wes Craven, 1996) advertía y se mofaba
de esas “reglas”. Esa es la línea que a primera vista sigue La
cabaña del terror (The cabin in the woods, 2012),
dirigida por Drew Goddard a partir
de un guión que coescribió con Joss Whedon,
el mismo de Buffy, la cazavampiros y Los Vengadores). No tenía muchas
expectativas de la cinta, sobre todo porque sus primeros minutos se apegaban
fielmente a esas fórmulas que son familiares para el diletante del horror y que tanto critico: la
virtuosa estudiante Dana (Kristen
Connolly), su zorril amiga Jules (Anna
Hutchison), el deportista Curt (Chris Hemsworth alias Thor),
el aplicadito Holden (Jesse Williams) y el marigüano Marty (Fran Kranz) viajan en una camioneta con destino a una cabaña
en el bosque –la del título- para pasar un fin de semana de desenfreno y situaciones
típicas la pujante juventud. Todos sus movimientos son monitoreados por dos técnicos
(Richard Jenkins y Bradley Whitford) que forman parte de
una operación internacional, con enormes recursos tecnológicos y monetarios,
que incluso toman con desenfado y cinismo su labor. Después de darse un chapuzón
en el lago cercano y beber mucha cerveza, los jóvenes descienden al sótano
de la cabaña, donde encuentran todo tipo de extraños y perturbadores objetos,
entre ellos el diario de una niña del siglo XVIII que fue abusada por su sádica
familia. Cuando Dana lee en voz alta
un pasaje en latín del documento, se desata la pesadilla.
Lo que
sigue puede adivinarse desde sus créditos iniciales, en los que –mientras la
sangre cubre la pantalla- se muestran imágenes de sacrificios rituales en
diferentes épocas y culturas. Y en verdad me cuesta trabajo no escribir más
detalles al respecto para no estropear la sorpresa a quienes no la han visto. En
entrevistas, los guionistas revelaron que tardaron sólo tres días escribir la
historia y que pretendían darle sentido a muchos de los lugares comunes del slasher. Todo tiene un resultado inesperado y refrescante, que sin duda tiene una enorme
deuda con la oscura imaginación de Howard
Phillips Lovecraft. Eso sí, del slasher
no prescinde de su dosis habitual de sangre. Esa es necesaria para que el género
–y todo- siga adelante.
P.D. Perdóname
por abandonarte tanto tiempo, querido blog –y queridos lectores-. Aunque las
semanas que vienen también serán complicadas, prometo atenderte como te
mereces.
miércoles, 7 de diciembre de 2011
Vampiros nada adorables
En el panorama cinematográfico actual, dominado por “vampiros” que declaran su buen amor a jovencitas insulsas frente a un altar, las bocanadas de sangre fresca se agradecen. Esa fue la principal virtud de la maravilla sueca titulada Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) o de la reelaboración de La hora del espanto (Craig Gillespie, 2011), cinta sin pretensiones que devuelve dignidad y malevolencia a los hijos de la noche. En esa misma línea se mueve Tierra de vampiros (Stake land, Jim Mickle, 2010), cinta post apocalíptica donde los monstruos del título son lo de menos. Fue inevitable que me hiciera recordar la muy reciente El último camino (John Hillcoat, 2009), adaptación de la novela de Cormac McCarthy y protagonizada muy eficazmente por Viggo Mortensen.
En una primera lectura, muchos de los espectadores de Tierra de vampiros podrían decir “esto ya lo he visto”. Tienen razón en cierta medida. Pero ya lo dije antes, “escribir un buen relato de horror es tan delicado como concebir un poema de amor. El éxito se logra al utilizar adecuada e innovadoramente las convenciones del género, cuando el autor es capaz de ensamblar dichos elementos, capturar la imaginación del lector y sorprenderlo”. En un futuro no lejano, muy en deuda con el de la novela canónica de Richard Matheson (no hace falta decir su título), los vampiros se han convertido en una abrumadora mayoría que lleva al colapso de las sociedades civilizadas. Los sobrevivientes se vuelven nómadas que sólo buscan su precaria subsistencia. Martin (Connor Paolo) es uno de ellos. El joven viaja con su familia hasta que una noche su destino cambia abruptamente. Tras el brutal asesinato de sus seres amados, queda bajo el cuidado de su inesperado salvador a quien sólo se refiere como el Señor (Nick Damici ), rudo cazador de vampiros que le enseña cómo mantenerse con vida en ese nuevo mundo. Ambos buscan llegar al Nuevo Edén, tierra prometida cuya existencia nadie ha comprobado. Ello demuestra una máxima: la esperanza muere al último y en la adversidad es el único alimento para seguir adelante. En su peregrinar el dúo –a quien se les une paulatinamente un variopinto grupo de personas- no sólo se enfrentan a peligros sobrenaturales sino, lo que es peor, a la maldad natural del hombre encarnada en el demente predicador Jebedia Loven (Michael Cerveris).
El guión del director Mickle y del mismo co estelar Damici tiene muchos aciertos. Toma la estructura básica del road movie, con escenarios que no son muy comunes en una película de este subgénero. Sus vampiros, muy semejantes a los zombis, tienen una notable cercanía con los que describe el folclore de la Europa central. No son seres lindos ni carismáticos. No les afectan los símbolos sagrados. Han perdido su identidad y capacidad de razonamiento, son increíblemente brutales y obedecen a un instinto primario: alimentarse. La dupla escritural propone algunas curiosidades, como que los colmillos de los vampiros son una suerte de moneda de cambio en el nuevo orden o que se pueden clasificar según la dificultad que supone exterminarlos. Al final la historia plantea un viaje iniciático, donde su joven protagonista evoluciona por la atroz experiencia. Un elenco de desconocidos (sólo en los créditos me enteré de la aparición de la otrora atractiva Kelly McGillis, interés amoroso de Tom Cruise en Top gun), efectos de maquillaje competentes pero limitados y una puesta en escena austera dan gran decoro a un relato que, espero, no genere una secuela. Porque mi amigo Miguel Ángel Arellano, en la obligatoria discusión posterior a la proyección, citó a Francis Ford Coppola en relación a la voracidad de los estudios, “hoy en día muchas películas se realizan en espera de generar franquicias”. El desenlace de Tierra de vampiros, con una vaga nota de esperanza, fue el oportuno. Ni más ni menos.
La cinta se estrenará de forma limitada en algunas salas comerciales este fin de semana, distribuida por la recién nacida Caníbal. Deseo prosperidad a la compañía y le auguro fortuna por confiar en propuestas inteligentes. Corran la voz.
En una primera lectura, muchos de los espectadores de Tierra de vampiros podrían decir “esto ya lo he visto”. Tienen razón en cierta medida. Pero ya lo dije antes, “escribir un buen relato de horror es tan delicado como concebir un poema de amor. El éxito se logra al utilizar adecuada e innovadoramente las convenciones del género, cuando el autor es capaz de ensamblar dichos elementos, capturar la imaginación del lector y sorprenderlo”. En un futuro no lejano, muy en deuda con el de la novela canónica de Richard Matheson (no hace falta decir su título), los vampiros se han convertido en una abrumadora mayoría que lleva al colapso de las sociedades civilizadas. Los sobrevivientes se vuelven nómadas que sólo buscan su precaria subsistencia. Martin (Connor Paolo) es uno de ellos. El joven viaja con su familia hasta que una noche su destino cambia abruptamente. Tras el brutal asesinato de sus seres amados, queda bajo el cuidado de su inesperado salvador a quien sólo se refiere como el Señor (Nick Damici ), rudo cazador de vampiros que le enseña cómo mantenerse con vida en ese nuevo mundo. Ambos buscan llegar al Nuevo Edén, tierra prometida cuya existencia nadie ha comprobado. Ello demuestra una máxima: la esperanza muere al último y en la adversidad es el único alimento para seguir adelante. En su peregrinar el dúo –a quien se les une paulatinamente un variopinto grupo de personas- no sólo se enfrentan a peligros sobrenaturales sino, lo que es peor, a la maldad natural del hombre encarnada en el demente predicador Jebedia Loven (Michael Cerveris).
El guión del director Mickle y del mismo co estelar Damici tiene muchos aciertos. Toma la estructura básica del road movie, con escenarios que no son muy comunes en una película de este subgénero. Sus vampiros, muy semejantes a los zombis, tienen una notable cercanía con los que describe el folclore de la Europa central. No son seres lindos ni carismáticos. No les afectan los símbolos sagrados. Han perdido su identidad y capacidad de razonamiento, son increíblemente brutales y obedecen a un instinto primario: alimentarse. La dupla escritural propone algunas curiosidades, como que los colmillos de los vampiros son una suerte de moneda de cambio en el nuevo orden o que se pueden clasificar según la dificultad que supone exterminarlos. Al final la historia plantea un viaje iniciático, donde su joven protagonista evoluciona por la atroz experiencia. Un elenco de desconocidos (sólo en los créditos me enteré de la aparición de la otrora atractiva Kelly McGillis, interés amoroso de Tom Cruise en Top gun), efectos de maquillaje competentes pero limitados y una puesta en escena austera dan gran decoro a un relato que, espero, no genere una secuela. Porque mi amigo Miguel Ángel Arellano, en la obligatoria discusión posterior a la proyección, citó a Francis Ford Coppola en relación a la voracidad de los estudios, “hoy en día muchas películas se realizan en espera de generar franquicias”. El desenlace de Tierra de vampiros, con una vaga nota de esperanza, fue el oportuno. Ni más ni menos.
La cinta se estrenará de forma limitada en algunas salas comerciales este fin de semana, distribuida por la recién nacida Caníbal. Deseo prosperidad a la compañía y le auguro fortuna por confiar en propuestas inteligentes. Corran la voz.
jueves, 1 de diciembre de 2011
La edad de los insectos
Tengo el placer de conocer personalmente a muchos de los escritores mexicanos (vivos) que más admiro. La mayoría me honran con su amistad. Les debo incontables emociones y entrañables momentos. Pensé en ello ayer que llegué al desenlace de La octava plaga (Ficción Zeta, 2011), la más reciente novela de Bernardo Esquinca. Son muchos los aspectos que aprecio de su narrativa. Su prosa ágil y precisa, su respeto por autores fundamentales como David Lynch, Alfred Hitchcock o Stephen King, su gusto por la pornografía, el horror, la novela negra, el sensacionalismo y, sobre todo, la nota roja y los periódicos amarillistas. J (Will Smith) pregunta a su mentor K (Tommy Lee Jones) si busca información sobre el caso que indagan en Hombres de Negro (Barry Sonnenfeld, 1997). Por respuesta éste se dirige hacia el puesto de periódicos más cercano. Toma tres tabloides que tienen los encabezados más extravagantes e irrisorios. El novato le cuestiona sobre la seriedad de esos impresos. “Son el mejor periodismo investigativo”, responde el veterano. “Lee el New York Times si quieres. A veces aciertan”. La llamada nota roja ha sido tradicionalmente menospreciada por la sociedad, incluso dentro del medio noticioso. No sólo lucra con la desgracia ajena, sino utiliza el lenguaje más escandaloso para comunicársela a los demás. Pero si la estudiamos con cuidado descubriremos gran ingenio en el uso de las tipografías, los colores y las palabras. Todo en conjunto busca provocar el morbo del lector y, de paso, vender muchos diarios.
En este mundo se desarrolla precisamente la nueva historia que nos entrega Bernardo. Casasola (el apellido encierra ya un gran significado) es un periodista cultural caído en desgracia que acepta un empleo como reportero policíaco. Realiza esta labor sin ocultar su repudio e inexperiencia. Pero las cosas cambian cuando da seguimiento a una serie de crímenes cometidos por la misteriosa “Asesina de los moteles”.
A este drama el autor añade un elemento insólito, que nos anticipa la portada misma del libro: los insectos, esas criaturas presentes en este planeta antes que el hombre se apropiara de él. “Nosotros somos los verdaderos constructores de este planeta. Por eso nos pertenece”. Prefiero no arruinar la sorpresa, sólo diré que a sus futuros lectores que el relato me mantuvo cautivo hasta sus últimos instantes. Ellos encontrarán incontables guiños, desde la presencia de un apóstol –que se apellida como un seminal director mexicano de películas de horror- encerrado en un manicomio y que devora libros, entre ellos una edición de las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, referencias a Richard Matheson, J. G. Ballard y Thomas de Quincey, la presencia de un inolvidable fotógrafo de nota roja, la breve mención a uno de mis cuentos preferidos del autor (el de “un entomólogo visitado por su esposa muerta”) y muchísimas reflexiones sobre la ciudad. Porque el sitio donde transcurre la historia no tiene nombre; puede ser cualquier gran urbe “conformada por el material de las pesadillas”. Al final uno de sus personajes asegura: “Todos estamos en el mismo manicomio, los de dentro y los de afuera. Tan sólo nos divide un muro”.
En un post scriptum, Bernardo nos informa todas las fuentes a las que acudió en la construcción del relato –porque se nota que hizo su tarea- y el posible regreso de su protagonista. Ojalá esto suceda pronto.
jueves, 20 de enero de 2011
¿Qué define una mala película de horror? Tercera de tres partes, o cómo evitar el miserable destino de muchas películas de horror.
Para que no todo sea crítica, he aquí lo que compartí con los asistentes al Segundo Taller de perfeccionamiento de largometraje de horror, convocado por la Sociedad de Directores de México y el Instituto Mexicano de Cinematografía. Espero sea una guía valiosa para todo el que desea escapar del miserable destino de muchas películas de horror. O mejor dicho, de muchas películas horribles que pretendían ser de horror..
--
Si éste es un taller para perfeccionar guión de largometraje de horror, ¿en dónde se encuentra pues la fórmula para que nuestro esfuerzo obtenga un óptimo resultado? El relato de horror, como afirmaba Edgar Allan Poe (1809-1849), debe apostar por la brevedad y el impacto, aunque como advertía Montague Summers (1880-1948) –compilador de memorables antologías sobre fantasmas- “haciendo a un lado las más grandes obras maestras de la literatura, no hay nada más difícil que producir que un cuento de fantasmas de primera clase”. Escribir un buen relato de horror es pues tan delicado como concebir un poema de amor. El éxito se logra al utilizar adecuada e innovadoramente las convenciones del género, cuando el autor es capaz de ensamblar dichos elementos, capturar la imaginación del lector y sorprenderlo. Montague Rhode James (1862-1936), artífice del ghost story victoriano, remarcaba la importancia de crear un ambiente donde la irrupción de lo extraño en nuestro plano existencial cree el efecto más estridente posible en la psique del protagonista y del espectador. Edgar Allan Poe, cuyo bicentenario de su natalicio celebramos este año, no solo fundó una nueva manera de pensar y sentir, sino creó la novela policíaca, una revolucionaria teoría poética y cuentos que basan su emoción en el corazón y sus fantasmas. Su cuento El gato negro (1843) es un espléndido ejemplo de esta capacidad de estremecimiento:
“¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!”.
Otra posibilidad es mirar a nuestro alrededor. No debemos esmerarnos mucho para encontrar el horror a la vuelta de la esquina. El arte imita a la realidad, aunque ésta rebasa a la ficción. George Bernard Shaw dijo alguna vez que la diferencia entre el artista y el homicida residía en que el primero es reconocido en su momento más brillante, mientras el segundo en el más bajo. Casos lamentables como el de la multihomicida Juana Barraza Samperio, bautizada por los medios de comunicación como la mataviejitas, o el de José Luis Calva Zepeda, apodado el poeta caníbal, han atraído nuestra atención hacia un fenómeno poco ocurrente en nuestro país pero de enorme trascendencia por sus implicaciones sociales, legales y científicas: el asesinato serial. Las novelas, películas, series de televisión, historietas y videojuegos sobre asesinos en serie han conseguido constituir, como asegura Rafael Aviña, todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía. “El bien no hace gran literatura, tampoco ocupa las primeras planas de los periódicos”, afirmó Vicente Quirarte. El asesino británico George John Haig es mejor recordado como el vampiro de Londres o el asesino de los baños de ácido. Pagó sus crímenes con su propia vida en el año de 1949. Antes de acudir al patíbulo, escribió para la posteridad una detallada narración de las atrocidades que cometió. Nos demuestra, como dijo un célebre psicópata, que la locura es igual que la gravedad. Sólo necesita un pequeño empujón:
¿Comprenden ahora lo que pudo sucederle al joven Swan, cuando se encontró a solas conmigo, en aquella tarde de otoño? Lo desmayé con la pata de una mesa, o con un pedazo de caño, ya no lo recuerdo exactamente. Y después le corté la garganta con un cortapluma.
Procuré beber su sangre, pero no era nada fácil. Aún no sabía bien qué sistema usar. Le tuve sobre el lavamanos, y traté de recoger de algún modo el líquido rojo. Al fin, me parece que resolví sorberlo directamente de la herida, con un sentimiento de profunda satisfacción.
Cuando me aparté, sentí espanto ante la presencia de aquel cadáver. No tenía remordimientos. Sólo me preguntaba qué podía hacer para deshacerme de él. De súbito se me ocurrió un buen método. Tenía en mi laboratorio una gran cantidad de ácidos, sulfúrico y clorhídrico, que me servían para atacar los metales. Sabía bastante de química para estar enterado de que el cuerpo humano está compuesto en su mayor parte, de agua. Y el ácido sulfúrico es muy ávido de agua.
La mejor forma de causar horror es cuando éste se encuentra a nuestro lado sin que nos percatemos, en situaciones perfectamente normales y cotidianas. La técnica de un maestro del género como el ya mencionado M. R. James consistía en ambientar sus historias en ambientes domésticos, desde el punto de vista racional y escéptico del personaje –que asumimos como el nuestro- para sorprenderlo –sorprendernos- súbitamente. Así, los ruidos más inocentes y familiares pueden alterarnos. En su cuento La mosca de la cabeza blanca (1957) el escritor británico George Langelaan describe el horror que experimenta Francois Delambre:
“Siempre me han dado horror los timbres. Incluso durante el día, cuando trabajo en el despacho, contesto el teléfono con cierto malestar. Pero por la noche, especialmente cuando me sorprende en pleno sueño, el timbre del teléfono desencadena en mí un verdadero pánico animal, que debo dominar antes de coordinar lo suficiente mis movimientos para encender la luz, levantarme e ir a descolgar el aparato”.
No se duerman en el metro, cuento del escritor mexicano Mario Méndez Acosta, advierte sobre los peligros de tomar el metro de nuestra capital a muy altas horas de la noche:
“Y en el andén, emprendí la carrera hacia la calle. No me detuve hasta llegar a mi departamento, donde atranqué la puerta y me refugié en un garrafón de mezcal.
Me expliqué por qué en los talleres del Metro se trapea y se friega con tanto esmero el piso de los vagones todas las mañanas. ¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”.
No olvidemos la vertiente de la literatura que Jorge Luis Borges denominó “poema conjetural”, un juego de la imaginación que complementa eventos históricamente documentados. Debemos al dramaturgo inglés Alan Knee la obra de teatro The man who was Peter Pan, donde conjetura sobre los eventos que llevaron a James Mathew Barrie a crear a su más célebre personaje. En la obra Quills , el norteamericano Doug Wright propone un recuento de los últimos años de Donatien Alphonse François, Marqués de Sade. En nuestra dramaturgia brilla El fantasma del hotel Alsace, donde Vicente Quirarte ofrece una descripción de los días que precedieron la muerte física de Oscar Wilde, o El estrangulador de Tacuba, donde el recientemente desaparecido Víctor Hugo Rascón Banda narra los crímenes de Gregorio Cárdenas Hernández, el asesino serial mexicano por excelencia. Otra posibilidad es la intertextualidad, narrar lo no contado por autores indispensables de nuestra formación sentimental. El poblano José Luis Zárate plantea en su novela La ruta del hielo y la sal los eventos descritos escuetamente por el irlandés Bram Stoker en Drácula –el viaje de Varna a Whitby del navío Demeter- sin siquiera nombrar al malvado protagonista de esta última.
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Si éste es un taller para perfeccionar guión de largometraje de horror, ¿en dónde se encuentra pues la fórmula para que nuestro esfuerzo obtenga un óptimo resultado? El relato de horror, como afirmaba Edgar Allan Poe (1809-1849), debe apostar por la brevedad y el impacto, aunque como advertía Montague Summers (1880-1948) –compilador de memorables antologías sobre fantasmas- “haciendo a un lado las más grandes obras maestras de la literatura, no hay nada más difícil que producir que un cuento de fantasmas de primera clase”. Escribir un buen relato de horror es pues tan delicado como concebir un poema de amor. El éxito se logra al utilizar adecuada e innovadoramente las convenciones del género, cuando el autor es capaz de ensamblar dichos elementos, capturar la imaginación del lector y sorprenderlo. Montague Rhode James (1862-1936), artífice del ghost story victoriano, remarcaba la importancia de crear un ambiente donde la irrupción de lo extraño en nuestro plano existencial cree el efecto más estridente posible en la psique del protagonista y del espectador. Edgar Allan Poe, cuyo bicentenario de su natalicio celebramos este año, no solo fundó una nueva manera de pensar y sentir, sino creó la novela policíaca, una revolucionaria teoría poética y cuentos que basan su emoción en el corazón y sus fantasmas. Su cuento El gato negro (1843) es un espléndido ejemplo de esta capacidad de estremecimiento:
“¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!”.
Otra posibilidad es mirar a nuestro alrededor. No debemos esmerarnos mucho para encontrar el horror a la vuelta de la esquina. El arte imita a la realidad, aunque ésta rebasa a la ficción. George Bernard Shaw dijo alguna vez que la diferencia entre el artista y el homicida residía en que el primero es reconocido en su momento más brillante, mientras el segundo en el más bajo. Casos lamentables como el de la multihomicida Juana Barraza Samperio, bautizada por los medios de comunicación como la mataviejitas, o el de José Luis Calva Zepeda, apodado el poeta caníbal, han atraído nuestra atención hacia un fenómeno poco ocurrente en nuestro país pero de enorme trascendencia por sus implicaciones sociales, legales y científicas: el asesinato serial. Las novelas, películas, series de televisión, historietas y videojuegos sobre asesinos en serie han conseguido constituir, como asegura Rafael Aviña, todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía. “El bien no hace gran literatura, tampoco ocupa las primeras planas de los periódicos”, afirmó Vicente Quirarte. El asesino británico George John Haig es mejor recordado como el vampiro de Londres o el asesino de los baños de ácido. Pagó sus crímenes con su propia vida en el año de 1949. Antes de acudir al patíbulo, escribió para la posteridad una detallada narración de las atrocidades que cometió. Nos demuestra, como dijo un célebre psicópata, que la locura es igual que la gravedad. Sólo necesita un pequeño empujón:
¿Comprenden ahora lo que pudo sucederle al joven Swan, cuando se encontró a solas conmigo, en aquella tarde de otoño? Lo desmayé con la pata de una mesa, o con un pedazo de caño, ya no lo recuerdo exactamente. Y después le corté la garganta con un cortapluma.
Procuré beber su sangre, pero no era nada fácil. Aún no sabía bien qué sistema usar. Le tuve sobre el lavamanos, y traté de recoger de algún modo el líquido rojo. Al fin, me parece que resolví sorberlo directamente de la herida, con un sentimiento de profunda satisfacción.
Cuando me aparté, sentí espanto ante la presencia de aquel cadáver. No tenía remordimientos. Sólo me preguntaba qué podía hacer para deshacerme de él. De súbito se me ocurrió un buen método. Tenía en mi laboratorio una gran cantidad de ácidos, sulfúrico y clorhídrico, que me servían para atacar los metales. Sabía bastante de química para estar enterado de que el cuerpo humano está compuesto en su mayor parte, de agua. Y el ácido sulfúrico es muy ávido de agua.
La mejor forma de causar horror es cuando éste se encuentra a nuestro lado sin que nos percatemos, en situaciones perfectamente normales y cotidianas. La técnica de un maestro del género como el ya mencionado M. R. James consistía en ambientar sus historias en ambientes domésticos, desde el punto de vista racional y escéptico del personaje –que asumimos como el nuestro- para sorprenderlo –sorprendernos- súbitamente. Así, los ruidos más inocentes y familiares pueden alterarnos. En su cuento La mosca de la cabeza blanca (1957) el escritor británico George Langelaan describe el horror que experimenta Francois Delambre:
“Siempre me han dado horror los timbres. Incluso durante el día, cuando trabajo en el despacho, contesto el teléfono con cierto malestar. Pero por la noche, especialmente cuando me sorprende en pleno sueño, el timbre del teléfono desencadena en mí un verdadero pánico animal, que debo dominar antes de coordinar lo suficiente mis movimientos para encender la luz, levantarme e ir a descolgar el aparato”.
No se duerman en el metro, cuento del escritor mexicano Mario Méndez Acosta, advierte sobre los peligros de tomar el metro de nuestra capital a muy altas horas de la noche:
“Y en el andén, emprendí la carrera hacia la calle. No me detuve hasta llegar a mi departamento, donde atranqué la puerta y me refugié en un garrafón de mezcal.
Me expliqué por qué en los talleres del Metro se trapea y se friega con tanto esmero el piso de los vagones todas las mañanas. ¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”.
No olvidemos la vertiente de la literatura que Jorge Luis Borges denominó “poema conjetural”, un juego de la imaginación que complementa eventos históricamente documentados. Debemos al dramaturgo inglés Alan Knee la obra de teatro The man who was Peter Pan, donde conjetura sobre los eventos que llevaron a James Mathew Barrie a crear a su más célebre personaje. En la obra Quills , el norteamericano Doug Wright propone un recuento de los últimos años de Donatien Alphonse François, Marqués de Sade. En nuestra dramaturgia brilla El fantasma del hotel Alsace, donde Vicente Quirarte ofrece una descripción de los días que precedieron la muerte física de Oscar Wilde, o El estrangulador de Tacuba, donde el recientemente desaparecido Víctor Hugo Rascón Banda narra los crímenes de Gregorio Cárdenas Hernández, el asesino serial mexicano por excelencia. Otra posibilidad es la intertextualidad, narrar lo no contado por autores indispensables de nuestra formación sentimental. El poblano José Luis Zárate plantea en su novela La ruta del hielo y la sal los eventos descritos escuetamente por el irlandés Bram Stoker en Drácula –el viaje de Varna a Whitby del navío Demeter- sin siquiera nombrar al malvado protagonista de esta última.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Temporada de zombis
“La muerte tiene la capacidad de aislarnos de los demás”, asegura uno de los protagonistas de Descansa en paz (Espasa, 2010), la más reciente obra del escritor sueco John Alvidje Lindqvist. Su mejor tarjeta de presentación es la novela Déjame entrar (Espasa, 2009), una inteligente y vigorosa revisión al tema del vampiro, indispensable en un momento dominado por infames sagas –su traslación al celuloide es igualmente brillante-. En esta ocasión hace al zombi lo que en su momento a los bebedores de sangre. El libro es notable porque la literatura ha dedicado al zombi poca atención. Debemos al cine que haya prosperado. Gracias a docenas de películas memorables conocemos bien el escenario donde se desarrolla la trama: los muertos se reaniman, por circunstancias no aclaradas, en hospitales y cementerios de Estocolmo. Las autoridades –como sucedió en estas latitudes con la influenza AH1N1- no manejan la situación como la sociedad espera. Le sigue a esto un drama que, más que exhibir a un grupo de hombres luchando por su vida, nos habla de la incapacidad humana para enfrentar la pérdida, con algunas escenas capaces de estremecer al lector. Al menos así me sentí cuando Anna y Gustav intentaron rehidratar al pequeño Elías, muerto meses atrás, víctima de los estragos del sepulcro.
Siempre he confesado que los zombis son los monstruos que más me asustan. Poseen una especial vigencia en esta sociedad deshumanizada, devorada por el consumo y la enajenación, presa de la paranoia por las enfermedades infectocontagiosas. Tal vez por eso se han convertido en una presencia constante en mi andar, desde la muy reciente Zombi walk –celebrada en muchas ciudades del país, con sorprendente poder de convocatoria -, el estreno de la serie de televisión The walking dead –que tuve el privilegio de ver en el festival Mórbido- y la emisión del jueves pasado del programa radiofónico Carpe Noctem.
Siempre he confesado que los zombis son los monstruos que más me asustan. Poseen una especial vigencia en esta sociedad deshumanizada, devorada por el consumo y la enajenación, presa de la paranoia por las enfermedades infectocontagiosas. Tal vez por eso se han convertido en una presencia constante en mi andar, desde la muy reciente Zombi walk –celebrada en muchas ciudades del país, con sorprendente poder de convocatoria -, el estreno de la serie de televisión The walking dead –que tuve el privilegio de ver en el festival Mórbido- y la emisión del jueves pasado del programa radiofónico Carpe Noctem.
De The walking dead, basada en la serie de historietas de Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard, y dirigida con habilidad por Frank Darabont –el mismo de Milagros inesperados y Sueño de fuga, sólo puedo expresar mi mayor agrado. La historia nos resulta inevitablemente familiar: un asistente del sheriff del poblado de King County (Andrew Lincoln) es lesionado durante un tiroteo y cae en estado de coma. Despierta en un hospital desolado, con huellas de violencia, una sala cerrada con candados y la advertencia “Muertos adentro. No entrar”. Regresa a su casa en busca de su esposa e hijo, pero éstos –al igual que toda la comunidad- han desaparecido. Se encuentra con unos sobrevivientes –padre e hijo- que lo ponen al tanto de la situación: los muertos han despertado y prácticamente doblegado al país. Contra los consejos de sus rescatadores, toma cuantas armas puede de su antiguo trabajo y emprende el viaje a la ciudad, en busca de sus seres amados. “Evítalos en grandes grupos”, le dijeron sobre los “caminantes”. Pronto comprende –a la mala- cuánta razón tenían. En su segundo episodio –serán seis, según me enteré- descubrimos que la tragedia es resorte de las más nobles y heroicas acciones de las que es capaz el hombre –recordemos los sismos de 1985-. También las más viles, y ello lo prueba la participación especial de Michael Rooker, famoso por encarnar en el pasado al asesino serial Henry Lee Lucas. En estos primeros capítulos aprendimos que los zombis se alimentan también de animales –pobre caballito- y una forma de evitar ser reconocidos por ellos es desmembrar a uno y embadurnarnos con su sangre y entrañas putrefactas, como lo hicieron los desesperados científicos de Mimic (Guillermo del Toro, 1997) para engañar a esas cucarachas superdesarrolladas.
El furor zombi –también podemos llamarlo zombimanía- está muy lejos de terminar. Se han anunciado secuelas de Tierra de zombis (Zombieland, Ruben Fleischer, 2009), Exterminio (28 days later, Danny Boyle, 2002) y una adaptación de Guerra Mundial Z, novela de Max Brooks –autor de la indispensable Guía de sobrevivencia zombi- que será estelarizada por Brad Pitt. Contra lo que estas historias vaticinan, el futuro es promisorio.
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jueves, 23 de septiembre de 2010
¡Es el latido de su horrible corazón!


Y un comentario final. Como estudioso del género horrorífico, nunca dejaron de llamarme la atención diversos testimonios bibliográficos de personas afectadas durante las funciones de Drácula o Frankenstein en 1931. De hecho, como estrategia mercadológica, los exhibidores apostaban ambulancias en los accesos de los teatros para atender crisis nerviosas o desmayos causados por la película. Con la evolución del lenguaje cinematográfico, y gracias a nuestra cotidiana convivencia con la el horror y la sangre, pensaba que se trataban de exageraciones. Pero durante la función de Corazón delator, en la semi oscuridad, pude observar cómo un joven se esmeraba en sacar discretamente de la sala a su inconsciente acompañante, víctima de un desvanecimiento durante una de sus escenas más violentas. Esto fue sin duda un premio –para mí- y tal vez la mejor recomendación de una película disfrutable, si tienes espíritu intrépido y estómago blindado contra emociones fuertes.
viernes, 27 de agosto de 2010
Lectura obligatoria

Por cierto, su página web es grandiosa.
viernes, 26 de febrero de 2010
La última y no vamos (de licántropos)

jueves, 18 de febrero de 2010
Para leer en la luna llena

martes, 16 de febrero de 2010
¿Lobo, estás ahí?



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lunes, 15 de febrero de 2010
Para todos aquellos que viven y aman...

El objetivo de este diplomado es dar a conocer los orígenes, evolución y principales corrientes de la literatura fantástica así como sus obras y autores más importantes.
T E M A R I O
Introducción
1) Cosmogonías mitológicas de Oriente y Occidente
1) Cosmogonías mitológicas de Oriente y Occidente
2) Lecciones de teoría literaria
3) La Literatura Fantástica, definiciones y criterios de clasificación
Módulo I
1) EL MONSTRUO EN LA LITERATURA
1) EL MONSTRUO EN LA LITERATURA
2) LA NOVELA GÓTICA: De Horace Walpole a Charles Maturin. La figura de Caín durante el romanticismo. Frankenstein a través de los tiempos.
3) DRÁCULA Y OTROS VAMPIROS
4) NACIMIENTO Y EVOLUCIÓN DEL GÉNERO NEGRO: Edgar Allan Poe, Conan Doyle, Raymond Chandler, Jim Thompson, Thomas Harris. El asesino serial como antihéroe. El cine de Alfred Hitchcock.
5) EL HORROR EN LA INGLATERRA VICTORIANA: Robert L. Stevenson, Henry James, Oscar Wilde. M. R. James.
6) MAESTROS DEL HORROR CÓSMICO: William Hope Hogdson, Arthur Machen, Algernon Blackwood, Lord Dunsany.
7) H. P. LOVECRAFT Y LOS MITOS DE CTHULHU
8) LOS DISCÍPULOS: Robert Bloch, Brian Lumley, Richard Matheson.
9) EL HORROR A PARTIR DE LOS 70's: Stephen King, William Peter Blatty, Peter Straub, Ramsey Campbell, Richard Laymon.
10) CLIVE BARKER Y LA FANTASÍA SINIESTRA
11) UN REPASO AL CINE DE HORROR
12) LA ESTÉTICA GORE EN LA LITERATURA Y EL CINE
Módulo II
1) UTOPÍAS Y MUNDOS IMAGINARIOS
1) UTOPÍAS Y MUNDOS IMAGINARIOS
2) LEWIS CARROL: FANTASÍA Y MATEMÁTICAS
3) LA LITERATURA DEL MAL: del Marqués de Sade a Los cantos de Maldoror.
4) LAS NOVELAS DE HECHICERÍA Y ESPADA: Los Mitos Artúricos y otros antecedentes legendarios.
5) LA ESCUELA DE TOLKIEN. Fritz Leiber, Terry Pratchet, Robert Holdstock. Las historias de Dragonlance, J. K. Rowling.
6) HISTORIA DE LA LITERATURA PARA NIÑOS
7) LA MITOLOGÍA MONSTRUOSA DE JEAN RAY
8) BORGES Y SUS PRECURSORES: Franz Kafka. Nathaniel Hawthorne. G. K. Chesterton.
9) CREADORES DE UNIVERSOS: Boris Vian, Italo Calvino, Stanislaw Lem, Michael Ende, John Crowley.
10) LA LITERATURA FANTÁSTICA EN MÉXICO: Francisco Tario, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, Emiliano González, Pedro Miret, Lorenzo León, etc.
11) LOS CUENTOS DE JULIO CORTÁZAR
12) CARLOS CASTANEDA: Una fantasía aparte.
Módulo III
1) CIENCIA Y LITERATURA
1) CIENCIA Y LITERATURA
2) EL INICIO: JULIO VERNE Y H. G. WELLS
3) LOS GRANDES TEMAS DE LA CIENCIA FICCIÓN: Viajes por el tiempo y el espacio. Las civilizaciones extraterrestres. Universos paralelos. Dioses, máquinas y robots. El futuro de la raza humana, etc.
4) LA VIEJA ESCUELA: Olaf Stapledon. Jack Williamson, Robert Heinlein, Clifford Simac, Alfred Bester, Theodore Sturgeon, Fredric Brown, Frederick Pohl, etc.
5) EL UNIVERSO POÉTICO DE RAY BRADBURY6) MAESTROS DE LA SPACE OPERA: Jack Vance, Poul Anderson, Iain Banks.
7) LA CIENCIA FICCIÓN "HARD”: Arthur Clarke, Isaac Asimov, Larry Niven, etc.
8) LOS PREMIOS HUGO, LA NUEVA OLA Y EL CIBERPUNK: Robert Silverberg, Ursula Le Guin, Philip Farmer, J.G. Ballard, Frank Herbert, Orson Scott Card, Charles Sheffield, John Varley, William Gibson, Dan Simmons, etc.
9) LAS PESADILLAS DE PHILIP K. DICK
10) EL CINE DE CIENCIA FICCIÓN
11) LA CIENCIA FICCIÓN EN MÉXICO
12) CIENCIA FICCIÓN Y VIDEOJUEGOS
Duración: 128 horas (8 meses)
Horario: sábados de 10:00 A 14:00Inicia: 20 de febrero de 2010
Coordinado por Ricardo Bernal
Claustro de profesores:Doris Camarena, Libia Brenda Castro, Roberto Coria, Ricardo Chávez Castañeda, Alberto Chimal, Víctor Grovas Hajj, Jorge Llaguno, Mario Abraham Mancilla, Erika Mergruen, Raúl Ojanguren, Carlos Rodríguez de Alba, Mónica Sánchez Escuer y Celso Santajuliana.
Informes e inscripciones:Universidad del Claustro de Sor Juana, Dirección de Educación Continua, Izazaga 92, centro histórico, Ciudad de México. Teléfonos: 51-30-33-30, 51-30-33-31 y 51-30-33-32.
Profesor Ricardo Bernal: 04455 2943-7504.
Profesor Ricardo Bernal: 04455 2943-7504.
lunes, 8 de febrero de 2010
A propósito de Jack el destripador

domingo, 24 de enero de 2010
Ahora, otra de zombis

La otra película que vi el pasado fin de semana fue Tierra de zombis (Zombieland, 2009), ópera prima de Ruben Fleischer. Si bien ha quedado demostrado que las fases de cine de horror se caracterizan por el origen, desarrollo, desgaste y parodia de un tema, como sucedió con las series clásicas de los Estudios Universal, Tierra de zombis representa el matrimonio de géneros que mantiene vigente y fresco un subgénero muy popular de estas películas. Ya el talentoso Peter Jackson nos ofreció un ejemplo de las posibilidades de la comedia de zombis en 1992 con su sanguinolentamente divertida Dead alive (o Tu mamá se comió a mi perro, según los traductores españoles) o el británico Edgar Wright con su inteligente y graciosa Desesperar de los muertos (Shaun of the dead, 2004). La premisa de la película de Fleischer es la misma de incontables especímenes que hemos devorado en el pasado: un brote de zombis diezma a una nación entera (Estados Unidos en este caso), posiblemente al mundo entero. El origen del Apocalipsis es, ahora, una hamburguesa contaminada. Siempre pensé que McDonalds sería la perdición de la humanidad, pero la idea es abrumadora por posible si consideramos la penetración que esta multinacional tiene en el mundo entero y por los alarmantes índices de obesidad en el vecino país del norte (y en el propio México). El drama de supervivencia se centra en el antisocial universitario Columbus (Jesse Eisenberg), el socarrón y enternecedor Tallahassee (Woody Harrelson, espléndido) y las hermanas Wichita (Emma Stone) y Little Rock (Abigail Breslin, alias Pequeña Miss Sunshine), todos estratégicamente nombrados como ciudades para evitar crear lazos sentimentales. El éxito de la cinta no sólo reside en el guión de Paul Werrick y Rhett Reese, quienes utilizan hábil y respetuosamente las convenciones del cine de zombies –con todo y la obligada desnudista reviniente-, en su sólido elenco o en las hilarantes situaciones que plantea (la utilidad de abrocharse el cinturón de seguridad o la conveniencia de mantenerse en forma), sino en evitar el tinte paródico que resta a los monstruos seriedad y capacidad de aterrorizarnos. Los guionistas incorporan 33 reglas para sobrevivir en la Tierra de zombis del título, que guardan una evidente relación con las que Max Brooks enunciara en su libro La guía de sobrevivencia de zombis. Los objetivos que persigue este cuarteto de huérfanos (“todos somos huérfanos en la Tierra de zombis”) no sólo es el instinto básico de conservación: Columbus busca a sus padres perdidos, las hermanas llegar a un idílico parque de diversiones y Tallahassee encontrar y comerse el último twinkie en la tierra (“en México los llaman Los Submarinos”). La cereza en el pastel es la inesperada y efímera aparición de una popular figura y una emblemática comedia sobrenatural de la década de los ochenta. Tierra de zombis ha demostrado ser un éxito de crítica y taquilla, por lo que es de esperarse una secuela que, deseo, no tenga el miserable destino de otras franquicias. La fórmula aún no se agota, así que espero los productores no maten a la gallina de los huevos (o los zombis) de oro.
Recientemente hablé de zombies con pretexto de esta película con mis amigos Carlos del Río y Roberto Ortiz en su podcast Cinemanet. Nos acompañaron dos diletantes del cine oscuro: Antonio Camarillo y Diego Menéndez. Una verdadera sesión que no deben perderse.
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jueves, 17 de diciembre de 2009
Vampiros en habla hispana

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Monsieur le revenant
Fernando Iwasaki
Todo comenzó viendo televisión hasta la medianoche, en uno de esos canales por cable que sólo pasan películas de terror de bajo presupuesto. Luego vinieron el desasosiego y los bares de mala muerte, las borracheras vertiginosas y las cofradías siniestras de la madrugada. Por eso perdí mi trabajo, porque dormía de día hasta resucitar en la noche, insomne y hambriento.
No es fácil convertirse en un trasnochador cuando toda la vida has disfrutado del sol y de los horarios comerciales, pero la noche tiene sus propias leyes y también sus negocios. Así caí en aquella mafia de hombres decadentes y mujeres fatales. Malditos sean.
Siempre regreso temeroso de las primeras luces del alba para desmoronarme en la cama, donde despierto anochecido y avergonzado sobre vómitos coagulados. Tengo mala cara. Me veo en el espejo y me provoca llorar. Lo del espejo es mentira. Lo de los crucifijos también.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Memoria vampírica

Son leyenda
Mario Abner Colina
"¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad", invitó el Conde Drácula a Jonathan Harker.
Atemorizado, el joven notario inglés traspasó el umbral del oscuro castillo transilvánico en Drácula, la novela de Bram Stoker. Y como él, millones de lectores, temerosos y excitados, por propia voluntad, han aceptado y siguen aceptando la tenebrosa invitación que los vampiros literarios les hacen. ¿Pero por qué?
"El vampiro transmite la idea de la juventud eterna, de la no corrupción de la carne, salir de cacería, y de, básicamente, pasarla bien de noche. Eso resulta atractivo más allá de las épocas y más allá de la literatura", señala el crítico y escritor argentino Rodrigo Fresán.
Inmortal más allá de todo rayo de sol, crucifico, estaca o agua bendita con que se le combata, el vampiro hizo su aparición en el folclor de distintas civilizaciones europeas, asiáticas y americanas, gracias a mitos como el de lilith, los súcubos o las lamias.
Su poder, incluso, logró hacerse de un espacio en mentes como Voltaire, Rousseau, o el benedictino Dom Augustine Calmet, quien aventuró un tratado sobre los vampiros. ¿Meras superticiones?
"Los vampiros existen para quienes creemos en ellos", señala Vicente Quirarte, autor del ensayo de culto Sintaxis del vampiro. "El vampiro se alimenta de nuestra imaginación y nosotros de su mito poderoso y creciente".
El siglo 19 fue el siglo del estallido de la sed vampírica. Primero con poemas como El gaiour (1813) de Lord Byron, y después, en prosa, con El vampiro (1819) de John William Polidori, asistente a la legendaria reunión de escritores en Villa Diodati, donde también nacieron seres como Frankenstein, de Mary Shelley.
"Con Polidori el vampiro adquiere el aire de seductor. Fríos ojos grises, fascinante, terrible", apunta el especialista en literatura de horror Roberto Coria.
Varney, el vampiro (1845-1847), atribuido a James Malcolm Rymer, inauguró la imagen del vampiro introduciéndose en la habitación de la doncella. Y el erótico Carmilla (1872), de Joseph Sheridan Le Fanu, hizo de una mujer, por vez primera, la asesina sedienta de sangre.
Pero apenas eran bosquejos del terror. A punto de que muriera el siglo 19, fue un irlandés de nombre Bram Stoker quien dio vida al punto de referencia para siempre, Drácula (1897).
Argumentaciones científicas, trama ubicada en fechas contemporáneas, e inspiración en el personaje histórico real Vlad Tepes, fueron algunos de los elementos que hicieron del libro, aún hoy, el más imitado y el más admirado.
"Es una novela reflexiva, con voces cruzadas. Además, en Drácula el Conde aparece muy poco. Es el mal presente siempre ausente. No sé si fue una idea meditada de Stoker o una genialidad casual", se pregunta Fresán.
No obstante, a pesar de su éxito, la capa del Conde no podía cubrirlo todo, y en el siglo 20, los vampiros comenzaron a mutar. En los 20, H.P. Lovecraft revitalizó al no muerto con relatos como "La casa maldita", con un monstruo que se alimenta de energía. Otro norteamericano, Fritz R. Leiber, crea en "La chica de los ojos hambrientos" (1949) una vampiresa de hermosura indescriptible que absorbe recuerdos de sus víctimas.
Sin embargo, una de las más grandes vueltas de tuerca del género llega en 1954 con Soy leyenda. La novela de Richard Matheson propone un mundo donde una plaga ha convertido a todos en vampiros —que no necesariamente temen a la cruz—, y hay un único sobreviviente humano.
"El mensaje es muy interesante. Neville, el protagonista, es el único humano en un mundo de vampiros. Entonces, es el anormal. Es el monstruo", comenta Coria, autor de la pieza teatral El hombre que fue Drácula.
Los 70 fueron un caldo de cultivo para obras de potencia. Con el libro La voz de Drácula (1975) de Fred Saberhagen, Drácula tuvo su revancha: el Conde hace una apología de los eventos de la novela de Stoker y despotrica contra quienes lo combatían.
El joven Stephen King, por su parte, luego de hacer sudar de miedo a todo Estados Unidos con Carrie, propuso en Salem's Lot (1975) una historia de vampiros de aires stokerianos en que Barlow, un tenebroso ser, invadía un pequeño pueblo de la Costa Este.
"A algunos les molesta que Stephen King sea un bestseller, pero este libro es maestro, una gran pesadilla sin concesiones", dice el escritor Bernardo Ruiz, autor de Antes y después de Drácula.
Una escritora de Nueva Orleans, firmando como Anne Rice, publicó en 1976 Entrevista con el vampiro, una irreverente historia de la vida privada y la psicología de los vampiros, con elementos sexuales y homoeróticos.
"Anne Rice dice que Lestat lleva el signo de la cruz en el cofre de su auto. Sus vampiros adaptan su esencia a cada época para conservar su casi omnipotencia", anota Coria.
Con novelas como El tapiz del vampiro (1980) de Suzy McKee Charnas, sobre un vampiro hecho pasar en la sociedad como un brillante antropólogo, El ansia (1981) de Whitley Striber, con una tesis que plantea que los vampiros son una especie paralela al humano con anomalías en la sangre, sagas como Necroscopio (1986) de Brian Lumley, sobre un necromante al servicio del Imperio británico que combate vampiros, o la trilogía iniciada con El año de Drácula (1992) de Kim Newman, donde un Drácula victorioso es príncipe consorte de la Reina Victoria y ha vampirizado Inglaterra, finaliza el siglo 20. Y con pocas obras a destacar, según algunos.
"El siglo 20 es abundante en el tema, pero es redundante. ¿Qué le da una nueva fuerza al mito?", se pregunta Ruiz.
En 2003, luego de esconderse brevemente en sus ataúdes, salieron a la luz. Charlaine Harris planteó comedia con Southern Vampire Mysteries, donde los vampiros conviven con los humanos y beben sangre artificial.
Déjame entrar, del sueco John Ajvide Lindqvist, cimbró en 2004 los países nórdicos con Eli, una niña vampira de 200 años que se relaciona con un adolescente de 12 objeto de burlas en un suburbio de Estocolmo.
Pero el verdadero boom estaba por llegar. Un año después, en 2005, mientras Elizabeth Kostova y La historiadora buscaban la verdad detrás de Vlad Tepes, Crepúsculo de Stephanie Meyer, una narradora que aseguraba tener miedo de leer Drácula, apasionó a millones con Bella, una chica que se enamora de Edward, miembro de una familia de vampiros que no caza humanos.
Con una mezcla de elementos de Shakespeare o Jane Austen, Meyer, en clave vampírica, planteó temas como el despertar sexual a una audiencia que había crecido leyendo las aventuras de Harry Potter y necesitaba un objeto de deseo acorde a su edad: chupadores de sangre hermosos.
La trama se convirtió en una tetralogía que vendió 70 millones de ejemplares. ¿El resultado? Libros de vampiros para adolescentes por todas partes. Vampirismo literario más que literatura de vampiros, considera Fresán.
"Quizás vivamos una edad de oro vampírica porque están de moda, pero por calidad me parece más bien una edad de plomo".
Avivados por el fenómeno, este 2009 y en tiempos de influenza, Guillermo del Toro y Chuck Hogan publicaron Nocturna, un relato que rechaza la idea romántica de los vampiros: son enfermos, horribles, y muy, muy virales.
Y, recientemente, un sobrino bisnieto de Bram Stoker, Dacre, junto con el especialista Ian Holt, revivieron a Drácula con una secuela autorizada por la familia del escritor irlandés: Drácula, el no muerto.
Los puristas ponen el grito en el cielo, mientras que las nuevas generaciones, con la emoción de la primera mordida, hacen suyo el mito sin ver demasiado hacia atrás. Pero sin importar quién tenga razón, es el vampiro el que triunfa. Ha caído la noche y los colmillos asoman, sentencia Vicente Quirarte.
"Aunque el resultado sea malo, todo texto añade un elemento por mínimo que sea. El vampiro confirma su inmortalidad".
Atemorizado, el joven notario inglés traspasó el umbral del oscuro castillo transilvánico en Drácula, la novela de Bram Stoker. Y como él, millones de lectores, temerosos y excitados, por propia voluntad, han aceptado y siguen aceptando la tenebrosa invitación que los vampiros literarios les hacen. ¿Pero por qué?
"El vampiro transmite la idea de la juventud eterna, de la no corrupción de la carne, salir de cacería, y de, básicamente, pasarla bien de noche. Eso resulta atractivo más allá de las épocas y más allá de la literatura", señala el crítico y escritor argentino Rodrigo Fresán.
Inmortal más allá de todo rayo de sol, crucifico, estaca o agua bendita con que se le combata, el vampiro hizo su aparición en el folclor de distintas civilizaciones europeas, asiáticas y americanas, gracias a mitos como el de lilith, los súcubos o las lamias.
Su poder, incluso, logró hacerse de un espacio en mentes como Voltaire, Rousseau, o el benedictino Dom Augustine Calmet, quien aventuró un tratado sobre los vampiros. ¿Meras superticiones?
"Los vampiros existen para quienes creemos en ellos", señala Vicente Quirarte, autor del ensayo de culto Sintaxis del vampiro. "El vampiro se alimenta de nuestra imaginación y nosotros de su mito poderoso y creciente".
El siglo 19 fue el siglo del estallido de la sed vampírica. Primero con poemas como El gaiour (1813) de Lord Byron, y después, en prosa, con El vampiro (1819) de John William Polidori, asistente a la legendaria reunión de escritores en Villa Diodati, donde también nacieron seres como Frankenstein, de Mary Shelley.
"Con Polidori el vampiro adquiere el aire de seductor. Fríos ojos grises, fascinante, terrible", apunta el especialista en literatura de horror Roberto Coria.
Varney, el vampiro (1845-1847), atribuido a James Malcolm Rymer, inauguró la imagen del vampiro introduciéndose en la habitación de la doncella. Y el erótico Carmilla (1872), de Joseph Sheridan Le Fanu, hizo de una mujer, por vez primera, la asesina sedienta de sangre.
Pero apenas eran bosquejos del terror. A punto de que muriera el siglo 19, fue un irlandés de nombre Bram Stoker quien dio vida al punto de referencia para siempre, Drácula (1897).
Argumentaciones científicas, trama ubicada en fechas contemporáneas, e inspiración en el personaje histórico real Vlad Tepes, fueron algunos de los elementos que hicieron del libro, aún hoy, el más imitado y el más admirado.
"Es una novela reflexiva, con voces cruzadas. Además, en Drácula el Conde aparece muy poco. Es el mal presente siempre ausente. No sé si fue una idea meditada de Stoker o una genialidad casual", se pregunta Fresán.
No obstante, a pesar de su éxito, la capa del Conde no podía cubrirlo todo, y en el siglo 20, los vampiros comenzaron a mutar. En los 20, H.P. Lovecraft revitalizó al no muerto con relatos como "La casa maldita", con un monstruo que se alimenta de energía. Otro norteamericano, Fritz R. Leiber, crea en "La chica de los ojos hambrientos" (1949) una vampiresa de hermosura indescriptible que absorbe recuerdos de sus víctimas.
Sin embargo, una de las más grandes vueltas de tuerca del género llega en 1954 con Soy leyenda. La novela de Richard Matheson propone un mundo donde una plaga ha convertido a todos en vampiros —que no necesariamente temen a la cruz—, y hay un único sobreviviente humano.
"El mensaje es muy interesante. Neville, el protagonista, es el único humano en un mundo de vampiros. Entonces, es el anormal. Es el monstruo", comenta Coria, autor de la pieza teatral El hombre que fue Drácula.
Los 70 fueron un caldo de cultivo para obras de potencia. Con el libro La voz de Drácula (1975) de Fred Saberhagen, Drácula tuvo su revancha: el Conde hace una apología de los eventos de la novela de Stoker y despotrica contra quienes lo combatían.
El joven Stephen King, por su parte, luego de hacer sudar de miedo a todo Estados Unidos con Carrie, propuso en Salem's Lot (1975) una historia de vampiros de aires stokerianos en que Barlow, un tenebroso ser, invadía un pequeño pueblo de la Costa Este.
"A algunos les molesta que Stephen King sea un bestseller, pero este libro es maestro, una gran pesadilla sin concesiones", dice el escritor Bernardo Ruiz, autor de Antes y después de Drácula.
Una escritora de Nueva Orleans, firmando como Anne Rice, publicó en 1976 Entrevista con el vampiro, una irreverente historia de la vida privada y la psicología de los vampiros, con elementos sexuales y homoeróticos.
"Anne Rice dice que Lestat lleva el signo de la cruz en el cofre de su auto. Sus vampiros adaptan su esencia a cada época para conservar su casi omnipotencia", anota Coria.
Con novelas como El tapiz del vampiro (1980) de Suzy McKee Charnas, sobre un vampiro hecho pasar en la sociedad como un brillante antropólogo, El ansia (1981) de Whitley Striber, con una tesis que plantea que los vampiros son una especie paralela al humano con anomalías en la sangre, sagas como Necroscopio (1986) de Brian Lumley, sobre un necromante al servicio del Imperio británico que combate vampiros, o la trilogía iniciada con El año de Drácula (1992) de Kim Newman, donde un Drácula victorioso es príncipe consorte de la Reina Victoria y ha vampirizado Inglaterra, finaliza el siglo 20. Y con pocas obras a destacar, según algunos.
"El siglo 20 es abundante en el tema, pero es redundante. ¿Qué le da una nueva fuerza al mito?", se pregunta Ruiz.
En 2003, luego de esconderse brevemente en sus ataúdes, salieron a la luz. Charlaine Harris planteó comedia con Southern Vampire Mysteries, donde los vampiros conviven con los humanos y beben sangre artificial.
Déjame entrar, del sueco John Ajvide Lindqvist, cimbró en 2004 los países nórdicos con Eli, una niña vampira de 200 años que se relaciona con un adolescente de 12 objeto de burlas en un suburbio de Estocolmo.
Pero el verdadero boom estaba por llegar. Un año después, en 2005, mientras Elizabeth Kostova y La historiadora buscaban la verdad detrás de Vlad Tepes, Crepúsculo de Stephanie Meyer, una narradora que aseguraba tener miedo de leer Drácula, apasionó a millones con Bella, una chica que se enamora de Edward, miembro de una familia de vampiros que no caza humanos.
Con una mezcla de elementos de Shakespeare o Jane Austen, Meyer, en clave vampírica, planteó temas como el despertar sexual a una audiencia que había crecido leyendo las aventuras de Harry Potter y necesitaba un objeto de deseo acorde a su edad: chupadores de sangre hermosos.
La trama se convirtió en una tetralogía que vendió 70 millones de ejemplares. ¿El resultado? Libros de vampiros para adolescentes por todas partes. Vampirismo literario más que literatura de vampiros, considera Fresán.
"Quizás vivamos una edad de oro vampírica porque están de moda, pero por calidad me parece más bien una edad de plomo".
Avivados por el fenómeno, este 2009 y en tiempos de influenza, Guillermo del Toro y Chuck Hogan publicaron Nocturna, un relato que rechaza la idea romántica de los vampiros: son enfermos, horribles, y muy, muy virales.
Y, recientemente, un sobrino bisnieto de Bram Stoker, Dacre, junto con el especialista Ian Holt, revivieron a Drácula con una secuela autorizada por la familia del escritor irlandés: Drácula, el no muerto.
Los puristas ponen el grito en el cielo, mientras que las nuevas generaciones, con la emoción de la primera mordida, hacen suyo el mito sin ver demasiado hacia atrás. Pero sin importar quién tenga razón, es el vampiro el que triunfa. Ha caído la noche y los colmillos asoman, sentencia Vicente Quirarte.
"Aunque el resultado sea malo, todo texto añade un elemento por mínimo que sea. El vampiro confirma su inmortalidad".
viernes, 13 de noviembre de 2009
Para ir al cine este fin de semana.

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