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martes, 2 de julio de 2013

De cómo el mundo casi terminó (a causa de los zombis), segunda parte

***Advertencia. Lo que sigue contiene información que puede estropear el goce de la película a la que alude el texto. Se recomienda discreción al lector***.
Hace tres años elaboré una clasificación de las películas de desastre, y Guerra Mundial Z (Marc Foster, 2013) puede ubicarse sin problemas en el punto 2.1.1 de mi escala, el que reservo para aquellos causados por el hombre en su modalidad de desastres químicos y epidemias (perdón por el plagio deliberado, Dr. Michael Stone). El póster que presento, que incluye al héroe, su familia, muchísimos zombis y una ciudad en llamas lo anticipa. Esto demuestra que el guión de Matthew Michael Carnahan, Drew Goddard y Damon Lindelof reproduce una fórmula que ha demostrado su efectividad. E insisto, como tal es disfrutable y no me causó ningún tipo de molestia. Lo recuerdo a continuación:
                                                                                                            

  1. La presentación. Los protagonistas, uno por uno, se presentan ante nosotros, con sus conflictos personales, manías y fobias, con el fin de ganar nuestra simpatía o despertar nuestra más profunda aversión. En este caso, conocemos a Gerry Lane (Brad Pitt), quien desayuna apaciblemente con su esposa Karin (Mireille Enos) y sus hijitas Rachel (Abigail Hargrove) y  Constance (Sterling Jerins) en su hogar suburbano en Philadelphia.
  2. Los avisos. El fenómeno destructor, causado o no por el hombre, comienza a anticipar su llegada. Los protagonistas pasan por alto estas advertencias. Aquí la familia Lane se entera de epidemias que se piensa son causadas por rabia en varios países. Naturalmente hacen caso omiso. Está apurados para pasar el día en la ciudad.
  3. El desastre. Se desata la destrucción. Vemos muchas muertes. Nuestros protagonistas emprenden un peregrinar lleno de riesgos para asegurar su supervivencia. La escena que vimos desde los avances, donde reina el caos. Los Lane escapan milagrosamente y buscan refugio y medicinas para su hija asmática. Gerry contacta a un viejo amigo del trabajo Thierry Umutoni (Fana Mokoena), quien resulta ser el Secretario General Adjunto de la las Naciones Unidas. El amoroso padre de familia fue un “martillo” de la Organización y es obligado a salir del retiro.
  4. La depuración. Varios de nuestros protagonistas mueren. Algunos heroicamente, otros por azares del destino, unos pocos porque lo merecen (según el espectador). El rescate en helicóptero (que también conocemos en los avaces), donde un joven personaje se suma como causa de la necedad.
  5. La resolución. El ánimo de los protagonistas parece desmoronarse, pero sacan fuerza de flaqueza. Están resueltos a sobrevivir. Desde la seguridad del océano, se reconoce la magnitud y peligro del fenómeno (que también vemos en los cortos) y se inicia una estrategia para enfrentarlo.
  6. La inyección de emoción. Para aumentar la tensión, el fenómeno destructor ataca de nuevo (una réplica de terremoto, la segunda erupción de un volcán, o un nuevo ataque extraterrestre, por ejemplo), pero nuestros héroes siguen adelante, facilitada su odisea con el costo humano de un valiente. Gerry, un epidemiólogo (sólo uno) y un pequeño comando militar inicia un viaje alrededor del mundo, de Corea del Sur a Israel, “siguiendo las migajas”. Hay peligros al por mayor, muchas bajas y amputaciones.
  7. La luz al final del túnel. Luego de la tormenta viene la calma. Nuestros héroes –los sobrevivientes- recuperan la paz que el fenómeno destructor les arrebató. Casi siempre resuelven sus dramas individuales (conflictos de pareja, filiales o de trabajo) gracias a la experiencia. Gerry y una militar sobreviviente logran llegar milagrosamente a un laboratorio en Inglaterra, donde hace un sesudo descubrimiento –como en una película de M. Night Shyamalan- que salvará el día. Se reúne con su familia y la armonía en el clan se reestablece, pese a que “sólo han obtenido tiempo adicional”. 

sábado, 15 de junio de 2013

El mundo se va a acabar (en el Día del Padre)*

Un momento de pesimismo. O de abrumadora realidad, si prefieren. Cuando observo los efectos del calentamiento global, los derrames petroleros, las especies animales que aniquilamos sin misericordia y cosas aparentemente irrelevantes en medio de la tragedia nacional –porque la crisis económica, la indolencia de la Suprema Corte de Justicia y el narcotráfico se cuecen aparte-, como el hermoso parque cercano a mi casa, donde la muchas personas arrojan indiferentemente todo tipo de desperdicios –desde botellas de cerveza hasta condones usados-, no puedo evitar un fatal sentimiento: el ser humano, como especie, no merece existir. Es cierto que unos pocos locos tenemos cierto nivel de conciencia y que el hombre ha creado las más sublimes expresiones artísticas, pero todos esos triunfos palidecen frente a nuestra naturaleza predadora sin sentido. Una película protagonizada por Jamie Lee Curtis (Virus, John Bruno, 1999) ya lo dijo: el hombre es un virus. Los virus destruyen a su huésped y se multiplican.
Uno de los temas más recurrentes de la ciencia ficción es el fin del mundo. La etapa posterior al Apocalipsis ha sido retratada en innumerables textos, desde El último hombre (1826) de Mary Shelley y La máquina del tiempo (1895) de Herbert George Wells hasta la maravillosa –y terrible- novela que inspira estas líneas. Esta forma literaria, que abreva del drama, y el horror más puro, cobró gran popularidad después de la Segunda Guerra Mundial como una forma de cristalizar los miedos del hombre de la época.  Pero quien se ha beneficiado mayormente es el séptimo arte. Desde maravillosas películas setenteras como Cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973) hasta impresionantes pirotecnias contemporáneas como 2012 (Roland Emmerich, 2009), el fin de la civilización ha exaltado la imaginación de escritores y cineastas y ha servido como una forma de sacudir nuestra conciencia sobre la manera en que tratamos a nuestro planeta.

Escribo esto por la llegada de otro Día del Padre, celebración inminentemente comercial que tradicionalmente se relega a una posición secundaria –recuerden lo que sucede cada 10 de mayo- , y  porque inevitablemente me remite a la película El último camino (John Hillcoat, 2009), basada en la laureada novela La carretera (The road, Mondadori, 2011) de Cormac McCarthy. El eficiente guión de Joe Penhall narra la historia de un hombre ordinario (Viggo Mortensen) y su hijo (Kodi Smith-McPhee), quienes viven un drama de supervivencia en un planeta Tierra devastado, donde las condiciones de vida han llevado a todas las especies animales a la extinción, a las vegetales al borde de la misma y los pocos sobrevivientes humanos están en una continua búsqueda de alimento, la cual lleva a la mayoría al canibalismo. La supremacía del más apto, anunciaba Charles Darwin. El resignado padre lucha no sólo por su vida, sino por mantener a su vástago alejado de estos horrores (“nosotros nunca nos comeremos a alguien”). La cinta, al igual que el libro, no pierde tiempo en profundizar en las causas que condujeron al mundo a la tragedia –no sabemos si fue por una guerra mundial, el calentamiento global o un virus asesino-, lo que le importa son las consecuencias. La trama está plagada de flashbacks donde el hombre recuerda su vida pasada al lado de su esposa (la sudafricana Charlize Theron), quien no resiste la inminente tormenta. A lo largo de su desventura, nuestro héroe contempla el suicidio en más de una ocasión, pero el instinto de conservación se impone junto con la necesidad de preparar a su hijo para seguir adelante cuando ya no se encuentre en este mundo, angustia inherente de todo buen padre. La desgracia despierta lo mejor de la naturaleza humana –recordemos los sismos de 1985-, pero también lo más vil –rapiña, robos, instintos violentos- y los protagonistas lo descubren en carne propia. También encuentran placer en las cosas pequeñas, como el hallazgo de una simple lata de refresco. Destaca la modesta producción de la película –que no precisa de efectos por computadora-, apoyada de una eficaz fotografía de Javier Aguirresarobe, cuya paleta está dominada por tonos grises, y las breves apariciones de Robert Duvall y Guy Pearce. El desenlace, pese a una nota esperanzadora a través de la limpia mirada de un perro, anuncia la fatalidad a la que nos dirigimos. Una película depresiva, cierto, pero inquietantemente relevante.
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*Texto originalmente publicado en la web de Mórbido.

lunes, 15 de abril de 2013

De juguetes y zombis


En los últimos días he leído sobre la interacción que Robert Kirkman -creador de la popular historieta The Walking Dead y productor ejecutivo de su versión televisiva- tuvo con seguidores del programa, donde le hacían notar las similitudes con la trilogía fílmica Toy Story. Divertido, declaró lo siguiente:
Hay muchas coincidencias. Toy Story es una gran producción, es un honor ser comparado con ella, pero sí que es verdad que algunas similitudes son muy forzadas. He visto las tres películas (Toy Story) y es emocionante ver esos juguetes antropomórficos y su relación con los niños a los que pertenecen, pero no creo que haya ningún tipo de inspiración extraída para The Walking Dead.
Y como era de esperarse, casi al instante comenzaron a aparecer materiales en la red. Uno de los mejor logrados es una versión de sus créditos iniciales con los juguetes que bien conocemos, aderezado con el inquietante tema musical de Bear McCreary. Advierto. Causa adicción.


lunes, 28 de marzo de 2011

Indignación tardía

Cuando escribí el otro día sobre adaptaciones en el cine, mencioné brevemente el caso del Avispón verde, claro antecedente de los superhéroes de la era moderna. Por ello, pese a las continuas advertencias de amigos dignos de toda credibilidad, vencí mi renuencia a ver su reciente encarnación fílmica, dirigida por Michel Gondry, cineasta que demostró eficacia en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), La ciencia del sueño (2006) y Originalmente pirata (2008). Él siempre me pareció una opción inusual, incluso arriesgada, para dirigir una película de gran presupuesto. Encima, si era una película de superhéroes. “Se ganó el beneficio de la duda”, pensé.
Lo que ví defraudó mi voto de confianza. La cinta me pareció interminable. Es pésima. Muchos son los factores que contribuyen al lamentable resultado. Primero, una historia que no define su rumbo. ¿Es una comedia? ¿Una sátira? ¿Una comedia de acción? Podríamos señalar a sus guionistas, Seth Rogen –a quien ya llegaré- y Evan Goldberg, como responsables. La dupla no comprendió la esencia del enmascarado: un héroe sombrío, que no temía ensuciarse las manos en su lucha contra el crimen. Parece que los guionistas desconocen que el Avispón nació en la radio, no en una historia pulp o un cómic, y mucho menos en la televisión. Incluso si así fuera, la historia sólo toma algunos aspectos de la serie protagonizada por Van Williams y Bruce Lee. Segundo, personajes mal trazados o irrelevantes. ¿Era necesaria la presencia de Cameron Díaz o de Edward James Olmos? Tercero, el protagonista Seth Rogen, quien seguramente se sintió con derecho para interpretar al protagonista por ser co-responsable del guión y fungir como productor ejecutivo. Rogen, mediano comediante canadiense, es una de las peores elecciones de reparto de que tengo memoria. Su Britt Reid, tiene más parecido en su ideología y comportamiento con un springbreaker que con el heredero de un emporio de comunicaciones, y mucho menos con un superhéroe. Las motivaciones de su cruzada son meramente circunstanciales. Es producto de su fortuito encuentro con Kato más que de traumas no resueltos con su figura paterna o un legítimo hartazgo de la injusticia. Ni la presencia de Christoph Waltz y Tom Wilkinson logra dar la mínima dignidad a la cinta. Pero todo esto no repercutió en su efecto taquillero –a nivel mundial ha ganado el doble de los 120 millones de dólares que costó-. Al menos, tras tres semanas de exhibición seguía en tres salas del complejo de cines que frecuento. Para suavizar mi molestia y desilusión, reproduzco la opinión de Ernesto Diezmartínez –que sin duda es más amable con la película- publicada en el periódico Reforma el pasado 21 de enero de 2011.
Una recomendación final: cuando la cinta salga en DVD, no piensen siquiera en comprarla. Menos en regalarla.

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Dos tipos de cuidado
Ernesto Diezmartínez

El Avispón Verde (The Green Hornet, EU, 2011) no es la típica película de superhéroes.
Su director, el imaginativo Michel Gondry, no parece el cineasta ideal para un blockbuster de acción.
Y el protagonista, Seth Rogen, no es el actor que uno esperaría ver interpretando al misterioso héroe enmascarado nacido en la década de 1930. Y, sin embargo, el experimento funciona… más o menos.
El guión escrito por el propio Rogen rescata los elementos básicos del personaje –el Avispón Verde es una especie de criminal que combate a otros criminales y no tiene superpoderes sino una infinidad de chunches tecnológicos-, pero los fusiona con la antiquísima fórmula cómica de la pareja/dispareja.
Así pues, Kato (la superestrella china Jay Chou), no es el fiel asistente del Avispón Verde sino su pareja, casi en el sentido más amplio del término.
Es decir, la película trata más de cómo resuelven su relación de amistad/rivalidad adolescente los protagonistas, que de la lucha que tienen que enfrentar para derrotar al egocéntrico mafioso encarnado por Christoph Waltz.
El resultado es disparejo pero funciona cuando no hay escenas de acción en medio: Waltz, preocupado por no ser lo suficientemente temible; Rogen como el ricachón ni-ni que va creando/descubriendo su personalidad heroica.
Chou derrocha personalidad en un papel que Bruce Lee hizo suyo en los años 60, y alguno que otro momento culposamente divertido, como aquél en el que el Avispón y Kato salen a la calle de Los Ángeles cantando “Gangsta´s Paradise”.
Ah, lo olvidaba. En la cinta aparece Cameron Díaz, pero no tiene nada qué hacer.
En este tipio de filmes la historia de amor es entre los hombres: como la de Laurel y Hardy, Lemmon y Matthau, Infante y Negrete…
En esta del Avispón y Kato, Cameron, de plano, estorba.

viernes, 18 de marzo de 2011

¿Adaptar o no adaptar? Tercera de tres partes.

Caso 3. Radio y televisión, o los ricos también horrorizan.
Prácticamente todos conocemos al Avispón Verde, creación de George W. Trendle y Fran Striker, gracias a la popular serie de televisión de los años sesenta. Pocos saben que el justiciero tiene sus raíces en un serial radiofónico. Acabo de ver la reciente adaptación de Michel Gondry, y la crítica de Ernesto Diezmartínez –que reproduciré en este blog en un futuro no lejano- se quedó corta. Seth Rogen, el protagonista, un joven comediante bonachón, es un error de elección de reparto –o miscast, como dirían los angloparlantes- y la esencia del personaje, un héroe con reputación de villano, se pierde por completo. El héroe enmascarado, su ayudante Kato y su arsenal móvil La Belleza Negra, siguen esperando un cineasta que les haga justicia.
En la misma situación se encuentra la televisión, ese gran vampiro de la modernidad: está particularmente activa por las noches y tiene un poder hipnótico en aquellos que posan la mirada en su pantalla. A propósito, el cine de horror se ha alimentado en buena parte de ella, con resultados variopintos. En una primera instancia señalemos a sus propios artífices. Dan Curtis, creador de la memorable serie-telenovela Dark shadows, advirtió el éxito de la misma y no resistió llevarla al cine como La casa de las sombras tenebrosas (Dan Curtis, 1970), también con Jonathan Frid en el papel principal. En pre-producción se encuentra su revitalización a cargo de Tim Burton, ahora con su actor fetiche Johnny Depp como el vampiro Barnabas Collins. Por su parte Chris Carter, genio detrás de la serie de culto Los expedientes secretos X, decidió capitalizar su popularidad y llevarla al cine (Rob Bowman, 1998), no de manera excepcional, en mi humilde opinión. Una relativa sensación causó su tardía secuela Los expedientes X: quiero creer (Chris Carter, 2008), cinta impulsada por la nostalgia y donde el paso del tiempo –para nosotros y sus protagonistas- es evidente.
Un caso memorable es la adaptación de la clásica serie La Dimensión Desconocida (Joe Dante, John Landis, Steven Spielberg, 1983), que respeta no sólo la estructura creada por Rod Serling, sino recrea incluso uno de sus capítulos más célebres, Pesadilla a 10,000 pies, a partir de un cuento y guión de Richard Matheson. El encuentro funesto de un desafortunado pasajero de avión (John Lithgow) con la otredad es simplemente soberbio y ha sido parodiado, incluso, en un especial de noche de brujas de Los Simpson.

También existe el reverso de la historia, donde una película ha inspirado la creación de una serie de televisión. Viernes 13 y Pesadilla en la calle del infierno –la ochentena, no el remake- comprueban la existencia de esta tendencia. Pero particularmente me refiero a Buffy la cazavampiros (Fran Rubel Kuzui, 1992), una cinta mediana que propició que su guionista, Joss Whedon, creara una serie igualmente mediana pero que se convirtió en un verdadero suceso que derivó a su vez cómics, videojuegos y otra serie –o spin-off-, Angel. Considerando la originalidad de Hollywood, es probable que en unos años veamos un remake de las aventuras de la porrista y asesina de insepultos de medio tiempo.
Cerremos este punto con algo horroroso. Las adaptaciones de Los Picapiedra, Scooby-Doo, Garfield, Alvin y las ardillas, Marmaduke y el Oso Yogui, lindan con lo fantástico –por aquello de los animales que hablan- pero causan verdadero horror.

Caso 4. Cómics y más cómics.
Amedina, fiel lectora de este espacio, me comentó hace unos días lo dicho por Federico Fellini sobre su paisano Milo Manara, famoso y multipremiado historietista : "El cómic es el encanto espectral de esos muñecos de papel, de esas situaciones fijadas para siempre, inmóviles como marionetas sin hilos, y resulta incompatible con el cine, que tiene su seducción en el movimiento, en el ritmo, en la dinámica...El mundo del cómic podrá prestar generosamente al cine sus escenografías, personajes e historias, pero no su atractivo más secreto e inefable que es el de la fijeza, la inmovilidad de las mariposas clavadas con un alfiler". Interesante y sabia reflexión.
Una tendencia actual de la industria cinematográfica es mirar al mundo del cómic, el llamado Noveno Arte, en busca de temas atractivos para ser llevados a la pantalla grande. Esto ha asegurado la filmación de películas notables, de grandes infamias y de muchas más que permanecen en la medianía. El admirador de las historietas es, por lo general, un individuo receloso y difícil de complacer. Cuando su personaje favorito es adaptado al cine, exige –con razón- respeto y fidelidad a su espíritu y estética. Esto mismo, con más justicia, es un reclamo de los autores. Seamos realistas, no siempre son recompensados. El escritor inglés Alan Moore, brillante creador de Desde el infierno, La liga de los caballeros extraordinarios, V de venganza, Watchmen –todas llevadas al cine-, y un larguísimo etcétera, se sintió profundamente decepcionado luego de ver Desde el infierno (hermanos Hughes, 2001). Los cambios eran obvios y –en aras del efecto dramático- necesarios. Quienes han leído la magnífica novela gráfica que la origina, sabe la identidad de Jack el destripador desde el inicio. Esto es completamente anti-cinematográfico. No afecta el resultado en el terreno de la novela gráfica, pero repito: el cine tiene un lenguaje y necesidades propias. Lo mismo ocurrió a Moore tras ver el resultado de La liga extraordinaria (Steve Norrington, 2003). Lo entiendo parcialmente. La cinta se aleja en muchos sentidos de su obra –Alan Quatermain, creación de Henry Rider Haggard, no es el protagonista y es un drogadicto que tiene, incluso, relaciones sexuales con Mina Harker, que no es una vampira-, pero no es mala. Es un divertimento ligero y sin pretensiones que no deja de recordarme a Van Helsing (Stephen Sommers, 2004). Esto bastó a Moore, artista subversivo y extravagante, para desencantarse definitivamente y “divorciarse” de Hollywood, al grado de exigir se suprimieran completamente sus créditos en V de venganza (hermanos Wachowski, 2005) y Watchmen (Zack Snyder, 2009). Comprendo que un creador, quien en muchas ocasiones no tiene ingerencia sobre su obra cuando es adaptada a otro medio, decida desligarse para evitar se lucre con su buen nombre. Pero las dos últimas no son en ningún modo malas películas. Allá él. Finalmente me inquieta algo, ¿renunció también a sus ganancias como autor?
Hay especímenes ejemplares, desde aquellos que son una calca fiel, en impresionante movimiento, como Sin city (Robert Rodríguez, 2005) y 300 (Zack Snyder, 2006), ambas concebidas por el talentoso historietista estadounidense Frank Miller. Muchos momentos de ambas son reproducciones precisas, gracias a la magia de los efectos digitales, de las novelas gráficas que las propiciaron.
Para mí la mejor es, sin cuestionamiento y sin que medie mi emotividad hacia el personaje, Batman, el caballero de la noche (Christopher Nolan, 2007). De ella transcribí en este blog la opinión autorizada de mi amigo Rafael Aviña y suele señalarse como “El Padrino parte 2 del mundo de los cómics”. En el terreno de los superhéroes le seguiría sin duda Spiderman 2 (Sam Raimi, 2004). Raimi, gran admirador del arácnido, hizo mucho por el héroe. Por eso aún no comprendo cómo pudo condenarlo en su tercera entrega (Spiderman 3, 2007), al grado de propiciar un re-inicio de la franquicia, The Amazing Spiderman (que verá la oscuridad del cine en 2012), dirigida por el videoclipero Marc Webb. La verdad no tengo muchas esperanzas ni entusiasmo por ella. Crucemos los dedos.
Este es un tema amplio, y seguramente abundaré en el en futuras ocasiones. Por lo pronto, recomiendo ampliamente la lista que mi amigo Bernardo Esquinca hizo en su blog Sensacional D.

Caso 5. Videojuegos.
Un videojuego exitoso no siempre garantiza una gran película, mucho menos una redituable. Si lo dudan, recuerden Super Mario Brothers (Annabel Jankel y Rocky Morton, 1993) o Doom, la puerta al infierno (Andrzej Bartkowiak, 2005).  De la película de los famosos plomeros, debo decir que ni la presencia de Dennis Hooper como el malvado Rey Koopa logró dar dignidad alguna a la producción.
Aclaro con anticipación: no soy un gran aficionado de los videojuegos, mucho menos un jugador hábil. A pesar de ello, conozco muchos como observador de las proezas de mis amigos que sí son jugadores natos. Uno de los más populares de los últimos tiempos, Resident evil, ha sido trasladado a la pantalla en cuatro ocasiones, todas estelarizadas por la modelo Milla Jovovich. Si bien los productores se han tomado muchas libertades respecto a la historia, escenarios y personajes, el resultado final es aceptable, al menos en su primera parte. Recuerdo gratamente la escena donde un cadáver femenino flota en una habitación inundada y sellada para contener el Virus T –origen de todos los males- y repentinamente, cuando la protagonista se aleja, la mujer muerta abre los ojos y pone su mano en el cristal. Un momento simple y eficaz. La historia se degradó en sus subsecuentes entregas, donde la continuidad de eventos no guarda necesariamente una secuencia lógica. Para mí la menor es su cuarta parte, Resident evil: La resurrección (Paul W. S. Anderson, 2010), un espectáculo 3D -¿era necesario?- cargado de efectos visuales. Una mediana fortuna la tuvo las dos entregas de la aventurera Lara Croft: Tomb Raider, una versión femenina de Indiana Jones, y encuentro sus aciertos no en Angelina Jolie, sino en sus deslumbrantes locaciones y en la recreación del exotismo de los escenarios presentes en el videojuego.
Una cinta que recuerdo gratamente por su atmósfera que fluctuaba entre el sueño y la pesadilla es Silent Hill (Christophe Gans, 2006), basada en el juego de la compañía Konami. En mis limitados conocimientos de la materia, consigue transmitir la angustia que produce en el jugador deambular por las calles del siniestro pueblo que da nombre a la cinta (y al juego), con el peligro latente de un encuentro con sus terribles habitantes. Sobre Silent Hill abundará el experto Raúl Camarena en una venidera emisión de la versión en podcast de este blog.

El furor por las adaptaciones al cine nos sobrevivirá sin duda. Nos gusten o no, lo único que podemos hacer es criticarlas o disfrutarlas, según lo merezcan.
Por favor, no duden en compartir las adaptaciones que más han aplaudido y abucheado.

lunes, 14 de marzo de 2011

¿Adaptar o no adaptar? Segunda de tres partes.

Caso 1. La letra con sangre entra.
El cine tiene una deuda enorme con la literatura. Desde sus albores ha sido una de sus fuentes de inspiración más prominentes . Y debe mucho a la literatura de horror. Ésta ha comprobado –con creces- ser un negocio rentable. Lamentablemente ese es uno de los aspectos que resta méritos al género frente a los eruditos del séptimo arte. Vayamos al punto de origen, el cine expresionista alemán. Dos joyas literarias, El Golem de Gustav Meyrink y Drácula de Bram Stoker –apócrifamente adaptada como Nosferatu, sinfonía de horror- brillan como algunas de las mejores representantes del momento. Desde ese momento filmar versiones de importantes éxitos de librerías se convirtió en algo irresistible para los productores de cine, desde El extraño caso del Dr. Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson, Otra vuelta de tuerca de Henry James, El exorcista de William Peter Blatty, El bebé de Rosemary de Ira Levin, Tiburón de Peter Benchley hasta la muy reciente Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist.
Una mención especial la merece el escritor estadounidense Stephen King, autor de incontables novelas y cuentos de horror y fantasía. La calidad y aportación de su narrativa despierta los más acalorados debates. Yo diré que es un hábil artesano que tiene una gran capacidad para retratar la Norteamérica rural, y que aprecio sus relatos cortos y algunas de sus novelas. En muchos sentidos es la punta de lanza de fenómenos literarios contemporáneos –como J. K. Rowling y Stephanie Meyer- y es uno de los autores –vivos- más llevado al cine y la televisión. Es evidente que King tiene esto en cuenta al escribir sus obras. Su estructura dramática, personajes y escenarios son idóneos para ser llevados a la pantalla –grande o chica-. Cuando sus editores anuncian su nueva creación, las productoras entran en una puja por sus derechos para ser llevada a diferentes medios. Así sucedió con Carrie (Bran de Palma, 1976), El resplandor (Stanley Kubrik, 1980), La zona muerta (David Cronenberg, 1983), Cementerio de mascotas (Mary Lambert, 1989), Miseria (Rob Reiner, 1990), Sueño de fuga (Frank Darabont, 1994), Corazones en la Atlántida (Scott Hicks, 2001), 1408 (Mikael Hafström, 2007), las miniseries La hora del vampiro (Tobe Hooper, 1979), Eso (Tommy Lee Wallace, 1990), Los Tommyknockers (John Power, 1993), La danza de la muerte (The stand, Mick Garris, 1994), La tormenta del siglo (Craig R. Baxley, 1999), y un larguísimo etcétera. Y lo curioso es que son pocas las obras de King a las que se le han hecho justicia.
Cosa semejante le sucede a su compatriota Phillip K. Dick, mejor conocido por su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, base del guión para la película de culto Bladerunner (Ridley Scott, 1981. Dick ha sido llevado más veces al cine, con pobres resultados. El tinte pesimista, oscuro y paranoico de sus creaciones ha sido casi siempre deslavado. El vengador del futuro (Paul Verhoeven, 1990) es una de las más rescatables. Le seguiría –estéticamente- Minority report: sentencia previa (Steven Spielberg, 2002) y Una mirada a la oscuridad (Richard Linklater, 2006), pero no olvidemos El pago (John Woo, 2003) y El vidente (Next, Lee Tamahori, 2007), ambas correctamente realizadas, pero malogradas en más de un aspecto.
Hay cuentos memorables cuyo efecto no es suficiente para sostener un largometraje, con resultados infaustos. Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft lo comprenden muy bien. Muchos de sus cuentos han sido adaptados al cine, y casi siempre los guionistas añaden situaciones y personajes que desvirtúan a la fuente original en aras de ofrecer metraje. Si algo se estira demasiado, se rompe. Otro autor que ha padecido esto es Ray Bradbury. Su entrañable historia El sonido de un trueno, llevada a la televisión con gran eficacia en El teatro de Ray Bradbury, fue adaptada al cine como El cazador de dinosaurios (Peter Hyams, 2005). Quienes la vieron pueden comprobar que es fallida en todos sus aspectos.
Sobre este tema podríamos seguir indefinidamente, y estoy seguro que regresaré a él en este blog.

Caso 2. El teatro de sangre
Este fue el título de una de las más emblemáticas cintas de Vincent Price. La filmó en 1973 bajo la dirección de Douglas Hickox. En ella, un talentoso actor de teatro (Price) emprendía una venganza terrible contra sus detractores, asesinándolos a todos a la manera de las más famosas obras de William Shakespeare. Este dramaturgo inglés no sólo es uno de los más famosos y prolíficos de todos los tiempos, sino el más adaptado a la pantalla grande –en mis clases siempre digo que es el padre del cine gore, o al menos uno de sus más claros antecedentes-. De él se han producido cintas memorables, interpretadas por talentosos actores como Laurence Olivier, John Gielgud, Kenneth Branagh, Lawrence Fishbourne, Ian McKellen y Al Pacino. De todas ellas tengo en un lugar especial Titus (Julie Taymor, 1999), con Anthony Hopkins. También de Inglaterra es originario el dramaturgo Patrick Hamilton. Entre sus creaciones brilla La soga, magistralmente llevada a la pantalla por Alfred Hitchcock en 1948 -e inspirada en el caso criminal de Leopold y Loeb-. No he visto el resto de su obra, pero Hamilton definitivamente cobró notoriedad a partir del mago del suspenso.
Un ejemplo –relativamente- reciente es la obra Quills, del norteamericano Doug Wright, adaptada como Letras prohibidas: la leyenda del Marqués de Sade (Phillip Kaufman, 2000), un recuento de los últimos años de Donatien Alphonse François de Sade, magistralmente encarnado por Geoffrey Rush. Mencionemos también The man who was Peter Pan, de Alan Knee, llevada al cine por Marc Foster como Descubriendo el país de nunca jamás (2004), con Johnny Depp como James Matthew Barrie, o El fantasma de la ópera (Joel Schumacher, 2004) y Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet (Tim Burton, 2007), basadas en las obras musicales de Andrew Lloyd Webber y Stephen Sondheim, respectivamente. Y de musicales olvidaba El show del horror de Rocky (Jim Sharman, 1975), basada en la obra de Richard O´Brien.
Aparte coloco el caso de películas que se han adaptado al teatro. En la Ciudad de México, recientemente se llevó a los escenarios El coleccionista, obra basada en la novela homónima de John Fowles, llevada al cine en 1965 por William Wyler. Y también es sonoro el caso de la reciente incursión de Spiderman en Broadway, desastrosa, según las noticias.

jueves, 10 de marzo de 2011

¿Adaptar o no adaptar? Primera de tres partes.

El tema de las adaptaciones en el cine es sensible sin duda alguna: los admiradores del séptimo arte pueden cuestionar la falta de creatividad de los guionistas al recurrir a otras fuentes en busca de inspiración; puede invitar a un debate sobre el carácter mercadológico de una obra de arte; los seguidores de la fuente original suelen sentirse defraudados al conocer el resultado. “No capta la esencia”, acusan generalmente. Definamos la idea. Una adaptación –al cine- es la traslación a la gran pantalla de un cuento, novela, obra de teatro, serie de televisión o videojuego. Seamos sinceros: esta no siempre triunfa o se acerca a conseguir el éxito. Por esto comprendo –en parte- la postura del escritor inglés Alan Moore, autor de novelas gráficas indispensables como La liga de los caballeros extraordinarios, Desde el infierno, V de venganza y Watchmen. Por malas experiencias, el autor pidió a los responsables de sus respectivas adaptaciones cinematográficas removieran su nombre de los créditos. Concedo que V de venganza (hermanos Wachowski, 2005) se aleja parcialmente de la historia de Moore, pero no es una mala película. Mucho menos Watchmen (Zack Snyder, 2009). Sobre este rubro, abundaré más adelante.
Una adaptación supone uno de los sueños más anhelados de muchos escritores. En lo personal, me encantaría ver algún día, en los créditos iniciales de una película, la leyenda “basada en la novela de Roberto Coria”. Esto no es mera vanidad. El cine tiene un poder de penetración más amplio que un libro o una obra de teatro. Lo advirtió incluso el enloquecido John Trent (Sam Neill) a su psicólogo (David Warner) en los últimos instantes de En la boca del terror (John Carpenter, 1994). Y dejo a un lado el aspecto económico. La traslación al cine de sus siete novelas sobre el hechicero Harry Potter significó una buena proporción de la ya inmensa fortuna de Joanne K. Rowling.
Para comprender la que parece ser una fiebre por las adaptaciones, debemos aceptar sin cuestionamiento que el cine posee un lenguaje y necesidades propias que, aunque son comunes con otros medios, lo individualizan completamente. Lo que funciona en la página impresa –por lo general- no puede trasladarse a imágenes en movimiento de forma eficaz –no consideremos La ciudad del pecado (Robert Rodríguez, 2005) ni 300 (Zack Snyder, 2006)-. Para ilustrar este punto recurriré a Howard Phillips Lovecraft. El éxito de su narrativa reside en la incapacidad de la palabra para describir a sus horrores cósmicos. El triunfo de la ya citada En la boca del terror –una de las cintas más lovecraftianas que he visto- reside en la fugaz mirada de la cámara a sus monstruos. O está el caso de John Ronald Reuel Tolkien, llevado con maestría a la pantalla grande por Peter Jackson, Fran Walsh y Phillipa Boyens en el inicio del milenio. Transportar al pie de la letra las situaciones e imaginario de Tolkien produciría una película lenta y aburrida. No hablemos de las licencias a que recurren sus guionistas. Escuché objetar –entre tantas cosas- a muchos inconformes: “pero la parte de Ella-Laraña pertenece al segundo libro”.
En entradas venideras, disertaré sobre el paso de obras memorables del horror y la fantasía de la literatura, el teatro, el radio, la televisión, los cómics y los videojuegos a la pantalla grande. Sus sugerencias son bienvenidas. ¿Cuáles han sido los especímenes que más les han gustado y los que más han aborrecido?

martes, 21 de diciembre de 2010

Grandes pendientes 1: Opiniones divididas.


En las últimas semanas he encontrado dos tipos de personas: las que ya vieron Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 1 (David Yates, 2010) y las que no. Dentro de los primeros he escuchado opiniones divididas: los que la aman y los que la odian –la califican de larga y aburrida, mayormente-. Prefiero considerarla como un primer acto, como el preámbulo para la conclusión de una de las sagas fílmicas más redituables de nuestros tiempos, de un fenómeno sin precedentes de la era de la globalización. También creo que es muy abundante en detalles que, si bien son permisibles en el contexto de la obra literaria, son innecesarios en el lenguaje cinematográfico. El Vaticano la ha tacha, para no variar, de “oscura y pesimista”, como si fueran menos horribles e indignantes los casos de pederastia clerical alrededor del mundo. De la saga escrita por la señora Rowling, la mujer más rica de Inglaterra, siempre rescataré su calidad literaria –que si bien no es de excelencia sobrepasa por mucho a los vampiros de Sthepanie Meyer- y su capacidad para atraer a los niños a la lectura. Y no menciono la competencia desleal entre la página impresa y la tecnología, tan irresistible para pequeños y jóvenes. Para avivar el fuego, como un pendiente largamente aplazado, he aquí la opinión autorizada de mi amigo Rafael Aviña, publicada el pasado viernes 19 de noviembre en el suplemento Primera Fila del diario Reforma.
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La vida íntima de los magos
Rafael Aviña

Harry Potter y las reliquias de la muerte parte 1 (Gran Bretaña-EU, 2010) adapta la primera parte de la última novela de la serie escrita por J. K. Rowling.
En ella, Harry, Ron y Hermione deberán encontrar y destruir los horcruxes que contienen fragmentos de la tenebrosa alma de Lord Voldemort (Ralph Fiennes). Así, los tres se embarcarán en un viaje por diferentes partes del Reino Unido, donde se pondrán a prueba su sagacidad, valor y amistad, luego de descubrir una serie de legados del finado Dumbledore, quien guarda en su tumba la varita de saúco que fortalecerá al innombrable, al tiempo que descubren el secreto de un extraño símbolo.
En ésta, la séptima de la saga dirigida de nuevo por el británico David Yates, pesan sin duda los 146 minutos de duración.
Sobran escenas y la narración es lenta y explicativa sobre todo en la parte intermedia, para dejar con seguridad la acción violenta en la conclusión de la serie.
No obstante mantiene, como en las anteriores, un equilibrio con un impecable trabajo visual y una notable banda sonora de Alexandre Desplat, si faltar momentos humorísticos y/o sensibles como las imágenes en el Misterio de Magia que recuerdan al Terry Guilliam de Brazil (1985) o a Pink Floyd The Wall (1982).
El escenario de Hogwarts, así como los torneos de quiditch, desaparecen para platearse parajes solitarios, algunos que rememoran las infancias de Hermione y Harry.
Aquí, los protagónicos padecen ahora celos, ira, cansancio, e incluso bailan: se trata de niños-adolescentes a quienes no se les ha permitido tener una vida normal debido a las presiones que conllevan ser diferentes y estudiar en un colegio especial.
De alguna forma, se trata de un traslado de la propia vida de los actores, quienes desde la infancia carecen de una vida cotidiana, acostumbrada a los escenarios, la fama, la publicidad.
En esta entrega hay pocos seres fantásticos, monstruos y personajes adultos. De hecho, es la película más íntima de la serie, centrada en los tres protagonistas, a quienes les afecta la energía negativa del horcrux y aprovechan los dones de sus regalos, como ese libro de cuentos de Hermione, donde se relata a través de una lograda secuencia de animación, la historia de tres hermanos y su encuentro con las reliquias de la Muerte.

lunes, 19 de julio de 2010

Lovecraft, el cine y Guillermo del Toro

Una novedad dominical fue la noticia que Guillermo del Toro, tras abandonar la dirección de El Hobbit por falta de solvencia económica, se iba a abocar a la realización de un proyecto largamente acariciado: la adaptación cinematográfica de En las montañas de la locura, cuento largo o novela corta del escritor estadounidense Howard Phillips Lovecraft. Y esto es motivo de doble felicidad. Lovecraft nunca ha sido llevado con justicia a la pantalla grande y si hay una persona indicada para ello es nuestro compatriota, un hombre que cimentó su imaginería –entre otras fuentes- en el trabajo del creador del llamado “horror cósmico”. Siempre me sentí complacido de que Del Toro abandonara el relato de J.R.R. Tolkien: bajo la mirada estricta de Peter Jackson, el tapatío tendría la obligación de emular el estilo visual de la saga del Señor de los Anillos y esto limitaría, lo admita o no, su visión creativa. Esto es pues algo muy prometedor para todos los devotos de Lovecraft y de Del Toro. Antes de continuar debo confesar que hay casos honrosos que capturan la naturaleza lovecraftiana. El norteamericano Stuart Gordon, a quien debemos haber iniciado la serie Re-animator (basada en el cuento Herbert West, reanimador), realizó en España, con un magro presupuesto, Dagón (2001), fusión del cuento homónimo y de La sombra sobre Innsmouth que se permite guiños a los seguidores como esa sudadera de la Universidad de Miskatonic. John Carpenter escribió y dirigió en 1995 En la boca del terror. Protagonizada estupendamente por Sam Neill, la película incluye la aparición (disfrazado del malvado Sutter Crane) del mismo Lovecraft. Memorables fueron las adaptaciones de Aire frío o El modelo de Pickman que Rod Serling usó en su indispensable serial setentero Galería nocturna, pero ambos se toma la libertad de incluir personajes femeninos, el auténtico horror para el autor. El mismo Gordon dirigió con buena fortuna Sueños en la Casa de la Bruja para la reciente serie Masters of horror. Pero sin duda el mejor esfuerzo es La llamada de Cthulhu (2005), estupendo cortometraje estadounidense de Andrew Leman. El corto es un triunfo desde múltiples aristas: está filmado en glorioso blanco y negro con un presupuesto irrisorio, trata de emular la técnica del cine de principios de siglo XX, con ausencia total de diálogos, intertítulos, musicalización dramática de un piano y una rudimentaria animación stop-motion que nos recuerda a la de King Kong (Merian C. Cooper, 1933), respeta la estructura narrativa del relato original, conformada por cuatro capítulos, está actuado por actores completamente desconocidos y cuenta con el aval académico y seriedad de la H. P. Lovecraft Historical Society. El éxito del filme se debe principalmente a que respetó la brevedad de la obra de que se desprende. Como Edgar Allan Poe, Lovecraft funciona mejor en relato corto. Extenderlo, como necesitaría el largometraje, perjudicaría el resultado. Además su horror está salpicado por monstruos innombrables y amorfos que exigen de la complicidad de nuestra imaginación para tratar vagamente de darles sustancia. Esa es la base del horror lovecraftiano y algo que comprendió muy bien Ridley Scott en su Alien, el octavo pasajero (1979): salvo breves pinceladas, el monstruo nunca es mostrado del todo sino hasta el desenlace. Ese es uno de los aciertos de la ya mencionada cinta de Carpenter. Sólo hasta la escena climática, con febriles movimientos de cámara, las aberraciones sin nombre surgen desde el abismo de las letras y persiguen al aterrado protagonista. Pero regresemos al eje central de esta entrada, En las montañas de la locura. Creo que a Del Toro no le sucederá lo que a Peter Jackson y a Bryan Singer, fallas que señalé previamente, pues ha mostrado cuán respetuoso puede ser con un material que le obsesiona. Cuando filmó Hellboy (2004), además de dejar escapar efusivas lágrimas al ver caracterizado a Ron Perlman, se ciñó a la imaginería de Mike Mignola, creador del personaje. Es cierto, convirtió al nazi Karl Rupert Kroenen en un artemarcialista mortífero obsesionado con los relojes, pero esa es una prerrogativa del creador. En su secuela (Hellboy 2, el Ejército Dorado, 2008) se tomó la libertad de llevar al hijo del demonio a su mundo, uno que nos recuerda al del Laberinto del Fauno (2006) o al de su novela Nocturna (2009), con la bendición y tutela de Mignola. Es decir, no lo cegó su amor por el personaje. Y eso es algo muy bueno. Espero le suceda algo parecido con Lovecraft. El de ambos es un matrimonio forjado en el infierno.

lunes, 7 de junio de 2010

Los niños de hoy y el cine

Nos encontramos en la cuenta regresiva al inicio del mundial de futbol. Karl Marx pensaba que este deporte, junto con la religión, es el opio de los pueblos. Mientras tanto vayamos a lo nuestro. Algunas películas para niños no son ya del estilo de mis más entrañables recuerdos infantiles. Acabo de ver dos que me significaban grandes pendientes: Donde viven los monstruos (Were the wild things are, 2009) y El fantástico señor Zorro (The fantastic Mr. Fox, 2009), dirigidas por Spike Jonz y Wes Anderson, dos jóvenes cineastas norteamericanos, atípicos, irreverentes, que no serían la primera opción de un gran estudio para adaptar memorables relatos infantiles para la pantalla grande.
Vayamos por partes, como el descuartizador. A Jonz debemos interesantes cintas como ¿Quieres ser John Malkovich? (1999) y El ladrón de orquídeas (2002). En ambas demuestra su buen oficio y predilección por historias poco convencionales. Donde viven lo monstruos narra las andanzas de Max (Max Records), un niño de 8 años que persigue a su perro y comete todo tipo de estropicios enfundado en un inocente disfraz de lobo. Su indisciplina se desprende del divorcio de sus padres, del desapego de su hermana y del intento de su madre (Catherine Keener) por rehacer su vida sentimental. Tras un exabrupto, huye de casa y se embarca a una tierra imaginaria, un mundo de evasión habitado por enormes monstruos –de aspecto salvaje pero enternecedor- de quienes se autoproclama rey. El más problemático de ellos, Carol, puede interpretarse como una especie de alter ego del infante: rebelde sin causa, peleado con sus semejantes y muy propenso a la destrucción. Con él y los otros monstruos entabla una relación que le permite aceptar su situación y reconciliarse con la vida. La película, que evita en exceso los sentimentalismos y lugares comunes, se erige como un relato de paz recuperada con una buena rebanada de pastel de chocolate como broche de oro. Los monstruos son personas disfrazadas con enormes botargas –tipo Dr. Simi- con rostros animados por computadora y partes animatrónicas, con voces –en inglés- de actores como James Gandolfini –alias Tony Soprano-, Catherine O´Hara –la madre excéntrica en Beetlejuice-, Forest Withaker y Cris Cooper –el doblaje en español no es tan malo-. La cinta, escrita por el propio Jonze y Dave Eggers, es una tardía adaptación del libro homónimo de Maurice Sendak, quien funge como coproductor. En el año de su publicación, 1963, el divorcio era algo poco común en la sociedad –por innumerables razones-, motivo inminente de marginalidad. Hoy es algo cotidiano. En un grupo de primaria promedio, el raro es el niño cuyos padres están felizmente casados. Tal vez de ello se desprende el tono poco emotivo de la cinta, que creo es su mayor defecto como película infantil. Pasajes increíblemente sentimentales –como el aullido colectivo de despedida- pasan casi desapercibidos.
Caso similar es El fantástico señor Zorro, adaptación del libro del escritor estadounidense Roald Dahl, quien recibe su crédito en el mismo inicio de la cinta. A la imaginación del señor Dahl debemos historias que han sido llevadas a la televisión y el cine, como el episodio Cordero para cenar de Alfred Hitchcock presenta, Las brujas (Nicolas Roeg, 1990, cuyo remake viene en camino) y Charlie y la fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005). A partir de un guión de Noah Baumbach, Wes Anderson nos narra la historia del señor Zorro del título, un ladrón de pichones aparentemente reformado por la paternidad con voz de George Clooney. Está felizmente casado con la señora Zorro (voz de Meryl Streep), tienen un hijo con problemas de crecimiento (voz de Jason Schwartzman), escribe una columna en el diario local y vive en la casa-árbol de sus sueños. Pero algo hierve oculto en su pecho pues es, en sus propias palabras, “un animal salvaje”. Por ello urde un plan para robar –con ayuda de su amigo zarigüeya- tres granjas locales. Esto desata la ira de los propietarios de los ranchos, quienes emprenden una aparatosa cruzada para exterminar a los culpables. El señor Zorro pone así en juego su integridad, la de su familia y la de su comunidad entera. Anderson, a quien debemos divertidas y extrañas cintas como Rushmore (1998), Los excéntricos Tenebaums (2001), La vida acuática con Steve Zissou (2004) y Viaje a Darjeeling (2007), ejecuta a la perfección la más tradicional de las técnicas de animación, el stop motion –en el mejor homenaje al trabajo de la productora Rankin/Bass-, pero por alguna razón el relato, con todo y lo vistoso de sus personajes y escenarios, no logra enganchar. O quién sabe. Tal vez estos cineastas tienen en cuenta el cambio de ánimo de los nuevos espectadores, el nuevo cine que merecen. Tal vez yo soy el anticuado. ¿Ustedes qué piensan?

viernes, 7 de mayo de 2010

Mis recuerdos privados de la epidemia estigmática de Hoffer

El norteamericano Dan Simmons, celebrado autor de cuentos y novelas que unen el horror y la ciencia ficción, escribió en 1991 My private memoirs of the Hoffer stigmata pandemic, contenido en la antología El festín de las máscaras (Martínez Roca, 1993). En el año 2004 Ana Luisa Campos, autora de las obras de teatro El niño Juárez y El niño que soñó con Poe, lo adaptó para leerlo en un extinto café de la colonia Roma, donde causó las risas y el horror de propios y extraños. Con su amable permiso lo reproduzco como un amoroso tributo a las madres en su día.



Mis recuerdos privados de la epidemia estigmática de Hoffer
Dan Simmons
Adaptación de Ana Luisa Campos

Mi queridísimo hijo:
Mi querido hijo Pedrito, creo que es hora de explicarte los hechos sucedidos hace tantos años. Siento una gran urgencia por hacerlo, aunque hay mucho que no comprendo (mucho que nadie comprende) y la época anterior al Cambio hace mucho que se ha convertido en algo vago para la mayoría de nosotros. Creo todo, creo que tu padre y yo te debemos una explicación, y haré todo lo posible por dártela.
Aquella noche, estaba viendo la televisión cuando llegó el Cambio. Supongo que era lo que la mayoría de las personas hacía. Da la casualidad de que estaba viendo las noticias nocturnas con Joaquín López Dóriga.
Algunos piensan que el Cambio se produjo primero en nuestro hemisferio, como el resultado de que la Tierra atravesara una especie de cinturón de radiación cósmica. Otros “expertos” sugieren que fue un microvirus que se filtró a través de la atmósfera ese día y se extendió como algas en un estanque contaminado. Los religionistas (cuando había religionistas) solían decir que el juicio de Dios empezó con nuestros vecinos del norte porque era la Sodoma y Gomorra de nuestro tiempo, y por la cercanía con ellos, pues algo nos tocaba. La verdad es que nadie sabía entonces de dónde demonios vino el Cambio, ni qué lo causa, ni por qué empezó primero en el hemisferio occidental, y la verdad es que nadie lo sabe ahora.
Y para ser sinceros, Pedrito, a nadie le importa un comino.
Sucedió; y yo estaba viendo las noticias con Joaquín cuando sucedió. Tu padre estaba en la cocina sirviéndose un vaso con agua mineral. Tú estabas en la cuna que teníamos en el comedor. Joaquín estaba hablando de los príncipes de España y su futuro heredero cuando de repente puso expresión de asombro, como la que puso René Bejarano, unos meses antes mientras veía el video home de altísimo presupuesto que protagonizó y que le daría el pase a unas vacaciones forzadas.
Lo que sucedía es que la cara de Joaquín se estaba fundiendo. Bueno, no se fundía exactamente, pero fluía, corría hacia abajo como si se hubiera convertido en cera y la hubieran metido en un horno caliente.
Durante un momento pensé que era la televisión, justo cuando iba a apagarla vi que Joaquín había dejado de hablar y se agarraba la cara mientras fluía y cambiaba y se reformaba como gelatina, me acomodé en el sillón y grité:
-¡Querido, ven aquí!
Tuve que gritar otra vez, tu padre vino por fin, secándose las manos en una toalla y quejándose de que nunca lo dejaba disfrutar su agua mineral cuando se detuvo a media frase.
-¿Qué le está pasando a Joaquín?
-No lo sé. Tal vez es una broma.
No parecía una broma. Era horrible. El rostro maduro pero todavía atractivo de Joaquín había dejado de moverse como cera derretida pero se retorcía y reformaba en otra cosa. Los músculos y los huesos bajo la piel del rostro se movían como ratas bajo una lona. El ojo izquierdo parecía estar... bueno, emigrando, moviéndose por la cara como un pedazo de pollo blanco flotando en un cuenco de sopa color carne.
Hubo gritos fuera de cámara, la imagen se nubló y rebotó, luego pasaron al logotipo del canal de las estrellas, pero unos segundos después volvieron a ofrecer la imagen de Joaquín ante la mesa, como si alguien en la sala de control o como quiera que se llame el sitio donde trabaja el director hubiera decidido que esto era noticia y al demonio con todo.
Joaquín se había puesto de pie y se tambaleaba, con las manos en la cara, obviamente mirándose en los monitores como si fueran espejos. Pasara lo que pasase, pude ver que la parte gelatinosa había acabado. Nada se movía bajo aquellos dedos extendidos. Joaquín emitía sonidos entrecortados, aunque el micrófono se había soltado y los sonidos eran distantes. Entonces bajó las manos.
La cara de Joaquín se había convertido en algo salido de uno de esos episodios de Historias de Ultratumba. Pero no era así en realidad, porque por muy bueno que sea el maquillaje, siempre sabes que es maquillaje. Pero aquí se notaba que esto era real.
La cara de Joaquín López Dóriga había Cambiado. Su frente se había desplomado, de forma que su flequillo se encontraba donde se hallaba el puente de la nariz dos minutos antes. Ya no tenía nariz, sólo un agujero abierto, una especie de trompa de cerdo que se extendía por debajo de la barbilla y terminaba en una latiente membrana rosa que parecía lo que tú imaginas que es tu oído si estuviera infectado. Y cada vez que latía podías ver en la cara de Joaquín (no me refiero a sus ojos ni nada, me refiero al interior de su cara) todas las cosas verdes y mucosas que allí había, y huesos y carne interior y otras cosas brillantes.
El ojo izquierdo de Joaquín había dejado de emigrar hacia el lugar donde solía estar su pómulo izquierdo. Ese ojo parecía mucho más grande ahora y era amarillo brillante. Su otro ojo estaba bien y parecía familiar, pero por encima y por debajo empezaban a crecer verrugas rojas. Las verrugas colgaban de donde estaba la mejilla y lo que antes era su entrecejo y parecían congregarse a lo largo de aquel promontorio huesudo y escamoso que había crecido en la mejilla derecha como las escamas de la espalda de un estegosaurio.
Y sus dientes. Bueno, pronto supimos lo que significaba todo, la probóscide hipócrita, las escalas de abuso de poder en la mejilla, los dientes de Ambición retorciéndose en la piel alrededor de la boca saturada de carne... pero tienes que comprender que era la primera vez que veíamos el Cambio y no teníamos ni idea de que los estigmas tenían que ver con el IQ de una persona, su temperamento o su carácter.
Joaquín trató de gritar entonces, los dientes de Ambición atravesaron el músculo de la mejilla, y tu padre y yo gritamos por él. Entonces el director sí cortó (para pasar a publicidad), y tu padre dijo:
-¿Y en los otros canales?
-No. Estoy seguro de que sólo es Joaquín.
Pero, muy a mi pesar, le cambie al canal 13 y allí estaba... este lector de noticias... Javier Alatorre tirando de lo que parecía un pulpo rosa medio destripado que se había agarrado a la cara. Tardamos casi un minuto, boquiabiertos, en advertir que aquélla era su cara.
Ciro Gómez Leyva era el menos afectado, pero se colocó las manos sobre las escamas de abuso de poder que brotaban en su mejilla y salió corriendo del estudio. Lo vimos más tarde grabado. Pero en ese momento todo lo que vimos fue el estudio vacío de CNI.
Finalmente apagamos la tele, demasiado aturdidos como para seguir mirando. Además, entonces ya había anuncios en todas partes. Me volví hacia tu padre para decir algo, pero el Cambio había empezado ya en él.
Tenía los carnosos cuernos sangrientos que sólo desarrollaban los adúlteros. Había otra cosa: algo que parecía un puñado de uvas carnosas y latientes. Algo le había crecido en la frente y bloqueaba su ojo izquierdo.
Señalé y traté de decir algo, pero tenía la boca seca, como si la tuviera llena de patatas fritas o algo así. Señalé a tu padre y grité. El sonido parecía filtrado al atravesar las filas de dientes de ballena que habían sustituido mis dientes y hacían que mi cara pareciera la parrilla de un Buick del 48. El resto de mi cara estaba todavía fluyendo y goteando y desmoronándose.
Tu padre y yo nos miramos mutuamente, volvimos a señalar, gritamos al unísono, y corrimos hacia el espejo del cuarto de baño.
Tengo que decirte, Pedrito, que tú estabas bien. Cuando finalmente pudimos volver a pensar, fuimos al comedor y nos asomamos a la cuna con cierto nerviosismo, pero tú eras el mismo bebé de diez meses sano y guapo que media hora antes.
Cuando nos miraste, empezaste a llorar.
No supimos lo que significaba durante unas cuantas semanas. Tardamos algún tiempo en averiguar las cosas. Pero tuvimos tiempo de sobra. El cambio era permanente. No necesariamente completo, aprendimos pronto, pero permanente. No había vuelta atrás.
Las masas pulposas de uvas de carne que crecían en las mejillas y cuello de tu padre fueron llamadas después papilomas Barrabás por quien quiera que pusiera nombre a todas esas cosas. El Secretario de Salud, tal vez. En todo caso, los papilomas Barrabás sólo aparecían si jugabas un poco rudo con el dinero de los demás y lo perdías. Con tu padre fue sólo por unos cuantos miles de pesos pasados por alto en algún impreso de Hacienda. Pero, tendrías que haber visto las fotos de Ricardo Salinas Pliego en Vértigo el mes siguiente al Cambio. Tenía papilomas tan gruesos que parecía una parra ambulante, sólo que no era tan bonita, ya que podías ver a través de la piel las venas y el líquido amarillo y todo eso.
Mi boca de ballena, descubrimos más tarde, estaba conectada a chismorreos maliciosos. Si yo parecía un Buick del 48, tendrías que haber visto a Paty Chapoy, Pepillo Origel, Fabiruchis y todas ésas. Cuando aparecieron sus fotos, pensamos que estábamos viendo una flota de Buicks.
Mi ojo Quasimodo y el maxilar mantis eran los resultados de pequeñas crueldades, prejuicios raciales ocultos y estupideces autoimpuestas. Tu padre tenía los mismos síntomas. Casi todo el mundo los tenía. En cosa de un mes me sentí feliz de tener sólo la boca de ballena y la mandíbula de mantis.
Tengo que decir de nuevo que tú estabas intacto. Pedrito. La mayoría de niños de menos de doce años lo estaban. Veíamos tu cara cuando nos mirabas desde la cuna y tú estabas perfecto.
Perfecto.
Aquellas primeras horas y días fueron terribles. Algunas personas se suicidaron, otras se volvieron locas, pero la mayoría nos quedamos en casa y vimos la televisión
En realidad, se parecía más a la radio, ya que nadie quería aparecer delante de las cámaras. Durante algún tiempo intentaron mostrar una fotografía pre-Cambio del periodista o presentador o de quienquiera que oyeras la voz al fondo, más o menos igual que cuando Valentina Alazraki daba informes del Medio Oriente por teléfono, y después de unos cuantos miles de llamadas telefónicas olvidaron las fotos y sólo mostraron el logotipo de la cadena mientras alguien leía las noticias.
Anunciaron que el presidente se dirigiría a la nación a las diez de la noche hora del este, adelantando que no pasaba, que todo estaba bien y que la economía seguía en ascenso, pero pronto lo cancelaron. No explicaron por qué, pero todos lo sabíamos. Dio un discurso por radio la noche siguiente.
Ninguno de nosotros se sorprendió cuando las fotos del presidente se filtraron por fin, su sarcoma de estupidez era tremendo, pero lo que sí nos sorprendió fueron los cuernos de sangre y los tumores traicioneros. Fue su esposa quien sorprendió a todo el mundo. Tenía tan buenos asesores de imagen que medio esperábamos ver que no había Cambiado. Durante varios meses no oímos ni supimos de ella, pero cuando por fin apareció en público pudimos ver a través de su velo que no sólo tenía múltiples cuernos, sino la cara vuelta dentro afuera del Síndrome de Arrogancia Definitiva.
Con todo, le fue mejor a Nilda Patricia de Zedillo. Se rumoreaba que la antigua Primera Dama no era ni siquiera reconociblemente humana durante los primeros minutos del Cambio y que fue acribillada por sus propios guardaespaldas. La noticia oficial fue que la señora Zedillo murió por el shock producido por la visión de su esposo después del Cambio. Es cierto que el caso de Ernesto de lepra de Mentiroso y apatía ósea, pero el ex presidente se lo tomó con calma y probablemente no habría interrumpido siquiera su calendario de conferencias pagadas si no se hubiera producido la muerte de Nilda.
En cuanto al actual secretario de gobernación...; bueno, se decía que había que verlo para creerlo. Algunos medios de comunicación habían vertido comentarios que despertaban el sospechosismo, pues habían sido duros con él, pero descubrimos que tales observaciones sobre la limitada inteligencia de Santiago se habían quedado dramáticamente cortas. El hombre que se había quedado a las puertas de la gubernatura del D.F. y que les engendraba hijitos a actrices cuarentonas, se derritió como cartón mojado por la lluvia. Dicen que el sarcoma de estupidez era tan extendido que no quedó más que un traje, camisa y corbata a franjas blancas y azules tendidas en medio de un montón de pellejos retorcidos.
Su esposa se convirtió en un caso de libro de texto de miopía Adúltera, dicen que nunca se dio cuenta de que su marido la engañaba y que, como la mayoría de los hombres, él también las prefería rubias.
Antes de que te formes una idea equivocada, Pedrito, tienes que comprender que no estoy dándoles con un yunque a los miembros de la derecha mexicana. Tampoco lo hicieron los estigmas. Todas las fracciones de la Cámara sufrieron por igual. Nuestros diputados y senadores electos fueron golpeados con tanta fuerza por el Cambio que el verbo “senadorear” pronto se usó para describir a alguien que hubiera perdido casi toda su humanidad bajo los estigmas. Hubo un puñado de resistentes, y algunos (como el niño verde, según dicen) se pusieron a buscar conquistas sexuales antes de que los papilomas, sarcomas, masas fibroides, distorsiones supraorbitales y surcos longitudinales dejaran de latir y manar.
Durante una temporada la televisión no dejó de pasar reposiciones y viejos anuncios (obviamente ninguno de los actores o presentadores se salvaron del Cambio), pero con el tiempo empezaron a filmar cosas nuevas. Tardamos un año antes de poder ir al cine y ver a los actores del post-Cambio, y para entonces ya estábamos preparados. Entonces no me molestó ver el rostro vuelto hacia fuera del síndrome del Egocéntrico de Lucero , ni las marcas de viruela-albina racista de Arnold Schwarzenegger o el amasijo de cara con tentáculos de obseso sexual de Jorge Kawaghi , pero ya no podía soportar mirar las imágenes de la gente del pre-Cambio. Me parecían tan extraños como alienígenas. La mayoría de la gente sentía exactamente lo mismo.
Pero me estoy adelantando. Lo siento, Pedrito.

Esas primeras semanas fueron una locura, por expresarlo con suavidad. Casi nadie fue a trabajar. Se rompieron espejos. Suicidios y homicidios y ataques sin provocación alcanzaron un nivel tan alto que todo el país empezó a tener cifras de muertes tan altas como las de el norte del país. No estoy exagerando.
Hoy, por supuesto, la violencia en todo el territorio nacional casi ha desaparecido ahora que las diferencias sociales pasan casi inadvertidas. Además, los papilomas Barrabás desanimaron a un montón de ladrones y...
Lo siento, me estoy adelantando otra vez.
Aquellos primeros días y semanas fueron una locura. Nos quedamos en casa, escuchamos la tele (estribillo) ¡Hello pig brother, hello pig brother!, esperamos las conferencias de prensa que el Centro de Control de Enfermedades daba dos veces al día, rompimos nuestros espejos, evitamos a nuestras parejas y luego pasamos un montón de tiempo buscando nuestros reflejos en cualquier superficie brillante que no hubiéramos destruido: tostadoras, platos de plata, cuchillos de mantequilla... Fue una locura, Pedrito.
Un montón de matrimonios se separaron entonces, pero tu padre y yo nunca lo pensamos siquiera. Él tardó algún tiempo en explicar los cuernos de sangre, pero pasaban tantas cosas que entonces no parecían demasiado importantes.
Con el tiempo la gente empezó a regresar al trabajo. Algunos nunca dejaron de hacerlo: periodistas (los periodistas de prensa escrita permanecieron en sus trabajos con más frecuencia que los de televisión), bomberos, un montón de personal médico de bajo nivel (los doctores ricos estaban muy ocupados tratando sus malformaciones glúteas de Usura), ladrones (que rápidamente se pusieron capuchas para ocultar su peculiar cadena de papilomas de Barrabás) y policías.
La de la policía fue tal vez la menos afectada de todas las profesiones. Como individuos, conocían desde hacía años la basura y el pus y las almas malformadas que se ocultaban tras la blandura de la carne y el hueso pre-Cambio. Ahora tendían a mirar sus propias distorsiones, se encogían de hombros y continuaban con su trabajo que, si acaso, había sido facilitado por la gente que llevaba su interior en la cara. Fuimos los demás (las multitudes que habíamos pretendido que la naturaleza humana era esencialmente benigna) los que tuvimos problemas para adaptarnos.
Pero finalmente nos adaptamos. Primero nos aventuramos a salir a la calle con capuchas y pasamontañas y sombreros viejos sacados del armario, encontramos a otras personas en los supermercados encapuchados y ocultos de la misma forma y descubrimos que la vergüenza no es tan mala cuando todo el mundo está en la misma situación.
Tu papá volvió al trabajo después de una semana. Se llevó una gorra de baseball con un velo durante los primeros días en la oficina, pero tenía problemas para ver el monitor y pronto empezó a quitársela cuando estaba trabajando.
Uno de sus compañeros del departamento de contabilidad, todavía lleva su máscara de Salinas de Gortari, el rostro de un monstruo cubriendo a otro monstruo. Su jefe no apareció durante casi un mes, pero me contó que cuando lo hizo no tenía nada en la cabeza. Su sarcoma de estupidez era tan grave que nuevas pústulas fibroides le aparecían entre el almuerzo y la hora de la salida.
Todo el mundo explotaba y hacía gotear y reventaba y apretaba sus papilomas y pústulas en los lavabos, y muy pronto la compañía adoptó la política de que lo hiciéramos en la intimidad de los retretes, donde se instalaron espejos y toallas. El único tipo que conocimos que se hizo rico durante aquellos primeros meses post-Cambio fue un hombre que trabajaba en Mezclas y Adquisiciones, pues invirtió en acciones de Kleenex.
Pero volvamos a aquellos primeros días.
Los rusos tuvieron unas diez horas para partirse de risa y hablar de la decadente Enfermedad Occidental antes de que el Cambio los alcanzara. Los golpeó con fuerza. Había incluso un estigma peculiar para los tipos de la KGB, antiguos y actuales, que convertía sus rostros en el equivalente de un bicho aplastado en la carretera que no puedes identificar del todo y al que no quieres acercarte. Gorvachov y Vladimir Putin recibieron su ración de lo que un analista moscovita llamó el Acné Comunista, pero Putin tenía más problemas que unas cuantas dificultades cosméticas. El Cambio hizo que la población convocara a nuevas elecciones y antes de dos semanas los nuevos líderes estaban en el poder. Tampoco tenían mucho mejor aspecto (algunos tenían dientes de Ambición), pero al menos ninguno rezumaba viruela comunista.
Los japoneses se lo tomaron muy a pecho y empezaron a ver cómo modificarían los audífonos de los MP3, pues ahora no todo mundo tenía orejas. Los europeos se volvieron un poquito salvajes; los franceses lanzaron un misil nuclear a la luna por ningún motivo en particular (pero pareció calmarlos un poco) y el Parlamento Británico aprobó una ley que convertía en ofensa criminal comentar el aspecto de los demás y luego se disolvió para siempre, y los alemanes permanecieron tranquilos durante tres meses y luego, casi como acto reflejo porque la atención mundial estaba distraída, invadieron Polonia.
Nadie había anticipado la malformación Agresora-simple. Verás, pensábamos que el cambio era más o menos completo. No sabíamos en ese momento que incluso la participación pasiva en un acto maligno nacional podía añadir nuevas y dramáticas arrugas a la fisonomía.
Ahora lo sabemos. Sabemos que el rostro humano puede retorcerse, doblarse y plegarse tan dramáticamente durante los dolores de la dinámica Agresora-simple que un ser humano puede caminar con la cara que es casi indistinguible de un ano con ojos. Es muy fácil hoy día distinguir a un gringo, a un inglés o a un chino, ya que la mayoría de ellos sufrieron la Agresión-simple durante el Cambio en sí.
Personalmente, Pedrito, aquello me hizo alegrarme de tener los estigmas que tenía.

Las iglesias se llenaron durante las primeras semanas y meses, aunque una mirada a la mayoría de los ministros, pastores y sacerdotes hizo bastante para vaciar los bancos. En justicia, un alto porcentaje de los hombres y las mujeres que vestían hábitos no eran ni mejor ni peor que el resto de nosotros durante el Cambio. Es que resulta demasiado difícil concentrarse en un sermón cuando una lepra de Mentiroso se está comiendo los párpados de alguien mientras escuchas. Eso no demostraba que la religión fuera una mentira, sólo que la mayoría de aquellos que predicaban la religión pensaban que estaban mintiendo.
Los ministros televisivos, que nos decían todos los días a media noche: “Pare de sufrir”, fueron los peores, por supuesto. Peor que los senadores, peor que los vendedores de seguros (todos recordamos esos estigmas) e incluso peores que los estigmas de tentáculos en lugar de lengua, y pólipos en vez de labios de la gente de Hacienda y Crédito Público.
Tu padre y yo lo vimos en la tele aquella primera noche, Pedrito, cuando los ministros televisivos se autodestruían frente a las cámaras, uno tras otro. Los papilomas de Barrabás fueron los primeros, desde luego, pero esos papilomas eran infinitamente peores que los simples tumores que picoteaban la mejilla y cuello de tu papá. La mayoría de los tele-evangelistas no eran más que papilomas, tentáculos y pólipos. Incluso sus ojos tenían bultos y verrugas. Luego la lepra de Mentiroso empezó a comerlos, sus papilomas supuraron y explotaron, los centros de sus caras empezaron a crecer hacia adentro en un estilo similar al modo de Agresión-simple sólo para pustular de nuevo en algo que parecía mucho a un hemorroide inflamado... y luego el proceso empezaba otra vez. Vimos a Jorge González Torres, el “Dr. Simi” atravesar este ciclo tres veces antes de poder cambiar de canal y acudir a vomitar al cuarto de baño.
Ahora no quedan en tele muchos de esos tele-predicadores y supuestos salvadores de los pobres.

Supongo que me he salido del tema, Pedrito. Te prometí una explicación... o lo más cercano a una que pudiera darte.
Bueno, no es una explicación, pero iré a los hechos y puede que sea suficiente.

Lo más difícil de todo era mirar a los niños. Normalmente empezaban su propio Cambio a los once o doce años, a veces en la pubertad pero no siempre, aunque algunos niños Cambiaron mucho más jóvenes y unos cuantos duraron hasta los diecisiete o dieciocho años.
Todos Cambiaron.
Y pudimos ver el motivo. Éramos nosotros. Los padres. Los adultos. Los que impartíamos cultura y compartíamos sabiduría.
Sólo que la cultura producía la viruela albina racista en los niños, y la sabiduría compartida tendía a aumentar su sistema de estupidez y una docena de otros estigmas.
Era doloroso mirarlos, no sólo por los efectos del Cambio, sino por lo que aquéllos decían de nosotros. Entonces nacieron los primeros bebés post-Cambio y los estigmas eran menores, innatos (como el pecado original), pero ya en su sitio y creciendo. Nuestros genes llevaban ahora la información de los estigmas y nuestras personalidades se habían marcado en los fetos durante el Cambio.
Pero tú eras perfecto, Pedrito. En junio tenías ya un año, y eras sano, feliz y perfecto.
Recuerdo que era día de las madres y había una noche agradable en la ciudad cuando tu padre y yo te vestimos con tus mejores ropitas azules, te pusimos una gorra porque las noches eran todavía frescas y te llevamos al parque de la ciudad. Yo te llevaba en brazos mientras tu papá cargaba una gran caja con todas nuestras fotografías del pre-Cambio, álbumes de fotos, películas caseras y cintas de video. No había ningún anuncio oficial sobre aquella primera Reunión de Catarsis en el parque, pero la noticia debía de haber corrido de boca en boca desde días antes, si no semanas.
Recuerdo que no hubo ningún orador oficial y nadie de entre la multitud habló tampoco. Simplemente nos reunimos alrededor del montón de madera y muebles rotos impregnados en gasolina cerca de la piscina municipal. Había silencio a excepción del ladrido nervioso de unos cuantos perros: silencio a excepción de los ladridos y los llantos y los gritos rápidamente silenciados de unos cuantos de los cientos de niños que habían sido llevados.
Entonces alguien (no tengo idea de quién) se adelantó y encendió la hoguera. Una mujer mayor con toda una vida de estigmas avanzó entonces y empezó a vaciar su caja de fotografías. Durante un momento fue una silueta solitaria contra las llamas y entonces algunas personas más empezaron a avanzar, normalmente hombres, mientras las mujeres nos quedábamos con los niños, y sin diálogo ni sentido de la ceremonia, empezamos a deshacernos de nuestras cajas de fotos. Recuerdo cómo las cintas de video se fundieron y arrugaron y restallaron... igual que nuestras caras durante el Cambio.
Entonces todos vaciamos nuestras cajas y mochilas y retrocedimos, una mano alzada para proteger nuestros rostros del terrible calor de la enorme hoguera. No podíamos ver la ciudad tras nosotros ahora, sólo las llamas y las chispas elevándose a la noche sin estrellas sobre nosotros y las caras estigmatizadas y enrojecidas por el calor de nuestros vecinos y amigos y conciudadanos.
Recuerdo lo excitados que estaban tus ojos cafés. Pedrito. Tus mejillas eran rojas a la luz reflejada de la hoguera y tus ojos eran luminosos e intentabas sonreír, pero un aroma de locura en el aire hizo que tu sonrisa de un año se volviera un poco trémula.
Recuerdo lo tranquila que yo estaba.
Tu padre y yo no lo habíamos discutido y no lo discutimos ahora. Lo miré con mi ojo bueno y él me miró y ya nuestras nuevas caras parecían normales y necesarias.
Entonces te puso en mis brazos.
La mayoría de las que se acercaban ahora a la hoguera eran las madres, aunque había algunos hombres (viudos o divorciados posiblemente) e incluso un puñado de abuelos. Algunos de los niños empezaron a llorar mientras nos acercábamos al círculo de calor.
Tú no lloraste, Pedrito. Volviste la cara hacia uno de mis hombros y cerraste los ojos y los puños como si pudieras espantar un mal sueño sólo con no mirar.
No hubo vacilación. La mujer que tenía al lado arrojó en el mismo segundo, con el mismo movimiento que yo. Su hijo chilló mientras volaba hacia la hoguera. No oí nada por tu parte mientras te alzabas sobre la periferia exterior de las llamas, pareciste gravitar un segundo como considerando volar hacia arriba con las chispas y entonces caíste al corazón de la rugiente hoguera.
Todo duró menos de diez minutos.
Tu padre y yo regresamos a casa y cuando miré atrás, todo el mundo se había marchado excepto los miembros del departamento de bomberos, que esperaban con un camión para asegurarse de que la hoguera se consumiera sola. Recuerdo que tu padre y yo no hablamos durante el camino de regreso a casa. Recuerdo lo frescos y maravillosos que olían aquella noche los céspedes recién segados y los jardines regados. Y recuerdo que cuando llegamos a casa abrí el regalo de día de madres que tu papá había comprado a nombre tuyo. Eso es todo, Pedrito. Ya es casi la hora de las noticias del canal dos, así que tengo que marcharme.
Me siento bien después de haberte escrito. Pondré la carta en esta caja con las ropas de bebé que doblé tan cuidadosamente hace tantos años.
Sólo quería explicar lo que pasó.
Explicar y decir que sigo siendo...

Tu madre, que te quiere.